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Evagoras
IsocratesEvagoras 1 · spanish-geminiMore by Isocrates
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Al ver, Nicocles, que honras la tumba de tu padre no solo con la abundancia y la belleza de las ofrendas, sino también con coros, música y certámenes gimnásticos, y además de esto, con competiciones de caballos y trirremes, sin dejar pasar por alto ninguna de tales magnificencias,
2
consideré que Evágoras, si es que los muertos tienen alguna percepción de lo que sucede aquí, recibiría con agrado estas cosas y se alegraría al ver tanto el cuidado que se le profesa como tu propia magnificencia, y que sentiría una gratitud aún mucho mayor que por todo lo demás si alguien fuera capaz de exponer dignamente sus ocupaciones y los peligros que él afrontó.
3
Pues encontraremos que los hombres ambiciosos y magnánimos no solo desean ser elogiados por tales cosas, sino que prefieren morir gloriosamente antes que vivir, y se preocupan más por la fama que por la vida, haciendo todo lo posible para dejar un recuerdo inmortal de sí mismos.
4
Ciertamente, los gastos de este tipo no logran nada, sino que son solo un signo de riqueza; quienes se dedican a la música y a los otros certámenes, al exhibir sus fuerzas o sus artes, se han hecho a sí mismos más honorables; pero el discurso, si expone bien sus acciones, haría que la virtud de Evágoras sea recordada para siempre por todos los hombres.
5
Sería necesario, pues, que los demás también elogiaran a los hombres buenos que han existido en su tiempo, para que quienes son capaces de adornar las obras ajenas, al basar sus discursos en el conocimiento, usaran la verdad sobre ellos, y para que los más jóvenes se sintieran más ambiciosos hacia la virtud, sabiendo que serán elogiados más que aquellos de quienes se muestren superiores. Pero ahora,¿ quién no se desanimaría,
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al ver que los que vivieron en la época de Troya y antes son celebrados y objeto de tragedias, mientras que él mismo sabe de antemano que, aunque supere las virtudes de aquellos, nunca será considerado digno de tales elogios? La causa de esto es la envidia, a la cual solo le acompaña este bien: que es un mal enorme para quienes la poseen. Pues algunos son de naturaleza tan difícil que escucharían con más gusto elogios sobre personas que ni siquiera saben si han existido, que sobre aquellos de quienes ellos mismos han recibido beneficios.
7
Sin embargo, los que tienen juicio no deben someterse a quienes piensan tan mal, sino que deben descuidar a tales personas y acostumbrar a los demás a escuchar sobre aquellos de quienes es justo hablar, sobre todo porque sabemos que los progresos tanto de las artes como de todas las demás cosas no se producen gracias a quienes se aferran a lo establecido, sino gracias a quienes los corrigen y se atreven a cambiar siempre algo de lo que no está bien.
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Sé, pues, que es difícil lo que voy a hacer: elogiar la virtud de un hombre a través de palabras. Y la mayor prueba es que, aunque los que se dedican a la filosofía se atreven a hablar de muchas y variadas cosas, ninguno de ellos ha intentado jamás escribir sobre tales temas. Y les tengo mucha indulgencia. Pues a los poetas se les conceden muchos adornos;
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ya que les es posible hacer que los dioses se acerquen a los hombres, conversando y luchando junto a quienes ellos quieran, y declarar esto no solo con los términos establecidos, sino usando a veces palabras extranjeras, otras nuevas, y otras metafóricas, y no omitir nada, sino embellecer la poesía con todas las formas posibles;
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mientras que a los que se dedican a la prosa no les está permitido nada de esto, sino que es necesario usar estrictamente solo los términos políticos y los pensamientos que giran en torno a las acciones mismas. Además de esto, aquellos hacen todo con metros y ritmos, mientras que estos no comparten nada de eso; lo cual tiene tal encanto que, aunque el estilo y los pensamientos sean mediocres, sin embargo, por la propia euritmia y simetría, cautivan a los oyentes.
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Uno podría reconocer su poder a partir de esto: si alguien dejara las palabras y los pensamientos de los poemas que gozan de buena reputación, pero disolviera el metro, parecerán mucho más inferiores a la fama que ahora tenemos de ellos. Sin embargo, aunque la poesía tenga tanta ventaja, no hay que dudar, sino intentar con la prosa, a ver si también son capaces de elogiar a los hombres buenos no peor que quienes los elogian en cantos y metros.
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En primer lugar, pues, sobre la naturaleza de Evágoras y de quiénes era descendiente, aunque muchos ya lo saben, me parece conveniente que yo también lo exponga por causa de los demás, para que todos sepan que, habiéndosele dejado los ejemplos más bellos y grandes, no se mostró en nada inferior a ellos.
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Pues se admite que los descendientes de Zeus son los más nobles de los semidioses, y entre ellos mismos no hay quien no prefiera a los Eácidas; pues en los otros linajes encontraremos a algunos que sobresalen y a otros que son inferiores, pero todos estos han sido los más renombrados de sus contemporáneos.
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Esto es así porque Éaco, descendiente de Zeus y antepasado del linaje de los Teúcridas, se distinguió tanto que, cuando hubo sequías entre los griegos y muchos hombres perecieron, al superar la magnitud de la desgracia, los jefes de las ciudades acudieron a suplicarle, pensando que, por su parentesco y su piedad, obtendrían más rápidamente de los dioses la liberación de los males presentes.
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Una vez salvados y habiendo obtenido lo que pedían, establecieron en Egina un santuario común de los griegos, donde él había hecho la oración. Y durante aquel tiempo, mientras estuvo entre los hombres, vivió con la mejor fama; y cuando cambió de vida, se dice que, teniendo los mayores honores junto a Plutón y Core, se sienta junto a ellos.
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De este fueron hijos Telamón y Peleo, de los cuales el uno, habiendo hecho campaña con Heracles contra Laomedonte, fue considerado digno de los premios al valor, y Peleo, habiendo destacado tanto en la batalla contra los Centauros como habiendo gozado de buena reputación en muchos otros peligros, se unió a Tetis, la hija de Nereo, siendo mortal con una inmortal, y dicen que solo de este, entre los nacidos anteriormente, se cantó un himno nupcial por los dioses en sus bodas.
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De cada uno de estos, de Telamón nacieron Áyax y Teucro, y de Peleo, Aquiles, quienes dieron la mayor y más clara prueba de su propia virtud; pues no solo fueron los primeros en sus propias ciudades, ni solo en los lugares donde habitaban, sino que, habiéndose producido una expedición de los griegos contra los bárbaros, y habiéndose reunido muchos de ambos bandos,
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y no habiendo faltado ninguno de los renombrados, en estos peligros Aquiles sobresalió sobre todos. Áyax destacó después de él, y Teucro, siendo digno de su parentesco y no inferior a ninguno de los otros, una vez que ayudó a tomar Troya, llegó a Chipre y fundó Salamina, dándole el mismo nombre que la patria que antes había sido suya, y dejó el linaje que ahora reina.
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Los bienes que Evágoras recibió desde el principio de sus antepasados son de tal magnitud. De esta manera, habiendo sido fundada la ciudad, al principio los descendientes de Teucro tenían el reino, pero con el tiempo, un hombre que llegó de Fenicia como exiliado, habiendo sido confiado por el que entonces reinaba y habiendo obtenido grandes poderes, no sintió gratitud por ello,
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sino que, siendo malvado con quien lo acogió y terrible para sacar provecho, expulsó a su benefactor y él mismo se apoderó del reino. Desconfiando de lo que había hecho y queriendo asegurar su posición, barbarizó la ciudad y esclavizó toda la isla al Gran Rey.
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Estando así las cosas y teniendo sus descendientes el poder, nace Evágoras; sobre quien elijo omitir los rumores, las profecías y las visiones ocurridas en sueños, a partir de las cuales parecería haber nacido más que un hombre, no porque no crea en lo que se dice, sino para hacer evidente a todos que estoy tan lejos de inventar algo sobre sus acciones, que incluso omito las cosas que existen sobre las cuales pocos saben y no todos los ciudadanos conocen. Comenzaré a hablar de él a partir de lo que es admitido.
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Pues siendo niño tuvo belleza, fuerza y templanza, que son los bienes más apropiados para los de su edad. Y de esto uno podría tomar como testigos, de la templanza a los ciudadanos que se educaron con él, de la belleza a todos los que lo vieron, y de la fuerza a todos los certámenes en los que él superó a sus coetáneos.
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Al convertirse en hombre, todas estas cualidades aumentaron y, además de ellas, se le añadieron valentía, sabiduría y justicia, y esto no de manera moderada ni como a otros, sino cada una de ellas hasta el exceso; pues sobresalió tanto en las virtudes del cuerpo como en las del alma,
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que cuando los que entonces reinaban lo veían, se quedaban atónitos y temían por su poder, pensando que no era posible que alguien de tal naturaleza viviera en la condición de un particular, y cuando miraban sus costumbres, confiaban tanto en él que, si alguien más se atrevía a cometer una falta contra ellos, pensaban que Evágoras sería su defensor.
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Y, aunque la fama variaba tanto, no se engañaron en ninguno de estos dos aspectos; pues ni continuó siendo un particular ni cometió faltas contra ellos, sino que la divinidad tuvo tal previsión de él, para que tomara el reino de manera honorable, que todo lo que era necesario preparar mediante la impiedad,
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eso lo hizo otro, y lo que era posible para tomar el poder de manera santa y justa, eso se lo reservó a Evágoras. Pues uno de los que detentaban el poder, habiendo conspirado, mató al tirano e intentó capturar a Evágoras, pensando que no podría retener el poder si no lo eliminaba también a él.
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Habiendo escapado del peligro y salvado en Solos de Cilicia, no tuvo la misma opinión que los que caen en tales desgracias. Pues los demás, incluso si son expulsados de una tiranía, tienen el alma más humillada debido a las fortunas presentes; pero él llegó a tal grado de magnanimidad que, siendo un particular durante el resto del tiempo, una vez que fue obligado a huir,
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pensó que debía ser tirano. Y despreció los vagabundeos de los exiliados, el buscar el regreso a través de otros y el servir a quienes eran inferiores a él, y habiendo tomado este punto de partida, el que deben tomar los que quieren ser piadosos, defenderse y no ser los primeros en atacar, y habiendo elegido o bien tener éxito y ser tirano o bien fallar y morir, habiendo convocado a hombres, como dicen la mayoría, unos cincuenta, con ellos se preparaba para realizar su regreso.
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De donde uno podría observar mejor tanto su naturaleza como la fama que tenía entre los demás; pues, estando a punto de navegar con tantos hombres hacia una empresa de tal magnitud y estando todos los peligros cerca, ni él se desanimó ni ninguno de los convocados consideró oportuno apartarse de los peligros, sino que todos, como si siguieran a un dios, permanecieron en lo acordado, y él, como si tuviera un ejército superior al de sus adversarios o supiera de antemano lo que iba a suceder, así estaba dispuesto de ánimo.
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Y es evidente por sus obras; pues al desembarcar en la isla, no pensó que debía capturar un lugar fortificado y, habiendo puesto su cuerpo a salvo, esperar a ver si algunos de los ciudadanos lo ayudarían; sino que inmediatamente, tal como estaba, esa misma noche, habiendo abierto una poterna de la muralla y habiendo hecho pasar por ella a los que estaban con él, atacó el palacio.
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Y¿ qué necesidad hay de perder el tiempo hablando de los alborotos que ocurren en tales momentos, de los miedos de los demás y de sus exhortaciones? Habiendo surgido para él, por un lado, los antagonistas en torno al tirano, y por otro, los demás ciudadanos como espectadores, pues temían al uno por su poder y al otro por su virtud,
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permanecían tranquilos, él no dejó de luchar, solo contra muchos y con pocos contra todos los enemigos, hasta tomar el palacio, y castigó a los enemigos y ayudó a los amigos, y además recuperó para su linaje los honores patrios y se estableció a sí mismo como tirano de la ciudad.
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Considero, pues, que si no mencionara nada más, sino que dejara el discurso aquí, sería fácil a partir de esto conocer tanto la virtud de Evágoras como la magnitud de sus acciones; sin embargo, creo que voy a aclarar aún más claramente ambas cosas a partir de lo que sigue.
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Pues habiendo habido tantos tiranos en todo el tiempo, nadie aparecerá habiendo adquirido este honor más bellamente que él. Si comparáramos las acciones de Evágoras con las de cada uno de ellos, quizás ni el discurso se ajustaría a las circunstancias ni el tiempo bastaría para lo que se dice; pero si, eligiendo a los más renombrados, los examinamos, no investigaremos nada peor, pero hablaremos de ellos mucho más brevemente.
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De los que recibieron los reinos paternos,¿ quién no preferiría los peligros de Evágoras? Pues no hay nadie tan indolente que prefiera recibir este poder de sus antepasados antes que, habiéndolo adquirido como él, dejárselo a sus propios hijos.
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Y, ciertamente, de los regresos antiguos, gozan de mayor reputación aquellos de los que oímos hablar a los poetas; pues estos no solo nos anuncian las más bellas de las cosas sucedidas, sino que también componen otras nuevas por sí mismos. Pero, sin embargo, ninguno de ellos ha fabulado sobre alguien que, habiendo afrontado peligros tan terribles y temibles, haya regresado a su patria; sino que la mayoría han sido representados habiendo tomado los reinos por fortuna, y otros habiendo prevalecido sobre sus enemigos mediante engaño y astucia.
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Pero, ciertamente, de los que han existido después, y quizás de todos, Ciro, que arrebató el poder a los medos y lo adquirió para los persas, es admirado por la mayoría y sobre todo. Pero él venció al ejército de los medos con el ejército de los persas, lo cual muchos de los griegos y de los bárbaros podrían hacer fácilmente; mientras que él parece haber realizado la mayoría de las cosas dichas anteriormente a través de su propia alma y cuerpo.
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Además, de la estrategia de Ciro no está claro todavía que hubiera soportado también los peligros de Evágoras, pero de lo que este ha hecho es evidente para todos que habría intentado fácilmente también aquellas obras. Además de esto, por parte de este, todo ha sido hecho de manera santa y justa, mientras que a aquel le han sucedido algunas cosas no piadosamente; pues él destruyó a sus enemigos, pero Ciro mató al padre de su madre. De modo que, si algunos quisieran juzgar no la magnitud de los sucesos sino la virtud de cada uno, con justicia elogiarían a Evágoras incluso más que a este.
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Y si hay que decirlo brevemente y sin ocultar nada ni temer a la envidia, sino usando la franqueza, no se encontrará ningún mortal, ni semidiós, ni inmortal que haya tomado el reino de manera más bella, más brillante ni más piadosa que él. Y uno podría confiar más en esto si, habiendo desconfiado mucho de lo que se dice, intentara examinar cómo cada uno se convirtió en tirano. Pues apareceré no deseando decir cosas grandes de cualquier manera, sino habiendo hablado así de él con audacia debido a la verdad del asunto.
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Si hubiera destacado en cosas pequeñas, le correspondería ser considerado digno de tales discursos; pero ahora todos admitirían que la tiranía es lo más grande, lo más solemne y lo más disputado tanto de los bienes divinos como de los humanos. Entonces,¿ qué poeta o qué inventor de discursos podría elogiar dignamente a quien tomó de la manera más bella lo más bello de lo que existe?
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Por tanto, no se encontrará que, habiendo sobresalido en esto, sea inferior en lo demás, sino que, en primer lugar, siendo de naturaleza muy dotada de mente y capaz de tener éxito en la mayoría de las cosas, sin embargo, no pensó que debía descuidar ni improvisar sobre los asuntos, sino que pasaba la mayor parte del tiempo buscando, reflexionando y deliberando, pensando que, si preparaba bien su propia prudencia, también le iría bien el reino, y admirando a cuantos se preocupan por el alma de los demás, pero no obtienen ningún cuidado de esta misma.
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Después, también tenía la misma opinión sobre los asuntos; pues al ver que los que mejor se cuidan de las cosas sufren menos, y que las verdaderas formas de descanso no están en la ociosidad sino en los éxitos y en la perseverancia, no dejaba nada sin examinar, sino que conocía las acciones y a cada uno de los ciudadanos con tanta precisión que ni los que conspiraban contra él se le adelantaban ni los que eran honestos le pasaban desapercibidos, sino que todos obtenían lo que les correspondía; pues no castigaba ni honraba a los ciudadanos por lo que oía de otros, sino que tomaba sus decisiones sobre ellos por lo que él mismo sabía.
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Habiéndose puesto a sí mismo en tales cuidados, ni siquiera sobre lo que ocurría cada día ni sobre una sola cosa estaba desorientado, sino que administraba la ciudad de manera tan grata a los dioses y humana que los que llegaban no envidiaban más a Evágoras por su poder que a los demás por el reino de aquel; pues durante todo el tiempo no dejó de no cometer injusticias con nadie, de honrar a los buenos, y de gobernar a todos con firmeza, pero castigando legalmente a los que cometían faltas;
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sin necesitar consejeros, pero consultando a sus amigos; cediendo en muchas cosas ante los que lo trataban, pero prevaleciendo en todo sobre los enemigos; siendo solemne no por los gestos del rostro sino por las disposiciones de su vida; no estando desordenado ni inestable ante nada, sino manteniendo las mismas coherencias en las obras que en las palabras;
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siendo orgulloso no por lo que sucedía por fortuna sino por lo que sucedía por sí mismo; haciendo a los amigos suyos mediante beneficios, y esclavizando a los demás mediante la magnanimidad; siendo temible no por ser duro con muchos, sino por superar mucho la naturaleza de los demás; dominando los placeres, pero no siendo llevado por ellos; obteniendo muchas facilidades con pocos esfuerzos, pero no dejando grandes esfuerzos por pequeñas indolencias;
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en general, no omitiendo nada de lo que debe estar presente en los reyes, sino habiendo elegido lo mejor de cada forma de gobierno, siendo popular por el cuidado de la multitud, político por la administración de toda la ciudad, estratega por la prudencia ante los peligros, y tiránico por sobresalir en todo esto. Y que esto estaba presente en Evágoras, y más que esto, es fácil de comprender a partir de las obras mismas.
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Pues habiendo recibido la ciudad barbarizada y que, debido al poder de los fenicios, ni recibía a los griegos, ni conocía artes, ni usaba mercado, ni poseía puerto, corrigió todo esto y, además de esto, adquirió mucha tierra, construyó murallas, construyó trirremes y aumentó la ciudad con otras construcciones de tal manera que no se quedó atrás de ninguna de las ciudades griegas, y creó un poder tal que muchos de los que antes la despreciaban la temían.
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Y, sin embargo, no es posible que las ciudades obtengan tales progresos si alguien no las administra con las costumbres que Evágoras tenía y que yo intenté exponer hace poco. De modo que no temo parecer decir cosas mayores de las que le correspondían, sino que me quede muy lejos de lo que él realizó.
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Pues¿ quién podría alcanzar tal naturaleza, que no solo hizo su propia ciudad más valiosa, sino que también llevó a todo el lugar que rodea la isla hacia la mansedumbre y la moderación? Pues antes de que Evágoras tomara el poder, eran tan inaccesibles y duros que consideraban que los mejores de los gobernantes eran los que resultaban ser más crueles con los griegos;
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pero ahora han cambiado tanto que compiten por ver quién de ellos parecerá ser más filoheleno, la mayoría de ellos toma mujeres de entre nosotros para tener hijos, se alegran más con las posesiones y las costumbres griegas que con las suyas propias, y más personas dedicadas a la música y a la otra educación pasan el tiempo en estos lugares que donde antes solían estar. Y de todo esto no hay nadie que no admita que Evágoras es la causa.
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Y la mayor prueba tanto de su carácter como de su santidad; pues muchos griegos, hombres de bien, abandonaron sus propias patrias y vinieron a vivir a Chipre, pensando que el reino de Evágoras era más ligero y más legal que las constituciones de sus hogares; de los cuales sería una gran tarea mencionar a los demás por su nombre;
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pero¿ quién no sabe que Conón, que sobresalió entre los griegos por sus muchas virtudes, cuando la ciudad tuvo mala fortuna, eligió entre todos venir a Evágoras, pensando que el refugio junto a él era el más seguro tanto para su cuerpo como para que él mismo fuera el más rápido ayudante para la ciudad? Y habiendo tenido éxito en muchas cosas antes, nunca pareció haber deliberado mejor sobre ningún asunto que sobre este;
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pues le sucedió, debido a su llegada a Chipre, hacer y recibir muchos bienes. En primer lugar, no tardaron en acercarse el uno al otro y se valoraron más a sí mismos que a los que antes eran sus allegados. Después, estando de acuerdo en todo lo demás durante todo el tiempo, tuvieron la misma opinión sobre nuestra ciudad.
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Pues al verla bajo los lacedemonios y habiendo experimentado un gran cambio, lo llevaban con dolor y pesadez, haciendo ambos lo que les correspondía; pues para uno era su patria por naturaleza, y al otro lo habían hecho ciudadano por ley debido a muchos y grandes beneficios. Y al considerar ellos cómo liberarla de las desgracias, prepararon rápidamente la ocasión para los lacedemonios; pues, gobernando a los griegos tanto por tierra como por mar, llegaron a tal punto de insaciabilidad que intentaron hacer daño también a Asia.
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Habiendo tomado ellos esta ocasión y estando los estrategas del rey sin saber qué hacer con los asuntos, les enseñaban a no hacer la guerra contra los lacedemonios por tierra sino por mar, pensando que, si establecían un ejército de infantería y prevalecían con él, las cosas en el continente solo irían bien, pero si prevalecían por mar, toda Grecia participaría de esta victoria.
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Lo cual sucedió; pues habiendo sido persuadidos los estrategas y habiéndose reunido una flota, los lacedemonios fueron derrotados en una batalla naval y fueron privados del poder, los griegos fueron liberados, y nuestra ciudad recuperó de nuevo una parte de su antigua fama y se convirtió en líder de los aliados. Y esto se hizo con Conón como estratega, y Evágoras proporcionando esto y preparando la mayor parte del poder.
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Por lo cual nosotros los honramos con los mayores honores y erigimos sus estatuas donde está la imagen de Zeus el Salvador, cerca de él y de ellos mismos, recuerdo de ambos, tanto de la magnitud del beneficio como de la amistad entre ellos. Pero el rey no tuvo la misma opinión sobre ellos, sino que, cuanto más grandes y valiosas fueron las cosas que realizaron, tanto más los temió. Sobre Conón, pues, tendremos otro discurso; pero que se sentía así hacia Evágoras, ni él mismo buscó ocultarlo.
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Pues parece haber puesto más empeño en la guerra en Chipre que en todas las demás, y haber considerado a aquel un antagonista más grande y más difícil que Ciro, que disputó por el reino. Y la mayor prueba: pues al oír de las preparaciones de aquel, lo despreció tanto que, por no preocuparse, por poco no se le escapó habiéndose establecido en el reino; pero hacia este se sintió temeroso desde hace mucho tiempo, de modo que, mientras recibía beneficios, intentó hacerle la guerra, no haciendo cosas justas, pero no habiendo deliberado del todo sin razón.
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Pues sabía que muchos, tanto de los griegos como de los bárbaros, habían logrado grandes poderes a partir de asuntos humildes y viles, y percibía la magnanimidad de Evágoras y que los progresos de él tanto en fama como en asuntos no ocurrían poco a poco, sino que tenía una naturaleza insuperable y la fortuna luchaba junto a él;
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de modo que, no enfureciéndose por lo sucedido sino temiendo por lo que vendría, y no temiendo solo por Chipre, hizo la guerra contra él por cosas mucho mayores. Y así se lanzó de tal manera que gastó en esta expedición más de quince mil talentos.
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Pero, sin embargo, Evágoras, habiendo sido abandonado por todas las fuerzas, habiendo contrapuesto su propia opinión a las preparaciones tan enormes, se mostró en esto mucho más admirable que en las otras cosas dichas anteriormente. Pues cuando le permitían llevar una vida en paz,
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tenía solo su propia ciudad; pero cuando fue obligado a hacer la guerra, era tal y tenía a su hijo Pnitágoras como colaborador de tal manera que por poco no capturó toda Chipre, devastó Fenicia, tomó Tiro por la fuerza, hizo que Cilicia se apartara del rey, y destruyó a tantos de los enemigos que muchos de los persas, lamentando sus propias desgracias, recordaban la virtud de aquel;
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y al final los llenó de tal manera de hacer la guerra que, estando acostumbrados los reyes durante todo el tiempo a no reconciliarse con los que se apartaban hasta que fueran dueños de sus cuerpos, hicieron la paz con gusto, rompiendo esta ley, pero sin cambiar nada de la tiranía de Evágoras.
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Y a los lacedemonios, que tenían gran fama y poder en aquel tiempo, les arrebató el poder en tres años, y habiendo hecho la guerra a Evágoras durante diez años, lo dejó dueño de las mismas cosas que tenía incluso antes de entrar en la guerra. Y lo que es más terrible de todo: pues la ciudad, que Evágoras tomó con cincuenta hombres cuando otro era tirano, esta, el Gran Rey, teniendo tanto poder, no fue capaz de someterla.
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Y, sin embargo,¿ cómo podría alguien mostrar más claramente la valentía, la prudencia o toda la virtud de Evágoras que a través de tales obras y peligros? Pues no solo aparecerá habiendo superado las otras guerras, sino también la de los héroes, la que es celebrada por todos los hombres. Pues aquellos, con toda Grecia, tomaron solo Troya, pero él, teniendo una sola ciudad, hizo la guerra contra toda Asia; de modo que, si tantos en número hubieran querido elogiarlo como a aquellos, habría obtenido una fama mucho mayor que la de ellos.
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Pues¿ a quién encontraremos de los que existieron entonces, si dejamos los mitos y observamos la verdad, que haya realizado tales cosas, o quién ha sido causa de tantos cambios en los asuntos? Quien se estableció a sí mismo como tirano desde particular, y devolvió a todo el linaje expulsado de la constitución a los honores que le correspondían, e hizo a los ciudadanos griegos de bárbaros,
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y de cobardes guerreros, y de desconocidos renombrados, y habiendo recibido el lugar totalmente inaccesible y completamente salvaje, lo hizo más manso y más suave, y además de esto, habiéndose puesto en enemistad con el rey, lo defendió tan bien que la guerra en torno a Chipre ha quedado para siempre en el recuerdo, y cuando era su aliado, se mostró mucho más útil que los demás
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de modo que, admitidamente, contribuyó con el mayor poder a la batalla naval en torno a Cnido, tras la cual el rey se convirtió en dueño de toda Asia, los lacedemonios, en lugar de devastar el continente, fueron obligados a arriesgarse por el suyo propio, los griegos obtuvieron autonomía en lugar de esclavitud, y los atenienses progresaron tanto que los que antes los gobernaban vinieron a ellos para entregarles el poder.
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De modo que, si alguien me preguntara qué considero que es lo más grande de lo que Evágoras ha realizado, si los cuidados y las preparaciones contra los lacedemonios de los que han resultado las cosas dichas anteriormente, o la última guerra, o la toma del reino, o toda la administración de los asuntos, me encontraría en gran apuro; pues siempre me parece que es lo más grande y lo más admirable hacia lo que dirija mi pensamiento.
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De modo que, si algunos de los que han existido antes se han vuelto inmortales por su virtud, creo que también él ha sido considerado digno de este regalo, usando como señales que también vivió el tiempo aquí más felizmente y más amado por los dioses que ellos. Pues encontraremos que la mayoría de los semidioses y los más renombrados cayeron en las mayores desgracias, pero Evágoras no solo fue el más admirable sino que también vivió siendo el más afortunado desde el principio.
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¿ Qué le faltó a su felicidad, a quien le tocaron unos antepasados como a nadie más, salvo si alguien ha nacido de los mismos que él, y que tanto en cuerpo como en mente superó a los demás hasta el punto de ser digno de gobernar no solo Salamina, sino toda Asia? Habiendo adquirido el reino de la manera más noble, pasó su vida en él, y al morir dejó una memoria inmortal sobre sí mismo, y vivió tanto tiempo que no careció de la vejez ni sufrió las enfermedades que sobrevienen por esa edad.
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Además de esto, lo que parece ser lo más raro y difícil, obtener a la vez una buena descendencia y una numerosa, tampoco le faltó, sino que también esto le sucedió. Y lo más importante, que de los nacidos de él no dejó a ninguno llamado con nombres privados, sino que a uno lo llamaban rey, a otros señores y a otras señoras. De modo que si algunos de los poetas han usado hipérboles sobre alguno de los que han existido antes, diciendo que era un dios entre los hombres o un ser divino mortal, todas esas cosas encajarían mejor si se dijeran sobre su naturaleza.
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Creo que he omitido muchas cosas sobre Evágoras; pues llego tarde al apogeo de mi propia capacidad, con la cual habría elaborado este elogio de manera más precisa y laboriosa; sin embargo, incluso ahora, en la medida de mis fuerzas, no carece de encomio. Pero yo, Nicocles, considero que, si bien los monumentos y las imágenes de los cuerpos son bellos, son de mucho mayor valor los de las acciones y del pensamiento, que uno solo podría contemplar en los discursos que poseen técnica.
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Prefiero estos, primero porque sé que los hombres nobles y buenos no se enorgullecen tanto por la belleza del cuerpo como se ambicionan por sus obras y su mente; después, porque las estatuas es necesario que estén solo junto a aquellos donde se coloquen, mientras que los discursos pueden ser llevados a toda Grecia y, difundidos en las tertulias de los hombres sensatos, ser apreciados por aquellos ante quienes es mejor gozar de buena reputación que ante todos los demás.
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Además de esto, porque nadie podría igualar la naturaleza del cuerpo con las obras esculpidas o pintadas, mientras que es fácil imitar los modos y los pensamientos contenidos en lo que se dice para aquellos que no eligen la pereza, sino que desean ser virtuosos.
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Por estas razones me esforcé aún más en escribir este discurso, pensando que para ti, para tus hijos y para los demás descendientes de Evágoras, resultaría una exhortación muy hermosa si alguien reuniera sus virtudes y, adornándolas con el discurso, os las entregara para que las contempléis y conviváis con ellas.
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Pues a los demás los exhortamos a la filosofía elogiando a otros, para que, emulando a los elogiados, deseen las mismas ocupaciones que ellos; pero yo te exhorto a ti y a los tuyos no usando ejemplos ajenos, sino propios, y te aconsejo que prestes atención para que seas capaz de hablar y actuar no menos que ninguno de los griegos.
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Y no pienses que te juzgo descuidado porque te exhorto frecuentemente sobre lo mismo. Pues ni a mí se me oculta ni a los demás que tú eres el primero y el único de los que están en la tiranía, la riqueza y los lujos que ha intentado filosofar y esforzarse, ni que harás que muchos reyes, emulando tu educación, deseen estas ocupaciones, abandonando aquellas en las que ahora se complacen demasiado.
79
Pero, aun sabiendo esto, no por ello dejo de hacer y haré lo mismo que los espectadores en los juegos gimnásticos; pues también ellos animan no a los corredores que se han quedado atrás, sino a los que compiten por la victoria.
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Es, pues, tarea mía y de los demás amigos decir y escribir tales cosas con las que pretendemos incitarte a aspirar a aquello que incluso ahora deseas; a ti te corresponde no faltar en nada, sino, al igual que en el presente, cuidar y ejercitar tu alma también en el tiempo venidero, para que seas digno tanto de tu padre como de tus otros antepasados. Pues a todos les corresponde valorar mucho la prudencia, pero sobre todo a vosotros, que sois dueños de la mayoría y de las mayores cosas.
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No debes contentarte si ya eres superior a los presentes, sino indignarte si, siendo tú mismo tal por naturaleza, y habiendo nacido antiguamente de Zeus y, más recientemente, de un hombre de tal virtud, no superas con creces tanto a los demás como a los que están en los mismos honores que tú. Está en tu mano no fallar en esto; pues si perseveras en la filosofía y progresas tanto como ahora, pronto llegarás a ser tal como te corresponde.

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