Panathenaicus
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Original / primary: Spanish Gemini
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Siendo más joven, prefería escribir discursos que no fueran ni fabulosos ni llenos de prodigios y falsedades, con los que la mayoría se deleita más que con los temas que tratan sobre su propia salvación, ni tampoco aquellos que exponen las antiguas hazañas y las guerras griegas, aunque sé que son justamente elogiados, ni, por otra parte, aquellos que parecen haber sido compuestos de forma sencilla y carecen de toda elegancia, los cuales los expertos en los tribunales aconsejan a los más jóvenes practicar si desean tener ventaja sobre sus adversarios.
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Sino que, dejando de lado todo esto, me ocupaba de aquellos que aconsejan sobre lo que es beneficioso tanto para la ciudad como para los demás griegos, y que están llenos de reflexiones, y no pocos de antítesis, parison y las otras figuras que brillan en la retórica y obligan a los oyentes a aplaudir y a hacer ruido.
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Pero ahora, ni de ninguna manera tales discursos. Pues considero que no es apropiado ni para los noventa y cuatro años que tengo, ni en absoluto para quienes ya tienen canas, hablar todavía de esa manera, sino como todos podrían esperar si quisieran, pero nadie podría fácilmente, excepto aquellos que están dispuestos a esforzarse y a prestar mucha atención.
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He dicho esto por esta razón, para que si el discurso que está por mostrarse parece más suave que los difundidos anteriormente, no lo comparen con la complejidad de aquellos, sino que lo juzguen por el tema que en el presente ha sido examinado.
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Hablaré tanto de lo que ha hecho la ciudad como de la virtud de nuestros antepasados, no comenzando por esto, sino por lo que me ha sucedido a mí; pues creo que desde ahí es más urgente. Intentando vivir sin errores y sin causar daño a los demás, no he dejado pasar tiempo sin ser calumniado por los sofistas despreciables y malvados, y sin ser juzgado por otros no como soy, sino como tal cual escuchan de otros.
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Deseo, por tanto, hablar previamente sobre mí mismo y sobre los que están así dispuestos hacia mí, para que, si de alguna manera soy capaz, detenga a los que blasfeman y haga saber a los otros sobre qué paso mi tiempo; pues si puedo manejar esto adecuadamente en el discurso, espero pasar el tiempo restante yo mismo sin dolor, y que los presentes presten más atención al discurso que está por decirse.
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No dudaré en contar tanto la perturbación que ahora surge en mi mente, como la extrañeza de lo que en el presente estoy conociendo, o si hago algo de lo que debo. Pues yo, habiendo participado de los mayores bienes, de los que todos desearían participar, primero de la salud del cuerpo y del alma, no como sucede, sino de manera competitiva con los que más han tenido suerte en cada uno de estos, luego de la prosperidad en la vida, de modo que nunca me faltó nada de lo moderado ni de lo que un hombre que tiene sentido desearía,
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además de no ser uno de los olvidados ni de los descuidados, sino de aquellos de quienes los más refinados de los griegos recordarían y hablarían como si fueran importantes, habiéndome sucedido todo esto, en parte excesivamente y en parte suficientemente, no me contento con vivir por esto, sino que la vejez es tan desagradable, mezquina y quejumbrosa, que muchas veces ya he reprochado mi propia naturaleza,
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la cual nadie más ha despreciado, y he lamentado la fortuna, no teniendo nada más que reprocharle a esta excepto que han ocurrido algunas desgracias y calumnias en torno a la filosofía que elegí, y sabiendo que mi naturaleza es más débil y blanda de lo debido para las acciones, y para los discursos ni perfecta ni útil en todas partes, sino más capaz de opinar sobre la verdad de cada cosa que los que dicen saber, pero, por así decirlo, superada en todas partes al hablar sobre estos mismos temas en una asamblea de muchos hombres.
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Pues me volví tan carente de las dos cosas que tienen mayor poder entre nosotros, voz suficiente y audacia, que no sé si algún otro de los ciudadanos; los que no las han obtenido andan más deshonrados respecto a parecer dignos de algo que los que deben al erario; pues para los unos hay esperanzas de pagar lo sentenciado, pero los otros nunca cambiarían su naturaleza.
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Sin embargo, no desanimado por esto me descuidé ni me volví del todo sin gloria ni invisible, sino que, puesto que fracasé en participar en la política, me refugié en filosofar, esforzarme y escribir lo que pensaba, no haciendo mi elección sobre cosas pequeñas ni sobre contratos privados ni sobre lo que otros desvarían, sino sobre los asuntos griegos, reales y políticos, por los cuales pensaba que me correspondía ser honrado tanto más que los que suben a la tribuna, cuanto más grandes y bellos eran los discursos que yo hacía que los de ellos. De lo cual nada nos ha resultado.
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Y sin embargo, todos saben que la mayoría de los oradores se atreven a hablar en la asamblea no por lo que es beneficioso para la ciudad, sino por lo que esperan recibir ellos mismos, mientras que yo y los míos no solo nos abstenemos de los asuntos comunes más que los demás, sino que también gastamos de nuestros propios bienes en las necesidades de la ciudad más allá de nuestra capacidad,
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y además, mientras ellos se insultan en las asambleas por asuntos de mediación o dañan a los aliados o calumnian a quienquiera que les toque, yo me he convertido en el guía de los discursos que exhortan a los griegos tanto a la concordia entre ellos como a la expedición contra los bárbaros,
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y de los que aconsejan enviar una colonia en común todos nosotros a una tierra tan grande y tal, sobre la cual todos los que han oído están de acuerdo en que nosotros, si fuéramos sensatos y cesáramos de la locura entre nosotros, rápidamente la ocuparíamos sin esfuerzos ni peligros, y que ella recibiría fácilmente a todos los que carecen de lo necesario entre nosotros; cuyas acciones, si todos reunidos buscaran, nunca encontrarían mejores ni más grandes ni más beneficiosas para todos nosotros.
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Pero, sin embargo, estando nosotros tan distantes en pensamiento, y habiendo yo hecho mi elección mucho más seria, la mayoría no ha opinado justamente sobre nosotros, sino de manera confusa y totalmente irrazonable. Pues, mientras critican el modo de ser de los oradores, los hacen jefes de la ciudad y los establecen como dueños de todo, y mientras elogian mis discursos, me envidian a mí mismo, por ninguna otra razón que por estos que aceptan; tan desafortunadamente soy tratado por ellos.
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¿ Y qué hay que admirar de los que están naturalmente dispuestos a estar así ante todas las superioridades, cuando incluso algunos de los que creen diferenciarse y me envidian y se esfuerzan por imitarme tienen una disposición aún más hostil hacia mí que los particulares? De los cuales,¿ a quiénes podría uno encontrar más malvados, pues se dirá, aunque a algunos les parezca que digo cosas más nuevas y graves de lo que corresponde a mi edad, quienes, no teniendo ninguna parte que expresar a los alumnos de lo dicho por mí, y usando mis discursos como ejemplos y viviendo de ahí, están tan lejos de estar agradecidos por esto, que ni siquiera quieren descuidarnos, sino que siempre dicen algo malo sobre mí?
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Mientras, pues, dañaban mis discursos, leyéndolos junto a los suyos lo peor posible y dividiéndolos incorrectamente y criticándolos y corrompiéndolos de toda manera, no me preocupaba de lo que se decía, sino que estaba tranquilo; pero poco antes de las grandes Panateneas me molesté por ellos.
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Pues habiéndose encontrado conmigo algunos de mis allegados, decían que, sentados juntos en el Liceo, tres o cuatro de los sofistas de rebaño, que dicen saberlo todo y que rápidamente están en todas partes, hablaban sobre los otros poetas y sobre la poesía de Hesíodo y de Homero, sin decir nada de sí mismos, sino recitando los versos de aquellos y recordando lo más elegante de lo dicho anteriormente por otros;
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y habiendo aceptado los que estaban alrededor su conversación, uno, el más audaz, intentó calumniarme, diciendo que yo desprecio a todos los de ese tipo, y que destruyo todas las filosofías de los demás y todas las educaciones, y digo que todos desvarían excepto los que han participado de mi enseñanza; habiéndose dicho esto, algunos de los presentes se sintieron desagradablemente hacia nosotros.
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Cómo, pues, me dolió y me perturbé al escuchar que algunos aceptaban estos discursos, no podría decirlo; pues pensaba ser tan manifiesto luchando contra los que se jactan y habiendo hablado moderadamente sobre mí mismo, o más bien humildemente, que nadie llegaría a creer a los que dicen que yo he usado tales jactancias.
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Pero, en verdad, no irrazonablemente lamenté al principio la desgracia que me ha seguido todo el tiempo en tales asuntos; pues esta es la causa tanto de la falsedad que ocurre sobre mí como de las calumnias y de la envidia y de no poder yo obtener la gloria de la que soy digno, ni la reconocida, ni la que tienen algunos de los que se han acercado a mí y nos han observado en todas partes.
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Esto, pues, no puede ser de otra manera, sino que es necesario resignarse a lo que ya ha sucedido. Pero habiendo muchos discursos ante mí, dudo si debo contradecir a los que están acostumbrados a mentir siempre sobre mí y se atreven a decir cosas inapropiadas; pero si pareciera que me esfuerzo y hago muchos discursos sobre hombres que nadie considera dignos de mención, justamente parecería ser un necio.
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Sino que, despreciándolos,¿ debo disculparme ante los particulares que me envidian injustamente, e intentar enseñarles que no justa ni apropiadamente tienen esta opinión sobre mí?¿ Y quién no me condenaría por gran insensatez, si pensara que, habiendo hablado de manera similar a como antes, detendré a los que no están molestos conmigo por otra razón que por parecer haber hablado elegantemente sobre algunas cosas, y que no se dolerán más, especialmente si parezco no haber dejado de desvariar ni siquiera ahora que soy tan viejo?
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Pero, ciertamente, nadie me aconsejaría hacer eso, descuidar esto y, en medio, abandonar y terminar el discurso que he elegido, queriendo mostrar que nuestra ciudad ha sido causa de más bienes para los griegos que la de los lacedemonios; pues si hiciera esto ahora, sin poner fin a lo escrito ni cerrar el comienzo de lo que está por decirse con el final de lo ya dicho, parecería ser semejante a los que dicen al azar, vulgarmente y de forma desordenada lo que se les ocurra; lo cual debemos evitar.
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Lo mejor, pues, de todo esto, es declarar lo que me parece sobre aquello por lo que me calumniaron al final, y entonces hablar sobre lo que desde el principio pensaba; pues creo que, si lo publico escrito y hago manifiesta la opinión que tengo tanto sobre la educación como sobre los poetas, detendré a los que inventan causas falsas y dicen lo que se les ocurre.
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De la educación dejada por los antepasados estoy tan lejos de despreciarla, que incluso elogio la establecida en nuestro tiempo, digo la geometría, la astrología y los diálogos llamados erísticos, con los que los más jóvenes se deleitan más de lo debido, y de los mayores no hay nadie que diga que son tolerables.
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Pero, sin embargo, yo exhorto a los que se han lanzado a esto a esforzarse y a prestar atención a todo esto, diciendo que si estas enseñanzas no pueden hacer ningún otro bien, al menos disuaden a los más jóvenes de muchos otros errores. Para los que tienen tal edad, no creo que se puedan encontrar ocupaciones más útiles que estas ni más apropiadas;
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pero para los mayores y los que han sido aprobados como hombres, ya no digo que estas prácticas sean apropiadas. Pues veo a algunos de los que se han especializado tanto en estas enseñanzas que incluso enseñan a los demás, no usando oportunamente las ciencias que tienen, y siendo en las otras ocupaciones de la vida más insensatos que los alumnos; pues dudo en decir que de los esclavos.
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Tengo la misma opinión también sobre los que pueden hablar en la asamblea y los que tienen buena reputación en la escritura de discursos, y en general sobre todos los que se distinguen en las artes, las ciencias y las capacidades. Pues sé que la mayoría de estos ni han gestionado bien sus propios asuntos ni son tolerables en las reuniones privadas, despreciando la opinión de sus conciudadanos, y estando llenos de otros muchos y grandes errores; de modo que tampoco creo que estos participen de la disposición sobre la que estoy hablando.
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¿ A quiénes, pues, llamo educados, puesto que desapruebo las artes, las ciencias y las capacidades? Primero, a los que usan bien las cosas que ocurren cada día, y que tienen una opinión acertada de las ocasiones y capaz de apuntar en su mayor parte a lo beneficioso;
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luego, a los que se relacionan apropiada y justamente con los que siempre se acercan, y que soportan las desagradabilidades y pesadeces de los demás fácil y sencillamente, y se muestran a sí mismos lo más ligeros y moderados posible con los que están con ellos; además, a los que siempre dominan los placeres, y no son demasiado derrotados por las desgracias, sino que se comportan varonilmente en ellas y dignamente de la naturaleza de la que participamos; cuarto,
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lo cual es lo más grande, a los que no son corrompidos por los éxitos ni se apartan de sí mismos ni se vuelven arrogantes, sino que permanecen en el orden de los que piensan bien, y no se alegran más por los bienes que han surgido por fortuna que por los que han surgido desde el principio por su propia naturaleza y prudencia. A los que no solo tienen la disposición del alma bien armonizada hacia uno de estos, sino hacia todos, a estos digo que son prudentes y hombres perfectos y que tienen todas las virtudes.
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Sobre los educados, pues, esto es lo que pienso. Sobre la poesía de Homero, de Hesíodo y de los demás deseo hablar, pues creo que detendría a los que en el Liceo recitan las cosas de aquellos y desvarían sobre ellas, pero me doy cuenta de que me estoy llevando fuera de la simetría establecida para los proemios.
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Es propio de un hombre que tiene sentido no alegrarse por la abundancia, si uno tiene más que decir sobre los mismos temas que los demás, sino guardar la oportunidad sobre lo que siempre esté hablando; lo cual debo hacer yo. Sobre los poetas, pues, hablaremos después, o si la vejez no me arrebata antes, o tengo algo que decir sobre asuntos más importantes que estos.
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Sobre los beneficios de la ciudad hacia los griegos haré ya los discursos, no como si no hubiera hecho más elogios sobre ella que todos los que están en la poesía y los discursos; sin embargo, no de la misma manera ahora. Entonces, pues, en discursos sobre otros asuntos la mencionaba, ahora, habiendo hecho de esta el tema.
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No ignoro cuán grande es la tarea que emprendo, sino sabiendo exactamente y habiendo dicho muchas veces que las cosas pequeñas es fácil aumentarlas con los discursos, pero que es difícil igualar los elogios a las obras que sobresalen tanto en grandeza como en belleza.
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Pero, sin embargo, no hay que desistir de ellas, sino llevarlas a cabo, si podemos vivir todavía, especialmente porque muchos me incitan a escribirlo, primero los que están acostumbrados a acusar descaradamente a nuestra ciudad, luego los que la elogian elegantemente pero con menos experiencia y de manera más deficiente,
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además de los que se atreven a elogiar más que otros no humanamente, sino de tal manera que muchos se oponen a ellos, y sobre todo de la edad presente, que por naturaleza disuade a los demás; pues espero que, si tengo éxito, obtendré una gloria mayor que la que tengo, y si hablo de manera más deficiente, obtendré mucho perdón de los que escuchan.
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Lo que quise, pues, tanto sobre mí mismo como sobre los demás, como un coro antes de la competición, es esto. Creo que los que quieren elogiar a alguna de las ciudades exacta y justamente no deben hacer los discursos solo sobre la que han elegido, sino, como observamos y probamos la púrpura y el oro mostrando otras cosas que tienen la apariencia similar y son dignas del mismo honor,
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así también, al presentar las ciudades, no las pequeñas con las grandes, ni las que todo el tiempo han estado bajo otras con las acostumbradas a mandar, ni las que necesitan ser salvadas con las que pueden salvar, sino las que tienen una capacidad similar y han estado en las mismas acciones y han usado poderes similares; pues así es como más podrían alcanzar la verdad.
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Si alguien nos observa de esta manera y nos compara no con una ciudad cualquiera, sino con la de los espartanos, a la que la mayoría elogia moderadamente, y algunos recuerdan sobre ellos como si fueran de los semidioses que han gobernado allí, pareceremos haber dejado atrás a ellos tanto en capacidad como en acciones y en beneficios hacia los griegos más que ellos a los demás.
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Las antiguas competiciones que han ocurrido por los griegos las diremos después, pero ahora haré los discursos sobre aquellos, comenzando desde que ocuparon las ciudades aqueas y se repartieron la tierra con los argivos y mesenios; pues desde ahí corresponde hablar sobre ellos. Nuestros antepasados, pues, parecerán mantener la concordia hacia los griegos y la enemistad hacia los bárbaros, que recibieron de los troyanos, y permanecer en lo mismo.
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Y primero las islas Cícladas, sobre las que hubo muchas ocupaciones durante la dinastía de Minos de Creta, estas, ocupadas finalmente por los carios, expulsándolos a ellos, no se atrevieron a apropiarse de las tierras, sino que establecieron en ellas a los que más necesitaban la vida de los griegos;
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y después de esto fundaron muchas y grandes ciudades en cada uno de los continentes, y alejaron a los bárbaros del mar, y enseñaron a los griegos de qué manera, gestionando sus propias patrias y contra quiénes luchando, harían grande a Grecia.
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Los lacedemonios, en cambio, alrededor del mismo tiempo, estuvieron tan lejos de hacer algo de lo mismo que nosotros y de luchar contra los bárbaros y beneficiar a los griegos, que ni siquiera quisieron estar tranquilos, sino que, teniendo una ciudad ajena y una tierra no solo suficiente, sino tanta como ninguna ciudad de las griegas, no se contentaron con esto,
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sino que, habiendo aprendido de los mismos hechos que, según las leyes, las ciudades y las tierras parecían ser de ellos, de los que las habían adquirido correcta y legalmente, pero que, según la verdad, eran de los que más practicaban los asuntos de la guerra y podían vencer a los enemigos en las batallas, habiendo pensado esto, descuidando las labores agrícolas, las artes y todo lo demás, no cesaban de asediar y hacer daño a cada una de las ciudades del Peloponeso, hasta que las subyugaron todas excepto la de los argivos.
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Resultaba, pues, de lo que nosotros hacíamos, que Grecia crecía y que Europa se volvía más fuerte que Asia, y además de esto, que los griegos que carecían de ellas tomaban ciudades y tierras, y que los bárbaros acostumbrados a ultrajar eran expulsados de las suyas y pensaban menos que antes; y de lo que hacían los espartanos, que solo la de ellos se volvía grande, y que mandaban sobre todas las ciudades del Peloponeso, y que para las demás eran temibles y obtenían mucha atención de ellas.
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Elogiar, pues, es justo a la que ha sido causa de muchos bienes para los demás, pero considerar terrible a la que hace para sí misma lo que le es beneficioso, y hacerse amigos de los que se tratan igual a sí mismos y a los demás, pero temer y tener miedo de los que se disponen lo más familiarmente posible hacia sí mismos, pero hacia los demás gestionan lo suyo de manera ajena y guerrera. La hegemonía, pues, cada una de las dos ciudades la hizo de tal manera.
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Con el tiempo, habiendo ocurrido la guerra pérsica, y habiendo reunido Jerjes, el que entonces reinaba, mil trescientas trirremes, y del ejército de infantería cinco millones de todos, y setenta de los combatientes, y habiendo marchado con tal fuerza contra los griegos,
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los lacedemonios, mandando a los peloponesios, contribuyeron a la batalla naval que causó el giro de toda la guerra solo diez trirremes, mientras que nuestros padres, habiendo sido desplazados y habiendo abandonado la ciudad por no estar amurallada en aquel tiempo, proporcionaron más naves y con mayor fuerza que todos los que compartieron el peligro; y como estratego, ellos a Euribíades,
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quien si hubiera puesto fin a lo que pensaba hacer, nada habría impedido que los griegos perecieran, y los nuestros a Temístocles, quien fue reconocido por todos como causa tanto de que la batalla naval ocurriera adecuadamente como de todos los demás éxitos en aquel tiempo.
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Y la prueba es la mayor: pues habiendo quitado la hegemonía a los lacedemonios, los que compartieron el peligro la entregaron a los nuestros. Y sin embargo,¿ a quiénes podría uno hacer jueces más capaces y más fieles de lo que entonces se hizo que a los que estuvieron presentes en las mismas competiciones?¿ Y qué beneficio podría uno decir que es mayor que este, el de haber podido salvar a toda Grecia?
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Después de esto, pues, sucedió que cada una se volvió dueña de la hegemonía en el mar, la cual, quienesquiera que la ocupen, tienen como súbditos a la mayoría de las ciudades. En general, pues, no elogio a ninguna; pues uno podría criticarlas mucho; sin embargo, también en este cuidado nos diferenciamos no menos de ellas que en las acciones dichas poco antes.
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Pues nuestros padres persuadían a los aliados a hacer la misma constitución que ellos mismos seguían amando; lo cual es señal de benevolencia y amistad, cuando algunos aconsejan a los demás usar lo mismo que ellos mismos suponen que les beneficia; los lacedemonios, en cambio, establecieron una que no era ni igual a la de ellos ni a las que habían ocurrido en otros lugares, sino que hicieron a diez hombres solos dueños de cada ciudad, de los cuales, si alguien intentara acusarlos durante tres o cuatro días seguidos, no parecería haber dicho ni una parte de lo cometido por ellos.
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Exponer, pues, sobre cada uno de tales y tantos es insensato; pero decir poco sobre todos, lo que podría causar a los que escuchan una ira digna de lo hecho, siendo más joven quizás lo habría encontrado, pero ahora no se me ocurre nada tal, sino lo que a todos, que aquellos se diferenciaron tanto en ilegalidad y codicia de los anteriores, que no solo se destruyeron a sí mismos, a sus amigos y a sus propias patrias, sino que también, calumniando a los lacedemonios ante los aliados, los arrojaron a tales y tantas desgracias, cuantas nadie esperó nunca que les sucederían.
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Más que nada, pues, desde ahí uno podría ver cuán más moderada y suavemente gestionamos nosotros los asuntos, y segundo, por lo que está por decirse; pues los lacedemonios apenas gobernaron sobre ellos diez años, mientras que nosotros mantuvimos la hegemonía durante sesenta y cinco años seguidos. Y sin embargo, todos saben que las ciudades que están bajo otros permanecen más tiempo bajo aquellos de quienes reciben menos males.
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De esto, pues, ambas, siendo odiadas, se establecieron en guerra y perturbación, en la que uno podría encontrar que la nuestra, atacándola todos, tanto griegos como bárbaros, pudo resistirles diez años, mientras que los lacedemonios, dominando todavía en tierra, habiendo luchado solo contra los tebanos y habiendo sido derrotados en una batalla, fueron privados de todo lo que tenían, y sufrieron desgracias y calamidades similares a las nuestras,
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y además de esto, nuestra ciudad se recuperó en menos años de los que fue derrotada, mientras que los espartanos, después de la derrota, ni en mucho más tiempo pudieron establecerse en la misma disposición de la que cayeron, sino que todavía ahora están igual.
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Sobre cómo nos comportamos cada uno hacia los bárbaros, debe mostrarse; pues esto todavía queda. Pues durante nuestra hegemonía no les estaba permitido ni bajar con ejército de infantería dentro del Halis ni navegar con naves largas más acá de Fasélide; durante la de los lacedemonios, en cambio, no solo obtuvieron la facultad de marchar y navegar a donde quisieran, sino que también se convirtieron en dueños de muchas ciudades griegas.
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A la que hizo los tratados con el rey más nobles y magnánimos, y ha sido causa de la mayoría y mayores males para los bárbaros y bienes para los griegos, y además, quitó a los enemigos la costa de Asia y mucha otra tierra y la adquirió para los aliados,
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y detuvo a los que ultrajaban y a los que carecían de lo necesario, y además de esto, luchó por sí misma mejor que la que tiene reputación en tales cosas y resolvió las desgracias más rápido que estos mismos,¿ cómo no es justo elogiarla y honrarla más que a la que ha sido superada en todo esto? Sobre lo hecho comparativamente y los peligros que ocurrieron a la vez y contra los mismos, esto tenía que decir en el presente.
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Creo que los que escuchan desagradablemente estos discursos no contradecirán lo dicho como si no fueran verdaderos, ni tampoco tendrán otras acciones que decir sobre las que los lacedemonios, estando en ellas, se convirtieron en causa de muchos bienes para los griegos, sino que intentarán acusar a nuestra ciudad,
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lo que siempre acostumbran hacer, y exponer las más difíciles de las acciones ocurridas durante la hegemonía en el mar, y calumniar los juicios y las sentencias que ocurrían aquí para los aliados y la recaudación de los tributos, y sobre todo se detendrán en las desgracias de los melios, escioneos y toroneos, pensando que con estas acusaciones ensuciarán los beneficios de la ciudad dichos poco antes.
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Yo, en cambio, ante todo lo que justamente podría decirse contra la ciudad, ni podría contradecir ni intentaría hacer esto; pues me avergonzaría, como dije ya antes, si, no considerando ni a los dioses sin errores, yo me esforzara e intentara persuadir de que nuestra comunidad nunca ha cometido ningún error;
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sin embargo, creo que haré esto, mostrar que la ciudad de los espartanos ha sido mucho más amarga y difícil que la nuestra en las acciones dichas antes, y que los que blasfeman sobre ellos contra nosotros están dispuestos lo más insensatamente posible y son causa de que sus amigos sean mal vistos por nosotros;
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pues cuando acusan tales cosas, de las que los lacedemonios resultan ser más culpables, no carecemos de decir contra ellos un error mayor que el dicho sobre nosotros. Como ahora, si mencionan los juicios que ocurrían aquí para los aliados,¿ quién es tan inepto que no encontrará para contradecir esto que los lacedemonios han matado a más griegos sin juicio que los que, desde que habitamos la ciudad, han sido puestos ante juicio y sentencia entre nosotros?
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Tales cosas, también sobre la recaudación de los tributos, si dicen algo, podremos decir; pues mostraremos que los nuestros hicieron cosas mucho más beneficiosas que los lacedemonios para las ciudades que llevaron el tributo. Primero, pues, no hacían esto ordenado por nosotros, sino ellos mismos, cuando nos dieron la hegemonía en el mar;
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luego, no lo llevaban por nuestra salvación, sino por su democracia y su libertad y para no caer, habiéndose vuelto una oligarquía, en males de tal magnitud como los de las decarquías y la dinastía de los lacedemonios. Además, no lo llevaban de lo que ellos mismos salvaron, sino de lo que tenían gracias a nosotros; por lo cual,
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si tuvieran un pequeño cálculo, justamente nos estarían agradecidos. Pues habiendo recibido sus ciudades, unas totalmente desplazadas por los bárbaros, otras saqueadas, las llevamos a tal punto que, dando una pequeña parte de lo que nos resultaba, no tenían casas menores que las de los peloponesios que no pagaban ningún tributo.
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Sobre los desplazados por cada una de las ciudades, lo que algunos nos reprochan solo a nosotros, mostraremos que han hecho cosas mucho más terribles aquellos a quienes siguen elogiando. Pues a nosotros nos sucedió cometer errores sobre pequeñas islas de tal magnitud, que muchos de los griegos ni siquiera saben, mientras que ellos, habiendo desplazado a las ciudades más grandes de las del Peloponeso y a las que sobresalían en todas partes sobre las demás, poseen ellos mismos las cosas de aquellos.
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A las cuales habría sido justo, incluso si no hubieran poseído ningún bien anteriormente, recibir el mayor de los dones por parte de los griegos debido a la expedición contra Troya, en la que se mostraron a sí mismas como líderes y a sus caudillos dotados de virtudes no solo de aquellas que muchos de los hombres viles también comparten, sino también de aquellas de las que nadie, siendo malvado, podría participar.
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Pues Mesene proporcionó a Néstor, el más prudente de todos los que vivieron en aquel tiempo; Lacedemonia a Menelao, quien por su templanza y justicia fue el único considerado digno de ser pariente político de Zeus; y la ciudad de los argivos a Agamenón, quien no poseyó una ni dos virtudes solamente, sino todas cuantas uno pudiera mencionar,
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y estas no de manera moderada, sino sobresaliente; pues no encontraremos a nadie entre todos que haya llevado a cabo acciones más privadas, ni más bellas, ni más grandes, ni más útiles para los griegos, ni más dignas de mayores elogios. Y ante estos hechos así enumerados, algunos podrían razonablemente mostrarse incrédulos, pero si se dijeran pequeñas cosas sobre cada uno, todos admitirían que digo la verdad.
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Pero no logro ver, sino que me encuentro en la duda de qué palabras usar después de esto para haber deliberado correctamente. Pues me avergüenzo si, habiendo dicho tanto sobre la virtud de Agamenón, no menciono ninguna de las acciones realizadas por él, y parezco a los oyentes semejante a los que fanfarronean y dicen lo que les viene en gana; pero veo que las acciones que se dicen fuera de los temas propuestos no son elogiadas, sino que parecen ser confusas, y que muchos son los que hacen mal uso de ellas,
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y muchos más los que las critican. Por eso temo que me ocurra algo similar. Sin embargo, elijo ayudar a quien ha sufrido lo mismo que yo y que muchos otros, habiendo fallado en la gloria que le correspondía obtener, y habiendo sido causa de los mayores bienes en aquel tiempo, pero siendo menos elogiado que aquellos que no han realizado nada digno de mención.
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¿ Qué le faltó a aquel, que tuvo un honor tan grande, que si todos se reunieran para buscar uno mayor, nunca podrían encontrarlo? Pues fue el único de toda Grecia que fue considerado digno de ser estratega. Y no puedo decir si fue elegido por todos o si él mismo lo consiguió. Pero de cualquier modo que haya sucedido, no ha dejado ninguna posibilidad de superar la gloria que le rodea a aquellos que han sido honrados de otra manera.
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Y al recibir este poder, no hubo ninguna de las ciudades griegas a la que perjudicara, sino que estaba tan lejos de cometer injusticias contra algunos, que al recibir a los griegos en medio de la guerra, los disturbios y muchos males, los liberó de ellos, y tras establecer la concordia, despreció las obras superfluas y monstruosas que no beneficiaban a los demás, y tras organizar un ejército, los condujo contra los bárbaros.
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Y nadie parecerá haber realizado una estrategia más bella y más útil para los griegos que esta, ni entre los que gozaron de buena reputación en aquel tiempo ni entre los que surgieron después. Aquello que él hizo y mostró a los demás no le dio tanta fama como le correspondía, debido a los que aman más las maravillas que los beneficios y las falsedades que la verdad, sino que, habiendo sido tal, tiene menos gloria que aquellos que ni siquiera se atrevieron a imitarlo.
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Y no solo por esto se le podría elogiar, sino también por lo que hizo en el mismo tiempo. Pues llegó a tal grado de magnanimidad que no le bastó con tomar de los particulares tantos soldados como quiso de cada ciudad, sino que a los reyes, que hacían en las suyas lo que querían y daban órdenes a los demás, a estos los convenció de quedar bajo su mando, y de seguirlo a donde él los guiara, y de hacer lo que se les ordenaba, y de abandonar la vida real para vivir como soldados,
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y además de arriesgarse y hacer la guerra no por su propia patria y reino, sino de palabra por Helena, la mujer de Menelao, y de hecho para que Grecia no sufriera a manos de los bárbaros ni tales cosas ni las que le ocurrieron anteriormente con la conquista de todo el Peloponeso por parte de Pélope, la de la ciudad de los argivos por Dánao y la de Tebas por Cadmo;¿ de quién más se verá que se haya preocupado, o quién se interpuso para que nada de eso volviera a suceder, salvo su naturaleza y poder?
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Lo que sigue, pues, que es menor que lo dicho anteriormente, pero mayor y más digno de mención que lo que a menudo ha sido elogiado: pues un ejército reunido de todas las ciudades, tan grande en número como es natural, que contenía en sí a muchos que habían nacido de dioses y a otros de los mismos dioses, no dispuestos de igual manera que la mayoría ni pensando lo mismo que los demás, sino llenos de ira, furia, envidia y ambición,
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pero aun así, mantuvo tal ejército durante diez años no con grandes pagas ni con gastos de dinero, con los que ahora todos ejercen el poder, sino por el hecho de sobresalir en prudencia y ser capaz de proporcionar alimento a los soldados a costa de los enemigos, y sobre todo por parecer que él deliberaba mejor sobre la salvación de los demás que los otros sobre la suya propia.
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El fin, pues, que puso a todas estas cosas, no es menos digno de admiración; pues no parecerá haber realizado algo impropio ni indigno de lo dicho anteriormente, sino que, habiendo hecho la guerra de palabra contra una sola ciudad, de hecho, arriesgándose no solo contra todos los que habitan Asia sino también contra otros muchos pueblos de bárbaros, no se rindió ni se retiró antes de haber esclavizado la ciudad del que se atrevió a cometer la injusticia y de haber detenido a los bárbaros en su insolencia.
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No ignoro la cantidad de lo dicho sobre la virtud de Agamenón, ni que si alguien examinara cada uno de estos puntos por separado, qué podría desaprobar, nadie se atrevería a quitar nada de ellos, pero al ser leídos sucesivamente, todos criticarían que se ha dicho mucho más de lo necesario. Pero yo, si me hubiera excedido sin darme cuenta,
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me avergonzaría si, al intentar escribir sobre lo que nadie más se habría atrevido, me hubiera comportado tan insensiblemente; pero ahora sabía con mayor precisión que los que se atreverán a reprocharme, que muchos criticarán esto; pero, en realidad, consideré que no sería tan terrible si en esta parte parezco descuidar algunas de las circunstancias, como si, al hablar de un hombre tal, omito algo de los bienes que le pertenecen y que me corresponde decir.
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Pensaba también que gozaría de buena reputación entre los más refinados de los oyentes, si parezco hacer los discursos sobre la virtud, pero esforzándome más en hablar dignamente de ella que en la simetría del discurso, y esto sabiendo claramente que la inoportunidad en el discurso me hará menos prestigioso, pero la sensatez en las acciones beneficiará a los mismos elogiados; pero, aun así, dejé de lado lo provechoso y elegí lo justo.
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Y no solo se me encontraría teniendo esta intención en lo que ahora se dice, sino igualmente en todo, ya que también entre los que se han acercado a mí, parecería alegrarme más de los que gozan de buena reputación por su vida y sus acciones que de los que parecen ser hábiles en los discursos. Y, sin embargo, de lo bien dicho, aunque yo no contribuyera en nada, todos me atribuirían la causa, pero de lo bien hecho, aunque todos supieran que yo he sido el consejero, no hay nadie que no elogie al que realiza las acciones mismas.
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Pero, en realidad, no sé adónde me estoy llevando; pues siempre pensando que debo añadir lo que sigue a lo dicho anteriormente, me he alejado por completo del tema. No queda, pues, nada más que, tras pedir perdón a la vejez por el olvido y la prolijidad, que suelen ocurrir a los de tal edad, volver al lugar desde el cual caí en esta digresión.
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Creo que ya veo de dónde me desvié; pues estaba respondiendo a los que reprochan a nuestra ciudad las desgracias de los melios y de las ciudades pequeñas de ese tipo, no como si estas no hubieran sido cometidas, sino demostrando que los que ellos aman han hecho desaparecer muchas más ciudades y más grandes que nosotros, en lo cual también hablé sobre la virtud de Agamenón, Menelao y Néstor, sin decir ninguna mentira, pero quizás más de lo moderado.
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Y esto lo hice suponiendo que esto no parecería ser un error menor que el de los que se atrevieron a hacer desaparecer las ciudades que engendraron y criaron a tales hombres, sobre los cuales incluso ahora uno podría usar muchas y bellas palabras. Pero, en realidad, quizás es insensato detenerse en una sola acción, como si hubiera escasez de qué decir sobre la crueldad y dureza de los lacedemonios, y no una gran abundancia.
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A quienes no les bastó con cometer injusticias contra estas ciudades y tales hombres, sino también contra los que partieron de las mismas y realizaron la expedición común y participaron de los mismos peligros, me refiero a los argivos y mesenios. Pues también a estos desearon envolver en las mismas desgracias que a aquellos; y a los mesenios no dejaron de asediarlos hasta que los expulsaron del país, y contra los argivos, por estas mismas razones, todavía hoy hacen la guerra. Lo que, pues, hicieron respecto a Platea,
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sería extraño si, habiendo dicho esto, no mencionara aquello; en cuyo territorio, habiendo acampado con nosotros y los demás aliados, y habiendo formado filas contra los enemigos, y habiendo sacrificado a los dioses fundados por ellos,
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no solo liberamos a los griegos que estaban con nosotros, sino también a los que fueron obligados a estar con ellos, y esto lo hicimos habiendo tomado a los plateenses como únicos aliados de los beocios; a quienes, no mucho tiempo después, los lacedemonios, para complacer a los tebanos, tras asediarlos, mataron a todos excepto a los que pudieron huir. Respecto a los cuales nuestra ciudad no ha sido en nada semejante a ellos;
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pues aquellos se atrevieron a cometer tales injusticias contra los benefactores de Grecia y sus propios parientes, mientras que los nuestros establecieron a los mesenios que se salvaron en Naupacto, y a los plateenses que sobrevivieron los hicieron ciudadanos y les compartieron todos los bienes que tenían. De modo que si no tuviéramos nada más que decir sobre las dos ciudades, a partir de esto es fácil comprender el carácter de cada una de ellas, y cuál de las dos ha hecho desaparecer más ciudades y más grandes.
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Me doy cuenta de que me ocurre un estado contrario a lo dicho poco antes; pues entonces caí en la ignorancia, el error y el olvido, pero ahora sé claramente que no me mantengo en la suavidad respecto al discurso que tenía cuando empezaba a escribirlo, sino que intento hablar de lo que no pensaba decir, y me encuentro más audaz de lo que me es propio, y me vuelvo incapaz de controlar algunas de las cosas que digo debido a la multitud de las que fluyen para ser dichas.
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Puesto que, pues, me ha venido el hablar con franqueza, y he soltado la lengua, y he hecho tal tema que no es ni bello ni posible para mí omitir tales acciones, a partir de las cuales es posible demostrar que nuestra ciudad ha sido más digna de valor respecto a los griegos que la de los lacedemonios, no se debe silenciar ni sobre los otros males que aún no se han dicho y que han ocurrido entre los griegos, sino que se debe demostrar que los nuestros se han vuelto aprendices tardíos de ellos, mientras que los lacedemonios han cometido injusticias, en parte como primeros y en parte como únicos.
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Muchos, pues, acusan a ambas ciudades, porque, pretendiendo arriesgarse contra los bárbaros por los griegos, no permitieron que las ciudades fueran autónomas y administraran sus propios asuntos como a cada una le convenía, sino que, como si hubieran tomado prisioneros, tras dividirlas, las esclavizaron a todas, e hicieron algo parecido a los que quitan a los esclavos de los demás para la libertad, pero los obligan a servirles a ellos mismos.
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De que se digan estas cosas y muchas más y más amargas que estas, no hemos sido nosotros la causa, sino los que ahora están enfrentados a nosotros en lo que se dice, pero el resto del tiempo en todas las acciones realizadas. Pues a nuestros antepasados nadie podría demostrar que en los tiempos pasados, en los innumerables, hayan intentado gobernar ninguna ciudad, ni mayor ni menor; pero todos saben que los lacedemonios, desde que entraron en el Peloponeso, no han hecho ni deliberado otra cosa que cómo gobernar sobre todos, y si no, sobre los peloponesios.
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Pero, además, las sediciones, las matanzas y los cambios de constituciones, que algunos nos achacan a ambos, ellos parecerían haber llenado todas las ciudades, excepto unas pocas, de tales desgracias y enfermedades, mientras que nadie se atrevería ni siquiera a decir que nuestra ciudad, antes de la desgracia ocurrida en el Helesponto, haya realizado algo semejante entre los aliados.
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Pero cuando los lacedemonios, al establecerse como dueños de los griegos, volvieron a caer de sus asuntos, en esos tiempos, estando las otras ciudades en sedición, dos o tres de nuestros estrategas, pues no ocultaré la verdad, cometieron injusticias contra algunos de ellos esperando que, si imitaban las acciones de los espartanos, podrían retenerlas mejor.