De Lysia
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Original / primary: Spanish Gemini
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Lisias, hijo de Céfalo, era de padres siracusanos, pero nació en Atenas mientras su padre residía allí como meteco, y se educó junto a los más ilustres atenienses. A los quince años partió navegando hacia Turios con dos hermanos para participar en la colonia que enviaban los atenienses y el resto de Grecia en el duodécimo año anterior a la guerra del Peloponeso, y allí continuó viviendo con gran holgura y educándose con Tisias y Nicias hasta la desgracia que sobrevino a los atenienses en Sicilia. Tras aquel desastre, al sublevarse el pueblo, fue expulsado junto con otros trescientos bajo la acusación de aticismo. Al regresar de nuevo a Atenas bajo el arcontado de Calias, a la edad de cuarenta y siete años, según se puede conjeturar, desde aquel momento continuó dedicándose a sus actividades en Atenas. Habiendo escrito muchísimos discursos adecuados para tribunales, consejos y asambleas, y además de estos, panegíricos, eróticos y epistolares, eclipsó la fama de los oradores que le precedieron o que florecieron en su mismo tiempo, y a los que le siguieron no les dejó margen de superación, ni en todas las formas de discurso, ni, por Zeus, en las más sencillas. Qué carácter de discurso utiliza, qué virtudes ha introducido, en qué es superior a los que florecieron después de él, en qué es inferior y qué se debe tomar de él, ahora intentaré decirlo.
2
Es purísimo en su elocución y un excelente canon de la lengua ática, no de la antigua, que utilizan Platón y Tucídides, sino de la que prevalecía en aquel tiempo, como se puede conjeturar por los discursos de Andócides, los de Critias y otros muchos. En este aspecto, que es el primero y más importante en los discursos, me refiero a la pureza del dialecto, nadie de los posteriores le superó, y ni siquiera muchos tuvieron la capacidad de imitarlo, a excepción de Isócrates; pues este hombre me parece que, después de Lisias, llegó a ser el más puro de los demás en el uso de las palabras. Encuentro, pues, esta virtud, digna de celo e imitación en el orador, y recomendaría a quienes deseen escribir o hablar con pureza que tomen a aquel hombre como modelo de esta virtud.
3
Y otra virtud, no menor que esta, que muchos de los que florecieron en su mismo tiempo emularon, pero nadie demostró con mayor firmeza;¿ cuál es esta? La elocución que expresa los pensamientos mediante palabras propias, comunes y puestas al alcance de todos. Pues difícilmente se encontraría a Lisias utilizando una frase figurada. Y no solo por esto es digno de elogio, sino porque hace que los asuntos parezcan solemnes, extraordinarios y grandes utilizando las palabras más comunes y sin recurrir a una construcción poética. Los anteriores no tenían esta gloria, sino que, deseando añadir cierto adorno a los discursos, alteraban el lenguaje cotidiano y recurrían a la frase poética, utilizando muchas metáforas, hipérboles y otras formas figuradas, y asombrando al profano con el uso de palabras glosadas y extrañas, con la alteración de las construcciones habituales y con otras innovaciones léxicas. Esto lo demuestra Gorgias de Leontinos, que en muchísimos casos hace que la construcción sea cargante y ampulosa, pronunciando algunas cosas no lejos de ciertos ditirambos, así como los que frecuentaban a aquel, los del entorno de Licimnio y Polo. La frase poética y figurada también alcanzó a los oradores de Atenas, como dice Timeo, comenzando por Gorgias cuando, en su embajada a Atenas, asombró a los oyentes con su oratoria, aunque, como es la verdad, siempre fue algo admirado desde antiguo. Tucídides, al menos, el más divino de los historiadores, tanto en el epitafio como en las arengas, al utilizar una construcción poética, alteró en muchos casos la elocución hacia una ampulosidad y un adorno poco habituales. Lisias, en cambio, no practicó nada semejante, al menos en los discursos judiciales y deliberativos escritos con seriedad, salvo alguna pequeña cosa en los panegíricos; pues sobre sus cartas, los discursos de sociedad y los otros que escribió por diversión, no tengo necesidad de hablar. Pareciendo conversar de manera similar a los profanos, difiere muchísimo de un profano y es un poeta de discursos excelente, habiendo encontrado una armonía propia de los discursos, liberada del metro, con la que adorna y endulza las palabras sin tener nada ampuloso ni cargante. Ordeno tomar esta segunda virtud de este orador, si algunos pretenden conversar del mismo modo que él. Hubo, pues, muchos escritores y oradores celosos de esta elección, pero el joven Isócrates, que floreció después de Lisias, fue quien más se acercó a ella, y nadie podría decir que otros oradores, con miras más lejanas que estos, hayan demostrado tanta fuerza y poder en palabras propias y comunes.
4
Declaro una tercera virtud en el hombre: la claridad, no solo la que reside en las palabras, sino también la que reside en los asuntos; pues existe también una claridad pragmática no conocida por muchos. Lo conjeturo porque de la elocución de Tucídides y Demóstenes, que fueron los más hábiles en exponer los asuntos, muchas cosas nos resultan difíciles de conjeturar, oscuras y necesitadas de intérpretes. Pero la elocución de Lisias es toda ella manifiesta y clara, incluso para quien parece estar muy alejado de los discursos políticos. Y si la claridad se produjera por debilidad de fuerza, no sería digno de apreciarla, pero ahora la riqueza de las palabras propias se demuestra en él por una gran abundancia de esta virtud. De modo que también es digno emular su claridad. Y, ciertamente, el expresar brevemente los pensamientos junto con la claridad, siendo algo difícil por naturaleza reunir ambas cosas y mezclarlas moderadamente, es en lo que Lisias se demuestra no menos que ningún otro, pues nadie que tenga al hombre entre manos parecería encontrar ni falta de oportunidad ni oscuridad. La causa de esto es que, en él, los asuntos no son esclavos de las palabras, sino que las palabras siguen a los asuntos, y el adorno no lo toma de alterar el lenguaje cotidiano, sino de imitarlo.
5
Y no es tal en la elocución, pero en los asuntos es inoportuno y largo; está contraído, si es que alguien lo está, y denso en pensamientos, y tan lejos está de decir algo innecesario que incluso parecería omitir muchas cosas útiles, no haciéndolo, por Zeus, por debilidad de invención, sino por la medida del tiempo para el cual debían ser los discursos. Es breve, ciertamente, como para un profano que desea exponer los asuntos, pero no suficiente para un orador que busca demostrar abundancia de fuerza. Debe imitarse, pues, también la brevedad de Lisias; pues no se encontraría una más moderada en otro orador.
6
Después de estas, encuentro en Lisias una virtud muy admirable, de la que Teofrasto dice que fue iniciador Trasímaco, pero yo creo que Lisias; pues en cuanto a los tiempos, me parece a mí que este aventaja a aquel( hablo como si ambos hubieran llegado a la plenitud de su vida en común), y si esto no se concediera, al menos por el hecho de haberse ejercitado más que aquel en los verdaderos combates. No aseguro, sin embargo, cuál de los dos fue el iniciador de esta virtud en el presente, sino que Lisias sobresalió más en ella, esto lo declararía con confianza.¿ Y cuál es la virtud que digo? La elocución que contrae los pensamientos y los expresa de forma redondeada, muy propia y necesaria para los discursos judiciales y para todo combate real. Pocos imitaron esto, y Demóstenes incluso lo superó, aunque no utilizándola de forma tan clara ni sencilla como Lisias, sino de forma curiosa y amarga; pues que se diga, tal como a mí me parece. Sobre lo cual hablaré en el momento oportuno.
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La elocución de Lisias posee también mucha viveza. Esta es una fuerza que lleva lo dicho bajo los sentidos, y surge de la captación de los elementos concomitantes. Quien preste atención a los discursos de Lisias no será tan torpe, desagradable o lento de mente que no suponga ver sucederse lo que se expone. Y como si estuviera conversando con las personas que el orador introduce. Y no echará de menos nada, como es natural que unos actúen, otros sufran, otros piensen y otros hablen. Pues llegó a ser el más excelente de todos los oradores en observar la naturaleza de los hombres y en atribuir a cada uno lo que le corresponde, tanto en pasiones como en caracteres y acciones.
8
Atribuyo, pues, a él también la virtud más decorosa, llamada por muchos etopeya. Pues no puedo encontrar en este orador ningún personaje que sea ni sin carácter ni inanimado. Y siendo tres las cosas en las que y sobre las que ocurre que esta virtud existe, el pensamiento, la elocución y, tercera, la composición, en todas ellas declaro que él acierta. Pues no solo propone que los que hablan piensen cosas buenas, decentes y moderadas, de modo que los discursos parezcan imágenes de los caracteres, sino que también atribuye a los caracteres una elocución propia, con la que por naturaleza se manifiestan mejor que por sí mismos, la clara, propia, común y más familiar a todos los hombres; pues la ampulosidad, lo extraño y todo lo que es fruto de la afectación carece de carácter. Y, ciertamente, compone la elocución de forma muy sencilla y simple, viendo que el carácter no reside en el periodo y los ritmos, sino en la elocución desatada. En general, para hablar también de esta virtud, no sé si algún otro de los oradores que utilizaron una construcción similar del discurso compuso de forma más agradable o más persuasiva. Pues el carácter de su armonía parece ser algo no hecho y sin artificio, y no me extrañaría si a todos los profanos, y no a pocos de los filólogos que no tienen grandes ejercicios en los discursos, les proporcionara tal opinión, que está compuesto sin afectación y no según el arte, sino de forma automática y como sucedió. Pero está construido más que cualquier obra técnica. Pues este carácter de' no hecho' está hecho en él, y lo desatado está ligado, y en el mismo hecho de no parecer construido hábilmente tiene su habilidad. Por tanto, quien practique la verdad y desee ser imitador de la naturaleza no se equivocaría utilizando la composición de Lisias; pues no encontraría otra más verdadera que esta.
9
Creo también que la elocución de Lisias posee el decoro no menos que ninguno de los antiguos oradores, virtud la más excelente y perfecta de todas, viendo que está suficientemente armonizada hacia el que habla, hacia los que escuchan y hacia el asunto( pues en estos y hacia estos reside el decoro). Pues según la edad, el linaje, la educación, la ocupación, la vida y las demás cosas en las que las personas difieren de las personas, atribuye las voces propias y mide lo dicho hacia el oyente de forma apropiada, no conversando de la misma manera con un juez, con un miembro de la asamblea y con una multitud que celebra un panegírico. Y la elocución toma diferencias en él según las formas de los asuntos; pues al comenzar es establecida y ética, al narrar es persuasiva y sin curiosidad, al demostrar es redondeada y densa, al aumentar y apasionarse es solemne y verdadera, y al recapitular es desatada y concisa. Debe tomarse, pues, también el decoro de la elocución de Lisias.
10
Que es persuasiva, convincente y manifiesta mucho lo natural, y todo lo que conlleva tal forma, quizás no hace falta decirlo ante quienes lo saben; pues esto ya es algo conocido por la multitud y no hay nadie que, habiendo aprendido por experiencia y por oído, no admita que él es el más persuasivo de todos los oradores. De modo que también esta virtud debe tomarse del orador. Teniendo muchas y bellas cosas que decir sobre la elocución de Lisias, la cual, tomándola e imitándola, uno podría mejorar en la expresión, dejaré las demás apuntando al tiempo, pero demostraré una virtud más del orador, juzgándola la más bella, la más importante y la única que, más que las otras, puede confirmar el carácter de Lisias, la cual nadie de los posteriores superó, pero muchos imitaron y por esto mismo parecieron ser mejores que otros sin diferir en nada en la otra fuerza; sobre lo cual, si es posible, hablaré en el lugar oportuno.¿ Y cuál es esta virtud? La gracia que florece en todas las palabras y por igual, algo superior a todo discurso y más admirable. Pues es lo más fácil de ver y manifiesto para todos por igual, tanto para el profano como para el técnico, pero lo más difícil de ser explicado con palabras y no es fácil ni siquiera para los que son capaces de hablar mejor.
11
De modo que si alguien pretendiera ser enseñado con palabras qué es esta fuerza, no dejaría de exigir razón de otras muchas y bellas cosas difíciles de explicar; hablo de la belleza de los cuerpos, qué es esto que llamamos encanto, del movimiento de los miembros y el tejido de los sonidos, qué se dice que es la armonía, de la simetría de los tiempos, cuál es el orden y qué es el ritmo, y en resumen, de toda obra y asunto, qué es el llamado momento oportuno y dónde está la medida. Pues cada una de estas cosas se capta por la sensación y no por la razón. De modo que lo que los músicos recomiendan hacer a quienes desean escuchar con precisión la armonía, para no ignorar ni la más mínima diesis en los intervalos, habituar el oído y no buscar otro criterio más preciso que este, esto mismo yo recomendaría a quienes leen a Lisias y desean aprender cuál es la gracia que hay en él, que practiquen, con mucho tiempo, largo ejercicio y pasión irracional, ejercitar la sensación irracional. Considero, sin embargo, esta la virtud más excelente y característica de la elocución de Lisias, ya sea que deba llamarla fortuna de la naturaleza, o trabajo de esfuerzo y arte, o una disposición o fuerza mixta de ambas, con la que supera a todos los demás oradores. Y cuando dudo sobre alguno de los discursos que se le atribuyen y no me es fácil encontrar la verdad a través de los otros signos, recurro a esta virtud como a un voto final. Entonces, si las gracias de la elocución me parecen adornar el escrito, lo atribuyo al alma de Lisias y no considero examinar nada más allá de esto. Pero si el carácter de la elocución no tiene ningún placer ni encanto, me avergüenzo y sospecho que quizás el discurso no es de Lisias y ya no fuerzo la sensación irracional, ni aunque el discurso me parezca muy hábil en las otras cosas y trabajado de forma extraordinaria, pensando que el escribir bien pertenece a muchos según otros caracteres propios de la elocución( pues esto es multiforme), pero el escribir de forma agradable, agraciada y encantadora, a Lisias.
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Como prueba, pues, no utilizando otra mejor que la de ser interpretado con placer lo dicho por él, con la cual ya muchos de los discursos atribuidos a él y creídos por la multitud como si estuvieran entre los muy genuinos de Lisias, y que en lo demás no son absurdos, al sospechar y examinar que no poseen la gracia lisíaca ni la elocuencia de aquella elocución, encontré que no eran de Lisias. Entre ellos está el de la estatua de Ifícrates, que sé que muchos considerarían carácter y canon de su fuerza. Este discurso, sin embargo, que parece estar interpretado fuertemente en las palabras y haber encontrado los entimemas de forma extraordinaria y tener otras muchas virtudes, carece de gracia y está lejos de manifestar la boca lisíaca. Y me resultó más evidente que no fue escrito por aquel orador al considerar los tiempos. Pues si uno sitúa que Lisias murió a los ochenta años bajo el arcontado de Nicón o Nausinico, la muerte del orador habría precedido en siete años enteros a la escritura del decreto. Pues después del arconte Alcístenes, bajo el cual los atenienses, los lacedemonios y el rey juraron la paz, Ifícrates, tras entregar los ejércitos, se convierte en particular, y el asunto de la estatua fue entonces, siete años antes de la escritura de Lisias, antes de que este compusiera este combate para Ifícrates. De igual modo, también la apología del hombre, que también se atribuye a Lisias, no la tomé bajo sospecha por no tener los asuntos de forma absurda ni las palabras de forma débil, sino por no florecer en la elocución la gracia lisíaca; y al comparar los tiempos, encontré que no solo no era posterior por pocos años a la muerte del orador, sino por veinte años enteros. Pues en la guerra de los aliados Ifícrates compitió en la acusación y prestó cuentas de la estrategia, como resulta evidente del propio discurso; y esta guerra cae bajo los arcontes Agatocles y Elpines. De quiénes son, pues, los discursos del orador sobre la estatua y la traición, no puedo decirlo con seguridad. Pero que ambos son de uno, podría decirlo con muchas pruebas; pues la misma elección y fuerza están en ambos, sobre lo cual no es momento en el presente de examinar. Conjeturo que son de Ifícrates; pues el hombre es hábil en las cosas de la guerra y en los discursos no es despreciable, y la elocución en ambos tiene mucho de cargante y militar, y no manifiesta tanto la agudeza retórica como la arrogancia y jactancia militar. Pero sobre esto se aclarará en otro lugar con más detalle.
13
Hay que volver, desde donde salimos hacia esto, a que lo más excelente de las obras de Lisias y lo más característico de su fuerza es la gracia que adorna y hace florecer su elocución, la cual nadie de los posteriores superó ni imitó hasta el extremo. Y estos son los bienes del orador respecto a la elocución; pues resumiré lo dicho: la pureza de las palabras, la precisión del dialecto, el expresar los pensamientos mediante palabras propias y no mediante construcciones figuradas, la claridad, la brevedad, el contraer y redondear los pensamientos, el llevar bajo los sentidos lo expuesto, el no proponer ningún personaje inanimado ni sin carácter, el placer de la composición de las palabras imitando al profano, el aplicar los discursos apropiados a los personajes y asuntos subyacentes, la persuasión, el poder de convicción, la gracia y el momento oportuno que todo lo mide. Tomando esto de Lisias, uno podría beneficiarse. La elocución de Lisias no es elevada ni magnífica, ni, por Zeus, asombrosa y admirable, ni manifiesta lo amargo, lo terrible o lo temible, ni tiene contactos y tonos fuertes, ni está llena de ira y espíritu, ni, como es persuasiva en los caracteres, así es fuerte en las pasiones, ni como puede endulzar, persuadir y ser graciosa, así puede violentar y forzar. Es más segura que arriesgada y no es capaz de manifestar la fuerza del arte tanto como de conjeturar la verdad de la naturaleza.
14
Y es digno de admirar qué le pasó a Teofrasto para pensar que él llegó a ser un celoso de los discursos cargantes y curiosos y que persigue lo poético más que lo verdadero. Al menos en los escritos sobre la elocución, entre otras cosas, censura a los que se han dedicado a las antítesis, parisosis, paromoisis y figuras similares a estas, y ciertamente ha enumerado a Lisias entre ellos, citando el discurso sobre Nicias, el estratega de los atenienses, que pronunció estando prisionero en Siracusa, como si hubiera sido escrito por este orador. Y quizás nada impedirá poner la propia elocución de Teofrasto. Es esta: la antítesis es de tres maneras, cuando a lo mismo se le atribuyen los contrarios, o al contrario lo mismo, o a los contrarios los contrarios. Pues de tantas maneras es posible unirlos. De estos, lo igual y lo semejante es infantil y como un poema; por lo cual también se adapta menos a la seriedad. Pues parece impropio que, estando serio en los asuntos, se juegue con las palabras y se quite la pasión a la elocución; pues debilita al oyente. Como cuando Lisias, en la apología de Nicias, deseando provocar lástima:' Lloro la ruina invicta e inbatida de los griegos, sentándose ellos mismos como suplicantes de los dioses, declarándoos a vosotros traidores de los juramentos y llamando al parentesco, a la benevolencia'. Estas cosas, si Lisias realmente las escribió, merecería justamente ser censurado por jugar en un momento no gracioso. Pero si el discurso es de otro, como lo es, el que acusa al hombre de lo que no corresponde es más censurable. Que Lisias no escribió el discurso sobre Nicias y que el escrito no es ni de su alma ni de su elocución, pudiendo demostrarlo con muchísimas pruebas, no tengo momento en el presente discurso. Componiendo un tratado propio sobre el orador, en el que se me aclararán otras cosas y cuáles son sus discursos genuinos, intentaré dar la precisión en aquellos también sobre este discurso.
15
Pero ahora hablaré de lo siguiente, cuál es el carácter pragmático de Lisias, puesto que he dado el discurso sobre la elocución; pues esta parte aún queda. Pues el hombre es inventivo de los discursos que hay en los asuntos, no solo de los que todos encontraríamos, sino también de los que nadie. Pues Lisias no omite absolutamente nada de los elementos de los que constan los discursos, ni los personajes, ni los asuntos, ni las acciones mismas, ni los modos y causas de ellos, ni los momentos, ni los tiempos, ni los lugares, ni las diferencias de cada una de estas cosas hasta la división en lo más pequeño, sino que de toda teoría y toda división elige las fuentes propias. Demuestran más que nada la habilidad de su invención los discursos sin testigos y los compuestos sobre hipótesis paradójicas, en los que dice muchísimos y bellísimos entimemas y hace que lo que a los demás parece ser difícil y imposible parezca fácil y posible, siendo crítico de lo que debe decirse y cuándo, no pudiendo utilizar todo lo inventado, sino siendo selectivo de lo mejor y más importante, si no más que los otros oradores, al menos no menos que ninguno. Utiliza un orden simple de los asuntos y en su mayoría de forma similar, y en las elaboraciones de los argumentos es sencillo y sin curiosidad; pues no se encuentra utilizando preconstrucciones, ni abordajes, ni divisiones, ni variedades de figuras, ni otras astucias semejantes. Sino que es sencillo, libre y sin malicia para organizar lo inventado. Por tanto, recomiendo a quienes lo leen que emulen la invención de los entimemas y el juicio, pero que no acepten del hombre el orden y la elaboración de ellos, siendo más deficientes de lo debido, sino que tomen este elemento de otros que fueron mejores para organizar lo inventado, sobre los cuales hablaré después.
16
Habiendo dado el discurso sobre las virtudes y los elementos, hablaré ahora también sobre el género de las controversias en cuyos teoremas está el arte político. Estando el discurso retórico dividido en tres y abarcando tres géneros diferentes por sus fines, el judicial, el deliberativo y el llamado demostrativo o panegírico, en todos ellos el hombre es digno de mención, pero sobre todo en los combates judiciales. Y en estos mismos es mejor para decir bien las cosas pequeñas, paradójicas y difíciles, que para decir con fuerza las solemnes, grandes y fáciles. Quien desee conocer con precisión la fuerza de Lisias, que la observe más de los discursos judiciales que de los panegíricos y deliberativos. Y para que también me sea posible decir lo que corresponde sobre las formas, dejaré esto sobre los proemios, las narraciones y las otras partes del discurso, y hablaré y aclararé qué clase de hombre es en cada una de las formas. Las dividiré, como agradó a Isócrates y a los que se adornan según aquel hombre, comenzando por los proemios.
17
Digo, pues, que el orador es el más hábil de todos en las entradas de los discursos y el más gracioso, pensando que no es fácil comenzar bien, si uno desea utilizar el comienzo apropiado y no decir un discurso cualquiera( pues no es lo primero dicho, sino lo que en ninguna parte del discurso propuesto beneficiaría más que al principio, esto es el comienzo y proemio), y viendo que el orador utiliza todo lo que las artes recomiendan y los asuntos quieren. Pues a veces comienza hablando desde el elogio propio, a veces desde la calumnia del adversario, y si sucede que él mismo ha sido calumniado de antemano, primero se libera de las causas contra sí mismo; a veces, elogiando y cuidando a los jueces, los hace familiares a sí mismo y al asunto; a veces, señala su propia debilidad, la codicia del adversario y que el combate no es sobre cosas iguales para ambos; a veces dice que los asuntos son comunes y necesarios para todos y no dignos de ser descuidados por los que escuchan; a veces prepara otra cosa de las que pueden beneficiarle a él y perjudicar al adversario. Habiendo abarcado esto brevemente y con sencillez, con pensamientos buenos, sentencias oportunas y entimemas moderados, se apresura hacia la propuesta, a través de la cual, habiendo dicho de antemano lo que se dirá en las demostraciones y habiendo preparado al oyente para ser fácil de aprender hacia el discurso futuro, se establece en la narración; y la propuesta es para él, en la mayoría de los casos, el límite de cada una de las formas, aunque a veces comenzó solo desde esta. Y a veces entró en la narración sin proemio, tomando el comienzo. Y no es inanimado ni inmóvil respecto a esta forma; pero sobre todo uno admiraría su fuerza en los proemios, pensando que, habiendo escrito no menos de doscientos discursos judiciales, en ninguno ha aparecido ni proemiando de forma poco persuasiva ni utilizando un comienzo desconectado de los asuntos, sino que ni siquiera ha aplicado los mismos entimemas ni ha caído en los mismos pensamientos. Y, sin embargo, esto se encuentra que les sucede incluso a los que escriben pocos discursos, hablo de aplicar los mismos lugares; pues dejo de lado que, tomando lo dicho por otros, casi todos no ponen el trabajo en vergüenza. Pero este orador es nuevo en cada uno de los discursos, al menos en cuanto a las entradas y los proemios, y capaz de realizar lo que quisiera; pues ni deseando mover la benevolencia, ni la atención, ni la facilidad de aprendizaje, fallaría nunca en el objetivo. Respecto a esta forma, pues, declaro que es el primero o el segundo de nadie.
18
Y al narrar los asuntos, que creo que es la parte que necesita más cuidado y vigilancia, sin duda creo que es el mejor de todos los oradores, y lo declaro límite y canon de esta forma. Creo también que las artes de los discursos, en las que se ha dicho algo notable sobre la narración, no han tomado los preceptos y las fuentes de otros más que de los escritos por Lisias. Pues estas narraciones tienen sobre todo lo breve y lo claro, y son agradables como ninguna otra, persuasivas y llevan consigo la fe al mismo tiempo de forma oculta, de modo que no es fácil encontrar ninguna narración entera ni parte de ella falsa o poco persuasiva; tanta persuasión y encanto tienen lo dicho y así ocultan a los que escuchan si son verdaderas o fingidas. De modo que lo que Homero, elogiando a Odiseo como persuasivo para hablar y fingir lo que no sucedió, ha dicho, esto me parece que uno podría decir también sobre Lisias:' semejaba decir muchas mentiras parecidas a las verdaderas'. Y a todos y sobre todo recomendaría practicar esta parte haciendo los ejercicios en los ejemplos de Lisias. Pues el que más haya imitado a este hombre demostraría mejor esta forma. Y al dar fe a los asuntos, tal es el hombre.
19
Comenzaré por las llamadas pruebas técnicas y disertaré sobre cada parte por separado. Divididas estas en tres partes— el hecho, la pasión y el carácter—, Lisias es capaz de hallar y exponer lo que proviene del hecho tan bien como cualquiera. Pues el hombre es un excelente conjeturador de lo verosímil y del ejemplo, un juez sumamente preciso sobre dónde es natural que algo sea semejante y dónde difiere, y es muy capaz de distinguir los indicios que acompañan a los hechos y de elevarlos a la categoría de pruebas. Y, ciertamente, me parece que construye las pruebas que provienen de los caracteres de manera muy digna de mención. Pues a menudo construye caracteres dignos de crédito a partir de la vida y la naturaleza, y a menudo a partir de las acciones y decisiones previas. Cuando no obtiene tal fundamento de los hechos, él mismo crea el carácter y hace que los personajes resulten, mediante el discurso, dignos de crédito y virtuosos, atribuyéndoles decisiones nobles, añadiendo pasiones moderadas, otorgándoles discursos razonables, presentándolos como personas que piensan de acuerdo con sus circunstancias, mostrándolos afligidos por las injusticias tanto en palabras como en hechos, haciéndolos elegir lo justo y construyendo todo lo semejante a esto, a partir de lo cual un carácter virtuoso y moderado podría manifestarse. En cuanto a las pasiones, es más débil y no es capaz de construir con gran vigor y fuerza ni amplificaciones, ni intensificaciones, ni lamentos, ni todo lo que es semejante a esto. No se debe, pues, buscar esto en Lisias. Incluso en los epílogos, la parte de recapitulación de lo dicho la enumera de manera moderada y elegante, pero aquella parte patética, en la que hay exhortación, compasión, súplica y lo que es afín a esto, la presenta con menos eficacia de lo que corresponde.
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Tal es el carácter de Lisias, según la opinión que tengo sobre él. Si alguien ha llegado a conclusiones distintas a estas, que lo diga; y si son más convincentes, le estaré muy agradecido. Para que a quien lo desee le resulte mejor aprender si nosotros estamos convencidos de esto de manera correcta y apropiada o si hemos errado en el juicio, realizaré el examen sobre los escritos de aquel, y tras elegir un discurso( pues no es posible utilizar muchos ejemplos), demostraré a partir de él la decisión y la capacidad del hombre, considerando que para almas bien educadas y moderadas basta con que pequeñas muestras representen grandes cosas y pocas representen muchas. El discurso es de los de tutela, titulado Contra Diogitón, y tiene la siguiente hipótesis:
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Diodoto, uno de los alistados con Trasilo en la guerra del Peloponeso, al estar a punto de zarpar hacia Asia bajo el arcontado de Glaucipo, teniendo hijos pequeños, hizo testamento dejando como tutor de ellos a su propio hermano Diogitón, quien era a la vez tío de los niños y abuelo materno. Él mismo muere luchando en Éfeso, y Diogitón, tras haber administrado todo el patrimonio de los huérfanos y no haberles rendido cuentas de nada a pesar de la gran cantidad de dinero, es acusado mientras aún vive por uno de los jóvenes, quien había sido sometido a la docimasia por mala administración de la tutela. El marido de la nieta de aquel y hermana de los jóvenes es quien presenta la demanda contra él.
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He anticipado la hipótesis para que resulte más claro si ha utilizado un comienzo moderado y apropiado:
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Si los desacuerdos no fueran grandes, jueces, no habría permitido que estos llegaran ante ustedes, pensando que es muy vergonzoso estar en conflicto con los parientes, sabiendo que no solo los que cometen injusticias les parecen a ustedes peores, sino también aquellos que, teniendo menos de lo que les corresponde, no pueden soportarlo. Puesto que, sin embargo, jueces, han sido privados de mucho dinero y han sufrido muchas y terribles cosas por parte de quienes menos debían, han recurrido a mí, que soy su pariente político, y me he visto obligado a hablar en su favor. Tengo una hermana de estos, que es nieta de Diogitón; y tras haber suplicado mucho a ambos, al principio los convencí de confiar el arbitraje a sus amigos, considerando de gran importancia que nadie más supiera de los asuntos de estos. Pero como Diogitón, al ser refutado sobre lo que poseía manifiestamente, no se atrevía a confiar en ninguno de sus amigos respecto a esto, sino que quiso evitar juicios y perseguir los que no existían y soportar los riesgos extremos antes que, habiendo hecho lo justo, quedar libre de las acusaciones contra estos, les pido a ustedes que, si demuestro que han sido tan vergonzosamente tutelados por su abuelo como nadie jamás lo ha sido por quienes no tienen parentesco alguno en la ciudad, les ayuden con lo que es justo; si no, que crean todo a este y nos consideren a nosotros, para el tiempo futuro, como peores. Intentaré enseñarles sobre ellos desde el principio.
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Este proemio posee todas las virtudes que un proemio debe tener. Los cánones de las artes, si se comparan con él, lo demostrarán. Pues todos los que han redactado artes, sin duda, aconsejan que, cuando la disputa es contra parientes, se cuide de que los acusadores no parezcan malvados ni litigiosos. Ordenan, en primer lugar, trasladar la causa a los adversarios, tanto del crimen como de la disputa, y decir que las injusticias son grandes y que no era posible soportarlas moderadamente, y que la disputa es en favor de personas más necesarias, desamparadas y menos dignas de ser despreciadas, a quienes, de no ayudarles, habrían parecido peores; y que, al invitar a los adversarios a reconciliaciones, confiar los asuntos a amigos y soportar ser perjudicados en lo posible, no pudieron obtener nada de lo moderado. Esto es lo que los autores de artes aconsejan hacer, para que el carácter del que habla parezca más virtuoso. Esto puede generarles benevolencia y es la parte más importante de la construcción. Veo que todo esto ha sucedido a través de este proemio. Y, ciertamente, en cuanto a hacer que los oyentes sean capaces de aprender, ordenan decir el hecho de manera concisa, para que los jueces no ignoren la hipótesis, y que el proemio proponga desde el principio cómo serán las cosas que se van a decir, y que, tomando una muestra del hecho, se intente comenzar directamente a partir de entimemas. Este proemio también tiene esto. Además, sobre la atención, teorizan de alguna manera así: que es necesario que quien pretenda hacer a los oyentes atentos diga cosas admirables y paradójicas y pida a los jueces que escuchen. Parece, pues, que Lisias también ha hecho esto. Y a esto se añade la suavidad de la elocución y la sencillez de la construcción, de las cuales tienen mayor necesidad quienes comienzan discursos contra parientes. Es digno también observar cómo está organizada la narración. Es así:
25
Eran hermanos, jueces, Diodoto y Diogitón, de mismo padre y misma madre. Dividieron el patrimonio oculto, pero compartían el manifiesto. Habiendo ganado Diodoto mucho dinero mediante el comercio, Diogitón lo convence de tomar a su propia hija, que era la única que tenía. Y le nacen dos hijos y una hija. Tiempo después, habiendo sido alistado Diodoto entre los hoplitas con Trasilo, llamó a su propia mujer, que era sobrina suya, y al padre de ella, que era su pariente político y hermano de mismo padre, y abuelo y tío de los niños, pensando que, debido a estos vínculos, a nadie más correspondía ser justo con sus propios hijos, le entrega un testamento y cinco talentos de plata en depósito, y señaló que siete talentos y cuarenta minas estaban dados en préstamo marítimo... y dos mil que se le debían en el Quersoneso. Le encargó que, si le sucedía algo, entregara un talento a la mujer y le diera lo que estaba en la habitación, y un talento a la hija. Dejó también veinte minas a la mujer y treinta estateras cícicos. Tras hacer esto y dejar copias en casa, se marchó a hacer campaña con Trasilo. Al morir aquel en Éfeso, Diogitón ocultó a la hija la muerte del marido y toma los documentos que dejó sellados, diciendo que era necesario cobrar el dinero marítimo a partir de esos documentos. Cuando con el tiempo les reveló la muerte e hicieron los ritos acostumbrados, el primer año vivían en el Pireo; pues allí se habían dejado todas las provisiones. Al agotarse estas, envía a los niños a la ciudad y entrega a la madre de ellos, dándole cinco mil dracmas, mil menos de las que su marido le había dado. En el octavo año, habiendo sido sometido a la docimasia el mayor de los jóvenes, Diogitón los llamó y les dijo que el padre les había dejado veinte minas de plata y treinta estateras. Yo, por tanto, he gastado mucho de lo mío para su manutención. Y mientras tenía, no me importaba; pero ahora yo mismo estoy en una situación difícil. Tú, pues, ya que has sido sometido a la docimasia y te has hecho hombre, mira tú mismo de dónde tendrás las provisiones. Al oír esto, estupefactos y llorando, se fueron con su madre y, tras recogerla, vinieron a mí, estando lastimosamente afectados por la pasión y habiendo caído en la miseria, llorando y suplicándome que no los dejara ser privados de lo paterno ni caer en la mendicidad, siendo ultrajados por quienes menos debían, sino que les ayudara tanto por causa de la hermana como de ellos mismos. Sería largo decir cuánto duelo había en mi casa en aquel tiempo. Finalmente, su madre me suplicaba y me pedía que reuniera a su padre y a los amigos, diciendo que, aunque no estuviera acostumbrada a hablar ante hombres, la magnitud de las desgracias la obligaría a revelar todo sobre sus males ante nosotros. Al ir yo, me indignaba contra Hegemón, quien tenía a la hija de este, y hablaba con los otros allegados, y exigía que este fuera a un examen sobre los asuntos. Diogitón al principio no quería, pero finalmente fue obligado por los amigos. Cuando nos reunimos, la mujer le preguntó con qué ánimo se atrevía a tener tal intención sobre los niños, siendo hermano del padre de ellos, padre mío, y tío y abuelo de ellos. Y si no te avergonzabas de ningún hombre, debías temer a los dioses, dice, tú que recibiste, cuando aquel zarpaba, cinco talentos de él en depósito, y sobre esto quiero que, habiendo hecho comparecer a los niños, tanto a estos como a los que nacieron después para mí, juren donde este diga; aunque yo no soy tan miserable ni doy tanta importancia al dinero como para, habiendo perjurado contra mis propios hijos, consumir mi vida, y haber arrebatado injustamente el patrimonio del padre. Además, ella misma lo refutaba de haber cobrado siete talentos de dinero marítimo y cuatro mil dracmas, y mostró los documentos de esto. Pues en la mudanza, cuando se mudaba de Colito a la casa de Fedro, los niños, al encontrar un libro que había sido arrojado, se lo llevaron a ella. Ella demostró que él había cobrado cien minas prestadas a interés sobre bienes raíces, y otras dos mil dracmas y muebles de gran valor, y que además les llegaba grano de Quersoneso cada año. Entonces tú te atreviste, dijo, teniendo tanto dinero, a decir que el padre de estos dejó dos mil dracmas y treinta estateras; las cuales, habiéndome sido dejadas al morir aquel, yo te las di; y te atreviste a expulsar a estos, siendo tus nietos, de su propia casa con túnicas raídas, descalzos, sin acompañante, sin mantas, sin vestidos, sin los muebles que el padre les dejó, ni con los depósitos que aquel dejó contigo. Y ahora educas a los de mi madrastra en la abundancia( y en esto haces bien), pero a los míos los injurias, a quienes, tras expulsarlos deshonrados de la casa, te esfuerzas por mostrar como mendigos en lugar de ricos. Y por tales hechos ni temes a los dioses, ni te avergüenzas de mí, que soy conocedora, ni te acuerdas de tu hermano, sino que nos consideras a todos de menos valor que el dinero. Entonces, jueces, habiendo dicho la mujer muchas y terribles cosas, todos los presentes quedamos tan afectados por lo que este había hecho y por las palabras de ella, viendo a los niños lo que habían sufrido, recordando al difunto, cómo dejó al tutor indigno del patrimonio, y pensando cuán difícil es encontrar a quién confiar lo propio; de modo que, jueces, ninguno de los presentes podía articular palabra, sino que, llorando, se marchaban en silencio, no menos que los que habían sufrido.
26
Para que también el carácter de las pruebas resulte claro, expondré también lo que se dice después de esto. Las pruebas propias, como si no necesitaran ya muchas palabras, las confirma mediante los mismos testigos, habiendo dicho nada más que esto: primero, pues, suban ante mí como testigos. Las justicias del adversario, habiéndolas dividido en dos, como si él mismo hubiera confesado haber recibido y fingido haber gastado en la manutención de los huérfanos, y como si hubiera negado haber recibido y luego hubiera sido refutado, hace el discurso sobre ambas, diciendo que los gastos no fueron los que aquel demostró que habían sido y dando las pruebas sobre los asuntos dudosos.
27
Exijo, pues, jueces, que presten atención al cálculo, para que compadezcan a los jóvenes por la magnitud de las desgracias y consideren a este digno de ira por parte de todos los ciudadanos. Pues Diogitón coloca a todos los hombres en tal sospecha unos contra otros, que ni vivos ni muertos confían más en sus allegados que en sus peores enemigos; él, que se atrevió a negar unas cosas, y al final, habiendo confesado tener, para dos niños y una hermana, ingresos y gastos en ocho años de siete talentos de plata y siete mil dracmas, demostró. Y llegó a tal desvergüenza que, no teniendo dónde desviar el dinero, calculaba cinco óbolos al día para la comida de dos niños y una hermana, y para calzado, tintorería, vestidos y barbero no tenía nada escrito al mes ni al año, sino que, en resumen, de todo el tiempo, más de un talento de plata. Y para el monumento del padre, no habiendo gastado veinticinco minas de cinco mil dracmas, la mitad la pone para sí y la otra mitad la ha calculado a estos. Para las Dionisias, pues, jueces( pues no me parece extraño mencionar también esto), demostró haber comprado un cordero por dieciséis dracmas y calculaba ocho de estas dracmas a los niños. Por lo cual no nos indignamos menos. Así, hombres, en las grandes pérdidas, a veces las pequeñas no afligen menos a los perjudicados; pues demuestra demasiado clara la maldad de los que cometen injusticias. Para las otras fiestas y sacrificios, pues, calculó que se habían gastado más de cuatro mil dracmas y otras cosas innumerables, que calculaba hacia el total; como si por esto hubiera sido dejado tutor de los niños, para demostrarles documentos en lugar de dinero y hacerlos pobrísimos en lugar de ricos, y para que, si tenían algún enemigo paterno, se olvidaran de él y, privados de lo paterno, lucharan contra el tutor. Y sin embargo, si quería ser justo con los niños, le era posible, según las leyes que existen sobre los huérfanos, tanto para los incapaces de los tutores como para los capaces, arrendar la casa, libre de muchos asuntos, o, tras comprar tierra, alimentar a los niños con los ingresos, y cualquiera de estas cosas que hubiera hecho, no habrían sido menos ricos que ningún ateniense. Pero ahora me parece que nunca pensó en hacer manifiesto el patrimonio, sino en tener él mismo lo de estos, pensando que su propia maldad debía ser heredera del dinero del difunto. Y lo que es más terrible de todo, jueces: este, siendo trierarca junto con Alexides, hijo de Aristodico, diciendo que contribuía con cuarenta y ocho minas a aquel, ha calculado la mitad a estos, siendo huérfanos, a quienes la ciudad no solo hizo exentos de impuestos por ser niños, sino que, cuando son sometidos a la docimasia, los libera un año de todas las liturgias. Y este, siendo abuelo, contra las leyes, cobra de su propia trierarquía la mitad a sus nietos. Y habiendo enviado al Adriático un mercante de dos talentos, cuando lo enviaba, decía a la madre de ellos que el riesgo era de los niños, pero cuando se salvó y duplicó, dice que el comercio es suyo. Y sin embargo, si demuestra las pérdidas de estos, pero él mismo tiene el dinero salvado, no le será difícil escribir en el cálculo dónde se ha gastado el dinero, y fácilmente se enriquecerá a partir de lo ajeno. Sobre cada cosa, pues, jueces, sería una gran tarea calcular ante ustedes. Pero como apenas recibí de él los documentos, teniendo testigos, pregunté a Aristodico, el hermano de Alexides( pues él mismo resultó haber muerto), si el cálculo de la trierarquía era suyo. Y él decía que sí. Y al ir a casa, encontramos que Diogitón había contribuido con veinticuatro minas a aquel para la trierarquía. Y este demostró haber gastado cuarenta y ocho minas; de modo que ha calculado a estos tanto como todo el gasto que él mismo ha tenido. Y sin embargo,¿ qué creen que ha hecho sobre lo que nadie sabe, sino que él solo administraba, él que, sobre lo que se hizo a través de otros y no era difícil enterarse, se atrevió, mintiendo, a perjudicar a sus propios nietos en veinticuatro minas? Y suban ante mí testigos de esto.— Testigos.— Han oído a los testigos, jueces. Yo, por mi parte, sobre el dinero que al final confesó tener él mismo, siete talentos y cuarenta minas, calcularé a partir de esto, sin demostrar ningún ingreso, sino gastando a partir de lo existente, y pondré, como nadie jamás en la ciudad, para dos niños, una hermana, un pedagogo y una sirvienta, mil dracmas cada año, un poco menos de tres dracmas al día. En ocho años esto se convierte en ocho mil dracmas, quedando seis talentos de los siete talentos, y veinte minas de las cuarenta minas. Pues no podría demostrar haber perdido ni por ladrones, ni haber sufrido pérdida, ni haber pagado a acreedores.
28
En los discursos judiciales, pues, el hombre es de tal tipo, pero en los epidícticos es más débil, como dije. Pues quiere ser más elevado y más magnífico, y no parecería ser inferior a ninguno de los oradores que florecieron en su tiempo o antes, pero no despierta al oyente como Isócrates o Demóstenes. Pondré también un ejemplo de esto.
29
Hay un discurso panegírico suyo, en el que persuade a los griegos, celebrándose la fiesta en Olimpia, de expulsar al tirano Dionisio del poder y liberar Sicilia, y de comenzar la enemistad de inmediato, saqueando la tienda del tirano, adornada con oro, púrpura y otra gran riqueza. Pues Dionisio envió teóricos a la fiesta llevando un sacrificio al dios, y la llegada de los teóricos fue magnífica y costosa en el recinto, para que el tirano fuera más admirado por Grecia. Habiendo tomado esta hipótesis, ha hecho tal comienzo del discurso:
30
Por otras muchas y bellas obras, hombres, es digno recordar a Heracles y porque él fue el primero en reunir este certamen por benevolencia hacia Grecia. Pues en el tiempo anterior las ciudades estaban dispuestas de manera hostil unas hacia otras, pero cuando aquel puso fin a los tiranos y prohibió a los que ultrajaban, creó un certamen de cuerpos, una emulación de riqueza y una demostración de juicio en el lugar más bello de Grecia, para que por todas estas cosas nos reuniéramos en el mismo lugar, unas cosas para verlas y otras para oírlas. Pues pensó que la asamblea de aquí sería el comienzo para los griegos de la amistad entre ellos. Aquel, pues, propuso esto. Yo, por mi parte, he venido no para ser mezquino ni para luchar sobre los nombres; pues considero que estas son obras de sofistas demasiado inútiles y que necesitan mucho de la vida, pero que es propio de un hombre bueno y ciudadano de gran valor aconsejar sobre las cosas más grandes, viendo a Grecia dispuesta de manera tan vergonzosa y siendo muchas partes de ella bajo el bárbaro, y muchas ciudades habiendo quedado devastadas por tiranos. Y si sufriéramos esto por debilidad, sería necesario resignarse a la fortuna, pero puesto que es por sedición y por la rivalidad entre nosotros,¿ cómo no es digno cesar en unas cosas y prohibir otras, sabiendo que rivalizar es propio de quienes prosperan, pero conocer lo mejor es propio de quienes están en angustia? Pues vemos los peligros tanto grandes como rodeándonos por todas partes. Y saben que el poder es de los que dominan el mar, el rey es tesorero del dinero, los cuerpos de los griegos son de los que pueden gastar, y él mismo posee muchas naves, y muchas el tirano de Sicilia. De modo que es digno deponer la guerra entre nosotros, y usando el mismo juicio, aferrarse a la salvación, y avergonzarse de lo pasado, y temer por lo que está por venir, y en cuanto a los antepasados, imitarlos, quienes hicieron que los bárbaros, deseando lo ajeno, se vieran privados de lo suyo, y tras expulsar a los tiranos, establecieron la libertad común para todos. Y admiro a los lacedemonios sobre todo, con qué juicio permiten que Grecia se queme, siendo líderes de los griegos no injustamente, tanto por la virtud innata como por el conocimiento sobre la guerra, y viviendo solos sin ser devastados, sin murallas, sin sediciones, invictos y usando siempre las mismas costumbres; por lo cual hay esperanza de que posean la libertad inmortal y, habiendo sido salvadores de Grecia en los peligros pasados, prevean sobre los futuros. No es, pues, el tiempo venidero mejor que el presente; pues no hay que considerar las desgracias de los que han perecido como ajenas, sino como propias, ni esperar hasta que las fuerzas de ambos vengan contra nosotros mismos, sino, mientras aún es posible, prohibir la insolencia de estos. Pues,¿ quién no se daría cuenta de que en la guerra entre nosotros ellos se han hecho grandes? De lo cual, siendo no solo vergonzoso sino también terrible, a los que han cometido grandes errores les ha quedado la impunidad de lo hecho, y a los griegos ninguna venganza de ellos.
31
Pondré todavía un ejemplo de un discurso deliberativo, para que también el carácter de este género de discursos resulte claro.
32
Ha incluido la hipótesis sobre no disolver la constitución patria en Atenas. Pues habiendo regresado el pueblo del Pireo y habiendo decretado reconciliarse con los de la ciudad y no guardar rencor por nada de lo sucedido, y habiendo temor de que la multitud, habiendo recuperado la antigua autoridad, ultraje de nuevo a los ricos, y habiéndose dicho muchas palabras sobre esto, un tal Formisio, de los que regresaron con el pueblo, introdujo la opinión de que los exiliados regresaran, pero que la constitución no se entregara a todos, sino a los que poseen la tierra, queriendo los lacedemonios que esto sucediera. Y al ser ratificado este decreto, casi cinco mil atenienses iban a ser expulsados de los asuntos comunes. Para que esto no sucediera, Lisias escribe este discurso para uno de los destacados y que participaban en la política. Si se dijo entonces, es incierto; está compuesto, al menos, de manera adecuada para una disputa. Es este:
33
Cuando pensábamos, atenienses, que las desgracias sucedidas habían quedado como suficientes monumentos para la ciudad, de modo que ni siquiera los que vinieran después desearían otras constituciones, entonces estos buscan engañar a los que han sufrido mal y han experimentado ambas cosas con los mismos decretos con los que ya antes dos veces. Y de estos no me asombro, pero de ustedes, los que escuchan, sí, de que sean los más olvidadizos de todos o los más dispuestos a sufrir mal por parte de tales hombres, que por fortuna participaron de los asuntos del Pireo, pero por juicio de los de la ciudad. Y sin embargo,¿ qué necesidad había de que los exiliados regresaran si, al votarlos, se esclavizarán a sí mismos? Yo, por mi parte, atenienses, no siendo expulsado ni por patrimonio de la constitución ni por linaje, sino siendo anterior a los que contradicen en ambas cosas, considero que esta es la única salvación para la ciudad, que todos los atenienses participen de la constitución; pues cuando adquirimos tanto las murallas como las naves y el dinero y los aliados, no pensábamos en cómo íbamos a rechazar a ningún ateniense, sino que incluso hacíamos matrimonio con los eubeos;¿ y expulsaremos a los ciudadanos existentes? No, si me hacen caso, ni siquiera junto con las murallas nos quitaremos esto a nosotros mismos, muchos hoplitas, jinetes y arqueros; aferrándose a los cuales, democráticamente se gobernarán con firmeza, dominarán más a los enemigos y serán más útiles a los aliados. Pues saben las oligarquías que han ocurrido en nuestro tiempo y que no los que poseen la tierra tenían la ciudad, sino que muchos de ellos murieron y muchos fueron expulsados de la ciudad; a quienes el pueblo, al hacerlos regresar, les devolvió lo suyo, pero él mismo no se atrevió a participar de esto. De modo que, si me hacen caso, no privarán a los benefactores, en cuanto puedan, de la patria, ni considerarán las palabras más creíbles que los hechos, ni lo que está por venir más que lo sucedido, especialmente recordando a los que luchaban sobre la oligarquía, quienes de palabra luchan contra el pueblo, pero de hecho desean lo suyo, lo cual adquirirán cuando los encuentren desamparados de aliados, y luego, existiendo tales cosas para nosotros, dirán:¿ qué salvación habrá para la ciudad si no hacemos lo que los lacedemonios ordenan? Yo, por mi parte, exijo que estos digan qué le resultará a la multitud si hacemos lo que aquellos ordenan; si no, es mucho mejor morir luchando que condenarnos manifiestamente a nosotros mismos a la muerte. Pues considero que, si convenzo, el peligro es común para ambos, y veo que también los argivos y mantineenses tienen el mismo juicio, viviendo en lo suyo, siendo unos vecinos de los lacedemonios y otros viviendo cerca, y unos no siendo más que nosotros, y otros no siendo ni tres mil. Pues saben los lacedemonios que, aunque muchas veces invadan el territorio de estos, muchas veces les saldrán al encuentro habiendo tomado las armas, de modo que el peligro no les parece bueno, si vencen, ni siquiera esclavizar a estos, y si son derrotados, privarse a sí mismos de los bienes existentes. Y cuanto mejor les vaya, tanto menos desean arriesgarse. Teníamos, pues, atenienses, también nosotros este juicio cuando gobernábamos a los griegos, y nos parecía que deliberábamos bien, permitiendo que el territorio fuera devastado, pero no considerando necesario luchar por él. Pues era digno, descuidando pocas cosas, ahorrar muchos bienes. Pero ahora, puesto que hemos sido privados de todas aquellas cosas por la batalla, y nos ha quedado la patria, sabemos que este peligro es el único que tiene las esperanzas de la salvación. Pero es necesario, recordando que ya habiendo ayudado a otros que sufrían injusticias en tierra ajena erigimos muchos trofeos sobre los enemigos, ser hombres buenos por la patria y por nosotros mismos, confiando en los dioses y esperando, puesto que lo justo estará con los que sufren injusticias. Pues sería terrible, atenienses, si, cuando estábamos exiliados, luchábamos contra los lacedemonios para regresar, y habiendo regresado, nos exiliaremos para no luchar.¿ No es, pues, vergonzoso si llegamos a tal maldad que los antepasados incluso luchaban por la libertad de los demás, y ustedes ni siquiera por la suya propia se atreven a luchar?
34
Pero basta ya de ejemplos, para que también sobre los oradores restantes disertemos de la misma manera. Sigue a este orador, según el orden de los tiempos, Isócrates. Sobre este, pues, hay que hablar a continuación, habiendo tomado otro comienzo.