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Letter to Themistius the Philosopher
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Deseo fervientemente, tal como escribes, confirmar tus esperanzas, pero temo equivocarme, dado que la promesa que haces en mi favor, tanto ante todos los demás como, aún más, ante ti mismo, es mayor. Desde hace mucho, al pensar que la competencia era contra Alejandro, contra Marco y contra cualquier otro que haya destacado por su virtud, me invadía un escalofrío y un temor asombroso de parecer, por un lado, totalmente falto de valentía y, por otro, de no alcanzar ni siquiera un poco la virtud perfecta. Al mirar hacia esto, me convencía de elogiar el ocio, y yo mismo recordaba con agrado las costumbres áticas y consideraba justo armonizar con vosotros, mis amigos, tal como quienes cargan pesadas cargas alivian su fatiga con cantos. Pero tú, con tu reciente carta, has hecho mayor mi temor y has mostrado que la lucha es mucho más difícil en todos los aspectos, al decir que he sido destinado por el dios a la misma suerte en la que anteriormente estuvieron Heracles y Dioniso, quienes filosofaban y reinaban al mismo tiempo, purificando casi toda la tierra y el mar de la maldad que prevalecía. Me ordenas, habiendo desechado toda idea de ocio y tranquilidad, considerar cómo luchar dignamente por este propósito; luego, tras esto, mencionas a los legisladores, Solón, Pítaco, Licurgo, y dices que los hombres, con razón, esperan ahora de mí algo mayor que todo esto.
2
Al encontrarme con estas palabras, quedé casi estupefacto; pues suponía que para ti no era en absoluto lícito adular o mentir, y, siendo consciente de que en cuanto a mi naturaleza no poseía nada sobresaliente ni desde el principio ni ahora, sino que solo me había enamorado de la filosofía— pues callo las fortunas intermedias que me mantuvieron este amor incompleto hasta ahora—, no tenía qué aportar sobre tales palabras, hasta que el dios me trajo a la mente si acaso no querrás exhortarme mediante los elogios y mostrar la magnitud de las luchas a las que, por necesidad absoluta, está expuesto quien vive en la vida política durante todo el tiempo. Esto es más bien disuadir que incitar a la vida. Pues, al igual que si alguien que navega por el estrecho que hay junto a vosotros, y que ni siquiera esto soporta fácil ni cómodamente, escuchara de alguien que profesa el arte adivinatorio que debe medir el Egeo y el Jónico y tocar el mar exterior, y el profeta dijera:« Ahora ves muros y puertos, pero al llegar allí no verás ni atalaya ni roca, sino que te alegrarás incluso al divisar una nave desde lejos y saludar a los que navegan, y al tocar tierra tarde o temprano, rezarás muchas veces al dios, al menos al final mismo de la vida, para lograr un puerto, entregar la nave a salvo, presentar a los que navegan libres de males a sus allegados y entregar el cuerpo a la madre tierra, y esto, quizás, te será incierto hasta aquel último día»;¿ crees que alguien, al escuchar estas palabras, elegiría vivir en una ciudad cerca del mar, y no se alegraría de decir adiós a la riqueza y a los bienes que se obtienen del comercio, despreciando a muchos conocidos, la amistad extranjera, la historia de naciones y ciudades, para declarar sabio al hijo de Neocles, quien ordena vivir oculto? Y tú pareces, al haber comprendido esto, adelantarte a nosotros con tus invectivas contra Epicuro y descartar de antemano tal opinión. Pues dices, supongo, que elogiar el ocio libre de preocupaciones y las conversaciones en los paseos le conviene a él; yo, por mi parte, estoy convencido desde hace mucho y firmemente de que esto no le parecía bien a Epicuro; pero si es digno exhortar a cualquier persona a la vida política, incluso al que tiene menos aptitudes y al que aún no es plenamente capaz, es algo que quizás deba ser objeto de gran duda. Pues dicen, en efecto, que Sócrates apartó de la tribuna a muchos que no tenían aptitudes muy brillantes, y Jenofonte menciona a aquel Glaucón; pero que intentó contener al hijo de Clinias, aunque no pudo superar el impulso del joven.
3
Nosotros, en cambio, obligaremos incluso a los que no quieren y a los que son conscientes de sí mismos, ordenándoles que se armen de valor ante obras tan grandes, de las cuales no solo la virtud ni la recta elección son soberanas, sino mucho más la fortuna, que domina en todas partes y fuerza a que los asuntos se inclinen hacia donde ella quiera. Crisipo parece ser sabio y ser considerado justamente así en otros aspectos, pero al ignorar la fortuna, el azar y otras causas externas similares que sobrevienen a los hombres de acción, no parece decir cosas muy coherentes con lo que el tiempo nos enseña claramente a través de innumerables ejemplos.¿ Dónde diremos que Catón fue afortunado y dichoso?¿ O dónde que Dión el siciliano fue feliz? A ellos, quizás, no les importaba nada morir, pero sí les importaba mucho no dejar incompletas las acciones a las que se lanzaron desde el principio, y habrían preferido sufrir cualquier cosa por ello. Pero si, al fracasar en aquello, soportaron la fortuna con dignidad, tal como se dice, obtuvieron un consuelo no pequeño de la virtud, pero no podrían ser llamados felices al haber fracasado en las acciones más hermosas, salvo quizás por la postura estoica; ante la cual hay que decir que no es lo mismo ser elogiado que ser llamado dichoso, y si por naturaleza el ser vivo aspira a la felicidad, es mejor el fin digno de ser llamado dichoso según aquella que el digno de ser elogiado según la virtud.
4
La estabilidad de la felicidad es lo que menos suele confiar en la fortuna. Y no es posible que los que viven en la vida política respiren sin ella, observando lo que se dice verdaderamente, ya sea que hayan creado un estratega en el discurso, tal como los que componen las ideas, incluso falsamente, estableciéndolas en algún lugar entre los seres incorpóreos e inteligibles por encima de todas las cosas fortuitas, o aquel« apólis» de Diógenes, sin hogar, privado de patria, que no tiene nada de lo cual recibir un bien de ella ni, por el contrario, en qué fracasar; pero a este, a quien la costumbre suele llamar y Homero primero,« a quien los pueblos han sido confiados y tanto le preocupa»,¿ cómo podría alguien, al apartarlo de la fortuna, mantener la tesis? Por otra parte, el que se somete a ella,¿ cuánta preparación y cuánta prudencia creerá necesitar para soportar con dignidad las inclinaciones hacia ambos lados, como un timonel ante el viento? No es admirable enfrentarse solo a ella cuando ataca, sino mucho más admirable parecer digno de los bienes que provienen de ella. Por esto fue derrotado el gran rey que destruyó el imperio de Darío y Jerjes, pareciendo más cruel y más arrogante que ellos, una vez que se convirtió en dueño de su imperio; por estos dardos fueron derrotados y perecieron por completo los persas, los macedonios, el pueblo de los atenienses, los siracusanos, los contingentes de los lacedemonios, los generales romanos y, por encima de ellos, innumerables emperadores. Sería muy largo enumerar a todos los que perecieron por la riqueza, las victorias y el lujo; pero,¿ qué necesidad tengo ahora de enumerar, como si estuviera transcribiendo de una tablilla, a todos aquellos que, inundados por las desgracias, fueron vistos por todos como esclavos en lugar de libres, humildes en lugar de nobles y muy viles en lugar de los que antes eran venerables? Pues ojalá la vida de los hombres careciera de tales ejemplos. Pero no carece ni carecerá jamás de tales ejemplos, mientras permanezca el género humano.
5
Que no soy yo el único que ha considerado que la fortuna domina en gran medida en los asuntos prácticos, podría decirte ahora las palabras de Platón de sus admirables Leyes, pues, como tú lo sabes y me has enseñado, y como prueba de no ser perezoso, te he transcrito el pasaje que dice más o menos así:« Dios lo gobierna todo, y junto con Dios, la fortuna y la ocasión gobiernan todas las cosas humanas. Es más humano conceder que a estas debe seguir una tercera, el arte». Luego, al describir cómo debe ser el artesano y creador de las acciones hermosas y el rey divino:« Conociendo Cronos, pues, tal como hemos expuesto, que ninguna naturaleza humana es capaz en absoluto de administrar los asuntos humanos siendo soberana de todo sin llenarse de soberbia e injusticia, pensando esto, establecía entonces como reyes y gobernantes de nuestras ciudades no a hombres, sino a seres de un linaje más divino y mejor, los demonios, tal como nosotros hacemos ahora con los rebaños y con todos los animales que son mansos; no ponemos a bueyes como gobernantes de bueyes ni a cabras de cabras, sino que nosotros, un linaje mejor que ellos, los dominamos. Del mismo modo, el dios, siendo amante de los hombres, puso sobre nosotros un linaje mejor, el de los demonios, el cual, cuidando de nosotros con mucha facilidad para ellos, pero con mucha para nosotros, proporcionándonos paz, pudor y, en efecto, abundancia de justicia, hacía que los linajes de los hombres estuvieran libres de facciones y fueran felices». Dice, pues, también ahora este discurso, usando la verdad, que en aquellas ciudades donde no gobierna un dios, sino un mortal, no hay alivio para sus males ni para sus fatigas; pero cree que debemos imitar con todos los medios la vida que se dice que hubo bajo Cronos, y que, en la medida en que hay inmortalidad en nosotros, obedeciendo a esto, debemos administrar tanto en público como en privado las moradas y las ciudades, llamando ley a la distribución de la razón. Pero si un hombre, o una oligarquía, o una democracia que tiene un alma que aspira a placeres y deseos y necesita llenarse de ellos, gobierna una ciudad o a un particular pisoteando las leyes, no hay mecanismo de salvación. Te he transcrito este pasaje completo a propósito, para que no supongas que robo y cometo fechorías al proponer mitos antiguos, que quizás se asemejan, pero no están compuestos de manera totalmente verdadera. Pero,¿ qué dice el discurso verdadero sobre ellos? Escuchas que, aunque alguien sea hombre por naturaleza, debe ser divino por elección y un demonio, habiendo expulsado absolutamente todo lo mortal y bestial del alma, excepto lo que es necesario que permanezca por la salvación del cuerpo. Si alguien, al pensar esto, teme ser arrastrado a una vida tan grande,¿ te parece que admira la inactividad epicúrea, los jardines, el suburbio de Atenas, los mirtos y la habitación de Sócrates? Pero no hay lugar donde yo haya sido visto prefiriendo esto a las fatigas.
6
Con mucho gusto te habría expuesto mis propias fatigas y los temores que me sobrevinieron por parte de amigos y parientes cuando comenzaba la educación que recibí entre vosotros, si tú mismo no los conocieras muy bien. Y lo que ocurrió en Jonia ante aquel que me era cercano por linaje y más aún por amistad, en favor de un hombre extranjero que llegó a ser conocido mío solo superficialmente, me refiero al sofista, no te es oculto.¿ Acaso no soporté viajes por causa de los amigos? Aunque sabes cómo me apresuré junto a Carterio para llegar ante nuestro compañero Araxio sin ser llamado, para rogar por él.¿ Y acaso no llegué a Frigia por segunda vez, en menos de dos meses, por causa de las posesiones de la admirable Virtud y de lo que había sufrido por parte de los vecinos, estando mi cuerpo ya totalmente débil por la enfermedad que sobrevino debido a la anterior mala salud? Pero, en fin, lo último antes de nuestra llegada a Grecia, cuando permanecía en el campamento arriesgándome por los asuntos extremos, como dirían muchos, recuerda ahora qué tipo de cartas te escribía, si acaso estaban llenas de lamentos, o si contenían algo pequeño, humilde o demasiado innoble. Y al partir de nuevo hacia Grecia, cuando todos pensaban que yo huía,¿ no dije, como en la mayor de las fiestas, elogiando a la fortuna, que el intercambio era para mí el más dulce y, como se dice,« oro por bronce»,« hecatombes por bueyes de nueve bueyes»? Así, en lugar de mi propio hogar, me alegré de haber obtenido Grecia, sin poseer allí ni campo, ni jardín, ni habitación. Pero quizás parezca que yo no soporto las desgracias de manera innoble, pero que soy alguien innoble y pequeño ante los dones de la fortuna, al amar Atenas más que la carga que ahora pesa sobre nosotros, elogiando, por supuesto, aquel ocio, y culpando a esta vida debido a la multitud de asuntos.
7
Pero ojalá sea necesario juzgarnos mejor, no mirando hacia la inactividad y la acción, sino más bien hacia el« Conócete a ti mismo» y el« Que cada uno ejerza el arte que conoce». Me parece que reinar es algo mayor que lo humano y que requiere una naturaleza más divina que la de un rey humano, tal como decía Platón; y ahora transcribiré un discurso de Aristóteles que apunta a lo mismo, no llevando« búhos a los atenienses», sino demostrando que no descuido en absoluto sus discursos. Dice el hombre en sus escritos políticos:« Pero si alguien estableciera que lo mejor es que las ciudades sean gobernadas por un rey,¿ cómo será lo relativo a los hijos?¿ Acaso debe reinar también el linaje? Pero, al nacer como sea que resulten, es perjudicial.¿ Acaso no entregará el poder a sus hijos? Pero ya no es fácil creer esto; pues es difícil y requiere una virtud mayor que la naturaleza humana». A continuación, tras exponer sobre el llamado rey según la ley, cómo es un servidor y guardián de las leyes, y no llamando ni siquiera a este rey, ni considerando que tal sea una forma de gobierno, añade:« Sobre la llamada monarquía absoluta, que es aquella según la cual el rey gobierna todo según su propia voluntad, a algunos les parece que ni siquiera es conforme a la naturaleza que uno solo sea el señor de todos los ciudadanos; pues para los que son iguales por naturaleza es necesario que sea el mismo derecho». Luego, poco después, dice:« El que ordena que la razón gobierne parece ordenar que gobiernen el dios y las leyes; el que ordena a un hombre añade también a las bestias; pues tal es el deseo y el impulso que corrompe incluso a los mejores hombres; por lo cual, sin apetito, la razón es ley». Ves, el filósofo parece aquí desconfiar claramente y haber condenado la naturaleza humana. Pues dice esto expresándolo así: que ninguna naturaleza humana es suficiente para tal superioridad de la fortuna; pues no considera fácil que un hombre, siendo tal, prefiera el interés común de los ciudadanos al de sus hijos, y dice que no es justo gobernar a muchos iguales, y al poner fin a los discursos anteriores, dice que la ley es la razón sin apetito, a la cual solo se debería confiar los gobiernos, y a ningún hombre. Pues la razón que hay en ellos, aunque sean buenos, está entrelazada con el impulso y el deseo, bestias muy crueles.
8
Esto me parece que concuerda perfectamente con lo de Platón, primero en que el gobernante debe ser superior a los gobernados, no solo por ejercicio, sino también por naturaleza, lo cual no es fácil de encontrar en los hombres... y tercero, que con todos los medios, según la capacidad, se debe prestar atención a las leyes, no a las establecidas de repente ni a las que parece que han sido puestas ahora por hombres que no han vivido del todo conforme a la razón, sino que quien, habiendo purificado más la razón y el alma, no pone las leyes mirando hacia las injusticias presentes ni hacia las fortunas que sobrevienen, sino que, habiendo comprendido la naturaleza del gobierno y cómo es la justicia por naturaleza y qué clase de cosa es la injusticia vista por la naturaleza, luego, trasladando de allí a aquí todo lo que es posible y estableciendo leyes comunes para los ciudadanos, sin mirar ni a la amistad ni a la enemistad, ni al vecino ni al pariente; y sería mejor si, incluso sin escribirlas para los hombres de su tiempo, sino para los posteriores o para extranjeros, las enviara, no teniendo nada ni esperando tener con ellos ningún trato privado. Puesto que también oigo que Solón el sabio, tras haber deliberado con sus amigos sobre la abolición de las deudas, proporcionó a unos la ocasión de prosperidad, pero a sí mismo la causa de vergüenza, y esto habiendo liberado al pueblo con su gobierno. Así, no es fácil escapar de tales desgracias, aunque uno ofrezca su propia razón libre de pasiones ante el gobierno.
9
Temiendo esto, a menudo elogio con razón la vida anterior, y al obedecerte, sobre todo, pienso esto, no porque dijeras que el celo ante aquellos hombres, Solón, Licurgo y Pítaco, solo estaba ante mí, sino también porque dices que he pasado de la filosofía bajo techo a la que está al aire libre. Tal como si, a quien se ejercita moderada y difícilmente en casa por causa de su salud, le anunciaras de antemano:« Ahora llegas a Olimpia y has pasado de la palestra de la habitación al estadio de Zeus, donde tendrás como espectadores a los griegos de todas partes y, sobre todo, a tus propios ciudadanos, por quienes debes luchar, y también a algunos de los bárbaros, a quienes debes asombrar, habiéndoles mostrado una patria más temible para ellos en lo que a ti respecta ahora», lo habrías derribado de inmediato y hecho temblar antes de la lucha; así, considera que yo también estoy ahora dispuesto ante tales palabras. Y sobre esto, ya sea que haya juzgado correctamente ahora, o que en parte me equivoque de lo que es apropiado, o que me equivoque del todo, me enseñarás de inmediato.
10
Sobre lo que me surgió dudar ante tu carta, oh cabeza querida y digna de todo honor para mí, quiero aclararlo; pues deseo aprender sobre ello de manera más clara. Decías que elogias la vida en la acción frente a la del filósofo, y llamabas a Aristóteles el sabio como testigo, quien sitúa la felicidad en el actuar bien, y que, al observar la diferencia entre la vida política y la vida en la contemplación, duda sobre algunas cosas respecto a ellas, y prefiere la contemplación en otros lugares, pero elogia aquí a los arquitectos de las acciones hermosas. Dices que estos son los reyes, pero Aristóteles no lo ha dicho en ninguna parte según la frase que has añadido, y uno podría entender más bien lo contrario de lo que has transcrito. Pues el« Más bien decimos que actuar es propiamente, y de las acciones externas, los arquitectos con el pensamiento», debe considerarse dicho sobre los legisladores y los filósofos políticos y, en general, sobre todos los que actúan con razón y discurso, y no sobre los ejecutores y trabajadores de las acciones políticas; a quienes no les basta solo con pensar, comprender y decir a los demás lo que se debe hacer, sino que les corresponde a ellos manejar y realizar cada cosa que las leyes dictan y que a menudo las ocasiones fuerzan, a menos que llamemos arquitecto, tal como Homero suele llamar a Heracles en la poesía, conocedor de grandes obras, habiendo sido el más ejecutor de todos. Pero si suponemos esto como verdadero o decimos que solo son felices en el actuar los asuntos comunes los que son señores y reinan sobre muchos,¿ qué diremos entonces sobre Sócrates?¿ Y a Pitágoras, Demócrito y Anaxágoras de Clazómenas los llamarás quizás felices por otro motivo debido a la contemplación? Pero Sócrates, habiendo renunciado a la contemplación y amado la vida práctica,¿ no era ni siquiera señor de su propia esposa ni de su hijo?¿ Acaso le era posible gobernar a dos o tres ciudadanos?¿ Acaso no era él práctico, puesto que no era señor de nada? Yo, por mi parte, digo que el hijo de Sofronisco realizó algo mayor que Alejandro, atribuyéndole la sabiduría de Platón, la estrategia de Jenofonte, la valentía de Antístenes, la filosofía erétrica, la megárica, a Cebes, a Simmias, a Fedón, a otros innumerables; y aún no menciono las colonias que han surgido de ahí, el Liceo, la Estoa, las Academias.¿ Quién se salvó, pues, por la victoria de Alejandro?¿ Qué ciudad fue mejor habitada?¿ Qué particular se hizo mejor a sí mismo? Pues podrías encontrar a muchos más ricos, pero a nadie más sabio ni más moderado que él mismo, a menos que sea también más arrogante y despreciativo. Pero todos los que se salvan ahora por la filosofía, se salvan por Sócrates. Y esto no lo digo yo solo, sino que Aristóteles parece haberlo pensado antes al decir que no le corresponde menos orgullo por la escritura teológica que al que derribó el poder de los persas. Y me parece que él comprendió esto correctamente; pues vencer es, sobre todo, obra de la valentía y de la fortuna, y déjalo, si quieres, también de esta prudencia astuta, pero adquirir opiniones verdaderas sobre el dios no es solo obra de la virtud perfecta, sino que uno podría preguntarse con razón si se debe llamar a tal hombre o dios. Pues si es correcto lo que se dice, que cada cosa tiende a ser conocida por sus semejantes, el que ha conocido la esencia divina podría ser considerado justamente como alguien divino.
11
Pero puesto que de nuevo parecemos, habiéndonos lanzado a la vida contemplativa, comparar esta con la práctica, habiendo renunciado tú también desde el principio a la comparación, mencionaré a aquellos mismos que mencionaste, Arrio, Nicolás, Trasilo y Musonio. Pues de estos, no es que alguien fuera señor de su propia ciudad, sino que Arrio, como dicen, incluso rechazó administrar Egipto cuando se le ofrecía, y Trasilo, habiendo convivido con Tiberio, tirano amargo y cruel por naturaleza, si no se hubiera defendido mediante los discursos que dejó, mostrando quién era, habría sufrido hasta el final una vergüenza irremediable; así, la política no le sirvió de nada. Nicolás no fue ejecutor de grandes acciones, pero es conocido más bien por los discursos sobre ellas, y Musonio se hizo conocido por lo que sufrió valientemente y, por Zeus, soportó con templanza la crueldad de los tiranos, quizás siendo no menos feliz que aquellos que administraron los grandes imperios.¿ Y Arrio, el que rechazó la administración de Egipto, se privaba voluntariamente del fin más excelente si pensaba que esto era lo más soberano?¿ Y tú mismo eres para nosotros inactivo, sin dirigir ejércitos, sin hablar ante el pueblo, sin gobernar una nación o ciudad? Pero no lo diría un hombre que tiene razón. Pues te es posible, habiendo formado a muchos filósofos, o si no, a tres o cuatro, beneficiar la vida de los hombres más que muchos reyes juntos. Pues el filósofo no preside una parte pequeña, ni, como decías, es señor solo de la deliberación sobre los asuntos comunes, ni la acción se reduce de nuevo para él a discurso, sino que, confirmando los discursos con la obra y pareciendo tal como quiere que sean los demás, sería más persuasivo y más eficaz para actuar que los que incitan a las acciones hermosas por orden.
12
Pero hay que volver al principio y concluir la carta, que quizás es más larga de lo debido. El punto principal es que no huyo de la fatiga, ni busco el placer, ni amo la inactividad y la tranquilidad, por lo que me molesta la vida en la política; sino que, como dije desde el principio, no siendo consciente de tener tanta educación ni superioridad de naturaleza, y además temiendo no difamar la filosofía, que amo pero no he alcanzado, ante los hombres de ahora que de todos modos no goza de buena reputación, escribía desde hace mucho aquellas cosas y ahora he respondido a vuestras censuras en la medida de mis posibilidades.
13
Que el dios conceda la mejor fortuna y la prudencia digna de la fortuna, ya que yo ahora, tanto por lo mejor como por vosotros, los que filosofáis, me parece que debo ser ayudado con todos los medios, estando al frente de vosotros y arriesgándome por vosotros. Pero si el dios concediera a los hombres, a través de nosotros, algún bien mayor que nuestra preparación y que la opinión que tengo sobre mí mismo, no hay que enfadarse ante mis palabras. Pues yo, no siendo consciente de ningún bien en mí mismo excepto solo este, que ni siquiera creo tener las cosas más grandes y, al no tener nada, como tú mismo ves, grito y doy testimonio con razón de que no exijan grandes cosas de nosotros, sino que lo confíen todo al dios; pues así yo estaría libre de responsabilidad por las carencias y, habiendo salido todo bien, sería agradecido y moderado, no atribuyéndome a mí mismo obras ajenas, sino habiéndolo atribuido todo al dios, tal como es justo, yo mismo lo sabré y os exhorto a vosotros a ser agradecidos.

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