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Panegyricus
IsocratesPanegyricu 1 · spanish-geminiMore by Isocrates
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Muchas veces me he maravillado de aquellos que convocaron las asambleas panhelénicas y establecieron los juegos gimnásticos, por el hecho de que consideraron dignos de tan grandes recompensas a quienes gozan de buena fortuna física, mientras que a aquellos que se esforzaron privadamente por el bien común y prepararon sus propias almas de tal manera que fueran capaces de beneficiar también a los demás,
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a estos no les otorgaron ninguna distinción; de quienes era razonable que se preocuparan más. Pues, si los atletas obtuvieran el doble de fuerza, no resultaría ningún beneficio mayor para los demás, pero si un solo hombre piensa correctamente, todos los que deseen participar de su inteligencia podrían disfrutarlo.
3
Sin embargo, no me desanimé por esto ni elegí la indolencia, sino que, considerando que la gloria que provendrá de este mismo discurso será para mí un premio suficiente, vengo a aconsejar tanto sobre la guerra contra los bárbaros como sobre la concordia entre nosotros mismos, no ignorando que muchos de los que pretenden ser sofistas se han lanzado a este tema,
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sino esperando, al mismo tiempo, sobresalir tanto que parezca que nunca se ha dicho nada sobre ellos por parte de los demás, y habiendo elegido, a la vez, que estos son los discursos más hermosos, aquellos que tratan sobre los asuntos más importantes y que, al mismo tiempo, muestran mejor a quienes los pronuncian y benefician más a quienes los escuchan,
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de los cuales este es uno. Además, los momentos oportunos aún no han pasado, de modo que sea en vano recordar estos asuntos ahora. Pues se debe dejar de hablar cuando los hechos hayan llegado a su fin y ya no sea necesario deliberar sobre ellos, o cuando uno vea que el discurso ha alcanzado su límite, de modo que no quede ninguna posibilidad de superación para los demás.
6
Mientras las cosas sigan igual que antes y lo que se ha dicho resulte ser mediocre,¿ cómo no va a ser necesario examinar y filosofar sobre este discurso, que, si se lleva a cabo con éxito, nos librará tanto de la guerra entre nosotros como de la confusión actual y de los mayores males?
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Además de esto, si no fuera posible exponer los mismos hechos de ninguna otra manera que no fuera a través de una sola forma, uno podría suponer que es superfluo molestar a los oyentes hablando de la misma manera que aquellos; pero dado que los discursos tienen tal naturaleza,
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que es posible explicar los mismos temas de muchas maneras, y hacer que lo grande parezca humilde y dotar de grandeza a lo pequeño, y tratar lo antiguo de forma novedosa y hablar de lo recién ocurrido de manera arcaica, ya no se debe evitar aquello sobre lo que otros han hablado antes, sino que se debe intentar hablar mejor que ellos.
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Pues las acciones pasadas nos han sido legadas como algo común a todos nosotros, pero utilizar estas en el momento oportuno, reflexionar sobre lo que corresponde a cada una y disponer bien las palabras es propio de quienes piensan correctamente.
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Considero que así es como tanto las otras artes como la filosofía sobre los discursos alcanzarían el mayor progreso, si uno admirara y honrara no a los que comienzan primero las obras, sino a los que mejor ejecutan cada una de ellas, y no a los que buscan hablar sobre temas de los que nadie ha hablado antes, sino a los que saben hablar de tal manera que nadie más podría hacerlo.
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Y, sin embargo, algunos critican los discursos que superan a los de los profanos y que están demasiado elaborados, y han errado tanto que juzgan los discursos hechos con miras a la excelencia en comparación con los de los litigios privados, como si ambos debieran ser iguales, y no unos seguros y otros demostrativos, o como si ellos mismos vieran la moderación, mientras que el que sabe hablar con precisión simplemente no pudiera hablar de otra manera.
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No se me escapa que elogian a aquellos a quienes ellos mismos se parecen; pero para mí no hay nada que tratar con tales personas, sino con aquellos que no aceptarán nada de lo que se diga al azar, sino que se mostrarán exigentes y buscarán ver algo en lo mío que no encontrarán en los demás. Ante ellos, habiéndome atrevido un poco más en mi favor, expondré ya mis argumentos sobre el asunto.
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Pues veo que los demás, en sus proemios, apaciguan a los oyentes y se excusan por lo que se va a decir, y dicen unos que su preparación ha sido improvisada, y otros que es difícil encontrar discursos a la altura de la magnitud de los hechos.
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Yo, en cambio, si no hablo de manera digna tanto del asunto como de mi propia reputación y del tiempo, no solo del que hemos dedicado al discurso, sino de toda mi vida, exhorto a que no se tenga ninguna indulgencia, sino que se burlen y me desprecien; pues no hay nada que no merezca sufrir si, sin ser diferente, hago promesas tan grandes. Sobre los asuntos personales, baste con esto. Sobre los asuntos comunes,
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cuantos, al comenzar, enseñan que es necesario disolver las enemistades que tenemos entre nosotros y volverse contra el bárbaro, y repasan tanto las desgracias que nos han ocurrido por la guerra entre nosotros como los beneficios que resultarán de la expedición contra aquel, dicen la verdad, pero no comienzan desde donde podrían establecer esto mejor.
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Pues de los griegos, unos están bajo nosotros y otros bajo los lacedemonios; pues los regímenes políticos, a través de los cuales habitan las ciudades, han dividido así a la mayoría de ellos. Por tanto, quien crea que los demás harán algo bueno en común, antes de reconciliar a sus líderes, es demasiado ingenuo y está lejos de la realidad.
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Sino que es necesario que quien no solo hace una demostración, sino que también desea lograr algo, busque aquellos discursos que persuadan a estas dos ciudades a compartir equitativamente entre sí, a repartirse las hegemonías y a obtener de los bárbaros las ventajas que ahora desean obtener de los griegos.
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Es fácil, pues, llevar a nuestra ciudad a esto, pero los lacedemonios todavía se muestran difíciles de persuadir; pues han adoptado un discurso falso, que es tradicional para ellos liderar; pero si alguien les demuestra que este honor es más nuestro que de ellos, tal vez, dejando de lado la precisión sobre esto, se inclinarían hacia lo que es conveniente.
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Era necesario, pues, que los demás comenzaran desde aquí y no aconsejaran sobre lo que es aceptado antes de habernos enseñado sobre lo que es objeto de disputa; pero a mí, en cualquier caso, me corresponde dedicar la mayor parte de mi atención a esto, sobre todo para que resulte algo útil y, habiendo cesado en nuestra rivalidad, luchemos en común contra los bárbaros,
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y si esto es imposible, para que señale a los que son un obstáculo para la felicidad de los griegos, y para que sea evidente para todos que nuestra ciudad gobernó justamente el mar en el pasado y que ahora no reclama injustamente la hegemonía.
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Pues si hay que honrar a estos por cada una de las obras, por ser los más experimentados y tener el mayor poder, nos corresponde indiscutiblemente recuperar la hegemonía que ya teníamos; pues nadie podría mostrar otra ciudad que supere tanto en la guerra terrestre como la nuestra se distingue en los peligros en el mar.
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Y si algunos no consideran que este juicio sea justo, sino que ocurren muchos cambios( pues los poderes nunca permanecen en los mismos), y consideran que la hegemonía debe ser poseída como cualquier otro premio, ya sea por los que primero obtuvieron este honor o por los que son causa de la mayoría de los bienes para los griegos, considero que también ellos están de nuestro lado;
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pues cuanto más lejos se mire sobre ambos asuntos, tanto más dejaremos atrás a los que disputan. Pues se admite que nuestra ciudad es la más antigua, la más grande y la más renombrada entre todos los hombres; y siendo tan hermosa la premisa, nos corresponde ser honrados aún más por lo que sigue a esto.
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Pues habitamos esta ciudad no habiendo expulsado a otros, ni habiéndola encontrado desierta, ni habiéndonos reunido como una mezcla de muchas naciones, sino que hemos nacido de manera tan hermosa y genuina que, desde la misma en la que nacimos, continuamos poseyéndola todo el tiempo, siendo autóctonos y pudiendo llamar a la ciudad con los mismos nombres que a los más cercanos,
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pues solo a nosotros, entre los griegos, nos corresponde llamar a la misma nutricia, patria y madre. Y, sin embargo, es necesario que los que se enorgullecen razonablemente y disputan justamente sobre la hegemonía, y que a menudo recuerdan sus tradiciones, aparezcan teniendo tal origen del linaje.
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Lo que nos correspondió desde el principio y lo que nos fue otorgado por la fortuna es de tal magnitud; pero examinaríamos mejor de cuántos bienes hemos sido causa para los demás si repasáramos el tiempo desde el principio y las acciones de la ciudad sucesivamente; pues encontraremos que ella no solo fue causa de los peligros de la guerra, sino también de la otra estructura,
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en la que habitamos, con la que nos gobernamos y gracias a la cual podemos vivir, siendo causa de casi todo. Y es necesario elegir, entre los beneficios, no los que pasaron desapercibidos y fueron silenciados por su pequeñez, sino los que, por su magnitud, son mencionados y recordados por todos los hombres, tanto antiguamente como ahora y en todas partes.
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En primer lugar, pues, lo que nuestra naturaleza necesitó primero, fue provisto a través de nuestra ciudad; pues incluso si el relato se ha vuelto mítico, aun así es apropiado que se diga ahora. Pues cuando Deméter llegó a la tierra cuando vagaba tras el rapto de Core, y se mostró benévola con nuestros antepasados por los beneficios que no es posible escuchar más que a los iniciados, y dio dos dones que resultan ser los mayores, los frutos, que han sido causa de que no vivamos como fieras, y la iniciación, cuyos participantes tienen esperanzas más dulces tanto sobre el fin de la vida como sobre toda la eternidad,
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nuestra ciudad se mostró no solo amante de los dioses, sino también filántropa, de modo que, habiéndose convertido en dueña de tales bienes, no los envidió a los demás, sino que compartió con todos lo que recibió. Y lo que todavía mostramos cada año, y lo que enseñó en conjunto sobre las necesidades, los trabajos y los beneficios que resultan de ellos.
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Y nadie consideraría digno desconfiar de esto habiéndose añadido aún pocas cosas. Pues, en primer lugar, de lo que uno podría despreciar los relatos por ser antiguos, de esos mismos se podría razonablemente pensar que las acciones han ocurrido; pues, debido a que muchos lo han dicho y todos lo han escuchado, es apropiado que lo que se dice sobre ellos parezca no nuevo, sino creíble. Además, no solo tenemos donde refugiarnos en que hemos recibido el relato y la fama desde hace mucho tiempo, sino que también podemos usar signos mayores que estos sobre ellos.
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Pues la mayoría de las ciudades, como recordatorio del antiguo beneficio, nos envían primicias del grano cada año, y a las que faltan, la Pitia a menudo les ha ordenado llevar las partes de los frutos y cumplir con las tradiciones hacia nuestra ciudad. Y, sin embargo,¿ sobre qué se debe creer más que sobre lo que el dios declara y muchos de los griegos están de acuerdo, y lo que se dijo antiguamente es testificado por los hechos presentes, y lo que ocurre ahora concuerda con lo que fue dicho por ellos? Además de esto,
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si dejamos todo esto y examinamos desde el principio, encontraremos que los primeros que aparecieron en la tierra no encontraron la vida tal como es ahora, sino que ellos mismos la procuraron poco a poco.¿ A quiénes, pues, se debe considerar más que recibieron un don de los dioses o que lo encontraron buscándolo?
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¿ No a los que son admitidos por todos como los primeros que existieron, los más dotados para las artes y los más piadosos hacia los dioses? Y, ciertamente, es superfluo enseñar cuánta honra corresponde obtener a los que son causa de tales bienes; pues nadie podría encontrar un don de tal magnitud que sea igual a lo realizado.
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Sobre el mayor de los beneficios, que fue el primero y el más común para todos, esto es lo que tenemos que decir; pero viendo, en los mismos tiempos, que los bárbaros ocupaban la mayor parte de la tierra, y que los griegos estaban encerrados en un lugar pequeño y, debido a la escasez de tierra, conspiraban contra sí mismos y hacían expediciones unos contra otros, y unos perecían por la falta de lo cotidiano y otros por la guerra,
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tampoco pasó por alto que esto fuera así, sino que envió líderes a las ciudades, quienes, tomando a los que más necesitaban de vida, estableciéndose como sus generales y venciendo a los bárbaros en la guerra, fundaron muchas ciudades en ambos continentes, poblaron todas las islas y salvaron a ambos, tanto a los que siguieron como a los que se quedaron;
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pues a unos les dejaron suficiente tierra en su patria, y a otros les procuraron más de la que tenían; pues se apoderaron de todo el lugar que ahora habitamos. De modo que también facilitaron mucho a los que después desearon colonizar a algunos e imitar a nuestra ciudad; pues no necesitaban arriesgarse adquiriendo tierra, sino ir a habitar en la que fue delimitada por nosotros,
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a esta, yendo a habitar. Y, sin embargo,¿ quién podría mostrar una hegemonía más tradicional que esta, que ocurrió antes de que la mayoría de las ciudades griegas fueran pobladas, o más conveniente, que la que hizo que los bárbaros fueran desplazados y llevó a los griegos a tal prosperidad?
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No, pues, una vez que realizó lo más importante, descuidó lo demás, sino que hizo de esto el comienzo de los beneficios, encontrar sustento para los necesitados, lo cual es necesario que hagan los que pretenden administrar bien también lo demás, y considerando que la vida que sigue a esto no es digna de ser deseada, se preocupó también de lo restante, de modo que de los bienes presentes para los hombres, cuantos no tenemos de los dioses sino que han surgido entre nosotros, nada es sin nuestra ciudad, y la mayoría ha surgido gracias a ella.
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Pues, habiendo tomado a los griegos viviendo sin ley y dispersos, y a unos siendo ultrajados por tiranías y a otros pereciendo por la anarquía, los libró de estos males, convirtiéndose en dueña de unos y haciéndose ejemplo para otros; pues fue la primera que estableció leyes y constituyó un régimen político.
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Y es evidente por esto; pues los que al principio se quejaron sobre los homicidios, y desearon resolver sus asuntos entre sí con razón y no con violencia, hicieron los juicios sobre ellos en nuestras leyes. Y, ciertamente, de las artes, tanto las útiles para las necesidades de la vida como las ideadas para el placer, unas las encontró y otras, habiéndolas probado, las entregó a los demás para que las usaran.
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La otra administración, pues, la dispuso de manera tan hospitalaria y familiar para todos, que se ajusta tanto a los que necesitan dinero como a los que desean disfrutar de lo que tienen, y no es inútil ni para los que gozan de buena fortuna ni para los que son desgraciados en sus propios asuntos, sino que para ambos hay entre nosotros, para unos los pasatiempos más dulces, y para otros el refugio más seguro.
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Además, como cada uno no posee una tierra autosuficiente, sino que a unos les falta y a otros les produce más de lo suficiente, y hay mucha dificultad sobre dónde vender lo que sobra y de dónde importar lo que falta, también ayudó a estas desgracias; pues construyó el Pireo en medio de Grecia como un emporio, que tiene tal exceso, que lo que es difícil obtener de los demás, uno por uno, todo eso es fácil de procurar de ella.
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Siendo justamente elogiados los que establecieron las asambleas panhelénicas porque nos entregaron tal costumbre, de modo que, habiendo hecho treguas entre sí y disuelto las enemistades existentes, nos reuniéramos en el mismo lugar, y después de esto, habiendo hecho oraciones y sacrificios comunes, recordáramos el parentesco que existe entre nosotros, y nos dispusiéramos más benévolamente hacia el tiempo futuro entre nosotros mismos, y renováramos las antiguas amistades y hiciéramos otras nuevas,
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y que el pasatiempo no fuera ocioso ni para los particulares ni para los que sobresalen por su naturaleza, sino que, habiéndose reunido los griegos, fuera posible para unos mostrar sus propias fortunas, y para otros ver a estos compitiendo entre sí, y que ninguno pasara el tiempo desanimado, sino que ambos tuvieran motivos para enorgullecerse, unos cuando vean a los atletas esforzándose por ellos, y otros cuando reflexionen que todos han venido a su propia contemplación,— de tantos bienes que nos resultan por las reuniones, tampoco en esto nuestra ciudad se quedó atrás.
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Pues posee los espectáculos más numerosos y hermosos, unos que superan por los gastos, otros que gozan de buena reputación por las artes, y otros que se distinguen por ambos, y la multitud de los que llegan a nosotros es tal, que si hay algún bien en el acercamiento entre sí, también eso ha sido abarcado por ella. Además de esto, es posible encontrar las amistades más fieles y disfrutar de las reuniones más variadas sobre todo entre nosotros, y además ver concursos, no solo de velocidad y fuerza, sino también de discursos, de inteligencia y de todas las demás obras, y para estos, los mayores premios.
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Pues, además de los que ella misma establece, persuade a los demás a que también los den; pues lo que es juzgado por nosotros obtiene tal gloria que es apreciado por todos los hombres. Además de esto, las otras asambleas, habiéndose reunido después de mucho tiempo, se disolvieron rápidamente, pero nuestra ciudad es una asamblea para los que llegan durante toda la eternidad.
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La filosofía, pues, que encontró y construyó todo esto, y nos educó para las acciones y nos apaciguó entre nosotros, y distinguió las desgracias que ocurren por ignorancia y las que ocurren por necesidad, y enseñó a evitar unas y a soportar bien otras, nuestra ciudad la mostró,
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y honró los discursos, que todos desean, pero envidian a los que los conocen, siendo consciente de que esto es lo único que hemos nacido teniendo como propio de entre todos los seres vivos, y porque, habiendo sacado ventaja en esto, nos distinguimos de ellos en todo lo demás, y viendo que, en las otras acciones, las fortunas son tan turbulentas que a menudo en ellas incluso los sensatos son desgraciados y los insensatos tienen éxito, mientras que los discursos que están bien y técnicamente elaborados no pertenecen a los mediocres, sino que son obra de un alma que piensa bien,
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y que los sabios y los que parecen ser ignorantes se distinguen más entre sí en esto, y además que los que han sido educados libremente desde el principio no son reconocidos por la valentía, la riqueza y tales bienes, sino que se vuelven más evidentes por lo que dicen, y que esto es el símbolo más fiel de nuestra educación de cada uno, y que los que usan bien el discurso no solo son capaces en sus propios asuntos, sino que también son honrados entre los demás.
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Y nuestra ciudad ha dejado tan atrás a los demás hombres en cuanto a pensar y hablar, que sus discípulos se han convertido en maestros de los demás, y ha hecho que el nombre de los griegos parezca ser ya no del linaje sino de la inteligencia, y que sean llamados griegos más los que participan de nuestra educación que los que participan de la naturaleza común.
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Y para que no parezca que me detengo en las partes habiéndome propuesto hablar sobre todos los asuntos, ni que elogio la ciudad a partir de esto por no poder elogiarla por lo que respecta a la guerra, baste con esto dicho para los que se enorgullecen de tales cosas, pero considero que a nuestros antepasados les corresponde ser honrados no menos por los peligros que por los otros beneficios.
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Pues no soportaron luchas pequeñas, ni pocas, ni oscuras, sino muchas, terribles y grandes, unas por su propia tierra, y otras por la libertad de los demás; pues continuaron todo el tiempo ofreciendo una ciudad común y que siempre ayudaba a los griegos que eran tratados injustamente.
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Por eso, algunos nos acusan de no deliberar correctamente, porque estamos acostumbrados a cuidar a los más débiles, como si tales discursos no estuvieran junto a los que desean elogiarnos. Pues no deliberábamos sobre ellos ignorando cuánto se distinguen las alianzas mayores para la seguridad, sino que, conociendo mucho más precisamente que los demás lo que resulta de tales cosas, aun así elegíamos ayudar a los más débiles y contra lo conveniente antes que cometer injusticias junto a los más fuertes por el bien de lo lucrativo.
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Y uno podría conocer tanto el carácter como la fuerza de la ciudad a partir de las súplicas que algunos nos han hecho. Dejaré de lado las que han ocurrido recientemente o las que vinieron por asuntos pequeños; pero mucho antes de las troyanas( pues de ahí es justo que tomen las pruebas los que disputan sobre las tradiciones) vinieron los hijos de Heracles y, poco antes de ellos, Adrasto, hijo de Talao, siendo rey de Argos,
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este, habiendo sido desgraciado tras la expedición contra Tebas, y no pudiendo él mismo recoger a los que murieron bajo la Cadmea, y considerando que la ciudad debía ayudar a las desgracias comunes y no pasar por alto que los que morían en las guerras quedaran sin sepultura ni que se destruyera una antigua costumbre y ley tradicional,
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y los hijos de Heracles, huyendo del odio de Euristeo, y despreciando a las otras ciudades por considerar que no podrían ayudar a sus propias desgracias, y considerando que la nuestra era la única capaz de devolver el favor por lo que su padre benefició a todos los hombres.
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A partir de esto, es fácil ver que también en aquel tiempo nuestra ciudad tenía una posición hegemónica; pues¿ quién se atrevería a suplicar a los que son inferiores a él o a los que están bajo otros, dejando de lado a los que tienen mayor poder, y más aún sobre asuntos no privados sino comunes y sobre los cuales no era razonable que nadie más se preocupara excepto los que se consideran dignos de estar al frente de los griegos?
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Además, no parecen haber sido engañados en las esperanzas por las que se refugiaron en nuestros antepasados. Pues, habiendo emprendido la guerra contra los tebanos por los muertos, y contra el poder de Euristeo por los hijos de Heracles, obligaron a los que habían hecho la expedición a devolver los cadáveres a sus familiares, y saliendo al encuentro de los peloponesios que habían invadido nuestra tierra con Euristeo, los vencieron luchando y pusieron fin a su insolencia.
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Y siendo admirados también por las otras acciones, a partir de estos hechos gozaron de aún mayor reputación. Pues no hicieron poco, sino que cambiaron tanto las fortunas de ambos, que el que consideró digno suplicarnos se fue habiendo logrado, por la fuerza de los enemigos, todo lo que necesitó, y Euristeo, habiendo esperado usar la fuerza, se vio obligado a convertirse él mismo en cautivo y suplicante,
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y al que superó la naturaleza humana, que habiendo nacido de Zeus y siendo mortal tuvo la fuerza de un dios, a este continuó ordenando y maltratando todo el tiempo, pero cuando pecó contra nosotros, cayó en tal cambio que, habiendo quedado a merced de los hijos de aquel, terminó su vida de manera ignominiosa.
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Y habiendo muchos beneficios nuestros hacia la ciudad de los lacedemonios, solo sobre este me ha ocurrido hablar; pues tomando como punto de partida la salvación que les ocurrió gracias a nosotros, los antepasados de los que ahora reinan en Lacedemonia, descendientes de Heracles, regresaron al Peloponeso, se apoderaron de Argos, Lacedemonia y Mesenia, se convirtieron en fundadores de Esparta y se establecieron como los autores de todos los bienes que tienen.
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De quienes era necesario que ellos, recordándolo, nunca invadieran esta tierra, desde la cual, habiendo partido, obtuvieron tal felicidad, ni pusieran en peligros a la ciudad que se arriesgó primero por los hijos de Heracles, ni dieran el reino a los descendientes de aquel, y consideraran que la que fue causa de la salvación para el linaje debía ser esclava de ellos.
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Y si hay que dejar de lado los favores y las clemencias y volver a la premisa y decir el más preciso de los discursos, no es tradicional, supongo, que los recién llegados lideren a los autóctonos, ni los que fueron beneficiados a los que beneficiaron, ni los que se convirtieron en suplicantes a los que los acogieron.
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Además, puedo explicar sobre ellos de manera más breve. Pues de las ciudades griegas, aparte de la nuestra, Argos, Tebas y Lacedemonia eran entonces las más grandes y todavía continúan siéndolo. Pero nuestros antepasados parecen haberse distinguido tanto de todos, que, ordenando a los tebanos por los argelinos que habían sido desgraciados, cuando se sintieron más orgullosos,
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y venciendo en batalla a los argelinos y a los otros peloponesios por los hijos de Heracles, y salvando a los fundadores y a los líderes de los lacedemonios a partir de los peligros contra Euristeo. De modo que sobre el poder entre los griegos no sé cómo alguien podría mostrarlo más claramente.
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Me parece que también es apropiado hablar sobre lo que la ciudad ha hecho contra los bárbaros, sobre todo porque también establecí el discurso sobre la hegemonía contra ellos. Enumerar todos los peligros sería hablar demasiado; pero sobre los mayores, de la misma manera que hace poco, intentaré tratar también sobre esto.
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Pues los linajes más dominantes y que tienen los mayores poderes son los escitas, los tracios y los persas, y resulta que todos estos han conspirado contra nosotros, y la ciudad se ha arriesgado contra todos ellos. Y, sin embargo,¿ qué quedará para los que contradicen, si se demuestra que de los griegos los que no pueden obtener justicia consideran digno suplicarnos, y de los bárbaros los que desean esclavizar a los griegos vienen primero contra nosotros?
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El más ilustre de los peligros ha sido el persa, pero los antiguos testimonios de las obras no son menores para los que disputan sobre las tradiciones. Pues, siendo todavía humilde Grecia, vinieron a nuestra tierra los tracios con Eumolpo, hijo de Poseidón, y los escitas con las amazonas, hijas de Ares, no en el mismo tiempo, sino en el que cada uno dominaba Europa, odiando a todo el linaje de los griegos, y habiendo hecho acusaciones privadas contra nosotros, pensando que de esta manera se arriesgarían contra una sola ciudad,
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y que vencerían a todas a la vez. Sin embargo, no tuvieron éxito, sino que, habiéndose enfrentado solo a nuestros antepasados, fueron destruidos de la misma manera que si hubieran luchado contra todos los hombres. Y es evidente la magnitud de los males que les ocurrieron; pues los relatos sobre ellos no habrían permanecido tanto tiempo si lo realizado no se hubiera distinguido mucho de los demás.
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Se dice, pues, sobre las amazonas que de las que vinieron ninguna regresó, y las que se quedaron fueron expulsadas de su poder por la desgracia ocurrida aquí, y sobre los tracios que, habitando como vecinos durante el otro tiempo, debido a la expedición ocurrida entonces, se alejaron tanto, que en medio de la tierra se poblaron muchas naciones, linajes de todo tipo y grandes ciudades.
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Hermosas son, pues, también estas cosas, y apropiadas para los que disputan sobre la hegemonía; pero hermanas de lo dicho, y tales como es razonable que hicieran los que nacieron de tales, hicieron los que lucharon contra Darío y Jerjes. Pues, habiéndose formado aquella guerra tan grande, y habiendo coincidido tantos peligros en el mismo tiempo, y pensando los enemigos que eran irresistibles por su multitud, y considerando los aliados que tenían una virtud insuperable,
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venciendo a ambos como correspondía a cada uno, y distinguiéndose en todos los peligros, fueron considerados dignos de los premios de la valentía, y no mucho después obtuvieron el poder del mar, dándolo los otros griegos, y no disputándolo los que ahora buscan arrebatárnoslo.
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Y que nadie piense que ignoro que también los lacedemonios fueron causa de muchos bienes para los griegos en esos tiempos; pero por esto puedo elogiar aún más a la ciudad, porque, habiendo encontrado tales competidores, se distinguió tanto de ellos. Deseo hablar un poco más largo sobre las dos ciudades y no pasar por alto demasiado rápido, para que tengamos recordatorios de ambos, tanto de la virtud de los antepasados como del odio contra los bárbaros.
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Y, sin embargo, no se me escapa que es difícil, habiendo llegado al final, hablar sobre asuntos ocupados hace mucho tiempo, y sobre los cuales los ciudadanos que más pudieron hablar han hablado a menudo en los entierros públicos; pues es necesario que los más importantes ya hayan sido usados, y que queden pocos. Sin embargo, de lo restante, dado que conviene a los asuntos, no hay que dudar en mencionarlos.
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Considero, pues, que quienes arriesgaron sus vidas por Grecia han sido causa de los mayores bienes y son dignos de los más grandes elogios; sin embargo, tampoco es justo olvidar a quienes vivieron antes de esta guerra y ejercieron el poder en cada una de las dos ciudades, pues ellos fueron quienes prepararon a sus sucesores, incitaron a las multitudes a la virtud y convirtieron a los ciudadanos en difíciles adversarios para los bárbaros.
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No descuidaban los asuntos comunes, ni disfrutaban de ellos como si fueran propios mientras los desatendían como si fueran ajenos, sino que los cuidaban como si fueran suyos y se abstenían de lo que no les concernía, tal como es debido. Tampoco juzgaban la felicidad en función del dinero, sino que consideraba poseer la riqueza más segura y hermosa aquel que actuaba de tal modo que él mismo fuera a gozar de la mayor reputación y dejara a sus hijos la mayor gloria.
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No envidiaban la audacia de los demás, ni practicaban la temeridad por cuenta propia, sino que consideraban más terrible ser mal vistos por los ciudadanos que morir gloriosamente por la ciudad, y se avergonzaban más de las faltas cometidas contra la comunidad que ahora de las que cometen en su vida privada.
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La causa de esto era que se preocupaban de que las leyes fueran precisas y justas, no tanto las relativas a los contratos privados como las referentes a las costumbres cotidianas; pues sabían que los hombres nobles y buenos no necesitarán muchos documentos, sino que, a partir de unos pocos principios, se pondrán fácilmente de acuerdo tanto sobre los asuntos privados como sobre los públicos.
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Tenían tal sentido de la política que, incluso cuando se enfrentaban en facciones, no lo hacían para ver quiénes, tras destruir a los otros, gobernarían sobre el resto, sino quiénes se adelantarían a hacer algún bien a la ciudad; y formaban asociaciones no para obtener ventajas personales, sino para el beneficio de la mayoría.
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De la misma manera administraban también los asuntos de los demás, tratando a los griegos con respeto y no con arrogancia, considerando que debían ser sus estrategas y no sus tiranos, deseando más ser llamados líderes que amos, y salvadores en lugar de destructores, atrayendo a las ciudades mediante el beneficio y no sometiéndolas por la fuerza.
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Usaban palabras más fiables que los juramentos de hoy en día, consideraban que debían cumplir los tratados como si fueran necesidades ineludibles, no se enorgullecían tanto de su poder como se esforzaban por vivir con moderación, exigiendo tener la misma actitud hacia los más débiles que la que los más fuertes tenían hacia ellos mismos, considerando sus ciudades como hogares privados, pero a Grecia como su patria común.
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Con tales pensamientos y educando a los jóvenes en tales costumbres, demostraron ser hombres tan valientes contra los que venían de Asia que nadie, ni poetas ni sofistas, ha podido hablar dignamente de sus hazañas. Y les tengo mucha indulgencia, pues es igual de difícil alabar a quienes han superado las virtudes de los demás que a quienes no han hecho nada bueno; a los primeros les faltan acciones, y para los segundos no hay palabras adecuadas.
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¿ Cómo podrían ser comparables a tales hombres, que superaron tanto a los que marcharon contra Troya, en cuanto que aquellos perdieron diez años ante una sola ciudad, mientras que estos derrotaron en poco tiempo a todo el poder de Asia, y no solo salvaron sus propias patrias, sino que liberaron a toda Grecia?¿ De qué obras, trabajos o peligros se habrían abstenido para gozar de buena reputación en vida, ellos que estaban tan dispuestos a morir por la gloria que habrían de tener tras su muerte?
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Creo que incluso la guerra fue provocada por algún dios que admiraba su virtud, para que, siendo como eran, no pasaran desapercibidos por su naturaleza ni terminaran su vida sin gloria, sino que fueran considerados dignos de lo mismo que los nacidos de los dioses y llamados semidioses; pues, en efecto, entregaron sus cuerpos a las necesidades de la naturaleza, pero hicieron inmortal el recuerdo de su virtud.
85
Siempre, pues, nuestros antepasados y los lacedemonios tuvieron una rivalidad ambiciosa entre sí, pero, sin embargo, compitieron por las cosas más nobles en aquellos tiempos, considerándose no enemigos sino competidores, y no sirviendo al bárbaro para esclavizar a los griegos, sino estando de acuerdo en la salvación común y haciendo de la competencia quién de ellos sería el responsable de ella. Demostraron sus virtudes primero contra los enviados por Darío.
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Pues, al desembarcar ellos en el Ática, los nuestros no esperaron a los aliados, sino que, haciendo suya la guerra común, salieron al encuentro de quienes despreciaban a toda Grecia con su propia fuerza, unos pocos contra muchas miríadas, como si fueran a arriesgarse con vidas ajenas; y los otros, apenas se enteraron de la guerra en el Ática, descuidando todo lo demás, vinieron a ayudarnos, poniendo tanto empeño como si su propio territorio estuviera siendo devastado.
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Y una señal de su rapidez y de su rivalidad: se dice que nuestros antepasados se enteraron del desembarco de los bárbaros y, tras acudir en ayuda a las fronteras del país y vencer en batalla, erigieron un trofeo sobre los enemigos el mismo día, mientras que los otros recorrieron mil doscientos estadios en tres días y tres noches marchando con su ejército. Tan ansiosos estaban unos por participar en los peligros y otros por llegar antes de que los que venían a ayudar se enfrentaran a ellos.
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Después de esto, ocurrió la expedición posterior que el propio Jerjes dirigió, abandonando sus palacios, atreviéndose a establecerse como estratega y reuniendo a todos los que venían de Asia; sobre lo cual,¿ quién, al intentar decir exageraciones, no ha dicho menos de lo que realmente sucedió?
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Él llegó a tal grado de arrogancia que, considerando que conquistar Grecia era una tarea pequeña y deseando dejar un monumento que no fuera de naturaleza humana, no se detuvo hasta que descubrió y forzó lo que todos cuentan: navegar con su ejército a través del continente y marchar a pie a través del mar, uniendo el Helesponto y excavando el monte Athos.
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Contra quien se sentía tan orgulloso, había realizado tales hazañas y se había convertido en amo de tantos, salieron al encuentro dividiéndose el peligro: los lacedemonios hacia las Termópilas contra la infantería, eligiendo a mil de los suyos y tomando a pocos de los aliados, para detenerlos en los desfiladeros y evitar que avanzaran más; y nuestros padres hacia Artemisio, tripulando sesenta trirremes contra toda la flota de los enemigos.
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Se atrevían a hacer esto no tanto despreciando a los enemigos como compitiendo entre sí: los lacedemonios envidiando a la ciudad por la batalla de Maratón y buscando igualarse, temiendo que nuestra ciudad fuera por segunda vez consecutiva la causa de la salvación para los griegos; y los nuestros, deseando sobre todo preservar la gloria presente y hacer evidente a todos que también la vez anterior habían vencido por virtud y no por suerte, y además, llevar a los griegos a combatir en el mar, demostrándoles que, al igual que en los combates terrestres, la virtud de la multitud prevalecía en los peligros navales.
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Habiendo mostrado igual audacia, no tuvieron la misma suerte, sino que unos fueron destruidos y, aunque vencieron en espíritu, sucumbieron en el cuerpo( pues no es lícito decir que fueron derrotados, ya que ninguno de ellos consintió en huir); los nuestros vencieron en los combates previos, pero cuando oyeron que los enemigos dominaban el paso, regresaron a casa y deliberaron sobre lo que quedaba de tal manera que, habiendo realizado muchas y hermosas acciones, destacaron aún más en los últimos peligros.
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Pues, estando todos los aliados desanimados, los peloponesios levantando muros en el Istmo y buscando su propia salvación, las demás ciudades habiendo caído bajo los bárbaros y luchando junto a ellos, salvo si alguna fue descuidada por su pequeñez, y acercándose mil doscientos trirremes y un ejército de infantería innumerable a punto de invadir el Ática, sin que se vislumbrara ninguna salvación para ellos, habiéndose quedado sin aliados y habiendo perdido todas las esperanzas,
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pudiendo no solo evitar los peligros presentes sino también recibir honores excepcionales, que el rey les ofrecía pensando que, si conseguía la flota de la ciudad, dominaría inmediatamente el Peloponeso, no soportaron los regalos de aquel, ni, enfadados con los griegos por haber sido traicionados, se apresuraron alegremente a las negociaciones con los bárbaros,
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sino que ellos mismos se preparaban para luchar por la libertad, y tenían indulgencia con los demás que elegían la esclavitud. Pues consideraban que a las ciudades humildes les corresponde buscar la salvación de cualquier manera, pero que a las que aspiran a estar al frente de Grecia no les es posible evitar los peligros, sino que, al igual que para los hombres nobles y buenos es preferible morir gloriosamente que vivir vergonzosamente, así también para las ciudades superiores es más rentable desaparecer de la faz de la tierra que ser vistas convertidas en esclavas.
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Es evidente que pensaron esto; pues, como no podían enfrentarse a ambos ejércitos a la vez, tomaron a toda la multitud de la ciudad y navegaron hacia la isla vecina, para enfrentarse a cada uno por turno. Y, sin embargo,¿ cómo podrían demostrar ser hombres mejores o más amantes de Grecia que aquellos que soportaron ver, para no ser causa de esclavitud para los demás, la ciudad desierta, el territorio devastado, los templos saqueados y los santuarios incendiados, y toda la guerra desarrollándose en torno a su propia patria?
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Y ni siquiera esto les bastó, sino que estuvieron a punto de combatir solos contra mil doscientos trirremes. Sin embargo, no se les permitió; pues los peloponesios, avergonzados por su virtud y pensando que, si los nuestros eran destruidos primero, ellos mismos no se salvarían, y que si tenían éxito, sus propias ciudades quedarían en deshonra, se vieron obligados a participar en los peligros. Y no sé por qué debería perder el tiempo relatando los alborotos que ocurrieron en el asunto, los gritos y las arengas, que son comunes a todos los que luchan en el mar;
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lo que es propio y digno del liderazgo y está de acuerdo con lo dicho anteriormente, eso es mi tarea decirlo. Pues nuestra ciudad era tan superior cuando estaba intacta que, aun siendo destruida, contribuyó con más trirremes al peligro por Grecia que todos los que lucharon en el mar, y nadie hay tan malintencionado hacia nosotros que no admita que gracias a la batalla naval vencimos en la guerra, y que la ciudad fue la causa de ello.
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Y, sin embargo, estando a punto de haber una expedición contra los bárbaros,¿ quiénes deben tener el liderazgo?¿ No los que más se distinguieron en la guerra anterior, los que muchas veces arriesgaron sus vidas en privado y fueron considerados dignos de los premios al valor en las competiciones comunes, los que abandonaron su propia patria por la salvación de los demás, los que antiguamente fueron fundadores de la mayoría de las ciudades y, de nuevo, las salvaron de las mayores desgracias?¿ Y cómo no sufriríamos algo terrible si, habiendo compartido la mayor parte de los males, se nos considerara dignos de tener menos en los honores, y habiendo sido puestos al frente de todos, ahora nos viéramos obligados a seguir a otros?
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Hasta aquí, pues, sé que todos admitirían que nuestra ciudad ha sido causa de muchísimos bienes y que, con justicia, el liderazgo debería ser suyo; pero después de esto, algunos nos acusan de que, desde que tomamos el mando del mar, nos convertimos en causa de muchos males para los griegos, y nos reprochan en estos discursos la esclavitud de los melios y la destrucción de los escioneos.

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