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Original / primary: Spanish Gemini
1
Quizá algunos de ustedes se sorprendan de que, habiendo permanecido durante todo el tiempo anterior fiel a las leyes de la ciudad como no sé si algún otro de mis contemporáneos, haya hecho un cambio tan grande que, sobre asuntos de los que los mayores dudan hablar, yo, siendo más joven, me haya adelantado para aconsejar.
2
Yo, por mi parte, si alguno de los acostumbrados a hablar ante ustedes lo hubiera hecho de manera digna de la ciudad, habría guardado mucho silencio; pero ahora, al ver a unos apoyando lo que los enemigos ordenan, a otros oponiéndose sin firmeza y a otros habiendo callado por completo, me he levantado para exponer lo que pienso sobre estos asuntos, considerando vergonzoso que, manteniendo mi propia conducta de vida, permita que la ciudad vote cosas indignas de sí misma.
3
Considero que, incluso si sobre otros asuntos conviene que los de mi edad guarden silencio, sobre el hacer la guerra o no, corresponde sobremanera que aconsejen aquellos que también participarán en la mayor parte de los peligros, sobre todo estando establecido entre nosotros el conocer algo de lo necesario en común.
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Pues si estuviera demostrado que los mayores saben lo mejor sobre todas las cosas y que los más jóvenes no conocen rectamente nada, estaría bien prohibirnos aconsejar; pero puesto que no nos diferenciamos unos de otros en cuanto a la sensatez por la cantidad de años, sino por la naturaleza y el esmero,¿ cómo no es necesario tomar prueba de ambas edades, para que les sea posible a ustedes elegir de entre todo lo dicho lo más conveniente?
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Me sorprende que quienes consideran que debemos dirigir trirremes y mandar ejércitos, sobre los cuales, si no deliberamos bien, podríamos envolver a la ciudad en muchas y grandes desgracias, no crean que debemos decir lo que pensamos sobre aquello que ustedes van a juzgar, en lo cual, si acertamos, los beneficiaremos a todos ustedes, y si nos equivocamos respecto a su opinión, nosotros mismos quizá pareceremos ser más mediocres, pero no causaríamos ningún daño al bien común.
6
No obstante, no he hablado sobre esto como si deseara hablar, ni como si estuviera preparado para vivir de otra manera que en el tiempo pasado, sino queriendo exhortarlos a no desaprobar ninguna de las edades, sino a buscar en todas si alguien puede decir algo bueno sobre los asuntos presentes;
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pues desde que habitamos la ciudad, no ha habido para nosotros ni peligro ni guerra de tal magnitud como aquella sobre la que ahora nos hemos reunido para deliberar. Antes, en efecto, luchábamos por gobernar a los demás, pero ahora, por no hacer nosotros mismos lo que se nos ordena; lo cual es un signo de libertad, por la que no hay nada terrible que no deba soportarse, no solo por nosotros, sino también por los demás que no están dispuestos de manera demasiado cobarde, sino que aspiran aunque sea un poco a la virtud.
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Yo, por mi parte, si debo decir lo mío, preferiría morir ahora sin haber hecho lo que se ordena antes que vivir un tiempo muchas veces mayor que el asignado habiendo votado lo que los tebanos exigen; pues me avergonzaría si, habiendo nacido de Heracles, siendo mi padre rey y siendo yo mismo el heredero de obtener este honor, permitiera, en la medida en que depende de mí, que la tierra que nuestros padres nos dejaron la posean nuestros propios siervos.
9
Exijo también que ustedes tengan la misma opinión que yo, considerando que hasta este día parecemos haber tenido mala suerte en la batalla contra los tebanos, y haber sido vencidos en los cuerpos debido a quien no nos guio rectamente, pero que aún ahora conservamos las almas invictas,
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y si, temiendo los peligros que se avecinan, renunciamos a algo de lo nuestro, confirmaremos las arrogancias de los tebanos y erigiremos un trofeo mucho más solemne y más evidente que el de Leuctra contra nosotros mismos; pues lo primero será obra de la desgracia, pero lo segundo, de nuestra propia mentalidad. Que nadie, pues, los convenza de envolver a la ciudad en tales vergüenzas.
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Y, sin embargo, con demasiada vehemencia los aliados les han aconsejado que es necesario hacer la paz renunciando a Mesene. Con ellos ustedes podrían justamente enfadarse mucho más que con los que desde el principio se apartaron de nosotros. Aquellos, en efecto, al abandonar nuestra amistad, destruyeron sus propias ciudades, arrojándolas a facciones, matanzas y gobiernos malvados, pero estos han venido a hacernos daño;
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pues la gloria que nuestros antepasados, tras muchos peligros, nos dejaron al adquirirla en setecientos años, nos persuaden a perderla en poco tiempo, de la cual ni una desgracia más impropia para Lacedemonia ni más terrible habrían podido encontrar jamás.
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Han llegado a tal punto de codicia y han juzgado de nosotros tal cobardía que, habiéndonos pedido muchas veces que lucháramos por ellos, no creen que debamos arriesgarnos por Mesene, sino que, para que ellos disfruten con seguridad de lo suyo, intentan enseñarnos que debemos ceder ante los enemigos de lo nuestro, y además de otras cosas, amenazan con que, si no aceptamos esto, harán la paz por su cuenta.
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Yo, por mi parte, no considero que el peligro sin ellos vaya a ser para nosotros tan difícil cuanto más hermoso, brillante y célebre ante todos los hombres; pues el intentar salvarse y superar a los enemigos no a través de otros, sino a través de nosotros mismos, es conforme a las demás acciones de la ciudad.
15
Y aunque nunca he sido amante de los discursos, sino que siempre he pensado que quienes se entretienen en esto son más perezosos para las acciones, ahora no valoraría nada más que el poder exponer como deseo los asuntos propuestos; pues en el presente espero poder ser causa de los mayores bienes para la ciudad.
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En primer lugar, pues, creo que debo hablarles sobre de qué manera adquirimos Mesene y por qué causas habitaron el Peloponeso siendo ustedes dorios desde la antigüedad. Por esto me adelantaré desde más lejos, para que comprendan que intentan privarlos de esta tierra, la cual ustedes poseen justamente no menos que la otra Lacedemonia.
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Pues cuando Heracles cambió de vida al convertirse en dios desde mortal, al principio sus hijos, debido al poder de sus enemigos, estuvieron en muchos vagabundeos y peligros, pero al morir Euristeo, habitaron entre los dorios. En la tercera generación llegaron a Delfos, queriendo consultar al oráculo sobre algunas cosas. El dios no respondió sobre lo que preguntaron, sino que les ordenó ir a la tierra de sus padres.
18
Al examinar el oráculo, descubrieron que Argos les correspondía por parentesco( pues al morir Euristeo, eran los únicos perseidas que quedaban), Lacedemonia por donación( pues habiendo sido expulsado Tíndaro del poder, cuando Cástor y Pólux desaparecieron de entre los hombres, al devolverlo Heracles, le da a él la tierra tanto por este beneficio como por el parentesco con los hijos),
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y Mesene, tomada por conquista( pues habiendo sido robadas las vacas de Eritía por Neleo y sus hijos, excepto por Néstor, al tomarla Heracles como botín, mató a los que cometieron la injusticia, pero le confía la ciudad a Néstor, pensando que él era sensato porque, siendo el más joven, no cometió el error junto con sus hermanos).
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Suponiendo que el oráculo era así, y tomando a sus antepasados y organizando un ejército, dieron la tierra propia en común a los que los siguieron, pero ellos mismos recibieron de aquellos el reino como privilegio, y sobre esto, dándose garantías mutuas, realizaron la expedición.
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Pues bien,¿ qué necesidad hay de perder el tiempo contando los peligros ocurridos en el camino y las otras acciones que no aportan nada al presente? Tras vencer en la guerra a los que habitaban en los lugares mencionados, dividieron los reinos en tres partes. Ustedes, pues, hasta este día permanecen fieles a los pactos y a los juramentos que hicieron con nuestros antepasados;
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por lo cual también en el tiempo pasado les fue mejor que a los demás, y en el venidero hay que esperar que, siendo tales, les irá mejor que ahora. Pero los mesenios llegaron a tal punto de impiedad que, conspirando, mataron a Cresfontes, el fundador de la ciudad, señor de la tierra, descendiente de Heracles y que había sido su guía.
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Al escapar sus hijos de los peligros, se convirtieron en suplicantes de esta ciudad, pidiendo ayuda para el difunto y dándonos la tierra. Al consultar al dios, y habiendo ordenado aquel aceptar esto y vengar a los injustamente tratados, tras sitiar a los mesenios, así adquirieron la tierra.
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Sobre lo que nos correspondió desde el principio no he hablado con precisión( pues el momento presente no permite contar mitos, sino que era necesario hablar de manera más breve que clara sobre ellos), no obstante, creo que también a través de esto es evidente para todos que no poseemos la tierra que se admite que es nuestra de manera diferente a la que está en disputa. Pues esta la habitamos porque los heráclidas la dieron, el dios lo ordenó y vencimos en la guerra a quienes la tenían; y aquella la recibimos de los mismos, de la misma manera y consultando los mismos oráculos.
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Si, pues, estamos de tal manera que no contradecimos sobre nada, ni siquiera si nos ordenan abandonar la propia Esparta, es superfluo esforzarse por Mesene; pero si ninguno de ustedes aceptaría vivir privado de la patria, corresponde que también sobre aquella tengan la misma opinión. Pues podemos decir los mismos derechos y los mismos argumentos sobre ambas.
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Pero, además, no se les escapa que las posesiones, tanto las privadas como las comunes, si pasa mucho tiempo, todos consideran que son legítimas y heredadas. Nosotros, pues, tomamos Mesene antes de que los persas tomaran el reino y dominaran el continente, y antes de que fueran fundadas algunas de las ciudades griegas.
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Y existiendo esto para nosotros, al bárbaro le devuelven Asia como si fuera heredada, quien aún no ha tenido el poder por doscientos años, pero a nosotros nos privan de Mesene, que resulta que la tenemos desde hace más del doble de tiempo; y a Tespia y Platea las han destruido ayer y anteayer, pero esta, tras cuatrocientos años, pretenden habitarla, haciendo ambas cosas contra los juramentos y los pactos.
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Y si devolvieran a los verdaderos mesenios, cometerían una injusticia, pero aun así pecarían contra nosotros de manera más razonable; pero ahora establecen a los ilotas como vecinos nuestros, de modo que lo más difícil no es esto, si seremos privados de la tierra contra lo justo, sino si veremos a nuestros esclavos siendo señores de ella.
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Además, por lo que sigue, conocerán más claramente que también ahora sufrimos cosas terribles y que entonces poseíamos Mesene justamente. Pues habiendo ocurrido muchos peligros, en alguna ocasión nos vimos obligados a hacer la paz estando en una situación mucho peor que la de los enemigos; pero aun así, ocurriendo los pactos en tales momentos,
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en los que no era posible sacar ventaja, se producían disputas sobre otras cosas, pero sobre Mesene ni el rey ni la ciudad de los atenienses nos reprochó jamás que la poseyéramos injustamente. Y, sin embargo,¿ cómo podríamos encontrar un juicio sobre lo justo más preciso que este, reconocido por los enemigos y ocurrido en nuestras desgracias?
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El oráculo, pues, que todos admitirían que es el más antiguo, el más común y el más fiable, no solo reconoció entonces que Mesene era nuestra, cuando, al dárnosla los hijos de Cresfontes, ordenó aceptar el regalo y ayudar a los injustamente tratados, sino también, al hacerse larga la guerra, habiendo enviado ambos a Delfos, y pidiendo ellos la salvación, y preguntando nosotros de qué manera venceríamos más rápido a la ciudad, a ellos no les respondió nada por no hacer una petición justa, pero a nosotros nos reveló tanto los sacrificios que debíamos hacer como de quiénes enviar a buscar ayuda.
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Y, sin embargo,¿ cómo podría alguien presentar un testimonio mayor y más claro que estos? Pues aparecemos, en primer lugar, habiendo tomado la tierra de sus señores( pues nada impide volver a hablar brevemente sobre ello), luego habiéndola tomado en guerra, de la misma manera en que la mayoría de las ciudades fueron fundadas en aquellos tiempos, además habiendo expulsado a los que habían cometido impiedad contra los hijos de Heracles, quienes justamente habrían sido desterrados de toda la tierra habitada, y además de esto, poseyéndola adecuadamente por la cantidad de tiempo, por el juicio de los enemigos y por los oráculos del dios.
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De los cuales cada uno es suficiente para disolver los discursos de quienes se atreven a acusar de que o bien ahora no hacemos la paz por codicia, o bien entonces luchamos contra los mesenios deseando lo ajeno. Sobre la adquisición, pues, es posible decir quizá más que esto, no obstante, creo que también esto ha sido dicho suficientemente.
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Dicen los que nos aconsejan hacer la paz que los sensatos no deben tener la misma opinión sobre los asuntos cuando tienen éxito y cuando tienen desgracias, sino deliberar siempre según el presente, seguir a la fortuna y no pensar más de lo que permite el poder, ni buscar lo justo en tales momentos, sino lo conveniente.
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Yo, por mi parte, estoy de acuerdo con ellos sobre otras cosas, pero nadie podría convencerme diciendo que se debe hacer algo más importante que lo justo. Pues veo que también las leyes están establecidas por esto, que los hombres nobles y buenos se enorgullecen de esto y que las ciudades bien gobernadas se esfuerzan sobremanera por esto,
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y además que las guerras ocurridas anteriormente han tenido su fin no según los poderes, sino según lo justo, y, en general, que la vida de los hombres se pierde por la maldad, pero se salva por la virtud. De modo que no deben desanimarse los que están a punto de arriesgarse por lo justo, sino mucho más los que cometen excesos y los que no saben soportar las fortunas con moderación.
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Después, también hay que considerar esto: pues ahora todos tenemos la misma opinión sobre lo justo, pero sobre lo conveniente discrepamos. Y habiendo dos bienes propuestos, y siendo uno evidente y el otro desconocido,¿ cómo no harían el ridículo si desaprobaran lo admitido y les pareciera elegir lo disputado, sobre todo siendo la elección tan diferente?
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Pues en mis discursos es posible no renunciar a nada de lo suyo ni envolver a la ciudad en ninguna vergüenza, y arriesgándose por lo justo esperar luchar mejor que los enemigos, pero en los de ellos, haber renunciado ya a Mesene, y habiendo cometido este error previo contra ustedes mismos, tal vez fracasar tanto en lo conveniente como en lo justo y en todas las demás cosas que esperan.
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Pues tampoco esto es evidente aún, que si hacemos lo que se nos ordena, mantendremos la paz con seguridad. Pues creo que no ignoran que todos acostumbran a hablar sobre lo justo con los que se defienden, pero a los que hacen lo que se ordena con demasiada prontitud siempre les añaden más de lo que pensaban desde el principio, de modo que sucede que obtienen una paz mejor los que están dispuestos de manera guerrera que los que hacen los acuerdos fácilmente.
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Para no parecer que pierdo mucho tiempo en esto, dejando de lado todas esas cosas, me volveré al más sencillo de los discursos. Pues si nadie de los que han tenido desgracias se hubiera recuperado jamás ni hubiera superado a los enemigos, tampoco sería razonable que nosotros esperáramos salir adelante luchando; pero si ha ocurrido muchas veces que incluso los que tienen mayor poder han sido vencidos por los más débiles y los que sitian han sido destruidos por los sitiados,¿ qué tiene de extraño si también la situación actual tiene algún cambio?
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Sobre nuestra ciudad, pues, no tengo nada que decir así; pues en los tiempos pasados nadie más fuerte que nosotros invadió esta tierra; pero sobre los demás, uno podría usar muchos ejemplos, y sobre todo sobre la ciudad de los atenienses.
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Pues a estos encontraremos que, por lo que ordenaban a los demás, fueron calumniados ante los griegos, pero por lo que defendieron a los que cometían excesos, gozaron de buena fama ante todos los hombres. Si contara los peligros antiguos, los que hicieron contra las amazonas o los tracios o los peloponesios que invadieron su tierra con Euristeo, quizá parecería decir cosas antiguas y lejanas de las presentes; pero en la guerra pérsica,¿ quién no sabe de qué desgracias llegaron a cuánta felicidad?
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Pues solos de los que habitan fuera del Peloponeso, viendo que el poder de los bárbaros era irresistible, no consideraron digno deliberar sobre lo que se les ordenaba, sino que eligieron inmediatamente ver la ciudad destruida antes que esclava. Abandonando la tierra, considerando la libertad como patria y compartiendo los peligros con nosotros, obtuvieron tal cambio que, privados de lo suyo por pocos días, se convirtieron en amos de los demás por mucho tiempo.
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Y no solo sobre esta ciudad se podría demostrar que el atreverse a defenderse de los enemigos es causa de muchos bienes, sino también Dionisio el tirano, al ser sitiado por los cartagineses, sin que apareciera ninguna salvación para él, sino que, estando oprimido por la guerra y con los ciudadanos dispuestos de mala manera hacia él, él mismo estuvo a punto de zarpar, pero al atreverse uno de sus allegados a decir que la tiranía es un hermoso sudario,
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avergonzado por lo que había pensado y volviendo a intentar luchar, destruyó muchas miríadas de cartagineses, estableció el poder sobre los ciudadanos de manera más firme, adquirió un poder mucho mayor que el que tenía antes, terminó su vida siendo tirano y dejó a su hijo en los mismos honores y poderes en los que él mismo estaba.
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Cosas parecidas a estas hizo Amintas, el rey de los macedonios. Pues habiendo sido derrotado en batalla por los bárbaros vecinos y privado de toda Macedonia, al principio pensó en abandonar la tierra y salvar su cuerpo, pero al escuchar a alguien que elogiaba lo dicho a Dionisio, y cambiando de opinión como aquel, ocupando un pequeño lugar y enviando a buscar ayuda desde aquí, en menos de tres meses ocupó toda Macedonia y, reinando el resto del tiempo, terminó su vida de vejez.
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Nos cansaríamos escuchando y hablando si examináramos todas esas acciones, puesto que si recordáramos también lo ocurrido en torno a Tebas, nos entristeceríamos por lo sucedido, pero tendríamos mejores esperanzas sobre lo que vendrá. Pues al atreverse ellos a soportar las invasiones y nuestras amenazas, la fortuna llevó sus asuntos a tal punto que, habiendo estado bajo nosotros el tiempo anterior, ahora consideran que deben ordenarnos.
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Quien, pues, viendo que han ocurrido tantos cambios, cree que se detendrán en nosotros, es demasiado insensato; sino que hay que resistir en los asuntos presentes y tener confianza sobre los futuros, sabiendo que las ciudades corrigen tales desgracias con un buen gobierno y con las experiencias en la guerra. Sobre lo cual nadie se atrevería a contradecir que no tenemos la experiencia más que los demás, y que el gobierno, tal como debe ser, solo lo tenemos nosotros. Existiendo esto, no es posible que no nos vaya mejor que a los que no han puesto mucho esmero en ninguna de estas dos cosas.
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Acusan algunos a la guerra y exponen su falta de fiabilidad, usando otros muchos testimonios y sobre todo los ocurridos en torno a nosotros, y se sorprenden de que algunos consideren digno confiar en un asunto tan difícil y arriesgado. Yo, por mi parte, sé que muchos han adquirido una gran felicidad gracias a la guerra, y muchos han sido privados de la que tenían gracias a la paz;
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pues nada de esto es tajantemente ni malo ni bueno, sino que, según como uno use los asuntos y los momentos, así es necesario que el fin resulte de ellos. Y deben los que tienen éxito desear la paz; pues en esta situación uno podría conservar lo presente por más tiempo; pero los que tienen desgracias deben prestar atención a la guerra; pues de la confusión y de la novedad podrían obtener un cambio más rápido. De lo cual temo que parezcamos hacer lo contrario;
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pues cuando podíamos vivir con lujo, hacíamos más guerras de las necesarias, pero desde que hemos llegado a la necesidad de arriesgarnos, deseamos tranquilidad y deliberamos sobre la seguridad. Y, sin embargo, deben los que quieren ser libres evitar los pactos que provienen de las órdenes por estar cerca de la esclavitud, y hacer los acuerdos cuando o bien superen a los enemigos o bien igualen su poder al de los enemigos; pues cada uno tendrá tal paz como la que hagan de la disolución de la guerra.
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Considerando esto, deben ustedes no arrojarse precipitadamente a acuerdos vergonzosos, ni parecer que deliberan sobre la patria con más pereza que sobre los demás. Recuerden ante ustedes mismos que en el tiempo pasado, si una sola ciudad de las aliadas era sitiada y un solo lacedemonio ayudaba, todos admitirían que la salvación para ellos provenía de este. Y a la mayoría de tales hombres uno podría escucharlos de los mayores, pero yo también puedo contar los más célebres.
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Pedárito, pues, al navegar hacia Quíos, salvó su ciudad; Brásidas, al entrar en Anfípolis, organizando a pocos de los sitiados a su alrededor, venció luchando a los muchos que sitiaban; Gilipo, al ayudar a los siracusanos, no solo los salvó a ellos, sino que también tomó prisionero a todo el poder que los dominaba tanto por tierra como por mar.
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Y, sin embargo,¿ cómo no es vergonzoso que entonces cada uno de nosotros fuera capaz de proteger ciudades ajenas, pero ahora todos ni siquiera intentemos proteger la nuestra?¿ Y haber llenado Europa y Asia de trofeos luchando por los demás, pero por la patria, siendo tan evidentemente ultrajada, no parecer haber luchado ni una batalla digna de mención?
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Sino que otras ciudades hayan soportado los peores asedios por nuestro poder, pero nosotros mismos, para no ser obligados a hacer nada contra lo justo, no creamos que debamos soportar ni una pequeña desgracia, sino que se vea que todavía ahora criamos yuntas de caballos glotones, y que, como los que han llegado a las necesidades más terribles y están necesitados de lo cotidiano, así hagamos la paz?
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Y lo que es más indignante de todo, si pareciendo ser los más trabajadores de los griegos, deliberaremos sobre esto con más pereza que los demás. Pues,¿ a quiénes conocemos, de los que vale la pena hacer mención, que habiendo sido vencidos una vez y habiendo ocurrido una invasión, hayan admitido tan cobardemente que harán todo lo que se les ordene?¿ Y cómo podrían tales personas resistir teniendo desgracias por mucho tiempo?
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Y,¿ quién no nos reprocharía si, habiendo sido sitiados los mesenios por veinte años por esta tierra, nosotros renunciáramos a ella tan rápidamente según los pactos, y ni siquiera recordáramos a los antepasados, sino que la que ellos adquirieron con muchos trabajos y peligros, nosotros, persuadidos por discursos, la perdiéramos?
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De lo cual algunos no se preocupan, sino que, despreciando todas las vergüenzas, les aconsejan tales cosas, por las cuales pondrán a la ciudad en oprobios. Y con tanta vehemencia los llevan a entregar Mesene que se atrevieron incluso a exponer la debilidad de la ciudad y el poder de los enemigos, y ordenan que los que se oponen a ellos respondan de dónde esperan que vendrá la ayuda para que ordenemos luchar.
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Yo, por mi parte, considero que la mayor y más segura alianza es hacer lo justo( pues es razonable que también la benevolencia de los dioses esté con ellos, si es que hay que conjeturar sobre lo futuro por lo ya ocurrido), y además de esto, el gobernarse bien, vivir con sensatez, estar dispuestos a luchar hasta la muerte contra los enemigos y no considerar nada tan terrible como ser mal hablado por los ciudadanos; lo cual nos corresponde más a nosotros que a los demás hombres.
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Con los cuales yo lucharía mucho más gustosamente que con muchas miríadas; pues sé que también los primeros de nosotros que llegaron a esta tierra no superaron a los demás por la cantidad, sino por las virtudes que he mencionado antes. De modo que no es digno por esto temer a los enemigos, porque resulta que son muchos, sino mucho más tener confianza en aquello, cuando vemos que nosotros mismos hemos soportado las desgracias como nadie más jamás,
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y permaneciendo fieles a las leyes y a las costumbres que establecimos desde el principio, mientras que los otros ni siquiera pueden soportar las fortunas, sino que están confundidos, y unos ocupan las ciudades aliadas, otros hacen lo contrario a esto, otros disputan sobre la tierra con los vecinos y otros se envidian más entre sí que luchan contra nosotros. De modo que me sorprendo de los que buscan una alianza mayor, de la cual los enemigos resultan estar cometiendo errores.
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Y si hay que hablar también sobre las ayudas externas, creo que habrá muchos que querrán ayudarnos. Pues sé, en primer lugar, que los atenienses, aunque no estén siempre con nosotros, al menos por nuestra salvación harían cualquier cosa; luego, de las otras ciudades, hay algunas que deliberarían sobre lo que nos conviene igual que sobre lo suyo;
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además, que Dionisio el tirano, el rey de los egipcios y los otros gobernantes en Asia, en la medida en que cada uno pueda, nos ayudarían con entusiasmo; y además de esto, también de los griegos los que sobresalen en bienes, los que son primeros en gloria y los que desean los mejores asuntos, aunque aún no se hayan unido, al menos con su benevolencia están con nosotros, en quienes, sobre lo futuro, razonablemente podríamos tener grandes esperanzas.
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Creo también que la otra multitud en el Peloponeso y el pueblo, que creemos que lucha sobremanera contra nosotros, ya anhela nuestra dirección. Pues nada de lo que esperaban les ha ocurrido al apartarse, sino que, en lugar de la libertad, ha resultado lo contrario( pues habiendo perdido a los mejores de ellos, han quedado bajo los peores de los ciudadanos), y en lugar de la autonomía, han caído en muchas y terribles ilegalidades,
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y acostumbrados en el tiempo anterior a ir con nosotros contra otros, ahora ven a los demás haciendo campaña contra ellos, y las facciones, que antes se enteraban de que estaban en otros, ahora ocurren casi cada día entre ellos, y están tan igualados en desgracias que nadie puede distinguir a los que están peor de ellos; pues ninguna de las ciudades está intacta,
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ni hay alguna que no tenga vecinos que le hagan daño, de modo que las tierras han sido cortadas, las ciudades saqueadas, las casas privadas destruidas, los gobiernos trastornados y las leyes, con las que habitando eran los más felices de los griegos, disueltas.
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Y están tan desconfiados y mal dispuestos hacia sí mismos que temen más a los ciudadanos que a los enemigos; y en lugar de la concordia que había bajo nosotros y la abundancia de unos de otros, han llegado a tal falta de trato que los que poseen bienes preferirían arrojar sus cosas al mar antes que ayudar a los necesitados, y los que están peor no aceptarían encontrar nada más que quitarles a los que tienen;
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y habiendo disuelto los sacrificios, se matan unos a otros sobre los altares; y huyen ahora más de una sola ciudad que antes de todo el Peloponeso. Y habiéndose enumerado tantos males, son mucho más los omitidos que los dichos; pues no hay nada terrible o difícil que no se haya reunido allí.
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De los cuales unos ya están llenos, y otros se llenarán rápidamente, y buscarán encontrar algún alivio a los asuntos presentes. Pues no crean que permanecerán en esto; pues los que, teniendo éxito, se rindieron,¿ cómo podrían estos, sufriendo, resistir por mucho tiempo? De modo que no solo si vencemos luchando, sino si esperamos manteniendo la tranquilidad, verán que ellos cambian y consideran que nuestra alianza es su salvación. Tales esperanzas, pues, tengo.
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Y estoy tan lejos de hacer algo de lo que se ordena que, si nada de esto ocurriera ni obtuviéramos ayuda de ninguna parte, sino que los griegos unos nos hicieran daño y otros nos ignoraran, ni aun así cambiaría de opinión, sino que soportaría todos los peligros de la guerra antes que hacer estos acuerdos. Pues me avergonzaría por ambas cosas, ya sea que condenáramos a los antepasados por haber privado injustamente a los mesenios de la tierra, o que, habiéndola adquirido ellos recta y adecuadamente, nosotros cediéramos algo sobre ella contra lo justo.
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Ninguna de estas dos cosas, pues, debe hacerse, sino que hay que considerar cómo lucharemos dignamente de nosotros mismos, y no demostraremos que los acostumbrados a elogiar la ciudad son falsos, sino que nos mostraremos tales que parezca que ellos han dicho menos de lo que existe sobre nosotros.
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Considero, pues, que no ocurrirá nada más terrible que lo que tenemos presente, sino que nuestros enemigos planearán y harán cosas tales que nos permitirán rectificar nuestra situación. Pero si acaso nos engañamos en nuestras esperanzas y nos vemos acorralados por todas partes y ya no somos capaces de proteger ni siquiera la ciudad, es difícil lo que voy a decir, pero aun así no dudaré en hablar con franqueza al respecto. Pues es más noble que esto se anuncie a los griegos y es más acorde con nuestro espíritu que lo que algunos nos aconsejan.
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Digo, en efecto, que es necesario enviar fuera de la ciudad a nuestros propios padres, a nuestros hijos, a nuestras mujeres y al resto de la multitud, a unos a Sicilia, a otros a Cirene y a otros al continente( todos ellos los recibirán con gusto, con mucha tierra y con los demás recursos necesarios para la vida, unos devolviendo el favor por los beneficios recibidos, otros esperando obtener lo que hayan adelantado).
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Y que los que deseen y puedan arriesgarse, quedándose atrás, renuncien a la ciudad y a las demás posesiones, salvo lo que podamos llevar con nosotros, y tras ocupar el lugar que sea más fortificado y más conveniente para la guerra, hostiguen a los enemigos tanto por tierra como por mar, hasta que dejen de disputar lo que es nuestro.
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Y si nos atrevemos a hacer esto y no vacilamos, veréis a los que ahora nos dan órdenes suplicándonos y rogándonos que recuperemos Mesene y hagamos la paz.¿ Qué ciudad del Peloponeso podría soportar una guerra tal como es probable que ocurra si nosotros lo deseamos?¿ Quiénes no se quedarían atónitos y temerían a un ejército que se organiza habiendo realizado tales hazañas, que está justamente irritado con los responsables de ellas y que está dispuesto a arriesgar su vida con desesperación?
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Y que, al estar ocioso y no ocuparse de otra cosa que de la guerra, se asemeja a las tropas mercenarias, pero que en sus virtudes y en sus prácticas es tal que nadie entre todos los hombres podría organizar uno igual, y que además no utiliza ninguna constitución establecida, sino que es capaz de vivir a la intemperie y vagar por el territorio, convirtiéndose fácilmente en vecino de quien quiera y considerando patria todos los lugares que sean convenientes para la guerra.
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Pues yo creo que, con solo decir estas palabras y difundirlas entre los griegos, nuestros enemigos se verán sumidos en una gran confusión, y aún más si nos vemos obligados a llevarlas a cabo.¿ Qué opinión podemos pensar que tendrán cuando ellos sufran males y no puedan hacernos nada?
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Y vean sus propias ciudades bajo asedio, mientras la nuestra está tan preparada que ya no puede caer en tal desgracia. Y, además, que el sustento de los cuerpos sea para nosotros fácil, tanto por lo que ya tenemos como por lo que se obtiene de la guerra, mientras que para ellos sea difícil, debido a que no es lo mismo dirigir un ejército así que alimentar a las multitudes que están en las ciudades.
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Y lo que es más doloroso para ellos, cuando se enteren de que los nuestros han llegado a tener muchos recursos, mientras ven que los suyos carecen cada día de lo necesario, y no pueden remediar estos males, sino que, al trabajar la tierra, pierden también las semillas, y al dejarla ociosa, no son capaces de subsistir ningún tiempo.
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Pero quizás, al reunirse y formar un ejército común, nos seguirán y nos impedirán hacerles daño.¿ Y qué podríamos desear más que encontrar a hombres desordenados, mezclados y que utilizan muchos jefes, acercándose, formándose y acampando frente a nosotros en las mismas dificultades del terreno? Pues no se necesitaría mucho esfuerzo, sino que rápidamente los obligaríamos a librar los combates en nuestros momentos, y no en los suyos.
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Se me acabaría el resto del día si intentara enumerar las ventajas que resultarán. Pero esto es evidente para todos: que nos hemos distinguido de los griegos no por el tamaño de la ciudad ni por la multitud de hombres, sino porque establecimos una constitución similar a un ejército bien dirigido y dispuesto a obedecer a los jefes. Si, pues, hacemos esto con sinceridad, lo cual nos resultó provechoso al imitarlo, no es incierto que dominaremos fácilmente a los enemigos.
82
Sabemos también que los fundadores de esta ciudad entraron en el Peloponeso con un pequeño ejército y dominaron muchas y grandes ciudades. Es noble, pues, imitar a los antepasados y, habiendo vuelto al principio, ya que hemos tropezado, intentar recuperar los honores y los poderes que antes teníamos.
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Sería lo más terrible de todo si, sabiendo que los atenienses abandonaron su propio territorio por la libertad de los griegos, nosotros no nos atreviéramos a abandonar la ciudad ni siquiera por nuestra propia salvación, sino que, debiendo ser nosotros ejemplo de tales acciones para los demás, no quisiéramos ni siquiera imitar las hazañas de aquellos.
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Y aún más ridículo que esto, si los focenses, huyendo del dominio del gran rey, abandonaron Asia y se establecieron en Marsella, y nosotros llegáramos a tal pusilanimidad como para soportar las órdenes de aquellos a quienes hemos gobernado durante todo el tiempo.
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No debemos detener nuestras mentes en este día en el que será necesario separarnos de nuestros seres más queridos, sino mirar hacia aquellos tiempos en los que, habiendo superado a los enemigos, restauraremos la ciudad, recuperaremos a los nuestros y demostraremos a todos que ahora hemos sufrido injustamente, pero que en el tiempo pasado justamente pretendíamos tener más que los demás.
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Y es así: he dicho estas palabras no porque sea necesario que hagamos esto ya, ni porque no haya otra salvación en los asuntos, sino queriendo exhortar vuestras mentes a que debemos soportar estas desgracias y otras mucho más terribles que estas, antes de hacer tratados sobre Mesene como nos ordenan.
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No os exhortaría tan ansiosamente a la guerra si no viera que la paz, por lo que yo digo, será noble y duradera, mientras que, por lo que algunos aconsejan, no solo será vergonzosa, sino que no durará ningún tiempo. Pues si permitimos que los ilotas se establezcan a nuestro lado y dejamos que esta ciudad crezca,¿ quién no sabe que pasaremos toda la vida en confusiones y peligros? De modo que los que hablan de seguridad no se han dado cuenta de que nos hacen la paz por pocos días, pero nos preparan la guerra para todo el tiempo.
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Me gustaría preguntarles por qué cosas creen que debemos morir luchando;¿ no es cuando los enemigos ordenan algo contra la justicia, recortan el territorio y liberan a los siervos?¿ Y los establecen en esta tierra que nuestros padres nos dejaron, y a nosotros no solo nos privan de lo que tenemos, sino que, además de los otros males, nos sumen en la ignominia?
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Pues yo creo que por estas cosas nos corresponde soportar no solo la guerra, sino también destierros y muertes; pues es mucho mejor terminar la vida con la gloria que tenemos que vivir en las deshonras que recibiremos al hacer lo que nos ordenan. Y si hay que hablar sin rodeos, es preferible para nosotros ser destruidos que ser objeto de burla por parte de los enemigos. Pues los que han vivido con tales dignidades y espíritus deben hacer una de dos cosas: o ser los primeros entre los griegos, o haber sido eliminados por completo, sin haber realizado nada humilde, sino habiendo hecho un final noble de la vida.
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Cosas que, tras haber reflexionado, no debemos amar la vida, ni seguir las opiniones de los aliados, a quienes antes considerábamos justo dirigir, sino que, tras haber examinado nosotros mismos, debemos elegir no lo que es más fácil para ellos, sino lo que será apropiado para Lacedemonia y para nuestras acciones pasadas. Pues no se debe deliberar sobre las mismas cosas de la misma manera, sino según la base que cada uno haya establecido para su vida desde el principio.
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A los epidaurios, corintios y fliasios nadie les reprocharía si no se preocuparan de otra cosa que de sobrevivir y salvarse a sí mismos; pero a los lacedemonios no les es posible buscar la salvación de cualquier manera, sino que, si no va acompañada de la nobleza, debemos elegir la muerte con buena reputación. Pues los que aspiran a la virtud no deben esforzarse por nada tanto como por no parecer que hacen nada vergonzoso.
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Las vilezas de las ciudades son evidentes no menos en tales deliberaciones que en los peligros de la guerra. Pues de lo que ocurre allí, la mayor parte pertenece a la fortuna, pero lo que se decide aquí es señal de la propia inteligencia. De modo que debemos luchar por lo que se vote aquí con el mismo afán que por los combates en las armas.
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Me asombro de los que están dispuestos a morir por su propia gloria, pero no tienen la misma opinión por la común; por la cual es digno sufrir cualquier cosa, para no deshonrar a la ciudad ni permitir que abandone el puesto en el que los padres la colocaron. Estando ante nosotros muchos y terribles asuntos que debemos evitar,
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lo que más debemos vigilar es que no parezca que hacemos nada cobardemente ni que cedemos a los enemigos contra la justicia. Pues es vergonzoso que los que fueron considerados dignos de gobernar a los griegos sean vistos haciendo lo que se les ordena, y que se queden tan atrás de los antepasados que ellos morían por querer mandar a los demás, y nosotros no nos atrevamos a arriesgarnos por no hacer lo que se nos manda.
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Es digno también avergonzarse de la Olimpiada y de las otras fiestas, en las que cada uno de nosotros era más envidiado y admirado que los atletas que obtenían las victorias en los juegos.¿ A cuáles quién se atrevería a ir, para ser despreciado en lugar de honrado, y para ser visto por los mismos con maldad en lugar de ser objeto de admiración por todos debido a la virtud?
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Y además de esto, viendo a los siervos hacer primicias y sacrificios mayores que nosotros desde la tierra que nuestros padres nos dejaron, y escuchándolos usar tales blasfemias como es natural que usen los que han servido más duramente que los demás, pero que ahora han hecho tratados en igualdad de condiciones con sus amos; por lo cual cada uno de nosotros sufriría tanto que nadie de los vivos podría expresarlo con palabras.
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Sobre lo cual debemos deliberar, y no indignarnos entonces cuando no nos sirva de nada, sino ver ahora cómo no ocurrirá nada semejante. Pues es una de las cosas vergonzosas no soportar antes ni la igualdad de palabra de los libres, y ahora parecer que soportamos incluso la franqueza de los esclavos.
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Pues parecerá que en el tiempo pasado alardeábamos, y que por naturaleza éramos iguales a los demás, pero que usábamos obstinaciones y dignidades no verdaderas, sino fingidas. No cedamos, pues, nada semejante a los que están acostumbrados a calumniarnos, sino intentemos refutar sus palabras, volviéndonos iguales a las hazañas de los antepasados.
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Recordad a los que lucharon en Dipea contra los arcadios, de quienes dicen que, formados bajo un solo escudo, erigieron un trofeo sobre muchas miríadas, y a los trescientos que en Tirea vencieron en combate a todos los argivos, y a los mil que acudieron a las Termópilas,
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quienes, al enfrentarse a setecientas miríadas de bárbaros, no huyeron ni fueron derrotados, sino que terminaron allí la vida donde fueron colocados, mostrándose tales que los que elogian con arte no pueden igualar los elogios a sus virtudes.