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Original / primary: Spanish Gemini
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Sabiendo, Arquidamo, que muchos se han apresurado a elogiarte a ti, a tu padre y a vuestro linaje, decidí dejar este discurso a aquellos, puesto que era demasiado fácil, mientras que yo mismo me propongo exhortarte a estrategias y expediciones que no se parecen en nada a las actuales, sino que serán causa de grandes bienes tanto para tu propia ciudad como para todos los griegos.
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He hecho esta elección no por desconocer cuál de los discursos era más fácil de manejar, sino por saber con precisión que, si bien es difícil y raro encontrar acciones nobles, grandes y provechosas, habría podido elogiar vuestras virtudes con facilidad. Pues no necesitaba obtener de mí mismo lo que se diría sobre ellas, sino que de vuestras propias hazañas habría tomado tantas y tales fuentes que los elogios sobre los demás no habrían resultado ni en lo más mínimo comparables al que se habría dicho sobre vosotros.
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¿ Cómo podría alguien superar la nobleza de los descendientes de Heracles y Zeus, que todos saben que os pertenece a vosotros solos de manera reconocida, o la virtud de quienes fundaron las ciudades dorias en el Peloponeso y ocuparon esta tierra, o la multitud de peligros y trofeos erigidos gracias a vuestra hegemonía y realeza?
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¿ Y quién habría tenido dificultades, si hubiera querido exponer la valentía de toda la ciudad, su templanza y la constitución establecida por vuestros antepasados?¿ De cuántos discursos se habría podido disponer sobre la prudencia de tu padre, su gestión en las desgracias y la batalla que tuvo lugar en la ciudad, de la cual te convertiste en líder y, tras arriesgarte con pocos contra muchos y sobresalir sobre todos, fuiste causa de la salvación para la ciudad, obra más bella que la cual nadie podría mostrar?
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Pues ni tomar ciudades ni matar a muchos de los enemigos es tan grande y venerable como salvar a la patria de tales peligros, no una ciudad cualquiera, sino una que tanto ha sobresalido en virtud. Sobre esto, cualquiera que lo expusiera de forma sencilla, sin elegancia, sin adornar el lenguaje, sino simplemente enumerándolo y hablándolo de manera desordenada, no dejaría de obtener buena reputación.
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Yo, pues, habiendo podido hablar también sobre esto de manera suficiente, y reconociendo aquello, primero que es más fácil discurrir con abundancia sobre lo que ya ha sucedido que hablar con sensatez sobre lo que está por venir, y después que todos los hombres agradecen más a quienes elogian que a quienes aconsejan, pues a los primeros los aceptan como bienintencionados, mientras que a los segundos, si no se les ha pedido consejo,
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los consideran molestos; sin embargo, previendo todo esto, me abstuve de lo que se habría dicho para complacer, y me dispongo a hablar sobre asuntos sobre los cuales nadie más se atrevería, considerando que quienes aspiran a la rectitud y a la prudencia no deben elegir los discursos más fáciles, sino los más arduos, ni los más agradables para los oyentes, sino aquellos de los que se beneficiarán tanto sus propias ciudades como los demás griegos; propósito en el que me encuentro ahora ocupado.
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Me asombro también de los demás que son capaces de actuar o hablar, si es que nunca se les ocurrió reflexionar sobre los asuntos comunes, ni compadecerse de las desgracias de Grecia, que se encuentra en una situación tan vergonzosa y terrible, de la cual no queda lugar que no esté lleno y repleto de guerra, facciones, matanzas y males innumerables; de los cuales han participado en mayor medida quienes habitan la costa de Asia, a quienes en los tratados hemos entregado todos, no solo a los bárbaros, sino también a aquellos de los griegos que comparten nuestra lengua pero practican las costumbres de los bárbaros; a quienes,
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si tuviéramos juicio, no permitiríamos que se agruparan ni que fueran dirigidos por cualquiera, ni que se formaran contingentes de tropas más grandes y poderosos a partir de los errantes que de los ciudadanos; ellos, que dañan una pequeña parte del territorio del Rey, pero que, en cualquier ciudad griega en la que entran, la dejan desolada, matando a unos y enviando a otros al exilio,
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saqueando los bienes de otros, y además ultrajando a niños y mujeres, deshonrando a las más hermosas y arrebatando a las demás lo que llevan sobre sus cuerpos, de modo que aquellas a quienes antes ni siquiera era posible ver adornadas con bienes ajenos, ahora son vistas por muchos desnudas, y algunas de ellas consumiéndose en harapos por la falta de lo necesario.
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Sobre estos hechos, que ocurren desde hace mucho tiempo, ninguna ciudad de las que pretenden estar al frente de los griegos se ha indignado, ni ningún hombre de los principales se ha sentido afectado, salvo tu padre; pues Agesilao fue el único que, de los que conocemos, pasó todo el tiempo deseando liberar a los griegos y emprender la guerra contra los bárbaros. No obstante, incluso él erró en una sola cosa. Y no te sorprendas,
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si al hablar contigo mencionaré lo que no fue juzgado correctamente por él; pues estoy acostumbrado a expresar siempre mis discursos con franqueza, y preferiría ganarme la enemistad por haber criticado justamente antes que complacer por haber elogiado más allá de lo debido.
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Mi postura, pues, es esta, pero él, habiendo sobresalido en todo lo demás y habiendo sido el más dueño de sí mismo, el más justo y el más político, tuvo dos deseos, cada uno de los cuales parecía ser noble por separado, pero no concordaban entre sí ni podían realizarse al mismo tiempo; pues deseaba tanto hacer la guerra al Rey como traer de vuelta a las ciudades a los amigos que estaban en el exilio y establecerlos como dueños de los asuntos.
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Resultaba, pues, de la gestión a favor de los aliados que los griegos estuvieran en males y peligros, y que, debido a la confusión que ocurría aquí, no tuvieran tiempo libre ni pudieran hacer la guerra a los bárbaros. De modo que, a partir de los errores cometidos en aquel tiempo, es fácil comprender que quienes deliberan correctamente no deben emprender la guerra contra el Rey antes de que alguien reconcilie a los griegos y nos detenga de nuestra locura y rivalidad. Sobre esto he hablado anteriormente y ahora volveré a exponer mis argumentos.
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Y, sin embargo, algunos de los que no han participado de ninguna educación, pero prometen poder educar a los demás, y se atreven a criticar lo mío, pero anhelan imitarlo, tal vez dirían que es locura que yo me preocupe por las desgracias de Grecia, como si por mis discursos ella fuera a ir mejor o peor. De ellos, todos podrían justamente condenar una gran cobardía y pequeñez de alma, porque, pretendiendo filosofar, ellos mismos se enorgullecen de asuntos pequeños, mientras que siguen envidiando a quienes son capaces de aconsejar sobre los asuntos más importantes.
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Estos, pues, ayudando a sus propias debilidades y perezas, tal vez dirán tales cosas; pero yo tengo tan alta opinión de mí mismo, a pesar de tener ochenta años y estar completamente agotado, que creo que me corresponde a mí más que a nadie hablar sobre estos asuntos y que he deliberado bien al dirigir mis discursos a ti, y tal vez de ellos resultará algo de lo necesario.
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Considero también que los demás griegos, si tuvieran que elegir de entre todos tanto al que mejor podría exhortar con su discurso a los griegos a la expedición contra los bárbaros como al que más rápidamente podría llevar a cabo las acciones que se consideren provechosas, no elegirían a otros en lugar de a nosotros. Y, sin embargo,¿ cómo no cometeríamos una vergüenza si descuidáramos estos asuntos tan honorables que todos nos confiarían?
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Lo mío, pues, es menor; pues declarar lo que uno sabe no es de lo más difícil por naturaleza; pero a ti te corresponde, prestando atención a lo que digo, deliberar si debes descuidar los asuntos griegos, siendo como eres, tal como expuse hace poco, líder de los lacedemonios, llamado rey y poseedor de la mayor reputación entre los griegos, o si debes despreciar los asuntos actuales y emprender otros mayores.
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Yo, en efecto, digo que debes, dejando de lado todo lo demás, prestar atención a estas dos cosas: cómo liberarás a los griegos de las guerras y de los demás males que ahora les aquejan, y cómo detendrás a los bárbaros en su insolencia y en la posesión de más bienes de los que les corresponden. Y cómo esto es posible, provechoso tanto para ti como para la ciudad y para todos los demás, es ya mi tarea enseñarlo.