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Original / primary: Spanish Gemini
1
Me parece que lo mejor para el médico es practicar la previsión. Pues, al conocer de antemano y anunciar a los enfermos tanto los síntomas presentes como los pasados y los que han de venir, y al explicar lo que los pacientes omiten, se le considerará más conocedor de la situación de los enfermos, de modo que los hombres se atreverán a ponerse en manos del médico. Y el tratamiento lo realizaría de la mejor manera si, de antemano, conociera los desenlaces a partir de los padecimientos presentes. Pues es imposible devolver la salud a todos los enfermos; esto, en efecto, habría sido mejor que conocer de antemano lo que va a suceder. Dado que los hombres mueren, unos antes de llamar al médico, por la fuerza de la enfermedad, y otros, tras haberlo llamado, fallecen al instante, ya sea viviendo un solo día o un poco más de tiempo antes de que el médico pueda luchar con su arte contra cada enfermedad, es necesario conocer la naturaleza de tales padecimientos, cuánto exceden la fuerza de los cuerpos, y al mismo tiempo si hay algo divino en las enfermedades, y aprender a fondo la previsión de esto. Pues así sería justamente admirado y sería un buen médico; ya que, a aquellos a quienes es posible salvar, podría preservarlos aún mejor, deliberando con mayor antelación sobre cada caso, y al conocer y anunciar de antemano quiénes morirán y quiénes se salvarán, quedaría libre de culpa.
2
En las enfermedades agudas, se debe observar lo siguiente: primero, el rostro del enfermo, si es semejante al de los que gozan de salud, y, sobre todo, si es igual a sí mismo, pues así sería lo mejor; lo más opuesto a lo semejante es lo más grave. Esto sería lo siguiente: nariz afilada, ojos hundidos, sienes hundidas, orejas frías y contraídas, y los lóbulos de las orejas vueltos hacia afuera, y la piel de la frente dura, tensa y reseca. Y el color de todo el rostro, ya sea pálido, negro, lívido o plomizo. Si, pues, al principio de la enfermedad el rostro es así, y aún no es posible conjeturar por otros signos, se debe preguntar si el enfermo ha pasado la noche en vela, si sus evacuaciones intestinales han sido excesivamente líquidas o si padece hambre; y si admite algo de esto, considérese menos grave; tales estados se definen en un día y una noche si el rostro es así por estas causas. Pero si dice que nada de esto ocurre, ni se restablece en el tiempo mencionado, hay que saber que la muerte está cerca. Si, siendo la enfermedad más antigua, de tres o cuatro días, el rostro es así, se debe preguntar sobre lo que antes recomendé y observar los otros signos, tanto en todo el rostro como en el cuerpo y en los ojos. Pues si huyen de la luz, o lagrimean involuntariamente, o se desvían, o uno es más pequeño que el otro, o tienen los blancos rojos o lívidos, o tienen venitas negras en ellos, o aparecen legañas alrededor de los ojos, o están suspendidos, o protruyen, o se vuelven profundamente hundidos, o los ojos están secos y sin brillo, hay que considerar que todo esto es malo y letal. Se debe observar también la posición de los ojos durante el sueño; pues si algo de lo blanco aparece sin que los párpados se cierren, a menos que sea por diarrea o por haber tomado un purgante, o que no esté acostumbrado a dormir así, el signo es malo y muy mortífero. Y si el párpado, el labio o la nariz se vuelven curvados, lívidos o amarillentos, junto con alguno de los otros signos, hay que saber que la muerte está cerca; también es mortífero que los labios se relajen, cuelguen, estén fríos y se vuelvan blanquecinos.
3
El médico debe encontrar al enfermo acostado sobre el costado derecho o el izquierdo, con las manos, el cuello y las piernas ligeramente flexionados, y todo el cuerpo en posición relajada; pues así se acuestan la mayoría de los que gozan de salud; las mejores posiciones son las que se asemejan a las de los sanos. Estar acostado boca arriba, con las manos, el cuello y las piernas extendidos, es menos bueno. Si además se inclina hacia adelante y se desliza en la cama hacia los pies, es más grave. Y si se encuentra con los pies desnudos, no estando muy calientes, y las manos, el cuello y las piernas arrojados de forma desigual y desnudos, es malo; pues indica inquietud. Es mortífero dormir siempre con la boca abierta, y que las piernas, estando acostado boca arriba, estén fuertemente flexionadas y entrelazadas. Acostarse sobre el vientre, cuando no es habitual dormir así estando sano, indica algún delirio o dolor en las zonas alrededor del vientre. Querer sentarse, estando la enfermedad en su apogeo, es perjudicial en todas las enfermedades agudas, y lo peor en las neumonías. Rechinar los dientes en las fiebres, en aquellos que no tienen la costumbre desde niños, es signo de locura y muerte, pero hay que anunciar que habrá peligro en ambos casos; y si hace esto delirando, se vuelve ya muy letal. Una úlcera, tanto si ya existía como si aparece durante la enfermedad, debe ser examinada; pues si el hombre está a punto de morir, antes de la muerte estará lívida y seca, o amarillenta y seca.
4
Sobre el movimiento de las manos, esto es lo que sé: en las fiebres agudas, en las neumonías, en las frenitis o en las cefaleas, cuando se mueven frente al rostro, cazan en el vacío, recogen pelusas, arrancan hilos de las ropas y extraen paja de la pared, todas estas acciones son malas y mortíferas.
5
Una respiración frecuente indica dolor o inflamación en las zonas por encima del diafragma; una respiración profunda y a largos intervalos indica delirio. Una respiración fría exhalada por la nariz y la boca se vuelve ya muy letal. Se debe considerar que una buena respiración tiene un gran poder para la salvación en todas las enfermedades agudas que van acompañadas de fiebre y se definen en cuarenta días.
6
Los sudores son mejores en todas las enfermedades agudas cuando ocurren en los días críticos y eliminan completamente la fiebre. Son buenos también los que, al producirse por todo el cuerpo, muestran que el hombre sobrelleva la enfermedad con mayor facilidad. Los que no producen tal efecto no son provechosos. Los peores son los fríos y los que ocurren solo alrededor de la cabeza, el rostro y el cuello; pues estos, con fiebre aguda, presagian la muerte, y con una más leve, una larga duración de la enfermedad. Y los que ocurren por todo el cuerpo de la misma manera que los de la cabeza; los que son como granos de mijo y ocurren solo alrededor del cuello son perjudiciales. Los que van acompañados de gotas y son vaporosos son buenos. Se debe observar el conjunto de los sudores. Pues unos ocurren por relajación de los cuerpos, otros por la tensión de la inflamación.
7
El hipocondrio es mejor cuando está libre de dolor, blando y uniforme, tanto a la derecha como a la izquierda. Si está inflamado, causa dolor, está tenso o los lados derecho e izquierdo están dispuestos de forma desigual, todo esto debe ser vigilado. Si hay pulsación en el hipocondrio, indica agitación o delirio; pero hay que observar los ojos de tales pacientes; pues si los ojos se mueven frecuentemente, es de esperar que enloquezcan. Un edema en el hipocondrio que sea duro y doloroso es lo peor si abarca todo el hipocondrio; si está en un solo lado, es menos peligroso en el izquierdo. Tales edemas indican al principio que la muerte será a corto plazo; pero si supera los veinte días, persistiendo la fiebre y sin que el edema disminuya, se convierte en supuración. En estos casos, en el primer periodo, ocurre una hemorragia nasal, y ayuda mucho; pero hay que preguntar si les duele la cabeza o si tienen la vista nublada; pues si hay algo así, hacia allí se inclinaría. En los más jóvenes de treinta y cinco años, se debe esperar la hemorragia nasal. Los edemas blandos, indoloros y que ceden al dedo hacen que las crisis sean más largas y son menos graves que aquellos. Si superara los sesenta días, persistiendo la fiebre y sin que el edema disminuya, indica que habrá empiema; y esto, al igual que en el resto del vientre, ocurre de la misma manera. Por tanto, todos los que son dolorosos, duros y grandes indican peligro de muerte a corto plazo; los que son blandos, indoloros y ceden al ser presionados con el dedo son más largos que aquellos. Los edemas en el vientre producen menos abscesos que los de los hipocondrios, y los que están debajo del ombligo son los que menos se convierten en supuración; la hemorragia nasal debe esperarse sobre todo desde las zonas superiores. En todos los edemas que se prolongan alrededor de estas zonas, se debe vigilar la supuración. Las supuraciones de ahí deben observarse así: las que se dirigen hacia afuera son las mejores, siendo pequeñas, inclinándose lo más posible hacia afuera y apuntando hacia una punta; las que son grandes, anchas y que apenas apuntan hacia una punta son las peores; las que se rompen hacia adentro son las mejores, las que no tienen ninguna comunicación con la zona exterior, sino que están contraídas e indoloras; y toda la zona exterior parece del mismo color. El pus es mejor cuando es blanco, uniforme, liso y lo menos fétido posible; lo contrario de esto es lo peor.
8
Las hidropesías que provienen de las enfermedades agudas son todas malas; pues no eliminan la fiebre, son muy dolorosas y mortíferas. La mayoría comienza en los flancos y la región lumbar, otras en el hígado; en aquellos en quienes los comienzos ocurren en los flancos y la región lumbar, los pies se hinchan y las diarreas son prolongadas, sin aliviar los dolores de los flancos y la región lumbar, ni vaciar el vientre; en aquellos en quienes las hidropesías provienen del hígado, les sobreviene el deseo de toser y no expectoran nada digno de mención, los pies se hinchan, el vientre no evacua, a menos que sea duro y por necesidad, y se producen edemas alrededor del vientre, unos a la derecha, otros a la izquierda, que aparecen y desaparecen.
9
Que la cabeza, las manos y los pies estén fríos es malo, estando el vientre y los costados calientes. Lo mejor es que todo el cuerpo esté caliente y blando de manera uniforme. El enfermo debe poder girarse fácilmente y estar ligero en los movimientos; si parece pesado, tanto el resto del cuerpo como las manos y los pies, es más peligroso. Si, además de la pesadez, las uñas y los dedos se vuelven lívidos, la muerte es inminente; si los dedos y los pies se ennegrecen por completo, son menos letales que los lívidos, pero hay que observar también los otros signos; pues si parece sobrellevar el mal con facilidad y, además de estos signos, muestra algún otro indicio de supervivencia, hay esperanza de que la enfermedad se convierta en absceso, de modo que el hombre sobreviva y las partes ennegrecidas del cuerpo se desprendan. Los testículos y los genitales retraídos indican dolores intensos y peligro mortífero.
10
Sobre los sueños, tal como es habitual según la naturaleza, se debe estar despierto durante el día y dormir durante la noche. Si esto estuviera cambiado, es peor; pero causaría menos daño si durmiera desde la mañana hasta la tercera parte del día; los sueños a partir de este tiempo son peores; lo peor es no dormir, ni de noche ni de día; pues a partir de este signo sigue el insomnio por dolor y sufrimiento, o el delirio.
11
La evacuación es mejor cuando es blanda, consistente y en el momento en que evacuaba estando sano, y en cantidad proporcional a lo que ingiere; pues siendo así la salida, el vientre estaría sano. Si la evacuación fuera líquida, conviene que no sea frecuente ni abundante, y que evacue poco a poco; pues el hombre, fatigado por el levantamiento continuo, podría sufrir insomnio; si evacua mucho de golpe, hay peligro de desmayo. Pero debe evacuar según la cantidad de lo que ingiere, ya sea dos o tres veces al día, y una vez por noche, y más por la mañana, como es habitual en el hombre. La evacuación debe espesarse a medida que la enfermedad avanza hacia la crisis. Que sea ligeramente rojiza y no muy fétida. Es adecuado también que salgan lombrices redondas con la evacuación, a medida que la enfermedad avanza hacia la crisis. En toda enfermedad, el vientre debe estar relajado y con buen volumen. Que evacue muy acuoso, o blanco, o verde, o intensamente rojo, o espumoso, todo esto es malo. Además, es malo si es escaso, viscoso, blanco, verdoso y liso. Más mortíferos que estos serían los negros, o grasientos, o lívidos, o violáceos, o fétidos. Los variados son más largos que estos, pero no menos letales; tales son los que parecen raspaduras, biliosos, de color de puerro y negros, a veces saliendo juntos, a veces por partes. Que los gases salgan sin ruido ni flatulencia es lo mejor; es mejor que salgan incluso con ruido que retenerlos dentro; y al salir así, indica que el hombre sufre o delira, a menos que el hombre haga la expulsión de la naturaleza voluntariamente. Los dolores y protuberancias de los hipocondrios, si son recientes y no van acompañados de inflamación, los resuelve el borborigmo que se genera en el hipocondrio, y sobre todo si sale con heces, orina y gases; si no, el hecho de que pase por sí mismo ayuda; ayuda también que descienda a las zonas inferiores.
12
La orina es mejor cuando el sedimento es blanco, liso y uniforme durante todo el tiempo, hasta que la enfermedad se define; pues indica seguridad y que la enfermedad será de corta duración. Si se interrumpe, y a veces se orina clara, y a veces se deposita el sedimento blanco y liso, la enfermedad se vuelve más larga y menos segura. Si la orina fuera rojiza y su sedimento fuera semejante y liso, esto se vuelve más largo que el primero, pero es muy salvador. Los sedimentos granulosos en la orina son malos; peores que estos son los que parecen escamas; los blancos y delgados son muy malos; peores aún que estos son los que parecen salvado. Las nubes que aparecen en la orina, si son blancas, son buenas; si son negras, son malas. Mientras la orina sea rojiza y delgada, indica que la enfermedad no está digerida; si fuera prolongada siendo así, hay peligro de que el hombre no pueda resistir hasta que la enfermedad madure. Más mortíferos que las orinas son los fétidos, acuosos, negros y espesos; en los hombres y en las mujeres, las orinas negras son las peores, y en los niños, las acuosas. Aquellos que orinan orinas delgadas y crudas durante mucho tiempo, si los otros signos son como para que sobrevivan, en estos se debe esperar un absceso en las zonas debajo del diafragma. También se deben reprobar las grasas que se posan arriba como telarañas; pues son signos de consunción. Se debe observar en las orinas en las que hay nubes, si están arriba o abajo, y qué colores tienen; las que se dirigen hacia abajo con los colores mencionados, considérense buenas y elógiense; las que están arriba con los colores mencionados, considérense malas y repruebense. Que no te engañe si la vejiga, teniendo alguna enfermedad, produce tales orinas; pues no es signo de todo el cuerpo, sino de ella misma por sí sola.
13
El vómito más beneficioso es el de flema y bilis mezcladas lo más posible; y que no sea muy espeso ni abundante; pues los que son más puros son peores. Si lo vomitado fuera de color de puerro, lívido o negro, sea cual sea de estos colores, hay que considerar que es malo; si el mismo hombre vomitara todos los colores, esto se vuelve muy letal; el vómito lívido indica la muerte más rápida si huele mal. Todos los olores semipútridos y fétidos son malos en todos los vómitos.
14
El esputo debe ser expectorado rápida y fácilmente en todos los dolores alrededor del pulmón y los costados, y debe aparecer intensamente amarillo mezclado con el esputo. Pues si se expectorara mucho después del comienzo del dolor, siendo amarillo o rojizo, o causando mucha tos, o no estando fuertemente mezclado, se vuelve peor; pues el amarillo puro es peligroso, y el blanco, viscoso y redondo no es provechoso. Es malo también el que es muy verde y el espumoso; si fuera tan puro que incluso pareciera negro, esto es más grave que aquellos; es malo también si no se limpia nada y el pulmón no expulsa, sino que, estando lleno, hierve en la garganta. Los resfriados y estornudos que han ocurrido o sobrevenido en todas las enfermedades alrededor del pulmón son malos; pero en las otras enfermedades más mortíferas, los estornudos son provechosos. El esputo amarillo mezclado con poca sangre en las neumonías, expectorado al principio de la enfermedad, es signo de supervivencia y ayuda mucho; pero siendo el séptimo día o más antiguo, es menos seguro. Todos los esputos son malos si no calman el dolor. Los peores son los negros, como se ha descrito. Los que calman el dolor son los mejores de todos al ser expectorados.
15
Aquellos dolores que no cesan en estas zonas, ni con las limpiezas de esputos, ni con la evacuación del vientre, ni con las sangrías, purgantes y dietas, hay que saber que supurarán. De las supuraciones, las que supuran mientras el esputo aún es bilioso son muy letales, ya sea que lo bilioso se expectore en parte con el pus o todo junto; sobre todo si el empiema comienza a salir a partir de este esputo, siendo el séptimo día de la enfermedad. Hay esperanza de que el que expectora tales cosas muera el decimocuarto día, a menos que le sobrevenga algo bueno. Los signos buenos son estos: sobrellevar la enfermedad con facilidad, respirar bien, estar libre de dolor, expectorar el esputo fácilmente, que el cuerpo parezca caliente y blando de manera uniforme, no tener sed, y que las orinas, evacuaciones, sueños y sudores, tal como se ha descrito que es bueno cada uno, sobrevengan; pues si sobrevienen todas estas cosas, el hombre no moriría; pero si sobreviven algunas de ellas y otras no, el hombre moriría sin vivir más tiempo que catorce días. Los signos malos son los contrarios a estos, es decir, sobrellevar la enfermedad con dificultad, tener una respiración profunda y frecuente, que el dolor no cese, expectorar el esputo con dificultad, tener mucha sed, que el cuerpo esté afectado por la fiebre de manera desigual, y que el vientre y los costados estén muy calientes, mientras que la frente, las manos y los pies estén fríos, y que las orinas, evacuaciones, sueños y sudores, tal como se ha descrito que es malo cada uno, sobrevengan; pues si sobreviniera algo a este esputo, el hombre moriría antes de llegar a los catorce días, ya sea el noveno o el undécimo. Así, pues, hay que conjeturar que este esputo es muy mortífero y que no llega a los catorce días. Se debe predecir los pronósticos sumando los signos buenos y malos que sobrevienen; pues así uno podría acertar más. Las otras supuraciones se rompen en su mayoría, unas a los veinte días, otras a los treinta, otras a los cuarenta, y otras llegan hasta los sesenta días.
16
Se debe examinar el comienzo del empiema calculando desde el día en que el hombre tuvo fiebre por primera vez, o cuando le sobrevino un escalofrío, y si dice que en lugar del dolor ha tenido pesadez en la zona donde le dolía; pues esto ocurre en los comienzos de los empiemas. Por tanto, a partir de estos tiempos se debe esperar la ruptura de los empiemas en los tiempos mencionados. Si el empiema fuera solo en un lado, se debe girar y examinar si tiene algún dolor en el otro costado; y si un lado está más caliente que el otro, al acostarse sobre el costado sano, preguntar si le parece que algo pesado cuelga desde arriba. Pues si fuera así, el empiema está en el otro lado, en el costado hacia el cual se produce la pesadez.
17
Se debe conocer a todos los empiémicos por estos signos. Primero, la fiebre no cesa, sino que durante el día es leve y durante la noche es mayor, y sobrevienen muchos sudores, les sobreviene el deseo de toser y no expectoran nada digno de mención, los ojos se vuelven hundidos, las mejillas tienen rojeces, las uñas de las manos se curvan, los dedos se calientan, sobre todo las puntas, se producen edemas en los pies, no desean alimentos y aparecen ampollas por el cuerpo. Todos los empiemas que se prolongan tienen estos signos, y hay que confiar mucho en ellos; los que son de corta duración, en estos se señala si aparece algo, como también en los que ocurren al principio, y al mismo tiempo si el hombre tiene más dificultad para respirar. Se debe conocer cuáles de ellos se rompen más rápido o más lento por lo siguiente: si el dolor ocurre al principio, y la dificultad para respirar, la tos y la expectoración persisten, hay que esperar la ruptura a los veinte días, o incluso antes; pero si el dolor es más tranquilo y todo lo demás es proporcional, en estos hay que esperar la ruptura más tarde; es necesario que ocurra dolor, dificultad para respirar y expectoración antes de la ruptura del pus. Sobreviven sobre todo aquellos a quienes la fiebre abandona el mismo día después de la ruptura, desean alimentos rápidamente, están libres de sed, el vientre evacua poco y consistente, y el pus es blanco, liso, del mismo color, libre de flema y se limpia sin dolor ni tos intensa. De la mejor manera y más rápidamente se curan así; si no, aquellos a quienes les ocurre lo más cercano a esto. Perecen aquellos a quienes la fiebre no abandona, o, pareciendo abandonarlos, aparece de nuevo recalentándose, tienen sed, no desean alimentos, el vientre está líquido y expectoran pus verde o lívido, o flemoso y espumoso; si todo esto ocurre, perecen; aquellos a quienes les sobrevienen algunas de estas cosas y otras no, unos perecen y otros sobreviven en mucho tiempo. Pero hay que señalar a partir de todos los indicios que existen en estos, y en todos los demás.
18
Aquellos a quienes les ocurren abscesos de las enfermedades neumónicas alrededor de las orejas, y supuran, o hacia las zonas inferiores, y se forman fístulas, estos sobreviven. Se debe examinar tales casos así: si la fiebre persiste, el dolor no cesa, el esputo no sale proporcionalmente, las evacuaciones del vientre no son biliosas, ni se vuelven fáciles y puras, y la orina no es muy abundante y con mucho sedimento, y es asistido favorablemente por todos los demás signos de supervivencia, en estos se debe esperar que ocurran tales abscesos. Los que van hacia las zonas inferiores ocurren en aquellos a quienes se les genera algo de flema alrededor de los hipocondrios; los que van hacia arriba, en aquellos en quienes el hipocondrio permanece relajado e indoloro, y habiendo estado con dificultad para respirar durante algún tiempo, cesa, sin otra causa evidente. Los abscesos hacia las piernas en las neumonías intensas y peligrosas son todos provechosos, pero los mejores son los que ocurren cuando el esputo está en transformación; pues si el edema y el dolor ocurrieran, siendo el esputo purulento en lugar de amarillo y saliendo hacia afuera, así el hombre sobreviviría con mayor seguridad y el absceso indoloro cesaría rápidamente; pero si el esputo no saliera bien, ni la orina pareciera tener un buen sedimento, hay peligro de que la articulación quede coja o cause muchos problemas. Si los abscesos desaparecen y retroceden, sin que el esputo salga y persistiendo la fiebre, es grave; pues hay peligro de que el hombre delire y muera. De los empiémicos que provienen de las neumonías, los más ancianos perecen más; de los otros empiemas, los más jóvenes mueren más. Aquellos empiémicos que son cauterizados o cortados, en quienes el pus es puro, blanco y no fétido, se salvan; en quienes es sanguinolento y cenagoso, perecen.
19
Los dolores que ocurren con fiebre alrededor de la región lumbar y las zonas inferiores, si afectan al diafragma, abandonando las zonas inferiores, son muy letales. Por tanto, hay que prestar atención a los otros signos, de modo que si aparece algún otro signo malo, el hombre no tiene esperanza; pero si, al lanzarse la enfermedad hacia el diafragma, no sobrevienen otros signos malos, hay muchas esperanzas de que este tenga un empiema. Las vejigas duras y dolorosas son totalmente graves y letales; más letales son las que ocurren con fiebre continua; pues los dolores de las vejigas mismas son suficientes para matar; y los vientres no evacuan en este tiempo, a menos que sea duro y por necesidad; lo resuelve la orina purulenta orinada, que tiene el sedimento blanco y liso. Pero si la orina no cede nada, ni la vejiga se ablanda, y la fiebre es continua, en los primeros periodos de la enfermedad hay esperanza de que el enfermo muera. Este modo afecta sobre todo a los niños de siete años, hasta que llegan a los quince años.
20
Las fiebres se resuelven en los mismos días contados, tanto aquellas de las que los hombres se recuperan como aquellas de las que mueren. Pues las fiebres más benignas y que se asientan sobre los signos más seguros cesan al cuarto día o antes; y las más malignas y que ocurren sobre los signos más terribles matan al cuarto día o antes. El primer ataque de estas termina así; el segundo se prolonga hasta el séptimo; el tercero hasta el undécimo; el cuarto hasta el decimocuarto; el quinto hasta el decimoséptimo; el sexto hasta el vigésimo. Estas, pues, de las enfermedades más agudas, terminan a través de cuatro hasta los veinte días por adición. No es posible contar ninguna de estas con días exactos, pues ni el año ni los meses están hechos para ser contados por días exactos. Después de esto, de la misma manera y según la misma adición, el primer periodo es de treinta y cuatro días, el segundo de cuarenta días, el tercero de sesenta días. Al principio de estas es muy difícil diagnosticar las que han de resolverse en el tiempo más largo, pues sus comienzos son muy similares; pero es necesario observar desde el primer día y examinar cada tétrada que se añade, y no pasará inadvertido hacia dónde se inclinará la enfermedad. La constitución de las fiebres cuartanas surge de tal orden. Las que han de resolverse en el tiempo más breve son más fáciles de conocer, pues las diferencias desde su inicio son muy grandes; los que se recuperarán tienen una respiración fácil, no sienten dolor, duermen por las noches y tienen los demás signos muy seguros; los que morirán tienen dificultad para respirar, deliran, padecen insomnio y tienen los demás signos muy malos. Por tanto, es necesario conjeturar sobre estas según ocurren, tanto por el tiempo como por cada adición a medida que las enfermedades avanzan hacia la crisis. Según el mismo principio, las crisis ocurren también en las mujeres a partir de los partos.
21
Dolores de cabeza fuertes y continuos con fiebre; si se añade alguno de los signos mortales, es muy letal. Pero si el dolor supera los veinte días sin tales signos y la fiebre persiste, hay que prever una hemorragia nasal u otra evacuación hacia las partes inferiores; mientras el dolor sea reciente, hay que esperar igualmente una hemorragia nasal o una supuración, sobre todo si el dolor está alrededor de las sienes y la frente; más bien hay que esperar la hemorragia en los menores de treinta y cinco años, y en los mayores, la supuración.
22
Un dolor agudo de oído con fiebre continua y fuerte es terrible, pues hay peligro de que el hombre delire y muera. Como este lugar es peligroso, hay que prestar atención rápidamente a todos los signos desde el primer día. Los más jóvenes mueren al séptimo día o incluso antes por esta enfermedad; los ancianos, mucho más lentamente, pues las fiebres y los delirios les sobrevienen menos, y por eso los oídos llegan a supurar antes; pero en estas edades, las recaídas de la enfermedad matan a la mayoría. Los más jóvenes mueren antes de que el oído supure; a menos que, ciertamente, fluya pus blanco del oído, hay esperanza de que el más joven se recupere, si además le sobreviene algún otro signo favorable.
23
La faringe ulcerada con fiebre es terrible; pero si surge algún otro signo de los considerados malos, hay que predecir que el hombre está en peligro. Las anginas son terribles y matan muy rápidamente cuando no producen nada evidente en la faringe ni en el cuello, pero causan mucho dolor y ortopnea; estas asfixian incluso en el mismo día, o al segundo, al tercero o al cuarto. Las que causan dolor de manera similar en otros aspectos, pero se inflaman y producen eritemas en la faringe, son muy letales, pero más crónicas que las anteriores si el eritema se vuelve grande. En aquellos en quienes la faringe y el cuello se inflaman conjuntamente, estas son más crónicas, y algunos se recuperan especialmente de ellas si el cuello y el pecho tienen eritema y la erisipela no retrocede hacia adentro. Pero si la erisipela no desaparece en los días críticos, ni se forma un tumor en la parte externa, ni se expulsa pus al toser, y parece que el paciente está fácil y sin dolor, esto significa la muerte o una recaída del eritema. Es más seguro que el edema y el eritema se vuelvan hacia afuera tanto como sea posible; si se vuelve hacia el pulmón, produce delirio, y algunos de ellos se vuelven empiémicos en la mayoría de los casos. Las úvulas son peligrosas de cortar o incidir mientras estén rojas y grandes, pues sobrevienen inflamaciones y hemorragias; pero hay que intentar reducir tales cosas con otros medios en este momento. Cuando todo se haya separado, lo que llaman úvula, y el extremo de la úvula se vuelva más grande y redondeado, y la parte superior más delgada, en este momento es seguro intervenir. Es mejor vaciar el vientre antes de usar la cirugía, si el tiempo lo permite y el hombre no se asfixia.
24
En aquellos en quienes las fiebres cesan sin que ocurran signos resolutivos ni en días críticos, hay que esperar una recaída. Quien tenga una fiebre que se prolongue mientras el hombre se encuentra en estado de recuperación, sin que haya dolor por alguna inflamación ni por ninguna otra causa evidente, en este hay que esperar una evacuación con edema y dolor hacia alguna de las articulaciones, y no menos hacia las inferiores. Tales evacuaciones ocurren más y en menor tiempo en los menores de treinta años; hay que observar inmediatamente lo relativo a la evacuación si la fiebre persiste superando los veinte días; en los mayores ocurre menos, siendo la fiebre más crónica. Hay que esperar tal evacuación mientras la fiebre sea continua, y que se establezca en cuartana si interrumpe y sobreviene de manera errática, y haciendo esto se acerque al otoño. Así como en los menores de treinta años ocurren las evacuaciones, así las cuartanas ocurren más en los de treinta años y mayores. Hay que saber que las evacuaciones ocurren más en invierno y cesan más crónicamente, pero retroceden menos. Quien en una fiebre no mortal diga que le duele la cabeza, o que le aparece algo oscuro ante los ojos, o que le sobreviene palpitación cardíaca, tendrá vómito bilioso; si además le sobreviene escalofrío y las partes inferiores del hipocondrio están frías, el vómito sobrevendrá aún más rápido; si bebe o come algo durante este tiempo, lo vomita muy rápidamente. En aquellos en quienes el dolor comienza a ocurrir el primer día, se ven presionados sobre todo al cuarto y quinto día; se liberan hacia el séptimo; sin embargo, la mayoría de ellos comienzan a sufrir al tercer día, se ven más afectados al quinto y se liberan al noveno o undécimo; los que comienzan a sufrir al quinto día, y los demás síntomas les ocurren según el principio, la enfermedad se resuelve hacia el decimocuarto día. Esto ocurre en los hombres y en las mujeres sobre todo en las tercianas; en los más jóvenes ocurre también en estas, pero más en las fiebres más continuas y en las tercianas genuinas. En aquellos que en una fiebre de este tipo tienen dolor de cabeza, en lugar de que les aparezca algo oscuro ante los ojos, ocurre visión borrosa o aparecen destellos, y en lugar de palpitación cardíaca, en el hipocondrio hacia la derecha o hacia la izquierda se tensa algo sin dolor ni inflamación, es esperable que en estos fluya sangre por la nariz en lugar del vómito. También aquí hay que esperar la hemorragia más en los jóvenes; en los de treinta y cinco años y mayores, menos, sino que hay que esperar los vómitos en estos. En los niños ocurren convulsiones si la fiebre es aguda y el vientre no evacua, y padecen insomnio, se asustan, lloran, cambian de color y se ponen pálidos, lívidos o rojos. Esto ocurre con mayor facilidad en los niños más pequeños hasta los siete años; los niños mayores y los hombres ya no son presa de las convulsiones en las fiebres, a menos que sobrevenga alguno de los signos más fuertes y peores, como ocurre en las frenitis. Hay que conjeturar quiénes de los niños y de los demás morirán y quiénes se recuperarán por todos los signos, tal como se ha descrito para cada caso. Digo esto sobre las enfermedades agudas y lo que surge de ellas.
25
El que ha de pronosticar correctamente quiénes se recuperarán y quiénes morirán, tanto aquellos en quienes la enfermedad ha de permanecer más días como aquellos en quienes menos, debe aprender todos los signos y ser capaz de juzgar, calculando sus fuerzas entre sí, tal como se ha descrito sobre las demás cosas y sobre la orina y los esputos, cuando expulsa pus y bilis a la vez. Hay que considerar también rápidamente las tendencias de las enfermedades que siempre prevalecen, y la constitución de la estación. Sin embargo, hay que saber bien sobre los indicios y los demás signos, y no olvidar que en todo año y en toda estación los males significan mal, y los bienes bien, puesto que incluso en Libia, en Delos y en Escitia los signos descritos resultan ser verdaderos. De lo cual hay que saber que en los mismos lugares no hay nada terrible en no acertar la mayoría de ellos, si uno, habiéndolos aprendido, sabe juzgar y calcular correctamente. No hay que buscar el nombre de ninguna enfermedad que no resulte estar escrita aquí; pues todas las que se resuelven en los tiempos preanunciados, las conocerás por los mismos signos.