Hymn 3 to Delian and Pythian Apollo
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Original / primary: Spanish Gemini
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Recordaré y no olvidaré a Apolo, el que hiere de lejos,
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a quien los dioses temen cuando entra en la morada de Zeus;
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todos se levantan de sus asientos cuando él se acerca
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y tensa su glorioso arco.
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Solo Leto permanece junto a Zeus, el que se complace en el rayo,
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quien destensa el arco y cierra el carcaj,
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y, tomándolo con sus manos de sus robustos hombros,
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cuelga el arco en una columna de su padre
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de un clavo de oro; luego, guiándolo, lo sienta en su trono.
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El padre le ofrece néctar en una copa de oro,
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dando la bienvenida a su querido hijo; después, los otros dioses
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se sientan allí; y se alegra la venerable Leto,
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porque dio a luz a un hijo arquero y poderoso.
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Salve, dichosa Leto, pues diste a luz hijos gloriosos,
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al señor Apolo y a Ártemis, la que dispara flechas,
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a ella en Ortigia, y a él en la escabrosa Delos,
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apoyada contra el gran monte y la colina de Cinto,
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muy cerca de la palmera, junto a las corrientes del Inopo.
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¿ Cómo te cantaré, siendo tú digno de todo himno?
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Pues por todas partes, Febo, se han extendido los temas de tu canto,
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tanto por el continente que cría ganado como por las islas;
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todas las cumbres te son gratas y los picos elevados
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de las altas montañas y los ríos que fluyen hacia el mar
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y las costas que se inclinan hacia el mar y los puertos marinos.
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¿ Fue acaso cuando Leto te dio a luz por primera vez, alegría para los mortales,
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apoyada contra el monte Cinto en la escabrosa isla,
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en la rodeada por el mar Delos? Y a ambos lados, la oscura ola
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se precipitaba hacia tierra firme con vientos de agudo silbido,
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desde donde, partiendo, reinas sobre todos los mortales.
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Cuantos posee Creta y el pueblo de Atenas,
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la isla de Egina y la famosa por sus naves Eubea,
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Egas, Peiresias y la costera Pepareto,
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el Atos tracio y las altas cumbres del Pelión,
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Samos de Tracia y los montes sombríos del Ida,
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Esciro, Focea y el escarpado monte Autocane,
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la bien construida Imbros y la brumosa Lemnos,
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la sagrada Lesbos, sede de Macar, el eolio,
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y Quíos, la más brillante de las islas que yacen en el mar,
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el escarpado Mimas y las altas cumbres de Corico,
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la resplandeciente Claros y el escarpado monte Esagea,
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la acuosa Samos y las altas cumbres de Mícale,
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Mileto y Cos, ciudad de los hombres méropes,
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la escarpada Cnido y la ventosa Cárpatos,
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Naxos, Paros y la rocosa Renea,
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por todas ellas anduvo Leto, sufriendo dolores por el que hiere de lejos,
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por si alguna de las tierras quisiera establecer una morada para su hijo.
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Pero todas temblaban y sentían miedo, y ninguna se atrevió
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a acoger a Febo, por muy fértil que fuera,
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hasta que la venerable Leto puso el pie en Delos
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y, preguntándole, le dirigió aladas palabras:
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Delos, si quisieras ser la morada de mi hijo,
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Febo Apolo, y construir en ti un rico templo,
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nadie más te tocará, ni te despreciará;
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no creo que llegues a ser rica en bueyes ni en ovejas,
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ni producirás vendimia ni cultivarás innumerables plantas.
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Pero si tuvieras el templo de Apolo, el que hiere de lejos,
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todos los hombres te traerán hecatombes
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reuniéndose aquí, y siempre el aroma inmenso
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de grasa se elevará, y alimentarás a quienes te posean
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de mano ajena, pues no tienes riqueza bajo tu suelo.
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Así habló; y se alegró Delos, y respondiendo le dijo:
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Leto, hija gloriosísima del gran Ceo,
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con gusto recibiría yo el nacimiento del señor que hiere de lejos;
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pues, en verdad, soy terriblemente mal vista
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por los hombres; así, me volvería muy honrada.
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Pero temo esta palabra, Leto, y no te la ocultaré:
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dicen que Apolo será alguien sumamente arrogante
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y que dominará grandemente a los inmortales
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y a los mortales hombres sobre la tierra que da vida.
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Por eso temo terriblemente en mi mente y en mi corazón,
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que, en cuanto vea por primera vez la luz del sol,
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despreciando mi isla, pues soy de suelo escabroso,
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me vuelque con sus pies y me empuje a las profundidades del mar,
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donde una gran ola siempre cubrirá mi cabeza,
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y él irá a otra tierra que le plazca
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para construir su templo y sus bosques arbolados;
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y los pulpos harán en mí sus guaridas y las focas negras
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harán sus moradas sin cuidado, por falta de hombres.
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Pero si te atrevieras, diosa, a jurar un gran juramento,
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que aquí construirá primero un hermosísimo templo
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para ser oráculo de los hombres, y después
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entre todos los hombres, pues será de muchos nombres.
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Así habló; y Leto juró el gran juramento de los dioses:
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Que sean testigos la Tierra y el ancho Cielo de arriba
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y el agua que fluye de la Estigia, que es el mayor
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y más terrible juramento para los dioses bienaventurados:
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que aquí estará siempre el altar y el recinto sagrado
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de Febo, y te honrará por encima de todos.
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Y después de que ella juró y cumplió el juramento,
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Delos se alegró mucho por el nacimiento del señor que hiere de lejos.
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Leto, durante nueve días y nueve noches,
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estuvo presa de dolores inesperados. Y estaban allí todas las diosas,
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cuantas son las mejores, Dione, Rea,
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Temis, Icnaya y la de gran gemido, Anfitrite,
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y otras inmortales, excepto Hera, la de brazos blancos;
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pues ella estaba en los palacios de Zeus, el que amontona las nubes.
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Solo Ilitía, la que ayuda en los partos, no se había enterado;
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pues estaba en la cima del Olimpo, bajo nubes doradas,
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por consejo de Hera, la de brazos blancos, quien la retenía
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por celos, porque Leto, la de hermosos rizos,