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A Consolation to Himself Upon the Departure of the Excellent Sallust
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Pero si no conversara contigo sobre todo lo que he conversado conmigo mismo, ya que me enteré de que debes partir de nuestro lado, pensaría que salgo perdiendo en cuanto a consuelo, querido compañero, o mejor dicho, ni siquiera consideraría haber procurado para mí mismo alivio alguno, del cual no te haya hecho partícipe. Pues, habiendo compartido el uno con el otro muchas cosas, tanto dolorosas como placenteras, en hechos y palabras, en asuntos privados y públicos, en casa y en el campamento, es necesario encontrar un remedio sanador para lo que nos sucede, sea cual sea su naturaleza. Pero¿ quién podría imitar para nosotros la lira de Orfeo, o responder a las melodías de las Sirenas, o encontrar el fármaco que ahuyenta el dolor? Ya fuera aquel relato lleno de historias egipcias, o lo que él mismo compuso, entretejiendo en los sucesos posteriores las desgracias troyanas, habiendo aprendido esto Helena de los egipcios, no lo que griegos y troyanos se hicieron unos a otros, sino qué clase de discursos deben ser aquellos que eliminarán las penas de las almas y se convertirán en causa de alegría y serenidad. Pues, de algún modo, parece que el placer y el dolor están sujetos a la misma cumbre y se alternan mutuamente por turnos. Y de los sucesos que sobrevienen, los sabios dicen que para quien tiene juicio, incluso los más arduos traen consigo un bienestar no menor que la dificultad, puesto que también la abeja extrae del rocío dulce de la hierba más amarga que crece en el Himeto y es artífice de la miel. Pero también, de los cuerpos, los que están sanos y robustos se nutren de los alimentos que se presentan, y lo que parece difícil a menudo no solo no les resulta dañino, sino que se convierte en causa de su fuerza; mientras que para aquellos cuyo cuerpo está mal por naturaleza, alimentación y hábitos, viviendo toda su vida como enfermos, incluso lo más ligero suele añadirles las más graves dolencias. Por tanto, también de la mente, quienes se han cuidado de tal modo que no estén en un estado de total maldad, sino que gocen de una salud moderada, aunque no sea con la fuerza de Antístenes y Sócrates, ni con la valentía de Calístenes, ni con la impasibilidad de Polemón, sino de modo que puedan elegir lo moderado en tales circunstancias, tal vez podrían alegrarse incluso en situaciones más difíciles.
2
Yo mismo, al ponerme a prueba sobre cómo me siento y me sentiré respecto a tu partida, sufrí tanto como cuando dejé por primera vez a mi propio guía en casa; pues me invadía de golpe el recuerdo de todo: de la comunidad de trabajos que sobrellevamos juntos, del trato sencillo y puro, de la convivencia honesta y justa, de la colaboración en todo lo noble, del entusiasmo y el impulso equilibrado e irreprochable frente a los malvados, de cómo nos mantuvimos muchas veces el uno junto al otro con igual ánimo, amigos de costumbres afines y entrañables. Además de esto, me invadía el recuerdo de' Odiseo se dio cuenta'; pues yo soy ahora semejante a él, ya que a ti, como a Héctor, un dios te sacó fuera del alcance de los dardos que los sicofantes lanzaron muchas veces contra ti, o mejor dicho, contra mí, queriendo herirme a través de ti, suponiendo que solo así era vulnerable, si me privaban de la compañía del amigo fiel, del entusiasta compañero de armas y del camarada que no pone excusas ante los peligros. No creo, sin embargo, que por esto sufras menos que yo ahora, porque participas menos de los trabajos y peligros, sino que temes aún más por mí y por mi cabeza, no sea que sufra algún daño. Pues, en efecto, yo tampoco puse tus asuntos en segundo lugar respecto a los míos, y percibí que tú te sentías de igual modo hacia mí. De ahí que, con razón, me sienta muy mordido, porque tú, pudiendo decir respecto a los demás:' No me importa; pues lo mío va bien', eres' el único causante de mi dolor y preocupación'. Pero de esto participamos por igual, al parecer, tú sufriendo solo por nosotros, y yo siempre anhelando tu compañía y recordando la amistad que, nacida de la virtud principalmente y de forma primordial, y luego también por la necesidad que yo te presté a ti y tú a mí continuamente, acordamos al mezclarnos el uno con el otro, no confirmando esto con juramentos ni tales coacciones, como Teseo y Pirítoo, sino por el hecho de que, pensando siempre lo mismo y eligiendo lo mismo, estábamos tan lejos de querer causar daño a alguno de los ciudadanos que ni siquiera deliberamos nunca sobre ello juntos; y si algo bueno ha sucedido o se ha deliberado en común por nosotros, a otros les preocupará contarlo.
3
Que sufro con razón por lo que sucede, no solo por un amigo, sino por un colaborador fiel— y ojalá el destino conceda que sea solo por poco tiempo—, creo que también el gran Sócrates, heraldo y maestro de la virtud, me dará la razón por lo que conocemos de él, me refiero a los diálogos de Platón, conjeturando sobre él. Dice, en efecto, que' me parecía más difícil administrar correctamente los asuntos políticos; pues no es posible actuar sin hombres amigos y compañeros fieles, ni es fácil disponer de ellos con mucha facilidad'. Y si esto le parecía a Platón más grande que excavar el monte Athos,¿ qué debemos esperar nosotros sobre ello, que estamos mucho más lejos de su inteligencia y juicio que él del dios? A mí, no solo por la necesidad que, al darnos mutuamente en la política, nos hacía sobrellevar más fácilmente lo que la fortuna y quienes se nos oponían hacían contra nuestra voluntad, sino también por ser el único consuelo y deleite que siempre tuve, y al estar a punto de carecer de él no por mucho tiempo, con razón me siento mordido y he mordido mi propio corazón. Pues,¿ hacia qué amigo tan benevolente me quedará mirar en adelante?¿ De quién soportar la franqueza honesta y pura?¿ Quién nos aconsejará con sensatez, nos reprenderá con benevolencia, nos fortalecerá hacia lo noble sin arrogancia ni soberbia, y hablará con franqueza eliminando lo amargo de las palabras, como hacen quienes quitan de los fármacos lo demasiado desagradable, dejando solo lo útil? Pero este beneficio lo coseché de tu amistad. Privado de tantas cosas a la vez,¿ de qué palabras podría disponer que me persuadan, a mí que por el anhelo de ti, por tus consejos y tu propia amabilidad, estoy en peligro de abandonar el alma misma, a estar tranquilo y soportar noblemente lo que el dios ha dado? Pues parece que el gran emperador, pensando lo mismo, ha decidido esto así ahora.¿ Qué es, pues, lo que debo pensar y qué encantamientos encontrar para persuadir a mi alma, perturbada por el sufrimiento, a estar tranquila?¿ Acaso debemos imitar los discursos de Zalmoxis, me refiero a los encantamientos de Tracia que Sócrates, al traerlos a Atenas, consideraba necesario cantar al noble Cármides antes de curar el dolor de cabeza?¿ O no debemos mover estos, como si fueran grandes máquinas en un teatro pequeño, por ser más importantes y sobre asuntos mayores, sino que, como dice el poeta,' recogiendo las glorias de las que nos enteramos', como flores de un prado variado y multiforme, nos deleitaremos con los relatos, añadiendo a ellos un poco de lo que proviene de la filosofía? Pues, como creo que quienes vierten ciertos fármacos en lo demasiado dulce eliminan su empalago, así, al añadir a los relatos algo de la filosofía, se elimina la necesidad de introducir una multitud de historias antiguas, que no viene al caso, y una charla superflua.
4
¿ Qué contaré primero, qué después y qué al final?¿ Acaso como aquel Escipión, que amó a Lelio y fue amado por él, como se dice, con igual balanza, que convivía alegremente con él, pero no hacía nada de lo que no se enterara antes de él y dijera que debía hacerse? De ahí que creo que también dio motivo a quienes, por envidia, injuriaban a Escipión, diciendo que Lelio era el poeta de los hechos y el Africano su actor. Esta fama nos acompaña también a nosotros, y no solo no me disgusta, sino que me alegro más por ella. Pues Zenón hace del hecho de ser persuadido por lo que otro ha conocido correctamente un signo de mayor virtud que el de conocer uno mismo lo que se debe hacer, adaptando la sentencia de Hesíodo:' Este es el mejor de todos, el que obedece al que habla bien', diciendo' en lugar de que piense todo por sí mismo'. A mí no me parece que sea agradable por esto; pues estoy convencido de que Hesíodo habla más verdaderamente, pero que Pitágoras es mejor que ambos, quien dio origen al proverbio y otorgó a la vida el decir que' las cosas de los amigos son comunes', no refiriéndose, supongo, solo a las riquezas, sino también a la comunidad de la mente y la prudencia, de modo que lo que tú mismo encontraste no es menos del que fue persuadido, y de lo que yo actué de lo tuyo, de eso mismo participas con razón por igual. Pero esto, de quienquiera que parezca ser más, le corresponde al otro, y para los envidiosos no habrá más provecho de las palabras. Pero debemos volver al Africano y a Lelio. Pues, una vez que Cartago fue destruida y todo lo relativo a Libia se había vuelto esclavo de Roma, el Africano envía a Lelio; y aquel partía llevando buenas noticias a la patria; y Escipión se afligía por separarse del amigo, pero no consideraba que el sufrimiento fuera inconsolable. Y es natural que Lelio también se afligiera, puesto que partía solo, pero no consideraba la desgracia insoportable. También navegó Catón dejando en casa a sus conocidos, y Pitágoras, y Platón y Demócrito sin llevarse a nadie como compañero de viaje, aunque dejaban en casa a muchos de los más queridos. También Pericles hizo campaña contra Samos sin llevarse a Anaxágoras, y sometió Eubea con los consejos de aquel, pues había sido educado por él, pero sin arrastrar su cuerpo como cualquier otra cosa necesaria para las batallas. Aunque dicen que también a este, contra su voluntad, los atenienses lo apartaron de la convivencia con su maestro. Pero él soportaba, como hombre sensato, la insensatez de sus propios ciudadanos con firmeza y suavidad. Pues pensaba que debía ceder a la necesidad de la patria, como a una madre que, aunque no justamente, se comportaba con dureza hacia su convivencia, razonando esto, como es natural; pero hay que escuchar lo siguiente como si fuera del propio Pericles:
5
Para mí, el mundo es ciudad y patria, y mis amigos son los dioses, los demonios y todos los que, en cualquier lugar, son hombres de bien. Pero es necesario honrar también aquel lugar donde hemos nacido, puesto que esto es ley divina, y obedecer lo que ordene y no forzar ni, como dice el proverbio,' cocear contra el aguijón'; pues es inexorable el llamado yugo de la necesidad. No hay que lamentarse ni gemir por lo que ordena con más dureza, sino razonar el asunto mismo. Ahora ordena que Anaxágoras se aparte de nosotros, y no veremos al mejor de los compañeros, por quien me afligía en la noche, porque no me mostraba al amigo, pero en el día y con el sol le estaba agradecido, porque me permitía ver lo que más anhelaba. Pero si la naturaleza te ha dado ojos, oh Pericles, solo como a las fieras, no es nada extraño que te aflijas de forma diferente; pero si te ha insuflado alma y ha puesto en ti una mente, por la cual ves muchas de las cosas sucedidas aunque no estén presentes ahora a través de la memoria, y el razonamiento, al descubrir muchas de las que han de ser, las proyecta a la mente como si las viera con los ojos, y de las presentes no solo la imaginación que se imprime ante los ojos le permite juzgar y ver, sino que también muestra las lejanas y las que están a miles de estadios de distancia, de lo sucedido, más claramente ante los pies y ante los ojos,¿ por qué hay que afligirse tanto y soportarlo con desdicha? Y que el discurso no carece de testimonio para mí:' La mente ve y la mente oye', dice el siciliano, una cosa tan aguda y que usa una rapidez increíble, de modo que cuando Homero quiere mostrar a alguno de los demonios usando una rapidez de desplazamiento increíble, dice:' Como cuando se lanza la mente de un hombre'. Usando esto, verás muy fácilmente desde Atenas al que está en Jonia, y muy fácilmente desde los celtas al que está en Iliria y Tracia, y al que está entre los celtas desde Tracia e Iliria. Pues ni siquiera, como a las plantas no les es posible salvarse cambiando su lugar habitual cuando la mezcla de las estaciones es contraria, sucede a los hombres que cambian de lugar que se corrompan totalmente o cambien su carácter y se transformen respecto a lo que antes habían conocido correctamente. Por tanto, tampoco es natural tener la benevolencia más embotada, si no es para amar y querer más; pues la insolencia sigue a la saciedad, y el amor a la carencia. Y en esto, por tanto, estaremos mejor, al intensificarse nuestra benevolencia mutua, y nos mantendremos el uno al otro establecidos en nuestras propias mentes como estatuas. Y ahora yo veré a Anaxágoras, y luego él me verá a mí; y nada impide que nos veamos a la vez, no carne y nervios y el molde de la forma, pechos representados según el arquetipo del cuerpo; aunque tal vez esto tampoco impide que se manifiesten a nuestras mentes; sino hacia la virtud y las acciones y las palabras y las conversaciones y los encuentros que muchas veces tuvimos el uno con el otro, celebrando no sin arte la educación y la justicia y la mente que supervisa las cosas mortales y humanas, y discurriendo sobre la política y las leyes y los modos de virtud y las buenas costumbres, todo lo que nos venía a la mente al recordar esto en el momento oportuno. Pensando esto, nutriéndonos de estas imágenes, tal vez no prestaremos atención a los fantasmas de los sueños nocturnos, ni la sensación, dispuesta malamente por la mezcla del cuerpo, proyectará a la mente fantasmas vacíos y vanos. Pues ni siquiera tomaremos la sensación misma para que nos sirva y nos sea útil; sino que la mente, al evitarla, se ejercitará en esto hacia la comprensión y el hábito de lo incorpóreo, despertándose; pues ciertamente convivimos con la mente y con lo superior, y hemos nacido para ver y elegir lo que ha evitado la sensación y está separado por el lugar, o mejor dicho, lo que ni siquiera necesita lugar, aquellos que han vivido dignamente para tal visión, pensándola y uniéndonos a ella.
6
Pero Pericles, como hombre de gran espíritu y criado libremente en una ciudad libre, se deleitaba con discursos más elevados; yo, habiendo nacido de los que son' como son ahora los mortales', me consuelo y me guío con discursos más humanos, y elimino lo demasiado amargo del dolor, intentando aplicar a cada uno de los fantasmas desagradables y extraños que siempre me sobrevienen del asunto mismo un consuelo, como un encantamiento para la mordedura de una fiera que muerde nuestro corazón mismo y nuestras entrañas. Eso es lo primero de lo que me parece desagradable. Ahora yo me quedaré solo, carente de trato puro y de encuentro libre; pues no tengo por ahora con quien conversar con la misma confianza.¿ Acaso no es fácil para mí conversar conmigo mismo? Pero¿ alguien me quitará también el pensamiento y me obligará a pensar otras cosas y a admirar lo que no quiero?¿ O esto es ya un prodigio y semejante a escribir sobre el agua y a hervir una piedra y a investigar las huellas del vuelo de las aves que vuelan? Por tanto, puesto que nadie nos quita esto, conviviremos, supongo, de algún modo con nosotros mismos, y tal vez también el demonio nos sugerirá algo bueno; pues no es natural que un hombre que se ha confiado a lo superior sea totalmente descuidado y abandonado, quedando completamente desierto; sino que el dios mismo extendió su mano y da valor e insufla fuerza y pone en la mente lo que debe hacerse y aparta de lo que no debe hacerse. Seguía también a Sócrates una voz divina que le impedía hacer lo que no debía; y dice también Homero sobre Aquiles:' pues puso en su mente', como si el dios despertara también nuestras intenciones, cuando la mente, al volverse hacia sí misma, se encuentra primero consigo misma y con el dios a través de sí misma solamente, sin ser impedida por nadie. Pues la mente no necesita del oído para aprender, ni el dios de voz para enseñar lo que se debe hacer; sino que, fuera de toda sensación, la participación proviene de lo superior a la mente; de qué modo y cómo no es momento ahora de explicarlo, pero que sucede es evidente y claros son los testigos, no algunos sin gloria ni dignos de ser colocados en la parte de los megarenses, sino de los que se llevaron los primeros puestos en sabiduría. Por tanto, puesto que hay que esperar que el dios estará presente con nosotros de todas formas y que nosotros mismos estaremos con nosotros mismos, hay que eliminar lo demasiado desagradable del dolor. Puesto que también a Odiseo, encerrado solo en la isla durante siete años en total, y luego lamentándose, alabo su otra resistencia, pero no admiro sus lamentos. Pues¿ qué provecho hay en mirar el mar lleno de peces y derramar lágrimas? Pero no rendirse ni desesperar ante la fortuna, sino ser hombre hasta los últimos trabajos y peligros, esto me parece a mí mayor que lo humano. No es justo alabarlos y no imitarlos, ni pensar que el dios ayudaba entusiastamente a aquellos, pero que descuidará a los de ahora que ve que aspiran a la virtud, por la cual, al parecer, también se alegraba con aquellos; pues no por la belleza del cuerpo, ya que Nireo debía ser más amado, ni por la fuerza, pues en grado infinito los lestrigones y cíclopes eran mejores que él, ni por la riqueza, pues así Troya habría permanecido inexpugnable.¿ Y qué necesidad hay de tener problemas buscando la causa por la que el poeta dice que Odiseo es amado por los dioses, pudiendo escucharlo de él mismo?' Porque eres amable y de mente aguda y prudente'. Es evidente, pues, que si esto nos acompañara, lo superior no faltará a lo que proviene de sí mismo, sino que, según el oráculo dado hace tiempo a los lacedemonios, llamado o no llamado, el dios estará presente.
7
Habiéndome consolado con esto, me voy de nuevo a aquella parte que parece ser pequeña en verdad, pero que, sin embargo, no es innoble ante la gloria. Dicen que también Alejandro necesitaba a Homero, no ciertamente estando presente, sino pregonando como a Aquiles y Patroclo y a ambos Ayantes y a Antíloco. Pero él, despreciando siempre lo presente y deseando lo ausente, no se contentaba con lo que tenía a su alcance ni se bastaba con lo dado; y si hubiera tenido a Homero, tal vez habría deseado la lira de Apolo, con la que aquel cantó las bodas de Peleo, no considerando esto una invención de la inteligencia de Homero, sino un hecho verdadero entretejido en los versos, como creo que' la Aurora de azafranado velo se extendía por toda la tierra' y' el Sol se levantó' y' Creta es una tierra', y todo lo que dicen los poetas de este tipo, son cosas claras y evidentes, unas que existen incluso hasta nosotros, y otras que suceden. Pero, ya sea que una grandeza de virtud sobresaliente y una inteligencia no menor en absoluto a los bienes presentes llevaran su alma a tal deseo, de modo que anhelara cosas mayores que las de los demás, ya sea que una exageración de valentía y valor que lleva a la arrogancia y mira hacia la soberbia, dejemos que lo examinen en común quienes quieran alabarlo o censurarlo, si es que alguien supone que le corresponde también esta parte. Nosotros, contentándonos siempre con lo presente y deseando lo menos posible lo ausente, nos alegramos cuando el heraldo alaba, habiéndose convertido para nosotros en espectador y colaborador de todo, sin haber aceptado los discursos forjados al azar por favor o enemistad; nos basta con que confiese solo amar, siendo más silencioso en lo demás y en lo que fue iniciado por Pitágoras.
8
Aquí me viene también lo que se rumorea, que no solo irás a Iliria, sino también a Tracia y a los griegos que habitan alrededor de aquel mar, entre los cuales, al haber estado y haberme criado, se ha arraigado en mí un gran amor por los hombres, los lugares y las ciudades. Y tal vez no sea pequeño el amor que ha quedado en las almas de aquellos por nosotros, a quienes sé bien que llegarás siendo, como se dice, bienvenido, devolviéndoles una justa recompensa por lo que nos has dejado aquí. Y esto no lo digo como deseándolo; puesto que ir hacia nosotros lo mismo rápidamente es mejor; sino como que, si sucediera, pienso que también respecto a esto me sentiré no sin consuelo ni sin consuelo, alegrándome con ellos de que te verán después de nosotros. Pues ya me cuento a mí mismo entre los celtas por ti, un hombre que cuenta entre los primeros de los griegos tanto por el buen gobierno como por la otra virtud, y excelente en retórica y no ajeno a la filosofía, de la cual solo los griegos han perseguido lo mejor, cazando la verdad con el discurso, como es natural, sin prestar atención a mitos increíbles ni a prodigios paradójicos, como hacen la mayoría de los bárbaros. Pero esto, como sea que esté, déjese por ahora. A ti, pues, ya es digno despedirte con buenas palabras; que te guíe un dios benevolente, adondequiera que debas ir, y que te reciba el dios de los extranjeros y el dios de la amistad, benevolente, y que te guíe por tierra a salvo; y si debes navegar, que se allanen las olas; y que seas para todos amigo y estimado, agradable al acercarte, pero doloroso al dejarlos; y que, amándonos, anheles lo menos posible la compañía de un hombre compañero y amigo fiel. Y que el dios te haga también al emperador benevolente y te conceda todo lo demás según tu mente, y prepare tu viaje a casa hacia nosotros seguro y rápido. Esto te deseo junto con los hombres nobles y buenos, y además de esto,¡ salud y gran alegría, y que los dioses te den felicidad, para regresar a casa a tu querida tierra patria!

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