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Panegyric in Honor of the Emperor Constantinus
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Desde hace mucho tiempo, oh gran emperador, he deseado fervientemente celebrar tu virtud y tus acciones, enumerar tus guerras y relatar cómo has acabado con las tiranías, sometiendo a una mediante la palabra y la persuasión al despojarla de sus guardaespaldas, y venciendo a la otra con las armas. Sin embargo, la magnitud de tus hazañas me contenía, no porque juzgara terrible que el discurso quedara un poco por debajo de los hechos, sino por el temor de parecer que fracasaba por completo en mi propósito. Pues para quienes se dedican a las contiendas políticas y a la poesía, no es nada sorprendente que puedan emprender fácilmente el elogio de tus actos; ya que les sobra audacia, con toda justicia, gracias a su práctica en el hablar y a su costumbre de realizar exhibiciones. Pero aquellos que han descuidado tal faceta y se han lanzado a otro tipo de educación y a la composición de discursos que no buscan complacer a la multitud ni se atreven a exponerse en teatros de toda clase, podrían, con razón, ser más cautelosos ante las exhibiciones. Pues no es desconocido que a los poetas, las Musas y la apariencia de estar inspirados por ellas para escribir su poesía, les proporcionan una abundante libertad para la invención; y a los oradores, su técnica les ha otorgado la misma licencia, al quitarles la necesidad de inventar, pero sin prohibirles en absoluto adular, ni juzgar como una vergüenza confesada para el que habla el elogiar falsamente a quienes no son dignos de elogio. Pero aquellos, cuando traen algún mito nuevo y nunca antes imaginado por los anteriores, habiéndolo compuesto ellos mismos, son más admirados por haber cautivado a los oyentes con lo extraño; otros dicen disfrutar de la técnica al ser capaces de tratar los asuntos pequeños con mayor grandilocuencia, al eliminar la magnitud de los hechos mediante el discurso y, en general, al oponer la fuerza de las palabras a la naturaleza de los asuntos. Yo, si viera que en el presente necesito tal técnica, guardaría el silencio que corresponde a quienes no tienen práctica en tales discursos, cediendo tus encomios a aquellos que mencioné hace poco. Pero puesto que el discurso presente exige todo lo contrario, una narración sencilla de los hechos que no necesite de ningún adorno postizo, me ha parecido que también a mí me corresponde, dado que el narrar dignamente tus hechos ha resultado inalcanzable incluso para quienes me precedieron. Pues casi todos los que se dedican a la educación te celebran en verso y en prosa, unos atreviéndose a abarcar todo en poco espacio, otros creyendo que bastaba con entregarse a partes de tus acciones, si no fallaban en su valor. Y es digno de admirar el entusiasmo de todos los hombres que han abordado tus elogios. Pues unos, para que nada de lo que has hecho sea oscurecido por el tiempo, se atrevieron a asumir el mayor esfuerzo, y otros, porque esperaban fracasar en el todo, expusieron su propia opinión en parte, juzgando mejor ofrecerte, según sus fuerzas, una primicia de sus propios esfuerzos que el premio sin riesgo del silencio. Si, pues, yo mismo fuera uno de los que aman los discursos exhibicionistas, habría tenido que comenzar el tema desde ahí, exigiendo la misma benevolencia que ya te pertenece por nuestra parte y pidiendo que te convirtieras en un oyente favorable de mis palabras, y no en un juez estricto e implacable. Pero dado que, habiendo sido criados y educados en otras disciplinas, como si fueran ocupaciones y leyes, parecemos atrevernos injustamente con obras ajenas, me parece que debo declarar también algo sobre esto, proponiendo un comienzo más apropiado para el discurso.
2
Existe una ley antigua, establecida por el primero que reveló la filosofía a los hombres, que reza así: que todos, mirando hacia la virtud y hacia lo bello, deben practicar en palabras, en obras, en relaciones, en suma, en todas las cosas de la vida, pequeñas y grandes, aspirar absolutamente a lo bello.¿ Quién de nosotros, que tenga juicio, podría disputar que la virtud es lo más bello de todo? Por tanto, ordena aferrarse a ella a quienes no van a llevar este nombre en vano, sin haber hecho suyo nada que les corresponda. Al proclamar esto, la ley no impone ninguna forma de discurso, ni dice, como si fuera desde una máquina trágica, que se deba pregonar a los que se encuentran con ella que se apresuren hacia la virtud y eviten la maldad, sino que ofrece muchos caminos para que quien desee imitar su naturaleza pueda usarlo. Pues permite tanto la buena exhortación y el uso de discursos persuasivos, como el reprender con benevolencia los errores y, a su vez, elogiar lo que se ha hecho bien y censurar, cuando sea el momento, las obras que no son tales. Permite también, si alguien lo desea, usar las otras formas para lo mejor de los discursos, pero ordenando, creo, que en toda palabra y acción se recuerde dónde rendirán cuentas de lo que hayan dicho, y que no digan nada que no refieran a la virtud y a la filosofía. Esto es lo que proviene de la ley y otras cosas similares.¿ Qué haremos nosotros, entonces, si nos vemos impedidos por la apariencia de hacer el elogio por complacencia, y dado que el género de los elogios ya se ha vuelto terriblemente sospechoso debido a quienes los practican incorrectamente, y se considera que es una adulación innoble y no un testimonio verdadero de las mejores obras?¿ O es evidente que, confiando en la virtud del elogiado, nos entregaremos con audacia a los encomios?
3
¿ Cuál podría ser, pues, para nosotros el comienzo y el orden más bello del discurso?¿ O es evidente que la virtud de tus antepasados, gracias a la cual te fue posible llegar a ser tal? Creo que conviene mencionar a continuación la crianza y la educación, que es lo que más contribuyó a tu virtud actual, y sobre todo esto, recorrer tus acciones como si fueran señales de las virtudes de tu alma, y al poner fin al discurso, declarar los hábitos desde los cuales, partiendo, realizaste y deliberaste las más bellas de tus obras. Pues creo que en esto también se distinguirá este discurso de todos los demás. Pues ellos se detienen en las acciones, creyendo que basta con mencionarlas para el elogio perfecto, pero yo creo que es necesario hacer el mayor discurso sobre las virtudes, desde las cuales, partiendo, llegaste a tal cantidad de logros. Pues la mayoría de las obras, casi todas, las logran conjuntamente la fortuna, los guardaespaldas, las falanges de soldados y las formaciones de caballería, pero las obras de la virtud son solo del que las realiza, y el elogio que proviene de ellas, al ser verdadero, es propio de quien las posee. Por tanto, puesto que esto nos ha quedado claramente definido, comenzaré el discurso.
4
La ley de los elogios no exige mencionar menos la patria que a los antepasados. Yo no sé qué patria se debe considerar primero como tuya; pues innumerables naciones disputan sobre esto desde hace mucho tiempo. La ciudad que reina sobre todas, siendo tu madre y nodriza y la que te proporcionó el imperio junto con la buena fortuna, afirma que el honor es exclusivamente suyo, no usando los derechos comunes a todos los emperadores; digo que, aunque provengan de otro lugar, al participar todos ya del gobierno y usar las costumbres y leyes que nos fueron transmitidas desde allí, se han convertido en ciudadanos; no es así, sino como quien dio a luz a tu madre y la crió de forma real y digna de los descendientes que habrían de venir. La ciudad en el Bósforo, epónima de todo el linaje de los Constantinos, afirma no ser la patria, pero admite haber sido fundada por tu padre, y pensará que sufre algo terrible si alguien, al menos mediante el discurso, la privara de este parentesco. Los ilirios, porque naciste entre ellos, no soportarán ser privados del más bello de los éxitos si alguien te asignara otra patria. Yo mismo escucho ya a algunos de los orientales decir que no actuamos justamente al privarlos del discurso sobre ti; pues ellos mismos dicen que la abuela envió a tu abuelo materno al matrimonio. Y casi todos los demás, inventando pretextos pequeños o mayores, han decidido hacerte suyo a toda costa. Que tenga, pues, el honor la que tú mismo quieras, y a la que muchas veces has elogiado llamándola madre y maestra de virtudes, y que las demás obtengan cada una lo que les corresponde según su mérito. Yo desearía elogiar a todas, siendo dignas de gloria y honor, pero temo que, debido a la longitud, aunque parezca muy propio del discurso presente, parezca ajeno por la ocasión. Por tanto, me parece que dejaré de lado los elogios de las demás por esto, pero el punto principal de los elogios de Roma, tú mismo, oh emperador, al haberlo resumido en poco y haberla llamado maestra de virtud, al dar el más bello de los encomios, has quitado los discursos de los demás.¿ Qué diremos nosotros sobre ella que sea diferente?¿ Qué tiene otro que decir? De modo que me parece que, respetando con razón la ciudad, la honro más con esto, al cederte los discursos sobre ella.
5
Pero sobre tu nobleza, quizás sea digno tratar brevemente en el presente. Y parezco estar en apuros también aquí, por dónde se debe empezar. Pues tienes antepasados, abuelos, padres, hermanos, primos y parientes, todos emperadores, que obtuvieron el poder legalmente o fueron adoptados por los que gobernaban.¿ Y qué necesidad hay de hablar de lo antiguo, recordando a Claudio, y proporcionar pruebas evidentes y conocidas por todos de su virtud, recordando las luchas contra los bárbaros que habitan más allá del Istro, y cómo obtuvo el poder santa y justamente a la vez, y la sencillez de su modo de vida en el imperio, y la llaneza de su vestimenta que aún se ve en las estatuas? Lo que concierne a tus abuelos es más reciente que esto, pero no menos brillante. Pues ambos obtuvieron el poder al ser juzgados dignos por su virtud, y al llegar al poder, tuvieron tal benevolencia entre sí y tal piedad hacia quien les compartió el imperio, que uno admitía que nunca había deliberado nada mejor que esto, habiendo encontrado muchas otras cosas salvadoras para los asuntos comunes, y los otros amaban la comunión entre sí más que el poder sobre el todo, si es que era posible que le correspondiera a cada uno. Y estando así dispuestos en sus almas, hacían las más bellas de las obras, respetando, después de la naturaleza superior, a quien les proporcionó el poder, tratando a los súbditos con mansedumbre y humanidad, y no solo expulsando a los bárbaros que desde hace mucho tiempo habitaban y ocupaban lo nuestro como si fuera propio sin temor, sino construyendo fortalezas contra ellos, establecieron tal paz para los súbditos que ni siquiera parecía fácil pedirla entonces. Pero sobre esto no es digno hablar de pasada. Y no es razonable dejar de lado el mayor signo de su concordia mutua, y por lo demás, es propio del discurso. Pues, habiendo ideado la más bella comunión para sus hijos, concertaron los matrimonios de tus padres. Y creo que conviene tratar también brevemente sobre esto, para que no parezcas heredero solo del poder, sino también de la virtud.
6
¿ Qué necesidad hay ahora de ocuparse de cómo tu padre obtuvo el imperio tras la muerte de su padre, tanto por el juicio de aquel como por el voto de todos los ejércitos? La fuerza en las guerras se podría conocer más por las obras que por las palabras. Pues recorrió toda la tierra habitada derribando tiranías, y no imperios legales. Y proporcionó tal benevolencia de sí mismo a sus súbditos, que los que servían en el ejército, recordando aún la magnanimidad en cuanto a los dones y las gracias, continúan venerándolo como a un dios; y la multitud en las ciudades y en los campos, no deseando tanto ser liberados de la pesadez de los tiranos como ser gobernados por tu padre, le deseaban la victoria sobre ellos. Y cuando se convirtió en señor de todos, como si hubiera una gran escasez de dinero por la sequía de la codicia del que había ejercido el poder y la riqueza de los imperios estuviera acumulada en rincones, quitó el cerrojo e inundó todo de repente con la riqueza, y fundó una ciudad epónima suya en ni siquiera diez años completos, tan grande respecto a todas las demás como parece ser menor que Roma, la cual, ser puesta en segundo lugar, me parece mucho mejor que ser considerada la primera de todas las demás. Quizás sea bello mencionar aquí también a las célebres Atenas, a las que él honraba con obras y palabras durante todo el tiempo. Pues siendo emperador y señor de todos, exigía ser llamado estratega de ellas, y al obtener tal imagen con una inscripción, se alegraba más que si hubiera sido juzgado digno de los mayores honores. Y recompensando a la ciudad por ello, da muchas veces diez mil medimnos de trigo cada año para disfrutar gratuitamente, de los cuales resultaba que la ciudad estuviera en abundancia, y para él, elogios y honores de los mejores.
7
De las muchas y bellas obras realizadas por tu padre, tanto de las que mencioné como de las que me parece que debo dejar de lado por la longitud, yo diría que la mejor de todas, y creo que todos los demás también lo admitirán, es tu nacimiento, crianza y educación; de la cual resulta para los demás no el disfrutar por poco tiempo del mejor poder, sino tanto como es posible por un tiempo más largo. Al menos parece que él gobierna todavía. Y a Ciro no le resultó esto. Pues tras su muerte, el hijo fue visto mucho peor, de modo que uno era llamado padre, y el otro fue apodado señor. Y sé claramente que eres más manso que tu padre y mejor en muchas otras cosas, y lo declararé cuando llegue el momento en el discurso. Y creo que le corresponde a él, al haberte compartido también esto de la mejor crianza, sobre la cual intentaré hablar ahora, mencionando a tu madre y a tus hermanos. Pues a ella le sobraba tanta nobleza, belleza de cuerpo y virtud de carácter, que difícilmente alguien podría encontrar otra mujer igual. Pues escucho también el discurso de los persas sobre Parisatis, que fue la única hermana, madre, esposa e hija de un rey. Pero ella era hermana por naturaleza del que se casó con ella, y la ley permitía al persa casarse con su hermana. Pero tu madre, guardando estas relaciones puras e inmaculadas según nuestras leyes, resultó ser hija de uno, esposa de otro, hermana de otro, y madre de muchos emperadores, y no de uno solo. De los cuales, uno colaboró con tu padre en la guerra contra los tiranos, otro, al vencer con las armas, preparó la paz segura para nosotros contra los getas, y otro mantuvo el territorio inaccesible para los enemigos, atacándolos él mismo muchas veces, hasta que lo permitieron los que poco después pagaron la pena por las injusticias cometidas contra él. Y habiendo muchas obras brillantes de ellos, por las cuales alguien podría elogiarlos justamente, y habiendo abundancia de bienes de la fortuna, no hay nada tal entre los demás, por lo cual alguien, al felicitarlos, los enaltecería con razón, como el hecho de que han llegado a ser descendientes de unos y antepasados de otros. Pero para no consumir el tiempo del discurso debido a tus elogios hablando más largo sobre ellos, intentaré a continuación, como es digno para nosotros, o mejor dicho, si hay que decir sin ocultar nada, demostrar que eres mucho más venerable que tus antepasados. Pues dejo voluntariamente de lado los rumores, las profecías, las visiones en sueños y todo lo demás que suelen repetir sobre quienes han hecho cosas tan brillantes y manifiestas, Ciro, el fundador de nuestra ciudad y Alejandro de Filipo, y cualquier otro que haya sido tal; pues parece que esto no está lejos de la licencia poética. Y hablar de lo que te ocurrió en el primer nacimiento como brillante y real es una simpleza. Pero puesto que la ocasión ha recordado la educación en los niños, necesitabas, por supuesto, la crianza real, que ejercitará el cuerpo para la fuerza, el vigor, la buena salud y la belleza, y preparará el alma para la valentía, la justicia, la templanza y la prudencia de manera armoniosa. Y esto no es fácil que exista mediante el modo de vida relajado, que afemina, como es natural, las almas y los cuerpos, y los hace más débiles tanto para los peligros las mentes como para los esfuerzos los cuerpos. Por tanto, necesitabas gimnasia para el cuerpo, y adornabas el alma con el estudio de los discursos. Y es digno tratar más extensamente sobre ambos; pues esto se ha convertido en un comienzo de las acciones posteriores.
8
De la atención sobre la fuerza, no ejercitaste la que se ajusta a las exhibiciones, al suponer que en absoluto conviene a un emperador la celebrada buena salud de los que han ocupado las palestras, cuando va a participar en las verdaderas luchas, necesitando el mínimo sueño y no mucha comida, y esta, ni definida en cantidad ni en calidad, ni en el momento en que se debe tomar, sino la que se encuentre, cuando las acciones den la ocasión. De donde creías que debías hacer también los ejercicios para esto, muchos y militares, la danza con armas, la carrera con ellas, el arte de la equitación, en todo lo cual has continuado usando desde el principio en el momento oportuno; y cada uno de estos ha sido logrado por ti como por ninguno de los otros soldados. Por tanto, uno de ellos, siendo buen infante, ignoró el arte de la equitación, y el otro, sabiendo usar los caballos, duda en ir a pie a la batalla. Pero solo a ti te corresponde parecer el mejor de los jinetes, vestido de forma similar a ellos, y al cambiarte a los infantes, vencer a todos en fuerza, velocidad y ligereza de pies. Y para que no suceda que los descansos sean perezosos ni se hagan sin armas, practicaste disparar a objetivos.
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Y preparaste el cuerpo mediante esfuerzos voluntarios para estar bien ante los involuntarios, y para el alma guiaba el estudio de los discursos y las enseñanzas que corresponden a los de tal edad. Y para que no esté del todo sin ejercicio ni escuche los discursos sobre las virtudes como si fueran cantos y mitos, y siendo inexperta en buenas obras y acciones permanezca tanto tiempo, como el noble Platón juzgó digno, otorgando como alas a los niños y subiéndolos a los caballos para llevarlos a las batallas, para que sean espectadores de lo que no tardarían en convertirse en luchadores, diría que tu padre, al haberlo pensado, te puso como guardián y emperador sobre las naciones de los celtas, siendo aún un adolescente, o mejor dicho, un niño de corta edad en el tiempo, puesto que en prudencia y fuerza ya eras rival de los hombres bellos y buenos. Tu padre se preocupó bien de que la experiencia militar fuera sin riesgo para ti, ordenando mantener la paz con los súbditos hacia los bárbaros; pero al persuadirlos a luchar y a estar en facciones entre sí, en las desgracias y cuerpos de ellos enseñaba el arte estratégico, deliberando más seguramente que el sabio Platón. Pues para él, si un ejército de enemigos atacara a pie, los niños podrían ser espectadores y partícipes de las obras, si en algún lugar lo necesitaran; pero si los enemigos vencieran con jinetes, es hora de idear para los adolescentes un modo de salvación difícil de imaginar. Y el acostumbrar a los niños en peligros ajenos a soportar a los enemigos parece haber sido bien deliberado tanto para la necesidad como para la seguridad. En esto, pues, tenías práctica para la valentía. Y de la prudencia, la naturaleza que has recibido es una guía suficiente; pero creo que también estaban presentes los mejores de los ciudadanos enseñando los asuntos políticos. Y las entrevistas con los jefes de los bárbaros de aquí proporcionaban experiencia de costumbres, leyes y ocupaciones extranjeras. Aunque Homero, al proponerse mostrar a Odiseo como prudente, dice que es de muchas vueltas y que conoció la mente de muchos hombres y recorrió las ciudades, para que, eligiendo de todas, tuviera lo mejor y pudiera tratar con hombres de toda clase. Pero para aquel que no reinó, la experiencia de costumbres variadas es necesaria; pero el que es criado para tal mando no debía ser enseñado en un rinconcito ni imitar el imperio, como Ciro, jugando, ni hacer negocios con sus iguales, como dicen de aquel, sino tratar con naciones y pueblos, y ordenar a los regimientos de soldados simplemente lo que se debe hacer; y en general, no faltar de nada de esto que, al convertirse en hombre, debía hacer con seguridad. Por tanto, puesto que aprendiste bien lo de ellos, al pasar al otro continente te enfrentaste solo a las naciones de los partos y medos. Y estando la guerra ya humeando y no tardando en avivarse, conociste rápidamente también el modo de esto, e imitaste la fuerza de las armas, y acostumbraste al cuerpo a soportar el calor del verano. Y me entero de que Alcibíades, solo de todos los griegos, pudo soportar cambios tan naturalmente, como imitar primero la templanza de los lacedemonios, puesto que se había entregado a los espartanos, luego a los tebanos, y a los tracios después, y al final la molicie de los persas. Pero aquel, al cambiar también el modo de vida con los lugares, se llenaba de mucha dificultad y corría el riesgo de perder por completo lo patrio, pero tú, al creer que debías aferrarte al modo de vida templado en todas partes, y acostumbrando al cuerpo a los esfuerzos, soportaste más fácilmente el ascenso de los galos a los partos que los ricos que cambian su morada con las estaciones, si fueran forzados fuera de tiempo. Y me parece que un dios benevolente, queriendo preparar tu virtud desde el principio para el mando de todo, te hizo dar la vuelta y mostrarte los límites y fines de todo el imperio, la naturaleza de los lugares, la magnitud de la tierra, la fuerza de las naciones, la multitud de ciudades, la naturaleza de los pueblos y lo mejor de ellos mismos, la abundancia de lo cual no debe faltar a nadie que sea criado para tal imperio.
10
Y lo más importante casi se me escapa decir, que siendo enseñado desde niño a mandar sobre todo esto, aprendiste mejor a ser mandado, sometiéndote a ti mismo al mando más bello y justo de todos, por naturaleza y por ley; pues obedecías a tu padre y a la vez emperador; de los cuales, si solo uno de ellos le correspondiera a él, era absolutamente apropiado que mandara. Aunque,¿ qué crianza y educación real podría encontrar alguien que haya sido mejor que esta hace mucho tiempo? Pues ni los lacedemonios de los griegos, quienes parecen participar del mejor mando, el de los reyes, educaban así a los heráclidas, ni los cartagineses de los bárbaros, siendo gobernados de forma diferente, juzgaban digno al que iba a mandar sobre ellos de la mejor atención; sino que para todos eran comunes los ejercicios de virtud y las enseñanzas de las leyes, como si fueran hermanos los ciudadanos que iban a mandar y a ser mandados, y no había nada diferente en cuanto a la educación para los jefes respecto a los demás. Aunque,¿ cómo no es una simpleza exigir una magnitud de virtud insuperable a los gobernantes, y no prever nada para que sean diferentes de la mayoría? Y para los bárbaros, al estar este mando propuesto en común para todos, el que la atención de las costumbres sea similar podría proporcionar perdón; pero a Licurgo, que conservaba el imperio inamovible para los descendientes de Heracles, al no encontrar ninguna superioridad en las atenciones de los jóvenes, alguien podría censurarlo con mucha razón. Pues ni siquiera si creía que todos los lacedemonios debían ser atletas de virtud y criados, debía juzgar dignos de la misma crianza y educación a los particulares que a los que iban a mandar. Pues tal costumbre, deslizándose poco a poco, engendró en las almas el menosprecio de los superiores; pues en general, ni siquiera se debe considerar superiores a los que no han obtenido ser los primeros por virtud. Y esto, creo, hacía a los espartanos más difíciles de ser mandados por los reyes muchas veces. Y alguien podría usar como prueba clara de lo dicho la ambición de Lisandro hacia Agesilao y otras muchas, recorriendo las obras realizadas por los hombres. Pero para ellos, la constitución, al preparar suficientemente lo que es para la virtud, aunque no permitía practicar nada diferente de la mayoría, proporcionaba el ser hombres bellos y buenos; pero de los cartagineses ni siquiera es digno elogiar las costumbres comunes. Pues los padres, expulsando a los niños de las casas, ordenaban proveer mediante los esfuerzos necesarios para la necesidad, prohibiendo hacer algo de lo que parece vergonzoso. Pero esto era, no quitar el deseo de los jóvenes, sino intentar ordenar hacer algo ocultándose. Pues la naturaleza no solo corrompe el carácter con la molicie, sino también el modo de vida necesitado de lo necesario, en los cuales, al no haber recibido aún el juicio de la razón, sigue a las necesidades persuadido por el deseo, sobre todo si no dominara esta pasión, al acostumbrarse desde niño al lucro y encontrando algunas compensaciones de comercios y ventas, unas descubriéndolas él mismo y otras aprendiéndolas de los que saben, sobre las cuales no solo no es digno hablar, sino ni siquiera escuchar para un niño libre, se mancharía con muchísimas manchas el alma, de todas las cuales debe estar limpio también el ciudadano decente, y no solo el emperador y estratega.
11
A mí no me corresponde censurar a aquellos en el presente; mostraré solo lo que diferencia la crianza, con la cual, al usarla, te distinguiste en belleza, fuerza, justicia y templanza, al rodearte de buena salud mediante los esfuerzos, y al adquirir la templanza mediante las leyes, y al usar el cuerpo más vigoroso mediante la templanza del alma, y el alma, a su vez, más justa mediante la resistencia del cuerpo, aumentando los bienes de la naturaleza desde todas partes, y añadiendo siempre los que provienen de las atenciones desde fuera; y no necesitando nada, sino ayudando a otros y otorgando grandes dones y tantos que bastaban para hacer a los que los recibían parecerse al señor de los lidios, disfrutando tú mismo de los bienes existentes más necesitadamente que el más templado de los espartanos, pero proporcionando provisión para el lujo a otros, y ofreciéndote a ti mismo para ser imitado a los que quieren ser templados, mandando sobre los demás con mansedumbre y humanidad, y siendo mandado por tu padre con templanza y como uno de la mayoría durante todo el tiempo. Siendo niño y adolescente, tenías esto y otras muchas cosas, sobre las cuales hablar ahora sería más largo de lo que permite la ocasión.
12
Al llegar a la edad, y habiendo proporcionado el destino una muerte muy dichosa a tu padre, no solo adornaste la tumba con la multitud y belleza de lo que se ofreció, pagando las gracias por el nacimiento y la crianza, sino mucho más al ser el único de todos sus hijos que, estando él aún vivo y oprimido por la enfermedad, se apresuró hacia él, y al haber muerto, establecer los mayores honores, sobre los cuales basta con mencionarlos. Pues las acciones nos llaman a sí mismas recordándonos la fuerza, la valentía, la prudencia y a la vez la justicia, en las cuales apareciste invencible e insuperable, al haber establecido justamente y con templanza lo que concierne a tus hermanos, a los ciudadanos, a los amigos de tu padre y a los ejércitos; excepto si en algún lugar, forzado por las ocasiones, no impediste involuntariamente que otros erraran; y al haber establecido lo que concierne a los enemigos con valentía, magnanimidad y dignamente de la gloria del linaje que ya existía. Con unos has convivido todo el tiempo mediante la concordia, manteniendo la ciudad sin facciones y honrando siempre a los hermanos que mandaban contigo, y compartiendo con los amigos la igualdad de palabra y la franqueza junto con los demás bienes abundantemente, compartiendo con todos lo que existía, y repartiendo lo que cada uno parecía necesitar. Y de esto, alguien podría usar como testigos a ellos mismos, y los asuntos son suficientes para declarar la elección de toda la vida a los que se quedaron fuera de la relación con ellos.
13
Debemos hablar ya de las acciones mismas, posponiendo el discurso sobre las disposiciones. Los persas, que antaño dominaron toda Asia y subyugaron gran parte de Europa, y que casi se habían apoderado de todo el mundo habitado con sus esperanzas, cuando fueron despojados de su imperio por los macedonios, convirtiéndose en obra— o mejor dicho, en juguete— de la estrategia de Alejandro, soportaron con dificultad la servidumbre. En cuanto se enteraron de que él había muerto, se rebelaron contra los sucesores, se enfrentaron de nuevo a los macedonios con fuerzas equivalentes y, tras habernos conquistado el resto del imperio macedonio, nos parecieron enemigos dignos de combate hasta el final.¿ Qué necesidad hay ahora de recordar a los antiguos, Antonio y Craso, generales con poder absoluto, y cómo rechazamos aquellas vergüenzas tras largos peligros, habiendo reparado los fracasos muchos emperadores sensatos?¿ Y qué necesidad hay de recordar las segundas desgracias y las acciones de Caro, quien fue elegido general tras aquellas calamidades? Pero aquellos que les ordenaron mantener la paz, admirable y amada por todos, los que ocuparon el trono antes que tu padre,¿ acaso el César no salió malparado al enfrentarse solo? Pero cuando el gobernante de todo el mundo se volvió, dirigió hacia allí las fuerzas de todo el imperio y se adelantó a las invasiones con ejércitos, levas de soldados veteranos y reclutas, y toda clase de preparativos, ellos, temerosos, apenas si valoraron la paz. Paz que, no sé cómo, alborotaron y perturbaron estando vivo tu padre, frustrándose el castigo que esperaban de él, pues él cambió de vida durante los preparativos para la guerra; pero a ti te pagaron después la pena por sus audacias.
14
Estando aún a punto de abordar muchas veces las luchas que tuviste contra ellos, pido a los oyentes que consideren tanto esto: que, habiéndote convertido en señor de la tercera parte del imperio, que de ninguna manera parecía estar fortalecida para la guerra— ni en armas, ni en hombres que servían en el ejército, ni en ninguna otra cosa de las que debían abundar para una guerra de tal magnitud—, y además, sin que tus hermanos aligeraran la guerra por causa alguna, no hay nadie tan desvergonzado ni calumniador envidioso que no diga que tú fuiste el principal responsable de la concordia con ellos. Siendo la guerra, en mi opinión, difícil por sí misma, los asuntos de los campamentos se perturbaban ante el cambio, gritando que añoraban a su antiguo jefe y deseando que ustedes gobernaran; y otros diez mil absurdos y dificultades que surgían por todas partes ofrecían esperanzas más penosas sobre la guerra. Los armenios, antiguos aliados, se sublevaban y una parte no pequeña de ellos se unió a los persas, invadiendo a los vecinos con bandidos. Y lo que en las circunstancias presentes parecía ser lo único salvador, que tú te hicieras cargo de los asuntos y deliberaras, no era posible hasta entonces debido a los acuerdos con los hermanos en Panonia, los cuales tú mismo, estando presente, gestionaste de tal manera que no les diste ningún pretexto para la queja. Por poco se me escapa el comienzo de las acciones, más hermoso que todos o igualmente admirable que los más bellos. Pues deliberar sobre asuntos tan importantes y no parecer que se pierde nada si voluntariamente concedes a tus hermanos tener más, sería la mayor señal de sensatez y magnanimidad. Pero ahora, si alguien, al repartir la herencia paterna con sus hermanos, cien talentos— o, si quieres, otros tantos—, y luego, teniendo cincuenta minas menos, se contentara, y cambiando la concordia con ellos por una suma de dinero insignificante, parecería digno de elogios y honores por ser superior al dinero, por ser sensato por naturaleza, y, en resumen, por ser un hombre noble y bueno. Pero aquel que, al deliberar sobre el imperio de todo el conjunto de forma tan magnánima y sensata, de modo que no se añadió a sí mismo mayor esfuerzo por su cuidado, sino que cedió voluntariamente parte de los ingresos del imperio por la concordia y la paz de todos los romanos entre sí,¿ de cuántos elogios juzgará uno que es digno? No es posible decir tampoco aquí que fue hermoso pero no rentable; pues nada me parece rentable a mí que no sea al mismo tiempo hermoso. En general, si a alguien le parece examinar la conveniencia por sí misma, que juzgue no mirando el dinero ni contando los ingresos de las tierras, como los viejos avaros arrastrados a escena por los comediógrafos, sino mirando la magnitud del imperio y la dignidad. Pues disputando por los límites y con mala voluntad, habría gobernado solo aquello que le tocó, aunque se fuera con más; pero despreciando las cosas pequeñas y desdeñándolas, gobernaba toda la tierra habitada junto con sus hermanos, y cuidaba de la parte que le tocó, disfrutando de la honra plena y participando menos de los esfuerzos que esta conlleva.
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Pero sobre esto será posible hablar más extensamente en otra ocasión. Quizás sea digno de relatar ya cómo te ocupaste de los asuntos, habiendo tantos peligros y toda clase de problemas rodeándote tras la muerte de tu padre: confusión, guerra necesaria, muchas incursiones, deserción de aliados, desorden en los campamentos y todo lo demás que entonces resultaba difícil. Pues una vez que los asuntos de los tratados fueron gestionados por ti con la mejor concordia, y llegó el momento que exigía ayudar a los asuntos en peligro, el modo en que, usando marchas rápidas, apareciste en Siria desde Panonia, no es fácil de explicar ni con palabras; pero la experiencia basta para quienes lo han conocido.¿ Quién de todos podría ser capaz de decir cómo, ante tu presencia, todo cambió de golpe y se transformó para mejor, no solo librándonos de los temores que nos acechaban, sino ofreciendo esperanzas mucho mejores para el futuro? Los asuntos de los campamentos, con solo estar tú cerca, cesaron en su desorden y se transformaron en orden; los armenios que se unieron a los enemigos cambiaron inmediatamente, pues tú hiciste que los responsables de la huida fueran traídos ante nosotros por el gobernador de aquella región, y preparaste para los fugitivos un regreso seguro a su patria. Y habiendo tratado con tanta humanidad tanto a los que acababan de llegar ante nosotros como a los que habían regresado de la huida junto con su jefe, hablándoles con suavidad, unos se lamentaban de haber desertado antes, y otros preferían la fortuna presente a la dominación anterior. Y los que huían antes decían haber aprendido de hecho a ser sensatos, y los otros, a obtener la recompensa digna por no haber cambiado. Y usaste tal exceso de dones y honores con los que regresaron, que ni siquiera sus enemigos más acérrimos, al prosperar y ser honrados como era debido, se molestaban ni sentían envidia. Habiendo establecido esto en poco tiempo y habiendo vuelto a los bandidos de Arabia contra los enemigos mediante embajadas, llegaste a los preparativos de la guerra, sobre los cuales no está de más decir algo brevemente de antemano.
16
Pues habiendo aliviado la paz anterior los esfuerzos de los soldados y habiendo hecho más ligeras las funciones de los funcionarios, y necesitando la guerra dinero, raciones de grano y un espléndido suministro, y mucho más fuerza, vigor y experiencia en las armas de los soldados, y no existiendo casi nada de esto, tú mismo lo descubriste y estableciste, mostrando a los que estaban en edad de servir el ejercicio de los esfuerzos, estableciendo una fuerza de caballería casi igual a la de los enemigos, y ordenando a la infantería que se aplicara a los esfuerzos; y esto no solo con palabras ni por orden, sino practicando tú mismo, entrenándote con ellos y demostrando con hechos lo que debía hacerse, convertiste de repente a los hombres en trabajadores de la guerra. Ideaste fuentes de dinero, no aumentando los impuestos ni las contribuciones, como hicieron los atenienses anteriormente, estableciéndolos al doble o incluso más, sino manteniéndote, creo, en los antiguos, salvo si en algún lugar era necesario sentir por poco tiempo y por la ocasión que las funciones eran más costosas. Y llevabas a los soldados en tal abundancia, que no se vieron obligados ni a ser insolentes por la saciedad ni a delinquir por la necesidad. Y el suministro de armas, caballos, naves fluviales, máquinas y la multitud de todas las demás cosas, lo guardo en silencio.
17
Y cuando los preparativos llegaron a su fin y fue necesario usar lo dicho anteriormente para lo que convenía, el Tigris fue puenteado muchas veces con balsas, se levantaron fortalezas sobre él, y ninguno de los enemigos se atrevió a defender la región que estaba siendo saqueada, y todos los bienes de ellos eran traídos ante nosotros, sin que algunos se atrevieran siquiera a entrar en combate, y los que se envalentonaban pagaban el castigo allí mismo. Este es, pues, el resumen de las invasiones en territorio enemigo. Pues,¿ quién podría ser capaz de exponer detalladamente cada cosa en un discurso breve, enumerando las calamidades de unos y las hazañas de otros? Pero quizás no sea difícil decir que, habiendo cruzado muchas veces aquel río con el ejército y habiendo pasado mucho tiempo en territorio enemigo, regresabas brillante con los trofeos, recorriendo las ciudades libres gracias a ti y concediendo paz y riqueza, todos los bienes de golpe, y permitiendo disfrutar de lo que antaño se anhelaba: la victoria sobre los bárbaros, con trofeos erigidos contra la deslealtad y cobardía de los partos, quienes, por una parte, demostraron esto al romper los tratados y perturbar la paz, y por otra, al no atreverse a defenderse por su país y sus seres más queridos.
18
Pero para que nadie suponga que recuerdo con gusto estas acciones, pero que dudo de aquellas en las que la fortuna— o mejor dicho, la región al ganar el impulso del momento— permitió a los enemigos tener ventaja, como si nos trajeran vergüenza y no elogio y honor, intentaré explicar también esto brevemente, no forjando los discursos para lo más rentable para mí, sino amando la verdad en todo. Si alguien la falta voluntariamente, de ninguna manera escapa a la vergüenza de adular, y añade a los elogiados el parecer que ni siquiera por los demás gozan de buena fama según su mérito; lo cual nos cuidaremos de sufrir. El discurso mismo mostrará si en algún lugar ha valorado la mentira por encima de la verdad. Por tanto, sé bien que todos dirían que la mayor ventaja de los bárbaros fue la guerra antes de Singara. Yo, en cambio, diría razonablemente que aquella batalla trajo desgracias iguales a los campamentos, pero que demostró que tu virtud superó a la fortuna de ellos, y esto habiendo usado un ejército audaz y temerario, y no acostumbrado como ellos a la estación y al vigor del calor. Contaré cómo se hizo cada cosa.
19
Pues el verano estaba aún en su apogeo, y los campamentos se reunieron en el mismo lugar mucho antes del mediodía. Los enemigos, asombrados por el orden, la disciplina y la tranquilidad, y pareciendo ellos mismos admirables por su multitud, nadie comenzaba la batalla, pues unos dudaban de entrar en combate contra una fuerza tan preparada, y otros esperaban a que ellos comenzaran, para que, defendiéndose más en todo, no parecieran ellos mismos iniciar la guerra después de la paz. Finalmente, el jefe de aquella fuerza bárbara, habiéndose alzado en alto sobre los escudos y habiendo observado la multitud en orden,¿ cómo se puso y qué voces lanzaba? Gritando que había sido traicionado y culpando a los que le convencieron de la guerra, pensó que debía huir rápidamente y que solo esto bastaría para su salvación, si se adelantaba a cruzar el río, que es el antiguo límite de aquella región con la nuestra. Habiendo pensado esto, primero señala la retirada paso a paso, y añadiendo poco a poco velocidad, finalmente huía con firmeza, teniendo pocos jinetes a su alrededor, habiendo confiado toda la fuerza a su hijo y al más fiel de sus amigos para que la guiaran. Viendo esto el ejército y enfureciéndose porque no pagaron ningún castigo por sus audacias, gritaban que los atacaran, y aunque tú ordenabas permanecer, molestos, corrían con las armas como cada uno tenía vigor y velocidad, siendo ellos mismos inexpertos hasta entonces en tu estrategia, y mirando a la edad, confiaban menos en juzgar mejor que ellos mismos el provecho; y el haber participado en muchas batallas con tu padre y haber vencido en todas partes contribuía a la creencia de que eran invencibles. Y no menos que esto, el miedo presente a los partos los impulsó, como si no fueran a luchar solo contra los hombres, sino también contra la región misma, y si algo mayor cayera desde fuera, que también lo vencerían totalmente. Rápidamente, pues, recorriendo cien estadios, se detuvieron ya ante los partos que habían huido al muro, que ya había sido construido anteriormente por ellos como un campamento. Era ya tarde y la guerra estallaba allí mismo. Y toman el muro inmediatamente matando a los que estaban sobre él; y habiéndose metido dentro de las fortificaciones, fueron valientes durante mucho tiempo, pero agotados ya por la sed y encontrando cisternas de agua dentro, echaron a perder la victoria más hermosa y permitieron a los enemigos reparar el fracaso.
20
Este fue el final de aquella batalla, que arrebató tres o cuatro de los nuestros, y de los partos, al que era criado para el reino, habiendo sido capturado antes, y destruyó a una multitud de los que estaban con él. Mientras todo esto sucedía, el jefe de los bárbaros ni siquiera estaba presente ni en sueños; pues no detuvo la huida hasta que tuvo el río a sus espaldas; tú, en cambio, permaneciste en las armas durante todo el día y toda la noche, participando de las luchas con los que vencían y ayudando rápidamente a los que sufrían. Y por la valentía y el buen ánimo, transformaste la lucha hasta tal punto, que ellos mismos, al llegar el día, se salvaban alegremente hacia los suyos, y se retiraban de la batalla, siguiéndolos tú, incluso los heridos; así liberaste a todos del miedo de la huida.¿ Qué fortaleza fue capturada, pues?¿ Qué ciudad fue sitiada?¿ De qué equipaje se apoderaron los enemigos para tener de qué vanagloriarse después de la guerra? Pero quizás, dirá alguien, hay que considerar afortunado y dichoso el no haber salido nunca en peor situación que los enemigos, y que resistir a la fortuna es más vigoroso y señal de mayor virtud. Pues,¿ qué buen timonel dirige la nave en calma, cuando una serenidad precisa domina el mar?¿ Y qué auriga de carro es hábil habiendo uncido caballos obedientes, mansos y rápidos en un terreno llano y liso, y luego demostrando en esto su arte?¿ Cuánto mejor es el conductor de una nave que ha aprendido de antemano y presentido la tormenta que vendrá, y habiendo intentado evitarla, luego, por cualquier causa, ha caído en ella y ha salvado la nave intacta con toda su carga?¿ Y el conductor de carro que lucha contra la aspereza de los terrenos y cambia a los caballos al mismo tiempo que los fuerza, si cometen algún error? En general, no es digno examinar ningún arte junto con la fortuna, sino considerarlo por sí mismo. Ni es mejor general Cleón que Nicias, puesto que tuvo suerte en lo de Pilos, ni ningún otro de los que vencen más por fortuna que por juicio. Yo, si no dijera que tu fortuna es mejor y más justa que la de los que se enfrentaron, o mejor dicho, la más fuerte de todos los hombres, parecería razonablemente cometer una injusticia, al no haber permitido a los enemigos sentir la ventaja. Pues es necesario, creo, que quien juzgue justamente sobre lo dicho, considere el fracaso por el vigor inigualable del calor, y suponga que el haber puesto a los enemigos en igualdad de condiciones con las calamidades es obra de tu virtud, y que el sentir las calamidades propias pero ignorar los logros es obra de la buena fortuna.
21
Pero para no gastar el tiempo de los asuntos mayores hablando más largo sobre esto, intentaré a continuación relatar la multitud de asuntos que nos rodearon y la magnitud de los peligros, y cómo, resistiendo a todos, derrotaste a una multitud de tiranos y a las fuerzas de los bárbaros. Pues el invierno estaba ya terminando, aproximadamente el sexto año después de la guerra que mencioné poco antes, y llegó alguien anunciando que la Galia, habiéndose sublevado junto con el hermano tirano, había planeado y ejecutado el asesinato, y luego que Italia y Sicilia habían sido tomadas, y que los campamentos en Iliria estaban en desorden y habían nombrado rey suyo al que hasta entonces era general, deseando resistir contra la fuerza de los tiranos que parecía invencible. Y este mismo suplicaba que enviaras dinero y la fuerza que ayudara, temiendo mucho por sí mismo y temblando de no ser vencido por los tiranos. Y hasta entonces prometía que haría lo que correspondía, no considerándose de ninguna manera digno del imperio, sino prometiendo ofrecerse como administrador fiel y guardián; pero no tardaría mucho en parecer infiel y pagar el castigo, aunque fuera humano. Al enterarme de esto, no creí que debiera gastar el tiempo en vano en gran pereza. Sino que, habiendo llenado las ciudades de Siria de máquinas, guarnición, grano y el resto de los preparativos, y esperando que, aun estando ausente, bastarías para los de allí, tú mismo decidiste lanzarte contra los tiranos.
22
Los persas, habiendo vigilado este momento desde entonces, como si fueran a tomar Siria de un asalto, habiendo levantado a toda edad, naturaleza y fortuna, se lanzaron contra nosotros: hombres, jóvenes, ancianos y una multitud de mujeres y sirvientes, no solo por causa de los servicios para la guerra, sino siguiendo en gran abundancia. Pues pensaban que, al tomar las ciudades y haber dominado ya la región, nos traerían colonos. Pero la magnitud de tus preparativos dejó vacías sus expectativas. Pues cuando se establecieron para el asedio, la ciudad era fortificada en círculo con los terraplenes, y el Migdonio fluía inundando el terreno alrededor del muro, como dicen que el Nilo hace con Egipto. Se acercaban las máquinas a las almenas sobre naves, y otros pensaban navegar hacia los muros, y otros lanzaban desde los terraplenes contra los que se defendían por la ciudad. Los que estaban desde los muros se defendían con firmeza por la ciudad. Todo estaba lleno de cuerpos, restos de naves, armas y proyectiles, unos hundiéndose apenas, otros, cuando fueron arrastrados por la fuerza y se hundieron, siendo aligerados por la ola. Escudos de bárbaros flotaban en gran cantidad y bancos de naves siendo destrozados sobre ellos por las máquinas. Una multitud de proyectiles flotando casi ocupaba todo el espacio entre el muro y los terraplenes. El lago se había vuelto sangre, y alrededor del muro resonaban los lamentos de los bárbaros que no mataban de ninguna manera, pero que morían de muchas formas y eran heridos con diversas heridas.¿ Quién podría relatar dignamente lo que sucedía? Se lanzaba fuego a los escudos, y caían muchos de los soldados medio quemados, otros, huyendo de la llama, no evitaban el peligro de los proyectiles; sino que unos, aún nadando, heridos en la espalda, se hundían al fondo, otros, saltando de las máquinas antes de tocar el agua, siendo golpeados, no encontraron la salvación, sino una muerte más ligera.¿ Y quién podría considerar dignos de recuento y memoria a los que ni siquiera sabían nadar, pereciendo más ignominiosamente que los anteriores? El tiempo me faltará si quisiera recorrer todo uno por uno; pero basta con escuchar el resumen. El sol vio esta batalla, desconocida para los hombres en el tiempo anterior; esto demostró que la antigua arrogancia de los medos era un orgullo vacío; esto hizo más evidente que lo que nos parece conocido la magnitud de los preparativos de Jerjes, que hasta entonces se dudaba si, habiendo sido tan grandes, tuvieron un final vergonzoso y oprobioso. Él intentaba navegar y caminar luchando contra la naturaleza y, como pensaba, dominando la naturaleza de la tierra y el mar, era vencido por la sabiduría de un hombre griego y el vigor de soldados que no habían aprendido a vivir con lujo ni a servir, sino a ser gobernados libremente y a saber trabajar. Este, en cambio, inferior a los preparativos de aquel, pero más loco y superando a los Alóadas en su locura, casi habiendo decidido cubrir la ciudad con la montaña cercana, y lanzando corrientes de ríos y habiendo disuelto los muros, ni siquiera habiendo vencido a la ciudad sin muros tuvo de qué vanagloriarse, como Jerjes al lanzar la llama a Atenas. Y regresaba habiendo gastado cuatro meses de tiempo, llevando el ejército con muchas miríadas menos, y valoró la tranquilidad el que antes parecía insoportable, usando tu ocupación y la perturbación de los asuntos entre nosotros como baluarte de su propia salvación. Habiendo dejado estos trofeos y victorias en Asia, llevabas el ejército sin cansancio hacia Europa, habiendo decidido llenar toda la tierra habitada de trofeos.
23
Para mí basta con lo dicho anteriormente, aunque no tuviera nada más noble que decir sobre ti, para demostrar que superas en inteligencia y vigor a todos los que antes compartieron la misma fortuna que tú. Pues el haber rechazado sin sufrir la fuerza de los persas, sin perder ni ciudad ni fortaleza, ni siquiera un soldado de la lista, y haber puesto un final brillante al asedio, como nunca antes habíamos oído,¿ con qué acciones de los anteriores hay que comparar? La audacia de los cartagineses en los peligros se ha hecho famosa, pero terminó en calamidades; brillantes fueron los hechos en el asedio de Platea, pero los desgraciados usaron más bien las desgracias.¿ Qué necesidad hay de recordar Mesene y Pilos, que ni lucharon con firmeza ni fueron tomadas por la fuerza?¿ Y los siracusanos, al enfrentar a aquel sabio contra los preparativos de nuestra ciudad y contra el noble y bueno general, qué más ganaron?¿ Acaso no fueron tomados más vergonzosamente que los demás, y se conservaban como un hermoso recuerdo de la mansedumbre de los que los tomaron? Pero si quisiera enumerar todas las ciudades que no bastaron contra los preparativos inferiores,¿ cuántos libros crees que me bastarían? Y quizás sea digno de mencionar a Roma, que antaño usó tal fortuna, cuando los galos y celtas, creo, soplaron hacia lo mismo y se lanzaron contra ella como torrentes de repente. Pues tomaron aquella colina donde está erigida la estatua de Zeus; y habiéndose protegido con escudos y algo parecido a un muro, sin que los enemigos se atrevieran a acercarse por la fuerza, vencieron. Es digno comparar este asedio con el de hace poco por el final de la fortuna, puesto que por las acciones no se parece a ninguna de las que han ocurrido antaño. Pues,¿ quién conoció una ciudad rodeada por aguas, y rodeada por colinas desde fuera como con redes, y un río lanzado como una máquina, fluyendo continuamente y golpeando los muros, y las batallas por las aguas y todas las que han ocurrido por el muro derribado?
24
Para mí, pues, como dije, basta también esto; lo que queda es mucho más noble. Y tal vez no sea razonable, habiendo decidido una vez mencionar en la medida de lo posible todas tus acciones, estando aún en su apogeo, dejar la narración. Pues todo lo que gestionaste en Europa mientras aún estabas ocupado en las acciones que mencioné poco antes, enviando embajadas y gastando dinero y enviando los campamentos que estaban ocupados contra los escitas en Panonia, cuidando de que el anciano no fuera vencido por el tirano,¿ cómo podría alguien exponerlo en un discurso breve, incluso esforzándose mucho? Pero cuando, estando ya tú lanzado hacia la guerra, no sé por qué demonios, habiendo sido privado de la mente y el juicio, el que hasta entonces prometía permanecer como guardián fiel y siendo salvado por ti con dinero, campamentos y todo lo demás, acordó la paz con el más impío de todos los hombres y enemigo común de todos, cuantos se preocupan por la paz y aman la concordia por encima de todo, y privadamente tuyo más que de los demás; ni temiste la magnitud de los preparativos ni supusiste que la alianza de hombres infieles tuviera más valor que el juicio sensato. Y culpando, como es natural, a uno de deslealtad, y al otro, además de esto, de audacias de acciones impías e ilegales, a uno lo desafiaste a juicio y proceso ante los campamentos, y del otro supusiste que el juez era la guerra.
25
Pero cuando primero se encontró el noble y sensato anciano, cambiando más fácilmente que un niño lo que le parecía bien y olvidadizo de los beneficios recibidos después de la necesidad; y estaba presente trayendo falanges de soldados y filas de jinetes, como si, si no te convencía, fuera a obligarte a regresar de nuevo por el mismo camino sin haber hecho nada; no te asustaste en absoluto de que vieras al aliado y general que prometía permanecer como enemigo deseando gobernar en igualdad, aunque, siendo inferior en la multitud de los ejércitos, puesto que no todos le seguían, luchar contra el que vence en multitud es quizás audaz, pero supusiste que era totalmente peligroso, y habiendo vencido en la batalla debido al tirano salvaje que acechaba las ocasiones y los asuntos, deliberaste bien deseando que el logro fuera solo tuyo, y pasaste a la tribuna junto con el que hasta entonces era co- gobernante; y se reunía el pueblo de soldados brillando con las armas, extendiendo las espadas desnudas y las lanzas, espectáculo aterrador y terrible para el cobarde, pero beneficio noble para el valiente y audaz y para el que tú mismo has llegado a ser. Por tanto, cuando comenzaste a hablar, el silencio se apoderó del ejército, deseosos todos de escuchar; y las lágrimas brotaban a muchos, y extendían las manos hacia el cielo, haciendo esto también en silencio, para que nadie se diera cuenta. La benevolencia la mostraban unos incluso a través de la mirada, y todos por estar muy deseosos de escuchar las palabras. Estando en su apogeo el discurso, todos, entusiasmados con la palabra, aplaudían, luego, deseando escuchar de nuevo, guardaban silencio. Finalmente, persuadidos por las palabras, no solo lo llamaban rey, solo exigían que gobernara a todos, ordenaban que los guiara contra el enemigo, aceptaban seguir, exigían recuperar las insignias del imperio. Tú, en cambio, no creíste que debieras ni siquiera poner la mano ni arrebatar por la fuerza; él, aunque contra su voluntad y apenas, habiendo cedido sin embargo tarde, dicen, a la necesidad persuasiva de Tesalia, te lo acercó habiéndote quitado la púrpura.
26
¿ Qué clase de hombre has llegado a ser aquí, habiéndote convertido en un día en señor de tantos pueblos, campamentos y dinero, y habiendo arrebatado el imperio al enemigo, aunque no por las acciones, sino por el juicio, y habiendo dominado su cuerpo?¿ Acaso no te comportaste con él mejor y más justamente que Ciro con su abuelo, y conservaste los honores a los que estaban a su alrededor sin arrebatar nada a nadie, habiendo añadido, creo, dones a muchos?¿ Y quién te vio o muy sombrío antes de vencer o excesivamente alegre después de esto? Aunque,¿ cómo es digno elogiarte llamándote a la vez orador y general o rey bueno y noble soldado? Tú, que hace tiempo decidiste devolver al mismo estado el generalato que se había separado de la tribuna, imitando, creo, a Odiseo, a Néstor y a los generales romanos que tomaron Cartago, quienes siempre se hicieron más temibles desde la tribuna para los que cometían injusticias que para los enemigos en el despliegue. Pero a Demóstenes y a quienquiera que haya emulado a este, respetando la fuerza en las palabras, nunca me atrevería a comparar sus teatros con el modo de tu discurso. Pues no hablaban ante soldados ni arriesgándose por tantas cosas, sino por dinero, honor o gloria, o prometiendo ayudar a amigos, y se iban, creo, muchas veces de la tribuna, habiendo alborotado el pueblo, pálidos y temblando, como los generales cobardes de los enemigos que se despliegan a la vista. Y nadie podría decir que tal acción haya sido realizada por otro jamás y la adquisición de tantos pueblos desde un tribunal, además de que la justicia era contra un hombre que no era, como dicen muchos, despreciable, sino conocido por muchas campañas, anciano ya y que parecía haber añadido la experiencia por el tiempo y que había tenido la suerte de gobernar aquellos campamentos durante mucho tiempo.¿ Cuál fue, pues, el vigor de las palabras?¿ Cuál fue la persuasión que se posaba en los labios, que fue capaz de dejar el aguijón en las almas de hombres de toda clase reunidos, y proporcionar una victoria en magnitud comparable a las que se obtienen de las armas, pero santa y pura, como si un sacerdote fuera hacia Dios, y no un rey hacia la guerra, habiéndose convertido en obra? Aunque, ciertamente, los persas también cuentan una imagen de esta acción, muy inferior, que los hijos de Darío, habiendo muerto el padre, confiaron sus asuntos a la justicia sobre el imperio y no al juicio de las armas. Tú, en cambio, contra tus hermanos no tuviste ni una sola lucha ni en las palabras ni en las acciones; te alegrabas, creo, de que el cuidado fuera común contigo hacia ellos más que de ser tú solo señor de todos; contra el que no había hecho nada impío ni ilegal, pero que había parecido infiel en el juicio en las pruebas, que mostrarán su deslealtad.
27
A este discurso le sigue una brillante campaña y una guerra santa, no por un lugar sagrado, como oímos que se organizó la guerra focense en tiempos pasados, sino por las leyes, por la constitución y por el asesinato de diez mil ciudadanos, a quienes ya había eliminado, a quienes estaba a punto de eliminar y a quienes intentó capturar, temiendo, creo, que alguien lo considerara un ciudadano malvado y no un bárbaro por naturaleza. Pues las ofensas contra tu casa, al no ser menos graves que las que cometió contra el bien común, consideraste que no merecían menos atención; así es como los asuntos públicos te parecieron y te parecen más valiosos que los privados.¿ Es necesario, pues, recordar todas las ofensas que cometió tanto contra el bien común como en privado, habiendo matado a su propio amo? Pues era un esclavo de sus antepasados, un resto desafortunado del botín de los germanos que se había salvado; y, sin embargo, intentaba gobernarnos, a quien ni siquiera le correspondía ser considerado libre si no hubiera recibido esto de vosotros; y cómo encadenaba y mataba a los que estaban en el campamento, sirviendo vergonzosamente a la multitud y adulándola, corrompiendo la disciplina; y cómo establecía aquellas hermosas leyes, de pagar la mitad, amenazando con la muerte a los que desobedecieran, y que cualquier sirviente que quisiera pudiera ser delator; y cómo obligaba a quienes no tenían necesidad a comprar las propiedades reales. El tiempo me faltará para relatar sus ofensas y la magnitud de la tiranía que se apoderó de nosotros. Pero,¿ quién podría representar dignamente la fuerza de los preparativos para la guerra, que él dispuso contra los bárbaros, pero que utilizó contra nosotros?
28
Los celtas y los gálatas, pueblos que incluso para los antiguos resultaron difíciles de combatir, que a menudo habían irrumpido como un torrente irresistible contra los italianos y los ilirios, y que ya habían tocado Asia al vencer en combates armados, nos obedecieron a regañadientes, se inscribieron en las listas de los ejércitos y pagaron tributos brillantes, reclutados por tus antepasados y por tu padre. Disfrutando de una larga paz y de los bienes derivados de ella, al haber prosperado su país en riqueza y población, proporcionaron muchos soldados a tus hermanos, y finalmente, por la fuerza y no por voluntad, se unieron en masa a la campaña del tirano. Le seguían, por parentesco, como aliados muy entusiastas, los francos y los sajones, los más guerreros de los pueblos que habitan más allá del Rin y alrededor del mar occidental. Y toda ciudad y fortaleza vecina al Rin, despojada de sus guardias, fue entregada indefensa a los bárbaros, mientras que el ejército, brillantemente preparado, era enviado contra nosotros; toda ciudad gala parecía un campamento preparándose para la guerra; y todo estaba lleno de armas y de preparativos de caballería, infantería, arqueros y lanceros. Al confluir en Italia sus aliados de todas partes y unirse a los soldados que desde hacía tiempo estaban allí reclutados, nadie pareció tan audaz que no temiera ni se quedara estupefacto ante la tormenta que se avecinaba. Un rayo parecía a todos el que venía de los Alpes, un rayo insoportable en los hechos e inefable en palabras. A este temieron los ilirios, los peonios, los tracios y los escitas; este creyeron los habitantes de Asia que se dirigía contra ellos mismos; contra este se preparaban ya los persas para luchar por lo suyo. Pero él consideraba pequeñas las cosas presentes y que no costaría mucho esfuerzo vencer tu inteligencia y tu fuerza, y contemplaba las riquezas de los indios y el lujo de los persas; tanto le sobraba de insensatez y audacia por una ventaja totalmente pequeña sobre los exploradores, a quienes, tras tenderles una emboscada con todo el ejército, mató. Así, el tener éxito más allá del mérito ha sido a menudo para los insensatos el comienzo de mayores desgracias. Pues, elevado por esta buena fortuna, el desdichado, en su arrogancia, abandonó las posiciones fortificadas que preceden a Italia y se dirigió imprudentemente hacia los nóricos y los peonios, creyendo que necesitaba rapidez, pero no armas ni valentía.
29
Al comprender esto, retiraste el ejército de los terrenos difíciles, y él te seguía, creyendo que te perseguía y no que estaba siendo superado en estrategia, hasta que ambos llegasteis a la llanura. Al verse las llanuras ante Mursa, se formaron a ambos lados los jinetes en los flancos y la infantería en el centro; y tú, oh rey, teniendo el río a tu derecha, superando a los enemigos por el flanco izquierdo, los pusiste en fuga inmediatamente y disolviste la falange que ni siquiera estaba bien formada desde el principio, ya que un hombre inexperto en guerras y estrategia la había organizado. Él, que hasta entonces creía estar persiguiendo, sin siquiera llegar a entrar en combate, huía con firmeza, aterrorizado por el estruendo de las armas, sin escuchar sin miedo el peán enialio de los ejércitos que gritaban. Al disolverse su formación, los soldados, reagrupándose por compañías, volvieron a entablar el combate, avergonzados de ser vistos huyendo y de mostrar ante todos los hombres lo que hasta entonces parecía increíble: un soldado celta, un soldado de Galia, dando la espalda a los enemigos. Los bárbaros, desesperando del regreso si fracasaban, consideraban digno o vencer o morir tras haber hecho algo terrible a los enemigos. Los que estaban con el tirano tenían, pues, tanta audacia ante los peligros y tanta disposición para avanzar al encuentro. Pero los que habían tomado el control de la situación, avergonzándose unos de otros y del rey, incitados por los éxitos pasados y por las brillantes y hasta entonces increíbles hazañas que tenían entre manos, deseosos de poner un final digno a lo que habían hecho antes, soportaban alegremente todo esfuerzo y peligro. Así pues, apenas comenzaba el despliegue, reuniéndose de nuevo, demostraban actos de audacia y de noble espíritu, unos empujando con las espadas, otros agarrando los escudos, y cuantos jinetes eran arrojados por sus caballos heridos se transformaban en infantes pesados. Esto hacían los que estaban con el tirano, arremetiendo contra la infantería; y la guerra estaba igualada, hasta que los catafractos y el resto de la multitud de jinetes, unos disparando desde los arcos y otros lanzando sus caballos, mataban a muchos y perseguían a todos con firmeza, algunos de los cuales huían precipitadamente hacia la llanura, de los cuales la noche salvó a pocos con dificultad, mientras que el resto fue arrastrado hacia el río, siendo conducidos como una manada de bueyes o ganado.
30
Tanto disfrutó en vano aquel ejército de la cobardía del tirano, que no le sirvió de nada por su propia valentía. Pero tú erigiste un trofeo por la victoria más brillante que el de tu padre. Pues él, al frente de los que parecían invencibles, venció a un anciano desafortunado; tú, en cambio, sometiste la tiranía, que estaba en su juventud y en su apogeo, no solo por los males que cometió, sino más aún por su juventud, al enfrentarte con los ejércitos que tú mismo habías preparado. Pues,¿ quién de los emperadores anteriores puede decir que haya ideado y emulado tal fuerza de caballería y tal equipo de armas? En la cual, habiéndote ejercitado tú mismo primero, te convertiste en maestro para los demás en el uso de armas invencibles. Muchos que se atrevieron a hablar de ella fallaron en su valor, de modo que todos los que, tras escuchar los relatos, tuvieron la suerte de verlas, comprendieron claramente que los oídos eran más incrédulos que los ojos. Pues llevabas una multitud infinita de jinetes, como estatuas montadas sobre los caballos, a quienes se les habían ajustado las piezas a imitación de la naturaleza humana: desde las muñecas hasta los codos, y de allí hasta los hombros, y la coraza ajustada por piezas a lo largo del pecho y la espalda, el casco colocado sobre el rostro mismo, de hierro, proporciona la visión de una estatua brillante y resplandeciente, ya que ni las espinillas, ni los muslos, ni los pies quedan desprovistos de este equipo. Al estar ajustados a las corazas mediante unos tejidos hechos de anillos finos, no se vería ninguna parte del cuerpo desnuda, ya que incluso las manos están cubiertas por estos tejidos para seguir el movimiento de los dedos al doblarse. El discurso desea representar esto claramente, pero al quedarse corto, hace que quienes desean aprender algo más sean espectadores de las armas, y no oyentes de la narración sobre ellas.
31
Nosotros, una vez que hemos terminado la primera guerra, al declinar ya el otoño,¿ dejaremos aquí la narración?¿ O es digno dar el final de las obras a quienes lo anhelan? El invierno llegó y permitió al tirano escapar del castigo. Pero hubo proclamas brillantes y dignas de la magnanimidad real; se concedió amnistía a todos los que se habían alineado con el tirano, excepto si alguien había participado en sus asesinatos impíos; todos recuperaron sus casas, sus bienes y sus patrias, aquellos que ni siquiera esperaban ver nada de lo que les era más querido. Recibiste a la flota que regresaba de Italia, trayendo de allí a muchos ciudadanos que huían, creo, de la crueldad de los tiranos. Y cuando el momento exigió hacer campaña, de nuevo te alzaste terrible contra el tirano. Él, por su parte, se escudaba en los terrenos difíciles de los italianos y, habiendo escondido sus fuerzas en las montañas como una fiera, él mismo ni siquiera se atrevía a hacer campaña al aire libre. Habiéndose retirado a la ciudad cercana, lujosa y opulenta, pasaba el tiempo en festejos y placeres, creyendo que la dificultad del terreno le bastaría para su salvación. Siendo licencioso por naturaleza, pensaba que ganaba al entregarse a sus deseos en medio de tantos males, y estaba claro que confiaba demasiado en que su situación era segura, al estar Italia amurallada en círculo por las montañas, excepto en la medida en que el mar, al ser pantanoso y parecido a las marismas de los egipcios, lo hace inaccesible para un ejército de hombres enemigos que viaja en naves. Pero parece que la naturaleza no ha ideado ni un solo baluarte para la virtud y la templanza de un hombre contra los licenciosos y cobardes, preparando todo para ceder ante la prudencia que avanza con valentía; desde hace mucho tiempo nos descubrió las artes mediante las cuales llegamos a la abundancia de lo que antes parecía imposible, y en cada una de las obras lo que a muchos parecía imposible se realiza ante un hombre sensato. Lo cual, habiéndolo demostrado entonces con hechos, oh rey, con razón aceptarías los discursos sobre ello.
32
Pues tú mismo hacías campaña al aire libre, y esto estando cerca una ciudad no despreciable, y a los que hacían campaña no por orden, sino por lo que tú mismo hacías, los exhortabas; descubriste un camino desconocido para todos, y habiendo enviado una parte de la fuerza de infantería capaz de luchar, luego, cuando supiste claramente que estaban sobre los enemigos, tú mismo, tomando el ejército, los condujiste y, rodeándolos, los venciste a todos. Esto se hizo antes del amanecer, y se anunció antes del mediodía al tirano, que estaba sentado en competiciones ecuestres y festejos y no esperaba nada de lo que estaba ocurriendo. Quién hizo qué, y qué opinión tenía sobre lo que estaba pasando, y cómo, abandonando la ciudad, huyó de toda Italia, limpiándose de los asesinatos y de las injusticias anteriores, no sería objeto del presente discurso. Iba a hacer, tras obtener una breve tregua, nada menos que lo que había hecho antes. Así, ningún hombre impío ha encontrado purificación para la maldad del alma a través del cuerpo. Pues, al llegar a Galia, este bondadoso y legítimo gobernante se volvió tan cruel con él mismo que, si algún método de castigo más cruel se le había escapado antes, al encontrarlo, ofrecía como espectáculo agradable para sí mismo las desgracias de los miserables ciudadanos; atándolos vivos a un carro y soltándolos, ordenaba a los aurigas que los arrastraran, mientras él mismo estaba de pie y observaba lo que ocurría; y con algunas otras cosas similares, entreteniendo su alma, pasaba todo el tiempo, hasta que tú, como un vencedor olímpico, tras derribarlo en el tercer combate, lo obligaste a pagar el castigo digno de lo que se había atrevido, empujando a través de su pecho la misma espada que manchó con la sangre de muchos ciudadanos. De esta victoria, digo que nunca hubo una mejor ni más justa, ni por la cual el género humano común se alegrara más, liberado verdaderamente de tanta crueldad y amargura, y regocijándose ya por el buen gobierno, del cual disfrutamos hasta ahora y ojalá disfrutemos por más tiempo, oh providencia siempre buena.
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A mí, que anhelo tratar todos tus hechos, pero que me quedo corto, me concederás con razón, oh gran rey, perdón si no menciono las expediciones contra Cartago, preparadas desde Egipto y navegadas desde Italia contra ella, ni cómo conquistaste los montes Pirineos enviando un ejército por mar contra ellos, ni las muchas cosas que has hecho recientemente contra los bárbaros, ni si alguna otra cosa similar ocurrida hace tiempo ha pasado desapercibida para la mayoría. Pues también oigo que la ciudad de Antioquía se llama a sí misma con tu nombre a menudo. Pues lo es por su fundador, pero ya es rica y ha progresado hacia toda abundancia gracias a ti, al proporcionar puertos bien anclados a los que llegan; antes, ni siquiera navegar cerca parecía seguro ni libre de peligro; así estaban todas las cosas llenas de escollos y rocas sumergidas de este mar junto a las costas. Y no es digno ni siquiera mencionar los pórticos, las fuentes y todo lo que se ha hecho por ti a través de los prefectos. Pero,¿ quién podría enumerar todo lo que has añadido a la ciudad paterna, rodeándola de un muro en círculo que comenzó entonces, y colocando en seguridad eterna lo que parecía no estar seguro de los edificios? El tiempo me faltará para relatar cada una de estas cosas.
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Es digno considerar ya sobre todo lo dicho, si todo ha ocurrido con virtud y con la mejor disposición; pues a esto, al comenzar el discurso, consideré que debía prestar la mayor atención. Por tanto, cómo te comportaste con tu padre de manera piadosa y filantrópica, y cómo viviste en armonía con tus hermanos todo el tiempo, comenzando con entusiasmo y gobernando junto a ellos con sensatez, ya se ha dicho hace tiempo y ahora sea digno de memoria. Y quien haya considerado esto como una obra de pequeña virtud, que observe y alabe a Alejandro, hijo de Filipo, y a Ciro, hijo de Cambises. Pues el uno, siendo aún un joven muy tierno, estaba claro que no soportaría a su padre gobernando, y el otro le arrebató el poder a su abuelo. Y no hay nadie tan estúpido que no crea que tú, sin quedarte atrás de ellos en magnanimidad y en la ambición por las cosas bellas, te hayas comportado de manera tan contenida y sensata con tu padre y tus hermanos. Pues, habiendo ofrecido la fortuna el momento en el que era necesario reclamar el liderazgo de todos, fuiste el primero en lanzarte, a pesar de que muchos te disuadían e intentaban persuadirte de lo contrario; y habiendo gestionado muy fácilmente y con seguridad la guerra que tenías entre manos, decidiste liberar de la autoridad a los que habían sido capturados, estableciendo como pretexto de guerra contra ellos el más justo y el que nunca antes se había recibido. Pues ni siquiera es digno llamar civil a la guerra en la que un bárbaro era el líder, habiéndose autoproclamado rey y elegido general. Y no me es grato recordar a menudo sus ofensas y lo que hizo contra tu casa. Pero,¿ quién podría decir que hubo una acción más valiente que esta? En la cual estaba claro el peligro si fallabas en las obras; y no soportabas nada por amor a la ganancia ni comprando una gloria eterna, por la cual los hombres buenos a menudo se atreven a morir, entregando sus almas como si fueran dinero por la gloria, ni tampoco por el deseo de un poder mayor y más brillante, porque ni siquiera siendo joven te ocurrió desear esto, sino que, amando el bien mismo de la acción, pensabas que debías soportar todo antes que ver a un bárbaro romano reinando y siendo señor de las leyes y de la constitución, y haciendo las oraciones por los asuntos comunes, él, que es culpable de tantos actos impíos y asesinatos.
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Y la brillantez de los preparativos mismos y la magnitud de los gastos,¿ a quién no es capaz de asombrar? Aunque oigo que Jerjes, el que levantó a Asia contra los griegos, se preparó para aquella guerra durante no menos de diez años, y luego trajo, además de las mil trirremes, doscientas de estos mismos lugares, creo, de los cuales tú mismo, en ni siquiera diez meses completos, construiste y levantaste la flota, superándolo en número de naves; y con la fortuna ni siquiera es digno compararlo, ni con las obras. Y que no sea una tarea demasiado larga relatar la magnificencia en los demás gastos, ni te molestaré ahora enumerando cuántas cosas devolviste a las ciudades que antes estaban privadas de ellas. Pues todas son ricas gracias a ti, siendo antes necesitadas incluso de lo necesario, y cada uno de los hogares privados prospera gracias a la prosperidad común de las ciudades. Pero es digno recordar los dones a los particulares, llamándote rey liberal y generoso, tú que, a muchos que antes estaban privados de sus propias propiedades, habiendo caído el patrimonio paterno en desgracia por juicio y contra derecho, tan pronto como te hiciste señor, a unos, como un buen juez, corrigiendo los errores de los anteriores, les permitiste ser dueños de su propia sustancia, y a otros, siendo un juez equitativo, les devolviste lo que les habían quitado, pensando que la duración del tiempo bastaba como castigo para los que habían sufrido; y cuántas cosas, regalando tú mismo de tu casa, hiciste más ricos a muchos de los que antes se jactaban de la abundancia de dinero,¿ qué es necesario recordar ahora y parecer que pierdo el tiempo en cosas pequeñas? Además, siendo evidente para todos que ningún rey, excepto Alejandro, hijo de Filipo, fue visto distribuyendo tantas cosas a sus amigos. Pero para aquellos, la riqueza de los amigos parecía más sospechosa y temible que la fuerza de los enemigos, y otros, sospechando de la nobleza de los gobernados, maltrataban de todas formas a los bien nacidos o incluso eliminaban sus casas por completo, siendo los principales causantes de desgracias para las ciudades en común y de actos impíos para ellos mismos en privado. Y algunos ya no se abstuvieron de envidiar los bienes del cuerpo, digo la salud, la belleza y el bienestar; y la virtud del alma que surgía en alguno de los ciudadanos ni siquiera soportaban oírla, sino que era una ofensa, como el asesinato, el robo y la traición, el parecer que uno se reclamaba de la virtud. Y esto quizás dirá alguien que no son obras y acciones de reyes, sino de tiranos malvados y serviles. Pero aquel sentimiento que ya afectó no solo a los insensatos, sino a algunos hombres equitativos y mansos, el de molestarse porque los amigos tengan más y querer a menudo disminuirlos y quitarles lo que les corresponde,¿ quién se atrevió a decirlo bajo tu mando?
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Dicen que esto también le ocurrió a Ciro el persa, siendo yerno del rey, por parte del suegro, que se molestaba por el honor que la multitud le rendía al hombre, y Agesilao también estaba claramente molesto porque Lisandro fuera honrado entre los jonios. Superándolos, pues, a todos en virtud, hiciste que para los ricos el ser ricos fuera más seguro que para un padre con sus propios hijos, y te preocupas por la nobleza de los súbditos como fundador y legislador de toda la ciudad; y añadiendo mucho a los bienes de la fortuna, y regalando tú mismo mucho desde el principio, eres evidente al superar en magnitud los dones de los reyes, y en la firmeza de lo que una vez se ha dado, ocultando las gracias de los pueblos. Y esto, creo, ocurre muy razonablemente. Pues aquellos, por los bienes que saben que les faltan, envidian a los que los poseen, pero aquel para quien los bienes de la fortuna son brillantes y tales como no los tiene nadie más, y los de la elección son mucho más venerables que los de la fortuna, no hay nada que necesite para envidiar al que los posee. Lo cual, habiendo reconocido que te pertenece a ti más que a nadie, te alegras por los bienes de los demás, y te regocijan los éxitos de los súbditos; y por ellos, unas honras las has regalado, otras ya estás a punto de darlas, y por algunas estás deliberando; y no te basta con distribuir los cargos y las honras correspondientes a una sola ciudad, ni a un solo pueblo, ni a muchos a la vez a tus amigos; sino que, si no eligieras también un compañero de reino, por el cual, tras soportar tanto esfuerzo, has eliminado al género de los tiranos, no habrías considerado ninguna obra digna de tus propios éxitos. Y que no te lanzaste a esta decisión por necesidad más que por el placer de regalarlo todo, creo que ha quedado claro para todos. Pues de las luchas contra los tiranos no elegiste un compañero, pero del honor hiciste partícipe al que no compartió los esfuerzos, solo cuando ya nada parecía temible. Y de ella, ni siquiera un poco, está claro que has quitado, pero de los esfuerzos no consideras digno compartir ni siquiera un poco. Salvo si en algún lugar fuera necesario seguirte para hacer campaña por poco tiempo.¿ Es necesario, pues, también sobre esto añadir testigos y pruebas al discurso?¿ O es evidente por el que habla, que no introduce discursos falsos?
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Pero sobre esto ya no es digno perder más tiempo. Sobre tu templanza y prudencia, y cuánta benevolencia has infundido en los súbditos, quizás no sea extraño tratar brevemente. Pues,¿ quién de todos te desconoce, que has tenido desde niño tanto cuidado de esta virtud, como nadie más de los anteriores? Y de la templanza en los niños, el padre ha sido un testigo digno de crédito, al confiarte a ti solo la gestión de los asuntos del poder y los de tus hermanos, no siendo el mayor de sus hijos; y de la que hay en los hombres, todos nos damos cuenta, como un ciudadano que obedece las leyes, y no como un rey que gobierna las leyes, comportándote siempre con la multitud y con los que están en el poder. Pues,¿ quién te conoció pensando más alto por la fortuna?¿ Quién te vio exaltado por éxitos tan grandes y tales, ocurridos en poco tiempo? Pero dicen que Alejandro, hijo de Filipo, una vez que derribó el poder de los persas, no solo cambió el resto de su modo de vida hacia una mayor arrogancia y un desprecio muy gravoso para todos, sino que ya despreciaba incluso al que lo engendró y a toda la naturaleza humana. Pues exigía ser considerado hijo de Amón, y no de Filipo, y a cuantos de los que hicieron campaña con él no sabían adular ni servir, los castigaba más amargamente que a los vencidos. Pero,¿ es digno recordar aquí tu honor hacia tu padre? A quien no solo honrabas en privado, sino que siempre, en las asambleas comunes, continuabas proclamándolo como un buen héroe. Y a los amigos, pues los consideras dignos del honor no solo hasta el nombre, sino mucho más, confirmas el nombre sobre ellos a través de los hechos;¿ hay, pues, alguien que se queje de deshonor, o de castigo, o de daño, o de algún pequeño desprecio o mayor? Pero no podría decir de ninguna manera nada parecido. Pues de estos, unos, muy ancianos, habiendo permanecido en los cargos hasta el destino final de la vida, depositaron los cuidados de los asuntos comunes junto con sus cuerpos, transmitiendo los patrimonios a sus hijos, amigos o parientes; otros, renunciando a los esfuerzos y a las campañas, tras obtener una dispensa honorable, viven felices; algunos incluso han fallecido, siendo juzgados por la multitud como afortunados. Y en general, no hay ni uno solo que, una vez que fue considerado digno de este honor, aunque luego pareciera malvado, haya recibido un castigo pequeño o mayor; le bastó con haber sido apartado y no molestar más.
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Estando en todas estas cosas y habiendo llegado a ser tal desde el principio, has preservado pura tu alma de todo placer al que acompaña el oprobio, aunque sea pequeño. Y creo que tú solo, de los emperadores anteriores, y casi exceptuando a muy pocos y a todos los hombres, has proporcionado el ejemplo más hermoso no solo a los hombres para la templanza, sino también a las mujeres para la comunión con sus maridos. Pues todo lo que las leyes prohíben a aquellas, preocupándose de que los hijos nazcan legítimos, esto mismo prohíbe el discurso a los deseos bajo tu mando. Pero sobre esto, teniendo aún más que decir, lo dejo. Y no es nada fácil tratar el elogio digno de la prudencia, pero aun así hay que decir algo breve sobre ella. Pues las obras son, creo, más dignas de crédito que las palabras. Pues no es razonable que un poder y una fuerza tan grandes no hayan llegado a tal magnitud y belleza de acciones sin ser gestionados y controlados por una prudencia igual; y es de agradecer si, confiada solo a la fortuna sin prudencia, permanece por mucho tiempo. Pues florecer al acercarse a la fortuna por poco tiempo es fácil, pero preservar los bienes dados sin prudencia no es muy fácil, o más bien es quizás imposible. Y en general, si hay que decir una prueba evidente sobre esto, no nos faltarán muchos ejemplos conocidos. Pues suponemos que la buena deliberación encuentra lo mejor de los bienes y beneficios en las acciones. Es digno, pues, considerar sobre todo, simplemente, si esto no es una de las cosas que has hecho. Por tanto, donde había necesidad de armonía, te alegrabas de ser disminuido, y donde era necesario ayudar a los asuntos comunes, asumías la guerra con mucho entusiasmo. Y habiendo superado en estrategia el poder de los persas, los destruiste sin perder a ninguno de los infantes, y habiendo dividido la guerra contra los tiranos, venciste a uno con los discursos, y habiendo tomado el poder que estaba con él intacto y sin sufrir males, venciste más por la inteligencia que por la fuerza al causante de tantas desgracias para los asuntos comunes.
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Quiero decir esto más claramente para mostrar a todos en qué confiaste principalmente al entregarte a tales asuntos sin fallar en nada. Crees que la benevolencia de los súbditos debe ser el baluarte más seguro para el que gobierna. Pero obtener esto ordenando y mandando, como si fueran contribuciones y tributos, es totalmente irracional. Queda, pues, como tú mismo has comenzado, hacer el bien a todos e imitar la naturaleza divina entre los hombres; ser manso ante la ira, quitar la crueldad de los castigos y, creo, comportarse con equidad y buen juicio con los enemigos que han fracasado. Haciendo esto, admirando esto, ordenando a los demás que imiten esto, trasladaste a Roma, mientras el tirano aún controlaba Italia, a través del senado a Paionia, y tenías a las ciudades entusiastas por las liturgias. Y la benevolencia de los ejércitos,¿ quién podría relatarla dignamente? Una formación de jinetes se había trasladado antes del despliegue en Mursa, y cuando tomaste el control de Italia, listas de infantería y tributos brillantes. Pero lo que ocurrió poco después de la desafortunada muerte del tirano en Galia mostró la benevolencia común de todos los ejércitos, al despedazar repentinamente, como a un lobo, al que se envalentonaba como si estuviera en un desierto y se ponía la púrpura femenina. Y quienquiera que haya sido en esta acción, y cómo te comportaste con mansedumbre, con todos y con filantropía con sus conocidos, todos los que no fueron probados de haber colaborado con él, habiendo muchos delatores en la acusación, y ordenando solo sospechar de la amistad hacia él, yo pongo esto como el punto principal de toda virtud. Pues digo que se ha hecho con equidad, con justicia y mucho más con prudencia. Quien piense de otra manera, ha fallado tanto en la verdadera suposición sobre el asunto como en tu opinión. Pues era justo, como es razonable, que los que no fueron probados se salvaran, y no pensaste de ninguna manera que debieras construir amistades sospechosas y por ello evitables, elevado a tal magnitud por la benevolencia de los súbditos y por las acciones. Pero incluso al hijo del que se atrevió, siendo muy pequeño, no permitiste que participara en nada del castigo paterno. Así, tu acción, inclinándose hacia la equidad, es un signo de virtud perfecta.

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