Areopagiticus
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Original / primary: Spanish Gemini
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Supongo que muchos de ustedes se preguntarán qué intención me ha llevado a solicitar esta audiencia sobre la seguridad, como si la ciudad estuviera en peligro o sus asuntos se encontraran en una situación precaria, y no poseyera más de doscientas trirremes, disfrutara de paz en su territorio y dominara los mares,
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y, además, contara con muchos aliados dispuestos a ayudarnos si fuera necesario, y muchos más que pagan sus contribuciones y cumplen lo que se les ordena. Ante tal situación, cualquiera diría que es natural que estemos tranquilos por estar lejos de los peligros, y que corresponde a nuestros enemigos temer y preocuparse por su propia seguridad.
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Sé que ustedes, guiándose por este razonamiento, menosprecian mi comparecencia y esperan mantener a toda Grecia bajo este poder; pero yo, precisamente por esto, siento temor. Pues veo que las ciudades que creen que les va mejor son las que peor deliberan, y las que más se confían son las que se ven envueltas en mayores peligros. La causa de esto es,
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que nada de lo bueno ni de lo malo llega a los hombres por sí solo, sino que está ordenado y sigue a las riquezas y a los poderes la insensatez y, con ella, el desenfreno, mientras que a la indigencia y a la humildad les siguen la sensatez y una gran moderación,
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de modo que es difícil discernir cuál de estas condiciones preferiría uno dejar a sus hijos. Pues veríamos que, de la que parece ser la peor, las acciones suelen progresar hacia algo mejor, mientras que de la que parece superior, suelen degenerar hacia lo peor.
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Y de esto puedo aportar muchísimos ejemplos de la vida privada, pues estos asuntos sufren cambios muy frecuentes; sin embargo, son más grandes y evidentes para quienes escuchan los que nos han sucedido a nosotros y a los lacedemonios. Pues nosotros, cuando nuestra ciudad fue arrasada por los bárbaros, debido al miedo y a la atención que prestábamos a los asuntos, ocupamos el primer lugar entre los griegos, pero cuando pensamos que nuestro poder era insuperable, estuvimos a punto de ser esclavizados;
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y los lacedemonios, que en la antigüedad partieron de ciudades insignificantes y humildes, dominaron el Peloponeso gracias a su vida sensata y militar, pero después, al enorgullecerse más de lo debido y obtener el dominio tanto por tierra como por mar, se vieron envueltos en los mismos peligros que nosotros.
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Por tanto, quien, sabiendo que han ocurrido tales cambios y que poderes tan grandes han sido destruidos tan rápidamente, confía en la situación actual, es un insensato, sobre todo cuando nuestra ciudad está ahora en una situación mucho peor que en aquel tiempo, y el odio de los griegos y la enemistad hacia el rey se han renovado, lo cual nos derrotó entonces.
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Me pregunto si debo suponer que no les importan los asuntos públicos o que, aunque se preocupan, han llegado a tal grado de insensibilidad que no se dan cuenta de la confusión en la que se encuentra la ciudad. Pues parecen personas que, habiendo perdido todas las ciudades de Tracia y habiendo gastado inútilmente más de mil talentos en mercenarios,
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y habiéndose enemistado con los griegos y convertido en enemigos del bárbaro, y además obligados a salvar a los amigos de los tebanos mientras hemos perdido a nuestros propios aliados, ante tales hechos hemos ofrecido sacrificios de acción de gracias dos veces ya, mientras que nos reunimos en asamblea con más desidia que aquellos que hacen todo lo que es necesario.
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Y esto es natural que lo hagamos y lo suframos; pues nada puede salir bien a quienes no han deliberado correctamente sobre toda la administración, sino que, incluso si tienen éxito en algunos asuntos por azar o por la virtud de un hombre, al poco tiempo vuelven a caer en las mismas dificultades. Y esto cualquiera podría reconocerlo por lo que nos ha sucedido;
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pues habiendo caído toda Grecia bajo nuestra ciudad, tanto después de la batalla naval de Conón como después de la estrategia de Timoteo, no pudimos mantener la prosperidad por ningún tiempo, sino que rápidamente la desperdiciamos y disolvimos. Pues no tenemos ni buscamos correctamente una constitución que pueda gestionar bien los asuntos.
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Y sin embargo, todos sabemos que la prosperidad no llega ni permanece con aquellos que han rodeado sus murallas con las construcciones más bellas y grandes, ni con aquellos que se han reunido con la mayor cantidad de gente en el mismo lugar, sino con aquellos que administran su ciudad de la manera más excelente y sensata.
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Pues el alma de la ciudad no es otra cosa que su constitución, que tiene tanto poder como la prudencia en el cuerpo. Pues esta es la que delibera sobre todo, preservando los bienes y evitando las desgracias. A ella es necesario que se asemejen tanto las leyes como los oradores y los ciudadanos, y que cada uno actúe según la que posean.
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Nosotros, habiéndola corrompido, no nos preocupamos ni buscamos cómo corregirla; sino que, sentados en los talleres, criticamos lo establecido y decimos que nunca en una democracia hemos sido peor gobernados, pero en los hechos y en las ideas que tenemos, la amamos más que la que nos dejaron nuestros antepasados. Sobre ella es de lo que voy a hablar y por lo que solicité esta audiencia.
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Pues encuentro que esta es la única que podría ser tanto un remedio para los peligros futuros como una liberación de los males presentes, si estuviéramos dispuestos a recuperar aquella democracia que Solón, el más democrático de todos, legisló, y que Clístenes, quien expulsó a los tiranos y trajo de vuelta al pueblo, restableció desde el principio.
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De la cual no encontraríamos otra más democrática ni más conveniente para la ciudad. Y la prueba es máxima: pues quienes la utilizaban, habiendo realizado muchas y bellas acciones y gozando de buena reputación ante todos los hombres, recibieron la hegemonía de los griegos por voluntad propia, mientras que los que desearon la actual, siendo odiados por todos y sufriendo muchas y terribles desgracias, estuvieron a punto de caer en las peores calamidades.
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Y sin embargo,¿ cómo es posible alabar o apreciar esta constitución que antes fue causa de tantos males y ahora, cada año, se encamina hacia lo peor?¿ Y cómo no temer que, produciéndose tal progreso, terminemos naufragando en situaciones más difíciles que las de entonces?
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Para que no habiendo escuchado solo de manera general, sino conociendo con precisión, hagan tanto la elección como el juicio de ellas, es tarea de ustedes prestar atención a lo que digo, y yo intentaré exponerles sobre ambas lo más brevemente que pueda.
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Pues los que gobernaban la ciudad en aquel tiempo establecieron una constitución que no se llamaba con el nombre más común y suave, pero que en los hechos no parecía tal a quienes la encontraban, ni educaba a los ciudadanos de tal manera que consideraran el desenfreno como democracia, la ilegalidad como libertad, la libertad de expresión como igualdad ante la ley, y el poder de hacer todo como felicidad, sino que, odiando y castigando a tales personas, hizo a todos los ciudadanos mejores y más sensatos.
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Y lo que más contribuyó a que vivieran bien en la ciudad fue que, existiendo dos tipos de igualdad, una que otorga lo mismo a todos y otra que da a cada uno lo que le corresponde, no ignoraban cuál era la más útil, sino que rechazaban la que considera iguales a los buenos y a los malos por no ser justa,
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y preferían la que honra y castiga a cada uno según su mérito, y mediante esta administraban la ciudad, no eligiendo los cargos por sorteo entre todos, sino seleccionando a los mejores y más capaces para cada una de las tareas. Pues esperaban que los demás fueran también tales como fueran aquellos que presidían los asuntos.
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Además, consideraban que esta disposición era más democrática que la que se hace por sorteo; pues en el sorteo el azar decidiría, y a menudo obtendrían los cargos quienes desean la oligarquía, mientras que al seleccionar a los más aptos, el pueblo sería dueño de elegir a quienes más aman la constitución establecida.
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La causa de que esto agradara a la mayoría y de que los cargos no fueran objeto de disputa era que habían aprendido a trabajar y a ahorrar, y a no descuidar lo propio para conspirar contra lo ajeno, ni a administrar lo suyo a partir de los fondos públicos, sino a ayudar a los asuntos comunes, si alguna vez fuera necesario, a partir de lo que cada uno poseía, y a no conocer con más precisión los ingresos de los archivos públicos que los que provenían de sus propios bienes. Y se abstenían tanto de los bienes de la ciudad,
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que era más difícil en aquellos tiempos encontrar a quienes quisieran gobernar que ahora a quienes no necesitan nada; pues no consideraban que el cuidado de los asuntos comunes fuera un negocio, sino una carga pública, y no buscaban desde el primer día si los gobernantes anteriores habían dejado algún beneficio, sino mucho más si habían descuidado algún asunto de los que urgían por ser terminados.
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Para decirlo brevemente, ellos habían decidido que el pueblo debía, como un tirano, establecer los cargos, castigar a los que cometían errores y juzgar sobre las disputas, mientras que aquellos que podían disfrutar de ocio y poseían una vida suficiente debían ocuparse de los asuntos comunes como sirvientes,
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y, habiendo sido justos, ser elogiados y apreciar este honor, pero si administraban mal, no obtener ningún perdón, sino caer en los mayores castigos. Y sin embargo,¿ cómo podría alguien encontrar una democracia más segura o más justa que la que establece a los más capaces para las acciones, pero hace al pueblo dueño de estos mismos?
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Tal era, pues, la constitución que tenían; y es fácil comprender a partir de esto que también continuaban realizando sus asuntos cotidianos de manera correcta y legal. Pues es necesario que quienes han hecho buenos fundamentos para todos los asuntos, también tengan las partes de la misma manera que aquellos.
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Y primero, lo referente a los dioses, pues es justo comenzar por ahí, no los honraban ni celebraban sus ritos de manera desigual ni desordenada; ni cuando les parecía, enviaban trescientos bueyes, y cuando les sucedía, abandonaban los sacrificios patrios; ni celebraban magníficamente las fiestas externas, a las que acompañaba algún banquete, mientras que en los más sagrados de los templos sacrificaban con lo que provenía de alquileres;
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sino que observaban solo esto: no destruir nada de lo patrio ni añadir nada fuera de lo establecido; pues no consideraban que la piedad estuviera en los lujos, sino en no cambiar nada de lo que sus antepasados les habían transmitido. Y, en efecto, los favores de los dioses no les sucedían de manera insensata ni desordenada, sino oportunamente, tanto para el trabajo de la tierra como para la recolección de los frutos.
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De manera similar a lo dicho, administraban también sus relaciones entre ellos. Pues no solo estaban de acuerdo sobre los asuntos comunes, sino que también se preocupaban por la vida privada de los demás tanto como deben hacerlo quienes son sensatos y comparten una patria. Pues los ciudadanos más pobres estaban tan lejos de envidiar a los que poseían más,
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que se preocupaban por las grandes casas tanto como por las suyas propias, considerando que la felicidad de aquellos era una prosperidad para ellos mismos; y los que tenían riquezas no despreciaban a los que estaban en peor situación, sino que, suponiendo que la pobreza de los ciudadanos era una vergüenza para ellos, ayudaban en sus necesidades, entregando tierras a unos por alquileres moderados, enviando a otros al comercio, y proporcionando a otros medios para las demás ocupaciones.
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Pues no temían sufrir una de estas dos cosas: o ser privados de todo, o, tras tener muchos problemas, recuperar solo una parte de lo que habían prestado; sino que confiaban tanto en lo que estaba fuera como en lo que estaba dentro. Pues veían que quienes juzgaban sobre los contratos no utilizaban la benevolencia, sino que obedecían a las leyes,
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y no se preparaban la facultad de cometer injusticias en los juicios de los demás, sino que se enfurecían más con los que defraudaban a los perjudicados, y consideraban que, debido a los que hacían contratos poco fiables, los pobres sufrían más daño que los que poseían mucho; pues los unos, si dejaban de prestar, serían privados de pequeños ingresos, mientras que los otros, si carecían de lo necesario, caerían en la extrema indigencia.
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Y, en efecto, debido a esta mentalidad, nadie ocultaba su riqueza ni dudaba en prestar, sino que veían con más agrado a los que pedían prestado que a los que devolvían. Pues les sucedían ambas cosas que desearían los hombres que tienen sentido común: a la vez ayudaban a los ciudadanos y hacían que sus propios bienes estuvieran activos. Y el resumen de su buena convivencia es: las posesiones eran seguras para aquellos a quienes pertenecían por derecho, y los usos eran comunes para todos los ciudadanos que los necesitaban.
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Quizás, por tanto, alguien podría criticar lo dicho, porque alabo las acciones que ocurrieron en aquellos tiempos, pero no explico las causas por las que vivían tan bien entre ellos y administraban la ciudad. Pero yo creo haber dicho algo al respecto, sin embargo, intentaré hablar aún más y más claramente sobre ello.
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Pues ellos no tenían muchos supervisores durante la educación, y una vez que eran aprobados como hombres, podían hacer lo que quisieran, sino que en la misma plenitud de la vida recibían más cuidado que cuando eran niños. Pues nuestros antepasados se esforzaban tanto por la sensatez que establecieron al consejo del Areópago para cuidar del buen orden, del cual no era posible participar excepto a los bien nacidos y a los que habían demostrado mucha virtud en la vida y sensatez, de modo que, naturalmente, superaba a los consejos de los griegos.
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Y alguien podría usar como señales de lo establecido entonces lo que ocurre en el presente; pues incluso ahora, habiéndose descuidado todo lo referente a la elección y la aprobación, veríamos que los que en otros asuntos son insoportables, cuando suben al Areópago, dudan en usar su naturaleza y se mantienen más en las leyes de allí que en sus propias maldades. Tanto miedo infundieron aquellos a los malvados, y tal monumento de su propia virtud y sensatez dejaron en ese lugar.
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A tal institución, como dije, hicieron dueña de cuidar del buen orden, la cual consideraba que ignoraban aquellos que creen que los mejores hombres se vuelven tales allí donde las leyes están escritas con la mayor precisión; pues nada impediría que todos los griegos fueran iguales, al menos por el hecho de que es fácil obtener los escritos de los demás.
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Pero, en realidad, el progreso de la virtud no proviene de esto, sino de las ocupaciones de cada día; pues la mayoría de las personas terminan siendo iguales a las costumbres en las que cada uno es educado. Además, la cantidad y la precisión de las leyes son señal de que la ciudad está mal administrada; pues se ven obligados a establecer muchas leyes al hacer de ellas barreras contra los errores.
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Pero los que se gobiernan correctamente no deben llenar los pórticos de escritos, sino tener la justicia en sus almas; pues las ciudades no se administran bien por los decretos, sino por las costumbres, y los que han sido mal educados se atreverán a transgredir incluso las leyes escritas con precisión, mientras que los que han sido bien educados querrán mantenerse incluso en las leyes establecidas de manera simple.
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Pensando esto, no buscaban primero por qué medios castigarían a los desordenados, sino por cuáles prepararían que no cometieran nada digno de castigo; pues consideraban que esto era tarea suya, mientras que esforzarse por los castigos correspondía a los enemigos.
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Se preocupaban, pues, de todos los ciudadanos, pero especialmente de los más jóvenes. Pues veían que los de esa edad están en la situación más turbulenta y llenos de la mayoría de los deseos, y que sus almas necesitan ser dominadas especialmente por el cuidado de bellas ocupaciones y trabajos que tengan placeres; pues solo en estos podrían mantenerse los que han sido educados libremente y acostumbrados a pensar en grande.
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No era posible, pues, llevar a todos a las mismas ocupaciones, al tener situaciones de vida desiguales; sino que, según lo que convenía a su riqueza, así les ordenaban a cada uno. Pues a los que estaban en peor situación los dirigían a la agricultura y al comercio, sabiendo que la indigencia proviene de la ociosidad,
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y las maldades de la indigencia; al eliminar, pues, el origen de los males, pensaban que se librarían también de los demás errores que ocurren después de aquel. A los que poseían una vida suficiente, los obligaron a dedicar su tiempo a la equitación, los gimnasios, la caza y la filosofía, viendo que de esto unos se vuelven excelentes y otros se abstienen de la mayoría de los males.
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Y habiendo legislado esto, no descuidaban el tiempo restante, sino que, dividiendo la ciudad por aldeas y el campo por demos, observaban la vida de cada uno, y llevaban a los desordenados ante el consejo. Este, a unos los amonestaba, a otros los amenazaba, y a otros los castigaba como correspondía. Pues sabían que existen dos modos que impulsan a las injusticias y detienen las maldades:
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pues donde no se ha establecido ninguna vigilancia de tales cosas ni los juicios son precisos, allí se corrompen incluso las naturalezas benevolentes, mientras que donde no es fácil para los que cometen injusticias pasar desapercibidos ni obtener perdón una vez descubiertos, allí las malas inclinaciones se vuelven ineficaces. Sabiendo esto, ellos mantenían a los ciudadanos con ambos medios, tanto con los castigos como con los cuidados; pues estaban tan lejos de que los que habían hecho algún mal pasaran desapercibidos, que incluso preveían a los que estaban a punto de cometer algún error.
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Por tanto, los jóvenes no pasaban el tiempo en las casas de juego, ni con las flautistas, ni en las reuniones de ese tipo en las que ahora pasan el día; sino que permanecían en las ocupaciones en las que habían sido asignados, admirando y emulando a los que sobresalían en ellas. Y evitaban tanto el ágora que, si alguna vez se veían obligados a pasar por ella, se mostraban haciéndolo con mucha vergüenza y sensatez.
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Y contradecir a los mayores o insultarlos lo consideraban más grave que ahora cometer errores contra los padres. Y comer o beber en una taberna, nadie, ni siquiera un sirviente decente, se habría atrevido; pues practicaban ser serenos, no ser bufones. Y a los ingeniosos y a los capaces de bromear, a quienes ahora llaman talentosos, ellos los consideraban desafortunados.
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Y que nadie piense que estoy mal dispuesto hacia los que tienen esta edad. Pues no creo que ellos sean los culpables de lo que sucede, y sé que la mayoría de ellos no se alegran en absoluto de esta situación, por la cual les es posible pasar el tiempo en estos desenfrenos; de modo que no criticaría a estos, sino que es mucho más justo hacerlo con los que administraron la ciudad poco antes que nosotros.
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Pues ellos fueron los que impulsaron estos descuidos y disolvieron el poder del consejo. Mientras este presidía, la ciudad no estaba llena de juicios, ni de acusaciones, ni de contribuciones, ni de pobreza, ni de guerras, sino que tenían tranquilidad entre ellos y mantenían la paz con todos los demás. Pues se mostraban fieles a los griegos,
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y temibles para los bárbaros; pues a unos los habían salvado, y de los otros habían obtenido tal castigo que aquellos se daban por satisfechos si no sufrían ningún mal más. Por tanto, debido a esto, vivían con tanta seguridad que las casas y las construcciones en el campo eran más bellas y lujosas que las que estaban dentro de las murallas, y muchos de los ciudadanos ni siquiera bajaban a la ciudad para las fiestas, sino que preferían quedarse con sus propios bienes antes que disfrutar de los comunes.
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Pues ni siquiera lo referente a las procesiones, por las que alguien habría venido, lo hacían de manera desenfrenada ni arrogante, sino con sentido común. Pues no juzgaban la felicidad por las procesiones, ni por las rivalidades en las coregías, ni por tales vanidades, sino por vivir sensatamente, por la vida cotidiana y por que ninguno de los ciudadanos careciera de lo necesario. A partir de lo cual es necesario juzgar a los que verdaderamente viven bien y no se gobiernan de manera vulgar;
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puesto que ahora,¿ quién de los sensatos no se dolería por lo que sucede, cuando ve a muchos de los ciudadanos sorteándose ante los tribunales por lo necesario, si lo tendrán o no, mientras consideran que deben alimentar a los griegos que quieren tripular las naves, y bailando con mantos de oro, mientras pasan el invierno con otros que no quiero mencionar, y ocurriendo tales otras contradicciones en la administración, que causan una gran vergüenza a la ciudad?
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De lo cual nada había bajo aquel consejo; pues libró a los pobres de las indigencias con los trabajos y las ayudas de los que tenían, a los jóvenes de los desenfrenos con las ocupaciones y sus propios cuidados, a los que gobernaban de las codicias con los castigos y con el hecho de que los que cometían injusticias no pasaran desapercibidos, y a los mayores de los desánimos con los honores políticos y las atenciones de los jóvenes. Y sin embargo,¿ cómo podría haber una constitución más digna que esta, que cuidó tan bien de todos los asuntos?
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Sobre lo que estaba establecido entonces, hemos expuesto la mayor parte; y lo que hemos omitido, es fácil comprender por lo dicho que también aquello era de la misma manera que esto. Ya algunos, al escucharme exponer esto, lo elogiaron tanto como es posible, y felicitaron a los antepasados porque administraban la ciudad de esta manera,
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sin embargo, no creían que ustedes se dejarían convencer para usar esto, sino que elegirían, por costumbre, sufrir en los asuntos establecidos antes que vivir mejor con una constitución más precisa. Y decían que yo corría peligro de que, al aconsejar lo mejor, pareciera odiar al pueblo y buscar que la ciudad cayera en una oligarquía.
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Pero yo, si estuviera hablando sobre asuntos desconocidos y no comunes, y ordenara que ustedes eligieran consejeros o redactores, por medio de los cuales el pueblo fue disuelto anteriormente, tendría justificadamente esta acusación; pero ahora no he dicho nada de eso, sino que he hablado sobre una administración no oculta, sino evidente para todos,
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que todos saben que es nuestra patria y que ha sido causa de muchos bienes tanto para la ciudad como para los demás griegos, y además de esto, legislada y establecida por hombres tales que nadie dejaría de admitir que han sido los más democráticos de los ciudadanos. De modo que me resultaría lo más terrible de todo si, al proponer tal constitución, pareciera desear asuntos nuevos.
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Además, también es fácil conocer mi intención a partir de esto; pues en la mayoría de los discursos pronunciados por mí, apareceré criticando las oligarquías y las codicias, y elogiando las igualdades y las democracias, no todas, sino las bien establecidas, y no como sucedió, sino justa y razonablemente.
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Pues sé que nuestros antepasados, en esta situación, superaron mucho a los demás, y que los lacedemonios se gobiernan de la manera más bella porque, en realidad, son muy democráticos. Pues en la elección de los cargos, en la vida cotidiana y en las demás ocupaciones, veríamos que las igualdades y las semejanzas son más fuertes entre ellos que entre los demás; a las cuales las oligarquías combaten, mientras que los que se gobiernan bien democráticamente continúan usándolas.
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De las demás ciudades, si quisiéramos examinar las más ilustres y grandes, encontraremos que las democracias son más convenientes que las oligarquías; puesto que incluso nuestra constitución, que todos critican, si la comparamos no con la que yo he dicho, sino con la establecida por los treinta, nadie dejaría de considerarla divina.
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Quiero, aunque algunos digan que hablo fuera del tema, aclarar y exponer cuánto esta difería de aquella, para que nadie piense que examino los errores del pueblo con demasiada precisión, pero que, si se ha realizado algo bello o solemne, lo omito. Y el discurso no será ni largo ni inútil para quienes escuchan.
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Pues desde que perdimos las naves en el Helesponto y la ciudad cayó en aquellas desgracias,¿ quién de los mayores no sabe que los llamados demócratas estaban dispuestos a sufrir cualquier cosa antes que hacer lo que se les ordenaba, y consideraban terrible que alguien viera a la ciudad que había gobernado a los griegos estar bajo otros, mientras que los que deseaban la oligarquía estaban dispuestos a derribar las murallas y soportar la esclavitud?
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Y entonces, cuando la multitud era dueña de los asuntos, nosotros custodiábamos las acrópolis de los demás, pero cuando los treinta tomaron la constitución, los enemigos tenían la nuestra; y en aquel tiempo los lacedemonios eran nuestros amos, pero cuando los exiliados regresaron y se atrevieron a luchar por la libertad y Conón venció en la batalla naval, llegaron embajadores de ellos ofreciendo a la ciudad el dominio del mar;
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y, en efecto,¿ quién de mis contemporáneos no recuerda esto, que la democracia adornó la ciudad tanto con lo sagrado como con lo profano, de modo que incluso ahora los que llegan piensan que es digna no solo de gobernar a los griegos sino a todos los demás, mientras que los treinta descuidaron unas cosas, saquearon otras, y vendieron los cobertizos de las naves para su derribo por tres talentos, en los cuales la ciudad había gastado no menos de mil talentos?
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Pero, en realidad, nadie podría alabar justamente la suavidad de aquellos más que la del pueblo. Pues ellos, habiendo tomado la ciudad por decreto, mataron a mil quinientos ciudadanos sin juicio, y obligaron a más de cinco mil a huir al Pireo; mientras que los que vencieron y regresaron con armas, habiendo eliminado solo a los más culpables de los males, administraron los asuntos con los demás tan bien y legalmente que los que expulsaron no tuvieron menos que los que regresaron.
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Y lo que es la prueba más bella y grande de la benevolencia del pueblo: habiendo pedido prestado los que se quedaron en la ciudad cien talentos a los lacedemonios para el asedio de los que ocupaban el Pireo, al celebrarse una asamblea sobre la devolución del dinero, y diciendo muchos que es justo que los que disuelvan los asuntos con los lacedemonios no sean los asediados sino los que pidieron prestado, el pueblo decidió hacer común la devolución.
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Y, en efecto, debido a esta mentalidad, nos llevaron a tal concordia e hicieron que la ciudad progresara tanto, que los lacedemonios, que bajo la oligarquía nos ordenaban casi cada día, llegaron bajo la democracia a suplicar y pedir que no los dejáramos abandonados. El resumen de la mentalidad de ambos era tal: unos pretendían gobernar a los ciudadanos pero servir a los enemigos, mientras que los otros pretendían gobernar a los demás pero tener igualdad con los ciudadanos.
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He expuesto esto por dos razones: primero, queriendo mostrarme a mí mismo no deseoso de oligarquías ni de codicias, sino de una constitución justa y ordenada, y después, que las democracias mal establecidas son causa de menores desgracias, y que las bien gobernadas sobresalen por ser más justas, más comunes y más agradables para quienes las usan.
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Quizás, por tanto, alguien se preguntaría qué pretendo al convencerlos de cambiar esta constitución por otra, después de haber realizado tantas y bellas acciones, y por qué motivo ahora he elogiado tanto la democracia, pero cuando sucede, cambio de nuevo y critico y acuso lo establecido.
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Yo, incluso de los particulares, critico a los que tienen pocos éxitos y muchos errores, y considero que son peores de lo debido, y además de esto, a los que han nacido de hombres nobles y buenos, y siendo un poco más benevolentes que los que sobresalen en maldades, son mucho peores que sus padres, los insulto, y les aconsejaría dejar de ser tales.
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Tengo, pues, la misma opinión sobre los asuntos comunes; pues creo que no debemos enorgullecernos ni alegrarnos si, habiendo sido hombres desgraciados y locos, nos hemos vuelto más legales, sino mucho más indignarnos y llevarlo con pesadez si resultamos ser peores que nuestros antepasados; pues debemos competir con la virtud de aquellos y no con la maldad de los treinta, sobre todo cuando nos corresponde ser los mejores de todos los hombres.
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Y no he dicho esto por primera vez ahora, sino muchas veces ya y ante muchos. Pues sé que, si bien en otros lugares surgen naturalezas de frutos, árboles y animales propias de cada uno y que difieren mucho de las demás, nuestra tierra es capaz de producir y nutrir hombres no solo dotados de una aptitud natural superior para las artes, las acciones y la oratoria, sino que también sobresalen notablemente en cuanto a valentía y virtud.
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Es justo juzgar por los antiguos combates que sostuvieron contra las amazonas, los tracios y todos los peloponesios, así como por los peligros que surgieron en torno a las guerras médicas, en los cuales, ya fuera solos o junto a los peloponesios, y tanto en combates terrestres como navales, tras vencer a los bárbaros, fueron considerados dignos de los premios al valor; hazañas que no habrían logrado de no haber superado con mucho a los demás por su naturaleza.
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Y que nadie piense que este elogio nos corresponde a nosotros, los que ahora participamos en la vida política, sino todo lo contrario. Pues tales discursos son, por una parte, un encomio para quienes se muestran dignos de la virtud de sus antepasados, pero, por otra, una acusación para quienes deshonran su noble linaje con su propia indolencia y maldad. Esto es precisamente lo que hacemos nosotros; pues se dirá la verdad. Dado que nuestra naturaleza es tal, no la hemos preservado, sino que hemos caído en la insensatez, en la confusión y en el deseo de asuntos perversos.
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Pero, en realidad, si me dedicara a censurar y acusar la situación actual, temo desviarme demasiado de mi propósito. Sobre estos asuntos ya hemos hablado anteriormente, y volveremos a hacerlo si no logramos persuadirlos de que dejen de cometer tales errores; sin embargo, sobre aquello que establecí como tema desde el principio, diré unas breves palabras y cederé el turno a quienes deseen seguir aconsejando al respecto.
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Porque si habitamos la ciudad tal como lo hacemos ahora, no hay duda de que deliberaremos, haremos la guerra, viviremos y, en definitiva, sufriremos y realizaremos casi todo lo mismo que en el momento presente y en los tiempos pasados; pero si cambiamos nuestra constitución, es evidente que, siguiendo la misma lógica, los asuntos serán para nosotros tal como lo fueron para nuestros antepasados, pues es necesario que de las mismas formas de gobierno resulten siempre acciones similares y análogas.
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Es necesario, pues, poner las más importantes una frente a la otra y deliberar sobre cuál de ellas debemos elegir. Y, en primer lugar, examinemos a los griegos y a los bárbaros, cómo se sentían respecto a aquel régimen político y cómo se encuentran ahora respecto a nosotros. Pues estos pueblos no contribuyen en una parte mínima a la felicidad,
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cuando se encuentre en el estado adecuado para nosotros. Los griegos, pues, confiaban de tal modo en quienes gobernaban en aquel tiempo, que la mayoría de ellos se entregaron voluntariamente a la ciudad; por su parte, los bárbaros estaban tan lejos de inmiscuirse en los asuntos griegos, que ni navegaban con naves de guerra más allá de Fasélide ni descendían con sus ejércitos más acá del río Halis,
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sino que mantenían una gran tranquilidad. Ahora, en cambio, la situación ha llegado a tal punto que unos odian a la ciudad y otros nos desprecian; y sobre el odio de los griegos, ustedes mismos han escuchado a los estrategas, mientras que la actitud del Rey hacia nosotros ha quedado clara por las cartas que envió.
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Además de esto, gracias a aquel buen orden, los ciudadanos fueron educados de tal manera en la virtud que no se causaban daño entre sí y, al luchar, vencían a todos los que invadían su territorio. Nosotros, en cambio, hacemos lo contrario: no dejamos pasar ni un solo día sin causarnos males unos a otros, y hemos descuidado tanto los asuntos de la guerra que ni siquiera nos atrevemos a acudir a las revistas militares si no recibimos dinero.
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Y lo más importante: en aquel entonces ninguno de los ciudadanos carecía de lo necesario, ni deshonraba a la ciudad mendigando ante quienes se encontraba, mientras que ahora son más los que pasan necesidad que los que poseen bienes; por lo cual es justo tener mucha indulgencia con ellos si no se preocupan en absoluto de los asuntos públicos, sino que solo piensan en cómo pasar el día a día.
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Por mi parte, considerando que si imitamos a nuestros antepasados nos veremos libres de estos males y nos convertiremos en salvadores no solo de la ciudad, sino de todos los griegos, he preparado esta propuesta y he pronunciado este discurso; vosotros, tras haber sopesado todo esto, votad lo que consideréis que más conviene a la ciudad.