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De cognitione baptismi
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Original / primary: Spanish Gemini
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PREFACIO.
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La autoridad de la institución divina y la antigüedad de la sagrada paternidad, a través de la Escritura —que, como dice el Apóstol, es divinamente inspirada y útil—, han obtenido mediante el don de la redención y han afirmado mediante el espíritu de adopción que la Iglesia católica nace por la fe, crece por la instrucción y permanece en la eternidad por la gloria de la remuneración, puesto que el mismo Espíritu inspiró esta Escritura para la salvación de los hombres, a quienes condujo hacia los premios de la bienaventuranza. El origen de esta santa Iglesia en los hombres comenzó figuradamente en el tiempo, pero se perfeccionará en la eternidad del don. En los santos ángeles, en cambio, comenzó temporalmente en la especie de la verdad y permanece perpetuamente en la especie de la verdad. Pues fue fundada espiritualmente de tal modo que, tras la ruina de la prevaricación, al ser percibida en la solidez de su amor al Creador, no creciera por el aumento de su propia naturaleza, sino que consistiera reparada por la aportación de la salvación humana. En la condición angélica, dado que algo cayó en parte, el resto de la gloria permaneció en la perennidad. En la condición humana, sin embargo, dado que toda la naturaleza del hombre pereció por el engaño del enemigo, no podía ser reparada en ninguna parte a menos que la verdad del Redentor la hubiera asumido por completo para su reparación. De ahí resultó que el poderoso Creador reparara la ruina angélica desde donde el piadoso Redentor, asumiendo en sí la naturaleza que debía ser reparada, introdujo allí la humana. Reinando, pues, Dios en el cielo y en la tierra, cuyo reino es todo el mundo, que consta de cielo y tierra, a quien sirve toda la sustancia de toda cosa celeste, terrestre e infernal, por quien ya consiste aquella parte bienaventurada de la patria celestial sin defecto, hacia cuyo progreso asciende diariamente la naturaleza humana en los elegidos. Pues el Verbo de Dios Padre, y esto mismo Dios, por quien fueron hechos los ángeles y todas las cosas, se hizo carne en los hombres como cabeza de la Iglesia, él que era el principio de la criatura angélica, y por consiguiente, así como Dios y hombre en la unidad de persona es una sola cabeza, Cristo, así para él habría un solo cuerpo de la Iglesia compuesto de ángeles y hombres. De donde la gloriosa piedad y la piadosa gloria de esta Iglesia se regocija en los ángeles que perseveran y anhela en los hombres que han de ser promovidos. En aquellos celebra la alabanza del Creador, en estos asume la gloria del Redentor. En aquellos tiene gozo sin fin, en estos desea gozar sin fin. En aquellos se alegra en la estabilidad, en estos en la adquisición. Allí es sólida en los ciudadanos, aquí alegre en los advenedizos. Allí descansa en la seguridad, aquí es prospectada desde la solicitud. La salvación es para aquellos, y para estos la eternidad es reparación. Y así como aquellos ni querrán jamás pecar ni podrán, así estos, salvados del querer como del poder pecar, son añadidos por el efecto de la redención a su plenitud de claridad. Ya por la prenda del Espíritu Santo, concretada en la piadosa mezcla de la futura unidad, cuando sostiene firmemente con el sufragio del consuelo angélico aquello que tolera en los hombres por la adversidad, para que en la peregrinación de esta vida la ayuda angélica abrigue a aquellos a quienes espera la unidad de su gloriosa sociedad. La parte de esta Iglesia que es convocada en este tiempo, para que se haga lo que se dice: "Congréganos de entre las gentes, para que confesemos tu santo nombre y nos gloriemos en tu alabanza", en cuyo orden, según la tradición apostólica y la antigua de los santos Padres, así como la institución promulgada por autoridad divina, es invitada a venir, siendo recibida ordenadamente al venir, promovida a las sagradas órdenes al ser recibida, y colmada con la gracia de la santificación al ser promovida, permanece reunida, dispuesta y concretada en la serie del presente libro, no proponiendo cosas desconocidas por nuestras novedades, sino desvelando las advertencias de los antiguos para la inteligencia o anotándolas para la memoria. Por cuya razón hemos decidido inscribir el título de esta obra como Anotaciones sobre el conocimiento del bautismo.
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CAPÍTULO PRIMERO. Exordio de la oración.
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Jesús, hijo de David, ten piedad de mí, iluminando mis ojos para que vea lo que debo alcanzar de ti; afirmando en ti mis pasos para que no me desvíe del camino; abriendo mi boca para que pueda hablar de ti, tú que me diste el querer hablar de ti como pueda. Y puesto que el amor al prójimo se adhiere a tu amor, dame ejercer su utilidad, que forme la salvación para él y llegue a la alabanza y gloria de tu nombre.
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CAPÍTULO II. Que se insinúa el deseo de decir el misterio de la nueva regeneración.
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Me esforzaré en seguir y explicar en sus órdenes aquella generación que se hace de la futura generación divina, para que los hombres nacidos en la ira renazcan a la gracia, por la cual los hijos de la ira pasan a la adopción de los hijos de Dios, por la cual, liberados del reino del pecado, son trasladados al reino de la gloria de Dios, para que todo el que ha de ser bautizado en el santo lavacro vea por qué signos de misterios es llamado; para que todo el que ya está bautizado recuerde qué premios de los sacramentos debe guardar y venerar; en la medida en que, mientras se sabe que las figuras de tan gran misterio fueron señaladas anteriormente, se sepa después que los sacramentos de esas mismas figuras han sido completados en la gracia eterna.
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CAPÍTULO III. Que uno solo es Dios, la Trinidad entera.
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Dios es uno, invisible, incomprensible, inestimable, inmortal, omnipotente, perfecto y sempiterno. En esto no hay nada adventicio, nada posterior, nada que se retire. Él está antes de todas las cosas, sobre todas las cosas, dentro de todas las cosas, fuera de todas las cosas. Este Dios es Padre, y Hijo, y Espíritu Santo. Pero el Padre no es de nadie, sino de sí mismo; y es solo Padre. El Hijo ha nacido del Padre, coeterno a él; y es solo Hijo. El Espíritu Santo procede inseparablemente del Padre y del Hijo, y es solo Espíritu Santo. Esta Trinidad entera es un solo Dios, no teniendo una cosa y subsistiendo otra. Pero es simple porque lo que tiene en sí, eso es. Pues no le sucede a él ningún bien por cuya participación esté compuesto; sino que, como de él es todo bien, lo que es en sí mismo, eso es verdaderamente de todas formas.
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CAPÍTULO IV. Que toda la Trinidad, un solo Dios, hizo todas las cosas.
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Esta Trinidad entera, un solo Dios, hizo todas las cosas visibles e invisibles, ya sea el cielo y la criatura angélica celestial con todo lo que se contiene en el cielo, ya sea la tierra y el mar con todo lo que se contiene en ellos. Este Dios creó todas las cosas, contiene todas las cosas, gobierna todas las cosas, dispone todas las cosas por la administración de su providencia, rige todas las cosas. Todas las cosas le sirven. Él mismo juzga todas las cosas. Sin él no hay nada bueno. De él no hay nada malo. Él es poderoso para hacer el bien incluso del mal. Él es quien dispersa todo mal. Él es el donante de todo bien. Él es quien conserva perpetuamente todo bien.
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CAPÍTULO V. Que el hombre fue bien creado por Dios y mal engañado por el diablo.
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Tras la creación de las demás cosas, el hombre fue creado bienaventurado por Dios en buena condición, y ciertamente tan bienaventurado que, hecho a imagen y semejanza de Dios, existía como superior a todas las cosas terrenales por la autoridad de la bienaventuranza. Un ángel, envidiándolo por esto, fue arrojado por su soberbia de la claridad de la gloria celestial y, mientras se ensoberbecía contra el Señor Creador, engañó a este hombre creado con el fraude de su persuasión. El hombre, engañado, fue hecho exiliado del lugar de la bienaventuranza por causa de la transgresión cometida y fue condenado con toda la posteridad de su linaje a la sentencia de muerte.
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CAPÍTULO VI. Que la piedad del Creador precedió a la culpa del hombre.
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La piedad del Creador, estableciendo que este debía ser salvado por su eterna misericordia, fijó los misterios de la salvación en los mismos primordios de su condición, como componiendo los fundamentos de la piedad, por cuyos sacramentos de los misterios el que debía ser salvado pudiera encontrar alguna vez el remedio de la salvación señalada, y así la piedad del Hacedor precediera a la culpa del hombre, y cuando llegara la plenitud del tiempo, la antigüedad de la piedad reparara la caída de la condición humana y de ahí elevara aquella eternidad de la gloria futura, desde donde había señalado los sacramentos de su redención en los primordios de la condición.
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CAPÍTULO VII. Formación de la Iglesia del costado de Cristo a semejanza de la formación de Eva del costado de Adán.
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Adán, pues, fue figura de Cristo, y Eva de la Iglesia. Se tomó barro y el primer hombre, Adán, fue hecho en alma viviente. Cristo se encarnó y fue hecho el segundo hombre, Adán, en Espíritu vivificante. Adán se durmió en el sueño. Cristo descansó en la muerte. Se sustrae una costilla a Adán y se forma la mujer. Del costado de Cristo se produce sangre y agua, y con estos sacramentos se forma la santa Iglesia. No se quita carne de la carne del varón, pues permaneciendo la fuerza de los huesos del varón, la mujer, más blanda, debería ser formada más bien por la blandura de la carne; pero el hecho de que la fortaleza del hueso se sustraiga al varón es la debilidad de la divinidad, de la cual se dice: "El Verbo se hizo carne"; el hecho de que la mujer sea formada de la fortaleza del hueso del varón es lo que sigue: "Y habitará entre nosotros". Pues quitar algo de la virtud del varón es esto: "Se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo"; que la mujer sea compuesta de la fortaleza del varón es esto: "Siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para que nosotros nos enriqueciéramos con su indigencia". Por tanto, lo que él debilitó en la humildad de su deidad, eso fue fortalecido en la Iglesia mediante la asunción de la humanidad en él. Bien, pues, la débil mujer es formada de la virtud del varón, porque tras la caída de la culpa, la deforme condición humana no recibiría la imagen de su Hacedor si el piadoso Redentor no la hubiera renovado al morir; ni la débil y abyecta se elevaría a la virtud del espíritu si la divinidad humilde y debilitada no la hubiera erigido.
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CAPÍTULO VIII. Que en el exordio de los primeros hombres fue prefigurada tanto la encarnación como la muerte de Cristo.
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Esta suma de la figura de la salvación la señaló la especie de la mujer mediante la gloria de la Virgen, cuando se dijo a la serpiente: "Pondré enemistades entre ti y su linaje"; significando que la malicia de la parte diabólica no puede adherirse al sacramento de la redención, que se realizó mediante el hombre asumido del vientre de la Virgen. De donde todavía se añade: "Ella aplastará tu cabeza, y tú acecharás su calcañar". Esto se entiende de Cristo, que es el fruto del vientre virginal de María. Es decir: tú, por la malicia de los perseguidores, que son tu linaje, cuyos corazones habitas, lo suplantarás para que muera; y él, resucitando, aplastará tu cabeza, que es la muerte, y a ti mismo, que tienes el imperio de la muerte. Esta humildad del Redentor hasta la asunción de la muerte la figuró el fratricidio que pronto siguió, cuando Caín, el hermano mayor, entregado a las obras terrenales, levantándose contra su inocente compañero por causa de un sacrificio sencillo, lo mató fuera de casa con ruda crueldad como un nuevo homicida, significando que el pueblo de los judíos, nacido primero en la ley, mataría a Cristo, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, fuera de Jerusalén en el patíbulo de la cruz.
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CAPÍTULO IX. Que toda la Trinidad obró la encarnación de Cristo, pero solo la persona del Hijo la asumió.
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Este misterio de la santa redención, opulento en copiosa misericordia y prefigurado en la condición de los primeros hombres, lo cumplió el Hijo de Dios viniendo en la plenitud de los tiempos, cuya venida fue la verdad de la operación de su encarnación. Esta verdad de la encarnación la obró toda la Trinidad, porque las obras de la Trinidad son inseparables; sin embargo, solo la persona del Hijo la asumió, puesto que todo lo que por esta dispensación pertenece a la persona de Cristo no podrá pertenecer de ninguna manera ni a la persona del Padre ni a la del Espíritu Santo. Pues no es lícito decir que el Padre y el Espíritu fueron engendrados de la Virgen, o colgados en la cruz, o encerrados en el sepulcro, cosas que en la sola persona de Cristo se han completado con una dispensación congruente y evidente. Este misterio de la redención humana, dispuesto por la eternidad de su deidad, Cristo, que debía completarlo con la presencia de la humanidad asumida, lo perfeccionó al final de los siglos tal como lo ordenó antes de los siglos. Nada fue inventado por novedad de consejo, nada fue asumido por acceso de nuevo pensamiento, sino que fue prefijado por eterna disposición y perfeccionado por dispensación temporal.
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CAPÍTULO X. Que la ley fue dada para que Dios volviera al conocimiento del hombre.
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Por tanto, al género humano, porque había dado al olvido al Creador, le fue dada la ley, por la cual el Creador de todas las cosas fuera devuelto al pensamiento de la criatura que perdía a Dios; y se dijo por la misma ley: "Escucha, Israel: el Señor Dios tuyo es un solo Dios, etc.". Con lo cual fueron eliminadas las supersticiones, por las cuales se adoraba a la criatura en lugar del Creador, y fue demostrado patentemente el único Dios que debía ser verdaderamente adorado.
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CAPÍTULO XI. Sobre los tiempos bajo cuya distinción permaneció el siglo.
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El siglo permaneció, pues, en los hombres bajo una triple distinción de tiempos. El hombre permanecerá en un cuarto orden en la bienaventuranza de los siglos. Primero sumamente infeliz, segundo no plenamente feliz, tercero abundantemente feliz, cuarto feliz con suma y eterna felicidad. Primero sumamente infeliz, porque el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, teniendo como príncipe a su engañador, el diablo, sirviendo al reino del pecado, adorador de ídolos, impíamente dedicaba a las criaturas el honor debidamente debido solo al Creador. Segundo no plenamente feliz, porque ciertamente se dio la ley para el conocimiento de Dios, pero no pudo conducir a la justicia de Dios. Pues si la justicia viene de la ley, entonces Cristo murió en vano. Fue dada para la inteligencia, no para el perdón del pecado. Pues por ella el pecado conocido fue castigado, no sanado. Fue dada ciertamente en la sanción de hostias y ceremonias, para que fueran ofrecidas a Dios, tal como Dios había sancionado, y no como los gentiles sacrificaban inmolando a los demonios. Sin embargo, esta observancia de la ley aprovechó mucho a los hombres en su tiempo por el conocimiento de Dios. Pero no trajo la felicidad plena porque no llevó nada a la perfección. Seguía, pues, el tiempo en el que la felicidad comenzada por la letra pudiera ser perfecta por la inteligencia del espíritu. En este tiempo de gracia, que es el tercero, fue abundantemente feliz, cuando Cristo, figurado en todas aquellas sagradas hostias, fue mostrado sin vacilación; cuando a las sombras sucedió la luz, a lo incierto la verdad, a las figuras la ostensión, a lo oculto la revelación, a la ley el evangelio, al temor de los siervos la gracia de los hijos, y a todo lo que la letra había ensombrecido, una manifestación espiritual gratísima y abierta. El cuarto es aquel insigne de la beata eternidad, en el que, vencidos todos los adversarios, el hombre alabará a Dios seguro en la tranquilidad de la incorrupción. Por tanto, en el estado del mundo... ha sido traído. No fue plenamente feliz el tercero bajo la gracia, en el que Cristo nos lavó de nuestros delitos en su sangre; y abundantemente feliz permanece aquel último, que es también eterno, en el que alabaremos a Dios por los siglos de los siglos.
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CAPÍTULO XII. Sobre el esfuerzo de ejecutar los órdenes.
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Ahora, pues, favoreciendo Dios, cuya obra de misericordia deseamos conocer en la salvación humana, ejecutemos oportunamente en sus órdenes el efecto mismo de la salvación que se realiza mediante la regeneración de la gracia con el sacramento de la redención, tal como lo sancionaron tanto la autoridad divina como la antigüedad paterna.
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CAPÍTULO XIII. Que en los mismos exordios de las causas se conoce que comenzó la instauración humana, en las cuales se contiene su restauración.
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El exordio de la regeneración, cuya especie se realizó en la plenitud de los tiempos, comenzó desde el inicio de los tiempos. Pues la eterna Sabiduría estableció de tal modo la figura de los sacramentos en los exordios de las cosas, que la significación ordenada desde la antigüedad llegara al fin de los tiempos en las eficiencias de las acciones. De donde, puesto que el sacramento de esta regeneración consistía en agua y espíritu, la institución de las causas perfeccionó la especie de aquella operación cuando se dice: "Y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas", para que en los exordios de esas mismas causas se muestre que la instauración fue figurada en estas cosas.
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CAPÍTULO XIV. Sobre Juan y el bautismo de penitencia, cuyo signo son las esteras de cilicios, por las cuales los niños son llevados a ser ungidos.
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Viniendo, pues, el Señor a cumplir la suma de nuestra salvación, no para sí sino para nuestro provecho, asumió en sí y santificó por sí el sacramento del bautismo, enviando por delante a Juan, cuyo bautismo fuera figura de la verdad, no la verdad, quien amonestara a los pecadores a la penitencia, no quien trajera la remisión a los pecados, diciendo el mismo Juan: "Yo bautizo en agua en penitencia". De aquí es, pues, que los niños son llevados a los sacerdotes sobre esteras de cilicios para ser ungidos, para que tengan el signo de la penitencia por la obra, ellos que no pueden demostrar obras de penitencia por el tiempo de su edad. Los mayores de edad, en cambio, cuando comienzan a ser llamados a la fe, exhiben por sí mismos la penitencia de los errores antiguos en los que vivieron generalmente o sirvieron a los ídolos. Esta eficacia de la penitencia la recomendaba Juan, cuando se dice de él: "Vino a toda la región del Jordán predicando el bautismo de penitencia para la remisión de los pecados". De donde aparece abiertamente que Juan no solo predicó el bautismo de penitencia, sino que también lo dio, pero no pudo darlo para la remisión de los pecados. Y por consiguiente, puesto que no podía dar el bautismo que resolviera los pecados, lo predicaba; para que, así como el Verbo encarnado del Padre precedía con la palabra de la predicación, así el bautismo de penitencia, por el cual se resuelven los pecados, precediera a su bautismo, por el cual los pecados no pueden ser resueltos.
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CAPÍTULO XV. Que al comenzar el bautismo de Cristo cesó el bautismo de Juan. Y cómo Cristo bautiza y no bautiza.
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Vino el Señor para ser bautizado por el siervo. Por humildad, el siervo lo prohíbe diciendo: "Yo debo ser bautizado por ti; ¿y tú vienes a mí?". Por justicia, el Señor ordenó diciendo: "Déjalo ahora. Pues así nos conviene cumplir toda justicia". Entonces cesa el bautismo de Juan, que era en penitencia y en la sombra de la verdad, y comenzó el bautismo de Cristo, que es la verdad, en el cual se hace la remisión de los pecados. Aunque no bautizaba Cristo, sino sus discípulos. Pero Cristo bautiza y no bautiza. Y ambos son verdaderos. Bautiza porque limpia. No bautiza porque él mismo no sumerge. Los discípulos ofrecían entonces, como ahora los ministros ofrecen el ministerio del cuerpo. Él ofrecía el auxilio de la majestad.
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CAPÍTULO XVI. Que solo Cristo bautiza, quien retuvo para sí solo la potestad de bautizar, aunque bautice un ministro bueno o malo.
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Nunca, pues, cesa de bautizar quien nunca cesa de limpiar. Hasta el fin del siglo Jesús bautiza, porque él mismo limpia. Seguro, por tanto, acuda el hombre al ministro inferior, pues tiene un maestro superior. El mismo maestro, Cristo, bautiza extrínsecamente, diciendo Pablo: "Como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, limpiándola con el lavacro del agua"; e intrínsecamente bautiza mediante la infusión del espíritu, por el cual el hombre interior es enseñado tanto a tener fe como a guardar la dignidad de la obra. A esto pertenece ciertamente lo que se dice: "Y Juan dio testimonio diciendo: Porque vi al Espíritu descendiendo como paloma, y permaneció sobre él, y yo no lo conocía". Juan conocía a Cristo por muchos conocimientos. Pues cuando María, madre de Cristo, vio a Isabel, este infante, Juan, saltó en su vientre. Este era la voz del que clama: "Preparad el camino del Señor". Este prohíbe a aquel que había venido a ser bautizado por él cuando dice: "Yo debo ser bautizado por ti, y tú vienes a mí". Este lo muestra como el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Pero solo esto no conoció en él, que él iba a retener para sí la potestad del bautismo y no iba a trasladarla o transmitirla a algún siervo; sino que, ya fuera que el siervo bueno bautizara en el ministerio, ya fuera que el siervo malo bautizara en el ministerio, no sabría aquel que es bautizado que es bautizado sino por aquel que retuvo la potestad de bautizar, y la virtud de este sacramento no estaría en el oficio del que ministra, sino en la potestad del maestro.
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CAPÍTULO XVII. Que el doctor debe fortalecer la predicación de las palabras con estudios de oraciones, para que lo que va a decir sea formado mejor por la virtud de Dios que por su acción.
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Cuando alguien, desde la conversación gentil, es exhortado a venir al conocimiento y la fe de Dios, primero el doctor debe atender a la gran bondad del Dios misericordioso, de quien se dice: "Que quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad"; y después actúe cuanto pueda para que escuchen inteligente, libre y obedientemente. Y no dude que puede hacer esto, si puede y en cuanto pueda, más por la piedad de las oraciones que por la facultad de los oradores, de modo que, orando por sí mismo y por aquellos a quienes va a hablar, sea orador antes que doctor, y ya sea en coloquio particular o en la asamblea de la Iglesia, acercándose a la hora de hablar, antes de que saque la lengua que profiere, levante el alma sedienta al Señor, para que eructe lo que ha bebido o derrame lo que ha llenado; y a la hora de la dicción misma piense que conviene más a la buena mente lo que el Señor dice: "Cuando os entreguen, no penséis cómo o qué habléis; pues se os dará en aquella hora qué habléis. Pues no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros". Si, pues, el Espíritu Santo habla en ellos, que son entregados por los perseguidores por Cristo, ¿por qué no también en ellos que entregan a Cristo a los que aprenden? Este estudio de enseñar conviene ciertamente que el doctor lo ejerza tanto al persuadir la fe a los étnicos como al persuadir las buenas obras a todos los fieles.
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CAPÍTULO XVIII. Cómo debe ser abordado el que es invitado a la fe sin querer.
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Cuando, pues, se ofrece el conocimiento y la fe del único Dios a los que no quieren creer, debe proponerse que procedan mediante la inteligencia a ver que Dios es, y que lo antepongan a todas las naturalezas visibles y corporales, e incluso a las inteligibles y espirituales, y a todas las mutables. Pues todos compiten por la excelencia de Dios, ni puede encontrarse nadie que crea que Dios es esto, de lo cual haya algo mejor. Por tanto, todos consienten que Dios es esto, lo que anteponen a todas las demás cosas. Y puesto que todos los que piensan algo sobre Dios piensan algo vivo, solo pueden pensar cosas no absurdas e indignas sobre Dios aquellos que piensan en la vida misma. Después proceden a inspeccionar la vida misma; y si la encuentran sin sentido vegetante, cual es la de los árboles, le anteponen la que siente, cual es la de los animales, y a esta, a su vez, la que entiende, cual es la de los hombres: la cual, cuando ven que es todavía mutable, se ven obligados a anteponerle también alguna inmutable, aquella, ciertamente, que no es a veces insensata y a veces sabia, sino que es más bien la sabiduría misma. Pues la mente sabia ha obtenido la sabiduría; antes de obtenerla, no era sabia. Pero la sabiduría misma ni fue nunca insensata, ni puede serlo nunca: la cual, si no la vieran, de ninguna manera antepondrían con plena confianza la vida inmutablemente sabia a la vida mutable. Ven también la regla misma de la verdad, por la cual claman que es mejor, como inmutable, ni la ven en ninguna parte sino sobre su propia naturaleza, puesto que se ven a sí mismos mutables. Pero cuando, persuadiendo el doctor, se haya excluido verazmente toda cosa mutable del honor de la Deidad, debe aceptarse que no sea Dios supremo lo que pueda estar sujeto a la pasión, es decir, a la mutabilidad. Y cuando se haya sostenido que lo que es mutable no puede ser Dios, resta que se llegue a aquella cosa que preeminencia sobre todas las cosas y es inmutable. Conjeturado aquello de que esa cosa que es el único Dios, preeminente sobre todas y permaneciendo inmutable, hizo todas las cosas, dispone todas las cosas, juzga todas las cosas, tiene cuidado de todas las cosas y no hay nada de todas las cosas visibles e invisibles que no tenga de él su inicio, no esté sujeto en servidumbre a su dominación. Cuyo servicio de las cosas sujetas no puede encontrarse de ninguna manera bajo ninguna criatura mutable, sino solo bajo este único Dios dominante, cuya sustancia es eterna, cuya verdad es inmutable, cuya potestad permanece omnipotente.
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CAPÍTULO XIX. Sobre la apertura de la puerta de la fe.
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Ya cuando ha abierto la puerta de la fe aquel de quien se dice: "El que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, cierra y nadie abre", es decir, el hombre asumido del linaje de David abre a los corazones de los creyentes los misterios de su Encarnación mediante la potestad de la divinidad unida, los cuales la austeridad de la infidelidad no podrá cerrar en los predestinados; y cierra los vasos de la ira por la presciencia del juicio, para que los réprobos no vengan a la remuneración de la bienaventuranza a la que merecidamente se cerraron; entonces sucede lo que está escrito: "Yo soy la puerta. Si alguien entrare por mí, será salvo". Pues comienzan a abrirse los inicios de la fe para aquel a quien, regenerado por el lavacro tras la recepción del Espíritu Santo, Cristo se ha creído en la participación del cuerpo de Cristo. Y verá abierto aquel libro de la santa autoridad, que el mismo León vencedor de la tribu de Judá abrió, estando cerrado en el misterio con siete sellos. Este libro de toda la santa Escritura está abierto, porque su inteligencia es revelada a los hombres por Cristo, quien solo asumió en sí y quiso que se cumplieran las cosas que ordenó y presintió que debían cumplirse para la salvación del género humano. Sus siete signos, pues, son estos: primero la incorporación, segundo la natividad, tercero la pasión, cuarto la muerte, quinto la resurrección, sexto la gloria, séptimo el reino. Esta apertura de los signos es la plena redención del género humano; a la cual quien viene, viene en este orden.
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CAPÍTULO XX. Sobre aquellos que, queriendo convertirse primero a la fe, son llamados catecúmenos, es decir, oyentes.
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Cualquiera que, viniendo de la conversación gentil y de las supersticiones por las cuales se adora impíamente a la criatura en lugar del Creador, a una edad mayor quiere creer en Dios, o ya sean recién nacidos o niños, son llamados catecúmenos, es decir, oyentes, por el hecho de que escuchan dicho para sí el primer precepto de la exhortación en la ley: "Escucha, Israel, el Señor Dios tuyo es un solo Dios"; y aquel: "Adorarás al Señor Dios tuyo y a él solo servirás". Escuchan, pues, la palabra de vida, por la cual lleguen al don de la gracia, ellos que eran hijos de la ira. Pues porque todo el que reconoce verdaderamente, dice verazmente: "En iniquidades fui concebido y en pecados me concibió mi madre"; en el hecho de que está originalmente sujeto a la pena de la muerte, hasta que sea hecho hijo de Dios mediante la redención, será hijo de aquella antigua ira que mereció el primer hombre en la transgresión del precepto, diciendo el Señor: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es incrédulo al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él". Dijo que esta ira no viene, sino que permanece, porque no viene de la novedad de la infidelidad, sino que permanece de la antigüedad de la prevaricación. De cuya ira nadie puede ser salvado sino por la misericordia del Salvador, diciendo el mismo Señor: "Si el Hijo os liberare, entonces seréis verdaderamente libres". Estos catecúmenos, por el conocimiento de Dios que Dios les habla a través del sacerdote como a través de Moisés, son llamados oyentes, para que, abandonada la vetustez de la vida carnal, vengan a la novedad de la vida mediante el conocimiento del único Dios.
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CAPÍTULO XXI. Que los catecúmenos deben ser llevados al lavacro mediante la penitencia. Y que aquellos a quienes Juan bautizó tuvieron la figura de los catecúmenos.
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Estos, si son mayores de edad, vienen con la acción de arrepentirse. Si son menores, son llevados al sacerdote por los ministros en signo de penitencia mediante esteras de cilicios, para que, quienes no pueden realizar por sí mismos la obra de la penitencia, tengan en sí el signo de la penitencia por el tiempo de su mínima edad; y esto se mantenga en el efecto de arrepentirse, lo que se nota en el signo de la penitencia. Quienes, tras la increpación de los exorcismos, vienen oportunamente a la unción del óleo. Aquí existió la figura de los catecúmenos para todos los bautizados por Juan en penitencia, para que lo que para aquellos fue el bautismo en penitencia, esto sea para estos la conversión a Dios mediante la penitencia.
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CAPÍTULO XXII. Quiénes son los exorcistas, por quienes son exorcizados los catecúmenos y los energúmenos.
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Estos son exorcizados con exorcismos por aquellos que por ese nombre son llamados exorcistas. Quienes, deputados a tal oficio cuando son ordenados, como mandan los cánones, reciben de mano del obispo un libro en el que están escritos los exorcismos, dada a ellos la potestad de imponer las manos sobre los energúmenos, ya sea bautizado o catecúmeno.
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CAPÍTULO XXIII. Qué es el exorcismo.
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El exorcismo es un discurso de increpación que se hace contra el espíritu inmundo en los energúmenos o catecúmenos, para que por él la malísima virtud del diablo, su inveterada malicia y su incursión violenta sean ahuyentadas y expulsadas.
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CAPÍTULO XXIV. Cómo será el exorcismo.
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El discurso del exorcismo no será de tono de palabras, ni de dificultad de inteligencia, ni de inusitada elocuencia de contexto; sino simple, compuesto, ardiente, fulgurando de tal modo con la intención de la virtud que demuestre expulsar verdaderamente al príncipe del mundo con el valor de su increpación; y así, en el combate espiritual que se libra contra las potestades aéreas, lanzar rayos de terror de tal modo que la expulsión misma del enemigo invisible sea contemplada como realizada por una cierta expugnación visible, de modo que tanto el catecúmeno sea aterrorizado por la consideración de lo que oye, como el fiel sea incitado por la agresión del conflicto. Así, mientras los oficios de los sacerdotes luchan por los campamentos de Dios y los fieles ministran la intención devota como armas, el que poseía la criatura de Dios se retire vencido y Cristo obtenga como vencedor a aquellos a quienes creó.
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CAPÍTULO XXV. De dónde tuvo origen la virtud de exorcizar, o en qué misterio el obispo realiza esto con palabras divinas.
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La virtud de exorcizar fue la significación de aquel hecho en que Jesús increpó al lunático: El demonio salió de él. A imitación de esta increpación dominical, el obispo también increpa con su propia voz, tal como el Señor increpó con la suya. Y esta misma increpación que dice el obispo, no la emprende por conjetura humana, sino por la propiedad de la autoridad divina con palabras proféticas, diciendo: Que el Señor te increpe, Satanás, y que te increpe aquel que eligió a Jerusalén. Luego, mandando por segunda vez, dice: A ti se te dice, Satanás, ve atrás. Y después, en la trompeta de la victoria, proclama por tercera vez: Ha vencido el león de la tribu de Judá, la raíz de David. Así, pues, este exorcismo es iniciado por los ministros: Han sido descubiertas tus asechanzas. Y así, la misma increpación se completa con la pronunciación de los exorcistas, hasta que todos los catecúmenos sean conducidos bajo los exorcismos. Es, por tanto, un orden ordenado de manera ordenada, para que primero el discurso de la increpación se emprenda desde aquella causa que surge de aquellos y de las palabras. Pues, dado que el exorcismo es un discurso de increpación, surge bien al invectivar, cuando se comienza así: Que el Señor te increpe, Satanás, y que te increpe aquel que eligió a Jerusalén. En segundo lugar, se introduce la potestad divina, cuando se promulga el imperio de las palabras divinas diciendo: Ve atrás, Satanás. En tercer lugar, se demuestra la potencia de la victoria, porque Cristo venció al diablo tanto tiempo atrás al morir, y vence diariamente en aquellos que creen y le siguen. Y por eso la voz se eleva hacia la victoria, cuando se dice: Ha vencido el león de la tribu de Judá, la raíz de David. Por lo cual está escrito: Ahora el príncipe de este mundo será echado fuera, es decir, será expulsado de los corazones de los creyentes. Y asimismo dice el Señor: Ciertamente la cautividad será quitada al fuerte, y lo que fue arrebatado al robusto podrá ser salvado (Isaías XLIX, 25); mostrando que, en la victoria de Cristo, destruido el imperio del diablo, el hombre pudo ser arrebatado de su cautividad y salvado.
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CAPÍTULO XXVI. Que al exorcizar a los catecúmenos se quita la potestad del diablo.
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Se exorciza, pues, es decir, se increpa la potestad del diablo, y se insufla en aquellos de quienes es expulsado el dominador de su potestad, para que renuncien a aquel bajo cuya jurisdicción eran tenidos como reos, y, arrancados de la potestad de las tinieblas, sean trasladados al reino de su Señor mediante el sacramento del bautismo. Estos, en algunos lugares, según se refiere, reciben sal, como significado del condimento de la sabiduría. Pero aunque quizás, como se dice, porque solo la antigüedad recomendó esto, no está probado en absoluto. Pero puesto que no se muestra con ningún documento evidente de la Sagrada Escritura que esto deba entregarse a los catecúmenos al obtener el sacramento de la fe, por eso no hay falta donde no se hace. Pues, ¿cómo valdrán para el máximo vigor aquellas cosas que, por ninguna serie de autoridad sagrada, ni por figura ni por especie, se demuestra que pertenecen a la propiedad del asunto?
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CAPÍTULO XXVII. Sobre el ejemplo del Evangelio, según el cual los catecúmenos son ungidos con óleo.
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Los mismos catecúmenos, después de los exorcismos con los cuales la potestad del diablo ha sido increpada y expulsada, son ungidos por ellos con óleo, que haya sido bendecido por el sacerdote. Esta unción se recomienda con un gran ejemplo de la operación dominical. Pues cuando, como refiere el evangelista Marcos, hubieron traído a Jesús a un sordo y mudo, le rogaban que le impusiera la mano. Y tomándolo aparte de la multitud, metió sus dedos en sus oídos, y escupiendo tocó su lengua, y mirando al cielo gimió, y le dijo: Effetha, que es, ábrete. Y al instante fueron abiertos sus oídos, y fue desatado el vínculo de su lengua, y hablaba correctamente. ¿Qué es que el Señor, tomando al sordo y mudo aparte de la multitud, mete sus dedos en sus oídos para que oiga, sino que el Redentor, al venir, separó al género humano de la multitud de los demonios y de la conversación de las obras antiguas, y mediante la infusión de dones espirituales le dio el oído de la fe? Pues así como por el dedo de Dios se significa su Espíritu, así por los dedos se significa la pluralidad de las gracias espirituales. ¿Y qué es que, escupiendo, toca su lengua para que pueda hablar, sino que, después del oído de la fe, le hace reconocer y realizar los sacramentos de la salvación? Pues el Espíritu de Cristo es la gracia de la redención humana, la cual, descendiendo de la cabeza de su divinidad, conocida por la boca de su propia humanidad, trajo su confesión y alabanza a los que habrían de creer. ¿Qué es, además, que mirando al cielo gimió, sino que, teniendo la igualdad del Padre, demostró la debilidad de la humanidad en la que sufrió por nosotros? ¿Qué es, en verdad, que dijo Effetha, que ha sido expuesto como ábrete, y al instante fueron abiertos sus oídos, y fue desatado el vínculo de su lengua, y hablaba correctamente, sino que, cuando en él entró la gracia y la operación de la redención, irrumpió con toda virtud en la alabanza y el amor de su redentor? De donde no pudo ni callar ni hablar distorsionadamente, quien recibió su redención para que hablara, y hablara correctamente, en gloria del Redentor.
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CAPÍTULO XXVIII. Que la lectura del profeta Isaías, también del apóstol Pedro y del evangelista Marcos, se proclamen ordenadamente en la asamblea de la iglesia para la exorcización.
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De aquí que, en el mismo tiempo de la exorcización, se proclame bien en la asamblea de la iglesia, antes de que se digan los exorcismos, la lectura del profeta Isaías en la que se dice: ¿Acaso será quitada la presa al fuerte, o lo que fue capturado por el robusto podrá ser salvado? Porque esto dice el Señor: Ciertamente la cautividad será quitada al fuerte, y lo que fue arrebatado al robusto será salvado. Asimismo, la de Pedro a las gentes: Vosotros, empero, sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. También la del evangelista Marcos, que revela el sacramento de esta effethación, la cual fue expuesta y discutida anteriormente: a saber, que la virtud de Dios, mediante la victoria de la cruz, quitando la presa del género humano de la fortaleza del diablo, haga un linaje elegido mediante el don de la regeneración, un sacerdocio real mediante el dominio de las palabras y la oblación de la inocencia, y el sacrificio de un espíritu contrito, infundiéndole el oído de la obediencia de los preceptos, y dándole la locución de la fe recta y el himno de su gloria.
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CAPÍTULO XXIX. Que el misterio de la salvación, que se realizó una vez al morir Cristo, se realice diariamente en aquellos que se sabe que son regenerados.
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Esto que, en general, se realizó una vez en el género humano al morir Cristo, se realiza diariamente en el lavacro de los regenerados de manera especial. Pues al que se convierte del error gentil, después de los exorcismos, se le tocan los oídos con óleo, para que reciba el oído de la fe y sea verdaderamente un oyente de los dichos espirituales. De manera similar se le toca también la boca, para que la fe del símbolo que le ha sido entregada, la crea de corazón para la justicia, y confesándola con la boca la profiera para la salvación; y así, desatados los vínculos creados por la obstinación, hable correctamente magnificando a Dios.
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CAPÍTULO XXX. Qué es, o por qué se dice competens.
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Del catecúmeno se hace un competens. Pues así como por el hecho de que, al escuchar la cognición de Dios, se le llama oyente, así por el hecho de que, habiendo aceptado el Símbolo, ya pide la gracia de Dios, se le llama competens. Se dice competentes a los que piden juntos, de la misma manera que los que se sientan juntos, hablan juntos y corren juntos no se entienden de otra manera sino como sentándose, hablando y corriendo juntos. Así también los competentes no son otra cosa que los que piden juntos. ¿Y qué piden sino los sacramentos del bautismo, mediante los cuales puedan ser arrancados de la potestad de las tinieblas y, habiendo recibido la indulgencia de los pecados, ser trasladados al reino de Dios omnipotente? Para que, por tanto, merezcan recibir lo que piden, deben limpiar sus corazones de los vicios y sus cuerpos de las inmundicias; absteniendo el alma de los delitos y el cuerpo de los banquetes; para que la contrición humille y justifique el corazón, y la abstinencia y la castidad extenúen y limpien el cuerpo; de modo que, purificada totalmente la sustancia del alma y del cuerpo, todo lo que la contrición del corazón y la aflicción de la carne hayan realizado, redunde en la dignidad de la regeneración que se ha de recibir. La significación de esto la tuvo Nicodemo, aquel príncipe de los judíos, que había venido de noche a Jesús, que era de aquellos que creyeron en su nombre, viendo las señales y prodigios que hacía; quien, en el hecho de que, estando el Señor Jesús en Jerusalén en la Pascua en el día festivo enseñando, escuchó tan eficazmente su doctrina que creyó en su nombre, fue catecúmeno, que es oyente. En el hecho, empero, de que vino a él de noche y le dijo: Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro; pues nadie puede hacer estas señales que tú haces, si Dios no estuviera con él, mostró que él era un competens. Pues cuando escuchó en el templo al que enseñaba, y habiendo visto las señales creyó, existió verdaderamente como oyente. Cuando, empero, aunque en las tinieblas de la ignorancia, vino a la luz, porque vino de noche a Jesús, y confiesa que es maestro y que este ha venido de Dios, y ya busca ser enseñado por su magisterio, porque dio al maestro el honor debido, desde entonces fue competens, porque, habiendo creído en su doctrina al escuchar, le otorgó fe, y al pedir buscó su magisterio. Quien luego es promovido a la gracia del bautismo, cuando la respuesta del Salvador le encomienda esto, mientras se añade: Respondió Jesús y le dijo: En verdad te digo, si alguien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. ¿Qué, pues? Porque no basta al catecúmeno que escucha la palabra de Dios, no basta al competens que pide la gracia del magisterio de Dios, es necesario que renazca del agua y del Espíritu Santo, para que, renacido, sea partícipe del cuerpo y de la sangre de Cristo; y así como él mismo creyó por la fe en Cristo, así, participando del cuerpo de Cristo, crea que Cristo se le entrega. Pues esto es lo que se dice: Cuando, empero, estaba en Jerusalén en la Pascua en el día festivo, muchos creyeron en su nombre viendo sus señales que hacía. Jesús, empero, no se confiaba a sí mismo a ellos. ¿Qué es esto? ¡He aquí que el Señor, a los que creen, no se confía a sí mismo! ¿Habrá de confiarse, pues, a sí mismo a los incrédulos y a los que no creen? De ninguna manera. Pero el catecúmeno y el competens ya creen en Cristo; pero porque no han renacido del agua y del Espíritu Santo, no participan del cuerpo de Cristo, y por eso Cristo no se confió a ellos. Si dijéramos a los catecúmenos: ¿Creéis en Cristo?, responden: Creemos, y se signan; ya llevan la cruz de Cristo en la frente, y no se avergüenzan de la cruz de su Señor. He aquí que creen en su nombre. Interroguémosles: ¿Coméis la carne del Hijo del hombre y bebéis la sangre del Hijo del hombre? No saben qué decimos, porque Jesús no se confió a ellos. Ya, en verdad, tienen como el signo de la cruz en la frente. Ya son de la casa grande. Es necesario que renazcan, que se hagan hijos de siervos, que se hagan ciudadanos de advenedizos. Pues no son nada, porque ya pertenecen a la casa grande. Y cuando hayan renacido, entonces Cristo se confiará a sí mismo a los participantes de su cuerpo.
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CAPÍTULO XXXI. Sobre la entrega del Símbolo.
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Después, debe entregarse el Símbolo, para que aquel que escuchó el precepto del Señor, que pidió la gracia del magisterio divino, reciba la regla de la fe verdadera, según la cual se muestre reparado tanto por la fe como por las obras en el lavacro de la santificación.
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CAPÍTULO XXXII. Por qué razón consta el Símbolo.
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El Símbolo, que los competentes reciben, los Padres dijeron que consta por esta razón. Dicen, en efecto, que cuando los apóstoles hubieron escuchado del Señor que fueran a enseñar a las gentes predicando el reino de Dios, y los bautizaran en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, habiendo recibido el Espíritu Santo después de la ascensión del Señor, cuando se posó sobre ellos en semejanza de fuego, y hablaron en las lenguas de todas las gentes, de modo que para el conocimiento de la verdad no les fuera desconocida ninguna gente ni lengua, sino que mediante el mismo Espíritu Santo hablaran de todas las maneras a todos, al separarse corporalmente unos de otros, editaron entre sí este Símbolo de una sola predicación, con el cual, yendo a todas partes, no anunciaran nada disonante, nada variado, sino que proclamaran una sola fe con palabras unidas, y recogiendo instrumentos de todas las Sagradas Escrituras, construyeran este único breve edificio de la fe; de lo cual también se había dicho por el profeta: Porque el Señor hará un verbo abreviado sobre la tierra. Así, pues, estando aún puestos en uno, llenos del Espíritu Santo, confiriendo entre sí qué sentía cada uno, editaron para sí este breve indicio de la predicación, y establecieron que esta regla debía darse a los creyentes; para que, puesto que iban a ser muchos los que simularan ser apóstoles de Cristo y no predicaran a Cristo con doctrina sana e íntegra, por eso se reconociera mediante este indicio que anunciaba a Cristo verazmente, quien lo hubiera anunciado según esta regla apostólica.
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CAPÍTULO XXXIII. Sobre el nombre del Símbolo, y qué es el Símbolo.
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El nombre de Símbolo se traduce del griego al latín como colación o indicio, porque es un pacto y conocimiento de la fe, en el cual se sepa qué se cree, y lo que se cree no sea violado de ninguna manera. Es, pues, indicio por el conocimiento; colación por la comunidad de una definición unida entre muchos. Pues indicio es lo que indica una cosa desconocida, colación es lo que es una definición de lenguaje común. De aquí que también en las guerras civiles, porque tanto el hábito de las armas, como el sonido de la voz, y una sola costumbre, y la institución de guerrear es similar, para que no ocurra ninguna suplantación de engaño, cada jefe pone símbolos discretos a sus soldados, que en latín se llaman señales o indicios, para que, al encontrarse por casualidad, de quien sea dudoso a qué bando sigue, al ser revelado el símbolo, se reconozca si es adversario o propio. A esto, empero, los santos Padres ordenaron que no se encomendara a membranas, sino a la memoria; para que no lo retenga la lectura, que suele llevar lo mismo incluso a los mismos infieles; sino que, encomendado por la tradición de la misma santa definición apostólica, permanezca siempre en los fieles por la tenacidad de la memoria. Por la solidez, pues, de la fe que se ha de iniciar, los apóstoles, al separarse unos de otros, pusieron bien este indicio de unanimidad. El cual Símbolo es una señal o indicio por el cual se reconoce a Dios; el cual los creyentes reciben por eso, para que sepan cómo preparar el certamen de la fe contra el diablo; en el cual, aunque sean pocas las palabras, se contienen todos los sacramentos. En el cual, por eso, fueron recogidos abreviadamente por los apóstoles de todas las Escrituras, para que, puesto que muchos creyentes o no sabían letras, o sabiéndolas, ocupados por el impedimento del siglo, no les fuera permitido leer las Escrituras, reteniendo esto en el corazón y en la memoria, tuvieran para sí una ciencia saludable suficiente.
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CAPÍTULO XXXIV. Que el Símbolo debe ser rendido el jueves antes de Pascua.
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Este Símbolo, que los competentes reciben en el día de la unción, ya sea por sí mismos, si son mayores de edad, o por boca de los que los llevan, si son niños, lo recitan y rinden al sacerdote el jueves antes de Pascua; para que, probada su fe, lleguen merecidamente al sacramento vecino de la resurrección dominical mediante el bautismo de la fuente sagrada.
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CAPÍTULO XXXV. Que la fe católica se mantenga en la brevedad del Símbolo.
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Es, pues, la fe católica conocida por los fieles en el Símbolo, y encomendada a la memoria, con la brevedad de discurso que la cosa ha permitido, para que a los que son principiantes y lactantes, que han renacido en Cristo, no fortalecidos aún por la diligentísima y espiritual tratación y cognición de las divinas Escrituras, se les constituyera creer en pocas palabras lo que habría de ser expuesto con muchas palabras a los que progresan y se levantan hacia la doctrina divina con cierta firmeza de humildad y caridad.
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CAPÍTULO XXXVI. El inicio del Símbolo, y qué es la credulidad.
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Es, pues, este el tenor del Símbolo, y este el orden de las causas que se contienen en él: Creo en Dios Padre omnipotente. ¿Qué es creo? Hago credulidad, es decir, confieso que son verdaderas las cosas que escucho como desconocidas. La credulidad, empero, se dice así porque el ánimo crece para contener las cosas invisibles y desconocidas.
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CAPÍTULO XXXVII. Que en Dios solo, no en las cosas, sino sobre las cosas, debe aplicarse la fe.
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En el Símbolo hay firmeza, y cierta separación de una sola fe, por la cual se muestra que se debe creer en Dios solo, y a Dios, no en cualesquiera otras cosas, es decir, tener fe en Dios, pero no en las cosas, sino tener fe de las cosas. Se debe creer, pues, en Dios, y no en otra cosa, porque la fe en Dios, así como un solo Dios, debe tenerse y retenerse con especie singular; a las demás cosas se debe añadir la fe, no sobreponerla. Creemos, pues, en Dios. Creemos también que su santa Iglesia existe. Pero no creemos en la Iglesia como en Dios, porque la Iglesia no es Dios. Creemos, empero, singularmente en Dios. Creemos también, consecuentemente, que su Iglesia existe. Así también, de ahí en adelante, creemos todo lo que la regla de la fe recta nos haya encomendado creer. Al Padre, tanto como a su Hijo según la generación divina, conforme a lo que le dice: Del seno antes de la estrella de la mañana te engendré.
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CAPÍTULO XXXVIII. Que Dios es omnipotente porque hizo todas las cosas.
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Omnipotente, porque solo pudo todas las cosas, quien hizo todas las cosas; quien debe ser creído como omnipotente de tal manera que hizo de la nada todas las cosas que son visibles e invisibles. Pues no puede existir algo de lo cual él no fuera creador, siendo omnipotente, porque aunque hizo algo de algo, como al hombre del limo, no lo hizo ciertamente de lo que él no hubiera hecho, porque la tierra, de donde es el limo, la había hecho de la nada. Y si el mismo cielo y la tierra, es decir, el mundo y todas las cosas que en él están, las hubiera hecho de alguna materia, como está escrito: Quien hizo el mundo de materia invisible, o incluso informe, de ninguna manera debe creerse que aquella materia de la cual fue hecho el mundo, aunque informe, aunque invisible, de cualquier modo que fuera, pudo existir por sí misma, como coeterna y coetánea a Dios; sino que cualquier modo suyo que tenía, para que de algún modo fuera y pudiera recibir formas de cosas distintas, no lo tenía sino del Dios omnipotente, por cuyo beneficio es cosa no solo cualquier cosa formada, sino también cualquier cosa formable. Entre lo formado, empero, y lo formable, hay esta diferencia: que lo formado ya recibió la forma, lo formable, empero, puede recibirla. Pero quien presta forma a las cosas, él mismo presta también el poder ser formado, puesto que de él y en él es la especie más hermosa de todas, inmutable, y él mismo es uno quien atribuye a cualquier cosa, no solo que sea bella, sino también que pueda ser bella. Por lo cual rectísimamente se cree que Dios hizo todas las cosas de la nada, porque aunque el mundo haya sido hecho de alguna materia, esa misma materia fue hecha de la nada, para que por el don ordenadísimo de Dios se hiciera la primera capacidad de las formas, y luego se formaran todas las cosas que han sido formadas. Quien es Padre, en cuanto a la generación de la divinidad, es Padre tanto como su Hijo. Quien es Hijo, su cooperador, puesto que por él fueron hechas todas las cosas, y sin él nada fue hecho, y es el verbo, y la verdad, y la virtud, y la sabiduría de él.
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CAPÍTULO XXXIX. Que el Hijo no fue hecho de la nada, ni de alguna materia, sino engendrado inefablemente tanto como por el Padre.
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De aquí sigue: Creemos también en Jesucristo, Hijo de Dios único, Dios y Señor nuestro; no separado de Dios Padre, sino también Dios en sí mismo, y con el Padre un solo Dios. Así, pues, cuando Dios engendró al Verbo, engendró lo que él mismo es; ni de la nada, ni de alguna materia ya hecha y creada, sino de sí mismo lo que él mismo es. De donde el mismo Dios Padre, quien quiso y pudo indicarse verazmente a las almas que habrían de conocer, engendró para indicarse a sí mismo lo que es él mismo quien engendró, es decir, el Verbo Dios, por el cual se hizo conocer. El cual Verbo se dice también su virtud y sabiduría, porque por él operó y dispuso todas las cosas; de quien por eso se dice: Alcanza desde el fin hasta el fin fuertemente, y dispone todas las cosas suavemente. Por lo cual el Hijo unigénito de Dios ni fue hecho por el Padre, porque como dice el evangelista: Todas las cosas fueron hechas por él; ni engendrado en el tiempo, puesto que Dios sabio tiene sempiternamente consigo su sabiduría sempiterna. Ni es desigual al Padre, es decir, menor en algo, porque también el Apóstol dice: Quien, estando constituido en forma de Dios, no estimó como rapiña ser igual a Dios. Pero puesto que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, la misma sabiduría que fue engendrada de Dios, se dignó también ser creada en los hombres. A lo cual pertenece aquello: El Señor me creó en el principio de sus caminos. Pues el principio de sus caminos es la cabeza de la Iglesia, que es Cristo revestido de hombre, por quien se nos diera ejemplo de vivir, esto es, el camino cierto por el cual llegáramos a Dios. Pues no pudimos volver sino por la humildad, nosotros que caímos por la soberbia. Por lo cual, según lo que es unigénito, no tiene hermanos; según lo que es primogénito, empero, se dignó llamar hermanos a todos los que, después de su primado y por su primado, renacemos en la gracia de Dios mediante la adopción de hijos de Dios.
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CAPÍTULO XL. Que el Hijo encarnado nació del Espíritu Santo y de la Virgen María.
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Que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María. Confesamos bien, porque nuestro Señor Jesucristo, que es Dios de Dios, nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, es hijo único de Dios Padre omnipotente, de quien procede el Espíritu Santo, en ambas sustancias, a saber, divina y humana. Pero ¿cómo decimos que Cristo nació del Espíritu Santo, si el Espíritu Santo no lo engendró? ¿O porque lo hizo? Porque nuestro Señor Jesucristo, en cuanto es Dios, todas las cosas fueron hechas por él; en cuanto, empero, es hombre, él mismo también fue hecho, como dice el Apóstol: Hecho del linaje de David según la carne. Pero cuando toda la Trinidad hizo aquella criatura que la Virgen concibió y dio a luz, aunque perteneciente a la sola persona del Hijo, pues no son separables las obras de la Trinidad, ¿por qué en hacerla debe nombrarse solo al Espíritu Santo? ¿O es que cuando uno de los tres es nombrado en alguna obra, se entiende la totalidad de las obras de la Trinidad? Así es, en verdad, y puede enseñarse con ejemplos. Pero no hay que detenerse más tiempo en esto.
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CAPÍTULO XLI. Que el Hijo, aunque se diga nacido del Espíritu Santo, no es en absoluto hijo del Espíritu Santo.
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Eso mueve, cómo se ha dicho nacido del Espíritu Santo, cuando el Hijo no es de ninguna manera del Espíritu Santo. Ni porque Dios hizo este mundo, es lícito decir que es Hijo de Dios, o que nació de Dios, sino hecho, o creado, o fundado, o instituido por él, o si podemos decir rectamente algo de este tipo. Aquí, pues, cuando confesamos que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, cómo no es hijo del Espíritu Santo, y es hijo de la Virgen María, cuando nació tanto de él como de ella, es difícil de explicar. Sin duda, ciertamente, no nació de él como de padre; así, empero, nació de ella como de madre.
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CAPÍTULO XLII. Que no todo lo que nace de alguna cosa se concede que sea llamado continuamente hijo de la misma cosa.
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No debe concederse, pues, que todo lo que nace de alguna cosa deba ser llamado continuamente hijo de la misma cosa. Pues para omitir cómo de otra manera nace el hijo del hombre, de otra manera el cabello, el piojo, la lombriz, de los cuales ninguno es hijo; para omitir, pues, estas cosas, puesto que se comparan deformemente con tan gran cosa, ciertamente los que nacen del agua y del Espíritu Santo, nadie diría rectamente que son hijos del agua, sino que se llaman claramente hijos de Dios Padre y de la madre Iglesia. Así, pues, nació del Espíritu Santo el Hijo de Dios Padre, no del Espíritu Santo. Pues aquello que dijimos sobre el cabello y los demás, vale solo para esto, para que seamos amonestados de que no todo lo que nace de alguien puede decirse también hijo de aquel de quien nace, así como no todos los que se dicen hijos de alguien, es consecuente que se diga también que nacieron de él, como son los que son adoptados. Se dicen también hijos de la gehenna, no nacidos de ella, sino preparados para ella, así como los hijos del reino son preparados para el reino. Cuando, pues, nace algo de alguien, incluso no de tal modo que sea hijo, ni a su vez todo el que se dice hijo ha nacido de aquel de quien se dice hijo, ciertamente este modo por el cual Cristo nació del Espíritu Santo no como hijo, y de la Virgen María como hijo, nos insinúa la gracia de Dios, por la cual el hombre, sin méritos precedentes, desde el mismo inicio de su naturaleza en que comenzó a ser, es acoplado al Verbo Dios en tal unidad de persona, que él mismo fuera el Hijo de Dios que el hijo del hombre, y el hijo del hombre que el Hijo de Dios; y así, en la asunción de la naturaleza humana, se hiciera de algún modo la misma gracia natural para aquel hombre, la cual no podría cometer ningún pecado. La cual gracia, por eso, debía ser significada por el Espíritu, porque él mismo es propiamente Dios de tal manera que se dice también don de Dios. Pues por el don de Dios, esto es, el Espíritu Santo, nos fue concedida tanta humildad de tan gran Dios, que se dignó asumir a todo el hombre, es decir, cuerpo, alma y espíritu, en el útero de la virgen, habitando íntegramente el cuerpo materno, abandonándolo íntegramente.
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CAPÍTULO XLIII. Que Cristo salvó a ambos sexos al nacer como varón de una mujer.
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Y por tanto, deben ser detestados aquellos que niegan que el mismo Señor nuestro Jesucristo tuvo a la madre María en la tierra, cuando aquella dispensación honró a ambos sexos, masculino y femenino, y mostró que pertenece al cuidado de Dios, no solo a quien asumió, sino también a aquel por quien asumió, comportándose como varón, naciendo de una mujer.
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CAPÍTULO XLIV. Que el parto de la Virgen no hizo ninguna injuria a la divinidad de Cristo.
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Ni nos disminuya esta fe el pensamiento de las entrañas femeninas, para que por eso parezca que debe rechazarse tal generación de nuestro Señor, porque los sucios la piensan sucia. Porque también el Apóstol dice verazísimamente que lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y que todas las cosas son limpias para los limpios. Deben, pues, considerar, los que piensan esto, que los rayos de este sol, al cual ciertamente no alaban como criatura de Dios, sino que adoran como Dios, se difunden por todas partes a través de los fetores de las cloacas y cualesquiera cosas horribles, y operan en ellas según su naturaleza, y sin embargo no se ensucian por ello con ninguna contaminación, cuando la luz visible es por naturaleza más conjunta a las suciedades visibles; ¡cuánto menos, pues, podía ser contaminado el Verbo de Dios, no corpóreo ni visible, por el cuerpo femenino, casto ciertamente, y limpísimo, y singularmente glorioso, donde asumió la carne humana con alma y espíritu, por cuya intervención habita la majestad del Verbo más secretamente de la fragilidad del cuerpo humano! De donde es manifiesto que de ninguna manera pudo el Verbo de Dios ser manchado por el cuerpo humano, por el cual ni la misma alma humana es manchada.
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CAPÍTULO XLV. Sobre el nombre y el juicio de Poncio Pilato.
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Pilato, boca del martillador, porque mientras justifica y condena a Cristo con su boca, hiere ambas cosas a la manera del martillador; y cuando hubo declinado el consejo de los judíos, permitió, sin embargo, que el juicio se hiciera según la voluntad de los judíos. Quien tomó agua y lavó sus manos, para que en el lavacro de sus manos fueran purificadas las obras de los gentiles, y nos hiciera ajenos a la impiedad de los judíos, que clamaban: Crucifícalo. Quien, juez, es obligado a llevar sentencia contra Dios. Él, empero, no condena al ofrecido, sino que arguye a los que ofrecen, testificando de algún modo y diciendo: Yo, ciertamente, quise liberar al inocente; pero puesto que surge sedición, yo soy ministro de las leyes, vuestra voz derrama la sangre.
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CAPÍTULO XLVI. Por qué Cristo eligió la muerte de cruz.
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Este Jesús, Señor y Redentor nuestro, siendo omnipotente, se mostró tan rico en misericordia, que quien es la vida que vivifica todas las cosas, se humilló haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Eligió, pues, la muerte de cruz, para que la condenación que la prevaricación del leño en el paraíso había contraído, el patíbulo de esta cruz la borrara.
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CAPÍTULO XLVII. Sobre el sacramento de la cruz.
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El sacramento de la cruz lo recomienda Pablo cuando dice: Para que, arraigados y fundados en caridad, podáis comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la sublimidad y la profundidad; es decir, la cruz del Señor, cuya anchura se conduce en el leño transverso por el cual se extienden las manos, la longitud desde la tierra hasta la misma anchura, por la cual se fija tanto por las manos como por debajo de todo el cuerpo, la altitud desde la anchura hacia arriba hasta la cima donde se adhiere la cabeza, la profundidad que, hincada en la tierra, se esconde. Con este signo de la cruz se describe toda acción cristiana. En la anchura, pues, obrar bien en Cristo; en la altitud, esperar los sacramentos celestiales, no profanar; en la profundidad, arraigados y fundados, consistir en la caridad. Es, pues, la anchura de la cruz la acción de la buena obra, que se demuestra por la expansión de las manos. Es la anchura de la cruz la perseverancia de la buena acción, que mediante la tolerancia de la longanimidad guarda la virtud de la pasión. Es la altitud de la cruz la esperanza de los bienes futuros, por la cual sin profanación... y están arraigados inmóviles tanto para la perseverancia entre las pasiones, como para la remuneración por la verdadera esperanza.
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CAPÍTULO XLVIII. Sobre la sepultura de Cristo.
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Cuando se cree en aquella sepultura, se hace memoria del sepulcro nuevo, el cual habría de ofrecer testimonio a quien iba a resucitar a la novedad de vida, tal como el seno virginal a quien iba a nacer. Pues así como en aquel sepulcro nuevo no fue sepultado ningún otro muerto, tampoco antes ni después fue concebido nada mortal.
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CAPÍTULO XLIX. Que Cristo descendió a los infiernos no por su deidad ni por su carne, sino en su alma.
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Descendió a los infiernos. Cuando Cristo, en el tiempo de su muerte, estuvo en el sepulcro según la carne y estuvo en todas partes según la divinidad, porque Él mismo llena el cielo y la tierra y es la luz que brilla en las tinieblas, aunque las tinieblas no la comprendan, resta que descendió al infierno en su alma, pues esto es conforme a la humildad humana. Por tanto, estuvo en el sepulcro por la carne y en el infierno por el alma en el tiempo de su muerte; pero por su divinidad inmutable nunca estuvo ausente del paraíso, pues Él permanece y permaneció siempre presente en todas partes. Ahora bien, el sentido es mucho más expedito y libre de diversas ambigüedades si se acepta que Cristo no dijo al ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» según lo que era hombre, sino según lo que era Dios. Pues Cristo hombre iba a estar aquel día en el sepulcro según la carne y en el infierno según el alma. Pero Cristo, el mismo Dios, está siempre en todas partes. Pues Él es la virtud y la sabiduría de Dios, de quien está escrito: «Que alcanza con fuerza de un extremo a otro y dispone todas las cosas con suavidad». Por tanto, dondequiera que esté el paraíso, quienquiera que esté allí entre los bienaventurados, está allí con Él, que está en todas partes.
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CAPÍTULO L. Sobre el sueño de la muerte y la gloria de la resurrección de Cristo.
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Al tercer día resucitó vivo de entre los muertos, según lo que se dijo: «Yo dormí, descansé y resucité, porque el Señor me sostuvo», es decir: dormí en la cruz el sueño de la muerte; descansé en el sepulcro durante el tiempo del reposo triduo; resucité vivo de entre los muertos en la gloria de la resurrección. Y bien resucitó al tercer día, porque, asumido por la virtud de toda la Trinidad, tanto el hombre muerto como el resucitado de la muerte, Él mismo es el primogénito para los hermanos que habrían de seguirle, a quienes llamó a la adopción de hijos de Dios, a quienes se dignó hacer sus compartícipes y coherederos; para que quien era el unigénito nacido solo de Dios, fuera el primogénito de entre los muertos entre muchos hombres, y se dignara llamar hermanos a sus siervos diciendo: «Id, decid a mis hermanos que vayan a Galilea. Allí me verán».
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CAPÍTULO LI. Sobre la ascensión del cuerpo de Cristo a los cielos. Y no se debe preguntar dónde está ese mismo cuerpo. Qué amplitud de los cielos ha sido prometida a todos los fieles.
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Subió al cielo, está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso. Dónde y cómo esté el cuerpo del Señor en el cielo es algo sumamente curioso y superfluo de preguntar. Solo hay que creer que está en el cielo. Pues no es propio de nuestra fragilidad discutir los secretos de los cielos, sino sentir cosas sublimes y honestas sobre la dignidad del cuerpo del Señor según nuestra fe. Lugar de bienaventuranza que también nos prometió diciendo: «Serán como los ángeles en los cielos en aquella ciudad, que es madre de todos nosotros, la Jerusalén eterna en los cielos».
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CAPÍTULO LII. Qué es la sesión y la diestra de Dios.
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Creemos también que está sentado a la diestra del Padre. Sin embargo, no se debe pensar que está circunscrito como una forma humana, de modo que a quienes piensan en Él les ocurra en la mente un lado derecho y uno izquierdo, ni que se deba pensar que el hecho de que se diga que el Padre está sentado se hace con las rodillas dobladas, para no caer en aquel sacrilegio en el que el Apóstol maldice a quienes «cambiaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de la imagen de hombre corruptible». Por tanto, debe entenderse que se dijo «a la diestra» en la suma bienaventuranza, donde hay justicia, paz y gozo; así como a la izquierda se sitúan los cabritos, es decir, en la miseria, debido a los trabajos y tormentos de la iniquidad. Por tanto, que se diga que Dios está sentado no significa una posición de miembros, sino una potestad judicial, de la cual aquella majestad nunca carece, distribuyendo siempre cosas dignas a los dignos, aunque en el juicio final la claridad del unigénito Hijo de Dios, juez de vivos y muertos, brillará mucho más manifiestamente entre los hombres, y la verdad del hombre será vista abiertamente.
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CAPÍTULO LIII. Qué debe entenderse por vivos y muertos, a quienes Cristo vendrá a juzgar.
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Desde allí vendrá a juzgar a vivos y muertos. Con estos nombres se significan tanto los justos y los pecadores, como aquellos a quienes entonces encontrará vivos en la tierra antes de la muerte, mientras que los muertos son los que habrán de resucitar en su venida. Esta dispensación temporal no es solo como aquella generación según Dios, sino que también fue y será. Pues así como nuestro Señor estuvo en la tierra, y ahora está en el cielo, y vendrá en gloria como juez de vivos y muertos. Pues vendrá tal como ascendió, según la autoridad que se contiene en los Hechos de los apóstoles, es decir, en la misma verdad de la carne y en la inmutabilidad del hombre asumido. Por tanto, de esta dispensación temporal habla en el Apocalipsis, donde está escrito: «Esto dice el que es, el que fue y el que ha de venir». Sobre estos vivos y muertos que han de ser juzgados, no es inconveniente la opinión de algunos que dice así: que lo que se dice de juzgar a vivos y muertos no es que unos vivos y otros muertos vengan al juicio, sino que juzgará simultáneamente el alma y los cuerpos; en los cuales llamó vivos a las almas y muertos a los cuerpos, tal como el mismo Señor dice en el Evangelio: «No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero nada pueden hacer al alma. Temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehenna».
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CAPÍTULO LIV. Que la dispensación interpuesta del hombre asumido retrasó un poco la conmemoración del Espíritu Santo del orden de la Trinidad.
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Creo en el Espíritu Santo. Estas cosas que se han expuesto más ampliamente arriba sobre Cristo pertenecen al misterio de su encarnación y pasión; las cuales, mientras intervienen en medio adaptadas a su propia persona, retrasaron un poco la conmemoración del Espíritu Santo. Por lo demás, si se considera solo la razón de la divinidad, del modo en que al principio se dice: «Creo en Dios Padre todopoderoso, y en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor», así se añade: «y en el Espíritu Santo». Pero todas aquellas cosas que se recuerdan sobre Cristo miran, como hemos dicho, a la dispensación de la carne. Por tanto, en la conmemoración del Espíritu Santo se cumple el misterio de la Trinidad.
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CAPÍTULO LV. Que el Espíritu Santo es Dios, procediendo del Padre y del Hijo.
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El Espíritu Santo es proclamado Dios porque procede del Padre y del Hijo, y tiene la sustancia de ellos. Pues no pudo proceder del Padre otra cosa que lo que el mismo Padre es, es decir, Dios.
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CAPÍTULO LVI. Por qué se le llama espíritu.
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El Espíritu Santo, sin embargo, es llamado así según aquello en que algo se refiere como soplando. Y el que sopla es ciertamente un espíritu que sopla, y de ahí es llamado espíritu. Pero de un modo propio se le llama Espíritu Santo según se refiere al Padre y al Hijo, porque es el espíritu de ellos. Pues también este nombre, que se dice espíritu, no siempre es según aquello que se refiere a algo, sino según aquello que significa alguna naturaleza. Pues toda naturaleza incorpórea es llamada espíritu en las Sagradas Escrituras. De donde este vocablo conviene no solo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, sino a toda criatura racional y al alma.
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CAPÍTULO LVII. Por qué se le llama Espíritu Santo.
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Por eso el Espíritu de Dios es llamado santo, porque es la santidad del Padre y del Hijo. Pues aunque el Padre es espíritu y el Hijo es espíritu, y el Padre es santo y el Hijo es santo, sin embargo, Él es llamado propiamente Espíritu Santo, como la santidad coesencial y consustancial de ambos.
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CAPÍTULO LVIII. Que el Espíritu Santo no se dice engendrado ni ingénito, sino solo procedente.
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El Espíritu Santo no es llamado engendrado para que no se sospeche que hay dos hijos en la Trinidad. No es proclamado ingénito para que no se crea que hay dos padres en la misma Trinidad. Pero se dice que procede por testimonio del Señor que dice: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero no podéis oírlas ahora. Pero vendrá el Espíritu de verdad, que procederá del Padre y tomará de lo mío. Él os indicará todas las cosas». Este, sin embargo, no solo procede por naturaleza, sino que siempre procede incesantemente para realizar las obras de la Trinidad.
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CAPÍTULO LIX. Qué diferencia hay entre el Hijo que nace y el Espíritu Santo que procede.
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Esta es la diferencia entre el Hijo que nace y el Espíritu Santo que procede: que el Hijo nace de uno solo, el Espíritu Santo procede de ambos. Y por eso dice el Apóstol: «Pero quien no tiene el espíritu de Cristo, este no es suyo».
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CAPÍTULO LX. Que el Espíritu Santo es llamado ángel por su obra.
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El Espíritu Santo es entendido también como ángel por su obra. Pues se dijo de Él: «Y os anunciará las cosas que han de venir». Y ciertamente ángel se interpreta en griego y en latín como mensajero. De donde también dos ángeles aparecieron a Lot, en los cuales el Señor es llamado singularmente, a quienes entendemos como el Hijo y el Espíritu Santo, pues nunca se lee que el Padre haya sido enviado.
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CAPÍTULO LXI. Por qué el Espíritu Santo es llamado Paráclito.
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El Espíritu Santo, porque es llamado Paráclito, se dice por la consolación. Pues paraclisis se llama en latín consolación. Pues Cristo lo envió a los apóstoles que lloraban, después de que Él mismo ascendió al cielo ante sus ojos. Pues el Consolador es enviado a los tristes según aquella sentencia del mismo Señor: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados». Él mismo también dijo: «Entonces llorarán los hijos del esposo, cuando el esposo les sea quitado». Asimismo, es llamado paráclito porque presta consolación a las almas que pierden el gozo temporal. Otros interpretan paráclito en latín como orador o abogado. Pues el mismo Espíritu Santo habla, Él mismo enseña, por Él se da el don de la sabiduría, por Él ha sido inspirada la Sagrada Escritura.
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CAPÍTULO LXII. Por qué el Espíritu Santo es llamado septiforme.
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El Espíritu Santo es llamado septiforme por los dones que cada uno, según es digno, merece obtener de su plenitud unida, poco a poco. Pues Él es el espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, espíritu de temor de Dios.
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CAPÍTULO LXIII. Que el espíritu recto, el espíritu santo y el espíritu principal se refieren a la Trinidad.
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El espíritu principal, sin embargo, se lee en el salmo quincuagésimo; donde, porque se repite tres veces la palabra espíritu, algunos entendieron la Trinidad, debido a que está escrito: «Dios es espíritu». Pues lo que no es cuerpo y, sin embargo, es, parece restar que sea espíritu. Por tanto, algunos entienden allí que se significa la Trinidad; en el espíritu principal al Padre, en el espíritu recto al Hijo, en el espíritu santo al Espíritu Santo.
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CAPÍTULO LXIV. Por qué el Espíritu Santo es llamado don.
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El Espíritu Santo es llamado don porque es dado. Pues de dar se llamó don. Es muy conocido que el Señor Jesucristo, cuando después de la resurrección de entre los muertos ascendió al cielo, dio el Espíritu Santo, con el cual los creyentes, llenos, hablaban en las lenguas de todas las naciones. Pero es don de Dios en tanto en cuanto es dado a aquellos que por Él aman a Dios. Pero en sí mismo es Dios. Entre nosotros, sin embargo, es un don. Pero el Espíritu Santo es don sempiternamente, distribuyendo a cada uno, como quiere, los dones de las gracias. Pues también imparte profecías a quienes quiere, y perdona los pecados a quienes quiere. Pues los pecados no se perdonan sin el Espíritu Santo.
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CAPÍTULO LXV. Por qué el Espíritu Santo es llamado caridad y gracia.
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El Espíritu Santo es llamado propiamente caridad, ya sea porque une naturalmente a aquellos de quienes procede y muestra que Él es uno con ellos, o porque hace en nosotros que permanezcamos en Dios y Él en nosotros. De donde también en los dones de Dios nada es mayor que la caridad; y no hay mayor don de Dios que el Espíritu Santo. Él es también la gracia, la cual, porque no se da por nuestros méritos, sino por voluntad divina gratuitamente, de ahí es llamada gracia. Pero así como al único Verbo de Dios lo llamamos propiamente con el nombre de sabiduría, aunque universalmente el Espíritu Santo y el Padre son la misma sabiduría; así el Espíritu Santo es llamado propiamente con el vocablo de caridad, aunque el Padre y el Hijo son universalmente caridad.
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CAPÍTULO LXVI. Por qué el Espíritu Santo es llamado dedo de Dios.
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Que el Espíritu Santo es el dedo de Dios se declara muy claramente en los libros del Evangelio. Pues cuando uno de los evangelistas dijo: «Por el dedo de Dios expulso los demonios», otro dijo esto así: «Por el espíritu de Dios expulso los demonios». De donde también la ley escrita por el dedo de Dios fue dada el día quincuagésimo desde la matanza del cordero. Y el día quincuagésimo desde la pasión de nuestro Señor Jesucristo vino el Espíritu Santo. Pero se le llama dedo para que su virtud operativa sea significada con el Padre y el Hijo. De donde también Pablo dice: «Pero todas estas cosas las obra uno y el mismo espíritu, dividiendo a cada uno como quiere». Pero así como por el bautismo morimos y renacemos en Cristo, así somos sellados por el Espíritu, que es el dedo de Dios y el sello espiritual.
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CAPÍTULO LXVII. Por qué se atestigua que el Espíritu Santo vino en forma de paloma.
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Se escribe que el Espíritu Santo vino en forma de paloma para que su naturaleza sea declarada a través del ave de la simplicidad y la inocencia. De donde también el Señor: «Sed, dice, simples como palomas». Pues esta ave carece corporalmente de hiel, teniendo solo inocencia y amor.
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CAPÍTULO LXVIII. Por qué el Espíritu Santo es llamado con el nombre de fuego.
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El Espíritu Santo es llamado con el nombre de fuego porque en los Hechos de los apóstoles apareció como fuego por la división de las lenguas, que también se posó sobre cada uno de ellos. Pero dio a los apóstoles la gracia de diversas lenguas para que fueran hechos idóneos para la erudición de los pueblos fieles. Pero el hecho de que se recuerde que se posó sobre cada uno es por la causa de que se entienda que no fue dividido por muchos, sino que permaneció entero en cada uno, como suele ser costumbre en los fuegos. Pues tiene esta naturaleza el fuego encendido: que a cuantos miren hacia él, a cuantos miren hacia el resplandor de su color púrpura, a tantos imparte la visión de su luz, a tantos atribuye el ministerio de su don, y Él mismo, sin embargo, permanece en su integridad.
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CAPÍTULO LXIX. Por qué el Espíritu Santo es llamado con el nombre de agua.
70
El Espíritu Santo es llamado con el nombre de agua en el Evangelio, clamando y diciendo el Señor: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, ríos de agua viva fluirán de su vientre». El evangelista, sin embargo, explicó de dónde: «Pues decía esto del Espíritu, que habían de recibir los que creían en Él».
71
CAPÍTULO LXX. Que una cosa es el agua del sacramento y otra el agua del Espíritu Santo. Pero cuál significa el espíritu de Dios.
71
Pues el agua del sacramento es visible. El agua del Espíritu es invisible. Aquella lava el cuerpo y significa lo que se hace en el alma. Pero por aquel Espíritu Santo la misma alma es purificada y alimentada.
72
CAPÍTULO LXXI. Por qué el Espíritu Santo es llamado unción.
72
El Espíritu Santo es llamado unción, atestiguándolo el apóstol Juan, porque así como el aceite por su peso natural se sobrepone a todo líquido, así al principio el Espíritu Santo se sobreponía a las aguas. De donde también se lee que el Señor fue ungido con óleo de alegría, esto es, con el Espíritu Santo. Pero también el apóstol Juan llama al Espíritu Santo unción diciendo: «Y vosotros, dice, la unción que recibisteis de Él, permanezca en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, sino como su unción os enseña sobre todas las cosas». Pues Él mismo, el Espíritu Santo, es la unción invisible.
73
CAPÍTULO LXXII. Que se cree en la santa Iglesia porque en ella se demuestra la dilección del prójimo.
73
La santa Iglesia católica. Esta fe es sobre Dios creador y sobre nuestro renovador, de la cual se ha tratado hasta ahora. Pero puesto que la dilección no solo nos ha sido mandada hacia Dios, cuando se dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente», sino también hacia el prójimo, pues: «Amarás, dice, a tu prójimo como a ti mismo»; si esta fe no mantuviera la congregación y sociedad de los hombres, en la cual la caridad fraterna obre, es menos fructuosa; creemos también en la santa Iglesia, ciertamente católica.
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CAPÍTULO LXXIII. Sobre el nombre de Iglesia católica.
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Iglesia es griego, que se traduce al latín como convocación, por lo cual llama a todos hacia sí. Católica es universal, καθόλου, es decir, según el todo. Pues no se restringe como las conventículas de los herejes en algunas partes de las regiones, sino que se difunde dilatada por todo el orbe de las tierras. Lo cual también aprueba el Apóstol a los Romanos diciendo: «Doy gracias a mi Dios por todos vosotros, porque vuestra fe es anunciada en el mundo entero». De aquí también la universidad fue llamada así por una, por lo cual es recogida en la unidad. De donde el Señor en el Evangelio: «El que no recoge conmigo, desparrama»; es decir, el que no es recogido en mi unidad, dividido de mí, es disipado en la perdición de la dispersión.
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CAPÍTULO LXXIV. Por qué se escriben siete Iglesias, siendo una sola.
75
¿Por qué, sin embargo, se escriben siete Iglesias, siendo una sola, sino para que la única católica sea designada llena del Espíritu septiforme? Así como también sabemos que Salomón dijo del Señor: «La sabiduría edificó para sí una casa, talló siete columnas». Las cuales, sin embargo, no se duda que son siete y una, diciendo el Apóstol: «La Iglesia del Dios vivo, que es columna y fundamento de la verdad».
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CAPÍTULO LXXV. De dónde comenzó la Iglesia, o por qué se llama Sión o Jerusalén.
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La Iglesia comenzó desde el lugar donde vino del cielo el Espíritu Santo y llenó a los que estaban sentados en un solo lugar. Pero en la peregrinación presente la Iglesia es llamada Sión, por el hecho de que, puesta en la longitud de esta peregrinación, contempla la promesa de las cosas celestiales. Y por eso recibió el nombre de Sión, es decir, contemplación. Pero por la paz de la patria futura es llamada Jerusalén. Pues Jerusalén se interpreta como visión de paz. Allí, pues, absorbida toda adversidad, poseerá con mirada presente la paz, que es Cristo.
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CAPÍTULO LXXVI. Qué diferencia hay entre la Iglesia y la Sinagoga.
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Sinagoga se dice en griego congregación. Nombre propio que mantuvo el pueblo de los judíos; pues de ellos suele decirse propiamente Sinagoga, aunque también se haya dicho Iglesia. Pero los apóstoles nunca llamaron Sinagoga a la nuestra, sino siempre Iglesia, ya sea por causa de discernimiento, o porque entre la congregación, de donde la Sinagoga, y la convocación, de donde la Iglesia recibió el nombre, hay alguna diferencia: que ciertamente también el ganado suele ser congregado, de los cuales también llamamos propiamente rebaños; pero ser convocado es algo mayor, propio de los que usan la razón, como son los hombres.
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CAPÍTULO LXXVII. Que en la santa Iglesia el Espíritu Santo inspiró plenísimamente el Nuevo y el Antiguo Testamento.
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En la cual santa Iglesia el Espíritu Santo inspiró en el Antiguo Testamento la Ley y los Profetas, en el Nuevo el Evangelio y los Apóstoles. De donde también Pablo dice: «Toda Escritura inspirada divinamente es útil para enseñar». Y por eso, cuáles sean los volúmenes del Nuevo y Antiguo Instrumento, que según la tradición de los mayores se cree que fueron inspirados por el mismo Espíritu Santo y se sabe que fueron entregados a las Iglesias de Cristo, conviene designarlos en este lugar con número evidente, tal como hemos recibido de los monumentos de los Padres.
79
CAPÍTULO LXXVIII. Qué autoridad de las Escrituras debe seguirse primero en las Iglesias.
79
En las mismas Escrituras canónicas de las Iglesias católicas se debe seguir aquella autoridad máxima, entre las cuales ciertamente estén aquellas que merecieron tener sedes apostólicas y recibir epístolas. Se mantendrá, por tanto, este modo en las santas Escrituras canónicas: que las que son aceptadas por todas las Iglesias católicas sean preferidas a aquellas que algunas no aceptan. Pero en aquellas que no son aceptadas por todos, sean preferidas las que aceptan más y más graves, a aquellas que tienen Iglesias de menos y menor autoridad. Si, sin embargo, se encontraran otras tenidas por más y otras por más graves, aunque esto no pueda encontrarse, creo, sin embargo, que deben tenerse de igual autoridad.
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CAPÍTULO LXXIX. Qué libros se contienen en el canon de ambos Testamentos.
80
Todo el canon de las Escrituras, en el cual decimos que ya debe versar la consideración, se contiene en estos libros: cinco de Moisés, es decir, Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio; y un libro de Jesús Nave, uno de Jueces, un librito que se llama Rut, que parece pertenecer más al principio de los Reyes; después cuatro de Reyes, y dos de Paralipómenos no consecutivos, sino como añadidos al lado y marchando simultáneamente. Esta es la historia que contiene los tiempos anexos a sí misma y el orden de las cosas. Hay otras como de diverso orden, que no se convierten ni a este orden ni entre sí; como es Job, y Tobías, y Ester, y Judit, y los dos libros de los Macabeos, y los dos de Esdras, que parecen seguir más a aquella historia ordenada terminada hasta los Reyes o Paralipómenos. Después los Profetas, en los cuales David, un libro de Salmos; tres de Salomón, Proverbios, Cantar de los Cantares y Eclesiastés. Pues aquellos dos libros, uno que se inscribe Sabiduría y otro que se inscribe Eclesiástico, se dice que son de cierta semejanza de Salomón; pues se afirma constantísimamente que Jesús hijo de Sirac los escribió: los cuales, sin embargo, puesto que merecieron ser recibidos en la autoridad divina, deben ser contados entre los proféticos. Restan los libros de aquellos que son llamados propiamente profetas, los libros individuales de los doce profetas, que conectados entre sí, puesto que nunca fueron separados, se tienen por uno. Los nombres de los cuales Profetas son estos: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías. Después hay cuatro profetas de volúmenes mayores, Isaías, Jeremías, Daniel, Ezequiel. Con estos cuarenta y cuatro libros se termina la autoridad del Testamento Antiguo. Del Nuevo, sin embargo, con cuatro libros del Evangelio según Mateo, según Marcos, según Lucas, según Juan; catorce Epístolas del apóstol Pablo, una a los Romanos, dos a los Corintios, una a los Gálatas, una a los Efesios, una a los Filipenses, dos a los Tesalonicenses, una a los Colosenses, dos a Timoteo, una a Tito, una a Filemón, una a los Hebreos; dos de Pedro, tres de Juan, una de Judas y una de Santiago; un libro de los Hechos de los apóstoles y un libro del Apocalipsis de Juan.
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CAPÍTULO LXXX. Que todos los libros de santa autoridad deben ser tenidos en la memoria o no ser tenidos por totalmente desconocidos.
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En todos estos libros los que temen a Dios y son mansos en piedad buscan la voluntad de Dios. La primera observación de cuya obra y trabajo es conocer estos libros, y si aún no para el intelecto, al menos leyéndolos, o mandarlos a la memoria, o no tenerlos por totalmente desconocidos.
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CAPÍTULO LXXXI. Sobre la remisión de los pecados.
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La remisión de los pecados. Bien se pone la remisión de los pecados después de la conmemoración de nuestra Iglesia en el orden de la confesión. Pues por ella está en pie la Iglesia que está en la tierra. Por ella no perece lo que había perecido y fue encontrado. Pues excepto el don del bautismo, que fue dado contra el pecado original, para que lo que fue atraído por la generación sea retraído por la regeneración; también quita los pecados activos, cualesquiera que haya encontrado cometidos de corazón, de boca, de obra, de pensamiento, de palabra; por tanto, exceptuada esta gran indulgencia, de donde comienza la renovación del hombre, en la cual se suelta todo reato, tanto el ingénito como el añadido, la misma vida restante, ya de la edad que usa la razón, por mucha fecundidad de justicia que sobresalga, no se lleva sin la remisión de los pecados. Puesto que los hijos de Dios, mientras viven mortalmente, luchan con la muerte. Y aunque se haya dicho verazmente de ellos que los que son guiados por el espíritu de Dios, esos son hijos de Dios; sin embargo, son excitados por el espíritu de Dios y progresan hacia Dios como hijos de Dios, de tal modo que también por su propio espíritu, agravando al máximo el cuerpo corruptible, como hijos de hombre, en algunos movimientos humanos desfallecen hacia sí mismos y, por tanto, pecan. Ciertamente importa cuánto; pues no porque todo crimen sea pecado, por eso también todo pecado es crimen. Por tanto, decimos que la vida de los hombres santos, mientras se vive en esta muerte, puede encontrarse sin crimen. Pero si dijéramos que no tenemos pecado, dice el santo Apóstol, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Pero tampoco se debe desesperar de la misericordia de Dios en la santa Iglesia sobre el perdón de los mismos crímenes, por grandes que sean, a quienes hacen penitencia según el modo de cada pecado suyo.
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CAPÍTULO LXXXII. Que en la acción de la penitencia no se debe considerar la medida del tiempo, sino la del dolor; y que los pecados no pueden ser remitidos sino en la Iglesia.
83
En la acción de la penitencia, sin embargo, donde se ha cometido tal cosa que quien la cometió es separado incluso del cuerpo de Cristo, no se debe considerar tanto la medida del tiempo como la del dolor. Dios tampoco desprecia un corazón contrito y humillado. Pero porque frecuentemente el dolor de un corazón es oculto para otro, ni procede al conocimiento de los demás por palabras o cualesquiera otros signos, cuando está ante aquel a quien se dice: «Mi gemido no te está oculto»; rectamente son establecidos por aquellos que presiden las Iglesias los tiempos de penitencia, para que se haga satisfacción a la Iglesia, en la cual se remiten los mismos pecados; pues fuera de ella no se remiten. Pues ella propiamente recibió el Espíritu Santo como prenda, sin el cual no se remiten ningunos pecados, de modo que aquellos a quienes se perdonan, alcancen la vida eterna.
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CAPÍTULO LXXXIII. Sobre la evidente resurrección de la carne.
84
La resurrección de la carne y la vida eterna. Esta visible que se llama propiamente carne, debe creerse sin duda que resucita. Pues parece que el apóstol Pablo la señala como con el dedo cuando dice: «Es necesario que este corruptible se revista de incorrupción» (1 Cor. 15, 53). Pues quien dice esto, apunta hacia ella como con el dedo. Lo que es visible es señalado con el dedo, puesto que también el alma podría ser llamada corruptible; pues ella misma se corrompe por los vicios de las costumbres. Y cuando se lee que este mortal se revista de inmortalidad, se significa la misma carne visible, porque se apunta hacia ella repetidamente como con el dedo. Pues también el alma, así como puede ser llamada corruptible por los vicios de las costumbres, así también puede ser llamada mortal. Pues la muerte del alma es apostatar de Dios. Lo cual se contiene en las sagradas letras como su primer pecado en el paraíso. Resucitará, por tanto, el cuerpo según la fe cristiana, que no puede engañar.
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CAPÍTULO LXXXIV. Que en la resurrección nada perezca de la carne humana; sino que todo lo que haya existido disperso o consumido en cualquier perdición, vuelva todo a aquella alma que, cuando vivía, animó esto.
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Pero no perece para Dios la materia terrenal de la que se crea la carne de los mortales. Sino que, en cualquier polvo o ceniza que se disuelva, en cualesquiera alientos y aires que se difumine, en cualquier sustancia de otros cuerpos o se convierta en los mismos elementos, en el alimento de cualesquiera animales o incluso hombres ceda y se cambie en carne, vuelve en un punto de tiempo a aquella alma humana que la animó primeramente para que fuera hombre, creciera y viviera.
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CAPÍTULO LXXXV. Que Dios todopoderoso, maravillosa e inefablemente, restituya la carne en la resurrección con maravillosa celeridad a partir de todo lo que consta. También se muestra el ejemplo de la estatua de metal soluble, por el cual se muestra cómo puede hacerse la resurrección.
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Por tanto, la misma materia terrenal, que al partir el alma se convierte en cadáver, no será reparada en la resurrección de tal modo que aquellas cosas que se deslizan y se convierten en otras y otras especies y formas de otras cosas, aunque vuelvan al cuerpo de donde se deslizaron, sea necesario que vuelvan también a las mismas partes del cuerpo donde estuvieron. De lo contrario, si devolviera a los cabellos de la cabeza lo que quitó la tonsura tan frecuente, si a las uñas lo que quitó tantas veces la escisión, ocurre una deformidad a quienes piensan de modo inmoderado e indecente y, por tanto, no creen en la resurrección de la carne. Pero así como si una estatua de cualquier metal soluble se derritiera por el fuego, o se triturara en polvo, o se confundiera en una masa, y el artífice quisiera repararla de nuevo a partir de la cantidad de aquella materia, nada importaría para su integridad qué partícula de materia se devolviera a qué miembro de la estatua, mientras que, sin embargo, retomara restituido todo de lo que había sido constituida: así Dios, artífice maravillosa e inefablemente, la restituirá con maravillosa e inefable celeridad a partir de todo lo que nuestra carne constaba; y no importará nada para su reintegración si los cabellos vuelven a los cabellos y las uñas a las uñas, o si lo que de ellos pereció se cambia en carne y se revoca a otras partes del cuerpo, cuidando la providencia del artífice de que no se haga nada indecente.
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CAPÍTULO LXXXVI. Sobre la diversidad de estatura y la delgadez o gordura de los cuerpos humanos, en la cual los cuerpos santos tendrán solo lo que será decoroso.
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Ni es consecuente que por eso sea diversa la estatura de cada uno de los que reviven, porque había sido diversa la de los que vivían; o que los delgados revivan con la misma delgadez, o los gordos con la misma gordura. Pero si esto está en el consejo del Creador, que en la figura de cada uno se conserve su propiedad y semejanza discernible, pero en los demás bienes del cuerpo todo sea devuelto igual; se modificará aquella materia en cada uno de tal modo que ni nada perezca de ella, y lo que a alguno le faltara, lo suplirá aquel que también pudo obrar lo que quiso de la nada. Pero si en los cuerpos de los que resucitan habrá una desigualdad razonable, tal como es la de las voces con las que se llena un canto, esto se hará a cada uno de la materia de su cuerpo, lo que haga al hombre apto para los coros angélicos y no introduzca nada inconveniente a sus sentidos. Pues no habrá allí nada indecoroso. Pero cualquier cosa que haya de ser, esto enseñará, porque ni siquiera habrá de ser si no será decoroso.
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CAPÍTULO LXXXVII. Que los cuerpos de los santos resucitarán espirituales, pero no serán espíritus.
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Resucitarán, pues, los cuerpos de los santos sin vicio alguno, sin deformidad alguna, así como sin corrupción, carga o dificultad alguna: en ellos habrá tanta facilidad como felicidad. Por esto se llaman espirituales, aunque sin duda serán cuerpos, no espíritus. Pero así como ahora se dice cuerpo animal, que sin embargo es cuerpo y no alma, así ahora será cuerpo espiritual, pero será cuerpo, no espíritu. Por consiguiente, en cuanto a la corrupción que ahora agobia al alma, y a los vicios por los que la carne codicia contra el espíritu, entonces no será carne, sino cuerpo, puesto que también se dice que hay cuerpos celestiales. Por esto se dijo: La carne y la sangre no poseerán el reino de Dios. Y como exponiendo lo que había dicho: Ni la corrupción, dice, poseerá la incorrupción. Lo que dijo primero, carne y sangre, esto dijo después corrupción; y lo que primero, reino de Dios, esto después incorrupción. En cuanto a la sustancia, incluso entonces habrá carne; por lo cual también después de la resurrección el cuerpo de Cristo fue llamado carne. Pero por eso dice el Apóstol: Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual, porque entonces habrá tal concordia entre la carne y el espíritu, vivificando el espíritu a la carne sometida sin necesidad de sustento alguno, que nada nos repugne de nosotros mismos, sino que, así como fuera no sufrimos a nadie, tampoco dentro suframos a nosotros mismos como enemigos.
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CAPÍTULO LXXXVIII. Que los cuerpos de los réprobos resucitarán, ciertamente, pero para ser castigados perpetuamente con sus vicios y deformidades.
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Quienes, sin embargo, no son liberados de aquella masa de perdición, que se hizo por el primer hombre, mediante el único Mediador de Dios y de los hombres, resucitarán también ellos, cada uno con su propia carne; pero para ser castigados con el diablo y sus ángeles. ¿Qué necesidad hay de esforzarse en investigar si resucitarán con los vicios y deformidades de sus cuerpos, cualesquiera que sean los miembros viciosos y deformes que llevaron en ellos? Pues no debe fatigarnos la incierta condición o belleza de aquellos cuya condenación será cierta y sempiterna. Ni mueva cómo habrá en ellos un cuerpo incorruptible si podrá doler. Pues no hay verdadera vida sino donde se vive felizmente, ni verdadera incorrupción sino donde la salud no se corrompe por dolor alguno. Pero donde al infeliz no se le permite morir, por así decirlo, la muerte misma no muere; y donde el dolor perpetuo no mata, sino que aflige, la corrupción misma no termina. Esto se llama en las Sagradas Escrituras la segunda muerte; ni la primera, sin embargo, por la que el alma es obligada a abandonar su cuerpo, ni la segunda, por la que el alma no se le permite abandonar el cuerpo penal, le habría ocurrido al hombre si nadie hubiera pecado.
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CAPÍTULO LXXXIX. Que habrá un castigo más leve para el pecado original solo y para el pecado actual mínimo.
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El castigo más leve de todos será, ciertamente, el de aquellos que, además del pecado que contrajeron como original, no añadieron ninguno más; y en los demás que añadieron, cada uno tendrá allí una condenación tanto más tolerable cuanto menor iniquidad tuvo aquí.
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CAPÍTULO XC. Que desde la muerte hasta la resurrección las almas son retenidas en receptáculos ocultos, ya sea en reposo o en tormento.
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El tiempo que media entre la muerte del hombre y la última resurrección, las almas son contenidas en receptáculos ocultos, según cada una es digna de reposo o de tormento, por lo que obtuvo en la carne cuando vivía.
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CAPÍTULO XCI. Cómo las ofrendas y limosnas de los vivos aprovechan o no aprovechan en absoluto a las almas de los difuntos.
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No debe negarse que las almas de los difuntos son aliviadas por la piedad de sus vivos, cuando se ofrece por ellos el sacrificio del Mediador o se hacen limosnas en la Iglesia. Pero esto aprovecha a aquellos que, cuando vivían, merecieron que esto pudiera aprovecharles después. Pues hay un modo de vivir que no es tan bueno como para no requerir esto tras la muerte, ni tan malo como para que esto no le aproveche después de la muerte. Pero hay tal estado en el bien, que no requiere esto. Y hay, a su vez, tal estado en el mal, que ni siquiera con esto puede ser ayudado cuando esta vida ha pasado.
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CAPÍTULO XCII. Que la vida eterna es gracia de Dios, mientras que el salario del pecado es la muerte.
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La vida eterna, que es recompensa de las buenas obras, el Apóstol la encomienda a la gracia de Dios: El salario, dice, del pecado es la muerte, pero la gracia de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. El salario se paga como debido por el trabajo de la milicia, no se dona; por eso dijo: El salario del pecado es la muerte, para demostrar que la muerte no fue infligida al pecado sin merecimiento, sino como debida. La gracia, en cambio, si no es gratuita, no es gracia. Debe entenderse, por tanto, que incluso los buenos méritos del hombre mismo son dones de Dios; a los cuales, cuando se devuelve la vida eterna, ¿qué se devuelve sino gracia por gracia?
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CAPÍTULO XCIII. Que en esta vida se adquiere aquello por lo que cada uno puede ser aliviado o agravado después de esta vida.
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Por lo cual, aquí se adquiere todo mérito por el cual alguien puede ser aliviado o agravado después de esta vida. Nadie espere, pues, merecer ante Dios lo que descuidó aquí una vez que haya muerto. No son, por tanto, contrarias a aquella sentencia apostólica estas cosas que la Iglesia frecuenta para encomendar a los difuntos, donde se dijo: Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hizo a través del cuerpo, sea bueno o malo, porque también este mérito se lo adquirió cada uno, cuando vivía en el cuerpo, para que esto pudiera aprovecharle. Pues no a todos aprovecha; y ¿por qué no a todos aprovecha, sino por la diferencia de vida que cada uno llevó en el cuerpo?
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CAPÍTULO XCIV. Qué hacen los sacrificios y limosnas ofrecidos por los difuntos bautizados.
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Cuando, pues, se ofrecen sacrificios, ya sea del altar o de cualesquiera limosnas, por todos los difuntos bautizados, para los muy buenos son acciones de gracias; para los no muy malos son propiciaciones; para los muy malos, aunque no sean ayuda para los muertos, son consuelos de cualquier tipo para los vivos. Y a aquellos a quienes aprovechan, o aprovechan para que haya plena remisión, o ciertamente para que la condenación misma se haga más tolerable.
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CAPÍTULO XCV. Que después de la resurrección, cumplido el juicio, permanecerán las ciudades individuales en ángeles y hombres; la de Cristo en la gloria eterna, la del diablo en la condenación perpetua.
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Después de la resurrección, sin embargo, hecho y cumplido el juicio universal, tendrán sus fines las dos ciudades, una de Cristo, otra del diablo; una de los buenos, otra de los malos, ambas, sin embargo, tanto de ángeles como de hombres. Para estos la voluntad, para aquellos la facultad de pecar no podrá existir, ni condición alguna de morir; viviendo estos verdadera y felizmente en la vida eterna, y durando aquellos infelizmente en la muerte eterna sin poder morir, puesto que ambos sin fin. Pero en la bienaventuranza unos permanecerán más excelentemente que otros, mientras que en la miseria otros permanecerán más tolerablemente que otros. Permanecerá, pues, sin fin aquella muerte perpetua de los condenados, es decir, la alienación de la vida de Dios, y será común a todos, por más que los hombres sospechen sobre la variedad de los castigos, sobre el alivio o intermisión de los dolores según sus costumbres humanas; así como permanecerá comúnmente la vida eterna de todos los santos, por más que resplandezcan concordemente en cualquier distancia de honores. Esta es la fe que, en pocas palabras, se da a los nuevos cristianos para ser tenida en el Símbolo. Estas pocas palabras son conocidas por los fieles, para que creyendo sean subyugados a Dios, subyugados vivan rectamente, viviendo rectamente purifiquen el corazón, y con el corazón purificado entiendan lo que creen.
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CAPÍTULO XCVI. Sobre las demás causas pertenecientes a la regla de la verdadera fe.
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Después del Símbolo apostólico, y de lo que se ha dicho sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo según la inefable naturaleza de la deidad, y también según la dispensación temporal sobre la Encarnación de Cristo, estas cosas también son conformes a la fe y deben ser tenidas con igual virtud de credulidad. Que del Nuevo y del Antiguo Testamento es un solo Dios: los cuales dos Testamentos la autoridad divina encomienda saludablemente, aquel cumplido verazmente por la profecía, este por la historia. Que ni sobre Dios ni sobre las criaturas debe pensarse nada con los gentiles, o herejes, o cismáticos en aquellas cosas que disienten de la fe de la verdad; sino que lo que ambos Testamentos encomiendan por elocuencia divina, esto solo debe pensarse. Que Dios creó el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos sin necesidad alguna, y que no existe en absoluto ninguna sustancia visible e invisible que o sea Dios o no haya sido creada por el buen Dios, sino que Dios es el sumo e inmutable bien, mientras que la criatura es inferior y mutablemente buena. Que la naturaleza de los ángeles o del alma no es parte de la sustancia divina, sino criatura de Dios creada de la nada; y porque fue creada a imagen de Dios, por eso es incorpórea. La naturaleza del alma misma, sin embargo, se tiene por incierta. Que la piedad de las costumbres debe ser tenida de todo modo, sin la cual la fe del culto divino languidece ociosa, y con la cual la integridad del culto divino consiste perfecta. Que Dios debe ser amado por sí mismo, el prójimo en Dios, y el enemigo por Dios, para que el amor, comenzando por Dios, progrese a través del prójimo y, progresando, llegue hasta el enemigo; y así, mientras es llevado a través del prójimo y llega al enemigo, consista pleno en Dios. Que uno no puede ser contaminado por el pecado de otro, donde no se mantiene el consentimiento de una voluntad pura. Que no debe creerse que las nupcias legítimas deben ser condenadas, aunque se crea que de ellas nace una progenie sujeta al pecado original; a las cuales, sin embargo, debe enseñarse que se prefiere por derecho la integridad de las vírgenes fieles o de los continentes. Que no debe pensarse que no se necesitan los remedios de la penitencia por los excesos cotidianos de la fragilidad humana; sin los cuales no podemos estar en esta vida, de modo que confesemos que todos los pecados son borrados por la fructuosa compunción de la penitencia, tal como enseña el espíritu de Dios: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades han sido perdonadas, y cuyos pecados han sido cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no imputará pecado. Que ningún hombre puede ser subyugado a su cabeza, que es Cristo, por sus propias fuerzas, sino por la gracia divina, y ser consolidado en la unidad de la misma Iglesia con la perseverancia de una paz ininterrumpida. Que no debe estimarse que nada bueno puede ser atribuido al arbitrio de la voluntad humana, sino que todo el número de los elegidos se adquiere según el propósito de la voluntad de Dios. Que los bienes temporales, comunes a buenos y malos, creados por Dios, son negados o atribuidos a cada uno según su disposición, administrando la providencia de su disposición; de cuyos bienes, en cada uno de los fieles, no debe ser reprobado o aprobado el tenerlos, sino el uso. Que ciertamente solo los buenos pueden alcanzar los bienes eternos en el futuro, de cuyos bienes creemos que la Iglesia está ahora informada como prenda, teniendo aquí las primicias del espíritu, en el futuro la perfección; aquí ser sustentada en la esperanza, allí ser saciada después en la realidad; aquí ver a través de un espejo en enigma, en el futuro, sin embargo, cara a cara, cuando haya sido llevada a la visión a través de la fe. Que el bien, hasta que sea perfeccionado en nosotros para que disfrutemos de la plenitud del sumo Dios, sepamos que debe ser disfrutado con suavidad en Dios y en el prójimo. Y que debemos tener esta esperanza de la resurrección, para que creamos que nosotros también resucitaremos con la misma verdad de carne con la que el Señor resucitó de entre los muertos, en el mismo cuerpo en el que estamos o vivimos, no cambiando la naturaleza o el sexo, sino solo deponiendo la fragilidad y los vicios. Que Satanás con sus ángeles y sus adoradores debe ser condenado al incendio eterno, y que no puede ser reducido nunca a la dignidad pristina, es decir, angélica, de la que cayeron por su propia impiedad, según la sacrílega disputa de algunos. Esta es la verdadera integridad de la fe de la tradición católica; de la cual, si se rechaza una sola cosa, se pierde el vigor de toda la fe.
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CAPÍTULO XCVII. Que después del Símbolo se llega a la fuente.
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Dispuestas todas estas cosas, que pertenecen tanto a la regla de la única fe santa como aquellas que se comprueban coherentes con la misma fe con plena estabilidad, con las cuales conviene instruir al competente después del catecumenado, se llega a la fuente, como al mar Rojo; para que quienes habían servido en Egipto bajo el príncipe Faraón, con barro y ladrillos hechos con la ligereza de la paja, es decir, quienes se adherían al mundo, bajo el mando del diablo en actos terrenos concretados por la mezcla de malos pensamientos, puedan, con Cristo como guía, como Moisés como guía, llegar cuanto antes a su liberación.
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CAPÍTULO XCVIII. Que el hombre en el mundo sirve al príncipe del mundo, así como Israel sirvió en Egipto a Faraón.
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Así pues, bajo el rey egipcio, Israel es afectado por el barro, la paja y los ladrillos en los edificios de aquellos que perecerán por su propia liberación; así, finalmente, bajo el príncipe del mundo, el hombre antes del bautismo es llevado por la ligereza del pensamiento inmundo a los ladrillos de barro, formando la pared de la acción más inicua; en la cual, mientras se ocupa, usa del capricho de la mala voluptuosidad y es oprimido por el yugo de la servidumbre nociva.
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CAPÍTULO XCIX. Qué significan las nubes y la columna que precedieron al pueblo que debía ser salvado.
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Ya entonces, de noche en la columna de fuego y de día en la columna de nube, el Señor es visto precediendo al pueblo, hecho guía del camino. La misma nube que precede es Cristo, quien también es columna, porque es rectitud, firmeza y sustento de nuestra debilidad, brillando no de día, sino de noche, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos; es decir, para que la ignorancia humilde sea ilustrada y la ciencia que infla sea oscurecida. Otro sentido: el sacramento de Cristo es manifiesto como en el día en la carne como en una nube, pero en el juicio como en un terror nocturno, porque entonces habrá una gran tribulación del siglo como fuego, y brillará para los justos y arderá para los injustos. Otro sentido: en el fuego hay terror, en la nube de la visión un suave halago. El día se toma como la vida del justo, y la noche como la vida del pecador. De día, pues, la columna fue mostrada por la nube, y de noche por el fuego, porque el Dios omnipotente aparecerá suave para los justos y terrible para los injustos. A aquellos, viniendo en el juicio, los acaricia por la mansedumbre de la lenidad; a estos los aterra por la severidad de la justicia. Otro sentido: ¿Qué es que la columna de nube precedía al pueblo de día, y el esplendor del fuego no brillaba de día, sino de noche, sino porque nuestro Redentor, prestando guía a quienes le siguen con el ejemplo de su conversación, no brilló con luz alguna para los que se confiesan de su justicia, pero resplandeció con el fuego de su amor para los que reconocen las tinieblas de sus pecados?

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