Nigrinus
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Original / primary: Spanish Gemini
prologue
Luciano a Nigrino, saludos. Dice el proverbio:« búhos a Atenas», refiriéndose a lo ridículo que sería llevar búhos allí, dado que abundan entre ellos. Si yo, deseando hacer gala de mi capacidad oratoria, hubiera escrito un libro para enviárselo a Nigrino, me habría hecho merecedor de tal burla, al traficar literalmente con búhos. Pero como solo deseo manifestarte mi opinión, cómo me encuentro ahora y que no he sido cautivado superficialmente por tus discursos, podría evitar con razón lo que dice Tucídides: que la ignorancia da audacia, mientras que la reflexión vuelve a los hombres vacilantes. Pues es evidente que no solo la ignorancia es la causa de tal atrevimiento en mí, sino también el amor por la palabra. Que estés bien.
1
Nigrino:¡ Qué solemne y elevado has regresado ante nosotros! Ya no te dignas mirarnos, ni compartes nuestras conversaciones, ni participas de los mismos temas, sino que has cambiado de repente y pareces alguien totalmente arrogante. Me gustaría saber de ti de dónde te viene este comportamiento tan extraño y cuál es la causa.¿ Qué otra cosa podría ser, amigo, sino la felicidad?¿ Cómo dices? He venido de paso, habiéndome vuelto dichoso y bienaventurado, y, usando esa expresión de la escena, tres veces feliz.¡ Por Heracles, así en tan poco tiempo? Ciertamente.¿ Y qué es eso, lo que te hace presumir? Para no alegrarnos solo con el encabezado, permítenos conocer algo preciso tras escucharlo todo.¿ No te parece maravilloso, por Zeus, que en lugar de esclavo me haya vuelto libre, en lugar de pobre, verdaderamente rico, y en lugar de insensato y vanidoso, alguien más moderado?
2
Es algo grandioso, sin duda; pero aún no comprendo claramente qué quieres decir. Me dirigí directamente a la ciudad deseando ver a un médico de ojos, pues la afección que tenía en el ojo se agravaba. Conozco cada uno de estos detalles, y recé para que encontraras a alguien competente. Decidido, pues, tras mucho tiempo a saludar a Nigrino, el filósofo platónico, me levanté al amanecer, llegué a su casa y, tras llamar a la puerta y anunciarme el criado, fui llamado. Al entrar, lo encontré con un libro en las manos y muchas imágenes de antiguos filósofos dispuestas en círculo. En medio había también una tablilla con algunas figuras geométricas trazadas y una esfera de caña hecha, al parecer, como imitación del universo.
3
Tras saludarme con mucha amabilidad, me preguntó qué hacía. Yo le conté todo, y, de hecho, a mi vez, también quise saber qué hacía él y si tenía pensado partir de nuevo hacia Grecia. Él, comenzando desde el principio, amigo, a hablar sobre estos temas y a exponer su propia opinión, derramó sobre mí tal ambrosía de palabras que hizo parecer inferiores a aquellas sirenas, si es que existieron, a los ruiseñores y al antiguo loto de Homero; tan divinas fueron sus palabras.
4
Pues fue llevado a elogiar la filosofía misma y la libertad que de ella emana, y a burlarse de los bienes considerados públicos: la riqueza, la gloria, el poder y los honores, así como el oro y la púrpura, cosas muy admiradas por la mayoría y que hasta entonces también me lo parecían a mí. Al recibir esto con el alma atenta y abierta, al principio no podía ni imaginar lo que me había sucedido, sino que experimentaba todo tipo de sensaciones: a veces me entristecía al ver refutados mis bienes más queridos— la riqueza, el dinero y la gloria— y casi lloraba por ellos al verlos destruidos; otras veces, en cambio, me parecían humildes y ridículos. Me alegraba, a su vez, como si tras un aire sombrío de la vida anterior, volviera a mirar hacia un cielo despejado y una gran luz; de modo que, lo más sorprendente, me olvidaba del ojo y de la debilidad que lo rodeaba, y poco a poco me volvía más agudo de vista en el alma, pues sin darme cuenta la llevaba hasta entonces ciega.
5
Al avanzar, llegué a este estado que hace poco nos reprochabas; pues estoy orgulloso y elevado por el discurso y, en general, ya no pienso en nada pequeño. Me parece haber experimentado con la filosofía algo similar a lo que se dice que les ocurrió a los indios con el vino cuando lo bebieron por primera vez: siendo más cálidos por naturaleza, al beber una bebida tan fuerte, se volvieron inmediatamente frenéticos y enloquecieron doblemente por el vino puro. Así, yo también ando por ahí inspirado y embriagado por tus palabras.
6
Y, sin embargo, esto no es estar embriagado, sino estar sobrio y ser sensato. Yo desearía, si fuera posible, escuchar los discursos mismos; pues no creo que sea justo envidiarlos, sobre todo si quien desea escuchar es un amigo y se ha dedicado a cosas similares. Ten confianza, buen hombre; pues esto es lo de Homero: invitas a quien ya tiene prisa, y si no te hubieras adelantado, yo mismo te habría pedido que me los contaras; pues quiero ponerte como testigo ante la mayoría de que no estoy loco sin razón; además, me resulta agradable recordarlos a menudo, y ya he hecho de esto un ejercicio; pues incluso si alguien no está presente, doy vueltas dos o tres veces al día en mi interior a lo que se dijo.
7
Y así como los amantes de los muchachos, cuando no están presentes, recuerdan ciertas acciones y palabras que les dijeron, y al detenerse en ellas engañan a su enfermedad como si los seres amados estuvieran con ellos— algunos, al menos, creen hablarles y se alegran como si lo que escucharon entonces les fuera dicho en ese momento, y al aferrar el alma al recuerdo de lo pasado, no tienen tiempo para afligirse por lo presente—, así yo también, cuando la filosofía no está presente, al reunir los discursos que escuché entonces y desenrollarlos para mí mismo, encuentro un gran consuelo. Y, en general, como si fuera llevado en alta mar y en una noche profunda, miro hacia este faro, creyendo que aquel hombre está presente en todo lo que hago, y siempre como si escuchara sus mismas palabras dirigidas a mí; a veces, y sobre todo cuando concentro el alma, su rostro también se me aparece y el eco de su voz permanece en mis oídos; pues, en verdad, según el poeta cómico, dejó algún aguijón en quienes lo escuchaban.
8
¡ Basta, admirable hombre, de retroceder y di desde el principio lo que ya se ha dicho; pues me agotas no poco al dar vueltas! Dices bien, y así hay que hacerlo. Pero aquello, amigo...¿ has visto ya a actores trágicos o, por Zeus, cómicos mediocres, me refiero a esos que son silbados, que arruinan las obras y finalmente son expulsados, a pesar de que los dramas a menudo eran buenos y habían ganado premios? Conozco a muchos así.¿ Pero qué tiene que ver esto? Temo que, mientras tanto, te parezca que los imito ridículamente, uniendo las cosas sin orden y, a veces, arruinando el sentido mismo por debilidad, y que luego te sientas inclinado a condenar suavemente el drama mismo. Y en cuanto a mí, no me molesta mucho, pero la trama parece que me afligirá no poco al fracasar y deshonrar mi parte.
9
Recuerda esto, pues, durante todo el discurso: que el poeta de tales errores es irresponsable ante nosotros y está sentado lejos de la escena, sin importarle nada de lo que sucede en el teatro. Yo, en cambio, te ofrezco una prueba de mí mismo, de qué clase de actor soy en cuanto a la memoria, sin diferir en nada de un mensajero trágico. Así que, incluso si parece que digo algo con deficiencia, que quede claro que era mejor y que, de otro modo, quizás el poeta lo exponía; pero si me silbas, no me afligiré demasiado.
10
¡ Qué bien, por Hermes, y según la ley de los oradores has hecho el proemio! Pareces, al menos, que vas a añadir también que la reunión fue breve, que tú mismo no viniste preparado para el discurso y que era mejor escucharlo de él mismo; pues solo has reunido en tu memoria unas pocas cosas, las que pudiste.¿ No ibas a decir eso? Pues ya no necesitas nada de eso conmigo; considera que, por este motivo, todo te ha sido dicho de antemano; pues estoy listo para gritar y aplaudir. Pero si te demoras, guardaré rencor durante la competencia y silbaré con mucha fuerza.
11
Y esto, lo que has expuesto, habría querido que fuera dicho por mí, y también aquello, que no en orden ni como él decía, diré un discurso sobre todo; pues esto nos es totalmente imposible; ni tampoco, al atribuirle a él las palabras, no sea que me vuelva parecido en algún otro aspecto a aquellos actores que, a menudo, habiendo asumido el rostro de Agamenón, de Creonte o incluso del mismo Heracles, vestidos con ropajes dorados, mirando con ferocidad y con la boca muy abierta, hablan con voz pequeña, débil, afeminada y mucho más humilde que la de Hécuba o Políxena. Para que, por tanto, no sea yo mismo puesto a prueba llevando una máscara mucho más grande que mi propia cabeza y deshonrando el atuendo, quiero hablarte desde mi propio rostro desnudo, para no arrastrar conmigo al caer al héroe que interpreto.
12
Este hombre no dejará hoy de usar conmigo mucha escena y tragedia. Y, sin embargo, me detendré; me volveré ya hacia aquello. El comienzo de los discursos era un elogio de Grecia y de los hombres de Atenas, porque son compañeros de la filosofía y la pobreza, y no se complacen al ver a ningún ciudadano ni extranjero que se esfuerce por introducir el lujo entre ellos, sino que, si alguien llega a ellos en tal estado, lo transforman suavemente, lo reeducan y lo trasladan a la pureza de la vida.
13
Recordaba, al menos, a uno de los muy ricos, que al llegar a Atenas, muy distinguido y cargado con una multitud de seguidores, con ropa variopinta y oro, él mismo pensaba que era envidiable para todos los atenienses y que era visto como un hombre dichoso; pero a los demás, en cambio, les parecía que el hombre era un desgraciado, e intentaban educarlo, no amargamente ni prohibiéndole abiertamente en la ciudad libre vivir de la manera que quisiera; pero como también en los gimnasios y baños era molesto, oprimiendo con sus criados y estrechando a los que se encontraba, alguien susurraba tranquilamente, fingiendo que no se daba cuenta, como si no se dirigiera a él mismo:« Teme que perezca mientras se baña; y, sin embargo, una larga paz ocupa el baño; así que no hay necesidad de un campamento». Y él, al escucharlo siempre, era educado mientras tanto. Le quitaron la ropa variopinta y aquellas púrpuras, burlándose ingeniosamente de lo llamativo de los colores, diciendo:« Ya es primavera», y«¿ De dónde viene este pavo real?», y« Quizás es de su madre», y cosas por el estilo. Y también se burlaban de otras cosas, ya fuera de la cantidad de anillos, del exceso del peinado o de la desenfrenada dieta; de modo que, poco a poco, se volvió sensato y se fue mucho mejor, educado públicamente.
14
Y sobre que no se avergüenzan de confesar su pobreza, me recordó una voz que dijo haber escuchado cuando todos la emitieron al unísono en la competencia de las Panateneas; pues un ciudadano, al ser capturado, era llevado ante el organizador de la competencia porque estaba viendo el espectáculo con un manto teñido, pero los que lo vieron se compadecieron y pidieron por él, y cuando el heraldo anunció que había actuado contra la ley al ver el espectáculo con tal ropa, todos gritaron con una sola voz, como si lo hubieran planeado, que le concedieran el perdón por vestir así; pues no tenía otras. Elogiaba, pues, estas cosas y, además, la libertad de allí, la falta de envidia en la dieta, la tranquilidad y la ausencia de complicaciones, que son abundantes entre ellos. Demostraba, al menos, que la vida entre tales personas es acorde con la filosofía y capaz de preservar un carácter puro, y que para un hombre serio, educado en despreciar la riqueza y que elige vivir según lo que es bello por naturaleza, la vida de allí es la más adecuada.
15
Pero quien ama la riqueza, está hechizado por el oro y la púrpura, y mide la felicidad por el poder, es alguien sin gusto por la libertad, sin experiencia en la franqueza, sin visión de la verdad, compañero de la adulación y la esclavitud en todo; o quien, habiendo entregado toda su alma al placer, ha decidido servir solo a este, amigo de mesas extravagantes, amigo de bebidas y placeres amorosos, lleno de engaños, falsedades y mentiras; o quien se deleita al escuchar instrumentos, gorjeos y canciones corrompidas, a tales personas les conviene la vida de aquí.
16
Pues todas sus calles y todos sus mercados están llenos de sus seres más queridos; y es posible recibir el placer por todas las puertas, esto por los ojos, esto por los oídos y la nariz, esto también por la garganta y por los placeres amorosos; por cuya corriente, que fluye con un torrente eterno y turbio, todos los caminos se ensanchan; pues entran con ella el adulterio, la avaricia, el perjurio y tal clase de placeres, y es arrastrada, al ser inundada el alma por todas partes, la vergüenza, la virtud y la justicia; y el lugar, al quedar desierto de ellas y siempre ardiendo de sed, florece con muchos y salvajes deseos. Tal ciudad describía y tal maestra de tantos males.
17
Yo, al menos, dijo, cuando regresaba por primera vez de Grecia, al estar cerca de algún lugar, me detuve y me pedí cuentas de mi llegada aquí, diciendo aquellas palabras de Homero:«¿ Por qué, desgraciado, dejando la luz del sol, Grecia, aquella felicidad y aquella libertad, has venido para ver el tumulto de aquí, los sicofantes, los saludos arrogantes, los banquetes, los aduladores, los asesinatos, las expectativas de testamentos y las amistades fingidas?¿ O qué has decidido hacer, no pudiendo ni alejarte ni usar lo que está establecido?»
18
Habiendo deliberado así, y como Zeus sacando a Héctor de los dardos, elegí, dicen,« de la matanza de hombres, de la sangre y del tumulto», vivir el resto del tiempo en casa, y proponiéndome esta vida, que a la mayoría le parece afeminada y sin audacia, hablo con la filosofía misma, con Platón y con la verdad, y habiéndome sentado como en un teatro de diez mil hombres, observo desde muy arriba lo que sucede, lo cual, por una parte, puede proporcionar mucho entretenimiento y risa, y por otra, tomar la medida de un hombre verdaderamente firme.
19
Pues si es necesario decir también un elogio de los males, no supongas que hay un ejercicio de virtud mayor o una prueba del alma más verdadera que esta ciudad y la vida de aquí; pues no es poco resistir a tantos deseos, a tantos espectáculos y sonidos que atraen y se apoderan de uno por todas partes, sino que, en verdad, hay que imitar a Odiseo y pasar de largo sin tener las manos atadas— pues eso es de cobardes— ni los oídos tapados con cera, sino escuchando, libre y verdaderamente orgulloso.
20
Es posible también admirar la filosofía observando tal insensatez, y despreciar los bienes de la fortuna viendo, como en un escenario y en un drama de muchos personajes, al esclavo que se convierte en señor, al rico que se vuelve pobre, al pobre que se convierte en sátrapa o rey, al amigo de este, al enemigo, al fugitivo; pues esto es lo más terrible, que aunque la Fortuna da testimonio de que juega con los asuntos de los hombres y confiesa que nada de ellos es seguro, sin embargo, viendo esto todos los días, se esfuerzan por la riqueza y el poder, y todos andan llenos de esperanzas que no se cumplen.
21
Lo que decía, que también es posible reírse de lo que sucede y entretenerse, te lo contaré ahora.¿ Cómo no van a ser ridículos los que se enriquecen, mostrando sus púrpuras, extendiendo sus anillos y denunciando una gran falta de gusto, y, lo más sorprendente, saludando a quienes encuentran con una voz ajena, esperando ser amados solo porque los miraron, mientras que los más solemnes esperan ser adorados, no desde lejos ni como es ley para los persas, sino que hay que acercarse, inclinarse, humillando el alma y mostrando su estado mediante la semejanza del cuerpo, para besar el pecho o la mano derecha, siendo envidiable y admirado por quienes ni siquiera logran esto? Y él está ahí, permitiéndose ser engañado por más tiempo. Elogio, al menos, esta falta de humanidad suya, que no nos permiten acercarnos a sus bocas.
22
Mucho más ridículos que estos son los que se acercan y los sirven, levantándose a medianoche, corriendo en círculo por la ciudad y siendo excluidos por los criados, soportando ser llamados perros, aduladores y cosas por el estilo. El premio de este amargo recorrido para ellos es aquel banquete cargante y causa de muchos males, en el que, después de comer tanto, beber tanto contra su voluntad, decir tantas cosas que no debían, se van al final quejándose o disgustados, o difamando el banquete, o acusando de insolencia o tacañería. Los callejones están llenos de ellos vomitando y peleando junto a los burdeles; y durante el día, la mayoría de ellos, postrados, dan motivos a los médicos para sus visitas; pues algunos, lo más sorprendente, ni siquiera tienen tiempo para enfermar.
23
Yo, sin embargo, he considerado a los aduladores mucho más perdidos que los adulados, y casi los considero a ellos mismos los causantes de la arrogancia de aquellos; pues cuando admiran su abundancia, elogian su oro, llenan sus puertas desde el amanecer y, al acercarse, los saludan como a señores,¿ qué es probable que piensen aquellos? Y si, por un acuerdo común, se hubieran abstenido aunque fuera por poco de esta servidumbre voluntaria,¿ no crees que ellos mismos vendrían a las puertas de los pobres rogando a los ricos que no dejen su felicidad sin ser vista ni sin testigos, ni el esplendor de sus mesas y la grandeza de sus casas sin provecho ni utilidad? Pues no aman tanto el enriquecerse como el ser considerados dichosos por el hecho de ser ricos. Y así es, que no hay beneficio en una casa hermosa para quien la habita, ni en el oro y el marfil, si nadie los admira. Había que destruir su poder y abaratarlo, fortificando la arrogancia contra la riqueza; pero ahora, al servir, los llevan a la locura.
24
Que hombres privados, que confiesan abiertamente su falta de educación, hagan tales cosas, podría considerarse con razón más moderado; pero que muchos de los que pretenden filosofar hagan cosas mucho más ridículas que estas, eso es ya lo más terrible.¿ Cómo crees que se siente mi alma cuando veo a uno de estos, especialmente a los más avanzados, mezclado con una multitud de aduladores, escoltando a alguien por su rango y conversando con los que invitan a los banquetes, siendo más distinguido que los demás por su atuendo y más evidente? Y lo que más me indigna es que no cambien también el atuendo, interpretando el resto del drama de manera similar.
25
Pues lo que hacen en los banquetes,¿ con qué cosas bellas lo compararemos?¿ No se atiborran de manera más falta de gusto, se emborrachan más abiertamente, se levantan los últimos de todos y pretenden llevarse más que los demás? Y los más refinados de ellos a menudo fueron llevados a cantar. Y esto, pues, lo consideraba ridículo; pero sobre todo recordaba a los que filosofan por dinero y ofrecen la virtud como algo en venta, como si fuera del mercado; pues llamaba talleres y tabernas a sus reuniones; pues exigía que quien va a enseñar a despreciar la riqueza, primero se muestre a sí mismo por encima de las ganancias.
26
Sin duda, continuaba haciendo esto, no solo pasando el tiempo gratis con quienes lo deseaban, sino también ayudando a los necesitados y despreciando toda abundancia, tan lejos de desear lo que no le correspondía que ni siquiera se preocupaba por sus propios bienes, él que, poseyendo un campo no lejos de la ciudad, no se dignó ni siquiera a pisarlo durante muchos años, sino que ni siquiera admitía que fuera suyo, suponiendo, creo, que por naturaleza no somos dueños de nada de esto, sino que por ley y sucesión, al recibir su uso por tiempo indefinido, somos considerados dueños de corta duración, y cuando el plazo pasa, entonces otro, al recibirlo, disfruta del nombre. Y no proporcionan poco ejemplo a quienes desean imitarlo: la sencillez de la alimentación, la moderación de los ejercicios, la dignidad del rostro y la sobriedad del vestido, y sobre todo esto, el equilibrio de la mente y la mansedumbre del carácter.
27
Aconsejaba a quienes estaban con él que no pospusieran el bien, lo cual hace la mayoría al fijar plazos como fiestas o celebraciones, como si a partir de ellas fueran a comenzar a no mentir y a hacer lo que es debido; pues exigía que el impulso hacia lo bello fuera sin demora. Era evidente que también había condenado a tales filósofos que consideraban que este era el ejercicio de la virtud, si entrenaban a los jóvenes a resistir muchas necesidades y trabajos, ordenando a la mayoría bañarse en agua fría, otros azotándolos, y los más refinados incluso raspando sus superficies con hierro.
28
Consideraba que era necesario, mucho antes, preparar en las almas esta firmeza e impasibilidad, y que quien elige educar mejor a los hombres debe considerar esto del alma, esto del cuerpo, esto de la edad y de la educación anterior, para no ser puesto a prueba al ordenar cosas más allá de sus fuerzas; pues decía que muchos incluso morían al ser forzados tan irracionalmente; y yo mismo vi a uno que, habiendo probado los males de aquellos, tan pronto como escuchó discursos verdaderos, huyó sin mirar atrás, llegó a él y era evidente que se encontraba más tranquilo.
29
Ya habiendo dejado esto, recordaba de nuevo a los otros hombres y exponía los disturbios en la ciudad, el empujón de ellos, los teatros, el hipódromo, las imágenes de los aurigas, los nombres de los caballos y las conversaciones en los callejones sobre esto; pues, en verdad, la pasión por los caballos es grande y ya se ha apoderado de muchos que parecen serios.
30
Después de esto, abordaba otro drama, el de los que se revuelcan en torno a los muertos y los testamentos, añadiendo que los hijos de los romanos emiten una sola voz verdadera durante toda la vida, refiriéndose a la de los testamentos, para no disfrutar de su propia verdad. Y lo que me llevó a reír mientras él hablaba, es que también consideran digno enterrar consigo sus ignorancias y confiesan por escrito su insensibilidad, unos ordenando que se quemen con ellos las ropas que fueron valiosas durante su vida, otros que algunos criados permanezcan en las tumbas, y algunos incluso coronar las estelas con flores, permaneciendo ingenuos incluso después de la muerte.
31
Consideraba, pues, que había que conjeturar qué han hecho estos durante su vida, si ordenan tales cosas sobre lo que sigue a la vida; pues estos son los que compran el plato costoso y derraman el vino en los banquetes con azafrán y perfumes, los que en pleno invierno se llenan de rosas y aman su escasez y su falta de temporada, mientras desprecian las que están en temporada y según la naturaleza por ser baratas, estos son los que también beben los perfumes; lo cual también criticaba sobre todo de ellos, que ni siquiera saben usar los deseos, sino que incluso en estos transgreden la ley y confunden los límites, entregando sus almas a ser pisoteadas por el lujo desde todas partes, y esto, lo que se dice en las tragedias y comedias, irrumpiendo ya incluso ante la puerta. Llamaba, pues, a esto solecismo de los placeres.
32
Y desde la misma opinión decía también aquello, imitando en verdad el discurso de Momo; pues así como aquel reprochaba al dios creador del toro por no haber puesto los cuernos delante de los ojos, así él mismo culpaba a los que se coronan, porque no saben el lugar de la corona; pues si, decía, se alegran con el aroma de las violetas y las rosas, deberían coronarse sobre todo bajo la nariz, junto a la respiración tanto como sea posible, para que aspiraran la mayor cantidad de placer.
33
Y, sin duda, también se burlaba de aquellos que ponen un empeño maravilloso en los banquetes con variedades de jugos y complicaciones de pasteles; pues decía que también estos soportan muchas complicaciones por amor a un placer breve y de corta duración; demostraba, al menos, que todo el esfuerzo se hace por cuatro dedos, la longitud que tiene el cuello más largo del hombre; pues ni antes de comer disfrutan de lo comprado, ni después de comido la saciedad de lo más costoso se vuelve más dulce; queda, pues, que el placer que ocurre en el paso se compra con tanto dinero. Decía que sufren lo que es natural por falta de educación, al ignorar los placeres más verdaderos, de los cuales la filosofía es proveedora para quienes eligen esforzarse.
34
Sobre lo que se hace en los baños, exponía muchas cosas, la multitud de los que siguen, las insolencias, los que se imponen a los criados y casi son llevados fuera. Pero parecía odiar sobre todo una cosa, y esto es muy común en la ciudad y en los baños: que algunos de los criados deben gritar y advertir que se cuiden de los pies, si van a pasar por encima de algo alto o hueco, y recordarles, lo más sorprendente, que están caminando. Consideraba, pues, terrible que, si al cenar no necesitan boca ajena ni manos, ni oídos al escuchar, al estar sanos de ojos necesiten ojos ajenos que vean por ellos y soporten escuchar voces propias de hombres desgraciados y mutilados; pues esto mismo sufren en los mercados a plena luz del día incluso los que tienen encomendadas las ciudades.
35
Tras exponer estas y muchas otras cosas similares, terminó el discurso. Yo, mientras tanto, lo escuchaba atónito, temiendo que se callara; pero cuando terminó, experimenté aquel estado de los feacios; pues durante mucho tiempo lo miré hechizado; luego, atrapado por una gran confusión y vértigo, por una parte me bañaba en sudor, por otra, al querer hablar, me trababa y me detenía, la voz me faltaba y la lengua se equivocaba, y al final lloraba sin saber qué hacer; pues el discurso no nos llegó superficialmente ni como por casualidad, sino que la herida fue profunda y oportuna, y el discurso, al ser lanzado con mucha puntería, cortó, si es posible decirlo, el alma; pues si debo ya yo también recurrir a discursos de filósofos, he concebido esto sobre ellos:
36
Me parece que el alma de un hombre bien dotado se parece mucho a un blanco delicado. Muchos arqueros hay a lo largo de la vida y llenos de aljabas con discursos variados y de todo tipo, pero no todos disparan con puntería, sino que algunos de ellos, al tensar demasiado las cuerdas, más de lo debido, las sueltan; y también estos alcanzan, pero sus flechas no permanecen en el blanco, sino que, por la fuerza, al atravesarlo y pasar de largo, dejaron el alma solo con la herida abierta. Otros, en cambio, al contrario que estos; pues por debilidad y falta de fuerza, sus flechas ni siquiera llegan hasta el blanco, sino que, al soltarse, caen a menudo a mitad del camino; o si alguna vez llegan, tocan apenas la superficie, pero no producen una herida profunda; pues no fueron enviadas con un impulso fuerte.
37
Pero quien es un buen arquero y parecido a este, primero verá con precisión el blanco, si no es demasiado blando, si no es más firme que la flecha. Pues existen también blancos invulnerables. Y cuando ve esto, entonces, habiendo untado la flecha ni con veneno, como se untan las de los escitas, ni con jugo, como las de los curetes, sino con un fármaco suavemente mordaz y dulce, habiéndola untado con esto, disparó con destreza; y la flecha, al ser lanzada con mucha fuerza y al cortar hasta atravesar, permanece y libera mucho del fármaco, el cual, al dispersarse, recorre toda el alma en círculo. Por esto se alegran y lloran mientras escuchan, lo cual yo mismo experimentaba, al recorrer el fármaco el alma en silencio. Me venía, pues, decir aquel verso hacia él:« Dispara así, si es que llegas a ser alguna luz». Pues así como los que escuchan la flauta frigia no todos enloquecen, sino que cuantos de ellos son tomados por Rea, estos, ante la melodía, recuerdan la pasión, así también los que escuchan a los filósofos no todos se van inspirados y heridos, sino aquellos en quienes había algo en la naturaleza afín a la filosofía.
38
¡ Qué cosas tan solemnes, admirables y divinas has expuesto, amigo mío! Pero no me había dado cuenta de que estabas verdaderamente saciado de mucha ambrosía y loto; de modo que, incluso mientras hablabas, sentía algo en mi alma, y ahora que has terminado me siento afligido y, para decirlo a tu manera, estoy herido. Y no te sorprendas, pues sabes que quienes son mordidos por perros rabiosos no solo se vuelven rabiosos ellos mismos, sino que, si en su locura afectan a otros, estos también pierden el juicio; pues algo de la afección se transmite junto con la mordedura, la enfermedad se multiplica y se produce una gran cadena de locura.¿ Acaso confiesas que tú también nos has contagiado la locura? Ciertamente, y además te ruego que idees un remedio común para ambos. Entonces, es necesario hacer lo de Télefo.¿ A qué te refieres ahora? A acudir al que nos hirió para pedirle que nos cure.