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To the Uneducated Cynics
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Original / primary: Spanish Gemini
1
« El mundo al revés», como dice el proverbio. Un hombre cínico llama vanidoso a Diógenes y no quiere bañarse con agua fría, a pesar de ser muy robusto de cuerpo, vigoroso y estar en la plenitud de su edad, para no contraer ningún mal, y esto precisamente cuando el dios se acerca ya a los solsticios de verano. Pero también se burla de que coma pulpo y dice que Diógenes ha pagado suficientes penas por su insensatez y vanidad, habiéndose corrompido por el alimento como si fuera cicuta. Tan lejos se aleja de la sabiduría que sabe claramente que la muerte es un mal. El sabio Sócrates suponía que esto se ignoraba, y también Diógenes después de él. Dicen, al menos, que cuando Antístenes estaba enfermo de una enfermedad larga y difícil de sobrellevar, Diógenes le entregó un puñal diciendo:« Si necesitas el servicio de un amigo». Así, aquel no consideraba que la muerte fuera nada terrible ni doloroso. Pero nosotros, que hemos recibido el cetro de ellos, sabemos por una sabiduría mayor que la muerte es un mal, y decimos que estar enfermo es más terrible que la muerte misma, y que tener frío es más penoso que estar enfermo. Pues el que está enfermo a veces es tratado con delicadeza, de modo que la enfermedad se convierte en un verdadero lujo, sobre todo si es rico. Por Zeus, yo mismo he visto a algunos viviendo con más lujo en sus enfermedades que estos mismos cuando están sanos; y, sin embargo, incluso entonces vivían espléndidamente. De ahí que me viniera a la mente decir a algunos de mis compañeros que para estos habría sido mejor ser esclavos que amos, y ser más pobres que el lirio que ser ricos como lo son ahora. Pues así habrían dejado de estar enfermos y de vivir con lujo al mismo tiempo. Ciertamente, algunos consideran un bien el estar enfermo y ser atendido con lujo; pero¿ acaso el hombre que soporta el frío y aguanta el calor no vive de forma menos miserable que los que están enfermos? Al menos, sufre sin consuelo.
2
Vengamos, pues, y expongamos en común todo lo que hemos oído de los maestros sobre los cínicos, para que lo examinen aquellos que se acercan a este modo de vida. Si se convencieran de ello, sé bien que los que ahora intentan practicar el cinismo no serán peores; pero si, desobedeciendo, practicaran algo brillante y solemne, superando con sus obras, no con sus palabras, nuestro discurso, nuestro razonamiento no supondrá ningún obstáculo. Pero si, por glotonería o molicie o, para decirlo en resumen, esclavizados por el placer corporal, despreciaran las palabras y se rieran de ellas, tal como a veces los perros orinan en los propileos de las escuelas y los tribunales, a Hipoclides no le importa; pues a nosotros tampoco nos preocupan tales faltas de los perrillos. Vengamos, pues, y recorramos el discurso desde el principio en capítulos, para que, al asignar a cada cosa lo que le corresponde, nosotros mismos realicemos más fácilmente lo que nos propusimos y te lo hagamos a ti fácil de seguir. Por tanto, dado que el cinismo resulta ser una especie de filosofía, no la más vil ni la más despreciable, sino comparable a las mejores, debemos decir unas pocas palabras antes sobre la filosofía misma.
3
El don de los dioses a los hombres, enviado a través de Prometeo junto con el fuego más brillante desde el sol, junto con la parte de Hermes, no es otra cosa que la distribución de la razón y el intelecto. Pues Prometeo, la providencia que supervisa todas las cosas mortales, al introducir un espíritu cálido como instrumento en la naturaleza, compartió con todos la razón incorpórea; y cada cosa participó de lo que pudo: los cuerpos inanimados solo de la disposición, las plantas ya de la vida, los animales del alma, y el hombre incluso de un alma racional. Hay quienes piensan que una sola naturaleza recorre todas estas cosas, y hay quienes piensan que estas difieren según su especie. Pero no examinemos esto todavía, o mejor dicho, ni siquiera en el presente discurso, salvo por el hecho de que, si alguien supusiera que la filosofía es, como algunos suponen, el arte de las artes y la ciencia de las ciencias, o la semejanza con Dios en la medida de lo posible, o, lo que dijo el Pitio, el« conócete a ti mismo», no diferirá en nada respecto al discurso; pues todas estas cosas parecen estar muy estrechamente relacionadas entre sí.
4
Comencemos primero por el« conócete a ti mismo», puesto que este precepto es también divino. Por tanto, el que se conoce a sí mismo sabrá sobre el alma y sabrá también sobre el cuerpo. Y esto no bastará solo con aprender que el hombre es un alma que usa un cuerpo, sino que también examinará la esencia misma del alma y luego rastreará sus facultades. Y ni siquiera esto le bastará, sino también, si hay algo en nosotros superior y más divino que el alma, lo cual todos, convencidos sin necesidad de enseñanza, consideramos que es algo divino, y todos suponemos comúnmente que esto está establecido en el cielo. Al avanzar, examinará de nuevo los principios del cuerpo, si es compuesto o simple; luego, avanzando metódicamente, examinará su armonía, su afección, su facultad y, en suma, todo lo que necesita para su subsistencia. Observará después de esto los principios de ciertas artes mediante las cuales el cuerpo es ayudado para su subsistencia, como la medicina, la agricultura y otras similares. No ignorará en absoluto nada de lo inútil y superfluo, ya que esto también ha sido inventado para halagar la parte pasional de nuestra alma. Pues se abstendrá de insistir en estas cosas, considerando tal cosa vergonzosa, evitando lo que parece laborioso en ellas; pero no ignorará en absoluto qué clase de cosas parecen ser y a qué partes del alma se ajustan. Observa, pues, si el conocerse a uno mismo no encabeza toda ciencia y toda arte, y al mismo tiempo abarca los discursos universales. Pues dijo que conviene que el animal que está entre estas cosas, el hombre, conozca tanto las cosas divinas a través de la parte divina que hay en nosotros, como las mortales a través de la parte mortal, siendo mortal en cada uno de sus aspectos, pero inmortal en su totalidad, y, ciertamente, que el uno y cada uno de nosotros está compuesto de una parte mortal y una inmortal.
5
Que el asemejarse a Dios en la medida de lo posible no es otra cosa que adquirir el conocimiento de los seres alcanzable por los hombres, es evidente a partir de esto. Pues no beatificamos a la divinidad por la riqueza de bienes ni por ninguna otra de las cosas consideradas buenas, sino lo que dice Homero:« los dioses lo saben todo», y ciertamente también sobre Zeus:« Pero Zeus había nacido antes y sabía más»; pues los dioses difieren de nosotros por su conocimiento. Pues quizás también para ellos el conocerse a sí mismos es el primero de los bienes; cuanto más superiores son a nosotros en esencia, tanto más, al conocerse a sí mismos, poseen un conocimiento de cosas mejores. Que nadie, pues, divida nuestra filosofía en muchas partes ni la corte en muchas, o mejor dicho, que no haga muchas de una sola. Pues así como la verdad es una, así también la filosofía es una; y no es nada extraño si caminamos hacia ella por caminos diferentes. Pues incluso si alguien de los extranjeros o, por Zeus, de los antiguos ciudadanos quisiera regresar a Atenas, podría navegar y caminar, y al viajar, creo, usaría las carreteras anchas o los senderos y caminos cortos; y es posible navegar a lo largo de las costas, y ciertamente también, según el anciano pilio, cortando el mar por el medio. Que nadie nos reproche esto, si algunos de los que iban por esos caminos se extraviaron y terminaron en otro lugar, como si hubieran sido seducidos por Circe o por el placer de los lotófagos, o por la gloria o por alguna otra cosa, y hubieran dejado de avanzar y alcanzar el fin; que observe a los que fueron los primeros en cada una de las escuelas, y encontrará que todo es conforme. Por tanto, el dios en Delfos proclama el« conócete a ti mismo», Heráclito dice« me busqué a mí mismo», pero también Pitágoras y los que siguieron desde él hasta Teofrasto dicen que hay que asemejarse a Dios en la medida de lo posible, y también Aristóteles. Pues lo que nosotros somos a veces, eso es Dios siempre. Sería ridículo, pues, que Dios no se conociera a sí mismo; pues no sabría absolutamente nada de las otras cosas si se ignorara a sí mismo; pues él es todas las cosas, si es que tiene en sí mismo y por sí mismo las causas de todas las cosas que existen de cualquier manera, ya sean las inmortales inmortales, o las perecederas no mortales ni perecederas, sino eternas y que permanecen siempre, y las que son para estas las causas de la generación eterna. Pero este discurso es mayor.
6
Que la verdad es una y la filosofía es una, y que son amantes de ella todos aquellos de los que hice mención hace poco y aquellos cuyo nombre podría decir ahora con justicia, me refiero a los seguidores del de Citio, quienes, al ver que las ciudades huían de lo demasiado puro y limpio de la libertad del perro, lo cubrieron, creo, con velos de economía, de la actividad financiera, de la unión con la mujer y de la crianza de los hijos, para, creo, establecerlo cerca de las ciudades como guardián; que ponen el« conócete a ti mismo» como el capítulo principal de la filosofía, no solo podrías convencerte por los escritos que dejaron sobre esto mismo, si quisieras, sino mucho más por el fin de la filosofía; pues hicieron que el fin fuera vivir de acuerdo con la naturaleza, lo cual no es posible alcanzar para quien ignora qué es y cómo es por naturaleza; pues el que ignora quién es, no sabrá, por supuesto, qué le conviene hacer, al igual que el que ignora el hierro no sabrá si le conviene cortar o no, y qué necesita el hierro para poder hacer lo suyo; pero que la filosofía es una y que todos, por así decirlo, aspirando a una sola cosa, llegaron a ella por caminos diferentes, basta con decir esto por ahora.
7
Pero aún hay que examinar el cinismo. Si los escritos hubieran sido hechos por estos hombres con cierta seriedad, y no con juego, el adversario debería, siguiendo estos, intentar examinar cada una de las cosas que pensamos sobre el asunto y, si parecieran estar de acuerdo con los antiguos, no acusarnos de falso testimonio, y si no, entonces desterrarlos de la audición como los atenienses los escritos falsos del Metroo. Pero como no hay nada de eso, como dije; pues las tragedias de Diógenes que se pregonan se dice que son de un tal Filisco de Egina, y, si fueran de Diógenes, no hay nada extraño en que el sabio juegue, puesto que muchos de los filósofos parecen haber hecho esto; pues dicen que Demócrito también se reía al ver a los hombres esforzándose; no miremos, pues, sus juegos, como los que menos aman aprender algo serio, comparándolos con una ciudad feliz, llena de muchos templos, de muchos ritos secretos, y de innumerables sacerdotes puros que permanecen en lugares puros; y a menudo por esto mismo, digo por el hecho de mantener todo limpio por dentro, han expulsado de la ciudad lo superfluo, lo repugnante y lo vil, baños públicos, burdeles, tabernas y, en suma, todas esas cosas; luego, habiendo llegado hasta ahí, no entran dentro. Pues el que se encuentra con tales cosas, y luego piensa que eso es la ciudad, es miserable al huir, pero más miserable al quedarse abajo, pudiendo, tras haber saltado un poco, ver a Sócrates; pues usaré aquellas palabras con las que Alcibíades elogiaba a Sócrates. Pues digo que la filosofía cínica es muy parecida a esos Silenos que están sentados en los talleres de los escultores, a los cuales los artesanos fabrican con flautas o caramillos; los cuales, al abrirse por la mitad, parecen tener dentro estatuas de dioses. Para que, pues, no nos pase algo así, pensando que se tomó en serio todo lo que jugó; pues hay algo en ellos que no es inútil, pero el cinismo es otra cosa, como intentaré demostrar inmediatamente; veamos aquí a continuación a partir de las obras, tal como las perras que rastrean persiguen a las fieras.
8
No es fácil encontrar un guía al que deba atribuirse primero, aunque algunos suponen que esto corresponde a Antístenes y a Diógenes. Esto, al menos, parece decirlo Enómao no sin razón: el cinismo no es ni antishenismo ni diogenismo. Pues los más nobles de los perros dicen que también el gran Heracles, así como se convirtió en causa de los otros bienes para nosotros, así también dejó a los hombres el mayor ejemplo de esta vida. Yo, queriendo hablar bien de los dioses y de los que han partido hacia una suerte divina, estoy convencido de que incluso antes de esto algunos, no solo entre los griegos, sino también entre los bárbaros, filosofaron así; pues esta filosofía parece ser de algún modo común y la más natural y no necesitar de ninguna ocupación; sino que basta solo con elegir las cosas serias por deseo de virtud y huida del vicio, y no hace falta desenrollar miles de libros; pues la mucha erudición, dicen, no enseña la mente; ni sufrir ninguna otra de tales cosas, como las que sufren los que van por las otras escuelas, sino que basta solo con escuchar estas dos cosas que el Pitio aconseja: el« conócete a ti mismo» y« altera la moneda». Ha aparecido, pues, para nosotros el jefe de la filosofía, el mismo que creo que se convirtió para los griegos en causa de todos los bienes, el guía, legislador y rey común de Grecia, el dios en Delfos, a quien, puesto que no era lícito que algo se le ocultara, tampoco se le ocultó la aptitud de Diógenes. Y lo exhortó no como a los otros, tensando la exhortación con versos, sino enseñando con la obra lo que quiere simbólicamente mediante dos palabras, al decir« altera la moneda». Pues el« conócete a ti mismo» no se lo dijo solo a él, sino también a los otros, y lo dice, pues está expuesto, creo, en el recinto. Hemos encontrado, pues, al jefe de la filosofía, como dice también el divino Jámblico, pero también a los corifeos en ella, Antístenes, Diógenes y Crates, para quienes el objetivo y fin de la vida era, creo, conocerse a sí mismos y despreciar las vanas opiniones, y asir con toda la mente, dicen, la verdad, que guía todos los bienes para los dioses y todos para los hombres, por la cual, creo, tanto Platón como Pitágoras y Sócrates y los del Perípato y Zenón soportaron todo esfuerzo, queriendo conocerse a sí mismos y no seguir vanas opiniones, sino rastrear la verdad que hay en los seres.
9
Vamos, pues, puesto que ha aparecido que Platón no practicó una cosa y Diógenes otra, sino una sola y la misma; si, al menos, alguien preguntara al sabio Platón:«¿ Cuánto consideras que vale el conócete a ti mismo?», sé bien que diría que vale todo, y lo dice en el Alcibíades; vamos, pues, dinos lo siguiente, oh divino Platón y vástago de dioses:«¿ De qué manera hay que estar dispuesto ante las opiniones de la mayoría?», dirá lo mismo y, además de esto, nos ordenará explícitamente leer el diálogo Critón, donde Sócrates parece aconsejar que no nos preocupemos en absoluto de tales cosas; dice, al menos:« Pero,¿ qué nos importa, oh bienaventurado Critón, la opinión de la mayoría?». Luego nosotros, despreciando estas cosas, queremos simplemente separar y apartar a los hombres unos de otros, a quienes el amor por la verdad, el desprecio por la gloria y la aspiración común por el celo de la virtud han unido. Y si a Platón le pareció bien realizar estas cosas también mediante las palabras, y a Diógenes le bastaron las obras,¿ por eso es digno de ser maltratado por vosotros? Mira si esto mismo no es superior a todo, puesto que también Platón parece renegar de sus escritos.« Pues no hay ningún escrito de Platón», dice,« ni lo habrá, y los que ahora circulan son de Sócrates, un hombre hermoso y joven».¿ Por qué, pues, no examinamos el cinismo mismo a partir de las obras de Diógenes, qué es?
10
Por tanto, dado que hay partes del cuerpo, como ojos, pies, manos, y otras que sobrevienen, pelos, uñas, suciedad, un género de tales excrementos, sin los cuales es imposible que haya un cuerpo humano,¿ no es ridículo el que considera que las partes son las uñas o los pelos o la suciedad y lo hediondo de los excrementos, y no las cosas más valiosas y serias, primero los órganos de los sentidos y cuáles de ellos son más causa de nuestra inteligencia, como los ojos, los oídos? Pues estos sirven para la prudencia, ya sea que esté enterrada en el alma, para que, una vez purificada, pueda usar la facultad pura e inmóvil de pensar, ya sea, como algunos piensan, que el alma los introduce como a través de tales canales. Pues al recoger, dicen, las sensaciones particulares y mantenerlas con la memoria, engendra las ciencias. Yo, si no hubiera algo así divino o perfecto que fuera obstaculizado por otras muchas y variadas cosas, que hace la percepción de las cosas externas, creo que ni siquiera sería posible la percepción de las cosas sensibles. Pero este discurso no corresponde a los de ahora. Por lo cual hay que volver a las partes de la filosofía cínica.
11
Parece, pues, que también estos consideraron que la filosofía tiene dos partes, al igual que Aristóteles y Platón, la teórica y la práctica, entendiendo y pensando esto mismo, evidentemente, que el hombre es por naturaleza afín a la acción y a la ciencia. Y si se apartaron de la teoría de la física, esto no tiene nada que ver con el discurso. Puesto que también Sócrates y otros muchos parecen haber usado mucha teoría, pero no por otra razón que por la acción; puesto que también el conocerse a sí mismo lo consideraron esto, el aprender exactamente qué hay que atribuir al alma y qué al cuerpo; y atribuyeron, como era de esperar, el mando al alma y el servicio al cuerpo. Parece, pues, que practicaron la virtud, la templanza, la ausencia de vanidad, la libertad, estando fuera de toda envidia, cobardía y superstición. Pero nosotros no pensamos esto sobre ellos, sino que suponemos que juegan y se juegan la vida con lo más querido, habiendo despreciado tanto el cuerpo, como dijo Sócrates al decir correctamente que la filosofía es una preparación para la muerte.¿ Acaso estos, que practicaban esto cada día, no nos parecen más dignos de envidia, sino unos miserables y totalmente insensatos?¿ Y por qué soportaron estos esfuerzos? No, como tú mismo dijiste, por vanidad. Pues,¿ cómo eran elogiados por los demás al comer carne cruda? Y, sin embargo, tú mismo no eres un elogiador. Pues, al imitar el manto y el cabello de tal hombre, como las pinturas de los hombres,¿ crees que eso, que ni tú mismo consideras digno de admiración, goza de buena reputación ante la multitud? Y uno o dos elogiaban entonces, pero más de diez miríadas se les revolvió el estómago por el mareo y la repugnancia y se quedaron sin comer, hasta que los sirvientes los recogieron con olores, perfumes y pasteles. Así, el célebre héroe asombró con la obra, ridícula para hombres tales« como son ahora los mortales», pero no innoble, por los dioses, si alguien lo interpretara según la inteligencia de Diógenes. Pues lo que Sócrates dice sobre sí mismo, que por creer que cumplía un servicio al dios al examinar y poner a prueba el oráculo dado sobre él, abrazó la vida de examen, esto también Diógenes, creo, consciente de sí mismo, siendo la filosofía un oráculo del dios, pensaba que debía poner a prueba todo con obras y no haber sido afectado por las opiniones de otros, tal vez verdaderas, tal vez falsas. Por tanto, ni siquiera si Pitágoras decía algo, ni si alguien más era parecido a Pitágoras, parecía digno de crédito para Diógenes. Pues no había hecho a ningún hombre, sino al dios, jefe de la filosofía.¿ Qué tiene que ver esto, dirás, con la comida del pulpo? Yo te lo diré.
12
Algunos suponen que el consumo de carne es natural para los hombres, mientras que otros piensan que no conviene al hombre hacer esto, y se ha gastado mucho discurso sobre esto. Por tanto, si quieres no ser perezoso, te aparecerán enjambres de libros sobre tal asunto. Diógenes pensaba que debía poner a prueba a estos. Pensó, pues, así: si alguien, comiendo carne sin complicaciones, como creo que cada una de las otras fieras a las que la naturaleza asignó esto, lo hiciera de forma inofensiva y sin carga, o mejor dicho, incluso con beneficio para el cuerpo, supuso que el consumo de carne era totalmente natural; pero si de ahí resultara algún daño, quizás no consideró que esto fuera obra del hombre, sino que hay que abstenerse de ello por completo. Un discurso sobre el asunto podría ser, pues, quizás más violento, y otro más afín al cinismo, si antes expusiera aún más claramente sobre su fin. Pues hacen de la impasibilidad el fin; y esto es igual a llegar a ser dios. Diógenes, pues, al darse cuenta quizás de que él mismo era impasible en todas las demás cosas, pero que solo por tal comida se turbaba y se mareaba y estaba esclavizado por una vana opinión más que por la razón; pues son carnes, no obstante, aunque uno las hierva miles de veces, aunque uno las condimente con miles de salsas; y pensó que debía despojarse de esto y establecerse totalmente libre de tal cobardía. Pues la cobardía es, tenlo por seguro, al menos tal cosa. Puesto que, si tocamos carnes hervidas ante la Tesmoforia, dinos por qué no las consumimos simplemente. Pues no tienes otra cosa que decir sino que así se ha establecido y así nos hemos acostumbrado. Pues no es que antes de ser hervidas sean repugnantes por naturaleza, y al ser hervidas se hayan vuelto más puras que ellas mismas.¿ Qué debía hacer, pues, el que fue designado por el dios como un general, sino eliminar toda la moneda y juzgar las cosas con razón y verdad?¿ Pasar por alto que él mismo estaba molesto por esta opinión, al pensar que la carne hervida es pura y comestible, y que la no procesada por el fuego es de algún modo inmunda y repugnante?¿ Así eres de memorioso?¿ Así eres de serio? Tú, que reprochas tanto al vanidoso, por decirlo según tú, Diógenes, y según yo, al más serio servidor y ministro del Pitio, has devorado la comida del pulpo, miles de salazones, peces, aves y lo que llegara a tus manos, siendo egipcio, no de los sacerdotes, sino de los que comen de todo, para quienes es ley comer todo como hierbas del campo; reconozco, creo, las palabras de los galileos. Por poco se me pasa decir que también todos los hombres que viven cerca del mar, y ya algunos de los que están lejos, sin siquiera calentarlos, devoran erizos, ostras y, en suma, todas esas cosas; luego consideras a aquellos dignos de envidia, y consideras a Diógenes miserable y repugnante, y no te das cuenta de que estas no son más carnes que aquellas; salvo que quizás estas difieren de aquellas en que unas son blandas y otras más duras. Al menos, el pulpo es sin sangre, como aquellas, pero los crustáceos son seres vivos, al igual que este; al menos siente placer y dolor, lo cual es lo más propio de los seres vivos. Y que no nos moleste en absoluto la opinión platónica de ahora que supone que también las plantas son seres vivos. Pero que el noble Diógenes no hizo nada irracional ni ilegal ni desacostumbrado para vosotros, a menos que alguien examine tales cosas según lo más duro y lo más blando, el placer de la garganta y el desagrado, es evidente, creo, para los que pueden seguir el discurso de cualquier manera. No aborrecéis, pues, el consumo de carne cruda los que hacéis cosas parecidas, no solo con los animales sin sangre, sino también con los que tienen sangre. Y en esto quizás diferís de él, en que él pensó que debía consumir estas cosas simplemente y según la naturaleza, mientras que vosotros, condimentándolas con sal y muchas otras cosas por placer, para violentar la naturaleza. Y ciertamente esto basta hasta aquí.
13
El objetivo y fin de la filosofía cínica es, como también de toda filosofía, ser feliz, y ser feliz consiste en vivir de acuerdo con la naturaleza, y no según las opiniones de la mayoría. Puesto que también a las plantas les sucede que les va bien, y ciertamente también a todos los animales, cuando cada uno alcanza sin obstáculos el fin que es conforme a la naturaleza; pero también en los dioses este es el límite de la felicidad, el que ellos sean como son por naturaleza y sean ellos mismos. Por tanto, tampoco para los hombres conviene investigar la felicidad escondida en otro lugar; ni el águila ni el plátano ni ningún otro de los seres vivos o plantas se preocupa por alas y hojas de oro, ni por cómo tendrá los brotes de plata o las espuelas y aguijones de hierro, o mejor dicho, de diamante, sino que, si las cosas con las que la naturaleza los adornó desde el principio fueran robustas y les sirvieran para la velocidad o para la fuerza, considerarían que les va muy bien y que prosperan.¿ Cómo, pues, no es ridículo si alguien, habiendo nacido hombre, se preocupara por la felicidad fuera de sí mismo, considerando que la riqueza, el linaje, el poder de los amigos y, en suma, todas esas cosas valen todo? Si, pues, la naturaleza nos hubiera dado solo esto, como a los animales, el tener cuerpos y almas parecidos a aquellos, de modo que no investigáramos nada más, bastaría, como a los demás animales, contentarse con las ventajas corporales, investigando la felicidad en algún lugar de ahí. Pero puesto que no se ha sembrado en nosotros un alma en nada parecida a la de los otros animales, sino que, ya sea que difiera en esencia o que sea indiferente en esencia, pero superior solo en actividad, como creo que el oro puro ya lo es respecto al mezclado con arena; pues también se dice que este discurso sobre el alma es verdadero por algunos; nosotros, pues, puesto que somos conscientes de que somos más inteligentes que los animales; pues, según el mito de Protágoras, la naturaleza se comportó con aquellos como una madre demasiado ambiciosa y generosa, pero a nosotros, en lugar de todo, se nos dio el intelecto de Zeus; la felicidad debe ponerse ahí, en lo más excelente y serio de lo que hay en nosotros.
14
Observa, pues, si Diógenes no era sobre todo de esta elección, quien entregaba el cuerpo a los esfuerzos sin reservas, para hacerlo más robusto que la naturaleza, y consideraba que debía hacer solo lo que pareciera que debe hacerse según la razón, y no admitía ni en parte los ruidos que caen del cuerpo, como a menudo nos obliga a investigar muchas cosas este que nos rodea por su causa. Y bajo este ejercicio, el hombre tuvo el cuerpo tan valiente como creo que ninguno de los que compitieron en los juegos coronados, y estuvo tan dispuesto de alma que era feliz, que reinaba no menos, si no más, como solían decir los griegos de entonces, que el gran rey, refiriéndose al persa.¿ Acaso te parecen pequeñas las de un hombre sin ciudad, sin casa, privado de patria, que no tiene un óbolo, ni una dracma, ni un sirviente, ni siquiera una hogaza, de la cual Epicuro, al tenerla, dice que no es inferior a los dioses en cuanto a la felicidad, no disputando con los dioses, sino viviendo más feliz que el que parece ser el más feliz de los hombres y decía que vivía más feliz? Y si no lo crees, al probar con la obra aquella vida y no con el discurso, lo sentirás. Vamos, pues, primero a examinarlo mediante los discursos.
15
¿ Acaso te parece que, de todos los bienes que los hombres poseen, el principal— ese tan celebrado— es la libertad?¿ Cómo no vas a afirmarlo? Pues,¿ acaso el dinero, la riqueza, el linaje, la fuerza física, la belleza y, en suma, todas esas cosas, sin la libertad, no son bienes que pertenecen no a quien parece ser afortunado, sino a quien los ha adquirido?¿ A quién, pues, consideramos esclavo?¿ Acaso a aquel a quien compramos por tantas dracmas de plata, o por dos minas, o por diez estateros de oro? Dirás, sin duda, que este es verdaderamente un esclavo.¿ Acaso por este mismo hecho, porque hemos pagado la plata al vendedor por él? De ser así, también serían siervos todos aquellos cautivos que rescatamos. Y, sin embargo, las leyes les devuelven la libertad una vez que han regresado a casa, y nosotros mismos los rescatamos, no para que sirvan, sino para que sean libres.¿ Ves cómo no basta con pagar una suma de dinero para declarar esclavo al rescatado? Es verdaderamente esclavo aquel cuyo señor tiene el poder de obligarlo a hacer lo que ordene, de castigarlo aunque no quiera y, como dice el poeta, de someterlo a terribles dolores. Observa, pues, lo que sigue: si no somos todos esclavos de aquellos a quienes nos vemos obligados a servir para no sufrir ni ser castigados por ellos.¿ O acaso crees que el castigo es solo si alguien, blandiendo un bastón, golpea al siervo? Y, sin embargo, ni siquiera los amos más rudos hacen eso con todos sus siervos; a menudo basta una palabra o una amenaza. Por tanto, amigo mío, no te consideres libre mientras tu vientre y lo que está debajo del vientre te gobiernen, junto con aquellos que tienen el poder de proporcionar los medios para el placer y de impedirlos; y aun si llegaras a superar esto, mientras seas esclavo de las opiniones de la mayoría, aún no has tocado la libertad ni has probado el néctar,¡ por aquel que entregó la tétrada en mi pecho! Y no digo esto porque debas ser desvergonzado ante todos y hacer lo que no se debe hacer; sino que, de aquello de lo que nos abstenemos y de lo que hacemos, no lo hagamos ni nos abstengamos porque a la mayoría le parezca honorable o vil, sino porque para la razón y para el dios que hay en nosotros— es decir, para la mente— estas cosas son inefables. A la mayoría, pues, nada le impide seguir las opiniones comunes; pues esto es mejor que ser totalmente desvergonzado, ya que los hombres tienen por naturaleza una afinidad con la verdad. Pero a un hombre que ya vive según la razón y que es capaz de encontrar y juzgar los argumentos rectos, no le corresponde en absoluto seguir lo que la mayoría considera que se hace bien o mal. Por consiguiente, puesto que una parte de nuestra alma es más divina— la que llamamos mente, prudencia y la razón silenciosa, cuyo heraldo es este discurso que avanza a través de nombres y verbos— y otra cosa está unida a ella, variada y multiforme, una fiera mezclada con ira y deseo y de muchas cabezas, no se debe mirar fijamente y sin vacilar hacia las opiniones de la mayoría hasta que hayamos domado a esta fiera y la hayamos persuadido de obedecer al dios que hay en nosotros, o mejor dicho, a lo divino. Pues muchos, pretendiendo ser seguidores de Diógenes, abandonaron esto y se volvieron ávidos de todo, impuros y no mejores que ninguna de las fieras. Y como este discurso no es mío, te contaré primero una acción de Diógenes, de la cual muchos se reirán, pero que a mí me parece muy venerable. Pues, cuando uno de los jóvenes se tiró un pedo en medio de la multitud, estando presente Diógenes, este lo golpeó con su bastón diciendo:« Entonces,¿ basura, no habiendo hecho nada digno de atreverse a tales cosas en público, empiezas desde ahí a despreciar la opinión?». Así pensaba él que era necesario volverse primero superior al placer y a la ira antes de llegar a lo más perfecto de los ejercicios, despojándose de las opiniones de la mayoría, que son la causa de innumerables males para la mayoría.
16
¿ No sabes cómo apartan a los jóvenes de la filosofía, murmurando unas cosas tras otras sobre los filósofos? Los genuinos bailarines de Pitágoras, Platón y Aristóteles son llamados magos, sofistas, engreídos y hechiceros. Si algún cínico ha llegado a ser serio, parece digno de lástima; recuerdo, al menos, a un tutor que me dijo, al ver a mi compañero Ificles con el cabello descuidado, el pecho desgarrado y un manto totalmente miserable en un invierno terrible:«¿ Qué demonio lo llevó a esta desgracia, por la cual él mismo es digno de lástima, pero más aún sus padres, que lo criaron con esmero y lo educaron lo mejor que pudieron, y él ahora vaga así, habiendo abandonado todo, no mejor que los mendigos?». De aquel, no sé cómo, me burlé entonces con ironía; pero sabe bien que la mayoría piensa así incluso sobre los verdaderos cínicos. Y esto no es lo terrible, sino que ves que también persuaden a amar la riqueza, a odiar la pobreza, a servir al vientre, a soportar todo esfuerzo por el cuerpo, a engordar la cadena del alma, a poner una mesa lujosa y a nunca dormir solo por la noche, sino a hacer todas esas cosas ocultándose en la oscuridad.¿ No es esto peor que el Tártaro?¿ No es mejor hundirse bajo Caribdis, el Cocito y miles de brazas bajo tierra que caer en tal vida, siendo esclavo de los genitales y del vientre, y ni siquiera de estos simplemente como las fieras, sino teniendo problemas para que, al ocultarnos, realicemos estas cosas en la oscuridad? Y, sin embargo,¡ cuánto mejor es abstenerse de ellas por completo! Y si no es fácil, las leyes de Diógenes y Crates sobre esto no deben ser despreciadas: el hambre disuelve el deseo, y si no puedes usar esto, una soga.¿ No sabes que ellos hicieron esto dando al modo de vida un camino de frugalidad? Pues, dice Diógenes, los tiranos no provienen de los que comen cebada, sino de los que cenan lujosamente. Y Crates, ciertamente, ha compuesto un himno a la Frugalidad:« Salve, diosa señora, amada de los hombres sabios, Frugalidad, hija de la ilustre Templanza».
17
Que el perro no sea, según Enómao, desvergonzado, ni impúdico, ni despreciador de todas las cosas divinas y humanas a la vez, sino respetuoso hacia lo divino, como Diógenes; pues él se dejó persuadir por el Pitio, y no se arrepintió de haberlo hecho. Y si alguien piensa que es señal de impiedad el hecho de que no se acercaba a los templos, ni servía a las estatuas, ni a los altares, no piensa correctamente; pues él no tenía nada de esas cosas: ni incienso, ni libación, ni dinero con qué comprarlas. Pero si pensaba correctamente sobre los dioses, eso solo bastaba; pues los servía con su propia alma, entregando, creo, lo más valioso de sí mismo: consagrar su propia alma a través de sus pensamientos. Que no se avergüence en absoluto, sino que, siguiendo a la razón, primero haga que la parte pasional de su alma sea dócil a sí mismo, de modo que la elimine por completo y ni siquiera sepa que domina los placeres. Pues es mejor llegar a esto, a que, si uno experimenta tales cosas, las ignore por completo; y esto no nos llega de otra manera que a través de los ejercicios. Y para que nadie suponga que digo esto en vano, transcribiré para ti algunos versos de los juegos de Crates:« Gloriosos hijos de Mnemósine y Zeus Olímpico, Musas Piérides, escúchenme mientras rezo: den siempre y continuamente pasto al vientre, que siempre me hizo una vida sencilla sin esclavitud. Hagan que sea útil para los amigos, no dulce. No quiero acumular riquezas famosas, buscando la fortuna del escarabajo y la riqueza de la hormiga, sino participar de la justicia y reunir una riqueza fácil de llevar, fácil de adquirir, valiosa para la virtud. Y habiendo obtenido esto, aplacaré a Hermes y a las Musas puras, no con gastos lujosos, sino con virtudes santas». Si necesitas que te escriba sobre esto, tengo más del hombre. Y al encontrar a Plutarco de Queronea, quien escribió la vida de Crates, no necesitarás aprender nada del hombre como algo secundario.
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Pero volvamos a aquello, que quien comienza a vivir como cínico debe primero reprenderse a sí mismo amargamente, examinarse y no adularse, sino escudriñarse a sí mismo con la mayor precisión: si se deleita con el lujo de las comidas, si necesita un lecho blando, si es esclavo del honor o de la gloria, si anhela ser admirado y, aunque sea vacío, lo considera valioso. Que no se rebaje a la complacencia de las multitudes, y que no pruebe el lujo ni siquiera con la punta del dedo, como dicen, hasta que lo haya pisoteado por completo. Entonces, ya no hay nada que impida tocar tales cosas si se presentan. Pues escucho que incluso los toros más débiles se apartan de la manada y, pastando por sí mismos, reúnen fuerza poco a poco, y luego, así, atacan, desafían y disputan la manada a los que la poseían antes, como más dignos de estar al frente. Quien, pues, desee vivir como cínico, no debe amar solo el manto, el zurrón, el bastón y el cabello, para caminar como en una aldea, falto de barberías y escuelas, inculto y analfabeto, sino que debe considerar la razón en lugar del cetro y la firmeza en lugar del zurrón como las marcas de la filosofía cínica. Debe usar la franqueza primero demostrando cuánto vale por naturaleza, como creo que hicieron Crates y Diógenes, quienes estaban tan lejos de soportar con dificultad cualquier amenaza de la fortuna, ya sea un juego o una borrachera, que Diógenes jugaba incluso cuando fue capturado por los piratas, y Crates hacía públicos sus bienes; luego, al ser dañado en su cuerpo, se burlaba de sí mismo por la cojera de su pierna y la curvatura de sus hombros, y acudía a las casas de sus amigos, invitado o no, reconciliando a los más cercanos entre sí si notaba que estaban en conflicto, y reprendía no con amargura, sino con gracia, no para parecer que calumniaba a los corregidos, sino deseando beneficiarlos tanto a ellos como a los que escuchaban. Y este no era el fin principal para ellos; sino, como dije, observaban cómo ellos mismos serían felices, y se preocupaban por los demás tanto como entendían, creo, que el hombre es por naturaleza un animal social y político, y beneficiaron a sus conciudadanos no solo con ejemplos, sino también con palabras. Quien, pues, desee ser cínico y un hombre serio, habiéndose cuidado primero a sí mismo, como Diógenes y Crates, que expulse de su alma todas las pasiones, y que se deje gobernar por la razón y la mente rectas. Pues este era, según creo, el capítulo principal de la filosofía de Diógenes.
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Y si el hombre alguna vez se acercó a una cortesana— aunque esto quizás sucedió una vez o ni siquiera una vez—, cuando para nosotros sea serio en todo lo demás según Diógenes, si le parece bien hacer algo así abiertamente ante los ojos de todos, no lo censuraremos ni lo acusaremos. Sin embargo, habiéndonos demostrado primero la facilidad de aprendizaje de Diógenes, su agudeza y su libertad en todo lo demás, su autosuficiencia, justicia, templanza, respeto, gracia y atención, de modo que no hiciera nada al azar, ni en vano, ni irracionalmente— pues estas cosas también son propias de la filosofía de Diógenes—, que pisotee la arrogancia, que se burle de los que ocultan en la oscuridad las obras necesarias de la naturaleza; me refiero a las excreciones de los desechos; y que en medio de las plazas y las ciudades practican las cosas más violentas y nada naturales para nosotros: robos de dinero, calumnias, demandas injustas, persecuciones de otras cosas similares y despreciables. Pues incluso Diógenes, ya fuera que se tirara un pedo, o defecara, o hiciera cualquier otra cosa similar, como dicen, en la plaza, lo hacía pisoteando la arrogancia de aquellos, enseñándoles que practican cosas mucho más viles y difíciles que estas. Pues aquellas son naturales para todos nosotros, mientras que estas, por así decirlo, no lo son para nadie, y todas se practican por una distorsión. Pero los actuales seguidores de Diógenes, habiendo elegido lo más fácil y ligero, no vieron lo mejor; y tú, deseando ser más venerable que ellos, te has desviado tanto de la elección de Diógenes que lo has considerado digno de lástima.
20
Y si desconfiabas de estas cosas dichas sobre un hombre a quien todos los griegos de entonces admiraron después de Sócrates y Pitágoras, en tiempos de Platón y Aristóteles, de quien fue oyente el maestro del más templado y sensato Zenón, a quienes no era probable que todos fueran engañados sobre un hombre tan vil como el que tú ridiculizas, mi buen amigo, quizás habrías considerado algo más sobre él y habrías avanzado más allá de la experiencia del hombre. Pues,¿ a quién de los griegos no asombró la resistencia de Diógenes, que no carecía de una magnanimidad real, y su laboriosidad? El hombre dormía sobre un jergón en su tinaja mejor que un gran rey bajo techos dorados en un lecho blando, comía la masa de cebada con más gusto que tú ahora comes en las mesas sicilianas, lavaba su cuerpo con agua fría secándolo al aire en lugar de con los lienzos con los que tú te limpias, oh filósofo. Te corresponde mucho ridiculizarlo, porque has conquistado a Jerjes, como Temístocles, o a Darío, como Alejandro el Macedonio. Si hubieras estudiado desenrollando pequeños libros como nosotros, los políticos y los ocupados, habrías sabido cómo se dice que Alejandro admiró la magnanimidad de Diógenes. Pero no hay nada de esto en ti, según creo, que sea serio;¿ de dónde? Falta mucho para ello; has admirado la vida de mujeres miserables y competitivas. Si, pues, el discurso ha hecho algo más, no es mi ganancia más que la tuya; pero si no logramos nada al unir sin aliento, como se dice, las cosas sobre tales temas de inmediato, pues es un trabajo secundario de dos días, como saben las Musas, o mejor dicho, tú mismo, que permanezca contigo lo que ya sabías antes, y a nosotros no nos pesará la alabanza hacia el hombre.

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