On the Peace
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Original / primary: Spanish Gemini
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Todos los que suben a esta tribuna suelen afirmar que los asuntos sobre los que van a aconsejar son los más importantes y los que más merecen el interés de la ciudad; sin embargo, aunque hubiera sido apropiado decir tales cosas sobre otros asuntos, me parece que conviene comenzar por ahí también respecto a los temas presentes.
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Pues hemos venido a deliberar sobre la guerra y la paz, que tienen la mayor influencia en la vida de los hombres y sobre las cuales es necesario que quienes deliberan correctamente actúen mejor que los demás. Tal es, pues, la magnitud de los asuntos sobre los que nos hemos reunido.
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Veo que no escucháis a los oradores con la misma disposición, sino que prestáis atención a unos, mientras que a otros no soportáis ni oírles la voz. Y no hacéis nada extraño, pues también en otras ocasiones soléis expulsar a todos los demás, excepto a quienes secundan vuestros deseos.
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Lo cual es algo por lo que uno podría censuraros justamente, pues, sabiendo que muchas y grandes casas han sido arruinadas por los aduladores, y odiando en vuestra vida privada a quienes poseen este arte, no os comportáis de la misma manera con ellos en los asuntos públicos; al contrario, mientras criticáis a quienes los aceptan y se complacen en tales personas, vosotros mismos parecéis confiar más en ellos que en los demás ciudadanos.
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Y es que habéis hecho que los oradores practiquen y filosofen no sobre lo que será beneficioso para la ciudad, sino sobre cómo decir palabras que os agraden. Hacia ellos es hacia donde ahora ha fluido la multitud. Pues para todos era evidente que os complaceríais más con quienes os incitan a la guerra que con quienes aconsejan sobre la paz.
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Porque unos crean la expectativa de que recuperaremos las posesiones en las ciudades y volveremos a adquirir el poder que antes teníamos; los otros, en cambio, no prometen nada semejante, sino que dicen que hay que mantener la calma y no desear grandes cosas contra la justicia, sino contentarse con lo presente, lo cual es lo más difícil de todo para la mayoría de los hombres.
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Pues estamos tan apegados a las esperanzas y somos tan insaciables ante las supuestas ventajas, que ni siquiera quienes poseen las mayores riquezas desean quedarse con ellas, sino que, siempre anhelando más, ponen en riesgo lo que ya tienen. Lo cual es motivo para temer que también ahora nosotros caigamos en estas insensateces.
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Pues me parece que algunos se han lanzado a la guerra con demasiada precipitación, como si no hubieran escuchado a oradores cualesquiera, sino a los dioses, que les aseguran que todo saldrá bien y que dominaremos fácilmente a los enemigos. Pero quienes tienen juicio no deben deliberar sobre lo que ya saben( pues sería superfluo), sino actuar según lo que han decidido; y sobre aquello que deliberan, no deben creer que conocen el resultado, sino que, usando la opinión, deben reflexionar sobre ello como quienes ignoran lo que sucederá.
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Vosotros no hacéis ni lo uno ni lo otro, sino que os comportáis de la manera más confusa posible. Pues os habéis reunido como si fuera vuestro deber elegir lo mejor de todo lo que se ha dicho, pero, como si ya supierais claramente qué es lo que hay que hacer, no queréis escuchar más que a quienes hablan para vuestro placer. Y, sin embargo, os correspondería,
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si realmente quisierais buscar lo que es conveniente para la ciudad, prestar más atención a quienes se oponen a vuestras opiniones que a quienes os halagan, sabiendo que de los que suben aquí, los que dicen lo que queréis oír pueden engañaros fácilmente( pues lo que se dice para complacer oscurece vuestra capacidad de ver lo mejor), mientras que de quienes no aconsejan para vuestro placer no podríais sufrir tal cosa; pues no hay forma de que pudieran persuadiros,
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sin haber hecho evidente lo que es conveniente. Además de esto,¿ cómo podrían los hombres ser capaces de juzgar bien sobre lo sucedido o deliberar sobre lo que está por venir, si no examinan los argumentos de los que se oponen unos frente a otros, y se ofrecen ellos mismos como oyentes imparciales para ambos?
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Me asombro tanto de los mayores, si ya no recuerdan, como de los más jóvenes, si no han oído hablar de ello, que por causa de quienes aconsejan mantener la paz nunca hemos sufrido ningún mal, mientras que por causa de quienes eligen fácilmente la guerra hemos caído ya en muchas y grandes desgracias. De las cuales nosotros no hacemos mención, sino que estamos dispuestos, sin mirar hacia adelante, a equipar trirremes, a hacer contribuciones de dinero, a ayudar y a hacer la guerra a quien sea, como si estuviéramos arriesgando una ciudad ajena. Y la causa de esto es,
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que, aunque os correspondería esforzaros por los asuntos públicos igual que por los privados, no tenéis la misma opinión sobre ellos; pues cuando deliberáis sobre vuestros asuntos privados, buscáis consejeros que piensan mejor que vosotros mismos, pero cuando os reunís en asamblea por la ciudad, desconfiáis de tales personas y les tenéis envidia, mientras que a los más viles de los que suben a la tribuna los fomentáis, y consideráis que son más democráticos los que están ebrios que los sobrios, los que no tienen juicio que los que piensan bien, y los que reparten los bienes de la ciudad que los que contribuyen a vuestras necesidades desde su propio patrimonio. Así que es motivo de asombro si alguien espera que la ciudad, usando tales consejeros, progrese hacia lo mejor.
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Yo sé bien que es difícil oponerse a vuestras ideas y que, existiendo una democracia, no hay libertad de expresión, excepto aquí para los más insensatos y los que no se preocupan nada por vosotros, y en el teatro para los maestros de comedias; lo cual es lo más terrible de todo, que a quienes divulgan ante los demás griegos los errores de la ciudad les tenéis tanta gratitud como ni siquiera a quienes hacen el bien, mientras que hacia quienes os reprenden y aconsejan os comportáis con tanta hostilidad como hacia quienes causan algún mal a la ciudad.
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Sin embargo, aun existiendo esto, no desistiría de lo que he pensado. Pues he subido no para complaceros ni para buscar un voto, sino para exponer lo que pienso, primero sobre lo que los pritanos han propuesto, y luego sobre los demás asuntos de la ciudad; pues no habrá ninguna utilidad en lo que se decida ahora sobre la paz, si no deliberamos correctamente también sobre lo restante.
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Digo, pues, que hay que hacer la paz no solo con los de Quíos, Rodas, Bizancio y Cos, sino con todos los hombres, y utilizar los tratados no los que algunos han escrito ahora, sino los que se hicieron con el Rey y los lacedemonios, que ordenan que los griegos sean autónomos, que las guarniciones salgan de las ciudades ajenas y que cada uno posea lo suyo. Pues no encontraremos tratados más justos ni más convenientes para la ciudad.
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Si dejara el discurso aquí, sé que parecerá que disminuyo a la ciudad, si los tebanos van a poseer Tespias, Platea y las otras ciudades que han ocupado contra los juramentos, y nosotros salimos sin que haya ninguna necesidad de lo que poseemos; pero si me escucháis hasta el final prestando atención, creo que todos vosotros condenaréis la gran insensatez y locura de quienes consideran que la injusticia es una ventaja, y de quienes ocupan por la fuerza ciudades ajenas, y no calculan las desgracias que surgen de tales actos.
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Esto, pues, intentaremos enseñaros a lo largo de todo el discurso, pero hablemos primero de la paz y consideremos qué querríamos que nos sucediera en el presente. Pues si definimos esto bien y con juicio, mirando hacia este objetivo, deliberaremos mejor también sobre los demás asuntos.
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¿ Nos bastaría, pues, si habitáramos la ciudad con seguridad, si nos volviéramos más prósperos en nuestra vida, si estuviéramos de acuerdo entre nosotros y si gozáramos de buena reputación entre los griegos? Yo, por mi parte, creo que, si esto se cumpliera, la ciudad sería perfectamente feliz. La guerra, pues, nos ha privado de todo lo dicho; pues nos ha hecho más pobres, nos ha obligado a soportar muchos peligros, nos ha difamado ante los griegos y nos ha atormentado de todas las maneras.
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Si hacemos la paz y nos mostramos tales como los tratados comunes ordenan, habitaremos la ciudad con mucha seguridad, libres de las guerras, los peligros y la confusión en la que ahora nos hemos sumido unos contra otros, y cada día progresaremos hacia la prosperidad, descansados de las contribuciones, de las trierarquías y de las demás liturgias relacionadas con la guerra, cultivando la tierra sin miedo, navegando por el mar y emprendiendo las otras actividades que ahora, debido a la guerra, han desaparecido.
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Veremos a la ciudad recibiendo ingresos el doble que ahora, y llenándose de mercaderes, extranjeros y metecos, de los cuales ahora se ha quedado desierta. Y lo más importante, tendremos como aliados a todos los hombres, no forzados sino convencidos, no a quienes nos aceptan en los momentos de seguridad por nuestro poder, pero que nos abandonarán en los peligros, sino a quienes se comportan como deben hacerlo los que son verdaderos aliados y amigos.
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Además de esto, lo que ahora no podemos recuperar mediante la guerra y mucho gasto, lo recuperaremos fácilmente mediante la diplomacia. Pues no penséis que ni Cersobleptes hará la guerra por el Quersoneso, ni Filipo por Anfípolis, cuando vean que no deseamos nada de lo ajeno. Pues ahora, con razón, temen que la ciudad se convierta en vecina de sus propios dominios,
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pues ven que no nos contentamos con lo que tenemos, sino que siempre anhelamos más; pero si cambiamos nuestra conducta y adquirimos una mejor reputación, no solo se alejarán de lo nuestro, sino que incluso nos ofrecerán parte de lo suyo; pues les será rentable, al cultivar el poder de la ciudad, mantener a salvo sus propios reinos.
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Y, en efecto, nos será posible recortar de Tracia tanta tierra que no solo nosotros tengamos en abundancia, sino que también podamos proporcionar una vida suficiente a los griegos que lo necesiten y que vagan por necesidad. Pues donde Atenodoro y Calístrato, siendo uno un particular y el otro un exiliado, han sido capaces de fundar ciudades,¿ cómo no vamos a poder nosotros, si queremos, ocupar muchos lugares semejantes? Y quienes aspiran a ser los primeros entre los griegos deben ser líderes de tales obras mucho más que de la guerra y de ejércitos mercenarios, que es lo que ahora deseamos.
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Sobre lo que los embajadores prometen, esto es suficiente, y quizás uno podría añadir mucho más; pero creo que debemos no solo votar la paz al salir de la asamblea, sino también deliberar sobre cómo la mantendremos, y no hacer lo que solemos, que tras dejar pasar poco tiempo volvemos a caer en las mismas confusiones, y no encontraremos un aplazamiento, sino una liberación de los males presentes.
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Nada de esto es posible que suceda antes de que os convenzáis de que la tranquilidad es más útil y lucrativa que la hiperactividad, la justicia que la injusticia, y el cuidado de los asuntos propios que el deseo de los ajenos. Sobre lo cual ninguno de los oradores se ha atrevido nunca a hablar ante vosotros; yo, en cambio, voy a dirigir la mayor parte de mis palabras a vosotros sobre estos mismos temas; pues veo que la felicidad reside en esto, y no en lo que ahora estamos haciendo.
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Es necesario que quien intenta hablar ante el pueblo fuera de lo acostumbrado y desea cambiar vuestras opiniones, aborde muchos asuntos y haga discursos más largos, y recuerde unas cosas, critique otras, alabe otras y aconseje sobre otras; pues difícilmente podría alguien, a partir de todo esto, llevaros a pensar mejor.
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Pues es así. Me parece que todos desean lo conveniente y tener más que los demás, pero no conocen las acciones que conducen a esto, sino que difieren entre sí en sus opiniones; pues unos creen tener las que son adecuadas y capaces de alcanzar lo necesario, mientras que otros se equivocan lo más posible respecto a lo conveniente.
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Lo cual también le ha sucedido a la ciudad. Pues creemos que, si navegamos por el mar con muchos trirremes y obligamos a las ciudades a pagar contribuciones, estaremos haciendo lo necesario; pero nos hemos alejado muchísimo de la verdad. Pues de lo que esperábamos, nada ha sucedido, y de ello nos han resultado enemistades, guerras y grandes gastos,
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con razón; pues también anteriormente, por tal hiperactividad, caímos en los peligros extremos, y por hacer a la ciudad justa, ayudar a los que sufren injusticia y no desear lo ajeno, recibimos la hegemonía de los griegos que la daban voluntariamente; la cual ahora, insensatamente y con demasiada ligereza, despreciamos desde hace mucho tiempo.
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Pues algunos han llegado a tal punto de insensatez que han supuesto que la injusticia es vergonzosa, pero lucrativa y conveniente para la vida cotidiana, y que la justicia es honorable, pero inútil y más capaz de beneficiar a los demás que a quienes la poseen,
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ignorando malamente que ni para la ganancia, ni para la reputación, ni para lo que hay que hacer, ni en general para la felicidad, nada podría contribuir con tanta fuerza como la virtud y sus partes. Pues con los bienes que tenemos en el alma, con ellos adquirimos también las otras ventajas que necesitamos; de modo que quienes descuidan su propia inteligencia no se han dado cuenta de que, al mismo tiempo, desprecian el pensar mejor y el actuar mejor que los demás.
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Me asombro de si alguien piensa que quienes practican la piedad y la justicia perseveran y permanecen en ello esperando tener menos que los malvados, y no creyendo que ante los dioses y ante los hombres obtendrán más que los demás. Yo, por mi parte, estoy convencido de que estos son los únicos que obtienen más de lo que deben, mientras que los otros obtienen más de lo que no es mejor.
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Pues veo que quienes prefieren la injusticia y consideran que tomar algo de lo ajeno es el mayor bien, sufren lo mismo que los animales atraídos por un cebo, y al principio disfrutan de lo que toman, pero poco después se encuentran en los mayores males, mientras que quienes viven con piedad y justicia pasan los tiempos presentes con seguridad y tienen esperanzas más dulces sobre toda la eternidad.
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Y esto, si no suele suceder así en todos los casos, al menos en la mayoría ocurre de esta manera. Y quienes piensan bien, puesto que no vemos siempre lo que será beneficioso, deben mostrar que prefieren lo que a menudo es útil. Pero lo más irracional de todo lo han sufrido quienes consideran que la justicia es una ocupación más bella y más grata a los dioses que la injusticia, pero creen que vivirán peor quienes la practican que quienes han elegido la maldad.
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Hubiera querido que, así como es fácil alabar la virtud, fuera tan fácil persuadir a los oyentes de que la practiquen; pero ahora temo que digo tales cosas en vano. Pues hemos estado corrompidos desde hace mucho tiempo por hombres que no son capaces de otra cosa que de engañar, quienes han despreciado tanto a la multitud que, cuando quieren declarar la guerra a alguien, ellos mismos, recibiendo dinero, se atreven a decir que hay que imitar a los antepasados, y no permitir que nosotros mismos seamos objeto de burla ni que naveguen por el mar quienes no quieren pagarnos las contribuciones.
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Con gusto les preguntaría, pues, a quiénes de los antepasados nos ordenan que nos parezcamos,¿ a los que vivieron durante las guerras médicas, o a los que administraron la ciudad antes de la guerra de Decelia? Pues si a estos últimos, no hacen más que aconsejarnos que volvamos a arriesgarnos a la esclavitud;
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pero si a los que vencieron a los bárbaros en Maratón y a los que vivieron antes de ellos,¿ cómo no son los más desvergonzados de todos, si alabando a los que entonces gobernaban nos persuaden a hacer lo contrario que ellos, y a cometer tales errores sobre los que me pregunto qué haré, si usaré la verdad como sobre los demás, o si guardaré silencio, temiendo la hostilidad hacia vosotros? Pues me parece mejor hablar sobre ellos, pero veo que os comportáis con más dureza hacia quienes os reprenden que hacia quienes han sido los causantes de los males. Sin embargo, me avergonzaría,
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si pareciera que me preocupo más por mi propia reputación que por la salvación común. Es, pues, mi deber, y el de los demás que se preocupan por la ciudad, elegir no los discursos más agradables, sino los más útiles; y vosotros debéis saber primero esto, que para las enfermedades del cuerpo los médicos han encontrado muchas y variadas curas, pero para las almas que ignoran y están llenas de malos deseos no hay otro remedio que el discurso que se atreve a reprender a quienes cometen errores,
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y luego, que es ridículo soportar las cauterizaciones y las incisiones de los médicos para librarnos de mayores dolores, pero rechazar los discursos antes de saber claramente si tienen tal fuerza como para beneficiar a quienes los escuchan.
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Y por esto dije esto, porque sobre lo restante, sin contenerme en nada, sino de manera totalmente abierta, voy a dirigir mis palabras a vosotros. Pues,¿ quién, viniendo de fuera y no corrompido todavía con nosotros, sino presentándose de repente ante lo que sucede, no pensaría que estamos locos y fuera de juicio, nosotros que nos enorgullecemos de las obras de los antepasados y consideramos digno alabar a la ciudad por lo que entonces se hizo, pero no hacemos nada de lo mismo que ellos,
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sino todo lo contrario? Pues ellos continuaron luchando contra los bárbaros en favor de los griegos, y nosotros, habiendo expulsado de allí a quienes se procuraban la vida desde Asia, los hemos traído contra los griegos; y aquellos, liberando a las ciudades griegas y ayudándolas, fueron considerados dignos de la hegemonía, y nosotros, esclavizando y haciendo lo contrario a lo que entonces se hacía, nos indignamos si no tenemos el mismo honor que ellos,
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nosotros que hemos quedado tan atrás, tanto en las obras como en las ideas, de los que vivieron en aquel tiempo, cuanto que ellos, en favor de la salvación de los griegos, se atrevieron a abandonar su propia patria, y luchando y combatiendo en el mar vencieron a los bárbaros, y nosotros ni siquiera por nuestra propia ventaja nos consideramos dignos de arriesgarnos, sino que buscamos mandar sobre todos,
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pero no queremos hacer campaña, y emprendemos una guerra casi contra todos los hombres, pero para ella no nos entrenamos a nosotros mismos, sino a hombres que son unos apátridas, otros desertores y otros que han fluido de otras fechorías, a quienes, cuando alguien les da más paga, seguirán a aquellos contra nosotros.
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Pero, sin embargo, los amamos tanto que, en favor de nuestros propios hijos, si cometieran algún error contra alguien, no querríamos rendir cuentas, pero en favor del robo, la violencia y la ilegalidad de aquellos, cuando las acusaciones están a punto de recaer sobre nosotros, no solo no nos indignamos, sino que incluso nos alegramos cuando escuchamos que han perpetrado algo semejante.
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Hemos llegado a tal punto de estupidez que nosotros mismos estamos necesitados de lo cotidiano, pero hemos emprendido la tarea de mantener mercenarios, y maltratamos y cobramos tributos a nuestros propios aliados, para proporcionar la paga a los enemigos comunes de todos los hombres.
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Y somos tan inferiores a los antepasados, no solo a los que gozaron de buena reputación sino también a los que fueron odiados, que ellos, si votaban hacer la guerra a alguien, estando la acrópolis llena de plata y oro, aun así pensaban que debían arriesgarse con sus propios cuerpos por lo que habían decidido, y nosotros, habiendo llegado a tal escasez y siendo tantos en número, como el gran rey, usamos ejércitos de mercenarios.
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Y entonces, si equipaban trirremes, embarcaban a los extranjeros y a los esclavos como marineros, pero enviaban a los ciudadanos con armas; ahora, en cambio, usamos a los extranjeros como hoplitas, y obligamos a los ciudadanos a remar, de modo que cuando desembarcan en tierra de los enemigos, los que se consideran dignos de mandar sobre los griegos desembarcan llevando el equipo de sirvientes, y los que son de tal naturaleza como la que describí hace poco, se arriesgan con armas.
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Pero,¿ acaso alguien, al ver que los asuntos de la ciudad se administran bien, podría tener confianza sobre los demás, y no indignarse sobre todo por estos mismos hechos? Nosotros, que decimos ser autóctonos y que esta ciudad fue fundada antes que las demás, y a quienes correspondería ser para todos un ejemplo de cómo gobernar bien y ordenadamente, administramos la nuestra peor y más confusamente que los que apenas están fundando ciudades,
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y nos vanagloriamos y nos sentimos orgullosos de haber nacido mejores que los demás, pero repartimos esta nobleza con tanta facilidad a quienes lo desean como los tribalos y leucanos la suya; y, estableciendo muchísimas leyes, nos preocupamos tan poco de ellas, pues al escuchar una sola cosa conoceréis también sobre las demás, que, existiendo la pena de muerte si alguien es sorprendido sobornando, elegimos como estrategas a los que hacen esto de la manera más evidente, y al que ha sido capaz de corromper a la mayoría de los ciudadanos, a este lo ponemos al frente de los asuntos más importantes;
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y esforzándonos por la constitución no menos que por la salvación de toda la ciudad, y sabiendo que la democracia crece y permanece en los tiempos de tranquilidad y seguridad, pero que en las guerras ha sido disuelta ya dos veces, nos comportamos con dureza hacia quienes desean la paz como si fueran oligárquicos, y consideramos que los que hacen la guerra son benevolentes como si se preocuparan por la democracia;
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y siendo muy experimentados en palabras y hechos, nos comportamos tan irracionalmente que sobre los mismos asuntos en el mismo día no pensamos lo mismo, sino que lo que criticamos antes de subir a la asamblea, eso votamos al reunirnos, y no dejando pasar mucho tiempo, cuando nos vamos, volvemos a criticar lo que se votó aquí; y pretendiendo ser los más sabios de los griegos, usamos tales consejeros que no hay nadie que no los despreciaría, y ponemos a estos mismos como señores de todos los asuntos públicos, a quienes nadie confiaría ninguno de sus asuntos privados.
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Y lo que es más indignante de todo: a quienes admitiríamos que son los más viles de los ciudadanos, a estos los consideramos los guardianes más fieles de la constitución; y pensamos que los metecos son tales como los protectores que ellos eligen, pero nosotros mismos no pensamos que recibiremos la misma reputación que los que están al frente de nosotros.
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Y diferimos tanto de los antepasados, que ellos hacían a los mismos protectores de la ciudad y los elegían estrategas, pensando que quien es capaz de aconsejar lo mejor desde la tribuna, ese mismo podría deliberar mejor también estando por su cuenta, mientras que nosotros hacemos lo contrario;
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pues a quienes usamos como consejeros sobre los asuntos más importantes, a estos no consideramos dignos de elegirlos estrategas por no tener juicio, y a quienes nadie consultaría ni sobre sus asuntos privados ni sobre los públicos, a estos los enviamos con plenos poderes como si allí fueran a ser más sabios y a deliberar más fácilmente sobre los asuntos griegos que sobre los propuestos aquí.
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Digo esto no contra todos, sino contra los que son culpables de lo que se dice. Y me faltaría el resto del día si intentara examinar todas las faltas que se han producido en los asuntos.
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Quizás, pues, alguno de los que son muy culpables de lo que se dice, indignado, preguntaría:“¿ Cómo, si deliberamos tan mal, nos salvamos y poseemos un poder no menor que el de ninguna otra ciudad?”. Y yo respondería a esto que tenemos a los rivales que no piensan mejor que nosotros.
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Pues si después de la batalla en la que los tebanos vencieron a los lacedemonios, ellos hubieran liberado el Peloponeso y hecho autónomos a los demás griegos y hubieran mantenido la calma, y nosotros hubiéramos cometido tales errores, ni este habría podido hacer esta pregunta, y nosotros habríamos conocido cuánto mejor es ser sensato que ser hiperactivo.
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Pero ahora los asuntos han llegado a tal punto que los tebanos nos salvan a nosotros, y nosotros a los tebanos, y ellos nos hacen aliados a nosotros, y nosotros a ellos. De modo que, si tuviéramos juicio, nos daríamos dinero unos a otros para las asambleas; pues quienes más veces se reúnan, estos hacen que los contrarios actúen mejor.
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Y quienes son capaces de calcular incluso pequeñas cosas no deben tener las esperanzas de salvación en los errores de los enemigos, sino en sus propios asuntos y en sus propias ideas; pues el bien que nos sucede por la ignorancia de aquellos podría cesar y cambiar, mientras que lo que sucede por nosotros mismos sería más firme y permanecería más tiempo con nosotros.
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Contra quienes hacen críticas a la ligera no es difícil replicar; pero si alguien, acercándose a mí, de los que se comportan con más moderación, admitiera que digo la verdad y que censuro adecuadamente lo que sucede, pero dijera que es justo que quienes aconsejan con benevolencia no solo critiquen lo que se ha hecho,
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sino también aconsejen de qué absteniéndose y qué anhelando dejaríamos de tener esta opinión y cometer tales errores, este discurso me haría dudar de una respuesta, no verdadera y útil, sino que os agrade. Sin embargo, puesto que me he lanzado a hablar abiertamente, no hay que dudar en exponer también sobre esto.
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Lo que debe haber en quienes van a ser felices, la piedad, la sensatez, la justicia y la otra virtud, lo hemos dicho hace poco; y cómo aprenderíamos lo más rápido posible a ser tales, es verdad lo que se va a decir, pero quizás a vosotros, al escucharlo, os parecerá terrible y muy alejado de la opinión de los demás.
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Pues yo creo que habitaremos mejor la ciudad, que seremos mejores nosotros mismos y que progresaremos en todas las acciones, si dejamos de desear el mando por mar. Pues esta es la que ahora nos sume en la confusión, la que disolvió aquella democracia con la que los antepasados, viviendo, eran los más felices de los griegos, y es la causa de casi todos los males que nosotros mismos tenemos y que proporcionamos a los demás.
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Sé, pues, que es difícil, al criticar un poder deseado por todos y por el que se lucha, parecer que se dice algo tolerable; pero, sin embargo, puesto que habéis soportado también los otros discursos, que son verdaderos pero hostiles, pido que soportéis también este,
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y no me condenéis a tal locura, como si yo hubiera elegido hablar ante vosotros sobre asuntos tan paradójicos, si no tuviera algo verdadero que decir sobre ellos. Ahora, en cambio, creo que haré evidente a todos que no deseamos un mando justo, ni posible, ni conveniente para nosotros.
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Que no es un mando justo, habiéndolo aprendido de vosotros, puedo enseñaros. Pues cuando los lacedemonios tenían este poder,¿ qué argumentos no agotamos criticando el mando de aquellos y exponiendo cómo es justo que los griegos sean autónomos?
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¿ A cuáles de las ciudades ilustres no llamamos a la alianza que se formó en favor de esto?¿ Cuántas embajadas enviamos al gran rey para enseñarle que no es justo ni conveniente que una sola ciudad sea señora de los griegos? Y no dejamos de luchar y arriesgarnos por tierra y por mar hasta que los lacedemonios quisieron hacer los tratados sobre la autonomía.
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Que no es justo que los más fuertes manden sobre los más débiles, lo reconocimos en aquellos tiempos y ahora, bajo la constitución establecida entre nosotros; y que tampoco podríamos establecer este mando, creo que lo mostraré rápidamente. Pues el que no fuimos capaces de preservar con diez mil talentos,¿ cómo podríamos adquirirlo desde la escasez presente, y más aún usando costumbres no con las que lo recibimos, sino con las que lo perdimos?
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Que tampoco conviene a la ciudad aceptarlo si se le da, me parece que lo aprenderíais muy rápidamente desde ahí. O mejor aún, quiero decir algunas cosas antes sobre esto; pues temo que, por criticar a muchos, parezca que he elegido criticar a la ciudad.
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Yo, si intentara exponer sobre los asuntos así ante otros, tendría con razón esta acusación; pero ahora dirijo mis palabras a vosotros, no deseando difamar a otros, sino queriendo que vosotros mismos dejéis tales obras, y que la paz, sobre la que trata todo el discurso, conduzca firmemente tanto a la ciudad como a los demás griegos.
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Es necesario que quienes aconsejan y quienes critican usen discursos parecidos, pero que tengan las intenciones lo más opuestas posible entre sí. De modo que sobre quienes dicen lo mismo no siempre os corresponde tener la misma opinión, sino odiar a quienes insultan para causar daño como si fueran malintencionados hacia la ciudad, y alabar a quienes aconsejan para beneficiar y considerarlos los mejores de los ciudadanos.
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Y, de entre estos mismos, sobre todo a aquel que sea capaz de exponer con la mayor claridad las acciones malvadas y las desgracias que de ellas se derivan; pues este sería quien más rápidamente lograría que ustedes, al aborrecer lo que deben, deseen cosas mejores. Esto es lo que tengo que decirles respecto a la aspereza de mis palabras, tanto de las ya expuestas como de las que están por decirse; y retomaré el hilo desde donde lo dejé.
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Pues afirmaba que desde ahí podrían comprender mejor que no es conveniente obtener el dominio marítimo, si consideran cómo estaba la ciudad antes de adquirir ese poder y cómo después de haberlo obtenido; pues si examinan estas cosas comparándolas en su mente, conocerán de cuántos males ha sido causa para la ciudad.
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La constitución de entonces era, pues, tanto mejor y superior a la establecida después, cuanto que Arístides, Temístocles y Milcíades eran hombres mejores que Hipérbolo, Cleofonte y los que ahora se dedican a la oratoria política; y encontrarán que el pueblo que entonces participaba en la política no estaba lleno de ociosidad, ni de carencias, ni de esperanzas vanas,
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sino que era capaz de vencer en las batallas a todos los que invadían el territorio, que era considerado digno de honores en los peligros por Grecia y que gozaba de tal confianza que la mayoría de las ciudades se le entregaron voluntariamente.
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Existiendo esto, este poder nos condujo, en lugar de la constitución que gozaba de buena fama ante todos, a tal desenfreno que nadie podría elogiar; y en lugar de vencer a los que nos atacaban, educó a los ciudadanos de tal modo que ni siquiera se atrevían a salir ante los enemigos frente a las murallas;
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y en lugar de la benevolencia que tenían por parte de los aliados y de la gloria que gozaban ante los demás griegos, nos llevó a tal odio que la ciudad estuvo a punto de ser esclavizada, si no hubiéramos encontrado a los lacedemonios, que desde el principio nos hacían la guerra, más benévolos que quienes antes eran nuestros aliados.
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A quienes no podríamos reprochar justamente que se hayan mostrado hostiles hacia nosotros; pues no por iniciativa propia, sino defendiéndose y habiendo sufrido muchas y terribles cosas, tuvieron tal opinión sobre nosotros.¿ Quién, en efecto, habría soportado el desenfreno de nuestros padres, quienes, tras reunir de toda Grecia a los más ociosos y a los que participaban de todas las maldades, llenando con ellos los trirremes, se ganaron la enemistad de los griegos, expulsando a los mejores de las otras ciudades y repartiendo los bienes de aquellos entre los más malvados de los griegos?
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Pero, en verdad, si me atreviera a exponer con precisión lo que ocurrió en aquellos tiempos, tal vez lograría que ustedes deliberaran mejor sobre el presente, pero yo mismo sería difamado; pues están acostumbrados a odiar no tanto a los responsables de los errores como a quienes los denuncian.
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Teniendo ustedes tal opinión, temo que, al intentar hacerles un bien, yo mismo sufra algún daño. Sin embargo, no desistiré por completo de lo que me propuse, sino que omitiré lo más amargo y lo que más podría dolerles, y mencionaré solo aquello por lo cual conocerán la insensatez de quienes entonces gobernaban.
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Pues descubrieron con tal precisión de qué manera los hombres podrían ser más odiados, que decretaron que el dinero sobrante de los tributos, dividido en talentos, fuera llevado a la orquesta durante las Dionisias cuando el teatro estuviera lleno; y esto hacían, y hacían desfilar a los hijos de los que habían muerto en la guerra, mostrando a ambos: a los aliados, los honores de sus bienes siendo aportados por mercenarios, y a los demás griegos, la multitud de huérfanos y las desgracias que se derivaban de esta codicia.
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Y al hacer esto, ellos mismos felicitaban a la ciudad, y muchos de los que carecían de juicio la consideraban afortunada, sin prever en absoluto lo que sucedería a causa de esto, y admirando y envidiando la riqueza que, habiendo entrado injustamente en la ciudad, estaba destinada a destruir rápidamente también la que legítimamente se poseía.
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Pues llegaron a tal punto de descuido de lo propio y de deseo de lo ajeno, que, habiendo invadido los lacedemonios el territorio y estando ya en pie el muro de Decelia, equipaban trirremes hacia Sicilia, y no se avergonzaban de contemplar cómo su patria era devastada y saqueada, mientras enviaban un ejército contra quienes nunca habían cometido falta alguna contra nosotros,
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sino que llegaron a tal grado de insensatez que, no controlando ni siquiera sus propios suburbios, esperaban gobernar Italia, Sicilia y Cartago. Y se diferenciaron tanto en insensatez de todos los hombres que, mientras a los demás las desgracias los hacen más prudentes y reflexivos, ellos ni siquiera por estas fueron educados.
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Y, sin embargo, sufrieron más y mayores desgracias que las que jamás le habían ocurrido a la ciudad en todo el tiempo anterior. En Egipto, de hecho, doscientos trirremes perecieron con sus tripulaciones, y cerca de Chipre, ciento cincuenta; en la guerra de Decelia perdieron diez mil hoplitas propios y de los aliados, en Sicilia cuarenta mil y doscientos cuarenta trirremes, y finalmente, en el Helesponto, doscientos.
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¿ Quién podría enumerar las que se perdían de diez en diez, de cinco en cinco o más, y a los que morían de mil en mil o de dos mil en dos mil? Salvo que esto era una de las costumbres habituales, realizar funerales cada año, a los cuales acudían muchos de los vecinos y de los otros griegos, no para compartir el duelo por los muertos, sino para alegrarse de nuestras desgracias.
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Y, al final, sin darse cuenta, llenaron los sepulcros públicos de ciudadanos, y las fratrías y los registros de los censos, de personas que no tenían nada que ver con la ciudad. Y uno podría conocer mejor desde ahí la multitud de los que perecían: pues encontraremos que los linajes de los hombres más ilustres y las casas más grandes, que escaparon incluso a las luchas tiránicas y a la guerra contra los persas, quedaron arruinados durante el dominio que deseamos.
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De modo que, si alguien quisiera examinar a los demás, tomando esto como muestra, pareceríamos haber sido casi totalmente reemplazados. Y, sin embargo, es necesario considerar afortunada a una ciudad no a la que reúne al azar muchos ciudadanos de entre todos los hombres, sino a la que preserva el linaje de quienes fundaron la ciudad desde el principio mejor que los demás, y envidiar no a los que detentan tiranías ni a los que poseen un poder mayor que la justicia, sino a los que, siendo dignos del mayor honor, se contentan con los otorgados por la mayoría.
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Pues ni un hombre ni una ciudad podrían alcanzar una condición más noble, más segura ni de mayor valor; la cual, habiéndola tenido los que vivieron en torno a las guerras médicas, no vivieron como los piratas, teniendo a veces más de lo suficiente y a veces sumidos en hambrunas, asedios y los mayores males, sino que, respecto al sustento diario, sin estar en carencias ni en excesos, se enorgullecían de la justicia de su constitución y de sus propias virtudes, y pasaban la vida más placenteramente que los demás.
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De esto se despreocuparon los que vinieron después de ellos y desearon no gobernar, sino tiranizar, lo cual parece tener el mismo poder, pero está muy separado entre sí; pues el deber de los gobernantes es hacer a los gobernados más felices mediante sus propios cuidados, mientras que para los tiranos se ha vuelto costumbre procurarse placeres a costa de los trabajos y males de los demás. Y es necesario que quienes emprenden tales acciones caigan en desgracias tiránicas y sufran lo mismo que ellos mismos infligen a los demás. Lo cual también le sucedió a la ciudad;
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pues, en lugar de vigilar las acrópolis de los demás, vieron a los enemigos convertirse en dueños de la suya; en lugar de tomar hijos como rehenes, arrancándolos de padres y madres, muchos de los ciudadanos se vieron obligados a educar y alimentar a los suyos durante el asedio peor de lo que les correspondía; y en lugar de cultivar las tierras ajenas, durante muchos años ni siquiera pudieron ver la suya propia.
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De modo que, si alguien nos preguntara si aceptaríamos ver a la ciudad sufrir tales cosas tras haber gobernado durante tanto tiempo,¿ quién lo admitiría, a menos que sea alguien totalmente desesperado y que no se preocupe ni por los templos, ni por los padres, ni por los hijos, ni por ninguna otra cosa, sino solo por el tiempo que le toca vivir? De los cuales no es digno envidiar su mentalidad, sino mucho más de aquellos que se preocupan profundamente y que se esfuerzan no menos por la gloria común que por la propia, y que prefieren una vida moderada con justicia antes que una gran riqueza con injusticia.
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Pues, en efecto, nuestros antepasados, al mostrarse así, entregaron a los que vinieron después una ciudad muy afortunada y dejaron un recuerdo inmortal de su propia virtud. De lo cual es fácil comprender ambas cosas: tanto que nuestro territorio es capaz de alimentar a hombres mejores que los demás, como que lo que se llama dominio, pero que es una desgracia, tiene por naturaleza el efecto de hacer peores a todos los que lo ejercen.
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Y la mayor prueba es que no solo nos corrompió a nosotros, sino también a la ciudad de los lacedemonios, de modo que para quienes están acostumbrados a elogiar sus virtudes no es posible decir este argumento: que nosotros gestionamos mal los asuntos por ser una democracia, pero que si los lacedemonios hubieran recibido este poder, habrían hecho felices tanto a los demás como a sí mismos. Pues mucho más rápidamente demostró en ellos su propia naturaleza; pues la constitución que nadie sabe que haya sido movida en setecientos años ni por peligros ni por desgracias, hizo que esta se tambaleara en poco tiempo y estuviera a punto de disolverse.
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Pues, en lugar de las costumbres establecidas entre ellos, llenó a los particulares de injusticia, pereza, anarquía y avaricia, y a la comunidad de la ciudad, de desprecio por los aliados, de deseo de lo ajeno y de descuido de los juramentos y los tratados. Pues superaron tanto a los nuestros en sus faltas contra los griegos, que, además de lo anterior, provocaron matanzas y luchas en las ciudades, de las cuales tendrán enemistades eternas entre sí.
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Y se volvieron tan belicosos y arriesgados, habiendo sido el resto del tiempo más cautelosos que los demás respecto a tales cosas, que no se abstuvieron ni de sus aliados ni de sus benefactores, sino que, habiéndoles proporcionado el rey más de cinco mil talentos para la guerra contra nosotros, y habiendo los de Quíos arriesgado su vida con su flota con la mayor disposición de todos los aliados,
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y habiendo los tebanos aportado una fuerza muy grande para la infantería, no terminaron de tomar el poder cuando ya conspiraron contra los tebanos, enviaron a Clearco y a un ejército contra el rey, y a los de Quíos, tras desterrar a los primeros ciudadanos, sacaron todos los trirremes de los astilleros y se los llevaron.
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Y no les bastó con cometer estas faltas, sino que, por los mismos tiempos, devastaban el continente, ultrajaban las islas, destruían las constituciones en Italia y Sicilia e instalaban tiranos, y arruinaban el Peloponeso y lo llenaban de luchas y guerras.¿ Pues contra cuál de las ciudades no hicieron campaña?¿ O contra quiénes de ellas no cometieron faltas?
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¿ No arrebataron una parte del territorio a los eleos, devastaron la tierra de los corintios, disolvieron a los mantineos, asediaron a los fliasios e invadieron el territorio de los argivos, y no cesaron de hacer daño a los demás, preparándose a sí mismos la derrota en Leuctra? La cual algunos dicen que fue la causa de los males de Esparta, no diciendo la verdad; pues no por esta fueron odiados por los aliados, sino que por los ultrajes de los tiempos anteriores fueron derrotados y se arriesgaron por su propia existencia.