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To Philip, I
IsocratesI 1 · spanish-geminiMore by Isocrates
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Original / primary: Spanish Gemini
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Sé bien que todos suelen estar más agradecidos a quienes los elogian que a quienes les aconsejan, sobre todo si alguien intenta hacerlo sin que se lo hayan pedido. Pero, si yo no te hubiera aconsejado ya anteriormente, con mucha benevolencia, sobre lo que me parecía que más te convenía hacer, quizá ni siquiera ahora intentaría pronunciarme sobre lo que te ha sucedido.
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Mas, puesto que he decidido preocuparme por tus asuntos, tanto por mi propio bien como por el de los demás griegos, me avergonzaría si pareciera haberte aconsejado sobre cuestiones menos necesarias y, en cambio, no dijera nada sobre las más urgentes, y esto sabiendo que aquellas eran por la gloria, mientras que estas son por tu propia seguridad, la cual todos los que han escuchado las difamaciones dichas sobre ti creen que descuidas.
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Pues no hay nadie que no haya juzgado que te arriesgas con demasiada imprudencia y poca dignidad real, y que te preocupas más por los elogios a tu valentía que por los asuntos generales. Es igualmente vergonzoso, cuando los enemigos te rodean, no destacar sobre los demás, y, sin que haya surgido ninguna necesidad, lanzarse uno mismo a tales combates en los que, aunque salieras victorioso, no habrías logrado nada grande, pero, si perdieras la vida, habrías destruido toda la felicidad que posees.
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No hay que suponer que todas las muertes en la guerra son hermosas, sino considerar dignas de elogio las que ocurren por la patria, los padres y los hijos, y juzgar vergonzosas y evitar, por ser causa de gran deshonra, aquellas que perjudican todo esto y manchan las acciones logradas anteriormente.
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Considero que te conviene imitar a las ciudades en la forma en que gestionan los asuntos de la guerra. Pues todas, cuando envían un ejército, suelen establecer un consejo común para deliberar sobre la seguridad de la situación; por eso sucede que, si ocurre una desgracia, no se destruye también su poder, sino que son capaces de soportar muchas calamidades y, a partir de ellas, recuperarse de nuevo. Esto es lo que tú también debes observar,
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y no suponer que hay bien mayor que la seguridad, para que puedas gestionar adecuadamente las victorias que se produzcan y ser capaz de reparar las desgracias que sobrevengan. Podrías ver también que los lacedemonios ponen gran cuidado en la seguridad de sus reyes y establecen como sus guardianes a los más ilustres de los ciudadanos, para quienes es más vergonzoso permitir que aquellos mueran que arrojar sus propios escudos.
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Es más, tampoco se te escapan los casos de Jerjes, que quiso esclavizar a los griegos, y de Ciro, que disputó el reino. Pues el primero, tras sufrir derrotas y calamidades tan grandes como nadie sabe que hayan ocurrido a otros, gracias a que preservó su propia vida, conservó el reino, lo transmitió a sus hijos y gobernó Asia de tal modo que no fue menos temible para los griegos que antes;
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mientras que Ciro, tras vencer a todo el poder del rey y haber podido dominar la situación si no fuera por su propia imprudencia, no solo se privó a sí mismo de tan gran dominio, sino que también sumió a quienes lo seguían en las peores calamidades. Podría mencionar muchísimos casos de quienes, siendo jefes de grandes ejércitos, por haberse perdido prematuramente, causaron la muerte de muchas miríadas junto con ellos mismos.
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Al reflexionar sobre esto, es necesario no valorar la valentía que surge de una insensatez irreflexiva y una ambición inoportuna, ni, existiendo muchos peligros propios de las monarquías, buscar otros adicionales, deshonrosos y militares, ni competir con quienes desean librarse de una vida desgraciada o eligen los peligros al azar por una paga mayor,
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ni desear tal gloria, que muchos tanto de los griegos como de los bárbaros alcanzan, sino aquella de tal magnitud que solo tú, de los que ahora existen, podrías ser capaz de adquirir; ni apreciar demasiado aquellas virtudes de las que también participan los viles, sino aquellas de las que nadie malvado podría participar;
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ni emprender guerras deshonrosas y difíciles, pudiendo hacerlas honorables y fáciles, ni aquellas por las que sumirás a tus más allegados en penas y preocupaciones, y a tus enemigos en grandes esperanzas, como las que ahora les has proporcionado; sino que, respecto a los bárbaros contra los que ahora luchas, te bastará con vencerlos lo suficiente para establecer tu propio territorio en seguridad, y tratarás de derrocar al rey que ahora es llamado grande, para que hagas mayor tu propia gloria y muestres a los griegos contra quién es necesario luchar.
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Habría dado mucho por enviarte esto antes de la expedición, para que, si me hubieras hecho caso, no hubieras caído en tan gran peligro, y si no hubieras confiado, no pareciera que aconsejo lo mismo que todos ya conocen debido a la experiencia, sino que lo sucedido atestiguara que los argumentos que he expuesto sobre ello son correctos.
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Aunque tengo mucho que decir debido a la naturaleza del asunto, dejaré de hablar; pues creo que tanto tú como los más serios de tus compañeros añadirán fácilmente lo que deseen a lo dicho. Además de esto, temo la inoportunidad; pues incluso ahora, al avanzar poco a poco, sin darme cuenta me he desviado no hacia la medida de una carta, sino hacia la longitud de un discurso.
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No obstante, aunque las cosas sean así, no hay que dejar de lado lo referente a la ciudad, sino intentar exhortarte a la familiaridad y al uso de ella. Pues creo que son muchos los que informan y dicen no solo lo más desagradable de lo que se ha dicho sobre ti entre nosotros, sino que también añaden cosas de su propia cosecha; a quienes no es razonable prestar atención.
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Pues harías algo absurdo si censuraras a nuestro pueblo porque se deja convencer fácilmente por los que calumnian, mientras tú mismo pareces confiar en quienes tienen este oficio, y no reconoces que, cuanto más demuestran que la ciudad es fácil de manipular por cualquiera, más te la muestran como algo que te conviene. Pues si los que no son capaces de hacer ningún bien logran con sus palabras lo que quieren, ciertamente a ti, que podrías beneficiar más con tus actos, te corresponde no fracasar en nada ante nosotros.
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Considero que es necesario oponer a quienes critican amargamente a nuestra ciudad a aquellos que dicen todo lo contrario y afirman que no la han perjudicado ni más ni menos; yo no diría nada semejante; pues me avergonzaría si, cuando los demás no consideran que ni siquiera los dioses están libres de error, yo mismo me atreviera a decir que nuestra ciudad nunca ha cometido falta alguna.
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Sin embargo, puedo decir esto sobre ella: que no encontrarías una más útil que esta, ni para los griegos ni para tus asuntos; a lo cual hay que prestar la mayor atención. Pues no solo resultaría ser causa de muchos bienes al luchar a tu lado,
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sino también por el solo hecho de parecer amistosa; pues podrías controlar más fácilmente a los que ahora están bajo tu mando si no tuvieran a dónde recurrir, y someterías más rápido a los bárbaros que quisieras. Y, sin embargo,¿ cómo no es necesario esforzarse por obtener tal benevolencia, gracias a la cual no solo mantendrás con seguridad el poder que ya tienes, sino que también adquirirás sin riesgo mucho más?
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Me asombra que quienes poseen el poder contraten ejércitos de mercenarios y gasten mucho dinero, sabiendo que han perjudicado a más de los que han confiado en ellos que los que han salvado, y no intenten ganarse a la ciudad que posee un poder tan grande, la cual ya ha salvado muchas veces a cada una de las ciudades y a toda Grecia.
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Reflexiona sobre el hecho de que muchos consideran que has actuado bien porque has tratado a los tesalios con justicia y de manera provechosa para ellos, hombres no fáciles de manejar, sino magnánimos y llenos de facciones. Por tanto, es necesario que intentes ser así también con nosotros, sabiendo que los tesalios poseen el territorio, pero nosotros el poder, y que ambos somos vecinos tuyos, lo cual busca atraer por todos los medios.
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Pues es mucho más hermoso conquistar la benevolencia de las ciudades que sus murallas. Pues tales acciones no solo suscitan envidia, sino que también atribuyen la causa de tales cosas a los ejércitos; pero si pudieras ganar la familiaridad y la benevolencia, todos elogiarán tu inteligencia.
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Podrías confiar justamente en mí respecto a lo que he dicho sobre la ciudad; pues resultará que no estoy acostumbrado a adularla en mis discursos, sino que la he criticado más que nadie, y que no soy bien visto por la mayoría y por los que juzgan al azar, sino que soy incomprendido por ellos y envidiado, igual que tú. Salvo que nos diferenciamos en que, hacia ti, se comportan así debido a tu poder y tu felicidad, y hacia mí, porque pretendo entender mejor que ellos y ven que más personas desean hablar conmigo que con ellos mismos.
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Habría deseado que para nosotros fuera igual de fácil escapar de la opinión que tenemos ante ellos. Pero ahora tú, si quieres, la disiparás sin dificultad, mientras que a mí me es necesario, tanto por la vejez como por otras muchas razones, resignarme a lo presente.
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No sé qué más decir, salvo esto: que es hermoso confiar el reino y la felicidad que poseéis a la benevolencia de los griegos.

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