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Antidosis
IsocratesAntidosis 1 · spanish-geminiMore by Isocrates
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Si el discurso que va a ser leído fuera semejante a los que se componen para los certámenes o para las exhibiciones, no creo que hubiera sido necesario decir nada de antemano sobre él; pero ahora, debido a su novedad y a su diferencia, es necesario exponer las razones por las cuales elegí escribirlo siendo tan distinto a los demás; pues, de no aclararse esto, a muchos podría parecerles, tal vez, extraño.
2
Pues yo, sabiendo que algunos de los sofistas hablan mal de mi ocupación y dicen que se trata de redacción judicial, y que actúan de forma parecida a como si alguien se atreviera a llamar fabricante de figurillas de barro a Fidias, el que realizó la estatua de Atenea, o dijera que Zeuxis y Parrasio tienen el mismo arte que quienes pintan tablillas, sin embargo, nunca me defendí de esta mezquindad suya,
3
considerando que las necedades de aquellos no tienen fuerza alguna, y que yo mismo he hecho evidente para todos esto: que he elegido hablar y escribir no sobre contratos privados, sino sobre asuntos de tal magnitud y naturaleza, sobre los cuales nadie más se atrevería, salvo quienes han frecuentado mi trato o quienes desean imitarlos.
4
Hasta una edad avanzada, pues, pensaba que, tanto por esta elección como por mi otra forma de vida ajena a los negocios, me encontraba en una relación razonable con todos los ciudadanos; pero ya, estando cerca el final de mi vida, al producirse un intercambio de bienes por una trierarquía y un litigio sobre esto, supe que algunos de ellos no estaban dispuestos conmigo como yo esperaba, sino que unos estaban muy engañados sobre mis ocupaciones y tendían a creer a quienes decían algo inconveniente, y otros, conociendo claramente a qué me dedico, me envidiaban, habiendo sufrido lo mismo que los sofistas y alegrándose de las falsas opiniones que tienen sobre mí.
5
Y demostraron estar así dispuestos; pues, como mi adversario no decía nada justo sobre aquello por lo que era el juicio, sino que calumniaba la fuerza de mis discursos y se jactaba sobre mi riqueza y el número de mis alumnos, decidieron que la liturgia era mía. Así pues, soportamos el gasto como corresponde a quienes ni se dejan perturbar demasiado por tales cosas ni se comportan de manera totalmente disipada o negligente con el dinero;
6
y habiéndome percatado, como dije, de que eran más de lo que pensaba quienes no juzgaban correctamente sobre mí, reflexionaba sobre cómo podría mostrar, tanto a estos como a los que vendrán después, el carácter que tengo, la vida que vivo y la educación a la que me dedico, y no permitir que sobre tales asuntos yo quedara sin juicio, ni que me ocurriera como ahora ante quienes están acostumbrados a calumniar.
7
Al examinarlo, pues, descubrí que de ninguna otra manera podría lograr esto, a menos que se escribiera un discurso como una imagen de mi pensamiento y de las otras cosas que he vivido; pues a través de este esperaba que se conocieran mejor mis asuntos y que este mismo fuera dejado como un monumento mío mucho más bello que las ofrendas de bronce.
8
Si intentara alabarme a mí mismo, veía que no sería capaz de abarcar todo sobre lo que elegía tratar, ni podría hablar de ello de manera agradable o sin suscitar envidia; pero si planteaba un certamen y un peligro que me afectara, y que el escrito fuera un sicofante y alguien que me causara problemas, y que él usara las calumnias dichas en el intercambio de bienes, y yo hiciera mis discursos en forma de apología, de ese modo me sería posible hablar sobre todo lo que deseo.
9
Con esta intención escribí este discurso, no en mi plenitud, sino habiendo cumplido ochenta y dos años. Por lo cual es necesario tener indulgencia si parece más flojo que los publicados anteriormente por mí. Pues, en efecto, no era fácil ni sencillo, sino que conllevaba mucho trabajo.
10
Pues hay partes de lo escrito que son apropiadas para ser dichas en un tribunal, otras que no encajan en tales certámenes, pero que, sobre la filosofía, han hablado con franqueza y han mostrado su fuerza; hay también algo que, al ser escuchado por los más jóvenes que se lanzan a los estudios y a la educación, les sería provechoso, y muchas cosas de las escritas por mí hace tiempo, mezcladas con lo que ahora se dice, no de manera irracional ni inoportuna, sino adecuadamente a los temas tratados.
11
Así pues, abarcar tal extensión de discurso, y armonizar y reunir tantas ideas y tan alejadas entre sí, y hacer que las que siguen se adapten a las dichas anteriormente, y hacer que todas sean coherentes entre sí, no era una tarea pequeña. Sin embargo, no desistí, a pesar de mi edad. Antes de terminarlo, habiendo sido dicho con mucha verdad, lo demás es tal como parecerá ser a los oyentes.
12
Es necesario que quienes lo recorran, primero, hagan la escucha como si el discurso fuera mixto y escrito para todas estas hipótesis, después, que presten atención aún más a lo que va a ser dicho que a lo ya dicho anteriormente, y, además de esto, que no busquen recorrerlo todo de una vez, sino una parte tal que no moleste a los presentes. Pues si os atenéis a esto, podréis ver mejor si estamos diciendo algo digno de nosotros mismos.
13
Lo que era necesario decir de antemano es esto; y ya leed la apología que pretende haber sido escrita sobre un juicio, pero que desea mostrar la verdad sobre mí, y hacer que los que ignoran sepan, y que los que envidian se sientan aún más molestos por esta enfermedad; pues no podría recibir mayor castigo de ellos.
14
Considero que los más malvados de todos y dignos del mayor castigo son aquellos que se atreven a acusar a otros de aquello de lo que ellos mismos son culpables; lo cual ha hecho Lisímaco. Pues este, hablando de mis escritos, ha hecho más discurso que sobre todos los demás, actuando de forma similar a como si alguien, persiguiendo a otro por sacrilegio, apareciera él mismo teniendo en sus manos las cosas de los dioses.
15
Habría dado mucho porque él pensara que soy tan hábil como ha dicho ante vosotros; pues nunca habría intentado causarme problemas. Pero ahora dice que yo soy capaz de hacer que los discursos más débiles parezcan más fuertes, y me ha despreciado tanto que, mintiendo él mismo, espera vencer fácilmente mientras yo digo la verdad.
16
Y todo me ha sucedido de forma tan difícil que, mientras los demás disuelven las calumnias con sus discursos, Lisímaco ha calumniado mis propios discursos, para que, si parezco hablar con suficiencia, aparezca culpable de lo dicho anteriormente por él sobre mi habilidad, y si, por casualidad, he hablado con menos eficacia de lo que él os ha hecho esperar, penséis que mis acciones son peores.
17
Os pido, pues, que no creáis ni descreáis todavía lo dicho, hasta que escuchéis también lo nuestro hasta el final, considerando que no habría necesidad de dar apología a los acusados si fuera posible votar lo justo a partir de los discursos del acusador. Pero ahora, si ha acusado bien o mal, nadie de los presentes lo ignoraría; pero si ha usado discursos verdaderos, ya no es fácil para los jueces saberlo a partir de lo que el primero ha dicho, sino que es de agradecer si pueden extraer lo justo de ambos discursos.
18
No me extraña de quienes pasan más tiempo en las acusaciones de los que engañan que en las apologías a favor de sí mismos, ni de quienes dicen que la calumnia es el mayor mal; pues,¿ qué podría haber más perverso que esto, que hace que los que mienten gocen de buena reputación, que los que juzgan perjuren, y, en general, que desaparece la verdad, y al presentar una falsa opinión a los oyentes, destruye injustamente a cualquiera de los ciudadanos que le toque?
19
Cosa que hay que evitar, para que no os suceda nada semejante, ni aparezcáis vosotros mismos cayendo en aquello que reprocharíais a los demás. Y creo que no ignoráis que a la ciudad le ha pesado muchas veces ya de los juicios realizados con ira y no con examen, de modo que, al poco tiempo, deseó castigar a los que engañaron y habría visto con gusto que los calumniados estuvieran mejor que antes.
20
Recordando esto, no hay que creer precipitadamente los discursos de los acusadores, ni escuchar con alboroto y dureza a los que se defienden. Pues es vergonzoso que en otros asuntos se admita que sois los más compasivos y los más mansos de todos los griegos, y que en los certámenes que tienen lugar aquí parezcáis actuar de forma contraria a esta reputación;
21
y que ante otros, cuando juzgan sobre la vida de un hombre, se deposite una parte de los votos a favor de los acusados, y que ante vosotros los que están en peligro no obtengan lo mismo que los que calumnian, sino que juréis cada año que escucharéis por igual a los que acusan y a los que se defienden,
22
y que hagáis tanta diferencia que aceptéis lo que digan los que acusan, mientras que a los que intentan refutarlos a veces no soportáis ni escuchar su voz, y que penséis que son inhabitables aquellas ciudades en las que algunos ciudadanos mueren sin juicio, pero que ignoréis que esto lo hacen quienes no ofrecen una benevolencia común a los que compiten.
23
Y lo que es más terrible de todo, cuando alguien, estando él mismo en peligro, acusa a los que calumnian, pero al juzgar a otro no tiene la misma opinión sobre ellos. Y, sin embargo, los que tienen juicio deben ser para los demás jueces tales como ellos mismos desearían encontrar, calculando que, debido a los que se atreven a calumniar, es incierto quién, al verse en peligro, se verá obligado a decir lo mismo que yo ahora ante los que van a emitir su voto sobre él.
24
Pues no es digno confiar en que por vivir ordenadamente será posible habitar la ciudad sin miedo; pues los que han elegido descuidar sus propios asuntos y conspirar contra los ajenos no se abstienen de los que se comportan con sensatez, ni llevan ante vosotros a los que hacen algún mal, sino que, tras mostrar sus fuerzas ante los que no cometen injusticia alguna, obtienen más dinero de los que han delinquido manifiestamente.
25
Cosa que Lisímaco, al pensarlo, me ha puesto en este peligro, creyendo que el certamen contra mí le proporcionará ganancias de otros, y esperando que, si me vence con los discursos, a quien dice ser maestro de los demás, su propia fuerza parecerá irresistible para todos.
26
Y espera hacerlo fácilmente; pues ve que vosotros aceptáis demasiado rápido las acusaciones y las calumnias, y que yo no podré defenderme de ellas de forma digna de mi reputación, tanto por la vejez como por la inexperiencia en tales certámenes.
27
Pues he vivido el tiempo pasado de tal manera que nadie me ha reprochado nunca, ni en oligarquía ni en democracia, ni ultraje ni injusticia, ni ha habido árbitro ni juez que aparezca como juez de mis actos; pues yo mismo sabía no cometer injusticia alguna contra los demás, y, al ser injustamente tratado, no realizar los castigos ante un tribunal, sino resolver sobre lo disputado entre los amigos de aquellos. De lo cual no he sacado provecho alguno,
28
sino que, habiendo vivido sin reproches hasta esta edad, me he visto envuelto en el mismo peligro en el que estaría si hubiera tratado injustamente a todos. Sin embargo, no me desanimo del todo por la magnitud de la pena, sino que, si queréis escuchar con benevolencia, tengo muchas esperanzas de que los que están engañados sobre mis ocupaciones y convencidos por quienes desean calumniar cambien pronto de opinión sobre ellas, y que los que me consideran tal como soy, mantengan esta opinión aún con más firmeza.
29
Y para no molestar demasiado diciendo muchas cosas antes del asunto, dejando esto, sobre lo que emitiréis el voto, intentaré ya enseñaros. Y léeme la acusación. Acusación.
30
A partir de la acusación, pues, intenta calumniarme diciendo que corrompo a los jóvenes enseñándoles a hablar y a sacar ventaja contra la justicia en los certámenes, y a partir de los otros discursos me hace tan grande como nadie ha sido nunca, ni de los que se arrastran por los tribunales ni de los que se han dedicado a la filosofía; pues dice que no solo he tenido alumnos ciudadanos, sino también oradores, estrategas, reyes y tiranos, y que he recibido de ellos muchísimo dinero, y que aún ahora sigo recibiendo.
31
Y de esta manera ha hecho la acusación, creyendo que con lo que se jacta sobre mí, mi riqueza y el número de mis alumnos, infundirá envidia a todos los que escuchan, y que con el trabajo en los tribunales os llevará a la ira y al odio; cosas que, cuando las sienten los que juzgan, son muy severas para los que compiten. Que ha dicho cosas mayores de lo debido y que miente totalmente, creo que lo haré evidente fácilmente.
32
Y os pido que no prestéis atención a los discursos que habéis escuchado antes sobre mí de quienes desean calumniar y hablar mal, ni que creáis lo que se ha dicho sin examen ni juicio, ni que uséis las opiniones que injustamente os han infundido, sino que me consideréis tal como aparezca a partir de la acusación actual y de la apología; pues, juzgando así, vosotros mismos pareceréis juzgar bien y legalmente, y yo obtendré toda justicia.
33
Que nadie, pues, ha sido perjudicado ni por mi habilidad ni por mis escritos, considero que el peligro presente es la mayor prueba. Pues si alguien hubiera sido injustamente tratado, aunque hubiera estado tranquilo el resto del tiempo, no habría descuidado el momento presente, sino que habría venido a acusar o a testificar. Pues donde el que ni siquiera ha escuchado nada malo nunca me ha puesto en un certamen tan grande, seguramente los que han sufrido algún mal intentarían obtener castigo de mí.
34
Pues no es razonable ni posible que yo haya cometido faltas contra muchos, y que los que han caído en desgracia por mi causa estén tranquilos y no se atrevan a reclamar, sino que sean más mansos en mis peligros que los que no han sido injustamente tratados, pudiendo ellos, al mostrar lo que han sufrido, obtener el mayor castigo de mí.
35
Pero, en realidad, ni antes ni ahora aparecerá nadie que me haya reclamado nada semejante. De modo que, si concediera al acusador y admitiera que soy el más hábil de todos los hombres, y un escritor de discursos que os molestan tal como no ha habido otro, sería mucho más justo parecer razonable que ser castigado.
36
Pues de haber llegado a sobresalir sobre los demás, ya sea en los discursos o en las acciones, uno podría culpar razonablemente a la fortuna, pero de haber usado bien y moderadamente la naturaleza, todos alabarían justamente mi carácter. Sin embargo, ni siquiera si tuviera esto que decir sobre mí, ni así apareceré habiendo sido tal en los discursos de ese tipo.
37
Y lo conoceréis a partir de mis ocupaciones, a partir de las cuales es posible saber la verdad mucho más que a partir de los que calumnian. Pues creo que nadie ignora esto, que todos los hombres suelen dedicarse a aquel lugar de donde eligen procurarse la vida.
38
A los que viven de vuestros contratos y del trabajo en torno a ellos, podríais verlos casi viviendo en los tribunales, pero a mí nadie me ha visto nunca ni en las asambleas, ni en las investigaciones, ni en los tribunales, ni ante los árbitros, sino que me abstengo de todo esto como nadie más de los ciudadanos.
39
Después, encontraríais que aquellos solo pueden ganar dinero entre vosotros, y si navegaran a otro lugar, estarían necesitados de lo cotidiano, mientras que mis recursos, sobre los cuales este ha hablado de forma exagerada, han provenido todos de fuera; además, que a los que se acercan a ellos, o están ellos mismos en problemas o desean causar problemas a otros, mientras que a mí, los que disfrutan de más tiempo libre de los griegos.
40
Y escuchasteis también al acusador decir que de Nicocles, el rey de los salaminos, recibí muchas y grandes donaciones. Y, sin embargo,¿ a quién de vosotros le es creíble que Nicocles me diera esto para que aprenda a hablar en juicios, él que juzgaba sobre lo disputado a los demás como un señor? De modo que, a partir de lo que este mismo ha dicho, es fácil comprender que estoy lejos de los trabajos que se realizan sobre los contratos.
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Pero, además, es evidente para todos que son muchísimos los que preparan los discursos para los que compiten en los tribunales. Siendo tantos, pues, nadie aparecerá que haya sido considerado alumno, mientras que yo he tenido más, como dice el acusador, que todos los que se dedican a la filosofía. Y, sin embargo,¿ cómo es razonable que quienes están tan alejados en sus ocupaciones unos de otros se considere que se dedican a las mismas acciones?
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Y teniendo muchas diferencias que decir sobre mi vida y la de los que se dedican a los juicios, creo que os desprenderíais más rápido de esta opinión si alguien os demostrara que mis alumnos no se vuelven de estos asuntos que el acusador ha dicho, ni que yo soy hábil en los discursos sobre los contratos privados.
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Pues creo que vosotros, al ser refutada la acusación que teníais antes, buscaréis cambiar de opinión y desearéis escuchar sobre qué otros discursos he obtenido tal reputación. Si me convendrá decir la verdad, no lo sé; pues es difícil adivinar vuestro pensamiento; sin embargo, hablaré con franqueza ante vosotros.
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Pues me avergonzaría ante los que se han acercado a mí si, habiendo dicho muchas veces que aceptaría que todos los ciudadanos conocieran la vida que vivo y los discursos que digo, ahora no os los mostrara, sino que apareciera ocultándolos. Así pues, como quienes van a escuchar la verdad, prestad atención.
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Primero, pues, debéis aprender esto, que hay tantos tipos de discursos como poemas con metro. Pues unos han consumido su vida buscando los linajes de los semidioses, otros han filosofado sobre los poetas, otros han querido reunir las acciones en las guerras, y otros se han dedicado a las preguntas y respuestas, a los que llaman antilógicos.
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Y no sería una tarea pequeña si alguien intentara enumerar todas las ideas de los discursos; pero, mencionando la que me corresponde, dejaré las otras. Pues hay algunos que no son inexpertos en lo dicho anteriormente, pero han elegido escribir discursos no sobre contratos privados, sino helénicos, políticos y panegíricos, que todos dirían que son más parecidos a los compuestos con música y ritmos que a los dichos en un tribunal.
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Pues muestran las acciones con una dicción más poética y variada, y buscan usar entimemas más grandiosos y novedosos, y además dirigen todo el discurso con otras ideas más brillantes y numerosas. Todos los que escuchan esto se alegran no menos que de los compuestos en metros, y muchos desean convertirse en alumnos, pensando que los que sobresalen en esto son mucho más sabios, mejores y capaces de beneficiar más que los que hablan bien en los juicios.
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Pues saben que los que se han vuelto expertos en los certámenes por polipragmosina, y los que han obtenido la fuerza de aquellos discursos de los que acabo de hablar a partir de la filosofía, y que los que parecen ser judiciales solo son soportables el día en que compiten, mientras que los otros son estimados en todas las conversaciones y durante todo el tiempo, y obtienen una reputación razonable; además, que unos,
49
si son vistos dos o tres veces en los tribunales, son odiados y calumniados, mientras que los otros, cuanto más y más a menudo se relacionan con más gente, tanto más son admirados; además de esto, que los que son hábiles en los juicios están lejos de aquellos discursos, mientras que los otros, si quisieran, podrían capturarlos rápidamente.
50
Calculando esto y pensando que la elección es mucho mejor, desean participar de esta educación, de la cual ni yo aparecería excluido, sino que he obtenido una reputación mucho más agradable. Sobre mi fuerza, pues, ya sea que queráis llamarla filosofía o ocupación, habéis escuchado toda la verdad.
51
Y quiero establecer una ley sobre mí mismo más severa que sobre los demás, y decir un discurso más audaz que para mi edad. Pues exijo no solo, si uso discursos perjudiciales, no obtener indulgencia alguna de vosotros, sino, si no son tales, como nadie más, sufrir el mayor castigo. Y no habría hecho la promesa tan audaz si no fuera a mostraros y a hacer fácil el diagnóstico de ellos.
52
Pues es así: considero que la apología más bella y justa es aquella que hace que los que juzgan sepan lo mejor posible sobre qué van a emitir su voto, y que no se extravíen en su pensamiento ni duden de los que dicen la verdad.
53
Si, pues, compitiera como si hubiera cometido alguna falta en acciones, no sería capaz de mostrároslas, sino que sería necesario que vosotros, al conjeturar a partir de lo dicho, decidierais cómo os pareció sobre lo realizado; pero como tengo la acusación sobre los discursos, creo que os mostraré mejor la verdad.
54
Pues os mostraré los mismos discursos dichos y escritos por mí, de modo que no opinando, sino sabiendo claramente cómo son, emitiréis el voto sobre ellos. Decirlos todos hasta el final no podría; pues el tiempo que se nos ha dado es poco; pero, como de los frutos, intentaré sacar una muestra de cada uno. Pues al escuchar una pequeña parte, conoceréis fácilmente mi carácter y aprenderéis la fuerza de todos los discursos.
55
Y pido a los que han leído muchas veces lo que va a ser dicho que no busquen en el presente discursos nuevos de mí, ni que me consideren molesto porque digo los que hace tiempo han sido divulgados entre vosotros. Pues si los dijera haciendo una exhibición, tendría razonablemente esta acusación; pero ahora, siendo juzgado y estando en peligro, me veo obligado a usarlos de este modo.
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Pues sería el más ridículo de todos si, calumniando el acusador que escribo discursos tales que perjudican a la ciudad y corrompen a los jóvenes, hiciera la apología a través de otros, pudiendo, al mostrar estos mismos, disolver la calumnia que se dice sobre nosotros. Os pido, pues, que tengáis indulgencia conmigo por esto y que seáis mis coadyuvantes, y a los demás intentaré terminar ya, diciendo poco más de antemano, para que sigan más fácilmente lo que se dice.
57
Pues el discurso que va a ser mostrado primero ante vosotros fue escrito en aquellos tiempos en que los lacedemonios mandaban sobre los griegos y nosotros estábamos en una situación humilde. Y es el que exhorta a los griegos a la expedición contra los bárbaros, y disputa con los lacedemonios sobre la hegemonía. Habiendo hecho tal hipótesis,
58
muestro que la ciudad ha sido la causa de todos los bienes que tienen los griegos. Y habiendo delimitado el discurso sobre tales beneficios, y deseando mostrar aún más claramente que la hegemonía es de la ciudad, intento enseñar desde algún lugar sobre esto, cómo a la ciudad le corresponde ser honrada mucho más por los peligros en la guerra que por los otros beneficios.
59
Pensaba, pues, que yo mismo sería capaz de recorrer sobre esto; pero ahora la vejez me impide y me hace desistir antes. Para que, pues, no me agote del todo teniendo aún muchas cosas que decir, comenzando desde la paráfrasis, léeles lo que trata sobre la hegemonía. Isoc. 4. 51- 99
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Sobre la hegemonía, pues, cómo justamente sería de la ciudad, es fácil comprenderlo a partir de lo dicho. Reflexionad ante vosotros mismos si parece que con los discursos corrompo a los jóvenes, y no que los exhorto a la virtud y a los peligros por la ciudad, o si justamente debería dar cuenta por lo dicho, y no recibir de vosotros la mayor gratitud,
61
yo que he elogiado tanto a la ciudad, a los antepasados y a los peligros que tuvieron lugar en aquellos tiempos, que he hecho desaparecer los discursos de todos los que escribieron antes sobre esta hipótesis, avergonzados por lo dicho por ellos, y que los que ahora parecen ser hábiles no se atreven a hablar más sobre esto, sino que se quejan de su propia fuerza.
62
Pero, sin embargo, siendo esto así, aparecerán algunos de los que no pueden encontrar ni decir nada digno de mención, pero que han practicado criticar y envidiar lo de los demás, que dirán que esto ha sido dicho con gracia( pues envidiarán decir bien), pero que son mucho más útiles los discursos y mejores los que reprenden lo que ahora se hace mal que los que alaban lo realizado antes, y los que aconsejan sobre lo que hay que hacer que los que recorren las obras antiguas.
63
Para que, pues, no tengan ni esto que decir, dejando de ayudar a lo dicho, intentaré recorrer ante vosotros una parte de otro discurso, tanta como hace poco, en el que apareceré habiendo puesto mucho cuidado sobre todo esto. Y lo que se dice al principio es sobre la paz con los quios, rodios y bizantinos,
64
y tras mostrar cómo conviene a la ciudad disolver la guerra, acuso a la dinastía que hay entre los griegos y al mando por mar, mostrando que no se diferencia en nada ni en las acciones ni en los sufrimientos de las monarquías; y recuerdo también lo que sucedió por su causa a la ciudad, a los lacedemonios y a todos los demás. Tras hablar sobre esto,
65
y tras lamentar las desgracias de Grecia, y tras aconsejar a la ciudad cómo no debe permitir que esté así, al final exhorto a la justicia, reprendo a los que cometen faltas y aconsejo sobre lo que vendrá. Habiendo tomado, pues, este principio desde donde hablo sobre esto, lee también esta parte ante ellos.
66
Isoc. 8. 25- 56; Isoc. 8. 132- 145
67
Habéis escuchado, pues, dos discursos; pero quiero recorrer también un poco del tercero, para que os sea aún más evidente que todos los discursos tienden a la virtud y a la justicia. Y el que va a ser mostrado es el que aconseja a Nicocles, el chipriota, que reinaba en aquel tiempo, cómo debe gobernar a los ciudadanos; pero no está escrito de forma semejante a los leídos.
68
Pues aquellos tienen lo que se dice siempre coherente con lo dicho anteriormente y cerrado, pero en este es lo contrario; pues tras soltarlo del anterior y hacerlo por separado, como los llamados capítulos, intento decir brevemente cada una de las cosas que aconsejo. Por esto hice esta hipótesis,
69
creyendo que al aconsejar beneficiaría más su pensamiento y mostraría más rápido mi carácter. Y por esta misma razón he elegido mostrarlo ahora ante vosotros, no como el mejor escrito de los restantes, sino como aquel a partir del cual aparecerá más claro de qué manera estoy acostumbrado a acercarme tanto a los ciudadanos como a los gobernantes;
70
pues apareceré habiendo hablado ante él libremente y de forma digna de la ciudad, y no adulando su riqueza ni su poder, sino ayudando a los gobernados, y preparando en la medida de lo posible la constitución para ellos lo más mansa posible. Y donde, al hablar ante un rey sobre el pueblo, hacía los discursos, seguramente aconsejaría mucho a los que viven en democracia que cuiden de la multitud.
71
En el proemio y en lo primero que se dice, pues, critico a las monarquías, porque, debiendo ellos ejercitar la prudencia más que los demás, se educan peor que los ciudadanos. Tras hablar sobre esto, aconsejo a Nicocles que no sea perezoso ni, como si hubiera recibido el reino como un sacerdocio, tenga así el pensamiento, sino que, descuidando los placeres, preste atención a los asuntos.
72
Intento también convencerlo de esto, de que debe considerar terrible cuando ve que los peores gobiernan a los mejores y los más insensatos mandan a los más prudentes, diciendo que cuanto más vigorosamente desprecie la insensatez de los demás, tanto más ejercitará su propio pensamiento. Habiendo hecho, pues, un principio que yo hice final, lee también la parte restante de este discurso ante ellos.
73
Isoc. 3. 14- 39
74
Que baste, pues, con los discursos que hemos leído y que tienen tal extensión; pues no me abstendría de una pequeña parte de lo que escribí hace tiempo, sino que diría cualquier cosa que me pareciera apropiada para la ocasión presente; pues sería absurdo si, viendo a los demás utilizar mis escritos, yo fuera el único en abstenerme de lo que dije anteriormente, sobre todo ahora que he decidido utilizar ante vosotros no solo pequeñas partes, sino discursos enteros. Esto, pues, lo haremos según nos convenga.
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Dije en algún momento, antes de que se leyeran estos, que sería digno no solo de rendiros cuentas si utilizo discursos perjudiciales, sino, si no fueran tales que nadie más pudiera igualarlos, de sufrir el mayor de los castigos. Si, pues, algunos de vosotros supusieron entonces que lo dicho era demasiado arrogante y grandilocuente, ya no podrían sostener justamente esa opinión; pues creo haber cumplido mi promesa y que los discursos leídos son tales como los que propuse desde el principio.
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Deseo presentaros brevemente mi defensa sobre cada uno de ellos y hacer aún más evidente que lo que dije entonces y lo que digo ahora sobre ellos es verdad. Y, en primer lugar,¿ qué discurso podría ser más santo o más justo que el que elogia a los antepasados de manera digna de su virtud y de las obras que realizaron?
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Después,¿ cuál sería más político y más apropiado para la ciudad que el que demuestra que la hegemonía nos pertenece más a nosotros que a los lacedemonios, tanto por los demás beneficios como por los peligros afrontados? Además,¿ cuál trataría sobre asuntos más bellos y grandiosos que el que exhorta a los griegos a la expedición contra los bárbaros y aconseja sobre la concordia entre ellos?
78
En el primer discurso, pues, he tratado sobre estos temas, y en los posteriores sobre asuntos menores, aunque no por ello menos útiles ni menos provechosos para la ciudad. Conoceréis su valor si los comparáis con otros que gozan de buena reputación y que parecen ser útiles.
79
Creo que todos estarían de acuerdo en que las leyes son causa de los mayores y más numerosos bienes para la vida de los hombres; pero el uso de estas solo sirve para beneficiar lo que concierne a la ciudad y los contratos que hacemos entre nosotros; si, en cambio, os dejarais persuadir por mis discursos, administraríais toda Grecia de manera noble, justa y provechosa para la ciudad.
80
Es necesario que los hombres sensatos se esfuercen en ambos aspectos, pero que prefieran el mayor y más valioso de los dos, y además reconocer que, si bien innumerables griegos y bárbaros han sido capaces de establecer leyes, pocos podrían hablar sobre los intereses comunes de manera digna de la ciudad y de Grecia.
81
Por lo cual, es necesario valorar mucho más a quienes se dedican a encontrar tales discursos que a quienes establecen y escriben leyes, en la medida en que son más escasos, más difíciles y requieren un alma más prudente, especialmente ahora.
82
Pues cuando el género humano comenzaba a formarse y a convivir en ciudades, era natural que su búsqueda fuera similar; pero desde que hemos avanzado hasta el punto de que tanto los discursos pronunciados como las leyes establecidas son innumerables, y que de las leyes se elogian las más antiguas y de los discursos los más novedosos, ya no es obra de la misma inteligencia,
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sino que para quienes eligen establecer leyes, la multitud de las ya existentes les ha sido útil( pues no necesitan buscar otras, sino intentar recopilar las que gozan de buena reputación entre los demás, lo cual cualquiera que lo desee podría hacer fácilmente), mientras que a quienes se ocupan de los discursos, debido a que la mayoría de los temas ya han sido tratados, les ha ocurrido lo contrario; pues si dicen lo mismo que los anteriores parecerán desvergonzados y necios, y si buscan temas nuevos los encontrarán con esfuerzo. Por eso decía que a ambos les corresponde ser elogiados, pero mucho más a quienes son capaces de realizar la tarea más difícil.
84
Además, también pareceríamos más veraces y útiles que aquellos que pretenden exhortar a la templanza y a la justicia. Pues ellos exhortan a la virtud y a la prudencia que los demás desconocen y que ellos mismos contradicen, mientras que yo exhorto a la que todos reconocen.
85
Y a aquellos les basta con poder atraer a algunos a la fama de sus nombres para su propia compañía, mientras que yo no apareceré habiendo invitado a ningún particular a mi lado, sino que intento persuadir a toda la ciudad para que emprenda tales acciones, de las cuales ellos mismos serán felices y liberarán a los demás griegos de los males presentes.
86
Y, sin embargo,¿ cómo es natural que quien se esfuerza por exhortar a todos los ciudadanos hacia lo mejor y más justo corrompa a quienes le rodean?¿ Y quién, siendo capaz de encontrar tales discursos, intentaría buscar otros malvados y sobre asuntos malvados, sobre todo habiendo logrado con ellos lo que yo he logrado?
87
Pues al escribirse y difundirse estos, obtuve fama entre muchos y recibí muchos discípulos, de los cuales ninguno se habría quedado si no me hubieran encontrado tal como esperaban; pero ahora, habiendo sido tantos, y habiendo convivido unos tres años y otros cuatro, nadie aparecerá habiéndose quejado de nada de lo que hay en mí,
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sino que al final, cuando ya estaban a punto de navegar hacia sus padres y sus amigos, amaban tanto la convivencia que se despedían con nostalgia y lágrimas. Y, sin embargo,¿ a quién debéis creer, a quienes conocen claramente tanto mis discursos como mi carácter, o a quien no sabe nada de mis asuntos, pero ha decidido calumniar? Quien ha llegado a tal punto de maldad y audacia,
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que al acusarme de enseñar discursos mediante los cuales obtendrán ventajas injustas, no ha aportado ninguna prueba de ello, sino que ha continuado diciendo que es terrible que los jóvenes sean corrompidos, como si alguien contradijera esto, o como si fuera su deber demostrar lo que todos admiten, y no enseñar solo que yo soy quien realiza tales actos.
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Y si alguien, tras llevar a este ante la justicia, no demostrara que ha cometido ninguno de los delitos de esclavista, ladrón o ratero, sino que se limitara a exponer lo terrible que es cada uno de estos crímenes, dirían que el acusador es un necio y un loco, pero él, habiendo utilizado tales discursos, cree que os pasa desapercibido.
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Yo, en cambio, creo que incluso los más ignorantes saben que las acusaciones deben ser creíbles y de gran peso, no aquellas que se pueden usar incluso contra quienes no han cometido ninguna injusticia, sino aquellas que no se pueden decir sino contra quienes han delinquido; de las cuales él, al despreciarlas, ha dicho discursos que no tienen nada que ver con la acusación.
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Pues debía mostrar tanto mis discursos, con los que corrompo a quienes me rodean, como señalar a los discípulos que han empeorado debido a mi compañía; pero ahora no ha hecho ninguna de las dos cosas, y al omitir la más justa de las acusaciones, ha intentado engañaros. Yo, en cambio, presentaré mi defensa a partir de estos mismos hechos de los que es apropiado y justo.
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Y los discursos los leímos ante vosotros hace poco, y a quienes han convivido conmigo desde la juventud hasta la vejez los daré a conocer, y presentaré como testigos de lo que digo a los que han sido de mi misma edad. Comenzaron, pues, a frecuentarme primero Eunomo, Lisiteides y Calipo, y después de ellos Onétor, Anticles, Filonides, Filomelo,
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y Charmantides. A todos estos la ciudad los coronó con coronas de oro, no como a quienes codician lo ajeno, sino como a hombres buenos que han gastado muchos de sus bienes en la ciudad. Ante ellos, consideradme como queráis; pues para el presente, en todo me irá bien.
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Pues si suponéis que soy su consejero y maestro, justamente tendríais más gratitud hacia mí que hacia quienes son alimentados en el pritaneo por su virtud; pues cada uno de ellos se ha mostrado a sí mismo como un hombre noble y bueno, mientras que yo he hecho lo mismo con tantos como los que os he enumerado hace poco.
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Y si no fui corresponsable de lo que ellos hicieron, sino que los traté como compañeros y amigos, considero que esta es una defensa suficiente por la acusación de la que me defiendo; pues si agradaba a quienes recibieron recompensas por su virtud, y no tengo la misma opinión que el calumniador,¿ cómo podría ser juzgado razonablemente por corromper a quienes me rodean?
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O sería el más desafortunado de todos, si mientras los demás hombres obtienen fama, unos peor y otros mejor, a partir de sus ocupaciones y sus compañías, yo fuera el único que no obtuviera esta prueba, sino que, habiendo convivido con tales hombres y habiéndome mostrado irreprochable hasta esta edad, pareciera ser igual a los que han sido difamados por sus ocupaciones y otras compañías. Y me gustaría saber qué me habría pasado si alguien como el acusador hubiera convivido conmigo, quien, odiando a todos los de esa clase y siendo odiado, me he visto envuelto en este peligro.
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Y, ciertamente, tampoco me perjudicaría justamente aquel argumento que quizás algunos de los que están totalmente predispuestos contra mí se atreverían a decir, que a estos de los que he hablado solo los trataba lo suficiente como para ser visto conversando, y que he tenido otros muchos discípulos intrigantes a quienes os oculto. Pues tengo un argumento que refutará y disolverá todas esas calumnias; pues exijo,
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que si algunos de los que han convivido conmigo han llegado a ser hombres buenos para la ciudad, los amigos y su propia casa, que los elogiéis, y que no tengáis ninguna gratitud hacia mí por ello, pero si han sido malvados y de tal naturaleza que son propensos a aparecer, a ser acusados y a desear lo ajeno,
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que me pidáis cuentas a mí. Y, sin embargo,¿ qué desafío podría ser más libre de envidia y más justo que el de no disputar sobre los nobles y buenos, pero si algunos han sido malvados, estar dispuesto a rendir cuentas por ellos? Y esto no es un discurso dicho en vano, sino que cedo tanto al acusador como a cualquiera de los demás, si alguien tiene algo que decir sobre alguien así, no porque no me gustaría que algunos me calumniaran, sino porque pronto serán evidentes ante vosotros y el castigo será para ellos y no para mí.

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