Iphigenia in Tauris
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Original / primary: Spanish Gemini
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Pélope, hijo de Tántalo, al llegar a Pisa
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con sus veloces caballos, desposó a la hija de Enómao,
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de la cual nació Atreo; y el hijo de Atreo
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fue Menelao y Agamenón; de este nací yo,
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hija de la hija de Tíndaro, Ifigenia,
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a quien, junto a los remolinos que el Euripo
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agita con sus frecuentes brisas y hace girar el mar azul,
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sacrificó mi padre por Helena, según se cree,
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para Ártemis en los célebres pliegues de Áulide.
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Pues allí, en efecto, una flota de mil naves
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reunió el rey Agamenón para los griegos,
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deseando obtener para los aqueos la corona
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de la victoria sobre Ilión y vengar el ultraje
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de los esponsales de Helena, haciendo un favor a Menelao.
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Pero al sufrir una terrible falta de vientos y de navegación,
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acudió a los sacrificios, y Calcas dijo lo siguiente:
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« Oh, tú que reinas sobre esta expedición de Grecia,
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Agamenón, no zarparán las naves de esta tierra
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hasta que Ártemis tome a tu hija Ifigenia
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sacrificada; pues lo que el año produjera
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más hermoso, prometiste sacrificarlo a la diosa portadora de luz».
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Así pues, tu esposa Clitemnestra da a luz en casa
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a una niña— aplicándome a mí el premio a la belleza—
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a la que debes sacrificar. Y mediante las artes de Odiseo
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me arrebataron de mi madre con el pretexto de las bodas con Aquiles.
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Al llegar a Áulide, la desdichada, sobre la pira,
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fui alzada en el aire y estaba a punto de ser degollada por la espada;
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pero Ártemis me robó, entregando a cambio a los aqueos
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una cierva, y a través del brillante éter
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me envió y me estableció en esta tierra de los Tauros,
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donde reina sobre bárbaros un bárbaro,
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Toante, quien, al poner su pie veloz igual a las alas,
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obtuvo este nombre gracias a su rapidez.
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Y en estos templos me hace sacerdotisa;
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de donde la diosa Ártemis se complace con los ritos
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de la fiesta, cuyo nombre es lo único hermoso—
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lo demás lo callo, temiendo a la diosa—,
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pues sacrifico, siendo la ley desde antes en la ciudad,
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a todo hombre griego que llegue a esta tierra.
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Yo inicio el rito, pero el sacrificio es asunto de otros
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inefable, dentro de estos santuarios de la diosa.
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Y las visiones que la noche recién llegada trae,
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las diré al éter, por si acaso esto es algún remedio.
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Me pareció en sueños, habiendo abandonado esta tierra,
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vivir en Argos, y dormir en medio de doncellas,
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y que la superficie de la tierra era sacudida por un temblor,
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y que huía, y al estar fuera, veía la cornisa
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de la casa desplomarse, y todo el techo ruinoso
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arrojado al suelo desde los capiteles superiores.
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Me pareció que solo una columna de la casa paterna
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había quedado, y que de sus capiteles cabellos
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rubios colgaban, y que tomaba voz humana,
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y yo, honrando este arte que tengo de matar extranjeros,
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lo rociaba como si fuera a morir,
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llorando. Y así interpreto este sueño:
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Orestes ha muerto, a quien yo inicié el rito.
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Pues las columnas de las casas son los hijos varones;
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y mueren aquellos a quienes mis aguas lustrales alcanzan.
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Tampoco puedo relacionar el sueño con mis seres queridos;
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pues Estrofio no tenía hijo cuando yo moría.
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Ahora, pues, quiero ofrecer libaciones a mi hermano,
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estando presente, aunque él esté ausente— pues esto es lo que puedo hacer—
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junto con las servidoras que me dio el rey,
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mujeres griegas. Pero,¿ por qué motivo
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aún no están aquí? Entraré dentro de la casa
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en la que habito, en estos santuarios de la diosa.
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Mira, vigila que no haya ningún mortal en el camino.
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Miro, y observo girando la vista por todas partes.
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Pílades,¿ te parece que estos son los palacios de la diosa
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adonde enviamos la nave marina desde Argos?
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A mí sí, Orestes; y tú debes estar de acuerdo.
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¿ Y el altar, donde gotea la sangre griega?
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Desde luego, tiene los cabellos rubios por las manchas de sangre.
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¿ Y ves los despojos colgados bajo las cornisas?
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Las primicias de los extranjeros muertos.
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Pero hay que hacer girar la mirada y observar bien.
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Oh, Febo,¿ a qué red me has llevado de nuevo
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con tus oráculos, después de que vengué la sangre de mi padre,
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matando a mi madre, y por las persecuciones de las Erinias
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hemos sido expulsados, fugitivos, fuera de nuestra tierra,
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y he completado muchas carreras de retorno,
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y al venir te pregunté cómo, de la locura
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que me conducía, llegaría al fin de mis trabajos,
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que sufría vagando por Grecia—
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y tú me dijiste que viniera a los confines de la tierra táurica,
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donde Ártemis, tu hermana, tiene altares,
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y que tomara la imagen de la diosa, que dicen que aquí
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cayó del cielo a estos templos;
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y que, habiéndola tomado, ya sea por artes o por alguna suerte,
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tras haber superado el peligro, la entregara
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a la tierra de los atenienses— y de ahí en adelante no se dijo nada más—
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y que, al hacer esto, tendría un respiro de mis trabajos.
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Y he venido aquí, persuadido por tus palabras,
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a una tierra desconocida, inhóspita. Y te pregunto,
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Pílades— pues tú eres mi colaborador en este trabajo—,
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¿ qué hacemos? Pues ves los muros que rodean
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los edificios, elevados;¿ escalaremos
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los muros de la casa?¿ Cómo podríamos pasar inadvertidos?
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O,¿ deshaciendo con palancas las cerraduras de bronce
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de las que nada sabemos? Si al abrir las puertas