Jerome

Reader

Read texts in the original and in translation.
Settings
Not signed in
Find in Jerome
You can also type short locations such as 1, 1.1, 1:2, or 1-3 inside the current work.
Choose a text id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/lucian-of-samosata" aria-label="More works by Lucian of Samosata (lucian-of-samosata)"> —
⋯
More
Original / primary: Spanish Gemini
1
Licino:¿ No decía yo que Timolao no dejaría pasar un cadáver expuesto a la intemperie más rápido que cualquier espectáculo extraordinario, aunque tuviera que salir corriendo sin aliento hasta Corinto por ello? Tan amante de los espectáculos y tan incansable eres para estas cosas. Timolao:¿ Y qué otra cosa debía hacer, Licino, estando libre de ocupaciones, al enterarme de que un barco tan inmenso y fuera de lo común había atracado en el Pireo, uno de los que transportan grano desde Egipto a Italia? Supongo que también ustedes, tanto tú como este Samippo, no han venido de la ciudad por otra razón que no sea ver el barco. Licino: Por Zeus, también Adeimanto de Mirrinunte venía con nosotros, pero no sé dónde se habrá extraviado ahora entre la multitud de espectadores; pues hasta el barco fuimos juntos y, al subir a él, tú, Samippo, creo, ibas delante, después de ti estaba Adeimanto, y luego yo, agarrado a él con ambas manos, y él me guio por toda la pasarela, calzado mientras él iba descalzo, pero después de eso ya no lo vi ni dentro ni cuando bajamos.
2
Samippo:¿ Sabes, Licino, dónde nos dejó? Cuando, creo, aquel hermoso joven salió de la cabina, vestido con la túnica limpia, con el cabello recogido hacia atrás y peinado a ambos lados de la frente. Si conozco a Adeimanto, supongo que, al ver un espectáculo tan refinado, se despidió del constructor naval egipcio que mostraba el barco y se quedó allí llorando, como suele hacer; pues el hombre es de lágrima fácil en asuntos amorosos. Licino: Y, sin embargo, el joven no me pareció tan hermoso, Samippo, como para dejar pasmado a Adeimanto, a quien siguen tantos jóvenes bellos en Atenas, todos libres, de habla elocuente y que exhalan el aroma de la palestra, ante quienes incluso llorar con ellos no es indigno; pero este, además de ser de tez oscura, es de labios prominentes y de piernas demasiado delgadas, y hablaba de forma descuidada, continua y precipitada, en griego sí, pero con el sonido y el tono de voz de su tierra, y su cabello y el mechón recogido hacia atrás indican que no es un hombre libre.
3
Timolao: Eso, Licino, es un signo de nobleza egipcia, el peinado; pues todos los jóvenes libres se lo trenzan hasta la edad de efebo, al contrario que nuestros antepasados, a quienes les parecía elegante que los ancianos llevaran el cabello largo, recogido en un moño sujeto por una cigarra de oro. Samippo: Bien hecho, Timolao, que nos recuerdas los escritos de Tucídides, lo que dijo en el proemio sobre nuestro antiguo lujo entre los jonios, cuando los de entonces se establecieron juntos.
4
Timolao: Pero, Samippo, ahora he recordado dónde se separó de nosotros Adeimanto, cuando nos detuvimos largo tiempo junto al mástil mirando hacia arriba, contando las capas de pieles y admirando al marinero que subía por los cabos y luego corría con seguridad por la verga arriba, agarrado a los cuernos. Samippo: Bien dicho.¿ Qué debemos hacer entonces aquí?¿ Esperarlo o quieres que vuelva yo al barco? Timolao: De ninguna manera, sigamos adelante; es probable que ya haya pasado y se haya ido a la ciudad al no poder encontrarnos; si no, Adeimanto conoce el camino y no hay miedo de que, al quedarse atrás, se pierda. Licino: Miren, no sea que sea descortés irnos dejando a un amigo. Caminemos, sin embargo, si a Samippo también le parece bien. Samippo: Me parece muy bien, por si acaso todavía encontramos la palestra abierta.
5
Pero, entre palabras,¡ qué barco! El constructor decía que tenía ciento veinte codos de eslora, y de manga más de una cuarta parte de eso, y desde la cubierta hasta la quilla, donde es más profundo en la sentina, veintinueve. Y lo demás, cuán grande es el mástil, qué enorme verga sostiene, qué tipo de estay utiliza y cómo se mantiene, y cómo la popa se eleva suavemente curvada con un ganso de oro encima, y enfrente, proporcionalmente, la proa se extiende hacia adelante, teniendo a Isis, la diosa que da nombre a la nave, a ambos lados; pues el resto del adorno, las pinturas y el emblema de la vela, brillante como el fuego, y antes de esto las anclas, los tornos, las poleas y las estancias en la popa, todo me pareció maravilloso.
6
Samippo: Y la multitud de marineros se podría comparar con un ejército. Se decía que transportaba tanto grano que era suficiente para alimentar a todos los habitantes del Ática durante un año. Y todo eso lo controlaba un hombrecito, ya anciano, girando timones tan grandes con una vara delgada; pues me mostraron a un calvo, de pelo rizado, Herón, creo que se llamaba. Timolao: Admirable en su arte, como decían los que viajaban en él, y sabio en asuntos marítimos más que Proteo.
7
Timolao:¿ Y oyeron cómo trajo el barco hasta aquí, qué sufrieron navegando o cómo los salvó el astro? Licino: No, Timolao, pero ahora nos gustaría escucharlo. Timolao: El capitán mismo me lo contaba, un hombre honesto y agradable en el trato. Decía que, al zarpar de Faro, con un viento no muy fuerte, vieron el Acamante al séptimo día, luego, al soplar el céfiro en contra, fueron desviados lateralmente hasta Sidón, y desde allí, tras encontrarse con una gran tormenta, llegaron al décimo día a las Quelidonias a través del Aulón, donde por poco se hunden todos.
8
Y yo mismo sé, al haber navegado alguna vez junto a las Quelidonias, cuán grande se levanta la ola en ese lugar, y especialmente con el viento del suroeste, cuando también se suma el del sur; pues allí sucede que el mar de Panfilia se separa del de Licia, y el oleaje, al dividirse alrededor del promontorio debido a muchas corrientes— y hay rocas afiladas y puntiagudas que son pulidas por el batir del agua—, hace que el oleaje sea muy temible y el estruendo grande, y la ola a menudo es igual de grande que el peñasco.
9
Timolao: Tales cosas decía el capitán que les ocurrieron, siendo aún de noche y con una oscuridad absoluta; pero los dioses, conmovidos por sus lamentos, hicieron aparecer un fuego desde Licia para reconocer aquel lugar, y una estrella brillante, uno de los Dioscuros, se posó sobre el carchesio y dirigió el barco hacia la izquierda, hacia alta mar, cuando ya se acercaba al precipicio; desde entonces, una vez desviados del rumbo recto, navegaron a través del Egeo y, al septuagésimo día desde Egipto, navegando contra los vientos etesios, llegaron ayer al Pireo, habiendo sido arrastrados tanto hacia abajo, cuando debían haber tomado Creta por la derecha y, navegando sobre Malea, estar ya en Italia. Licino: Por Zeus, dices que Herón es un capitán maravilloso o un contemporáneo de Nereo, que se desvió tanto del camino.
10
Licino: Pero,¿ qué es esto?¿ No es aquel Adeimanto? Timolao: Ciertamente, es el mismo Adeimanto. Gritémosle, pues.¡ Adeimanto, te llamo a ti, el de Mirrinunte, hijo de Estrombico! O bien está enfadado con nosotros o se ha quedado sordo; pues es Adeimanto, no es otro. Licino: Ya lo veo muy claramente, tanto su manto como su caminar, y el corte de pelo al ras. Aumentemos, sin embargo, el paso para alcanzarlo.
11
Licino: Si no te agarramos del manto para que te des la vuelta, Adeimanto, no nos responderás aunque gritemos; pareces estar absorto en alguna reflexión sobre un asunto no pequeño ni despreciable, según parece, dándole vueltas. Adeimanto: Nada difícil, Licino, sino que una idea vana me sobrevino mientras caminaba y me hizo no oírlos, al mirar fijamente hacia ella con todo mi razonamiento. Licino:¿ Cuál es esa? No dudes en decirla, a menos que sea algo de lo más secreto. Aunque fuimos iniciados, como sabes, y hemos aprendido a guardar silencio. Adeimanto: Pero me avergüenzo de decírselo a ustedes; pues les parecerá una ocurrencia muy infantil. Licino:¿ Acaso es amorosa? Pues ni siquiera eso nos lo ocultarás a nosotros, que estamos iniciados, sino bajo la antorcha brillante y siendo nosotros mismos iniciados.
12
Adeimanto: Nada de eso, admirable amigo, sino que me estaba imaginando una riqueza, la que los antiguos llaman la bienaventurada vacía, y me sorprendieron en el apogeo de mi opulencia y lujo. Licino: Entonces, lo más sencillo, como dicen, un Hermes común,¡ pon esa riqueza en medio! Pues es justo que los amigos disfruten de su parte del lujo de Adeimanto. Adeimanto: Me separé de ustedes justo en el primer embarque al barco, cuando los puse a salvo, Licino; pues mientras yo medía el grosor del ancla, no sé dónde se fueron ustedes.
13
Pero, al verlo todo, le pregunté a uno de los marineros cuánto beneficio anual suele reportar el barco al dueño. Y él me dijo: Doce talentos áticos, si uno calcula por lo mínimo. Desde entonces, al volver, calculaba: si algún dios hiciera de repente que el barco fuera mío, qué vida tan feliz viviría, haciendo el bien a mis amigos y navegando a veces yo mismo, a veces enviando a mis criados; luego, con esos doce talentos, ya habría construido una casa en un lugar oportuno, un poco por encima de la Poikile, dejando aquella paterna junto al Iliso, y compraría criados, vestidos, carros y caballos; y ahora navegaría siendo envidiado por todos los pasajeros, temido por los marineros y considerado casi un rey. Y mientras yo ordenaba las cosas en el barco y miraba hacia el puerto desde lejos, Licino, te detuviste y hundiste la riqueza y volcaste la nave que navegaba bien con el viento favorable de mi deseo.
14
Entonces, noble amigo, agárrame y llévame ante el general como a un pirata o un hundidor de barcos, que he causado un naufragio tan grande, y eso en tierra, en el camino del Pireo a la ciudad. Pero mira cómo compensaré tu pérdida; pues ten ya, si quieres, cinco barcos más hermosos y grandes que el egipcio, y lo más importante, que ni siquiera pueden hundirse, y quizás cinco veces al año te traigan cargamentos de grano desde Egipto, aunque, oh el mejor de los capitanes, es evidente que entonces te volverás insoportable para nosotros; pues tú, que siendo dueño de un solo barco ya no oías nuestros gritos, si poseyeras cinco además de este, todos de tres velas y indestructibles, seguramente ni siquiera verás a tus amigos. Tú, pues, navega bien, excelente amigo, nosotros nos sentaremos en el Pireo interrogando a los que llegan de Egipto o Italia, por si alguien ha visto el gran barco de Adeimanto, la Isis.
15
Adeimanto:¿ Ves? Por eso dudaba en decir lo que pensaba, sabiendo que harían de mi deseo motivo de risa y burla. Así que, deteniéndome un poco hasta que ustedes avancen, volveré a navegar en el barco; pues es mucho mejor hablar con los marineros que ser objeto de burla por ustedes. Licino: De ninguna manera, ya que nosotros también subiremos contigo. Adeimanto: Pero quitaré la pasarela al entrar antes. Licino: Entonces nosotros nadaremos hacia ustedes; pues no creas que para ti es fácil adquirir barcos tan grandes, ni comprándolos ni construyéndolos, y nosotros no pediremos a los dioses poder nadar sin cansarnos por muchos estadios; aunque hace poco, para la iniciación de Enodia en Egina, sabes en qué barquito navegamos todos los amigos juntos, cada uno por cuatro óbolos, y no te molestaba que navegáramos contigo,¿ y ahora te indignas si subimos contigo y quitas la pasarela al entrar antes? Estás engreído, Adeimanto, y no escupes en tu regazo, ni sabes quién eres para ser capitán. Así te han exaltado la casa construida en un buen lugar de la ciudad y la multitud de seguidores. Pero, buen hombre, por Isis, recuerda al menos traernos esos pescados salados del Nilo desde Egipto, o perfume de Canopo, o un ibis de Menfis, y si el barco pudiera, también una de las pirámides.
16
Basta de bromas, Licino. Ves cómo has hecho sonrojar a Adeimanto al inundar el barco con tanta risa, hasta el punto de que está a punto de hundirse y ya no puede soportar lo que entra. Y puesto que todavía nos queda mucho camino hasta la ciudad, dividamos el camino en cuatro partes según los estadios que nos faltan y pidamos cada uno lo que nos parezca a los dioses; pues así el cansancio nos pasaría desapercibido y al mismo tiempo nos alegraríamos como si estuviéramos en un sueño muy dulce y voluntario, durante el tiempo que queramos, que nos hará bien; pues en cada uno está la medida del deseo, y que los dioses se dispongan a concederlo todo, aunque por naturaleza sea increíble. Y lo más importante, será una demostración de quién haría mejor uso de la riqueza y del deseo; pues revelará cómo habría llegado a ser al enriquecerse.
17
Samippo: Bien, Timolao, te obedezco y, cuando llegue el momento, pediré lo que me parezca. Pues si Adeimanto quiere, ni siquiera creo que deba preguntar, él que ya tiene un pie en el barco. También debe parecerle bien a Licino. Licino: Pues enriquezcámonos, si esto es mejor, no sea que parezca que envidio las fortunas comunes. Adeimanto:¿ Quién empezará primero? Licino: Tú, Adeimanto, luego después de ti este Samippo, luego Timolao, y yo tomaré el deseo por un pequeño medio estadio antes del Dípilon, y esto corriendo lo más rápido posible.
18
Adeimanto: Entonces yo ni siquiera ahora me separaré del barco, sino que, puesto que es posible, añadiré a mi deseo; y que Hermes, el dios de las ganancias, asienta a todos. Pues que el barco y todo lo que hay en él sea mío, y la carga, los mercaderes, las mujeres, los marineros y cualquier otra cosa que sea lo más dulce de todas las posesiones. Samippo: Te has olvidado de ti mismo en el barco. Adeimanto: Te refieres al muchacho, Samippo, al de pelo largo. Que él también sea mío. Y todo el trigo que hay dentro, que toda esa cantidad se convierta en oro acuñado, tantos dáricos.
19
Licino:¿ Qué es esto, Adeimanto? El barco se te hundirá, pues no es igual el peso del trigo y del oro en igual cantidad. Adeimanto: No me envidies, Licino, sino cuando llegue a ti el deseo, haz toda esa Parnés de oro si quieres, y yo guardaré silencio para ti. Licino: Pero yo hice esto por tu seguridad, para que no murieran todos con el oro; y lo nuestro es moderado, pero el joven hermoso se ahogará, el pobre, al no saber nadar. Timolao: Ten confianza, Licino; pues los delfines se pondrán debajo y lo sacarán a tierra.¿ O crees que un citaredo se salvó gracias a ellos y recibió el pago por su canto, y otro niño muerto fue llevado de igual manera al Istmo sobre un delfín, y el criado de Adeimanto, recién comprado, carecerá de un delfín amoroso? Adeimanto:¿ También tú, Timolao, imitas a Licino y añades burlas, y eso siendo tú mismo el iniciador?
20
Timolao: Hubiera sido mejor hacerlo más creíble y encontrar algún tesoro bajo la cama, para que no tuvieras problemas trasladando el oro del barco a la ciudad. Adeimanto: Bien dicho, y que se desentierre un tesoro bajo el Hermes de piedra que tenemos en el patio, mil medimnos de oro acuñado. Inmediatamente, pues, según Hesíodo, la casa primero, para vivir lo más espléndidamente posible, y ya habría comprado todo lo que hay en la ciudad, excepto lo que hay en el Istmo y en Pitón, y en Eleusis todo lo que hay junto al mar y cerca del Istmo, poco por causa de los juegos, por si alguna vez asistiera a los Ístmicos, y la llanura de Sición, y en general, si hay algún lugar sombreado, con agua o fértil en Grecia, que todo sea de Adeimanto en poco tiempo. Y el oro, hueco para comer, y las copas no ligeras como las de Echecrates, sino de dos talentos de peso cada una.
21
Licino:¿ Entonces cómo ofrecerá el copero una copa tan pesada y llena?¿ O tú la recibirás de él sin esfuerzo, no una copa, sino un peso sísifo que te entrega? Adeimanto: Hombre, no me deshagas el deseo. Yo haré mesas enteras de oro y camas de oro, y si no guardas silencio, también los sirvientes mismos. Licino: Mira solo que, como a Midas, el pan y la bebida no se te conviertan en oro y, siendo rico, mueras miserablemente pereciendo de hambre costosa. Adeimanto: Tú ajustarás tus palabras más creíblemente, Licino, dentro de poco, cuando tú mismo pidas.
22
Vestido además de púrpura y la vida lo más delicada posible, sueño lo más dulce posible, visitas de amigos y súplicas, y que todos se inclinen y adoren, y unos caminarán de arriba abajo ante mis puertas desde la mañana, y entre ellos Cleaineto y Demócrito, los grandes, y al acercarse a ellos y antes que a los demás, los siete porteros que están allí, bárbaros de gran tamaño, exigirán ser admitidos, golpeando la puerta directamente en la frente, como hacen ahora ellos mismos. Yo, cuando me parezca, asomándome como el sol, ni siquiera miraré a algunos de ellos, pero si hay algún pobre, como era yo antes del tesoro, lo trataré con amabilidad y le ordenaré que venga a cenar después de bañarse. Y los ricos se ahogarán al ver carruajes, caballos y jóvenes hermosos, unos dos mil, de toda edad, lo más floreciente que haya.
23
Luego cenas sobre oro— pues la plata es barata y no es para mí—, pescado salado de Iberia, vino de Italia, aceite de Iberia también, miel nuestra, la que no se calienta, y manjares de todas partes, cerdos y liebres, y todas las aves, gallo de Fasis, pavo real de la India y el gallo nómada; y los que preparan cada cosa, sofistas que tienen conocimientos sobre pasteles y caldos. Y si brindara a alguien con una copa o un cuenco tras pedirlo, que el que beba se lleve también la copa.
24
Y los ricos de ahora son, evidentemente, todos Iros comparados conmigo, y Dionico ya no mostrará el plato de plata o la copa en la procesión, y especialmente cuando vea a mis criados usando tanta plata; y para la ciudad estas cosas habrían sido excepcionales por mi parte, las distribuciones cada mes de cien dracmas para el ciudadano y la mitad para el meteco, teatros y baños de maravillosa belleza, y que el mar llegue hasta el Dípilon y que haya un puerto allí en algún lugar, habiendo sido traída el agua mediante una gran excavación, para que mi barco atraque cerca, siendo visible desde el Cerámico.
25
Y a ustedes, mis amigos, a Samippo le habría ordenado al administrador medir veinte medimnos de oro acuñado, a Timolao cinco coínices, y a Licino una coínice, y esta incluso medida, porque es charlatán y se burla de mi deseo. Este es el tipo de vida que quería vivir, siendo rico hasta el exceso, viviendo con lujo y usando de todos los placeres sin medida. He hablado, y que Hermes me lo haga realidad.
26
Licino:¿ Sabes entonces, Adeimanto, que toda esta riqueza tuya depende de un hilo muy fino, y que si este se rompe, todo desaparece y tu tesoro serán carbones? Adeimanto:¿ Cómo dices, Licino? Licino: Que, excelente amigo, es incierto cuánto tiempo vivirás siendo rico.¿ Quién sabe si, estando todavía la mesa de oro ante ti, antes de poner la mano y probar el pavo real o el gallo nómada, exhalando el alma, te irás dejando todo eso a los buitres y cuervos?¿ O quieres que te cuente a los que murieron inmediatamente antes de disfrutar de la riqueza, y a algunos que incluso vivos fueron privados de lo que tenían por algún demonio envidioso de tales cosas? Pues oyes, supongo, a Creso y a Polícrates, que habiéndose vuelto mucho más ricos que tú, cayeron en poco tiempo de todos sus bienes.
27
Licino: Y para dejarte a estos,¿ crees que la salud te será garantizada y segura?¿ O no ves a muchos de los ricos viviendo miserablemente por los dolores, unos sin poder ni siquiera caminar, otros ciegos o sufriendo de alguna parte de las entrañas? Pues que no elegirías, siendo rico el doble, sufrir lo mismo que Fanómaco el rico y volverte afeminado como él, lo sé bien, aunque no lo digas. Dejo de decir cuántas conspiraciones con la riqueza, ladrones, envidia y odio de la multitud ves,¿ de qué tipo de problemas te causa el tesoro? Adeimanto: Siempre eres contrario a mí, Licino; de modo que ni siquiera la coínice tomarás al final de mi deseo, por molestar. Licino: Esto ya es que te estás retractando como la mayoría de los ricos y retiras la promesa. Pero tú, Samippo, pide ya.
28
Samippo: Yo— pues soy de tierra adentro, arcadio de Mantinea, como saben— no pediré que se me haga un barco, que es imposible mostrar a los ciudadanos, ni seré tacaño con los dioses pidiendo un tesoro y oro medido; sino que los dioses pueden todo, incluso lo que parece ser lo más grande, y la ley del deseo que Timolao estableció diciendo que no hay que dudar en pedir, ya que ellos no se niegan a nada; pido, pues, ser rey, no como Alejandro hijo de Filipo, o Ptolomeo, o Mitrídates, o quienquiera que haya recibido el reino de su padre y haya gobernado, sino que, habiendo empezado yo primero desde el bandidaje, que haya unos treinta compañeros y conspiradores, muy fieles y entusiastas, luego poco a poco trescientos que se nos unan uno tras otro, luego mil y no mucho después diez mil, y el total de la infantería en cincuenta mil, y jinetes unos cinco mil.
29
Samippo: Y yo, elegido por todos como gobernante, habiendo parecido el mejor de los hombres para dirigir y manejar los asuntos; pues esto mismo ya es mayor que los otros reyes, al haber sido elegido por el ejército por mi virtud para gobernar, no habiendo sido heredero de otro que se esforzó por el reino; puesto que tal cosa es parecida al tesoro de Adeimanto, y el asunto no es tan dulce, como cuando uno ve que ha adquirido el poder por sí mismo. Licino:¡ Vaya, Samippo, nada pequeño, sino que has pedido el colmo de todos los bienes, gobernar un escudo tan grande habiendo sido elegido el mejor por los cincuenta mil! Tal rey y general maravilloso nos había pasado desapercibido que Mantinea estaba criando. Pero, sin embargo, reina y dirige a los soldados y organiza tanto la caballería como a los hombres de los escudos; pues quiero saber a dónde irán siendo tantos desde Arcadia o contra qué desgraciados llegarán primero.
30
Samippo: Escucha, Licino, o mejor, si te place, síguenos; pues te nombraré hiparco de los cinco mil. Licino: Pero por el honor, rey, te doy las gracias e inclinándome al estilo persa te adoro, llevando las manos hacia atrás, honrando la tiara que está recta y la diadema; pero tú haz hiparco a alguno de estos robustos; pues yo soy terriblemente inepto para montar a caballo y nunca en el tiempo anterior monté un caballo. Temo, pues, que al incitarme el trompetista, caiga y sea pisoteado en el tumulto bajo tantos cascos, o que el caballo, siendo fogoso, me lleve mordiendo el freno hacia el medio de los enemigos, o tendré que ser atado a la silla si voy a permanecer arriba y agarrarme del freno.
31
Adeimanto: Yo te guiaré la caballería, Samippo, y que Licino tenga el ala derecha. Sería justo que yo obtuviera de ti lo más grande, habiéndote regalado tantos medimnos de oro acuñado. Samippo: Preguntemos también a ellos, Adeimanto, a los jinetes, si aceptarán que seas su jefe. Quien quiera, jinetes, que Adeimanto sea hiparco, que levante la mano. Adeimanto: Todos, como ves, Samippo, han votado. Samippo: Pero tú manda la caballería, y que Licino tenga la derecha; este Timolao se colocará en la izquierda; y yo en el medio, como es ley para los reyes de los persas, cuando ellos mismos están presentes.
32
Avancemos ya hacia Corinto a través de la montaña, habiendo rezado al Zeus real; y cuando ya hayamos conquistado todo en Grecia— pues nadie se nos opondrá con las armas siendo tantos, sino que venceremos sin esfuerzo—, subiendo a los trirremes y embarcando los caballos en los barcos de transporte— pues se ha preparado en Cencreas tanto grano suficiente como barcos suficientes y todo lo demás—, crucemos el Egeo hacia Jonia, luego allí, habiendo sacrificado a Ártemis y tomado las ciudades sin murallas fácilmente, dejando gobernantes, avancemos hacia Siria a través de Caria, luego Licia, Panfilia, Pisidia y la costa y la montaña de Cilicia, hasta que lleguemos al Éufrates.
33
Licino: A mí, rey, si te parece, déjame como sátrapa de Grecia; pues soy cobarde y no soportaría de buena gana alejarme mucho de casa; tú pareces que marcharás contra los armenios y partos, pueblos guerreros y certeros con el arco. De modo que, habiendo entregado a otro la derecha, déjame a mí como un Antípatro en Grecia, no sea que alguien me atraviese con una flecha, golpeándome miserablemente en las partes desnudas cerca de Susa o Bactra mientras te guío la falange. Samippo: Te estás escapando, Licino, de la lista por ser cobarde. Y la ley es cortar la cabeza si alguien aparece habiendo abandonado su puesto. Pero puesto que ya estamos junto al Éufrates y el río ha sido puenteado y todo lo que hemos recorrido por detrás está seguro y todo lo tienen gobernadores introducidos por mí para cada nación, y ellos también se irán para ganarnos Fenicia en ese tiempo y Palestina y luego Egipto, tú primero, Licino, cruza llevando la derecha, luego yo y después de mí Timolao; y al frente de todos lleva tú la caballería, Adeimanto.
34
Y a través de Mesopotamia nadie nos ha salido al encuentro como enemigo, sino que los hombres nos entregaron voluntariamente tanto a sí mismos como las acrópolis, y habiendo llegado a Babilonia, entramos inesperadamente dentro de los muros y tenemos la ciudad; el rey, que pasaba el tiempo cerca de Ctesifonte, oyó la incursión, luego, habiendo pasado a Seleucia, se prepara enviando a buscar tantos jinetes como sea posible, arqueros y honderos. Pero los exploradores informan que ya se han reunido unos cien miríadas de guerreros y de estos veinte mil arqueros a caballo, aunque todavía no está presente el armenio ni los que viven junto al mar Caspio ni los de Bactra, sino de los alrededores y suburbios del imperio; tan fácilmente reclutó tantas miríadas. Es momento, pues, de considerar qué debemos hacer.
35
Adeimanto: Pero yo digo que ustedes deben ir con la infantería hacia Ctesifonte, y nosotros, la caballería, quedarnos aquí para proteger Babilonia. Samippo:¿ También tú te acobardas, Adeimanto, al estar cerca del peligro?¿ A ti qué te parece, Timolao? Timolao: Marchar con todo el ejército contra los enemigos, no esperar hasta que se preparen mejor con la llegada de los aliados de todas partes, sino mientras los enemigos todavía están en camino, atacarlos. Samippo: Bien dicho.¿ Y tú, Licino, qué opinas? Licino: Yo te diré; puesto que nos hemos cansado caminando intensamente, cuando bajábamos por la mañana al Pireo, y ahora ya hemos avanzado unos treinta estadios y el sol es fuerte, pues ya es casi mediodía, sentémonos aquí en algún lugar junto a los olivos sobre la estela derribada para descansar, luego, levantándonos así, terminemos el resto hasta la ciudad. Samippo:¿ Todavía crees que estás en Atenas, bienaventurado, tú que estás sentado cerca de Babilonia en la llanura ante los muros entre tantos soldados considerando la guerra? Licino: Bien me has recordado. Yo pensaba que estaba sobrio y que no revelaría mi opinión.
36
Avancemos, pues, si te parece bien. Y aseguraos de ser hombres valientes en los peligros y de no traicionar el espíritu de nuestros antepasados; pues, al parecer, los enemigos ya nos están alcanzando. Así pues, que la consigna sea Enialio; y vosotros, en cuanto el trompetero dé la señal, lanzad el grito de guerra, golpead vuestras lanzas contra los escudos y apresuraos a trabar combate con los adversarios y a poneros al alcance de sus flechas, para que no recibamos heridas mientras les damos ocasión de hostigarnos desde lejos. Y una vez que hayamos entrado en combate cuerpo a cuerpo, el ala izquierda y Timolao han puesto en fuga a los medos que tenían enfrente, pero en mi sector la lucha sigue igualada, pues son persas y el rey está entre ellos; toda la caballería de los bárbaros carga contra nuestro flanco derecho, así que, Licino, sé tú mismo un hombre valiente y exhorta a los que están contigo a resistir la embestida.
37
Licino:¡ Qué mala suerte! Pues todos los jinetes vienen contra mí y me han considerado el único objetivo adecuado para su carga. Y me parece que, si me presionan, desertaré corriendo hacia la palestra, dejándoos a vosotros todavía luchando. Samippo: De ninguna manera; tú también estás venciendo ya a tu parte. Yo, como ves, voy a batirme en duelo contra el rey; pues me desafía y sería una vergüenza absoluta retirarme. Licino:¡ Por Zeus, y serás herido de inmediato por él! Pues es propio de un rey ser herido mientras lucha por el poder. Samippo: Bien dicho. La herida es superficial y no en una parte visible del cuerpo, de modo que la cicatriz no quede fea después. Pero,¿ ves cómo, tras cargar, con un solo golpe los atravesé a él y a su caballo al lanzar mi lanza, y luego, tras cortarle la cabeza y quitarle la diadema, ya me he convertido en rey y todos me rinden pleitesía?
38
Que los bárbaros rindan pleitesía; de vosotros, según la ley de los griegos, gobernaré yo como único estratega nombrado. Pensad, pues, en esto: cuántas ciudades fundaré con mi nombre y cuántas arrasaré tras tomarlas por la fuerza, si es que cometen alguna insolencia contra mi poder. Pero, sobre todo, me ocuparé de Cidia el rico, que, siendo todavía mi vecino, me ha ido expulsando de mi campo invadiendo poco a poco el interior de mis límites.
39
Licino: Detente ya, Samippo; pues ya es hora de que tú, tras haber ganado una batalla tan grande en Babilonia, celebres el banquete de la victoria— pues creo que tu reinado es efímero— y que Timolao, por su parte, pida lo que desee. Samippo:¿ Y qué, Licino?¿ Qué crees que he pedido? Licino: Mucho más penoso y violento que lo de Adimanto,¡ oh, el más admirable de los reyes!, en la medida en que aquel se daba la gran vida ofreciendo copas de oro de dos talentos a sus compañeros de banquete, mientras que tú incluso eras herido luchando en duelo, tenías miedo y te preocupabas de noche y de día; pues no solo te resultaban temibles los enemigos, sino también las innumerables intrigas, la envidia de los que te rodeaban, el odio y la adulación, y no tenías ningún amigo verdadero, sino que todos parecían benevolentes por miedo o por esperanza. De disfrute, ni en sueños, sino solo gloria, una túnica de púrpura bordada en oro, una cinta blanca alrededor de la frente y guardaespaldas que te preceden; el resto es un esfuerzo insoportable y mucha amargura, y hay que despachar a los que vienen de parte de los enemigos, o juzgar, o enviar órdenes a los súbditos, y siempre hay algún pueblo que se rebela o alguien de fuera del imperio que ataca. Por tanto, hay que temerlo todo y sospechar de todo, y, en general, ser considerado afortunado por todos menos por ti mismo.
40
Y, de hecho,¿ cómo no es humillante que también enfermes igual que los ciudadanos comunes, que la fiebre no te distinga por ser rey, ni la muerte tema a tus guardaespaldas, sino que, presentándose cuando le parece, te lleva gimiendo sin respetar la diadema? Y tú, tan encumbrado, al caer arrancado del trono real, seguirás el mismo camino que la mayoría, conducido como un igual en la manada de los muertos, dejando tras de ti un alto túmulo sobre la tierra, una estela larga o una pirámide de ángulos bien trazados, honores vanos y carentes de sentido. Y aquellas estatuas y templos que las ciudades levantan para adularte, y el gran nombre, todo se desvanece poco a poco y desaparece en el olvido. Y si, por casualidad, permaneciera por mucho tiempo,¿ qué disfrute queda para quien ya no tiene conciencia?¿ Ves qué problemas tendrás mientras vivas, temiendo, preocupándote y sufriendo, y qué será de ti después de tu partida?
41
Licino: Pero ya es tu turno de pedir, Timolao, y asegúrate de superar a estos, como es natural en un hombre sensato que sabe cómo tratar los asuntos. Timolao: Observa, pues, Licino, si pido algo censurable y qué podría alguien criticar. Oro, tesoros, medidas de moneda, reinos, guerras y temores por el poder, que con razón has criticado, no los pediré; pues son cosas inestables, llenas de intrigas, y en ellas había más dolor que placer.
42
Yo quiero que Hermes, al encontrarse conmigo, me dé unos anillos con tales poderes: uno para estar siempre fuerte, sano, invulnerable e impasible; otro para no ser visto por quien lo lleve puesto, como el de Giges; otro para tener la fuerza de diez mil hombres, de modo que cualquier carga que diez mil hombres apenas pudieran mover, yo pudiera levantarla fácilmente solo; además, otro anillo para volar elevándome mucho de la tierra; y, además, que tenga un anillo para inducir el sueño a cuantos yo quiera y para que toda puerta se me abra al acercarme, aflojándose el cerrojo y quitándose el pestillo; que un solo anillo tenga todos estos poderes.
43
Y lo más importante, que haya otro anillo sobre todos, el más dulce, para que, al llevarlo puesto, sea irresistible para los jóvenes hermosos, para las mujeres y para pueblos enteros, y que no haya nadie que no me desee y que no me tenga en boca de todos, de modo que muchas mujeres, al no soportar el amor, se ahorquen, y los jóvenes se vuelvan locos por mí y se consideren afortunados si tan solo los miro, y si los desprecio, que ellos mismos perezcan de dolor, y que, en general, yo sea superior a Jacinto, a Hilas o a Faón de Lesbos.
44
Y tener todo esto sin ser de corta vida ni vivir según la medida de la vida humana, sino vivir mil años volviéndome joven de nuevo, despojándome siempre de la vejez a los diecisiete años como las serpientes; pues no necesitaré nada teniendo esto; todo lo de los demás sería mío, en la medida en que pudiera abrir puertas, dormir a los guardias y entrar sin ser visto. Y si hubiera algún espectáculo extraordinario entre los indios o los hiperbóreos, o una posesión valiosa, o cualquier cosa deliciosa para comer o beber, no la pediría, sino que volaría yo mismo para disfrutar de todo hasta la saciedad; y puesto que el grifo es una bestia alada o el fénix un ave en la India que los demás no ven, yo también vería esto, y conocería solo las fuentes del Nilo y cuánto de la tierra está deshabitado, y si algunos antípodas habitan el hemisferio sur de la tierra. Además, conocería fácilmente la naturaleza de los astros, de la luna y del propio sol, siendo inmune al fuego, y lo más dulce de todo: anunciar el mismo día en Babilonia quién ganó en los Juegos Olímpicos, y habiendo desayunado en Siria, cenar en Italia. Y si hubiera algún enemigo, vengarme también de él desde lo invisible lanzándole una piedra a la cabeza para que se le rompa el cráneo, y, a su vez, hacer el bien a mis amigos vertiendo oro sobre ellos mientras duermen; y, ciertamente, si hubiera algún arrogante o un tirano rico e insolente, levantarlo y dejarlo caer desde los precipicios a unos veinte estadios. A los jóvenes podría acercarme sin impedimentos entrando invisible y durmiendo a todos excepto a ellos.¿ Y qué tal aquello de observar a los que luchan desde fuera del alcance de las flechas, suspendido en el aire? Y si me pareciera bien, poniéndome del lado de los derrotados y durmiendo a los vencedores, permitiría que los que huyen, tras dar media vuelta, ganaran tras la derrota. Y, en resumen, haría del modo de vida de los hombres un juego, todo sería mío y parecería un dios para los demás. Esta es la felicidad suprema, que no puede perderse ni ser objeto de intrigas, y sobre todo con salud en una larga vida.
45
Timolao:¿ Qué podrías reprochar, Licino, a mi deseo? Licino: Nada, Timolao; pues no es seguro oponerse a un hombre alado y con la fuerza de diez mil, pero te preguntaré esto:¿ has visto a algún otro entre tantos pueblos, por muchos que hayas sobrevolado, un hombre ya anciano que haya perdido tanto el juicio, montado sobre un pequeño anillo, capaz de mover montañas enteras con la punta del dedo, irresistible para todos, y siendo además calvo y de nariz chata? Pero dime también esto:¿ por qué un solo anillo no puede hacerte todo esto, sino que irás cargado con tantos, llevando la mano izquierda cargada con uno por dedo? O mejor dicho, el número excede y tendrás que usar también la derecha. Aunque falta uno, el más necesario, que al ponértelo te detenga en tu locura, raspándote toda esa mucosidad.¿ O acaso el eléboro, tomado puro, es suficiente para hacer esto?
46
Timolao: Pero, sin duda, Licino, tú también pedirás algo alguna vez, para que sepamos qué cosas irreprochables e intachables pedirá quien critica a los demás. Licino: Pero yo no necesito deseos; pues ya hemos llegado al Dípilon, y este excelente Samippo, tras batirse en duelo en Babilonia, y tú, Timolao, desayunando en Siria y cenando en Italia, habéis hecho buen uso de los estadios que me corresponden; por lo demás, no aceptaría, tras enriquecerme por poco tiempo con una riqueza efímera, sufrir después comiendo un mendrugo de pan, como vosotros sufriréis dentro de poco, cuando vuestra felicidad y vuestra gran riqueza se hayan ido volando, y vosotros, al bajar de los tesoros y las diademas, como si despertarais de un sueño muy dulce, encontréis que las cosas en casa no son iguales, como los actores de tragedia que, al salir del teatro, la mayoría pasan hambre, y eso que hace poco eran Agamenones o Creontes. Sufriréis, pues, como es natural, y estaréis descontentos con las cosas de casa, y especialmente tú, Timolao, cuando tengas que sufrir lo mismo que Ícaro, al deshacerse el plumaje, caer del cielo y caminar por tierra tras haber perdido todos esos anillos que se deslizaron de tus dedos. Para mí, esto es suficiente, en lugar de todos los tesoros y de la propia Babilonia: reírme muy alegremente de lo que habéis pedido, siendo como es, y eso que alabáis la filosofía.

Intertext edge

Open linked passage

Note