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Original / primary: Spanish Gemini
1
¡ Arrojad, arrojad piedras en abundancia contra el maldito!¡ Lanzad terrones!¡ Lanzad también trozos de cerámica!¡ Golpead con los palos al impío!¡ Vigilad que no escape!¡ Tú también arroja, Platón!¡ Y tú, Crisipo, y tú también, y todos a la vez!¡ Cerremos filas contra él, para que la alforja ayude a la alforja y el bastón al bastón, pues es un enemigo común y no hay uno solo de nosotros a quien no haya ultrajado! Y tú, Diógenes, si alguna vez lo hiciste, usa tu bastón; no cejéis; que pague lo que merece por ser un blasfemo.¿ Qué es esto?¿ Os habéis cansado, Epicuro y Aristipo? Pues no deberíais. Sed hombres, sabios, y recordad vuestra impetuosa ira.
2
Sócrates: Aristóteles, apresúrate; aún más rápido.¡ Bien! La fiera ha sido capturada. Te hemos atrapado, miserable. Ya verás enseguida quiénes somos nosotros, a quienes injuriabas.¿ De qué manera podría alguien castigarlo? Ideemos una muerte variada contra él que baste para todos nosotros; en cualquier caso, es justo que muera siete veces, una por cada uno. Filósofo: A mí me parece que debería ser empalado. Otro:¡ Por Zeus, pero azotado primero! Otro: Mucho antes, que le arranquen los ojos. Otro: Que le corten la lengua mucho antes todavía. Sócrates:¿ Y a ti qué te parece, Empédocles? Empédocles: Que caiga en los cráteres, para que aprenda a no insultar a sus superiores. Platón: Y, sin embargo, lo mejor sería que encontrara un destino como el de Penteo o el de Orfeo, despedazado entre las piedras, para que cada uno se llevara su parte y así quedáramos satisfechos.
3
Parrisiades: De ninguna manera; antes bien, por Zeus suplicante, tened piedad de mí. Platón: Está decidido; ya no serás liberado. Ves también lo que dice Homero, que no hay juramentos fieles entre leones y hombres. Parrisiades: Pues, según Homero, yo también os suplicaré; quizás respetéis los versos y no ignoréis mi rapsodia:«¡ Capturad a un hombre no malvado y aceptad un rescate digno, bronce y oro, que tanto aman los sabios!». Platón: Pero nosotros tampoco careceremos de una réplica homérica para ti. Escucha, pues:« No me hables de huida, calumniador, ni te refugies en el oro, puesto que has caído en nuestras manos». Parrisiades:¡ Ay de mis males! Homero no nos sirve, mi mayor esperanza. Debo refugiarme en Eurípides; quizás él pueda salvarme:« No mates; pues no es lícito matar al suplicante». Platón:¿ Qué más?¿ Acaso no son también de Eurípides aquellos versos:« No es terrible que sufran cosas terribles quienes las han cometido»? Parrisiades:¿ Entonces me mataréis solo por unas palabras? Platón:¡ Por Zeus, sí! Pues él mismo dice:« El fin de las bocas desenfrenadas y de la insensatez sin ley es la desgracia».
4
Parrisiades: Entonces, puesto que está decidido matarme a toda costa y no hay forma de escapar, decidme al menos esto:¿ quiénes sois o qué daño irreparable habéis sufrido de mi parte para que estéis tan implacablemente furiosos y me hayáis capturado para matarme? Platón: Pregúntate a ti mismo, oh el más vil, qué males nos has hecho, y recuerda esos hermosos discursos tuyos en los que hablabas mal de la filosofía misma y nos ultrajabas, como si estuvieras pregonando en el mercado a hombres sabios y, lo que es más importante, libres; por todo ello, indignados, hemos subido contra ti, habiendo pedido permiso al Hades por un momento: este Crisipo, Epicuro, yo mismo, Platón, aquel Aristóteles, este Pitágoras que calla, Diógenes y todos cuantos has difamado en tus discursos.
5
Parrisiades: He respirado; pues no me mataréis si sabéis cómo me he comportado respecto a vosotros; así que arrojad las piedras, o mejor, guardadlas. Las usaréis contra quienes lo merezcan. Platón: Dices tonterías. Tú debes morir hoy, y ya« vístete la túnica de piedra por todos los males que has cometido». Parrisiades: Y, sin embargo, oh excelentes, sabed bien que estáis matando al único de todos a quien deberíais elogiar por ser vuestro allegado, benevolente, de la misma opinión y, si no es presuntuoso decirlo, protector de vuestras prácticas, si me matáis a mí que tanto he trabajado por vosotros. Ved, pues, no sea que actuéis como la mayoría de los filósofos actuales, pareciendo ingratos, irascibles y desconsiderados ante un hombre benefactor. Platón:¡ Oh, qué desvergüenza!¿ Y todavía te debemos gratitud por tus calumnias?¿ Crees que hablas con esclavos, en verdad?¿ O acaso vas a contabilizar como un beneficio para nosotros tal ultraje y desenfreno de palabras?
6
¿ Pues dónde o cuándo os he ultrajado yo, que siempre he admirado la filosofía y os he elogiado a vosotros mismos y he conversado con los discursos que habéis dejado? Estas mismas cosas que digo,¿ de dónde más las he tomado sino de vosotros, y como la abeja, libando de las flores, las muestro a los hombres? Ellos elogian y reconocen cada flor, de dónde, de quién y cómo la recogí, y de palabra me envidian por la antología, pero en realidad os envidian a vosotros y a vuestro prado, que habéis hecho florecer tales colores variados y multiformes, si alguien supiera recogerlos, entrelazarlos y ajustarlos para que uno no desentone con el otro.¿ Hay alguien, pues, que habiendo recibido tales beneficios de vosotros intentaría hablar mal de hombres benefactores, de quienes uno parece ser lo que es? A menos que fuera por naturaleza como Tamiris o Éurito, para cantar en contra de las Musas de quienes recibió el canto, o para rivalizar con Apolo disparando flechas en contra, y eso siendo él quien otorga el arte del arco.
7
Esto, noble amigo, lo has dicho al estilo de los oradores; pero es totalmente contrario a la realidad y demuestra tu audacia como algo más grave, si es que a la injusticia y la ingratitud se añade el hecho de que, habiendo tomado de nosotros las flechas, como dices, disparabas contra nosotros, habiéndote propuesto este único objetivo: hablar mal de todos nosotros; tales cosas hemos recibido de ti a cambio de haberte abierto aquel prado y no impedirte recoger y marcharte con el regazo lleno; por lo cual, precisamente, serías digno de morir.
8
Ved: escucháis con ira y no aceptáis nada de lo que es justo. Y sin embargo, nunca hubiera pensado que la ira pudiera alcanzar a Platón, a Crisipo, a Aristóteles o a los demás, sino que me parecían los únicos alejados de tal cosa. Pero, no obstante, no me matéis sin juicio, oh admirables, ni sin un proceso. Pues también esto era vuestro: no gobernar por la fuerza ni por el poder del más fuerte, sino resolver las diferencias mediante la justicia, dando y recibiendo razones a su debido tiempo. Así que, eligiendo un juez, acusad vosotros, ya sea todos juntos o quien sea que elijáis en nombre de todos, y yo me defenderé de las acusaciones. Entonces, si parezco culpable y el tribunal así lo decide sobre mí, sufriré, por supuesto, lo que merezco; pero vosotros no os atreváis a nada violento; y si, tras rendir cuentas, resulto limpio e irreprochable ante vosotros, los jueces me dejarán libre, y vosotros volveréis vuestra ira contra quienes os engañaron y os incitaron contra nosotros.
9
Platón: Eso es lo mismo:« al campo el caballo», para que, engañando a los jueces, te escapes. Dicen, en efecto, que eres un orador, un experto en juicios y un astuto en los discursos.¿ Y a qué juez quieres que sea, a quien tú, sobornándolo, como soléis hacer mucho, no convenzas de votar injustamente a tu favor? Parrisiades: Estad tranquilos en cuanto a eso; no aceptaría como árbitro a nadie sospechoso o dudoso, ni a alguien que se venda por mi voto. Ved, pues, que yo mismo os propongo a la Filosofía en persona como juez. Platón:¿ Y quién podría acusar si nosotros vamos a juzgar? Parrisiades: Acusad y juzgad vosotros mismos; tampoco temo eso. Tanto supero en justicia que asumo que me defenderé con ventaja.
10
Platón:¿ Qué hacemos, Pitágoras y Sócrates? Pues parece que el hombre no propone cosas irracionales al pedir ser juzgado. Sócrates:¿ Qué otra cosa sino caminar hacia el tribunal y, tomando a la Filosofía, escuchar lo que se defenderá? Pues lo que se hace antes del juicio no es nuestro, sino terriblemente vulgar, propio de hombres irascibles que ponen la justicia en su mano.¿ Proporcionaremos, pues, motivos a quienes desean calumniarnos lapidando a un hombre sin que siquiera se haya defendido a sí mismo, y eso diciendo nosotros mismos que nos regocijamos en la justicia?¿ O qué podríamos decir sobre Ánito y Meleto, los que me acusaron, o sobre los jueces de entonces, si este muere sin haber tenido ni siquiera una gota de agua para su defensa? Platón: Aconsejas excelentemente, Sócrates; así que vayamos a la Filosofía. Que ella juzgue, y nosotros estaremos satisfechos con lo que ella decida.
11
Parrisiades: Bien, oh sapientísimos, esto es mejor y más legal. Sin embargo, guardad las piedras, como dije; pues las necesitaré poco después en el tribunal.¿ Pero dónde podría uno encontrar a la Filosofía? Pues no sé dónde vive; aunque he vagado mucho tiempo buscándola para reunirme con ella. Luego, al encontrar a algunos vestidos con mantos raídos y barbas largas que decían venir de ella misma, creyendo que ellos sabían, les preguntaba; pero ellos, ignorantes mucho más que yo, o no me respondían nada en absoluto para no ser descubiertos como ignorantes, o me señalaban una puerta por otra. Así que, hasta el día de hoy, no he podido encontrar la casa.
12
Muchas veces, ya sea por mi propia conjetura o porque alguien me guiaba, llegaba a unas puertas esperando firmemente haberla encontrado entonces, deduciéndolo por la multitud de los que entraban y salían, todos sombríos, con vestimentas sencillas y aspecto pensativo; con ellos, pues, me colaba yo también. Luego veía a una mujercita no sencilla, aunque se esforzaba al máximo por parecer natural y sin adornos, pero me parecía enseguida que ni siquiera dejaba el descuido de su cabello sin arreglar, ni envolvía su manto sin afectación; era evidente que se adornaba con ellos y que usaba el descuido aparente para parecer elegante. Se notaba algo de cerusa y colorete, y sus palabras eran muy de cortesana, y se alegraba al ser elogiada por sus amantes por su belleza, y si alguien le daba algo, lo aceptaba prontamente, y sentando a los más ricos cerca, ni siquiera miraba a los amantes pobres. Muchas veces, al quedar ella desnuda involuntariamente, veía collares de oro más gruesos que grilletes. Al ver esto, retrocedía inmediatamente, compadeciendo, por supuesto, a aquellos desgraciados arrastrados por ella, no de la nariz, sino de la barba, y que, como Ixión, vivían con un fantasma en lugar de Hera.
13
Platón: Eso lo has dicho correctamente; pues la puerta no es evidente ni conocida por todos. Pero no habrá necesidad de ir a la casa; pues aquí en el Cerámico la esperaremos. Ella llegará pronto regresando de la Academia, para pasear también en la Estoa Pecile; pues esto es lo que acostumbra hacer todos los días; o mejor dicho, ya se acerca.¿ Ves a la mujer decorosa, la de la figura, la de mirada amable, la que camina tranquilamente sumida en sus pensamientos? Parrisiades: Veo muchas parecidas en cuanto a figura, caminar y forma de envolverse. Aunque una sola es, sin duda, la verdadera Filosofía entre ellas. Platón: Bien dices. Pero ella misma mostrará quién es con solo hablar.
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Filosofía:¡ Vaya!¿ Qué hacen aquí Platón, Crisipo, Aristóteles y todos los demás, mis propios pilares de enseñanza?¿ Qué hacéis de nuevo en la vida?¿ Acaso os molestaba algo de los de abajo? Parecéis estar furiosos.¿ Y a quién es a este que habéis capturado y traéis?¿ Acaso es un saqueador de tumbas, un asesino o un sacrílego? Platón:¡ Por Zeus, Filosofía, el más impío de todos los sacrílegos, que intentó hablar mal de ti, la más sagrada, y de todos nosotros, cuantos hemos aprendido algo de ti y lo hemos dejado a los que vinieron después! Filosofía:¿ Entonces os habéis indignado porque alguien os ha insultado, y eso conociéndome a mí, que aunque escucho tales cosas de la Comedia en las Dionisias, sin embargo la considero amiga y ni la he llevado a juicio ni la he acusado al acercarme, sino que le permito bromear sobre lo que es habitual y propio de la fiesta? Pues sé que nada empeora por una burla, sino al contrario, lo que es bueno, como el oro que se limpia con los golpes, brilla más y se vuelve más evidente. Pero vosotros, no sé cómo, os habéis vuelto irascibles e indignados.¿ Por qué, pues, lo ahorcáis? Platón: Hemos venido a por él, habiendo pedido este día, para que pague lo que merece por lo que ha hecho. Pues los rumores nos anunciaban lo que decía a las multitudes contra nosotros.
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Filosofía:¿ Entonces lo mataréis antes de un juicio y sin que se haya defendido? Es evidente que quiere decir algo. Platón: No, sino que hemos dejado todo en tus manos, y tú harás lo que te parezca como fin del juicio. Filosofía:¿ Qué dices tú? Parrisiades: Eso mismo, oh señora Filosofía, que eres la única que podría encontrar la verdad; apenas pude encontrar, tras muchas súplicas, que el juicio se guardara para ti. Platón: Ahora, oh maldito,¿ la llamas señora? Hace poco la presentabas como la más indigna, Filosofía, en un teatro tan grande, pregonando por partes que cada tipo de sus discursos valía dos óbolos. Filosofía: Ved no sea que este no hablara mal de la Filosofía, sino de hombres embaucadores que hacen muchas cosas viles en nuestro nombre. Parrisiades: Lo sabrás enseguida, si quieres escuchar solo su defensa. Filosofía: Vayamos al Areópago, o mejor, a la misma Acrópolis, para que desde una posición elevada todo sea evidente a la vez en la ciudad.
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Filosofía: Vosotras, amigas, pasead mientras tanto en la Pecile; pues volveré tras haber juzgado el juicio. Parrisiades:¿ Quiénes son, Filosofía? Pues me parecen muy decorosas también. Filosofía: Esta es la Virtud varonil, aquella la Templanza y la Justicia junto a ella. La que va delante es la Educación, y la que es tenue y poco clara en su color es la Verdad. Parrisiades: No veo a quién te refieres. Filosofía:¿ No ves a aquella sin adornos, la desnuda, la que siempre huye y se desliza? Parrisiades: La veo ahora apenas.¿ Pero por qué no traes también a estas, para que la asamblea esté completa y llena? Pues quiero que la Verdad suba también como abogada para el juicio. Filosofía:¡ Por Zeus, seguid también vosotras! Pues no es pesado juzgar un juicio, y más siendo sobre nuestras cosas.
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Verdad: Idos vosotros; pues yo no necesito escuchar lo que hace tiempo sé cómo es. Filosofía: Pero, Verdad, nos ayudarías a juzgar y a revelar cada cosa en el momento oportuno. Verdad:¿ Entonces me llevo también a estas dos criadas que me son muy leales? Filosofía: Y tanto, cuantas quieras. Verdad: Seguid, Libertad y Parrisia, con nosotras, para que podamos salvar a este pobre hombrecito que es nuestro amante y que está en peligro sin ninguna causa justa. Y tú, Refutación, espera aquí. Parrisiades: De ninguna manera, señora, que venga también este, si alguien más; pues no tendré que luchar contra bestias comunes, sino contra hombres arrogantes y difíciles de refutar, que siempre encuentran excusas, por lo que la Refutación es necesaria. Refutación:¡ Más que necesaria! Pero sería mejor si tomaras también a la Demostración. Verdad: Seguid todos, puesto que parecéis necesarios para el juicio.
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Platón:¿ Ves? Se está aliando contra nosotros, Filosofía, con la Verdad. Filosofía:¿ Entonces teméis, Platón, Crisipo y Aristóteles, que la Verdad mienta por él siendo quien es? Platón: No eso, sino que es terriblemente astuto y adulador; así que la convencerá. Filosofía: Estad tranquilos; nada injusto sucederá, estando presente esta Justicia.
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Filosofía: Subamos, pues. Pero dime tú,¿ cuál es tu nombre? Parrisiades:¿ El mío? Parrisiades, hijo de Aletión, hijo de Elegxicles. Filosofía:¿ Y tu patria? Parrisiades: Sirio, Filosofía, de los del Éufrates.¿ Pero qué importa esto? Pues también conozco a algunos de mis adversarios que no son menos bárbaros que yo en su origen; pero el carácter y la educación no son como los de los soleos, chipriotas, babilonios o estagiritas. Aunque para ti nada sería peor incluso si alguien fuera bárbaro en su lengua, si su juicio resultara ser recto y justo.
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Filosofía: Bien dices; preguntaba por otra cosa.¿ Cuál es tu oficio? Pues vale la pena saber eso. Parrisiades: Soy misántropo, misogón, misoseudón y misotifón, y odio todo ese tipo de hombres viles; y son muchísimos, como sabes. Filosofía:¡ Hércules, practicas un oficio que odia muchas cosas! Parrisiades: Bien dices; ves, pues, a cuántos me hago odioso y cómo me arriesgo por ello. Sin embargo, también conozco muy precisamente el oficio contrario, digo el que comienza por el amor; pues soy amante de la verdad, amante de la belleza, amante de la sencillez y todo lo que es afín al ser amado. Pero pocos son dignos de este oficio, mientras que los que se sitúan bajo el contrario y son más afines al odio son cincuenta mil. Por lo tanto, me arriesgo a olvidar el primero por falta de uso, y a haber perfeccionado mucho el segundo. Filosofía: Pero no deberías; pues del mismo, dicen, son estas cosas y aquellas; así que no dividas los dos oficios; pues son uno solo que parece ser dos. Parrisiades: Tú sabes esto mejor, Filosofía. Lo mío, sin embargo, es tal que odio a los malvados, pero elogio y amo a los buenos.
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Filosofía: Vamos, pues, ya que estamos donde debíamos, juzguemos aquí en el pronaos de la Políada. Sacerdotisa, prepáranos los asientos, y nosotros mientras tanto adoremos a la diosa. Parrisiades: Oh Políada, ven en mi ayuda contra los arrogantes, recordando cuántas cosas escuchas cada día de ellos cuando juran en falso; y tú sola ves lo que hacen, ya que habitas en una atalaya. Ahora es el momento de vengarse de ellos. Y si me ves siendo vencido y las piedras negras son más, tú, añadiendo la tuya, sálvame.
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Filosofía: Bien; nosotros ya estamos sentados listos para escuchar los discursos, y vosotros, habiendo elegido a uno de entre todos, el que parezca que mejor puede acusar, exponed la acusación y refutad; pues es imposible que todos hablen a la vez. Tú, Parrisiades, te defenderás después de esto. Platón:¿ Quién sería, pues, el más adecuado de entre nosotros para el juicio? Crisipo: Tú, Platón. Pues tu grandeza de espíritu es admirable, tu elocuencia terriblemente ática, tu gracia y tu capacidad de persuasión, tu inteligencia, tu precisión y tu capacidad de convicción en el momento de las demostraciones, todo esto lo posees en conjunto; así que acepta la palabra y di lo que es justo en nombre de todos. Ahora recuerda todas aquellas cosas y reúnelas en una sola, si algo has dicho contra Gorgias, Polo, Pródico o Hipias; este es más terrible. Esparce, pues, también la ironía y haz aquellas preguntas elegantes y continuas, y si te parece, inserta también aquello, cómo el gran Zeus en el cielo conduciendo su carro alado se indignaría si este no pagara la pena.
23
Platón: De ninguna manera, sino elijamos a uno de los más severos, a este Diógenes, a Antístenes, a Crates o incluso a ti, Crisipo; pues no es el momento de la belleza y la elocuencia literaria, sino de una preparación refutatoria y judicial; y Parrisiades es un orador. Diógenes: Pero yo lo acusaré; pues no creo que se necesiten discursos muy largos. Y además, he sido ultrajado más que todos al ser pregonado hace poco por dos óbolos. Platón: Diógenes, Filosofía, dirá el discurso en nombre de todos. Pero recuerda, noble amigo, no defender solo lo tuyo en la acusación, sino mirar lo común; pues si discrepamos entre nosotros en los dogmas, no examines eso, ni digas ahora quién es el más veraz, sino indignate en general por la Filosofía misma ultrajada y maltratada en los discursos de Parrisiades, y dejando de lado las preferencias en las que diferimos, defiende lo que todos tenemos en común. Mira: te hemos puesto al frente solo a ti y en ti todo lo nuestro está ahora en peligro, o de parecer muy venerable o de ser creído tal como este lo ha expuesto.
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Diógenes: Estad tranquilos, no faltaremos; hablaré en nombre de todos. Y si la Filosofía, conmovida por los discursos— pues es amable y apacible por naturaleza—, decide liberarlo, no faltará lo mío; pues le mostraré que no llevamos el bastón en vano. Filosofía: Eso de ninguna manera, sino más bien con el discurso; pues es mejor que con el bastón. No te demores, pues. Ya se ha vertido el agua y el tribunal te mira a ti. Parrisiades: Que los demás se sienten, Filosofía, y voten con vosotros, y que Diógenes acuse solo. Filosofía:¿ No temes, pues, que voten en tu contra? Parrisiades: De ninguna manera; pues quiero ganar con más votos. Filosofía: Nobles son tus palabras; sentaos, pues. Y tú, Diógenes, habla.
25
Diógenes: Qué clase de hombres hemos sido a lo largo de la vida, Filosofía, lo sabes muy precisamente y no hace falta hablar; pues, para callar lo que me concierne,¿ quién no sabe cuántas cosas buenas aportaron a la vida este Pitágoras, Platón, Aristóteles, Crisipo y los demás? Pero diré ahora cómo este maldito Parrisiades nos ha ultrajado siendo como somos. Pues siendo un orador, como dicen, dejando los tribunales y los éxitos en ellos, toda la capacidad o el vigor que había adquirido en los discursos, habiéndolo preparado todo contra nosotros, no cesa de hablar mal, llamándonos embaucadores y estafadores, y convenciendo a las multitudes de que se rían de nosotros y nos desprecien como si no fuéramos nada; más aún, ha hecho que las multitudes nos odien a nosotros y a ti, la Filosofía, llamando a tus enseñanzas tonterías y bagatelas, y exponiendo lo más serio que nos enseñaste para mofarse, de modo que él es aplaudido y elogiado por los espectadores, mientras nosotros somos ultrajados. Pues la multitud es así por naturaleza, se alegran con los que se burlan y calumnian, y especialmente cuando se ridiculiza lo que parece ser lo más venerable, como, sin duda, se alegraban hace tiempo con Aristófanes y Eupolis al sacar a este Sócrates a escena para mofarse y componer comedias extrañas sobre él. Aunque aquellos se atrevían a tales cosas contra un solo hombre, y lo hacían en las Dionisias donde estaba permitido, y la burla parecía ser parte de la fiesta, y el dios quizás se alegraba, siendo amante de la risa.
26
Diógenes: Pero este, convocando a los mejores, habiendo pensado y preparado durante mucho tiempo y habiendo escrito algunas blasfemias en un grueso libro, habla mal a grandes voces de Platón, Pitágoras, este Aristóteles, aquel Crisipo, de mí y, en general, de todos, sin que la fiesta lo permita ni habiendo sufrido nada personalmente de nuestra parte; pues el asunto tendría algún perdón si se defendiera, pero no si él mismo fuera el agresor. Y lo que es más terrible de todo, que haciendo tales cosas, se pone tu nombre, Filosofía, y habiéndose infiltrado en nuestro Diálogo, que es nuestro siervo, lo usa como aliado y actor contra nosotros, habiendo convencido además a Menipo, hombre compañero nuestro, de que componga comedias con él en gran parte, quien es el único que no está presente ni acusa con nosotros, habiendo traicionado lo común.
27
Diógenes: Por todo lo cual es justo que pague la pena.¿ O qué podría decir habiendo ridiculizado lo más venerable ante tantos testigos? Es útil, pues, también para aquellos tal cosa, si vieran que ha sido castigado, para que nadie más desprecie a la Filosofía; puesto que mantener la calma y soportar ser ultrajado no se consideraría sensatez, sino cobardía y simpleza. Pues,¿ qué es soportable de lo último? Él, que como si fuéramos esclavos, nos llevó al mercado y, habiendo puesto un pregonero, nos vendió, como dicen, a algunos por mucho, a otros por minas áticas, y a mí, este malvado, por dos óbolos; y los presentes se reían. Por todo lo cual hemos subido indignados y te pedimos que nos vengues por haber sido ultrajados de la peor manera.
28
Platón: Bien, Diógenes, has dicho excelentemente todo lo que debías en nombre de todos. Filosofía: Dejad de elogiar; servid al que se defiende. Y tú, Parrisiades, habla ya en tu turno; pues ahora te toca a ti. No te demores, pues.
29
Parrisiades: No me ha acusado de todo, Filosofía, Diógenes, sino que ha omitido la mayoría y lo que era más grave, no sé por qué. Yo estoy tan lejos de negar que dije esas cosas, o de haber llegado con una defensa preparada, que incluso si él ha omitido algo o yo no me apresuré a decir algo antes, creo que lo añadiré ahora. Pues así sabrías a quiénes pregonaba y hablaba mal llamándolos arrogantes y embaucadores. Y solo observad esto, si digo la verdad sobre ellos. Y si el discurso parece tener algo blasfemo o duro, no creo que debáis culparme a mí, que refuto, sino a ellos, que hacen tales cosas. Pues yo, tan pronto como comprendí cuántas cosas difíciles es necesario que tengan los que se dedican a la oratoria, engaño, mentira, audacia, gritos, empujones y mil cosas más, evité estas, como era natural, y habiéndome lanzado hacia tus cosas, Filosofía, deseaba pasar el resto de mi vida, habiendo navegado desde la tormenta y el oleaje hacia un puerto tranquilo, viviendo bajo tu protección.
30
Y tan pronto como me asomé a vuestras cosas, te admiraba a ti, como era necesario, y a todos estos, por ser legisladores de la mejor vida y por tender la mano a los que se apresuran hacia ella, aconsejando las cosas más bellas y beneficiosas, si alguien no las transgrediera ni se desviara, sino que mirando fijamente a las normas que habéis propuesto, ajustara y enderezara su propia vida, lo cual, por Zeus, pocos de los que están entre vosotros hacen.
31
Al ver a muchos que no están poseídos por el amor a la filosofía, sino que solo desean la gloria que proviene de ella, y que se parecen mucho a los hombres buenos en las cosas superficiales, públicas y en lo que es fácil de imitar para cualquiera, me refiero a la barba, el caminar y la forma de envolverse, pero que en la vida y en los hechos contradicen su apariencia y practican lo contrario a vosotros y corrompen la dignidad de su promesa, me indignaba, y el asunto me parecía como si un actor de tragedia, siendo él mismo afeminado y débil, interpretara a Aquiles, a Teseo o incluso a Heracles, sin caminar ni gritar como un héroe, sino afeminándose bajo tal máscara, a quien ni siquiera Helena o Políxena soportarían por parecerse demasiado a ellas, no digamos Heracles el vencedor, sino que me parece que pronto lo destruiría golpeándolo con la maza, tanto a él como a la máscara, siendo tan indignamente afeminado por él.
32
Parrasiades: Al ver que ustedes mismos sufrían tales cosas por parte de ellos, yo tampoco pude soportar la vergüenza de la hipocresía, si es que, siendo monos, se atrevieron a ponerse máscaras de héroes o a imitar al asno de Cumas, el cual, cubriéndose con una piel de león, pretendía ser él mismo un león, rebuznando de manera muy áspera y aterradora ante los cumeses que no lo conocían, hasta que un extranjero, al ver tanto al león como al asno, lo desenmascaró muchas veces y lo ahuyentó a golpes de palo. Pero lo que me parecía más terrible de todo, oh Filosofía, era esto: pues los hombres, si veían a alguno de estos comportándose de manera malvada, indecente o licenciosa, no había nadie que no culpara a la Filosofía misma y, de inmediato, a Crisipo, a Platón, a Pitágoras o a aquel de quien el que erraba se hacía llamar seguidor y cuyos discursos imitaba. Y a partir del que vivía mal, sacaban conclusiones malvadas sobre ustedes, los que habían muerto hace mucho tiempo; pues el examen de él no se realizaba ante ustedes, que estaban vivos, sino que ustedes estaban ausentes, mientras que todos veían claramente a aquel practicando cosas terribles y vergonzosas, de modo que ustedes eran condenados en rebeldía junto con él y arrastrados a la misma difamación.
33
Yo, al ver esto, no pude soportarlo, sino que los desenmascaraba y los separaba de ustedes; pero ustedes, en lugar de honrarme por esto, me llevan a juicio. Por tanto, si veo a alguno de los iniciados revelando los secretos de las dos diosas y burlándose de ellos, y me indigno y lo denuncio,¿ considerarán ustedes que el impío soy yo? Pero eso no es justo. Pues incluso los jueces de los juegos suelen azotar si algún actor que se ha disfrazado de Atenea, de Poseidón o de Zeus no actúa bien ni de manera digna de los dioses, y ciertamente aquellos no se enojan con ellos porque permitieron que los verdugos golpearan al que llevaba sus máscaras y vestía su atuendo, sino que, creo, se alegrarían más de que fuera azotado; pues que un esclavo o un mensajero no actúe con destreza es una falta menor, pero que Zeus o Heracles no se muestren ante los espectadores de manera digna, es algo abominable y vergonzoso.
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Y, además, esto es lo más extraño de todo: que la mayoría de ellos conocen sus discursos con mucha precisión, pero viven como si los leyeran y estudiaran solo para hacer lo contrario. Pues el libro dice que hay que despreciar las riquezas y la gloria, y considerar que solo lo bello es un bien, y ser imperturbable, y menospreciar esas cosas brillantes, y hablar con ellos de igual a igual; cosas bellas, por los dioses, y sabias y admirables, en verdad. Pero ellos enseñan estas mismas cosas a cambio de un salario, admiran a los ricos y están boquiabiertos ante el dinero, siendo más irascibles que los perrillos, más cobardes que las liebres, más aduladores que los monos, más licenciosos que los asnos, más rapaces que las comadrejas y más pendencieros que los gallos. Por lo tanto, se ganan las burlas al empujarse hacia ellas y al darse codazos unos a otros ante las puertas de los ricos, al cenar en banquetes multitudinarios y, en ellos mismos, al elogiar de manera vulgar, al hartarse más de lo debido, al mostrarse descontentos, al filosofar de manera desagradable y discordante ante la copa, y al no soportar el vino puro; y los profanos que están presentes, naturalmente, se ríen y escupen sobre la filosofía si esta cría tales inmundicias.
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Parrasiades: Lo más vergonzoso de todo es que cada uno de ellos, diciendo que no necesita nada, sino gritando que solo el sabio es rico, poco después se acerca a pedir y se indigna si no recibe, algo parecido a si alguien, con atuendo real, llevando la tiara recta, la diadema y todos los demás distintivos de la realeza, pidiera limosna necesitando de los inferiores. Por tanto, cuando necesitan recibir, es mucho el discurso sobre la necesidad de ser sociable y sobre cómo la riqueza es indiferente y qué es el oro o la plata, que no se diferencia en nada de las piedras de las orillas; pero cuando un compañero de hace mucho tiempo y amigo, necesitando ayuda, se acerca a pedir poco de mucho, hay silencio, perplejidad, ignorancia y retractación de los dogmas hacia lo contrario; y aquellos muchos discursos sobre la amistad, la virtud y lo bello, no sé a dónde vuelan, palabras verdaderamente aladas, que en vano son combatidas cada día por ellos en sus lecciones.
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Parrasiades: Pues cada uno de ellos es amigo hasta el punto en que no hay plata o oro de por medio; pero si alguien muestra solo un óbolo, la paz se rompe, todo es hostil y sin tregua, los libros se borran y la virtud ha huido. Algo parecido a lo que les sucede a los perros cuando alguien arroja un hueso en medio de ellos: saltan, se muerden unos a otros y ladran al que arrebató el hueso primero. Se dice también que un rey egipcio enseñó una vez a unos monos a bailar la pírrica y las fieras— que son muy imitadoras de las acciones humanas— aprendieron rapidísimo y bailaban vistiendo túnicas de púrpura y llevando máscaras, y durante mucho tiempo el espectáculo fue bien recibido, hasta que un espectador ingenioso, teniendo nueces bajo su túnica, las soltó en medio; los monos, al verlas y olvidándose del baile, se convirtieron en lo que eran, monos en lugar de bailarines, destrozaban las máscaras, rasgaban la ropa y peleaban entre ellos por la fruta, y la formación de la pírrica se había disuelto y era objeto de burla por parte del teatro.
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Parrasiades: Tales cosas hacen estos, y yo hablaba mal de tales personas y nunca dejaré de desenmascararlos y satirizarlos, pero sobre ustedes o los que son semejantes a ustedes— pues hay, hay algunos que verdaderamente aspiran a la filosofía y se mantienen en sus leyes— no estaría yo tan loco como para decir algo blasfemo o grosero.¿ O qué podría decir?¿ Qué han vivido ustedes que sea así? Pero a esos arrogantes y enemigos de los dioses, creo que es justo odiarlos.¿ O acaso ustedes, oh Pitágoras, Platón, Crisipo y Aristóteles, qué dicen?¿ Les corresponde a ustedes que tales personas muestren algo propio y familiar a su vida?¡ Por Zeus, Heracles!, dicen, y un mono.¿ O porque tienen barbas, dicen filosofar y son de semblante sombrío, por eso hay que compararlos con ustedes? Pero lo habría soportado si al menos fueran convincentes en la hipocresía misma; pero ahora, antes un buitre imitaría a un ruiseñor que ellos a los filósofos. He dicho todo lo que tenía en mi defensa. Y tú, oh Verdad, testifica ante ellos si es verdad.
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Filosofía: Aléjate, oh Parrasiades; aún más lejos.¿ Qué hacemos nosotros?¿ Cómo les pareció que habló el hombre? Verdad: Yo, oh Filosofía, mientras él hablaba, rezaba para hundirme bajo tierra; tan verdaderas fueron todas sus palabras. Reconocía, al escuchar, a cada uno de los que hacen esas cosas y los ajustaba mientras se decía: esto lo hace este, esto otro aquel; y en general, mostró a los hombres claramente, como en una pintura, pareciéndose en todo, no solo en los cuerpos, sino que retrató las almas mismas con la mayor precisión. Virtud: Y yo también me sonrojé mucho. Filosofía:¿ Y ustedes qué dicen? Platón:¿ Qué otra cosa sino que sea absuelto de la acusación y registrado como amigo y benefactor nuestro? Pues hemos sufrido exactamente lo mismo que los ilieos; hemos movido a este como a un actor trágico contra nosotros para que cante las desgracias de los frigios. Que cante, pues, y que convierta en tragedia a los enemigos de los dioses. Diógenes: Y yo también, oh Filosofía, alabo mucho al hombre, retiro las acusaciones y lo hago mi amigo, siendo como es noble.
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Filosofía: Está bien; acércate, Parrasiades; te liberamos de la acusación, has vencido en todo y, de ahora en adelante, sabe que eres nuestro. Parrasiades: He hecho una reverencia, al menos por primera vez; más bien, creo que lo haré de manera más trágica; pues es más solemne: oh gran y solemne Victoria, que poseas mi vida y no ceses de coronarme. Virtud: Entonces, comencemos ya con la segunda copa; convoquemos también a aquellos, para que rindan cuentas por los ultrajes que cometen contra nosotros; y Parrasiades acusará a cada uno. Filosofía: Has hablado correctamente, oh Virtud. Así que tú, hijo Silogismo, inclínate hacia la ciudad y convoca a los filósofos.
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Silogismo: Escuchen, silencio; que los filósofos vengan a la acrópolis para defenderse ante la Virtud, la Filosofía y la Justicia. Parrasiades:¿ Ves? Pocos suben al reconocer el pregón, y además temen a la Justicia; la mayoría de ellos ni siquiera tienen tiempo, ocupados con los ricos. Pero si quieres que vengan todos, proclama de esta manera, oh Silogismo. Silogismo: De ninguna manera, sino tú, oh Parrasiades, convócalos como te parezca.
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Esto no es difícil. Escuchen, silencio. Todos los que dicen ser filósofos y todos los que creen que les corresponde el nombre, que vengan a la acrópolis para el reparto. Se darán dos minas a cada uno y un pastel de sésamo; y el que muestre una barba larga, este recibirá además una torta de higos secos. Pero que nadie traiga templanza, justicia o dominio propio; pues estas cosas no son necesarias si no están presentes; pero sí cinco silogismos de cualquier tipo; pues no es lícito ser sabio sin ellos. Y yacen en medio dos talentos de oro, para dárselos al que sea el mejor disputando entre todos.
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Filosofía:¡ Vaya, cuántos! Está llena la subida de gente empujándose por las dos minas, apenas escucharon; por el Pelasgico otros, y por el Asclepeion otros, y por el Areópago aún más, algunos incluso por la tumba de Talos, y otros, colocando escaleras junto al Anaceion, suben zumbando, por Zeus, y en racimos como un enjambre, para decirlo con Homero; pero también desde allí muchísimos y desde aquí diez mil, tantas como hojas y flores nacen en la estación. Y la acrópolis está llena en poco tiempo de gente que se sienta con estrépito, y por todas partes hay alforja de adulación, barba de desvergüenza, bastón de glotonería, silogismo de avaricia; pero los pocos que subieron ante aquel primer pregón, están invisibles y sin distinción, mezclados con la multitud de los otros, y han pasado desapercibidos en la semejanza de los otros atuendos. Parrasiades: Esto es, en verdad, lo más terrible, oh Filosofía, y lo que más se te podría reprochar, el no haber puesto ninguna marca o señal para ellos; pues estos embaucadores son a menudo más convincentes que los que verdaderamente filosofan. Filosofía: Esto será en poco tiempo, pero recibámoslos ya.
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Platónico: Nosotros, los platónicos, debemos recibir primero. Pitagórico: No, sino nosotros, los pitagóricos; pues Pitágoras fue antes. Estoico: Dicen tonterías; nosotros, los de la Estoa, somos mejores. Peripatético: De ninguna manera, sino que en cuanto al dinero, nosotros, los del Peripato, seríamos los primeros. Epicúreo: Dennos a nosotros, los epicúreos, los pasteles y las tortas de higos; por las minas esperaremos, aunque tengamos que ser los últimos en recibirlas. Académico:¿ Dónde están los dos talentos? Pues nosotros, los académicos, mostraremos cuánto más pendencieros somos que los demás. Estoico: No mientras estemos nosotros, los estoicos, presentes.
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Dejen de pelear; y ustedes, los cínicos, ni se empujen ni se golpeen con los palos; pues han sido llamados para otras cosas. Y ahora, yo, la Filosofía, esta Virtud y la Verdad juzgaremos quiénes son los que filosofan correctamente. Luego, todos los que sean encontrados viviendo según lo que nos parece, serán felices al ser juzgados como los mejores; pero a los embaucadores y a los que no nos pertenecen en nada, los destruiremos miserablemente, para que no pretendan lo que está por encima de ellos siendo arrogantes.¿ Qué es esto?¿ Huyen?¡ Por Zeus, la mayoría saltando por los precipicios! La acrópolis está vacía, salvo por estos pocos que se han quedado sin temer el juicio.
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Filosofía: Sirvientes, recojan la alforja que el cínico arrojó en la huida. Dejen que vea qué contiene;¿ acaso altramuces, un libro o panes de harina integral? Sirviente: No, sino esto: oro, perfume, una navaja de barbero, un espejo y dados. Filosofía: Muy bien, oh noble.¿ Tales eran tus provisiones para el ejercicio y con ellas pretendías insultar a todos y educar a los demás? Parrasiades: Tales son estos para ustedes. Pero deben considerar de qué manera cesarán estas cosas que se desconocen y los que se encuentran con ellos distinguirán quiénes son los buenos de entre ellos y quiénes, a su vez, los del otro tipo de vida. Filosofía: Tú, oh Verdad, descúbrelo; pues esto podría suceder por tu causa, para que la Mentira no prevalezca sobre ti ni los hombres viles, habiéndote imitado a ti, los buenos, pasen desapercibidos bajo la Ignorancia.
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Verdad: Si te parece, encarguemos tal cosa a Parrasiades, puesto que ha resultado ser bueno, benevolente con nosotros y quien más te admira, oh Filosofía, para que, tomando consigo al Examen, se encuentre con todos los que dicen filosofar. Luego, a quien encuentre como un filósofo verdaderamente genuino, que lo corone con una corona de ramas y lo invite al Pritaneo, pero si se encuentra con alguien— como hay muchos— que sea un hombre maldito, un hipócrita de la filosofía, que le arranque el manto, le rape la barba al ras con una navaja muy tosca y le ponga marcas en la frente o le queme con hierro candente en el entrecejo; y que la figura del sello sea un zorro o un mono. Filosofía: Dices bien, oh Verdad; y el examen, Parrasiades, sea de tal tipo como se dice que es el de las águilas ante el sol, no, por Zeus, para que ellos también miren fijamente a la luz y sean probados ante ella, sino que, habiendo puesto oro, gloria y placer, a quien de ellos veas despreciándolos y no siendo atraído en absoluto por la visión, que este sea el coronado con la rama, y a quien veas mirando fijamente y extendiendo la mano hacia el oro, llévalo al hierro candente, habiéndole rapado antes la barba, como se decidió.
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Parrasiades: Así será, oh Filosofía, y verás de inmediato a la mayoría de ellos con aspecto de zorro o de mono, y a unos pocos coronados; si quieren, sin embargo, les traeré aquí mismo a algunos de ellos ahora. Filosofía:¿ Qué dices?¿ Traerás a los que huyeron? Parrasiades: Y mucho más, si la sacerdotisa quiere prestarme por un momento aquel sedal y el anzuelo que el pescador del Pireo dedicó. Sacerdotisa: Mira, tómalo, y la caña también, para que lo tengas todo. Parrasiades: Entonces, oh sacerdotisa, dame también unas tortas de higos secos rápidamente y un poco de oro. Sacerdotisa: Toma. Filosofía:¿ Qué pretende hacer el hombre? Habiendo puesto el cebo en el anzuelo con la torta de higos y el oro, sentado en el borde del muro, lo bajó hacia la ciudad.¿ Qué haces, oh Parrasiades?¿ Acaso has decidido pescar las piedras del Pelasgico? Parrasiades: Cállate, oh Filosofía, y espera la pesca; y tú, oh Poseidón pescador y querida Anfitrite, envíennos muchos de los peces.
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Parrasiades: Pero veo una lubina de buen tamaño, o mejor dicho, una dorada; no, es un cazón. Se acerca al anzuelo con la boca abierta; ha olido el oro; ya está cerca; lo ha tocado; ha sido atrapado; saquémoslo. Y tú, oh Examen, tira; ayuda con el sedal. Examen: Está arriba. Deja que vea quién eres, oh mejor de los peces; este es un perro.¡ Heracles, qué dientes!¿ Qué es esto, oh noble?¿ Has sido atrapado curioseando por las rocas, donde esperabas pasar desapercibido escondiéndote? Pero ahora serás visible para todos colgado de las branquias. Saquemos el anzuelo y el cebo.¡ Por Zeus, se lo tragó! Este anzuelo está vacío para ti; la torta de higos ya se ha quedado pegada y el oro está en el vientre. Parrasiades: Que lo vomite, por Zeus, para que podamos usarlo de cebo para otros. Está bien;¿ qué dices, oh Diógenes?¿ Conoces a este, quién es, o te corresponde algo el hombre? Diógenes: De ninguna manera. Parrasiades:¿ Entonces qué?¿ Cuánto debemos decir que vale? Pues yo lo valoré hace poco en dos óbolos. Diógenes: Dices mucho; pues es incomible, deforme, duro y sin valor; suéltalo de cabeza contra la roca; y tú, baja el anzuelo y saca a otro. Eso sí: mira, oh Parrasiades, no sea que la caña se doble y se rompa. Parrasiades: Ten confianza, oh Diógenes; son ligeros y más livianos que los boquerones. Diógenes: Por Zeus, muy poco aptos; pero sácalos de todos modos.
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Parrasiades: Mira, otro pez de cuerpo plano como si estuviera cortado por la mitad se acerca, una especie de lenguado, con la boca abierta hacia el anzuelo; se lo tragó, está atrapado, que sea sacado.¿ Quién es? Examen: El que dice ser platónico. Parrasiades:¿ Y tú, maldito, vienes por el oro?¿ Qué dices, oh Platón?¿ Qué hacemos con él?
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Platón: De la misma roca que este otro; que se baje para otro. Parrasiades: Pero veo a uno muy hermoso acercándose, como parecería en el fondo, de color variado, teniendo unas cintas doradas en el lomo.¿ Ves, oh Examen? Examen: Este es el que pretende ser Aristóteles. Parrasiades: Vino, luego se va de nuevo. Observa con precisión, ha vuelto, abrió la boca, ha sido atrapado, que sea izado. Aristóteles: No me preguntes, oh Parrasiades, sobre él; pues desconozco quién es. Parrasiades: Entonces también este, oh Aristóteles, contra las rocas.
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Parrasiades: Pero mira, veo muchos peces del mismo color, espinosos y con la superficie erizada, más difíciles de atrapar que los erizos.¿ Acaso hará falta una red para ellos? Filosofía: Pero no está presente. Es suficiente si pudiéramos sacar al menos a uno de la manada. Vendrá al anzuelo, naturalmente, el que sea el más audaz de ellos. Examen: Baja, si te parece, habiendo reforzado primero con hierro una buena parte del sedal, para que no lo corte con los dientes al tragarse el oro. Parrasiades: Lo he bajado. Y tú, oh Poseidón, haz que la pesca sea rápida.¡ Vaya, pelean por el cebo, y algunos muchos a la vez mordisquean la torta de higos, y otros, aferrándose, se agarran del oro! Está bien; uno muy fuerte ha quedado ensartado. Deja que vea,¿ de quién dices ser seguidor? Aunque soy ridículo al obligar a un pez a hablar; pues estos son mudos. Pero tú, oh Examen, di quién tiene como maestro. Examen: A Crisipo, este de aquí. Parrasiades: Entiendo; porque el oro estaba presente, supongo, en el nombre. Y tú, pues, Crisipo, por Atenea, di,¿ conoces a los hombres o les aconsejas hacer tales cosas? Crisipo:¡ Por Zeus, haces preguntas insultantes, oh Parrasiades, al suponer que nos corresponde algo siendo tales! Parrasiades: Muy bien, oh Crisipo, eres noble. Este también, de cabeza con los demás, puesto que es espinoso, y hay miedo de que alguien se atraviese la garganta al comerlo.
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Filosofía: Basta, oh Parrasiades, de pesca, no sea que alguien, como hay muchos, se vaya habiendo arrancado el oro y el anzuelo, y luego tengas que pagarle a la sacerdotisa. Así que nosotros vayamos a pasear; es hora también de que ustedes se vayan de donde vinieron, no sea que se les pase el plazo. Y ustedes dos, tú y el Examen, oh Parrasiades, yendo en círculo sobre todos ellos, o coronen o marquen con hierro, como dije. Parrasiades: Así será, oh Filosofía. Adiós, oh mejores de los hombres. Nosotros bajemos, oh Examen, y cumplamos lo ordenado. Examen:¿ Y a dónde habrá que ir primero?¿ Acaso a la Academia o a la Estoa, o comencemos desde el Liceo? Parrasiades: Eso no hará ninguna diferencia. Salvo que sé que a donde quiera que vayamos, necesitaremos pocas coronas, pero muchos hierros candentes.