Sermo de dedicatione ecclesiae
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Original / primary: Spanish Gemini
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Sermón sobre la dedicación de la iglesia
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Puesto que, por la propicia Divinidad, amadísimos hermanos, celebramos las solemnidades de la dedicación de la Iglesia, debemos estar en consonancia con la solemnidad que honramos, de modo que, así como hemos pasado la noche con vigilias alegres según la costumbre, adornando con esmero las paredes de esta misma Iglesia, encendiendo numerosas luces, aumentando el número de lecturas y añadiendo la melodía de los Salmos, así también adornemos siempre el interior de nuestros corazones con los ornamentos necesarios de las buenas obras. Que siempre crezca en nosotros la llama de la piedad divina y de la caridad fraterna; que siempre resuene en el santuario de nuestro pecho el recuerdo de los preceptos celestiales y la santa dulzura de la alabanza angélica. Estos son, en efecto, los frutos del buen árbol, este es el tesoro del buen corazón, estos son los fundamentos del sabio Arquitecto que la lectura del Santo Evangelio de hoy nos recomienda: que no tengamos solo la forma, sino más bien la virtud de la piedad; lo cual también la mística historia del antiguo testamento insinúa diligentemente, cuando Moisés construyó el tabernáculo o Salomón el templo para el Señor como tipo de la Santa Iglesia; pues se dice que ambas casas fueron fundadas firmemente: el Tabernáculo, que tenía paredes hechas de tablas sobre bases de plata, y el templo, sobre piedras cuadradas colocadas en el fundamento. También las maderas eran incorruptibles, de las cuales estaba hecho todo el Tabernáculo y el Templo estaba adornado por dentro, y brillaba techado por encima. También ofrecían el mejor oro del buen tesoro, con el cual estaban revestidas las paredes por dentro y por fuera, y no solo las paredes del Templo, sino también los artesonados, las vigas, las puertas, los postes y los pavimentos estaban cubiertos. Pero también los vasos o utensilios de ambas casas eran casi todos de oro, y no estaba permitido que se hicieran sino de oro purísimo. También los frutos de los árboles que se ofrecían en la casa del Señor debían ser purísimos y exquisitos. Esto es, de la vid, del olivo, del incienso, de la mirra o del estacte, y de otras cosas por el estilo: las cuales, entendidas espiritualmente, denuncian la verdadera sinceridad de nuestra Fe y de nuestra obra. Pues ambas casas, como hemos dicho, prefiguran la Iglesia Universal. Y nadie considere incongruente que se hayan hecho dos casas del Señor en el misterio, cuando ningún fiel duda de que la Iglesia es la única casa de Cristo. Pues se construyeron dos casas para significar que ambos pueblos, es decir, el judío y el gentil, vendrían a la misma Fe. De donde bien el pueblo judío solo construyó el Tabernáculo en el desierto. Pero la estructura del Templo la completaron con fe devota los prosélitos y los advenedizos de entre los gentiles, cuantos pudieron encontrarse entonces en el pueblo. Pero también el poderosísimo Rey, ayudado por los artesanos prestados por Salomón desde Tiro y por las maderas, ayudó con gratitud, porque, sin duda, antes de la encarnación del Señor, Dios era conocido solo en Judea. Pero después de que Él, resucitado de entre los muertos en la carne en la que nació y sufrió, y exaltado como Dios sobre los cielos, la gloria de su nombre resplandeció inmediatamente sobre toda la tierra, y el orbe entero acudió a la edificación de aquella casa y recibió de Él la promesa de los dones celestiales. Narra, pues, la Escritura que el Rey Salomón ordenó que tomaran piedras grandes para los fundamentos del Templo y las escuadraran. Las piedras grandes y preciosas, que colocadas en el fundamento soportan todo el peso del Templo puesto sobre ellas, insinúan a los insignes Doctores de la santa Iglesia, grandes por la excelencia de sus méritos, preciosos por la claridad de sus signos, quienes, escuchando la palabra del mismo Señor, engendraron con su predicación toda la fábrica de la Iglesia creciente. Piedras que, ciertamente, el Rey ordenó escuadrar para señalar que los maestros de la Iglesia deben ser de costumbres compuestas e inamovibles de ánimo. Pues así como lo cuadrado, hacia dondequiera que se gire, se mantendrá en pie, así, sin duda, la vida de los perfectos, que ha sido dirigida solícitamente hacia la línea de la verdad, no sabe ser derribada de su estabilidad por ningún impulso de las tentaciones. El Templo de Dios estaba construido de mármol de Paros, es decir, de piedra blanca, para expresar el candor de la castidad eclesiástica, de lo cual dice el Señor en el Cantar de los cantares: Como el lirio entre los espinos, así mi amada entre las hijas. Tenía el mismo 60 codos de longitud, 30 codos de anchura, 40 codos de altura. La longitud del Templo designa, pues, la fe de la santa Iglesia, por la cual soporta con longanimidad las adversidades de los malvados entre sus buenas obras: la anchura, la caridad, por la cual ella misma se expande interiormente por las entrañas de la piedad: la altura, la esperanza, por la cual, a causa de las buenas obras que se realizan por la caridad, se esperan los premios de la vida celestial. Y bien la longitud es de 60 codos. Pues con el número seis suele designarse la perfección de las buenas obras, porque también Dios hizo el ornamento del mundo en seis días; y seis son las edades de este siglo, en las cuales la santa Iglesia se aplica a las obras piadosas para el descanso eterno. Bien 20 son los codos de anchura, porque el precepto de la caridad es doble, ya que la Iglesia se dilata en la tribulación, cuando cada perfecto debe amar también al creador con todo su corazón, con toda su alma, con toda su fuerza, y al prójimo como a sí mismo. Bien 30 son los codos en altura, porque toda la esperanza de los Elegidos se apresura hacia la visión de la santa Trinidad, ejercitándose y purificándose cuanto puede. Debe notarse, ciertamente, que los 30 codos de altura no pertenecían hasta la cumbre suprema del templo, sino hasta los artesonados del templo; luego, hasta los artesonados del tabernáculo medio, se elevaban otros 30 codos de altura. Además, el cenáculo terrenal que restaba tenía 60 de anchura, y así toda la altura de la casa se extendía en 120 codos. La casa anterior, pues, se eleva 30 codos en altura, porque la Iglesia presente se suspende con toda intención para ver la apariencia de la Santa Trinidad. La casa superior se eleva igualmente otros 30 codos, porque las almas de los perfectos, liberadas de los cuerpos, disfrutan de la visión presente de la misma bienaventurada e indivisa Trinidad hasta el día del Juicio universal. La casa suprema tiene 60 codos de altura, porque todos los elegidos, resucitados de entre los muertos, se alegrarán en la contemplación de su mismo creador, que es un solo Dios en tres personas, con la inmortalidad eterna tanto del espíritu como de la carne. Se hizo una pared media en el templo de tablas de cedro de 20 codos de altura, que dividiera el oráculo en el Santo de los Santos; desde la parte anterior del templo tenía 20 codos de longitud, 20 codos de anchura y 20 codos de altura. Además, el templo mismo ante las puertas del oráculo era de 15 codos, en el cual estaban las mesas y el candelabro de oro. Pero también el altar de oro cerca de la puerta del Oráculo, para que, al quemarse en él el incienso, el vapor del humo ascendente cubriera el oráculo, donde estaba el arca del Testamento, sobre la cual estaban los Querubines de la gloria que cubrían el Propiciatorio. La casa anterior, pues, designa el estado de la Iglesia anterior; la interior, el ingreso a la vida celestial. De donde rectamente se hicieron las mesas y los candelabros para la anterior, porque, sin duda, en esta vida tenemos necesidad de la luz de las santas Escrituras y del refrigerio de los Sacramentos celestiales: en el futuro, sin embargo, no necesitaremos tales subsidios, donde, según la voz del Salmista, quienesquiera que aparezcan con justicia, se saciarán con la gloria manifiesta del Señor. En esta vida, pues, los corazones de los justos, como el altar de oro del incienso, resplandecen espléndidos por la limpieza de la santidad. Están llenos de los aromas de los deseos espirituales, arden con el incendio del amor continuo y, como puestos para la entrada celestial, emiten el suavísimo vapor de su oración entre los santos de los santos celestiales, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios, a quien designa muy claramente el arca del Testamento, que estaba dentro del velo; en la cual había una urna de oro que tenía el Maná, y la Vara de Aarón, que había florecido, y las Tablas del testamento. Pues la misma Arca designa la naturaleza de su humanidad; la urna del maná, la plenitud de la divinidad; la Vara de Aarón, la potencia inviolable de su sacerdocio; las Tablas del testamento designan que Él es quien estableció la ley, y quien también dará la bendición a aquellos que cumplen la ley. Bien, pues, el Templo ante las puertas del Oráculo era de 15 codos de longitud, puesto que todavía en esta vida es necesario ser castigado con ayunos y continencia, para que parezcamos llegar a la saciedad de la dulzura interna; pues todo el que quiere entender rectamente el ayuno de cuarenta días de Moisés, o de Elías, o del mismo Señor, entiende que con este número se señala el castigo de la vida presente. Bien el mismo Oráculo, en el que estaba el Arca, que era cubierta por los Querubines de la gloria, tenía 20 codos de longitud, anchura y altura, número que insinúa, como hemos dicho, la perfección de la doble dilección, porque todo lo que se hace en esta peregrinación por Dios, todo esto se perfecciona en aquella mansión de la patria perenne, donde su magnificencia es ensalzada por la continua alabanza de los buenos espíritus, en la sola amplitud de la dilección. Esto, amadísimos, nos ha placido exponer a vuestra fraternidad, para el gozo de nuestra fiesta presente, sobre la construcción del templo, de entre muchas cosas, para que tanto la admirable fábrica de la casa terrenal deleitara a los oyentes, como estas mismas cosas, entendidas espiritualmente, elevaran nuestras mentes más ardientemente al amor de la morada celestial. Pero también, habiéndose expuesto de este modo la dedicación y la fiesta subsiguiente, la Escritura concluyó así: Y Salomón despidió a los pueblos, los cuales, bendiciendo al Rey, se fueron a sus tiendas, alegres y con corazón alacre por todos los bienes que el Señor había hecho a David su siervo y a Israel su pueblo: Pues el Señor, una vez cumplido el don de la redención, despedirá a sus elegidos a las tiendas eternas, alegres; no los alejará ya más de su presencia, sino que, desde el peligro del juicio, que sabemos que debe hacerse en el aire, según enseña el Apóstol, los introducirá en la morada de la Patria celestial, para que cada uno reciba, según sus méritos, la sede prometida del reino celestial. Bien se dice, pues, que bendiciendo al Rey se fueron a sus tiendas, porque esta es, sin duda, la única ocupación, la más tranquila y la más fiel, de los ciudadanos celestiales: decir himnos de gracias a su creador; de aquí, pues, está escrito: Bienaventurados los que habitan en tu casa, por los siglos de los siglos te alabarán: alegres en el tiempo, y con corazón alacre por todos los bienes que el Señor había hecho a David su siervo y a Israel su pueblo. Pues los justos, alegres por los bienes que reciben del Señor, entran en las tiendas de las mansiones celestiales, porque, aunque hayan sido graves, aunque hayan sido largos los trabajos de este siglo, sin duda es breve y ligero todo lo que termina en la bienaventuranza eterna. De donde es necesario, amadísimos, que en la edificación de la Casa de Dios cada uno de nosotros insista, exhortando, suplicando, increpando, esforzándose él mismo en obras piadosas, cuanto pueda, no sea que, si el Rey celestial viera a alguien ahora ocioso en la obra de su templo, lo deje excluido en el tiempo de la futura dedicación de su gran solemnidad. Esforcémonos con el auxilio mutuo de la caridad, para que, encontrándolos a todos vosotros con corazón alacre e incansables en las obras que Él mismo ordenó, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina con el Padre Dios en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos, los introduzca a todos a los premios de su perpetua visión que prometió. Amén.