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De morbo sacro
Hippocrates (V BC)Sacr 1 · spanish-geminiMore by Hippocrates (V BC)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Sobre la llamada enfermedad sagrada, la situación es la siguiente: no me parece en absoluto más divina ni más sagrada que las otras enfermedades, sino que tiene una naturaleza propia, al igual que las demás dolencias, y un origen. Sin embargo, los hombres, por su inexperiencia y asombro, han considerado que su naturaleza y su causa son algo divino, porque no se parece a ninguna otra enfermedad. Y, en efecto, su carácter divino se mantiene gracias a la perplejidad de quienes no la comprenden, pero se desvanece ante la facilidad del método de curación con el que la tratan, pues la curan mediante purificaciones y encantamientos. Pero si se la considera divina por su carácter asombroso, muchas serán las enfermedades sagradas y no una sola, como demostraré al mostrar otras que no son menos asombrosas ni monstruosas, y que nadie considera sagradas. Pues, en mi opinión, las fiebres cotidianas, las tercianas y las cuartanas no son menos sagradas ni menos causadas por un dios que esta enfermedad, aunque no se asombren de ellas. Por otra parte, veo a hombres que enloquecen y pierden el juicio sin causa aparente, y que hacen muchas cosas fuera de lugar; sé que muchos, durante el sueño, gimen y gritan, otros se asfixian, otros saltan y huyen al exterior, delirando hasta que despiertan, y luego están sanos y cuerdos como antes, aunque pálidos y débiles, y esto no ocurre una vez, sino muchas. Hay muchas otras cosas de todo tipo, sobre cada una de las cuales sería largo hablar. En mi opinión, quienes primero consagraron esta enfermedad fueron hombres como los que hoy son magos, purificadores, charlatanes y embaucadores, todos los que pretenden ser muy piadosos y saber más que los demás. Estos, pues, escudándose en lo divino y presentándolo como pretexto ante su propia impotencia para ofrecer cualquier remedio útil, para no quedar en evidencia de que no saben nada, consideraron que esta afección era sagrada y, tras elegir discursos adecuados, establecieron la curación para su propia seguridad, aplicando purificaciones y encantamientos, y ordenando abstenerse de baños y de muchos alimentos que no son apropiados para los enfermos: de los mariscos, el salmonete, el oblada, el mújol, la anguila( pues estos peces son los más inoportunos), de las carnes de cabra, ciervo, lechón y perro( pues estas carnes son las que más perturban el vientre), de las aves, el gallo, la tórtola y la avutarda, y además todo lo que se considera más fuerte; de las verduras, la menta, el ajo y la cebolla( pues lo picante no conviene al que está débil); y no llevar ropa negra( pues el negro es mortífero), ni acostarse sobre piel de cabra ni usarla, ni poner un pie sobre otro, ni una mano sobre otra( pues todo esto son impedimentos). Todo esto lo añaden por causa de lo divino, como si supieran algo más, y aduciendo otras causas, de modo que, si el enfermo sana, la gloria y la destreza sean suyas, y si muere, sus excusas estén a salvo y tengan el pretexto de que ellos no son los culpables, sino los dioses; pues no dieron ni de comer ni de beber ningún fármaco, ni bañaron con baños, de modo que parecieran ser los culpables. Yo, por mi parte, creo que ninguno de los libios que habitan el interior del país goza de salud, porque se acuestan sobre pieles de cabra y consumen carne de cabra, ya que no tienen ni lecho, ni ropa, ni calzado que no sea de cabra; pues no tienen otro ganado que cabras y vacas. Pero si estos alimentos, al ser ofrecidos y consumidos, engendran y aumentan la enfermedad, y al no ser consumidos la curan, entonces el dios no es la causa de nada, ni las purificaciones sirven de nada, sino que son los alimentos los que curan y los que dañan, y la fuerza de lo divino desaparece. Así pues, me parece que quienes intentan curar estas enfermedades de este modo, ni consideran que sean sagradas ni divinas; pues, si mediante tales purificaciones y tal tratamiento se producen cambios,¿ qué impide que también mediante otros artificios similares a estos ocurran y sobrevengan a los hombres? De modo que lo divino ya no es la causa, sino algo humano. Pues quien es capaz de alejar tal afección mediante purificaciones y magia, también podría provocar otras mediante artificios, y en este razonamiento lo divino desaparece. Al decir y tramar tales cosas, pretenden saber más y engañan a los hombres añadiendo a esto ritos de pureza y limpiezas, y la mayor parte de su discurso se refiere a lo divino y a lo demoníaco. Y, sin embargo, a mí no me parece que hablen de piedad, como ellos creen, sino más bien de impiedad, y que los dioses no existen, y que su piedad y lo divino es impío y sacrílego, como voy a demostrar. Pues si pretenden saber cómo hacer descender la luna, eclipsar el sol, provocar el invierno y el buen tiempo, las lluvias y las sequías, y hacer que el mar y la tierra sean estériles, y todas las demás cosas por el estilo, ya sea mediante ritos iniciáticos o mediante algún otro conocimiento o práctica, quienes se dedican a esto me parecen impíos y que no creen que los dioses existan, o que, si existen, no tienen poder alguno ni se abstendrían de ninguno de los actos extremos; y, al hacer tales cosas,¿ cómo no van a ser terribles para ellos mismos? Pues si un hombre, mediante magia y sacrificios, hiciera descender la luna, eclipsara el sol y provocara el invierno y el buen tiempo, yo no consideraría que nada de esto fuera divino, sino humano, si es que el poder de lo divino es dominado y esclavizado por el juicio humano. Pero tal vez las cosas no sean así, sino que los hombres, necesitados de sustento, traman muchas y variadas cosas y las adornan, tanto en todo lo demás como en esta enfermedad, atribuyendo la causa a un dios para cada tipo de afección. Pues no lo mencionan una sola vez, sino muchas; pues si imitan a una cabra, o si rugen, o si tienen espasmos en el lado derecho, dicen que la Madre de los dioses es la causa. Si emiten un sonido más agudo y tenso, lo comparan con un caballo y dicen que Poseidón es la causa. Y si sale algo de excremento, lo que a menudo sucede a los forzados por la enfermedad, se le añade el nombre de Enodio; y si es más fino y frecuente, como las aves, Apolo Nomio. Y si echa espuma por la boca y da patadas con los pies, Ares tiene la culpa. Y todos los terrores que sobrevienen de noche, los miedos, los delirios, los saltos de la cama, los espantos y las huidas al exterior, dicen que son ataques de Hécate y visitas de héroes. Utilizan purificaciones y encantamientos, y hacen algo sumamente sacrílego e impío, según me parece, respecto a lo divino; pues purifican a los poseídos por la enfermedad con sangre y otras cosas semejantes, como si tuvieran algún miasma, o fueran vengadores, o estuvieran hechizados por hombres, o hubieran cometido algún acto impío, a quienes habría que hacer todo lo contrario: sacrificar, orar y, llevándolos a los templos, suplicar a los dioses; pero ahora no hacen nada de esto, sino que purifican. Y algunas de las cosas de las purificaciones las entierran en la tierra, otras las arrojan al mar, otras las llevan a los montes, donde nadie las tocará ni pisará; pero habría que llevarlas a los templos y entregarlas al dios, si es que un dios es la causa. Sin embargo, yo no considero que el cuerpo humano sea mancillado por un dios, lo más corruptible por lo más puro; sino que, incluso si estuviera mancillado por otro o hubiera sufrido algo, preferiría ser purificado y santificado por el dios antes que ser mancillado. Pues, en cualquier caso, lo divino es lo que purifica y santifica los mayores pecados y los más impíos, y se convierte en nuestro agente de limpieza, y nosotros mismos establecemos límites a los dioses para los templos y los recintos sagrados, para que nadie los cruce si no está puro, y al entrar nos rociamos no como si estuviéramos mancillados, sino para purificarnos de cualquier impureza que tuviéramos de antes. Y sobre las purificaciones, así me parece a mí.
2
Esta enfermedad no me parece en absoluto más divina que las demás, sino que tiene una naturaleza propia, al igual que las otras dolencias, y una causa de donde proviene cada una; y esta tiene su naturaleza y su causa de lo divino, de donde provienen todas las demás, y es curable, y no menos que las otras, a menos que ya esté dominada por mucho tiempo, de modo que sea más fuerte que los fármacos que se aplican. Comienza, al igual que las otras enfermedades, según el linaje; pues si de un flemático nace un flemático, y de un bilioso un bilioso, y de un tísico un tísico, y de un esplénico un esplénico,¿ qué impide que aquel cuyo padre y madre padecían esta enfermedad, también la padezca alguno de sus descendientes? Pues el semen proviene de todo el cuerpo, sano de los sanos y enfermo de los enfermos. Otro gran indicio de que no es más divina que las demás enfermedades es que ocurre a los flemáticos por naturaleza; pero a los biliosos no les sobreviene; y, sin embargo, si fuera más divina que las demás, debería ocurrir a todos por igual esta enfermedad, y no distinguir entre biliosos y flemáticos.
3
Pero, en realidad, el cerebro es el causante de esta afección, al igual que de las otras enfermedades más graves; y explicaré claramente de qué modo y por qué causa ocurre. El cerebro del hombre es doble, al igual que en todos los demás animales; y su parte media está dividida por una meninge delgada; por eso no siempre duele en el mismo lugar de la cabeza, sino en una parte u otra, y a veces en toda ella. Y venas se extienden hacia él desde todo el cuerpo, muchas y delgadas, pero dos son gruesas, una desde el hígado y otra desde el bazo. Y la que viene del hígado es así: una parte de la vena se extiende hacia abajo a través de los lados derechos, junto al riñón y la ingle, hacia el interior del muslo, y llega hasta el pie, y se llama vena cava; la otra se extiende hacia arriba a través del diafragma derecho y del pulmón; y se divide también hacia el corazón y hacia el brazo derecho; el resto sube a través de la clavícula hacia los lados derechos del cuello, hasta la misma piel, de modo que es visible; junto a la oreja se oculta y allí se divide, y la parte más gruesa, mayor y más hueca termina en el cerebro, otra pequeña vena hacia la oreja derecha, otra hacia el ojo derecho y otra hacia la nariz. Desde el hígado, las venas son así. También desde el bazo se extiende una vena hacia la izquierda, hacia abajo y hacia arriba, al igual que desde el hígado, pero más delgada y débil.
4
A través de estas venas introducimos la mayor parte del aire; pues estas son las vías respiratorias de nuestro cuerpo, que atraen el aire hacia sí y lo conducen al resto del cuerpo a través de las venitas, refrescándolo y volviéndolo a expulsar. Pues no es posible que el aire se detenga, sino que circula hacia arriba y hacia abajo; pues si se detuviera en algún lugar y quedara atrapado, esa parte donde se detuviera se volvería impotente; un indicio de ello es que, cuando a alguien sentado o acostado se le comprimen las venitas de modo que el aire no pase a través de la vena, inmediatamente siente entumecimiento. Sobre las venas y el resto, así es la situación.
5
Esta enfermedad ocurre a los flemáticos, pero no a los biliosos. Comienza a formarse en el embrión mientras aún está en el útero; pues se limpia y florece, al igual que las demás partes, antes de nacer, y también el cerebro. En esta limpieza, si se limpia bien y moderadamente, y no fluye ni más ni menos de lo debido, entonces tiene la cabeza muy sana; pero si fluye más de todo el cerebro y se produce una gran licuefacción, tendrá la cabeza enfermiza al crecer y llena de ruido, y no soportará ni el sol ni el frío; y si ocurre desde una sola parte, ya sea del ojo o del oído, o si alguna vena se estrecha, esa parte se daña, según sea la licuefacción; pero si la limpieza no ocurre, sino que se acumula en el cerebro, entonces es necesario que sea flemático. Y a los niños a quienes les brotan úlceras en la cabeza, en los oídos y en el resto de la piel, y se vuelven salivosos y con mucosidad, estos pasan la vida más fácilmente al avanzar la edad; pues allí expulsa y se limpia la flema que debería haberse limpiado en el útero; y los que se limpian así, por lo general, no se vuelven epilépticos con esta enfermedad. Pero los que están limpios, y no les sale ninguna úlcera, ni mucosidad, ni saliva, ni se ha producido la limpieza en el útero, para estos es peligroso ser presa de esta enfermedad.
6
Si el catarro hace su camino hacia el corazón, sobreviene palpitación y asma, y el pecho se deteriora, y algunos incluso se vuelven jorobados; pues cuando la flema fría desciende sobre el pulmón o sobre el corazón, la sangre se enfría; y las venas, al enfriarse por la fuerza junto al pulmón y al corazón, saltan, y el corazón palpita, de modo que por esta necesidad sobreviene el asma y la ortopnea. Pues no recibe el aire que desea, hasta que el flujo de flema que ha descendido sea dominado y, al calentarse, se disperse por las venas; luego cesa la palpitación y el asma; y cesa según la cantidad que tenga; pues si fluye más, más lentamente, y si menos, más rápidamente; y si los catarros son más frecuentes, la epilepsia se vuelve más frecuente, y si no, más espaciada. Esto es lo que padece, pues, si va hacia el pulmón y el corazón; pero si va hacia el vientre, sobreviene diarrea.
7
Pero si se bloquea de estos caminos y hace el catarro hacia las venas que he mencionado antes, se queda mudo y se asfixia, y sale espuma por la boca, y los dientes se aprietan, y las manos se contraen, y los ojos se desvían, y no tienen juicio, y a algunos incluso se les escapa el excremento; y esto ocurre a veces hacia la izquierda, a veces hacia la derecha, y a veces hacia ambos lados. Explicaré cómo padece cada una de estas cosas: está mudo cuando de repente la flema, al descender a las venas, bloquea el aire y no lo admite ni en el cerebro, ni en las venas cavas, ni en los vientres, sino que intercepta la respiración; pues cuando un hombre toma aire por la boca y la nariz, primero va al cerebro, luego la mayor parte al vientre, otra parte al pulmón y otra a las venas. De estas se dispersa al resto de las partes a través de las venas; y lo que va al vientre, esto refresca el vientre y no contribuye a nada más; pero el aire que va al pulmón y a las venas contribuye al entrar en los vientres y en el cerebro, y así proporciona el juicio y el movimiento a los miembros, de modo que, cuando las venas son bloqueadas por la flema y no admiten el aire, dejan al hombre mudo y sin juicio. Las manos se vuelven impotentes y se contraen, al haberse quedado quieta la sangre y no dispersarse como solía. Y los ojos se desvían, al ser bloqueadas las venitas por el aire y palpitar. La espuma sale de la boca desde el pulmón; pues cuando el aire no entra en él, espuma y brota como si estuviera muriendo. El excremento se escapa por la fuerza de la asfixia; pues se asfixia al haber caído el hígado y el vientre hacia arriba, hacia el diafragma, y al estar oprimido el estómago; y esto ocurre cuando el aire no entra en la boca como solía. Da patadas con los pies cuando el aire es bloqueado en los miembros y no puede salir al exterior por la flema; y al agitarse a través de la sangre hacia arriba y hacia abajo, provoca espasmo y dolor, por lo que da patadas. Padece todo esto cuando la flema fría fluye hacia la sangre que está caliente; pues enfría y detiene la sangre; y si el flujo es abundante y espeso, mata inmediatamente; pues domina la sangre por el frío y la coagula; pero si es menos, domina por el momento al bloquear la respiración; luego, con el tiempo, cuando se dispersa por las venas y se mezcla con la sangre que es abundante y caliente, si es dominada, las venas admiten el aire y recuperan el juicio.
8
Y los niños pequeños que son presa de esta enfermedad, la mayoría muere si el flujo es abundante y el tiempo es húmedo; pues las venitas, al ser delgadas, no pueden admitir la flema por su espesor y cantidad, sino que la sangre se enfría y se coagula, y así muere. Pero si, siendo poco, hace el catarro hacia ambas venas, o hacia las de un lado, sobreviven con secuelas; pues o bien la boca se tuerce, o un ojo, o el cuello, o una mano, desde donde la venita, al llenarse de flema, fue dominada y se estrechó. Por tanto, es necesario que esta parte del cuerpo que ha sido dañada sea más débil y deficiente; pero a largo plazo, por lo general, mejora; pues ya no se vuelve epiléptico, una vez que ha quedado marcado, debido a que por esta necesidad las venas restantes se dañan y una parte se estrecha, de modo que admiten el aire, pero el catarro de flema ya no fluye de la misma manera; sin embargo, es probable que los miembros sean más débiles, al haberse dañado las venas. A aquellos a quienes les fluye un catarro muy escaso y hacia el lado derecho, sobreviven sin secuelas; pero hay peligro de que se consolide y crezca, si no se tratan con los medios adecuados. A los niños, pues, les ocurre así, o de la manera más cercana a esto.
9
A los mayores no los mata cuando sobreviene, ni los tuerce; pues las venas son huecas y están llenas de sangre caliente, que la flema no puede dominar, ni enfriar la sangre de modo que la coagule, sino que ella misma es dominada y se mezcla rápidamente con la sangre; y así las venas admiten el aire, y se recupera el juicio, y los signos mencionados antes sobreviven menos debido a la fuerza. A los más ancianos, cuando sobreviene esta enfermedad, los mata o los deja paralíticos, porque las venas se han vaciado y la sangre es poca, delgada y acuosa. Si, pues, fluye mucho y es tiempo de invierno, mata; pues asfixió las respiraciones y coaguló la sangre, si el catarro ocurre hacia ambos lados; pero si solo hacia uno, los deja paralíticos; pues la sangre no puede dominar la flema al ser delgada, fría y poca, sino que, al ser dominada, se coaguló, de modo que quedaron impotentes aquellas partes en las que la sangre se corrompió.
10
Y fluye más hacia el lado derecho que hacia el izquierdo, porque las venas son más huecas y numerosas que en el lado izquierdo; pues se extienden desde el hígado y desde el bazo. Y fluye y se licúa sobre todo en los niños, en quienes la cabeza se calienta, ya sea por el sol o por el fuego, y de repente el cerebro se estremece; pues entonces se separa la flema. Pues se licúa por el calor y la dispersión del cerebro; y se separa por el enfriamiento y la contracción, y así fluye. A algunos les ocurre esta causa, y a otros cuando de repente, tras los vientos del norte, el viento del sur toma el relevo, disolvió y relajó el cerebro que estaba contraído y fuerte, de modo que la flema inunda, y así se produce el catarro. Y fluye también de forma imprevista, al producirse miedo, si se asusta por alguien que grita, o incluso si mientras llora no puede recuperar el aire rápidamente, como ocurre a menudo a los niños; y cualquier cosa de estas que le ocurra, inmediatamente el cuerpo se estremece, y al quedarse mudo no aspiró el aire, sino que el aire se calmó, y el cerebro se contrajo, y la sangre se detuvo, y así se separó y fluyó la flema. A los niños, estas son las causas del inicio de la epilepsia. A los ancianos, el invierno es el más enemigo; pues cuando se calientan mucho la cabeza y el cerebro junto al fuego, y luego se encuentran en el frío y sienten escalofríos, o incluso si pasan del frío al calor y se sientan junto al fuego, padecen esto mismo, y así se vuelven epilépticos según lo dicho antes. Y hay mucho peligro de padecer esto mismo en primavera, si la cabeza se calienta al sol; pero en verano es cuando menos, pues no ocurren cambios repentinos. Cuando pasan veinte años, esta enfermedad ya no sobreviene, a menos que sea congénita desde niño, sino a pocos o a nadie; pues las venas están llenas de sangre, y el cerebro se ha contraído y es compacto, de modo que no fluye hacia las venas; y si fluye, no domina la sangre, al ser abundante y caliente.
11
Aquel a quien le ha crecido y se ha desarrollado desde niño, se le ha hecho costumbre padecer esto en los cambios de los vientos y volverse epiléptico en la mayoría de los casos, y sobre todo con los vientos del sur; y la curación se vuelve difícil; pues el cerebro se ha vuelto más húmedo de lo natural e inunda por la flema, de modo que los catarros se vuelven más frecuentes, y ya no es posible que la flema se excrete, ni que el cerebro se seque, sino que está empapado y húmedo. Y uno podría conocer esto sobre todo en las ovejas que son presa de esta enfermedad y sobre todo en las cabras; pues estas son atacadas con mucha frecuencia; si cortas la cabeza, encontrarás el cerebro húmedo y lleno de hidropesía y que huele mal, y en esto claramente sabrás que no es el dios el que daña el cuerpo, sino la enfermedad. Y así ocurre también con el hombre; pues cuando el tiempo pasa con la enfermedad, ya no se vuelve curable; pues el cerebro es devorado por la flema y se derrite, y lo que se derrite se convierte en agua, y rodea el cerebro por fuera y lo inunda; y por esto se vuelven epilépticos con más frecuencia y facilidad. Por eso la enfermedad es de larga duración, porque lo que fluye es delgado por su gran abundancia, y es dominado inmediatamente por la sangre y se calienta.
12
Quienes ya están acostumbrados a la enfermedad, presienten cuando van a ser atacados, y huyen de los hombres, si la casa está cerca, a casa, y si no, al lugar más desierto, donde van a ser vistos por los menos posibles al caer, e inmediatamente se cubren; y esto lo hacen por vergüenza de la afección y no por miedo, como cree la mayoría, a lo demoníaco. Los niños, al principio, caen donde sea por falta de costumbre; pero cuando son atacados más veces, cuando lo presienten, huyen hacia sus madres o hacia cualquier otro a quien conozcan mejor, por temor y miedo a la afección; pues los niños, al serlo, aún no conocen la vergüenza.
13
En los cambios de los vientos digo que se vuelven epilépticos por estas razones, y sobre todo con los vientos del sur, luego con los del norte, luego con los demás vientos; estos son los que de los vientos son más fuertes y más contrarios entre sí en su posición y en su poder. Pues el viento del norte contrae el aire y expulsa lo turbio y lo nublado, y lo hace brillante y transparente; de la misma manera también todas las demás cosas, empezando por el mar y las demás aguas; pues expulsa de todas partes la humedad y lo oscuro, y de los mismos hombres, por lo que es el más saludable de los vientos. El viento del sur hace lo contrario a esto; primero, pues, comienza a derretir y dispersar el aire contraído, por lo que no sopla fuerte inmediatamente, sino que primero calma, porque no puede dominar el aire inmediatamente, al ser este antes denso y contraído, sino que con el tiempo lo disuelve; y esto mismo hace también a la tierra y al mar y a los ríos y a las fuentes y a los pozos y a todo lo que crece y en lo que hay humedad; y hay en todo, en más y en menos; y todas estas cosas sienten este viento, y de brillantes se vuelven oscuras, de frías calientes, y de secas húmedas; y todas las vasijas que están en las casas o bajo tierra llenas de vino o de algún otro líquido, todas estas sienten el viento del sur y cambian su forma a otro aspecto; y al sol, a la luna y a las estrellas los hace mucho más borrosos de lo natural. Cuando, pues, siendo estas cosas tan grandes y fuertes, domina tanto y hace que el cuerpo sienta y cambie por estos vientos en los cambios, es necesario que con los vientos del sur el cerebro se disuelva y se ablande y las venas estén más relajadas, y con los del norte lo más saludable del cerebro se contraiga, y lo más enfermizo y húmedo se expulse e inunde desde fuera, y así los catarros sobrevengan en los cambios de estos vientos. Así esta enfermedad ocurre y florece por los que vienen y van, y no es más difícil de curar ni de conocer que las otras, ni más divina que las demás.
14
Los hombres deben saber que de ningún otro lugar nos vienen las alegrías, los placeres, las risas y los juegos que de allí, y las penas, los dolores, las tristezas y los llantos. Y con esto pensamos sobre todo, y razonamos, y vemos, y oímos, y conocemos lo feo y lo bello, lo malo y lo bueno, lo agradable y lo desagradable, distinguiendo unas cosas por la ley y sintiendo otras por lo conveniente, y distinguiendo los placeres y las penas según las ocasiones, y no nos complacen las mismas cosas. Y con esto mismo enloquecemos y perdemos el juicio, y nos sobrevienen terrores y miedos, unos de noche y otros de día, y sueños y extravíos fuera de lugar, y preocupaciones que no llegan, y desconocimiento de las cosas establecidas, y falta de costumbre y de experiencia. Y padecemos todo esto desde el cerebro, cuando este no está sano, sino que se vuelve más caliente de lo natural, o más frío, o más húmedo, o más seco, o ha sufrido alguna otra afección contraria a la naturaleza que no solía. Y enloquecemos por la humedad; pues cuando está más húmedo de lo natural, es necesario que se mueva, y al moverse, ni la vista ni el oído están quietos, sino que vemos y oímos unas veces una cosa y otras otra, y la lengua habla de tales cosas como las que vemos y oímos en cada momento; y el tiempo que el cerebro está quieto, ese tiempo el hombre está cuerdo.
15
El deterioro del cerebro es causado por la flema y la bilis; reconocerás ambos casos de la siguiente manera: aquellos que enloquecen por la flema son tranquilos, no gritan ni causan alboroto, mientras que los que enloquecen por la bilis son ruidosos, malintencionados y no están quietos, sino que siempre hacen algo inoportuno. Si la locura es continua, estas son sus causas; pero si se presentan terrores y miedos, se debe a un desplazamiento del cerebro. Este se desplaza cuando se calienta, y se calienta por la bilis cuando esta se precipita hacia el cerebro desde el cuerpo a través de las venas sanguíneas; el miedo persiste hasta que la bilis regresa a las venas y al cuerpo, momento en el cual cesa. El paciente siente angustia y malestar inoportunamente cuando el cerebro se enfría y se contrae más de lo habitual; esto lo padece por causa de la flema, y debido a esta misma afección, también sufre de olvido. Grita y vocifera durante las noches cuando el cerebro se calienta repentinamente; esto lo padecen los biliosos, pero no los flemáticos. El cerebro se calienta también cuando la sangre llega en gran cantidad hacia él y entra en ebullición. Esta sangre llega en gran cantidad a través de las venas mencionadas cuando el hombre tiene un sueño aterrador y se encuentra en estado de miedo; así como cuando uno está despierto, el rostro se enrojece y los ojos se inyectan en sangre cuando siente miedo y la mente planea cometer alguna maldad, lo mismo sucede durante el sueño; pero cuando despierta, se tranquiliza y la sangre se dispersa de nuevo hacia las venas mencionadas, el estado cesa.
16
Por estas razones considero que el cerebro posee el mayor poder en el hombre; pues este es nuestro intérprete de lo que proviene del aire, si se encuentra sano. El aire le proporciona la inteligencia. Los ojos, los oídos, la lengua, las manos y los pies actúan según lo que el cerebro conoce; pues el cuerpo entero participa de la inteligencia en la medida en que participa del aire. El cerebro es el que transmite la comprensión; pues cuando el hombre aspira el aire hacia sí, este llega primero al cerebro y así se dispersa por el resto del cuerpo, dejando en el cerebro su esencia y todo lo que es inteligente y posee juicio. Pues si llegara primero al cuerpo y después al cerebro, al haber dejado el discernimiento en las carnes y en las venas, llegaría al cerebro caliente y no puro, sino mezclado con la humedad de las carnes y de la sangre, de modo que ya no sería preciso.
17
Por ello afirmo que el cerebro es el que interpreta la comprensión. Las llamadas' frenes'( diafragma) tienen ese nombre por azar y por convención, pero no por la realidad ni por la naturaleza, y yo mismo no sé qué poder tienen las frenes para pensar y razonar, salvo que, si un hombre se alegra excesivamente de forma inesperada o se aflige, estas palpitan y provocan saltos debido a su delgadez y a que están muy extendidas en el cuerpo, y no tienen una cavidad en la que recibir lo que les sobreviene, sea bueno o malo, sino que se ven perturbadas por ambas cosas debido a la debilidad de su naturaleza. Pues, en realidad, no perciben nada antes que las demás partes del cuerpo, sino que tienen ese nombre y esa atribución en vano, al igual que las partes junto al corazón que se llaman' orejas', que no contribuyen en nada a la audición. Algunos dicen que pensamos con el corazón y que este es el órgano que se aflige y reflexiona; pero esto no es así, sino que se contrae al igual que las frenes, y más aún por estas razones: pues desde todo el cuerpo las venas convergen hacia él, y lo mantiene cerrado de modo que siente si algún dolor o tensión le ocurre al hombre; pues es necesario que, al afligirse, el cuerpo se estremezca y se tense, y que al alegrarse excesivamente experimente lo mismo; por eso el corazón y las frenes sienten más. Sin embargo, la inteligencia no pertenece a ninguno de los dos, sino que el cerebro es la causa de todo esto. Así pues, al igual que es el primero de los órganos del cuerpo en sentir la inteligencia del aire, también, si ocurre un cambio más fuerte en el aire debido a las estaciones y el aire mismo se vuelve diferente, el cerebro es el primero en sentirlo; por eso afirmo que las enfermedades caen sobre él de la manera más aguda, grave, mortal y difícil de distinguir para los inexpertos.
18
Esta enfermedad llamada sagrada se origina por las mismas causas que las demás: por lo que entra y sale, por el frío, el sol y los vientos que cambian y nunca están en reposo. Estas cosas son divinas, de modo que no hay que considerar que esta enfermedad sea más divina que las demás, sino que todas son divinas y todas humanas; cada una tiene su propia naturaleza y poder, y nada es inescrutable ni imposible. La mayoría son curables con las mismas cosas que las originan; pues lo que para uno es alimento, para otro es daño. Por tanto, el médico debe saber cómo, al distinguir el momento oportuno para cada caso, devolver el alimento a uno y aumentarlo, y a otro quitárselo y perjudicarlo. Es necesario, tanto en esta enfermedad como en todas las demás, no aumentar las enfermedades, sino apresurarse a agotarlas ofreciendo a la enfermedad lo que le sea más hostil a cada una, y no lo que le sea afín y habitual; pues por la costumbre la enfermedad florece y crece, mientras que por lo hostil se debilita y se desvanece. Quien sepa distinguir tal cambio en los hombres y pueda hacer al hombre húmedo, seco, caliente o frío mediante la dieta, ese también podría curar esta enfermedad, si distinguiera los momentos oportunos de lo que es conveniente, sin purificaciones, encantamientos ni ninguna otra charlatanería de ese tipo.

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