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someter a la historia, mediante lo cual uno podría vislumbrar tenuemente el esplendor y el orden que antaño prevalecieron en ella; esplendor que, estando a punto de perderse, nuestro noble emperador no permitió que se extinguiera por completo, sino que mantiene y, por así decirlo, aprieta la antigüedad que se desvanecía con el tiempo. Y es mayor el Estado a través de él de lo que era hace poco, habiéndose restituido Libia para nosotros— que no es una posesión pequeña— y la mayor parte de Europa; pues participa de ella el céfiro, según lo que Asia entrega por completo y en exclusiva al euro, y también la propia Roma, madre de los asuntos, habiéndose liberado con el sudor del imperio de las ataduras y del poder bárbaro, y todo lo que alguna vez fueron distintivos del Estado se conserva con una soberanía superior; las leyes se libraron de los tumultos y de la confusión abrumadora, la justicia es evidente y los litigantes se arrepienten de haber trasnochado antes en las disputas, sin que quede ya ninguna lucha gracias a la pureza de las leyes. Y la virtud del emperador es superior a todo elogio; para mí, es el momento de pasar con el discurso al objetivo. 2 El orden que obedecía al prefecto del pretorio estaba antaño todo bajo las armas; sus nombres se denominan según el escalafón, nombre que se divide en cuatro categorías: ducenarios, centenarios, centuriones y biarcas, sobre los cuales habría narrado según la tradición de los tácticos si no me viera empujado lejos del objetivo; y de esta denominación, la de los promotos, digo, aún hoy las llamadas matrículas, es decir, los registros de los catálogos, guardan memoria. Desde Augusto, habiendo pasado el mando a otra forma, como se ha dicho a menudo, se añadieron los llamados adiutores, es decir, ayudantes; y solo de esta denominación hacen mención las probatorias, es decir, las recomendaciones y certificaciones, que los emperadores entregan a quienes ingresan en el servicio militar; pues antes no tenía libertad cualquiera que quisiera ceñirse el cinturón, sin haber demostrado primero que era apto para ello; pues los romanos llaman probare a demostrar algo tras una prueba. Pero ahora la multitud, por una ignorancia que revela la verdad, los llama privatorias, introduciendo de inmediato la fortuna del particular. Pues no se diferencian de un particular quienes acceden a cualquier servicio solo por el nombre; no porque los asuntos no hayan obtenido una apariencia mejor y más fructífera gracias al cuidado del emperador, sino porque ellos mismos no se presentan decorosos para las funciones.
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su propia suscripción, otorga al que llega al servicio el catálogo en el que él mismo elija ser asignado. Las denominaciones de todos los catálogos del orden son estas: el corniculario primero, que destaca por el esplendor del llamado conde, sin haberse despojado aún del cinturón y habiendo ascendido al honor del imperio y a la entrega de los llamados codicilos, es decir, tablillas, no teniendo ninguno de los que encabezan otros servicios este privilegio; después del corniculario, dos primiscrinios, a quienes los griegos llaman primeros del orden; dos comentarienses— así llama la ley a los encargados de los registros—; dos regendarios, los que dirigen el camino público; dos cura epistularum de la diócesis Póntica. 5 Pero quizás alguien podría preguntar, no sin razón, buscando la causa:«¿ Por qué motivo, teniendo todas las administraciones los llamados cura epistularum, el escrinio de la ciudad y el de las armas y las obras no los obtuvo?». Es evidente que el de la ciudad se refiere a la administración tracia, y el de las obras a otras provincias donde pudiera suceder que se realicen las renovaciones de las obras; y dado que no son muy frecuentes, los mandatos del gasto entregado por el erario público se realizan por los cura epistularum en esas administraciones. Pues el escrinio de las armas tiene determinadas las contribuciones de las provincias— me refiero a nervios, cuernos y lo demás—, y para las necesidades que surgen en las guerras sirve a los mandatos. 6 Siendo mucha y superior a todo número la multitud de los taquígrafos y teniendo no pequeñas ocasiones de ganancia, los más razonables de ellos y los que bastan para el servicio, reuniéndose en quince asambleas, a las que llaman escuelas, habiendo demostrado la experiencia que poseen en los asuntos, pasan al orden de los Augustales, si es que así lo desean, y llegan al complemento del corniculario, después, sin embargo, de la llamada ayudantía; los que permanecen en la tablilla se refieren al complemento del primiscrinio.
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en la corte; 9 los aplicitarios y clavicularios, de los cuales los unos significan solo a los lictores que detienen a los oprimidos por causa de delitos, y los otros a los que les ponen las cadenas, reciben el fin de sus funciones, no del servicio y el grado, de los cuales son indicadores; pues sirven de escuderos a los comentarienses; la orden de los romanos llamó a estos mismos' comentarienses', como dijimos. Pues de la misma manera que los nomencladores cumplen una tarea y seleccionan a los oradores llamándolos por su nombre, así aquellos sirven en los juicios criminales. Los nomencladores, como dice Emilio en el Comentario de las Historias de Salustio, son los nombradores y pregoneros de los togados, es decir, de los abogados. Los romanos llaman togados a los que no sirven en el ejército, sino que llevan' paenulae' y defienden las causas por salario; pues en el foro, ocupándose de los libros y trasnochando en las dificultades legales, los que defienden las causas los llamaban ante los pedáneos, es decir, jueces de suelo, en el momento de la sentencia para la defensa; por esto también se llaman' advocati', es decir, llamados, aún hoy. Pues yo recuerdo haber llegado a ver a los turmarios presentes en el escrinio de los subadiuvas y en las' completiones' de las peticiones, es decir, cumplimentaciones, sirviendo y recogiendo un consuelo no pequeño; tanta era la fructífera abundancia de lo que se hacía. Los dietarios, además de estos, y los portadores de estuches y los precones asumen funciones, pero se refieren a otros órdenes. 144 SOBRE LOS TAQUÍGRAFOS Y LOS AUGUSTALES 9 Se ha dicho antes que el cuerpo de los taquígrafos es uno desde antiguo, pero que se ha dividido en dos órdenes y complementos. Pues unos de ellos, permaneciendo en la tablilla, siguen el tiempo y pasan al complemento del primiscrinio, mientras que los que se trasladan al orden de los Augustales y cumplen el servicio más rápido que los taquígrafos, llegan al cargo de corniculario. Para que no escape a los de fuera lo de la división— pues todos los días, ignorándolo, muchos buscan en vano, turbados por las denominaciones mencionadas—, mostraré con el discurso la causa de la división del cuerpo único en dos. Los taquígrafos necesitan muchos años, como los tribunos, para terminar el servicio; pues son muchos, como ellos. Si el tiempo los llama por casualidad al final de sus trabajos, se fatigan por la vejez, inútil para los esfuerzos. Es natural, pues, no bastando para las funciones de los grados superiores, para las cuales apenas bastan los fortalecidos por la juventud del cuerpo y la experiencia de los asuntos, fuera de peligros, que necesiten ayudantes. Y desde antiguo cada uno elegía a tres hombres, los mejores de entre los taquígrafos— pues no estaba permitido que cumpliera la función del tribunal nadie que no estuviera adornado por la experiencia y las palabras—, pero ahora la elección ha desaparecido, y el número se conserva aún hoy. De ahí que suceda que seis ayudantes estén presentes en el escrinio del ab actis, en el del comentariense y en el del primiscrinio; puesto que, como se ha demostrado, la ley exime de la tablilla a dos cada año de entre los taquígrafos. 146 Y¿ quién no conjeturaría, mirando a la multitud de los ayudantes, la grandeza del tribunal y la inexperiencia de lo que en él se hacía antaño? En el presente, no habiendo asuntos para los súbditos, nada bueno para el mando, como antaño, fluyendo ellos por todas partes, y de los Augustales quizás se diga con autoridad y perdón; pues son amantes de las palabras, llevando a otros jueces y a los que hacen las causas a los que son gratos mediante los llamados mandatos divinos. 10 Siendo antaño ganancias no pequeñas, obtenidas en paz y con el honor más distinguido junto con un poder fuerte, para los ayudantes de los escrinios mencionados, es natural
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que, estando saciados, desdeñaran volver a la tablilla y a la moderación sin ganancias. De ahí que, por petición suya, se establezca una ley bajo Arcadio decretando constituir un sistema especial y totalmente separado, de treinta hombres, que ya antes se distinguían en la ayuda, para la prefectura al servicio de sí misma; pues no era fácil en aquel entonces, escuchando los emperadores las causas junto con el senado, que todos sirvieran de la mejor manera; de modo que quince de ellos, los más maduros, superiores por experiencia y por el tiempo, fueran destinados a la suscripción para los emperadores, a quienes aún hoy llaman deputados, que encabezan el orden de los Augustales; pues aún no existía el nombre de los recién surgidos' a secretis', siendo las demandas monetarias muy moderadas, yendo los emperadores anteriores a las guerras, y los que dirigían las provincias velando por las leyes y no por los robos. Y la ley puso al sistema de los 148 mencionados treinta hombres la denominación de Augustales, no nueva ni reciente, sino recordando la denominación del primer emperador, quien, como hemos dicho a menudo, habiendo constituido primero la prefectura de los pretorios, determinó que los que servían bajo ella se llamaran Augustales por su propia denominación. SOBRE LOS PRIMISCRINIOS Y LA ANTIGUA EMISIÓN DE LOS DOCUMENTOS 11 Habiéndose borrado la mayoría, o quizás todas, las huellas de la sensata antigüedad, uno no podría soportar estar sin lágrimas, conociendo por lo que subyace cómo la ley se aferraba antaño a la libertad de los súbditos, y de cuántos bienes, poco a poco, el tiempo nuestro ha caído por la desgracia de los gobernados. Era costumbre antigua que nada se hiciera fuera del Templo de la Justicia, que se llama Secreto, es decir, imperturbable y solemne en silencio, y tal como ya no lo es de ninguna manera, para que no se cometiera nada contra la insolencia o el daño de los contribuyentes. Después de la decisión legal de los votos, era ley que los que se sentaban con el mando, hombres muy versados en leyes, leyendo primero los votos y sometiéndolos al llamado' schedarium'— lo que entre los italianos se llama' recensum', es decir, cotejo—, lo dieran para la firma del mando a los destinados a esto, a quienes llaman cancilleres en los tribunales, sobre los cuales hablaré al final; luego, desde allí, siendo leído armoniosamente por los secretarios el llamado' limpio', y siendo así liberado para el litigante, es decir, para el que espera por causa de un juicio, 150 el secretario hacía una sinopsis de la fuerza de lo realizado con las palabras de los italianos y la guardaba consigo para evitar una adición o sustracción audaz. Hecho esto, habiendo recibido el que realizó el asunto y admirado la precisión del tribunal, pasaba a los primiscrinios para que asignaran un ejecutor a lo sentenciado; y ellos, mediante los destinados a ayudarles, hombres que incluso a ellos mismos les causaban problemas por las búsquedas de palabras, cumplimentaban, escribiendo en el dorso de la petición con letras de toda reverencia y con el peso de la autoridad, de manera altiva, la denominación del ejecutor. 12 Y a mí me vienen lágrimas al comprender la fuerza de la ley y cómo el Demonio nos despojó de toda virtud, desgarrándonos. Pues la ley, sospechando— y no sin razón— que los que procuraban los votos hacia sus ejecutores, las insolentes concordias contra quienes se presentaban, se ordenaban con palabras severas y que amenazaban penas, determinó que los encargados fueran por los que servían en el juicio, y que esto se escribiera para vergüenza de los ejecutores que se atrevían a todo en las provincias. Pues permitiendo, como el ayudante, a los que encabezan el orden en el que sucedía que se inscribiera el enviado para la ejecución de los votos
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a estos, pues, usaba estas palabras: Facite... como uno diría en interpretación:« a los que encabezan», como dije, el catálogo en el que quizás milita el encargado de los votos.« Para que no sufras daño en tu grado por abandono, asignad a este del orden desde el día presente hasta tal, del consulado de tal, si es que es de la fe ortodoxa, iniciado en los divinos misterios y no es responsable de tributos públicos, ni está unido por parentesco al que presentó la solicitud, ni tampoco fue encargado en el año pasado en la misma provincia por causa pública o privada; de tal manera, sin embargo, que no se transgreda la fuerza de lo legislado». Con estas palabras el ayudante del primiscrinio aseguraba a todos los que realizaban los asuntos; después del cual el príncipe, es decir, el que encabeza, sobre el cual aún no es momento de hablar; pues él mismo no es parte del orden, sino que llega desde los magistrianos por grado a los tribunales que fueron alguna vez los más grandes; y poco después expondré la historia sobre él; después de ellos el corniculario, como quien conserva toda la fuerza de la ley y es señor de todo lo que se hace, daba con su propia suscripción el ceño a los sentenciados. 13 Tantas eran las cosas que se hacían entonces, que apenas se recogían en diez volúmenes para una sinopsis.¿ Y qué dificultad hay en demorarse en el discurso para la demostración de lo propuesto? Tan grande era la multitud de los asuntos, que el año entero no bastaba a los ayudantes para su cumplimiento, de modo que, después del final de la llamada ayudantía, tenían un lugar asignado para ellos en la entrada media del patio del pretorio, junto al escrinio de Europa, en el que, reuniéndose, cumplimentaban lo realizado en su función. Y ellos mismos, los que acababan de cesar de ayudar a los escrinios que corrían, se ocupaban de esto, recogiendo un consuelo no pequeño de ganancias, mientras que los que estaban antes que ellos y ya antes estaban libres, confluían allí, encargándose de las más grandes y brillantes de las órdenes del mando y de cuantas otro no pudo poner fin, no dejando tampoco el tiempo de la ociosidad vacío de búsquedas lógicas, reuniéndose los discursos gloriosos entre los maestros y discutiendo sobre lo desconocido. 154 Y todo se extinguió de tal manera que, quedando el lugar libre, los llamados' exceptorios', es decir, receptores del trigo, ocuparon el escrinio, habiendo desaparecido los que antaño eran admirados. 14 Siendo muchos y superiores a todo número los distintivos de la antigua solemnidad que han perecido, los del orden soportan que los que realizan los asuntos pidan papel, lo que antaño se acostumbraba, no solo no encargarse de tales mezquindades, sino que incluso los papeles más transparentes de todos se consumían en lo que se hacía, destacando proporcionalmente a los cueros de los escribas; pero el resto, ambos fuera de lugar, cobran un cobre muy moderado y vergonzoso por la falta de ganancias y entregan hierba en lugar de papel con letras viles y que huelen a pobreza. Todo esto ha perecido y se ha ido por un camino sin retorno, tanto por no haber asuntos para los súbditos que se consumen en la pobreza, como por el peligro de lo que por casualidad se lleva al tribunal, ahora por la inexperiencia de los que en él militan, ahora por las usurpaciones de los más jóvenes, que, como sucedió, lanzan las riendas de los primeros honores a insolencias infantiles. 15 Tantas cosas sobre las costumbres en las letras, y una multitud de ducenarios servía al tribunal de los primiscrinios, sirviendo a las sentencias de las órdenes no escritas, a las que llamaban' iunctae'— asunto que, tras la infinita introducción de ganancias de los papeles realizados, proporcionaba una gran inclinación de dinero al cuidado del primiscrinio. Pues desde la noche intempestiva, el prefecto del pretorio, trabajando desde el amanecer hasta el día, se ocupaba trasnochando en las sentencias, después de lo cual el tiempo del día acostumbrado para el trabajo lo gastaba en los asuntos públicos y en las presentaciones de los maestros de asuntos y de los monómeros, el
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que hacia la tarde dedicaba a las liberaciones de las llamadas' iunctae', mediante las cuales saciaba de todo deseo tanto a los servidores de la justicia como a los que obtenían lo que debía hacerse y a los que se liberaban de los juicios. Y nadie de aquellos soportaba ceder al tribunal o aflojarse en los trabajos, pero el prefecto del pretorio conocía el límite del mando, sabiendo sabiamente que gobierna a hombres libres y no para siempre; y daba al orden descansos de los trabajos, proporcionando lo que ahora, incluso por la denominación, se ignora, los' munumissa'— así llamó la antigüedad al descanso total dado desde la mitad del día al orden, siendo sabios los que entonces administraban los asuntos y, educados, sabían que la noche había sido concedida por la naturaleza para los descansos y el día para los trabajos, y consideraban impío que los que estaban en los asuntos trasnocharan y privar de la pequeña concesión de los trabajos después del sol. No bastando el cambio hacia lo peor, los primiscrinios fueron despojados incluso de la propia consolación y honor de la forma, siendo privados, como dije, de esta consolación por el peligro de los tribunales. 158 SOBRE LOS COMENTARIENSES 16 Siendo dos en número ellos también, como dijimos antes, los comentarienses, a quienes el tiempo trajo de los taquígrafos de la tarea. Seis ayudantes les seguían también a ellos, como a los anteriores, tomados del orden de los Augustales, hombres firmes y que extendían una severidad digna de la ley, en quienes residía toda la fuerza del mando. Estos llevaban las investigaciones criminales al tribunal, sirviéndoles de escuderos, como se ha demostrado, aplicitarios y clavicularios con una multitud de lictores que agitaban el tribunal con el miedo, con cadenas de hierro y con la variedad de instrumentos de castigo y azotes; y estableciendo un grupo de ducenarios, incluso sin la autoridad de la ley, bastaban para la corrección de los que cometían faltas. 17 Y yo me asombro al recordar y volver con el pensamiento a aquellos hombres, cuán grande era el miedo de los comentarienses ante todos los que de cualquier modo dirigían el orden, especialmente ante los escriniarios, y cómo el que se encontraba con un comentariense que pasaba era digno de conversación. Pues a través de ellos no solo se curaban los movimientos del mando, sino también la indignación del emperador. Por tanto, yo recuerdo, cumpliendo entonces el favor del llamado cartulario para los comentarienses, cómo, habiéndose movido el emperador Anastasio contra Apión, hombre distinguido y que compartió con él el imperio cuando Koades el persa se inflamaba, gobernando Leoncio la prefectura del pretorio, hombre muy versado en leyes, la ira del emperador, las confiscaciones y los destierros no los confiaba a ninguna otra de las magistraturas sino solo a la prefectura del pretorio, en la cual demostraron tal soberanía y tensa habilidad los comentarienses de entonces, con toda pureza y abstención de toda clase de codicia, que el emperador, habiendo admirado la virtud de los que entonces servían, les confió todas las necesidades que surgían, entre las cuales también la indignación contra Macedonio, que entonces vigilaba la ciudad real, como se dice, por excluir sobre la novedad de los dogmas, digo a los comentarienses de los prefectos, aunque Celer, el más querido de todos, estaba presente ante el emperador y cumplía decorosamente el cuidado del llamado' magister'. 18 Y estas cosas han perecido« de los dioses y de los hombres»; pues lo que queda« ni en discurso ni en número». Pero no adornaba menos la polifacética soberanía del escrinio también la autoridad de los llamados comentarios, que era sobrenatural. Pues el prefecto del pretorio, o confiado por el emperador o movido él mismo según la ley y esforzándose por presentar ante la ley a cualquier gobernante o súbdito, tomando al comentariense como místico
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le confiaba lo que debía hacerse. Y él, habiendo tomado a este, el más fiel y sobre todo honrado de sus propios cartularios, dictaba con él el signo de las palabras romanas de peso, confiando ante el rostro al más fiel y destacado del orden, como si fuera un pájaro, al que estaba indignado para presentarlo ante el tribunal. Y siendo la clemencia del emperador y el afecto de los gobernantes aún hacia los súbditos dignos de perdón para los denunciados, era natural que el liberado debiera agradecer mediante las propias obras a los intermediarios. 19 Y estaba unido casi al escrinio de los comentarios el llamado instrumentario, es decir, el guardián de los archivos 162 del tribunal, para suscribir y cumplimentar los votos; y se le había concedido desde antiguo un lugar en el hipódromo bajo el tribunal del imperio hacia el sur hasta la llamada' Sfendone', y todos los hechos realizados por el imperio de Valente en los tribunales que entonces eran los más grandes se conservan allí y están tan listos para los que los buscan como si se hubieran hecho ayer. Pero también el instrumentario pereció y la cátedra permanece vacía, concedida solo a los sirvientes que esperan a los dueños. Pues no habiendo sentencia u otro asunto que hacer, como es natural, ni moviéndose nada en el tribunal,¿ cómo podría ser considerado necesario para los asuntos? SOBRE LOS AB ACTIS 20 Ab actis es el nombre de la tarea, y significa por interpretación al que está al frente de los asuntos de dinero, como' a pigmentis' a los de los perfumes y' a secretis' a los de los secretos— pues no' adsecretis' según los ignorantes, añadiéndose por ignorancia la preposición con la letra delta— y' a balneis' a los de los baños de la corte. Siendo dos ellos también, los ab actis, a quienes el tiempo llama por grado desde los taquígrafos, como a los anteriores, seis hombres venerables y muy sensatos y vigorosos aún del orden de los Augustales ayudan, supuestamente, aún hoy con el nombre. Y es su trabajo tratar las cuestiones monetarias, es decir, examinar, y presentarlas para ser juzgadas ante el tribunal, sirviéndoles los nomencladores, a quienes, como pregoneros y convocadores, 164 habíamos dicho antes que eran de los senadores, y ahora de los oradores judiciales. Y era ley— pues no lo es, habiendo sido pasado por alto hace poco por estupidez o, por decir la verdad, por desgracia— que todo apareciera mediante los cartularios presentes para ellos, también ellos de los taquígrafos, en los llamados' regesta' o cotidianos, es decir, diarios; pues los romanos decidieron llamar' regesta' a los libros en los que escribían lo que se hacía, porque quieren que las' res gestae' sean las acciones del Estado, de donde para los que en algún momento buscan lo que en algún momento se hizo, hay facilidad en la búsqueda; pues de los propios' regesta', los cotidianos, se conocía la fuerza de lo realizado. Y el instrumentario del orden, tomando más rápido de los ab actis, anotando el tiempo y el cónsul en epítome para un recuerdo rápido en el discurso, se liberaba más rápido de los trabajos. Y este admirable distintivo del orden se realizaba con diligencia, y todo momento se inscribía en los diarios, no omitiéndose ni siquiera los días sin actividad por los que escribían, sino anotando ellos mismos incluso las causas por las que sucedía que estaban ociosos. Y esto era admirable, pero la inscripción de los llamados' personalia' era considerada justamente superior a todo elogio. Pues el más lógico de los ayudantes parafraseaba las sentencias en lengua italiana tan detalladamente que, incluso si por casualidad sucedía que la sentencia se perdía alguna vez, a partir de la sola paráfrasis y como un esbozo, la sentencia podía volver a estar en pie. Y yo mismo recuerdo que esto sucedió. Pues habiéndose introducido una sentencia