Bacchus
Lucian of Samosata (lucian-of-samosata)Bacc 1 · spanish-geminiMore by Lucian of Samosata (lucian-of-samosata)
Choose a text
id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/lucian-of-samosata" aria-label="More works by Lucian of Samosata (lucian-of-samosata)">
—
⋯
Original / primary: Spanish Gemini
1
Cuando Dioniso emprendió una expedición contra los indios— pues nada impide, creo, contarles también un mito báquico—, dicen que los hombres de allí lo menospreciaron tanto al principio que se reían de él al avanzar, o más bien se compadecían de su audacia, pensando que sería pisoteado de inmediato por los elefantes si se enfrentaba a ellos. Pues escuchaban, creo, a los vigías informar cosas extrañas sobre su ejército: que su falange y sus compañías eran mujeres fuera de sí y enloquecidas, coronadas con hiedra, vestidas con pieles de cervatillo, que llevaban pequeñas lanzas sin hierro, hechas también de hiedra, y unos escuditos ligeros que resonaban si alguien apenas los tocaba— pues los comparaban con escudos, creo, a los tambores—, y que había algunos jóvenes rústicos, desnudos, que bailaban el cordax, con colas y cuernos, como los que les brotan a los cabritos recién nacidos.
2
Y que el propio general iba montado en un carro tirado por leopardos, completamente imberbe, sin ni siquiera un poco de vello en las mejillas, con cuernos, coronado con racimos de uvas, con la cabellera sujeta por una mitra, vestido con púrpura y calzado dorado. Que lo secundaban dos lugartenientes: uno, bajo, anciano, algo grueso, barrigón, de nariz chata, con orejas grandes y erguidas, tembloroso, apoyado en un bastón, que montaba casi siempre en un asno, vestido también con una túnica color azafrán, un coronel suyo muy convincente; y el otro, un hombre gigantesco, parecido a un macho cabrío de cintura para abajo, peludo en las piernas, con cuernos, de barba espesa, irascible y colérico, que llevaba una flauta en una mano y en la derecha levantaba un bastón curvo, saltando por todo el campamento; y que incluso las mujeres le temían y agitaban sus cabelleras al viento cuando se acercaba, gritando'¡ evohé!', lo cual suponían que era el nombre de su señor. Que los rebaños ya eran arrebatados por las mujeres y los animales eran despedazados aún vivos, pues decían que ellas eran comedoras de carne cruda.
3
Los indios y su rey, al oír esto, se reían, como era natural, y ni siquiera consideraban necesario salir a su encuentro o formar en batalla, sino que, si acaso, soltarían a las mujeres contra ellos si se acercaban; y les parecía vergonzoso incluso vencer y matar a mujeres enloquecidas, a un jefe con mitra femenina, a un viejecito borracho, a otro soldado mitad cabra y a bailarines desnudos, todos ellos ridículos. Pero cuando se anunció que el dios ya estaba incendiando el país, quemando ciudades con sus habitantes, prendiendo fuego a los bosques y en poco tiempo llenando toda la India de llamas— pues el fuego es un arma dionisíaca, heredada de su padre y del rayo—, entonces sí, con premura, tomaron las armas y, tras aparejar y poner bridas a los elefantes y colocarles las torres encima, salieron a su encuentro, despreciándolo aún entonces, pero enfurecidos, sin embargo, y apresurándose a aplastar a aquel general imberbe con todo su ejército.
4
Cuando estuvieron cerca y se vieron unos a otros, los indios, poniendo a los elefantes en vanguardia, hicieron avanzar la falange, mientras que Dioniso ocupaba el centro, y en el ala derecha lo guiaba Sileno, y en la izquierda Pan; los sátiros habían sido establecidos como capitanes y comandantes de compañía, y la consigna para todos era'¡ evohé!'. De inmediato resonaron los tambores, los címbalos señalaron el combate, uno de los sátiros tomó el cuerno y tocó la señal de ataque, el asno de Sileno rebuznó de forma guerrera y las ménades saltaron sobre ellos con un grito, ceñidas con serpientes y dejando al descubierto el hierro de las puntas de sus tirsos. Los indios y sus elefantes, al instante, se dieron la vuelta y huían en total desorden, sin siquiera esperar a estar al alcance de los proyectiles, y finalmente fueron derrotados por completo y llevados prisioneros por aquellos de quienes antes se reían, aprendiendo por experiencia que no se debe despreciar a los ejércitos extranjeros desde el primer rumor.
5
Pero,¿ qué tiene que ver este Dioniso con Dioniso?, podría decir alguien. Porque me parece— y por las Gracias, no crean que estoy delirando o completamente borracho si comparo mis asuntos con los de los dioses— que la mayoría de la gente sufre algo similar ante las novedades de mis relatos que aquellos indios ante los míos. Pues, pensando que van a escuchar de mí cosas satíricas, ridículas y totalmente cómicas— ya que eso es lo que han creído, no sé qué idea se han hecho sobre mí—, unos ni siquiera llegan al principio, como si no hubiera necesidad de prestar oídos a festines de mujeres y saltos de sátiros bajando de los elefantes; otros, aunque vienen esperando algo así, al encontrar hierro en lugar de hiedra, ni siquiera entonces se atreven a elogiar, turbados por lo paradójico del asunto. Pero les prometo con confianza que, si incluso ahora, como alguna vez antes, desean ver la iniciación muchas veces y los antiguos compañeros de bebida recuerdan los festines comunes de aquellos tiempos y no desprecian a los sátiros y a los silenos, y beben hasta la saciedad de esta crátera, ellos mismos también entrarán en trance báquico y muchas veces dirán conmigo'¡ evohé!'.
6
Estos, pues— ya que la audición es libre—, que hagan lo que les plazca. Yo, puesto que todavía estamos en la India, quiero contarles también otra cosa de allí, que tampoco es ajena a Dioniso, ni extraña a lo que hacemos. Entre los indios maclaos, que habitan las tierras a la izquierda del río Indo, si miras en dirección a su corriente, hasta llegar al Océano, hay entre ellos un bosque en un recinto no muy grande, pero sombrío; pues mucha hiedra y vides lo hacen completamente umbrío. Allí hay tres fuentes de agua hermosísima y muy clara, una de los sátiros, otra de Pan y otra de Sileno. Y los indios entran en él una vez al año celebrando una fiesta al dios, y beben de las fuentes, no todos de todas, sino según la edad: los jóvenes de la de los sátiros, los hombres de la de Pan, y los de mi edad de la de Sileno.
7
Lo que les sucede a los jóvenes cuando beben, o lo que los hombres se atreven a hacer poseídos por Pan, sería largo de contar; pero lo que hacen los ancianos cuando se embriagan con el agua, no es ajeno decirlo. Cuando el anciano bebe y Sileno lo posee, al instante se queda mudo por mucho tiempo y parece estar aturdido y sumergido; luego, de repente, le surge una voz brillante, un habla clara y un aliento melodioso, y de ser el más mudo se vuelve el más hablador, y ni siquiera tapándole la boca podrías hacer que deje de hablar continuamente y de encadenar largos discursos. Sin embargo, todo es sensato, ordenado y digno de aquel orador de Homero; pues los pronuncian como copos de nieve invernales, y no te bastará compararlos con cisnes por su edad, sino que entrelazan algo denso y rápido como el canto de las cigarras hasta bien entrada la tarde. A partir de ahí, una vez que se les pasa la embriaguez, callan y vuelven a su estado habitual. Lo más paradójico, sin embargo, aún no lo he dicho: si el anciano deja a medias el discurso que estaba pronunciando, al ponerse el sol, impedido de terminarlo, al día siguiente, al beber de nuevo, continúa exactamente donde la embriaguez lo dejó el año anterior.
8
Que estas palabras mías, al estilo de Momo, sean una burla contra mí mismo, y por Zeus, ya no añadiría la moraleja; pues ven ya en qué me parezco al mito. De modo que, si desvariamos un poco, la culpa es de la embriaguez; pero si lo que se dice parece sensato, es que Sileno estaba propicio.