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Against Callimachus
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Si otros hubieran ya litigado mediante una excepción de este tipo, yo habría comenzado mis argumentos desde el asunto mismo; pero ahora es necesario hablar primero de la ley bajo la cual hemos comparecido, para que, conociendo sobre qué disputamos, emitan su voto, y nadie de ustedes se sorprenda de que, siendo yo el demandado, hable antes que el demandante.
2
Pues cuando, tras regresar del Pireo, vieron que algunos de los ciudadanos se lanzaban a la sicofantía e intentaban romper los acuerdos, deseando detener a estos y demostrar a los demás que no los habían hecho forzados, sino por considerar que convenían a la ciudad, a propuesta de Arquino establecieron una ley: si alguien litigaba contra los juramentos, era lícito al demandado presentar una excepción, y los magistrados debían admitir a trámite primero este punto, y hablar primero quien hubiera presentado la excepción,
3
y el que fuera derrotado debía pagar la epobelia, para que quienes se atrevieran a guardar rencor no solo fueran desenmascarados por perjurio ni soportaran solo el castigo de los dioses, sino que fueran multados al instante. Consideré, pues, terrible que, existiendo tales leyes, yo permitiera que el sicofante se arriesgara por treinta dracmas, mientras yo lucho por la totalidad de mi patrimonio.
4
Demostraré que Calímaco no solo litiga contra los acuerdos, sino que miente sobre las acusaciones, y que, además, ya hubo un arbitraje entre nosotros sobre estos asuntos. Deseo relatarles los hechos desde el principio; pues si aprenden que no ha sufrido ningún daño por mi parte, creo que ayudarán más gustosamente a los acuerdos y se indignarán más con él.
5
Gobernaban los Diez que se establecieron después de los Treinta, y como Patrocles, que entonces era basileo, era mi amigo, sucedió que caminaba con él. Aquel, siendo enemigo de Calímaco, quien ahora me demanda, se encontró con él cuando llevaba dinero. Al apoderarse de él, afirmó que Pánfilo lo había dejado atrás y que pasaba a ser propiedad pública; pues decía que aquel era uno de los del Pireo.
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Como este disputaba y se produjo una disputa entre ellos, acudieron muchos otros, y por azar Rínon, que era uno de los Diez, se acercó. Inmediatamente, Patrocles hizo ante él la denuncia de los bienes; y él llevó a ambos ante sus colegas magistrados. Aquellos remitieron el asunto al Consejo; y tras celebrarse el juicio, se decidió que los bienes fueran públicos. Después de esto,
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cuando regresaron los exiliados del Pireo, este acusó a Patrocles y le entabló demandas como si fuera el causante de su desgracia; pero tras reconciliarse con él y sacarle diez minas de plata, se dedicó a la sicofantía contra Lisímaco; y tras obtener también de este doscientas dracmas, me causó problemas a mí. Al principio me acusaba diciendo que yo colaboraba con ellos, pero al final llegó a tal grado de desvergüenza que me culpaba de todo lo ocurrido; lo cual quizás se atreva a alegar también ahora.
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Yo les presentaré como testigos, primero, a los que estuvieron presentes desde el principio, para demostrar que ni me apoderé ni toqué el dinero, luego a Rínon y a sus colegas, para demostrar que no fui yo, sino Patrocles, quien hizo la denuncia ante ellos, y además a los consejeros, para demostrar que él fue el acusador. Llámame a los testigos de esto. Testigos.
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Así pues, habiendo estado presentes tantos en los hechos, como si nadie supiera nada, este mismo se presentaba ante las multitudes y, sentándose en los talleres, decía que había sufrido cosas terribles por mi parte y que había sido privado de su dinero, mientras que algunos de los que lo trataban se me acercaban y me aconsejaban que me librara de la disputa con él y que no quisiera ser mal visto ni arriesgarme por mucho dinero, ni siquiera si confiaba plenamente en el asunto, diciendo que muchas cosas resultan en los tribunales contra lo esperado,
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y que los asuntos ante ustedes se deciden más por azar que por justicia, de modo que me resultaba más rentable gastar poco para librarme de grandes acusaciones que arriesgarme por tales sumas sin pagar nada.¿ Para qué les contaría mucho sobre cada detalle? No omití nada de lo que suele decirse en tales casos. Al final, pues, me convencí, ya que se les dirá toda la verdad, de darle doscientas dracmas. Y para que no pudiera volver a practicar la sicofantía, confiamos el arbitraje a Nicómaco de Baté bajo condiciones pactadas. Testigos.
11
Al principio, pues, se mantuvo en lo acordado, pero después, conspirando con Xenótimo, el que corrompe las leyes, soborna los tribunales, arruina las magistraturas y es causa de todos los males, me entabla una demanda por diez mil dracmas. Al presentar yo un testigo de que la demanda no era admisible por haber habido un arbitraje, no prosiguió contra él,
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sabiendo que, si no obtenía la quinta parte de los votos, pagaría la epobelia, pero tras convencer a la magistratura, volvió a registrar la misma demanda, como si solo fuera a arriesgarse en los pritanéos. Ante la duda de qué hacer con estos males, consideré que lo mejor era, tras igualar el riesgo para ambos, comparecer ante ustedes. Y esto es lo que ha sucedido.
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Me entero de que Calímaco no solo piensa mentir sobre las acusaciones, sino que también pretende negar el arbitraje y se ha preparado para decir tales argumentos, como que nunca habría confiado un arbitraje a Nicómaco, a quien sabía que nos trataba desde hacía tiempo, y que no era razonable que él quisiera recibir doscientas dracmas en lugar de diez mil.
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Ustedes consideren, primero, que no confiamos el arbitraje por estar en disputa, sino bajo condiciones pactadas, de modo que no hizo nada extraño si eligió a Nicómaco como árbitro, sino mucho más si, habiendo acordado sobre los asuntos, discrepaba sobre el árbitro. Luego, debiéndosele diez mil dracmas, no era razonable que hiciera el acuerdo por dos minas; pero si acusaba injustamente y practicaba la sicofantía, no es nada sorprendente que quisiera recibir tal cantidad. Además, si reclamando mucho obtuvo poco, esto no es para él una prueba de que el arbitraje no ocurrió, sino mucho más para nosotros, de que desde el principio no acusó justamente.
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Me sorprende que él se considere capaz de juzgar que no es razonable querer recibir doscientas dracmas en lugar de diez mil, y que crea que yo no habría descubierto esto, si hubiera querido mentir, que debía decir que había dado más que eso. Exijo que, tanto como habría sido para él una señal de que el arbitraje no ocurrió, al haber ganado lo testificado, tanto sea para mí una prueba de que digo la verdad sobre él, puesto que es evidente que ni siquiera consideró digno proseguir contra el testigo.
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Creo que, si ni el arbitraje hubiera ocurrido ni hubiera testigos de los hechos, y hubiera que examinarlo a partir de lo verosímil, ni aun así les habría sido difícil conocer lo justo. Pues si me atreviera a perjudicar también a los demás, razonablemente me condenarían por cometer errores también contra este; pero ahora no apareceré habiendo multado a ningún ciudadano ni habiéndolo puesto en peligro corporal, ni habiéndolo borrado de los que participan en la política, ni habiéndolo inscrito en la lista de Lisandro.
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Y sin embargo, la maldad de los Treinta incitó a muchos a hacer tales cosas; pues no solo castigaban a los que cometían injusticias, sino que a algunos incluso les ordenaban cometerlas. Yo, pues, ni siquiera bajo el gobierno de aquellos seré hallado habiendo hecho nada semejante; pero este dice haber sido perjudicado cuando los Treinta habían sido expulsados, el Pireo estaba ocupado, el pueblo dominaba y las conversaciones eran sobre los acuerdos.
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Y sin embargo,¿ les parecería a ustedes que quien se mostró moderado bajo los Treinta, se guardó para este tiempo para cometer injusticias, en el que incluso los que habían errado antes se arrepentían? Y lo que es más terrible de todo, si ni siquiera consideré digno defenderme de mis enemigos existentes,¿ intentaba hacer daño a este, con quien nunca tuve ningún contrato?
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Que no soy, pues, responsable ante Calímaco de la confiscación de sus bienes, considero que ha quedado suficientemente demostrado; y que no le era lícito litigar sobre los hechos de entonces, ni siquiera si hubiera hecho todo lo que él mismo dice, lo conocerán por los acuerdos. Y tómame el documento. Acuerdos.
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¿ Acaso confiando en una justicia pequeña hice la excepción, y no en que los acuerdos eximen expresamente a los que denunciaron o informaron o hicieron alguna otra cosa de este tipo, y yo puedo demostrar que ni he hecho esto ni he cometido ningún otro error? Léeme también los juramentos. Juramentos.
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¿ No es, pues, terrible, jueces, que, siendo así los acuerdos y habiéndose hecho tales juramentos, Calímaco se enorgullezca tanto de sus argumentos como para creer que los convencerá de votar en contra de ellos? Y si viera que la ciudad se arrepiente de lo hecho, no sería digno de sorprenderse de él; pero ahora, no solo en el establecimiento de las leyes demostraron que valoraban mucho los acuerdos,
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sino que también Filón de Coile, denunciado por realizar una embajada ilegal, y no teniendo nada que alegar sobre el asunto, al presentar los acuerdos, decidieron ustedes absolverlo y ni siquiera hacer juicio sobre él. Y la ciudad ni siquiera de los que confiesan cometer injusticias considera digno tomar justicia, pero este se atreve a practicar la sicofantía incluso contra los que no han hecho ninguna injusticia.
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Y ciertamente tampoco le ha pasado desapercibido que Trasíbulo y Ánito, siendo los más poderosos de la ciudad y habiendo sido privados de muchos bienes, y conociendo a los que los denunciaron, sin embargo no se atreven a entablarles demandas ni a guardar rencor, sino que, si incluso sobre los demás pueden conseguir más cosas,
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al menos sobre los asuntos contenidos en los acuerdos consideran justo tener lo mismo que los demás. Y no solo estos han considerado esto, sino que nadie de ustedes se ha atrevido a comparecer en tal juicio. Y sin embargo, es terrible si en sus propios asuntos ustedes se mantienen en los juramentos, pero en la sicofantía de este intentarán transgredirlos, y obligan a que los acuerdos privados sean válidos públicamente, pero permitirán que quien quiera rompa los acuerdos de la ciudad privadamente.
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Y lo que uno más se sorprendería de todo, si, cuando era incierto si los acuerdos convendrían a la ciudad, hicieron tales juramentos sobre ellos, de modo que incluso si no convenían era necesario mantenerse en lo acordado, desde que les ha resultado tan bien que, sin haber habido ninguna confianza, es digno preservar la política actual,
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en ese momento transgredirán los juramentos; y a los que decían que hay que borrar los acuerdos los indignaban, pero a este, que se atreve a transgredirlos estando escritos, lo dejarán sin castigo. Pero no harían cosas justas ni dignas de ustedes mismos ni apropiadas a lo decidido anteriormente.
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Consideren que han venido a juzgar sobre los asuntos más importantes; pues emitirán su voto sobre los acuerdos, que nunca les ha convenido transgredir ni a ustedes frente a otros ni a otros frente a ustedes, y tienen tal poder que la mayor parte de la vida, tanto para los griegos como para los bárbaros, existe mediante acuerdos.
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Pues confiando en estos nos visitamos unos a otros y obtenemos lo que cada uno necesitamos; con ellos también hacemos los contratos entre nosotros y disolvemos las enemistades privadas y las guerras comunes; esto es lo único común que todos los hombres seguimos usando. De modo que a todos les corresponde ayudarlos, pero sobre todo a ustedes.
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Pues es reciente, desde que, derrotados, habiendo quedado a merced de los enemigos, deseando muchos destruir la ciudad, nos refugiamos en juramentos y acuerdos, los cuales, si los lacedemonios se atrevieran a transgredir, cada uno de ustedes se indignaría profundamente.
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Y sin embargo,¿ cómo es posible acusar a otros de aquello de lo que uno mismo es culpable?¿ A quién le parecería que somos perjudicados contra los acuerdos sufriendo daños, si ni nosotros mismos parecemos valorarlos mucho?¿ Qué confianza encontraremos ante los demás, si las que se han hecho entre nosotros las disolveremos tan a la ligera?
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Es digno también mencionar esto, que habiendo hecho los antepasados muchas y hermosas cosas en la guerra, no menos la ciudad se hizo famosa por estos acuerdos. Pues frente a la guerra se podrían encontrar muchas ciudades que han luchado bien, pero sobre la sedición no hay ninguna que uno pueda mostrar que haya deliberado mejor que la nuestra.
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Además, de tales obras, cuantas se han hecho con peligros, uno podría atribuir la mayor parte a la suerte; pero de la moderación hacia nosotros mismos nadie podría culpar a otra cosa que a nuestra propia voluntad. De modo que no es digno convertirse en traidores de esta gloria.
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Y que nadie crea que exagero ni que digo cosas mayores porque, huyendo de una demanda privada, he dicho estos argumentos. Pues este juicio no es solo sobre el dinero inscrito, sino que para mí es sobre esto, pero para ustedes es sobre lo dicho poco antes; sobre lo cual nadie podría hablar dignamente ni inscribir una pena suficiente.
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Pues tanto difiere este de los otros juicios, que de aquellos solo corresponde a los que litigan, pero en este corre peligro lo común de la ciudad. Sobre este juzgan habiendo jurado dos juramentos, uno, el que están acostumbrados en los otros, y otro, el que hicieron sobre los acuerdos. Juzgando injustamente sobre este, transgredirán no solo las leyes de la ciudad, sino también las comunes de todos. De modo que no es digno votar sobre ellos ni por favor ni por equidad ni por ninguna otra cosa que no sea por los juramentos.
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Que es necesario, conviene y es justo que ustedes juzguen así sobre los acuerdos, ni siquiera el propio Calímaco creo que lo negará; pero creo que él se lamentará de la pobreza actual y de la desgracia que le ha ocurrido, y dirá que sufrirá cosas terribles y deplorables si, del dinero del que fue privado bajo la oligarquía, pagará la epobelia en democracia, y si entonces se vio obligado a huir por su patrimonio, ahora, en el tiempo en que le correspondía tomar justicia, quedará sin derechos.
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Acusará también de los hechos ocurridos en el cambio de régimen, como para llevarlos a la ira por esto; pues quizás ha oído a alguien decir que ustedes, cuando no atrapan a los que cometen injusticias, castigan a los que encuentran. Yo, pues, ni creo que ustedes tengan esa opinión, y considero fácil responder a los argumentos mencionados.
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Frente a los lamentos, pues, que les corresponde ayudar, no a quienes se demuestren a sí mismos como los más desgraciados, sino a quienes parezcan decir cosas más justas sobre aquello por lo que juraron. Sobre la epobelia, si yo fuera el causante de estos hechos, razonablemente se compadecerían de él cuando estuviera a punto de ser multado; pero ahora este es el que practica la sicofantía, de modo que no aceptarían nada de lo que diga justamente.
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Luego también hay que considerar esto, que todos los que regresaron del Pireo podrían decir los mismos argumentos que este, de los cuales nadie más se ha atrevido a comparecer en tal juicio. Y sin embargo, deben odiar a tales personas y considerarlas malos ciudadanos, quienes han tenido desgracias iguales a las de la multitud, pero consideran digno hacer que los castigos sean diferentes a los de los demás.
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Además de esto, todavía ahora le es lícito, antes de probar su opinión, habiendo abandonado la demanda, librarse de todos los asuntos. Y sin embargo,¿ cómo no es irracional buscar en este peligro obtener piedad de ustedes, de lo cual él mismo es dueño, y en lo cual él mismo se pone, y que todavía ahora le es lícito no arriesgarse?
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Y si acaso recuerda los hechos ocurridos bajo la oligarquía, consideren digno que no acuse de aquello, sobre lo cual nadie se defenderá, sino que enseñe cómo yo he tomado el dinero, sobre lo cual ustedes deben votar, ni que demuestre cómo él mismo ha sufrido cosas terribles, sino que desenmascare cómo yo lo he hecho, de quien exige recuperar lo perdido;
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puesto que demostrar que le va mal puede hacerlo litigando contra cualquier otro de los ciudadanos. Y sin embargo, deben tener gran peso ante ustedes las acusaciones, no las que es lícito usar incluso contra los que no han cometido ninguna falta, sino las que no es posible decir sino contra los que han cometido injusticias. Frente a estos argumentos, pues, esto quizás bastará y pronto será posible responder.
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Consideren, si a alguien le parecerá que hablo dos veces sobre lo mismo, que muchos prestan atención a este juicio, no preocupándose por nuestros asuntos, sino creyendo que el juicio es sobre los acuerdos. A quienes ustedes, conociendo lo justo, harán que vivan sin miedo en la ciudad; si no,¿ cómo creen que estarán los que permanecieron en la ciudad, si parecen estar igualmente enfadados con todos los que participaron en la política?
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¿ Qué opinión tendrán los que son conscientes de una pequeña falta propia, cuando vean que ni siquiera los que se han comportado moderadamente obtienen justicia?¿ Cuánta confusión hay que esperar que habrá, cuando unos se inciten a practicar la sicofantía como si ustedes ya hubieran decidido lo mismo, y otros teman la política actual como si ya no les quedara ningún refugio?
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¿ Acaso no es digno temer que, habiéndose confundido los juramentos, volvamos a caer en lo mismo de lo que nos vimos obligados a hacer los acuerdos? Y sin embargo, no deben aprender de otros cuánto bien es la concordia o cuánto mal la sedición; pues han experimentado tanto ambos, que ustedes mismos podrían enseñar mejor a los demás sobre ellos.
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Para que no parezca que paso mucho tiempo sobre los acuerdos por esto, porque es fácil decir muchas cosas justas sobre ellos, les ordeno todavía recordar, cuando emitan su voto, que antes de hacerlos estábamos en guerra, unos teniendo la Acrópolis, otros habiendo ocupado el Pireo, odiándonos más unos a otros que a los enemigos que nos dejaron los antepasados,
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pero desde que nos dimos confianza unos a otros tras reunirnos en el mismo lugar, nos gobernamos tan bien y en común, como si no nos hubiera ocurrido ninguna desgracia. Y entonces todos nos consideraban los más ignorantes y desgraciados; pero ahora parecemos ser los más afortunados y sensatos de los griegos.
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De modo que es digno no solo castigar con tales penas a los que se atreven a transgredir los acuerdos, sino con las extremas, como causantes de los mayores males, especialmente a los que han vivido como Calímaco. Quien durante diez años seguidos, habiendo estado ustedes en guerra con los lacedemonios, no se presentó ni un solo día para alistarse con los estrategas,
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sino que pasó aquel tiempo huyendo y ocultando su patrimonio, pero cuando se establecieron los Treinta, entonces navegó hacia la ciudad. Y dice ser demócrata, pero tanto más que los demás deseaba participar de aquella política, que ni siquiera si sufrió daños consideró digno irse, sino que prefería ser asediado junto con los que habían errado contra él antes que gobernarse junto con ustedes, los que habían sido perjudicados.
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Y permaneció participando de la política hasta aquel día en que estaban a punto de atacar el muro; entonces salió, no por odiar lo presente, sino por temer el peligro que venía, como demostró después. Pues cuando, tras la llegada de los lacedemonios, el pueblo fue encerrado en el Pireo, huyendo de nuevo de allí, vivía entre los beocios; de modo que le corresponde estar registrado junto con los desertores mucho más que ser llamado entre los exiliados.
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Y habiendo sido tal tanto con los del Pireo como con los que permanecieron en la ciudad y con toda la ciudad, no se contenta con obtener lo mismo que los demás, sino que busca tener más que ustedes, como si fuera el único perjudicado o el mejor de los ciudadanos o hubiera tenido las mayores desgracias por causa de ustedes o hubiera sido causante de los mayores bienes para la ciudad.
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Habría querido que ustedes lo conocieran igual que yo, para que no se compadecieran de él por lo perdido, sino que envidiaran lo que le queda. Pero ahora, sobre los demás a quienes ha conspirado, y los juicios que ha litigado y las acusaciones en las que ha comparecido, y con quiénes se ha aliado y contra quiénes ha testificado falsamente, ni siquiera el doble de agua sería suficiente para contarlo;
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pero habiendo escuchado solo uno de los hechos de este, conocerán fácilmente también su otra maldad. Pues Cratino disputó un terreno con el pariente político de este. Habiendo habido una pelea entre ellos, tras ocultar a una esclava, acusaban a Cratino de haberle roto la cabeza a ella, y diciendo que la mujer había muerto por la herida, le entablan una demanda de homicidio ante el Paladio.
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Al enterarse Cratino de las conspiraciones de estos, el resto del tiempo guardaba silencio, para que no cambiaran el asunto ni encontraran otros argumentos, sino que fueran atrapados in fraganti cometiendo el delito; pero cuando el pariente político era el que lo acusaba, y este había testificado que, ciertamente, la mujer estaba muerta,
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yendo a la casa donde estaba escondida, tomándola por la fuerza y llevándola al tribunal, la mostraron viva a todos los presentes. De modo que, juzgando setecientos y habiendo testificado catorce lo mismo que este, no obtuvo ni un solo voto. Llámame a los testigos de esto. Testigos.
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¿ Quién, pues, podría acusar dignamente de los hechos de este?¿ O quién podría encontrar un ejemplo mayor de injusticia, sicofantía y maldad? Pues algunas de las injusticias no revelarían todo el carácter de los que las cometen, pero de tales obras es fácil ver toda la vida de los que cometen errores.
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Pues quien testifica que los vivos están muertos,¿ de qué les parece que se abstendría? O quien es tan malvado en los asuntos ajenos,¿ qué no se atrevería en los suyos?¿ Cómo hay que confiar en este hablando sobre sí mismo, quien es desenmascarado perjurando sobre otros?¿ Quién ha sido alguna vez mostrado más claramente testificando falsedades? Pues a los demás los juzgan por lo que dicen, pero el testimonio de este, porque era falso, lo vieron los jueces.
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Y habiendo cometido tales errores, intentará decir que mentimos, haciendo algo similar a si Frinondas reprochara a alguien su maldad o Filurgo, el que robó la Gorgona, dijera que los demás son sacrílegos.¿ A quién corresponde presentar testigos de lo que no ocurrió más que a este, que él mismo se atreve a testificar falsedades a otros?
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Pero, en efecto, será posible acusar a Calímaco muchas veces, pues así se ha preparado para gobernar, pero sobre mí mismo omitiré todas las demás liturgias, pero mencionaré ante ustedes aquella por la que no solo podrían tenerme gratitud justamente, sino que también podrían usarla como prueba sobre todo el asunto.
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Cuando la ciudad perdió las naves en el Helesponto y fue privada de su fuerza, de la mayoría de los trierarcas diferí tanto, que con pocos salvé la nave, y de estos mismos, que al navegar hacia el Pireo no disolví la trierarquía,
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sino que, mientras los demás se libraban gustosamente de las liturgias y estaban desanimados ante lo presente, y se arrepentían de lo gastado, y ocultaban lo restante, y consideraban que lo común estaba arruinado, y miraban por lo privado, yo no tuve la misma opinión que ellos, sino que, tras convencer a mi hermano de ser cotrierarca, dando nosotros mismos el salario a los marineros, hacíamos daño a los enemigos.
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Y lo último, antes de que Lisandro dijera que, si alguien introducía grano hacia ustedes, la pena sería la muerte, teníamos tanto celo hacia la ciudad, que, mientras los demás no se atrevían a introducir ni el suyo propio, nosotros, tomando el que navegaba hacia ellos, lo llevábamos al Pireo. Por lo cual ustedes votaron coronarnos y proclamarlo ante los epónimos como causantes de grandes bienes.
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Y sin embargo, deben considerar demócratas a estos, no a los que, dominando el pueblo, deseaban participar de los asuntos, sino a los que, habiendo tenido desgracias la ciudad, quisieron arriesgarse por ustedes, y tener gratitud, no si alguien ha sufrido daños, sino si alguien ha hecho bien a ustedes, y compadecerse de los que se han vuelto pobres, no de los que han perdido el patrimonio, sino de los que han gastado en ustedes.
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De los cuales yo apareceré habiendo sido uno, que sería el más desgraciado de todos, si habiendo gastado mucho de lo mío en la ciudad, luego pareciera conspirar contra lo ajeno y no considerar en nada las calumnias ante ustedes, yo que no solo el patrimonio sino también mi propia vida parezco valorar menos que el ser famoso ante ustedes.
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¿ A quién de ustedes no le pesaría, si no al instante, poco después, si vieran al sicofante haberse vuelto rico, y a mí, de lo que dejé de las liturgias, haber caído también de eso?¿ Y al que nunca se ha arriesgado por ustedes ser más poderoso que las leyes y los acuerdos,
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y a mí, que he sido tan celoso por la ciudad, no ser considerado digno de obtener justicia?¿ Quién no les reprocharía, si, convencidos por los argumentos de Calímaco, condenaran tal maldad nuestra, a quienes, juzgando por las obras, coronaron por virtud, cuando ni siquiera entonces era tan fácil como ahora obtener este honor?
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Y nos ha sucedido lo contrario que a los demás; pues los demás recuerdan a los que han recibido los regalos, pero nosotros consideramos digno que ustedes recuerden a los que han dado, para que les sirva de prueba de todo lo dicho y de nuestras costumbres.
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Y es evidente que nos mostramos dignos de este honor, no para que, habiendo oligarquía, saqueáramos lo ajeno, sino para que, habiéndose salvado la ciudad, los demás tuvieran lo suyo, y a nosotros se nos debiera gratitud ante la multitud de los ciudadanos; la cual les exigimos ahora, no buscando tener más que lo justo, sino demostrando que no cometemos ninguna injusticia, y considerando digno mantenerse en los juramentos y los acuerdos.
68
Y es que sería terrible si los acuerdos fueran válidos para eximir de castigos a los que han cometido injusticias, pero para nosotros, los que hemos hecho bien, fueran establecidos como inválidos. Es digno preservar la suerte actual, considerando que los acuerdos han hecho ya que otras ciudades se sedicionen más, pero la nuestra, que concuerde más. Recordando lo cual, es necesario votar a la vez lo justo y lo conveniente.

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