Hymn 4 to Hermes
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Original / primary: Spanish Gemini
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Canta, Musa, a Hermes, hijo de Zeus y de Maia,
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señor de Cilene y de la Arcadia rica en rebaños,
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mensajero benéfico de los inmortales, a quien dio a luz Maia,
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ninfa de hermosos bucles, tras unirse en amor con Zeus,
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la venerable; ella evitaba la compañía de los dioses bienaventurados,
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viviendo en una cueva sombría, donde el hijo de Crono
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se unía a la ninfa de hermosos bucles en el momento más profundo de la noche,
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mientras un dulce sueño retenía a Hera de blancos brazos,
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oculto a los dioses inmortales y a los hombres mortales.
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Pero cuando el designio del gran Zeus se cumplió,
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y el décimo mes ya se había asentado en el cielo,
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lo trajo a la luz y sus obras quedaron consumadas;
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entonces dio a luz a un niño de mente astuta, de ingenio tortuoso,
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ladrón, conductor de bueyes, guía de sueños,
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vigilante nocturno, guardián de puertas, que pronto habría de
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mostrar gloriosas hazañas ante los dioses inmortales.
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Nacido al alba, al mediodía tañía la cítara,
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y al atardecer robó los bueyes del flechador Apolo,
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el cuarto día del mes, en el que la augusta Maia lo dio a luz.
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Él, apenas saltó de las entrañas inmortales de su madre,
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no permaneció mucho tiempo echado en la sagrada cuna,
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sino que, saltando, buscó los bueyes de Apolo,
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cruzando el umbral de la cueva de techos elevados.
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Allí, al encontrar una tortuga, obtuvo una riqueza inmensa;
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pues Hermes fue el primero en fabricar una tortuga cantora;
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ella se le cruzó ante las puertas del patio,
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pastando ante la casa la hierba floreciente,
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caminando con paso lento; el hijo benéfico de Zeus
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al verla, se rió y al instante dijo:
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«¡ Un símbolo ya para mí, muy provechoso! No lo desprecio.
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Salve, de forma encantadora, bailarina, compañera de banquete,
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bienvenida al aparecer;¿ de dónde este bello juguete,
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este caparazón moteado, tú, tortuga que vives en los montes?
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Pero te llevaré a casa; me serás de algún provecho,
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y no te menospreciaré; tú me beneficiarás primero,
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pues es mejor estar en casa, ya que fuera es peligroso;
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mientras vivas, serás un amuleto contra el daño funesto,
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pero si mueres, entonces cantarás muy bellamente».
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Así dijo, y levantándola con ambas manos,
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regresó al interior de la casa llevando el encantador juguete.
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Allí, perforándola con un buril de hierro gris,
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vació la vida de la tortuga montañesa.
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Y como cuando un pensamiento veloz atraviesa el pecho
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de un hombre, al que frecuentes preocupaciones asedian,
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o cuando los destellos giran desde los ojos,
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así el glorioso Hermes ideó a la vez palabra y obra.
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Cortó cañas de junco a medida y las fijó,
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atravesando el lomo y la piel de la tortuga.
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Tensó alrededor una piel de buey con su ingenio,
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colocó los brazos y ajustó el yugo sobre ambos,
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y tensó siete cuerdas de tripa de oveja.
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Pero cuando la hubo fabricado, llevando el encantador juguete,
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lo probó parte por parte con el plectro; y bajo su mano
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resonó terriblemente; y el dios cantó bellamente
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improvisando, como los jóvenes
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en la flor de la edad se lanzan pullas en los festines,
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sobre Zeus Crónida y Maia de bellas sandalias,
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como antes conversaban en amistad compañera,
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y proclamando su propio linaje de renombre;
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honraba a las sirvientas y a las espléndidas moradas de la ninfa,
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y a los trípodes y calderos abundantes en la casa.
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Cantaba sobre esto, pero en su mente deseaba otras cosas.
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Dejó la lira cóncava, tras llevarla,
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en la sagrada cuna; y él, deseoso de carne,
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saltó desde la atalaya de la fragante mansión,
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maquinando un profundo engaño en su mente, tal como los hombres
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ladrones traman en la hora de la negra noche.
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El sol se hundía bajo la tierra hacia el Océano,
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con sus caballos y su carro; pero Hermes
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llegó corriendo a los montes sombríos de Pieria,
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donde los bueyes inmortales de los dioses bienaventurados tenían su establo,
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pastando en prados inmaculados y encantadores.
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De ellos, el hijo de Maia, el vigilante Argifonte,
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separó cincuenta bueyes mugidores de la manada.
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Los condujo errantes a través de un terreno arenoso,
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invirtiendo sus huellas; no olvidó su astuta técnica,
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poniendo las pezuñas delanteras atrás y las de atrás adelante,
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mientras él caminaba al revés.
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Al instante, sobre las arenas marinas, tejió sandalias,
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incomprensibles y asombrosas, obras maravillosas,
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mezclando ramas de tamarisco y de mirto.
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Habiendo atado un manojo de madera recién brotada,
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se ató bajo los pies, sin daño, unas sandalias ligeras,
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con sus propias hojas, que el glorioso Argifonte
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arrancó desde Pieria, preparando su viaje,
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como quien se apresura en un largo camino, con astucia.
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Un anciano que cultivaba su floreciente huerto lo vio
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dirigiéndose a la llanura a través de Onquesto, de verdes pastos,
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y el hijo de la gloriosa Maia le habló primero:
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«¡ Oh anciano, que cavas tus plantas con los hombros encorvados!
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Tendrás mucho vino cuando todo esto dé fruto,
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y al ver, no veas, y al oír, sé sordo,
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y calla cuando nada perjudique lo tuyo».
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Dicho esto, arreó las robustas cabezas de los bueyes.
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Muchos montes sombríos, valles resonantes
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y llanuras florecientes atravesó el glorioso Hermes.
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La divina noche, aliada, terminaba,
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la mayor parte, y pronto llegaba el alba trabajadora;
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la divina Selene, hija de Palante,
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hijo de Megamedes, acababa de subir a su atalaya.