Nicocles or the Cyprians
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Original / primary: Spanish Gemini
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Hay quienes se muestran hostiles hacia los discursos y critican a los que se dedican a la filosofía, afirmando que emprenden tales estudios no por virtud, sino por codicia. Me gustaría, pues, preguntar a quienes así se sienten por qué censuran a los que desean hablar bien, mientras elogian a los que quieren actuar correctamente; pues si la codicia les molesta, encontraremos que esta surge en mayor número y magnitud de las acciones que de las palabras.
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Además, es extraño que no se den cuenta de que honramos a los dioses, practicamos la justicia y cultivamos las demás virtudes no para tener menos que los demás, sino para pasar la vida con la mayor cantidad posible de bienes. Por tanto, no se debe acusar a estas actividades, mediante las cuales alguien podría obtener ventajas con virtud, sino a los hombres que cometen errores en sus acciones o engañan con sus palabras y no las utilizan con justicia.
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Me asombro de quienes tienen esta opinión, de cómo no critican también la riqueza, la fuerza y el valor. Pues si se sienten molestos con los discursos debido a quienes cometen errores y mienten, les corresponde censurar también los otros bienes; ya que aparecerán algunos que, aun poseyéndolos, cometen errores y perjudican a muchos a través de ellos.
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Pero no es justo, ni si algunos golpean a quienes se encuentran, culpar a la fuerza, ni por los que matan a quienes no deben, denigrar el valor, ni en absoluto trasladar la maldad de los hombres a las cosas, sino censurar a aquellos mismos que usan mal los bienes y, teniendo la capacidad de beneficiar, intentan con ellos dañar a sus conciudadanos.
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Pero ahora, habiendo descuidado distinguir de este modo sobre cada cosa, se muestran hostiles hacia todos los discursos, y han errado tanto que no se dan cuenta de que se oponen a algo que es la causa de la mayoría de los bienes que existen en la naturaleza humana. Pues en las otras cosas que poseemos no nos diferenciamos de los demás animales, sino que en muchas resultamos ser inferiores tanto en velocidad como en fuerza y en otras capacidades;
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pero al habernos nacido la capacidad de persuadirnos unos a otros y de manifestarnos sobre lo que queramos, no solo nos hemos librado de vivir como fieras, sino que, al reunirnos, fundamos ciudades, establecimos leyes e inventamos artes, y casi todo lo que ha sido ideado por nosotros es el discurso lo que nos ha ayudado a construirlo.
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Pues este legisló sobre lo justo y lo injusto, lo vergonzoso y lo bello; sin cuya ordenación no seríamos capaces de convivir. Con él refutamos a los malos y elogiamos a los buenos. A través de él educamos a los insensatos y ponemos a prueba a los prudentes; pues consideramos que hablar como es debido es el mayor signo de pensar bien, y un discurso verdadero, legal y justo es la imagen de un alma buena y fiel.
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Con él también luchamos sobre los asuntos controvertidos y examinamos los desconocidos; pues las mismas convicciones con las que persuadimos a los demás al hablar, las usamos al deliberar, y llamamos retóricos a los que son capaces de hablar ante la multitud, pero consideramos prudentes a quienes son capaces de dialogar mejor consigo mismos sobre los asuntos.
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Y si hay que hablar en resumen sobre esta facultad, no encontraremos nada de lo que se hace con prudencia que ocurra sin razón, sino que el discurso es el guía de todas las acciones y pensamientos, y que quienes más lo utilizan son los que tienen más sentido común; de modo que a quienes se atreven a blasfemar contra los que educan y filosofan es justo odiarlos igual que a los que cometen errores contra las cosas de los dioses.
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Yo acepto todos los discursos que pueden beneficiarnos aunque sea un poco, pero considero que los más bellos, los más reales y los más apropiados para mí son los que aconsejan sobre las ocupaciones y los regímenes políticos, y de estos mismos, los que enseñan a los que gobiernan cómo deben tratar a la multitud, y a los ciudadanos particulares cómo deben comportarse ante los gobernantes; pues a través de estos veo que las ciudades se vuelven más felices y grandes.
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El otro discurso, sobre cómo se debe ejercer la tiranía, ya lo escucharon de Isócrates, y el siguiente, sobre lo que deben hacer los gobernados, intentaré exponerlo yo, no como superándolo a él, sino porque me corresponde hablarles a ustedes sobre estos temas. Pues si, sin que yo haya aclarado lo que deseo que hagan, ustedes erraran respecto a mi intención, no podría razonablemente enfadarme con ustedes; pero si, habiéndolo yo advertido de antemano, no ocurriera nada de esto, con justicia podría entonces quejarme de los que no obedecen.
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Considero que de esta manera podría exhortarles y animarles mejor a que recuerden lo dicho y obedezcan, no si solo me limitara a aconsejar y, tras enumerar esto, me retirara, sino si demostrara primero que el régimen político actual es digno de ser apreciado no solo por necesidad, ni porque vivamos todo el tiempo con él, sino porque es el mejor de los regímenes,
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y después, que yo poseo este poder no ilegalmente ni como algo ajeno, sino santa y justamente, tanto por mis antepasados desde el principio como por mi padre y por mí mismo. Pues, habiéndose demostrado esto de antemano,¿ quién no se condenará a sí mismo al mayor castigo si no obedece lo que yo he aconsejado y ordenado?
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Sobre los regímenes políticos( pues desde ahí comencé mi exposición), creo que todos consideran que lo más terrible es que los buenos y los malos sean considerados iguales, y lo más justo es que se distinga sobre ellos y que los desiguales no reciban lo mismo que los iguales, sino que cada uno actúe y sea honrado según su mérito.
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Las oligarquías y las democracias buscan la igualdad para los que participan en el régimen, y esto es bien visto entre ellos, si nadie puede tener más que otro; lo cual es conveniente para los malos; pero las monarquías otorgan la mayor parte al mejor, la segunda al que le sigue, y la tercera y cuarta a los demás según el mismo principio. Y si esto no está establecido en todas partes, al menos la intención del régimen es tal.
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Y, ciertamente, todos estarían de acuerdo en que las tiranías distinguen mejor tanto las naturalezas de los hombres como sus acciones. Y, sin embargo,¿ quién de los que piensan bien no preferiría participar de un régimen en el que no pasará desapercibido siendo bueno, antes que ser arrastrado con la multitud sin que se sepa qué clase de persona es? Pero, además, con justicia juzgaríamos que es más suave en la medida en que es más fácil prestar atención al juicio de un solo hombre que intentar complacer a muchas y variadas mentes.
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Que es más agradable, más suave y más justa, uno podría demostrarlo con más argumentos, pero también es fácil de comprender a través de estos; sobre lo demás, cuánto difieren las monarquías a la hora de deliberar y hacer lo necesario, lo veríamos mejor si intentáramos examinar las mayores acciones poniéndolas unas junto a otras. Pues los que entran en los cargos cada año se convierten en ciudadanos particulares antes de haberse dado cuenta de algo de la ciudad y de haber adquirido experiencia en ello;
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mientras que los que siempre están al frente de los mismos, aunque tengan una naturaleza inferior, al menos por la experiencia superan con mucho a los demás. Además, unos descuidan muchas cosas mirando unos a otros, mientras que los otros no desprecian nada, sabiendo que todo debe hacerse a través de ellos. Además de esto, los que están en las oligarquías y democracias se perjudican mutuamente por sus ambiciones, mientras que los que están en las monarquías, al no tener a quién envidiar, hacen todo lo mejor posible.
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Además, unos llegan tarde a los asuntos; pues pasan la mayor parte del tiempo en sus asuntos privados, y cuando se reúnen en las asambleas, uno podría encontrarlos más a menudo discutiendo que deliberando en común; mientras que los otros, al no tener asambleas ni tiempos señalados, sino estando día y noche en los asuntos, no pierden las ocasiones, sino que hacen cada cosa en el momento debido.
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Y además, unos son hostiles y querrían que tanto los gobernantes anteriores a ellos como los que les siguen administren la ciudad lo peor posible, para que ellos mismos obtengan la mayor gloria; mientras que los que son dueños de los asuntos durante toda su vida tienen la benevolencia para todo el tiempo.
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Y lo más importante: unos prestan atención a los asuntos comunes como si fueran ajenos, mientras que los otros como si fueran propios, y unos usan como consejeros a los más audaces de los ciudadanos, mientras que los otros, tras elegir entre todos, a los más prudentes, y unos honran a los que son capaces de hablar ante las masas, mientras que los otros a los que saben cómo manejar los asuntos.
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Y las monarquías no solo difieren en los asuntos cotidianos y los que ocurren cada día, sino que abarcan todas las ventajas en la guerra. Pues las tiranías son más capaces que los otros regímenes de preparar fuerzas y utilizarlas de modo que pasen inadvertidas y se anticipen, y de persuadir a unos, violentar a otros, comprar a otros y atraer a otros con otras atenciones. Y uno podría creer esto por las acciones no menos que por las palabras.
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Pues todos sabemos que el poder de los persas llegó a tal magnitud no por la prudencia de los hombres, sino porque honran la monarquía más que los demás; y también a Dionisio el tirano, que al recibir Sicilia devastada y su propia patria sitiada, no solo la libró de los peligros presentes, sino que la hizo la mayor de las ciudades griegas; y además a los cartagineses y lacedemonios,
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que se gobiernan mejor que los demás, que en tiempos de paz son gobernados por oligarquías, pero durante la guerra por reyes. Y uno podría señalar también a nuestra ciudad, la que más odia las tiranías, que cuando envía muchos generales, fracasa, pero cuando realiza los peligros a través de uno solo, tiene éxito.
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Y, sin embargo,¿ cómo podría alguien demostrar más claramente que a través de tales ejemplos que las monarquías son dignas de la mayor estima? Pues resulta que tanto los que son gobernados por tiranos hasta el final tienen los mayores poderes, como los que son bien gobernados por oligarquías, en lo que más se esfuerzan es en establecer, unos un solo general, y otros un rey como dueño de los ejércitos, y los que odian las tiranías, cuando envían muchos gobernantes,
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no hacen nada de lo debido. Y si hay que decir algo de los antiguos, se dice que también los dioses son gobernados por Zeus. Sobre lo cual, si el discurso es verdadero, es evidente que también ellos prefieren esta situación, y si nadie sabe lo cierto, pero nosotros mismos, al conjeturar, hemos asumido esto sobre ellos, es señal de que todos preferimos la monarquía; pues nunca habríamos dicho que los dioses la usan si no pensáramos que supera con mucho a las demás.
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Sobre los regímenes políticos, cuánto difieren entre sí, no es posible encontrarlo ni decirlo todo; sin embargo, para el presente, se ha hablado de ellos de manera suficiente. Y que poseemos el poder de manera apropiada, el discurso es mucho más breve y más aceptado.
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¿ Quién no sabe que Teucro, el fundador de nuestro linaje, al recibir a los antepasados de los otros ciudadanos, navegó hasta aquí, fundó la ciudad para ellos y repartió la tierra, y que mi padre Evágoras, habiendo otros perdido el poder, lo recuperó de nuevo, tras soportar los mayores peligros, y lo transformó tanto que ya no son los fenicios quienes tiranizan a los salaminos, sino que aquellos de quienes era el poder, estos poseen ahora también la realeza?
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Queda, pues, exponer sobre mí mismo lo que me propuse, para que sepan que tal es quien les gobierna, quien no solo por mis antepasados, sino también por mí mismo, justamente habría sido digno de mayor honor o de uno tan grande. Pues creo que todos estarían de acuerdo en que la templanza y la justicia son los bienes más dignos de virtud.
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Pues no solo nos benefician por sí mismas, sino que si quisiéramos observar tanto las naturalezas como las capacidades y los usos de las cosas, encontraremos que las que no participan de estas ideas son causa de grandes males, mientras que las que ocurren con justicia y templanza benefician mucho la vida de los hombres. Si, pues, algunos de los que nos precedieron gozaron de buena fama por estas virtudes, considero que también a mí me corresponde obtener la misma gloria que ellos.
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La justicia, pues, la verían mejor desde aquí. Pues al recibir, cuando me establecía en el poder, el palacio vacío de dinero y todo gastado, y los asuntos llenos de confusión y necesitados de mucho cuidado, vigilancia y gasto, sabiendo que otros en tales momentos corrían a arreglar lo suyo de cualquier manera y se veían obligados a hacer muchas cosas contra su propia naturaleza, sin embargo, no fui corrompido por ninguna de estas cosas,
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sino que santa y bellamente me ocupé de los asuntos, de modo que no faltara nada de lo que era posible para que la ciudad creciera y progresara hacia la felicidad. Pues con los ciudadanos me comporté con tal suavidad que ni destierros, ni muertes, ni pérdidas de bienes, ni ninguna otra desgracia semejante ha ocurrido durante mi reinado.
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Y estando Grecia inaccesible para nosotros debido a la guerra que había ocurrido, y siendo nosotros saqueados por todas partes, resolví la mayoría de estas cosas, pagando a unos todo, a otros partes, y pidiendo a otros que se pospusieran, y reconciliándome con otros como podía sobre las reclamaciones. Además, también los que habitaban la isla se mostraban hostiles hacia nosotros, y el rey, aunque de palabra se había reconciliado, en realidad se mostraba duro,
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ambas cosas las apacigüé, sirviendo a uno con entusiasmo y mostrándome justo ante los otros. Pues estoy tan lejos de desear lo ajeno que, mientras otros, si tienen un poder un poco mayor que sus vecinos, cortan parte de la tierra y buscan sacar ventaja, yo ni siquiera acepté recibir la tierra que se me ofrecía, sino que prefiero tener solo la mía con justicia antes que adquirir con maldad una posesión muchas veces mayor que la que ya tengo.
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Y¿ qué necesidad hay de perder el tiempo diciendo una por una, sobre todo teniendo que exponer brevemente sobre mí mismo? Pues apareceré no habiendo perjudicado nunca a nadie, y habiendo hecho el bien a más ciudadanos y a otros griegos, y habiendo dado mayores dones a ambos que todos los que reinaron antes que yo. Y, sin embargo, es necesario que los que se enorgullecen de justicia y pretenden ser superiores al dinero tengan tales excesos que decir sobre sí mismos.
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Y, ciertamente, también sobre la templanza tengo cosas aún mayores que exponer. Pues sabiendo que todos los hombres valoran sobre todo a sus hijos y a sus mujeres, y que se enfadan más con los que cometen errores en esto, y que la insolencia en torno a esto es causa de los mayores males, y que muchos ya, tanto de los particulares como de los que han gobernado, han perecido por esto, de tal manera evité estas causas que, desde que recibí el reinado, no apareceré habiéndome acercado a ningún cuerpo excepto al de mi propia mujer,
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no ignorando que también aquellos gozan de buena fama ante la mayoría, los que resultan ser justos con los asuntos de los ciudadanos, pero que de otro lugar se procuraron sus placeres, sino queriendo a la vez alejarme lo más posible de tales sospechas, y a la vez establecer mi propia conducta como ejemplo para los demás ciudadanos, sabiendo que la multitud suele pasar la vida en aquellas ocupaciones en las que ven a sus gobernantes pasar el tiempo.
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Además, consideré que corresponde que los reyes sean mejores que los particulares en la medida en que también tienen mayores honores que ellos, y que hacen cosas terribles quienes obligan a los demás a vivir con decoro, pero ellos mismos no se muestran más templados que los gobernados.
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Además de esto, veía que la mayoría se volvía dueña de las otras acciones, pero que eran vencidos por los deseos en torno a los hijos, las mujeres y los mejores; quise, pues, mostrarme en esto capaz de resistir, en lo que iba a diferenciarme no solo de los demás, sino también de los que se enorgullecen de su virtud.
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Además, también condenaba mucha maldad en tales personas, quienes, habiendo tomado mujeres y hecho una unión de toda la vida, no se contentan con lo que hicieron, sino que con sus propios placeres molestan a aquellas por quienes ellos mismos no consideran justo ser molestados, y en otras uniones se muestran razonables, pero en las que tienen con sus mujeres cometen errores; a las cuales debían proteger tanto más cuanto que resultan ser más cercanas y mayores que las otras.
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Luego, sin darse cuenta, dejan dentro del palacio facciones y discordias. Y, sin embargo, los que reinan correctamente deben intentar no solo que las ciudades que gobiernan vivan en concordia, sino también sus casas privadas y los lugares en los que habitan; pues todo esto son obras de templanza y justicia.
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No tuve la misma opinión sobre la procreación que la mayoría de los reyes, ni pensé que debiera tener unos hijos de una madre más humilde y otros de una más noble, ni dejar unos bastardos y otros legítimos, sino que todos tengan la misma naturaleza y puedan referirse tanto por padre como por madre, los mortales a Evágoras el padre, los semidioses a los Eácidas, y los dioses a Zeus, y que ninguno de los nacidos de mí sea privado de esta nobleza.
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Y animándome muchos a perseverar en estas ocupaciones, no menos me animó el hecho de que veía que del valor, la habilidad y las otras cosas que gozan de buena fama participan muchos hombres malos, mientras que la justicia y la templanza son posesiones propias de los hombres nobles y buenos. Consideré, pues, que es lo más bello si alguien pudiera superar a los demás con estas virtudes, de las cuales los malos no tienen parte alguna, sino que resultan ser las más genuinas, las más firmes y dignas de los mayores elogios.
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Por estas razones, y habiendo pensado esto, cultivé la templanza más que los demás y elegí no los placeres que se basan en acciones que no tienen ningún honor, sino los que se basan en las glorias que surgen por la excelencia. Y es necesario poner a prueba las virtudes no todas en las mismas ideas, sino la justicia en las dificultades, la templanza en los poderes y la continencia en las edades más jóvenes.
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Yo, pues, apareceré en todos los momentos habiendo dado prueba de mi propia naturaleza. Habiendo quedado necesitado de dinero, me mostré tan justo que no molesté a ninguno de los ciudadanos; y habiendo recibido autoridad para hacer lo que quisiera, fui más templado que los particulares; y de ambas cosas me hice dueño teniendo esta edad en la que encontraríamos que la mayoría comete más errores en sus acciones.
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Y esto quizás dudaría en decirlo ante otros, no porque no me enorgullezca de lo realizado, sino porque no sería creído por lo que se dice; pero ustedes mismos son mis testigos de todo lo dicho; es digno, pues, elogiar y admirar a los que son moderados por naturaleza, pero aún más a los que lo son con razonamiento;
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pues los que son templados por azar y no por juicio, tal vez podrían ser persuadidos de lo contrario; pero los que, además de serlo por naturaleza, han juzgado que la virtud es el mayor de los bienes, es evidente que permanecerán en este orden durante toda la vida. Por esto hice más largos los discursos tanto sobre mí mismo como sobre los demás temas mencionados, para no dejar ninguna excusa de que no deben hacer lo que yo aconseje y ordene de manera voluntaria y entusiasta.
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Digo que cada uno de ustedes debe hacer aquello en lo que está al frente, con cuidado y justicia; pues en cualquiera de estas cosas que falten, es necesario que los asuntos vayan mal. No desprecien ni menosprecien nada de lo ordenado, suponiendo que no es por eso, sino que, por cada una de las partes, el conjunto estará bien o mal,
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así esfuércense en ello. Cuiden de mis asuntos no menos que de los suyos propios, y no consideren que es un pequeño bien los honores que tienen los que administran bien lo nuestro. Absténganse de lo ajeno, para que posean con más seguridad sus propias casas. Deben ser con los demás como quieren que yo sea con ustedes.
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No se apresuren a enriquecerse más que a parecer hombres nobles, sabiendo que tanto entre los griegos como entre los bárbaros, los que tienen las mayores glorias por su virtud se convierten en dueños de la mayoría de los bienes. Consideren que las ganancias que se obtienen contra la justicia no serán riqueza, sino peligro. No consideren que recibir es ganancia y gastar es pérdida; pues ninguna de estas cosas tiene siempre la misma fuerza, sino que cualquiera que ocurra en el momento oportuno y con virtud, esto beneficia a quienes lo hacen.
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No se sientan molestos por ninguna de las cosas que yo ordeno; pues cuantos de ustedes se muestren útiles en la mayoría de mis asuntos, estos beneficiarán más a sus propias casas. Lo que cada uno de ustedes sepa en su conciencia, considere que no me pasará inadvertido, sino que, aunque el cuerpo no esté presente, piense que mi mente está presente en lo que ocurre; pues teniendo esta opinión, deliberarán con más templanza sobre todo.
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No oculten nada de lo que poseen, ni de lo que hacen, ni de lo que van a hacer, sabiendo que sobre las cosas ocultas es necesario que surjan muchos temores. No busquen gobernar de manera técnica ni oculta, sino tan simple y abiertamente que ni siquiera si alguien quisiera le sea fácil calumniarlos. Pongan a prueba las acciones, y consideren malas aquellas que, al hacerlas, quieren que yo no me entere, y buenas aquellas sobre las cuales yo, al enterarme, voy a considerarlos mejores.
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No guarden silencio si ven a algunos siendo malos respecto a mi poder, sino refútenlos, y consideren que los que ocultan son dignos del mismo castigo que los que cometen errores. Consideren que son afortunados no los que pasan inadvertidos si hacen algún mal, sino los que no cometen ningún error; pues es natural que aquellos sufran tales cosas como las que ellos mismos hacen, y que estos reciban la gratitud de la que son dignos.
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No formen asociaciones ni reuniones sin mi conocimiento; pues tales agrupaciones en los otros regímenes sacan ventaja, pero en las monarquías corren peligro. No solo se abstengan de los errores, sino también de las ocupaciones tales en las que es necesario que surja sospecha. Consideren que mi amistad es la más segura y firme. Preserven la situación actual,
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y no deseen ningún cambio, sabiendo que debido a las turbulencias es necesario que las ciudades perezcan y las casas privadas sean devastadas. No consideren que solo las naturalezas son causa de que los tiranos sean duros o suaves, sino también la conducta de los ciudadanos; pues muchos ya, debido a la maldad de los gobernados, se vieron obligados a gobernar más duramente de lo que era su propia intención.
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No se sientan seguros más por mi suavidad que por su propia virtud. Consideren que mi seguridad es su propia tranquilidad; pues si las cosas en torno a mí están bien establecidas, de la misma manera estarán las cosas en torno a ustedes. Deben ser humildes ante mi poder, permaneciendo en las costumbres y preservando las leyes reales, pero brillantes en las liturgias por la ciudad y en las otras cosas que yo ordene.
57
Exhorten a los más jóvenes a la virtud no solo aconsejando, sino también mostrando en las acciones cómo deben ser los hombres buenos. Enseñen a sus propios hijos a obedecer, y acostúmbrenlos a pasar el mayor tiempo posible en la educación mencionada; pues si aprenden a ser bien gobernados, podrán gobernar a muchos, y siendo fieles y justos participarán de nuestros bienes, pero si se vuelven malos, correrán peligro sobre lo que poseen.
58
Consideren que entregarán a sus hijos la mayor y más firme riqueza si pueden dejarles nuestra benevolencia. Consideren que son los más miserables y desafortunados aquellos que se han vuelto infieles con quienes confían en ellos; pues es necesario que tales personas pasen el tiempo restante desanimados, temiendo todo y no confiando más en los amigos que en los enemigos.
59
No envidien a los que poseen más, sino a los que no tienen conciencia de ningún mal contra sí mismos; pues con tal alma uno podría pasar la vida más dulcemente. No piensen que la maldad puede beneficiar más que la virtud, pero que el nombre es más difícil de llevar, sino que, tal como cada una de las cosas ha recibido su nombre, consideren que tales son también sus capacidades.
60
No envidien a los que ocupan los primeros lugares ante mí, sino compitan, e intenten igualarse a los que sobresalen mostrándose ustedes mismos nobles. Piensen que deben amar y honrar a quienes también el rey honra, para que también de mí obtengan estas mismas cosas. Lo que dicen estando yo presente, piénsenlo también estando yo ausente.
61
Demuestren la benevolencia hacia nosotros más en las acciones que en las palabras. Lo que, al sufrirlo de otros, les enfada, no se lo hagan a los demás. Sobre lo que critiquen en los discursos, no practiquen nada de eso en las acciones. Esperen hacer tales cosas como las que piensen sobre nosotros. No solo elogien a los buenos, sino también imítenlos.
62
Considerando que mis discursos son leyes, intenten perseverar en ellos, sabiendo que a quienes de ustedes más hagan lo que yo quiero, más rápidamente les será posible vivir como ellos mismos quieren. Y el resumen de lo dicho: tal como piensan que deben ser con ustedes los que son gobernados por ustedes, tales deben ser ustedes con mi poder.
63
Y si hacen esto,¿ qué necesidad hay de hablar mucho sobre lo que sucederá? Pues si yo me muestro tal como en el tiempo pasado, y se sirve de parte de ustedes, verán rápidamente que su propia vida ha progresado, mi poder ha crecido y la ciudad se ha vuelto feliz.
64
Es digno, pues, por tales bienes no faltar a nada, sino soportar cualquier esfuerzo y peligro; y a ustedes les es posible, sin haber sufrido, sino siendo solo fieles y justos, lograr todo esto.