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Panegyric on the Empress Eusebia
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Original / primary: Spanish Gemini
1
¿ Qué debemos pensar, pues, de aquellos que deben grandes favores, y más que grandes— no me refiero a oro ni plata, sino simplemente a cualquier beneficio que uno haya recibido de su prójimo— y que, lejos de intentar o siquiera considerar devolver tales favores, se muestran indolentes y negligentes a la hora de cumplir con lo posible y saldar su deuda?¿ Acaso no es evidente que debemos considerarlos viles y malvados? Pues creo que no odiamos menos la ingratitud que cualquier otro vicio, y reprochamos a los hombres cuando, tras haber sido beneficiados, se muestran ingratos con sus bienhechores. Y no es ingrato solo aquel que, tras recibir un bien, obra o habla mal, sino también quien calla y oculta, entregando al olvido y haciendo desaparecer los favores recibidos. De esa maldad bestial e inhumana, los ejemplos son muy pocos y fáciles de contar; pero muchos ocultan el hecho de haber sido beneficiados, no sé bien por qué motivo, aunque dicen que es para evitar la apariencia de una adulación servil y rastrera. Yo, sabiendo claramente que estos no dicen nada sano, los dejo pasar; que se queden con su supuesta evasión de la adulación, como ellos creen, mientras quedan expuestos a muchas pasiones y enfermedades vergonzosas y serviles. Pues o bien son demasiado insensibles al no comprender lo que de ninguna manera deberían ignorar, o bien, comprendiéndolo, son olvidadizos de lo que deberían recordar durante todo el tiempo. Y si, recordándolo, se retraen por cualquier motivo, son cobardes y envidiosos por naturaleza, y en suma, hostiles a todos los hombres, pues ni siquiera con sus bienhechores desean ser amables y afables; luego, si hay que injuriar o morder a alguien, miran con ira y agudeza como las fieras. Y como si evitaran un gasto costoso, no sé cómo, critican los elogios por las buenas acciones, cuando bastaría con examinar únicamente si honran la verdad y si valoran más esto que el parecer complacientes en sus alabanzas. Pues ni siquiera se puede decir que el elogio sea algo inútil, ni para aquellos en cuyo favor se ha hecho, ni para los demás que, habiendo alcanzado el mismo rango en la vida, se han quedado atrás en la virtud de las acciones. Para los primeros, es un sonido agradable que los hace más dispuestos a realizar obras bellas y sobresalientes; a los segundos, los impulsa, por persuasión y fuerza, a emularlas al ver que ni siquiera algunos de sus predecesores fueron privados de lo que es lo único que es noble dar y recibir públicamente. Pues dar dinero a la vista y cuidar de que el mayor número posible sepa lo que se ha dado es propio de un hombre sin tacto; pero nadie, ni siquiera extendiendo las manos, lo recibiría ante los ojos de todos, a menos que hubiera desechado por completo el pudor y la moderación de su carácter. Arcesilao, incluso al dar, intentaba que el receptor no se diera cuenta; pero aquel comprendía, por el acto mismo, quién era el autor. En cuanto a los elogios, es deseable encontrar tantos oyentes como sea posible, pero creo que es satisfactorio incluso con pocos. Sócrates, Platón y Aristóteles elogiaron a muchos; y Jenofonte, al escribir sus elogios, no ocultó ni al rey Agesilao ni a Ciro el Persa, no solo al antiguo, sino también a aquel con quien había hecho campaña contra el rey.
2
A mí me parece asombroso que, si elogiamos con entusiasmo a los hombres nobles y buenos, no consideremos a una mujer buena digna de elogio, suponiendo que la virtud les corresponde a ellas no menos que a los hombres. Pues si pensamos que ella debe ser sensata, inteligente, capaz de asignar a cada uno lo que merece, valiente ante los peligros, magnánima, generosa y, en una palabra, poseer todas estas cualidades,¿ vamos a privarla de los encomios por sus acciones por miedo a la crítica de parecer aduladores? Homero no se avergonzó de elogiar a Penélope ni a la esposa de Alcínoo, ni a ninguna otra que haya sido excepcionalmente buena o que haya participado aunque fuera un poco de la virtud. Por tanto, tampoco ella careció del elogio por este mismo motivo. Además,¿ recibiremos un beneficio y obtendremos algún bien, tanto pequeño como grande, de una mujer no menos que de un hombre, y dudaremos en devolver la gratitud por ello? Pero no sea que digan que incluso el pedir es ridículo y no digno de un hombre moderado y noble, y que el sabio Odiseo fue innoble y cobarde porque suplicó a la hija del rey mientras jugaba en el prado con sus compañeras vírgenes a orillas del río. No sea que tampoco se abstengan de la hija de Zeus, Atenea, de quien Homero dice que, habiéndose transformado en una doncella hermosa y noble, guió a Odiseo por el camino que llevaba al palacio, convirtiéndose en su consejera y maestra de lo que debía hacer y decir al entrar, como un orador consumado en su arte, cantando un encomio de la reina, comenzando desde su linaje. Los versos que tiene sobre esto son de este modo:« Encontrarás primero a la señora en el palacio, Arete es su nombre, nacida de los mismos padres que engendraron al rey Alcínoo». Y habiendo comenzado, creo, desde Poseidón, el origen del linaje, y contando todo lo que hicieron y padecieron, y cómo el tío la casó y honró, tras la muerte prematura de su padre, como ninguna otra es honrada sobre la tierra, y cuántos bienes recibe de sus queridos hijos y del propio Alcínoo, y además, creo, de los ancianos y del pueblo, que la miran como a una diosa cuando camina por la ciudad, puso fin a los elogios, deseables para hombre y mujer:« Pues ella misma no carece de buen juicio», diciendo cómo sabía juzgar bien a aquellos a quienes estima, y resolver con justicia las disputas que surgen entre los ciudadanos. Tras suplicarle, si la encontrabas bien dispuesta, dijo:« Entonces hay esperanza de ver a tus amigos y llegar a tu casa de techos altos»; y él se dejó convencer por el consejo.¿ Necesitaremos, pues, más imágenes y pruebas más evidentes para evitar la sospecha de parecer aduladores?¿ No imitaremos ya al sabio y divino poeta elogiando a la excelente Eusebia, deseando exponer un elogio digno de ella, pero contentándonos si logramos, aunque sea moderadamente, tantos y tan bellos hábitos? Y de los bienes que ella posee: sensatez, justicia, mansedumbre, moderación, amor por su esposo, magnanimidad en el dinero, y el honor hacia sus allegados y parientes. Corresponde, creo, siguiendo como huellas lo ya dicho, ordenar el elogio, devolviéndole el mismo, mencionando su patria, como es natural, y a sus padres, y cómo se casó y con quién, y todo lo demás de la misma manera que ellos.
3
Sobre su patria, aunque podría decir muchas cosas solemnes, creo que omitiré algunas por su antigüedad; pues parece no estar lejos de los mitos. Tal es lo que se dice de las Musas, que serían de Pieria, y no que llegaron desde el Helicón al Olimpo llamadas por su padre. Esto, y cualquier otra cosa similar, más propia del mito que del discurso, debe dejarse de lado; pero decir algunas cosas no conocidas por todos quizás no sea extraño ni ajeno al presente discurso. Pues dicen que los descendientes de Heracles, los hijos de Témeno, poblaron la tierra de los macedonios, quienes, habitando la parte argiva y estando en conflicto, pusieron fin a su disputa y rivalidad mutua mediante la colonización; luego, tras tomar Macedonia y dejar un linaje próspero, continuaron siendo reyes de reyes, sucediéndose en el honor como si fuera una herencia. Elogiarlos a todos, pues, no es ni verdadero ni, creo, fácil. Pero habiendo habido muchos hombres buenos que dejaron hermosísimos monumentos del modo de vida helénico, Filipo y su hijo superaron en virtud a todos los que antiguamente gobernaron Macedonia y Tracia, y creo que también a todos los de los lidios, medos, persas y asirios, excepto al hijo de Cambises, quien trasladó el reino de los medos a los persas. Pues el primero intentó aumentar el poder de los macedonios y, tras conquistar la mayor parte de Europa, estableció como límites el mar hacia el este y el sur, y desde el norte, creo, el Istro, y hacia el oeste la nación órica. Su hijo, a su vez, educado bajo el sabio de Estagira, superó tanto en magnanimidad a todos los demás y, además, superó a su propio padre en estrategia, audacia y otras virtudes, que consideraba que no valía la pena vivir si no dominaba a todos los hombres y a todas las naciones. Por tanto, recorrió toda Asia conquistándola, y fue el primero de los hombres en adorar al sol naciente; y cuando se disponía a ir a Europa para, tras conquistar lo que faltaba, ser señor de toda la tierra y el mar, el destino lo alcanzó en Babilonia. Y los macedonios gobernaban todo lo que habían adquirido bajo él, ciudades y naciones.¿ Es necesario, pues, demostrar con mayores pruebas que Macedonia fue ilustre y grande en el pasado? Y de ella misma, lo más fuerte es aquella ciudad que levantaron, tras la caída, creo, de los tesalios, con el nombre de la victoria sobre ellos.
4
Sobre esto ya no necesito decir más. Pero,¿ qué prueba más clara y evidente podríamos buscar sobre la nobleza? Pues es hija de un hombre considerado digno de ejercer el cargo que da nombre al año, antiguamente poderoso y llamado simplemente reino, pero que cambió de nombre debido a quienes no usaban correctamente el poder; ahora, cuando el poder ha disminuido, desde que las cosas del Estado han cambiado hacia la monarquía, el honor, despojado de todo lo demás, parece ser un contrapeso a todo poder, reservado para los particulares como un premio y recompensa a la virtud, la lealtad, alguna benevolencia y servicio hacia los gobernantes de todo, o una acción brillante, y para los reyes, además de los bienes que poseen, como una estatua y un adorno añadido. Pues de los otros nombres y cargos, cuantos conservan alguna imagen débil y tenue de aquella antigua constitución, o bien los despreciaron por completo debido al poder, o bien, aceptándolos, disfrutan de los títulos durante toda la vida; pero solo de este, creo, no despreciaron el origen, y se alegran de obtenerlo por un año; y no hay particular ni rey, ni lo ha habido, que no haya considerado envidiable ser llamado cónsul. Y si alguien supone que, porque aquel fue el primero y se convirtió en el iniciador del linaje en la gloria, tiene menos que los demás, se engaña profundamente y no comprende; pues creo que es mucho mejor y más solemne proporcionar un origen de tanta brillantez a los descendientes que recibirlo de los antepasados. Puesto que también es mejor ser fundador de una ciudad muy grande que ciudadano, y recibir cualquier bien es mucho menor que darlo. Pero los hijos parecen recibir de sus padres, y los ciudadanos de las ciudades, como puntos de partida para la gloria. Y quien devuelve a su vez, por sí mismo, a sus antepasados y a su patria un motivo de honor mayor, haciéndola más brillante y solemne, y a sus padres más ilustres, este no parece dejar a nadie una competencia en el discurso sobre la nobleza; y no hay quien diga que ha habido alguien mejor que él; pues de los buenos debe nacer un bueno. Y el que, siendo más ilustre que los ilustres, llega a lo mismo con la fortuna soplando a favor de la virtud, este no da a nadie motivo para dudar de si reclama legítimamente la nobleza.
5
Eusebia, de quien trata el discurso, es hija de un cónsul y esposa de un rey valiente, sensato, inteligente, justo, bueno, manso y magnánimo, quien, tras recuperar el reino que le pertenecía por herencia paterna, arrebatándoselo a quien lo había tomado por la fuerza, y necesitando matrimonio para la procreación de hijos que heredarán el honor y el poder, la juzgó digna de la unión, habiéndose convertido ya en señor de casi todo el mundo habitado. Y, sin embargo,¿ cómo podría alguien buscar un testimonio mayor que este? No solo sobre su nobleza, sino sobre todo, en suma, lo que creo que una mujer que se une a un rey tan grande debe aportar, como una dote traída de su casa, bienes, una educación recta, una inteligencia armoniosa, el vigor y la plenitud del cuerpo, y una belleza tal que las otras doncellas quedan ocultas, como creo que las estrellas brillantes, al ser iluminadas por la luna llena, ocultan su forma. Pues ninguna de estas cosas por sí sola parece bastar para la unión con un rey, pero todas juntas, como si algún dios estuviera moldeando una novia hermosa y sensata para un buen rey, habiéndose reunido, atrajeron al novio desde lejos, y no solo por los ojos, llevándolo a una gran prosperidad. Pues la belleza, privada de la ayuda del linaje y de los otros bienes, creo que ni siquiera a un particular desenfrenado puede convencer de encender la antorcha nupcial, pero ambas cosas juntas han concertado muchas veces el matrimonio, mientras que, si faltan la armonía y la gracia de las costumbres, no parecen muy deseables.
6
Sabiendo esto claramente, diría que el rey sensato, tras haber deliberado muchas veces, eligió el matrimonio, informándose, creo, de todo lo que debía saber de ella por el oído, y deduciendo su buen orden a partir de su madre; sobre la cual,¿ qué necesidad hay de perder el tiempo hablando, como si no tuviéramos un encomio propio de aquella de quien trata el discurso? Pero quizás sea mucho y laborioso decir o escuchar que su linaje es muy helénico, de los helenos más ilustres, y su ciudad la metrópolis de Macedonia, y su sensatez superior a la de Evadne, la de Capaneo, y a la de aquella tesalia Laodamía. Pues aquellas, al ser privadas de sus esposos, hermosos, jóvenes y aún recién casados, por la fuerza de demonios envidiosos o por los hilos de las Moiras, despreciaron la vida por amor; pero ella, cuando el destino alcanzó a su esposo legítimo, sentándose junto a sus hijos, se ganó tal fama de sensatez que, mientras Penélope aún vivía y su esposo vagaba, los jóvenes de Ítaca, Samos y Duliquio se acercaban a pretenderla, mientras que a ella ningún hombre hermoso, grande, fuerte o rico se atrevió jamás a acercarse para hablar de tales cosas; y el rey la juzgó digna de convivir con él, y celebró el matrimonio brillantemente tras los trofeos, agasajando a naciones, ciudades y pueblos.
7
Y si alguien desea escuchar cómo la novia era llamada desde Macedonia con su madre, y cuál era el modo de la procesión, de carros, caballos y vehículos de todo tipo trabajados con oro, plata y oricalco con el mejor arte, que sepa que desea escuchar cosas muy infantiles; pues, como creo, el arte de un buen citarista; sea, si quieres, Terpandro o aquel de Metimna, de quien dice la leyenda que, usando una procesión divina, obtuvo un delfín más amante de las musas que sus compañeros de viaje, y fue llevado al cabo de Laconia; pues encantaba, creo, a los desafortunados marineros con lo que él lograba con su arte, mientras que de ella misma no se preocupaban y no hacían ningún caso de la música; si, pues, alguien eligiera al mejor de aquellos dos hombres y, tras devolver el adorno corporal apropiado al arte, lo llevara a un teatro de hombres, mujeres y niños de todo tipo, diferentes por naturaleza, edad y otras ocupaciones,¿ no creerían que los niños y aquellos hombres y mujeres que son así, al mirar la vestimenta y la cítara, quedarían terriblemente asombrados ante la vista, mientras que los hombres más ignorantes y las mujeres, salvo muy pocos, juzgarían toda la multitud por el placer y el dolor de los sonidos, pero un hombre músico, que conoce bien las leyes del arte, no soportaría que las melodías se mezclaran vilmente por el placer, y se molestaría si corrompiera los modos de la música y si no usara las armonías debidamente ni siguiendo las leyes de la verdadera y divina música? Al ver que se mantiene en lo establecido y que no ha producido un placer falso, sino puro e inmaculado para los espectadores, se va elogiándolo y asombrado de que, con arte y sin ofender a las Musas, haya estado con el teatro. Pero piensa que el que elogia la púrpura y la cítara desvaría y es insensato; y si narra tales cosas con más detalle, adornando y suavizando con el lenguaje más dulce lo vil y innoble de los relatos, lo considera más ridículo que los que intentan tornear los granos de mijo, como creo que dicen de Mirmíquides, oponiéndose al arte de Fidias.
8
Por tanto, tampoco nosotros nos someteremos voluntariamente a estas acusaciones, cantando un largo catálogo de vestiduras costosas, regalos de todo tipo, collares y coronas del rey, ni cómo los pueblos salían a recibirla con alegría, ni cuántas cosas brillantes y envidiables ocurrieron y se consideraron en aquel camino. Pero, desde que entró en el palacio y fue digna de este título,¿ cuál fue su primera obra, y luego la segunda, y la tercera, y muchas otras desde entonces? Pues no creo que, si deseara hablar mucho y componer largos libros sobre esto, baste la multitud de obras que atestiguaron más brillantemente su prudencia, mansedumbre, sensatez, filantropía, moderación, generosidad y las otras virtudes, de lo que el presente discurso sobre ella intenta mostrar y enseñar a quienes ya conocían desde hace tiempo a través de las obras. Sin embargo, puesto que aquello resultó difícil, o más bien imposible, no es digno de silenciar por completo sobre todo, sino intentar expresar en la medida de lo posible sobre ellas, y hacer de su prudencia y de toda la otra virtud una señal, porque dispuso al esposo de tal manera respecto a sí misma, como es digno de una mujer hermosa y noble. De modo que yo, habiendo considerado muchas otras cosas de Penélope dignas de elogio, admiro esto sobre todo, que convenció al esposo de quererla y amarla mucho, despreciando, como dicen, matrimonios divinos, y no honrando menos el parentesco de los feacios. Y, sin embargo, todas estaban enamoradas de él, Calipso, Circe y Nausícaa; y sus palacios eran hermosísimos, con jardines y parques plantados en ellos con árboles muy frondosos y sombreados, y prados que brotaban con flores variadas y hierba suave;« y cuatro fuentes seguidas fluían con agua blanca»; y florecía alrededor de la casa una vid joven, creo que de la noble uva, cargada de racimos; y entre los feacios había otras cosas similares, salvo que eran más costosas, ya que, creo, eran poéticas y con arte, participaban menos de la gracia de las naturales y parecían menos deseables que aquellas. Y del lujo, la riqueza y, además, de la paz y tranquilidad en aquellas islas,¿ quién no creen que habría sido vencido, habiendo soportado tantos trabajos y peligros, y temiendo aún sufrir cosas peores, unas en el mar y otras en la propia casa, a punto de luchar solo contra cien jóvenes en la flor de la vida, lo cual ni siquiera le ocurrió a aquel en Troya? Si alguien, pues, preguntara a Odiseo bromeando de este modo:«¿ Por qué, oh sabio orador o estratega o como deba llamarte, soportaste voluntariamente tantos trabajos, pudiendo ser próspero y feliz, y quizás incluso inmortal si hay que creer en las promesas de Calipso, y tú, eligiendo lo peor antes que lo mejor, te has añadido tantos trabajos, sin querer siquiera permanecer en Esqueria, pudiendo allí, en algún lugar, cesar en tu errancia y librarte de los peligros; y tú decidiste hacer campaña en tu casa y realizar ciertos trabajos y otra partida no menos fatigosa ni más ligera que la anterior?».¿ Qué creen, pues, que él tendría que decir a esto?¿ Acaso no que, deseando estar con Penélope, supuso que los trabajos y las campañas le traerían relatos agradables? Por esto mismo, la madre le aconsejó recordar todo, tanto los espectáculos que vio como lo que escuchó,« para que después puedas contárselo a tu esposa», dice. Y él, sin olvidar nada, en cuanto llegó y venció con justicia a los jóvenes que celebraban en el palacio, le contaba todo de golpe, tanto lo que hizo como lo que soportó, y si es que pensaba realizar alguna otra cosa persuadido por los oráculos; y no le ocultaba nada, sino que la consideraba digna de ser partícipe de sus planes y de pensar y encontrar juntos lo que debía hacerse.¿ Les parece esto un pequeño elogio de Penélope, o acaso alguna otra, siendo esposa de un rey valiente, magnánimo y sensato, ha inspirado tal benevolencia de sí misma en el esposo, mezclando con el amor inspirado por los deseos la amistad que, como un flujo divino, se aporta a las almas buenas y nobles? Pues hay dos tinajas de amistad, de las cuales ella, habiendo bebido por igual, se convirtió en partícipe de sus planes y, siendo el rey manso por naturaleza, bueno y agradecido, lo exhorta más apropiadamente hacia lo que es natural y convierte la justicia en perdón. De modo que nadie podría decir a quién esta reina ha sido causa de castigo o pena, pequeña o grande, con justicia o sin ella.
9
En Atenas, pues, dicen que, cuando usaban las costumbres patrias y vivían obedeciendo sus propias leyes habitando una ciudad grande y poblada, si alguna vez los votos de los jueces resultaban iguales para los acusados frente a los acusadores, el voto de Atenea, añadido al que estaba a punto de perder el juicio, absolvía a ambos de la acusación, al que presentaba la denuncia de parecer un sicofante, y al otro, como es natural, de parecer culpable de la maldad. Esta ley, siendo filantrópica y elegante, ella la hace más suave al conservarse en los juicios que el rey juzga. Pues donde el acusado llega por poco a obtener el empate en los votos, ella convence, añadiendo su petición y súplica en su favor, de absolverlo por completo de la acusación. Y él concede voluntariamente tales cosas a un ánimo voluntario, y no, como dice Homero que Zeus, forzado por su esposa a aceptar lo que ella concedía, da voluntariamente a un ánimo involuntario. Y quizás no sea extraño conceder difícil y apenas tales cosas contra hombres insolentes y arrogantes. Pero ni siquiera, si algunos son muy aptos para sufrir mal y ser castigados, es necesario que estos perezcan por completo; lo cual, esta reina, comprendiéndolo, no ordenó infligir ningún mal, ni otra vez ni castigo ni pena, no ya a un reino o ciudad, sino ni siquiera a una sola casa de los ciudadanos. Y yo añadiría con confianza, muy bien, que no digo ninguna mentira, que ni siquiera en un solo hombre o una sola mujer se la puede acusar de una desgracia cualquiera, y los bienes que hace y ha hecho, y a quiénes, me gustaría enumerarles la mayoría contando uno por uno, cómo este disfruta del patrimonio paterno gracias a ella, aquel se libró del castigo, habiendo pagado a las leyes, otro evitó una sicofantía, habiendo estado cerca del peligro, y miles obtuvieron honor y cargo. Y esto no hay quien diga que miento, aunque no enumere a los hombres por su nombre. Pero dudo, no sea que parezca reprochar a algunos sus desgracias y no elogiar los bienes de ella, sino escribir un catálogo de las desgracias ajenas. Pero no proporcionar ninguna prueba de tantas obras ni llevarlas a la vista parece ser algo vacío y lleva a la incredulidad el elogio. Por tanto, dejando de lado aquello, diría ya lo que para mí es irreprochable decir y para ella es bello escuchar.
10
Pues desde que puso la benevolencia del esposo como el rostro más brillante, según el sabio Píndaro, al comenzar las obras, llenó inmediatamente de honor a todo el linaje y a los parientes, colocando a los ya conocidos y mayores en acciones más grandes y, habiéndolos hecho dichosos y envidiables, los hizo amigos del rey y les dio el comienzo de la fortuna presente. Pues incluso si a alguien le parecen, como es verdad, dignos por sí mismos, con ella, creo, añadiré el elogio; pues es evidente que no solo por la unión del linaje, sino mucho más por la virtud, parece otorgarlo; de lo cual no sé cómo alguien dirá un encomio mayor. Sobre estos ha ocurrido de tal manera. Pero a cuantos eran aún desconocidos por su juventud y necesitaban ser conocidos de cualquier modo, a estos les distribuyó honores menores. Y no dejó de beneficiar a todos. Y no solo a los parientes hizo tantos bienes, sino que la hospitalidad que supo que existía hacia los padres de ella, no la dejó sin provecho para quienes la habían adquirido, y honra, creo, también a estos como a parientes, y a cuantos consideró amigos de su padre, a todos les otorgó recompensas admirables de la amistad.
11
Yo, puesto que veo que el discurso necesita pruebas como en un tribunal, me ofreceré yo mismo ante ustedes como testigo y elogiador de estas cosas ante él; pero para que no se perturben sospechando mi testimonio antes de escuchar las palabras, les juro que no diré ninguna mentira ni invención; y ustedes habrían creído incluso sin juramento que no digo todo esto por adulación. Pues ya tengo, gracias a Dios y al rey, todos los bienes, y creo que ella misma también colabora, por lo cual uno que adulase dejaría pasar todas las palabras, de modo que, si hablara antes de esto, quizás debería temer la sospecha injusta; pero ahora, habiendo llegado a esta fortuna y recordando las obras de ella hacia mí, les ofreceré una señal de mi gratitud, y un testimonio verdadero de las obras de ella. Pues me entero de que también Darío, mientras aún era guardaespaldas del monarca de los persas, se encontró con el huésped samio cerca de Egipto mientras huía del suyo, y habiendo recibido una túnica púrpura como regalo, que deseaba mucho, devolvió más tarde la tiranía de los samios, cuando, creo, se convirtió en señor de toda Asia. Si, pues, yo mismo, habiendo recibido muchas cosas de ella, cuando aún era posible vivir en tranquilidad, y las más grandes gracias a ella del noble y magnánimo rey, confesara que me falta devolver lo mismo; pues tiene, creo, todo lo que recibió de aquel que también nos favoreció; pero al desear que la memoria de sus obras sea inmortal para ella y contarles esto a ustedes, quizás no pareceré más ingrato que el persa, si es que hay que juzgar mirando la intención, y no a quien la fortuna proporcionó devolver el beneficio multiplicado.¿ Qué es, pues, lo que digo haber recibido tanto bien y por qué confieso estar en deuda de gratitud con ella durante todo el tiempo? Están muy ansiosos por escuchar. Pero yo no lo ocultaré.
12
Pues este emperador, que ha sido para mí casi desde mi tierna infancia un protector bondadoso, superó toda ambición, rescatándome de peligros tan grandes que ni siquiera un hombre en la plenitud de su vigor podría eludir fácilmente, a menos que contara con una salvación divina e insuperable; luego, recuperó con justicia mi casa, que había sido ocupada como si estuviera en un desierto por uno de los poderosos, y me devolvió la riqueza. Podría contarles otras acciones suyas hacia mí que merecen mucha gratitud, por las cuales, habiéndome mostrado siempre leal y fiel hacia él, no sé por qué causa sentí hace poco que se mostraba más severo. Ella, sin embargo, en cuanto escuchó no el nombre de ninguna falta, sino de una sospecha vana y sin fundamento, exigió que se investigara y que no se aceptara ni se diera crédito a una calumnia falsa e injusta, y no dejó de insistir hasta que me llevó ante la presencia del emperador y logró que fuera escuchado; se alegró conmigo cuando fui absuelto de toda acusación injusta y, cuando deseé regresar a casa, me proporcionó un viaje seguro, tras convencer primero al emperador de que me lo permitiera. Pero, ya fuera por un espíritu, que me parece que había urdido los sucesos anteriores, o por alguna coincidencia extraña que truncó aquel viaje, me envió a inspeccionar Grecia, habiendo solicitado esto al emperador en mi favor cuando ya estaba de partida, pues se había enterado de que me deleitaban las letras y comprendía que aquel lugar era propicio para la formación. Yo, entonces, y por primera vez, como es natural, le rogué a Dios que le concediera muchos bienes, porque me permitieron ver la patria que tanto anhelaba y amaba; pues nosotros, los que habitamos en torno a Tracia y Jonia, somos descendientes de Grecia, y cualquiera de nosotros que no sea demasiado ingrato anhela saludar a sus padres y abrazar la tierra misma. Esto, en efecto, era para mí desde hace mucho tiempo, como es natural, un anhelo, y prefería que esto se me concediera antes que mucho oro y plata. Pues afirmo que el encuentro con hombres buenos, al ser sopesado frente a cualquier cantidad de oro, inclina la balanza y no permite al juez sensato detenerla ni siquiera un poco.
13
¿ Qué nos ha sucedido, pues?¿ Y qué discurso pretendemos concluir ahora, si no es el elogio de la querida Grecia, de la cual no es posible hacer mención sin admirarlo todo? Pero tal vez alguien, al recordar lo anterior, dirá que no queremos exponer esto desde el principio, sino que, al igual que los coribantes, que son incitados por las flautas a bailar y saltar sin razón alguna, nosotros también, movidos por el recuerdo de nuestra infancia, nos hemos puesto a cantar un encomio de la tierra y de sus hombres. A este hay que responderle de la siguiente manera: oh, hombre divino, guía de una técnica verdaderamente noble, concibes algo sabio al no permitir ni dejar que uno se aparte ni un poco de lo que se elogia, ya que tú mismo, creo, haces esto con técnica. Pero a nosotros, este amor, que tú dices ser la causa del desorden en mis palabras, una vez que ha surgido, creo que nos exhorta a no vacilar demasiado ni a temer las acusaciones. Pues no nos ocupamos de discursos ajenos al querer mostrar cuántos bienes nos han sobrevenido por honrar el nombre de la filosofía. Y esto, no sé de qué manera, al haberme sobrevenido y al haber amado profundamente la tarea y haberme enamorado terriblemente del asunto, pero al haberme quedado, no sé cómo, solo con el nombre y un discurso desprovisto de la obra, ella honraba incluso el nombre; pues no encuentro otra causa, ni puedo enterarme de otra, por la cual se haya mostrado tan dispuesta a ayudarme, a protegerme y a salvarme, esforzándose con mucho trabajo para que la benevolencia del noble emperador permaneciera intacta e incólume hacia nosotros, bien del cual nunca consideré que hubiera otro mayor entre los humanos, ni el oro sobre la tierra o bajo ella, ni la cantidad de plata que existe ahora bajo los rayos del sol, y si alguna otra se añadiera, transformándose las montañas más grandes, creo, con sus mismas rocas y árboles en esta naturaleza, ni el poder más grande ni ninguna otra cosa de todas; pues de ella me han venido estos bienes, muchos y tantos como nadie habría esperado, sin que yo necesitara mucho ni me alimentara con tales esperanzas. Pero la benevolencia verdadera no se puede cambiar por oro, ni nadie podría comprarla con él, sino que sobreviene por un destino divino y superior cuando los hombres buenos se esfuerzan juntos. Esto, en efecto, me sucedía por parte del emperador cuando era niño, según la voluntad de Dios, y cuando estaba a punto de perderse, se salvó de nuevo gracias a que la emperatriz me defendió y rechazó las sospechas falsas y extrañas. Cuando ella disolvió todo esto, usando como prueba evidente mi propia vida, y llamándome el emperador de nuevo desde Grecia,¿ acaso lo dejó ahí, como si ya no necesitara mucha ayuda, al no haber nada difícil ni sospechoso de por medio?¿ Y cómo podría obrar piadosamente silenciando y ocultando cosas tan evidentes y venerables? Pues, al confirmarse esta opinión del emperador sobre mí, ella se alegraba extraordinariamente y se unía al coro, exhortándome a tener confianza y a no rechazar el recibirla por miedo a la magnitud de lo que se me daba, ni a deshonrar con una franqueza ruda y obstinada la petición necesaria de quien tanto bien había hecho. Yo obedecía, no porque soportara esto con mucho gusto, sino porque sabía que era muy difícil desobedecer. Pues aquellos a quienes les es permitido hacer lo que quieran por la fuerza, seguramente les basta con pedir para persuadir y convencer.
14
Por tanto, puesto que, al haber cedido y cambiado mi vestimenta, mi cuidado, mis ocupaciones habituales, e incluso mi propia morada y mi dieta, todo se llenó de pompa y solemnidad, partiendo de lo pequeño y humilde que era antes, mi alma se perturbaba por la falta de costumbre, no porque me quedara atónito ante la magnitud de los bienes presentes; pues, por ignorancia, casi ni siquiera consideraba que fueran grandes, sino fuerzas que, si se usan correctamente, son muy útiles, pero que, si se yerra en su uso, son perjudiciales y causan innumerables desgracias a casas y ciudades. Y me sentía de forma parecida a un hombre que no tiene ninguna experiencia en el arte de conducir carros y que ni siquiera ha querido aprender este arte, y luego se ve obligado a llevar el carro de un auriga noble y hermoso, que cría muchas yuntas y, creo, muchos caballos de cuatro en carro, y que los monta todos, pero que, debido a la nobleza de su naturaleza y a su fuerza sobresaliente, tiene, creo, las riendas de todos con firmeza, aunque camine sobre un solo estribo, sin permanecer siempre en él, sino trasladándose a menudo de aquí para allá y cambiando de carro en carro, si alguna vez nota que los caballos están fatigados o se han vuelto insolentes, y que en estos carros posee un tiro de cuatro que, por ignorancia y audacia, se vuelve insolente, presionado por el continuo esfuerzo y sin olvidar en absoluto su audacia, volviéndose salvaje y siempre irritado por las desgracias, hasta el punto de volverse más insolente, desobediente y resistente, sin aceptar caminar de ninguna manera, a menos que vea al auriga mismo enfadado hasta el final o, al menos, a un hombre que vista el atuendo de auriga; así de irracional es por naturaleza. Él, creo, para consolar su insensatez, puso a un hombre, dándole tal vestimenta y revistiéndolo con la figura de un auriga solemne y experto, quien, si fuera completamente insensato y necio, se alegra y se regocija y se eleva como si las ropas fueran alas, pero si participara aunque fuera un poco de sensatez y de una mente prudente, se cuidaría mucho de no herirse a sí mismo y de no llevar los carros, y de no ser causa de daño para el auriga y de una desgracia vergonzosa y sin gloria para sí mismo. Esto pensaba yo, deliberando de noche y examinando durante el día conmigo mismo, estando siempre pensativo y sombrío. Pero el noble y verdaderamente divino emperador eliminaba siempre algo de mis sufrimientos, honrándome y favoreciéndome con obras y palabras. Finalmente, me ordena saludar a la emperatriz, dándome confianza y proporcionándome una señal muy noble de que confiaba plenamente en mí. Yo, cuando llegué por primera vez a su presencia, me parecía ver una estatua de la prudencia establecida como en un templo; el pudor se apoderó de mi alma, y mis ojos estuvieron clavados en el suelo durante bastante tiempo, hasta que ella me ordenó tener confianza. Y dijo:« Lo que ya tienes de nosotros, lo tendrás también con la ayuda de Dios, solo si te vuelves fiel y justo con nosotros». Eso fue casi todo lo que escuché; pues ni ella misma pronunció más, y eso sabiendo que no se pueden anunciar palabras más mediocres que las de los oradores nobles. Al retirarme de este encuentro, me quedé muy admirado y atónito, pareciéndome haber escuchado claramente a la prudencia misma hablando; tan suave y dulce era su voz, establecida en mis oídos.
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¿ Desean, pues, que anunciemos detalladamente las obras posteriores y todos los bienes que nos hizo?¿ O que, tomando lo que sigue en conjunto, como ella misma hizo, lo contemos todo a la vez? A cuántos de mis conocidos hizo bien, y cómo concertó mi matrimonio junto con el emperador. Ustedes, tal vez, anhelan escuchar también la lista de los regalos, siete trípodes incombustibles, diez talentos de oro y veinte calderos. Pero no tengo tiempo para charlar sobre tales cosas; sin embargo, quizás no sea desagradable recordar para ustedes uno de sus regalos, del cual creo que yo mismo me he alegrado de manera especial; pues libros de filósofos, de buenos escritores, de muchos oradores y poetas, dado que traía muy pocos de casa, entretenido por la esperanza y el deseo de regresar a casa lo más pronto posible, me dio tantos de golpe que sació mi deseo, que estaba muy insaciable de la compañía de aquellos, y convirtió a la Galia y a la tierra de los celtas en un museo helénico gracias a los libros. Sentado continuamente ante estos regalos, si alguna vez tengo tiempo libre, no hay forma de que me olvide de quien me los regaló; sino que incluso cuando estoy en campaña, me sigue siempre algo como un viático de la expedición, compuesto hace mucho tiempo por quien lo vio por sí mismo. Pues muchos recuerdos de la experiencia de los antiguos, escritos con arte, ofrecen a los que han errado por su edad una imagen clara y brillante de lo que se hizo antaño, por la cual muchos jóvenes han adquirido una mente y un juicio más canosos que los de innumerables ancianos, y han dado a los jóvenes no perezosos lo que parece ser el único bien que existe para los hombres a partir de la vejez: la experiencia, gracias a la cual el anciano tiene algo que decir más sabio que los jóvenes. Y hay, creo, en ellos también una pedagogía hacia un carácter noble, si uno supiera, como un artesano que se propone a los mejores hombres, palabras y acciones como arquetipos, moldear ya su propia mente hacia esto y asimilar las palabras. Si uno no se quedara muy lejos de ellos, y alcanzara aunque fuera un poco de semejanza, no se beneficiaría poco, sepan bien. Esto, que yo mismo reflexiono a menudo, lo convierto en un juego no carente de musas y, estando en campaña, quiero llevar esto como si fueran alimentos necesarios; y la medida de la cantidad de lo que se lleva es el tiempo.
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Pero tal vez no sea el momento de escribir ahora el elogio de aquellos, ni cuántos bienes podrían sobrevenirnos de ahí, sino de comprender cuánto vale el regalo para pagar una gratitud que quizás no sea ajena a lo que fue dado por quien lo regaló. Pues no es injusto cantar un elogio a quien ha recibido los tesoros de palabras ingeniosas y de todo tipo que están en los libros, mediante palabras pequeñas y mediocres, compuestas de manera demasiado privada y ruda. Pues no dirás que es un agricultor agradecido aquel que, al comenzar a plantar el plantío, pedía sarmientos a sus vecinos, luego cuidaba las vides con azadón y después con legón, y finalmente con una caña, con la que debe estar atada y apoyada la vid, para que ella misma se sostenga y los racimos colgados no toquen en ninguna parte el terrón, y que, habiendo obtenido lo que necesitaba, se saciara solo de la gracia de Dioniso sin compartir ni los racimos ni el mosto con aquellos que estuvieron dispuestos a ayudarlo en la agricultura. Por tanto, tampoco dirás que es un pastor de rebaños, de vacadas o de cabras, decente, bueno y agradecido, aquel que en invierno, cuando sus animales necesitaban refugio y pasto, encontraba a sus amigos muy dispuestos, proporcionándole muchos de ellos y compartiendo alimento abundante y albergues, pero que, al aparecer la primavera y el verano, olvidándose muy noblemente de los beneficios recibidos, no comparte ni la leche ni los quesos ni ninguna otra cosa con aquellos por quienes se salvaron sus animales, que de otro modo habrían perecido. Quien, pues, alimenta palabras de cualquier tipo, siendo él mismo joven y necesitado de muchos guías, y de mucho alimento puro proveniente de los escritos antiguos, y luego se viera privado de todo de golpe,¿ les parece a ustedes que necesita poca ayuda o que quien colabora en esto se ha hecho digno de poco para él?¿ Y tal vez no hay que intentar pagarle gratitud por su disposición y sus obras?¿ Pero acaso hay que imitar a aquel Tales, el colmo de los sabios, de quien hemos escuchado lo que se elogia? Pues, preguntándole alguien cuánto salario debía pagar por lo que aprendió, dijo:« Al confesar que aprendiste algo de mí, me pagarás el valor». Por tanto, también quien no ha sido maestro él mismo, pero ha contribuido en algo al aprendizaje, sería injustamente tratado si no obtuviera la gratitud y el reconocimiento por lo dado, que el sabio parece exigir. Sea. Pero este es un regalo elegante y venerable; pues oro y plata ni necesitaba yo recibir ni querría molestarlos a ustedes gustosamente por esto.
17
Quiero decirles un discurso que es muy digno de ser escuchado por ustedes, si no estamos agotados por la longitud de la charla; aunque tal vez ni siquiera hayan escuchado con placer lo dicho, al ser palabras de un hombre privado y muy ignorante, que no sabe inventar ni usar artificios, sino que cuenta la verdad como le viene; y el discurso es casi sobre los asuntos presentes. Pues dirán, creo, muchos, persuadidos por los dichosos sofistas, que anuncio ante ustedes cosas pequeñas y mediocres como si fueran algo solemne. Y esto quizás no lo dirían por rivalizar con mis palabras ni por querer quitarme la gloria que tengo por ellas; pues saben claramente que no quiero ser rival de sus discursos al presentar los míos, ni quiero enemistarme con ellos de otra manera; pero no sé de qué manera, al ansiar por todas partes decir cosas grandes, se muestran hostiles hacia los que no emulan las suyas y los acusan de destruir la fuerza de los discursos. Pues dicen que las únicas obras dignas de emulación y de estudio y de muchos elogios son aquellas que, por su magnitud, han parecido increíbles a algunos, como las que se cuentan sobre aquella mujer de Asiria, que, desviando como un arroyo insignificante el río que fluía a través de Babilonia, construyó palacios hermosísimos bajo tierra y los dejó de nuevo sobre los terraplenes. Pues sobre ella hay mucho discurso, como que luchó en el mar con tres mil naves, y que en tierra firme se enfrentó llevando trescientos miríadas de hoplitas, y que construyó el muro en Babilonia de quinientos estadios, faltando poco, y dicen que las excavaciones en torno a la ciudad y otras construcciones costosas y dispendiosas fueron obras suyas. Nitocris, y más joven que ella Rodoguna y Tomiris y una multitud innumerable de mujeres que se comportan como hombres fluyen de manera no muy decorosa. Y algunas, que se hicieron notables y famosas por su belleza, no muy afortunadamente, puesto que parecen haber sido causa de disturbios y largas guerras para innumerables naciones y hombres, tantos como era natural reunir de un país tan grande, son celebradas como causas de grandes acciones. Pero quien no tiene nada que decir así, parece ser objeto de burla, ya que no intenta en absoluto asombrar ni hacer prodigios en sus discursos.¿ Desean, pues, que les preguntemos si alguno de ellos desea que su esposa o su hija sea así más que Penélope? Y sin embargo, sobre ella Homero no tuvo nada más que decir que su prudencia, su amor por su esposo y su cuidado por su suegro y su hijo; y no le importaban a ella ni los campos ni los rebaños; y es natural que ni en sueños se le ocurriera nunca la estrategia o la oratoria; sino que, incluso cuando tenía que hablar ante los jóvenes, cubriéndose las mejillas con velos brillantes, hablaba suavemente. Y no creo que Homero, por no tener obras tan grandes ni mujeres famosas por ellas, la haya elogiado de manera especial; al menos le era posible, habiendo narrado con mucha ambición la expedición de la amazona, llenar toda la poesía de tales relatos capaces de deleitar y entretener muy bien. Pues no es que pensara introducir en la poesía, queriendo decir algo nuevo, la toma de un muro, el asedio y lo que parece ser una especie de batalla naval, la guerra junto a los astilleros, y la batalla de un hombre y un río sobre ella; esto, si fuera, como dicen, lo más solemne, lo habría dejado pasar con tanta negligencia.¿ Qué causa podría decir uno, pues, de que elogie a aquella con entusiasmo y de que no mencione ni un poco a estas? Que gracias a la virtud y prudencia de aquella, suceden muchos bienes tanto a los hombres en privado como en común, y que de la ambición de estas no hay beneficio alguno, sino desgracias irreparables. Siendo, creo, un poeta sabio y divino, juzgó que este elogio era mejor y más justo.¿ Acaso, pues, sigue siendo apropiado temer, al tomar a una guía tan grande, que alguien suponga que son pequeñas y mediocres?
18
Yo les presentaré también a aquel noble orador Pericles, el grande, el Olímpico, como buen testigo. Pues dicen que el pueblo, rodeando al hombre, se repartía los elogios, uno porque tomó Samos, otro porque Eubea, algunos ya por haber circunnavegado el Peloponeso, y estaban los que recordaban los decretos, y otros la ambición hacia Cimón, que parecía ser un buen ciudadano y un noble estratega. Él, sin embargo, no se mostraba ni molesto ni alegre ante esto, sino que consideraba digno de elogio de sus actos políticos el que, habiendo sido tutor del pueblo ateniense durante tanto tiempo, no fue causa de muerte para nadie, ni ningún ciudadano que vistiera un manto negro dijo que Pericles fuera causa de esa desgracia para él.¿ Acaso, por Zeus amigo, les parece que necesitamos otro testigo de que el mayor signo de virtud y lo más digno de todos los elogios es no matar a ninguno de los ciudadanos, ni quitarles sus bienes, ni condenarlos a un destierro injusto? Y quien, habiéndose enfrentado a tales desgracias como un médico noble, no consideró en absoluto suficiente para sí el no haber sido causa de enfermedad para nadie, sino que, si no curaba y trataba todo lo posible, no consideraba ninguna obra digna de su arte,¿ les parece a ustedes que merece los mismos elogios con justicia? Y no preferiremos ni el modo ni el poder, gracias al cual le es posible hacer lo que quiera,¡ y quiere el bien para todos! Esto lo considero el colmo de todo elogio, sin carecer de otros relatos que parecen ser maravillosos y brillantes.
19
Pues si alguien sospechara que el silencio sobre los demás es una pretensión vana, una arrogancia vacía y obstinada, no sospechará, supongo, que la estancia que hizo hace poco en Roma, cuando el emperador estaba en campaña cruzando el Rin con puentes y naves cerca de los límites de la Galia, sea falsa y fingida. Era posible, pues, como es natural, al narrar esto, mencionar al pueblo y al senado, cómo la recibían con alegría, saliendo a su encuentro con entusiasmo y saludándola como es ley para una emperatriz, y enumerar la magnitud de los gastos, como liberal y magnífica, y la suntuosidad de los preparativos, y cuánto distribuyó de las tribus a los supervisores y centuriones de la multitud. Pero a mí nunca me pareció nada de esto digno de emulación, ni quiero elogiar la riqueza antes que la virtud. Aunque no se me oculta que el gasto liberal de dinero participa de algo de virtud; pero creo que es mejor la equidad, la prudencia, la sabiduría y todo lo demás que, al decir sobre ella, presentaba a muchos otros, pero sobre todo a mí mismo ante ustedes y a lo que se hizo conmigo como testigo. Si, pues, otros intentaran emular mi gratitud, tiene ya y tendrá muchos que la elogien.

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