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Original / primary: Spanish Gemini
1
No me he topado con sus discursos judiciales, pero sí con algunos pocos discursos políticos y algunos tratados técnicos, aunque la mayoría son de exhibición. El carácter de su estilo es el siguiente: elogia a los atenienses que se distinguieron en las guerras. Pues,¿ qué les faltaba a estos hombres de lo que debe estar presente en los hombres?¿ Y qué tenían de más de lo que debe estar ausente? Podría decir lo que deseo, y desearía decir lo que es debido, evitando la divina némesis y huyendo de la envidia humana. Pues ellos poseían una virtud divina, pero una mortalidad humana, prefiriendo muchas veces la equidad presente a la justicia obstinada, y muchas veces la rectitud de los razonamientos a la precisión de la ley, considerando que la ley más divina y común de todas es decir, callar y hacer lo debido en el momento debido, y habiendo ejercitado sobre todo dos cosas necesarias: el juicio y la fuerza, deliberando con el primero y ejecutando con la segunda, siendo servidores de los que sufren injustamente y castigadores de los que prosperan injustamente, obstinados ante lo conveniente, de fácil trato ante lo decoroso, calmando la insensatez con la prudencia del juicio, insolentes con los insolentes, ordenados con los ordenados, intrépidos con los intrépidos, terribles en las situaciones terribles. Testimonios de esto son los trofeos que erigieron sobre los enemigos, estatuas de Zeus y ofrendas de ellos, no siendo ajenos ni al Ares innato, ni a los amores legítimos, ni a la contienda armada, ni a la paz amante de la belleza, solemnes ante los dioses por su justicia, piadosos ante sus padres por su cuidado, justos ante sus conciudadanos por la igualdad, devotos ante sus amigos por su lealtad. Por tanto, al morir ellos, el anhelo no murió con ellos, sino que vive inmortal en cuerpos no inmortales, en los que no viven. Así pues, las ciudades se dividieron en facciones, y las que se retrasaban en enterarse de lo ocurrido llevaban la exageración mucho más lejos en la innovación de las ideas, mediante la sofisticación de las empresas y la extrañeza de los castigos. E intercambiaron la valoración habitual de los nombres por las acciones mediante la justificación. Pues la audacia irreflexiva fue considerada valentía leal al grupo, la vacilación prudente, cobardía decorosa, y la sensatez, pretexto del cobarde. Y la inteligencia ante todo, inactividad total, mientras que la rapidez impulsiva fue añadida a la parte del hombre, y la seguridad, pretexto razonable para la retirada. Y el que se irritaba era siempre fiel, mientras que el que le contradecía era sospechoso. El que tramaba algo y tenía éxito era inteligente, y el que lo sospechaba, aún más terrible. Pero el que deliberaba de modo que no necesitara nada de eso, era un disolvente de la camarilla y estaba aterrorizado por los adversarios. En resumen, se elogiaba al que se adelantaba al que iba a cometer algún mal y al que incitaba al que no lo pensaba. Y es más, el parentesco se volvió más ajeno que la camarilla, debido a que era más fácil atreverse sin pretexto. Pues tales reuniones no se hacían con la utilidad de las leyes establecidas, sino contra las establecidas por codicia. Y las lealtades entre ellos no las fortalecían tanto con lo divino y legal como con el transgredir algo en común; y aceptaban las cosas bien dichas por los adversarios mediante la vigilancia de las acciones, si los superaban, y no por nobleza. Y vengarse de alguien era de mayor valor que no haber sufrido uno mismo. Y si es que se producían juramentos de reconciliación, en el momento, dados ante la impotencia de cada uno, tenían fuerza mientras no tuvieran poder de otro lado. Tal era, pues, el estilo alterado, excesivo, artificioso y lleno de todos los adornos añadidos, cuyo límite y canon es Tucídides, a quien nadie de los que le siguieron superó ni imitó hasta el extremo.
2
El otro estilo, el sencillo y natural, que parece tener una construcción y una fuerza que guardan relación y semejanza con el discurso del ciudadano común, tuvo muchos y buenos hombres como defensores, tanto escritores como filósofos y oradores. Pues tanto los que publicaron las genealogías, como los que trataron las historias locales, los que filosofaron sobre la naturaleza, los poetas de los diálogos éticos— de los cuales toda la escuela socrática, excepto Platón, formaba parte— y los que redactaron los discursos políticos o judiciales, casi todos fueron de esta elección. Quien la perfeccionó y la llevó al extremo de su propia virtud fue Lisias, hijo de Céfalo, contemporáneo de Gorgias y Tucídides. Cuál era su elección y cuál su fuerza, ha quedado expuesto en el escrito anterior y no hay necesidad ahora de hablar de nuevo sobre lo mismo. Bastará decir solo esto: que estos hombres armonizaron entre sí la armonía de todas las notas, eligiendo y perfeccionando con un celo divino ambos extremos del estilo, que están muy alejados el uno del otro. Y la relación que tiene la nota más aguda con la más grave en la música, esa misma tiene el estilo de Lisias en el dialecto político con respecto al de Tucídides. Pues uno puede asombrar el pensamiento, el otro deleitarlo; uno puede contraer y tensar la mente, el otro relajarla y suavizarla; uno llevarla a la pasión, el otro establecerla en el carácter. Sin embargo, el forzar y obligar es propio del estilo de Tucídides, mientras que el engañar y robar los asuntos es propio del de Lisias. La innovación y la audacia son propias de la idea del escritor, mientras que la seguridad y la ausencia de riesgo son propias del orador. Porque no parece querer ser natural mediante el artificio. Cada uno está construido y ha llegado al extremo de su propia construcción; pero uno se inclina más a parecer lo que es por naturaleza, y el otro menos. No creo que sea necesario dar ejemplos de este estilo en este momento. Estos son, pues, los dos caracteres de estilo, tan diferentes entre sí según sus orientaciones, y los hombres que destacaron en ellos, a quienes he examinado, ambos terribles en sus propias obras, pero en lo que eran iguales entre sí, incompletos.
3
El tercer estilo era el mixto y compuesto de estos dos, que no puedo decir si el primero en armonizarlo y establecerlo en el orden que ahora existe fue Trasímaco de Calcedonia, como cree Teofrasto, u otro. Los que lo recibieron, lo criaron y no estuvieron lejos de perfeccionarlo fueron, entre los oradores, Isócrates el ateniense, y entre los filósofos, Platón el socrático; pues es imposible encontrar otros hombres fuera de Demóstenes que hayan ejercitado mejor lo necesario y útil o que hayan demostrado mejor la belleza del lenguaje y las construcciones añadidas. El estilo de Trasímaco, pues, si es que era realmente una fuente de la medianía, parece tener la elección misma digna de estudio; pues está bien mezclado y ha tomado lo útil de cada uno. Pero como no ha utilizado la fuerza con la misma voluntad, he aquí un ejemplo de uno de sus discursos políticos:' Deseaba, hombres atenienses, haber compartido aquel tiempo antiguo y los asuntos, cuando bastaba con que los más jóvenes callaran, pues los asuntos no obligaban a hablar y los mayores administraban correctamente la ciudad. Pero puesto que el destino nos ha arrojado a un tiempo tal que hay que escuchar sobre la ciudad, y que las desgracias, y las mayores de ellas, no son obras de los dioses ni de la fortuna, sino de los que se encargaron de ellas, es necesario hablar. Pues es insensible o muy paciente quien permite que se siga cometiendo una falta contra sí mismo y quien asume las causas de la intriga y la maldad de otros. Pues nos basta el tiempo pasado y el haber estado en guerra y peligro en lugar de en paz, amando en este tiempo el día pasado y temiendo el venidero, y haber llegado a la enemistad y a los disturbios entre nosotros en lugar de a la concordia. Y a los demás, la multitud de bienes les hace ser insolentes y dividirse en facciones, pero nosotros, con los bienes, éramos sensatos, y en los males nos volvimos locos, lo cual suele hacer sensatos a los demás.¿ Qué podría uno esperar decir, a quien le duele lo presente y cree que tiene algo tal, que ya no habrá nada igual? Primero, pues, demostraré que los que discrepan entre sí, tanto de los oradores como de los demás, han sufrido irracionalmente unos con otros, lo cual es necesario que sufran los que compiten sin juicio; pues, creyendo decir cosas contrarias entre sí, no se dan cuenta de que hacen lo mismo ni de que el discurso de los otros está contenido en el suyo propio. Pues considerad desde el principio lo que buscan ambos. Primero, la constitución patria les causa confusión, siendo muy fácil de conocer y muy común para todos los ciudadanos. Cuanto está más allá de nuestro juicio, es necesario escuchar a los más antiguos, y cuanto los mayores vieron por sí mismos, aprenderlo de los que lo saben'. Tal es, pues, la interpretación trasimaquea, media entre los dos, bien templada y un punto de partida oportuno para ambos caracteres.
4
El estilo de Isócrates, quien adquirió un nombre muy grande entre los griegos por su sabiduría, aunque el hombre nunca compitió en ningún certamen, ni privado ni público, sino que redactó muchos y bellos escritos para toda idea de discurso, ya he manifestado antes, a través de más detalles, qué carácter me parecía tener. Nada impedirá decir ahora, en resumen, lo más necesario: que tiene lo puro y preciso del estilo lisíaco; pues no ha utilizado nombres arcaicos, ni inventados, ni glosados, sino los más comunes y habituales. Es ético, persuasivo, agradable y ha evitado la frase tropológica, al igual que aquel la frase sencilla, y ha tomado la magnificencia, la solemnidad y la belleza del lenguaje de Tucídides y Gorgias. Y para enseñar al oyente con la mayor claridad lo que desea, practica la interpretación sencilla y sin adornos de Lisias, pero para asombrar con la belleza de los nombres y añadir solemnidad y grandilocuencia a los asuntos, ha copiado la frase añadida y construida de los seguidores de Gorgias. Pero yerra en lo que a veces se embellece, al emular los jóvenes esquemas de Gorgias( pues las antítesis, los parisos y lo semejante a esto, ni moderados ni hechos a tiempo, deshonran su magnificencia), y aún más en lo que, persiguiendo la buena dicción y el buen ritmo, evita por precaución el choque de las vocales de las letras y evita por precaución utilizar alguno de los sonidos ásperos. Persigue de todas formas el periodo, y ni siquiera este redondo y denso, sino uno conductor, ancho y con muchos codos, como hacen los ríos que no fluyen en línea recta, que se repliega. Sin embargo, esto lo hace en muchos lugares más largo, más inverosímil, sin pasión, sin alma y más panegírico que agonal. Utilizaré los ejemplos un poco más tarde, cuando la ocasión lo exija.
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El dialecto platónico quiere ser también él una mezcla de ambos caracteres, el elevado y el tenue, tal como he dicho antes, pero no ha nacido con la misma fortuna para ambos caracteres. Cuando practica la frase tenue, sencilla y no poética, es extraordinariamente agradable y humana. Pues se vuelve suficientemente pura y diáfana, como las más transparentes de las fuentes, precisa y sutil más que cualquier otra de las trabajadas en el mismo dialecto. Persigue la comunidad de los nombres y practica la claridad, despreciando toda construcción añadida. El polvo y la pelusa de la antigüedad corren sobre ella suave y ocultamente, y exhala una flor verde, floreciente y llena de sazón. Y como de los prados más fragantes, una brisa agradable se desprende de ella. Y no parece mostrar ni la agudeza parlanchina ni la elegancia teatral. Pero cuando, en la perífrasis y en el embellecimiento del lenguaje, lo que suele hacer a menudo, toma un impulso desmedido, se vuelve mucho peor que sí misma; pues parece más desagradable que la otra, heleniza peor, es más espesa, oscurece lo claro, lo hace semejante a la tiniebla y arrastra el pensamiento extendiéndolo largo, cuando debería contraerlo en pocos nombres. Se derrama en perífrasis de mal gusto, mostrando una riqueza de nombres vacía, y despreciando los propios y los que están en uso común, busca los inventados, los extraños y los de aspecto arcaico. Sobre todo, se agita en torno a la frase tropológica, abundante en los epítetos, inoportuna en las metonimias, dura y que no guarda la analogía en las metáforas. Se reviste de muchas y largas alegorías, que no tienen ni medida ni ocasión. Y se engalana inoportuna y puerilmente con esquemas poéticos que causan la mayor desagrado, y sobre todo con los gorgianos. Y es mucho el ditirambo en tales cosas en él, como ha dicho Demetrio de Falero en algún lugar y otros muchos antes. Pues el mito no es mío.
6
Que nadie suponga que digo tales cosas condenando todo el estilo alterado y artificioso que utiliza Platón; pues no sea que yo llegue a ser tan torpe o insensible como para tener esta opinión sobre un hombre tan grande, ya que sé muchas cosas grandes y admirables sobre muchos temas, sacadas a la luz por él con la máxima fuerza; sino que, queriendo indicar que tales errores suele cometer en las construcciones y que él mismo se vuelve peor que sí mismo cuando persigue lo grande y excesivo en la frase, y mucho mejor cuando introduce el dialecto tenue, preciso y que parece no poético, pero construido con una construcción irreprochable y sencilla. Pues o no yerra en absoluto o muy poco, y no digno de acusación. Yo consideraba que un hombre tan grande debería haberse guardado de toda censura. Sin embargo, los mismos que vivieron en su tiempo le censuran como a un hombre que yerra, cuyos nombres no tengo necesidad de decir, y él mismo a sí mismo; pues esto es, ciertamente, lo más brillante. Pues se dio cuenta, al parecer, de su propio mal gusto y le puso el nombre de ditirambo, que ahora me habría avergonzado decir, siendo verdad. Parece que le ocurrió esto, según creo, al haberse criado en los diálogos socráticos, que son muy tenues y precisos, y no haberse quedado en ellos, sino haberse enamorado de la construcción de Gorgias y Tucídides. De modo que no iba a sufrir nada fuera de lo verosímil al arrastrar algunos de los errores junto con los bienes que tienen los caracteres de aquellos hombres.
7
Tomo como ejemplo del estilo elevado uno de los libros muy famosos, en el que Sócrates dispone los discursos eróticos ante uno de sus conocidos, Fedro, de quien el libro ha tomado la inscripción. Pues en este escrito, los primeros pasajes tienen mucha sazón y están llenos de gracias:' Oh, querido Fedro,¿ adónde y de dónde? De casa de Lisias, oh Sócrates, el de Céfalo. Voy a dar un paseo fuera de la muralla'. Pues pasé allí mucho tiempo sentado desde la mañana hasta la lectura del discurso de Lisias y después de la lectura hasta cierto momento. Luego, como si un gran viento se hubiera precipitado desde un aire sereno y estable, perturba la pureza de la frase llevándola a un mal gusto poético, comenzando desde aquí:' Ea, pues, Musas, ya sea que por la forma de la canción seáis claras, o por el linaje musical de los ligures hayáis obtenido este nombre, ayudadme con el mito'. Que estos son ruidos y ditirambos, que tienen mucho estrépito de nombres pero poco pensamiento, él mismo lo dirá. Pues al exponer por qué causa se puso el nombre de Eros a la pasión, y utilizando esto:' Pues el deseo que, sin razón, se lanza hacia lo bueno, dominando, llevando hacia el placer de la belleza y de sus deseos afines, habiéndose fortalecido vigorosamente hacia la belleza de los cuerpos, habiendo vencido, la conducción, habiendo tomado el nombre de la fuerza misma, fue llamado Eros', y habiendo alargado tanto una perífrasis de un asunto que podía ser comprendido en pocos nombres, se apodera de la inoportunidad de sí mismo y dice:' Escucha, pues, en silencio. Pues en verdad parece que el lugar es divino. De modo que si, por casualidad, me vuelvo poseído por las ninfas al avanzar el discurso, no te sorprendas. Pues ahora ya no hablo lejos de algunos ditirambos'. Estos no somos capturados por otros, sino por nuestros propios discursos, según la tragedia, divino Platón, habiendo amado los ruidos y las tonterías de los ditirambos. Lo que Sócrates ha dicho en la palinodia, expiando el amor de nuevo, comenzando desde aquí:' El gran caudillo en el cielo, Zeus, conduciendo un carro alado, marcha el primero ordenando todo y cuidando. Y le sigue un ejército de dioses y demonios, organizado en once partes. Pues Hestia permanece sola en la casa de los dioses. De los demás, cuantos dioses, ordenados en el número de los doce dioses, dirigen según el orden en que cada uno fue ordenado, muchas son, pues, las visiones y salidas felices dentro del cielo, que el linaje de los dioses felices recorre, haciendo cada uno por sí mismo lo suyo. Y sigue siempre el que quiere y puede; pues la envidia se mantiene fuera del coro divino'. Estas cosas y las semejantes a estas, que son muchas, si tomaran melodías y ritmos como los ditirambos y los hiporquemas, parecerían asemejarse a los poemas de Píndaro, a los dichos sobre el sol, tal como a mí me parece:' Rayo del sol,¿ qué has tramado, de muchos ojos, madre de los ojos veloces? Astro supremo, ocultado en el día, has puesto una fuerza invencible, alada para los hombres, y un camino de sabiduría, apresurándote por una senda oscura.¿ Conduces algo más nuevo que antes? Pero te suplico, por Zeus, conductor de caballos, que te vuelvas hacia un camino inofensivo para Tebas, oh señora, prodigio común. Y si traes una señal de alguna guerra o de la ruina de los frutos o de la fuerza excesiva de la nieve o de una sedición funesta o de la vaciedad del mar sobre el suelo o de la escarcha de la tierra o de un verano húmedo con agua tormentosa o si, inundando la tierra, pondrás un nuevo linaje de hombres desde el principio, no me lamento de que sufriré con todos'. Y aquí no es inoportuna la alegoría, como en Platón.
8
Pero, para que el discurso no se me alargue más de lo debido, dejaré a Platón y pasaré a Demóstenes, por cuya causa enumeré los caracteres del estilo que consideraba mejores y los que dominaron en ellos, no todos; pues Antifonte, Teodoro, Polícrates, Iseo, Zoilo, Anaxímenes y los que vivieron en los mismos tiempos que estos no practicaron nada nuevo ni excesivo, sino que construyeron sus propios estilos a partir de estos caracteres y según estos cánones. Demóstenes, al encontrar el estilo político tan movido de diversas maneras y al haber llegado tras hombres tan grandes, no consideró digno de ser emulador de ninguno solo, ni de carácter ni de hombre, pensando que todos eran como obras a medio hacer e incompletas, sino que, eligiendo de todos ellos lo que era más fuerte y útil, lo entretejía y terminaba un solo dialecto de muchos, magnífico y sencillo, excesivo y sin exceso, alterado y habitual, panegírico y verdadero, austero y alegre, tenso y relajado, agradable y amargo, ético y pasional, que no se diferencia en nada del Proteo fabulado por los antiguos poetas, que cambiaba toda idea de forma sin esfuerzo, ya fuera aquel un dios o algún demonio que engañaba las visiones humanas, o una cosa variada de dialecto en un hombre sabio, engañosa para todo oído, lo cual uno podría conjeturar más, puesto que no es santo atribuir visiones humildes y deformes ni a los dioses ni a los demonios. Yo, pues, tengo una opinión tal sobre el estilo de Demóstenes y le atribuyo este carácter, el mixto de toda idea.
9
Y si he conocido lo que corresponde, está presente para quien quiera examinarlo haciendo el examen sobre los ejemplos mismos. Lo que ha sido construido por el orador según el carácter de Tucídides es algo así:' Habiendo muchos discursos, hombres atenienses, casi en cada asamblea sobre lo que Filipo, desde que hizo la paz, no solo os injuria a vosotros sino también a los demás griegos, y sabiendo bien que todos dirían, aunque no lo hagan, que es necesario decir y hacer para que aquel cese en su insolencia y pague la pena, veo que todos los asuntos han sido llevados y abandonados hasta tal punto, que temo que sea blasfemo decirlo pero verdadero: aunque todos los que suben a la tribuna quisieran hablar y vosotros votar, de lo cual los asuntos iban a estar de la peor manera, no creo que pudieran estar peor que ahora'.¿ En qué considero que este estilo se parece al de Tucídides? En lo que estoy convencido de que aquel también se diferencia más de los demás. Y esto es el no haber sacado los pensamientos según una interpretación en línea recta ni, como es habitual en los demás decir, simple y naturalmente, sino haber alterado y desviado el dialecto de lo que está en uso y según la naturaleza hacia lo que no es habitual para la mayoría ni como la naturaleza exige. Lo que digo es esto. El discurso sería simple y sacado según una interpretación en línea recta si alguien lo hubiera construido así:' Habiendo muchos discursos, hombres atenienses, casi en cada asamblea, sobre lo que Filipo os injuria a vosotros y a los demás griegos, desde que hizo la paz'. Pero ahora, el' casi' tomado en lugar de' casi' y el' injuria Filipo' dividido y habiendo traído la consecuencia a través de un largo trecho, y el' no solo a vosotros sino también a los demás griegos', pudiendo manifestar el asunto mediante la sola unión sin negación, ha hecho el estilo alterado y curioso, fuera de lo habitual. Y de igual modo lo que sigue a esto, si hubiera tenido que decirse simple y sin curiosidad, se habría anunciado de este modo:' Y diciendo todos, y si algunos no hacen esto, que es necesario decir y hacer estas cosas, de las cuales aquel cesará en su insolencia y pagará la pena'. Pero habiendo sido sacado así:' Y sabiendo bien que todos dirían', no guarda el camino recto del estilo. Pues el' sé que' no tenía un lugar necesario, y el' dirían' tomado en lugar de' diciendo' no manifiesta el dialecto natural, sino el alterado y curioso. Semejantes a esto son también aquellos:'¿ Entonces creéis que él elige engañar a los que no podrían hacerle ningún mal, pero que ellos mismos se habrían guardado de no sufrir, en lugar de forzarlos anunciándolo?'. Pues aquí el estilo no tendría nada curioso ni tortuoso si lo hubiera sacado de este modo:'¿ Entonces creéis que él elige engañar a los que veía que no podían hacerle ningún mal, pero que se habrían guardado de no sufrir, en lugar de forzarlos anunciándolo?'. Pero habiendo cambiado el caso y habiendo reunido muchos conectores en poco, creo que el dialecto se ha vuelto curioso, inusual y alterado. Aún aquellos son de la misma idea:' Pero ahora no hizo esto, en lo que habría honrado al pueblo, ni se jactó de nada tal. Pero yo, que, ya sea que alguien, hombres atenienses, quiera considerarlo locura( pues locura es quizás hacer algo por encima de la fuerza), ya sea ambición, me presenté como corego, me siguió injuriando tan clara y vilmente, que al final no se abstuvo de mis vestidos sagrados, ni del coro, ni de mi cuerpo'.¿ Qué es, pues, de nuevo en esto lo que perturba la narración según la naturaleza? Primero, el insertar otro antes de completar lo que precede, ya sea que deba llamarse pensamiento o miembro, y añadir el tercero sin que el segundo tenga fin, luego poner la consecuencia del segundo pensamiento sobre el tercero que ha tenido fin, y después, sobre todo, lo que era parte del primero, devolverlo a través de un largo trecho y cuando el pensamiento ya no lo espera.' Yo, que'— esto aún no tiene fin—' ya sea que alguien, hombres atenienses, quiera considerar locura'— esto es otro separado del anterior, incompleto también él—' pues locura es quizás hacer algo por encima de la fuerza'— esto de nuevo no es parte de ninguno de los dichos antes, sino por sí mismo; pues es una afirmación capitular—' o ambición'— esto era parte del segundo, del' ya sea que alguien quiera considerar locura'. Lo que se dice sobre todos estos, el' me presenté como corego', era parte del primero, del' yo, que'. Hay miles de tales cosas en Demóstenes y sobre todo en los discursos contra Filipo, o mejor dicho, no estando así excepto en un discurso, el de Haloneso, pero muchas también en los certámenes judiciales, al menos en los públicos. Y casi tanto en estos como en las asambleas, por el signo que dije, distinguirías el carácter de Demóstenes. Pero uno se engañará al mirar el uso menor o mayor que hace el hombre de ellos según las naturalezas de los temas y las valoraciones de las personas; lo cual quizás no es irracional.
10
Vamos, pues, y digamos en qué se diferencia el estilo de Demóstenes, construido según el mismo carácter, del de Tucídides; pues el discurso lo exige. No por la cualidad,¡ por Zeus!; pues esto lo practican ambos de igual modo, digo el alterar de lo habitual y no perseguir lo común sino lo excesivo; sino por la cantidad y aún más por las ocasiones. Pues uno utiliza la construcción sin medida y es llevado más por ella que él la lleva, y ni siquiera sabe tomar su ocasión hábilmente, sino que a menudo yerra incluso contra ella. Por lo cual la desmesura de la alteración hace su estilo oscuro, y el no dominar las ocasiones, desagradable. Pero el orador apunta a lo suficiente y mide las ocasiones, no construyendo el estilo solo para ofrenda y posesión como el escritor, sino también para el uso. De modo que no ha salido de lo claro, que es lo primero que necesitan los discursos agonales, y ha añadido el parecer terrible, en lo que parece esforzarse más. Tales son, pues, algunas cosas que Demóstenes ha construido imitando a Tucídides, el que destacó en él, contra el carácter elevado, artificioso y alterado de lo habitual, cuyo poder total estaba en la capacidad de ser terrible.
11
Lo que se aparta del estilo sencillo, preciso, puro y digno de emulación, que con razón podría llamarse lisíaco por haber brillado en él, es lo siguiente. Nada impedirá, y quizá haga la exposición más agradable, poner primero el discurso de Lisias, al cual estoy convencido de que se asemeja el de Demóstenes, pues contiene una narración injuriosa:« Pues este Arquipo, atenienses, se desnudó en la misma palestra en la que también Tisis, el demandado. Al surgir la ira, se enzarzaron en burlas, réplicas, enemistad y denuestos. Piteas es, pues, amante del joven( pues se os dirá toda la verdad), y fue dejado como tutor por su padre. Este, cuando Tisis le relató la burla de la palestra, queriendo complacerle y parecer astuto y conspirador, le ordenó, según hemos percibido por los hechos y averiguado de quienes bien lo saben, reconciliarse en el presente, pero observar cómo atraparlo a solas en algún lugar. Convencido de esto, reconciliado, tratándolo y fingiendo ser su amigo, se alejaba de tal locura hacia esto, cuando sucedía que era la carrera de caballos de los Anaceos, y él, pasando conmigo junto a la puerta— pues resulta que somos vecinos—, al principio me invitaba a cenar juntos, pero cuando no quise ir a la juerga, diciendo que él mismo y... habiendo cenado ya, al oscurecer, fuimos y llamamos a la puerta. Ellos nos ordenaron entrar. Cuando estuvimos dentro, a mí me expulsan de la casa, y a este, tras atraparlo, lo ataron a la columna, y Tisis, tomando un látigo, tras propinarle muchos azotes, lo encerró en una habitación. Y no le bastó con cometer solo estos actos, sino que, habiendo emulado a los más malvados de los jóvenes de la ciudad, y habiendo recibido recientemente la herencia paterna y fingiendo ser joven y rico, ordenó de nuevo a los criados, al amanecer, que lo ataran a la columna y lo azotaran. Y estando el cuerpo ya en mal estado, tras hacer llamar a Antimaco, no dijo nada de lo sucedido. Decía que él mismo estaba cenando, y que este llegó borracho, derribó la puerta y, al entrar, lo insultó a él, a Antimaco y a sus mujeres. Antimaco se enfurecía con ellos como si hubieran cometido grandes faltas, pero aun así, tras llamar a testigos, le preguntaba cómo había entrado. Él decía que por orden de Tisis y de los suyos. Aconsejando los que habían entrado que lo soltaran cuanto antes y considerando que lo sucedido era terrible, lo entregaron a sus hermanos. Como no podía caminar, lo llevaron al Deigma en una camilla y lo mostraron a muchos atenienses y a muchos otros extranjeros en tal estado, que los que lo veían no solo se enfurecían con los autores, sino que también acusaban a la ciudad de que no castigaba pública ni inmediatamente a quienes cometen tales actos».
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Esta es la narración de Lisias del discurso contra Tisis. La que ahora voy a exponer, de Demóstenes, del discurso contra Conón, dejando de lado la semejanza pragmática, observemos la del estilo:« Salimos hace tres años hacia Panacto, habiéndose programado para nosotros una guarnición. Los hijos de este Conón acamparon cerca de nosotros, como yo no hubiera querido. Pues la enemistad desde el principio y los roces nos ocurrieron desde allí; a continuación escucharéis. Bebían cada día todo el día, apenas terminaban de almorzar, y esto continuaban haciéndolo mientras estuvimos en la guarnición; nosotros, como acostumbrábamos aquí, así vivíamos también fuera. Y a la hora en que a los demás les correspondía cenar, estos ya estaban borrachos, la mayor parte contra nuestros criados, y finalmente también contra nosotros mismos. Pues diciendo que los criados humeaban al cocinar o que hablaban mal, lo que fuera, golpeaban y derramaban los orinales y orinaban encima y no dejaban nada de desenfreno ni de insolencia. Viendo nosotros esto y afligiéndonos, al principio los despedimos; pero como se burlaban de nosotros y no cesaban, contamos el asunto al estratego, acercándonos todos los compañeros de mesa en común, yo nada fuera de los demás. Habiéndolos reprendido aquel y habiéndolos insultado, no solo por lo que hacían desenfrenadamente contra nosotros, sino también por lo que hacían en general en el campamento, estuvieron tan lejos de cesar o avergonzarse que, apenas oscureció, inmediatamente irrumpieron contra nosotros esa misma tarde. Y al principio hablaban mal, luego también propinaron golpes y causaron tal griterío y alboroto alrededor de la tienda que vinieron el estratego, los taxiarcos y algunos otros soldados, quienes impidieron que sufriéramos algo irreparable o que nosotros mismos hiciéramos algo al ser provocados por ellos. Habiendo llegado el asunto a este punto, cuando regresamos aquí, teníamos, como es natural, ira y enemistad mutua por esto. Sin embargo, yo no creía que debiera ni entablar juicio contra ellos ni hablar de lo sucedido. Sino que había decidido simplemente en adelante ser precavido y guardarme de no acercarme a tales personas. Primero, pues, de lo que he dicho, quiero presentar los testimonios y después de esto mostrar lo que he sufrido por parte de este, para que sepáis que quien debía reprender a los que cometieron la primera falta, este mismo, además de esto, ha cometido actos mucho más terribles.— Testigos—. Lo que, pues, creía que no debía mencionar, es esto. Pero no mucho tiempo después, paseando yo como acostumbraba por la tarde en el ágora con Fanóstrato de Cefisia, uno de mis coetáneos, pasa Ctesias, el hijo de este, borracho, yendo cerca del Leocorion, cerca de Pitodoro. Al vernos, gritar y hablar algo consigo mismo de tal manera, como borracho, que no se entendía lo que decía, pasó hacia Melia, arriba. Bebían allí, junto a Pánfilo el batanero, este Conón, un tal Teodoro, Alcibíades, Espíntaro de Eubulo, Teógenes de Andrómenes, muchos otros, a quienes Ctesias levantó y se dirigía al ágora. Y nos sucede que, al regresar del Ferefacio y pasear de nuevo, estábamos casi en el mismo Leocorion, y nos encontramos con ellos. Al mezclarnos, uno de ellos, un desconocido para Fanóstrato, se abalanza sobre él y lo retenía. Conón, este, su hijo y el hijo de Andrómenes, al encontrarse conmigo, al principio me desnudaban, luego, tras hacerme una zancadilla y tirarme al barro, me trataron de tal manera, saltando sobre mí e insultándome, que me cortaron el labio y me cerraron los ojos. Me dejaron en tan mal estado que no podía ni levantarme ni hablar. Yaciendo, los oía decir muchas cosas terribles. Y lo demás contiene algunas blasfemias que me daría vergüenza incluso nombrar, pero lo que es señal y prueba de su insolencia, que todo el asunto fue causado por él, os lo diré: cantaba imitando a los gallos que han vencido, y ellos le pedían que batiera los costados con los codos en lugar de con las alas».
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¿ No son estos pasajes puros, precisos, claros y construidos mediante nombres propios y comunes, tal como los de Lisias? A mí me parece que sí.¿ Y qué?¿ No son breves, redondos, llenos de verdad y manifiestan una naturaleza sencilla y sin artificios, al igual que aquellos? Ciertamente, sobre todas las cosas.¿ Y no son también persuasivos, dichos con cierto carácter y guardando lo que es apropiado para las personas y los hechos subyacentes?¿ Y no hay una gran parte de placer, persuasión, gracia, oportunidad y toda la demás virtud que florece en los discursos lisíacos? No se puede decir de otro modo. Si, en efecto, no fuera por la inscripción de quién es, cada uno de los discursos fuera reconocible, sino que nos encontráramos con ellos sin inscripción, no creo que muchos de nosotros distinguiríamos fácilmente cuál es de Demóstenes o de Lisias; tanta semejanza tienen los caracteres entre sí. Tal es también el discurso contra Apolodoro en defensa de Formión, el de la demanda contra Olimpiodoro, el dirigido a Beoto sobre el nombre, la apelación contra Eubúlides, el proceso contra Macártato y todos los demás discursos privados, que no son muchos más de veinte. Al haberlos leído en el presente, sabrás a qué me refiero. Y muchas partes de los certámenes públicos han sido construidas con este carácter. Habría traído ejemplos de cada uno si el discurso no fuera a ser más largo de lo debido. En ellos es evidente que no se ha esforzado más en la calilogía, la solemnidad y todos los adornos añadidos que en la precisión. Pero el discurso pronunciado sobre la carta y los embajadores de Filipo, que titula« Calímaco en defensa de Haloneso», el que tiene este comienzo:« Atenienses, no es posible que las acusaciones que Filipo acusa...», es totalmente preciso, sutil y ha copiado el carácter lisíaco hasta la uña, pero tiene poca muestra de cambio, solemnidad, fuerza o alguna de las otras cosas que, por naturaleza, acompañan a la capacidad de Demóstenes.¿ Cuál es, pues, la diferencia incluso en estos?¿ Y cómo podría alguien distinguir, cuando Demóstenes desciende al carácter necesario, en qué es superior a Lisias incluso en el estilo? Pues pides aprender también esto. Una cierta fluidez y gracia natural recorre los discursos de Lisias, como dije también antes, en la que, excepto Demóstenes, aventaja a los demás oradores. Esta, sin embargo, como una brisa del sur, lo lleva hasta el proemio y la narración, pero cuando llega a los discursos demostrativos, se vuelve tenue y débil, y en los patéticos se extingue por completo; pues no tiene mucho tono ni fuerza. En cambio, en Demóstenes el tono es grande y la gracia es suficiente, de modo que incluso en esto vence en lo duradero y moderado, y en aquello aventaja en todo. Este es el segundo punto de observación con el que alguien podría distinguir la dialéctica de Demóstenes cuando se reduce a estas cosas necesarias. Pues no es que, como se despoja del cambio, la redundancia y todos los adornos añadidos, se despoje también de la grandeza y el tono, sino que este es inseparable de ella, ya sea innato o presente por ejercicio en el discurso. Sin embargo, toma ciertas intensificaciones y relajaciones análogas. Y esto ya es conocido para quienes me refiero, y no necesitamos ejemplos.
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De modo que, sobre el carácter y el género retórico que está entre ambos extremos, el cual, habiéndolo recibido incompleto de Isócrates y aún antes de Trasímaco y finalmente de Platón, Demóstenes lo perfeccionó tanto como era posible para la naturaleza humana, uno podría tomar muchos ejemplos de las arengas contra Filipo y muchos de los otros discursos públicos, pero la mayoría y los más bellos de la apología en defensa de Ctesifonte; pues este discurso me parece que ha utilizado una construcción de estilo bellísima y muy moderada. Si, pues, tuviera tiempo suficiente, habría expuesto las palabras mismas. Pero como me quedan muchas cosas necesarias, dejaré esto y en el presente usaré solo ejemplos brevísimos, como hablando a quienes ya lo saben. Son, pues, ejemplos de tal carácter medio, de la acusación contra Esquines:« Pues siempre, atenienses, conviene odiar y castigar a los traidores y a los sobornados, pero sobre todo ahora, en esta coyuntura, podría suceder y beneficiaría a todos los hombres en común. Pues una enfermedad, atenienses, terrible y grave ha caído sobre Grecia, que necesita de mucha fortuna y de vuestra atención...» y lo que sigue a esto. De la acusación contra Aristócrates:« Muchas cosas hay, pues, entre nosotros, tales como no hay en otro lugar, pero una, la más privada de todas y la más solemne, es el tribunal del Areópago, sobre el cual hay tantas cosas bellas transmitidas y míticas, y de las cuales nosotros mismos somos testigos, cuantas sobre ningún otro tribunal...» y lo siguiente. Del discurso sobre las exenciones:« Primero, pues, considerad a Conón, si es que vale la pena, tras haber censurado al hombre o a los hechos, anular algo de lo que le fue dado. Pues este, como es posible oír de algunos de vosotros que son de la misma edad, después del regreso del pueblo desde el Pireo, estando nuestra ciudad débil...» y lo que sigue. De la apología en defensa de Ctesifonte:« Lo que, pues, antes de que yo me dedicara a la política y a arengar, Filipo tomó y ocupó, lo dejaré; pues no considero que nada de esto sea contra mí; pero lo que, desde el día en que me puse a esto, impedían tomar, eso recordaré y sobre esto rendiré cuentas, diciendo de antemano tanto: una gran ventaja, atenienses, tuvo Filipo. Pues entre los griegos, no en algunos sino en todos por igual, ocurrió una cosecha de traidores, sobornados y hombres enemigos de los dioses, tanta como nadie recuerda que haya ocurrido antes...» y lo que se une a esto.
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Si alguien no aceptara especialmente este carácter, la razón por la cual no considero que aquellos discursos tucidídeos, redundantes y cambiados de lo habitual, sean los mejores, ni pongo en los lisíacos, sencillos y contraídos, la virtud perfecta del estilo, diría esto a tal persona: los que se reúnen en las asambleas, los tribunales y las otras reuniones, donde se necesitan discursos políticos, no son todos astutos y redundantes y tienen la mente de Tucidides, ni todos son profanos e inexpertos en la construcción de discursos nobles, sino que unos han confluido desde la agricultura, otros desde la navegación, otros desde los oficios manuales, a quienes alguien que hablara de manera más sencilla y común agradaría más. Pues lo preciso, redundante, extraño y todo lo que no es habitual para ellos oír y decir, los dispone de manera molesta, y así como algunos de los alimentos o bebidas muy desagradables rechazan los estómagos, así aquello dispone molestamente los oídos. Pero los que son políticos, los que vienen del ágora y de la educación encíclica, con quienes no es posible hablar de la misma manera que con aquellos, sino que hay que ofrecerles una dialéctica construida, redundante y extraña. Son, pues, quizás menos que los otros, o más bien una parte mínima de aquellos, y esto nadie lo ignora; sin embargo, no son dignos de ser despreciados por esto. El discurso que apunta a los pocos y bien educados no será persuasivo para la multitud vulgar e ignorante, el que pretende agradar a la mayoría y a los profanos será despreciado por los más refinados, y el que busca persuadir a ambos auditorios menos fallará en el fin. Este es el mezclado de ambos caracteres. Por esto he considerado que el estilo así construido es el más moderado de los demás y acepto especialmente de los discursos aquellos que han huido de las exageraciones de cada uno de los caracteres.
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Habiendo dicho al principio que me parece que Isócrates y Platón han practicado mejor que los demás este género de carácter y lo han llevado lo más lejos posible, aunque no lo han perfeccionado, y habiendo prometido mostrar que Demóstenes ha elaborado lo que a cada uno de ellos le faltaba, me dirigiré ya a esto, habiendo seleccionado las palabras que parecen tener mejor los hombres y habiendo contrapuesto a ellas las de Demóstenes, cuantas fueron compuestas sobre las mismas hipótesis, para que las intenciones y capacidades de los hombres sean más evidentes.
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Que se tome la prueba más precisa sobre obras similares. Que sea introducido primero Isócrates, y que se tome de él una palabra del discurso sobre la paz que parece tener la más agradable, la cual él mismo presenta en el discurso sobre el intercambio, sintiéndose orgulloso de ella, mediante la cual compara la constitución de los antepasados con la establecida entonces y contrapone las acciones antiguas a las nuevas, alabando las antiguas y censurando las del tiempo en que él vivía, y mostrando que los demagogos son los culpables del cambio hacia lo peor, como si no aconsejaran lo mejor, sino que arengaran para el placer de la multitud. Siendo la comparación más larga, he tomado solo lo más importante. Es esto:«¿ Quién, pues, habiendo venido de otro lugar y no habiendo sido corrompido con nosotros, sino habiendo llegado de repente a lo que sucede, no pensaría que estamos locos y fuera de juicio? Nosotros nos enorgullecemos de las obras de los antepasados y pretendemos elogiar la ciudad por lo que se hizo entonces, pero no hacemos nada de lo mismo que ellos, sino todo lo contrario. Pues ellos continuaron luchando contra los bárbaros por los griegos, y nosotros, tras expulsar de allí a los que se procuraban la vida desde Asia, los trajimos contra los griegos. Y aquellos, liberando las ciudades griegas y ayudándolas, fueron considerados dignos de la hegemonía, y nosotros, esclavizando y haciendo lo contrario a lo que se hacía entonces, nos indignamos si no tenemos el mismo honor que ellos. Hemos quedado tan atrás tanto en las obras como en los pensamientos de los que vivieron en aquel tiempo, cuanto ellos, por la salvación de los griegos, se atrevieron a abandonar su propia patria y, luchando y combatiendo en el mar, vencieron a los bárbaros, y nosotros no consideramos digno arriesgar ni siquiera por nuestra propia codicia, sino que buscamos mandar sobre todos, pero no queremos hacer campaña, y emprendemos una guerra casi contra todos los hombres, pero para esto no nos ejercitamos a nosotros mismos, sino a hombres, unos apátridas, otros desertores, otros que han confluido de las otras maldades, a quienes, cuando algunos les dan más paga, seguirán con aquellos contra nosotros; pero aun así los amamos tanto que, por nuestros hijos, si es que cometieran alguna falta, no querríamos rendir cuentas, pero por el robo, la violencia y la ilegalidad de aquellos, estando a punto de llegar las acusaciones contra nosotros, no solo no nos indignamos, sino que incluso nos alegramos cuando oímos que han cometido algo así. Hemos llegado a tal punto de locura que nosotros mismos estamos necesitados de lo cotidiano, pero hemos emprendido mantener extranjeros y a nuestros propios aliados los dañamos en privado y los tributamos, para procurar la paga a los enemigos comunes de todos los hombres. Y somos tanto peores que los antepasados, no solo de los que tuvieron buena fama, sino también de los que fueron odiados, cuanto ellos, si decidían hacer la guerra contra alguien, estando la acrópolis llena de plata y oro, sin embargo, por lo que les parecía, pensaban que debían arriesgar con sus propios cuerpos, y nosotros, habiendo llegado a tal escasez y siendo tantos en multitud, como el gran rey, usamos mercenarios en los campamentos. Y entonces, si llenábamos trirremes, embarcábamos a los extranjeros y a los esclavos como marineros, pero a los ciudadanos los enviábamos con armas, ahora usamos a los extranjeros como hoplitas y obligamos a los ciudadanos a remar, de modo que, cuando desembarcan en la tierra de los enemigos, los que pretenden mandar sobre los griegos desembarcan llevando un cojín, y los que son de tal naturaleza, como los que describí hace poco, arriesgan con armas. Pero,¿ acaso alguien, al ver que las cosas en la ciudad están bien administradas, se animaría también sobre las demás?¿ Pero no se indignaría especialmente por estas mismas cosas? Nosotros, que decimos ser autóctonos y que esta ciudad fue fundada antes que las demás, y que nos corresponde ser ejemplo para los demás de gobernar bien y ordenadamente, administramos la nuestra peor y más desordenadamente que los que apenas fundan ciudades. Y nos enorgullecemos y somos soberbios por haber llegado a ser mejores que los demás, pero compartimos más fácilmente con los que quieren esta nobleza que los tribalos y los leucanos la ignominia».
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La palabra de Isócrates, pues, que parece tener la más bella de las demás, es de tal tipo, digna de admirar por muchas razones; pues es pura, si alguna otra, en los nombres, y la dialéctica es precisa, es clara, común y ha abarcado todas las demás virtudes, de las cuales podría resultar una dialéctica clara. Y tiene muchos de los adornos añadidos; pues es elevada, solemne, digna, bien hablada, agradable y suficientemente hermosa, pero no perfecta en esta parte, sino que hay cosas de las que alguien podría censurarla como faltantes, y no, por Zeus, de las más vulgares. Primero, de la brevedad; pues, apuntando a lo claro, descuida a menudo lo moderado. Y debía cuidar igualmente de ambos. Después de esto, de la contracción; pues es supina, inductiva y fluye en los pensamientos, como son las de los historiadores, pero la agonística quiere ser redonda, compacta y no tener nada hueco. Además de esto, también aquellas cosas están presentes en el hombre. Es poco audaz respecto a las construcciones metafóricas, temeroso y no introduce tonos poderosos. Y, sin embargo, los atletas de la verdadera dialéctica deben tener toques fuertes y agarres ineludibles. Y no puede apasionar a los oyentes tanto como quiere, y la mayoría de las veces ni siquiera quiere, sino que se convence de que basta con mostrar una disposición seria y un carácter amable al político. Y, sin embargo, consigue ambas cosas; pues hay que dar testimonio de la verdad. Pero lo más fuerte de todo para quien va a persuadir a un pueblo o a un tribunal era llevar a los oyentes a las pasiones. Tampoco alcanza lo apropiado en todo, sino que, pretendiendo que la dialéctica sea florida y teatral desde todo punto, como si el placer tuviera todo el poder en los discursos, a veces se queda atrás de lo apropiado. Pero no todos los hechos exigen la misma dialéctica, sino que, así como hay un vestido apropiado para los cuerpos, así también una denominación apropiada para los pensamientos. Pero endulzar desde todo punto los oídos con la elección de nombres eufónicos y suaves, y pretender encerrar todo en armonías de periodos bien ritmados y embellecer el discurso mediante figuras teatrales no era útil en todas partes. Pero esto nos enseñan también los que escribieron las epopeyas, las tragedias y los cantos serios, no haciendo tanta entrega del placer como de la verdad.
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Si yo calculo correctamente estas cosas y el hombre es más deficiente en estas virtudes, está presente para quien quiera observar, haciendo el examen sobre la palabra recién expuesta. Inmediatamente, pues, el primer pensamiento, que podía ser expresado con pocos nombres, lo hace largo, escribiendo en círculo y diciendo dos o tres veces las mismas cosas. Estaba, pues, en el primer miembro, el«¿ quién, pues, habiendo venido de otro lugar...», el« y no habiendo sido corrompido con nosotros, sino habiendo llegado de repente a lo que sucede»; pues en capacidad ambos son lo mismo. Y en el« nosotros nos enorgullecemos de las obras de los antepasados», el« y pretendemos elogiar la ciudad por lo que se hizo entonces»; pues lo mismo es enorgullecerse y elogiar. Y en el« no hacemos nada de lo mismo que ellos», el« sino todo lo contrario»; pues bastaba con haber dicho uno de ellos. Y era posible hacer un periodo de los dos, más breve y más agradable:«¿ Quién, pues, habiendo venido de otro lugar, no pensaría que estamos locos, nosotros que nos enorgullecemos de las obras de los antepasados, pero no hacemos nada de lo mismo que ellos?». Muchas cosas tales son rellenos en cada periodo, casi sin necesidad, que tienen un lugar no necesario, que hacen la interpretación más desmedida, y el periodo más elegante. Larga, pues, es la palabra así para él,¿ pero plana y no compacta cómo?« Y aquellos, liberando las ciudades griegas y ayudándolas, fueron considerados dignos de la hegemonía, y nosotros, esclavizando y haciendo lo contrario a lo que se hacía entonces, nos indignamos si no tenemos el mismo honor que ellos». Estas cosas huecas se podían apretar más y hacerlas más redondas de esta manera:« Y aquellos, liberando a Grecia y salvándola, avanzaron hacia la hegemonía, y nosotros, esclavizando y destruyendo, nos indignamos si no obtendremos lo mismo». Y el pensamiento después de esto ha sido dicho de manera plana y no es compacto:« Hemos quedado tan atrás tanto en los pensamientos como en las obras de los que vivieron en aquel tiempo, cuanto ellos, por la libertad de los griegos, se atrevieron a abandonar su propia patria y, luchando y combatiendo en el mar, vencieron a los bárbaros». Y era posible volver la planicie de ella habiéndola expresado así:« Hemos quedado tan atrás de los antepasados, cuanto ellos, por salvar a los griegos, abandonaron su propia patria y, luchando contra los bárbaros, vencieron». Innumerables son los ejemplos que se pueden tomar de esta debilidad. Pues, fuera de algunos pocos, a quienes no les ha sucedido por previsión más que por automatismo el estar compactos, lo demás se dice de manera plana.¿ Y cómo es la palabra sin tono y que no tiene agarres poderosos? Al añadir a lo dicho un pensamiento tal:« Y somos tanto peores que los antepasados, no solo de los que tuvieron buena fama, sino también de los que fueron odiados, cuanto ellos, si decidían hacer la guerra contra alguien, estando la acrópolis llena de plata y oro, sin embargo, por lo que les parecía, pensaban que debían arriesgar con sus propios cuerpos, y nosotros, habiendo llegado a tal escasez y siendo tantos en multitud, como el gran rey, usamos mercenarios en los campamentos». Pero vamos,¿ cómo era posible decirla más redonda?« Pero esto, quizás, somos peores que los antepasados, pero en lo demás mejores, no digo de los que tuvieron buena fama,¿ de dónde?; sino de los que fueron odiados.¿ Y quién no sabe que aquellos, habiendo llenado alguna vez la acrópolis de muchísimas riquezas, no pagaban la riqueza común contra los enemigos, sino que, aportando de lo propio, a veces consideraban digno arriesgar con sus propios cuerpos? Nosotros, siendo tan pobres y tantos en multitud, hacemos la guerra con ejércitos mercenarios, como también el gran rey». Pero, ciertamente, que su dialéctica es inanimada y no patética, y que tiene una parte mínima de espíritu, que es lo que más necesitan los discursos agonísticos, creo, por mi parte, que es evidente para todos incluso sin recordatorio. Y si, en efecto, se necesitan ejemplos, siendo muchos los que uno podría decir, habiendo usado un pensamiento, me bastaré. Sucede, pues, a la antítesis examinada hace poco otra antítesis tal:« Y entonces, si llenábamos trirremes, embarcábamos a los extranjeros y a los esclavos como marineros, pero a los ciudadanos los enviábamos con armas, ahora usamos a los extranjeros como hoplitas y obligamos a los ciudadanos a remar, de modo que, cuando desembarcan en la tierra de los enemigos, los que pretenden mandar sobre los griegos desembarcan llevando un cojín, y los que son de tal naturaleza, como los que describí hace poco, arriesgan con armas». En esto no censuro al hombre por el ánimo; pues el pensamiento es noble y capaz de mover la pasión, pero censuro lo liso y suave de la palabra. Pues debía ser áspera y amarga y hacer algo parecido a un golpe; pero es húmeda y lisa y, como aceite, fluyendo sin ruido a través del oído, buscando encantar y endulzar el oído.¿ Pero está bien en las figuras para los certámenes, siendo muchas y variadas, y mediante esto apasiona a los que escuchan? Está muy lejos de ello. Pues lo que más disuelve la fuerza de ella y aparta el oído son esos pares pueriles y las antítesis frías y lo parecido a esto. Inmediatamente, en esta misma palabra, sobre la que es el discurso, todo el hecho es una antítesis y los pensamientos de sus partes se oponen uno a uno y cada uno de los periodos ha sido construido mediante antítesis, de modo que agota a los que escuchan con desagrado y hartazgo. Lo que digo es esto. De todo pensamiento, periodo y premisa, los comienzos y las adiciones son tales:« los unos... nosotros, y...»,« y aquellos... nosotros, y...»,« entonces... ahora, y...»,« cuanto los unos... nosotros, y...»,« esto... esto, y...». Esto ha circulado desde el principio hasta el final. Pero cambios, transformaciones y variedades de figuras, que por naturaleza disuelven el cansancio del pensamiento, no hay en ninguna parte. Muchas cosas podría alguien censurar a Isócrates de las deficiencias respecto a la dialéctica, pero también estas son suficientes.
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Que se presente, pues, después de este, Demóstenes, y tómese también de él un discurso, de uno de sus alegatos contra Filipo, mediante el cual él mismo compara sus propias obras con las de sus antepasados y a los nuevos demagogos con los antiguos, no comparando cada obra antigua con una nueva, ni siendo minucioso en la comparación, sino realizando toda la antítesis de manera exhaustiva en toda la exposición, así:« Sin embargo, considerad, atenienses, qué puntos podría uno mencionar tanto de las obras de los antepasados como de las vuestras. El discurso será breve y conocido para vosotros. Pues no usando ejemplos ajenos, sino propios, atenienses, es posible llegar a ser afortunados. Aquellos, pues, a quienes los oradores no halagaban ni amaban, como estos a vosotros ahora, gobernaron a los griegos durante cuarenta y cinco años de buen grado; reunieron más de diez mil talentos en la acrópolis; el rey que poseía esta tierra les obedecía, como es propio que un bárbaro obedezca a los griegos; erigieron muchos y hermosos trofeos, tanto por tierra como por mar, haciendo ellos mismos la campaña; y fueron los únicos de los hombres que dejaron una gloria por sus obras superior a la de quienes les envidiaban. En cuanto a los asuntos griegos, eran tales, pero en los de la propia ciudad, observad cómo eran tanto en los asuntos públicos como en los privados. En cuanto a las construcciones públicas y a la belleza de los templos y de las ofrendas en ellos, nos prepararon tantas y tales, que no dejaron margen de superación a ninguno de los que vinieron después. Y en privado eran tan moderados y tan apegados al carácter de la constitución, que si alguno de vosotros conoce cómo es la casa de Arístides, de Milcíades y de los ilustres de entonces, ve que no es más majestuosa que la del vecino. Pues no se hacían los asuntos de la ciudad para el enriquecimiento personal, sino que cada uno creía que debía aumentar el bien común. Y por administrar los asuntos griegos con fidelidad, los de los dioses con piedad y los propios con equidad, poseían, como es natural, una gran felicidad. Entonces, pues, los asuntos estaban de este modo, usando a aquellos, a quienes dije, como líderes. Pero ahora,¿ cómo están nuestros asuntos bajo los excelentes de ahora?¿ Acaso de manera igual y semejante? Y callo las demás cosas, aunque tengo mucho que decir; pero, de cuánta desolación veis que todos estamos presos, habiendo perecido los lacedemonios, estando ocupados los tebanos y no habiendo ningún otro digno de disputaros la primacía, pudiendo nosotros tener seguros nuestros propios asuntos y arbitrar los derechos de los demás, hemos sido privados de nuestra propia tierra, hemos gastado más de mil quinientos talentos en lo que no era necesario, y a quienes adquirimos como aliados en la guerra, estos los han perdido en tiempo de paz, y hemos cultivado contra nosotros mismos a un enemigo tan grande. O que alguien pase al frente y me diga:¿ de dónde otro se ha hecho fuerte Filipo sino de nosotros mismos? Pero, amigo mío, si esto es despreciable, al menos los asuntos en la propia ciudad están ahora mejor.¿ Y qué podría decir uno de las almenas, que blanqueamos, y de los caminos, que reparamos, y de las fuentes y de las tonterías? Mirad, pues, a los que administran estas cosas, de los cuales unos se han hecho ricos de pobres, otros de desconocidos, ilustres, y algunos han construido sus casas privadas más majestuosas que las construcciones públicas, y cuanto más pequeños se han hecho los asuntos de la ciudad, tanto más han aumentado los de estos.¿ Cuál es, pues, la causa de todo esto?¿ Y por qué todo iba bien entonces y ahora no correctamente? Porque al principio, el propio pueblo, que se atrevía incluso a hacer la campaña, era dueño de los asuntos públicos y señor de todos los bienes, y era motivo de satisfacción para cada uno de los demás compartir del pueblo tanto el honor como el cargo y algún bien. Pero ahora, al contrario, los que administran los asuntos son los dueños de los bienes y mediante ellos se hace todo, mientras que vosotros, el pueblo, debilitados y despojados de dinero y aliados, habéis pasado a ser parte de sirvientes y de complemento, contentándoos si ellos os reparten el fondo para espectáculos o os envían bueyes. Y lo más cobarde de todo: por vuestros propios bienes estáis en deuda. Ellos, habiéndoos encerrado en la ciudad, os llevan a estas cosas y os domestican, haciéndoos dóciles para ellos. Y nunca, creo, es posible adquirir un espíritu grande y audaz haciendo cosas pequeñas y despreciables. Pues cualesquiera que sean las ocupaciones de los hombres, es necesario que tal sea también su espíritu. Por Deméter, no me extrañaría que, al decir esto, me resultara de vosotros un daño mayor que a cada uno de los que han hecho estas cosas. Pues ni siquiera hay libertad de expresión sobre todo siempre entre vosotros, pero yo, que incluso ahora haya sucedido, me asombro».¿ Quién no admitiría que este discurso, incluso en todo lo demás, difiere del de Isócrates? Pues ha interpretado los asuntos de manera más noble y magnífica que aquel, y los ha abarcado con términos, y está estructurado, comprimido y pulido mejor en los pensamientos, y ha usado mayor fuerza y tonos más graves, y ha evitado las figuras frías y pueriles con las que aquel se engalana más allá de lo debido; pero sobre todo, en cuanto a lo activo, lo agonístico y lo apasionado, en todo y por todo, es superior a aquel. Yo, al menos, diré lo que experimento ante ambos discursos; y creo que diré un sentimiento común de todos y no solo mío.
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Cuando leo alguno de los discursos de Isócrates, ya sea de los escritos para los tribunales y las asambleas o de los que tratan sobre el carácter, me vuelvo serio y tengo una gran estabilidad de juicio, como los que escuchan las melodías de los flautistas de espondeos o las de los modos dorios y enarmónicos. Pero cuando tomo alguno de los discursos de Demóstenes, me entusiasmo y soy llevado de aquí para allá, pasando de una pasión a otra, desconfiando, angustiándome, temiendo, despreciando, odiando, compadeciendo, siendo benevolente, enfureciéndome, envidiando, pasando por todas las pasiones que la naturaleza humana es capaz de dominar; y no me parece diferir en nada de los que son iniciados en los misterios de la Madre, los coribánticos y los que son semejantes a estos, ya sea que ellos, movidos por olores, sonidos o por el espíritu mismo de los demonios, reciban las muchas y variadas visiones. Y alguna vez incluso reflexioné sobre qué era probable que sintieran los hombres de entonces al escucharlo decir estas cosas. Pues donde nosotros, que estamos tan alejados en el tiempo y que no hemos sentido nada respecto a los hechos, somos así arrastrados y dominados y, adondequiera que el discurso nos lleve, vamos,¿ cómo eran entonces llevados los atenienses y los otros griegos por el hombre en los combates reales y propios, diciendo él mismo sus propias cosas con la autoridad que tenía, demostrando la autopatía y la prestancia del alma, adornando y coloreando todo con la actuación apropiada, de la cual fue un practicante habilísimo, como todos admiten y es posible ver por los mismos discursos que acabo de presentar, los cuales no es posible para quien quiera recorrerlos con placer como una lectura, sino que ellos mismos enseñan cómo se debe actuar, unas veces ironizando, otras indignándose, otras enfureciéndose, y a la vez asustando, cuidando, amonestando, incitando y demostrando en la pronunciación todo lo que quiere hacer el discurso. Si, pues, el espíritu que se mezcla en los libros a través de tantos años tiene tal fuerza y es así conductor de los hombres, sin duda entonces era algo sobrenatural y terrible en sus discursos.
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Pero, en efecto, para no perder tiempo en esto y verme obligado a omitir algo de lo que queda, dejaré a Isócrates y el carácter de aquella educación, y hablaré ya sobre Platón, al menos lo que me parece con franqueza, sin añadir nada a la reputación del hombre ni quitar nada de la verdad, y especialmente porque algunos pretenden declararlo el más divino de todos los filósofos y oradores en la interpretación de los asuntos y nos exhortan a usar a este hombre como límite y canon de discursos puros y a la vez fuertes. Y ya he escuchado a algunos decir que, si existe un dialecto entre los dioses, con el que se sirve el género humano, el rey de ellos, el dios, no se comunica de otra manera que como Platón. Ante tales suposiciones y prodigios de hombres imperfectos en los discursos, que no conocen qué es la noble construcción ni pueden, dejando toda ironía, como soy por naturaleza, hablaré. Pero quiero decir de antemano el modo en que pretendo realizar su examen. Yo admiro y me maravillo mucho de la habilidad del hombre en los diálogos y especialmente en los que guarda el carácter socrático, como en el Filebo, pero nunca he envidiado su falta de gusto en las construcciones epítéticas, como dije también antes, y menos que nada en los que, rebajándose a temas políticos, intenta escribir elogios y censuras, acusaciones y defensas. Pues se vuelve otro distinto entonces y deshonra la pretensión filosófica. Y a mí muchas veces me ha venido a la boca decir sobre tales discursos suyos lo que Zeus dice en Homero a Afrodita:« No te han sido dadas, hija mía, las obras de la guerra, sino que tú ocúpate de las amables obras del matrimonio de los diálogos socráticos, y esto será preocupación de los hombres políticos y oradores». Hago jueces comunes de mi opinión a todos los filólogos, exceptuando si hay algunos ambiciosos que juzgan los asuntos según las opiniones y no según la verdad. Por tanto, no aprobaba seleccionar de todos sus discursos si algo se ha dicho pésimamente, lo que hacen otros, y luego contraponer a esto el discurso de Demóstenes que tiene lo mejor, sino que esto me pareció justo: poner lado a lado los que más gozan de buena reputación de ambos y examinar los mejores, y me volveré a esta parte misma. Un discurso judicial tiene Platón, la Apología de Sócrates, que no ha visto ni las puertas de un tribunal o del ágora, y escrito según otra voluntad, sin tener lugar ni en los discursos ni en los diálogos. Por tanto, dejo esto. Y no hay ninguna arenga, a menos que alguien quiera llamar arengas a las cartas. Que se dejen también estas. Y hay muchos elogios en el Banquete, muchos de Eros, algunos de los cuales no son dignos de interés, y uno de Sócrates, sea como sea; pues no necesito decir nada sobre esto ahora. El mejor de todos los discursos políticos es el Menéxeno, en el que recorre el discurso fúnebre, imitando, según me parece, a Tucídides, y según él mismo dice, a Arquino y a Dión. Tomaré, pues, este discurso y examinaré junto a él algunos discursos de Demóstenes, no del fúnebre; pues no considero que este haya sido escrito por aquel hombre; sino de sus otros discursos, cuantos se han dicho sobre lo bello y la virtud, o mejor, de un solo combate; pues no tengo ocasión para usar todos los ejemplos que quiero, habiendo deseado hacerlo sobre todo. Tal, pues, será el modo de mi comparación.
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Que se tome primero a Platón, y puesto que parece enorgullecerse de la precisión y majestuosidad de los nombres, examinaré esto en los suyos, comenzando, de donde él mismo, el discurso:« En cuanto a la obra, estos tienen para sí lo que les corresponde, tras haberlo obtenido, siguen el camino del destino». El comienzo es admirable y apropiado a los asuntos subyacentes tanto por la belleza de los nombres como por la majestuosidad y la armonía, pero lo que sigue ya no es igual a lo primero, inmediatamente esto:« habiendo sido despedidos en común por la ciudad, y en privado por los allegados». Pues en el« tener todos lo que les corresponde» a los enterrados, estaba implícito también el ser despedidos sus cuerpos a los entierros pública y privadamente. De modo que no era necesario decir lo mismo de nuevo; a menos que el hombre supusiera que esto era lo mejor de todas las costumbres sobre los entierros, digo, el estar presentes muchos en los cortejos, y no le parecía hacer nada extraño al incluirlo junto a los demás y hablar por separado solo sobre ello. Era, pues, un necio si le parecía que esto era para los fallecidos el más brillante de los adornos con los que la ciudad los adornaba. Pues, para dejar todas las demás cosas,¿ cuánto mejor era que los padres sean mantenidos públicamente hasta la muerte y los hijos educados hasta la pubertad que el ser despedidos los cuerpos públicamente? A mí me parece que mucho. Por tanto, no es necesaria, Platón, esta adición. Pero,¿ acaso si no es por necesidad, al menos por belleza o por alguno de los otros adornos epítéticos ha sido tomado este miembro por él? Lejos de ello; pues además de no tener nada digno de interés ni en la elección de los nombres ni en la composición, corrompe también el periodo anterior, al menos daña su simetría y su eufonía. Pues ahora, comprendido por dos miembros, es simétrico, armónico, redondo y ha tomado una base segura; pero si toma este miembro, todas estas cosas se han disuelto, y tomará el tipo histórico en lugar del lógico. Y si, separando este miembro de los anteriores, lo expondremos por sí mismo, no nos resultará un periodo, ni tendrá carácter o pasión, por Zeus, ni ninguna otra persuasión y gracia. Si, pues, la adición no ha sido tomada por necesidad ni por lo superfluo, y en esto y sobre esto está la construcción del discurso,¿ quién podría llamar a esto otra cosa sino lo que es verdaderamente, inoportunidad? A esto añade el hombre aquello:« Y en el discurso es necesario devolver el resto del adorno a estos hombres, y es justo».¿ El« y es justo» puesto de nuevo aquí al final, por qué ha sido tomado y por qué?¿ Acaso para hacer más claro el discurso? Pero incluso sin esta adición es claro. Si, al menos, fuera así:« Y en el discurso es necesario devolver el resto del adorno a estos hombres»,¿ quién habría censurado esto como no claro?¿ Pero esto es más agradable de escuchar y más magnífico? Al contrario, ha hecho desaparecer todo su carácter majestuoso y lo ha dañado. Y esto no hay que aprenderlo por discurso, sino conocerlo por los propios sentimientos. Pues por las sensaciones irracionales se juzgan todas las cosas molestas y agradables, y no hay necesidad para estas ni de enseñanza ni de consuelo.
25
« Calumnias el asunto», podría decir alguien, exigiendo elegancia y buen decir a un hombre no sabio en esto. Examina los pensamientos, si son bellos y magníficos y no puestos en ninguno de los otros. Sobre estos se esforzaba aquel, en estos era hábil. Pide cuentas de estos a él, pero deja el modo del discurso.¿ Y cómo es posible decir esto? Pues todos saben lo contrario, que el filósofo ha usado más ambición en la interpretación que en los asuntos. Uno podría traer innumerables pruebas de esto, pero basta este discurso para demostrar la vana ambición del hombre, de la que se sirve en el superfluo engalanamiento de la elocución. Inmediatamente, pues, añadiendo a lo dicho anteriormente un pensamiento ni superfluo ni admirable, sino dicho por muchos y muchas veces, porque el elogio de las bellas obras puede hacer inmortales los honores y los recuerdos para los buenos, ha sido dicho por innumerables de los anteriores, habiendo visto que el pensamiento no tiene nada ni sabio ni superfluo, lo que creo que quedaba, quiere endulzarlo con la belleza de la interpretación. Luego, como los jóvenes, bajando de los nombres y figuras nobles y magníficas, llega a estos teatrales, los gorgianos, digo, las antítesis y las parisosis, y mediante estas tonterías adorna la frase.
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Escuchemos a él, cómo dice:« Pues de las obras bien hechas, por un discurso bien dicho, el recuerdo y el adorno llega a los que las hicieron por parte de los que escuchan». Aquí el discurso se opone a las obras, y el haber sido dicho al haber sido hecho, y se ha renombrado en lugar de bien, bellamente, y se igualan las tres partes del discurso con las tres. Y para que el periodo camine con seguridad y por ninguna necesidad, teniendo ya el pensamiento su fin, se ha tomado« por parte de los que escuchan».¿ Acaso ha sido interpretado de manera igual este mismo pensamiento que por los poetas, a quienes el filósofo desprecia y expulsa de la ciudad, o más bella y noblemente?« Conviene que los nobles sean celebrados con bellísimos cantos. Pues esto solo roza los honores inmortales; la bella obra, dicha, muere si es callada». Píndaro ha hecho esto para Alejandro el Macedonio, habiéndose esforzado más en las melodías y los ritmos que en el discurso. Pero Platón, que profesa sabiduría, engalana la frase con figuras delicadas y curiosas. Y esto aún no es suficiente, sino que también en el periodo siguiente a este aparecerá haciendo lo mismo. Pues dice:« Es necesario, pues, un discurso de tal tipo, que elogie suficientemente a los fallecidos y aconseje benevolente a los vivos». Por tanto, adverbio se contrapone a adverbio y verbo a verbo,« suficientemente» a« benevolente», y a« elogiarừ aconsejará», y estos son iguales; no son Licimnios ni Agatones los que dicen« hibris» o« cipris» por salario de algún lugar o« trabajo de las patrias», sino el divino para interpretar, Platón. Y no censuro las figuras; pues a veces aportan gracia a los discursos. Por lo cual no censuro ni la misma práctica de ellas, sino solo la inoportunidad, y especialmente cuando es hecha por tal hombre, a quien pretendemos usar como canon de corrección. Pues en este mismo discurso están también aquellas:« de las cuales ni el poeta ha tomado aún una gloria digna por las dignas», y de nuevo:« habiendo amurallado y construido naves, habiendo recibido la guerra», y aún:« por las cuales también primero y último y a través de todo, intentad tener toda la previsión», y de nuevo:« llevando las desgracias valientemente, parecerán ser en verdad padres de hijos valientes», y aquellas todavía:« educando a unos decorosamente, y a otros manteniendo en la vejez dignamente», y de nuevo en algún lugar:« y yo mismo pido por aquellos, de unos imitar a los suyos, de otros resistir por los suyos», y estas:« pues la constitución es el alimento de los hombres, y la buena, de los buenos, y la no bella, de los malos». Y aquellas todavía:« habiendo vencido a los enemigos, y habiendo liberado a los amigos, habiendo obtenido una suerte indigna». Es grande la multitud de tales figuras a través de todo el fúnebre. Pero habiendo dejado de ser minucioso sobre esto, iré a aquellas, y aunque me da mucha vergüenza y reparo decirlo, sin embargo se dirá, que estas parecieron ser señales de torpeza e impotencia.
27
Pues habiendo dicho de antemano el hombre qué tipo de figura conviene que tome el discurso, añade estas:« Sobre esto mostraré la realización de las obras, cómo la declararon bella y digna de estos». No sé si alguien de los que practican el dialecto fino, preciso y puro se habría atrevido a decir« declarar la realización de las obras digna». Pues los asuntos se realizan, las obras se trabajan, y los dichos son dignos de declaración. Esto, pues, ha sido dicho torpemente, y el pensamiento dicho sobre esto es más débil; pues es largo, incongruente y no tiene ni habilidad ni sintaxis;« de la nobleza, primero comenzó para estos el nacimiento de los antepasados, no siendo advenedizo ni declarando a estos descendientes como residentes en la tierra, habiendo venido de otro lugar, sino autóctonos y viviendo en verdad en la patria y siendo alimentados no por una madrastra, como los otros, sino por la madre, la tierra, en la que habitaban, y ahora yacer muertos en lugares propios de la que los engendró, alimentó y recibió».¿ Qué nación de hombres que usa un dialecto puro dirá el nacimiento, uno autóctono y otro advenedizo? Pues nos ha sucedido algo, el ser autóctonos o no locales, no el nacimiento. Puede, pues, alguien que ha nacido en otro lugar emigrar a otro, pero el nacimiento mismo no puede sufrir esto.¿ Y quién de los que se esfuerzan por hablar bien se atrevería a decir que el nacimiento de los antepasados declaró a los que iban a nacer después como autóctonos y no como residentes de la tierra en la que nacieron? Pues ni el nacimiento mismo tiene naturaleza de declarar algo, ni nadie reside en la que nace; sino que nosotros declaramos los dichos, y residen los que han llegado de otra tierra en la que los recibió.¿ Y quién, queriendo guardar la coherencia, habiendo dicho el nacimiento y dando el discurso sobre esto, uniría el« habiendo venido de otro lugar», el masculino con el femenino y el singular con el plural? Pues el discurso sería coherente, supongo, si refiriéndose al nacimiento, sobre el cual era el discurso, hubiera añadido:« habiendo venido de otro lugar». Pero estando a punto de hacer el discurso sobre los hombres, desde el principio habría establecido así la frase:« de la nobleza, primero comenzaron para estos los antepasados, no siendo advenedizos ni declarando a estos descendientes como residentes en la tierra, habiendo venido de otro lugar, sino autóctonos».
28
Es digno, lo que también ha dicho sobre la nobleza de los hombres, al elogiar primero la tierra de la que nacieron, no verlo de pasada. Dice, pues, que es amada por los dioses y presenta como testigos de esto a los dioses que disputaron sobre ella, un asunto común y dicho por casi todos los que han elogiado la ciudad. Y no es digno calumniar esto, sino observar cómo ha interpretado estas cosas:« nos sirve de testimonio al discurso la disputa y el juicio de los dioses que disputaron sobre ella. La que los dioses elogiaron,¿ cómo no es justo que sea elogiada por todos los hombres?». Me parece humilde y poco envidiable la expresión y no tener nada digno de la ciudad por la que se lucha, según me parece. Pues,¿ qué riqueza de nombres hay aquí?¿ Qué majestuosidad?¿ Qué altura?¿ Qué no es más blando que la dignidad?¿ Y qué no es más deficiente que la verdad?¿ Así debía ser dicha por Platón la disputa, la contienda y el juicio de Atenea y Poseidón sobre el Ática?¿ Así llevar el amor que tuvieron los dioses por los honores en ella a un término despreciable y moderado, diciendo« la que los dioses elogiaron»? Pero, en efecto, lo que añade después para elogio de la tierra, que engendró primero al género de los hombres y le trajo frutos cultivados, es digno de ver:« eligió de los animales y engendró al hombre, que supera en inteligencia a los demás y solo él reconoce la justicia y a los dioses». No sé si se ha dicho por Platón alguna otra cosa más brillante que esta, más barata y más vulgar. Concedámosle decir el elogio del hombre tan despreocupada y débilmente; pero al menos sobre su alimento usará una frase noble:« pues sola en aquel entonces y primero trajo el alimento humano, el fruto del trigo y la cebada».¡ Oh dioses y demonios, dónde está el manantial platónico rico y burbujeante de grandes construcciones!¿ Así es minucioso y fluye gota a gota aquella boca de doce chorros del sabio? Se ha racionado, por Zeus, y ha bajado de la construcción voluntariamente, quizás alguien dirá.¿ Y cómo? Él, que no cree que la leche sea un nombre majestuoso, sino que la renombra como fuente de alimento a través de lo siguiente.
29
Dejemos también esto, y examinemos cómo ha dicho la magnitud del regalo mismo:« con el cual se alimenta más bella y excelentemente el género humano». Si alguno de nosotros, de los que andan por la tierra y por el suelo, hubiera dicho« más bella y excelentemente»,¿ cuánta risa habría provocado? Pero que se deje también esto.« Y de este fruto no tuvo envidia, sino que repartió también a los demás». Si alguien quisiera tomar un ejemplo de discurso que permanece,¿ no estará primero la tierra que no tuvo envidia del fruto? Pues a mí me parece.¿ Y la que compartió sus propios bienes a todos los hombres y sembró con tal riqueza tanto a la tierra bárbara como a la griega, es digna de ser adornada con estos términos, que no tuvo envidia de las semillas y que las repartió a los demás?¿ No era necesario no mencionar en absoluto el no tener envidia a los vecinos, sino abarcar el repartir el fruto con un nombre más majestuoso de regalo o de gracia o de algún otro de tales cosas? Dejo esto. Y el regalo de Atenea lo ha dicho así:« después de esto, la generación del aceite, ayuda de los trabajos, la envió a los descendientes». Perífrasis de nuevo aquí y ditirambos.¿ Y qué necesidad hay de decir más? Pues a través de todo el discurso uno podría encontrar, caminando, unas cosas no dichas con precisión ni finura, otras pueril y fríamente, otras sin tener fuerza y tono, otras carentes de placer y gracias, otras ditirámbicas y vulgares. Y yo pretendía que todas fueran nobles y dignas de interés. Pues Platón es el que escribe esto, quien, si no se llevará los primeros premios del discurso, al menos ofrecerá un gran combate a los que disputarán por los segundos. Pero sobre esto, basta.
30
En cuanto a lo que algunos consideran que ha sido expresado de la manera más excelente por el autor al final del discurso, yo también estoy de acuerdo, y tras exponerlo, me volveré hacia Demóstenes. Quien expone el elogio de ellos dice que los que estaban a punto de morir en la guerra dieron instrucciones a los presentes sobre lo que debían comunicar a sus propios hijos y padres, si les sucediera algo en la batalla. Es lo siguiente: Os diré lo que escuché de ellos mismos y lo que ahora dirían gustosamente si recuperaran sus fuerzas, conjeturando a partir de lo que decían entonces. Pero hay que considerar que escuchamos a ellos mismos, lo que sea que yo comunique. Es lo siguiente: Hijos, que sois hijos de padres valientes, lo manifiesta el presente. Pues nosotros, pudiendo vivir sin honor, preferimos morir con honor antes que someteros a vosotros y a los venideros a la ignominia, y antes que avergonzar a nuestros padres y a todo el linaje anterior, considerando que para quien avergüenza a los suyos la vida no merece ser vivida, y que para tal persona no hay amigo entre los hombres ni entre los dioses, ni en la tierra ni después de haber muerto. Es necesario, pues, que recordando nuestras palabras, si practicáis cualquier otra cosa, la practiquéis con virtud, sabiendo que, al quedar privados de esto, todas las posesiones y ocupaciones son vergonzosas y malas. Pues ni la riqueza aporta belleza al poseedor— ya que tal persona enriquecerá a otros y no a sí misma—, ni la belleza del cuerpo ni la fuerza parecen apropiadas cuando conviven con un cobarde y un malvado, sino que parecen impropias y hacen la cobardía más evidente, y toda ciencia que se separa de la justicia y de la demás virtud parece astucia, no sabiduría. Por lo cual, intentad tener toda diligencia, primero, último y en todo momento, para superarnos a nosotros y a los anteriores en gloria, y si no, sabed que, si os vencemos en virtud, la victoria nos trae vergüenza, pero la derrota, si somos derrotados, felicidad. Y más bien seríamos vencidos y vosotros venceríais si os prepararais para no abusar ni malgastar la gloria de los antepasados, sabiendo que para un hombre que cree ser algo no hay nada más vergonzoso que mostrarse honrado no por sí mismo, sino por la gloria de sus antepasados. Pues, si bien los honores de los padres son un tesoro hermoso y magnífico para los descendientes, abusar del tesoro de riquezas y honores y no transmitirlo a los descendientes es vergonzoso y cobarde por falta de posesiones y reputaciones propias. Y si practicáis esto, llegaréis como amigos ante amigos cuando el destino apropiado os lleve, pero a vosotros, si os descuidáis y os volvéis viles, nadie os recibirá con benevolencia. Que esto baste para los hijos. A nuestros padres, a quienes los tengan, y a nuestras madres, siempre hay que consolarlos para que soporten la desgracia lo más fácilmente posible, si es que llega a suceder, y no para que se lamenten juntos. Pues no necesitarán a quien los entristezca; la fortuna que ha ocurrido será suficiente para proporcionar esto. Sino que, sanándolos y calmándolos, hay que recordarles que los dioses han sido receptivos a lo que ellos pedían, lo más importante. Pues no pedían que sus hijos fueran inmortales, sino valientes y gloriosos, lo cual obtuvieron, siendo los mayores bienes. Pero no es fácil para un hombre mortal que todo salga según su voluntad en su propia vida. Y al soportar las desgracias con valentía parecerán ser, en verdad, padres de hijos valientes y ellos mismos tales, pero al ceder darán sospecha de que o no son nuestros o que los que nos elogian mienten. No es necesario ninguna de estas dos cosas, sino que ellos sean los mayores elogiadores nuestros con hechos, mostrándose como padres que son en verdad hombres de hombres. Pues desde hace mucho tiempo se considera que lo que se dice' nada en exceso' se dice bien; pues en verdad se dice bien. Pues para aquel hombre en quien todo lo que conduce a la felicidad depende de sí mismo o está cerca de ello, y no oscila en otros hombres, de cuyas acciones, ya sean buenas o malas, se vio obligado a errar también lo suyo, para este está mejor preparado para vivir; este es el sensato, este es valiente y prudente, este, cuando nacen hijos y riquezas y cuando se destruyen, se convence sobre todo del proverbio: pues no aparecerá ni alegrándose ni entristeciéndose en exceso debido a que confía en sí mismo. Tales exigimos nosotros que sean los nuestros, y queremos y afirmamos. Y nosotros mismos ahora nos mostramos tales, no indignándonos ni temiendo en exceso si debemos morir en el presente. Pero pedimos a padres y madres que, usando esta misma disposición, pasen el resto de su vida y sepan que no lamentándose ni llorando por nosotros nos complacerán más. Sino que, si hay alguna percepción de los vivos para los que han muerto, así serían los más desagradecidos, dañándose a sí mismos y soportando pesadamente las desgracias, mientras que con ligereza y moderación complacerían más. Pues lo nuestro tendrá ya un fin, que es el más hermoso para los hombres; de modo que conviene adornarlo más que lamentarlo. Pero cuidando de nuestras mujeres e hijos y alimentándolos y dirigiendo hacia allí la mente, estarían más olvidados de la fortuna y vivirían más bellamente, más rectamente y más agradablemente para nosotros. Esto es suficiente para comunicar a los nuestros de nuestra parte. Pero exhortamos a la ciudad a que cuide de nuestros padres y de nuestros hijos, educando a unos decorosamente y manteniendo a los otros dignamente en su vejez. Ahora sabemos que, aunque no lo exhortemos, cuidará suficientemente. Esto, pues, padres e hijos de los fallecidos, ellos os encargaron comunicar y yo lo comunico con la mayor diligencia que puedo. Esta dicción parece ser la más hermosa en este discurso de Platón. Sin embargo, la mayor parte es hermosa( pues no parece mentir), excepto que su forma es política, no agonística.
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Comparemos, pues, con esta la dicción de Demóstenes tomada del discurso sobre la Corona. No es una exhortación a los atenienses hacia lo bello y la virtud, como en Platón, sino un elogio de la ciudad, porque considera que todo lo demás es inferior al honor y la gloria que traen las acciones bellas, incluso si uno no fuera a tener éxito en ellas. La dicción es la siguiente: Puesto que se insiste mucho en lo sucedido, quiero decir algo paradójico, y por Zeus y los dioses, que nadie se maraville de la exageración, sino que observe con benevolencia lo que digo. Pues si hubiera sido evidente para todos lo que iba a suceder y todos lo hubieran previsto y tú lo hubieras predicho y testificado gritando y clamando, tú que ni siquiera hablaste, ni aun así la ciudad debería haberse apartado de esto, si es que tenía consideración por la gloria, por los antepasados o por el tiempo venidero. Ahora, ciertamente, parece haber fracasado en los asuntos, lo cual es común a todos los hombres cuando así le parece al dios; entonces, al pretender estar al frente de los griegos, y luego apartarse de esto, habría tenido la acusación de haber traicionado todo a Filipo. Pues si hubiera renunciado a esto sin lucha, por lo que los antepasados no soportaron ningún peligro,¿ quién no te habría escupido? No a la ciudad, ciertamente, ni a mí.¿ Con qué ojos, por Zeus, habríamos visto a los hombres que llegaban a la ciudad, si los asuntos hubieran terminado en lo que ahora están, y Filipo hubiera sido elegido líder y señor de todos, y otros, aparte de nosotros, hubieran realizado la lucha para que esto no sucediera, y esto cuando la ciudad nunca en los tiempos anteriores había elegido una seguridad sin gloria más que el peligro por las cosas bellas? Pues,¿ quién de los griegos, quién de los bárbaros no sabe que tanto por parte de los tebanos como por parte de los lacedemonios, que fueron poderosos incluso antes que estos, y por parte del rey de los persas, se le habría dado esto gustosamente a la ciudad con mucho agradecimiento, que tomara lo que quisiera y, teniendo lo suyo, hiciera lo que se le ordenara y permitiera que otro estuviera al frente de los griegos? Pero no eran, al parecer, estas cosas patrias para los atenienses de entonces, ni tolerables ni innatas, ni nadie pudo nunca en todo el tiempo convencer a la ciudad de que, uniéndose a los que son poderosos pero no actúan justamente, sirviera con seguridad. Sino que continuó toda su vida luchando por la primacía, el honor y la gloria. Y estas cosas vosotros las consideráis tan solemnes, bellas y apropiadas para vuestras costumbres, que incluso elogiáis más a los antepasados que hicieron esto, y con razón. Pues,¿ quién no admiraría la virtud de aquellos hombres, que soportaron abandonar el país y la ciudad, subiéndose a los trirremes, para no hacer lo que se ordenaba, eligiendo como estratega a Temístocles, quien aconsejaba esto, y lapidando a Cirsilo, quien se manifestó a favor de obedecer lo que se ordenaba, no solo a él, sino también vuestras mujeres a su mujer? Pues los atenienses de entonces no buscaban ni orador ni estratega a través del cual servir afortunadamente, sino que ni siquiera consideraban digno vivir si no fuera posible hacerlo con libertad. Pues cada uno de ellos consideraba que no había nacido solo para su padre y su madre, sino también para la patria.¿ Y en qué se diferencia? En que el que piensa que ha nacido solo para sus padres espera la muerte del destino y la natural, mientras que el que piensa que también para la patria, querrá morir para no verla sirviendo y considerará más temibles que la muerte las afrentas y las deshonras que es necesario soportar en una ciudad que sirve. Si, pues, hubiera intentado decir ahora que yo os induje a pensar cosas dignas de los antepasados,¿ quién no me habría censurado con razón? Pero ahora yo manifiesto vuestras tales elecciones y muestro que incluso antes de mí la ciudad tenía este pensamiento. Sin embargo, afirmo que yo también participé en el servicio de cada una de las cosas realizadas. Pero este, que acusa de todo y os ordena tenerme rencor como causante de miedos y peligros para la ciudad, se esfuerza por privarme del honor presente, pero os quita los elogios de todo el tiempo. Pues si condenáis que no actué de la mejor manera, parecerá que habéis errado, no que habéis sufrido lo sucedido por la falta de juicio de la fortuna. Pero no es posible que hayáis errado, hombres atenienses, al asumir el peligro por la libertad y salvación de todos, no, por los antepasados que se arriesgaron primero en Maratón y los que se formaron en Platea y los que combatieron en el mar en Salamina y los que estuvieron en Artemisio y muchos otros hombres valientes que yacen en los monumentos públicos, a quienes la ciudad enterró a todos por igual considerándolos dignos del mismo honor, Esquines, no solo a los que los vencieron ni a los que tuvieron éxito, justamente. Pues lo que era obra de hombres valientes, ha sido realizado por todos, pero la fortuna, que el destino asignó a cada uno, esa es la que han usado.
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No hay nadie que no admita, si solo tiene una percepción moderada sobre los discursos y no es envidioso ni contencioso, que la dicción recién comparada difiere de la anterior tanto como difieren las armas de guerra de las de procesión, las visiones verdaderas de las imágenes, y los cuerpos criados bajo el sol y los trabajos de los que persiguen sombras y descansos. Pues aquella no practica nada fuera de la belleza y por esto su belleza está en cosas no verdaderas, mientras que esta no tiene nada que no conduzca a lo útil y verdadero. Y me parece que nadie se equivocaría al comparar la dicción de Platón con un lugar florido que tiene estancias agradables y placeres efímeros, y la dicción de Demóstenes con una tierra fértil y abundante, que no escasea ni de lo necesario para la vida ni de lo superfluo para el placer. Y pudiendo, si quisiera, examinar también los logros de cada una parte por parte y mostrar cuánto mejor es la dicción de Demóstenes que la platónica, no solo en cuanto a lo verdadero y apropiado para las luchas— pues esto, como para quienes saben todos por igual, creo que ni siquiera necesita discurso—, sino también en cuanto a lo tropológico, en lo que Platón parece ser especialmente hábil, y teniendo muchas fuentes de discursos, pospongo esta teoría para otra ocasión, si es que me queda tiempo; pues no dudaré en publicar un tratado propio sobre ella. Pero ahora, lo que era apropiado para el presente, ha sido dicho. Y puesto que no era posible para nosotros pasar por alto a Platón, a quien algunos otorgan la primacía, pero agotar el discurso sobre esta única teoría era haber olvidado el tema, que esto me sirva de límite. Y quiero también recapitular lo dicho desde el principio y mostrar que he hecho todo lo que prometí al comenzar la teoría del lugar léxico.
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Mi propósito y la profesión del discurso era mostrar a Demóstenes usando una dicción excelente y ajustada de la manera más moderada a toda la naturaleza humana, y ciertamente intenté reunir esto no dando las pruebas solo a partir de esa misma( pues sabía que nada es suficiente visto por sí mismo, tal como es, para ser visto clara y puramente), sino contraponiéndole las dicciones de los otros oradores y filósofos que parecen tener las mejores y, mediante la prueba mutua, haciendo evidente la mejor. Para que, pues, el discurso tomara el camino natural, enumeré los caracteres de las dicciones más dignos de mención y recorrí a los hombres que ocupaban el primer lugar en ellos, luego, tras mostrar que todos ellos eran imperfectos y calcular brevemente en qué suponía que cada uno erraba más del fin, llegué a Demóstenes. Y declarando que este no se convirtió en seguidor de ningún carácter ni de ningún hombre, sino que, eligiendo de todos lo mejor, construyó una interpretación común y filantrópica y que en esto difiere sobre todo de los demás, proporcioné pruebas sobre esto, dividiendo la dicción en tres caracteres los más generales, el tenue, el elevado y el intermedio entre estos, y demostrando que él tiene éxito en los tres géneros más que los demás, tomando algunas dicciones suyas, con las cuales comparaba otras del mismo tipo, dignas de discurso, pero no totalmente irreprochables ni, como aquella, que tuvieran todas las virtudes. Pues también la mención y comparación de Isócrates y Platón, aunque hombres admirabilísimos, no me resultaba fuera de lo verosímil, sino que, dado que estos, al convertirse en seguidores del carácter medio y excelente, obtuvieron la mayor gloria, para mostrar que, aunque son mejores que los otros, no son dignos de competir con Demóstenes por los premios. Tras añadir pocas cosas más a esto sobre la dicción, pasaré a la parte restante de la teoría.
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Estas son las cosas que acompañan por igual a las tres creaciones y son mensajes característicos e inalienables de todo discurso demosténico. Recordaré primero lo que dije que las virtudes propias de los de Demóstenes o Lisias habían sucedido a las otras creaciones, para que el discurso me resulte más fácil de ver. Me parece, pues, que Demóstenes aventaja a los que usan una dicción elevada, superflua y cambiada en cuanto a usar la interpretación de manera más clara y común. Pues en toda construcción apunta a estas, que tienen grandeza, y usa estas virtudes más características en la denominación elevada y extraña, tanto como es posible. Y de los que practican la frase llana, tenue y sin superfluidad, me parecía que difería por el tono de la dicción y por el peso y la solidez y por el amargar en la mayoría de los casos; pues estas son características de aquella creación en él y las cosas parecidas a estas. Y de los que han practicado la dicción media, que declaro que es la mejor, suponía que difería en esto: en la variedad, en la simetría, en la oportunidad, además de esto en lo patético, agonístico, activo y, finalmente, lo apropiado, que roza los astros en Demóstenes. Esto, pues, dije que acompaña por separado a cada una de las tres creaciones y a partir de esto pretendía que la fuerza de Demóstenes, aunque por naturaleza acompaña también a las otras creaciones, tiene la visión más excelente y destacada en estos lugares. Y si alguien pretende calumniar la división, puesto que al dividir en tres las virtudes que acompañan en común a todas las creaciones, otorga lo propio a cada una, diría esto ante él: que en el lugar en que cada una de las virtudes tiene la visión más dulce y el uso más útil, en ese lugar exijo que se ordene, puesto que también los técnicos declaran que el lugar de la claridad, la brevedad y lo persuasivo es la narración, no como si no debiera examinarse estas virtudes en ninguna otra parte— pues sería muy absurdo—, sino como si debiera examinarse sobre todo en la narración.
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Vamos, pues, tras haber dicho esto, hablemos ya también sobre la composición de los nombres que usa el hombre. Que la armonía de la dicción de Demóstenes es algo superfluo y que difiere por mucho de la de los otros oradores, no es mi fábula. Pues todos, sé bien, testificarían esta virtud suya, todos los que no son totalmente inexpertos en los discursos políticos, donde incluso los que florecieron en la misma edad que él son evidentes que lo admiran y lo siguen sobre todo por esta habilidad técnica, aunque algunos ni siquiera están predispuestos amistosamente hacia él, de modo que se ganaron fama de adulación, sino que algunos incluso son muy hostiles y han emprendido guerras irreconciliables. De ellos era Esquines el orador, hombre que usó una naturaleza brillantísima en los discursos, quien parece no estar muy lejos de los otros oradores y no ser contado como segundo de nadie después de Demóstenes. Este, ciertamente, de la otra habilidad que hubo en este hombre en cuanto a lo léxico, hay cosas que critica y calumnia, haciendo obra de enemigo. Pues le atribuye novedad de nombres, desagrado, curiosidad, y este oscuro y amargo y otras muchas cosas tales, envidiando, como dije, y esto, sin embargo, tomando fuentes razonables para calumniar. Pero sobre la composición de los nombres, nada ni mayor... o que traiga burla. Y esto no es digno de admirar todavía, sino que también testificando en muchos lugares la virtud al orador es evidente y lo sigue. Y esto podría ser evidente a partir de lo que él mismo ha dicho, entonces escribiendo de alguna manera así: cuando un hombre compuesto de nombres y estos amargos y curiosos( pues en esto no elogia la elección de sus nombres, por Zeus; pues¿ quién sería seguidor de una denominación amarga y curiosa?), en desagrado, y en otro lugar diciendo así: cómo temo que vosotros, sufriendo mal, améis la composición de los nombres de Demóstenes. Pues también aquí de nuevo no teme que los atenienses amen la belleza y la magnificencia de sus nombres, sino que no se olviden, hechizados por la composición, de modo que incluso lo liberen de las faltas evidentes debido a las sirenas que están en la armonía. Y a partir de esto no es difícil ver que, testificándole una habilidad, cuanta no a otro, y comparando su música con las sirenas, pero admirándolo no por la elección de los nombres, sino por la composición, indudablemente le ha cedido esta virtud.
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Esta parte, pues, como no necesitada de mucho discurso, digo que Demóstenes es un compositor de nombres superfluo, la dejaré confirmada con testimonios dignos de crédito y con que nadie tiene nada que decir en contra. Pero cuál es el carácter de su armonía y de qué práctica ha llegado a ser tal y cómo alguien podría distinguirlo comparándolo con otros, esto intentaré decir, tras haber dicho esto antes. Hubo un gran deseo y previsión en los antiguos de armonizar bien los nombres tanto en metros como sin metros, y todos los que quisieron publicar escritos serios, no solo buscaron nombrar bien los pensamientos, sino también abarcar los nombres mismos con una composición bien ordenada; excepto que no todos practicaron la misma armonía, de modo que ni todos llegaron por los mismos caminos. Y creo que de esto hubo muchas causas. Primero, la naturaleza de cada uno, en la que otros estamos dotados para otras cosas, segundo, la opinión que nace del discurso y la elección, por la cual abrazamos unas cosas y nos molestan otras, tercero, la suposición que se construye por la costumbre prolongada de que son dignas de estudio aquellas cuyos hábitos tomamos, cuarto, además, la referencia y la imitación hacia aquellos con quienes nos sucede que competimos, qué cosas admiran ellos; y alguien podría decir otras cosas, pero yo, tras decir las más evidentes, dejo las restantes. De donde unos practican la armonía estable, pesada, austera, antigua y solemne que huye de todo lo elegante, otros la elegante, clara, teatral y que manifiesta mucho lo elegante y suave, con la que se encantan las asambleas y la multitud reunida, y otros, tras componer de cada una lo más útil, siguieron la conducta mixta y media.
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Pues tres son estos caracteres de composición serios, los más generales, y los otros junto a estos y a partir de estos están construidos, siendo muy numerosos, difiriendo entre sí por tensión y relajación. Una armonía pura y genuina y un carácter puro en todo no se encontraría en nadie, ni en poetas de discursos medidos ni en prosa, ni hay que exigir tales testimonios a nadie. Pues donde ni siquiera de los elementos primeros, de los cuales se compuso la naturaleza del todo, de tierra, agua, aire y fuego, nada es puro, sino que todo participa de todo, y cada uno de ellos ha sido nombrado según lo que predomina,¿ qué es de extrañar si las armonías de la dicción, siendo tres en número, no tienen la naturaleza pura ni sin mezclar, sino que han sido consideradas dignas de nombre y carácter propio a partir de lo que les ha sucedido en la mayoría de los casos? De modo que, cuando proporcione ejemplos de cada una y traiga testimonios, comparando algunas dicciones de los poetas y escritores que las usaron, que nadie calumnie las complicaciones y las cualidades de ellas según las partes, sino que observe cada una de las cosas tomadas según lo que predomina, conjeturando si en muchos lugares es tal lo que se muestra, no si en todas partes.
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De la armonía austera, antigua y que practica no lo elegante sino lo solemne, tal es el carácter: le gusta usar nombres grandes y de muchas sílabas y que sus bases estén muy firmemente asentadas, y delimitar unas cosas de otras con la inclusión de tiempos dignos de mención. Esta forma de la armonía la producen las yuxtaposiciones de las letras vocales, cuando la palabra precedente termina en una de estas y la que se une a esta toma el comienzo de una de estas. Pues era necesario que se tomara un tiempo medio entre ambas digno de mención. Y que nadie diga:¿ qué es esto, o cómo podría haber un tiempo que haga que los nombres se distancien unos de otros según las uniones de las vocales? Pues es demostrado por los músicos y métricos que el tiempo a través de en medio de las vocales puede ser completado por la inserción de otras letras semivocales. Y esto no sucedería si algún silencio digno de mención no separara las vocales unas de otras. Primero, pues, este es el rasgo propio de esta armonía en la mayoría de los casos. Otro es tal: quiere tomar interrupciones y contrapuntos y asperezas en las complicaciones de los nombres que estriñen el oído suavemente. Aquí de nuevo la fuerza de las letras mudas y semivocales es la causa, cuando las que terminan las partes precedentes son letras tales que no tienen naturaleza ni de mezclarse ni de confundirse con las que siguen. Pues hay mucho de contra- golpe en las uniones de estas, tal como también en los nombres mismos, cuando las llamadas sílabas se componen de las letras que hacen áspera la voz. Y se necesita mucha técnica aquí, para que tales conjugaciones no pasen desapercibidas como cacofónicas ni desagradables ni que hayan traído otra molestia a los oídos, sino que florezca en ellas una pelusa antigua y una gracia sin esfuerzo. Pues basta, como diciendo a quienes saben, que la naturaleza tiene que ninguno de los verbos serios esté exento de sazón y gracia propia, decir solo esto.
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En las partes más pequeñas y elementales de la dicción, estas son características de la primera armonía, pero en los llamados miembros, que se componen de los nombres y completan los periodos, no solo esto, sino también que los ritmos que los miden no sean humildes ni blandos ni innobles, sino elevados, varoniles y magníficos. Pues el ritmo en los discursos no es una cosa trivial ni que tenga una parte de adición no necesaria, sino que, si hay que decir la verdad, según mi opinión, es lo más soberano de todas las cosas capaces de hechizar y encantar los oídos. Y además de los ritmos, que los esquemas de los pensamientos sean nobles y dignos, no solo los que se componen según los pensamientos sino también según la dicción misma. Y enumerar ahora cuántos géneros de esquemas hay, tanto de los nombrados como de los innombrados, y de cuáles de ellos tal armonía ha nacido para alegrarse sobre todo, no tengo tiempo. Además, es propio de esta armonía que los periodos sean autónomos y sencillos y que ni completen el pensamiento consigo mismos ni estén medidos con el aliento del que habla ni usen rellenos de nombres no necesarios según el pensamiento subyacente ni terminen en ritmos teatrales y elegantes. Y en general, esta composición no abraza lo periodizado en la mayoría de los casos, sino que quiere estar construida de manera no poética, sencilla y en su mayor parte de manera corta, tomando como ejemplo la naturaleza no construida. Y si alguna vez sigue un ritmo a los miembros o periodos o bases compuestos sin artificio, no rechaza lo sucedido por la fortuna automática. Y estas cosas son todavía características de la armonía antigua y austera: no usar muchas conjunciones ni artículos continuos, sino que a veces incluso menos de los necesarios, no detenerse en las mismas declinaciones el discurso sino cambiar a menudo, tener la frase de manera desdeñosa de la consecuencia de lo dicho antes y no una tras otra, que las partes se unan de manera superflua y propia y no según la suposición o voluntad de la mayoría. Y ejemplos de ella, de poetas y melopoyos, es casi toda la dicción de Esquilo y la de Píndaro, aparte de que no requiere los Partenios y si alguna otra construcción parecida a estas; pero se manifiesta una nobleza y solemnidad de armonía parecida también en estas que guarda el antiguo beber. Y de los escritores, el más brillante y el que más tiene éxito en esta idea entre los demás es Tucídides. Y si a alguien le parece que todavía se necesitan testimonios para el discurso, tras pasar a los poetas, de la dicción de Tucídides esto: de esta guerra la longitud también avanzó mucho, y sucedieron muchos sufrimientos en Grecia tales como no otros en igual tiempo. Pues ni tantas ciudades tomadas fueron desoladas, unas por bárbaros, otras por ellos mismos luchando entre sí, y hay algunas que también cambiaron de habitantes al ser tomadas, ni tantas huidas de hombres y matanza, una durante la guerra misma, otra debido a la sedición. Y las cosas antes dichas de oídas, pero confirmadas más raramente por los hechos, no se volvieron increíbles, sobre terremotos, que ocuparon la mayor parte de la tierra y los mismos fueron los más fuertes, eclipses de sol, que sucedieron más frecuentes que los recordados del tiempo anterior, sequías, hay entre quienes grandes y a partir de ellas también hambres y la enfermedad pestilente que no menos dañó y destruyó una parte. La primera, pues, de las armonías, la generosa, austera, de gran mente y que persigue lo antiguo, es de tal carácter.
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La que sigue a esta, la pulida y teatral, que prefiere la elegancia a la gravedad, es de este tipo: siempre busca elegir los nombres más suaves y tersos, persiguiendo la eufonía y la melodía, y de ellas, lo agradable. Luego, no considera oportuno colocar estos elementos al azar ni ensamblar unos con otros sin reflexión, sino que, distinguiendo qué sonidos, al ser yuxtapuestos, podrán hacer los tonos más musicales, y observando bajo qué forma las combinaciones resultarán más graciosas, intenta ensamblar cada uno de este modo, poniendo muchísimo cuidado en que las armonías de todos ellos estén bien cohesionadas, fundidas y fluidas. Por esta razón, evita con todo empeño los choques de vocales, pues rompen la tersura y la buena dicción, y evita, en la medida de sus fuerzas, las combinaciones de semivocales y consonantes que endurecen los tonos y pueden perturbar el oído. Pues, dado que no es posible que toda palabra que significa un cuerpo o una cosa esté compuesta de letras eufónicas y suaves, sino que a veces es inevitable que estén mal compuestas, intenta tomar para las mismas combinaciones lo que la naturaleza no otorga, y así hacer las voces más dulces y suaves. Y, ciertamente, soporta intercalar entre las palabras necesarias otras que, para el sentido subyacente, no son ni necesarias ni quizás útiles, pero que proporcionan el orden de un vínculo o pegamento a las palabras situadas antes y después de ellas, para que las que terminan en una letra áspera y las que comienzan por una similar no produzcan, al unirse, asperezas en los tonos y choques, sino que, descansando en la palabra intercalada, hagan que los tonos parezcan suaves y continuos. Pues su propósito general y su gran labor giran en torno a que todas las partes del periodo estén tensadas y entretejidas, formando la apariencia de una sola palabra, y además, en torno a que todo el discurso sea, como en las armonías musicales, dulce y claro. De esto, lo primero lo producen las precisiones de las armonías, y lo segundo, las potencias de las letras que tienen afinidad entre sí por las simpatías según las leyes, sobre las cuales la teoría pertenece a otra ciencia. El flujo del discurso se vuelve, pues, rápido y fluido, como corrientes que se desplazan por un terreno inclinado sin que nada les oponga resistencia, y se desliza a través del oído de manera dulce y placentera, no menos que los sonidos y melodías musicalizados por el canto y los instrumentos. Además, es propio de esta composición que los miembros sean terriblemente parecidos a los poemas, de voz suave y tersos, con mucho de locuaz, unidos entre sí por una cierta afinidad natural. De ellos se compone el periodo; pues no compone nada fuera del periodo. Además, de los ritmos en los que se dividen los periodos, no quiere tomar los solemnes, sino los más graciosos. Por ello, parecen de cumbres bien formadas y bien trazadas, y terminan en un asiento seguro. De las figuras, persigue las más dinámicas de las multitudes; pues se engalana y florece con ellas, siempre que no lleguen a molestar a los oídos, entre las cuales están las parisosis, las paromoisis, las antítesis, las paronomasias, las antístrofes, las epanáforas y otros muchos instrumentos similares de la dicción poética y melódica. Tales me parecen ser los rasgos característicos de esta armonía. Como ejemplos de ella tomo, de los poetas, a Hesíodo, Safo y Anacreonte, y de los que usaron la prosa, a Isócrates el ateniense y a quienes se acercaron a él. Ya se han mencionado antes algunas palabras en las que describía el carácter general de su dicción, a partir de las cuales, si la composición es tal como decimos, cualquiera podría verlo sin dificultad. Pero para no parecer que rompemos la continuidad, ordenando a los lectores que vuelvan a los ejemplos mencionados al principio, tómese también aquí una palabra de sus discursos panegíricos que no supondrá mucha pérdida de tiempo a los lectores, en la que expone lo realizado por los atenienses respecto a la batalla naval en Salamina. Es esta: pues, como no eran capaces de enfrentarse a ambas fuerzas a la vez, tomando a toda la multitud de la ciudad, zarparon hacia la isla contigua, para no arriesgarse en ambos frentes a la vez. Y, sin embargo,¿ cómo podrían mostrarse hombres mejores o más amantes de Grecia que aquellos que soportaron ver, para no ser causa de esclavitud para la mayoría, cómo su ciudad quedaba desierta, su territorio devastado, sus templos saqueados y sus santuarios incendiados, y toda la guerra desarrollándose en torno a su propia patria? Y, ciertamente, ni siquiera esto les bastó, sino que no dudaron en luchar solos contra mil doscientas trirremes, aunque no se les permitió. Pues los peloponesios, avergonzados por su virtud y pensando que, si los nuestros eran destruidos primero, ellos mismos no se salvarían, y que si tenían éxito, sus propias ciudades quedarían en deshonra, se vieron obligados a participar en los peligros. Y no sé por qué habría que perder el tiempo relatando los tumultos que se producen en la acción, los gritos y las arengas, que son comunes a todos los que luchan en el mar. Pero lo que es propio y digno de la hegemonía y conforme a lo dicho anteriormente, eso es mi tarea decirlo. Pues tanto se diferenciaba nuestra ciudad, cuando estaba intacta, que, habiendo sido devastada, contribuyó con más trirremes al peligro por Grecia que todos los que lucharon en el mar, y capaces de arriesgarse contra el doble de esa cantidad. Nadie, pues, está tan predispuesto contra nosotros que no admita que, gracias a la batalla naval, vencimos en la guerra, y que la ciudad fue la causa de ello. Y, sin embargo, estando a punto de realizarse una expedición contra los bárbaros,¿ quiénes deben tener la hegemonía?¿ No aquellos que más se distinguieron en la guerra anterior y que muchas veces se arriesgaron privadamente, y en los combates comunes fueron considerados dignos de los premios al valor?¿ No aquellos que abandonaron lo suyo por la salvación de los demás y que, desde antiguo, fueron fundadores de la mayoría de las ciudades y, a su vez, las salvaron de las mayores desgracias?¿ Y cómo no sufriríamos terriblemente si, habiendo participado en la mayor parte de los males, fuéramos considerados dignos de tener menos honores y, habiendo sido puestos antes que los demás, ahora nos viéramos obligados a seguir a otros?
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De la tercera armonía, que dije que era mixta de ambas, eligiendo lo más útil de cada una, no hay un carácter propio, sino que, según la elección o la capacidad de quienes la practican para evitar unas cosas y tomar otras, así se mezclan, como en la pintura las mezclas. El mejor canon de esta armonía fue el poeta Homero, y nadie podría decir una dicción mejor armonizada que la suya respecto a ambas cosas, me refiero al placer y a la gravedad. Lo emularon muchos poetas de versos y cantos, y además autores de tragedia y comedia, antiguos escritores, filósofos y oradores. Recordarlos a todos sería una gran tarea, bastará con presentar solo a dos de los que dominaron en los discursos, a quienes estoy convencido de que son los mejores: a Heródoto entre los escritores y a Platón entre los filósofos; pues también la dignidad y la gracia corren en sus armonías. Si he juzgado correctamente y con verosimilitud sobre ellos, quien quiera puede examinarlo. Vamos, pues,¿ quién no admitiría que este discurso es intermedio entre la armonía austera y la dulce, y que ha tomado lo mejor de cada una, el que ha usado Heródoto al atribuir el discurso a Jerjes, cuando deliberaba sobre la expedición contra los griegos? La dicción ha sido trasladada al dialecto ático: Hombres persas, ni yo mismo seré el primero en imponer esta ley entre vosotros, ni la usaré habiéndola recibido. Según me entero de los ancianos, no hemos estado tranquilos en ningún momento desde que recibimos esta hegemonía de los medos, tras haber derrocado Ciro a Astiages; sino que un dios nos impulsa así y a nosotros mismos nos sucede que, al avanzar mucho, las cosas nos salen mejor. Lo que Ciro, Cambises y mi padre Darío realizaron y los pueblos que adquirieron, no hace falta que se lo diga a quienes ya lo saben. Yo, desde que recibí este trono, me preocupaba de no quedar por detrás de los que me precedieron en este honor ni de adquirir menos poder para los persas. Y, reflexionando, encuentro a la vez que nos llega gloria y un territorio no menor ni más despreciable que el que poseemos ahora, y además más fértil, y a la vez que se produce una venganza y un castigo. Por esto, ahora os he reunido, para exponeros lo que pienso hacer: voy a tender un puente sobre el Helesponto y conducir un ejército a través de Europa contra Grecia, para vengarme de los atenienses por todo lo que han hecho a los persas y a mi padre. Veis que también Darío estaba deseoso de hacer campaña contra estos hombres, pero él ha muerto y no pudo vengarse, pero yo, por él y por los demás persas, no descansaré hasta haber tomado e incendiado Atenas. Ellos fueron los primeros en cometer injusticias contra mí y contra mi padre; primero, al ir a Sardes junto con Aristágoras de Mileto, esclavo nuestro, incendiaron los bosques y los templos. En segundo lugar, lo que nos hicieron al desembarcar en su tierra, cuando Datis y Artafernes eran los generales, lo sabéis todos. Por estas razones, pues, me he lanzado a hacer campaña contra ellos, y calculando, encuentro en ello tantos bienes: si sometemos a estos y a los que viven cerca de ellos, los que habitan la tierra de Pélope el frigio, mostraremos que la tierra persa es limítrofe con el éter de Zeus. Pues el sol no verá ninguna tierra limítrofe con la nuestra, sino que yo, junto con vosotros, haré de todas ellas una sola tierra, habiendo atravesado toda Europa. Pues me entero de que es así: que no queda ninguna ciudad de ellos ni ningún pueblo de hombres que pueda enfrentarse a nosotros, una vez excluidos estos que he mencionado. Así, tanto los que son culpables para nosotros como los inocentes llevarán el yugo de la esclavitud. Vosotros me haríais un favor haciendo esto: cuando os señale el tiempo en el que me parece que debemos acudir, es necesario que estéis todos presentes con entusiasmo. Y al que venga con el ejército mejor equipado, le daré una recompensa que es considerada la más valiosa entre nosotros. Hay que hacer esto así. Pero para que no parezca que decido por mi cuenta, pongo el asunto en común, ordenando que quien quiera de vosotros exponga su opinión.
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Quería ofrecer aún más ejemplos de la conducción del escritor; pues la fe habría sido más fuerte así. Pero ahora me veo impedido, apresurándome hacia lo propuesto y, a la vez, temiendo la reputación de inoportunidad. Me perdonará, pues, el admirable Platón, si no presento también palabras suyas. Pues la mención, como para quienes ya saben, es suficiente. He expuesto esto queriendo tratar tanto las diferencias de las armonías como sus caracteres y los que sobresalieron en ellos, para que, cuando declare mi opinión de que Demóstenes practicó la armonía media y mixta, nadie me objete diciendo:¿ cuáles son las armonías extremas?¿ Y cuál es la naturaleza de cada una de ellas y cuál es esta mezcla o fusión? Pues nada de los extremos. Por esto primero, como dije, me vi obligado a decir aquello de antemano, y luego, para que mi discurso no sea de un solo miembro ni austero, sino que tenga algunas digresiones bien educadas. Pues ni sería bueno dejar de lado tales añadidos cuando el discurso lo exige, ni tampoco pedirlos.
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Habiéndome mostrado ya esta elección del orador, que cada uno considere por sí mismo lo dicho, que es así, reflexionando sobre cuánto ha sido construido por el hombre de manera solemne, austera y digna, y reflexionando sobre cuánto de manera placentera y dulce. Y si también aquí parece que la fe necesita una prueba, que tome cualquiera de sus discursos que quiera y, comenzando por la parte que desee, que descienda y examine cada una de las cosas dichas, si unas tienen las armonías distendidas y separadas, y otras, pegadas y compactas, y unas endurecen y amargan el oído, mientras que otras lo suavizan y alisan, y unas inclinan a los oyentes a la pasión, otras los llevan al carácter, y otras producen otras muchas diferencias según la composición misma. Como son estas( usaré ejemplos no por elección, sino con los que me encontré, tomados de una de las Filípicas): Si alguno de vosotros, hombres atenienses, al ver a Filipo prosperar, piensa que es temible para luchar contra él, usa la previsión de un hombre sensato; pues gran peso, o mejor dicho, toda la fortuna está por encima de todos los asuntos humanos. Sin embargo, yo, si alguien me diera a elegir, preferiría la fortuna de nuestra ciudad, si vosotros estáis dispuestos a hacer lo que corresponde, aunque sea poco, que la suya. En estos tres periodos, los demás nombres están compuestos de manera eufónica y dulce, por ser sus armonías muy continuas y suaves. Pero hay muy pocos, en absoluto, que separan las armonías y las hacen parecer ásperas; en el primer periodo, en dos lugares las vocales chocan, tanto en' ὦ ἄνδρες Ἀθηναῖοι' como en' εὐτυχοῦντα ὁρῶν', lo cual separa la conexión. Y en otros dos o tres lugares, las semivocales y consonantes que caen unas junto a otras y no tienen la naturaleza de fundirse, en' τὸν Φίλιππον' y en' ταύτῃ φοβερὸν προσπολεμῆσαι', perturban los tonos moderadamente y no permiten que parezcan suaves. En el segundo periodo, la composición se endurece en' μεγάλη γὰρ ῥοπή', debido a que no se funden las dos' ρ ρ', y en' ἀνθρώπων πράγματα' debido a que la' ν' no se alisa con la siguiente. Se rompe en' μᾶλλον δὲ ὅλον ἡ τύχη', al abarcar las vocales breves mucho tiempo intermedio. En el tercer periodo, las vocales, si uno quisiera fundirlas y comprimirlas como' οἴομαι' y' δέον', no las encontraría entrelazadas entre sí. De las consonantes, en dos o tres lugares, se encontrarán que no guardan la tersura con las adyacentes en' αἵρεσίν μοι δοίη' y en' τὴν τῆς ἡμετέρας πόλεως'. Hasta aquí, la segunda armonía lleva el primer puesto, y en lo siguiente, la primera( pues está más rota que la otra): pues veo que tenéis muchas más oportunidades de tener el favor de los dioses que él. Pero, creo, estamos sentados sin hacer nada; y no es posible que él, estando ocioso, ordene a sus amigos, y mucho menos a los dioses. Pues en esto, las vocales que chocan en muchos lugares son evidentes, así como las semivocales y consonantes, de las cuales las armonías toman apoyos y asentamientos, y las voces, frecuentes asperezas. Luego, los periodos que siguen a estos no toman separaciones de vocales, y por esto su composición es rápida, pero al ser marcadas por los choques de consonantes y semivocales, endurecen la voz moderadamente. Y todo lo demás está construido de la misma manera.¿ Pues qué necesidad hay de alargar diciendo más? Y no solo las combinaciones de nombres toman la armonía mixta y media en él, sino también las construcciones y composiciones de los miembros, y las longitudes y figuras de los periodos, y los ritmos que los abarcan a ellos y a los miembros. Pues también en muchos incisos ha hablado el hombre, y la mayoría están construidos así, y no pocos en periodos. De los periodos, unos son de cumbres bien formadas y redondos como hechos con torno, otros son planos y difusos y no tienen bases extraordinarias. En longitud, unos son más cortos, para ser medidos según el aliento de un hombre, otros mucho mayores, como los que llegan hasta la cuarta pausa para terminar entonces. De las figuras, donde uno podría encontrar las solemnes, austeras y antiguas predominando, donde otras, las claras, pulidas y teatrales. Y de los ritmos, en muchos lugares los varoniles, dignos y nobles, y raramente, en algún lugar, los hiporquemáticos, jónicos y quebrados. Sobre los cuales hablaremos un poco después; pues otro lugar será más adecuado para ellos. Ahora, añadiendo lo que el discurso parece exigir, pasaré a lo restante de lo propuesto.
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¿ Y qué es esto? Dado que dije que la composición mixta es la mejor, y afirmo que Demóstenes la ha usado con más moderación que todos los demás, haciendo en ella tensiones y relajaciones notables, haciendo la conducción a veces más digna y a veces más decorosa,¿ por qué, queriendo qué, no sigue siempre un solo y mismo camino?¿ Y con qué reglas define en qué carácter predominar, en este o en aquel? Me parece que el hombre, enseñado por la naturaleza y la experiencia, comprendió primero esto: que las multitudes que acuden a los panegíricos y escuelas no exigen las mismas construcciones de dicción que las que se encuentran en los tribunales y las asambleas, sino que unos buscan el engaño y el entretenimiento, y otros, la enseñanza y el beneficio. Por tanto, no creía que el discurso en los tribunales debiera ser locuaz y claro, ni que el demostrativo debiera estar lleno de sequedad y suciedad. No tenemos, pues, discursos panegíricos suyos que presentar; pues estoy convencido de que todos los que se le atribuyen son ajenos y no tienen ni un poco de su carácter ni en los pensamientos ni en los nombres, y en cuanto a la composición, son inferiores en todo y por todo. Entre ellos están el vulgar, vacío y pueril epitafio y el encomio a Pausanias, lleno de tonterías sofísticas. Pero este no es el momento de decir las pruebas sobre esto.
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De sus discursos agonísticos, cuantos han sido hechos para tribunales o asambleas, infiero que el hombre tenía esta opinión. Pues lo veo, si alguna vez tomaba asuntos que necesitaban una construcción más graciosa, otorgarles una armonía de dicción panegírica, como ha hecho en el discurso contra Aristócrates en muchos lugares y en otros, pero sobre todo en los que expone el discurso sobre las leyes y el de los tribunales de homicidios, para cuya necesidad está ordenado cada uno de ellos; y en el discurso contra Leptines sobre la exención en muchas partes, sobre todo en los encomios de los benefactores de la ciudad, Cabrias y Conón y algunos otros, y en el discurso sobre la corona y en otros muchos. Y esto me parece que, habiéndolo reflexionado primero, se ajustaba a las hipótesis, adaptando el carácter de la composición a los asuntos subyacentes, y además, tras esto, habiendo comprendido las ideas del discurso, que no todas exigen el mismo adorno de elección de nombres ni de composición, sino que unas exigen el más pulido y otras el más austero, y habiendo seguido la necesidad de estos, hacer los proemios y las narraciones teniendo en su mayor parte lo dulce de lo solemne, y las pruebas y los epílogos teniendo una parte menor de la composición dulce, y mayor de la austera y nutrida. Pues en los casos en que hay que adular al oyente y seguir los asuntos escuchando narraciones de males ajenos a veces secas y desagradables, donde si la composición no aportara lo que endulza o consolara el cansancio del pensamiento, las pruebas no tendrán una base segura; pero en los casos en que lo que tiende a la verdad y al beneficio debe ser dicho; esto, la mayoría exige aprenderlo de manera sencilla, noble y con una austeridad solemne, y lo locuaz y engañoso no tiene belleza en los discursos agonísticos. Por tanto, no conociendo la misma naturaleza de todos, ni creyendo que los mismos adornos debían convenir a todos, sino que a los discursos deliberativos les conviene más la dignidad y la grandilocuencia, y a los judiciales, donde el juez se convierte en oyente de males ajenos, y de la vida y de todo lo que es más valioso para los hombres, la lucha, la gracia, el placer, el engaño y cosas similares a estas. Por esto, en los consejos y sobre todo en los más saturados contra Filipo, ha usado las armonías austeras, y en los compuestos para los tribunales, las pulidas. Y de los mismos judiciales, a su vez, en los públicos, donde había que guardar la dignidad de la ciudad, con las más magníficas, y en los privados, con las menores.
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En resumen, no solo creía que debía hacer diferentes las fusiones de los caracteres en la composición según las peculiaridades de los discursos y las variaciones de las hipótesis, sino que, viendo que incluso los géneros de los argumentos, las partes complementarias, tienen naturalezas diferentes, intentaba adornarlos con construcciones de armonía que se diferenciaban, componiendo de una manera las sentencias, de otra los entimemas, y de manera diferente los ejemplos. Sería un discurso largo si quisiera decir todas las diferencias que aquel hombre divino veía y, configurando siempre el discurso según cada color, dosificando cada una de las armonías con relajación y tensión, remodelaba aquellos hermosos discursos. Pero no creo que necesite ejemplos aquí, para que mi discurso obtenga mayor fe al examinarse las obras del orador, si son tales como digo. Pues la redacción tomaría mucha longitud, y temo que alguna vez pase a los caracteres escolares desde los memorísticos. Pero pocos tomados de los muchos son pruebas suficientes, y a la vez, para los que saben( pues no escribo esto para los inexpertos en el hombre), mostrar las cosas simbólicamente es suficiente. Volveré, pues, a lo restante de lo que al principio me propuse decir.
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El segundo capítulo era mostrar con qué teoremas, usando y a través de qué ejercicio, habiendo avanzado, tomó la mejor parte de la armonía. Diré también sobre esto, como tengo opinión. Siendo dos los fines en toda obra, por así decirlo, de los que la naturaleza es creadora y de los que las artes son madres, lo bello y lo placentero, vio que también en los discursos, tanto en los medidos como en los construidos fuera de medida, iba a tener suficientemente de ambos. Pues, separado cada uno de ellos del otro, además de no ser perfecto, tiene su propia virtud más tenue. Habiendo comprendido esto, y habiendo supuesto que lo bello es el fin de lo austero, y lo dulce de lo pulido, buscaba qué es lo que produce la belleza y qué lo del placer. Encontraba que las mismas cosas son causa de ambos, los miembros, los ritmos, las transformaciones y lo que acompaña a todos ellos, lo apropiado, aunque no configurándose de la misma manera. Qué razón tiene cada uno de estos, intentaré enseñarlo.
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A las primeras partes de la dicción, que algunos llaman elementos, ya sean tres, como parece a Teodectes y Aristóteles, nombres, verbos y conjunciones, ya sean cuatro, como a los de Zenón el estoico, ya sean más, estas dos cosas siguen, el miembro y el tiempo, iguales. Según las agudezas y gravedades de ellos se ordena el miembro, y según las longitudes y brevedades, el tiempo. Este se convierte en ritmo, ya sea comenzando a constituirse de dos breves, como algunos piensan y llaman al ritmo así construido' hegemón', teniendo la primera razón de los tiempos iguales en elevación y caída, ya sea de tres breves, como pareció a los de Aristóxeno, que está construido en la razón doble primero. A los que se componen de las primeras partes de la dicción, el miembro ya avanza hacia el aumento y los ritmos progresan hacia los llamados metros. Cuando cada uno de estos está a punto de superar el metro, la transformación entra entonces y dosifica el bien propio de cada uno de ellos. Cuando estos toman el lugar que les corresponde, entonces les devuelve la belleza apropiada, lo conveniente. Y esto no es difícil de comprender en las obras de la música. Pues, vamos, si alguien, habiendo tensado la melodía más bella en cantos o sonidos de instrumentos, no hiciera ninguna cuenta del ritmo,¿ hay alguna forma de que alguien soportara tal música?¿ Y qué? Si se preocupara moderadamente de ambos, pero permaneciera en la misma melodía y los mismos ritmos, sin cambiar nada ni variar,¿ no destruiría todo el bien? Y si también apuntara a esto, pero no pareciera tener ninguna preocupación por lo conveniente a los asuntos subyacentes,¿ no será inútil para él todo el esfuerzo en torno a aquello? A mí, al menos, me lo parece. Habiendo comprendido esto, Demóstenes, calculando las melodías de los nombres y miembros y sus tiempos, intentaba ensamblarlos de tal modo que parecieran melodiosos y rítmicos, e intentaba cambiar y variar cada uno de ellos con miles de figuras y modos, y de lo conveniente, nadie de los que se ocupan de los discursos hacía tal donación. Habiendo reflexionado, como dije, que a través de estos mismos teoremas se hace el discurso dulce y el bello, buscaba de nuevo qué era la causa de que las mismas cosas no fueran productoras de las mismas. Encontraba que de las melodías había diferencias, que hacen que unas parezcan dignas y otras pulidas, como en los músicos tiene el color respecto a la armonía, y en los ritmos también lo que sucede es similar, de modo que unos parecen dignos y magníficos, y otros, tiernos y suaves. Y en las transformaciones, a veces lo antiguo y austero, y a veces lo meloso y amante de lo nuevo, apareciendo. Y lo conveniente, sobre todo, dando una gran inclinación a cada uno de ellos. Habiendo comprendido esto, cuando suponía que necesitaba más de lo bello en su construcción, hacía las melodías magníficas, los ritmos dignos y las transformaciones nobles. Y cuando el discurso le parecía necesitar de la otra composición, bajaba todas estas cosas hacia lo más musical. Y que nadie suponga que es extraño el discurso, si afirmo que también en la prosa es necesario melodías, euritmia y transformaciones, como en los cantos y los instrumentos, si no percibe nada de esto escuchando el discurso de Demóstenes, ni suponga que yo maltrato lo que es propio de la prosa desnuda al testimoniarlo. Pues esto lo tiene el discurso bien construido y, sobre todo, el de este orador. Pero por la oportunidad y la cantidad, escapa a la percepción; pues unas cosas están confundidas, otras corrompidas, y otras de algún otro modo han salido de la precisión de la construcción, de modo que parece haber cambiado por completo y no parecerse en nada a los poemas.
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¿ Acaso alguien me pedirá aquí cuenta de las melodías, los ritmos, las figuras en las transformaciones y lo conveniente en cada uno, exigiendo escuchar cuáles son, con los que se adorna la armonía amante de lo antiguo, y cuáles podrían ser de la armonía locuaz?¿ O, trayendo consigo la musicalidad desde niño, que ha obtenido de la música y la gramática, que tienen estos teoremas, no calumniará al que se detiene en las cosas comunes y conocidas, sobre todo viendo las medidas de la oportunidad? Creo, pues, como tengo una opinión equitativa sobre los demás, comenzando por ti, queridísimo Ameias, y tomando de tu musicalidad. Pero si alguien exigiera aprender también esto, cómo es, tomando mis memorias, que he trabajado sobre la composición de los nombres, sabrá todo lo que desea de lo que aquí se omite. Yo, habiendo delimitado de este modo el discurso sobre esto, iré a la parte que queda.
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Pues prometí que también mostraría esto, cómo alguien podría distinguir el carácter de la composición de Demóstenes y mediante qué signos, al emplearlos, la separaría de las demás. No existe, pues, ningún signo distintivo suyo tan evidente que baste por sí solo y sin ningún otro para seguirle la pista, pero la combinación y el pleonasmo, mediante los cuales es natural que se ponga a prueba el conocimiento de cualquier cosa y cuerpo, se convierten en su carácter propio. Me serviré de una imagen clara, en aras de la claridad, con los cuerpos de los hombres. A todos, sin duda, les ocurre tener magnitud, color, forma, miembros, cierto ritmo de los miembros y cosas semejantes a estas. Si alguien, pues, pretendiera observar el carácter a partir de uno solo de estos, no conocerá nada preciso. Pues podría encontrar en muchas formas algo semejante a lo que estableció como símbolo de la única forma. Pero si compusiera todos los accidentes de la forma, o la mayoría, o los más importantes, obtendrá un conocimiento muy rápido y no se engañará con las semejanzas. Esto mismo desearía que hicieran también quienes quieren conocer con precisión la composición de Demóstenes, juzgarla a partir de muchos rasgos, me refiero a los mejores y más importantes; primero, a partir de la eurythmia, cuyo criterio excelente es la percepción irracional. Pero esta requiere mucha práctica y una instrucción prolongada; pues, ciertamente, los hijos de los escultores y pintores, si no adquirieran mucha experiencia, habiendo ejercitado sus visiones durante largo tiempo en torno a las artes de los antiguos maestros, no podrían distinguirlas fácilmente y no podrían decir con seguridad, habiéndolo recibido por la fama, que esta obra es de Policleto, esta de Fidias, esta de Alcámenes, y de las pinturas, esta de Polignoto, aquella de Timantes y esta de Parrasio.¿ Acaso sabrán algunos la naturaleza de la armonía eurythmica de los discursos con precisión a partir de pocos preceptos y una instrucción ocasional? Falta mucho para ello. Esto, pues, creo que es lo primero que se debe observar con ciencia y hábito, y después de esto, la euritmia. Pues no hay ninguna locución de Demóstenes que no incluya ritmos y metros, unos acabados y perfectos, otros imperfectos, que tienen tal entretejido entre sí y están tan armonizados que no es evidente que sean metros. Pues no podría haber de otro modo una locución política, junto a la composición misma, semejante a los poemas, si no contuviera metros y ciertos ritmos insertados de forma oculta. Sin embargo, no conviene que parezca que es métrica ni rítmica, para que no se convierta en poema o canto, al abandonar su propio carácter, sino que basta con que parezca eurythmica y eumétrica. Pues así sería poética, pero no un poema, y melódica, pero no un canto. Qué diferencia tienen estas cosas, no es difícil de ver. La que toma metros y ritmos ordenados, ya sea por verso o por periodo, que los músicos llaman estrofa, y luego, a su vez, usando los mismos ritmos y metros en los mismos versos o periodos, que llaman antiestrofas, y avanzando con esta figura de construcción desde el principio hasta el fin, es métrica y rítmica, y se aplican a tal locución los nombres de metro y canto; pero la que incluye metros errantes y ritmos desordenados y no guarda ni sucesión de ellos, ni paridad, ni ninguna otra semejanza ordenada, es eurythmica y eumétrica, puesto que está diversificada con ciertos metros y ritmos, pero no es rítmica ni métrica, puesto que no tiene los mismos ni de la misma manera. Tal digo que es toda locución política en la que se manifiesta la belleza poética. La cual veo que también usa Demóstenes. Habiendo ya expuesto las pruebas sobre esta parte en los escritos sobre la composición, no considero necesario decirlas también aquí. Un tercer y cuarto rasgo de la composición del orador eran el variar de todas formas y el configurar de manera diversa los miembros y los periodos. Pues no hay ningún lugar, en absoluto, que no esté diversificado con las variaciones y las configuraciones, como todos saben, y me parece que esto no necesita de discursos, siendo conocido incluso para los más vulgares.
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Estos me parecen ser indicios de la composición de Demóstenes, inalienables y característicos, a partir de los cuales alguien podría distinguirla toda, si deseara examinarla. Pero si alguien sospechara ante esto, maravillándose y diciendo, si es que era tan desdichado aquel hombre de tal envergadura, que cuando escribía los discursos, revolvía arriba y abajo las partes de la locución y los miembros compuestos a partir de estas, las eurythmias, los ritmos y los metros, cosas propias de la teoría musical y poética, ajustándolas a la frase política, a la cual no le corresponde nada de esto, primero, que reflexione sobre esto: que el hombre considerado digno de tanta gloria en los discursos, como nadie de los anteriores, componiendo obras eternas y entregándolas al tiempo que todo lo pone a prueba, no escribía nada al azar. Sino que, así como ponía mucho esmero en la economía de los pensamientos, así también en la armonía de los nombres, viendo, ciertamente, que aquellos admirados por su sabiduría y considerados poetas de los mejores discursos, Isócrates y Platón, presentaban discursos semejantes a obras esculpidas y cinceladas, y reflexionando que la división del hablar bien es doble, hacia el lugar pragmático y hacia el léxico, y que ambos se dividen a su vez en las mismas secciones, el pragmático en la preparación, que los antiguos llaman invención, y en el uso de lo preparado, que llaman economía, y el léxico en la elección de los nombres y en la composición de los elegidos, en cada uno de estos tienen mayor parte los segundos que los primeros: lo económico en lo pragmático, y lo sintético en lo léxico. Sobre lo cual no es momento de extenderse en el presente. Pues esto podría ser comprendido si alguien no fuera completamente obtuso o contencioso, y no se maravillaría si Demóstenes se preocupó además por los miembros, los ritmos, las figuras y todo lo demás, por lo cual la composición se vuelve agradable y bella. Pues, al contrario, alguien podría suponer más bien que para un hombre que no es ni poco trabajador, ni inconstante, ni poco sabio, es imposible y absurdo que el orador no haya puesto ningún cuidado en la armonía de los discursos, o que haya sido uno vulgar, queriendo dejar monumentos inmortales de su propia inteligencia. Pues, ciertamente, los escultores y pintores, al mostrar la destreza de sus manos en materia corruptible, no aportan tantos esfuerzos, de modo que incluso las venitas, las plumas, el vello y cosas semejantes a estas las elaboran hasta el extremo y consumen en esto sus artes,¿ y acaso un artífice político, habiendo superado a todos los de su tiempo por naturaleza y esfuerzo, descuidó alguno de los elementos mínimos para hablar bien, si es que estos son mínimos?
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Quisiera también que reflexionaran sobre esto aquellos que aún se muestran incrédulos ante lo dicho, que siendo él aún un joven y acercándose recientemente al aprendizaje, no era irracional que tuviera esto y todo lo demás mediante mucho cuidado y reflexión, pero que, una vez que el ejercicio prolongado le produjo un gran hábito y le grabó tipos fuertes de lo que siempre practicaba, entonces lo hiciera a partir de la mayor facilidad y del hábito. Algo semejante ocurre también en las otras artes y no menos en la llamada gramática. Pues esta es suficiente para dar testimonio también de las otras, siendo la más evidente de todas y la más admirable. Pues cuando aprendemos esta, primero tomamos los nombres de los elementos de la voz, que se llaman letras. Luego, sus tipos y potencias. Cuando aprendemos esto, entonces sus sílabas y los accidentes en torno a estas. Y habiendo dominado esto, las partes del discurso, digo nombres, verbos y conjunciones, y los accidentes de estos, sístoles, diástoles, agudezas, gravedades, géneros, casos, números, inclinaciones y las otras cosas semejantes a estas, que son innumerables. Cuando abarcamos el conocimiento de todo esto, entonces comenzamos a escribir y a leer, sílaba a sílaba y lentamente al principio, dado que el hábito es aún reciente, pero al avanzar el tiempo y al rodear el alma de un intelecto fuerte a partir del ejercicio continuo, entonces, sin tropiezos y con mucha facilidad, y cualquier libro que alguien nos entregue, sin recordar ya ninguna de aquellas muchas teorías, lo recorremos junto con el pensamiento. Algo semejante a esto debe suponerse que ocurre con esta arte, aumentando el hábito a partir de las pequeñas y escasas teorías con el tiempo, dominándolas fácilmente, de modo que, junto con el pensamiento, su obra sea juzgada y sin tropiezos. Y si a alguien le parece que estas son obras de mucho esfuerzo y gran ocupación, le parece muy correctamente según Demóstenes; pues nada de lo grande es objeto de pequeños esfuerzos. Pero si calcula los frutos que les siguen, o mejor, si calcula uno solo, el elogio que el tiempo devuelve tanto a los vivos como después de la muerte, considerará toda la ocupación menor de lo que corresponde.
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Me queda aún un discurso, el relativo a la interpretación, cómo el hombre ha adornado la locución, siendo una virtud necesaria en torno a los discursos y especialmente en los políticos. Estando esta presente, hay lugar y espacio también para las otras virtudes, pero estando ausente, no hay provecho alguno ni de ninguna de aquellas. Alguien podría conjeturar qué fuerza tiene este elemento, al comprender cuánto se diferencian entre sí los que interpretan tragedias y comedias. Pues, diciendo los mismos poemas, no todos nos encantan de la misma manera, sino que algunos nos resultan molestos y nos irritamos como si, al interpretar, nos hicieran algún daño y corrompieran las intenciones de los poemas. Digo, pues, que esta virtud es muy necesaria para los discursos de competición, si han de tener mucho de verdadero y animado. De la cual, como de las otras, este hombre tuvo el mayor cuidado. Y viendo que su naturaleza es doble, se esforzó mucho en ambas partes. Pues incluso las pasiones de la voz y las figuras del cuerpo, para que las tuviera lo mejor posible, las elaboró con no poco esfuerzo, aunque por naturaleza no usó una muy afortunada para esto, como dice Demetrio de Falero y todos los demás que escribieron su vida.¿ Qué tiene que ver esto con su locución?, diría alguien. La locución, pues, diría yo, ha sido construida de forma apropiada para esto, estando llena de muchos caracteres y pasiones y enseñando qué tipo de interpretación necesita. De modo que quienes leen a este orador deben observar cuidadosamente, para que cada cosa se diga de este modo, como él quería. Pues la misma locución enseña a los que tienen un alma fácil de mover, con qué tipo de interpretación deberá ser expresada. Lo cual yo haré claro con ejemplos.
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Pues vamos, que alguien intente pronunciar estos números: Dejo a Olinto, Metone y Apolonia y treinta y dos ciudades en Tracia, que ha destruido todas tan cruelmente que ni siquiera, si alguna vez fueron habitadas, era fácil acercarse y decirlo. Y callo el pueblo de los focenses, tan grande, que ha sido destruido. Aquí la misma locución enseña qué interpretación necesita. Pues habiendo dividido la multitud de ciudades destruidas por Filipo en Tracia, dice que no las dirá.¿ No es necesario, pues, decir esto con ironía y al mismo tiempo indignándose y tensando el sonido? Luego, si dice que no tiene que decir esto como terrible y más allá de lo terrible, sin embargo, se lamenta y recorre el catálogo de ciudades y la completa destrucción, como si ya no quedaran ni rastro de la antigua habitación.¿ No conviene, pues, decir esto con una ira desbordante y compasión?¿ Cuáles son, pues, los tonos de ira y lamento, las inclinaciones y configuraciones del rostro y los movimientos de las manos? Los que realizan los que han sufrido esto en verdad. Pues es muy ingenuo buscar otra escuela de interpretación, dejando de lado la verdad. Y de nuevo añade el hombre:¿ Pero Tesalia cómo está?¿ No ha quitado sus constituciones y ha establecido tetrarquías, para que no solo por ciudades, sino también por pueblos sirvan?¿ Las ciudades en Eubea no están ya tiranizadas, y esto en una isla cerca de Tebas y Atenas? Esto de nuevo exige otra interpretación. Pues pregunta, luego responde y ante cada cosa se indigna y aumenta lo terrible. Y es propio, sin duda, una figura de pregunta, propio de respuesta, propio de aumento; no pueden decirse estas cosas con un solo tono y una sola forma de voz. A esto le siguen aquellas: Y no escribe esto, pero con los hechos no lo hace, sino que se va hacia el Helesponto, antes vino hacia Ambracia, tiene a Élide, una ciudad tan grande en el Peloponeso, conspiró contra Mégara; ni la Hélade ni el bárbaro contienen la codicia del hombre.¿ Es posible pronunciar esto con placer en cantos pasajeros como una historia?¿ No grita y enseña por sí mismo cómo debe decirse, casi emitiendo voz: aquí un sonido ingenioso, esto dilo apresuradamente, esto pausadamente, aquí deja el continuo, aquí une lo siguiente, con esto compadécete, de esto despréciate, de esto espántate, esto ridiculiza, esto aumenta? A mí me lo parece.¿ Por lo tanto, es posible que alguien que tiene el alma de un animal irracional, o mejor, la naturaleza de una piedra inerte, insensible, inmóvil, impasible, pronuncie la locución de Demóstenes? Falta mucho para ello, puesto que se perderá su bien más bello, el espíritu, y no se diferenciará en nada de un cuerpo bello, pero inmóvil y muerto. Mucho podría decir alguien sobre esta parte, pero habiendo tomado ya el tratado la longitud suficiente, es necesario detener aquí el discurso, entregando además a lo dicho, por Zeus, esto: que teniendo todas las virtudes, la locución de Demóstenes carece de la agudeza que la mayoría llama gracia. Pues participa en gran parte de ella, pues no de todas formas los dioses dieron todo a los hombres, como también los chistes en los discursos de Demóstenes. Pues nada de los bienes que el destino dio a otros, se lo envidió a él.
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Lo que escribe Esquines sobre él calumniando, como dije, a veces como si usara nombres amargos y curiosos, a veces como si fueran desagradables y vulgares, tiene fáciles las defensas. Si alguien quisiera examinar por separado cada una de las acusaciones, encontrará que unas son más dignas de elogio que de acusación, y otras no dichas verdaderamente por él. Pues el amargar la dialéctica, cuando los momentos lo exigen, y muchas veces lo exigen y especialmente en los pasajes pasionales de los argumentos, es un elogio del orador, si es que exigimos de la fuerza retórica, sola o principalmente sobre las demás, el hacer al oyente guardián severo de las leyes, amargo examinador de las injusticias y vengador implacable de los que transgreden la ley. Es imposible, adornando la dialéctica con nombres delicados, mover la ira, el odio o alguna de las pasiones semejantes, sino que es necesario encontrar pensamientos que sean conductores de tales pasiones, y envolverlos con nombres tales que el oído sea naturalmente amargado. Si, pues, no demostrara que usa la dialéctica amargante fuera del momento apropiado o que abunda en ella y yerra en la cantidad, razonablemente lo difamaría como si errara. Pero él no tiene nada de esto que mostrar, sino que difama en general la dialéctica pasional, siendo la más adecuada para ser tomada en los discursos políticos, trasladando elogios ocultos a las acusaciones, como dije.
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Lo mismo podría decir alguien sobre la locución curiosa ante Esquines, puesto que también ridiculiza esta virtud suya. Pero que alguien acepte que la curiosidad de los nombres, dicha por él, se dice ahora como una elaboración superflua y alejada de lo habitual. Pues no es que si la vida de nuestro tiempo, poniendo al azar muchos otros nombres a las cosas y haciendo circular esta locución indiferentemente sobre la polipragmosura, sea verosímil que también los antiguos la usaran así. Si, pues, al ridiculizar la inoportunidad o el pleonasmo de la interpretación alejada, ha dicho esto, como si Demóstenes errara en ambos, miente manifiestamente. Pues el hombre, en las arengas y en los juicios públicos, mirando hacia la magnitud y la dignidad de los temas, ha usado a menudo tal construcción, pero en los discursos privados, que ha escrito sobre pequeños contratos para hombres privados, practica la locución común y habitual, y raramente la superflua, y ni siquiera esta con las manos en la masa, sino de modo que pase desapercibida. Pero si también aquí Esquines ha dicho esto luchando contra el género de la variación en su totalidad, hace algo absurdo, ridiculizando esta destreza, de la cual el orador necesita la mayor parte. Pues el no expresar los pensamientos de manera semejante a la mayoría, sino llevar la denominación hacia lo más solemne y poético, lo exigimos principalmente de la fuerza política. Esto, pues, siendo elogios de la destreza de Demóstenes, al traerlos Esquines como errores, no verdaderamente, pero sí quizás razonablemente, siendo enemigo y no pudiendo difamar otra cosa, calumnia, a mi juicio, sin reflexión.
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De dónde le vino decir que él usaba nombres vulgares y desagradables, me he maravillado sobre todas las cosas. Pues no encuentro nada de esto puesto en Demóstenes, de lo que Esquines dice que él ha dicho, como que no se debe arrancar la alianza de la amistad y que algunos cultivan la viña de la ciudad y han sido cortados los nervios del pueblo y somos cosidos como cestas y algunos atraviesan hacia lo estrecho como agujas, cosas que él mismo añade ridiculizando;¿ esto, oh astuto, qué es?¿ Palabras o maravillas? Ni siquiera he podido encontrar otros nombres vulgares y desagradables en ninguno de los discursos de Demóstenes, y eso que aquel hombre ha dejado cinco o seis miríadas de versos. Sin embargo, si hay en los discursos falsamente atribuidos construcciones desagradables, vulgares y rústicas, como en los discursos contra Aristogitón II y en la defensa de los regalos y en el de no entregar a Hárpalo y en el contra Neera y en el de los tratados hacia Alejandro y en otros muchos, que Demóstenes no escribió, se manifiesta en otro tratado mío lo relativo a Demóstenes. Y sobre lo que
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Esquines le ha censurado, esto es suficiente. Pero ya también algunos han señalado esto, unos como característico, otros como error del orador, digo el declarar a veces la misma cosa con muchos nombres, como son estos: A Filipo le será permitido hacer y actuar lo que quiera y a este Midias, no sabiendo quién es, ni conociendo, y delante de la hermana, siendo aún niña, y todas las cosas semejantes. Cuantos, pues, declaran esto como rasgo del carácter de Demóstenes, dicen correctamente; pues el hombre lo ha usado útilmente, así como la concisión y la brevedad, más que todos y más oportunamente. Pero cuantos lo llevan a la parte de error, no habiendo examinado las causas por las que solía abundar a veces en los nombres, no lo acusan debidamente, sino que parecen los que calumnian esto exigir la brevedad por encima de todo, la cual, como dije, se ofrece más que todo y más oportunamente, pero no viendo ya ninguna de las otras virtudes, que también el orador debe apuntar a la claridad, a la evidencia, al aumento y a la euritmia en torno a la composición de los nombres, y por encima de todo esto, hacer la locución pasional, ética y de competición, en lo cual está la mayor parte de lo persuasivo. Pero de estas virtudes, cada una no puede hacerla mejor la brevedad, sino también el pleonasmo de algunos nombres, que también Demóstenes ha usado. Te traería ejemplos de lo dicho, si no fuera a parecerte fatigoso al decírtelo. Esto, oh excelente Ameas, podíamos escribirte sobre la locución de Demóstenes. Y si la divinidad nos conserva, también sobre su destreza pragmática, teoría aún mayor y más admirable que esta, en los escritos siguientes te entregaremos el discurso.

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