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Original / primary: Spanish Gemini
1
En los comentarios publicados anteriormente sobre la imitación, habiendo examinado a quienes consideraba los poetas y escritores más ilustres, oh Quinto Elio Tuberón, y habiendo expuesto en pocas palabras qué virtudes, tanto de contenido como de estilo, aporta cada uno de ellos, y en qué puntos principalmente se vuelve inferior a sí mismo debido a sus fracasos, ya sea porque su propósito no alcanza en todo el cálculo más preciso, o porque su capacidad no logra el éxito en todas sus obras, con el fin de que aquellos que se proponen escribir y hablar bien tengan cánones hermosos y probados sobre los cuales realizar sus ejercicios particulares, no imitando todo lo que se encuentra en esos hombres, sino tomando sus virtudes y evitando sus fracasos; al tratar de los escritores, expuse también mis opiniones sobre Tucídides, resumiéndolas en una escritura breve y capitular, no por negligencia o pereza, ni por escasez de quienes pudieran confirmar mis propósitos, sino buscando la oportunidad de lo escrito, tal como hice con los demás. Pues no era posible hacer una exposición precisa y detallada sobre cada uno de los hombres, habiéndome propuesto reunir el tratado en el menor volumen posible. Pero habiendo deseado tú que yo redactara un escrito propio sobre Tucídides que abarcara todo lo que requiere palabras, pospuse el tratado sobre Demóstenes, que tenía entre manos, y prometí hacerlo, como deseabas, y habiendo cumplido la promesa, te lo entrego.
2
Estando a punto de abordar los discursos particulares, deseo decir algunas cosas de antemano sobre mí mismo y sobre el género del tratado; no por ti, por Zeus, ni por quienes son semejantes a ti, que juzgan las cosas desde el mejor punto de vista y no consideran nada más valioso que la verdad, sino por los demás, en quienes hay mucho de espíritu crítico, ya sea por el celo hacia los antiguos, por el desprecio hacia los de la misma edad, o por ambas pasiones, comunes a la naturaleza humana. Sospecho que habrá algunos de los que lean el escrito que nos criticarán por atrevernos a declarar que Tucídides, el más excelente de todos los historiadores, también yerra a veces en el propósito de sus discursos y se debilita en su capacidad, y por esto nos vino este razonamiento, que pareceremos los primeros y únicos en innovar cosas paradójicas si nos propusiéramos calumniar algo de lo escrito por Tucídides, no solo oponiéndonos a las opiniones comunes, que todos han recibido desde hace mucho tiempo y poseen como inalienables, sino también desconfiando de los testimonios de los filósofos y oradores más ilustres, quienes proponen a ese hombre como canon de la práctica histórica y límite de la destreza en los discursos políticos; de los cuales ni propósitos fuertes. Deseando, pues, disolver estas críticas que tienen algo de teatral y que atraen a la mayoría, sobre mí mismo me bastará decir solo esto: que habiendo guardado en toda mi vida hasta el presente este espíritu contencioso, pendenciero y que ladra al azar a todos, y no habiendo publicado ningún escrito en el que acuse a alguien, fuera de un tratado que redacté sobre la filosofía política contra quienes la atacan injustamente, no me habría atrevido ahora por primera vez a demostrar en el más ilustre de los escritores una malicia que no es propia de caracteres libres ni habitual en mí. Sobre el género del escrito, tenía más que decir, pero me bastaré con poco. Si he elegido palabras verdaderas y apropiadas para mí, tú lo juzgarás, así como cada uno de los demás filólogos.
3
Mi intención en el tratado no es una arremetida contra el propósito y la capacidad de Tucídides, ni un recuento de sus errores, ni un menosprecio, ni ninguna otra obra de ese tipo en la que no haya considerado dignos de mención sus logros y virtudes, y me aferre a lo que no se ha dicho de la mejor manera; sino un recuento del carácter de los discursos, que abarca todo lo que le ha sucedido, tanto común con otros como diferente de los demás. En lo cual era necesario no decir solo las virtudes, sino también los vicios cercanos a ellas. Pues ninguna naturaleza humana es autosuficiente para ser infalible ni en palabras ni en obras, y la mejor es la que más acierta y menos yerra. Al referir cada una de las cosas que se dirán a esta hipótesis, que nadie sea acusador de mi propósito, sino un juez justo de las obras propias del carácter. Y que no soy yo el primero en intentar hacer esto, sino muchos, tanto hace tiempo como en nuestra época, que no eligieron escritos hostiles sino teóricos de la verdad, pudiendo ofrecer innumerables testigos, me bastaré con dos hombres solamente, Aristóteles y Platón. Pues Aristóteles no está convencido de que todo haya sido dicho de la mejor manera por su maestro Platón; de lo cual son los temas sobre la idea, sobre el bien y sobre la política; y el propio Platón quiere demostrar que Parménides, Protágoras, Zenón y no pocos de los otros fisiólogos han errado; y nadie lo critica por esto mismo, recordando que el objetivo de la teoría filosófica es el conocimiento de la verdad, a partir del cual también se hace evidente el fin de la vida. Donde nadie culpa a los que discrepan sobre dogmas por su propósito, si no elogian todo lo de los antiguos,¿ cómo podría alguien culpar a los que se propusieron mostrar la peculiaridad de los caracteres, si no dan testimonio de todas las virtudes, incluso las que no poseen, a los que les precedieron?
4
Me queda aún una parte que requiere apología, una acusación envidiosa y agradable para la mayoría, pero que podrá ser refutada fácilmente como no sana. Pues no porque seamos inferiores en capacidad a Tucídides y a los otros hombres, hemos perdido también su capacidad teórica. Pues ni los que no poseen las mismas virtudes que Apeles, Zeuxis, Protógenes y los otros pintores renombrados están impedidos de juzgar sus artes, ni los que no son tales artesanos pueden juzgar las obras de Fidias, Policleto y Mirón. Pues omito decir que en muchas obras el profano es un juez no inferior al artesano, de las cosas que se comprenden a través de la percepción irracional y de las pasiones, y que toda arte busca estos criterios y de ellos toma su principio. Que me basten los proemios, para que no pase inadvertido habiendo consumido el discurso en ellos.
5
Estando a punto de comenzar el escrito sobre Tucídides, quiero decir algunas cosas sobre los otros escritores, tanto los antiguos como los que florecieron en los mismos tiempos que él, a partir de los cuales será evidente tanto el propósito del hombre, que al usarlo cambió a los que le precedieron, como su capacidad. Muchos escritores antiguos existieron en muchos lugares antes de la guerra del Peloponeso; entre ellos están Eugeón de Samos, Deíoco de Proconeso, Eudemo de Paros, Democles de Figalia, Hecateo de Mileto, Acusilao de Argos, Carón de Lámpsaco y Meleságoras de Calcedonia, y un poco más antiguos que los peloponesios y que se extendieron hasta la edad de Tucídides, Helánico de Lesbos, Damastes de Sigeo, Xenomedes de Quíos, Janto de Lidia y otros muchos. Estos usaron un propósito similar en la elección de los temas y tuvieron capacidades no muy diferentes entre sí, unos registrando las historias griegas, otros las bárbaras, y ni siquiera estas las unían entre sí, sino que las dividían por pueblos y ciudades y las exponían por separado, manteniendo un solo y mismo objetivo: cuantas memorias se conservaban entre los locales por pueblos y ciudades, ya fueran escritos depositados en templos o en lugares profanos, sacarlos al conocimiento común de todos, tal como los recibieron, sin añadirles nada ni quitarles nada; en los cuales había también algunos mitos creídos desde hace mucho tiempo y algunas peripecias teatrales que a los actuales parecen tener mucho de necio; y todos, en su mayoría, practicaron el mismo estilo, cuantos eligieron los mismos caracteres de los dialectos, el claro, común, puro, breve, adecuado a los hechos y que no muestra ninguna artificiosidad técnica; sin embargo, corre cierta gracia y encanto en sus obras, en unos más, en otros menos, por lo cual sus escritos aún permanecen. Heródoto de Halicarnaso, habiendo vivido un poco antes de las guerras médicas y extendiéndose hasta las del Peloponeso, llevó el propósito práctico a algo mayor y más brillante, no eligiendo registrar la historia de una sola ciudad o de un solo pueblo, sino reunir muchas y diversas acciones tanto de Europa como de Asia en la descripción de un solo tratado( comenzando, al menos, desde la dinastía de los lidios hasta la guerra persa, bajó la historia, abarcando en una sola composición todas las acciones ilustres de griegos y bárbaros ocurridas en los doscientos años), y al estilo le devolvió las virtudes omitidas por los escritores anteriores a él.
6
Al suceder a estos, Tucídides no quiso establecer la historia en un solo lugar, como hicieron los de Helánico, ni reunir en una sola historia las acciones realizadas por griegos o bárbaros de todo el país, imitando a Heródoto; despreciando la primera por ser trivial, humilde y no capaz de beneficiar mucho a los lectores; y la segunda por ser mayor de lo que puede caer bajo la visión del cálculo humano según el modo más preciso; sino que, habiendo elegido una sola guerra, la que libraron atenienses y peloponesios entre sí, se esforzó por registrarla; siendo vigoroso de cuerpo y sano de mente, y habiendo vivido hasta el final de ella, y no componiendo las acciones a partir de relatos fortuitos, sino, de las que él mismo estuvo presente, por experiencia, y de las que estuvo ausente debido al exilio, preguntando a los que mejor las conocían. Primero, pues, en esto cambió a los escritores anteriores a él, digo en cuanto a tomar un tema que no fuera ni totalmente de un solo miembro ni dividido en muchos capítulos inconexos; luego, en cuanto a no añadirle nada mítico, ni desviar el escrito hacia el engaño y la fascinación de la mayoría, como hicieron todos los que le precedieron, relatando ciertas Lamias que surgían de la tierra en bosques y valles, y Náyades anfibias que salían del Tártaro y nadaban a través del mar y seres mixtos, y estos uniéndose en conversación con los hombres, y de las uniones de mortales y divinos, descendencias de semidioses, y otras historias increíbles para nuestra vida actual y que parecen tener mucho de insensato.
7
Fui llevado a decir esto no criticando a esos hombres, sino teniendo mucha indulgencia, incluso si tocaron las creaciones míticas, exponiendo historias étnicas y locales; pues en todos los hombres, y en común por lugares y en particular por ciudades, se conservaban algunas memorias de tales relatos, como dije, las cuales los hijos, recibiéndolas de sus padres, se preocupaban de transmitir a sus descendientes, y los que querían sacarlas al público consideraban justo escribirlas tal como las recibieron de los antiguos. A esos hombres, pues, les era necesario adornar con episodios míticos los registros locales. Pero a Tucídides, que eligió un solo tema, en el que él mismo estuvo presente, no le convenía mezclar en la narración las fascinaciones teatrales ni adaptarse al engaño de los lectores, que esas composiciones suelen llevar, sino a la utilidad, como él mismo ha expuesto en el proemio de la historia escribiendo literalmente así: y para la audición, lo que no es mítico de ellas parece menos agradable; pero cuantos quieran observar lo claro de los hechos, y de los que han de suceder alguna vez según lo humano, tales y semejantes, juzgarán que son útiles suficientemente; y está compuesta como una posesión para siempre más que como un certamen para escuchar en el momento.
8
El hombre es atestiguado tal vez por todos los filósofos y oradores, y si no, por la mayoría, de que también de la verdad, de la cual queremos que la historia sea sacerdotisa, tuvo el mayor cuidado, no añadiendo a los hechos nada que no sea justo ni quitando, ni ejerciendo poder sobre el escrito, manteniendo el propósito irreprochable y puro de toda envidia y toda adulación, y sobre todo en las opiniones sobre los hombres buenos. Pues al mencionar a Temístocles en el primer libro, ha tratado abundantemente las virtudes que poseía, y al tocar las políticas de Pericles en el segundo libro, ha dicho un elogio digno de la fama que se difundió sobre él; y al verse obligado a hablar de Demóstenes el estratego, de Nicias hijo de Nicerato, de Alcibíades hijo de Clinias y de otros estrategos y oradores, ha expuesto lo que era apropiado para cada uno. No necesito traer ejemplos sobre ellos para los que han leído sus historias. Esto, pues, podría decir uno, lo que el escritor logra en el lugar práctico, hermoso y digno de imitación. Pero lo mejor de todo es no mentir voluntariamente ni manchar su propia conciencia.
9
Lo que construyó de manera más deficiente y por lo que algunos lo acusan, es sobre la parte más técnica de lo práctico, lo que se llama económico, y que en todos los escritos se busca, ya sea que uno elija temas filosóficos o retóricos. Estos son los temas sobre la división, sobre el orden y sobre las elaboraciones. Comenzaré por la división, habiendo dicho de antemano que de los escritores que le precedieron, que dividían los registros por lugares o por tiempos fáciles de seguir, él no aprobó ninguna de estas divisiones. Pues ni dividió las narraciones siguiendo los lugares en los que se realizaron las acciones, como hicieron Heródoto, Helánico y algunos otros escritores anteriores a él; ni por los tiempos, como eligieron los que publicaron la historia local, ya sea dividiendo los registros por las sucesiones de los reyes, o por las de los sacerdotes, o por los períodos de las olimpiadas, o por los magistrados designados para las magistraturas anuales. Queriendo caminar por un camino nuevo y no trillado por los demás, dividió la historia siguiendo las estaciones de verano e invierno. Y de esto le ha sucedido lo contrario de lo que esperaba. Pues la división de los tiempos no se ha vuelto más clara, sino más difícil de seguir según las estaciones. Por lo cual es digno de asombro cómo se le escapó que, al realizarse muchas cosas a la vez en muchos lugares, la narración, al fragmentarse en pequeñas divisiones, no conservará esa luz clara y pura, como se hace evidente por los hechos mismos. Al menos en el tercer libro( pues me bastaré solo con este), al comenzar a escribir sobre los mitilenos, antes de completar toda la narración, pasa a las obras de los lacedemonios; y ni siquiera habiendo reunido estas, menciona el asedio de los plateenses; y habiendo dejado también este incompleto, menciona la guerra mitilena; luego de allí lleva la narración a los asuntos de Corcira, cómo se sediciaron unos atrayendo a los lacedemonios, otros a los atenienses; y habiendo dejado también esto a medias, dice pocas cosas sobre la primera expedición de los atenienses a Sicilia. Luego, comenzando a decir la expedición de los atenienses al Peloponeso y la expedición de los lacedemonios contra los dorios, recorre los hechos realizados en Léucade por Demóstenes el estratego y la guerra contra los etolios; de allí pasa a Naupacto. Y dejando también incompletas las guerras continentales, toca Sicilia de nuevo, y después de esto purifica Delos y deja el Argos anfiloquio siendo asediado por los ambraciotas.¿ Y qué necesidad hay de decir más? Pues todo el libro ha sido cortado así y ha perdido la continuidad de la exposición. Vagamos, pues, como es natural, y seguimos con dificultad lo expuesto, al perturbarse la mente al desmembrarse los hechos y no recuperar fácil ni precisamente las memorias incompletas de lo escuchado. Y es necesario que la práctica histórica sea continua y sin distracciones, sobre todo cuando se trata de muchos hechos y difíciles de aprender. Y que este canon no es correcto ni adecuado para la historia, es evidente. Pues ninguno de los escritores posteriores dividió la historia por veranos e inviernos. Sino que todos siguieron los caminos trillados y capaces de conducir a la claridad.
10
Algunos también critican su orden, como si no hubiera tomado el principio de la historia que debía, ni le hubiera ajustado el fin apropiado, diciendo que no es una parte pequeña de una buena economía tomar un principio, del cual no podría haber nada anterior, y abarcar con un fin el tratado, al cual no parezca faltarle nada; de lo cual él no ha tenido el cuidado apropiado. El propio escritor les ha proporcionado el motivo de esta acusación; pues habiendo dicho de antemano que la guerra del Peloponeso fue la mayor de las guerras anteriores por la duración del tiempo y por las coincidencias de muchos sufrimientos, al terminar el proemio quiere decir primero las causas, a partir de las cuales tomó el principio. Habiendo propuesto dos, la verdadera, pero no dicha a todos, el crecimiento de la ciudad de los atenienses, y la no verdadera, pero inventada por los lacedemonios, la alianza enviada desde Atenas a los corcireos contra los corintios, no hizo el principio de la narración a partir de la verdadera y que él consideraba, sino a partir de la otra, escribiendo literalmente así: comenzaron la guerra los atenienses y los peloponesios, rompiendo los tratados de treinta años, que tuvieron después de la toma de Eubea. Y por qué los rompieron, escribí primero las causas y las diferencias para que nadie busque alguna vez de dónde surgió una guerra tan grande para los griegos. Pues la causa más verdadera, pero más oculta en el discurso, creo que los atenienses, al volverse grandes y proporcionar miedo a los lacedemonios, obligaron a guerrear. Las causas dichas a la luz fueron estas. Epidamno es una ciudad a la derecha al entrar en el golfo Jónico. Viven en ella los taulantios bárbaros, un pueblo ilirio. Y después de esto recorre los asuntos sobre Epidamno, sobre Corcira, sobre Potidea, la reunión de los peloponesios en Esparta y los discursos dichos allí contra la ciudad de los atenienses. Habiendo alargado esto hasta dos mil versos, entonces devuelve el discurso sobre la otra causa, la verdadera y que él consideraba, comenzando desde aquí: votaron los lacedemonios que los tratados estaban rotos y guerrear contra los atenienses no tanto persuadidos por los discursos de los aliados, cuanto temiendo a los atenienses, no sea que se vuelvan más poderosos, viendo que la mayor parte de Grecia ya estaba bajo su control. Pues los atenienses llegaron de tal manera a los hechos en los que crecieron. A esto añade las obras de la ciudad, cuantas realizaron después de la guerra persa hasta la del Peloponeso, de manera capitular y rápida en menos de quinientos versos. Y habiendo recordado que eran anteriores a los asuntos de Corcira y que la guerra no tomó el principio de aquellos sino de estos, escribe esto de nuevo literalmente: después de esto ya sucede no muchos años después lo dicho anteriormente, los asuntos de Corcira y los de Potidea y cuantos se convirtieron en causa de esta guerra. Y todas estas cosas cuantas hicieron los griegos entre sí y contra el bárbaro, sucedieron en cincuenta años aproximadamente entre la retirada de Jerjes y el principio de esta guerra; en los cuales los atenienses establecieron el imperio más firmemente y ellos mismos avanzaron a un gran poder, y los lacedemonios, dándose cuenta, ni impedían, si no era por poco, y estaban tranquilos la mayor parte del tiempo, siendo incluso antes no rápidos para las guerras, si no eran obligados, entonces también siendo impedidos por guerras propias; excepto que el poder de los atenienses se alzaba claramente y tocaba su alianza; entonces ya no lo hacían soportable, sino que parecía que debía intentarse con todo entusiasmo, y que debía derribarse el poder, si podían, habiendo levantado esta guerra.
11
Debía, al comenzar a buscar las causas de la guerra, devolver primero la verdadera y que él consideraba. Pues la naturaleza exigía que lo anterior precediera a lo posterior y que lo verdadero se dijera antes que lo falso, y la entrada de la narración habría sido mucho mejor, habiendo obtenido tal economía. Pues ni siquiera eso podría decir uno de los que quieren disculparse por él, que los hechos eran pequeños y no dignos de mención o comunes y trillados por los que le precedieron, de modo que no debiera hacer el principio a partir de ellos. Pues él mismo, como si este lugar hubiera sido omitido por los antiguos, lo consideró digno de historia, escribiendo con estas palabras así: escribí esto y hice la digresión del discurso, porque para todos los que me precedieron este lugar estaba omitido; y o componían las cosas griegas anteriores a las médicas, o las médicas mismas. De estas que tocó en el escrito ático Helánico, brevemente y no con precisión en los tiempos mencionó; a la vez que tiene la demostración del principio de la de los atenienses, de qué manera se estableció.
12
Suficiente prueba era también esta de que la narración no fue organizada por él de la mejor manera, digo, la de no tener el principio según la naturaleza. Se añade a esto el no haber terminado la historia en los capítulos que debía. Pues habiendo abarcado la guerra veintisiete años, habiendo vivido todo este tiempo hasta su disolución, bajó la historia hasta el año veintidós, extendiendo el octavo libro hasta la batalla naval en Cinosema, y esto habiendo dicho de antemano en el proemio que abarcaría todas las cosas realizadas en esta guerra; y en el quinto libro de nuevo resume los tiempos, desde cuándo comenzó y hasta cuándo avanzado se disolvió, habiendo escrito esto literalmente: y para los que se afirmaron algo solo por oráculos, esto sucedió firmemente. Pues yo siempre recuerdo, tanto al comenzar la guerra como hasta que terminó, que era dicho por muchos que debía durar tres veces nueve años. Y sobreviví a toda ella, dándome cuenta por la edad y prestando atención a la mente, para saber algo con precisión; y me sucedió estar en el exilio de la mía veinte años después de la estrategia en Anfípolis, y habiendo estado en ambos hechos y no menos en los peloponesios debido al exilio, darme cuenta de algo de ellos más tranquilamente. La diferencia, pues, después de diez años y la confusión de los tratados y lo posterior, cómo se guerreó, explicaré.
13
Que también sobre las elaboraciones de los capítulos es menos cuidadoso, o devolviendo más discursos de los necesarios a los que requieren menos, o pasando más perezosamente por los que requieren más elaboración, pudiendo confirmarlo con muchas pruebas, usaré pocas; las primeras batallas navales de atenienses y peloponesios, comenzando a escribir al final del segundo libro, en las cuales contra cuarenta y siete naves de los peloponesios, los atenienses solos contra muchos más de los bárbaros lucharon, unas destruyeron, otras tomaron con hombres y todo, no menos de las que enviaron a la guerra. Pondré también su estilo. Sucedió después de esto también en el río Eurimedonte en Panfilia una batalla terrestre y naval de los atenienses y los aliados contra los medos, y vencieron el mismo día ambos los atenienses, siendo estratego Cimón hijo de Milcíades, y tomaron trirremes de los fenicios y destruyeron todas las doscientas. Similares son en él también las cosas sobre las batallas terrestres, o alargándose más de lo necesario o reuniéndose en menos de lo moderado. Las cosas realizadas por los atenienses en Pilos y sobre la isla llamada Esfacteria, en la que habiendo encerrado a los lacedemonios los asediaron, comenzando a narrar en el cuarto libro y habiendo narrado entre medias algunas otras acciones de esta guerra, luego volviendo de nuevo a la devolución de lo siguiente, ha recorrido todos los hechos realizados en las batallas precisa y poderosamente, habiendo devuelto él mismo más de trescientos versos a las batallas, y esto no siendo muchos ni los que murieron ni los que entregaron las armas. Él mismo, al resumir las cosas sobre la batalla, escribe literalmente así: murieron en la isla y vivos fueron tomados tantos; veinte hoplitas pasaron y cuatrocientos todos; de estos vivos fueron llevados trescientos menos ocho, los otros murieron. Y espartiatas de estos fueron ciento veinte de los vivos, de los atenienses no muchos murieron.
14
Al mencionar la estrategia de Nicias, cuando llevando sesenta naves y dos mil hoplitas de los atenienses navegó al Peloponeso, y habiendo encerrado a los lacedemonios en las fortalezas, asedió a los que habitaban en Citera y a los eginetas que habitaban en Tirea y devastó gran parte del resto del Peloponeso, de la cual llevando una multitud de cautivos navegó a Atenas, ha dicho así rápidamente, sobre los hechos en Citera: y habiendo sucedido una batalla, por poco tiempo resistieron los citerios; luego, volviéndose, huyeron a la ciudad alta y después pactaron con Nicias y los coestrategos, confiar a los atenienses sobre sí mismos excepto la muerte. Sobre la toma de los eginetas que estaban en Tirea: en esto los atenienses, habiendo ocupado y avanzando inmediatamente con todo el ejército, toman Tirea, y quemaron la ciudad y saquearon lo que había dentro, y a los eginetas, cuantos no murieron en la lucha, llevándolos llegaron a Atenas. Habiendo sucedido sobre ambas ciudades inmediatamente al principio de la guerra grandes desgracias, por las cuales ambas desearon la paz, sobre la primera, cuando los atenienses, estando su tierra cortada y su ciudad arruinada por la peste, desesperando de toda otra ayuda, enviaron una embajada a Esparta deseando obtener la paz, ni dijo los hombres enviados ni los discursos dichos allí por ellos ni los que se opusieron, por los cuales persuadidos los lacedemonios rechazaron las reconciliaciones; de manera vil y perezosa como sobre cosas pequeñas y sin gloria ha dicho esto; después de la segunda invasión de los peloponesios, los atenienses, como su tierra fue cortada por segunda vez y la enfermedad se cernía a la vez que la guerra, cambiaron sus opiniones, y tenían a Pericles en culpa como habiéndoles persuadido a guerrear y por él habiendo caído en las desgracias; y se habían lanzado a ceder ante los lacedemonios, y habiendo enviado algunos embajadores a ellos, quedaron sin éxito. Sobre la última, cuando los lacedemonios, proponiéndose recuperar a los trescientos tomados en Pilos, enviaron una embajada a Atenas, ha dicho también los discursos dichos entonces por el lacedemonio y ha recorrido las causas, por las cuales no se realizaron los tratados.
15
Si, por tanto, en la embajada de los atenienses bastaba con la exposición que abarcaba los puntos principales de lo sucedido, y no había necesidad de los discursos y exhortaciones que utilizaron los embajadores, dado que los lacedemonios ni se dejaron persuadir ni aceptaron las treguas,¿ por qué razón no mantuvo la misma intención también en el caso de los que llegaron de Esparta a Atenas? Pues tampoco aquellos se marcharon habiendo logrado la paz. Y si era necesario que esto se dijera con precisión,¿ por qué omitió descuidadamente aquello? Pues no es que se viera impedido por debilidad de facultades para encontrar y expresar los discursos pertinentes en ambos casos. Pero si, por algún cálculo, eligió elaborar la una embajada y no la otra, no alcanzo a comprender por qué prefirió la laconia a la ática, la posterior en el tiempo a la anterior, la ajena a la propia y la que tuvo lugar por males menores a la que ocurrió por mayores. Y al verse obligado a escribir sobre tomas de ciudades, demoliciones, esclavizaciones y otras calamidades semejantes, a veces hace que los sufrimientos parezcan tan crueles, terribles y dignos de lástima que no deja hipérbole alguna ni a los historiadores ni a los poetas; otras veces, tan humildes y pequeños que ni siquiera cae en la percepción de lo terrible algún rasgo para quienes leen al autor. Y al hablar de lo que ha dicho sobre la ciudad de los plateenses, sobre la de los mitileneos y sobre la de los melios, no tengo necesidad de traer a colación aquellas expresiones en las que ha elaborado sus calamidades con la máxima fuerza. Pero mencionaré aquellas en las que pasa de largo y hace pequeños los sufrimientos en muchos lugares de la historia: por estos mismos tiempos, los atenienses, tras sitiar a los escioneos, mataron a los que estaban en la flor de la edad, esclavizaron a niños y mujeres, y dieron la tierra a los plateenses para que la cultivaran. Y los atenienses, cruzando de nuevo a Eubea bajo el mando de Pericles, la subyugaron toda; y establecieron la otra mediante acuerdo, pero a los hestieos, tras expulsarlos, ocuparon ellos mismos la tierra. Y en este mismo tiempo, los atenienses expulsaron a los eginetas de Egina, tanto a ellos como a sus mujeres e hijos, acusándolos de no ser los menos responsables de la guerra contra ellos; y les pareció más seguro tener Egina ocupada por colonos propios, al estar situada sobre el Peloponeso.
16
Uno podría encontrar muchas otras cosas a lo largo de toda la historia que han alcanzado la máxima elaboración y no admiten ni adición ni supresión, o bien que han sido pasadas por alto descuidadamente y no tienen ni la más mínima impresión de aquella capacidad, sobre todo en las arengas, en los diálogos y en las otras retóricas. Previendo esto, parece haber dejado la historia incompleta, como también ha escrito Cratipo, quien floreció al mismo tiempo que él y reunió lo omitido por él, diciendo que no solo habían sido un obstáculo para las acciones, sino que también resultaban molestas para los oyentes. Dice, en efecto, que él, al comprender esto, no dispuso ninguna retórica en las últimas partes de la historia, a pesar de haber ocurrido muchas en Jonia y muchas en Atenas, todo lo que se hizo mediante diálogos y arengas. Si alguien comparara el primer libro con el octavo, no parecería que ambos procedieran de la misma intención ni de la misma fuerza; pues el uno, al contener pocos y pequeños asuntos, abunda en retóricas, mientras que el otro, compuesto sobre muchos y grandes hechos, escasea en discursos arengadores.
17
Ya a mí mismo me ha parecido que en las propias retóricas del autor ha ocurrido este padecimiento, de modo que, sobre el mismo tema y en el mismo momento, coloca las que no debía y omite las que debían decirse. Tal es lo que ha hecho respecto a la ciudad de los mitileneos en el tercer libro; pues, tras la toma de ella y la llegada de los prisioneros que envió el estratego Paches, habiéndose celebrado dos asambleas en Atenas, omitió los discursos pronunciados en la primera por los demagogos por considerarlos innecesarios, en la cual el pueblo votó matar a los prisioneros y a los demás mitileneos en la flor de la edad, y esclavizar a mujeres y niños; pero los pronunciados de nuevo en la siguiente por los mismos, en la que un cierto arrepentimiento se apoderó de la mayoría, los incluyó por considerarlos necesarios al estar compuestos sobre el mismo tema.
18
Y el famoso discurso fúnebre que ha expuesto en el segundo libro,¿ por qué razón se encuentra en este lugar y no en otro? Pues si en las grandes calamidades de la ciudad, en las que muchos y buenos atenienses perecieron luchando, era necesario decir los lamentos acostumbrados sobre ellos, o si en las grandes prosperidades, de las que resultó una gloria o poder eminente para la ciudad, debían ser honrados los muertos con elogios fúnebres, en cualquier libro que uno quiera más que en este convenía que se hubiera dicho el discurso fúnebre; pues en este, los atenienses que cayeron durante la primera invasión de los peloponesios eran unos pocos en total, y ni siquiera estos habían realizado ninguna acción brillante, como escribe el propio Tucídides; pues tras haber dicho antes sobre Pericles que protegía la ciudad y la mantenía en calma tanto como podía, dice, sin embargo, que enviaba siempre algunos jinetes para que los exploradores del ejército no entraran en los campos cercanos a la ciudad a causar daños, y dice que tuvo lugar una breve batalla de caballería en Frigia entre una unidad de jinetes atenienses y tesalios con ellos contra los jinetes de los beocios; en la cual no salieron peor parados los tesalios y atenienses, hasta que, al acudir en ayuda de los beocios los hoplitas, se produjo la huida de ellos, y no murieron muchos de los tesalios y atenienses; sin embargo, los recogieron el mismo día sin tregua; y los peloponesios erigieron un trofeo al día siguiente. Pero en el cuarto libro, los que lucharon junto a Demóstenes en Pilos contra la fuerza de los lacedemonios, tanto por tierra como por mar, y vencieron en ambas batallas, gracias a los cuales la ciudad se llenó de orgullo, eran muchos más y mejores que aquellos.¿ Por qué razón, pues, sobre los pocos jinetes que no obtuvieron ni gloria ni poder para la ciudad, el escritor abre los funerales públicos e introduce al más eminente de los demagogos, Pericles, pronunciando aquella elevada tragedia; pero sobre los más numerosos y mejores, gracias a los cuales los que iniciaron la guerra contra ellos se sometieron a los atenienses, siendo más adecuados para recibir este honor, no hizo el discurso fúnebre? Y para dejar de lado todas las demás batallas, tanto por tierra como por mar, en las que perecieron muchos, a quienes era mucho más justo adornar con elogios fúnebres que a los patrulleros del Ática, siendo diez o quince jinetes, los atenienses y aliados que murieron en Sicilia junto a Nicias y Demóstenes, tanto en las batallas navales como en los combates por tierra y, finalmente, en la desdichada huida, siendo no menos de cuarenta mil y sin haber podido obtener ni siquiera el entierro legal,¿ cuánto más adecuados eran para recibir lamentos y adornos fúnebres? Pero él ha descuidado tanto a estos hombres que ni siquiera dijo esto mismo, que la ciudad propuso un duelo público y realizó los ritos acostumbrados para los que murieron en tierra extranjera y designó al que hablaría sobre ellos, quien era el más capaz de los oradores de entonces. Pues no era verosímil que los atenienses lloraran públicamente a los quince jinetes, pero que a los que cayeron en Sicilia, entre los cuales los que perecieron de la lista eran más de cinco mil, no los consideraran dignos de ningún honor. Pero parece que el escritor( pues se dirá lo que pienso), queriendo abusar de la figura de Pericles y componer el elogio fúnebre como si hubiera sido dicho por él, dado que el hombre murió en el segundo año de esta guerra y no estuvo presente en ninguna de las calamidades que le ocurrieron a la ciudad después, depositó en aquel pequeño y poco digno de interés hecho el elogio que estaba por encima del valor del asunto.
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Aún más podría uno ver la irregularidad del escritor respecto a las elaboraciones al considerar que, habiendo omitido muchos y grandes asuntos, alarga el proemio de la historia hasta quinientos versos, queriendo demostrar que los hechos realizados por los griegos antes de esta guerra eran pequeños y no dignos de compararse con esta. Pues ni la verdad era así, como se puede demostrar por muchos hechos, ni el discurso de la técnica dicta que se metodicen así los aumentos( pues si algo es mayor que lo pequeño, no por ello es ya grande, sino si algo supera a lo grande); y el proemio le ha resultado, al haber tomado tantas elaboraciones demostrativas de la intención, una historia en sí misma. Pero los que han compuesto las artes retóricas ordenan hacer los proemios como muestras de los discursos, anticipando los puntos principales de lo que se va a exponer. Lo cual, en efecto, ha hecho el hombre al final del proemio, estando a punto de comenzar la narración, en menos de cincuenta versos; de modo que muchos de aquellos versos que rebajan la grandeza de Grecia no le eran necesarios, que durante la guerra de Troya aún no se llamaba Grecia a toda ella con un solo nombre, y que empezaron a cruzar en naves unos contra otros los que carecían de alimento y, cayendo sobre ciudades sin murallas y habitadas en aldeas, saqueaban y obtenían de ahí la mayor parte de su sustento.¿ Y qué era necesario decir sobre el lujo de los atenienses, que usaban en la antigüedad, que se trenzaban los cabellos y tenían cigarras de oro sobre sus cabezas?¿ Y que los lacedemonios fueron los primeros en desnudarse y, al salir al descubierto, se ungieron con aceite después de ejercitarse? Y el constructor naval corintio Aminocles, que construyó primero cuatro trirremes para los samios, y el tirano de Samos, Polícrates, que tomó Renea y la consagró al Apolo de Delos, y los foceos que habitaron Masalia porque vencieron a los cartagineses en una batalla naval, y las demás cosas que son semejantes a estas,¿ qué ocasión tenían de ser dichas antes de la narración? Y si me es lícito y permitido decir lo que pienso,
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me parece que el proemio habría resultado óptimo si hubiera ajustado la última parte del mismo a la intención, omitiendo todo lo que hay en medio, y hubiera construido el proemio de este modo: Tucídides ateniense escribió la guerra de los peloponesios y atenienses, cómo lucharon unos contra otros, comenzando inmediatamente cuando se estaba estableciendo y esperando que fuera grande y la más digna de mención de las ocurridas anteriormente; conjeturando que ambos estaban en su apogeo hasta ella con toda su preparación, y viendo al resto de los griegos alineándose con unos u otros, unos inmediatamente, otros incluso pensándolo. Pues este movimiento fue, en efecto, el mayor para los griegos y para una parte de los bárbaros, y, por así decirlo, para la mayor parte de los hombres. Pues lo anterior a ellos e incluso lo más antiguo era imposible de encontrar claramente por la multitud del tiempo; pero a partir de las pruebas, en las que al observar durante mucho tiempo resulta creer, no considero que hayan sido grandes ni en las guerras ni en las otras cosas; ni creyendo más en lo que los poetas han cantado sobre ellos adornándolos hacia lo mayor, ni en lo que los logógrafos han compuesto hacia lo más atractivo para la audición que hacia lo más verdadero, siendo indemostrables y habiendo vencido la mayoría de ellos por el tiempo hacia lo mítico; pero habiendo considerado que se han encontrado suficientemente a partir de lo más eminente por ser antiguo. Y esta guerra, aunque los hombres, en el tiempo en que luchan, juzgan siempre la presente como la mayor, pero al cesar admiran más las antiguas, al observar a partir de los hechos mismos, sin embargo, mostrará haber sido mayor que ellas. Y cuantas cosas dijeron cada uno con palabras, ya sea estando a punto de luchar o estando ya en ella, era difícil recordar la precisión misma de lo dicho, tanto para mí de lo que yo mismo escuché como para los que me informan desde cualquier otro lugar; pero como me parecía que cada uno diría lo más necesario sobre los asuntos siempre presentes, manteniéndome lo más cerca posible del sentido general de lo realmente dicho, así ha sido dicho. Pero los hechos de lo realizado en la guerra no consideré digno escribirlos a partir de lo que ocurría ni como a mí me parece, sino habiendo examinado con la mayor precisión posible sobre cada uno, tanto lo que yo mismo presencié como lo que recibí de los demás. Pero se encontraba con esfuerzo, porque los que presenciaban los hechos no decían lo mismo sobre los mismos, sino como cada uno tuviera benevolencia o memoria. Y para la audición, quizás lo no mítico de ellos parecerá menos agradable; pero cuantos quieran observar lo claro de los hechos y de los que han de ser alguna vez de nuevo según lo humano tales y semejantes, juzgar que son útiles, tendrá suficientemente; y está compuesto como una posesión para siempre más que como un certamen para escuchar en el momento. De los hechos anteriores, el mayor que se realizó fue el médico; y este, sin embargo, tuvo su juicio en dos batallas navales y terrestres; pero la longitud de esta guerra avanzó mucho y ocurrieron sufrimientos en ella en Grecia cuales no otros en igual tiempo. Pues ni tantas ciudades tomadas fueron desoladas, unas por bárbaros, otras por ellos mismos luchando entre sí, y hay algunas que incluso cambiaron de habitantes al ser tomadas; ni tantas huidas de hombres y matanzas, unas durante la guerra misma, otras por el hecho de estar divididos en facciones. Y lo que antes se decía de oídas, pero más raramente se confirmaba con hechos, no se volvió increíble sobre terremotos, que ocuparon la mayor parte de la tierra a la vez y fueron los más fuertes, eclipses de sol, que ocurrieron más frecuentes que los recordados del tiempo anterior, sequías hay en algunos lugares grandes, y a partir de ellas también hambres; y la que no menos dañó y destruyó una parte, la enfermedad pestilente; pues todas estas cosas atacaron a la vez junto con esta guerra. Comenzaron esta los atenienses y peloponesios al romper las treguas de treinta años, que tuvieron después de la toma de Eubea. Y por qué las rompieron, escribí primero las causas y las diferencias para que nadie busque alguna vez desde cuándo se estableció tal guerra para los griegos.
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Estos son, pues, los errores y aciertos del escritor respecto a la parte pragmática. Pero sobre lo relativo a la dicción, en la que su carácter es más evidente, voy a hablar ahora. Y es necesario quizás decir también de antemano sobre esta idea, en cuántas partes es natural que se divida la expresión y qué virtudes abarca; después, mostrar cómo la recibió Tucídides de los escritores que le precedieron, y qué partes innovó el primero de todos, si hacia lo mejor o hacia lo peor, sin ocultar nada.
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Que toda expresión se divide en dos partes primeras, en la elección de los nombres, por los cuales se manifiestan los hechos, y en la composición de las partes menores y mayores, y que cada una de estas se divide a su vez en otras partes, la elección de los elementos básicos( digo los nominales, verbales y conectivos) en la expresión propia y en la figurada, la composición en los miembros, cláusulas y periodos, y que a ambos les ocurre( digo a los nombres simples y atómicos y a los compuestos de estos) las llamadas figuras, y que de las llamadas virtudes unas son necesarias y deben estar presentes en todos los discursos, otras son aditivas y, cuando se establecen las primeras, entonces adquieren su propia fuerza, ha sido dicho por muchos anteriormente. De modo que no hay necesidad de que yo hable ahora sobre ellas ni de qué teoremas y preceptos se origina cada una de estas virtudes, siendo muchas; pues también estas han alcanzado la elaboración más precisa.
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Pero qué virtudes utilizaron todos los escritores que precedieron a Tucídides y cuáles tocaron poco, retomando desde el principio, como prometí, lo expondré de forma resumida; pues así conocerá uno con mayor precisión el carácter propio del hombre. Pues bien, qué tipo de expresión practicaron los antiguos, conocidos solo por los nombres mismos, no alcanzo a comprender, si la sencilla y sin adornos y que no tiene nada superfluo, sino solo lo útil y necesario, o la pomposa, digna, equipada y que ha tomado los adornos aditivos. Pues ni se conservan los escritos de la mayoría hasta nuestros tiempos, ni los que se conservan son creídos por todos como pertenecientes a aquellos hombres; entre los cuales están los de Cadmo de Mileto, Aristeo de Proconeso y los semejantes a estos. Pero todos los que vivieron antes de la guerra del Peloponeso y se extendieron hasta la edad de Tucídides tuvieron, en su mayor parte, intenciones semejantes, tanto los que eligieron el dialecto jónico, que florecía más en aquellos tiempos, como los que la antigua atid, que tenía pequeñas diferencias respecto al jónico. Pues todos estos, como dije, se esforzaron más en la expresión propia que en la figurada, y esta la tomaban como un condimento, y todos practicaron una composición de nombres semejante, la sencilla y sin artificio, y ni siquiera al figurar las expresiones y los pensamientos se alejaron mucho del dialecto trillado, común y habitual para todos. La expresión de todos ellos tiene, pues, las virtudes necesarias( pues es pura, clara y suficientemente breve, conservando cada una el carácter propio del dialecto); pero las aditivas, de las cuales se hace más evidente la fuerza del orador, ni todas ni llegando al extremo, sino pocas y por poco tiempo, digo la elevación, la belleza de dicción, la solemnidad y la magnificencia; ni tampoco el tono, ni el peso, ni la pasión que despierta la mente, ni el espíritu vigoroso y competitivo, de los cuales se origina la llamada capacidad; excepto un Heródoto. Este, tanto en la elección de los nombres como en la composición y en la variedad de las figuras, superó a los demás por mucho, y preparó la expresión en prosa para que fuera semejante a la mejor poesía por causa de la persuasión, las gracias y el placer que llega al extremo; y no dejó nada de las virtudes más grandes y brillantes fuera de las competitivas, ya sea por no estar bien dotado para ellas o por haberlas despreciado voluntariamente por algún cálculo al no ser adecuadas para las historias. Pues el hombre no ha utilizado muchas arengas ni discursos competitivos, ni tiene la fuerza en el padecer y en hacer terribles los hechos.
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Tucídides, al encontrarse con este hombre y con los demás que mencioné antes, y al comprender qué virtudes tenía cada uno de ellos, se esforzó por ser el primero en introducir en la práctica histórica un carácter propio y pasado por alto por todos; eligiendo en la elección de los nombres la expresión figurada, glosada, arcaica y extraña en lugar de la común y habitual para los hombres de su tiempo; en la composición de las partes menores y mayores, la digna, austera, robusta, firme y que irrita los oídos con las asperezas de las letras en lugar de la melodiosa, suave, pulida y que no tiene nada de aspereza; y en las figuras, en las que más quiso diferenciarse de los que le precedieron, aportando el mayor esfuerzo. Pues pasó los veintisiete años de la guerra desde el principio hasta el final, en los ocho libros que solo dejó, girando arriba y abajo y limando y cincelando cada uno de los elementos de la expresión; y a veces haciendo un discurso a partir de un nombre, otras veces reuniendo el discurso en un nombre; y ahora expresando lo verbal de forma nominal, otras veces haciendo del nombre un verbo, y cambiando los usos de estos mismos, para que lo nominal se convierta en apelativo, y lo apelativo se diga de forma nominal; y los verbos pasivos en activos, y los activos en pasivos; cambiando las naturalezas de los plurales y singulares y predicando estos unos de otros; uniendo femeninos con masculinos, masculinos con femeninos y neutros de estos con algunos, de lo cual la secuencia natural se extravía; desviando las declinaciones de los nominales o participiales a veces hacia lo significado desde lo que significa, otras veces hacia lo que significa desde lo significado; y en las partes conectivas y prepositivas, y aún más en las que articulan las fuerzas de los nombres, ejerciendo poder a la manera de un poeta. Y uno podría encontrar muchísimas figuras en él, cambiadas de las habituales por apóstrofes de personas, cambios de tiempos y metáforas de notas figuradas, y tomando fantasías de solecismos; cuántos hechos se convierten en cuerpos en lugar de hechos o cuerpos en lugar de hechos; y en qué entimemas y pensamientos las interrupciones intermedias que ocurren muchas veces traen la secuencia a través de mucho; y las cosas tortuosas, complejas, difíciles de desenredar y las demás afines a estas. Y uno podría encontrar no pocas de las figuras teatrales puestas en él, digo las parisonosis, paromoisis, paronomasias y antítesis, en las que abundó Gorgias de Leontinos y los que estaban en torno a Polo y Licimnio y muchos otros de los que florecieron en su tiempo. Y lo más evidente y característico de él es el intentar significar la mayor cantidad de hechos mediante la menor cantidad de nombres y componer muchos pensamientos en uno, y dejar algo que el oyente espera escuchar; por lo cual lo breve se vuelve oscuro. Y para decirlo resumiendo, hay cuatro instrumentos, por así decirlo, de la expresión de Tucídides: lo poético de los nombres, lo multiforme de las figuras, lo áspero de la armonía, la rapidez de las significaciones; y los colores de ella son lo compacto y lo denso, lo amargo y lo austero, lo grave, lo terrible y lo temible, y por encima de todo esto, lo pasional. Tal es, pues, Tucídides según el carácter de la expresión, en el que se distinguió de los demás. Cuando, por tanto, su intención y su fuerza corren juntas, se convierten en aciertos perfectos y divinos; pero cuando falta la fuerza, al no haber permanecido el tono hasta el final, debido a la rapidez de la exposición, la expresión se vuelve oscura y trae otras desgracias no decorosas. Pues el modo en que deben decirse las cosas extrañas y compuestas y hasta dónde avanzar y detenerse, siendo teoremas bellos y necesarios en todas las obras, no los guarda a través de toda la historia.
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Habiendo dicho esto de forma resumida, es hora de pasar a las demostraciones de ello. No haré el discurso por separado sobre cada idea, subordinando a ellas la expresión de Tucídides, sino por ciertas regiones y lugares, tomando partes de la narración y de las retóricas y comparando con los aciertos o errores pragmáticos y léxicos las causas por las que son tales; habiéndote pedido de nuevo a ti y a los demás filólogos que se encontrarán con el escrito, que observen mi voluntad sobre el tema que he elegido, que es una exposición del carácter que abarca todo lo que le ha ocurrido y necesita discurso, teniendo como objetivo la utilidad de los mismos que querrán imitar al hombre. En el principio, pues, del proemio, habiendo utilizado una intención, que la guerra del Peloponeso fue la mayor de las guerras anteriores a él, escribe así palabra por palabra: Pues lo anterior a ellos e incluso lo más antiguo era imposible de encontrar claramente por la multitud del tiempo; pero a partir de las pruebas, en las que al observar durante mucho tiempo me resultó creer, no considero que hayan sido grandes ni en las guerras ni en las otras cosas. Pues parece que la ahora llamada Grecia no estaba habitada firmemente hace mucho tiempo, sino que había migraciones anteriormente y cada uno abandonaba fácilmente lo suyo, siendo forzados por algunos siempre más numerosos. Pues al no haber comercio, ni mezclándose sin miedo unos con otros ni por tierra ni por mar, y cultivando cada uno lo suyo, lo suficiente para vivir, y no teniendo excedente de dinero ni plantando la tierra, esclavizados en su pensamiento como hacia los lacedemonios. Despreciándolos, pues, y gritando, se lanzaron todos juntos contra ellos. Esta región debería haber sido construida no de este modo por él, sino de forma más común y útil, habiéndose añadido la última parte a la primera, y las que están en medio habiendo tomado el lugar después de esto. La expresión así figurada ha resultado más retorcida y más terrible, pero más clara y más agradable si se hubiera construido de aquel modo; pero al no poder los lacedemonios extenderse más, por donde atacaran, al conocerlos los infantes ya más lentos, agrupándose y gritando, se lanzaron contra ellos todos juntos; y habiendo tomado la confianza a partir de la vista, porque eran muchos más, y al despreciarlos por no parecerles ya terribles de igual modo, puesto que no habían sufrido inmediatamente lo digno de la expectativa, la cual tuvieron como suposición, cuando primero desembarcaban esclavizados en su pensamiento como hacia los lacedemonios.
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Prescindiendo de toda descripción, todo lo demás ha sido nombrado con los términos más adecuados y abarcado con las estructuras más convenientes, y no ha carecido de ninguna excelencia, por así decirlo, ni en el estilo ni en los hechos; cosas que no tengo necesidad de enumerar de nuevo. En el séptimo libro, al narrar la última batalla naval de los atenienses y los siracusanos, ha nombrado y estructurado los hechos de la siguiente manera: Demóstenes, Menandro y Eutidemo( pues estos fueron los generales que embarcaron en las naves de los atenienses), tras zarpar de su propio campamento, navegaron directamente hacia el puente del puerto y el paso que había quedado libre, deseando forzar la salida hacia el exterior. Los siracusanos y sus aliados, habiendo zarpado antes con un número de naves similar al anterior, los vigilaban tanto en la salida con una parte de ellas como en el resto del puerto en círculo, para que pudieran atacar a los atenienses desde todas partes a la vez; y su infantería les ayudaba simultáneamente allí donde las naves prevalecían. Al mando de la flota siracusana estaban Sicano y Agatarco, cada uno con un ala de toda la formación, y Pitén y los corintios en el centro. Cuando los demás atenienses se acercaron al puente, en la primera acometida vencieron a las naves dispuestas junto a él e intentaron romper los cierres; pero después de esto, al arremeter contra ellos los siracusanos y sus aliados desde todas partes, la batalla naval no solo se produjo junto al puente, sino también por todo el puerto; y fue encarnizada y como ninguna de las anteriores. Pues había un gran entusiasmo por parte de los marineros de ambos bandos por avanzar cuando se les ordenaba, y una gran destreza y rivalidad entre los timoneles, y los infantes de marina se esforzaban, cuando una nave chocaba con otra, por no quedar atrás en la pericia de la cubierta, y cada uno se apresuraba a ser el primero en el puesto que se le había asignado. Al chocar muchas naves en poco espacio( pues estas fueron las que combatieron en el espacio más reducido; ya que faltó poco para que fueran doscientas en total), los retrocesos y las maniobras de paso fueron escasos debido a la falta de espacio; pero los choques, según la nave chocaba con otra por huir o por avanzar hacia otra, fueron más frecuentes. Y durante el tiempo en que una nave se acercaba, los que estaban en las cubiertas utilizaban contra ella jabalinas, flechas y piedras en abundancia; pero cuando se acercaban, los infantes de marina, entrando en combate cuerpo a cuerpo, intentaban abordar las naves de los otros. Y sucedía en muchos lugares, debido a la estrechez, que unos habían embestido a otros, y que ellos mismos habían sido embestidos, y que dos y a veces incluso más naves quedaban enganchadas por necesidad; y para los timoneles, la vigilancia de unos y el ataque de otros no se limitaba a un solo punto, sino que los rodeaban por todas partes, y el estruendo de muchas naves chocando era grande, provocando a la vez espanto y la pérdida de la audición de lo que gritaban los jefes de remeros. Pues muy distinta era la arenga y el grito de ambos bandos para los jefes de remeros, tanto por la técnica como por la rivalidad naval; a los atenienses les gritaban que forzaran la salida y que se esforzaran ahora, si alguna vez lo habían hecho, por la salvación hacia la patria; a los siracusanos y aliados, que era noble impedirles escapar y que cada uno, tras vencer, engrandeciera su propia patria; y además los generales de ambos bandos, si veían a alguien retroceder sin necesidad, llamando por su nombre al trierarca, preguntaban a los atenienses si se retiraban considerando la tierra más enemiga como más propia que el mar que habían adquirido tras no poco esfuerzo; y a los siracusanos, si ellos mismos huían de aquellos a quienes sabían claramente que los atenienses deseaban escapar por todos los medios. Y la infantería de ambos bandos, al estar la batalla naval equilibrada, sentía una gran tensión y concentración de ánimo, rivalizando los de allí por el mayor honor ya presente, y temiendo los que habían llegado que les fuera peor que en la situación actual. Pues, al depender todo para los atenienses de las naves, el miedo por el futuro no se parecía a ningún otro y, debido a la irregularidad, se veían obligados a observar la batalla naval desde tierra; pues, al ser la visión desde cerca y no mirar todos a lo mismo al mismo tiempo, si algunos veían a los suyos prevalecer, se animaban y se volvían hacia la invocación de los dioses para que no los privaran de la salvación; pero los que miraban hacia el bando derrotado se entregaban al lamento junto con gritos, y por la visión de los hechos se sentían más esclavizados en su ánimo que los que estaban en la acción; otros, al mirar hacia una parte de la batalla que estaba igualada, debido a lo confuso y continuo de la lucha, se inclinaban con sus propios cuerpos al mismo ritmo que su opinión con temor, y lo pasaban de la peor manera; pues siempre por poco o escapaban o perecían. Y en el ejército de los atenienses, mientras combatían igualados, se podía oír todo a la vez: lamentos, gritos, venciendo, siendo vencidos, y todo lo que un gran ejército en gran peligro se vería obligado a expresar de múltiples formas. Y cosas similares sufrían los que estaban en las naves, hasta que los siracusanos y sus aliados, tras resistir mucho la batalla naval, pusieron en fuga a los atenienses y, persiguiéndolos brillantemente, con gran griterío y arengas, los llevaron hasta tierra. Entonces, el ejército naval, unos por un lado y otros por otro, los que no fueron capturados en alta mar, fueron arrastrados y desembarcaron en el campamento. La infantería, ya no de forma distinta, sino con un solo impulso, con lamentos y gemidos, todos angustiados por lo que sucedía, unos ayudaban a las naves y otros a la vigilancia del resto del muro; otros, y la mayoría, ya pensaban en sí mismos y en cómo se salvarían. Y en aquel momento no hubo un espanto menor que el de todos los anteriores. Y algo parecido habían sufrido y hecho ellos mismos en Pilos; pues, al ser destruidas las naves de los lacedemonios, perecían con ellos también los hombres que habían pasado a la isla. Y entonces, para los atenienses, era desesperado salvarse por tierra, a menos que ocurriera algo contra toda lógica. Tras producirse una fuerte batalla naval y perecer muchas naves y hombres de ambos bandos, los siracusanos y sus aliados, tras prevalecer, recogieron los restos del naufragio y los cadáveres, y tras navegar hacia la ciudad, erigieron un trofeo.
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A mí, ciertamente, estos pasajes y otros similares me parecieron dignos de emulación e imitación, y me convencí de que la grandilocuencia del autor, su belleza en el lenguaje, su fuerza y sus otras excelencias eran perfectas en estas obras, infiriendo que toda alma es conducida por este tipo de estilo, y que ni el criterio irracional de la mente, con el que estamos naturalmente dotados para percibir lo agradable o lo doloroso, se vuelve ajeno a él, ni el racional, con el que se discierne lo bello en cada arte; ni los que no son muy expertos en discursos políticos podrían decir por qué término o estructura se sienten molestos, ni los que son muy refinados y desprecian la ignorancia de la mayoría podrían censurar la construcción de este estilo, sino que tanto la opinión de la mayoría como la de los pocos será la misma; el hombre común, ciertamente, no se molestará por lo vulgar, tortuoso y difícil de seguir del estilo; y el técnico poco común, que no proviene de una formación cualquiera, no censurará lo innoble, lo rastrero y lo carente de construcción. Sino que el criterio racional y el irracional estarán en armonía, por los cuales ambos exigimos que todo sea juzgado según las artes. Si uno de los dos falla, ya no entrega lo bello ni lo perfecto.
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Yo, al menos, no sé cómo alabar aquellos pasajes que parecen ser grandes y maravillosos para algunos, los cuales ni siquiera tienen las primeras y más comunes excelencias, sino que han sido vencidos por lo rebuscado y superfluo, no siendo ni agradables ni útiles; de los cuales ofreceré pocos ejemplos, exponiendo inmediatamente para cada uno las causas por las que han caído en los vicios contrarios a las excelencias. En el tercer libro, al exponer los hechos crueles e impíos ocurridos en Corcira debido a la sedición contra los más poderosos del pueblo, mientras manifiesta los hechos de la manera común y habitual del dialecto, ha dicho todo de forma clara, breve y poderosa; pero al comenzar a dramatizar las desgracias comunes de los griegos y a cambiar el pensamiento de lo que es habitual con una longitud excesiva, se vuelve peor que sí mismo. Los primeros pasajes, que nadie podría señalar como erróneos, son estos:' Los corcireos, al darse cuenta de que las naves áticas se acercaban y las de los enemigos se habían ido, tomaron a los mesenios y los llevaron a la ciudad, que antes estaban fuera, y ordenando rodear las naves, que llenaron, hacia el puerto Hilaico, mientras eran trasladados, mataban a cualquiera de los enemigos que capturaban, y a los que convencían de embarcar, al hacerlos bajar, los ejecutaban; al llegar al Hereo, convencieron a unos cincuenta hombres de los suplicantes de someterse a juicio y los condenaron a todos a muerte; la mayoría de los suplicantes, los que no fueron convencidos, al ver lo que sucedía, se destruían unos a otros en el templo, y algunos se ahorcaban de los árboles, y otros se consumían como cada uno podía. Durante siete días, que Eurimedonte permaneció al llegar con las sesenta naves, los corcireos asesinaban a los que consideraban sus enemigos, atribuyendo la causa a los que derribaban la democracia; pero murieron algunos también por enemistad privada, y otros por dinero que les debían los que lo habían tomado. Y toda forma de muerte se estableció, y como suele suceder en tales casos, no hubo nada que no ocurriera, y aún más; pues un padre mataba a su hijo, y eran arrancados de los templos y ejecutados junto a ellos, y algunos, tras ser tapiados en el templo de Dioniso, murieron; tan cruel avanzó la sedición, y pareció más, porque fue la primera en ocurrir; pues después, casi todo el mundo griego se vio conmovido, habiendo diferencias en todas partes entre los líderes de los pueblos para atraer a los atenienses y los pocos para atraer a los lacedemonios'.
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Lo que añade a esto es tortuoso, difícil de seguir y tiene tramas de estructuras que parecen solecismos, y que no fueron practicadas ni por los que vivieron en aquella época ni por los posteriores, cuando el poder político alcanzó su mayor apogeo; lo que voy a decir ahora:' Las ciudades estaban en sedición, y las que llegaban tarde, al enterarse de lo ocurrido, llevaban al extremo la novedad de los pensamientos por la artificiosidad de las empresas y la extrañeza de los castigos'. En esto, el primer miembro está rodeado de perífrasis sin ninguna necesidad:' Las ciudades estaban en sedición'; pues era más sano decir' las ciudades estaban en sedición'. Lo que se dice a continuación:' y las que llegaban tarde' no es fácil de conjeturar; habría sido más claro dicho así:' las ciudades que llegaban tarde'. A lo que sigue:' al enterarse de lo ocurrido, llevaban al extremo la novedad de los pensamientos'; pues quiere decir:' los que llegaban tarde, al enterarse de lo ocurrido en otros lugares, tomaban un exceso en pensar algo más novedoso'; pero sin la trama, ni siquiera las estructuras de los nombres son agradables a los oídos. A esto añade otro capítulo de artificio poético, o más bien más propio de una composición ditirámbica:' por la artificiosidad de las empresas y la extrañeza de los castigos; y cambiaron la valoración habitual de los nombres por los hechos con la justificación'. Pues lo que quiere manifestar en la trama difícil de desenredar es esto:' tomaban un gran avance en pensar algo más novedoso sobre las artes de las empresas y sobre los excesos de los castigos; y cambiando los nombres que solían decirse sobre los hechos, los valoraban de otra manera'. La artificiosidad, la extrañeza de los castigos, la valoración habitual de los nombres y la justificación cambiada por los hechos es más propia de una perífrasis poética. A lo que añade estas estructuras teatrales:' pues la audacia irreflexiva fue considerada valentía leal, y la demora prudente, cobardía decorosa'; pues ambas cosas contienen comparaciones y paralelismos, y los epítetos están puestos por causa de adorno; pues la estructura del lenguaje, que no es teatral sino necesaria, habría sido así:' pues llamaban a la audacia valentía, y a la demora cobardía'. Similares a esto son también las que se añaden:' y lo sensato, pretexto de cobardía, y el ser inteligente para todo, inútil para todo'; pero más propiamente se habría dicho así:' los sensatos son cobardes, y los inteligentes para todo, inútiles para todo'.
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Si al avanzar hasta aquí hubiera dejado de adornar unas cosas y de endurecer otras en el lenguaje, habría sido menos molesto. Pero ahora añade:' La seguridad es el planear, pretexto razonable de rechazo. Y el que se irrita es siempre fiel, y el que le contradice es sospechoso'. Pues también en esto, de nuevo, es incierto a quién quiere significar con' el que se irrita' y sobre qué, y a quién con' el que contradice' y por qué. Y dice:' Alguien que ha planeado, si tiene éxito, es inteligente, y el que lo ha sospechado, aún más hábil; pero el que ha planeado cómo no necesitará nada para sí mismo, es un disolvente de la camarilla y está aterrorizado por los enemigos'. Pues ni' el que tiene éxito' manifiesta más lo que quiere significar, ni el mismo puede entenderse como' el que tiene éxito' y' el que ha sospechado' a la vez, si es que' el que tiene éxito' se dice del que ha logrado y alcanzado lo que esperaba, y' el que ha sospechado' del que ha percibido de antemano el mal que aún no ha ocurrido, sino que está por venir. Pero el pensamiento puro y claro habría sido así:' Los que planean contra otros, si tienen éxito, son hábiles; y los que sospechan de antemano las tramas, si se protegen, aún más hábiles; pero el que ha previsto cómo no necesitará nada para sí mismo, ni de trama ni de protección, parecía disolver las camarillas y estar aterrorizado por los enemigos'.
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Tras añadir a esto un periodo dicho de forma tortuosa y poderosa junto con la claridad:' En resumen, el que se adelantaba al que iba a hacer algún mal era alabado, y el que incitaba al que no lo pensaba, utilizará de nuevo una traslación poética; y ciertamente también lo familiar se volvió más ajeno a lo de la camarilla debido a que es más fácil atreverse sin pretexto'. Pues' lo familiar' y' lo de la camarilla' están puestos en lugar de' la familiaridad' y' la camarilla' y han sido trasladados; y' atreverse sin pretexto' es incierto si se refiere ahora a los amigos o a los familiares. Pues tras dar la causa por la que juzgaban a los familiares más ajenos que a los amigos, añade que ofrecían una audacia sin pretexto. Pero el discurso habría sido claro si lo hubiera expresado de esta manera, estructurándolo según su propia voluntad:' Y ciertamente también lo de la camarilla se volvió más propio que lo familiar debido a que es más fácil atreverse sin pretexto'. También lo que sigue a esto está rodeado de perífrasis, y no ha sido anunciado ni con fuerza ni con claridad; pues tales reuniones no son para la utilidad de las leyes establecidas, sino contra las establecidas por codicia. El pensamiento es el siguiente:' Pues las reuniones de las camarillas no se hacían por las utilidades según la ley, sino por obtener alguna ventaja contra las leyes'. Y dice:' Y los juramentos, si es que alguna vez se hacían de transacción, en el momento, dados a cada uno por la falta de recursos, tenían fuerza, al no tener poder de otro lugar'; en esto hay hipérbaton y perífrasis; pues los juramentos de la transacción tienen el significado siguiente:' los juramentos sobre la amistad, si es que alguna vez se hacían'. El' tenían fuerza', puesto mediante hipérbaton, sigue a' en el momento', pues quiere significar' tenían fuerza en el momento'; y' dados a cada uno por la falta de recursos, al no tener poder de otro lugar' habría sido más claro expresado así:' al no tener ningún otro poder, dados a cada uno por la falta de recursos'. Y lo que corresponde al pensamiento habría sido así:' Los juramentos sobre la amistad, si es que alguna vez se hacían, por falta de otra garantía, dados a cada uno en el momento, tenían fuerza'.
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Más tortuosos que estos son los que pone después:' En el momento, el que se adelantaba a tener confianza si veía a alguien indefenso, se vengaba más agradablemente por la confianza que desde lo manifiesto; y consideraba lo seguro, y que al prevalecer por engaño, añadía una prueba de inteligencia'.' En el momento' está puesto en lugar de' al instante',' indefenso' en lugar de' sin protección', y' vengarse más agradablemente por la confianza que desde lo manifiesto' está rodeado de perífrasis oscuramente, y falta alguna parte para completar el sentido. Se puede conjeturar que quiere decir esto:' Si en algún lugar se presentaba a alguien la ocasión y conocía al enemigo sin protección, se vengaba más agradablemente porque atacaba al que confiaba más que al que se protegía; y añadía una fama de inteligencia, considerando lo seguro y que había prevalecido por su engaño'. Y dice:' Más fácilmente los malvados, siendo hábiles, son llamados que los ignorantes buenos, y de lo primero se avergüenzan, pero de lo segundo se enorgullecen'; pues esto ha sido dicho de forma tortuosa y breve, pero tiene el significado puesto en lo oculto. Pues es difícil aprender a quiénes entiende por' los ignorantes y buenos'; pues si se distingue frente a los malvados, no serían ignorantes los que no son malos; y si pone a los ignorantes por los insensatos y necios,¿ por qué los llama buenos?¿ Y de qué se avergüenzan? Pues es incierto si ambos o los ignorantes. Y en' se enorgullecen', también aquí es incierto quiénes; pues si lo pone por ambos, no tiene sentido; pues ni los buenos se enorgullecen de los malvados, ni los malvados se avergüenzan de los ignorantes.
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Este es el carácter del estilo oscuro y complicado, en el que hay más molestia que oscurece el pensamiento que encanto, hasta que se alarga a cien versos. Pondré también lo siguiente sin añadir ninguna palabra mía; la causa de todo ello es el principio por codicia y ambición, y de ellos, al establecerse también en la rivalidad, el entusiasmo. Pues los que se pusieron al frente en las ciudades, cada uno con un nombre decoroso, preferencia de la mayoría de la igualdad política y de la aristocracia sensata, haciendo de los asuntos comunes premios de palabra, luchando por todos los medios por prevalecer unos sobre otros, se atrevieron a las cosas más terribles, y llevaron los castigos aún más lejos, no añadiendo hasta lo justo y útil para la ciudad, sino definiéndolo según lo que siempre tenía placer para cada uno; y ya fuera con una condena de voto injusto o con la mano, estaban dispuestos a satisfacer la rivalidad del momento. De modo que ninguno consideraba la piedad, sino que los que lograban realizar algo con envidia escuchaban mejor por la apariencia de la palabra; y los ciudadanos del medio eran destruidos por ambos, o porque no luchaban o por envidia de que prevalecieran. Así, toda forma de maldad se estableció debido a las sediciones para el mundo griego; y la sencillez, de la que lo noble participa en gran medida, al ser ridiculizada, desapareció; y el estar enfrentados unos a otros en el pensamiento con desconfianza duró mucho tiempo. Pues no había ni palabra firme ni juramento temible que disolviera. Pero todos, siendo superiores en razonamiento, se preocupaban más por no sufrir ante lo desesperado de lo seguro que por poder confiar. Y los más viles en pensamiento, en la mayoría de los casos, prevalecían. Pues por temer su propia carencia y la inteligencia de los enemigos, no fuera que fueran inferiores en palabras y que, por su pensamiento multiforme, se adelantaran planeando de antemano, avanzaban audazmente hacia los hechos; pero los que despreciaban incluso el percibir de antemano, y que no necesitaban tomar nada con hechos, lo que es posible con el pensamiento, eran destruidos más indefensos. Pudiendo hacer evidente con muchos ejemplos aún que es mejor en las narraciones cuando permanece en el carácter habitual y común del dialecto, y peor cuando desvía el dialecto de lo habitual hacia nombres extraños y estructuras forzadas, de las cuales algunas ofrecen apariencia de solecismos, me contentaré con estos, para que el escrito no avance más de lo debido.
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Puesto que también prometí hacer evidentes las cosas que me parecen sobre sus discursos, en los que algunos creen que está la fuerza máxima del autor, tras dividir también esta teoría en dos, tanto en la parte de los hechos como en la del lenguaje, haré el discurso por separado sobre cada una, comenzando por la de los hechos. En la que la primera parte la tiene el hallazgo de los entimemas y pensamientos, y la segunda el uso de lo hallado; aquella teniendo la fuerza más en la naturaleza, y esta en el arte. De estas, la que tiene más de natural que de técnico y necesita menos enseñanza es maravillosa en el autor; pues trae como de una fuente rica una cantidad infinita de pensamientos y entimemas superfluos, extraños y paradójicos. La que tiene más de técnico y hace parecer más brillante a la otra es más deficiente de lo debido en muchos casos. Por tanto, todos los que lo han admirado más de lo moderado, como si no difiriera en nada de los inspirados por los dioses, parecen haber tenido esta afección debido a la multitud de entimemas. A quienes, si alguien enseña exponiendo el discurso sobre cada hecho, que esto no era adecuado para ser dicho en este momento y por estas personas, y esto no sobre estos hechos ni hasta este punto, se molestan, sufriendo algo similar a los que han sido dominados por alguna visión por un amor que no dista mucho de la locura. Pues aquellos consideran que todas las excelencias, cuantas ocurren sobre formas decorosas, están presentes en las que los han esclavizado, y a los que intentan reprochar si hay algún daño sobre ellas, los han rechazado como envidiosos y calumniadores; y estos, aturdidos en su pensamiento por esta única excelencia, dan testimonio de todo, incluso de lo que no está presente en el autor; pues lo que cada uno desea que sea sobre lo amado y admirado por sí mismo, eso cree. Pero los que mantienen la mente sin sobornar y refieren el examen de los discursos a los cánones rectos, ya sea por haber participado de algún juicio natural o por haber construido criterios fuertes mediante la enseñanza, ni alaban todo por igual ni se molestan por todo, sino que a los aciertos les otorgan el testimonio correspondiente, pero si alguna parte ha sido errada en ellos, no la alaban.
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Yo, al menos, al proponer cánones sobre todos mis propios teoremas, ni antes dudé en traer a medio lo que me parece, ni ahora me apartaré. Dando, pues, lo primero, como también dije al principio, el acierto del autor sobre el hallazgo, y si alguien ha prejuzgado de otra manera, ya sea por rivalidad o por insensibilidad, creyendo que él se equivoca, lo segundo ya no lo doy, lo técnico sobre sus economías, salvo en muy pocos discursos. Veo también los defectos sobre el lenguaje, sobre los cuales ya he hablado antes, que han ocurrido en la mayoría y en los más grandes en estas ideas; pues también las palabras glosadas, extrañas y creadas abundan sobre todo en estas, y las estructuras muy complejas, tortuosas y forzadas son las más numerosas sobre estas. Si he conocido lo probable, tú juzgarás y cada uno de los demás al ser llevado al examen de las obras. La comparación de ellos será de la misma manera, siendo examinados en contraposición con los que me parecen tener lo mejor de los que no son acertados ni en las economías ni irreprochables en la frase.
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En el segundo libro, al comenzar a escribir sobre la incursión de los lacedemonios y sus aliados contra Platea, propone el momento en que Arquídamo, rey de los lacedemonios, se disponía a devastar la tierra, y presenta a los embajadores de los plateenses que habían llegado ante él, y les atribuye discursos tales como era natural que fueran pronunciados por ambas partes, apropiados a los personajes y adecuados a los hechos, sin faltar a la mesura ni excederla, y los ha adornado con una dicción pura, clara, concisa y que posee las demás virtudes; y ha logrado una armonía tan melodiosa que puede compararse con las más placenteras. Al llegar el verano siguiente, los peloponesios y sus aliados no invadieron el Ática, sino que marcharon contra Platea; dirigía el ejército Arquídamo, hijo de Zeuxidamo, rey de los lacedemonios; y, tras establecer el campamento, se disponía a devastar la tierra. Los plateenses, enviando inmediatamente embajadores ante él, dijeron lo siguiente:« Arquídamo y lacedemonios, no actuáis con justicia ni de manera digna de vosotros ni de los padres de quienes sois descendientes, al marchar contra la tierra de los plateenses. Pues Pausanias, hijo de Cleómbroto, el lacedemonio, tras liberar a Grecia de los medos junto con los griegos que quisieron compartir el peligro y la batalla que tuvo lugar entre nosotros, habiendo ofrecido sacrificios en el ágora de los plateenses a Zeus Eleuterio y convocado a todos los aliados, concedió a los plateenses que habitaran su propia tierra y ciudad como autónomos, y que nadie marchara jamás injustamente contra ellos ni para esclavizarlos; y si no, que los aliados presentes los defendieran según sus fuerzas. Esto nos dieron vuestros padres por causa de la virtud y el celo mostrado en aquellos peligros. Vosotros, en cambio, hacéis lo contrario a ellos; pues junto con los tebanos, nuestros mayores enemigos, habéis venido para nuestra esclavitud. Tomando como testigos a los dioses que entonces juraron, tanto a los vuestros patrios como a los nuestros locales, os decimos que no cometáis injusticia contra la tierra de Platea ni quebrantéis los juramentos, y que nos dejéis vivir como autónomos, tal como Pausanias dictaminó». Ante tales palabras de los plateenses, Arquídamo responde lo siguiente:« Decís cosas justas, hombres de Platea, si actuáis conforme a vuestras palabras. Pues, tal como Pausanias os entregó, sed vosotros mismos autónomos y liberad a los demás, cuantos habiendo participado en aquellos peligros se aliaron con vosotros y están ahora bajo los atenienses; pues tal preparación y guerra se ha hecho por causa de ellos y de la liberación de los demás. De la cual, participando sobre todo vosotros, manteneos en los juramentos. Si no, lo que ya antes os propusimos: manteneos en paz disfrutando de lo vuestro; y no estéis con ninguno, recibid a ambos como amigos, pero a ninguno para la guerra. Y esto nos bastará». Arquídamo dijo esto. Los embajadores de los plateenses, al oír esto, entraron en la ciudad; y tras comunicar lo dicho a la multitud, le respondieron que les era imposible hacer lo que propone sin los atenienses; pues sus hijos y mujeres estaban con ellos. Y que temían también por toda la ciudad, no fuera que, al retirarse ellos, los atenienses vinieran y no les permitieran, o que los tebanos, como obligados por juramento según lo de recibir a ambos, intentaran de nuevo apoderarse de su ciudad. Él, animándolos ante esto, dijo:« Entregadnos a nosotros, los lacedemonios, la ciudad y las casas, y señalad los límites de la tierra, y los árboles y cualquier otra cosa que sea posible contar; vosotros mismos retiraos a donde queráis, mientras dure la guerra; y cuando pase, os devolveremos lo que recibamos; hasta entonces, lo tendremos como depósito para vosotros, trabajando y aportando una renta que os sea suficiente». Ellos, al oír esto, entraron de nuevo en la ciudad, y tras deliberar con la multitud, dijeron que querían comunicar primero a los atenienses lo que propone, y si los persuaden, hacer esto. Hasta entonces, pedían una tregua y que no devastara la tierra. Él hizo una tregua por los días en que era natural que fueran y volvieran, y no cortó la tierra. Los embajadores plateenses, habiendo ido ante los atenienses y deliberado con ellos, volvieron de nuevo anunciando a los de la ciudad lo siguiente:« Ni en el tiempo anterior, hombres de Platea, desde que nos hicimos aliados, dicen los atenienses que os hayan abandonado en nada siendo injustamente tratados, ni ahora os descuidarán, sino que os ayudarán según sus fuerzas; y os exhortan por los juramentos que vuestros padres juraron, a no innovar nada respecto a la alianza». Tras anunciar esto los embajadores, los plateenses decidieron no traicionar a los atenienses, sino resistir y, si fuera necesario, ver cómo se cortaba la tierra y sufrir cualquier otra cosa que sucediera; y que nadie saliera ya, sino que desde el muro respondieran que les es imposible hacer lo que los lacedemonios proponen. Como respondieron, desde entonces, primero, el rey Arquídamo se puso en testimonio de los dioses y héroes locales diciendo así:« Dioses cuantos poseéis la tierra de Platea, y héroes, sed testigos de que no vinimos injustamente desde el principio, sino habiendo abandonado estos primero lo jurado contra esta tierra, en la que nuestros padres, tras suplicaros, vencieron a los medos y vosotros la ofrecisteis propicia para luchar a los griegos, ni ahora, si hacemos algo, seremos injustos; pues habiendo propuesto muchas cosas razonables, no las obtenemos. Sed comprensivos con que la injusticia sea castigada por los que la sufren primero, y que el castigo sea obtenido legalmente por los que lo infligen». Tras invocar así a los dioses, puso al ejército en pie de guerra.
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Examinemos, pues, junto a este diálogo que es tan bello y excelente, otro diálogo suyo, al que más elogian los admiradores de este estilo. Propone, pues, que habiendo enviado los atenienses un ejército contra los melios, colonos de los lacedemonios, antes de comenzar la guerra, el general de los atenienses y los magistrados de los melios se reúnen para hablar sobre la disolución de la guerra; y al principio, desde su propia persona, manifiesta lo dicho por ambos, pero al mantener esta forma, la narrativa, en una sola respuesta, personifica el diálogo posterior y lo dramatiza. Comienza el ateniense diciendo esto:« Puesto que los discursos no se hacen ante la multitud, para que los pueblos, al escucharnos de una vez, no sean engañados por un discurso continuo, persuasivo e irrefutable( pues sabemos que esto es lo que pretende nuestra conducción ante los pocos), vosotros, los que estáis sentados, haréis algo aún más seguro. Y no juzguéis vosotros tampoco en poco tiempo, sino respondiendo inmediatamente a lo que no parezca decirse adecuadamente; y primero, si os parece bien como hablamos, decidlo». Los magistrados de los melios respondieron:« La moderación de instruirnos mutuamente en calma no se censura; pero los hechos de la guerra, presentes ya y no futuros, parecen diferir de esto». Si alguien quisiera considerar esto último como una figura,¿ no se adelantaría a llamar figuras a todos los solecismos que ocurren contra los números y contra los casos? Pues habiendo propuesto« la moderación de instruirnos en calma no se censura», luego, al unir al singular y expresado en caso nominativo« los hechos de la guerra presentes ya y no futuros», añade a estos un singular y formado en caso genitivo, ya sea que uno quiera llamarlo artículo demostrativo o pronombre, el« de esto»; y esto ni se ajusta al femenino, singular y nominativo, ni mantiene la coherencia, ni al plural, neutro y formado en caso acusativo. El discurso habría sido correcto formado así:« la moderación de instruirnos en calma no se censura, pero los hechos de la guerra presentes ya y no futuros parecen diferir de ella». A esto añade un pensamiento concebido no de forma absurda, pero interpretado no de forma fácil de seguir:« Si, pues, habéis venido calculando sospechas de los futuros o alguna otra cosa, o deliberando sobre la salvación de la ciudad a partir de los hechos presentes y lo que veis, nos detenemos; pero si es para esto, podríamos hablar».
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Y después de esto, habiendo desviado el diálogo de la narración hacia lo dramático, hace que el ateniense responda esto:« Es natural y perdonable, estando en tal situación, volverse hacia muchas cosas tanto al hablar como al pensar. Luego, habiendo propuesto una intención decorosa:« Sin embargo, la reunión es ya sobre la salvación, y el discurso, de la manera que proponéis, si os parece, que se haga». Primero ha dicho un pensamiento que no es digno de la ciudad de los atenienses ni apropiado para ser dicho en tales asuntos:« Nosotros, pues, ni nosotros mismos con bellos nombres, como que justamente gobernamos tras haber derrotado al medo, o que siendo injustamente tratados ahora atacamos, ofreceremos una longitud de discursos increíble»; esto es el reconocimiento de la expedición contra los que no hacen ninguna injusticia, puesto que no quiere dar cuenta de ninguno de estos dos; a lo cual añade:« ni creemos que os convenceréis diciendo que, siendo colonos de los lacedemonios, no habéis luchado, o que no nos habéis hecho ninguna injusticia, sino realizar lo posible a partir de lo que ambos pensamos verdaderamente». Y esto es: vosotros, pensando verdaderamente que sois injustamente tratados, soportáis la necesidad y cedéis; nosotros, no ignorando que os hacemos injusticia, prevaleceremos sobre vuestra debilidad por la fuerza; pues esto es lo posible para ambos. Luego, queriendo dar la causa de esto, añade:« porque lo justo en el discurso humano se juzga a partir de la necesidad igual, pero lo posible lo hacen los que prevalecen y los débiles lo conceden».
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Pues a reyes bárbaros les convenía decir esto ante los griegos; pero a los atenienses ante los griegos, a quienes liberaron de los medos, no era apropiado que se dijera que lo justo es para los iguales entre sí, y lo violento para los fuertes contra los débiles. Respondiendo poco los melios a esto, que sería bueno que los atenienses se preocuparan de lo justo, no sea que ellos mismos, alguna vez derrotados por otros, caigan en poder y sufran lo mismo por parte de los más fuertes, hace que el ateniense responda:« Nosotros, de nuestro imperio, aunque cese, no nos desanimamos por el final», y dando la causa de esto, que aunque los lacedemonios disuelvan su imperio, tendrán perdón, pues ellos mismos hacen muchas cosas así. Pondré también su dicción:« pues no los que gobiernan a otros, como también los lacedemonios, estos son terribles para los vencidos». Y esto es igual a decir que entre los tiranos no son odiados los tiranos. A lo cual añade:« Y sobre esto, que se nos deje correr el riesgo», lo que difícilmente habría dicho uno de los piratas o bandidos,« no me preocupo de la venganza posterior, habiéndome entregado a los deseos en el presente». Luego, habiendo pocos intercambios entre medio y los melios descendiendo a una elección moderada:«¿ Y no aceptaríais que, manteniendo la paz, seamos amigos en lugar de enemigos, y aliados de ninguno?», hace que el ateniense responda:« Pues no nos daña tanto vuestra enemistad, como la amistad, que es ejemplo de debilidad para los gobernados, mientras que el odio es ejemplo de poder», un pensamiento malvado y expresado de forma tortuosa; si alguien quiere observar su sentido, es tal, que amándonos haréis parecer que somos débiles ante los demás, pero odiándonos, fuertes; pues no buscamos gobernar por la benevolencia de los súbditos, sino por el miedo.
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Añadiendo a esto otros intercambios curiosos y amargos, propone a los melios diciendo que los enemigos soportan las suertes comunes y que ceder inmediatamente es desesperanzador, pero que, junto con la acción, aún hay esperanza de mantenerse rectamente. Ante esto, hace que el ateniense responda con cosas más tortuosas que laberintos sobre la esperanza que nace para mal de los hombres, escribiendo literalmente así:« La esperanza, siendo consuelo del peligro, a los que la usan desde la abundancia, aunque dañe, no los derriba; pero a los que se arriesgan por todo lo que tienen( pues es derrochadora por naturaleza), se conoce al mismo tiempo que han fracasado, y en el momento en que uno se guardaría de ella al ser conocida, no falta. Lo cual vosotros, siendo débiles y estando en un solo objetivo, no queráis sufrir ni ser igualados a la mayoría, quienes, pudiendo aún salvarse humanamente, cuando las esperanzas claras les faltan al estar presionados, se entregan a las oscuras, la adivinación, los oráculos y todo lo que, junto con las esperanzas, arruina». Esto no sé cómo alguien podría elogiarlo como apropiado para ser dicho por generales de los atenienses, que la esperanza que viene de los dioses arruina a los hombres y que no hay utilidad ni de oráculos ni de adivinación para los que han elegido una vida piadosa y justa. Pues si alguna otra cosa, también esto es, entre las primeras, un elogio de la ciudad de los atenienses, el seguir a los dioses en todo asunto y en todo momento y no realizar nada sin adivinación y oráculos. Y diciendo los melios que, junto con la ayuda de los dioses, confían también en los lacedemonios, quienes, si no por otra cosa, al menos por la vergüenza les ayudarán y no descuidarán a sus parientes pereciendo, introduce al ateniense respondiendo aún más obstinadamente:« De la benevolencia hacia lo divino, tampoco nosotros creemos que nos quedaremos atrás; pues nada fuera de la humana, y de la justicia hacia lo divino, y de las intenciones hacia nosotros mismos, dictaminamos ni hacemos. Pues creemos que lo divino por opinión y lo humano claramente a través de todo, por naturaleza necesariamente, donde prevalece, gobierna»; el sentido de esto es difícil de conjeturar incluso para los que parecen tener mucha experiencia del hombre, y se cierra en un fin tal, que lo divino todos lo conocen por opinión, pero lo justo entre sí lo juzgan por la ley común de la naturaleza; y esta es gobernar a quienes uno pueda dominar. Consecuentes también estos con los primeros y no apropiados para ser dichos ni por atenienses ni por griegos.
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Pudiendo ofrecer aún muchos pensamientos que contienen una inteligencia malvada, para que el discurso no sea mayor de lo debido, tomaré solo la última adición, que el ateniense ha dicho al retirarse de la reunión:« Pero de vuestras cosas, las que son fuertes se esperan como futuras, mientras que las presentes son breves frente a las ya enfrentadas para prevalecer». Dice que proporcionáis una gran falta de razón al pensamiento, si no, habiéndonos retirado, conoceréis algo más sensato que esto. A lo cual añade:« Pues no os volveréis hacia la vergüenza, que en los peligros vergonzosos y evidentes corrompe a la mayoría de los hombres. Pues a muchos que preveían aún hacia dónde se dirigían, el llamado vergonzoso, con fuerzas de nombre persuasivo, los arrastró, vencidos por la palabra, a caer en desgracia en hechos irreparables». Que el autor no participó en estos discursos al estar presente entonces en la reunión, ni escuchó a los atenienses o melios que los dispusieron, es fácil de aprender de lo que él mismo escribe sobre sí mismo en el libro anterior a este, que tras la estrategia en Anfípolis, expulsado de la patria, pasó todo el tiempo restante de la guerra en Tracia. Queda, pues, observar si ha forjado el diálogo apropiado a los hechos y a los personajes que se reunieron en la reunión, manteniéndose lo más cerca posible del sentido general de lo que realmente se dijo, como él mismo ha dicho de antemano en el proemio de la historia.¿ Acaso, pues, como para los melios eran propios y apropiados los discursos sobre la libertad que exhortaban a los atenienses a no esclavizar a una ciudad griega que no cometía ninguna falta contra ellos, así también para los generales de los atenienses eran apropiados los discursos que no permitían ni examinar ni hablar sobre lo justo, sino introduciendo la ley de la fuerza y la codicia, y declarando que son justas para los débiles todas las cosas que parecen bien a los más fuertes? Yo, ciertamente, no creo que a los generales enviados desde la ciudad más bien gobernada hacia las ciudades exteriores les convenga decir esto, ni desearía que los melios, ciudadanos de pequeña ciudad y que no han mostrado ninguna obra notable, se preocupen más de lo bello que de lo seguro y estén dispuestos a soportar todos los males para no ser obligados a hacer nada indecoroso, mientras que los atenienses, que eligieron abandonar la tierra y la ciudad durante la guerra persa para no soportar ninguna orden vergonzosa, acusen de insensatos a los que eligen lo mismo. Y creo que, si otros atenienses presentes intentaran decir esto, lo habrían llevado con molestia los que han civilizado la vida común. Yo, pues, por estas razones no elogio este diálogo comparándolo con el otro. Pues en aquel, Arquídamo el lacedemonio propone cosas justas a los plateenses y ha usado una dicción pura y clara y que no tiene ninguna figura rebuscada ni incoherente; en este, en cambio, los más sensatos de los griegos traen pensamientos vergonzosos y los envuelven en una dicción muy desagradable; a menos que el autor, guardando rencor a la ciudad por la condena, haya vertido sobre ella estos reproches, por los cuales todos estaban destinados a odiarla. Pues lo que los que están al frente de las ciudades y a quienes se confían tales poderes parecen pensar y decir ante las ciudades en nombre de su propia patria, todos suponen que esto es común a la ciudad que los envía. Y sobre los diálogos, basta.
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De los discursos demagógicos, he admirado el pronunciado en el primer libro en Atenas por Pericles sobre no ceder ante los lacedemonios, el que tiene este comienzo:« De la opinión, hombres de Atenas, siempre mantengo la misma, no ceder ante los peloponesios», como interpretado divinamente también en los pensamientos y que no molesta a los oídos ni por la composición de las partes ni por la alteración de las figuras incoherentes y forzadas, y que ha abarcado todas las virtudes que ocurren en los discursos demagógicos; y los pronunciados por Nicias el general en Atenas sobre la expedición a Sicilia; y la carta enviada por él a los atenienses, en la que pide otra alianza y un sucesor, estando enfermo el cuerpo; y la exhortación de los soldados que hizo antes de la última batalla naval; y el discurso consolador cuando se disponía a retirar el ejército por tierra, habiendo perdido todos los trirremes; y si hay otras tales demagogias puras y claras y adecuadas para los verdaderos combates. Pero sobre todas las que se encuentran en los siete libros, he admirado la apología de los plateenses por nada tanto como por no haber sido rebuscada ni excesivamente preparada, sino adornada con un color verdadero y natural. Pues los pensamientos están llenos de pasión y la dicción no aleja los oídos; pues la composición es bien hablada y las figuras son propias de los hechos. Estas son, pues, las obras de Tucídides dignas de celo, y de estas propongo que los historiadores tomen las imitaciones.
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La apología de Pericles en el segundo libro, que exponía en su favor cuando los atenienses se irritaban porque los persuadió a emprender la guerra, no la elogio entera; ni las demagogias sobre la ciudad de los mitileneos que expusieron Cleón y Diodoto, las del tercer libro; ni la de Hermócrates el siracusano ante los camarineos; ni la de Eufemo el embajador de los atenienses, la contraria a esta, ni las semejantes a estas; pues no hay necesidad de enumerar todas las dispuestas con el mismo carácter de lenguaje. Y para que no parezca que digo afirmaciones sin demostración, pudiendo ofrecer muchas pruebas, me contentaré con dos demagogias, para que el discurso no sea largo, con la apología de Pericles y la acusación de Hermócrates ante los camarineos contra la ciudad de los atenienses.
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Pericles, pues, dice esto:« Y me esperaba que los sentimientos de vuestra ira hacia mí ocurrieran( pues percibo las causas), y por esto convoqué la asamblea, para recordar y censurar, si en algo no rectamente os irritáis conmigo o cedéis ante las desgracias». Esto, para Tucídides escribiendo sobre el hombre en forma histórica, era apropiado, pero para Pericles disculpándose ante una multitud irritada no era adecuado que se dijera, y esto en los comienzos de la apología, antes de suavizar con otros discursos las iras de los que justamente se afligían por las desgracias, habiendo sido cortada por los lacedemonios la mejor tierra, habiendo perecido mucha multitud por la peste, y habiendo proporcionado la causa de estos males la guerra, que persuadidos por él emprendieron. Y la figura no era la más apropiada para el pensamiento, la censuradora, sino la suplicante; pues no conviene a los que demagogean irritar las iras de las multitudes, sino calmarlas. A esto añade un pensamiento verdadero y expresado terriblemente, pero no útil para el momento presente:« Pues yo creo que una ciudad que se endereza entera beneficia más a los particulares que cada uno de los ciudadanos prosperando, pero fracasando en conjunto». Pues un hombre que le va bien, al destruirse la patria, no menos perece con ella, pero siendo desgraciado en una afortunada, mucho más se salva. Pues si algunos ciudadanos eran dañados privadamente, pero el común era afortunado, bien decía esto; pero puesto que todos estaban en las últimas desgracias, ya no bien. Pues ni la esperanza sobre el futuro, de que estos males serán para bien de la ciudad, tenía algo seguro; pues es oscuro para el hombre el futuro y las suertes vuelven las opiniones sobre los asuntos venideros hacia los presentes.
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A esto añade un pensamiento aún más vulgar y nada apropiado para el momento presente:« Y sin embargo, os irritáis conmigo, tal hombre, que creo no ser inferior a nadie en conocer lo que es necesario y en interpretar esto, amante de la patria y superior al dinero». Pues es sorprendente si Pericles, el mayor de los oradores de entonces, ignoraba esto, que nadie de los que tienen una mente moderada habría ignorado, que en todas partes los que no alaban con mesura sus propias virtudes parecen molestos a los que escuchan, y sobre todo en los combates ante los tribunales y las asambleas, en los cuales, ciertamente, el peligro no es por honores sino por castigos; pues entonces no solo son molestos a otros, sino también desgraciados para sí mismos al invocar la envidia de la mayoría; y cuando uno tiene a los mismos como jueces y acusadores, necesita miles de lágrimas y lamentos para esto mismo, primero, ser escuchado con benevolencia. Pero el demagogo no se contenta con esto, sino que lo elabora y parafrasea lo dicho; pues dice que el que conoce y no enseña claramente es igual que si no lo hubiera pensado, y el que tiene ambas cosas, pero es malintencionado con la ciudad, no diría nada de forma familiar; y al estar presente también esto, y siendo vencido por dinero, todo esto se vendería por uno solo. No sé quién admitiría que, como esto era verdadero, así también era apropiado que fuera dicho por Pericles ante los atenienses irritados contra ellos. Y no era la invención de los pensamientos y nociones más fuertes digna de estudio por sí misma, si no fuera también apropiada a los hechos, a los personajes, a los momentos y a todo lo demás; sino que, como dije al principio, el autor, demostrando su propia opinión que tenía sobre la virtud de Pericles, parece haber dicho esto fuera de lugar. Y debía, ciertamente, él mismo declarar lo que quisiera sobre el hombre, pero al que está en peligro devolverle los discursos humildes y suplicantes de la ira; pues esto era lo apropiado para un autor que quiere imitar la verdad.
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Molestos son también aquellos adornos juveniles de la dicción y las figuras de pensamientos muy complejas:« ir al encuentro de los enemigos y defenderse no solo con ánimo, sino también con menosprecio». Pues el ánimo nace incluso por ignorancia afortunada y en algún cobarde; pero el menosprecio, quien confía también en su juicio de que supera a los contrarios; lo cual nos pertenece.« Y la audacia, a partir de la suerte semejante, la inteligencia la hace más firme desde el orgullo; y confía menos en la esperanza, cuya fuerza está en la dificultad; pero en el juicio a partir de lo existente, cuya previsión es más segura». Pues los ánimos son más fríos y más propios de la elección de Gorgias, y la explicación de los nombres es ambas cosas sofística y sin gusto; y la audacia que« la inteligencia, a partir de la suerte semejante, la hace más firme desde el orgullo» tiene una declaración más oscura que los oscuros de Heráclito, y la« fuerza de la esperanza en la dificultad» y la« previsión más segura del juicio a partir de lo existente» está parafraseada de forma más poética; pues quiere decir que hay que confiar más en el juicio que tomamos de lo presente que en las esperanzas, cuya fuerza está en el futuro.
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Ya yo mismo había pensado también esto, que al consolar la ira que los había invadido por las desgracias presentes, de las cuales la mayoría les ocurrieron irracionales e inesperadas, y al exhortar a soportar noblemente las desgracias sin borrar la dignidad de la ciudad, y al dejar de dolerse por lo privado para ocuparse de la salvación común, y después de esto al exponer que, teniendo firmemente el imperio marítimo, no serán disueltos ni por el rey ni por los lacedemonios ni por ninguna otra nación de hombres( cuya confianza no era la presente sino la futura, ni tenía lo seguro en la previsión sino en las esperanzas), luego, olvidándose de esto, pide no confiar en la esperanza, cuya fuerza está en la dificultad. Pues son contrarias estas entre sí, si es que lo que aflige a la sensación ya estaba presente, pero la declaración de la utilidad aún faltaba. Pero como no elogio esto ni en la parte práctica ni en la léxica, así he admirado aquello como concebido con precisión, interpretado excelentemente y compuesto agradablemente; pues para aquellos a quienes ha ocurrido la elección de ser afortunados en lo demás, es mucha insensatez luchar; pero si era necesario o ceder inmediatamente obedeciendo a los vecinos o, habiendo arriesgado, prevalecer, el que huyó del peligro es más censurable que el que lo soportó; y yo soy el mismo y no me retiro, pero vosotros cambiáis, puesto que os ocurrió ser persuadidos estando intactos, pero arrepentiros estando maltratados. Y aún aquello:« Pues esclaviza el ánimo lo repentino y lo inesperado y lo que ocurre con la mayor irracionalidad; sin embargo, habitando una gran ciudad y criados en costumbres rivales a ella, es necesario querer soportar también las desgracias y no borrar la dignidad; pues en igual medida los hombres dictaminan culpar de la gloria existente a quien falta por debilidad, y odiar al que se esfuerza por audacia a la que no le corresponde». Y aún lo que despierta las almas de los atenienses hacia el ánimo patrio:« Es natural que ayudéis a la ciudad por lo que es honrado a partir del mando, por lo que os gloriáis sobre todos, y no huyáis de los trabajos, o no persigáis los honores; ni penséis que lucháis por una sola cosa, la esclavitud en lugar de la libertad, sino también por la privación del mando y el peligro de aquellos por los que os habéis hecho odiosos en el mando. Del cual ya ni siquiera os es posible retiraros, si alguien también temiendo esto en el presente se hace el valiente por inactividad. Pues ya lo tenéis como una tiranía, que parece injusto tomar, pero peligroso dejar», y las cosas semejantes a estas, cuantas tienen las alteraciones de los nombres y de las figuras moderadas y no son ni curiosas ni difíciles de seguir.
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En cuanto al discurso de Hermócrates, puedo elogiar estos logros del autor; pero no hemos venido ahora a exponer ante quienes ya lo saben cuán injusta es la ciudad de los atenienses, pues es fácil de acusar; sino mucho más a acusarnos a nosotros mismos, porque, teniendo ejemplos de los griegos de allá, de cómo fueron esclavizados por no defenderse a sí mismos, y estando ahora presentes ante nosotros los mismos sofismas— los asentamientos de los leontinos, nuestros parientes, y los auxilios de los egesteos, nuestros aliados—, no nos unimos para mostrarles con mayor determinación que estos no son jonios, ni helespontios, ni isleños, que siempre cambian de amo, ya sea un medo o cualquier otro, y se dejan esclavizar, sino que somos dorios libres que habitamos Sicilia desde el Peloponeso autónomo.¿ O esperamos hasta ser capturados ciudad por ciudad, sabiendo que solo así somos vulnerables? Pues estas cosas, dichas con el estilo claro y puro de la elocución, han adquirido también rapidez, belleza, tensión, magnificencia y fuerza, y están llenas de una pasión competitiva; cosas que uno podría usar tanto en un tribunal como en las asambleas, y al conversar con amigos. Y además de esto, aquello: si alguien siente envidia o miedo( pues ambas cosas sufren los más grandes) y, por ello, desea que Siracusa sea perjudicada para que aprendamos la lección, pero que prevalezca por su propia seguridad, no espera la voluntad de un poder humano. Pues no es posible que el mismo sea, por igual, administrador del deseo y de la fortuna. Y lo que se encuentra al final del discurso: pedimos y damos testimonio, si no logramos persuadir, de que somos objeto de intrigas por parte de los jonios, enemigos de siempre, y que somos traicionados por vosotros, dorios por dorios; y si los atenienses nos subyugan, vencerán con vuestras decisiones, pero serán honrados con su propio nombre, y no recibirán de la victoria otro premio que aquel que les proporcionó la victoria. Considero que estas cosas y las similares son bellas y dignas de emulación. Pero aquellas otras no sé cómo podría elogiarlas: pues ahora vienen a Sicilia con un pretexto, como sabéis, pero con una intención que todos sospechamos. Y me parece que no desean asentar a los leontinos, sino más bien expulsarnos a nosotros. Pues la paronomasia es fría y no provoca pasión, sino artificio. Y además, estas construcciones entrelazadas y que tienen muchas vueltas: y no fue, pues, por la libertad que ni estos de los griegos ni los griegos mismos resistieron al medo, sino por la esclavización, unos para sí mismos y no para él, y otros por el cambio de amo, no más inteligente, sino más malintencionado. Y además, el exceso de la transposición, tanto del plural al singular como del discurso sobre las personas al de la persona que habla; y si a alguien se le ha ocurrido que el siracusano no es enemigo del ateniense y considera terrible arriesgarse por mi causa, que reflexione que no lucha más por la mía, sino por la suya propia al mismo tiempo que por la mía, y tanto más seguro cuanto que, no habiendo sido yo destruido previamente, luchará teniéndome como aliado y no abandonado; y que el ateniense no debe castigar la enemistad del siracusano. Pues estas cosas son pueriles, rebuscadas y más oscuras que los enigmas que se dicen. Y además de esto, aquello: y si se equivocara en su juicio, lamentándose por sus propios males, tal vez desearía volver a envidiar mis bienes; pero es imposible para quien se ha rendido y no ha querido asumir los mismos peligros, no por los nombres, sino por los hechos. A lo cual añade una apostilla que no conviene ni a un joven: pues con palabras uno podría salvar nuestro poder, pero con hechos, su propia salvación.
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Hay también otras cosas en este discurso dignas de censura, sobre las cuales no tengo necesidad de decir más; pero creo haber dejado claro con esto lo que me propuse: que de la dicción de Tucídides, la mejor es la que se aparta moderadamente de lo habitual y conserva las virtudes primeras y necesarias, mientras que es peor la que toma una gran desviación de los nombres y figuras comunes hacia lo extraño, lo forzado y lo inconsecuente, por lo cual ninguna de las otras virtudes muestra su propia fuerza. Pues este género de elocución no es útil ni en las asambleas, donde las ciudades se reúnen para deliberar sobre la paz, la guerra, la imposición de leyes, el orden de las constituciones y los demás asuntos comunes y grandes, ni en los tribunales, donde los discursos sobre la muerte, el destierro, la infamia, las cadenas y la confiscación de bienes se dicen ante quienes han asumido la autoridad sobre estos asuntos( lo cual molesta a la multitud política, que no está acostumbrada a tales escuchas), ni en las conversaciones privadas, en las que hablamos sobre los asuntos de la vida con ciudadanos, amigos o parientes, contando algo de lo que nos ha sucedido o deliberando sobre alguna de las necesidades, o amonestando, o exhortando, o alegrándonos con los bienes o compadeciéndonos de los males; pues omito decir que ni siquiera las madres y los padres de quienes hablan así los soportarían por su desagrado, sino que, como si escucharan una lengua extranjera, necesitarían intérpretes. Esto es lo que me he convencido sobre el autor, dicho con toda verdad según mi capacidad.
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Es necesario también examinar brevemente lo que algunos dicen en su defensa, para no parecer haber omitido nada. Que este carácter no es adecuado ni para las contiendas políticas ni para las conversaciones privadas, lo admitirán todos los que no tienen la mente corrompida, sino que tienen los sentidos conforme a la naturaleza. Pero algunos sofistas no sin renombre intentan decir que este carácter no es adecuado para quienes están preparados para los encuentros con la multitud y dicen lo justo, pero que para quienes publican tratados históricos, que requieren magnificencia, solemnidad y capacidad de asombro, es sobre todo apropiado practicar esta elocución glosada, arcaizante, metafórica y alejada de las figuras habituales hacia lo extraño y excesivo. Pues no es para hombres de mercado, ni para gente de carro, ni para artesanos, ni para los demás que no participaron de una educación liberal para quienes se preparan estos escritos, sino para hombres que, a través de las disciplinas encíclicas, han llegado a la retórica y a la filosofía, para quienes nada de esto parecerá extraño. Y ya algunos han intentado decir que el autor no escribió las historias pensando en los que vendrían después de él, sino en los que vivían en su tiempo, para quienes este carácter de dicción era útil, ni para las contiendas deliberativas ni para las judiciales, en las que los que se reúnen en asamblea y los que juzgan no son como los que Tucídides supuso.
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Ante quienes creen que solo los bien educados pueden leer y comprender la dicción de Tucídides, tengo esto que decir: que eliminan de la vida común lo que es necesario y útil para todos( pues nada podría ser más necesario ni más beneficioso), haciendo que sea para muy pocos hombres, como en las ciudades gobernadas por oligarquías o tiranías; pues son pocos los que pueden comprender todo lo de Tucídides, y ni siquiera estos sin una explicación gramatical en algunos casos. Y ante quienes refieren la dicción de Tucídides a la vida antigua como si fuera habitual para los hombres de entonces, me basta un argumento breve y claro: que habiendo habido muchos oradores y filósofos en Atenas durante la guerra del Peloponeso, ninguno de ellos ha usado esta dicción, ni los oradores del círculo de Andócides, Antifonte y Lisias, ni los socráticos del círculo de Critias, Antístenes y Jenofonte. De todo esto es evidente que el hombre fue el primero en practicar esta interpretación para distinguirse de los otros autores. Cuando la usa con moderación y mesura, es admirable y no comparable con ningún otro; pero cuando la usa en exceso y sin buen gusto, sin distinguir las ocasiones ni ver la cantidad, es censurable. Yo no pretendería que el tratado histórico fuera seco, sin adornos y vulgar, sino que tuviera algo también de poético; ni tampoco totalmente poético, sino que se hubiera apartado poco de lo habitual; pues el hartazgo es molesto incluso de las cosas muy dulces, y la simetría es útil en todas partes.
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Me queda aún un argumento, el relativo a los oradores y escritores que han imitado al hombre, necesario, como cualquier otro, para la conclusión del tema, pero que nos causa cierta vacilación y mucha cautela, no sea que demos alguna ocasión de calumnia a los que están acostumbrados a difamar todo, ajena a la equidad que hemos usado tanto en los discursos como en las costumbres; ante quienes tal vez pareceremos algo envidiosos y malintencionados si presentamos a los que no han usado bien la imitación y mostramos sus escritos, sobre los cuales aquellos se enorgullecían mucho y gracias a los cuales adquirieron grandes riquezas y fueron dignos de una fama brillante. Para que no surja tal sospecha contra nosotros, dejaremos de censurar a algunos y de mencionar sus errores; pero, habiendo añadido aún poco sobre los que han tenido éxito en la imitación, pondremos fin al discurso sobre él. De los escritores antiguos, hasta donde yo sé, nadie se convirtió en imitador de Tucídides en esto, en lo que parece diferir más de los demás: en la dicción glosada, arcaizante, poética y extraña, y en las figuras hipérbatas, complejas y que quieren significar muchas cosas por truncamiento, y que reciben las comprensiones después de mucho tiempo, y además de esto, en los giros torpes y errantes, fuera de la unión conforme a la naturaleza y que no tienen lugar ni siquiera en toda la poesía, de los cuales la oscuridad, que corrompe todo lo bello y proporciona tinieblas a las virtudes, se introdujo en los discursos.
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De los oradores, Demóstenes solo, al igual que todos los demás que parecieron hacer algo grande y brillante en los discursos, se convirtió en un entusiasta de Tucídides en muchas cosas y añadió a los discursos políticos, tomándolas de aquel, virtudes que ni Antifonte, ni Lisias, ni Isócrates, los que fueron los primeros de los oradores de entonces, tuvieron: me refiero a la rapidez, las contracciones, las tensiones, lo amargo, lo vigoroso y la capacidad de despertar las pasiones; pero, al no considerar que lo glosado, extraño y poético de la dicción fuera adecuado para las contiendas verdaderas, lo omitió, y tampoco amó lo errante de las figuras fuera de la secuencia conforme a la naturaleza ni lo que parece un solecismo, sino que permaneció en lo habitual, adornando la frase con cambios, variedad y no expresando ninguna idea sin figura. Pero las ideas complejas, las que significan muchas cosas en pocas palabras, las que reciben la secuencia después de mucho tiempo y las que traen los entimemas desde lo paradójico, las emuló y las añadió tanto a los discursos deliberativos como a los judiciales, menos en los privados, pero más abundantemente en las contiendas públicas.
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Pondré ejemplos de ambos, pocos de entre muchos, suficientes para quienes han leído al hombre. Hay un discurso suyo que tiene como tema la guerra contra el rey, exhortando a los atenienses a no emprenderla precipitadamente, ya que ni su propio poder es suficiente frente al del rey, ni el de los aliados asumirá los peligros de manera fiel y segura; les exhorta a que, habiendo preparado su propio poder, sean claros ante los griegos de que soportarán el peligro por la libertad de todos, si alguien va contra ellos; pero antes de prepararse, no permite enviar embajadores a los griegos para llamarlos a la guerra, ya que no obedecerán. Habiendo tomado esta idea, la ha construido y configurado así: entonces, si hacéis lo que ahora pensamos, nadie de todos los griegos se tiene en tan alta estima que, al ver mil jinetes, tantos hoplitas como uno quiera y trescientas naves, no vendrá y pedirá, pensando que con ellos se salvará de la manera más segura; por tanto, al llamar ahora, el pedir, incluso si no tenéis éxito, es errar, pero al esperar después de haber preparado lo vuestro, es posible pedir salvarse y saber bien que todos vendrán. Estas cosas han sido cambiadas de la narración política y habitual para la mayoría, y son mejores que las del profano; sin embargo, no han sido oscurecidas ni se han vuelto ininteligibles hasta el punto de necesitar explicación. Y habiendo comenzado a hablar sobre la preparación, añade esto: lo primero de la preparación, hombres de Atenas, y lo más importante, es que estéis dispuestos de tal manera que cada uno, voluntariamente y con entusiasmo, haga lo que sea necesario. Pues veis, hombres de Atenas, que todo lo que alguna vez habéis querido y después habéis pensado que correspondía a cada uno hacerlo por sí mismo, nunca se os ha escapado; pero todo lo que habéis querido, pero después habéis mirado a los demás, como si uno mismo no fuera a hacerlo, sino que el vecino haría lo necesario, nunca os ha resultado nada. Pues también aquí la idea está tejida de forma compleja, pero se ha dicho apartándose de la comunidad hacia la dicción inusual, y se guarda lo excesivo de ellas en la claridad. Y en el mayor de los discursos contra Filipo, ha construido el comienzo mismo así: de muchos discursos que se hacen, hombres de Atenas, casi en cada asamblea, sobre las cosas que Filipo, desde que hizo la paz, no solo os hace a vosotros, sino también a los demás; y sabiendo que todos dirían, si no es que lo hacen, tanto decir como hacer para que él cese en su insolencia y pague la pena, veo que todos los asuntos han sido llevados a tal punto y abandonados, que temo decir algo blasfemo, pero verdadero: si incluso todos los que suben a hablar quisieran decir y vosotros votar aquello de lo que los asuntos iban a estar en el peor estado, no creo que pudieran estar peor que ahora. Y similares a estos son también aquellos:¿ entonces creéis que, si no le hicieron ningún mal, pero se guardaron de no sufrirlo tal vez, estos prefieren engañar más que forzar anunciándolo, y que a vosotros os hará la guerra tras un anuncio, y esto mientras os dejéis engañar voluntariamente? Y en el mejor de los discursos judiciales, el escrito sobre la corona, habiendo mencionado la capacidad de Filipo con la que había superado a las ciudades, ha configurado la idea así: y ya no añado que, de la crueldad que se puede ver en lo que Filipo se hizo dueño de algunos, otros tuvieron que probarla, pero de la filantropía que él fingía ante vosotros al envolver el resto de los asuntos, vosotros, haciendo bien, habéis recogido los frutos. Y en los que declara a los que traicionan los asuntos a Filipo como los únicos culpables de los males que han sucedido a los griegos, escribe literalmente así: y sin embargo, por Heracles y todos los dioses, si hubiera que examinar la verdad o, eliminando de en medio el mentir y decir algo por enemistad, quiénes eran verdaderamente aquellos a quienes todos podrían razonable y justamente atribuir la causa de lo sucedido, encontraríais a los semejantes a este en cada una de las ciudades, no a los míos; quienes, cuando los asuntos de Filipo eran débiles y muy pequeños, muchas veces, mientras nosotros anunciábamos, exhortábamos y enseñábamos lo mejor, abandonaban los intereses comunes por su propia codicia, engañando y corrompiendo a los ciudadanos existentes en cada lugar, hasta que los hicieron esclavos.
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Podría traer miles de ejemplos de los discursos de Demóstenes, tanto de los deliberativos como de los judiciales, que han sido construidos al margen del carácter de Tucídides, el cual tiene la desviación en la dicción común y habitual. Pero para que el discurso no me resulte más largo de lo debido, habiéndome bastado con estos, que son suficientes para confirmar lo propuesto, no dudaría en sugerir a quienes practican los discursos políticos, al menos a los que aún conservan los juicios sin distorsionar, que, usando a Demóstenes como consejero, a quien estamos convencidos de que ha sido el mejor de todos los oradores, imiten estas construcciones, en las cuales la brevedad, la capacidad, la fuerza, la tensión, la magnificencia y las virtudes afines a estas son evidentes para todos los hombres; y que no admiren ni imiten las enigmáticas, difíciles de aprender, que necesitan explicaciones gramaticales y que tienen mucho de rebuscado y de apariencia de solecismo en las figuras. Y para decirlo resumiendo, que ambos sean igualmente dignos de emulación, tanto lo que no ha sido dicho claramente por el autor como lo que ha adquirido la claridad junto con las otras virtudes, no tiene sentido; es necesario admitir que lo más perfecto es mejor que lo menos perfecto, y lo más manifiesto que lo más oscuro.¿ Qué hemos aprendido, pues, para elogiar toda la dicción del autor y forzarnos a decir que Tucídides escribió estas cosas para los hombres de su tiempo, siendo habituales y conocidas para todos, y que no tuvo en cuenta nuestro discurso, el de los que vendrían después, y por qué expulsamos de los tribunales y de las asambleas toda la dicción de Tucídides como inútil, y no admitimos que la parte narrativa de ella, salvo muy pocas, es admirable y adecuada para todas las necesidades, pero que la parte deliberativa no es toda adecuada para la imitación, sino que la parte de ella que es fácil de conocer para todos los hombres, no es posible que sea construida por todos? Tenía cosas más agradables que escribirte sobre Tucídides, excelente Quinto Elio Tuberón, pero no más verdaderas.

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