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Original / primary: Spanish Gemini
1
Entonces, Alejandro sintió el deseo de bañarse en el Cidno al ver que el río era hermoso y transparente, seguro por su profundidad, agradablemente rápido, placentero para nadar y fresco en la estación estival, de modo que, incluso ante la evidente enfermedad que contrajo a causa de él, me parece que no se habría abstenido del baño. Pero,¿ acaso alguien que ve una estancia grandiosa por su tamaño, bellísima por su hermosura, resplandeciente por su luz, brillante por el oro y florida por sus pinturas, no desearía pronunciar discursos en ella, si por casualidad pasara el tiempo en estos lugares, y alcanzar renombre, lucirse, llenarla de voz y, en la medida de lo posible, convertirse él mismo en parte de su belleza, en lugar de limitarse a observar con precisión, admirar y marcharse dejándola muda y sin palabras, sin haberla saludado ni conversado con ella, como alguien mudo o que ha decidido guardar silencio por envidia?
2
¡ Por Heracles!, no es obra de alguien amante de la belleza ni apasionado por lo más hermoso, sino de una gran rusticidad, falta de gusto y, además, carencia de sensibilidad, el desmerecerse a sí mismo de lo más dulce y alejarse de lo más bello, y no comprender que no rige la misma ley respecto a los espectáculos para los profanos que para los hombres instruidos. Pues a los primeros les basta con esto común: ver simplemente, mirar alrededor, pasear la vista, levantar la cabeza hacia el techo, agitar la mano y disfrutar en silencio por miedo a no ser capaces de decir algo digno de lo que ven; pero quien contempla las cosas bellas con educación, no creo que se contente con disfrutar del placer solo con la vista ni soportaría convertirse en un espectador mudo de la belleza, sino que intentará, en la medida de lo posible, pasar tiempo en ella y corresponder a la visión con la palabra.
3
Y la recompensa no es solo el elogio de la estancia— pues esto quizás convenía a aquel joven isleño, quedar sobrecogido ante la casa de Menelao y comparar su marfil y su oro con las bellezas del cielo, al no haber visto ninguna otra cosa bella en la tierra—, sino que también el hablar en ella y, tras convocar a los mejores, hacer una exhibición de discursos, esto también podría ser parte del elogio. Y el asunto es, creo, sumamente placentero: la más bella de las estancias, abierta para la acogida de discursos y llena de elogios y buenas palabras, resonando ella misma suavemente, como las grutas, siguiendo lo que se dice, prolongando los finales de la voz y demorándose en las últimas palabras, o más bien, como un oyente aplicado, recordando lo dicho, elogiando al orador y haciendo una contraprestación nada carente de sensibilidad hacia ellos; algo parecido a lo que experimentan las cumbres que responden a los cantos de los pastores, cuando la voz regresa como un eco y vuelve hacia sí misma; los profanos creen que es una virgen la que responde a los que cantan o gritan, habitando en algún lugar en medio de los riscos y hablando desde el interior de las rocas.
4
A mí, al menos, me parece que el juicio del orador se eleva con la suntuosidad de la estancia y se estimula ante los discursos, como si la visión misma le sugiriera algo; pues casi fluye algo bello a través de los ojos hacia el alma, y luego, tras adornarse con ello, envía los discursos.¿ O acaso creemos a Aquiles que la visión de las armas intensificó su ira contra los frigios y que, cuando se las puso para probarlas, se sintió exaltado y alado hacia el deseo de la guerra, pero que el entusiasmo por el discurso no se intensifica ante la belleza de los lugares? Y eso que a Sócrates le bastaba un plátano de buena naturaleza, una hierba lozana y una fuente transparente no lejos del Iliso, y sentado allí ironizaba sobre Fedro de Mirrinunte, refutaba el discurso de Lisias, hijo de Céfalo, y llamaba a las Musas, confiando en que vendrían a aquel lugar solitario para colaborar en los discursos sobre el amor, y no se avergonzaba, siendo un hombre anciano, de invocar a vírgenes para que cantaran con él sobre temas pederásticos.¿ No creeríamos que, ante un lugar tan hermoso, vendrían incluso sin ser llamadas?
5
Y, ciertamente, la acogida no es solo por la sombra ni por la belleza de un plátano, ni aunque, dejando de lado la del Iliso, hables de la del rey, la de oro; pues en aquella el asombro reside solo en la suntuosidad, pero ni el arte, ni la belleza, ni el placer, ni la proporción, ni el ritmo estaban integrados ni mezclados con el oro, sino que el espectáculo era bárbaro, solo riqueza y envidia de quienes lo veían y felicidad de quienes lo poseían; pero el elogio no estaba presente en ninguna parte. Pues a los arsácidas no les importaban las cosas bellas, ni hacían las exhibiciones por el placer, ni les preocupaba si los espectadores los elogiarían, sino cómo quedarían atónitos. Pues los bárbaros no son amantes de la belleza, sino amantes de la riqueza.
6
Pero la belleza de esta estancia no es para ojos bárbaros, ni para la arrogancia persa o la jactancia real, ni requiere solo a un espectador pobre, sino a uno de buena naturaleza y en quien el juicio no resida solo en la vista, sino que también un razonamiento acompañe a lo que se ve. Pues el mirar hacia lo más bello del día— que es el principio de la luz, lo más deseado— y recibir al sol apenas asoma, y llenarse de luz hasta la saciedad con las puertas abiertas, y la proporción de la longitud respecto a la anchura y de ambas respecto a la altura, y la libertad de las claraboyas, que se adapta bien a cada hora,¿ cómo no van a ser todas estas cosas placenteras y dignas de elogio?
7
Además, uno podría admirar también la sencillez del techo en su belleza y lo irreprochable en su buen orden, y la proporción del oro para la elegancia, sin que sea envidiable por exceder las necesidades, sino solo lo que bastaría para que una mujer sensata y bella hiciera resaltar más su belleza, ya sea un fino collar en el cuello, un anillo cómodo en el dedo, pendientes en las orejas, un broche o una cinta que sujete el cabello suelto, añadiendo tanto a la hermosura como la púrpura al vestido; las cortesanas, en cambio, y sobre todo las menos agraciadas, se han hecho el vestido todo de púrpura y el cuello de oro, buscando atraer con la suntuosidad y compensando lo que falta en la belleza con la adición de lo placentero externo; pues creen que incluso su brazo parecerá más brillante al resplandecer junto al oro, que la falta de contorno del pie pasará inadvertida bajo una sandalia de oro y que el rostro mismo se volverá más amable al ser visto junto a lo más brillante. Pero ellas son así; la mujer sensata, en cambio, usa el oro solo en lo suficiente y en lo estrictamente necesario, y no se avergonzaría, creo, de mostrar su propia belleza incluso desnuda.
8
Y, por tanto, el techo de esta estancia, o mejor dicho, su cabeza, es hermoso por sí mismo, y ha sido adornado con oro en la medida en que el cielo en la noche es iluminado desde la distancia por las estrellas y florece a intervalos con su fuego. Pero si todo fuera fuego, no nos parecería hermoso, sino temible. Uno podría ver que el oro aquí no está ocioso ni esparcido entre el resto del adorno solo por el placer, sino que también desprende un brillo agradable y tiñe toda la estancia con su rubor; pues cuando la luz incide, lo toca y se mezcla con el oro, destellan algo común y revelan la serenidad con un rubor doble.
9
Ciertamente, las partes altas y culminantes de la estancia son así, necesitadas de un Homero como encomiasta, para que la llame ya sea de techo elevado como el aposento de Helena, o resplandeciente como el Olimpo; pero el resto del adorno, las pinturas de las paredes, la belleza de los colores, la viveza de cada uno, la precisión y la verdad, sería apropiado compararlos con la visión de la primavera y con un prado florido; salvo que, mientras aquellas se marchitan, se desvanecen, cambian y pierden su belleza, esta primavera es eterna, el prado es inmarcesible y la flor es inmortal, ya que solo la vista es la que toca y cosecha lo placentero de lo que se ve.
10
¿ Quién no se deleitaría viendo tantas y tales cosas, o quién no se esforzaría, incluso más allá de sus fuerzas, por hablar en ellas, sabiendo que es vergonzoso quedarse atrás respecto a lo que se ve? Pues la visión de las cosas bellas es algo sumamente atrayente, no solo en los hombres; también un caballo, creo, correría más alegremente por una llanura inclinada y blanda, que recibe suavemente la pisada, cede tranquilamente al pie y no ofrece resistencia al casco; pues entonces utiliza toda su carrera y, entregándose por completo a la velocidad, compite también ante la belleza de la llanura.
11
El pavo real, al comienzo de la primavera, cuando llega a un prado, cuando las flores aparecen no solo más deseadas, sino también, como diría alguien, más floridas y con los tintes más puros, entonces también él, extendiendo sus alas, mostrándolas al sol, levantando la cola y rodeándose por todas partes, exhibe sus flores y la primavera de sus alas, como si el prado mismo lo desafiara a la competición; pues se gira, da vueltas y hace gala de su belleza; cuando, en efecto, parece más admirable ante el brillo, al cambiarle los colores, moverse suavemente y transformarse hacia otra forma de hermosura. Y experimenta esto sobre todo en los círculos que tiene en las puntas de las plumas, cada uno rodeado por una especie de arcoíris; pues lo que hace un momento era bronce, al inclinarlo un poco se vio como oro, y lo que bajo el sol es de reflejos azules, si se sombrea, es de reflejos verdosos; así se transforma el plumaje ante la luz.
12
Que el mar también es capaz de provocar y atraer hacia el deseo cuando aparece en calma, lo sabéis, aunque no lo diga; cuando, incluso si alguien fuera totalmente de tierra adentro y sin experiencia en navegación, desearía sin duda embarcarse, navegar alrededor y alejarse mucho de la tierra, y sobre todo si viera la brisa hinchando ligeramente la vela, y la nave deslizándose suave y suavemente sobre las crestas de las olas.
13
Y, por tanto, la belleza de esta estancia es suficiente tanto para incitar a los discursos como para estimular al orador y prepararlo para alcanzar renombre de todas las maneras. Yo, ciertamente, me dejo convencer por esto y ya estoy convencido, y he entrado en la estancia para hablar, atraído por la belleza como por un imán o una sirena, teniendo no poca esperanza de que, aunque hasta ahora nuestros discursos fueran informes, parecerán hermosos al estar adornados como con un vestido hermoso.
14
Pero otro discurso, no innoble, sino muy noble, según dice, me interrumpía mientras hablaba e intentaba cortar mi alocución, y, una vez que he terminado, dice que no digo la verdad, sino que se admira de que afirme que la belleza de una estancia adornada con pintura y oro es más adecuada para una exhibición de discursos; pues, según él, ocurre todo lo contrario. O mejor, si os parece, que el discurso mismo pase al frente y hable por sí mismo ante vosotros, como ante jueces, sobre dónde considera más ventajosa para el orador la sencillez y la falta de forma de una estancia. Ya me habéis oído hablar, así que no necesito decir dos veces lo mismo; que pase él y hable, y yo guardaré silencio y me apartaré un poco para él.
15
Hombres jueces, dice el discurso, el orador que me precedió elogió mucho y grandemente esta estancia y la adornó con su propio discurso, pero yo estoy tan lejos de exponer sus defectos que creo que incluso añadiré lo que él omitió; pues cuanto más hermosa os parezca, tanto más se mostrará contraria a la necesidad del orador. Y, en primer lugar, puesto que él mencionó a las mujeres, el adorno y el oro, permitidme también a mí usar el ejemplo; pues afirmo que, incluso para las mujeres bellas, el adorno excesivo no solo no contribuye a una mayor hermosura, sino que incluso se le opone, cuando cada uno de los que se encuentran con ellas, atónito por el oro y las piedras preciosas, en lugar de elogiar el color, la mirada, el cuello, el brazo o el dedo, deja esto de lado y mira hacia la sardonia, la esmeralda, el collar o el brazalete, de modo que ella se sentiría justamente molesta por ser pasada por alto a causa del adorno, al no tener los espectadores tiempo para elogiarla, sino haciendo de su visión algo secundario.
16
Lo cual es necesario, creo, que le ocurra también al que muestra discursos en obras tan bellas; pues lo dicho pasa inadvertido en la magnitud de las bellezas, se oscurece y es arrebatado, como si alguien llevara una lámpara y la arrojara a un gran incendio, o mostrara una hormiga sobre un elefante o un camello. Esto, pues, debe evitarlo el orador, y además, que no se perturbe la voz misma al hablar en una estancia tan sonora y resonante; pues responde, resuena y contradice, o mejor dicho, cubre el grito, como hace una trompeta con la flauta si tocaran juntas, o el mar con los jefes de fila cuando quieren cantar al ritmo del remo ante el sonido de las olas; pues la gran voz prevalece y silencia a la menor.
17
Y, además, aquello que dijo el adversario, que la estancia hermosa estimula al orador y lo prepara con más entusiasmo, a mí me parece que hace lo contrario; pues aturde, asusta, perturba el razonamiento y lo vuelve más cobarde al pensar que es lo más vergonzoso que los discursos no parezcan iguales en un lugar hermoso. Pues este es el examen más evidente, como si alguien, tras ponerse una hermosa panoplia, huyera antes que los demás, siendo más notablemente cobarde por las armas. Y me parece que el orador de Homero, tras haber calculado esto, se preocupó lo menos posible por la hermosura, o mejor dicho, se comparó a sí mismo con un hombre totalmente carente de luz, para que la belleza de sus discursos le pareciera más paradójica tras el examen frente a lo más informe. Por otra parte, es totalmente necesario que la mente misma del orador se ocupe de la visión y que la precisión del cuidado se relaje al prevalecer la vista, que llama hacia sí misma y no permite prestar atención al discurso. Así que,¿ qué mecanismo hay para que no diga algo inferior, estando su alma ocupada en el elogio de lo que se ve?
18
Pues dejo de decir que incluso los presentes mismos, convocados para la audición, cuando entran en una estancia así, se convierten en espectadores en lugar de oyentes, y no hay Demódoco, Femio, Tamiris, Anfión u Orfeo que hable de tal manera que pueda arrancar su mente de la visión; sino que cada uno, apenas cruza el umbral, inundado por la belleza total, parece no oír ni el principio de aquellos discursos o de cualquier otra audición, y está totalmente volcado en lo que se ve, a menos que alguien sea totalmente ciego o haga la audición en la noche, como el consejo del Areópago.
19
Que la fuerza de los discursos no es capaz de competir con la vista, el mito de las sirenas comparado con el de las gorgonas podría enseñarlo; pues aquellas encantaban a los que navegaban cerca cantando y halagando con sus canciones, y a los que atracaban los retenían durante mucho tiempo, y, en general, su obra requería cierto tiempo, y alguien incluso navegó de largo y no escuchó el canto; pero la belleza de las gorgonas, al ser sumamente violenta y tratar con lo más vital del alma, trastornaba inmediatamente a quienes las veían y los dejaba mudos, y, como quiere el mito y se dice, se convertían en piedra por el asombro. Así que el discurso que dijo ante vosotros sobre el pavo real hace poco, considero que ha sido dicho en mi favor; pues también en aquel el placer reside en la vista, no en la voz. Y si alguien, tras poner al ruiseñor o al cisne, ordenara cantar, y mientras cantan mostrara al pavo real en silencio, sé bien que el alma se pasará a aquel, diciendo un largo adiós a las canciones de aquellos; tan invencible parece ser el placer a través de la vista.
20
Y yo, si queréis, os presentaré como testigo a un hombre sabio, que inmediatamente me testificará que las cosas que se ven son mucho más prevalentes que las que se oyen. Y tú, pregonero, llámame ya a Heródoto, hijo de Lixo, de Halicarnaso; y puesto que, haciendo bien, ha obedecido, que testifique al pasar; recibidlo diciendo ante vosotros en dialecto jónico, como es su costumbre. Este discurso os cuenta cosas verdaderas, hombres jueces, y creedle todo lo que diga sobre esto, prefiriendo la vista al oído; pues los oídos resultan ser menos fiables que los ojos.¿ Escucháis al testigo lo que dice, cómo otorgó la primacía a la vista? Es lógico. Pues las palabras son aladas y se van volando apenas salen, pero el placer de lo que se ve, siempre presente y permaneciendo, atrae totalmente al espectador.
21
Entonces,¿ cómo no va a ser un competidor difícil para el orador una estancia tan hermosa y digna de ser vista? O mejor, aún no digo lo más importante: pues vosotros mismos, los jueces, incluso mientras hablamos, mirabais hacia el techo, admirabais las paredes y examinabais las pinturas, volviéndoos hacia cada una. Y no os avergoncéis de nada; pues hay perdón si habéis experimentado algo humano, sobre todo ante temas tan bellos y variados. Pues la precisión del arte y la utilidad de la historia junto con lo antiguo es verdaderamente atrayente y requiere espectadores instruidos. Y para que no miréis todo hacia allá dejándonos de lado, vamos, intentaré describíroslo con el discurso; pues os deleitaréis, creo, al oír lo que también admiráis al ver. Y quizás incluso me elogiaríais por ello mismo y me preferiríais al adversario, al haberlo mostrado yo también y haberos duplicado el placer. Pero veis la dificultad de la audacia, de componer tantas imágenes sin colores, formas ni lugar; pues la escritura de los discursos es algo desnudo.
22
A la derecha, pues, al entrar, se mezcla un mito argólico con un sufrimiento etíope; Perseo mata al monstruo marino y libera a Andrómeda, y dentro de poco se casará y se la llevará; esto es un complemento del vuelo hacia las gorgonas. En poco espacio el artesano imitó muchas cosas, el pudor de la virgen y el miedo— pues observa la lucha desde arriba, desde la roca— y la audacia amorosa del joven y el aspecto inabordable de la fiera; y esta avanza erizada por las espinas y aterrorizando con sus fauces, mientras Perseo con la izquierda muestra la gorgona, y con la derecha alcanza con la espada; y la parte del monstruo que vio a Medusa ya es piedra, mientras que la parte que permanece viva es cortada por la hoz.
23
A continuación, después de esta imagen, está pintado otro drama muy justo, cuyo arquetipo me parece que el pintor tomó de Eurípides o Sófocles; pues ellos escribieron una imagen similar. Los dos jóvenes amigos, Pílades el focense y Orestes, que ya parece estar muerto, tras haber entrado a escondidas en el palacio, matan ambos a Egisto; Clitemnestra ya ha sido eliminada y yace medio desnuda sobre un lecho, y todo el servicio, atónitos por el hecho, unos gritan, otros miran alrededor por dónde huir. Y el pintor ideó algo solemne, al mostrar solo lo impío de la empresa y pasar por alto lo que ya se había hecho, pero haciendo que los jóvenes se demoren en el asesinato del adúltero.
24
Después de esto hay un dios hermoso y un joven agraciado, un juego amoroso; Branquo, sentado sobre una roca, sostiene una liebre y juega con el perro, y este parece que va a saltar sobre él hacia lo alto, y Apolo, de pie al lado, sonríe deleitándose con ambos, con el niño que juega y con el perro que lo intenta.
25
Sobre esto, Perseo de nuevo, realizando aquellas cosas anteriores al monstruo, y Medusa siendo decapitada, y Atenea protegiendo a Perseo; él ha realizado la audacia, pero no ha visto la obra, salvo la imagen de la gorgona en el escudo; pues conoce el castigo de la visión verdadera.
26
En la pared central, arriba de la puerta opuesta, está hecho un templo de Atenea, la diosa de piedra blanca, la figura no es guerrera, sino como sería la de una diosa guerrera que trae la paz.
27
Luego, después de esta, otra Atenea, esta no es piedra, sino pintura de nuevo; Hefesto la persigue enamorado, ella huye, y de la persecución nace Erictonio.
28
A esta le sigue otra pintura antigua; Orión lleva a Cedalión siendo ciego, y este le indica el camino hacia la luz montado sobre él,
29
y Helios, al aparecer, cura la ceguera, y Hefesto observa la obra desde Lemnos.
30
Odiseo, después de esto, fingiendo estar loco, al no querer hacer campaña con los Atridas; y están presentes los embajadores que ya lo llaman. Y los elementos de la actuación son todos convincentes, el carro, la falta de concordancia de los animales uncidos, la insensatez de las acciones; pero es refutado por el niño; pues Palamedes, hijo de Nauplio, al comprender lo que ocurría, tras arrebatar a Telémaco, amenaza con matarlo teniendo la espada desenvainada, y ante la actuación de la locura, este también actúa a su vez la ira. Odiseo, ante este miedo, recobra la sensatez, se vuelve padre y abandona la actuación.
31
La última está pintada Medea, ardiendo de celos, mirando de reojo a los niños y pensando algo terrible; tiene, pues, ya la espada, y los desgraciados están sentados riendo, sin saber nada de lo que va a suceder, y eso que ven la espada en sus manos.
32
Todas estas cosas, hombres jueces,¿ no veis cómo apartan al oyente y lo vuelven hacia la visión, dejando solo al orador? Y yo las he expuesto, no para que, al considerar al adversario audaz y temerario si se arrojó voluntariamente a cosas tan difíciles, lo condenéis, lo odiéis y lo abandonéis en los discursos, sino para que compitáis más con él y, en la medida de lo posible, escuchéis lo que se dice con los ojos cerrados, considerando la dificultad del asunto; pues difícilmente podría así, al utilizaros no como jueces sino como competidores, no ser considerado totalmente indigno de la suntuosidad de la estancia. Y si pido esto en favor del adversario, no os admiréis; pues por amar la estancia y al orador que está en ella, sea quien sea, desearía que alcanzara renombre.