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Misopogon
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Al poeta Anacreonte se le compusieron muchos cantos encantadores, pues le tocó en suerte por el destino vivir con lujo; pero el dios no concedió a Alceo ni a Arquíloco de Paros convertir su musa en alegrías y placeres. Pues, obligados a sufrir de una manera u otra, utilizaban la música para esto, aligerándose lo que el destino les deparaba mediante la invectiva contra los que los agraviaban. A mí, en cambio, la ley me prohíbe censurar por su nombre a quienes, sin haberme agraviado en nada, intentan ser hostiles, y el modo de educación que ahora prevalece entre los libres me priva de la música en los cantos. Pues parece más vergonzoso ahora practicar la música de lo que antaño parecía enriquecerse injustamente. Sin embargo, no me abstendré por ello del auxilio que me es posible obtener de las musas. Pues he visto incluso a los bárbaros que viven más allá del Rin cantar cantos salvajes, compuestos con una dicción similar a los graznidos de las aves que gritan con aspereza, y alegrarse con esos cantos. Pues creo que sucede que la música es molesta para los teatros, pero muy agradable para los mismos que la practican. Lo cual, habiéndolo comprendido yo mismo, suelo decirme a mí mismo lo que Ismenias, no desde la misma disposición, sino desde una magnanimidad similar, como me convenzo a mí mismo, que ciertamente canto para las musas y para mí.
2
El canto está compuesto en prosa y contiene muchas y grandes invectivas, pero, por Zeus, no contra otros;¿ cómo iba a ser así?, si la ley lo prohíbe; sino contra el propio poeta y escritor. Pues ninguna ley prohíbe escribir sobre uno mismo, ya sean elogios o censuras. Ciertamente, deseando elogiarme con vehemencia, no puedo, pero sí censurarme mil cosas, y comenzando primero por mi aspecto.
3
Pues, como creo que por naturaleza no soy muy apuesto, ni elegante, ni agraciado, por mi propia aspereza y dificultad de carácter me he dejado esta espesa barba, castigándome a mí mismo, al parecer, no por otra cosa, sino por no haber nacido bello por naturaleza. Por esto soporto que los piojos corran por ella como fieras en una espesura. No se me permite comer con avidez ni beber a grandes tragos; pues creo que debo prestar atención para no tragarme sin querer los pelos con el pan. En cuanto a besar y ser besado, no me duele en absoluto. Aunque parece que también esto tiene el inconveniente de la barba, al igual que otras cosas, al no permitir que labios limpios y, por ello, creo, más dulces, se unan a otros labios, lo cual ya dijo alguien de los que compusieron poemas sobre Dafnis junto con Pan y Calíope. Pero vosotros decís que también hay que trenzar cuerdas a partir de ella; y estoy dispuesto a ofrecerla, si tan solo podéis tirar de ella y vuestras manos suaves y no curtidas no sufren terriblemente por su aspereza. Que nadie piense que me molesta la burla. Pues yo mismo doy el motivo al tener la barba como los machos cabríos, pudiendo, creo, hacerla lisa y lampiña, como la tienen los jóvenes bellos y todas las mujeres, a quienes les es inherente por naturaleza lo amable. Vosotros, incluso en la vejez, emulando a vuestros propios hijos e hijas por la delicadeza de vida y quizás por la suavidad de carácter, la trabajáis cuidadosamente para que quede lisa, dejando ver y mostrando al hombre por la frente y no, como nosotros, por las mejillas. A mí no me bastó solo la espesura de la barba, sino que también en la cabeza tengo descuido, y rara vez me corto el pelo o me arreglo las uñas, y tengo los dedos negros la mayor parte del tiempo por la caña. Y si queréis saber algo de lo secreto, tengo el pecho velludo y peludo como el de los leones, que reinan sobre las fieras, y nunca lo hice liso por dificultad y falta de decoro, ni trabajé ninguna otra parte del cuerpo para que fuera lisa o suave. Os lo habría dicho, si tuviera alguna verruga como Cicerón; pero ahora no la tengo. Y si me disculpáis, os contaré otra cosa.
4
Pues para mí no basta con que el cuerpo sea así, sino que además practico un régimen muy difícil. Me excluyo de los teatros por torpeza, y no admito la escena dentro del palacio fuera de la luna nueva del año por insensibilidad, como si pagara un tributo o impuesto, siendo un rústico que tiene poco para un amo poco razonable. E incluso entonces, al entrar, parezco alguien que cumple con un rito. Y no poseo a nadie, y esto siendo un gran emperador, que como un prefecto o general gobernará a través de toda la tierra habitada a los mimos y a los aurigas; lo cual, al verlo vosotros hace poco, recordáis ahora aquella juventud, aquel juicio y aquella sensatez.
5
Quizás esto también era grave y una prueba evidente de un carácter miserable; pero yo añado siempre algo más nuevo: odio las carreras de caballos, como los que deben dinero odian las plazas. Por tanto, rara vez asisto a ellas en las fiestas de los dioses, ni paso el día entero, como solían hacer mi primo, mi tío y mi hermano de padre. Y viendo las seis carreras en total, ni siquiera ellas como alguien que ama el asunto o, por Zeus, que no lo odia ni lo rechaza, me retiro complacido.
6
Pero esto es lo de fuera; aunque,¿ qué parte de mis ofensas hacia vosotros he dicho? Lo de dentro, las noches sin dormir sobre un jergón y una alimentación inferior a cualquier hartazgo, crea un carácter amargo y enemigo de una ciudad lujosa. Sin embargo, esto no lo practico por vuestra causa; un engaño terrible y necio que me atrapó desde niño me convenció de luchar contra el vientre, y ni siquiera le permito llenarse de muchos alimentos. Por tanto, rara vez me ha ocurrido vomitar de entre todas las cosas. Y recuerdo haberlo sufrido una vez desde que fui césar por un contratiempo, no por hartazgo. Y merece la pena recordar una historia que tampoco es muy agradable, pero para mí es muy cercana por esta razón.
7
Me encontraba pasando el invierno cerca de la querida Lucetia; así llaman los celtas a la pequeña ciudad de los parisios; es una isla no grande situada en el río, y un muro la rodea por completo, y puentes de madera conducen a ella desde ambos lados, y rara vez el río disminuye o aumenta, sino que la mayor parte del tiempo es como en la estación de verano y de invierno, proporcionando un agua muy dulce y limpia para quien desea verla y beberla. Pues, como habitantes de una isla, es necesario abastecerse de agua principalmente de allí. Y el invierno allí resulta más suave, quizás por el calor del océano; pues no dista más de novecientos estadios, y quizás se difunde una leve brisa del agua, y parece que el agua de mar es más cálida que la dulce; ya sea por esto o por alguna otra causa oculta para mí, el hecho es tal que los que habitan el lugar tienen un invierno más cálido, y crece entre ellos una buena vid, y ya hay quienes han ideado higueras, cubriéndolas en invierno como con vestidos con la paja del trigo y otras cosas similares, que suelen evitar el daño que se produce en los árboles por el aire. Así pues, el invierno resultó más fuerte de lo habitual, y el río arrastraba bloques como de mármol; conocéis, supongo, la piedra frigia blanca; a ella se parecían mucho los cristales, grandes y arrastrados unos sobre otros; y, en efecto, estaban a punto de hacer continuo el paso y de cubrir el río con un puente. Como en estas circunstancias era más salvaje de lo acostumbrado, y la habitación donde dormía no se calentaba en absoluto, de la manera en que suelen calentarse la mayoría de las estancias allí con hornos subterráneos, y esto teniendo todo listo para recibir el calor del fuego; sucedió, creo, también entonces por mi torpeza y por la inhumanidad hacia mí mismo primero, como es natural; pues quería acostumbrarme a soportar el aire sin necesidad de este auxilio. Pero como el invierno prevalecía y se hacía cada vez mayor, ni aun así permití a los sirvientes calentar la estancia, temiendo mover la humedad de las paredes, pero ordené traer dentro fuego encendido y carbones brillantes, dejándolos muy moderados. Estos, aunque no eran muchos, movieron vapores abundantes de las paredes, por los cuales me quedé dormido. Llenándoseme la cabeza, estuve a punto de asfixiarme, pero al ser llevado fuera, aconsejándome los médicos arrojar la comida que acababa de ingerir, que por Zeus no era mucha, la expulsé, y me sentí al instante mejor, de modo que la noche se me hizo más ligera y al día siguiente pude hacer lo que quisiera.
8
Así pues, yo también entre los celtas, al igual que el Misántropo de Menandro, me imponía trabajos a mí mismo. Pero la rusticidad de los celtas soportaba esto más fácilmente, pero una ciudad feliz, dichosa y populosa se molesta justificadamente, en la que hay muchos bailarines, muchos flautistas, y más mimos que ciudadanos, y no hay respeto por los gobernantes. Pues ruborizarse conviene a los afeminados, ya que a los valientes, como vosotros, les conviene celebrar fiestas desde la mañana, vivir con placer de noche, porque despreciáis las leyes no para enseñarlo con palabras, sino para demostrarlo con hechos. Pues también las leyes son temibles por los gobernantes; de modo que quien insultó a un gobernante, este pisoteó las leyes con exceso; y que os alegráis de esto lo hacéis evidente en muchos lugares, y no menos en las plazas y en los teatros, el pueblo por los aplausos y por los gritos, y los que están en el poder por ser más conocidos y nombrados por todos por lo que gastaron en tales fiestas, más que Solón el ateniense por su encuentro con Creso, el rey de los lidios. Y todos son bellos, grandes, lisos y sin barba, jóvenes y mayores por igual, emuladores de la felicidad de los feacios, aceptando mudas de ropa, baños calientes y lechos en lugar de la piedad.
9
¿ Así que pensaste que tu rusticidad, inhumanidad y torpeza encajarían con esto?¿ Tan necio y vil es para ti, oh el más ignorante y pendenciero de todos los hombres, este pequeño espíritu sensato del que hablan los más nobles, que tú crees que debes adornar y embellecer con sensatez? No es correcto, porque primero no sabemos qué es la sensatez, y solo escuchando su nombre no vemos su obra. Pero si es como lo que tú practicas ahora, saber que hay que servir a los dioses y a las leyes, y tratar con los iguales de igual a igual, y soportar la superioridad en esto con más suavidad, cuidar y prever que los pobres sean lo menos posible agraviados por los ricos, y tener problemas por esto, como es natural que te ocurran a menudo, enemistades, iras, invectivas; luego también soportar esto con templanza y no enfadarse ni dejarse llevar por la ira, sino educarse a sí mismo, como sea posible, y moderarse; pero si alguien considerara esto también una obra de sensatez, abstenerse de todo placer no muy indecoroso ni que parezca vergonzoso en público, convencido de que no es posible ser sensato en privado y ser un libertino en público y abiertamente y deleitarse con los teatros; si, pues, la sensatez es realmente así, tú mismo estás perdido, y nos pierdes a nosotros que no soportamos escuchar primero el nombre de esclavitud ni ante los dioses ni ante las leyes; pues es dulce en todo lo libre.
10
¿ Y cuánta ironía hay? No dices ser amo ni soportas escuchar esto, sino que incluso te indignas, de modo que ya has convencido a la mayoría, que se acostumbraron hace tiempo, a eliminar este nombre por ser envidioso del poder, y nos obligas a servir a gobernantes y leyes. Aunque,¿ cuánto mejor sería que te llamaran amo, pero que de hecho nos dejaras ser libres, oh el más suave en los nombres, pero el más amargo en los hechos? Además de esto, nos agotas obligando a los ricos en los tribunales a ser moderados, y a los pobres les impides calumniar. Y al abandonar la escena, los mimos y los bailarines, has arruinado nuestra ciudad, de modo que no tenemos ningún bien de ti excepto la gravedad, soportando la cual este séptimo mes, hemos permitido a las viejecitas que se arrastran por las tumbas rezar para librarse de tal mal, y nosotros mismos lo hemos logrado mediante nuestra propia agudeza, lanzándote burlas como si fueran flechas. Y tú, oh noble,¿ cómo soportarás las flechas de los persas, habiendo temido nuestras burlas?
11
Mira, quiero de nuevo desde otro principio insultarme a mí mismo. Vas a los templos, difícil, intratable y miserable en todo. Las multitudes acuden por ti a los recintos y, de hecho, también la mayoría de los que están en el poder, y te reciben con gritos y aplausos brillantemente en los recintos como en los teatros.¿ Por qué, pues, no te alegras ni elogias, sino que intentas ser más sabio en tales cosas que el Pitio, y das discursos ante la multitud, y atacas amargamente a los que gritan diciendo precisamente esto: que vosotros, por causa de los dioses, rara vez os reunís en los recintos, y al reuniros por mí, llenáis los templos de mucha desorden? Pero conviene a los hombres sensatos rezar con decoro en silencio pidiendo los bienes a los dioses.¿ No escuchasteis esta ley de Homero: En silencio por vuestra parte—, ni cómo Odiseo detuvo a Euriclea, que estaba asombrada por la magnitud del éxito: En tu corazón, anciana, alégrate y contente y no lances gritos? Y a las troyanas no las mostró ante Príamo ni ante ninguna de sus hijas o hijos, ni siquiera ante el mismo Héctor; aunque dice que los troyanos rezaban a este como a un dios; pero no mostró en la poesía ni a mujeres ni a hombres rezando, sino que todas, dice, levantaron las manos a Atenea con un grito, bárbaro también esto y propio de mujeres, pero no impío ante los dioses como lo que hacéis vosotros. Pues elogiáis a los hombres en lugar de a los dioses, o mejor dicho, nos aduláis a los hombres en lugar de a los dioses. Y creo que lo más hermoso es no adular ni siquiera a aquellos, sino servirlos con sensatez.
12
Mira, de nuevo yo urdo las habituales palabritas y ni siquiera me permito a mí mismo hablar como sucede sin miedo y libremente, sino que por la habitual torpeza me calumnio a mí mismo. Esto y cosas así diría uno a hombres que quieren ser libres no solo ante los gobernantes, sino también ante los dioses, para que uno sea considerado benevolente con ellos como un padre amable, siendo por naturaleza malvado como yo.
13
Sopórtalos, pues, mientras te odian e insultan en secreto o incluso abiertamente, ya que consideraste adular a los que en los templos te elogian con un solo impulso. Pues creo que no pensaste cómo encajaría con los hombres ni con sus prácticas, ni con sus vidas, ni con sus caracteres.
14
Está bien. Pero,¿ quién soportará eso de ti? Duermes por lo general de noche solo y no hay nada que suavice tu carácter salvaje e indómito; y está cerrada por todas partes toda entrada a la dulzura; y lo mayor de los males, que viviendo tal vida te alegras y has hecho de las maldiciones comunes un placer. Entonces,¿ te indignas si escuchas tales cosas de alguien? Pudiendo agradecer a los que por benevolencia te amonestan más armoniosamente en los anapestos, depilarte las mejillas y mostrar cosas bellas desde ti mismo, comenzando primero ante todo este pueblo amante de la risa, espectáculos, mimos, bailarines, mujeres que no se avergüenzan en absoluto, niños compitiendo en belleza con las mujeres, hombres depilados no solo las mejillas, sino todo el cuerpo, para que parezcan más lisos que las mujeres ante los que los encuentran, fiestas, celebraciones, no, por Zeus, las sagradas, en las que hay que ser sensato; pues ya es suficiente de aquellas, como de la encina, y es mucho el hartazgo de ellas.
15
El césar sacrificó una vez en el de Zeus, luego en el de la Fortuna, tres veces seguidas fue al de Deméter; pues he olvidado cuántas veces entré en el recinto de Dafne, traicionado por el descuido de los guardias, y desaparecido por la audacia de los hombres impíos. Llega la luna nueva de los sirios, y el césar de nuevo al Zeus Amigo; luego la fiesta común, y el césar va al recinto de la Fortuna. Y habiendo pasado el día nefasto, retoma de nuevo las oraciones al Zeus Amigo según las costumbres patrias.¿ Y quién soportará a un césar que va tantas veces a los templos, pudiendo molestar a los dioses una o dos veces, y celebrar aquellas fiestas que son comunes a todo el pueblo y de las que pueden participar no solo los que conocen a los dioses, sino también aquellos de los que está llena la ciudad? Y hay mucho placer y gracias, de las cuales uno se alegraría disfrutando continuamente, viendo bailar a hombres, niños y muchas mujeres.
16
Cuando, pues, considero esto, os felicito por vuestra felicidad, y no me molesto a mí mismo; pues estas cosas son queridas para mí por algún dios, quizás. Por lo cual, sabedlo bien, ni siquiera me indigno con los que se molestan por mi vida y mi elección. Y yo mismo añado todo lo que es posible a las burlas contra mí mismo, vertiendo sobre mí mismo con mayor fuerza estas invectivas, que por insensatez no comprendí, cuál es desde el principio el carácter de esta ciudad, y esto habiendo desenrollado libros no menos en número que los de mis contemporáneos, como me convenzo a mí mismo.
17
Se dice, en efecto, que alguna vez el rey epónimo de esta ciudad, o mejor dicho, aquel de quien esta ciudad es epónima, fue fundado conjuntamente; pues fue poblada por Seleuco, pero tiene el nombre del hijo de Seleuco; de quien dicen que por exceso de delicadeza y lujo, amando siempre y siendo amado, al final se enamoró de un amor injusto de su propia madrastra; y queriendo ocultar la pasión no podía, y su cuerpo se consumía poco a poco sin que se notara, y se iba, y las fuerzas se debilitaban, y el aliento era menor de lo habitual. Y creo que lo que le pasaba era un enigma, no teniendo la enfermedad una causa clara, o mejor dicho, ni siquiera apareciendo ella misma, sea cual sea, pero siendo evidente la debilidad por el joven. Aquí se le presentó un gran desafío al médico samio para descubrir la enfermedad, sea cual sea. Él, habiendo sospechado por los versos de Homero cuáles son las penas que consumen los miembros, y que a menudo no es debilidad del cuerpo, sino enfermedad del alma la causa de la consunción para el cuerpo, y viendo al joven no falto de atractivo por su edad y costumbre, tomó tal camino para la caza de la enfermedad. Se sienta cerca del lecho mirando el rostro del joven, habiendo ordenado que pasen bellos y bellas comenzando por la reina. Ella, cuando vino, supuestamente para examinarlo, el joven dio al instante las señales de la pasión, emitía un jadeo de los que están oprimidos, pues no era capaz de contenerlo al moverse aunque lo deseaba mucho, y había agitación del aliento y mucho rubor en el rostro. Al ver esto, el médico acerca la mano al pecho, y el corazón saltaba terriblemente y quería salir. Tales cosas sufría estando ella presente; pero cuando se fue, al entrar otros, estaba tranquilo y era como los que no sufren nada. Habiendo comprendido la pasión, Erasístrato se lo cuenta al rey, y él, por ser amante de su hijo, dijo que cedía al hijo su esposa. Él al instante lo rechazó; pero al morir el padre poco después, lo que antes rechazó noblemente cuando se le ofrecía como favor, lo persiguió con mucha fuerza.
18
Ciertamente, esto hizo Antíoco. Pero para los que nacieron de él no es reproche emular al fundador o al epónimo. Pues así como en las plantas es natural que las cualidades se transmitan hasta mucho tiempo, y quizás incluso que lo que nace después sea en general igual a aquello de lo que brotó, así también en los hombres es natural que los caracteres de los descendientes sean similares a los de los antepasados. Yo, en efecto, conocí a los atenienses como los más ambiciosos y filántropos de los griegos; aunque esto lo vi razonablemente en todos los griegos, pero puedo decir sobre ellos que son también los más amantes de los dioses de todos y hábiles en el trato con los extranjeros, en general todos los griegos, pero de los mismos griegos tengo más que testificar a favor de los atenienses. Y si ellos conservan una imagen de la antigua virtud en sus caracteres, es natural, supongo, que lo mismo ocurra con los sirios, los árabes, los celtas, los tracios, los peonios y los misios que viven en medio de los tracios y peonios en las mismas orillas del Istro, de donde todo mi linaje es rústico, austero, torpe, falto de atractivo, que permanece inmutable en lo decidido; lo cual todo son muestras de una terrible rusticidad. Pido, pues, perdón primero por mí mismo, y en parte también os concedo a vosotros que emuláis las costumbres patrias, y no os reprocho como insulto: Mentirosos y bailarines, los mejores en el baile, sino al contrario, en lugar de elogios. Digo que en vosotros está el celo por las prácticas patrias. Puesto que también Homero, elogiando a Autólico, dice que superaba a todos en el robo y el juramento. Y soporto las burlas sobre mi propia torpeza, mi ignorancia, mi dificultad de carácter y el no suavizarme fácilmente ni hacer mías las cosas de los que piden o de los que engañan, ni ceder a los gritos y cosas así. Cuáles son más ligeras, quizás es evidente para los dioses, puesto que ninguno de los hombres es capaz de juzgar nuestras diferencias; pues no nos convenceremos en absoluto por amor propio, pues es natural que cada uno admire lo suyo y desprecie lo de los demás. Pero el que concede perdón al que emula lo contrario me parece el más suave.
19
Yo, al reflexionar, encuentro que he hecho otras cosas terribles. Pues al acercarme a una ciudad libre, no soportando el descuido del cabello, entré como los que carecen de barberos, sin cortar y con barba espesa; habrías pensado ver a Esmicrines o a Trasuleonte, un viejo difícil o un soldado necio, pudiendo aparecer por el adorno como un niño bello y llegar a ser un joven, si no por la edad, al menos por el carácter y la delicadeza del rostro.
20
No sabes tratar con los hombres, ni eres un elogiador de Teognis, ni imitas al pulpo que se asemeja a las rocas, sino que la llamada rusticidad, ignorancia y torpeza de Miconia es practicada por ti ante todos.¿ Se te ha olvidado que falta mucho para que estos sean celtas, tracios e ilirios?¿ No ves cuántas tabernas hay en esta ciudad? Y tú te enemistas con los taberneros al no permitirles vender a los ciudadanos y a los visitantes los víveres al precio que quieren. Y ellos culpan a los que poseen la tierra. Y tú te haces enemigos a estos también obligándoles a hacer lo justo. Y los que están en el poder de la ciudad, participando de ambos daños, como creo que antes se alegraban de cosechar los beneficios por ambos lados, tanto como propietarios como como taberneros, ahora se molestan justificadamente al ser privados de las ganancias por ambos lados. Y el pueblo de los sirios, al no poder emborracharse ni bailar el cordax, se molesta. Y tú, proporcionando grano en abundancia, crees alimentarlos suficientemente. Y aquello es gracioso de ti, que ni siquiera te preocupas de cómo habrá pescado de roca en la ciudad; sino que hace poco, quejándose alguien de que no se encontraban ni pescaditos ni muchas aves en el mercado, te reíste con mucha burla, diciendo que la ciudad sensata necesita pan, vino y aceite, y la lujosa, carne; pues preocuparse también de pescados y aves es más que lujo y de lo que ni siquiera los pretendientes en Ítaca tenían desvergüenza. Y a quien no le agrada comer carne de cerdo y de oveja, comiendo legumbres le irá bien. Esto pensaste legislar para los tracios, tus propios ciudadanos, o para los insensibles gálatas, que te educaron contra nosotros como un maestro de gimnasia de madera de encina, de arce, pero ya no un combatiente de Maratón, sino un acarniense a medias, un hombre desagradable en absoluto y una persona sin gracia.¿ No habría sido mejor que el mercado oliera a perfumes cuando pasabas y que te siguieran niños bellos, a los que miraran los ciudadanos, y coros de mujeres, como los que se forman entre nosotros cada día? Pero el carácter no permite que me vean con mirada lánguida lanzando los ojos por todas partes, para que sea visto por vosotros bello, no el alma, sino el rostro. Pues es, como vosotros juzgáis, la verdadera belleza del alma la languidez de vida. Y a mí el pedagogo me enseñaba a mirar al suelo cuando iba a la escuela; y no vi teatro antes de que la barba fuera más espesa que el pelo de la cabeza, y en él, por mi edad, nunca solo y por mi cuenta, sino una tercera o cuarta vez, sabedlo bien, haciendo favores a Patroclo, me lo ordenaba un pariente mío y cercano; y todavía era un particular;
21
Perdonadme, pues, a mí; pues os entrego al pedagogo pendenciero, a quien odiaréis más justamente que a mí, que ya entonces me molestaba enseñándome a ir por un solo camino y ahora es causa de mi enemistad hacia vosotros, habiendo trabajado en mi alma y como impreso lo que yo no quería entonces, pero él, como haciendo algo muy gracioso, lo introducía con mucho entusiasmo, llamando, creo, seriedad a la rusticidad y sensatez a la insensibilidad, y valentía al no ceder a los deseos ni llegar a ser feliz por ello. Y me decía a menudo, sabedlo bien, por Zeus y las musas, el pedagogo siendo yo todavía un niño pequeño: Que no te convenza la multitud de tus contemporáneos que se dirige a los teatros a desear alguna vez este espectáculo.¿ Deseas carreras de caballos? Están muy hábilmente compuestas en Homero; toma el libro y léelo.¿ Escuchas a los pantomimos bailarines? Déjalos en paz; los jóvenes bailan más varonilmente entre los feacios; tú tienes al citaredo Femio y al cantor Demódoco. Hay también plantas en él mucho más agradables de escuchar que las que se ven; en Delos alguna vez vi un brote nuevo de palmera que subía junto al altar de Apolo. Y la isla boscosa de Calipso y las cuevas de Circe y el jardín de Alcínoo; sabed bien, no veréis nada más agradable que esto.
22
¿ Acaso deseáis que os diga también el nombre del pedagogo, y quién era por linaje cuando decía esto? Bárbaro, por los dioses y diosas, escita de linaje, homónimo del que convenció a Jerjes de hacer la guerra contra Grecia, y este nombre tan famoso que hace veinte meses era adorado, y ahora es pronunciado como ofensa y reproche, era un eunuco, criado por mi abuelo, para que llevara a mi madre a través de los poemas de Homero y Hesíodo. Y cuando ella, habiéndome dado a luz primero y sola, murió pocos meses después, siendo una doncella sin madre, robada por muchas desgracias, joven y nueva, al séptimo año me fue entregado. Este desde entonces me convenció de esto llevándome a la escuela por un solo camino; y no queriendo él mismo conocer otro ni permitiéndome caminar por él, hizo que me enemistara con todos vosotros.
23
Pero, si os parece, hagamos las paces con él, yo y vosotros, disolviendo la enemistad. Pues ni él sabía que yo iba a llegar a vosotros ni, aunque fuera a asistir, que esperaba ser gobernante, y tal gobernante, como dieron los dioses, forzando muchas cosas a la vez, convenceos, tanto al que da como al que recibe. Pues parecía que ninguno de nosotros quería, ni el que daba el honor o favor o lo que os guste llamar, y el que recibía, como saben todos los dioses, lo rechazaba verdaderamente. Y ciertamente esto, por donde es grato a los dioses, lo tiene y lo tendrá. Quizás el pedagogo, si hubiera previsto esto, habría tenido mucho cuidado de que yo os pareciera lo más agradable posible. Entonces,¿ no es posible ahora dejarlo y aprender de nuevo si alguna vez se nos inculcó un carácter rústico? La costumbre, dicen, es una segunda naturaleza; luchar contra la naturaleza es difícil, abandonar un hábito de treinta años es muy difícil, sobre todo habiendo nacido con tanta dificultad; y para mí ya es más que esto.
24
Bien. Pero¿ qué te ha pasado para que tú mismo intentes escuchar sobre los contratos y juzgar? Pues, ciertamente, esto no te lo enseñaba el pedagogo, quien ni siquiera sabía si tú llegarías a gobernar. Un anciano terrible te convenció, a quien también vosotros, haciendo bien, me reprocháis como el máximo responsable de mis costumbres, y a este, sabedlo bien, engañado por otros. Los nombres llegan a vosotros a menudo ridiculizados en la comedia: Platón, Sócrates, Aristóteles y Teofrasto. El anciano, persuadido por ellos debido a su insensatez, y luego al encontrarme a mí, joven y amante de los discursos, me convenció de que, si me convertía en un emulador de todos ellos, sería mejor que los demás hombres, tal vez que ninguno; pues no tenía con ellos la competencia, sino conmigo mismo en todo. Y yo, como no tenía qué hacer, una vez persuadido, ya no puedo cambiar, y eso que a menudo lo deseo, sino que me reprocho a mí mismo por no conceder a todos la impunidad de todas las injusticias; y me asaltan, de los escritos de Platón, todas las cosas que el extranjero ateniense expuso.
25
Es honrado quien no comete injusticias, pero quien ni siquiera permite que los injustos cometan injusticias es digno de un honor más que doble al de aquel; pues el uno es equivalente a uno solo, mientras que el otro lo es a muchos, al denunciar la injusticia de los demás ante los gobernantes. Y quien colabora en el castigo en la medida de sus fuerzas con los gobernantes, ese gran hombre en la ciudad y perfecto, que sea proclamado vencedor en virtud. Este mismo elogio debe decirse también sobre la templanza, sobre la prudencia y sobre todos los demás bienes que uno posee, capaces no solo de tenerlos él mismo, sino también de compartirlos con otros. Esto me enseñaba pensando que yo sería un particular; pues ni siquiera previó que me sucedería esta suerte de Zeus, en la cual el dios me ha traído y establecido ahora. Yo, avergonzado de ser un gobernante más vil que un particular, sin darme cuenta, sin que fuera necesario, os comparto mi rusticidad. Y otro de los preceptos de Platón, al recordármelo, me ha hecho odioso ante vosotros, el cual dice que es necesario que los gobernantes y los ancianos practiquen la modestia y la templanza, para que las multitudes, al mirar hacia ellos, se adornen. Por tanto, para mí solo, o más bien junto con unos pocos que practican esto ahora, se ha vuelto hacia lo contrario y ha resultado, no sin razón, en un reproche. Pues somos siete estos extranjeros recién llegados entre vosotros, y uno es incluso ciudadano vuestro, amigo de Hermes y mío, buen artífice de discursos, con quienes no hay contrato alguno con nadie, ni caminamos por otro camino que no sea hacia los templos de los dioses, y rara vez, no todos, hacia los teatros, habiendo hecho el más infame de los trabajos y el más reprobable fin de la vida; los sabios de los griegos me permitirán, sin duda, decir algo de lo que prevalece entre vosotros; pues no tengo cómo podría mostrarlo mejor; nos hemos situado en la mediación, tanto valor damos a no ofenderos y a no ser odiosos, cuando deberíamos agradar y adular.
26
« Tal persona forzó a tal otra».¿ Qué es esto, oh necio, para ti? Siendo posible participar con benevolencia de las injusticias, dejando la ganancia,¿ buscas la enemistad, y al hacer esto crees que actúas correctamente y que piensas en favor de lo tuyo? Debías haber calculado que de los que sufren injusticias nadie culpa a los gobernantes, sino al que cometió la injusticia, pero el que injustamente, al ser luego contenido, dejando de culpar al que sufrió la injusticia, vuelve la carga hacia los gobernantes. Siendo posible, pues, por esta sensatez, abstenerse de obligar a hacer lo justo, y permitir a cada uno hacer lo que quiera y sea capaz; pues el carácter de la ciudad, creo, es tal, demasiado libre;¿ y tú, sin comprender que ellos sean gobernados con prudencia, lo exiges?¿ Ni siquiera has observado cuánta libertad hay entre ellos hasta para los asnos y los camellos? Pues los asalariados llevan incluso a estos a través de los pórticos como si fueran novias; pues los callejones al aire libre y las plazas de los caminos no han sido hechos, supongo, para esto, para que los animales de carga los usen, sino que aquellos están dispuestos precisamente por causa de cierto adorno y lujo, pero los asnos, por libertad, quieren usar los pórticos, y nadie les impide nada, para no quitarles la libertad; así es de libre la ciudad.¿ Y tú exiges que los jóvenes que están en ella guarden silencio y, sobre todo, que piensen lo que te es grato, y si no, que pronuncien lo que escucharías con gusto? Pero ellos, por libertad, están acostumbrados a celebrar fiestas, haciéndolo siempre moderadamente, pero en las festividades, más.
27
Dieron alguna vez los tarentinos cuentas a los romanos por tales burlas, porque, estando ebrios en las Dionisias, ultrajaron a su embajada. Vosotros sois en todo más afortunados que los tarentinos, disfrutando todo el año en lugar de pocos días, y en lugar de los embajadores extranjeros, ultrajando a los mismos gobernantes y, de estos, a los pelos de la barba y a las marcas en las monedas. Bien hecho, oh ciudadanos sensatos, tanto los que bromean tales cosas como los que aceptan y disfrutan de las bromas de los que bromean. Pues es evidente que a unos les proporciona placer el decir, y a otros el escuchar tales burlas. De esta concordia vuestra me alegro, y hacéis bien siendo una sola ciudad tales cosas, ya que aquello no es en ninguna parte serio ni envidiable: impedir y castigar el desenfreno de los jóvenes. Pues es quitar y romper la cabeza de la libertad, si alguien quitara a los hombres el decir y hacer lo que quieren. Correctamente, pues, vosotros, sabiendo esto, que es necesario que todos sean libres, primero permitisteis a las mujeres gobernarse a sí mismas, para que os sean demasiado libres y desenfrenadas, luego les concedisteis a ellas educar a los niños, no sea que, probando una autoridad más dura, resulten luego esclavos, y al convertirse en adolescentes, primero aprendan a respetar a los ancianos, pero por tan mala costumbre se vuelvan más cautelosos ante los gobernantes, y al final, no terminando en hombres, sino en esclavos, y volviéndose sensatos, moderados y ordenados, sin darse cuenta se corrompan por completo.¿ Qué, pues, las mujeres? Los llevan a sus propios cultos a través del placer, lo cual parece ser lo más dichoso y muy honrado no solo para los hombres, sino también para las bestias. De ahí, creo, sucede que vosotros sois muy dichosos al negar toda esclavitud, habiendo comenzado primero por la de los dioses, luego por las leyes y, tercero, por nosotros, los guardianes de las leyes. Y seríamos absurdos si, permitiendo los dioses que la ciudad sea tan libre y no interviniendo, nos indignáramos y nos enfadáramos. Pues sabed bien que los dioses compartieron con nosotros esta deshonra ante la ciudad.
28
La Ji, dicen, no ofendió en nada a la ciudad, ni la Kappa. Qué es este enigma de vuestra sabiduría es difícil de comprender, pero habiendo encontrado intérpretes de vuestra ciudad, fuimos enseñados a que las letras son principios de nombres, y que quiere significar la una a Cristo, la otra a Constancio. Soportad, pues, que hable con franqueza. En una sola cosa os ofendió Constancio, en que, habiéndome hecho césar, no me mató; pues en cuanto a las demás cosas, ojalá los dioses concedan a vosotros solos de entre todos los romanos experimentar a muchos Constancios, o más bien, la codicia de sus amigos. Pues para mí el hombre fue primo y amigo. Pero como antes de la amistad eligió la enemistad, y luego los dioses nos arbitraron la lucha entre nosotros con mucha benevolencia, me convertí en un amigo más fiel de lo que él esperaba tener antes de convertirse en enemigo.¿ Qué, pues, creéis que me molestan sus elogios, yo que me aflijo por los que lo injurian? Pero amando a Cristo, tenéis un protector en lugar de Zeus, del Dafneo y de Calíope, quien desnudó vuestro sofisma.¿ Los emisenos deseaban a Cristo, los que echaron fuego a las tumbas de los galileos?¿ Pero a quiénes de los emisenos he molestado yo alguna vez? Sin embargo, a muchos de vosotros, y poco falta para decir que a todos, al consejo, a los ricos, al pueblo. Pues el pueblo se molesta conmigo en su mayor parte, o más bien todo él, habiendo elegido la impiedad, porque me ve apegado a las leyes patrias de la santidad, y los poderosos, al ser impedidos de vender todo por mucho dinero, y todos por causa de los bailarines y de los teatros, no porque prive a los demás de esto, sino porque me preocupo de tales cosas menos que de las ranas en los pantanos.¿ Entonces no me acuso razonablemente a mí mismo por haber proporcionado tantas ocasiones de odio?
29
Pero el romano Catón, cómo tenía la barba no lo sé, pero es digno de ser elogiado más que cualquiera de los que se enorgullecen por la templanza, la magnanimidad y, lo más importante, la valentía, al acercarse a esta ciudad populosa, refinada y rica, al ver a los efebos en el suburbio con los gobernantes equipados como para una escolta, pensó que por causa suya vuestros antepasados habían hecho toda la preparación; y bajando rápidamente del caballo, avanzaba a la vez, enfadándose con los amigos que se habían adelantado por haberse convertido en delatores para ellos de que Catón se acercaba, y por haberlos convencido de salir corriendo. Estando él en tales circunstancias, dudando tranquilamente y sonrojándose, el gimnasiarca, acercándose corriendo, dijo:« Oh extranjero,¿ dónde está Demetrio?». Y este era un liberto de Pompeyo, poseedor de una fortuna muy grande; si deseáis saber la medida de ella, pues creo que de todas las cosas dichas, hacia esta habéis sido impulsados más a la escucha; yo diré quién lo dijo. Damófilo el bitinio ha compuesto tales escritos, en los cuales, espigando de muchos libros, elaboró discursos muy dulces para el joven amante de la escucha y para el anciano; pues la vejez suele llevar de nuevo a los de más edad a la afición por la escucha de los jóvenes; de donde creo que sucede que jóvenes y ancianos son igualmente amantes de las fábulas; bien.¿ Queréis que os diga cómo respondió Catón al gimnasiarca? No penséis que injurio a la ciudad; el discurso no es mío. Si ha llegado a vosotros alguna noticia que circula de un hombre de Queronea del linaje vil, que es llamado filósofo por los arrogantes; al cual yo mismo no alcancé, pero deseé por ignorancia compartir y participar. Esto, pues, contó aquel, cómo Catón no respondió nada, sino que, gritando solo como un hombre trastornado y sin sentido:«¡ Oh, ciudad desdichada!», se fue alejando.
30
No os asombréis, pues, si esto también yo sufro ahora ante vosotros, un hombre más salvaje que aquel y tanto más audaz y obstinado cuanto los celtas lo son de los romanos. Pues aquel, nacido allí, llegó cerca de la vejez criándose junto con los ciudadanos; pero a mí, los celtas, los germanos y el bosque Hercinio me preocupaban apenas terminando de ser hombre, y he pasado ya mucho tiempo, como un cazador conviviendo y luchando con bestias salvajes, encontrándome con costumbres que no saben ni adular ni halagar, sino tratarse con todos de manera simple y libre, de igual a igual. Ha resultado, pues, para mí, después de la crianza desde niño, tanto el camino en la adolescencia a través de los discursos de Platón y Aristóteles, de ninguna manera adecuados para encontrarse con pueblos que, por refinamiento, creen ser los más dichosos, como la actividad propia en la edad adulta entre las más guerreras y fogosas de las naciones, donde conocen solo a la Afrodita nupcial y al Dioniso dador de vino por causa del matrimonio y la procreación, y de la cantidad de vino que cada uno puede beber. Y no hay lascivia en los teatros ni ultraje, ni nadie arrastra dentro de la escena al bailarín de córdax.
31
Se dice, pues, hace poco, que desde aquí hacia allá un fugitivo capadocio, criado en la ciudad que está entre vosotros junto al orfebre; conocéis, supongo, a quien digo; habiendo aprendido donde aprendió, que no es debido tratar con mujeres, sino intentar con adolescentes, no sé cuántas cosas haciendo y sufriendo aquí, cuando llegó hace poco ante el rey de allí, por memoria de las cosas de aquí, traerles muchos bailarines, y otros bienes de aquí tales, y finalmente, como faltaba aún un cotulista; este nombre lo sabéis vosotros junto al trabajo; y a este llamaba desde aquí por deseo y amor de la solemne vida entre vosotros. Los celtas desconocieron al cotulista, pues lo recibió inmediatamente el palacio, pero a los bailarines, al permitírseles mostrar su arte en el teatro, los dejaron pensando que se parecían a los poseídos por las ninfas. Y era para ellos allí, de manera similar a mí, el teatro lo más ridículo; pero los pocos se reían de muchos, y yo, junto con pocos aquí, parezco ridículo a todos vosotros en todo.
32
Y no me indigno por el asunto. Pues sería injusto si no me conformara también con los presentes, habiendo acogido de manera diferente aquellos. Pues los celtas me amaron tanto por la semejanza de carácter, que se atrevieron no solo a tomar armas por mí, sino que dieron mucho dinero, y al negarme, casi me obligaron a tomarlo, y obedecieron prontamente en todo. Pero lo que es más importante, desde allí hacia vosotros se llevaba mucho mi nombre, y todos gritaban: valiente, sensato, justo, no solo terrible para tratar en la guerra, sino también hábil para usar la paz, accesible, manso; vosotros, en cambio, les habéis devuelto ahora desde aquí, primero, que ante mí los asuntos del mundo han sido trastornados; y no me reconozco trastornando nada ni voluntaria ni involuntariamente; luego, que de mi barba hay que tejer cuerdas, y que lucho contra la Ji, y que os asalta el deseo de la Kappa.
33
Y ojalá los dioses protectores de esta ciudad os concedan el doble, porque además de esto habéis calumniado a las ciudades vecinas, sagradas y siervas conmigo, como si de ellas fueran las cosas compuestas contra mí, a quien sé bien que ellas aman más que a sus propios hijos, que levantaron inmediatamente los recintos de los dioses, pero derribaron todas las tumbas de los impíos. Desde la consigna que ha sido dada por mí hace poco, habiéndose elevado tanto la mente y habiéndose vuelto elevados en el pensamiento, que incluso más de lo que yo quería, han procedido contra los que ofenden a los dioses. Pero vuestras cosas: muchos derribaron los altares que apenas se estaban levantando, a los cuales nuestra mansedumbre enseñó apenas a estar tranquilos. Y cuando enviamos el cadáver de Dafne, unos, para purificarse de las cosas hacia los dioses, devolvieron a los que se indignaron por los restos del cadáver el recinto del dios Dafneo, y otros, ya sea ocultándose o no, echaron aquel fuego, para los extranjeros que residían allí espantoso, pero para vuestro pueblo proporcionó placer, y por el consejo fue descuidado y todavía es descuidado.
34
Para mí, pues, parecía que incluso antes del fuego el dios había abandonado el templo, pues lo señaló al entrar yo primero la estatua, y de esto llamo testigo al gran Helios ante los que desconfían, pero quiero recordaros también otra ofensa mía, luego, lo que suelo hacer moderadamente, reprocharme a mí mismo también por esto, y acusarme y quejarme. Pues en el décimo mes, según se cuenta entre vosotros; creo que llamáis a este Loo; es la fiesta patria de este dios, y era necesario acudir con diligencia a Dafne. Yo, pues, corrí desde el Zeus Casio hacia esto, pensando que allí disfrutaría más de vuestra riqueza y de vuestra ambición. Luego, imaginaba en mí mismo una procesión, como viendo sueños, víctimas y libaciones y coros para el dios e inciensos y los efebos allí alrededor del recinto, con las almas preparadas de manera muy divina, y adornados con vestiduras blancas y magníficas. Pero cuando pasé dentro del recinto, no encontré ni inciensos ni tortas ni víctima. Inmediatamente, pues, me asombré y pensaba que estaba fuera del recinto, y que os esperaba, honrándome a mí como sumo sacerdote, la consigna de mi parte. Pero cuando pregunté qué va a sacrificar la ciudad celebrando la fiesta anual al dios, el sacerdote dijo:« Yo vengo trayendo de mi casa un ganso como víctima para el dios, pero la ciudad no ha preparado nada por ahora». Aquí, yo, el amante de la ofensa, hablé discursos muy poco moderados ante el consejo, de los cuales tal vez no sea absurdo recordar incluso ahora.
35
« Es terrible», dije,« que una ciudad tan grande tenga tan poco cuidado de los dioses, como ninguna aldea que habite en los confines del Ponto; poseyendo diez mil lotes de tierra propia, al dios patrio, ahora que por primera vez se presenta la fiesta anual, desde que los dioses dispersaron la nube de la impiedad, no ofrece ni un ave por sí misma, la cual era necesario, sobre todo, sacrificar bueyes según las tribus, y si no fuera fácil, al menos ofrecer en común un toro por sí misma al dios». Pero cada uno de vosotros, en privado, se alegra de gastar en los banquetes y en las fiestas, y sé bien que muchos de vosotros habéis perdido muchísimo dinero en los banquetes del Maiuma, pero por vosotros mismos y por la salvación de la ciudad nadie sacrifica, ni en privado los ciudadanos ni la ciudad en común, sino solo el sacerdote, a quien creo que era más justo que se fuera a casa con porciones de la multitud de las cosas ofrecidas al dios por vosotros. Pues a los sacerdotes los dioses ordenaron honrarlos con la nobleza y la práctica de la virtud y servirles lo que es debido; conviene, creo, a la ciudad sacrificar en privado y en público; pero ahora cada uno de vosotros permite a la mujer sacar todo de dentro hacia los galileos, y ellas, alimentando a los pobres de lo vuestro, realizan un gran prodigio de impiedad ante los que necesitan tales cosas; y tal es, creo, la mayor parte del género humano; pero vosotros mismos, primero, al tener descuidadas las honras hacia los dioses, no pensáis que hacéis nada absurdo; y nadie de los que necesitan se acerca a los templos; pues no hay, creo, de dónde alimentarse. Y alguien, celebrando un cumpleaños, prepara suficientemente un banquete y una comida, tomando a los amigos a una mesa lujosa; pero siendo una fiesta anual, nadie trajo aceite para la lámpara al dios, ni libación, ni víctima, ni incienso. Yo, pues, no sé cómo alguien, siendo hombre bueno, al ver esto entre vosotros, lo aceptaría, pero yo creo que ni siquiera agrada a los dioses.
36
Tales cosas dije entonces, recuerdo, y el dios dio testimonio de mis palabras, ojalá nunca hubiera sucedido, abandonando el suburbio, que guardó por mucho tiempo, en aquel tumulto volviendo hacia otro lado el pensamiento de los gobernantes y forzando las manos. Pero me hice odioso a vosotros haciendo cosas sin sentido. Pues era necesario callar, como creo que muchos otros de los que entraron conmigo, y no ser entrometido ni censurar. Pero por precipitación y por la ridícula adulación; pues no debe pensarse que los discursos hacia vosotros fueron dichos entonces por benevolencia, sino que creo que buscando gloria de piedad hacia los dioses y de benevolencia sin engaño hacia vosotros; esto es, creo, una adulación totalmente ridícula; muchas cosas derramé en vano sobre vosotros. Justas cosas, pues, hacéis al vengaros de mis censuras y al cambiar los lugares. Yo, bajo el dios, junto al altar y a las huellas de la estatua, corrí entre pocos de vosotros; vosotros, en el ágora, en el pueblo, a través de los ciudadanos capaces de tales gracias. Pues sabed bien, todos los que hablan comparten los discursos con los que escuchan, y el que ha escuchado con placer las blasfemias, participando del mismo placer más despreocupadamente que el que habla, es cómplice de la causa. Se ha dicho, pues, ante vosotros a través de toda la ciudad, cuántas cosas se han bromeado contra esta vil barba y contra el carácter que no os ha mostrado nada bueno ni os mostrará. Pues no os mostrará una vida como la vuestra. Siempre vivís, pero deseáis verla también en los gobernantes.
37
Sobre las blasfemias, pues, que en privado y en público derramasteis sobre mí bromeando en los anapestos, habiéndome acusado a mí mismo, os permito usar con él mayor franqueza, ya que yo nunca os haré nada terrible por esto, matando o golpeando o atando o excluyendo o castigando.¿ Cómo, pues? Quien, puesto que habiéndome mostrado ante vosotros con los amigos siendo sensato, lo más vil de ver para vosotros y lo más desagradable, no mostré ningún buen espectáculo, he decidido cambiar de ciudad y retirarme, persuadido de ninguna manera de que agradaré totalmente a aquellos hacia quienes voy, pero juzgando más preferible, si fallara en parecer al menos bueno y noble ante ellos, compartir en parte con todos mi desagrado y no desgastar esta ciudad dichosa como por la fetidez de mi moderación y de mis costumbres de templanza. Pues ninguno de nosotros compró campo ni jardín entre vosotros ni construyó casa ni se casó entre vosotros ni dio en matrimonio hacia vosotros ni nos enamoramos de los bienes entre vosotros, ni emulamos la riqueza asiria ni nos repartimos las jefaturas ni toleramos que algunos de los que están en el poder nos acompañaran en el poder ni convencimos al pueblo para preparaciones de banquetes o teatros, al cual hicimos tan refinado que, estando ocioso por la escasez, compuso los anapestos contra los responsables de su abundancia, ni inscribimos oro ni pedimos plata ni aumentamos impuestos; sino que, además de las carencias, se ha liberado a todos de la quinta parte de las contribuciones acostumbradas. Y no creo que baste con que yo sea sensato, sino que tengo también moderado, sí, por Zeus y los dioses, como me convenzo a mí mismo, al acusador, bien censurado por vosotros, porque siendo viejo y calvo, por mal carácter, se avergüenza de dejarse crecer el pelo por detrás, como Homero hizo a los abantes, y no hombres más viles que aquel en mi casa, dos y tres, sino también cuatro, y si queréis, ahora también un quinto.¿ Y mi tío y homónimo no os gobernó muy justamente, hasta que los dioses permitieron que estuviera con nosotros y colaborara?¿ No procedió con mucha previsión en todas las administraciones de la ciudad?
38
A nosotros, pues, nos parecían estas cosas buenas, mansedumbre de gobernantes con templanza, y pensábamos que por medio de estas costumbres pareceríamos suficientemente buenos ante vosotros. Pero como a vosotros os desagrada la profundidad de la barba y el descuido de los pelos y el no frecuentar los teatros y el exigir ser solemnes en los templos y, antes de todas estas cosas, la ocupación en nuestros juicios y el impedir la codicia del ágora, voluntariamente os cedemos la ciudad. Pues no creo que sea fácil, habiendo cambiado en la vejez, escapar del mito dicho sobre el milano. Pues se dice que el milano, teniendo una voz similar a las otras aves, se puso a relinchar, como los nobles caballos, luego, olvidándose de lo uno, y no pudiendo alcanzar lo otro suficientemente, carecer de ambos y ser la voz más vil que la de las otras aves. Lo cual yo mismo temo sufrir, fallar a la vez en rusticidad y en destreza. Pues ya, como vosotros mismos observáis, estamos cerca de los dioses que quieren,« Cuando mis blancas se mezclen con las negras», dijo el poeta teo.
39
Bien. Pero de la ingratitud, por los dioses y por Zeus del ágora y protector, dad cuenta.¿ Habéis sido ofendidos en algo por mí en común alguna vez o también en privado, y no pudiendo tomar justicia por esto abiertamente, nos arrastráis y lleváis alrededor a través de los anapestos, como los comediantes a Heracles y a Dioniso, y así también vosotros en las ágoras destruís injuriando?¿ O me abstuve de hacer algo terrible hacia vosotros, pero no me abstuve de hablar mal de vosotros, para que también vosotros, yendo a través de las mismas cosas, os venguéis?¿ Cuál es, pues, para vosotros la causa del choque contra nosotros y de la enemistad? Pues yo sé bien que no he hecho nada terrible ni irreparable a ninguno de vosotros, ni en privado a los hombres ni en común a la ciudad, ni he dicho nada vil, sino que incluso he elogiado, como me pareció que convenía, y he compartido algo bueno, cuanto era razonable para el que desea, junto con el poder, hacer bien a muchos hombres. Pero es imposible, sabedlo bien, permitir todo a los que contribuyen y dar todo a los que están acostumbrados a recibir. Cuando, pues, aparezca que no he disminuido nada de las contribuciones públicas, cuantas suele repartir el gasto real, y habiéndoos liberado de no pocas de las contribuciones,¿ acaso no parece el asunto un enigma?
40
Pero cuantas cosas se han hecho en común para todos los gobernados por mí, convendría callar, para no parecer que canto mis propios elogios como a propósito, y esto habiendo prometido derramar muchas y muy lascivas injurias; pero las cosas hechas en privado por mí hacia vosotros, precipitada e insensatamente, pero de ninguna manera dignas de ser pagadas con ingratitud por vosotros, convendría, creo, exponerlas como ciertos reproches míos, tanto más graves que los anteriores, tanto por la sequedad alrededor del rostro como por la falta de atractivo, cuanto que, siendo más verdaderas, convienen sobre todo al alma. Y ciertamente antes os elogiaba como me era posible ambiciosamente, sin esperar la prueba ni pensar cómo estaríamos unos con otros, sino pensando que vosotros sois hijos de griegos, y yo, aunque tengo linaje tracio, me consideraba griego por las costumbres, que nos amaríamos sobre todo. Esto, pues, sea para mí un reproche de precipitación. Luego, habiendo enviado embajadores ante mí y habiendo llegado más tarde no solo que los otros, sino también que los alejandrinos que están en Egipto, liberé mucho oro, y mucha plata, y tributos muy abundantes en privado, aparte de las otras ciudades, luego llené la lista del consejo con doscientos consejeros sin escatimar nada. Pues observaba cómo vuestra ciudad sería más grande y más poderosa. He dado, pues, a vosotros también de los tesoros que administraban los míos y de los que trabajaban la moneda, habiendo elegido a los más ricos para tener; vosotros, en cambio, no elegisteis a los capaces de aquellos, sino que, tomando la ocasión, hicisteis cosas similares a una ciudad de ninguna manera bien gobernada, sino adecuadas a vuestro carácter de otra manera.¿ Queréis que os recuerde una cosa? Habiendo nombrado consejero, antes de ser inscrito en la lista, estando el juicio en suspenso, sometisteis al hombre a una liturgia. A otro lo arrastrasteis del ágora, pobre, y de entre los desechos que por todas partes han sido abandonados, pero entre vosotros, por excesiva prudencia, se cambian por oro, habiendo elegido a uno que poseía una fortuna moderada como socio. Muchas tales cosas haciendo mal sobre los nombramientos, puesto que no permitimos todo, fuimos privados de la gratitud de las cosas que hicimos bien, y por las cosas de las que nos abstuvimos, somos molestados justamente por vosotros.
41
Y esto era, en efecto, de lo más insignificante y no capaz todavía de enemistar a la ciudad; pero lo más importante, de donde surgió el gran odio, fue cuando, al llegar yo a vosotros, el pueblo en el teatro, asfixiado por los ricos, lanzó primero esta voz:« Todo está lleno, todo es caro». Al día siguiente hablé con vuestros poderosos, intentando convencerlos de que es mejor, despreciando la ganancia injusta, hacer el bien a ciudadanos y extranjeros. Pero ellos, habiendo prometido ocuparse del asunto, tras tres meses en los que yo los esperé y fui paciente, se mostraron tan negligentes con el asunto como nadie habría esperado. Cuando vi que la voz del pueblo era verdadera y que el mercado estaba congestionado no por escasez, sino por la codicia de los poseedores, fijé un precio moderado para cada cosa y lo hice evidente para todos. Y como tenían muchas otras cosas— pues había vino, aceite y todo lo demás—, pero carecían de grano debido a una terrible escasez provocada por las sequías anteriores, decidí enviar a Calcis, a Hierápolis y a las ciudades circundantes, de donde importé para vosotros cuatrocientos mil modios. Y cuando esto también se consumió, primero cinco mil, luego siete mil y después diez mil— a los que ya es costumbre llamar modios—, consumí de grano, teniéndolo todo de mis propios recursos. El grano que me fue traído de Egipto lo entregué a la ciudad, cobrando dinero no por diez medidas, sino por quince, la misma cantidad que antes se cobraba por diez. Y si en verano había tantas medidas de grano por vuestra moneda,¿ qué cabía esperar entonces, cuando, como dice el poeta beocio, es difícil que el hambre llegue a la casa?¿ Acaso no apenas cinco y con dificultad, especialmente habiendo sobrevenido un invierno tan riguroso?¿ Qué hicieron entonces vuestros ricos? Vendieron a escondidas el grano de los campos a mayor precio y cargaron sobre el erario público sus propios gastos; y no solo la ciudad acude a esto, sino que la mayoría también corre desde los campos, lo único que se puede encontrar abundante y barato, comprando panes. Y, sin embargo,¿ quién recuerda entre vosotros, cuando la ciudad era próspera, que se vendieran quince medidas de grano por una moneda de oro?
42
Por esta acción me hice odioso ante vosotros, porque no os permití vender el vino, las verduras y las frutas a precio de oro, ni que el grano encerrado por los ricos en los almacenes se convirtiera de repente en plata y oro para ellos a costa vuestra. Pues ellos lo vendieron bien fuera de la ciudad, provocando a los hombres un hambre devoradora de mortales, como dijo el dios al denunciar a quienes practican tales cosas. La ciudad, en cambio, ha vivido en abundancia solo en cuanto al pan, pero no en nada más. Comprendía, pues, incluso entonces, al hacer esto, que no agradaría a todos, pero no me importaba en absoluto; pues creía que debía ayudar a la multitud agraviada y a los extranjeros que llegaban, tanto por mi causa como por la de los magistrados que nos acompañaban. Pero como creo que sucede que unos se van y la ciudad tiene una opinión unánime respecto a mí— pues unos me odian y otros, alimentados por mí, son desagradecidos—, encomendándolo todo a Adrastea, me marcharé a otro pueblo y a otro pueblo, sin recordaros nada de lo que hicisteis hace nueve años actuando injustamente unos contra otros, cuando el pueblo llevaba la llama a las casas de los poderosos entre gritos y mataba al magistrado, y luego pagaba el castigo por ello, lo cual, enfurecido, hizo justamente, pero ya no con moderación.
43
¿ Por qué, pues, por los dioses, se nos muestra ingratitud?¿ Porque os alimentamos con nuestros propios recursos, lo cual hasta el día de hoy no ha ocurrido en ninguna ciudad, y os alimentamos tan espléndidamente?¿ Porque aumentamos vuestro censo?¿ Porque, habiendo atrapado a ladrones, no procedimos contra ellos?¿ Queréis que os recuerde uno o dos casos, para que nadie suponga que el asunto es una pose, retórica o fingimiento? Creo que dijisteis que tres mil lotes de tierra estaban sin cultivar y pedisteis recibirlos, y al recibirlos, los repartisteis todos los que no los necesitabais. Esto, al ser examinado, quedó claramente demostrado. Y yo, habiéndoselos quitado a quienes los poseían injustamente, y sin haber indagado nada sobre los anteriores, a quienes los tenían exentos de impuestos, a quienes más debían estar sujetos a tributo, los asigné a las cargas públicas más pesadas de la ciudad. Y ahora, los que entre vosotros crían caballos cada año poseen exentos de impuestos cerca de tres mil lotes de tierra, por la previsión y administración de mi divino homónimo, y por mi gracia, yo que, castigando así a los malvados y ladrones, os parezco razonablemente estar trastornando el orden. Pues sabed bien que ante tales personas la mansedumbre aumenta y alimenta la maldad en los hombres.
44
Mi discurso, pues, vuelve aquí de nuevo a lo que deseo. Pues me hago responsable de todos mis males al depositar mis favores en caracteres desagradecidos. Esto es, por tanto, fruto de mi insensatez y no de vuestra libertad. Yo, ciertamente, intentaré ser más prudente en lo sucesivo en mi trato con vosotros; que los dioses os devuelvan las recompensas por la benevolencia y el honor que nos habéis mostrado públicamente.

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