De Isocrate
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Original / primary: Spanish Gemini
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Isócrates de Atenas nació en la octogésima sexta Olimpiada, siendo arconte en Atenas Lisímaco, cinco años antes de la guerra del Peloponeso, veintidós años más joven que Lisias. Era hijo de Teodoro, uno de los ciudadanos de clase media, quien poseía esclavos fabricantes de flautas y obtenía su sustento de este oficio. Tras haber recibido una educación distinguida y haber sido instruido no peor que ninguno de los atenienses, tan pronto como se hizo hombre, sintió deseo por la filosofía. Habiendo sido oyente de Pródico de Ceos, de Gorgias de Leontinos y de Tisias de Siracusa, quienes tenían entonces el mayor nombre entre los griegos por su sabiduría, y como algunos relatan, también de Terámenes el orador, a quien los Treinta mataron por parecer demócrata, se esforzó por actuar y hablar en los asuntos políticos. Pero como su naturaleza se oponía, al privarle de las facultades primeras y más importantes del orador, la audacia y la potencia de voz, sin las cuales no era posible hablar ante la multitud, desistió de esta intención. Deseando, sin embargo, gloria y destacar entre los griegos por su sabiduría, tal como él mismo ha dicho, se refugió en escribir lo que pensaba, no haciendo su elección sobre asuntos pequeños, ni sobre contratos privados, ni sobre lo que otros de los sofistas de entonces, sino sobre los asuntos griegos, reales y políticos, de los cuales suponía que las ciudades serían mejor gobernadas y los particulares tendrían progreso hacia la virtud. Pues esto escribe sobre sí mismo en el discurso Panatenaico. Habiendo recibido la práctica de los discursos corrompida por los sofistas del entorno de Gorgias y Protágoras, fue el primero en apartarse de los erísticos y físicos hacia los políticos, y continuó esforzándose en la ciencia misma de la cual, como él mismo dice, el deliberar, hablar y actuar lo conveniente llega a quienes han aprendido. Habiéndose hecho el más ilustre de los que florecieron en el mismo tiempo y habiendo educado a los mejores de los jóvenes tanto en Atenas como en el resto de Grecia, de los cuales unos llegaron a ser excelentes en los discursos judiciales, otros destacaron en la política y en el manejo de los asuntos públicos, y otros escribieron las acciones comunes de los griegos y bárbaros, y habiendo hecho de su escuela una imagen de la ciudad de Atenas según las colonias de los discursos, tras haber acumulado tanta riqueza como nadie de los que se enriquecieron a partir de la filosofía, terminó su vida bajo el arconte Querónides, pocos días después de la batalla de Queronea, habiendo vivido noventa y ocho años, habiendo tomado la decisión de terminar su propia vida junto con los bienes de la ciudad, siendo aún incierto cómo usaría Filipo la fortuna tras haber tomado el mando de los griegos. Estos son, pues, los hechos relatados sobre él de manera resumida.
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La dicción que utiliza tiene un carácter tal como este. Es pura, no menos que la de Lisias, y no colocando ninguna palabra al azar, precisando el dialecto en lo que respecta al común y más habitual. Pues también esta ha evitado la falta de gusto de las palabras arcaicas y marcadas, pero en cuanto a la frase metafórica, difiere un poco de la de Lisias y está mezclada con mesura; tiene lo claro y lo evidente parecido a aquella, y es ética, persuasiva y decorosa. Pero no es redonda, como aquella, ni compacta y apta para las contiendas judiciales, sino que es más bien supina y derramada con riqueza, ni tampoco tan concisa, sino incluso larga y más lenta de lo debido. Por qué causa padece esto, lo diré dentro de poco. Tampoco muestra la composición natural, sencilla y competitiva, como la de Lisias, sino más bien hecha para una solemnidad pomposa y variada, y en parte más decorosa que aquella, en parte más rebuscada. Pues este hombre persigue la buena elocuencia por encima de todo y apunta a hablar con elegancia más que con sencillez; pues evita las posiciones paralelas de las vocales como si disolvieran las armonías de los sonidos y dañaran la suavidad de las voces, y trata de abarcar los pensamientos con un periodo y un círculo muy rítmico y no muy alejado de la métrica poética, y es más apropiado para la lectura que para el uso. Por tanto, sus discursos soportan las exhibiciones en las fiestas y la contemplación de mano, pero no soportan las contiendas en las asambleas y tribunales. La causa de esto es que es necesario que haya mucho de patético en aquellos; y esto es lo que menos admite el periodo. Las paromoioseis, las parisoseis, las antítesis y todo el adorno de tales figuras es abundante en él y molesta a menudo al oponerse a la otra construcción ante los oídos.
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En general, siendo tres, como dice Teofrasto, las cosas de las que surge lo grande, lo solemne y lo extraordinario en la dicción, la elección de las palabras, la armonía de estas y las figuras que las abarcan, elige muy bien y coloca las mejores palabras, pero las ajusta de forma rebuscada, tensando la eufonía musicalmente, y figura de manera cargante, y en su mayoría se vuelve frío, ya sea por tomar las cosas desde lejos o por no ser las figuras apropiadas a los asuntos debido a no dominar la mesura. Sin embargo, esto le hace la dicción más larga a menudo, digo tanto el ajustar todos los pensamientos en periodos, como el abarcar los periodos con los mismos tipos de figuras, y el perseguir la euritmia por encima de todo. Pues no todo admite la misma longitud, ni la misma figura, ni el mismo ritmo. De modo que es necesario usar rellenos de palabras que no ayudan en nada y alargar el discurso más allá de lo útil. Digo esto no como si hiciera esto siempre( no estoy tan loco; pues a veces compone las palabras sencillamente, disuelve el periodo noblemente y evita las figuras rebuscadas y cargantes, y especialmente en los discursos deliberativos y judiciales), sino que he hablado de él de manera más general, como alguien que en su mayor parte es esclavo del ritmo y del círculo del periodo, y que pone la belleza de la elocución en lo extraordinario. Por esto digo que la dicción de Isócrates queda por detrás de la de Lisias, y aún más en cuanto a la gracia. Y sin embargo, Isócrates es florido, si es que alguien más lo es, y atrayente por el placer de los oyentes, pero no tiene la misma gracia que aquel. Y tanto queda por detrás de él en esta virtud, cuanto los cuerpos naturalmente bellos lo hacen respecto a los que se adornan con ornamentos añadidos. Pues la dicción de Lisias tiene naturalmente lo gracioso, mientras que la de Isócrates lo desea. Con estas virtudes, pues, queda por detrás de Lisias, al menos según mi opinión. Pero le aventaja en las que se dirán: es más elevado que aquel en cuanto a la interpretación, mucho más magnífico y más autoritario. Pues es admirable y grande la altura de la construcción de Isócrates, más propia de una naturaleza heroica que humana. Me parece, pues, que no estaría fuera de lugar que alguien comparara la retórica de Isócrates con el arte de Policleto y Fidias en cuanto a lo solemne, lo grandioso y lo autoritario, y la de Lisias con la de Cálamis y Calímaco por la delicadeza y la gracia. Pues así como de aquellos unos tienen más éxito en las obras menores y humanas, y otros son más hábiles en las mayores y más divinas, así también de los oradores uno es más sabio en las pequeñas, y otro más extraordinario en las grandes, tal vez por ser también de naturaleza magnánima, y si no, por su elección persiguiendo en todo caso lo solemne y admirable. Esto, pues, sobre la dicción del orador.
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En cuanto a los teoremas en el ámbito pragmático, unos son similares a los de Lisias, otros mejores. La invención de los entimemas que se ajusta a cada asunto es abundante, densa y no queda por detrás de aquella. Y el juicio, de igual modo, surge de una gran prudencia. Pero el orden, las divisiones de los asuntos, la elaboración según cada argumento, el distinguir la homogeneidad con cambios propios y episodios extraños, y todas las demás cosas que son buenas en cuanto a la economía pragmática, son mucho mayores y mejores en Isócrates, y sobre todo la elección de los discursos en los que se esforzaba y la belleza de los temas en los que realizaba sus ocupaciones. De los cuales no solo podría hacer hábiles para hablar a quienes le prestan atención, sino también nobles en sus costumbres, útiles para la casa, para la ciudad y para toda Grecia. Pues es posible encontrar en los discursos de Isócrates las mejores enseñanzas para la virtud. Y yo mismo digo que quienes van a adquirir no una parte de la capacidad política, sino toda ella, deben tener a este orador a mano. Y si alguien practica la verdadera filosofía, no amando solo su parte teórica sino también la práctica, y no eligiendo aquello de lo que él mismo tendrá una vida sin dolor, sino aquello de lo que beneficiará a muchos, le exhortaría a imitar la elección de aquel orador.
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¿ Quién no llegaría a ser amante de su patria y del pueblo, o quién no practicaría la nobleza política tras haber leído su Panegírico? En el cual, al recorrer las virtudes de los antiguos, dice que quienes liberaron a Grecia de los bárbaros no solo eran hábiles en las cosas de la guerra, sino también nobles en sus costumbres, ambiciosos y moderados, ellos que se preocupaban más de los asuntos comunes que de los privados, y deseaban menos los bienes ajenos que los imposibles, y no juzgaban la felicidad según el dinero sino según la buena fama, pensando que dejarían a sus hijos una gran riqueza y un honor ante las multitudes libre de envidia; y consideraban mejor la muerte decorosa que la vida sin gloria, y no observaban cómo las leyes estarían bien y precisamente para ellos, sino cómo la moderación de sus ocupaciones cotidianas no resultaría en nada fuera de lo ancestral; y así tenían sus relaciones entre sí de manera ambiciosa y política, de modo que incluso hacían las sediciones entre sí sobre quiénes harían más bienes a la ciudad, no quiénes, tras destruir a los otros, gobernarán ellos mismos sobre los restantes. Y usando la misma disposición también hacia Grecia, atraían a las ciudades mediante el cuidado y las mantenían persuadiendo con los beneficios más que forzando con las armas, usando discursos más fieles que ahora los juramentos, y considerando más digno permanecer en los tratados que en las necesidades, y considerando digno opinar sobre los más débiles lo que habrían considerado digno que los más fuertes pensaran sobre ellos mismos, estando así preparados en sus mentes, como teniendo en privado sus propias ciudades, pero habitando una patria común, Grecia.
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¿ Y quién no amaría a un hombre que tiene grandeza y que dirige algún poder, lo que le ha sido escrito a Filipo el macedonio? En los cuales considera digno que un hombre estratega y señor de tal poder reconcilie a las ciudades que discrepan, pero no que las haga chocar entre sí, y que haga a Grecia grande a partir de pequeña, despreciando la ambición por las cosas pequeñas, intente tales obras de las cuales, tras haber tenido éxito, será el más ilustre de todos los líderes, y si fracasa, obtendrá al menos la benevolencia de los griegos; de la cual quienes la obtienen son mucho más envidiables que los que han destruido grandes ciudades y muchos territorios. Además, le exhorta a imitar la elección de Heracles y de los otros líderes que hicieron campaña contra los bárbaros junto con los griegos, y dice que es necesario que quienes sobresalen de los demás elijan las acciones que tienen grandeza, pero que las lleven a cabo con virtud, pensando que tenemos el cuerpo mortal, pero que nos hacemos inmortales mediante la virtud, y que nos molestamos con quienes están insaciablemente dispuestos hacia cualquier otro de los bienes, pero elogiamos a quienes adquieren un honor mayor que el existente, y que de las otras cosas, sobre las cuales son los esfuerzos humanos, riqueza, mando y poder, a menudo sucede que los enemigos se hacen dueños, pero de la virtud y de la benevolencia ante las multitudes, los allegados de cada uno heredan. Pues hay mucha necesidad de que quienes leen esto, siendo poderosos, se llenen de un ánimo mayor y deseen más la virtud.
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¿ Y quién podría exhortar más a la justicia y a la piedad, tanto a cada hombre en privado como a las ciudades enteras en común, que el discurso Sobre la paz? Pues en este, en efecto, persuade a los atenienses a no desear los bienes ajenos, sino a contentarse con los presentes, y a cuidar de las ciudades pequeñas como si fueran posesiones, y a intentar mantener a los aliados mediante beneficios, pero no mediante necesidades ni violencias. Y a no imitar de los antepasados a los que surgieron antes de los de Decelia, que por poco destruyen la ciudad, sino a los anteriores a los persas, que continuaron practicando la nobleza. Y demuestra cómo no las muchas trirremes ni los griegos gobernados mediante la fuerza hacen grande a la ciudad, sino las elecciones justas y el ayudar a los que son tratados injustamente. Y llama a hacer la benevolencia de los griegos propia de la ciudad, considerándola la mayor parte para la felicidad, y a ser guerreros en los preparativos y en los ejercicios, pero pacíficos al no tratar injustamente a nadie, enseñando cómo ni para la riqueza ni para la fama ni en absoluto para la felicidad podría contribuir nada tanto poder como la virtud y las partes de esta; y censurando a los que no han pensado esto, que consideraban la injusticia lucrativa y conveniente para la vida cotidiana, y la justicia inútil y más útil para otros que para quienes la poseen. Pues de estos no sé si alguien podría decir discursos mejores, más verdaderos o más apropiados para la filosofía.
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¿ Y quién, tras haber leído el discurso Areopagítico, no llegaría a ser más ordenado, o quién no admiraría la intención del orador? Quien se atrevió a hablar sobre la constitución a los atenienses, considerando digno cambiar la democracia entonces establecida por dañar grandemente a la ciudad, sobre la cual ninguno de los demagogos intentaba hablar, viendo que había llegado a tal desorden que ni siquiera los magistrados dominaban ya a los particulares, sino que cada uno hacía y decía lo que le venía en gana, y la libertad de expresión inoportuna era considerada por todos como poder democrático, y a recuperar la constitución establecida por Solón y Clístenes. De cuya elección y costumbres, al recorrerlas, dice que los hombres de entonces consideraban más terrible contradecir a los ancianos que ahora a los magistrados, y que ellos consideraban democracia no el libertinaje, sino la moderación. Y que lo libre no se ponía en despreciar a los magistrados, sino en hacer lo que se ordenaba, y no permitir poder a ninguno de los libertinos, sino confiar los cargos a los mejores, suponiendo que los demás serían tales cuales sean los que administran la ciudad. Y en lugar de reparar las haciendas privadas a partir de las públicas, contribuir las riquezas privadas a las comunes. Y además de esto, que los padres ponían más cuidado en los hijos cuando se hacían hombres que cuando eran niños, pensando que no de aquella educación, sino de esta moderación, se beneficia más lo común. Y considerar mejores las buenas ocupaciones que la legislación precisa, observando no cómo reprimirán a los que cometen errores con castigos, sino cómo harán que cada uno no practique nada digno de multa, y pensando que la patria debía vivir en gran poder, pero que a los particulares no les estaba permitido hacer nada de lo que las leyes prohibieran. Y soportar lo terrible y no asustarse ante las desgracias.
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¿ Y quién podría persuadir más a una ciudad y a hombres que el orador, en muchos otros lugares, pero sobre todo en el discurso escrito a los lacedemonios, que se titula Arquidamo, y que abarca el tema sobre no entregar Mesenia a los beocios ni hacer lo ordenado por los enemigos? Pues les había ido mal a los lacedemonios la batalla de Leuctra y muchas otras después de aquella, y los asuntos de los tebanos florecían y habían llegado a la grandeza de poder, mientras que los de Esparta se habían vuelto humildes e indignos de la antigua hegemonía. Al final, pues, para que la ciudad obtuviera la paz, deliberaba si debía renunciar a Mesenia, imponiéndole esta necesidad los beocios. Viendo, pues, que estaba a punto de hacer cosas indignas de los antepasados, compuso este discurso para Arquidamo, que era joven y aún no reinaba, pero que tenía muchas esperanzas de obtener este honor. En el cual recorre primero cómo los lacedemonios adquirieron justamente Mesenia, entregándosela los hijos de Cresfontes cuando fueron expulsados del mando, y habiendo ordenado el dios recibirla y vengar a los tratados injustamente, y además de esto, habiendo ratificado la posesión de la guerra, y habiéndola hecho firme y segura con el tiempo. Y enseña cómo no proporcionarán la ciudad a los mesenios, que ya no existen, sino a esclavos y hilotas como base de operaciones y refugio. Y recorre los peligros de los antepasados que soportaron por la hegemonía, y recuerda la gloria que existe entre los griegos sobre ellos, y exhorta a no caer junto con las fortunas ni a desesperar de los cambios, pensando que muchos que ya tenían mayor poder que los tebanos fueron vencidos por los más débiles, y muchos que fueron encerrados en asedio y sufriendo cosas más terribles que los lacedemonios destruyeron a los que les atacaron. Y toma como ejemplo la ciudad de los atenienses, que tras haber sido devastada desde una gran felicidad, soportó los peligros extremos para no hacer lo ordenado por los bárbaros. Y exhorta a soportar lo presente y a tener confianza sobre lo futuro, sabiendo que las ciudades reparan tales desgracias con una buena constitución y con experiencias de guerras, en las cuales Esparta aventajaba a las otras ciudades. Y piensa que no deben desear la paz los que están mal, para quienes hay esperanza de cambiar los asuntos hacia lo mejor a partir de la novedad, sino los que tienen éxito; pues en lo que no hay peligro está la salvaguarda de los bienes presentes. Y tras haber recorrido muchas otras cosas además de estas, cuantas obras brillantes fueron hechas tanto en común como en privado por los más ilustres de ellos durante las guerras, y de cuánta vergüenza serán dignos si lo hacen, y cómo serán calumniados ante los griegos, y tras haber calculado también que por todas partes tendrán alguna ayuda al hacer la lucha, tanto de los dioses como de los aliados y de todos los hombres, a quienes es envidiable el poder de los tebanos que crece, y tras haber mostrado el desorden y la confusión que ocupa a las ciudades al estar los beocios al frente de Grecia, al terminar, incluso si nada de esto fuera a suceder ni quedara otra esperanza de salvación, ordena abandonar la ciudad, enseñándoles cómo es necesario enviar a los niños, a las mujeres y a la otra multitud a Sicilia, a Italia y a los otros lugares amigos, y ellos mismos, tras haber tomado un lugar que sea el más fortificado y el más apto para la guerra, saquear a los enemigos tanto por tierra como por mar. Pues ninguna fuerza considerará digno enfrentarse a hombres que son los mejores en las cosas de la guerra de los griegos, pero que están desesperadamente dispuestos hacia la vida, y que tienen una justa ira y una excusa decorosa de la necesidad. Pues esto diría yo que no solo aconseja a los lacedemonios, sino también a los otros griegos y a todos los hombres, mucho mejor que todos los filósofos, que hacen de la virtud y de lo bello el fin de la vida.
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Y teniendo muchos otros discursos suyos que recorrer, escritos a ciudades, a poderosos y a particulares, de los cuales unos llaman a las multitudes a la concordia y a la moderación, otros conducen a los poderosos a la mesura y al mando legítimo, y otros hacen ordenadas las vidas de los particulares, proponiendo lo que cada uno debe hacer, temiendo que el discurso se alargue más de lo debido para mí, dejaré esto, y para que lo dicho anteriormente me sea más fácil de seguir, y por causa de la diferencia en la que difiere de Lisias, tras haber reunido sus virtudes en un discurso más breve, pasaré a los ejemplos.
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La primera virtud de los discursos, pues, dije que era la interpretación pura, en la cual no encontraba ninguna diferencia en ninguno de los dos. Después, la precisión del dialecto de la costumbre de entonces; y esto veía que era similar en ambos. Después de esto, calculaba que ambos han usado las palabras propias, habituales y comunes, pero la dicción de Isócrates, tras haber tomado algo de la construcción metafórica, avanzó hasta no molestar. Declaré que ambos dominan la claridad y la evidencia, pero en cuanto a expresar los pensamientos concisamente, pensaba que Lisias tenía más éxito. En cuanto a las amplificaciones, me parecía que Isócrates acertaba mejor. En cuanto a concentrar los pensamientos y expresarlos redondamente como apto para las verdaderas contiendas, aceptaba a Lisias. En las caracterizaciones, encontraba a ambos hábiles, pero de la gracia y del placer, sin duda, otorgaba los primeros puestos a Lisias. Veía lo magnífico en Isócrates. De lo persuasivo y lo decoroso, me parecía que ninguno quedaba por detrás. En la composición de las palabras, juzgaba a Lisias más sencillo, y a Isócrates más rebuscado, y al uno más persuasivo conjeturador de la verdad, y al otro más fuerte atleta de la construcción.
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Esto dije sobre la dicción de cada uno. Al hacer el examen de los asuntos, encontré la invención admirable en ambos y también el juicio. Pero en cuanto al orden de los entimemas, a las divisiones de los argumentos, a la elaboración según cada género y a todas las demás cosas que son teoremas en el ámbito pragmático, pensaba que Isócrates aventajaba por mucho a Lisias, y en cuanto al brillo de los temas y a lo filosófico de la elección, difería más que un hombre de un niño, como ha dicho Platón, y si hay que decir la verdad, también de todos los demás oradores que se hicieron cargo de esta disciplina filosóficamente. Sin embargo, no aprobaba el carácter circular de la conducción de los periodos ni el carácter juvenil de las figuraciones de la dicción. Pues el pensamiento es esclavo a menudo del ritmo de la dicción y lo verdadero queda por detrás de lo elegante. La mejor ocupación en el dialecto político y competitivo es la más similar a lo que es según la naturaleza. Y la naturaleza quiere que la dicción siga a los pensamientos, no los pensamientos a la dicción. Y para un consejero que habla sobre guerra y paz, y para un particular que corre peligro de muerte ante los jueces, no sé qué utilidad podrían proporcionar estas cosas elegantes, teatrales y juveniles, más bien sé que también serían causa de daño. Pues toda elegancia que ocurre en la seriedad y en los males es algo inoportuno y muy enemigo de la compasión.
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Y este no es mi discurso, por Zeus, pues muchos de los antiguos tenían esta opinión sobre él. Pues el dialéctico, al elogiar la otra construcción de la dicción, censura al hombre por su vacuidad y por lo cargante, y dice que se parece a un pintor que adorna todas las pinturas con las mismas vestiduras y las mismas figuras; pues todos encontraban que sus discursos usaban los mismos modos de dicción, de modo que, al elaborar técnicamente los detalles en muchos casos, parecía totalmente impropio en el conjunto por no expresar las costumbres de manera apropiada a los temas subyacentes. Jerónimo el filósofo dice que alguien podría leer bien sus discursos, pero no hablar en la asamblea levantando la voz y el tono, y decir en esta construcción con la actuación apropiada, no totalmente. Pues lo más grande y lo más movilizador de las multitudes se ha omitido, lo patético y lo animado; pues él es esclavo de la suavidad en todo momento, y ha perdido lo mezclado y lo variado con tensión y relajación, y lo distinguido por las superposiciones patéticas. Y en general dice que, al hundirse en la voz de un niño lector, no puede llevar ni tono, ni pasión, ni actuación. Y a muchos otros se les han dicho estas cosas y otras similares a estas, sobre las cuales no necesito escribir. Pues a partir de la misma dicción de Isócrates, una vez puesta, será evidente tanto el ritmo de los periodos que persigue lo elegante por encima de todo, como el carácter juvenil de las figuras que se desgasta en las antítesis, parisoseis y paromoioseis. Y no censuro el género de las figuras( pues muchos las usaron, tanto escritores como oradores, queriendo hacer florecer la dicción), sino el exceso.
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Pues digo que, al no ocurrir en el momento ni en la ocasión, se oponen a los oídos. En el discurso Panegírico, que es muy famoso, es abundante en tales cosas: pues considero que son causa de muchísimos bienes y dignos de los mayores elogios; pues aquí no solo el miembro es igual al miembro, sino también las palabras a las palabras, a muchísimos lo de mayores, a bienes lo de elogios, y a causa lo de dignos. Y de nuevo: no disfrutaban como propios, pero descuidaban como ajenos; pues el segundo miembro es igual al miembro, y de las palabras, a disfrutaban es antítesis descuidaban, y a propios lo de ajenos. A lo cual añade: sino que se preocupaban como de los allegados, pero se abstenían como es necesario de los que no tienen nada que ver. Pues se opone de nuevo también aquí a se preocupaban lo de se abstenían, y a allegados lo de no tienen nada que ver. Y esto aún no es suficiente, sino que en el periodo siguiente vuelve a invertir, a lo que él mismo estaría a punto de tener más éxito, lo que se añade, y dejar a los hijos una gran gloria, y a lo que no envidiaban las audacias de los otros, lo que se une a él, ni practicaban las audacias de ellos mismos. Y sin dejar pasar poco, añade a esto: sino que consideraban más terrible ser mal hablado por los ciudadanos que morir bien por la patria. Por tanto, también aquí, a bien es antítesis mal, y a ser hablado es igual a morir. Si fuera moderado hasta aquí, tolerable, pero no se detendrá. De nuevo, pues, en el periodo siguiente a este coloca: que para los buenos de los hombres no hará falta muchos escritos sino pocas consignas, y sobre los asuntos comunes y sobre los privados estarán de acuerdo. Por tanto, escritos y consignas es igual, y muchos y pocos, y comunes y privados son antítesis. Después, como si no hubiera dicho nada tal, inunda con las parisoseis juntas, añadiendo esto: y administraban los asuntos de los otros cuidando pero no ultrajando a los griegos, y pensando que debían ser estrategas de ellos pero no tiranizarlos, y deseando más ser llamados líderes que amos, y salvadores pero no ser llamados destructores, atrayendo a las ciudades mediante el hacer bien pero no destruyéndolas con violencia, usando discursos más fieles que ahora los juramentos, y considerando digno permanecer en los tratados como en las necesidades.¿ Y qué necesidad hay de alargar recorriendo los detalles? Pues casi todo el discurso ha sido adornado por él con tales figuras. Sin embargo, los discursos escritos al final de la vida son menos juveniles, como si, creo, hubieran recibido la prudencia completa del tiempo. Y sobre esto, esto es suficiente. Sería hora también de tocar los ejemplos y mostrar con estos cuál es la fuerza del orador. Pues es imposible mostrar en poco todos los géneros de los problemas y todas las ideas de los discursos, pero basta con una arenga tomada y un discurso de los
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judiciales. El discurso deliberativo, pues, sea aquel en el que exhorta a los atenienses a disolver la llamada guerra de los aliados, que hacían contra ellos los de Quíos, los de Rodas y los aliados de estos, y a dejar de ser codiciosos y de desear el mando por tierra y por mar; enseñando cómo la justicia no solo es mejor que la injusticia, sino también más útil. La elegancia de la conducción y de los periodos, que es supina y diferida, está también en estos, pero lo teatral de las figuras ha sido tomado con moderación. Esto, pues, deben pasarlo por alto los que leen y no considerarlo digno de esfuerzo, como dije también al principio, pero a lo demás prestar mucha atención. Y el discurso comienza desde aquí:
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Todos los que suben aquí a hablar suelen afirmar que los asuntos sobre los que van a aconsejar son los más importantes y los más dignos de la atención de la ciudad. Sin embargo, aunque hubiera sido apropiado decir tales cosas sobre otros asuntos, me parece que conviene comenzar también por ahí respecto a los presentes. Pues hemos venido a reunirnos en asamblea sobre la guerra y la paz, temas que tienen la mayor fuerza en la vida de los hombres y sobre los cuales es necesario que quienes deliberan correctamente actúen mejor que los demás. Tal es, pues, la magnitud de los asuntos sobre los que nos hemos reunido. Pero veo que ustedes no escuchan a los oradores por igual, sino que prestan atención a unos, mientras que a otros no soportan ni oírles la voz. Y no hacen nada extraño. Pues también en el resto del tiempo suelen expulsar a todos los demás, excepto a quienes se suman a sus deseos. A estos, uno podría censurarlos justamente, porque, sabiendo que muchas y grandes casas han sido arruinadas por los aduladores y odiando a quienes tienen este arte en sus asuntos privados, no se comportan de la misma manera con ellos en los asuntos públicos, sino que, al criticar a quienes los aceptan y se complacen con tales personas, ustedes mismos parecen confiar más en ellos que en los demás ciudadanos. Pues, en efecto, han hecho que los oradores practiquen y filosofen no sobre lo que será beneficioso para la ciudad, sino sobre cómo decir discursos que les agraden a ustedes; hacia ellos es hacia donde incluso ahora ha fluido la multitud. Pues para todos era evidente que se complacerían más con quienes los incitan a la guerra que con quienes aconsejan sobre la paz. Pues los primeros crean la expectativa de que recuperaremos las posesiones en las ciudades y recobramos el poder que antes teníamos, mientras que los segundos no proponen nada semejante, sino que hay que mantener la tranquilidad y no desear grandes cosas contra la justicia, sino contentarse con lo presente, lo cual es lo más difícil de todo para la mayoría de los hombres. Pues estamos tan apegados a las esperanzas y tenemos una sed insaciable de las supuestas ventajas, que ni siquiera quienes poseen las mayores riquezas desean quedarse con ellas, sino que, deseando siempre más, se arriesgan respecto a lo que ya tienen. Por eso es digno de temer que también ahora seamos culpables de estas insensateces. Pues algunos me parecen demasiado impulsados hacia la guerra, como si no hubieran escuchado a oradores comunes, sino a los dioses, que triunfaremos en todo y dominaremos fácilmente a los enemigos. Pero es necesario que los que tienen juicio no deliberen sobre lo que ya saben( pues es superfluo), sino que actúen según lo que han decidido, y sobre lo que deliberan, no crean saber lo que sucederá, sino que, usando la opinión, piensen sobre ello como algo que sucederá según el azar. Ustedes no hacen ni lo uno ni lo otro, sino que se comportan de la manera más confusa posible. Pues se han reunido como si tuvieran que elegir lo mejor de todo lo dicho, pero, como si ya supieran claramente lo que hay que hacer, no quieren escuchar sino a quienes hablan para su placer. Y sin embargo, les correspondía a ustedes, si realmente deseaban buscar lo que es beneficioso para la ciudad, prestar atención a quienes se oponen a sus opiniones más que a quienes los complacen, sabiendo que, de los que suben aquí, los que dicen lo que ustedes quieren pueden engañarlos fácilmente; pues lo que se dice para complacer oscurece la visión de lo mejor. Pero por parte de quienes no aconsejan para su placer, no sufrirían nada semejante. Pues no hay forma de que pudieran convencerlos sin hacer evidente lo que es beneficioso. Además de esto,¿ cómo podrían los hombres juzgar bien sobre lo sucedido o deliberar sobre lo futuro, si no examinan los discursos de los que se oponen unos frente a otros, y ellos mismos se ofrecen como oyentes imparciales para ambos? Me asombro de los mayores, si ya no recuerdan, y de los más jóvenes, si no han oído nada, pues por causa de quienes aconsejan aferrarse a la paz nunca hemos sufrido ningún mal, mientras que por causa de quienes eligen fácilmente la guerra hemos caído ya en muchas y grandes desgracias. De las cuales nosotros no hacemos ninguna mención, sino que estamos dispuestos, sin hacer nada por nosotros mismos de antemano, a llenar trirremes, hacer contribuciones de dinero, ayudar y hacer la guerra, como si estuviéramos arriesgándonos en una ciudad ajena. La causa de esto es que, aunque les corresponde esforzarse por los asuntos públicos igual que por los privados, no tienen la misma opinión sobre ellos, sino que, cuando deliberan sobre los privados, buscan como consejeros a quienes piensan mejor que ustedes mismos, pero cuando se reúnen en asamblea sobre la ciudad, desconfían y envidian a tales personas, y elogian a los más viles de los que suben a la tribuna, y consideran más democráticos a los que están ebrios que a los sobrios, a los que no tienen juicio que a los que piensan bien, y a los que reparten los bienes de la ciudad que a los que realizan liturgias para ustedes desde su propio patrimonio. De modo que es digno de asombro si alguien espera que la ciudad, usando tales consejeros, progrese hacia lo mejor. Yo sé, ciertamente, que es difícil oponerse a sus pensamientos y que, al ser una democracia, no hay libertad de expresión excepto aquí para los más insensatos y los que no se preocupan por ustedes, y en los teatros para los autores de comedias. Lo cual es lo más terrible de todo, que a quienes divulgan ante los demás griegos los errores de la ciudad les tienen tanta gratitud como ni siquiera a quienes hacen el bien, mientras que hacia quienes los reprenden y aconsejan se comportan con tanta hostilidad como hacia quienes hacen algún mal a la ciudad. Sin embargo, aun existiendo esto, no desistiría de lo que he pensado. Pues he subido no para complacerlos ni para buscar un voto, sino para exponer lo que sé, primero sobre lo que el prítano propone, luego sobre los demás asuntos de la ciudad. Pues no habrá ninguna utilidad en lo que ahora se decida sobre la paz, si no deliberamos correctamente sobre lo restante. Digo, pues, que es necesario hacer la paz no solo con los de Quíos, Rodas, Bizancio y Cos, sino con todos los hombres, y usar los tratados no estos que algunos han escrito ahora, sino los que se hicieron con el rey y los lacedemonios, que ordenan que los griegos sean autónomos, que las guarniciones salgan de las ciudades ajenas y que cada uno tenga lo suyo. Pues de estos no encontraremos otros más justos ni más beneficiosos para la ciudad.
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Tras haber dicho esto de antemano y haber dispuesto así a los oyentes para el discurso que sigue, y tras haber hecho un bellísimo elogio de la justicia y haber censurado la situación establecida, añade a esto la comparación de los hombres de entonces con los antepasados; y por este motivo dije esto de antemano, porque sobre lo restante no voy a hacer los discursos ante ustedes de manera contenida, sino con total libertad. Pues,¿ quién, viniendo de fuera y no corrompido junto con nosotros, sino presentándose de repente ante lo que sucede, no pensaría que estamos locos y fuera de juicio, nosotros que nos vanagloriamos de las obras de los antepasados y pretendemos elogiar a la ciudad por lo que se hizo entonces, pero no hacemos nada de lo mismo que ellos, sino todo lo contrario? Pues ellos pasaron el tiempo luchando por los griegos contra los bárbaros, mientras que nosotros, habiendo expulsado de allí a los que se ganaban la vida desde Asia, los trajimos contra los griegos. Y aquellos, liberando las ciudades griegas y ayudándolas, fueron considerados dignos de la hegemonía, mientras que nosotros, esclavizándolas y haciendo lo contrario de lo que se hacía entonces, nos indignamos si no tenemos el mismo honor que ellos, nosotros que hemos quedado tan atrás tanto en las obras como en los pensamientos de los que vivieron en aquel tiempo, tanto como nosotros nos preocupamos por la nuestra; pues al escuchar una sola cosa conocerán también sobre las demás: como habiendo una pena de muerte si alguien es sorprendido sobornando, elegimos como estrategas a los que hacen esto de la manera más evidente y a quien ha podido corromper a la mayoría de los ciudadanos lo ponemos al frente de los asuntos más importantes. Y esforzándonos por la constitución no menos que por la salvación de toda la ciudad y sabiendo que la democracia crece y permanece en los tiempos de tranquilidad y seguridad, pero que en las guerras ha sido disuelta ya dos veces, nos comportamos con hostilidad hacia los que desean la paz como si fueran oligárquicos, y consideramos que los que aman la guerra son benévolos como si se preocuparan por la democracia. Y siendo muy experimentados en discursos y asuntos, nos comportamos de manera tan irracional que sobre los mismos temas en el mismo día no pensamos lo mismo, sino que lo que criticamos antes de subir a la asamblea, eso mismo votamos al reunirnos, y no dejando pasar mucho tiempo, cuando nos vamos, volvemos a criticar lo votado. Y pretendiendo ser los más sensatos de los griegos, usamos tales consejeros, de los cuales no hay quien no despreciaría, y a estos mismos los ponemos como señores de todos los asuntos públicos, a quienes nadie confiaría nada de sus asuntos privados.
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Tal es, en efecto, el hombre en los discursos deliberativos. En los judiciales, aunque en lo demás es muy preciso y veraz y se ha acercado mucho al estilo de Lisias, en la composición de las palabras tiene aquella suavidad y decoro, menos que en los otros discursos, pero, sin embargo, los tiene. Y que nadie suponga que ignoro ni que Afareo, el antepasado e hijo adoptivo de Isócrates, en el discurso contra Megaclides sobre la Antidosis, define que ninguna causa fue escrita por su padre para un tribunal, ni que Aristóteles dice que muchas gavillas de discursos judiciales isocráticos circulan por los libreros. Pues sé que esto es dicho por aquellos hombres, y no me dejo convencer por Aristóteles, que quiere manchar al hombre, ni me sumo a Afareo, que por este motivo inventa un discurso decoroso. Pero habiendo considerado suficiente como garante de la verdad al ateniense Cefisodoro, quien convivió con Isócrates y fue su discípulo más genuino y realizó la apología en su favor, la muy admirable, en las réplicas contra Aristóteles, creo que fueron escritos algunos discursos por el hombre para los tribunales, aunque no muchos, y uso como ejemplo uno de ellos( pues no cabe más) el llamado Trapezítico, que escribió para un extranjero, uno de sus alumnos, contra Pasión el banquero. Y este es el discurso:
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El litigio es grande para mí, hombres del jurado; pues no solo me arriesgo por mucho dinero, sino también por no parecer que deseo injustamente lo ajeno; lo cual yo considero de la mayor importancia; pues me quedará una fortuna suficiente incluso privado de esto. Pero si pareciera que reclamo tanto dinero sin que me corresponda, sería difamado por toda mi vida. Y es, hombres del jurado, lo más difícil de todo encontrar tales adversarios. Pues los contratos con los que están en los bancos se hacen sin testigos, y los que son perjudicados por tales personas tienen que arriesgarse, pues ellos poseen muchos amigos, manejan mucho dinero y parecen ser dignos de confianza por su oficio. Sin embargo, aun existiendo esto, creo que haré evidente a todos que estoy siendo privado de tanto dinero por Pasión. Desde el principio les narraré, como pueda, lo sucedido. Pues para mí, hombres del jurado, mi padre es Sopayo, a quien todos los que navegan al Ponto conocen tan familiarizado con Sátiro que gobierna mucha tierra y se ocupa de todo el poder de aquel. Y enterándome también sobre esta ciudad y sobre el resto de Grecia, deseé viajar. Y mi padre, habiendo llenado dos naves de grano y dándome dinero, me envió a la vez para comerciar y para ver mundo. Y habiéndome presentado Pitodoro el fenicio a Pasión, usé el banco de este. Tiempo después, habiendo surgido una calumnia contra Sátiro, como que mi padre conspiraba contra el poder y yo me reunía con los exiliados, él arresta a mi padre y envía órdenes a los que están aquí de visita desde el Ponto para que reciban el dinero de mí y me ordenen navegar hacia allá, y si no hago nada de esto, que lo reclamen de ustedes. Estando en tales males, hombres del jurado, le cuento a Pasión mis desgracias. Pues estaba tan familiarizado con él que no solo sobre el dinero, sino también sobre lo demás, confiaba sobre todo en él. Y pensaba que, si abandonaba todo el dinero, me arriesgaría, si le pasaba algo a aquel, y privado tanto de lo de aquí como de todo lo de allá, me quedaría necesitado, y si, admitiendo que lo tengo, no lo entregara tras la orden de Sátiro, me pondría a mí mismo y a mi padre en las mayores calumnias ante Sátiro. Deliberando, pues, nos pareció mejor entregar lo que era evidente del dinero, pero sobre lo que estaba depositado con él, no solo negarlo, sino también parecer que yo debía dinero tanto a él como a otros con interés y hacer todo para que ellos estuvieran más dispuestos a creer que yo no tenía dinero. Entonces, pues, hombres del jurado, pensaba que Pasión me aconsejaba todo esto por benevolencia. Pero cuando realicé esto ante los de Sátiro, supe que él conspiraba contra lo mío. Pues queriendo yo recuperar lo mío y navegar a Bizancio, este, pensando que se le había presentado la mejor ocasión; pues el dinero depositado con él era mucho y digno de desvergüenza, y yo, ante muchos oyentes, había negado poseer nada y, siendo reclamado, era evidente para todos y admitía deber a otros; y además de esto, hombres del jurado, pensando que, si intentaba quedarme aquí, sería entregado por la ciudad a Sátiro, y si me dirigía a otro lugar, no le importaría nada de mis discursos, y si navegaba al Ponto, moriría junto con mi padre; calculando esto, pensaba privarme del dinero y ante mí fingía estar apurado en el presente y no tener para devolver. Y cuando yo, queriendo saber el asunto, le envío a Filomelo y a Menéxeno para reclamar, él niega ante ellos tener nada de lo mío. Y habiéndome sobrevenido tantos males de todas partes,¿ qué opinión creen que tenía? A quien le resultaba que, callando, era privado del dinero por este, y hablando, no recuperaba nada más, y ante Sátiro me ponía a mí y a mi padre en la mayor calumnia. Por tanto, consideré que lo mejor era mantener la calma. Después de esto, hombres del jurado, llegan a mí anunciándome que mi padre ha sido liberado y que Sátiro se arrepiente tanto de todo lo sucedido que le ha dado las mayores garantías y ha hecho el poder aún mayor del que tenía antes y ha tomado a mi hermana como esposa para su propio hijo. Enterándose de esto Pasión y sabiendo que ya actuaré abiertamente sobre lo mío, hace desaparecer al esclavo que sabía sobre el dinero. Y cuando yo, acercándome, lo buscaba, pensando que este sería un testimonio clarísimo sobre lo que reclamaba, dice un discurso terrible, que yo y Menéxeno, habiendo corrompido y convencido al que estaba sentado en el banco, tomamos seis talentos de plata de él. Y para que no hubiera ninguna prueba ni tortura sobre ellos, decía que nosotros, habiendo hecho desaparecer al esclavo, le reclamábamos a él, a quien nosotros mismos hicimos desaparecer. Y diciendo esto, indignándose y llorando, me arrastraba ante el polemarco, pidiendo garantes, y no me soltó antes de que le estableciera garantes de seis talentos. Y suban ante mí testigos de esto. Que esto difiere en todo el género de los epidícticos y deliberativos según el carácter de la dicción, no hay nadie que no lo admitiría. Sin embargo, no ha salido del todo de la conducción isocrática, sino que conserva algo de la construcción y
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de aquella solemnidad, los pensamientos y son más poéticos que veraces. Como cuando dice:« y pensaba que, si abandonaba el dinero, me arriesgaría». Pues lo no hecho y sencillo es así:« y pensaba que, si no entregaba el dinero, me arriesgaría». Además aquello:« y además de esto, hombres del jurado, pensando que, si intentaba quedarme aquí, sería entregado por la ciudad a Sátiro, y si me dirigía a otro lugar, no le importaría nada de mis discursos, y si navegaba al Ponto, moriría junto con mi padre». Pues tanto el periodo se alarga más allá del modo judicial como la composición tiene algo de poético y la figura de la dicción ha sido tomada de las parison y paromoeon de los epidícticos. Por tanto, el« intentaba»,« me dirigía» y« navegaba», estando colocados en un solo lugar y siendo los miembros tres, la longitud igual es prueba de la construcción de Isócrates. Y lo que sigue a esto:« pensaba privarme del dinero y ante mí fingía estar apurado y no tener» son similares y parecidos entre sí. Y además de esto, lo que añade poco después:« de modo que le ha dado las mayores garantías y ha hecho el poder aún mayor del que tenía antes y ha tomado a mi hermana como esposa para su propio hijo». Pues también aquí, de nuevo, el« ha dado»,« ha hecho» y« ha tomado» es similar, y« el poder» y« la hermana». Uno podría decir también otras cosas además de estas, por las cuales el carácter del orador será evidente, pero es necesario quizás atenerse al tiempo.