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Original / primary: Spanish Gemini
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Al no haber dicho nada sobre el orador Dinarco en mis escritos sobre los antiguos, debido a que el hombre no fue inventor de un estilo propio, como lo fueron Lisias, Isócrates e Iseo, ni tampoco perfeccionador de lo inventado por otros, como juzgamos que fueron Demóstenes, Esquines e Hipérides, pero viendo que este hombre es considerado por muchos digno de mención por su destreza en los discursos y que ha dejado discursos públicos y privados que no son pocos ni desdeñables, consideré que no debía omitirlo, sino exponer sobre su vida y su estilo, y distinguir los discursos auténticos de los falsos, lo cual considero más necesario para todos, o al menos para la mayoría, que para aquellos que practican la retórica sin fundamento. Al mismo tiempo, viendo que ni Calímaco ni los gramáticos de Pérgamo escribieron nada preciso sobre él, sino que, por no haber examinado nada sobre él con mayor rigor, se equivocaron hasta el punto de no solo mentir en muchas cosas, sino también de atribuirle discursos que no le pertenecen en absoluto, y de decir que los que él escribió son de otros; pero Demetrio de Magnesia, quien pasó por ser un erudito, al hablar de este hombre en su tratado sobre los homónimos y dar la impresión de que iba a decir algo preciso sobre él, se vio defraudado en su expectativa. Nada impide, además, exponer las palabras del hombre. Lo que él escribió es lo siguiente:« Encontramos cuatro Dinarcos; de ellos, uno es el de los oradores áticos, otro el que ha reunido las mitologías sobre Creta, otro, mayor que ambos, de linaje delio, que se ha ocupado tanto de poesía como de asuntos, y un cuarto, el que ha compuesto un discurso sobre Homero». Deseo tratar sobre cada uno por partes, y primero sobre el orador. Este, pues, según mi opinión, no deja nada que desear respecto a la gracia de Hipérides, de modo que se podría decir:« y pronto lo habría superado». Pues aporta un entimema persuasivo y una figura de todo tipo, y en cuanto a la verosimilitud, está tan bien logrado que hace creer a los oyentes que el asunto no sucedió de otra manera que como él lo cuenta. Y uno podría considerar ingenuos a quienes suponen que el discurso contra Demóstenes es suyo; pues dista mucho de su estilo. Pero, sin embargo, tanta oscuridad se ha extendido que, mientras que los demás discursos suyos, que son casi ciento sesenta, resulta que todos los ignoran, el único que no fue escrito por él es el que se considera suyo. El estilo de Dinarco es propiamente ético, moviendo el patetismo, quedando atrás del estilo demosteniano casi solo en la acritud y en el tono, pero sin carecer en nada de lo verosímil y lo propio.
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De estos no es posible encontrar nada preciso ni tampoco verdadero; pues no ha revelado ni el linaje del hombre, ni los tiempos en los que vivió, ni el lugar en el que pasó su tiempo, sino que se esforzó solo en nombres comunes y vagos, y mencionó una multitud de discursos sin concordar con ninguno. Y debía haber hecho lo contrario. Lo que yo mismo he averiguado por mi cuenta es esto: Dinarco el orador era hijo de Sóstrato, corintio de linaje, y al llegar a Atenas, en el tiempo en que florecían las escuelas de los filósofos y oradores, se relacionó con Teofrasto y con Demetrio de Falero. Siendo de natural ingenioso para los discursos políticos, comenzó a escribir discursos cuando los que rodeaban a Demóstenes aún estaban en su apogeo, y avanzó poco a poco hacia la fama. Pero floreció sobre todo después de la muerte de Alejandro, cuando Demóstenes y los demás oradores cayeron en destierros perpetuos y muertes, y no quedaba ningún hombre digno de mención después de ellos. Y continuó durante un periodo de quince años escribiendo discursos para quienes lo deseaban, hasta que Casandro tomó la ciudad. Bajo el arcontado de Anaxícrates, durante el cual los partidarios de Antígono y Demetrio los reyes disolvieron la guarnición establecida en Muniquia por Casandro, siendo acusado junto con los más ilustres atenienses, a pesar de ser él mismo extranjero, de disolver la democracia, viendo a los atenienses irritados y sospechando especialmente de él por su riqueza, temiendo sufrir algún daño por ello, no soportó entrar en el tribunal, sino que, saliendo de la ciudad y yendo a Calcis en Eubea, pasó allí el tiempo de quince años desde Anaxícrates hasta Filipo, esperando si le llegaba, a través de Teofrasto y los
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otros amigos, el regreso. Habiendo permitido el rey, junto con los demás desterrados, que también él regresara, al llegar a Atenas y ser acogido por uno de sus amigos, Próxeno, pierde su dinero siendo ya anciano y débil de vista. Como Próxeno se mostraba negligente en la búsqueda, le entabló un juicio por el dinero, él que nunca antes había comparecido ante un tribunal. Esta es la vida del hombre. Y cada uno de estos puntos se demuestra tanto por las historias de Filócoro como por lo que él mismo escribió sobre sí mismo en el discurso contra Próxeno, el cual fue pronunciado después del destierro, y tiene añadida esta inscripción:« Dinarco, hijo de Sóstrato, corintio, contra Próxeno, con quien convivo, por un daño de dos talentos. Me dañó Próxeno, al acogerme en su casa de campo, cuando, habiendo huido de Atenas, regresaba de Calcis, doscientos ochenta y cinco estateras de oro, que traje de Calcis con conocimiento de Próxeno y entré teniendo en su casa, y objetos de plata por valor de no menos de veinte minas, habiendo conspirado contra ellos». No obstante, también en el mismo discurso, inmediatamente al principio, ha declarado sobre no haber entrado en ningún juicio antes, y en los puntos anteriores a esto, primero en el proemio ha declarado el daño que le causó Próxeno, y en lo que sigue trata sobre el destierro y todas las demás cosas, de donde resultan evidentes las cosas dichas anteriormente, y además de esto, que permaneció extranjero y siendo ya anciano pronunció el discurso, por lo que ha dicho al final del juicio. Esto es lo que el propio Dinarco dice sobre sí mismo. Filócoro, en las Historias áticas, habla así sobre el destierro de los que disolvieron la democracia y sobre el regreso:« Pues bajo el arcontado de Anaxícrates, inmediatamente la ciudad de los megarenses fue tomada; y el rey Demetrio, habiendo regresado de Mégara, preparaba lo relativo a Muniquia y, tras derribar los muros, los devolvió al pueblo. Más tarde fueron acusados muchos de los ciudadanos, entre ellos Demetrio de Falero. De los acusados, a unos, por no esperar el juicio, los condenaron a muerte por votación, y a otros, por comparecer, los absolvieron». Esto, pues, es de la octava. Y en la novena dice:« Habiendo pasado este año y entrando otro, en la acrópolis ocurrió un signo como este: una perra que entró en el templo de la Políade y bajó al Pandroseo, subió al altar de Zeus Herceo bajo el olivo y se acostó. Es costumbre de los atenienses que una perra no suba a la acrópolis. Por el mismo tiempo, también en el cielo, durante el día y estando el sol fuera y el cielo despejado, una estrella estuvo visible durante algún tiempo. Nosotros, al ser preguntados sobre el signo y el fantasma, hacia qué conduce, dijimos que ambos presagiaban el regreso de los desterrados y que esto no sucedería por un cambio de asuntos, sino bajo la constitución establecida; y sucedió que el juicio se cumplió».
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Dichas estas cosas, queda una más y la más necesaria: determinar su edad, para que también tengamos algo claro que decir sobre los discursos, tanto los auténticos como los que no lo son. Lo situamos, pues, habiendo regresado a los setenta años de edad desde el destierro, como él mismo dice, llamándose anciano; tiempo desde el cual solemos llamar a los que están en esta edad. Estando esto supuesto por un cálculo general( pues no tenemos la precisión), habría nacido bajo el arcontado de Nicofemo. Pero si alguien afirma que es mayor o menor que los tiempos dichos, además de no decir nada sensato, se quitará también muchos discursos, o mejor dicho todos excepto cinco o seis, al decir que es mayor que unos y menor que otros. No obstante, al decir que comenzó a escribir discursos a los veinticinco o veintiséis años, no nos equivocaríamos, especialmente estando en su apogeo entonces los que rodeaban a Demóstenes. Y el vigésimo sexto año desde Nicofemo es Pitodemo. De modo que, cuantos discursos encontramos anteriores a este arconte, si alguien los considera auténticos, razonablemente desconfiaríamos; además, también los juicios terminados desde Anaxícrates hasta Filipo los inscribiríamos igualmente entre los falsos; pues nadie navegaría a Calcis por causa de discursos, ya sean privados o públicos; pues no estaban tan faltos de discursos. Y puesto que el tiempo del hombre ha sido hallado con la mayor precisión posible, según el cual distinguiremos los discursos auténticos de los que no lo son, es hora ya de hablar también sobre su estilo. Y es difícil de definir. Pues nada
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tuvo de común ni de propio, ni en los juicios privados ni en los públicos, sino que a veces se vuelve parecido a los de Lisias, y a veces a los de Hipérides y a los de Demóstenes. Y de esto uno podría exponer muchos ejemplos. Del estilo lisíaco, tanto en el discurso sobre Mnesicles como en el contra Lisícrates en defensa de Nicómaco y en otros muchos. Del de Hipérides, siendo más preciso en las economías y de alguna manera más noble en las construcciones que los lisíacos, es posible encontrar ejemplos en más de treinta discursos de Dinarco, y no menos en el de la declaración de Agatón. No obstante, también del estilo demosteniano, al que imitó más, uno podría decir mucho más, especialmente en el contra Polieucto. Pues hace el proemio de manera similar a aquel, y a través de todo el discurso ha permanecido parecido.
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Entonces,¿ cómo podría uno ser capaz de reconocer los discursos que le son auténticos? Primero, si conociera los estilos de los demás, luego, los discursos parecidos a los de Lisias atribuirlos a este, los que parecen ser de Dinarco para algunos, decir que se alegren mucho con las inscripciones de los libros, y los que se han acercado al estilo demosteniano, asegurar que son de este hombre. Pues en el caso de los otros oradores, a quienes ha imitado, el mayor conocimiento es la semejanza de los discursos. Inmediatamente, Lisias, tanto en los juicios privados como en los públicos, es coherente consigo mismo, y en cuanto al lugar léxico, según la claridad de los nombres y la composición, parece ser natural y suave, pero difiere de todo discurso en cuanto al placer. Hipérides, en cuanto a la elección de los nombres, es superado por Lisias, pero en cuanto al lugar pragmático, difiere. Narra de muchas maneras, a veces según la naturaleza, a veces yendo desde el fin hacia el principio. Y se acredita no solo según el entimema, sino también ampliando según el argumento. Pero Demóstenes, que supera a estos y a todos los demás, habiendo imitado todo y habiendo elegido lo más bello de todo, es claro incluso solo por la voz, y claro también por lo que es apropiado para cada discurso, no obstante, también por la composición y por la complejidad de las figuras y por la economía y por el patetismo y, lo más importante, por la destreza. Pero Dinarco no es igual en todo ni es inventor de algo propio, por lo cual uno lo conocerá con precisión, o de esta manera: pues muestra mucho las imitaciones y la diferencia de ellos mismos respecto al arquetipo de los discursos, como también en el caso de los discípulos de Isócrates y del propio Isócrates.
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Sean, pues, algunos discursos inscritos como si fueran de Dinarco, teniendo mucha semejanza con los lisíacos. Quien quiera hacer el diagnóstico de estos, primero que observe la peculiaridad de aquel hombre, luego, si ve que la virtud y la gracia florecen en los discursos y que la elección de los nombres está presente y que nada de lo dicho es inanimado, que diga con confianza que estos son de Lisias. Pero si no encuentra ni la gracia parecida, ni lo verosímil, ni la precisión de los nombres, ni lo que toca la verdad, que los deje entre los discursos de Dinarco. Igualmente en el caso de los de Hipérides: si tiene lo fuerte de la dicción, lo simple de la composición, lo oportuno de los asuntos, y lo no trágico ni hinchado de la construcción( pues estas son las cosas más grandes que son propias de aquel hombre), que diga que son de Hipérides. Pero si tiene menos en estas mismas cosas, aunque las demás cosas estén escritas no mal, que los inscriba de nuevo entre los de Dinarco. Lo mismo suponemos también sobre Demóstenes. Si la magnificencia de la dicción, la variación de la composición, lo animado de las pasiones, lo amargo y lo inteligente que atraviesa toda fibra, y el espíritu y la destreza acompañan a todo, que no haya nada que impida inscribirlos entre los de Demóstenes. Pero si falta lo máximo en cada una de estas cosas o lo que es igual a través de toda idea, que permanezcan entre los dinárquicos. Pero, para hablar en general, uno podría encontrar dos modos de la diferencia respecto a la imitación de los antiguos: de los cuales uno es natural y se toma de mucha instrucción y convivencia, y el otro, próximo a este, de los preceptos del arte. Sobre el primero, pues,¿ qué podría uno decir? Y sobre el segundo,¿ qué podría uno tener que decir sino que en todos los arquetipos destaca una gracia y belleza natural, pero en los construidos a partir de estos, aunque lleguen al extremo de la imitación, hay sin embargo algo que es afectado y no existente por naturaleza? Y con este precepto no solo los oradores distinguen a los oradores, sino también los pintores las obras de Apeles y de los que lo imitaron, y los escultores las de Policleto y los grabadores las de Fidias.
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Y los que dicen imitar a Platón, y no pudiendo captar lo antiguo, elevado, gracioso y bello, introduciendo nombres ditirámbicos y vulgares, son refutados fácilmente por esto. Los que dicen esforzarse por Tucídides, y captando difícilmente lo tenso, sólido, terrible y lo parecido a esto, y tomando los esquemas que parecen solecismos y lo oscuro, serían capturados muy fácilmente por este precepto. Como también en el caso de los oradores, los que imitan a Hipérides, habiendo errado en aquella gracia y en la otra fuerza, se volvieron secos, como han sido los oradores rodios que rodean a Artámenes, Aristocles, Filagrio y Molón; los que quisieron copiar a Isócrates y las cosas de Isócrates, resultaron lánguidos, fríos, sin fuerza y falsos; estos son los que rodean a Timeo, Psaón y Sosígenes. Los que tomaron a Demóstenes y persiguieron las virtudes de aquel, fueron alabados por la elección, pero no tuvieron fuerza para captar las mejores obras de aquel orador. De estos, uno podría considerar que Dinarco fue el mejor. Queda atrás de Demóstenes en cuanto a la elección de los nombres por la destreza, en cuanto a la composición por la variedad de las figuras y la variación, en cuanto a la invención de los argumentos por no tomar cosas nuevas y paradójicas, sino claras y puestas en medio, en cuanto a la economía por el orden y las elaboraciones de los argumentos y las preconstrucciones y las aproximaciones y los demás preceptos técnicos que hay sobre esta idea, y sobre todo queda atrás de él en la simetría, en la oportunidad y en lo apropiado. Digo esto no en el modo general, como si no lograra nada de esto, sino en el más común y como en la mayoría de los casos. Pues por esto mismo algunos dijeron que el propio Demóstenes era rústico, habiendo tomado esta opinión sobre él según la carencia de la economía; pues lo rústico del cuerpo político no difirió en forma, sino en construcción y en cierta disposición de la forma.
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Lo que era posible encontrar y escribir sobre el estilo del hombre, esto es; me volveré al diagnóstico de los discursos. En los auténticos, pues, estará solo el hecho de la inscripción, pero en los falsos, los puntos de la refutación y de la causa detallados, por los cuales rechazamos cada uno de ellos. Y puesto que es necesario para esto el diagnóstico de los tiempos, expondremos los que fueron arcontes en Atenas, desde el tiempo en que supusimos que Dinarco nació, hasta el regreso que se le dio después del destierro, siendo setenta. Son estos: Nicofemo, Calímides, Eucaristo, Cefisodoto, Agatocles, Elpines, Calístrato, Diotimo, Tudemo, Aristodemo, Teelo, Apolodoro, Calímaco, Teófilo, Temístocles, Arquias, Eubulo, Licisco, Pitodoto, Sosígenes, Nicómaco, Teofrasto, Lisimaquidas, Querónidas, Frínico, Pitodemo; bajo este supusimos que comenzó a escribir discursos para el tribunal. Después de este, Evaineto, Ctesicles, Nicócrates, Niquetes, Aristófanes, Aristofonte, Cefisofonte, Eutócrito, Hegemón, Cremes, Anticles, Hegesias, Cefisodoro, Filocles; bajo este los atenienses recibieron la guarnición, y el pueblo fue disuelto. Archippo, Neaechmo, Apolodoro, Archippo, Demógenes, Democlides, Praxíbulo, Nicodoro, Teofrasto, Polemón, Simónides, Hieromnemon, Demetrio, Cairimo, Anaxícrates; bajo este la oligarquía establecida por Casandro fue disuelta, y los acusados huyeron, entre los cuales estaba Dinarco. Coroibo, Euxénipo, Ferecles, Leóstrato, Nicocles, Clearco, Hegemaco, Euctemón, Mnesidemo, Antifates, Nicias, Nicóstrato, Olimpiodoro, Filipo; bajo este se dio el regreso a los demás desterrados y a Dinarco por el rey Demetrio.
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Contra Polieucto, habiendo obtenido por sorteo reinar:« Que muchas y buenas cosas sucedan». Contra Polieucto, habiendo sido excluido por el consejo, denuncia:« Hace tiempo que me asombro de vosotros». Contra Polieucto sobre el geofanio:« Sobre la denuncia misma». Sobre el geofanio, epílogo:« Breve, oh hombres». Contra Piteo por extranjería:« Suficiente era el pretexto». Contra Piteo sobre los asuntos del emporio:« Puesto que a los oradores hablar». Contra Timócrates:« Como es justo». Contra Licurgo, rendición de cuentas:« Sé que, aunque nada a vosotros». Defensa a Esquines contra Denio:« Quisiera, oh hombres». Contra Formisio por impiedad:« Acaso si algunos». Contra Calaescro sobre los honores:« Muchas veces, oh atenienses». Tirrénico:« Que todo sucederá aún». Contra Dionisio el de la administración:« Quizás, oh atenienses». Contra Himereo, acusatorio:« No creo, oh atenienses». Acusación contra Pistio:« Como también cada uno de vosotros». Contra Agasicles, acusación por extranjería:« A nadie jamás creo». Contra Teocrino, denuncia:« Del padre, oh hombres». Este lo trae Calímaco entre los de Demóstenes. Contra Estéfano por ilegalidad:« Existe, habiendo dado la ley, oh hombres». Contra Calístenes, acusación:« No ignoro, oh hombres». Proceso de los falereos contra los fenicios por el sacerdocio de Poseidón:« Ruego, por Atenea, que conviene». Contra la declaración de Cefisofonte:« Primero, oh hombres, pido». El posterior:« Lo relativo a la compra». Apología de declaración jurada contra la acusación de Cares contra Fidiades, secretario:« Ni por enemistad alguna». Contra Filocles por los asuntos de Hárpalo:« Qué es necesario decir lo que por los». Contra Gnodio sobre los asuntos de Hárpalo:« No es oscuro». Contra Aristónico sobre los asuntos de Hárpalo:« Un éxito era, oh hombres». Contra Demóstenes sobre los asuntos de Hárpalo:« El demagogo para vosotros». Contra Aristogitón sobre los asuntos de Hárpalo:« Todo, como parece, oh hombres».
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Contra Teodoro, rendición de cuentas:« En lo más mínimo, oh hombres». Es anterior a la edad de Dinarco. Pues se ha dicho bajo el arcontado de Teófilo o Temístocles después del arconte Teelo en el tercer o cuarto año, como resulta evidente del mismo discurso, no teniendo aún quince años, como demostramos. Contra los Ceryces:« Si el padre, oh hombres». Este juicio se ha dicho bajo el arcontado de Eubulo o Licisco el que sigue a Eubulo, no teniendo aún veinte años; pues el discurso se ha hecho sobre alguien excluido bajo Arquias el que sigue a Temístocles. Y cada una de las cosas dichas resulta clara del mismo discurso. Contra Mosquión, habiendo declarado contra él Nicodico:« De los que excluyeron, oh hombres, a este Mosquión, habiendo comparado». Y este discurso se ha dicho bajo los mismos tiempos que el anterior. Y se manifiesta tanto por el principio mismo del discurso como por lo que sigue. Contra Menecles, detención:« Oh hombres jueces, y de las leyes según las cuales». Y este se ha dicho siendo aún niño Dinarco. Pues el juzgado es Menecles el que capturó a la sacerdotisa Ninón, y el que acusa es hijo de Ninón. Y estas cosas son anteriores al apogeo de Dinarco. Pues el discurso de Demóstenes sobre el nombre, en el que menciona estas cosas, se ha terminado bajo el arcontado de Teelo o Apolodoro, como hemos declarado en los escritos sobre Demóstenes. Y si Demóstenes menciona allí como si Menecles ya hubiera muerto diciendo:« Pues veíais todos que él usaba, mientras vivía, a Menecles», es un discurso antiguo. Que este es Menecles, lo ha declarado el acusador en el mismo discurso. Proceso en Athmonon sobre el mirto y el madroño:« Ruego, pues, a Deméter y a Core». Es anterior al apogeo de Dinarco. Pues se ha dicho bajo el arcontado de Nicómaco, como resulta claro del mismo discurso, teniendo el orador veintiún años. Los discursos, pues, que se llevan como anteriores a su apogeo son falsamente inscritos a él. Y después de la retirada de Atenas a Calcis, estos: Proceso de la sacerdotisa de Deméter contra el hierofante:« Muchas y paradójicas, oh hombres jueces». Este discurso se ha dicho ya habiendo huido él, como resulta evidente del mismo. Pues menciona en él el que habla la oligarquía que se apoderó. Contra Timócrates, acusatorio de disolución del pueblo:« Haces obras». Este también, por la misma inscripción, es claro que es falsamente inscrito. Contra Espudio:« Y en el pueblo prometí acusar». Se ha dicho después de la disolución de la oligarquía y este también parece que Dinarco huye, como resulta evidente del mismo discurso. Proceso de los Eudanemos contra los Ceryces sobre la canasta:« De ninguna manera tales asuntos». Y este se ha dicho bajo los mismos tiempos, habiendo huido ya el orador, como se manifiesta de nuevo en el mismo discurso. Ático:« De todos eran igualmente». Y este se ha dicho en aquellos tiempos, como también resulta claro en el mismo discurso. Etólico:« Y nosotros, oh hombres etolios, embajadores». Este se ha dicho estando establecida la oligarquía por los desterrados de Atenas, pidiendo que los etolios les ayudaran, puesto que también Casandro intentaba contra ellos siendo libres, como esto resulta claro en el mismo discurso. Por tanto, no es razonable que Dinarco, siendo amigo de los que establecieron la oligarquía, luche junto a los que intentan disolverla, ni tampoco es posible captar los discursos de Atenas. A Difilo, demagógico, pidiendo dones:« Debido a que no es fácil». Me convencí de que este discurso fue escrito por Demóstenes, porque Demóstenes escribió los dones para él, como Dinarco ha declarado en el discurso contra Demóstenes, y porque al final del discurso Difilo exhorta a Demóstenes como defensor. Y creo que es inverosímil que Demóstenes escribiera así los honores siendo benevolente con Difilo, y habiendo recibido un discurso de Dinarco, lo pasara por alto. A Hermias, inspector del emporio, apología sobre los acusados:« Pido de vosotros, oh hombres». Por el estilo mismo uno podría encontrar que el discurso no es de Dinarco( pues es aguado, débil y frío), sino que uno lo atribuiría más bien a Democlides o Menesecmo o a alguno de los otros tales. Y quito también los discursos en defensa de Menesecmo, ambos, de los cuales uno es sobre el sacrificio de Delos:« Os suplicamos y»; y el otro contra Pericles y Demócrates, cuya apertura es:« Creemos, oh hombres», tanto por el estilo( pues es aguado, derramado y frío) como porque el que los dice, no siendo sin fama y habiendo recibido después de Licurgo la administración de los dineros públicos, y habiendo sido examinado muchas veces él mismo, como anuncia en los discursos sobre todos, no habría sido incapaz en los juicios privados y públicos, de modo que usara a Dinarco como logógrafo. Sobre no entregar a Hárpalo a Alejandro, no es digno, pues, de asombrarse. Ni este discurso muestra el estilo de Dinarco. Pues si nada más, al menos lo necio y sofístico uno podría encontrar mucho en él, distando mucho de los estilos de Dinarco. Delíaco:« De Apolo y de Reo la de Estáfilo». Este no es del orador, sino de algún otro escritor. Lo manifiesta por el modo y el estilo, siendo arcaico y recorriendo la historia local de Delos y Leros. Contra Demóstenes por ilegalidad:« Soléis, oh hombres». Este se lleva en las tablas de Pérgamo como de Calícrates. Yo, si es de aquel, no lo sé( pues no encontré ninguno de Calícrates), pero que dista muchísimo de los discursos de Dinarco, siendo vil, vacío y no careciendo de tonterías privadas, estoy convencido.
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Contra Próxeno por daño, el cual él mismo dijo en defensa propia:« Si algún dios para mí, oh hombres». Contra Cefisocles y sus familiares por daño:« Lo que acusando, oh hombres». Apología de daño contra Fanocles:« Pensaba yo, oh hombres». Contra Lisícrates en defensa de Nicómaco por daño:« Hombres jueces, que un particular». Defensa a Parmenón por daño de esclavo:« Y habiendo estado presente después, hombres jueces, yo supe que Parmenón es dañado». Contra Posidipo por robo:« Habiendo sido dañado, oh hombres». Contra Hedila por deserción:« Habiendo dejado al padre notio». De deserción contra Arquéstrato:« Muchas y buenas cosas sucedan». Defensa a Hegéloco por heredera:« Como también cada uno de nosotros». De heredera en defensa de la hija de Jofonte:« Hombres jueces, no siendo pobre». El posterior:« Pues era invencible, oh hombres». Declaración jurada, que no son litigables las hijas de Aristofonte:« Habiendo dado la ley, oh hombres». Contra Pedieo por maltrato de niño huérfano:« Que nadie de vosotros, oh hombres, se asombre». Declaración jurada sobre la herencia de Euipo contra Cares:« Muchas veces ya escuché». En defensa de la herencia de Mnesicles:« Justa, oh hombres, petición». Contra Próxeno por ultraje:« Es ultrajador, oh hombres». Apología de golpes, debía haberse inscrito apología de ultraje a Epicares contra Filotades:« Al admirable, oh hombres». Contra Cleomedonte por agresión:« Que, oh hombres, también el padre Teodoro». Contra Dioscórides sobre una nave:« Justamente creo, oh hombres». Eránico contra los hijos de Patrocles:« Lo que siendo dañado, oh hombres». Proceso contra Ameinócrates sobre frutos de una finca:« Sobre esto, oh hombres, es necesario». Sobre el caballo:« Del juicio, oh hombres». El posterior:« Quisiera, oh hombres». A Lisicle contra Dao por esclavos:« Lo que siendo dañado, oh hombres». Parágrafo contra Biota:« Que, oh hombres, también yo mismo sin experiencia». Contra Teodoro por falso testimonio:« Creemos, oh hombres». Defensa a Agatón:« Como también el propio Agatón ha dicho». Apología de deserción a Esquilo contra Jenofonte:« Usar, oh hombres». Contra Calipo por minas:« Que, oh hombres, Calipo». En defensa de hijo adoptivo, debía haberse inscrito en defensa de Teodoro, a quien adoptó como hijo Arcefón:« Quisiera, oh hombres, como es bello y justo». Sobre la herencia de Arcefón:« Y creyendo que es justo».
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Contra Pedieo, excepción: conforme a esta ley. Este discurso fue pronunciado bajo el arcontado de Aristodemo, como resulta evidente del propio discurso. Pues los clerucos enviados a Samos fueron despachados bajo este arconte, como dice Filócoro en sus historias. Dinarco no tenía entonces ni diez años. Contra Melisandro, sobre la trierarquía: tal como ordenan las leyes. El orador, sin embargo, pronuncia su discurso como si el delito hubiera ocurrido bajo el arcontado de Molón. Pero afirma que el juicio se celebra al año siguiente, bajo el arcontado de Nicofemo, año en el que se constata que nació Dinarco. Contra Beoto, sobre el nombre: sin ninguna intromisión. Incluso si no se refutara a quienes quitan este discurso a Demóstenes y se lo atribuyen a Dinarco, al menos quedarían demostrados como mentirosos por el tiempo. Pues menciona que la expedición a Pila ocurrió recientemente, y la expedición de los atenienses a Pila tuvo lugar bajo el arcontado de Tudeo, cuando Dinarco tenía ocho años. Contra Mantiteo, sobre la dote: es lo más penoso de todo. Este discurso sigue al anterior y tiene muchas expresiones similares, que podrían ser del mismo orador; el acusador no litigó el juicio muchos años después de la edad de Dinarco, sino dos o tres, como hemos expuesto con mayor precisión sobre ellos en el escrito sobre Demóstenes. Defensa de Atenades sobre la balsa contra Amintico: siendo mi amigo y allegado. El posterior: creo, hombres, que vosotros. El discurso fue pronunciado mientras Diopites, el estratego de los atenienses, aún permanecía en el Helesponto, como resulta evidente del mismo. El tiempo corresponde al arcontado de Pitodoto, como indica Filócoro junto con los otros sucesos de este arconte, cuando aún no tenía veinte años. Contra Méquito, sobre minas: habiendo comprado una mina, hombres. Este discurso fue pronunciado bajo el arcontado de Nicómaco. Pues el orador afirma haber arrendado la mina bajo Eubulo y, tras trabajarla tres años, al ser expulsado por quien poseía las minas vecinas, presentó la demanda contra él bajo el arcontado de Nicómaco, cuando Dinarco tenía veintiún años. Defensa de Sátiro contra Caridemo sobre una tutela: no habiendo ocurrido un gran peligro. Este también fue pronunciado bajo Nicómaco. Sobre la antidosis contra Megacleides: si fuera necesario, hombres, ante tres o cuatro. El orador es Afareo, y el discurso está fuera de los tiempos de Dinarco. Pues fue pronunciado mientras el estratego Timoteo vivía, durante el tiempo de la estrategia con Menesteo, por la cual, al rendir cuentas, fue condenado. Timoteo rindió cuentas bajo Diotimo, el sucesor de Calístrato, cuando también

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