Liber contra Constantium
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Original / primary: Spanish Gemini
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Exhortación a luchar por la fe.-- Es tiempo de hablar, porque ya ha pasado el tiempo de callar. Que se espere a Cristo, porque el anticristo ha prevalecido. Que clamen los pastores, porque los mercenarios han huido. Pongamos nuestras vidas por las ovejas, porque han entrado los ladrones y el león rugiente ronda. Salgamos al martirio mediante estas voces, porque el ángel de Satanás se ha transfigurado en ángel de luz. Entremos por la puerta, porque nadie va al Padre sino por el Hijo. Que se manifiesten los falsos profetas en su paz, porque en la herejía y el cisma se manifestarán los probados. Que se soporte la tribulación, cual no la hubo desde la creación del mundo, pero que se entienda que los días serán acortados por causa de los elegidos de Dios. Se ha cumplido la profecía que dice: Vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que, conforme a sus deseos, se amontonarán maestros que les halaguen los oídos; apartarán el oído de la verdad y se volverán a las fábulas; pero que se espere la promesa del que protesta: Bienaventurados sois cuando os maldigan, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros por causa de la justicia. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo. Pues así persiguieron a los profetas que hubo antes de vosotros. Estemos ante jueces y potestades por el nombre de Cristo, porque bienaventurado es quien persevere hasta el fin. No temamos a quien puede matar el cuerpo, pero no puede matar el alma; temamos más bien a aquel que puede matar el cuerpo y el alma en el infierno. Y no estemos solícitos por nosotros, porque los cabellos de nuestra cabeza están contados. Y sigamos la verdad por el Espíritu Santo, para que no creamos en la mentira por el espíritu de error. Y muramos con Cristo, para que reinemos con Cristo. Pues callar más tiempo es signo de desconfianza, no razón de modestia, porque no hay menos peligro en haber callado siempre que en no haber hablado nunca.
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Cómo Hilario siempre se esforzó por la paz al defender la fe. Cómo mantuvo la modestia con los adversarios.-- Yo, hermanos, como todos los que me escuchan o me conocen por familiaridad son testigos, previendo desde mucho antes el gravísimo peligro para la fe, después de los exilios de los santos varones Paulino, Eusebio, Lucifer y Dionisio, hace cinco años me separé de la comunión de Saturnino, Ursacio y Valente junto con los obispos galicanos, habiéndose concedido a los demás consortes suyos la facultad de arrepentirse, para que no faltara la voluntad de paz y para que los miembros fétidos de las enfermedades principales, que progresaban hacia la corrupción de todo el cuerpo, fueran amputados; si es que este mismo decreto, editado por los beatísimos confesores de Cristo, hubiera complacido entonces que permaneciera por nuestra parte. Quien después, compelido por la facción de esos pseudoapóstoles al sínodo de Béziers, ofrecí el conocimiento para demostrar esta herejía. Pero ellos, temiendo a la conciencia pública, no quisieron escuchar lo que yo presentaba, pensando que podían mentir a Cristo sobre su propia inocencia si, queriendo, ignoraban lo que sabían que habrían de hacer después. Y desde entonces, retenido todo este tiempo en el exilio, no decidí que debía apartarme de la confesión de Cristo, ni establecí que debía rechazarse ninguna razón honesta y probable para entablar la unidad. Finalmente, desde entonces no escribí ni dije nada maldito contra los tiempos, nada infame y digno de su impiedad contra aquella que entonces se fingía iglesia de Cristo, pero que ahora es sinagoga del anticristo; ni entretanto consideré como un crimen que alguien hablara con ellos, o que, aun suspendida la sociedad de la comunión, acudiera a la casa de oración, o esperara la paz deseada; mientras preparábamos mediante la penitencia la indulgencia del error y el retorno del anticristo a Cristo.
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Que lo que va a decir no es de impaciencia, sino de libertad cristiana.-- Si alguien prudente percibe la razón de mi silencio, ciertamente argumentará que yo, que hasta ahora he moderado la amargura de la injuria reciente, solo ahora, al fin, testificando con fiel libertad en Cristo, me he sentido incitado a escribir estas cosas, y no por algún vicio de perturbación humana. Pues no hablaré inoportunamente, yo que callé durante mucho tiempo, ni he callado sin modestia, yo que ahora hablo finalmente; ni me quejo de una injuria, yo que disimulé la reciente, y que, para que no se pensara que hablaba por mi propia causa, tanto tiempo dediqué al silencio. Ahora no tengo otra causa para hablar que la de Cristo, a quien debí incluso esto, que hasta ahora callé; y entiendo que, por lo demás, le debo no callar.
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Desea los tiempos de los perseguidores.-- ¡Y ojalá, Dios omnipotente y creador de todas las cosas, pero también Padre de nuestro único Señor Jesucristo, hubieras concedido a mi edad y a mi tiempo que yo hubiera cumplido este ministerio de mi confesión en ti y en tu unigénito en los tiempos de Nerón o de Decio! Ni yo, ardiendo en el Espíritu Santo por la misericordia del Señor y de tu Hijo Dios Jesucristo, habría temido al potro, yo que sabía que Isaías fue aserrado; ni habría temido los fuegos, entre los cuales recordaba que los jóvenes hebreos habían cantado; ni habría evitado la cruz y la fractura de mis piernas, después de recordar al ladrón trasladado al paraíso; ni habría temblado ante la profundidad del mar y la resaca absorbente del Ponto, cuando me habías enseñado a través de Jonás y Pablo que para los fieles hay vida en el mar. Pues contra enemigos declarados, ese combate habría sido feliz para mí; porque no quedaría duda de que eran perseguidores quienes obligaban a negarte con penas, hierro y fuego; ni nos sería lícito dedicarte más a ti para testificar que nuestras propias muertes. Pues lucharíamos abiertamente y con confianza contra los que niegan, contra los que torturan, contra los que degüellan; y los pueblos tuyos, como a sus líderes, nos acompañarían en la religión de la confesión mediante el conocimiento de la persecución pública.
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Cómo es la persecución de Constancio.-- Pero ahora luchamos contra un perseguidor engañoso, contra un enemigo halagador, contra Constancio el anticristo: quien no golpea las espaldas, sino que acaricia el vientre; no proscribe para la vida, sino que enriquece para la muerte; no empuja a la libertad mediante la cárcel, sino que honra con la servidumbre dentro del palacio; no atormenta los costados, sino que ocupa el corazón; no corta la cabeza con la espada, sino que mata el alma con el oro; no amenaza públicamente con fuegos, sino que enciende el infierno en privado. No lucha para no ser vencido, sino que adultera para dominar. Confiesa a Cristo para negarlo; procura la unidad para que no haya paz; comprime las herejías para que no haya cristianos; honra a los sacerdotes para que no sean obispos; construye los techos de la iglesia para destruir la fe. Te lleva en sus palabras, te lleva en su boca; y hace absolutamente todo para que no se crea que tú eres Dios de tal manera, como Padre.
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Hilario se purga de la sospecha de maledicencia.-- Cese, pues, la opinión de las maldiciones y la sospecha de mentira. Pues a los ministros de la verdad les conviene proferir cosas verdaderas. Si decimos cosas falsas, que sea infame el discurso maldiciente; pero si demostramos que todas estas cosas son manifiestas, no estamos fuera de la libertad y modestia apostólicas al argumentar estas cosas después de un largo silencio. Pero quizás alguien me considerará temerario porque diré que Constancio es el anticristo. Quienquiera que juzgue esto como petulancia más que como constancia, que relea primero que Juan dijo a Herodes: No te es lícito hacer esto; que sepa que un mártir dijo al rey Antíoco: Tú, ciertamente, inicuo, nos destruyes de la vida presente, pero el Rey del mundo nos resucitará a la vida eterna en la resurrección a nosotros que morimos por sus leyes; y de nuevo, que otro increpó con voz beata y fiel: Teniendo potestad entre los hombres, siendo corruptible, haces lo que quieres; pero no pienses que nuestro linaje ha sido abandonado por Dios. Soporta pacientemente y mira cómo su gran potestad te atormentará a ti y a tu descendencia. Y ciertamente así los niños. Pero una mujer no habló menos que los varones perfectos y beatos, diciendo: Tú, en verdad, que te has hecho inventor de toda malicia contra los hebreos, no escaparás de la mano de Dios. Pues si el Señor se ha airado un poco con nosotros vivos por causa de la increpación y corrección, pero de nuevo se reconciliará con sus siervos. Esto no es temeridad, sino fe; ni inconsideración, sino razón; ni furor, sino confianza.
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Constancio es comparado con Nerón, Decio, etc.-- Proclamo ante ti, Constancio, lo que habría dicho a Nerón, lo que Decio y Maximiano habrían escuchado de mí: Luchas contra Dios, te enfureces contra la Iglesia, persigues a los santos, odias a los predicadores de Cristo, eliminas la religión, ya no eres tirano de las cosas humanas, sino de las divinas. Estas cosas son para ti, por mi parte y por la de ellos, socias y comunes; pero ahora recibe las tuyas propias. Te finges cristiano, eres un nuevo enemigo de Cristo; te anticipas al anticristo y obras los misterios de sus secretos. Escondes la fe, viviendo contra la fe. Eres doctor de los profanos, indocto de los piadosos; das obispados a los tuyos, cambias a los buenos por los malos. Envías a los sacerdotes a custodia, dispones tus ejércitos para el terror de la Iglesia, convocas sínodos y obligas a la fe de los occidentales a la impiedad, aterrorizas con amenazas a los encerrados en una sola ciudad (Rímini), los debilitas con el hambre, los acabas con el invierno, los depravas con la disimulación. Nutres, como artífice, las disensiones orientales, atraes a los blandos, instigas a los fautores; eres perturbador de los antiguos, profano de los nuevos. Realizas todas las cosas más crueles sin la envidia de las muertes gloriosas. Vences al diablo con un nuevo e inaudito triunfo de ingenio, y persigues sin martirio.
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Las reliquias de los mártires son venerables: su virtud.-- Más debemos a vuestra crueldad, Nerón, Decio, Maximiano. Pues vencimos al diablo a través de vosotros. La sangre santa de los beatos mártires ha sido recogida por todas partes, y sus huesos venerables son testimonio cotidiano: mientras en ellos rugen los demonios, mientras se alejan las enfermedades, mientras los cuerpos se elevan sin lazos, y a las mujeres suspendidas por los pies no se les caen las vestiduras sobre la cara, mientras los espíritus son quemados sin fuegos, mientras los atormentados confiesan sin interrogatorio, mientras todo se hace no menos con provecho del que examina que con incremento de la fe. Pero tú, el más cruel de todos los crueles, te enfureces contra nosotros con mayor daño y menor perdón. Te deslizas con el nombre, matas con el halago, realizas la impiedad bajo apariencia de religión, extingues la fe de Cristo como un mentiroso predicador de Cristo. No dejas a los miserables ni siquiera excusas, para que ante su juez eterno soporten las penas y algunas cicatrices de los cuerpos desgarrados, para que la debilidad defienda la necesidad. El más malvado de los mortales, temperas todos los males de la persecución de tal manera que excluyes tanto el perdón en el pecado como el martirio en la confesión. Pero esto lo enseñó aquel padre tuyo, artífice de las muertes humanas: vencer sin contumacia, degollar sin espada, perseguir sin infamia, urdir sin sospecha, mentir sin inteligencia, profesar sin fe, halagar sin bondad, hacer lo que quieras sin manifestar lo que quieras.
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El nombre del Señor en las palabras de Constancio, no en sus hechos. Introduce a un Dios falaz.-- Pero el mismo Dios unigénito, a quien persigues en mí, me advirtió que no te creyera, y que este nombre falaz y fingido en ti no me engañara, diciendo: No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, este entrará en el reino de los cielos. ¿Reconoces ahora la verdad de la profecía divina en ti y la fe de la sentencia dominical, por la cual no se admite la profesión del nombre en el reino celestial, sino la obediencia a la voluntad paterna? Pero mira tú, si prefiriendo el nombre del Señor en las palabras, realizas la voluntad de Dios Padre en los hechos. Él clama: Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido; y tú decretas que no es Hijo, ni que hay Padre; sino que introduces, nuevo perseguidor de la religión divina hoy, nombres de adopción, denominaciones externas y un Dios que simula todo sobre sí mismo. Antes tus padres fueron enemigos solo contra Cristo; tú, en cambio, luchas contra Dios Padre, para que sea mentiroso, para que haya engañado, para que haya profesado sobre sí mismo lo que no era, como si ni siquiera pudiera ser. El Hijo clama: Yo y el Padre uno somos; y: Creed en mis obras, porque el Padre está en mí y yo en el Padre; y: Todo lo que es del Padre es mío; tú reprendes a Cristo por la verdad, tú acusas al Padre por la profesión. Enmiendas a Dios, hombre, moderando la vida con la corrupción, iluminas la noche con la luz, promulgas la fe siendo infiel, mientes la piedad siendo impío y comprometes al orbe de la tierra con una profana simultaneidad, negando esto sobre Dios, que él mismo profesó sobre sí.
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La vestidura de oveja de Constancio.-- Pero además de esta enmienda de la falsedad, el Señor me enseñó otra cosa que debía decir para entenderte, diciendo: Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces; por sus frutos los conoceréis. Pues hay algo en el corazón que se disimula en el rostro y está velado en la mente; y pensando que era oveja, sintieron al lobo. Si hacen lo que es de las ovejas, que se crea que son ovejas; pero si realizan la obra de los lobos rapaces, se entiende por su obra que son lobos; y por el fruto de los hechos se argumenta la especie de las vestiduras. Vemos la vestidura de oveja tuya, lobo rapaz. Cargas lo santo de Dios con el oro de la república, y lo ofreces a Dios ya sea sustraído de los templos, o publicado por edictos, o exigido por penas. Recibes a los sacerdotes con un beso, con el cual también Cristo fue traicionado; sometes tu cabeza a la bendición para pisotear la fe; te dignas de un banquete, del cual Judas salió para la traición; remites el censo de las cabezas, que Cristo pagó para no ser escándalo; das tributos, César, para invitar a los cristianos a la negación; relajas lo que es tuyo para que se pierda lo que es de Dios. Estas, falsa oveja, son tus vestiduras.
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Los hechos del lobo. Qué sufrió Alejandría, qué Tréveris, qué Milán, qué Roma, qué Tolosa.-- Pero ahora escucha los frutos de tus obras, lobo rapaz. Ni yo refiero otras cosas preferiblemente a las que han sido hechas en la Iglesia, ni presentaré otra tiranía que la de Dios. No me quejo porque ignore la causa, pero la queja es famosa: que los obispos ordenados por ti no lo son, a quienes nadie se atrevía a condenar, incluso ahora escritos en los frentes eclesiásticos con el título de condenación a las minas. Está conmigo Alejandría, tan sacudida por las guerras, temiendo tanto el tumulto de las expediciones movidas. Pues se ha luchado más brevemente contra el persa que contra ella. Cambiados los prefectos, elegidos los líderes, corrompidos los pueblos, movidas las legiones, para que Cristo no fuera predicado por Atanasio. Callo sobre los pueblos y ciudades menores, a los cuales por todo Oriente les espera el terror o la guerra. Después de que has reunido todas las armas contra la fe de Occidente y has convertido tus ejércitos contra las ovejas de Cristo: a mí me fue lícito huir bajo Nerón. O tú relegaste a Paulino, varón de beata pasión, solicitado por el halago, y despojaste a la santa iglesia de Tréveris de tal sacerdote. Aterrorizaste la fe con edictos. Lo cambiaste hasta la muerte con exilios y lo fatigaste, lo relegaste incluso fuera del nombre cristiano, para que no tomara pan ni de tu granero, ni esperara el profanado del antro de Montano y Maximila. ¡A la piadosísima plebe milanesa que tú turbaste con el furor de tu terror! Tus tribunos llegaron a los santos de los santos y, abriéndose camino con toda crueldad a través del pueblo, arrastraron a los sacerdotes del altar. ¿Te consideras, malvado, haber pecado más levemente que la impiedad de los judíos? Ellos ciertamente derramaron la sangre de Zacarías; pero, en cuanto está en ti, has separado de Cristo a los incorporados a Cristo. Vertiste después tu guerra hasta Roma, arrebataste de allí al obispo (Liberio): y ¡oh, miserable de ti, que no sé si con mayor impiedad lo relegaste que lo enviaste de vuelta! ¡Qué furores ejerciste después en la iglesia de Tolosa! Clérigos golpeados con garrotes, diáconos aplastados con plomo, y manos lanzadas contra el mismo Cristo, como los santos entienden conmigo. Estas cosas, Constancio, si yo miento, eres oveja; pero si tú las realizas, eres el anticristo.
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Sobre el sínodo de Seleucia.-- Ahora, porque estas cosas, que son tenidas por la conciencia pública, no han sido dichas por mí más como maldiciones que como verdades; si alguien tiene alguna esperanza restante en Cristo, si alguien teme el día del juicio, si alguien ha renunciado al diablo, si alguien recuerda que ha sido regenerado a la vida, que reciba lo que digo y juzgue sobre estas cosas con el juicio con el que debe ser juzgado en sí mismo. Pues lo que voy a decir, no lo conocí por otra parte, sino que yo mismo lo escuché y estuve presente cuando se realizaban. En Cristo, pues, no miento, porque soy discípulo de la verdad, testigo también ahora de la verdad. Asisto al sínodo de los orientales en Seleucia, donde encontré tantos blasfemos como le placía a Constancio. Pues en la primera sesión se descubrió en él que ciento cinco obispos predicaban el homoeusion, es decir, de esencia similar, y diecinueve profesaban el anomoeusion, es decir, de esencia disímil, y solo los egipcios, además del hereje alejandrino (Jorge), mantenían constantísimamente el homousion. Por tanto, obligando el conde Leonas (el tercer día del concilio), todos fueron congregados en uno. De estos, que predicaban el homoeusion, algunos presentaban piadosamente algunas cosas en palabras: que también era de Dios, es decir, el Hijo de la sustancia de Dios, y que siempre había existido. Los que, en cambio, defendían el anomoeusion, no afirmaban nada más que lo más profano: negando que algo pudiera ser similar a la sustancia de Dios, ni que pudiera existir generación de Dios, sino que Cristo era criatura; de modo que lo que fue creado, eso se le imputara como nacimiento; y que era de la nada; y por tanto, que no era Hijo, ni similar a Dios.
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Blasfemias recitadas públicamente.-- Hablo, en cambio, a vosotros lo que yo mismo escuché recitar públicamente en la asamblea, lo que se tenía recogido predicando el obispo de Antioquía. Estas cosas, pues, se conmemoraban que fueron dichas por él: «Dios era, lo que es. No era Padre, porque tampoco tenía Hijo; pues si es hijo, es necesario que también haya mujer, y coloquio, y sermoneo, y conjunción conyugal de la palabra, y halago, y finalmente una maquinilla natural para engendrar». ¡Oh, mis oídos miserables, que escucharon el sonido de una voz tan funesta, que estas cosas se digan de Dios por un hombre y se prediquen de Cristo en la iglesia! Después de muchas impiedades de este tipo, cuando hubo comparado al Padre y al Hijo más por los nombres que por la naturaleza, dijo: «Pues cuanto el Hijo se extiende a conocer al Padre, tanto el Padre se sobreextiende para no ser conocido por el Hijo». Recitadas estas cosas, surgió un tumulto.
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En qué sentido condenan la disimilitud los que niegan la similitud.-- Pero cuando entendieron también estos, que dicen que Dios es disímil, que los oídos humanos no iban a aceptar palabras de tanta impiedad; de nuevo estos mismos, más falaces que obispos de la Iglesia, escriben la fe, condenan el homousion y el homoeusion y la disimilitud. Lo cual, siendo contrario a ellos mismos en el sentido de los oyentes, yo mismo, a uno de ellos que por casualidad se había acercado a tentarme, como si ignorara las cosas hechas, le pregunté qué significaba eso, que quienes habían condenado que el Hijo fuera de una sola sustancia con el Padre, o habían denegado que fuera de sustancia similar, condenaran la disimilitud. Entonces me dijo: «Que Cristo no es similar a Dios, sino que es similar al Padre». De nuevo esto me parecía aún más oscuro. Sobre lo cual, cuando pregunté de nuevo, entonces habló así: «Digo que él es disímil a Dios, que puede entenderse que es similar al Padre; porque el Padre habría querido crear una criatura de este tipo, que quisiera cosas similares a sí; y por tanto, que es similar al Padre, porque era hijo de la voluntad más que de la divinidad; disímil, en cambio, a Dios, porque no era Dios, ni había nacido de Dios, es decir, de la sustancia de Dios». Al escuchar esto, me quedé atónito, y no lo creí, hasta que públicamente, por consenso de todos ellos, se predicó la razón de esta similitud tan profanísima.
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Los condenados dominan de nuevo.-- Estos, en cambio, que predicaban el homoeusion, condenaron a todos aquellos que, mayormente sin ninguna vergüenza de impiedad, decían estas cosas impudentísimamente. Los condenados volaron hacia su rey; y recibidos honoríficamente, confirmaron sus impiedades con toda la ambición que pudieron, negando que fuera similar a Dios, o nacido de Dios, o que fuera Hijo natural. Pocos dominaron a muchos. Constancio extorsionó las cosas de su blasfemia con el miedo al exilio. Gloriándose de que ya había vencido a los orientales, porque había sometido a diez legados a su voluntad, y habiendo amenazado tanto al pueblo a través del prefecto como a los obispos dentro del palacio, fortificó con la comunión herética a los obispos heréticos subrogados por las mayores ciudades de Oriente. No hizo absolutamente otra cosa que entregar al diablo el orbe de la tierra, por el cual Cristo sufrió.
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Constancio prohíbe malamente las palabras no escritas. Él mismo admite las no escritas.-- Pero utiliza incluso ahora, como en las demás cosas antes, la costumbre de su arte, para que confirme las cosas depravadas mediante la apariencia de lo recto y establezca las cosas insanas mediante el nombre de la razón. «No quiero», dice, «que se digan palabras que no están escritas». Esto, finalmente, pregunto: ¿quién se lo ordena a los obispos? ¿Y quién prohíbe la forma de la predicación apostólica? Di primero, si piensas que debe decirse rectamente: No quiero nuevas comparaciones de medicamentos contra nuevos venenos, no quiero nuevos consejos contra nuevos enemigos, nuevas guerras, no quiero consejos recientes contra nuevas insidias. Pues si los herejes arrianos evitan hoy el homoeusion porque antes lo negaron, ¿no lo rechazas tú hoy para que estos también ahora lo nieguen? El Apóstol manda evitar las novedades de voces, pero las profanas; ¿tú por qué excluyes las piadosas? Especialmente cuando ha sido dicho por él: Toda Escritura inspirada divinamente es útil. En ninguna parte lees escrito "innascibilem" (no nacido); ¿acaso por esto habrá que negarlo, porque es nuevo? Decretas que el Hijo es similar al Padre. Los Evangelios no lo predican; ¿qué es lo que no rechazas esta voz? En una cosa se elige la novedad, en otra se aparta. Donde se abre la ocasión de la impiedad, se admite la novedad; donde, en cambio, está la mayor y única cautela de la religión, se excluye.
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Las Escrituras transmiten que el Hijo es igual al Padre.-- Pero no callaré la sutilidad engañosa de tu ingenio diabólico. Decretas que se predique que el Hijo es similar al Padre, lo cual no está escrito, para que calles que Cristo es Dios igual, lo cual sí está escrito. Pues esta es la causa de la muerte del Señor: Por esto los judíos buscaban más matarlo, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios. Juan, hablando con gran voz, proclamaba esto: para que, habiendo profesado el Hijo que Dios era su Padre, se entienda que se profesó igual a Dios. Pero si por casualidad dices que Cristo se negó la igualdad a sí mismo y a Dios, porque dijo: El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que viere hacer al Padre; recuerda que Cristo también respondió sobre el sábado, que se le acusaba de haber violado, para que en esto mismo prefiriera la autoridad del Padre que obraba en él, y que había asumido para sí la igualdad de virtud y honor: Todo lo que el Padre hace, eso mismo también el Hijo lo hace de igual manera; y de nuevo: Para que honren al Hijo como honran al Padre; y: El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. Si la virtud es la misma, si el honor es el mismo, pregunto: ¿en qué falta la igualdad?
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Uno por naturaleza.-- Pero te place la similitud; ¿acaso no escuchas: Yo y el Padre uno somos? ¿Acaso el Señor denegó también esto de que somos uno, en lo cual no se dejaba ni unión ni diversidad, cuando los judíos calumniaban de nuevo que por este dicho se hacía Dios, diciendo: Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, y no queréis creerme, creed al menos a mis obras, porque el Padre está en mí y yo en el Padre? ¿Qué pregunto, falta a la igualdad de Dios? ¿Acaso la obra? ¿Acaso la naturaleza? ¿Acaso la profesión? Pues el Padre está en mí y yo en el Padre. Es igualdad: la cual expresó la vicisitud de la igualdad, mientras que el estar dentro y el ser es común. Hacer, en cambio, las obras de su Padre, no es otra cosa que obrar en sí mismo la virtud de la divinidad paterna. El que sean uno, esto es no abjurar de la igualdad, sino instruir la fe de la igualdad mediante el incremento de la inteligencia.
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En la misma forma y gloria.-- Prohíbes, pues, que se digan cosas no escritas; y tú, sin embargo, usas cosas no escritas, ni hablas las que están escritas. Quieres que se predique que el Hijo es similar al Padre, para que no escuches del Apóstol: El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo. No arrebata lo que era Cristo, es decir, ser en forma de Dios. No hay igualdad de Dios en ser en forma de Dios, si no hay igualdad de hombre en ser en forma de siervo. Pero si en forma de siervo Cristo es hombre, ¿qué otra cosa es en forma de Dios, sino que Cristo es Dios? Por tanto, quieres que se predique similar por esa razón, para que no esté en tu fe: Y toda lengua confiese que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre.
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La profesión es dolosa, similar según las Escrituras.-- ¡Oh, falaz halago tuyo! Pues cubres las aguas con paja, ocultas los fosos con céspedes y pones lazos con cebos. Crees que satisfaces a los ignorantes porque dices que es similar al Padre según las Escrituras. Escucha también ahora el arte de tu impiedad. ¿Acaso no decimos piadosamente que el hombre es similar a Dios según las Escrituras, porque se dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza? El hombre, pues, es a imagen y semejanza de Dios Padre y de Dios Hijo. Y qué clase de imagen es, si los católicos son requeridos, lo enseñarán. Ahora, en cambio, el hombre es creado a semejanza e imagen de Dios; no se predica también la semejanza dentro del Padre y del Hijo. Pues eso que dice "nuestra" es demostración de igualdad, mientras no difiera de quién es imagen y semejanza en el sacramento.
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Del Hijo en ninguna parte se predica mera similitud.-- Del Hijo, en cambio, en ninguna parte encontrarás similitud. El Apóstol dice que él es imagen de Dios, pero con el aditamento de la fe, para que no sintieras la imagen como conformación. Pues dice: El cual es imagen de Dios invisible; para que la imagen del Dios invisible, también por aquello que él mismo es invisible, fuera imagen del Dios invisible. La semejanza, en cambio, junto con la imagen, la deputó al hombre respecto a Dios, para que no se considerara que la propiedad de la verdad era aquella a la cual se había adjuntado la semejanza a la imagen. Finalmente, donde se iguala a la significación de la virtud, y se demuestra la similitud en el Hijo de obrar, cuando se predica el progreso de la inteligencia, entonces se dice así: Todo lo que hace el Padre, eso mismo también el Hijo lo hace de igual manera. Hacer de igual manera pareció poco, a menos que se hicieran las mismas cosas que se hacían similares. Y así la similitud de hacer fue demostrada piadosamente en la propiedad de los hechos mismos. Hay, además, similitud en el Señor de la carne de pecado; pero para él no es similitud de carne, sino similitud de carne de pecado; para que lo que está en forma de Dios sea hombre; lo que, en cambio, está en semejanza de carne de pecado, sea semejanza de hombre, mientras está en la estatura de hombre y está fuera del pecado del hombre. ¿Qué profesión astuta de tu religión es, pues, decir que el Hijo es similar al Padre según las Escrituras, cuando el hombre solo fue hecho a imagen y semejanza de Dios? ¿Por qué, pues, engañas con palabras? ¿Por qué eludes con arte? ¿Por qué no dices piadosamente que es igual a Dios (pues esto es según las Escrituras)?
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Habiendo preferido la igualdad del Hijo, se puede predicar la similitud.-- Pero ¿temes que, diciendo igual, signifiques "innascibilem" (no nacido)? Pero entiende la verdad, que de aquí se entendió que es igual a Dios, porque profesó que Dios era su propio Padre; y protestar que Dios es su propio Padre es demostración de nacimiento. Para mí, ciertamente, la similitud, para que no se dé ocasión a la unión, es santa; pero para ti no debe ser concedida por mí, porque confesaré piadosamente después que es igual, el mismo y similar. Similar, en cambio, al Padre, similar también a Dios, lo predicaré religiosamente; similar, en verdad, de tal manera que anteponga siempre a la similitud este dicho: Yo y el Padre uno somos; tú, en cambio, contradices todas estas cosas, porque defiendes la similitud con una excusa. Niegas al Hijo por el nacimiento, niegas a Dios por la naturaleza, niegas que sea similar por la igualdad, niegas que sea verdadero por la unidad. Y ahora pregunto: ¿qué le dejas de similitud a aquel a quien no le atribuyes ninguna propiedad por la cual es Hijo?
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La inconstancia de Constancio en la fe.-- Esto es lo que ahora te reclamo, Constancio: en qué fe crees finalmente. Pues recorro ahora los tiempos de tu mudanza, en los cuales, descendiendo hasta lo más profundo del abismo de tu blasfemia, has corrido por grados precipitados. Pues, tras la primera fe, verdaderamente la del sínodo de Nicea, al congregarse de nuevo el concilio de Antioquía, te renuevas la fe. Pero te sucede lo que suele suceder a los constructores inexpertos, a quienes siempre les desagrada lo suyo: que siempre destruyes lo que siempre edificas. Y para que no me acuses de ser un juez injusto de tu voluntad, te diré qué es lo que te desagrada en esa misma fe de la Dedicación. Si no me engaño, es aquello que es tuyo: «Que fue engendrado del Padre, Dios de Dios, todo de todo, uno de uno, perfecto de perfecto, rey de rey, imagen inconvertible, inmutable de la divinidad y de la esencia, de la virtud y de la gloria». Yo, ciertamente, fundado y permaneciendo en la fe escrita por los padres en Nicea, no necesito esto; pero tú, al enmendarlo, lo rescindes, y sin daño para mi fe, buscas para ti una ocasión de perfidia. Después del sínodo de Sárdica, mueves de nuevo todo tu cuidado de la doctrina católica contra Fotino en Sirmio. Pero inmediatamente te horroriza esto, que estaba contenido en ambas fes: «A aquellos, sin embargo, que dicen que el Hijo de Dios es de lo que no existe, o de otra sustancia, y no de Dios, y que hubo algún tiempo o siglo cuando no existía, la santa y católica Iglesia los reconoce como ajenos». Disientes de los tuyos y, como enemigo, te rebelas contra los tuyos. Con novedades subviertes lo antiguo, rescindes las novedades mismas con una enmienda nuevamente innovada, y lo enmendado lo condenas de nuevo al enmendarlo. Aceptas también, contra los delirios de Osio y los incrementos de Ursacio y Valente, las condenas de tus enmiendas: pero pronto estableces que todas tus cosas deben ser enmendadas, o más bien, condenadas. Pues te ofendes por estas pocas palabras, enemiguísimas para ti: «Y si alguien dijera que el Padre es mayor en tiempo que el Hijo unigénito, y el Hijo menor que el Padre, sea anatema».
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No hay fe donde no hay una sola.-- No nos quejamos de lo rescindido, sobre lo cual nos quejamos más bien de lo instituido después del sínodo de Nicea. Pues aunque se afirmara que en todo esto no subyace ningún vicio, no habría en ello causa de voluntad religiosa: porque la mudanza de los bienes es meditación del mal; y una enmienda no necesaria es ocasión de perversidad. Callo por qué rescindes lo que nuestros padres hicieron en Nicea; pues no estás de acuerdo con ellos: solo pregunto esto, ¿por qué condenas lo tuyo? Pues el Apóstol predica una sola fe y un solo bautismo; ahora bien, cualquier cosa que haya entre vosotros fuera de la fe única, es perfidia, no fe. Pues quien condena la fe al enmendarla, establece que es una condena de la fe; mientras que entre vosotros es abolida por otra, la cual a su vez debe ser abolida por otra.
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Ninguno, según los arrianos, está ya libre de culpa.-- ¿De qué obispo has dejado, desde entonces, la mano inocente? ¿A qué lengua no has forzado a la falsedad? ¿Qué corazón no has mudado para la condena de una sentencia anterior? Decides condenar el homousion, fe de la antigüedad y seguridad de la piedad. Has establecido que sea anatematizado el homoeusion por aquellos mismos por quienes fue usurpado: lo cual, aunque para nosotros es ocioso para la fe, sin embargo, para quienes lo rescinden, es la condena de su propia fe. Condenas también el nombre de sustancia, con el cual mentías a los occidentales que eras piadoso tanto en el sínodo de Sárdica como en el de Sirmio: lo cual, sin embargo, aceptado por autoridad profética, contenía la inteligencia de la fe. Por tanto, ordenas condenar todo lo que antes fue aprobado; obligas a santificar lo que siempre fue desaprobado. ¡Oh, malvado tú, que haces un escarnio de la Iglesia! Solo los perros vuelven a su vómito: tú has obligado a los sacerdotes de Cristo a resorbere lo que habían escupido. Les ordenas probar en sí mismos, con sus confesiones, lo que antes habían condenado: al negar, absuelven a sus reos y se hacen reos a sí mismos. Has empujado todo a la impiedad y a la culpa: mientras todos establecen que son reos e impíos, ya sea por los presentes o lo confiesan por los pasados. La verdad no recibe la mentira, ni la religión tolera la impiedad.
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La violencia de Constancio contra los orientales y los africanos.-- Te dices cristiano: pero tú mismo testificas cuánto no lo eres: ni tus actos concuerdan con tu profesión. Pues has sometido a tu voluntad a los obispos orientales; y no solo a tu voluntad, sino también a la violencia. Ordenas que se te devuelvan las suscripciones de los africanos, con las cuales habían condenado la blasfemia de Ursacio y Valente. Amenazas a los que se resisten, y finalmente envías a otros a saquearlos. ¿Qué? ¿Crees que Cristo no juzga sino a través de la letra, y que Dios necesita un papel para argüir la voluntad? ¿O que lo que una vez fue escrito, y por ti violentamente arrebatado, puede ser abolido de la conciencia de la potestad divina? Los papeles te seguirán ciertamente hasta las cenizas, pero las condenas de los criminales vivirán ante Dios. Solo logras una cosa: que la posteridad esté instruida, temiendo, sobre lo que debe decidir contra ellos.
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Los arrianos declaran la guerra a los muertos. ¡Y oh, con cuántos incrementos avanzas hacia la impiedad! Y los demás mortales siempre han hecho la guerra con los vivos, mientras que para el hombre no hay causa contra el hombre más allá de la muerte: para ti, en cambio, no hay fin a las enemistades. Pues hostigas a nuestros padres, ya recibidos en el descanso eterno, e irrumpes perverso en sus decretos. El Apóstol nos enseñó a comunicar con los recuerdos de los santos: tú has obligado a condenarlos. ¿Hay alguien hoy, vivo o muerto, cuyas palabras no hayas rescindido? Has suprimido por completo los episcopados mismos que ahora se ven: porque no hay nadie que no haya sido ya condenado por sí mismo, y que él mismo no haya condenado ya a aquel de quien recibió el sacerdocio. ¿Con quién se comunicará ahora el recuerdo de los santos? Anatema para ti son los trescientos dieciocho obispos que se reunieron en Nicea: anatema, después, todos los que estuvieron presentes en las diversas exposiciones desde entonces. Tu propio padre, ya muerto hace tiempo, es también anatema para ti, a quien el sínodo de Nicea fue motivo de cuidado, el cual tú perturbas, infamado por falsas opiniones, y contra el juicio humano y divino impugnas con tus pocos satélites profanos. Pero no te es lícito ahora, con tu reino poderoso, prejuzgar también para el futuro. Pues existen cartas en las que se enseña que aquello que tú consideras criminal fue entonces piadosamente aceptado. Escucha la santa inteligencia de las palabras, escucha la imperturbada constitución de la Iglesia, escucha la fe profesada por tu padre, escucha la seguridad confiada de la esperanza humana, escucha el sentido público de la condena herética, y entiende que eres enemigo de la religión divina, enemigo de los recuerdos de los santos y heredero rebelde de la piedad paterna.
27.2
Aditamento de los libros sobre la Trinidad.
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Del lib. II de Trin., núm. 6. El Padre es aquel de quien consiste todo lo que es. Él mismo es en Cristo y por Cristo el origen de todas las cosas. Por lo demás, su ser está en sí mismo: no tomando de otra parte lo que es, sino obteniendo de sí y en sí lo que es; infinito, porque él mismo no está en algo, sino que todas las cosas están dentro de él; siempre fuera de lugar, porque no está contenido en un lugar; siempre antes del tiempo, porque el tiempo es de él. Corre con el sentido si crees que hay algo último en él, siempre lo encontrarás: porque cuando siempre intentes, siempre hay algo que intentar. Pero intentar siempre su lugar es para ti de tal manera que para él ser sin fin es. El discurso fallará en él, la naturaleza no será cerrada. Vuelve a recorrer los tiempos, siempre encontrarás el ser: y cuando el número de los cálculos falle en el discurso, sin embargo, para Dios el ser siempre no falta. Mueve la inteligencia y abarca todo con la mente; no tienes nada. Todo esto tiene un resto, pero este resto está siempre en el todo. Por tanto, no es todo aquello a lo que le queda un resto; ni es resto aquello a lo que es todo lo que es el todo. Pues el resto es una porción; el todo, en cambio, es lo que es el todo. Dios, sin embargo, está en todas partes, y está todo en todas partes. Así excede la región de la inteligencia, fuera del cual no hay nada, y cuyo ser es siempre para que siempre sea. Esta es la verdad del sacramento de Dios, este es el nombre de la naturaleza inescrutable en el Padre. Dios invisible, inefable, infinito: ante quien el discurso calle para ser elocuente, y el sentido se debilite para investigar, y la inteligencia se estreche para abarcar.
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Del lib. III de Trin., núm. 18. Queriendo, pues, el Hijo dar fe de este su nacimiento, nos puso ejemplos de sus hechos, para que por la eficacia de sus gestos inenarrables fuéramos enseñados sobre la virtud del nacimiento inenarrable: cuando el agua se hace vino, cuando cinco panes, saciados cinco mil hombres, excepto el sexo y la edad restante, llenan doce cestos con fragmentos. La cosa se ve y no se conoce; se hace y no se entiende; la razón no se aprehende, el efecto se ingiere. Es estúpido, sin embargo, intentar una calumnia de investigación en aquello en lo que no puede ser comprendido por su propia naturaleza aquello sobre lo que se pregunta. Pues así como el Padre es inenarrable en cuanto que es ingénito; así el Hijo no puede ser narrado en cuanto que es unigénito; porque el que es engendrado es imagen del ingénito. Pues cuando aprehendemos la imagen con el sentido y las palabras, es necesario que también alcancemos a aquel de quien es imagen. Pero perseguimos lo invisible e intentamos lo incomprensible, con lo cual la inteligencia se estrecha a las cosas conspicuas y corpóreas; no nos sonrojamos de estupidez, no nos acusamos a nosotros mismos de irreligiosidad, calumniando los arcanos de Dios, las virtudes de Dios. Preguntamos cómo es el Hijo, y de dónde es el Hijo, y con qué daño del Padre, o de qué porción nació. Habías tenido en el ejemplo de las operaciones, para que creyeras que Dios puede hacer aquello cuya eficacia no puedes entender.
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Del núm. 19 del mismo libro. Preguntas cómo nació el Hijo según el Espíritu: yo te pregunto sobre cosas corpóreas. No pregunto cómo nació de la virgen: si la carne, engendrando de sí una carne perfecta, sufrió detrimento de sí misma. Y ciertamente no asumió lo que produjo: sino que la carne llevó adelante la carne sin la vergüenza de nuestros elementos, y ella misma engendró lo perfecto de lo suyo sin ser disminuida. Y ciertamente sería lícito no opinar como imposible en Dios lo que reconocemos que fue posible en el hombre por su virtud.
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Del núm. 20. Pero a ti, quienquiera que seas, que buscas lo investigable y eres un grave árbitro de los secretos y virtudes divinas, te consulto para que a mí, ignorante, y que solo creo sobre todas las cosas de Dios tal como han sido dichas por él, me aportes al menos la razón de este hecho. Escucho al Señor, y porque creo en lo que está escrito, sé que después de la resurrección se mostró frecuentemente para ser visto en el cuerpo a muchos que no creían; ciertamente a Tomás, que no creería si no hubiera palpado sus heridas, como dice: Si no viere en sus manos la figura de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. El Señor se acomoda a toda la debilidad de nuestra inteligencia, y para satisfacer la duda de los infieles, obra el arcano de la virtud invisible: expón la razón del hecho, quienquiera que seas, escrutador de las cosas celestiales. Los discípulos estaban encerrados y se habían sentado juntos en secreto después de la pasión del Señor. El Señor asiste para confirmar la fe de Tomás con las condiciones propuestas, ofreció la facultad de palpar el cuerpo y tocar la herida: y ciertamente, para que sea reconocido quien fue traspasado, es necesario que haya traído el cuerpo en el que fue traspasado. Pregunto, pues, por qué partes de la casa cerrada se introdujo corporalmente. Pues el Evangelista lo expresó diligentemente, diciendo: Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se puso en medio de sus discípulos. ¿Acaso penetrando la construcción de las paredes, atravesó la sólida naturaleza impenetrable de las maderas? Pues se puso corporalmente, no simulado ni falso. Sigan, pues, los ojos de tu mente el ingreso del que penetra, y con él entre la vista de tu inteligencia en la casa cerrada. Todo está íntegro y cerrado: pero he aquí que asiste en medio, para quien todas las cosas son accesibles por su virtud. Calumnias lo invisible: yo te exijo la razón de lo visible. Nada cede de lo sólido, ni por su naturaleza admiten las maderas y las piedras algo como un deslizamiento insensible. El cuerpo del Señor no falta a sí mismo para retomarse de la nada: ¿y de dónde está el que asiste en medio? Ceden ante esto tanto el sentido como el discurso, y la verdad del hecho está fuera de la razón humana. Por tanto, pues, así como nos engañamos sobre el nacimiento, así mintamos también sobre el ingreso del Señor. Digamos que el hecho no ocurrió, porque no aprehendemos la inteligencia del hecho: y cesando nuestro sentido, que cese el efecto del hecho mismo. Pero la fe del hecho vence nuestra mentira. El Señor se puso en medio de los discípulos estando la casa cerrada: y el Hijo nació del Padre. No niegues que se puso, porque por la debilidad de la inteligencia no alcances el ingreso del que está presente: no ignores que de Dios Padre ingénito y perfecto nació el Hijo unigénito y perfecto Dios, porque la virtud de la generación excede el sentido y el discurso de la naturaleza humana.
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Del núm. 21. Y todas las obras del mundo podrían estar presentes para nosotros en testimonio, para que no creyéramos lícito dudar sobre las cosas y virtudes de Dios. Pero nuestra infidelidad corre hacia la verdad misma, e irrumpimos violentos en la destrucción de la potestad de Dios. Si fuera lícito, levantaríamos también los cuerpos y las manos al cielo, perturbaríamos el sol y los demás astros de sus límites del curso anual, mezclaríamos los descensos y accesos del Océano, inhibiríamos también los flujos de las fuentes y haríamos retroceder las naturalezas de los ríos, sacudiríamos los fundamentos de la tierra y desaforaríamos con todo el parricidio contra estas obras de Dios. Pero es bueno que la naturaleza de los cuerpos nos detenga dentro de esta necesidad de modestia. Ciertamente no nos engañamos sobre lo que, si fuera lícito, estaríamos a punto de hacer: pues porque podemos, con la audacia profana de la voluntad, arrancamos la naturaleza de la verdad y comparamos la guerra con los dichos de Dios.
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Del lib. II de Trin. n. 9. Cese el dolor de las quejas. Pues a ti, quienquiera que seas que buscas esto, no te llamo a lo excelso, no te tiendo a la amplitud, no te conduzco a lo profundo. ¿No ignorarás con ecuanimidad el nacimiento del Creador, ignorando el origen de la criatura? Esto al menos reclamo: ¿sientes que has sido engendrado y entiendes lo que es engendrado de ti? No pregunto de dónde has extraído el sentido, de dónde has obtenido la vida, de dónde has adquirido la inteligencia, cuál es lo que está en ti, el olor, el sentido, la vista, el oído; ciertamente nadie desconoce lo que hace: pregunto de dónde concedes esto a aquellos a quienes engendras, cómo insertas el sentido, enciendes los ojos, fijas el corazón. Narra esto, si puedes. Tienes, pues, lo que desconoces, y atribuyes lo que no entiendes: ignorante con ecuanimidad en lo tuyo, insolente en las cosas de Dios.