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Original / primary: Spanish Gemini
1
Resulta, pues, que la vida de nuestra época no iba a estar del todo desprovista de hombres dignos de mención y recuerdo, sino que también habría de manifestar una excelencia física extraordinaria y una inteligencia profundamente filosófica. Me refiero, aludiendo tanto al beocio Sóstrato, a quien los griegos llamaban y consideraban un Heracles, como, sobre todo, al filósofo Demonacte, a quienes yo mismo vi y, al verlos, admiré; y con este último, Demonacte, conviví durante mucho tiempo. Sobre Sóstrato, por lo demás, ya he escrito en otro libro, donde he dejado constancia de su estatura, de su fuerza desmesurada, de su vida al aire libre en el Parnaso, de su lecho penoso, de su alimentación montañesa y de sus hazañas, no discordantes con su nombre, ya fuera eliminando bandidos, abriendo caminos en lugares intransitables o tendiendo puentes en pasos difíciles.
2
Sobre Demonacte, en cambio, es justo hablar por dos razones: para que su memoria perdure entre los mejores, al menos en lo que a mí respecta, y para que los más nobles de entre los jóvenes que se sienten atraídos por la filosofía no se limiten a moldearse según los modelos antiguos, sino que se propongan también nuestra vida como norma y emulen a aquel que, a mi juicio, fue el mejor de los filósofos que he conocido.
3
Era chipriota de nacimiento, y no de los oscuros en cuanto a prestigio político y fortuna. Sin embargo, elevándose por encima de todo ello y considerándose digno de lo más noble, se lanzó a la filosofía, no impulsado,¡ por Zeus!, por Agatóbulo, ni por Demetrio antes que él, ni por Epicteto, aunque convivió con todos ellos y además con Timócrates de Heraclea, un hombre sabio, dotado de una elocuencia y una inteligencia sumamente cultivadas. Pero Demonacte, como dije, no fue incitado por ninguno de ellos, sino que, movido desde niño por un impulso propio hacia lo noble y por un amor innato a la filosofía, despreció todos los bienes humanos y, entregándose por completo a la libertad y a la franqueza, vivió una vida recta, sana e irreprochable, ofreciendo a quienes lo veían y escuchaban su propia inteligencia y la verdad en el ejercicio de la filosofía como ejemplo.
4
No se acercó a estos estudios con los pies sin lavar, como dice el refrán, sino que se familiarizó con los poetas, recordaba a la mayoría de ellos, se ejercitó en la oratoria y conocía las doctrinas filosóficas no de forma superficial ni, según el proverbio, tocándolas con la punta de los dedos; además, su cuerpo estaba ejercitado y habituado a la resistencia, y en general se había preocupado de no necesitar nada más. De modo que, cuando comprendió que ya no se bastaba a sí mismo, abandonó voluntariamente la vida, dejando un gran testimonio de sí mismo a los mejores de entre los griegos.
5
No se adscribió a una sola escuela de filosofía, sino que, mezclando muchas en una sola, no dejaba ver claramente cuál de ellas prefería. Parecía estar más apegado a Sócrates, aunque por su aspecto y por la sencillez de su vida parecía emular al de Sinope, sin alterar su modo de vivir para ser admirado y observado por quienes lo encontraban, sino que, viviendo como todos, siendo sencillo y no estando en absoluto poseído por la vanidad, convivía y participaba en la vida pública.
6
Sin adoptar la ironía de Sócrates, hacía que sus conversaciones estuvieran llenas de gracia ática, de modo que quienes hablaban con él se marchaban sin sentirse despreciados por ser innobles, ni evitando la severidad de sus reproches, sino sintiéndose llenos de alegría, mucho más moderados, más radiantes y esperanzados ante el futuro.
7
Nunca, en efecto, fue visto gritando, alterándose o indignándose, ni siquiera cuando tenía que reprender a alguien; atacaba los errores, pero se compadecía de los que erraban, y consideraba que debía tomarse el ejemplo de los médicos, que curan las enfermedades pero no se enfadan con los enfermos. Pues creía que errar es propio del hombre, pero corregir las faltas es propio de un dios o de un hombre semejante a un dios.
8
Llevando tal vida, no necesitaba nada para sí mismo, pero ayudaba a sus amigos en lo razonable; a los que parecían ser afortunados les recordaba que se envanecían de bienes que parecían duraderos pero eran efímeros, y a los que se lamentaban por la pobreza, el exilio, la vejez o la enfermedad, los consolaba con risas, pues no veían que, al poco tiempo, cesarían sus sufrimientos y que un olvido de los bienes y los males, y una larga libertad, se apoderaría de todos en poco tiempo.
9
Se preocupaba también de reconciliar a hermanos enfrentados y de mediar la paz entre esposas y sus maridos; y en ocasiones, incluso ante pueblos alborotados, hablaba con tacto y convencía a la mayoría de ellos de que contribuyeran a la patria con lo justo. Tal era el carácter de su filosofía: suave, amable y alegre.
10
Solo le afligía la enfermedad o la muerte de un amigo, pues consideraba la amistad como el mayor de los bienes humanos. Y por eso era amigo de todos y no había nadie a quien no considerara cercano, siendo humano, aunque disfrutaba más o menos al estar con algunos de ellos, apartándose solo de aquellos que le parecían estar más allá de toda esperanza de mejora. Y todo esto lo hacía y lo decía con las Gracias y la propia Afrodita, de modo que, como dice aquel verso cómico, la persuasión se posaba en sus labios.
11
Por consiguiente, tanto el pueblo ateniense en su conjunto como los magistrados lo admiraban extraordinariamente y lo consideraban como a uno de los seres superiores. Y eso que al principio chocó con la mayoría de ellos y se ganó un odio no menor que el de su predecesor entre las masas por su franqueza y libertad, y algunos se conjuraron contra él como Ánitos y Méletos, acusándolo de lo mismo que a aquel en su tiempo: que nunca fue visto sacrificando y que era el único de todos que no se había iniciado en los misterios de Eleusis. Ante esto, con gran valentía, coronado y vistiendo un manto limpio, se presentó ante la asamblea y se defendió, en parte con tacto y en parte con más dureza de la que acostumbraba. Pues, respecto a no haber sacrificado nunca a Atenea, dijo:« No se sorprendan, hombres de Atenas, si no le he sacrificado antes, pues consideraba que ella no necesita de mis sacrificios». Y respecto a lo otro, lo de los misterios, dijo que la razón de no haber participado en la iniciación era que, si los misterios fueran malos, no callaría ante los no iniciados, sino que los disuadiría de los ritos, y si fueran buenos, los divulgaría a todos por filantropía. De modo que los atenienses, que ya tenían piedras en las manos contra él, se volvieron amables y benévolos al instante y, a partir de entonces, comenzaron a honrarlo, respetarlo y, finalmente, a admirarlo, a pesar de que al principio de sus palabras ante ellos utilizó un preámbulo más duro:« Hombres de Atenas, al verme coronado, sacrifíquenme también a mí, pues antes no lo hicieron con éxito».
12
Quiero exponer algunas de las cosas que dijo con acierto y elegancia; empezaré por Favorino y lo que le dijo a él. Pues, como Favorino, al oír decir a alguien que Demonacte se burlaba de sus conversaciones y, sobre todo, de la excesiva afectación de sus melodías por considerarlas innobles, femeninas y nada apropiadas para la filosofía, se acercó y le preguntó quién era él para burlarse de sus cosas.« Un hombre», dijo,« que no tiene los oídos fáciles de engañar». Al insistir el sofista y preguntar:«¿ Y qué bagaje traes, Demonacte, de la educación a la filosofía?», respondió:« El de la danza».
13
En otra ocasión, el mismo se acercó y le preguntó qué escuela prefería en filosofía; y él dijo:«¿ Quién te ha dicho que yo filosofo?». Y al marcharse ya de su lado, se rió muy alegremente; y al preguntarle por qué se reía, dijo:« Me pareció ridículo que tú pretendas juzgar a los que filosofan por la barba, cuando tú mismo no tienes barba».
14
Cuando un sofista sidonio gozaba de fama en Atenas y decía en su propio elogio algo así como que había experimentado toda la filosofía— no está de más decir lo que decía—:« Si Aristóteles me llama al Liceo, le seguiré; si Platón a la Academia, iré; si Zenón, pasaré el tiempo en la Estoa Pecile; si Pitágoras me llama, guardaré silencio». Entonces, levantándose de en medio de los oyentes, dijo:« Este», dirigiéndose a él por su nombre,« te llama Pitágoras».
15
Un tal Pitón, uno de los jóvenes de Macedonia de vestiduras lujosas y hermoso, se burlaba de él y le proponía una pregunta sofística, exigiéndole que diera la solución al silogismo.« Una sola cosa sé, hijo», dijo,« que termina». Al indignarse aquel por la burla de la ambigüedad y amenazarle diciendo:« Ahora mismo te mostraré al hombre», él, riendo, preguntó:«¿ Es que tienes un hombre?».
16
Cuando un atleta, al ser ridiculizado por él porque fue visto vistiendo ropas floreadas siendo vencedor olímpico, le golpeó en la cabeza con una piedra y le hizo sangrar, los presentes se indignaron como si cada uno de ellos hubiera sido golpeado y gritaban que fueran ante el procónsul; pero Demonacte dijo:« De ninguna manera, hombres, ante el procónsul, sino ante el médico».
17
Cuando una vez encontró un anillo de oro mientras caminaba por el camino, puso un aviso en el ágora pidiendo al que lo hubiera perdido que, quien fuera el dueño del anillo, viniera y, tras decir su peso, la piedra y el grabado, lo recuperara. Vino entonces un joven hermoso diciendo que él lo había perdido. Como no decía nada coherente, le dijo:« Vete, muchacho, y guarda tu propio anillo, pues este no lo has perdido tú».
18
Uno de los miembros del senado romano, al mostrarle en Atenas a su hijo, muy hermoso pero afeminado y amanerado, dijo:« Te saluda este hijo mío», y Demonacte dijo:« Es hermoso, digno de ti y parecido a su madre».
19
Al cínico que filosofaba con una piel de oso, no consideraba llamarlo Honorato, como se llamaba, sino Arcesilao.
20
Al preguntarle alguien qué límite de felicidad le parecía haber, dijo que solo es feliz el libre. Al decir aquel que muchos son libres, respondió:« Pero yo considero libre a aquel que ni espera nada ni teme nada». Y aquel dijo:«¿ Y cómo podría alguien lograr eso? Pues todos, en su mayoría, somos esclavos de estas cosas».« Pues bien», dijo,« si observas los asuntos humanos, encontrarías que no son dignos ni de esperanza ni de miedo, pues tanto los sufrimientos como los placeres cesarán por completo».
21
Cuando Peregrino, el llamado Proteo, le reprochaba que se riera mucho y se burlara de los hombres, y le decía:« Demonacte, no te comportas como un cínico», respondió:« Peregrino, tú no te comportas como un hombre».
22
Y a un físico que disertaba sobre los antípodas, lo levantó, lo llevó a un pozo y, mostrándole su sombra en el agua, le preguntó:«¿ Así dices que son los antípodas?».
23
A un mago que decía serlo y tener encantamientos poderosos, de modo que por ellos todos eran persuadidos a darle lo que quisiera, le dijo:« No te sorprendas; pues yo también soy de tu oficio, y si quieres, sígueme a la panadera y verás cómo, mediante un solo encantamiento y un poco de fármaco, la convenzo de que me dé de sus panes», aludiendo a la moneda como algo que tiene el mismo poder que el encantamiento.
24
Cuando Herodes el Grande lloraba a Polideuco, que había muerto antes de tiempo, y pedía que se le aparejara un carruaje y se le pusieran caballos como si fuera a subir a él, y que se preparara un banquete, acercándose, dijo:« Traigo para ti una carta de Polideuco». Al alegrarse aquel y pensar que, como es común, él también compartía su dolor con los demás, y decir:«¿ Qué pide entonces, Demonacte, Polideuco?», dijo:« Te reprocha que no te vayas ya con él».
25
El mismo, acercándose a uno que lloraba a su hijo y se había encerrado en la oscuridad, decía ser mago y poder hacerle subir la sombra del niño, si tan solo le nombraba a tres personas que nunca hubieran llorado a nadie. Al dudar aquel durante mucho tiempo y estar perplejo— pues no tenía, creo, a nadie que decir—, dijo:« Entonces, ridículo,¿ crees que solo tú sufres cosas insoportables al no ver a nadie exento de duelo?».
26
Y también se burlaba de aquellos que en sus conversaciones usaban nombres muy antiguos y extraños. A uno, al menos, que fue preguntado por él sobre un asunto y respondió de forma excesivamente ática, le dijo:« Yo, compañero, te he preguntado ahora, pero tú me respondes como en tiempos de Agamenón».
27
Al decir uno de sus compañeros:« Vayamos, Demonacte, al Asclepieion y recemos por el hijo», dijo:« Consideras a Asclepio muy sordo si no puede oírnos rezar desde aquí».
28
Al ver una vez a dos filósofos discutiendo de forma totalmente ignorante en una investigación, y uno preguntando cosas absurdas y el otro sin responder nada al respecto, dijo:«¿ No les parece, amigos, que uno de estos está ordeñando un macho cabrío y el otro poniendo un cedazo debajo?».
29
A Agatocles el peripatético, que se vanagloriaba de ser el único y el primero de los dialécticos, le dijo:« Pues bien, Agatocles, si eres el primero, no eres el único; y si eres el único, no eres el primero».
30
Cuando Cetego el consular, al partir por Grecia hacia Asia como embajador ante el emperador, decía y hacía muchas cosas ridículas, y uno de sus compañeros, al ver esto, decía que era una gran basura, Demonacte dijo:«¡ Por Zeus!, ni siquiera grande».
31
Al ver una vez a Apolonio el filósofo saliendo con muchos de sus discípulos— pues ya se marchaba llamado para estar con el emperador para su educación—, dijo:« Se acerca Apolonio y sus argonautas».
32
Al preguntarle otro una vez si le parecía que el alma era inmortal, dijo:« Inmortal, pero como todo».
33
Sobre Herodes, sin embargo, decía que Platón decía la verdad al afirmar que no tenemos una sola alma; pues no es del mismo alma agasajar a Regila y a Polideuco como si estuvieran vivos y practicar tales cosas.
34
Se atrevió una vez a preguntar a los atenienses en público, tras oír el pregón, por qué razón excluían a los bárbaros, siendo así que Eumolpo, quien les instituyó el rito, era bárbaro y tracio.
35
Cuando una vez, al ir a navegar durante el invierno, uno de sus amigos le dijo:«¿ No temes que, si la nave zozobra, seas devorado por los peces?», dijo:« Sería un ingrato si temiera ser devorado por los peces habiendo comido yo tantos peces».
36
A un orador que había practicado pésimamente, le aconsejaba ejercitarse y entrenarse; y al decir aquel:« Siempre hablo para mí mismo», dijo:« Con razón, pues, dices tales cosas, teniendo a un oyente necio».
37
Al ver una vez a un adivino adivinando en público por dinero, dijo:« No veo por qué exiges el pago; pues si es porque puedes cambiar algo de lo decretado, pides poco sea lo que sea lo que pidas, pero si es porque todo será como ha sido decretado por el dios,¿ de qué sirve tu adivinación?».
38
Un anciano romano, de buen cuerpo, le mostró su lucha armada contra un poste y le preguntó:«¿ Cómo te ha parecido que he luchado, Demonacte?».« Bien», dijo,« si tienes un adversario de madera».
39
Y también estaba muy bien preparado para las preguntas sin salida; pues al preguntarle alguien por burla:« Si quemara mil minas de leña, Demonacte,¿ cuántas minas de humo habría?», dijo:« Pesa la ceniza, y todo lo demás será humo».
40
Al decir un tal Polibio, hombre totalmente inculto y bárbaro:« El emperador me ha honrado con la ciudadanía romana», dijo:« Ojalá te hubiera hecho griego en lugar de romano».
41
Al ver a uno de los ricos vanagloriarse por la anchura de su púrpura, se inclinó hacia su oído, tomó su ropa y, señalándola, dijo:« Esto, sin embargo, lo llevaba una oveja antes que tú, y era una oveja».
42
Cuando, al bañarse, dudó en entrar en el agua hirviendo, y alguien le reprochó que se acobardaba, dijo:« Dime,¿ iba a sufrir esto por la patria?».
43
Al preguntarle alguien:«¿ Cómo crees que son las cosas en el Hades?», dijo:« Espera, y desde allí te escribiré».
44
A un tal Admeto, poeta mediocre, que decía haber escrito un epigrama de un solo verso, que había ordenado en su testamento que se inscribiera en su estela— no está de más decir el verso mismo:« Tierra, toma el envoltorio de Admeto, pues él mismo se fue al dios»—, riendo dijo:« Es tan bueno el epigrama, Admeto, que desearía que ya estuviera inscrito».
45
Al ver alguien en sus piernas lo que suele ocurrir a los ancianos, preguntó:«¿ Qué es esto, Demonacte?». Y él, sonriendo, dijo:« Caronte me ha mordido».
46
Y también, al ver a un lacedemonio azotando a su esclavo, dijo:« Detente, haciendo de tu esclavo un igual a ti».
47
A una tal Dánae que tenía un pleito contra su hermano, le dijo:« Sé juzgada, pues no eres Dánae, la hija de Acrisio».
48
Pero sobre todo combatía a los que no filosofaban por la verdad sino por exhibición. Al ver a un cínico que llevaba manto y zurrón, pero en lugar de bastón una maza, y gritaba diciendo que era seguidor de Antístenes, Crates y Diógenes, dijo:« No mientas, pues resulta que eres discípulo de Hipérides».
49
Cuando veía a muchos de los atletas luchar mal y, contra la ley de la competición, morder en lugar de practicar el pancracio, dijo:« No sin razón los que acompañan a los atletas actuales los llaman leones».
50
Es elegante también aquel dicho suyo, mordaz a la vez, dirigido al procónsul. Pues él era de los que se depilaban las piernas y todo el cuerpo; un cínico subió a una piedra y lo acusó de esto mismo y lo difamó de afeminamiento; indignado y ordenando que bajaran al cínico, iba a molerlo a palos o a castigarlo con el destierro. Pero Demonacte, que estaba presente, pidió que lo perdonara, pues se atrevía a ello según una franqueza tradicional de los cínicos. Al decir el procónsul:« Ahora te lo perdono, pero si más tarde se atreve a algo así,¿ qué merece sufrir?», Demonacte dijo:« Ordénale entonces que se depile».
51
A otro, a quien el emperador le había confiado el mando de ejércitos y de la nación más grande, y que le preguntaba cómo gobernaría mejor, le dijo:« Sin ira, hablando poco y escuchando mucho».
52
Al preguntarle alguien si él también comía pasteles, dijo:«¿ Crees entonces que las abejas ponen los panales para los necios?».
53
Al ver junto a la Estoa Pecile una estatua a la que le faltaba una mano, dijo:« Tarde han honrado los atenienses a Cinegiro con una imagen de bronce».
54
Y también al ver a Rufino el chipriota— me refiero al cojo del peripato— pasando mucho tiempo en los paseos, dijo:« No hay nada más desvergonzado que un peripatético cojo».
55
Cuando una vez Epicteto, reprochándole a la vez, le aconsejaba casarse y tener hijos— pues convenía también a un hombre filósofo dejar a otro en su lugar a la naturaleza—, respondió de forma muy refutadora:« Entonces, Epicteto, dame a una de tus hijas».
56
Y también es digno de recordar lo que dijo a Hermino el aristotélico; pues, sabiendo que era malísimo y que cometía mil maldades, pero que elogiaba a Aristóteles y tenía en su boca sus diez categorías, dijo:« Hermino, verdaderamente eres digno de diez categorías».
57
Cuando los atenienses consideraban, por emulación con los corintios, establecer un espectáculo de gladiadores, se presentó ante ellos y dijo:« No decreten esto antes, atenienses, si no derriban el altar de la Piedad».
58
Cuando una vez, al llegar a Olimpia, los eleos decretaron una estatua de bronce para él, dijo:« De ninguna manera, hombres de Elea, no parezcan reprochar a sus antepasados que no hayan erigido una estatua ni de Sócrates ni de Diógenes».
59
Le oí una vez decir también esto al experto en leyes: que las leyes corren el riesgo de ser inútiles, tanto si se escriben para los malvados como para los buenos; pues los unos no necesitan leyes, y los otros no se vuelven mejores por las leyes.
60
De Homero cantaba sobre todo un verso:« Muere igual el hombre ocioso que el que mucho ha trabajado».
61
Elogiaba también a Tersites como a un orador cínico.
62
Al preguntarle una vez qué filósofo le agradaba, dijo:« Todos son admirables; pero yo venero a Sócrates, admiro a Diógenes y amo a Aristipo».
63
Vivió casi cien años sin enfermedades, sin penas, sin haber molestado ni pedido nada a nadie, útil a sus amigos, sin haber tenido nunca enemigo alguno; y tanto amor le tuvieron los propios atenienses y toda Grecia, que cuando pasaba, los magistrados se levantaban y se hacía silencio entre todos. Al final, siendo ya muy anciano, entraba sin ser invitado en la casa que le tocaba, cenaba y dormía, considerando los habitantes que el hecho era una aparición de algún dios y que un buen demonio había entrado en su casa. Al pasar, las panaderas se lo disputaban, queriendo cada una que tomara de sus panes, y la que lo lograba lo consideraba una buena fortuna para sí misma. Y también los niños le llevaban frutas llamándolo padre.
64
Cuando una vez hubo una sedición en Atenas, entró en la asamblea y, con solo aparecer, los hizo callar; y al ver que ya se habían arrepentido, se marchó sin decir nada.
65
Cuando comprendió que ya no era capaz de valerse por sí mismo, diciendo a los presentes el pie del atleta de los heraldos:« Termina el certamen, el tesorero de los mejores premios, y el momento llama a no demorarse más», y absteniéndose de todo, abandonó la vida radiante y tal como siempre aparecía a quienes lo encontraban.
66
Poco antes de su muerte, al preguntarle alguien:«¿ Qué ordenas sobre tu entierro?», dijo:« No se preocupen; pues el olor me enterrará». Al decir aquel:«¿ Qué entonces?¿ No es vergonzoso que el cuerpo de un hombre tan grande sea ofrecido como alimento a las aves y a los perros?».« Pues bien, no hay nada absurdo en esto», dijo,« si voy a ser útil a algunos animales incluso después de muerto».
67
Los atenienses, sin embargo, lo enterraron públicamente con magnificencia y lo lloraron durante mucho tiempo, y el asiento de piedra en el que solía descansar cuando se cansaba, lo veneraban y coronaban en honor del hombre, considerando sagrada incluso la piedra en la que se sentaba. Pues no hubo nadie que no acudiera al entierro, y sobre todo los filósofos; estos, sin embargo, se pusieron debajo y lo llevaron hasta la tumba. He recordado estas pocas cosas de entre muchas, y a partir de ellas los lectores pueden deducir qué clase de hombre fue.

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