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Original / primary: Spanish Gemini
1
Hace tiempo que reflexiono conmigo mismo, mi querido Sabino, sobre lo que es natural que te haya venido a la mente al leer mi libro sobre los que viven a sueldo; pues que no lo leíste sin reír es algo que me resulta muy evidente. Pero ahora busco aplicar a lo leído aquello que decías entre líneas y al final de todo. Si no soy malo en el arte adivinatorio, me parece oírte decir:«¿ Entonces, alguien que ha escrito esto mismo y ha desarrollado una acusación tan terrible contra tal modo de vida, luego, olvidándose de todo, como si se hubiera dado la vuelta a la concha, se ha arrojado voluntariamente a una servidumbre tan manifiesta y notoria?¿ Cuántos Midas, Cresos y Pactolos enteros lo convencieron para abandonar la libertad, querida y compañera desde la infancia, y, estando ya junto al mismo Éaco y teniendo casi el otro pie en la barca, prestarse a ser arrastrado y llevado como si tuviera el cuello atado por algún collar de oro?¿ Qué son esas pequeñas esfinges y corales de los ricos que viven en el lujo? En fin, hay una gran discrepancia entre la vida actual y el escrito, y esto de que los ríos fluyan hacia arriba, que todo se haya invertido y que se retracte hacia lo peor, no sería,¡ por Zeus!, por Helena ni por los que estuvieron en Ilión, sino por el hecho de que se derriban los argumentos que antes parecían haber sido bien expresados».
2
Esto es lo que, como es natural, te habrás dicho a ti mismo. Pero quizás añadirás también para mí mismo algún consejo de este tipo, no inoportuno, sino amistoso y propio de un hombre bueno y filósofo como tú. Si, pues, asumiendo tu papel, actúo dignamente, nos irá bien y sacrificaremos al Logio; si no, tú añadirás lo que falte. Es hora, pues, de que, tras haber cambiado nosotros la escena, yo guarde silencio y soporte ser cortado y cauterizado, si fuera necesario, para mi salvación, y tú espolvorees los medicamentos, teniendo a la vez a mano el bisturí y el cauterio al rojo vivo; y ya, habiendo asumido el papel, tú, Sabino, me dices esto.
3
« Hace tiempo, amigo mío, como es natural, este escrito tuyo gozó de buena fama, tanto al ser expuesto ante una gran multitud, como contaban los que entonces lo escucharon, como en privado entre los instruidos, cuantos consideraron digno tratarlo y tenerlo en sus manos; pues la preparación de los argumentos no era censurable, la historia era abundante, la experiencia de los asuntos grande y cada cosa se decía con claridad, y lo más importante, que era útil para todos, y especialmente para los instruidos, para que por ignorancia no se sometieran a la servidumbre. Pero puesto que cambiaste de opinión y decidiste que esto era mejor, y dejar que la libertad se despida, y emular aquel yambo tan innoble donde hay ganancia, hay que servir contra la naturaleza, mira que nadie más te escuche leyéndolo, y ni siquiera permitas que a otro de los que ven tu vida actual se le ocurran las cosas escritas, y reza a Hermes ctónico para que derrame un gran olvido sobre los que lo escucharon antes, o parecerá que has sufrido lo mismo que el mito corintio, habiendo escrito Belerofonte el libro contra sí mismo; pues,¡ por Zeus!, no veo la apología que pudiera ser presentable ante los que te acusan, y especialmente si lo hacen con risas, elogiando lo escrito y la libertad que hay en ello, pero viendo al propio autor sirviendo y sometiendo voluntariamente el cuello al yugo».
4
« No dirían cosas inverosímiles, pues, si dijeran que el libro es de algún otro hombre noble y que tú, la grajilla, te pavoneas con plumas ajenas, o, si es tuyo, que haces cosas similares a Salaitos, quien, tras establecer una ley muy amarga contra los adúlteros para los crotoniatas y ser admirado por ella, poco después fue capturado él mismo adulterando con la mujer de su hermano. Alguien podría decir, pues, que tú eres aquel Salaitos al pie de la letra; o mejor, que aquel era mucho más moderado, pues, capturado por el amor, como decía en su defensa, saltó voluntariamente al fuego con mucha entereza, a pesar de que los crotoniatas ya se compadecían de él y le permitían huir si quería. Lo tuyo no es poco más absurdo, pues, al precisar en los discursos la condición servil de tal vida y acusar si alguien, habiendo caído en casa de algún rico y habiéndose encerrado, soportara sufrir y hacer diez mil cosas penosas, y en la vejez extrema y casi ya sobre el umbral, hubiera asumido una servidumbre tan innoble y casi se jactara de ella; pues cuanto más distinguido pareces ser para todos, tanto más ridículo parecerías ser, al estar en contradicción tu vida actual con el libro».
5
« Y, sin embargo,¿ qué necesidad hay de buscar una nueva acusación contra ti después de la maravillosa tragedia que dice:" Odio al sofista que no es sabio para sí mismo"? Los acusadores no carecerán de otros ejemplos contra ti, sino que unos te compararán con los actores trágicos, que en el escenario cada uno de ellos es Agamenón o Creonte o el mismo Heracles, pero fuera, al quitarse las máscaras, se convierten en Polos o Aristodemos, actuando como trágicos a sueldo, fracasando y siendo silbados, y a veces incluso azotados, según le parezca al teatro; otros dirán que te ha pasado lo del mono que dicen que tuvo Cleopatra; pues aquel, habiendo sido enseñado a bailar durante un tiempo con mucha moderación y armonía, y siendo admirado durante mucho tiempo permaneciendo en la figura y guardando el decoro y moviéndose con los que cantaban y tocaban el himeneo, cuando vio, creo, higos secos o una almendra lejos, despidiéndose de las flautas, los ritmos y las danzas, los arrebató para devorarlos, arrojando, o mejor dicho, destrozando la máscara».
6
« Y tú, pues, dirían, no siendo un actor, sino un poeta de las cosas más bellas y un legislador, ante este higo seco que apareció, fuiste desenmascarado como un mono, filosofando desde la punta de los labios y ocultando unas cosas en la mente y diciendo otras, de modo que alguien podría decir con razón sobre ti que lo que dices y por lo que pretendes ser elogiado, tus labios lo humedecieron, pero tu paladar lo dejó seco. Por tanto, pagaste la pena inmediatamente, habiéndote mostrado temerario ante las necesidades de los hombres, pero poco después casi renegando de la libertad bajo pregoneros. Y parecía que Adrastea, que estaba entonces detrás de ti mientras eras elogiado por lo que acusabas a los otros, se reía como un dios que conocía el cambio que te esperaba hacia cosas similares y que no habías escupido en tu regazo antes de pretender acusar a los que, por diversas fortunas, soportaban hacer tales cosas».
7
« Si, pues, alguien supusiera en el discurso a Esquines, después de la acusación contra Timarco, capturado él mismo y sorprendido sufriendo lo mismo,¿ cuánto crees que sería la risa de los que ven, si reprendía a Timarco por los errores cometidos en su juventud, y él mismo, siendo ya viejo, cometía tales ilegalidades contra sí mismo? Y en general, te pareces a aquel vendedor de fármacos que, pregonando un remedio para la tos y prometiendo que los que sufren cesarían inmediatamente, él mismo aparecía siendo arrastrado por la tos entre medias».
8
Esto y muchas otras cosas similares diría alguien como tú, acusando en un tema tan amplio y que ofrece diez mil motivos; pero yo ya reflexiono sobre qué camino tomar para la apología.¿ Es lo mejor para mí, habiendo actuado mal y volviendo la espalda y no negando que cometo una injusticia, refugiarme en aquella apología común— me refiero a la Fortuna, el Destino y el Hado— y pedir perdón a los que me critican, sabiendo que no somos dueños de nada, sino que somos llevados por algo más fuerte, o mejor, por una de las cosas mencionadas anteriormente, no voluntariamente, sino siendo totalmente inocentes de lo que decimos o hacemos?¿ O esto es algo totalmente vulgar, y ni siquiera tú, amigo mío, soportarías que yo presentara tal apología y tomara como defensor a Homero y recitara sus versos:" Ningún hombre ha escapado a su destino, ni el cobarde ni el valiente, una vez que ha nacido", y lo que el destino hiló con el hilo cuando su madre lo dio a luz?
9
Pero si, dejando este argumento por no ser muy digno de crédito, dijera que no fui seducido ni por dinero ni por ninguna otra esperanza similar para emprender la presente convivencia, sino que, habiendo admirado la inteligencia, la valentía y la grandeza de espíritu del hombre, quise compartir las acciones con tal persona, temo que, además de la acusación que se me hace, añada la causa de adulación y luego me encuentre, como dicen, sacando un clavo con otro, y además uno más grande que el más pequeño, en la medida en que la adulación ha sido considerada el más servil de todos los demás males y, por tanto, el peor.
10
Entonces,¿ qué otra cosa queda, si no parece que deba decir ni esto ni aquello, sino confesar que no tengo nada sano que decir? Quizás me queda aquel ancla aún no mojada: lamentar la vejez, la enfermedad y, junto con ellas, la pobreza que persuade a hacer y sufrir todo, para que uno pueda escapar de ella; y en tal caso, quizás no sea inoportuno invocar también a la Medea de Eurípides para que, presentándose, diga por mí aquellos yambos, parafraseándolos un poco:« Y entiendo qué males voy a hacer, pero la pobreza es más fuerte que mis planes». Pues lo de Teognis, aunque yo no lo diga,¿ quién no lo sabe?, que no desdeña arrojarse al mar profundo y por precipicios escarpados, si alguien va a escapar así de la pobreza.
11
Esto parece ser lo que uno podría tener para disculparse en tal situación, aunque cada una de estas cosas no es muy presentable. Pero tú, amigo, ten ánimo, pues yo no usaré ninguna de ellas; pues que nunca tal hambre alcance a Argos como para intentar sembrar en el Cillárabis; ni nosotros somos tan pobres en una apología razonable como para buscar tales refugios ante la acusación por falta de recursos. Pero reflexiona sobre esto conmigo: que hay una gran diferencia entre entrar en la casa de un rico para servir a sueldo y soportar todo lo que dice el libro, o hacer algo de los asuntos públicos y, en la medida de lo posible, participar en la política y, por ello, recibir un sueldo del rey. Examina cada cosa por separado y ponla en privado; pues encontrarás que esto es, como dicen los músicos, una octava de diferencia, y que las vidas se parecen tanto como el plomo a la plata, el bronce al oro, la anémona a la rosa y el mono al hombre; pues el sueldo existe allí y aquí, y el estar bajo otro, pero el asunto tiene una gran discrepancia. Pues allí la servidumbre es clara y los que entran por tal motivo no difieren mucho de los comprados con dinero y los criados en casa, pero los que tienen los asuntos públicos en sus manos y se ofrecen útiles a ciudades y naciones enteras no podrían ser razonablemente difamados solo por el sueldo y arrastrados a la semejanza y comunidad de la acusación; puesto que uno no terminaría de destruir todas las magistraturas de este tipo, y ni los que administran tantas naciones, ni los que gobiernan las ciudades, ni los que se encargan de las falanges o ejércitos enteros harían lo correcto, puesto que también su sueldo acompaña a su trabajo. Pero no se debe, creo, derribar todo a partir de una sola cosa ni establecer una igualdad de los que reciben sueldo.
12
Y en general, yo no decía que todos los que trabajan a sueldo viven una vida vil, sino que compadecía a los que sirven en las casas bajo el pretexto de la educación. Pero esto, amigo mío, es algo totalmente diferente, si es que en casa somos iguales en rango, y en público participamos del mayor cargo y colaboramos en la parte. Yo, al menos, si lo examinaras, te parecería que no se me ha confiado lo más pequeño de esta administración egipcia: introducir los juicios y darles el orden correspondiente, y escribir actas de todo lo que se hace y se dice, y regular las retóricas de los que litigan, y preservar las decisiones del gobernante con la mayor fidelidad, a la vez que con la mayor claridad y precisión, y entregarlas públicamente para que queden guardadas para siempre, y el sueldo no es privado, sino del rey, y tampoco es pequeño, sino de muchos talentos; y las esperanzas después de esto tampoco son malas, si las cosas suceden como es natural, sino que se me confíe una nación u otras acciones reales.
13
Quiero, pues, habiendo usado la franqueza de forma superflua y habiendo hecho frente a la acusación que se me hace, disculparme exageradamente, y digo que nadie hace nada sin sueldo, ni siquiera si mencionas a los que hacen las cosas más grandes, donde ni el rey mismo está sin sueldo. No hablo de tributos ni impuestos, los que llegan anualmente de los gobernados, sino que el sueldo más grande para un rey son los elogios y la gloria ante todos y ser venerado por sus beneficios, y las estatuas, los templos y los recintos sagrados que tienen de los gobernados son también sueldos por las preocupaciones y la previsión que aportan, cuidando siempre de los asuntos públicos y mejorándolos. Para comparar lo pequeño con lo grande, si quieres empezar desde la cima del montón y bajar a cada una de estas cosas de las que se compone, verás que diferimos de los más altos en magnitud y pequeñez, pero los demás son todos igualmente asalariados.
14
Si, pues, hubiera establecido esta ley, que nadie haga nada, parecería razonablemente culpable de ilegalidad, pero si esto no se dice en ninguna parte del libro, y el hombre bueno debe ser activo,¿ qué otra cosa podría usar para su provecho, sino trabajar con sus amigos por lo mejor y, en medio, al aire libre, dar prueba de sí mismo de cómo tiene fe, celo y benevolencia hacia lo que se le ha confiado, para que no sea aquel inútil peso de la tierra homérico?
15
Pero antes de todo, los que critican deben recordar que no me criticarán por ser sabio— si es que hay alguien más sabio en algún lugar—, sino por ser del común del pueblo, que ha practicado los discursos y es elogiado moderadamente por ellos, pero que no está muy ejercitado en aquella virtud extrema de los que están en la cima; y,¡ por Zeus!, tampoco vale la pena que me aflija por esto, porque tampoco he encontrado a otro que cumpla la promesa del sabio. Sin embargo, me sorprendería que tú me criticaras por mi vida actual, si es que me criticas, tú que sabías desde hace mucho tiempo que obtuve los mayores sueldos por la retórica pública, cuando, al visitar el Océano occidental y la tierra celta a la vez, nos encontraste contados entre los sofistas de gran sueldo. Esto, amigo mío, aunque estoy en diez mil ocupaciones, te lo he respondido, no considerando secundario que la carta blanca y llena me fuera traída por ti; puesto que, ante los demás, aunque todos me acusen a la vez, me bastaría con el" no es asunto de Hipoclides".

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