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Letter to the Senate and the People of Athens
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Aunque vuestros antepasados realizaron muchas hazañas por las cuales no solo ellos en aquel entonces, sino también vosotros ahora, podéis sentiros orgullosos, y aunque se erigieron muchos trofeos tanto en nombre de toda Grecia en común como, de forma particular, en nombre de esta misma ciudad, en los que luchó sola tanto contra los demás griegos como contra el bárbaro, no existe obra tan grande ni virtud tan excelsa con la que las otras ciudades no puedan también competir. Pues algunas de estas cosas las realizaron junto con vosotros, y otras por su cuenta. Y para que, al recordarlas y compararlas después, no se me considere partidista al preferir unas ciudades sobre otras en sus disputas, o al elogiar con menos entusiasmo a las que han quedado rezagadas por conveniencia, como hacen los oradores, solo quiero decir esto en vuestro favor, algo para lo cual no podemos encontrar parangón entre los demás griegos, transmitido a nosotros desde la antigua fama: bajo el mando de los lacedemonios, no arrebatasteis el poder por la fuerza, sino por la reputación de justicia, y las leyes que hay entre vosotros criaron a Arístides el Justo. Y, sin embargo, creo que habéis confirmado estos testimonios, que ya eran brillantes, mediante obras aún más brillantes. Pues parecer justo, tal vez, podría sucederle a cualquiera incluso falsamente, y quizás no sea extraño que entre muchos hombres viles surja uno virtuoso.¿ O acaso no se celebra a un Deyoces entre los medos, a Abaris entre los hiperbóreos y a Anacarsis entre los escitas? Sobre ellos, lo admirable era esto: que, habiendo nacido entre los pueblos más injustos, honraron la justicia, unos de verdad y otro fingiéndolo por necesidad. Pero encontrar a todo un pueblo y una ciudad amantes de las obras y palabras justas, fuera de la vuestra, no es fácil. Deseo recordaros una de las muchas obras que hay entre vosotros. Pues cuando Temístocles, después de las guerras médicas, pensaba proponer la idea de incendiar secretamente los arsenales de los griegos, y luego no se atrevía a decirlo ante el pueblo, pero confesaba que confiaría el secreto a uno solo, a quien el pueblo eligiera por votación, el pueblo propuso a Arístides; este, al escuchar la propuesta, ocultó lo dicho, pero lo expuso ante el pueblo diciendo que no había nada ni más ventajoso ni más injusto que aquel plan; y la ciudad lo rechazó al instante y lo desestimó, muy magnánimamente, por Zeus, y de la manera en que debían hacerlo hombres criados bajo el testimonio de la diosa más prudente.
2
Por tanto, si esto existía entre vosotros antiguamente, y desde entonces se conserva aún entre vosotros una pequeña chispa, por así decirlo, de la virtud de los antepasados, es natural que no os fijéis en la magnitud de lo que se hace, ni si alguien, como si volara por el aire, caminó por la tierra con velocidad increíble y fuerza incansable, sino que observéis por quién se han realizado estas cosas junto con la justicia; y si parece que actúa con justicia, todos vosotros, tanto en privado como en público, lo elogiaríais, pero si despreciara la justicia, sería justamente deshonrado por vosotros. Pues nada es tan hermano de la prudencia como la justicia. Por consiguiente, a quienes deshonran esto, deberíais expulsarlos justamente, como a quienes cometen impiedad contra la diosa que está entre vosotros. Deseo, pues, anunciaros mis asuntos, no porque los ignoréis, sino para que, si algo ha pasado inadvertido— y es natural que algunas cosas, incluso aquellas que más conviene que todos conozcan—, llegue a ser conocido por vosotros y, a través de vosotros, por los demás griegos. Que nadie, pues, suponga que desvarío o digo tonterías si intento pronunciar algunas palabras sobre lo que ha estado ante los ojos de todos, no solo hace tiempo, sino también hace poco; pues no quiero que nadie ignore nada de lo mío, aunque es natural que unos ignoren unas cosas y otros otras; comenzaré primero por los antepasados de los míos.
3
Y que lo que nos viene por parte de padre tiene su origen allí mismo de donde proviene lo que a Constancio le viene por parte de padre, es evidente. Pues nuestros padres fueron hermanos por parte de padre. Y siendo nosotros parientes tan cercanos, este emperador, el más falto de humanidad,¿ qué hizo? Mató sin juicio a seis primos míos y suyos, a mi padre, que era su tío, y además a otro tío común por parte de padre y a mi hermano mayor; y queriendo matarme a mí y a otro hermano mío, finalmente nos impuso el destierro, del cual a mí me dejó libre, pero a aquel, poco antes de la matanza, le despojó del nombre de César.¿ Qué necesidad tengo ahora de enumerar lo indecible como si fuera una tragedia? Pues se arrepintió, dicen, y fue mordido profundamente, y desde entonces considera que su falta de hijos es una desgracia, y supone que sus asuntos contra los enemigos, los persas, no marchan afortunadamente a causa de esto. Esto murmuraban entonces los que estaban en la corte y mi difunto hermano Galo, que escuchaba este nombre por primera vez; pues tras matarlo contra las leyes, ni siquiera permitió que compartiera las tumbas paternas ni lo consideró digno de un piadoso recuerdo. Lo que decía, pues, es que decían tantas cosas y, en efecto, nos convencían de que algunas cosas las hizo engañado, y otras cediendo a la fuerza y a los disturbios de un ejército desordenado y turbulento. Tantas cosas nos cantaban mientras estábamos encerrados en una finca de Capadocia, sin dejar que nadie se acercara, habiendo llamado a uno del destierro en Trales, y a mí, siendo aún un niño, sacándome de las escuelas.¿ Cómo podría expresar aquí lo de los seis años que pasamos viviendo en una propiedad ajena, como los que son custodiados en las fortalezas de los persas, sin que ningún extraño se nos acercara ni se permitiera a ninguno de nuestros antiguos conocidos visitarnos, viviendo aislados de toda enseñanza seria y de toda conversación libre, criados entre los brillantes sirvientes y ejercitándonos con nuestros propios esclavos como si fueran compañeros? Pues nadie se acercaba ni se permitía a ninguno de nuestros coetáneos.
4
Desde allí, yo fui liberado con dificultad, afortunadamente gracias a los dioses, pero mi hermano fue encerrado en la corte desafortunadamente, como nadie más que haya existido jamás. Pues si algo de su carácter pareció salvaje y áspero, esto se acrecentó por aquella crianza en la montaña. Justo es, pues, creo, que también tenga esta culpa quien nos impuso a la fuerza esta crianza, de la cual los dioses me hicieron puro y capaz gracias a la filosofía, pero a él nadie le dio nada. Pues inmediatamente, al pasar de los campos a los palacios, en cuanto le puso la túnica de púrpura, comenzó a envidiarlo y no cesó hasta derribarlo, sin contentarse con quitarle la túnica púrpura. Y, sin embargo, al menos era digno de vivir, si no parecía apto para reinar. Pero era necesario que se viera privado también de esto. Concedo que, al menos, debió haber sido sometido a juicio primero, como a los malhechores. Pues la ley no prohíbe a los bandidos matar al que los ha encadenado, pero dice que los que han sido despojados de los honores que tenían, y que de gobernantes se han convertido en ciudadanos privados, deben ser eliminados sin juicio.¿ Qué pasaría si hubiera tenido que revelar a los culpables de sus faltas? Pues le fueron entregadas algunas cartas,¡ Heracles!, que contenían tantas acusaciones contra él, ante las cuales, indignado, dio rienda suelta a su ira de manera desmedida y nada real; sin embargo, no había hecho nada que no fuera digno ni siquiera de vivir.¿ Pues cómo?¿ No es esta la ley común para todos los hombres, griegos y bárbaros a la vez, defenderse de quienes inician una injusticia? Pero tal vez se defendió con demasiada amargura. No obstante, no del todo fuera de lo razonable; pues es natural que el enemigo, por ira, haga algo, como se ha dicho antes. Pero para complacer a un andrógino, al chambelán, y además al administrador de los cocineros, entregó a los enemigos para que lo mataran al primo, al César, al que se había convertido en marido de su hermana, al padre de su sobrina, con quien él mismo había contraído matrimonio con la hermana anteriormente, ante quien tenía tantos derechos de dioses comunes; a mí, en cambio, me dejó tras arrastrarme con dificultad durante siete meses enteros de aquí para allá y tenerme bajo vigilancia, de modo que, si una de las deidades, deseando que yo me salvara, no me hubiera proporcionado entonces a la noble y buena Eusebia, ni siquiera yo habría escapado de sus manos entonces. Y, sin embargo, por los dioses, ni siquiera en sueños mi hermano me había hecho nada; pues ni convivía con él, ni lo visitaba, ni iba a verlo, y escribía pocas veces y sobre pocas cosas. Así pues, habiendo escapado de allí, me dirigí alegremente al hogar de mi madre; pues no tenía nada paterno ni poseía, de tantos bienes como era natural que mi padre poseyera, ni el más pequeño terrón, ni un esclavo, ni una casa; pues el noble Constancio heredó en mi lugar toda la hacienda paterna y, como dije, no me dio ni una pizca de ella; sino que también a mi hermano le dio pocas cosas de los bienes paternos, despojándolo de todos los bienes maternos.
5
Así pues, todo lo que hizo conmigo antes de concederme el nombre más venerable, pero en la práctica arrojarme a la más amarga y difícil esclavitud, aunque no todo, al menos habéis oído la mayor parte. Mientras me dirigía finalmente al hogar, salvándome con alegría y dificultad, apareció un delator cerca de Sirmio, que urdió problemas a los de allí como si tramaran novedades; conocéis, supongo, de oídas a Africano y a Marino; por tanto, no se os escapó ni Félix ni todo lo que se hizo contra los hombres. Pero cuando se le denunció este asunto, y Dinamio, otro delator, anunció repentinamente desde los celtas que Silvano estaba a punto de revelarse como su enemigo, temiendo totalmente y asustado, envió inmediatamente por mí, y tras ordenarme retirarme un poco a Grecia, me llamó de nuevo a su lado, sin haberme visto antes más que una vez en Capadocia y otra en Italia, habiendo luchado Eusebia para que yo me atreviera por mi propia salvación. Y, sin embargo, viví en la misma ciudad que él durante seis meses, y además prometió verme de nuevo. Pero el andrógino enemigo de los dioses, su fiel chambelán, se convirtió en mi benefactor sin quererlo; pues no permitió que me encontrara con él muchas veces, tal vez ni siquiera queriéndolo yo, pero él era el principal; pues dudaba, no fuera que, al surgir alguna familiaridad entre nosotros, luego me ganara su afecto y, mostrándome fiel, se me confiara algo. Al llegar yo entonces por primera vez desde Grecia, inmediatamente, a través de los eunucos de su servicio, la difunta Eusebia me trataba con mucha amabilidad. Pero poco después, al llegar este— pues, en efecto, también se habían realizado los asuntos sobre Silvano—, finalmente se me da entrada a la corte y me pongo lo que se llama la necesidad persuasiva tesalia. Pues, al negarme yo firmemente a la convivencia en los palacios, ellos, reuniéndose como en una barbería, me cortan la barba, me visten con una clámide y me dan forma, como suponían entonces, de un soldado muy ridículo; pues nada del adorno de los purificados me sentaba bien; y yo caminaba no como ellos, mirando a todos lados y pavoneándome, sino mirando al suelo, como estaba acostumbrado por el pedagogo que me crió. Entonces, pues, les proporcioné risa, pero poco después sospecha, y luego resplandeció tanta envidia. Pero aquí no debo omitir aquello: cómo consentí, cómo acepté vivir bajo el mismo techo que aquellos que sabía que habían arruinado a todo mi linaje y sospechaba que pronto conspirarían también contra mí. Cuántas fuentes de lágrimas derramé y qué lamentos, levantando las manos hacia la acrópolis que está entre vosotros, cuando era llamado, y suplicando a Atenea que salvara al suplicante y no lo entregara, muchos de los que están entre vosotros son testigos que lo han visto, y la propia diosa ante los demás, que incluso pedí la muerte a ella en Atenas antes de aquel viaje. Que la diosa no traicionó al suplicante ni lo entregó, lo demostró con hechos; pues en todas partes me puso guardianes por todos lados, habiendo tomado mensajeros del Sol y de la Luna.
6
Sucedió también algo así. Al llegar a Mediolano, vivía en un suburbio. Allí, Eusebia me enviaba a menudo mensajes mostrándome su afecto y ordenándome escribir y tener confianza para lo que necesitara. Habiendo escrito yo una carta para ella, o mejor dicho, una súplica que contenía juramentos como:« Así puedas disfrutar de hijos como herederos; así el dios te conceda esto y aquello», me enviaba a casa lo más rápido posible, sospechando que no era seguro enviar cartas a la esposa del emperador a los palacios. Supliqué, pues, a los dioses durante la noche que me revelaran si debía enviar el escrito a la emperatriz; ellos me amenazaron con una muerte vergonzosa si lo enviaba. Y que escribo esto como verdad, llamo a todos los dioses como testigos. Por esto, pues, me abstuve de enviar la carta. Pero de aquella noche me vino un razonamiento, que quizás también sea digno de que vosotros lo escuchéis.« Ahora», dije,« pienso oponerme a los dioses, y he considerado que deliberar sobre mí mismo es mejor que los que lo saben todo». Y, sin embargo, la prudencia humana, que mira solo al presente, difícilmente y con dificultad podría alcanzar lo que es infalible por poco tiempo. Por eso nadie delibera sobre lo que sucederá a los treinta años ni sobre lo que ya ha sucedido; pues lo primero es superfluo y lo segundo imposible; sino sobre lo que está en las manos y de lo cual ya existen algunos principios y semillas. Pero la prudencia que está en los dioses mira hacia lo más lejano, o mejor dicho, hacia todo, y anuncia correctamente y hace lo mejor; pues ellos mismos son causa tanto de lo que es como de lo que será. Por tanto, es natural que ellos sepan sobre lo presente. Hasta entonces, pues, me parecía que el segundo razonamiento era más sensato que el anterior. Pero al mirar hacia la justicia, dije inmediatamente:« Entonces,¿ tú te indignas si alguno de tus bienes te priva de su uso o huye cuando es llamado, aunque sea un caballo, una oveja o un buey, pero queriendo ser hombre, no de los del rebaño ni de los de la chusma, sino de los decentes y moderados, privas a los dioses de ti mismo y no permites que te usen para lo que ellos quieran? Mira no sea que, además de ser muy insensato, actúes con desprecio hacia los derechos que tienes con los dioses».¿ Y la valentía dónde está y cuál es? Ridículo. Al menos estás dispuesto a adular y halagar por miedo a la muerte, pudiendo dejarlo todo y permitir que los dioses actúen como quieran, dividiendo con ellos el cuidado de ti mismo, como también Sócrates exigía, y hacer lo que depende de ti como sea posible, pero dejar el resto a ellos, y no poseer nada ni arrebatar, sino recibir sencillamente lo que ellos dan.
7
Considerando yo que esta opinión no solo era segura, sino propia de un hombre moderado, puesto que también las señales de los dioses apuntaban a ello— pues el que teme las conspiraciones futuras y se arroja a un peligro vergonzoso y evidente me parecía terriblemente turbulento—, cedí y obedecí. Y el nombre y la clámide de César me fueron puestos rápidamente; pero la esclavitud que siguió a esto y el miedo que pendía cada día sobre mi propia vida,¡ Heracles!, qué grande y qué clase de miedo: cerrojos en las puertas, porteros, las manos de los sirvientes registradas por si alguien me traía un escrito de mis amigos, servicio extraño; apenas pude introducir en la corte a cuatro de mis propios sirvientes, dos muchachos muy pequeños y dos mayores, para que me sirvieran más íntimamente, de los cuales uno solo conocía mis asuntos con los dioses y, en la medida de lo posible, colaboraba en secreto; se le había confiado la custodia de mis libros, siendo el único de mis muchos compañeros y amigos fieles, un médico, que también, por ser amigo, me acompañó sin que se supiera. Y tanto temía yo estas cosas y estaba tan asustado ante ellas, que incluso a muchos de los amigos que querían visitarme, los impedía muy a mi pesar, deseando verlos, pero temiendo ser causa de desgracias para ellos y para mí. Pero esto es externo, lo siguiente es sobre los hechos mismos. Habiéndome dado trescientos sesenta soldados, me envió al pueblo de los celtas, que estaba devastado, a mediados del invierno, no tanto como jefe de los ejércitos de allí, sino obedeciendo a los generales de allí. Pues se les había escrito y ordenado expresamente que no vigilaran tanto a los enemigos como a mí, para que no hiciera ninguna novedad. Ocurriendo esto de la manera que dije, cerca del solsticio de verano me permite marchar a los campamentos para llevar su figura y su imagen; pues, en efecto, también esto se había dicho y escrito, que no da a los galos un emperador, sino a quien lleve su imagen ante ellos. Y no yendo mal, como habéis oído, el primer año en que fui general y se realizó una obra seria, al volver a los cuarteles de invierno me encontré en el peligro extremo. Pues no me estaba permitido reunir un ejército; pues otro era el dueño de esto; y yo mismo, encerrado con pocos, luego, al ser solicitado por las ciudades cercanas para pedir ayuda, habiendo dado a ellas la mayor parte de lo que tenía, me quedé solo. Aquello, pues, se hizo así entonces. Pero cuando también el jefe de los ejércitos, al caer en sospecha ante él, fue destituido y apartado del mando, por no parecer muy apto, yo fui considerado un general nada serio ni temible, al haberme mostrado manso y moderado. Pues no creía que debiera luchar por el mando ni maniobrar contra él, a menos que viera algo de lo muy peligroso que debiera suceder y fuera pasado por alto, o que el mando no debiera suceder. Una y dos veces, al usar algunos de mis servicios de manera indebida, creí que debía honrarme con el silencio, y en adelante llevaba la clámide y la imagen; pues de esto, en aquel momento, pensaba ser dueño. De lo cual Constancio, pensando que yo progresaría poco, pero que los asuntos de los celtas no llegarían a tal cambio, me da el mando de los ejércitos al principio de la primavera. Y marcho cuando el trigo está en sazón, con muchísimos germanos viviendo sin miedo cerca de las ciudades devastadas en los celtas. El número de ciudades es de unas cuarenta y cinco, murallas saqueadas aparte de las torres y las fortalezas menores. Y la magnitud de la tierra que ocupaban los bárbaros a este lado del Rin es la que abarca desde las fuentes mismas hasta el Océano; y los últimos que vivían cerca de nosotros estaban a trescientos estadios de la orilla del Rin, y el triple de esto era aún la anchura de lo que quedó desierto por el saqueo, donde ni siquiera estaba permitido a los celtas pastar el ganado, y algunas ciudades estaban vacías de habitantes, junto a las cuales aún no vivían los bárbaros.
8
Habiendo encontrado la Galia en estas condiciones, recuperé la ciudad de Agripina en el Rin, que había sido tomada hacía unos diez meses, y el muro de Argentorato cerca de las estribaciones del mismo Vosgos, y luché no sin gloria. Quizás también llegó a vosotros tal batalla. Allí, habiéndome dado los dioses al rey de los enemigos como prisionero, no envidié el éxito a Constancio. Y, sin embargo, si no se me permitía celebrar un triunfo, era dueño de degollar al enemigo, y además llevarlo por toda la tierra celta para mostrarlo a las ciudades y, por así decirlo, deleitarme con las desgracias de Jnodomario. No creí que debiera hacer nada de esto, sino que lo envié directamente al mismo Constancio, que entonces regresaba de los cuados y los saurómatas. Sucedió, pues, que habiendo luchado yo, y habiendo él solo viajado y encontrado amistosamente a los pueblos que viven cerca del Istro, no triunfamos nosotros, sino él. Después de esto, el segundo y el tercer año, y todos los bárbaros fueron expulsados de la Galia, y la mayoría de las ciudades fueron recuperadas, y muchísimas naves fueron traídas desde Britania. Traje una flota de seiscientas naves, de las cuales, habiendo construido cuatrocientas en ni siquiera diez meses completos, las introduje todas en el Rin, obra no pequeña debido a los bárbaros que estaban cerca y vivían al lado. Florencio, al menos, pensaba que esto era tan imposible que prometió pagar dos mil libras de plata a los bárbaros por el paso, y Constancio, al enterarse de esto— pues le había comunicado sobre la entrega—, me envió una carta ordenándome hacer lo mismo, si no me parecía del todo vergonzoso.¿ Y cómo no iba a ser vergonzoso, donde a Constancio le pareció tal, acostumbrado como estaba a servir a los bárbaros? No se les dio nada; sino que, habiendo marchado contra ellos, ayudándome y estando presentes los dioses, recibí a una parte del pueblo salio, y expulsé a los chamabos, capturando muchas vacas y mujeres con sus hijos. Y a todos los asusté tanto y los preparé para que temieran mi incursión, que al instante tomé rehenes y proporcioné un transporte seguro para el envío de grano. Es largo enumerarlo todo y escribir sobre cada cosa, todo lo que hice en cuatro años; pero los puntos principales: por tercera vez crucé el Rin siendo aún César; exigí veinte mil prisioneros a los bárbaros que estaban al otro lado del Rin; de dos combates y un asedio capturé a mil, no de la edad inútil, sino hombres en la flor de la vida; envié a Constancio cuatro unidades de la mejor infantería, otras tres de las menores, dos regimientos de caballería de los más honrados; recuperé ciudades, ahora, con la voluntad de los dioses, todas, pero entonces había recuperado poco menos de cuarenta. Llamo como testigos a Zeus y a todos los dioses protectores de la ciudad y comunes por mi intención hacia él y mi lealtad, que he sido con él como habría elegido que un hijo fuera conmigo. Lo he honrado, pues, como ningún César a ninguno de los emperadores anteriores. Nada, al menos hasta el día de hoy, me reprocha sobre ellos, y eso que he hablado con franqueza ante él, sino que inventa causas ridículas de ira.« A Lupicino», dice,« y a otros tres hombres los retuviste»; a quienes, incluso si los hubiera matado por haber conspirado abiertamente contra mí, debería haber dejado de lado la ira por los que sufrieron por el bien de la concordia. Pero a estos, sin hacerles nada desagradable, los retuve por ser turbulentos por naturaleza y belicosos, gastando mucho en ellos de los fondos públicos, sin quitarles nada de lo que poseían. Veis cómo Constancio legisla para proceder contra ellos. Pues el que se indigna por lo que le pertenece,¿ acaso no me reprocha y se burla de mi estupidez, porque al asesino de mi padre, de mis hermanos, de mis primos, de toda nuestra casa común y parentesco, al verdugo, lo serví hasta este punto? Y considerad cómo, incluso habiendo llegado a ser emperador, me comporté con él de manera servicial por lo que envié.
9
Y qué clase de persona he sido con él antes de esto, lo sabréis por lo siguiente. Al darme cuenta de que yo mismo heredaría la mala fama y el peligro de las faltas, y que la mayor parte sería realizada por otros, primero suplicaba, si le parecía bien hacer esto y estaba decidido a llamarme César, que me diera hombres buenos y serios para que me ayudaran; pero él dio primero a los más malvados. Y como uno, el más malvado, obedeció muy alegremente, y ninguno de los otros lo consideró digno, me da a regañadientes a un hombre muy bueno, Salustio, quien por su virtud se convirtió inmediatamente en sospechoso para él. No contentándome yo con tal cosa, y mirando la diferencia de carácter y habiendo comprendido que a uno le confiaba demasiado y al otro no le prestaba ninguna atención, tomándole de la mano derecha y de las rodillas, dije:« De estos, ninguno es conocido mío ni lo ha sido antes; pero conociéndolos de oídas, por orden tuya, los considero mis compañeros y amigos, honrándolos igual que a los antiguos conocidos. Sin embargo, no es justo que se les confíen mis asuntos ni que los de ellos corran peligro conmigo.¿ Qué suplico, pues? Danos leyes escritas, de qué debemos abstenernos y cuánto permites hacer. Pues es evidente que al que obedece lo elogiarás, y al que desobedece lo castigarás, aunque creo que nadie desobedecerá».
10
Todo lo que Pentadio intentó innovar inmediatamente, no hace falta decirlo; pero yo me oponía a innovar y me vuelvo hostil para él desde entonces. Luego, habiendo tomado a otro y preparado a un segundo y a un tercero, a Paulo y a Gaudencio, habiendo contratado a los famosos delatores contra mí, hace que Salustio se aparte por ser mi amigo, y que Luciliano sea dado como sucesor inmediatamente. Y poco después, también Florencio era mi enemigo por las codicias a las que yo me oponía. Estos convencen a Constancio de que me quite todos los ejércitos, tal vez picado también por los celos de los éxitos, y escribe cartas llenas de mucha deshonra hacia mí, amenazando con la ruina a los celtas; pues poco falta para decir que ordenó retirar de la Galia a todo el ejército, el más combativo sin distinción, habiendo encargado esta obra a Lupicino y a Gintonio, y me envió una carta para que no me opusiera a ellos en nada. Aquí, sin embargo,¿ qué clase de obras de los dioses podría deciros? Yo pensaba— y ellos son testigos— desechar toda la suntuosidad y preparación real para estar tranquilo y no hacer nada en absoluto. Esperaba que llegaran Florencio y Lupicino; pues uno estaba cerca de Viena y el otro en Britania. En esto, había mucho ruido entre todos los ciudadanos y los soldados, y alguien escribe un escrito anónimo a la ciudad vecina a mí, a estos Petulantes y Celtas— pues así se llaman los regimientos—, en el que se escribían muchas cosas contra él, y muchos lamentos por la traición de las Galias; y, además, el que escribió el escrito lamentaba también mi deshonra. Esto, al ser llevado, movió a todos los que más pensaban como Constancio a atacarme con la mayor firmeza, para que enviara ya a los soldados, antes de que se lanzaran cosas similares a los otros regimientos. Pues no estaba presente nadie más de los que parecían ser benevolentes conmigo, sino Nebridio, Pentadio, Decentio, el enviado por el mismo Constancio para esto mismo. Y diciendo yo que era necesario esperar aún a Lupicino y a Florencio, nadie escuchaba, sino que todos decían lo contrario, que debía hacerlo si no quería añadir esto como prueba y testimonio a las sospechas anteriores. Luego añadieron:« Ahora, al ser enviados ellos, la obra es tuya, pero al llegar estos, Constancio no te lo atribuirá a ti, sino a ellos, y tú serás el culpable». Me convencieron, pues, de escribirle, o mejor dicho, me obligaron; pues aquel se deja convencer, a quien le es permitido no dejarse convencer, pero los que pueden obligar no necesitan convencer; por tanto, los obligados no son de los convencidos, sino de los forzados. Deliberábamos aquí qué camino debían seguir, siendo doble. Yo pedía que tomaran otro, pero ellos obligan a ir por aquel, no sea que esto mismo se convierta en una ocasión de sedición para los soldados y sea causa de algún disturbio, y luego, al empezar a sediciarse una vez, lo perturben todo de golpe.
11
El temor de los hombres no parecía del todo irracional. Llegaron las tropas, salí a su encuentro según la costumbre establecida para ellos y los exhorté a seguir su camino; permanecieron un día, durante el cual yo no sabía nada de lo que habían deliberado. Que Zeus, Helios, Ares, Atenea y todos los dioses sean testigos de que ni siquiera de lejos me llegó tal sospecha hasta el mismo atardecer. Ya entrada la tarde, cerca de la puesta del sol, se me informó, y al instante el palacio fue rodeado, y todos gritaban, mientras yo aún reflexionaba sobre qué debía hacer y todavía no lo creía del todo; pues, estando aún viva mi esposa, me había retirado a descansar en privado subiendo al piso superior cercano. Luego, desde allí— pues la pared estaba abierta—, adoré a Zeus. Al hacerse el griterío aún mayor y estar todos alborotados en el palacio, pedimos al dios que nos diera una señal. Él nos la mostró y nos ordenó obedecer y no oponernos al entusiasmo del ejército. Sin embargo, aun habiéndose producido estas señales para mí, no cedí de inmediato, sino que resistí cuanto pude, y no acepté ni el saludo ni la corona. Pero como, siendo uno solo, no podía dominar a muchos, y los dioses que querían que esto sucediera incitaban a unos y suavizaban mi ánimo, hacia la tercera hora, más o menos, no sé qué soldado me dio un collar y me lo puse, y fui al palacio, gimiendo desde lo más profundo de mi corazón, como saben los dioses. Y eso que, ciertamente, al confiar en el dios que me había mostrado la señal, debía haber tenido valor; pero me sentía terriblemente avergonzado y me hundía, por si parecía que no había obedecido fielmente hasta el final a Constancio. Habiendo, pues, mucha tristeza en el palacio, los amigos de Constancio, pensando en aprovechar este momento, urdieron inmediatamente una conspiración contra mí y repartieron dinero a los soldados, esperando una de dos cosas: o que se dividieran entre sí o que me atacaran abiertamente. Alguien de los encargados de la escolta de mi esposa, al darse cuenta de que esto se hacía a escondidas, me lo informó primero a mí, pero al ver que yo no le prestaba atención, perdió el juicio y, como los poseídos por los dioses, comenzó a gritar públicamente por el ágora:«¡ Soldados, extranjeros y ciudadanos, no traicionéis al emperador!». Entonces, la ira se apoderó de los soldados y todos corrieron al palacio con sus armas. Al encontrarme vivo y alegrarse como quienes ven a amigos inesperados, me abrazaban y rodeaban unos por un lado y otros por otro, y me llevaban sobre sus hombros, y el asunto era, en cierto modo, digno de verse, pues parecía un entusiasmo divino. Y cuando me rodearon por todas partes, exigían a todos los amigos de Constancio para castigarlos. Cuán grande fue la lucha que sostuve queriendo salvarlos, lo saben todos los dioses.
12
Pero,¿ cómo procedí después de esto respecto a Constancio? Ni siquiera hoy he utilizado en las cartas dirigidas a él el título que me dieron los dioses, sino que me he escrito a mí mismo como césar, y he convencido a los soldados de que me juren que no desearán nada si él nos permite habitar las Galias sin temor, consintiendo en lo sucedido. Todas las tropas que estaban conmigo le enviaron cartas suplicando por la concordia entre nosotros. Él, en cambio, a cambio de esto, nos lanzó a los bárbaros, me declaró enemigo ante ellos y pagó salarios para que la nación de las Galias fuera devastada, y escribiendo a los que estaban en Italia, les ordenó vigilar a los que venían de las Galias, y ordenó preparar, cerca de las fronteras galas, en las ciudades vecinas, hasta trescientos miríadas de medidas de trigo procesado en Brigantia, y otro tanto cerca de los Alpes Cocios, como si fuera a hacer campaña contra mí. Y esto no son palabras, sino hechos claros. Pues recibí las cartas que escribió y que fueron traídas por los bárbaros, y encontré los suministros preparados y las cartas de Tauro. Además de esto, todavía hoy me escribe como césar, y nunca se comprometió a llegar a un acuerdo conmigo, sino que envió a un tal Epicteto, obispo de las Galias, como si fuera a darme garantías sobre mi propia seguridad, y esto lo repite a través de todas sus cartas, como si no fuera a quitarme la vida, pero sobre el honor no menciona nada. Yo, por mi parte, creo que sus juramentos deben escribirse en ceniza, según el proverbio, tan fiables son; pero me aferro al honor, no solo por lo noble y decoroso, sino también por la salvación de mis amigos; y todavía no hablo de la amargura que se ejercita por todas partes en la tierra.
13
Esto me convenció, esto me pareció justo. Y primero, consagré estas cosas a los dioses que todo lo ven y todo lo oyen. Luego, habiendo sacrificado por la partida y siendo favorables los presagios ese mismo día en que iba a hablar a los soldados sobre la marcha hacia estas tierras, tanto por mi propia salvación como, mucho más, por el bienestar de los asuntos comunes y la libertad de todos los hombres, y de la propia nación de los celtas, que ya dos veces ha entregado a los enemigos, sin perdonar ni siquiera las tumbas de sus antepasados, aquel que sirve tanto a los extranjeros, pensé que debía ganar a las naciones más poderosas y obtener recursos financieros de lo más justos de las minas de plata y oro, y si él todavía ahora apreciara la concordia con nosotros, permanecer dentro de los límites actuales, pero si pensara en hacer la guerra y no cediera nada de su intención anterior, sufrir o hacer lo que sea grato a los dioses, pues es más vergonzoso parecer más débil que él por cobardía de alma y falta de juicio que por la multitud de sus fuerzas. Pues ahora, si venciera por la multitud, la obra no es suya, sino de la superioridad numérica; pero si, esperándome en las Galias y amando la vida y evitando el peligro, me hubiera cercado y capturado por todas partes, rodeado por los bárbaros y de frente por sus propios ejércitos, creo que el sufrir lo extremo era inminente, y además la vergüenza de los hechos no es menor daño para los sensatos. Pensando esto, hombres atenienses, lo expuse a mis compañeros de armas y escribo a los ciudadanos comunes de todos los helenos. Que los dioses, señores de todo, nos concedan y proporcionen su alianza, tal como prometieron, hasta el final, y que concedan a Atenas, por nuestra parte, en la medida de nuestras fuerzas, recibir beneficios y tener siempre tales emperadores que, de manera especial y sobresaliente, los respeten y los amen.

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