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Busiris
IsocratesBusiris 1 · spanish-geminiMore by Isocrates
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Conozco tu integridad, Polícrates, y el cambio en tu vida por lo que he sabido de otros; pero, habiendo leído yo mismo algunos de los discursos que has escrito, me habría gustado mucho hablarte con franqueza sobre toda la educación a la que te has visto obligado a dedicarte; pues considero que, para quienes sufren inmerecidamente y buscan obtener ganancias de la filosofía, corresponde que todos los que han trabajado más y han profundizado más en ella aporten voluntariamente esta contribución.
2
Puesto que aún no nos hemos encontrado, sobre los demás asuntos, si alguna vez llegamos a estar juntos, entonces nos será posible conversar con mayor extensión, pero sobre aquello en lo que pudiera beneficiarte en el presente, creí que debía escribírtelo a ti, y ocultarlo a los demás tanto como fuera posible.
3
Sé, ciertamente, que en la mayoría de los que son amonestados es innato no mirar hacia los beneficios, sino escuchar con tanto más disgusto lo que se dice cuanto más precisamente alguien examina sus faltas; sin embargo, no debe uno dudar en soportar esta animadversión si se siente benevolencia hacia alguien, sino que debe intentar cambiar la opinión de quienes están así dispuestos hacia quienes les aconsejan.
4
Habiendo notado, pues, que no en menor medida te jactas tanto de la apología de Busiris como de la acusación contra Sócrates, intentaré hacerte patente que te equivocaste mucho en ambos discursos respecto a lo que era debido. Pues, sabiendo todos que quienes desean elogiar a alguien deben demostrar que posee más bienes de los que realmente tiene, y quienes acusan deben hacer lo contrario,
5
estás tan lejos de haber utilizado los discursos de ese modo que, al pretender defender a Busiris, no solo no lo libraste de la mala fama que ya tenía, sino que le atribuiste una ilegalidad de tal magnitud que no es posible que alguien pueda encontrar una más terrible; pues, mientras los demás que intentaron injuriarlo solo blasfemaban sobre él diciendo que sacrificaba a los extranjeros que llegaban, tú lo acusaste incluso de devorar a los hombres; y al intentar acusar a Sócrates, como si quisieras elogiarlo, le diste a Alcibíades como discípulo, a quien nadie percibió siendo educado por él, pero que todos admitirían que superó con mucho a los demás.
6
Por consiguiente, si los muertos tuvieran la facultad de deliberar sobre lo dicho, el uno te tendría tanta gratitud por la acusación como a ninguno de los que acostumbran elogiarlo, y el otro, aunque fuera el más apacible con los demás, se indignaría tanto por lo que tú dices que no se abstendría de ningún castigo. Y, sin embargo,¿ cómo no corresponde avergonzarse más que enorgullecerse de ser más amado por aquellos a quienes uno injuria que por aquellos a quienes elogia?
7
Y te descuidaste tanto de decir algo coherente que afirmas que él emuló la gloria de Eolo y de Orfeo, pero demuestras que no practicó nada de lo mismo que ellos.¿ Acaso lo compararemos con lo que se dice de Eolo? Pero aquel enviaba a sus patrias a los extranjeros que naufragaban en su tierra, mientras que este, si hay que creer lo que tú dices, los sacrificaba y devoraba.
8
¿ O lo igualaremos a las obras de Orfeo? Pero aquel sacaba del Hades a los muertos, mientras que este destruía a los vivos antes de su destino. De modo que me gustaría saber qué habría hecho si los hubiera despreciado, él que, admirando la virtud de aquellos, parece hacer todo lo contrario. Y lo más extraño de todo es que, habiéndote esforzado en las genealogías, te atreviste a decir que emuló a aquellos que ni siquiera sus padres habían nacido aún en aquel tiempo.
9
Y para no parecer que hago lo más fácil, criticar lo dicho sin mostrar nada de lo mío, intentaré explicarte brevemente sobre el mismo tema, aunque no sea importante ni contenga discursos solemnes, a partir de los cuales se debían haber hecho tanto el elogio como la apología.
10
Sobre la nobleza de Busiris,¿ quién no podría hablar fácilmente? Pues era hijo de Poseidón y de Libia, la hija de Épafo, hijo de Zeus, de quien dicen que fue la primera mujer que, habiendo reinado, estableció la tierra con su mismo nombre. Habiendo obtenido tales antepasados, no se enorgulleció solo de esto, sino que pensó que debía dejar también un monumento a su propia virtud para todo el tiempo.
11
Desdeñó, pues, el reino materno por considerarlo inferior a su propia naturaleza, y habiendo conquistado a la mayoría y adquirido un poder inmenso, estableció su reino en Egipto, prefiriendo la residencia allí por encima de todas las demás, no solo de las que tenía a mano.
12
Pues veía que los otros lugares no estaban bien dispuestos ni armonizados con la naturaleza del universo, sino que unos eran inundados por lluvias y otros destruidos por calores, mientras que esta tierra estaba situada en la parte más hermosa del mundo, capaz de producir la mayor cantidad y variedad de frutos, y fortificada con un muro inmortal, el Nilo,
13
que por naturaleza no solo le proporciona protección, sino también alimento suficiente, siendo inexpugnable y difícil de combatir para quienes conspiran contra ella, pero fácil de navegar y útil para muchas cosas para quienes habitan en su interior. Pues, además de lo dicho, ha hecho que su poder para el cultivo de la tierra sea igual al de los dioses; pues, mientras que para los demás Zeus es el administrador de las lluvias y las sequías, cada uno de ellos se ha convertido en dueño de ambas cosas por sí mismo.
14
Y han llegado a tal exceso de felicidad que, por la virtud y la naturaleza de la tierra y la amplitud de las llanuras, disfrutan de un continente, pero por la disposición de los excedentes y la obtención de lo que falta gracias al poder del río, habitan una isla; pues, rodeándola en círculo y fluyendo por todas partes, les ha proporcionado gran abundancia de ambas cosas.
15
Comenzó, pues, desde allí, desde donde deben los que piensan bien, a la vez ocupar el lugar de la mejor manera posible y encontrar alimento suficiente para los que estaban a su alrededor. Después de esto, habiendo dividido a cada grupo por separado, estableció a unos en los sacerdocios, a otros los dedicó a las artes, y a otros los obligó a ejercitarse en los asuntos de la guerra, considerando que lo necesario y las riquezas debían provenir de la tierra y de las artes, y que la protección más segura de esto era el cuidado de la guerra y la piedad hacia los dioses.
16
Y habiendo abarcado todos los números a partir de los cuales uno podría administrar mejor los asuntos comunes, ordenó que siempre los mismos realizaran las mismas acciones, sabiendo que los que cambian de ocupación no son precisos en ninguna de las tareas, mientras que los que permanecen continuamente en las mismas acciones llevan cada una a la perfección.
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Por consiguiente, encontraremos que también en las artes superan a los demás que se dedican a las mismas ciencias más de lo que los artesanos superan a los profanos, y en cuanto a la organización mediante la cual preservan tanto el reino como el resto de la constitución, están tan bien dispuestos que incluso los filósofos que intentan hablar sobre tales asuntos y gozan de mayor reputación prefieren la constitución de Egipto, y los lacedemonios, imitando una parte de lo que hay allí, administran excelentemente su propia ciudad.
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Pues el hecho de que ninguno de los combatientes viaje al extranjero sin el consentimiento de los gobernantes, las comidas en común, el ejercicio de los cuerpos, y además el no descuidar los mandatos comunes por falta de nada necesario, ni dedicarse a otras artes, sino prestar atención a los asuntos generales y a las expediciones, todo esto lo han tomado de allí.
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Pero utilizan estas prácticas mucho peor, en la medida en que todos ellos, al convertirse en soldados, consideran justo tomar por la fuerza lo de los demás, mientras que aquellos viven como deben hacerlo quienes no descuidan lo propio ni conspiran contra lo ajeno. Y uno podría conocer la diferencia de cada una de las constituciones a partir de esto.
20
Pues si todos imitáramos la ociosidad y la codicia de los lacedemonios, pereceríamos inmediatamente tanto por la carencia de lo cotidiano como por la guerra entre nosotros mismos; pero si quisiéramos utilizar las leyes de los egipcios, y a unos les pareciera trabajar y a otros proteger lo de aquellos, cada uno poseyendo lo suyo, viviríamos la vida felizmente.
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Y, ciertamente, uno podría considerar razonablemente a aquel como responsable del cuidado de la prudencia. Pues proporcionó a los sacerdotes abundancia mediante las rentas de los templos, templanza mediante las purificaciones ordenadas por las leyes, y tiempo libre mediante la exención de los peligros y de las otras tareas;
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viviendo con los cuales, descubrieron para los cuerpos un auxilio médico que no utiliza fármacos arriesgados, sino tales que tienen la seguridad igual a la del alimento cotidiano, y beneficios tan grandes que ellos son reconocidamente los más saludables y longevos, y para las almas mostraron el ejercicio de la filosofía, que es capaz tanto de legislar como de investigar la naturaleza de los seres.
23
Y a los mayores los puso al frente de los asuntos más importantes, mientras que a los más jóvenes, habiéndolos persuadido de descuidar los placeres, los hizo dedicar a la astrología, los cálculos y la geometría, cuyas fuerzas unos elogian como útiles para ciertas cosas, y otros intentan demostrar que contribuyen en gran medida a la virtud.
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Pero es sobre todo digno de elogiar y admirar su piedad y el culto a los dioses. Pues todos los que se han configurado a sí mismos de tal manera que se les suponga, ya sea por sabiduría o por alguna otra virtud, más de lo que es su valor, estos dañan a los que han sido engañados; pero los que se han hecho cargo de los asuntos divinos de tal manera que tanto los cuidados como los castigos parecen ser más precisos de lo que sucede, estos son los que más benefician la vida de los hombres.
25
Pues, en efecto, los que nos han infundido este temor han sido la causa de que no estemos completamente como fieras los unos con los otros. Aquellos, por tanto, se comportan de manera tan santa y solemne respecto a esto que incluso los juramentos en sus templos son más fiables que los establecidos entre los demás, y creen que por cada una de las faltas pagarán el castigo inmediatamente, y no que el tiempo presente pasará desapercibido, ni que los castigos se pospondrán para los hijos.
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Y opinan esto razonablemente; pues aquel estableció para ellos muchos y variados ejercicios de santidad, quien incluso legisló venerar y honrar a algunos de los animales que entre nosotros son despreciados, no por ignorar su fuerza, sino por creer que debía acostumbrar a la multitud a cumplir con todo lo ordenado por los gobernantes,
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y a la vez queriendo poner a prueba en lo manifiesto qué disposición tienen respecto a lo oculto. Pues pensaba que los que descuidan esto tal vez despreciarían también lo más importante, mientras que los que permanecen en el orden de igual manera en todo, habrán demostrado firmemente su propia piedad.
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Y uno podría, si no tuviera prisa, exponer muchas cosas admirables sobre su santidad, la cual no soy yo el único ni el primero en haber observado, sino muchos tanto de los actuales como de los pasados, entre los cuales está Pitágoras el samio; quien, habiendo llegado a Egipto y convertido en discípulo de ellos, fue el primero en traer a los griegos la otra filosofía, y se esforzó más que los demás en lo relativo a los sacrificios y las purificaciones en los templos, considerando que, aunque no obtuviera nada más de los dioses por esto, al menos entre los hombres gozaría de gran reputación por ello.
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Lo cual también le sucedió; pues superó tanto a los demás en reputación que todos los jóvenes deseaban ser sus discípulos, y los mayores veían con más agrado a sus hijos relacionarse con él que ocuparse de sus propios asuntos. Y no es posible desconfiar de esto; pues incluso ahora admiran más a los que pretenden ser sus discípulos guardando silencio que a los que tienen la mayor fama por hablar.
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Quizás, pues, podrías responder a lo dicho que elogio la tierra, las leyes, la piedad y además la filosofía de los egipcios, pero que no tengo ninguna prueba de que aquel a quien propuse fuera el responsable de esto. Pero yo, si algún otro me reprochara de este modo, pensaría que me critica con educación; pero a ti no te corresponde hacer este reproche.
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Pues, queriendo elogiar a Busiris, elegiste decir que rodeó la tierra con el Nilo y que sacrificaba y devoraba a los extranjeros que llegaban; pero no has dicho ninguna prueba de cómo hizo esto. Y, sin embargo,¿ cómo no es ridículo exigir esto a los demás, cuando tú mismo no has utilizado ni un poco de ello?
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Pero estás tan lejos de decir cosas creíbles como yo, que no lo acuso de nada imposible, sino de leyes y constitución, que son acciones de hombres nobles y buenos; tú, en cambio, lo muestras como autor de cosas que ningún hombre haría, sino que una es obra de la crueldad de las fieras y la otra del poder de los dioses.
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Además, si ambos resultáramos diciendo falsedades, al menos yo he utilizado estos discursos, los que deben usar los que elogian, y tú los que deben usar los que injurian; de modo que pareces haberte equivocado no solo en la verdad de ellos, sino también en toda la forma mediante la cual se debe elogiar.
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Y aparte de esto, si hay que examinar mi discurso prescindiendo del tuyo, nadie podría reprocharlo justamente. Pues si hubiera algún otro evidente que hubiera hecho esto que yo afirmo que sucedió gracias a él, admito que sería demasiado audaz si, sobre cosas que todos conocen,
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intentara persuadir sobre ellas. Pero ahora, estando los asuntos en común y siendo necesario opinar sobre ellos,¿ a quién, examinando lo que hay allí a partir de lo verosímil, consideraría uno más responsable que al nacido de Poseidón, hijo de Zeus por parte de madre, que adquirió el mayor poder de los de su tiempo y llegó a ser el más famoso entre los demás? Pues no corresponde, supongo, que los que han quedado atrás de todos estos sean los inventores de tales bienes más que él.
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Y, ciertamente, también por los tiempos uno podría demostrar fácilmente que los discursos de quienes lo injurian son falsos. Pues los mismos acusan a Busiris de xenofonía y dicen que murió a manos de Heracles;
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pero es admitido por todos los mitógrafos que Heracles es cuatro generaciones más joven que Perseo, hijo de Zeus y Dánae, y Busiris más de doscientos años más antiguo. Y, sin embargo, para quien desea librar de la mala fama a aquel,¿ cómo no es extraño omitir esta prueba, que es tan evidente y tiene tal fuerza?
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Pero es que no te preocupaste por la verdad, sino que seguiste las blasfemias de los poetas, quienes muestran que los nacidos de los inmortales han hecho y sufrido cosas más terribles que los nacidos de los hombres más impíos, y han dicho tales discursos sobre los mismos dioses que nadie se atrevería a decir sobre sus enemigos; pues no solo les reprocharon robos, adulterios y servidumbres entre los hombres, sino que también inventaron sobre ellos devoraciones de hijos, castraciones de padres, encadenamientos de madres y muchas otras ilegalidades.
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Por lo cual no pagaron el castigo merecido, pero tampoco escaparon sin castigo, sino que unos se convirtieron en vagabundos y necesitados de lo cotidiano, otros fueron cegados, y otro pasó todo el tiempo huyendo de su patria y guerreando contra sus allegados, y Orfeo, el que más se ocupó de estos discursos, murió despedazado; de modo que, si somos sensatos,
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no imitaremos sus discursos, ni legislaremos sobre la injuria mutua mientras descuidamos la franqueza hacia los dioses, sino que nos guardaremos y consideraremos que son igualmente impíos tanto los que dicen tales cosas como los que les creen.
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Yo, pues, no considero que los dioses, ni siquiera los nacidos de ellos, hayan participado de ninguna maldad, sino que ellos mismos nacieron poseyendo todas las virtudes y han sido guías y maestros de las mejores prácticas para los demás. Pues es irracional que, si atribuimos a los dioses la causa de nuestra buena educación, pensemos que ellos no se preocupan en absoluto de la suya propia.
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Pero si alguno de nosotros se convirtiera en dueño de la naturaleza humana, ni siquiera permitiría que sus sirvientes fueran malvados; pero nosotros condenamos a aquellos como si hubieran pasado por alto que los nacidos de ellos fueran tan impíos e ilegales. Y tú crees que harás mejores incluso a los que no tienen parentesco contigo si se acercan a ti, pero consideras que los dioses no tienen ningún cuidado de la virtud de sus hijos.
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Y, sin embargo, según tu discurso, no dejan de caer en una de estas dos cosas vergonzosas: pues si no necesitan que ellos sean buenos, son inferiores a los hombres en su pensamiento, y si quieren pero carecen de cómo hacerlo, tienen menos poder que los sofistas.
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Y habiendo muchas cosas que decir a partir de las cuales uno podría extender tanto el elogio como la apología, no considero que deba hablar extensamente; pues no haciendo una exhibición para los demás, sino queriendo mostrarte cómo se debe hacer cada una de estas cosas, he hablado sobre ellas, ya que el discurso que tú has escrito, uno podría considerar justamente que no es una apología de Busiris, sino una confesión de lo que se le reprocha.
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Pues no lo liberas de las acusaciones, sino que demuestras que también algunos de los demás han hecho lo mismo, encontrando el refugio más perezoso para los que cometen faltas. Pues si de las injusticias no es fácil encontrar una que no haya sucedido ya, y no consideramos que los que son sorprendidos en cada una de ellas hagan nada terrible cuando otros parecen haber hecho lo mismo,¿ cómo no haríamos fáciles las apologías para todos y proporcionaríamos gran libertad a los que desean ser malvados?
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Y sobre todo podrías ver la ingenuidad de lo dicho observándolo en ti mismo. Pues reflexiona: si, habiendo grandes y terribles acusaciones contra ti, alguien te defendiera de este modo,¿ cómo te sentirías? Pues yo sé que lo odiarías más que a los que te acusan. Y, sin embargo,¿ cómo no es vergonzoso hacer tales apologías por los demás, por las cuales te indignarías sobremanera si se dijeran sobre ti mismo?
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Y considera también esto y reflexiona contigo mismo. Si alguno de los que están contigo se sintiera impulsado a hacer lo que tú elogias,¿ cómo no sería el más miserable tanto de los actuales como de los que han existido jamás?¿ Acaso es necesario escribir tales discursos a los que les corresponderá este gran bien, si no pueden persuadir a ninguno de los que los escuchan?
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Pero es que quizás dirías que esto tampoco se te escapó, sino que quisiste dejar a los filósofos un ejemplo de cómo se debe hacer la apología sobre las acusaciones vergonzosas y los asuntos difíciles. Pero si antes lo ignorabas, creo que ahora te ha quedado claro que uno se salvaría mucho más rápido no diciendo nada que defendiéndose de este modo.
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Y, ciertamente, también esto es claro, que estando la filosofía en una situación precaria y siendo envidiada por causa de tales discursos, la odiarán aún más. Si, pues, me haces caso, sobre todo no harás en el futuro temas malvados, y si no, intentarás decir cosas a partir de las cuales no parezcas ser peor tú mismo, ni dañes a los que te imitan, ni calumnies la educación relativa a los discursos.
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Y no te sorprendas si, siendo más joven y sin tener parentesco contigo, intento amonestarte tan fácilmente; pues considero que no es tarea de los más ancianos ni de los más allegados, sino de los que más saben y quieren beneficiar, aconsejar sobre tales asuntos.

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