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Original / primary: Spanish Gemini
1
¿ Y esto, Solón, por qué lo hacen los jóvenes? Algunos se entrelazan y se zancadillean, otros se estrangulan, se retuercen y se revuelcan mezclados en el barro como cerdos. Y eso que al principio, nada más desnudarse— pues los estaba viendo—, se ungieron con aceite y uno a otro se frotó con mucha calma, cada cual a su turno. Pero después, no sé qué les pasa, que se empujan inclinados y chocan sus frentes como carneros. Y si, mira, aquel levanta al otro por las piernas y lo suelta contra el suelo, luego, cayendo encima, no lo deja levantarse, empujándolo hacia abajo en el barro; al final, tras haberle enredado las piernas alrededor del vientre y haberle metido el antebrazo bajo la garganta, lo estrangula, el infeliz, y el otro golpea el hombro, suplicando, supongo, para no ser asfixiado del todo. Y ni siquiera por el aceite se abstienen de ensuciarse, sino que, tras haber hecho desaparecer la unción y haberse llenado de cieno, entre mucho sudor, al menos a mí me dan risa, como anguilas que se escurren de las manos.
2
Otros, en el patio al aire libre, hacen exactamente lo mismo, aunque estos no en el barro, sino que, tras haber echado arena profunda en la fosa, se espolvorean unos a otros y ellos mismos, voluntariamente, se echan polvo encima como gallinas, para ser, supongo, más ineludibles en los agarres, ya que la arena elimina el deslizamiento y proporciona un agarre más firme en seco.
3
Otros, de pie y cubiertos de polvo, se golpean también al arremeter y se dan patadas. Este de aquí, al menos, parece que va a escupir los dientes, el pobre, tan lleno de sangre y arena tiene la boca, tras haber recibido, como ves, un puñetazo en la mandíbula. Pero ni siquiera este magistrado los separa y pone fin a la pelea— pues deduzco por la púrpura que es uno de los magistrados—, sino que incluso los incita y elogia al que golpeó.
4
Otros, en otro lugar, se afanan todos y saltan como si corrieran sin moverse del sitio y, saltando hacia arriba, dan patadas al aire.
5
Por tanto, quiero saber qué bien puede haber en hacer esto; pues a mí me parece que el asunto se parece más a una locura, y no hay nadie que pudiera convencerme fácilmente de que no están chiflados los que hacen esto.
6
Solón: Y es natural, Anacarsis, que te parezcan así los hechos, siendo extraños y estando muy alejados de las costumbres escitas, tal como es probable que muchas enseñanzas y prácticas nuestras les parezcan extrañas a ustedes los griegos, si alguno de nosotros se presentara ante ellas como tú ahora. Pero, no obstante, ten confianza, buen amigo; pues lo que ocurre no es locura, ni se golpean unos a otros por insolencia, ni se revuelcan en el barro o se espolvorean con polvo, sino que el asunto tiene una utilidad nada desagradable y aporta un vigor no pequeño a los cuerpos; si, en efecto, pasas tiempo en Grecia, como supongo que harás, no pasará mucho tiempo antes de que tú mismo seas uno de los embarrados o polvorientos; así de agradable y a la vez provechoso te parecerá el asunto. Anacarsis:¡ Quita, Solón! Que para ustedes sean esos los beneficios y placeres, pero si alguno de ustedes me tratara de tal modo, sabrá que no en vano llevamos ceñido el acinaces.
7
Anacarsis: Pero dime,¿ qué nombre le han puesto a lo que ocurre, o qué decimos que hacen ellos? Solón: El lugar mismo, Anacarsis, es llamado por nosotros gimnasio y es un recinto sagrado de Apolo Licio. Y ves también su estatua, el que está apoyado en la columna, que tiene el arco en la mano izquierda, mientras que la derecha, doblada sobre la cabeza, muestra al dios descansando como tras un largo esfuerzo.
8
De estos ejercicios, el que se hace en el barro se llama lucha, los que luchan en el polvo también luchan, y al golpearse unos a otros de pie lo llamamos pancracio. Y tenemos otros ejercicios como este de pugilato, de disco y de salto de altura, para todos los cuales organizamos competiciones, y el que vence es considerado el mejor de sus contemporáneos y se lleva los premios.
9
Anacarsis:¿ Y cuáles son esos premios para ustedes? Solón: En Olimpia, una corona de olivo silvestre; en el Istmo, de pino; en Nemea, una trenzada de apio; en Pitia, manzanas de los frutos sagrados del dios; y entre nosotros, en las Panateneas, el aceite de la moria.¿ Por qué te has reído, Anacarsis?¿ O es que te parecen pequeños? Anacarsis: No, sino que has enumerado premios muy solemnes, Solón, y dignos de que quienes los ofrecen se sientan orgullosos por la gran generosidad y de que los propios atletas se esfuercen al máximo por obtener tales cosas, de modo que por manzanas y apio se esfuercen tanto y se arriesguen siendo estrangulados unos por otros y siendo quebrantados, como si no fuera posible conseguir sin complicaciones manzanas para quien tenga deseo, o coronarse con apio o pino sin untarse la cara de barro ni recibir patadas en el vientre por parte de los adversarios.
10
Solón: Pero, excelente amigo, nosotros no miramos a los objetos dados en sí mismos. Pues estos son señales de la victoria y distintivos de quiénes son los que han vencido. Pero la gloria que acompaña a esto es lo que vale todo para los vencedores, por la cual está bien incluso recibir patadas para quienes persiguen la fama a través de los esfuerzos. Pues esta no se obtendría sin esfuerzo, sino que es necesario que quien aspira a ella soporte muchas dificultades al principio para luego esperar el fin provechoso y agradable de los trabajos. Anacarsis:¿ Dices eso, Solón, que el fin es agradable y provechoso, que todos los verán coronados y los elogiarán por la victoria, después de haberlos compadecido mucho antes por los golpes, y que ellos serán felices a cambio de los esfuerzos teniendo manzanas y apio? Solón: Eres inexperto en nuestras cosas todavía; pero dentro de poco te parecerán otras cosas respecto a ellas, cuando, al ir a las fiestas, veas a tal multitud de hombres reunidos para la contemplación de tales cosas y teatros de diez mil personas llenándose y a los atletas siendo elogiados, y al que de ellos ha vencido siendo considerado igual a un dios.
11
Anacarsis: Eso mismo, Solón, es lo más lamentable, si no sufren esto ante pocos, sino ante tantos espectadores y testigos de la insolencia, quienes, evidentemente, los felicitan al verlos rociados de sangre o estrangulados por sus rivales; pues estas son las cosas más felices que acompañan a su victoria. Entre nosotros, los escitas, si alguien, Solón, golpea a uno de los ciudadanos, o lo derriba al arremeter, o le desgarra las vestiduras, los ancianos imponen grandes multas, incluso si alguien sufre esto ante pocos testigos, y no ciertamente en teatros tan grandes como los que describes en el Istmo y en Olimpia. No obstante, me viene a la mente compadecer a los atletas por lo que sufren, y de los espectadores, a quienes dices que llegan de todas partes los mejores a las fiestas, me asombro mucho de que, dejando de lado lo necesario, pierdan el tiempo en tales cosas. Pues ni siquiera eso puedo comprender todavía, qué es lo agradable para ellos, ver a hombres siendo golpeados y peleando, y siendo arrojados contra el suelo y destrozados unos por otros.
12
Solón: Si fuera el momento, Anacarsis, de los Juegos Olímpicos, Ístmicos o Panateneas, el hecho mismo te habría enseñado que no en vano nos hemos esforzado en esto. Pues nadie podría convencerte con palabras de la alegría de lo que allí se hace, como si, sentado tú mismo en medio de los espectadores, vieras las virtudes de los hombres, la belleza de los cuerpos, las condiciones físicas admirables, las destrezas asombrosas, la fuerza invencible, la audacia, la ambición, las mentes invictas y el afán indecible por la victoria. Pues sé bien que no habrías dejado de elogiar, gritar y aplaudir.
13
Anacarsis:¡ Por Zeus, Solón, y riéndome además y burlándome! Pues todas esas cosas que enumeraste, las virtudes, las condiciones físicas, la belleza y la audacia, veo que se pierden entre ustedes sin motivo alguno, sin que la patria esté en peligro, ni el país sea saqueado, ni amigos o parientes sean llevados a la insolencia. De modo que serían tanto más ridículos, siendo los mejores, como dices, y sufriendo y fatigándose en vano tanto, y deshonrando la belleza y la estatura con la arena y los hematomas, para que, si vencen, se hagan con una manzana o un olivo silvestre. Pues me resulta agradable recordar siempre que los premios son tales. Pero dime,¿ todos los atletas los reciben? Solón: De ninguna manera, sino uno de entre todos, el que los ha vencido. Anacarsis:¿ Entonces, Solón, por lo incierto y dudoso de la victoria se esfuerzan tantos, y aun sabiendo que el que vence será uno solo, mientras que los derrotados son muchísimos, sufriendo en vano golpes, y algunos incluso recibiendo heridas?
14
Solón: Pareces, Anacarsis, no haber reflexionado todavía nada sobre una constitución recta; pues no habrías puesto en reproche las más bellas de las costumbres. Pero si alguna vez te preocupas por saber cómo una ciudad podría ser gobernada de la mejor manera y cómo sus ciudadanos podrían ser los mejores, elogiarás entonces tanto estos ejercicios como la ambición que ponemos en ellos, y sabrás que tienen mucho de útil mezclado con los esfuerzos, aunque ahora parezcan ser realizados en vano. Anacarsis: Y, sin embargo, Solón, por ninguna otra razón he venido de Escitia a ustedes, tras haber recorrido tanta tierra y haber cruzado el gran y tormentoso Ponto, sino para aprender las leyes de los griegos, comprender sus costumbres y ejercitarme en la mejor constitución. Por eso te elegí a ti, sobre todos los atenienses, como amigo y extranjero por tu fama, puesto que oía que eras una especie de redactor de leyes, descubridor de las mejores costumbres, introductor de prácticas útiles y, en general, un organizador de una constitución. De modo que no podrías enseñarme demasiado pronto y hacerme tu discípulo; pues yo, gustosamente, sentado junto a ti sin comer ni beber, mientras tú mismo pudieras hablar, escucharía boquiabierto mientras expones sobre la constitución y las leyes.
15
Solón: No es fácil, amigo, exponerlo todo en poco tiempo, sino que, yendo por partes, conocerás cada cosa, qué nos parece respecto a los dioses, qué respecto a los padres, a los matrimonios o a las demás cosas. Pero lo que sabemos sobre los jóvenes y cómo los tratamos, desde que empiezan a comprender lo mejor, a hacerse hombres con el cuerpo y a soportar los esfuerzos, te lo expondré ahora, para que aprendas por qué motivo les hemos propuesto estos ejercicios y los obligamos a ejercitar el cuerpo, no solo por causa de las competiciones, para que puedan llevarse los premios— pues a esas van muy pocos de entre todos—, sino porque obtenemos un bien mayor para toda la ciudad y para ellos mismos. Pues otra competición común se propone a todos los buenos ciudadanos y una corona no de pino, ni de olivo, ni de apio, sino una que contiene en sí misma la felicidad del hombre, como digo, la libertad de cada uno en particular y, en común, la de la patria, la riqueza, la gloria, el disfrute de las fiestas patrias, la salvación de los familiares y, en general, las cosas más bellas que uno podría desear que le sucedan por parte de los dioses. Todas estas cosas están entretejidas con la corona de la que hablo y se obtienen de aquella competición a la que conducen estos ejercicios y estos esfuerzos.
16
Anacarsis:¿ Entonces, admirable Solón, teniendo tales y tan grandes premios que exponer, me hablas de manzanas, apio, una rama de olivo silvestre y pino? Solón: Y, sin embargo, Anacarsis, tampoco esos te parecerán pequeños cuando comprendas lo que digo; pues provienen de la misma intención, y todas estas son partes pequeñas de aquella competición mayor y de la corona que enumeré, la de la felicidad total. Pero el discurso, no sé cómo, saltando el orden, mencionó antes aquellas cosas que ocurren en el Istmo, en Olimpia y en Nemea. Pero, no obstante, nosotros— pues estamos libres de ocupaciones y tú, como dices, te esfuerzas por escuchar— volveremos fácilmente al principio y a la competición común por la que digo que se practican todas estas cosas. Anacarsis: Mejor así, Solón; pues el discurso nos avanzaría más en el camino, y tal vez, por esto, me convencería de no reírme ya de aquellas cosas, si viera a alguien vanagloriándose de estar coronado con olivo o apio. Pero si te parece, yéndonos a aquel lugar sombreado, sentémonos en los asientos, para que no nos molesten los que gritan a los que luchan. Además— pues se dirá—, ya no soporto fácilmente el sol, que cae agudo y abrasador sobre la cabeza desnuda. Pues me pareció quitarme el gorro desde casa, para no ser el único entre ustedes que parezca extranjero por el atuendo. Y la época del año es la más ardiente, pues el astro que ustedes llaman perro lo quema todo y vuelve el aire seco y abrasador, y el sol, al mediodía, ya puesto sobre la cabeza, aporta este calor insoportable a los cuerpos. De modo que me asombro de ti, cómo siendo ya un hombre anciano, ni sudas ante el calor como yo, ni pareces molesto en absoluto, ni buscas un lugar sombreado donde refugiarte, sino que recibes el sol con facilidad. Solón: Pues estos esfuerzos vanos, Anacarsis, las continuas volteretas en el barro y las fatigas al aire libre en la arena nos proporcionan esta defensa contra los rayos del sol, y ya no necesitamos un gorro que impida que el rayo llegue a la cabeza.
17
Vámonos, pues. Y procura no prestar atención como a leyes a lo que te diga, como para creerlo todo, sino que, donde te parezca que algo no se dice correctamente, contradice enseguida y rectifica el discurso. Pues de una de las dos cosas no nos equivocaríamos en absoluto: o que tú te convenzas firmemente tras haber vertido todo lo que crees que debe ser contradicho, o que yo sea reeducado sobre que no pienso correctamente sobre ello. Y en esto, toda la ciudad de los atenienses no dejaría de agradecerte; pues todo lo que me enseñes y me convenzas hacia lo mejor, habrás beneficiado enormemente a aquella. Pues no ocultaría nada de ella, sino que lo pondría enseguida en medio y, habiéndome presentado en la Pnyx, diré a todos:« Hombres atenienses, yo les escribí las leyes que pensaba que serían las más útiles para la ciudad, pero este extranjero— señalándote, Anacarsis— es escita, pero siendo sabio me reeducó y me enseñó otras enseñanzas y prácticas mejores; de modo que el hombre sea registrado como benefactor de ustedes y erijan una estatua de bronce junto a los héroes epónimos o en la ciudad junto a Atenea». Y sabe bien que la ciudad de los atenienses no se avergonzará de aprender de un bárbaro y extranjero lo que es conveniente.
18
Anacarsis: Eso era, entonces, lo que oía sobre ustedes, los atenienses, que eran irónicos en sus palabras. Pues,¿ de dónde podría yo, un hombre de pastos y errante, que ha vivido en un carro, cambiando de tierra en tierra, y que no ha vivido nunca en una ciudad ni la ha visto más que ahora, exponer sobre la constitución y enseñar a hombres autóctonos, a esta ciudad antiquísima que habita desde hace tanto tiempo en buen orden, y especialmente a ti, Solón, para quien esto fue desde el principio, como dicen, una enseñanza, saber cómo una ciudad podría ser gobernada de la mejor manera y con qué leyes, al usarlas, sería feliz? Pero, no obstante, también esto, como legislador, debo creértelo, y contradeciré si algo me parece que no se dice correctamente, para aprenderlo con más firmeza. Y mira, ya hemos escapado del sol y estamos en el lugar sombreado, y hay un asiento muy agradable y oportuno sobre la piedra fría. Habla, pues, el discurso desde el principio, sobre cómo, al tomar a los jóvenes desde niños, los ejercitan enseguida, y cómo les resultan los mejores hombres a partir del barro y de estos ejercicios, y qué contribuye el polvo y las volteretas a su virtud. Pues esto es lo que más deseaba escuchar desde el principio; lo demás me lo enseñarás después, a su debido tiempo, cada cosa a su turno. De eso, sin embargo, Solón, acuérdate por mí durante la exposición, que hablarás ante un hombre bárbaro. Digo esto para que no enredes ni alargues los discursos; pues temo olvidar los primeros si los siguientes fluyen mucho.
19
Solón: Tú, Anacarsis, administrarás esto mejor, donde te parezca que el discurso no es muy claro o que se desvía a alguna parte fluyendo al azar; pues preguntarás entre medias lo que quieras e interrumpirás su longitud. Si, sin embargo, lo que se dice no es ajeno ni está lejos del objetivo, no impedirá nada, supongo, aunque se diga largo, puesto que también al consejo del Areópago, que es el que juzga nuestros juicios por homicidio, le es tradicional hacerlo así. Pues cuando, habiendo subido al Areópago, se sientan juntos para juzgar un homicidio, una herida premeditada o un incendio, se concede la palabra a cada uno de los juzgados y hablan por turno, el acusador y el acusado, o ellos mismos o hacen subir a oradores que hablen por ellos. Y mientras hablan sobre el asunto, el consejo aguanta escuchando en silencio; pero si alguien dice un preámbulo antes del discurso, para hacerlos más benévolos, o aporta compasión o exageración ajena al asunto— cosas que muchos hijos de oradores traman contra los jueces—, el heraldo, habiendo pasado, los hizo callar enseguida, no permitiendo tontear ante el consejo ni envolver el asunto en las palabras, para que los areopagitas vean los hechos desnudos. De modo que también a ti, Anacarsis, te hago areopagita en el presente, y escucha según la ley de mi consejo, y ordena callar si sientes que se está haciendo retórica; pero mientras se digan cosas propias del asunto, que sea lícito alargar. Pues ni siquiera haremos la reunión bajo el sol, para que moleste si la exposición se alarga, sino que la sombra es espesa y nosotros estamos libres de ocupaciones. Anacarsis: Son razonables tus palabras, Solón, y yo ya te estoy muy agradecido también por esto, porque, como tarea secundaria del discurso, me enseñaste lo que ocurre en el Areópago, cosas verdaderamente admirables y obras de buenos consejeros que llevan el voto hacia la verdad. Sobre esto, pues, habla ya, y yo, el areopagita— pues me has puesto este cargo—, escucharé según la forma del consejo.
20
Solón: Por tanto, es necesario que escuches brevemente lo que nos parece sobre la ciudad y los ciudadanos. Pues nosotros no consideramos que la ciudad sean las construcciones, como murallas, templos y astilleros, sino que estas existen como un cuerpo firme e inmóvil para la acogida y seguridad de los que viven en ella, pero ponemos toda la autoridad en los ciudadanos; pues estos son los que llenan, ordenan, realizan cada cosa y protegen, como es en cada uno de nosotros el alma. Habiendo comprendido esto, pues, nos preocupamos, como ves, también del cuerpo de la ciudad, adornándolo para que sea lo más bello posible para nosotros, tanto por dentro equipado con construcciones como por fuera cercado con estas murallas para la mayor seguridad. Pero sobre todo y ante todo nos preocupamos de que los ciudadanos sean buenos de alma y fuertes de cuerpo; pues los tales se servirán bien a sí mismos conviviendo en paz y salvarán la ciudad de la guerra, manteniéndola libre y feliz. La primera crianza de ellos la confiamos a madres, nodrizas y pedagogos para que los lleven y críen bajo educaciones libres, pero cuando ya se vuelven sensatos de lo que es correcto, y el pudor, el rubor, el miedo y el deseo de lo mejor brotan en ellos, y los cuerpos mismos parecen dignos para los esfuerzos, volviéndose más sólidos y constituyéndose hacia lo más fuerte, entonces, habiéndolos tomado, los enseñamos, proponiéndoles otras enseñanzas y ejercicios para el alma, y acostumbrando de otra manera los cuerpos a los esfuerzos. Pues no nos pareció suficiente el solo nacer como nació cada uno, ya sea en cuanto al cuerpo o en cuanto al alma, sino que necesitamos educación y enseñanzas para ellos, por las cuales lo que está bien dispuesto se volvería mucho mejor y lo que está mal se transformaría hacia lo mejor. Y el ejemplo lo tenemos de los agricultores, que, mientras las plantas son pequeñas y tiernas, las cubren y cercan para que no sean dañadas por los vientos, pero cuando el brote ya se engrosa, entonces podan lo superfluo y, entregándolas a los vientos para que las agiten y sacudan, las hacen más fructíferas.
21
Solón: Por tanto, el alma la avivamos primero con música y aritmética, y enseñamos a escribir letras y a leerlas con claridad; y a los que ya avanzan, habiendo adornado en metros las sentencias de hombres sabios, hechos antiguos y discursos útiles, para que los recuerden mejor, se los recitamos. Y ellos, al escuchar ciertas hazañas y acciones dignas de canto, se esfuerzan poco a poco y se despiertan hacia la imitación, para que ellos mismos sean cantados y admirados por los que vendrán después. Cosas que nos hicieron muchas Hesíodo y Homero. Pero cuando se acercan a la constitución y es necesario que ya manejen los asuntos comunes— aunque esto quizás esté fuera de la competición; pues no se propuso decir cómo ejercitamos sus almas desde el principio, sino por qué motivo consideramos ejercitarlos con tales esfuerzos. De modo que me ordeno a mí mismo callar, sin esperar al heraldo ni a ti, el areopagita, que por pudor, supongo, aguantas que diga tonterías ya tanto fuera del asunto. Anacarsis: Dime, Solón,¿ y para los que no dicen las cosas más necesarias en el Areópago, sino que callan, no se ha ideado ninguna multa por parte del consejo? Solón:¿ Por qué me preguntas eso? Pues aún no está claro. Anacarsis: Porque, habiendo dejado de lado las cosas más bellas y para mí más agradables de escuchar, las relativas al alma, piensas decir las menos necesarias, los ejercicios y fatigas de los cuerpos. Solón: Pues me acuerdo, noble amigo, de las advertencias desde el principio y no quiero desviar el discurso, no sea que, fluyendo, te perturbe la memoria. No obstante, diré también esto brevemente, en la medida de lo posible; pues la precisión del examen sobre ellos sería de otro discurso.
22
Solón: Regulamos, pues, sus mentes enseñándoles también las leyes comunes, que están expuestas públicamente para que todos las lean, escritas en grandes letras, ordenando qué es necesario hacer y de qué abstenerse, y mediante la compañía de hombres buenos, de quienes aprenden a decir lo necesario, a hacer lo justo, a convivir en igualdad unos con otros, a no desear lo vergonzoso, a aspirar a lo bello y a no hacer nada violento. Estos hombres son llamados por nosotros sofistas y filósofos. Y, ciertamente, reuniéndolos en el teatro, los educamos públicamente mediante comedias y tragedias, contemplando las virtudes y vicios de hombres antiguos, para que se aparten de unos y se apresuren hacia otros. A los comediógrafos, al menos, les permitimos incluso injuriar y burlarse de los ciudadanos que perciban que practican cosas vergonzosas e indignas de la ciudad, tanto por causa de ellos mismos, pues se vuelven mejores al ser reprendidos, como de la mayoría, para que eviten el reproche por cosas similares.
23
Anacarsis: Vi, Solón, a los que llamas trágicos y comediógrafos, si es que son esos, calzando calzado pesado y alto, adornada la vestimenta con cintas de oro, y puestos cascos ridículos que tenían la boca abierta de par en par; ellos mismos, desde dentro, gritaban mucho y caminaban no sé cómo con seguridad con el calzado. Y creo que entonces la ciudad celebraba a Dioniso. Los comediógrafos eran más bajos que aquellos, iban a pie, eran más humanos, gritaban menos y los cascos eran mucho más ridículos. Y el teatro entero, al menos, se reía de ellos; mientras que a los altos, todos los escuchaban con semblante sombrío, compadeciéndolos, supongo, por arrastrar tales grilletes. Solón: No compadecían a aquellos, buen amigo, sino que quizás el poeta mostraba alguna antigua desgracia a los espectadores y recitaba en tragedia discursos lastimeros ante el teatro, por los cuales los que escuchaban se deshacían en lágrimas. Y es probable que también hayas visto entonces a algunos tocando la flauta y a otros cantando juntos, de pie en círculo. Tampoco esos, Anacarsis, son cantos y toques inútiles. Pues, al afilar sus almas con todos estos y tales medios, se vuelven mejores para nosotros.
24
Solón: Los cuerpos, pues, lo que más deseabas escuchar, los ejercitamos así. Tras desnudarlos, como dije, al no ser ya blandos y estar totalmente sin consistencia, primero consideramos necesario acostumbrarlos al aire, familiarizándolos con cada una de las estaciones, para que no se disgusten por el calor ni se rindan ante el frío; después, los ungimos con aceite y los masajeamos, para que se vuelvan más vigorosos; pues sería absurdo que consideráramos que los cueros, al ser ablandados bajo el aceite, se vuelven más resistentes y duraderos, siendo ya muertos, y que no consideráramos que el cuerpo, que aún participa de vida, sería mejor tratado por el aceite. A partir de ahí, habiendo ideado ejercicios variados y habiendo puesto maestros para cada uno, enseñamos a uno a boxear, a otro a practicar el pancracio, para que se acostumbren a soportar los esfuerzos y a enfrentarse a los golpes, y no se aparten por miedo a las heridas. Esto nos produce en ellos dos cosas muy útiles: prepararlos con espíritu combativo ante los peligros, no escatimar los cuerpos y, además, ser fuertes y resistentes. Los que de ellos luchan inclinados hacia abajo, aprenden a caer con seguridad, a levantarse fácilmente, a empujar, a enredarse, a retorcerse, a ser capaces de ser estrangulados y a levantar al adversario a lo alto; tampoco estos practican cosas inútiles, sino que obtienen, sin duda, una cosa, la primera y mayor: sus cuerpos se vuelven más resistentes y fuertes al ser ejercitados. Y otra, que tampoco es pequeña: se vuelven expertos por esto, si alguna vez llegan a la necesidad de estas enseñanzas con armas; pues es evidente que tal hombre, al enfrentarse también a un enemigo, lo derribará más rápido tras haberle zancadilleado y, al caer, sabrá cómo levantarse lo más fácilmente posible. Pues todas estas cosas, Anacarsis, las procuramos para aquella competición que es con armas y consideramos que se sirven mucho mejor de los así ejercitados, una vez que, tras haber ablandado y ejercitado sus cuerpos desnudos, los hayamos hecho más fuertes, más valientes, ligeros, vigorosos y, a la vez, pesados para los adversarios.
25
Solón: Pues comprendes, supongo, lo que sigue, cómo es probable que sean con armas los que, incluso desnudos, habrían causado miedo a los enemigos, no mostrando una obesidad ociosa y blanca, o una falta de carne con palidez, como cuerpos de mujeres marchitados bajo la sombra, temblando y fluyendo enseguida con mucho sudor y jadeando bajo el casco, especialmente si también el sol, como ahora, quema al mediodía.¿ A qué podría servir alguien que tiene sed, que no soporta el polvo y que, si viera sangre, se perturba enseguida y muere antes de estar al alcance de un proyectil y de llegar a las manos con los enemigos? Estos, en cambio, están para nosotros bronceados hacia un tono más oscuro por el sol y son varoniles, mostrando mucho vigor, calor y hombría, resplandeciendo de tal condición física, ni arrugados y consumidos, ni excesivos en peso, sino definidos hacia la proporción, habiendo consumido con el sudor lo inútil y superfluo de las carnes, y conservando vigorosamente lo que proporcionaba fuerza y tono, sin mezcla de lo malo. Pues lo que hacen los que aventan el trigo, eso hacen para nosotros también los ejercicios en los cuerpos, expulsando la paja y las aristas, y seleccionando y acumulando el grano puro.
26
Solón, y por eso mismo es necesario que gocen de buena salud y que resistan el mayor tiempo posible en los esfuerzos; un hombre así empezaría a sudar tarde y rara vez parecería debilitado. Sería como si alguien, al llevar fuego, lo arrojara al mismo tiempo sobre el trigo, sobre su paja y sobre su tamo— pues vuelvo de nuevo al aventador—: la paja, creo, se incendiaría mucho más rápido, mientras que el trigo, al arder poco a poco, sin que se levante una gran llama ni por un impulso repentino, sino consumiéndose lentamente, se quemaría también él mismo tiempo después. Por tanto, ni la enfermedad ni el esfuerzo, al caer sobre un cuerpo así, lo vencerían fácilmente ni lo dominarían sin dificultad; pues por dentro está bien preparado y por fuera está muy sólidamente protegido contra ellos, de modo que no deja entrar ni admite ni al sol mismo ni al frío para daño del cuerpo. Y ante el agotamiento en los trabajos, el calor interno fluye en abundancia, ya que ha sido preparado desde hace mucho tiempo y almacenado para la necesidad imperiosa, reponiéndolo de inmediato al regarlo con su vigor y proporcionando resistencia contra el cansancio durante mucho tiempo; pues el haber trabajado y sufrido mucho de antemano no produce un desgaste de la fuerza, sino un incremento, y al ser avivada, se vuelve mayor.
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Y, además, los entrenamos para ser corredores, acostumbrándolos a resistir en la distancia y a aligerarse para la máxima velocidad en poco tiempo; y la carrera no es sobre terreno firme y resistente, sino en arena profunda, donde no es fácil ni apoyar el pie con firmeza ni sostenerse, al deslizarse el pie hacia lo que cede. Pero también se ejercitan con nosotros para saltar fosos, si fuera necesario, o cualquier otro obstáculo, incluso llevando pesas de plomo del tamaño de un puño en las manos. Luego, compiten en el lanzamiento de jabalina a distancia. Viste también en el gimnasio otra cosa, un disco de bronce circular, parecido a un escudo pequeño sin asa ni correas, y de hecho lo probaste cuando estaba en medio y te pareció pesado y difícil de agarrar por su lisura. Pues bien, eso lo lanzan hacia arriba al aire y hacia lejos, compitiendo por ver quién llega más lejos y supera a los demás; y este esfuerzo fortalece sus hombros y da tono a sus extremidades.
28
Y sobre el barro y el polvo, que al principio te parecieron más ridículos, escucha, admirable amigo, por qué se utilizan. Primero, para que la caída no les ocurra sobre terreno duro, sino que caigan con seguridad sobre lo blando; después, es necesario que el deslizamiento sea mayor al sudar en el barro, lo cual comparabas con las anguilas, no siendo inútil ni ridículo, sino que esto también contribuye no poco a la fuerza y al tono, cuando, estando así, se ven obligados a agarrarse con firmeza y a sujetar a quienes se deslizan; y considera que no es poca cosa levantarse en el barro sudado con aceite, esforzándose por escapar y escurrirse de las manos. Y todo esto, como dije antes, es útil para las guerras, por si fuera necesario levantar fácilmente a un amigo herido para ponerlo a salvo o incluso capturar a un enemigo y traerlo cargado en vilo. Y por eso nos ejercitamos hasta el exceso, proponiendo las tareas más difíciles para que soporten las menores con mucha mayor facilidad.
29
En cambio, creemos que el polvo es útil para lo contrario, para que no se deslicen al luchar cuerpo a cuerpo. Pues una vez que se han ejercitado en el barro para sujetar lo que se escapa por la viscosidad, se acostumbran a escapar ellos mismos cuando son agarrados por las manos, incluso estando sujetos de forma ineludible. Y, además, el polvo parece retener el sudor que brota en abundancia al ser espolvoreado, hace que la fuerza dure mucho tiempo y se convierte en un impedimento para no ser dañados por los vientos que golpean entonces los cuerpos abiertos y porosos. Además, limpia la suciedad y hace al hombre más brillante. Y yo, de buena gana, habiendo puesto cerca a uno de esos pálidos que viven a la sombra y a cualquiera de los que se ejercitan en el Liceo, tras lavarles el polvo y el barro, te preguntaría a cuál de los dos desearías parecerte; pues sé que elegirías de inmediato a primera vista, aunque no hubieras probado las acciones de cada uno, estar firme y compacto antes que ser delicado, escurridizo y pálido por la falta de ejercicio y la huida de la sangre hacia el interior.
30
Esto es, Anacarsis, lo que entrenamos en los jóvenes, pensando que llegarán a ser buenos guardianes de nuestra ciudad y que viviremos en libertad gracias a ellos, dominando a los enemigos si nos atacan, y siendo temibles para los vecinos, de modo que la mayoría de ellos nos teman y nos paguen tributo. Y en tiempos de paz, a su vez, los utilizamos mucho mejor, al no competir por nada vergonzoso ni dejarse llevar por la insolencia debido a la ociosidad, sino ocupándose en tales cosas y estando ocupados en ellas. Y lo que dije que es el bien común y la máxima felicidad de la ciudad, eso es, cuando la juventud aparece preparada de la mejor manera tanto para la paz como para la guerra, esforzándose por lo más noble entre nosotros.
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Entonces, Solón, si alguna vez los enemigos los atacan, úntense con aceite, empolvense y salgan ustedes también con los puños en alto contra ellos, y ellos, sin duda, les temerán y huirán temiendo que, con la boca abierta, les echen arena en la boca o que, saltando alrededor para ponerse a sus espaldas, les enreden las piernas alrededor del vientre y los estrangulen metiendo el antebrazo bajo el casco. Y, por Zeus, ellos dispararán flechas y lanzarán jabalinas, es evidente, pero a ustedes, como si fueran estatuas, no les alcanzarán los proyectiles, al estar curtidos por el sol y haber acumulado mucha sangre. Pues ustedes no son paja ni espigas para ceder rápidamente ante los golpes, sino que, al ser cortados con heridas profundas, apenas mostrarían un poco de sangre. Pues tales cosas dices, si no entendí mal el ejemplo.
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Anacarsis, o bien se pondrán entonces aquellas armaduras de los cómicos y trágicos, y si se les presenta una salida, se pondrán esos cascos de boca abierta para ser más temibles para los enemigos al asustarlos, y se pondrán, por supuesto, ese calzado alto; pues huyen, si es necesario, con ligereza, y si persiguen, serán ineludibles para los enemigos, al dar ustedes zancadas tan grandes hacia ellos. Pero mira no sea que estas cosas elegantes sean para ustedes tonterías, juegos y distracciones para jóvenes ociosos y que quieren vivir sin preocupaciones. Pero si desean a toda costa ser libres y felices, necesitarán otros ejercicios y un entrenamiento verdadero, el que se hace con las armas, y la competición no será entre ustedes con juegos, sino contra los enemigos con peligros, mientras practican la virtud. Así que, dejando el polvo y el aceite, enséñales a disparar flechas y a lanzar jabalinas, no dando jabalinas ligeras y tales que se desvíen con el viento, sino que sea una lanza pesada que gire con silbido, una piedra del tamaño de un puño, un hacha de guerra, un escudo en la mano izquierda, una coraza y un casco.
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Tal como están ahora, me parece que se salvan por la benevolencia de algún dios, al no haber perecido todavía a manos de unos pocos hombres ligeros que los atacaran. Mira, si desenvainando este pequeño puñal que llevo junto al cinturón atacara yo solo a todos sus jóvenes, tomaría el gimnasio al primer grito, huyendo ellos y sin que nadie se atreviera a mirar al hierro, sino que, rodeando las estatuas y escondiéndose tras las columnas, me causarían risa mientras lloran y tiemblan. Y entonces verías que ya no tienen los cuerpos sonrojados como ahora, sino que todos se volverían pálidos al instante, transformados por el miedo. Así los ha dejado la paz, al ser tan profunda, que no soportarían fácilmente ver ni siquiera un penacho de un casco enemigo.
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Solón, no dijeron eso, Anacarsis, los tracios que marcharon contra nosotros con Eumolpo, ni las mujeres de ustedes que avanzaron contra la ciudad con Hipólita, ni los demás que nos probaron en armas. Pues nosotros, bienaventurado amigo, no porque ejercitemos así los cuerpos desnudos de los jóvenes, por eso los sacamos sin armas a los peligros, sino que, cuando llegan a ser los mejores por sí mismos, se entrenan después con las armas, y mucho mejor las usarían estando así dispuestos. Anacarsis:¿ Y dónde está para ustedes ese gimnasio con armas? Pues yo no vi nada parecido en la ciudad, habiéndola recorrido toda en círculo. Solón: Pero lo verías, Anacarsis, habiendo pasado más tiempo con nosotros, y muchas armas para cada uno, que usamos cuando es necesario, y penachos, y adornos para caballos, y jinetes, casi la cuarta parte de los ciudadanos. Sin embargo, consideramos superfluo llevar armas siempre y llevar un alfanje al cinto en tiempos de paz, y de hecho hay una multa para quien lleve hierro en la ciudad sin necesidad o saque armas a la vía pública. Ustedes, en cambio, son disculpables por vivir siempre en armas; pues vivir sin protección es fácil para la intriga, y las guerras son muy frecuentes, y es incierto cuándo alguien, al detenerse, podría matar a otro mientras duerme, arrastrándolo del carro; y la desconfianza mutua, al no vivir bajo leyes, hace necesario el hierro siempre, para estar cerca y defenderse si alguien usara la violencia.
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Anacarsis: Entonces, Solón,¿ les parece superfluo llevar hierro sin ninguna necesidad, y ahorran las armas para que no se estropeen por el uso, sino que las guardan almacenadas para usarlas cuando llegue la necesidad; pero los cuerpos de los jóvenes los agotan sin que ninguna urgencia los apremie, golpeándolos y consumiéndolos con el sudor, no reservando sus fuerzas para lo necesario, sino derrochándolas en vano en el barro y el polvo? Solón: Pareces, Anacarsis, pensar sobre la fuerza como si fuera similar al vino, al agua o a cualquier otro líquido. Temes, pues, que como de una vasija de barro se escape inadvertidamente en los esfuerzos y luego se vaya, dejándonos el cuerpo vacío y seco, sin ser repuesto por nada desde dentro. Pero no es así, sino que cuanto más la agota uno con los esfuerzos, tanto más fluye, según el mito de la Hidra, si has oído hablar de él, cómo en lugar de una cabeza cortada siempre brotaban otras dos. Pero si alguien no está entrenado desde el principio y está débil, y no tiene una materia duradera como base, entonces se vería dañado y marchitado por los esfuerzos, algo parecido a lo que ocurre con el fuego y la lámpara. Pues bajo el mismo soplo, el fuego lo avivarías y lo harías más grande en poco tiempo al estimularlo con el aire, y la luz de la lámpara la apagarías al no tener suficiente suministro de materia para ser duradera frente al aire que sopla en contra; pues no brotaba, creo, de una raíz fuerte.
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Anacarsis: Estas cosas, Solón, no las entiendo del todo; pues has hablado de cosas más sutiles de lo que yo puedo comprender, que requieren una reflexión precisa y una mente de aguda visión. Pero dime una cosa, por favor:¿ por qué no hacen la competición con armas también en los juegos olímpicos, ístmicos, píticos y los demás, cuando muchos, como dices, se reúnen para ver a los jóvenes competir, sino que los sacan desnudos al medio y los muestran pateándose y golpeándose, y a los vencedores les dan manzanas y una corona de olivo? Pues vale la pena saber esto, por qué lo hacen así. Solón: Porque creemos, Anacarsis, que el entusiasmo por los gimnasios nacería mayor en ellos si vieran a los que sobresalen en ellos ser honrados y proclamados en medio de todos los griegos. Y por eso, como van a desnudarse ante tantos, se preocupan por su buena forma física, para no avergonzarse al estar desnudos, y cada uno se esfuerza por hacerse digno de la victoria. Y los premios, como dije antes, no son pequeños: el elogio de los espectadores y el llegar a ser el más distinguido y ser señalado con el dedo como el mejor de sus contemporáneos. Por tanto, muchos de los espectadores, que aún están en edad de entrenamiento, se van habiendo sentido un amor no moderado por tal virtud y tales esfuerzos. Pues si alguien, Anacarsis, expulsara de la vida el amor a la gloria,¿ qué bien nos quedaría aún, o quién desearía hacer algo brillante? Ahora, incluso a partir de esto, podrían conjeturar qué clase de hombres serían en las guerras por la patria, los hijos, las mujeres y los templos, teniendo armas, si los que compiten por una corona de olivo y manzanas desnudos ponen tanto entusiasmo en vencer.
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Solón: Aunque,¿ qué te pasaría si vieras también combates de codornices y gallos entre nosotros y el interés no pequeño por ellos?¿ O te reirías, es evidente, y más si supieras que lo hacemos bajo ley y que se ordena a todos los que están en edad de participar estar presentes y ver a las aves pelear hasta la rendición final? Pero ni siquiera esto es ridículo; pues se introduce suavemente en las almas un impulso hacia los peligros, para que no parezcan más nobles ni más audaces que los gallos ni se rindan antes de tiempo por heridas, cansancio o cualquier otra dificultad. Pero probarlos en armas y verlos heridos—¡ lejos de nosotros!—, pues es bestial, terriblemente tosco y, además, inútil matar a los mejores y a quienes uno podría usar mejor contra los enemigos.
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Solón: Y puesto que dices, Anacarsis, que vas a recorrer también el resto de Grecia, recuerda, si alguna vez vas a Lacedemonia, no reírte de ellos ni pensar que se esfuerzan en vano cuando, ya sea luchando por una pelota en el teatro, se golpean unos a otros, o cuando entran en un terreno rodeado de agua, divididos en falanges, actúan como enemigos unos contra otros estando ellos mismos desnudos, hasta que los unos expulsan del recinto al otro grupo, los de Licurgo a los de Heracles o viceversa, empujándolos al agua; pues después de esto hay paz y nadie golpearía ya a nadie. Pero sobre todo si ves que los azotan en el altar y corren sangre, y los padres y madres están presentes no solo sin afligirse por lo que sucede, sino incluso amenazándolos si no resisten los golpes, y suplicándoles que resistan el mayor tiempo posible ante el esfuerzo y que soporten los peligros. Muchos, de hecho, murieron en la competición al no haber querido rendirse estando aún vivos ante los ojos de sus familiares ni ceder con sus cuerpos; de los cuales verás también que sus estatuas son honradas públicamente por Esparta al ser erigidas. Cuando veas, pues, esas cosas, no supongas que están locos ni digas que se torturan sin ninguna causa necesaria, ni por un tirano que los obligue ni por enemigos que los traten así. Pues Licurgo, su legislador, te diría también sobre ellos muchas cosas razonables y lo que vio al castigarlos, no siendo enemigo ni haciéndolo por odio ni malgastando en vano a la juventud de la ciudad, sino considerando que deben ser los más resistentes y superiores a todo peligro los que han de salvar la patria. Aunque, incluso si Licurgo no lo dijera, entiendes, creo, tú mismo que alguien así, si fuera capturado en la guerra, nunca revelaría nada secreto de Esparta aunque los enemigos lo torturaran, sino que, riéndose de ellos, sería azotado compitiendo contra el que golpea, a ver quién de los dos se rinde primero.
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Anacarsis:¿ Y Licurgo mismo, Solón, era azotado en su juventud, o ya fuera de tiempo para la competición se jactaba con seguridad de tales cosas? Solón: Siendo ya anciano escribió las leyes para ellos al llegar de Creta. Había estado de viaje entre los cretenses porque oía que eran los más legalistas, habiendo legislado Minos, hijo de Zeus, entre ellos. Anacarsis:¿ Por qué entonces, Solón, no imitaste también tú a Licurgo y azotas a los jóvenes? Pues también estas cosas son hermosas y dignas de ustedes. Solón: Porque para nosotros son suficientes, Anacarsis, estos ejercicios por ser los propios; pero no consideramos digno emular los extranjeros. Anacarsis:¿ No? Pero entiendes, creo, qué clase de cosa es ser azotado desnudo levantando las manos hacia arriba sin ninguna utilidad ni para cada uno mismo ni para la ciudad en común. Pues yo, si alguna vez visito Esparta en el momento en que hacen estas cosas, creo que seré apedreado públicamente por ellos, riéndome de cada uno cuando los vea golpeados como ladrones o carteristas o habiendo hecho cualquier otra cosa semejante. Pues, sencillamente, me parece que su ciudad necesita eléboro al sufrir cosas ridículas por sí misma.
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Solón: No creas, noble amigo, que vas a ganar hablando solo, sin que nadie esté presente ni los hombres allí; pues habrá alguien que también en Esparta te contradiga con razones sobre ellos. Pero, puesto que yo te he expuesto lo nuestro y tú pareces no estar muy satisfecho con ello, no creo que sea injusto pedirte que tú también, a tu vez, me expongas de qué manera ustedes, los escitas, disponen a los jóvenes que tienen y con qué ejercicios los crían y cómo llegan a ser hombres buenos para ustedes. Anacarsis: Con toda justicia, Solón, y yo también relataré las costumbres de los escitas, quizás no solemnes ni como las de ustedes, que no nos atreveríamos a recibir ni un solo golpe en la cara; pues somos cobardes; pero se dirá, al menos, cómo son. Sin embargo, dejemos la conversación para mañana, si te parece, para que pueda reflexionar con calma sobre lo que tú mismo dijiste y pueda reunir en mi memoria lo que debo decir. Por ahora, vámonos, pues ya es tarde.

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