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Original / primary: Spanish Gemini
1
« Yo, Aucino— dice la mujer—, he visto en tu escrito mucha benevolencia y estima hacia mí; pues nadie me habría alabado tanto si no hubiera escrito con benevolencia. Pero, para que sepas lo que pienso, es lo siguiente: no es que me complazcan los modos aduladores, sino que tales personas me parecen embaucadores y en absoluto libres por naturaleza; y en lo que respecta a los elogios, especialmente cuando alguien me alaba haciendo las hipérboles vulgares y desmedidas, me sonrojo y poco falta para que me tape los oídos, y me parece que el asunto se asemeja más a una burla que a un elogio».
2
Polístrato:« Hasta aquí, los elogios son tolerables en la medida en que el elogiado reconozca que cada una de las cosas dichas le pertenece; lo que va más allá de esto es ya algo ajeno y una adulación clara. Y, sin embargo— dijo—, conozco a muchos que se alegran si alguien, al alabarlos, añade al discurso cosas que no poseen, como si a unos ancianos los felicitaran por su vigor, o si a unos feos les atribuyeran la belleza de Nireo o la de Faón; pues creen que, gracias a los elogios, sus formas cambiarán y ellos mismos rejuvenecerán de nuevo, tal como creía Pelias».
3
« Pero no es así; pues el elogio sería muy valioso si fuera posible disfrutar de algún efecto real a partir de tal hipérbole. Ahora, en cambio, me parece— dijo— que les sucede lo mismo que si alguien le pusiera a un feo una máscara hermosa, y él se enorgulleciera de su belleza, siendo esta algo que se puede quitar y que cualquiera puede romper, momento en el que resultaría más ridículo al aparecer con su propio rostro, tal como era bajo lo que lo ocultaba; o, por Zeus, como si alguien, calzándose coturnos siendo él mismo pequeño, compitiera en estatura con los que superan el nivel del suelo en un codo entero».
4
Pues recordaba también algo así. Decía que una mujer de las ilustres, por lo demás hermosa y decorosa, pero pequeña y muy alejada de la proporción, era elogiada por cierto poeta en un canto, entre otras cosas, por ser hermosa y grande; y él comparaba su estatura y su porte erguido con un álamo. Ella, ciertamente, se regocijaba con el elogio como si creciera al compás del canto y agitaba la mano, mientras que el poeta, al ver que ella cantaba muchas veces lo mismo porque se complacía al ser elogiada, hasta que uno de los presentes, inclinándose hacia su oído, le dijo:« Detente, hombre, no sea que hagas que la mujer se levante».
5
Algo parecido y mucho más ridículo que esto hizo Estratonice, la mujer de Seleuco. Pues ella propuso a los poetas un certamen por un talento, para ver quién elogiaba mejor su cabello, a pesar de que resultaba ser calva y no tenía ni siquiera los pocos cabellos que le quedaban. Y, sin embargo, estando su cabeza en tal estado, sabiendo todos que había sufrido aquello a causa de una larga enfermedad, escuchaba a los malditos poetas decir que sus cabellos eran de color jacinto, trenzando unos rizos ensortijados y comparando con apio los que ni siquiera existían en absoluto.
6
Se reía, pues, de todos los que se prestaban a los aduladores, y añadía además que no solo en los elogios, sino también en las pinturas, muchos desean ser adulados y engañados. Se alegran, al menos— dijo—, de aquellos pintores que los retratan más hermosos de lo que son. Y hay algunos que incluso ordenan a los artistas quitar algo de la nariz, o pintar los ojos más oscuros, o cualquier otra cosa que deseen que se les añada, y luego no se dan cuenta de que están coronando imágenes ajenas y que no se parecen en nada a ellos.
7
Decía esto y cosas semejantes, elogiando el resto del escrito, pero no soportando esto: que la hubieras comparado con diosas, con Hera y Afrodita; pues tales cosas, dice, están por encima de mí, o mejor dicho, por encima de toda la naturaleza humana. Yo, en cambio, ni siquiera te consideraba digna de compararme con las heroínas, con Penélope, Arete y Teano, y mucho menos con las mejores de las diosas. Y es que, además, esto— dijo—, me comporto de manera muy supersticiosa y temerosa respecto a los dioses. Temo, por tanto, parecer como Casiopea al aceptar tal elogio; aunque ella se comparaba con las Nereidas, mientras que yo venero a Hera y a Afrodita.
8
De modo que, Licino, te ordenó que reescribieras tales cosas, o ella misma testificaría ante las diosas que escribiste sin su consentimiento, y tú debes saber que el libro le causará pesar circulando así como está ahora, no muy piadosa ni santamente respecto a los dioses. Y le parecía que esto se consideraría una impiedad y una falta suya si soportara ser llamada semejante a la de Cnido y a la de los jardines; y te recordaba lo último dicho en el libro sobre ella, que decías que era moderada y sin soberbia, no elevándose por encima de la medida humana, sino haciendo su vuelo a ras de tierra, pero quien dice esto eleva a la mujer por encima del cielo mismo, hasta el punto de compararla con diosas.
9
Y exigía que no la consideraras menos sensata que Alejandro, quien, cuando el arquitecto prometía transformar todo el monte Athos y darle forma a su imagen, de modo que toda la montaña se convirtiera en una estatua del rey, teniendo dos ciudades en las manos, no aceptó la monstruosidad de la promesa, sino que, considerando el atrevimiento por encima de él, detuvo al hombre que modelaba colosos de forma poco convincente y ordenó dejar el Athos en su lugar y no empequeñecer una montaña tan grande para la semejanza de un cuerpo pequeño. Y elogiaba a Alejandro por su magnanimidad y decía que esta estatua suya, más grande que el Athos, se había erigido en la mente de quienes siempre lo recordarán; pues no es de una mente pequeña despreciar un honor tan paradójico.
10
Y, por tanto, ella elogia tu creación y la invención de las imágenes, pero no reconoce la semejanza; pues no es digna de tales cosas, ni de lejos, ya que no lo es ninguna otra, siendo mujer; de modo que te deja este honor y venera tus arquetipos y modelos. Pero tú elógiala con estas cosas humanas, y que el calzado no sea mayor que el pie, no sea que me amordace— dice— mientras camino con él.
11
Y también te encargó decir esto. Escucho, dijo, a muchos decir— si es verdad, vosotros los hombres lo sabéis— que ni siquiera en Olimpia está permitido a los vencedores erigir estatuas más grandes que sus cuerpos, sino que los helanódicas se cuidan de que ni uno solo supere la verdad, y que el examen de las estatuas sea más preciso que el de la aprobación de los atletas. De modo que mira— dijo— que no recibamos la acusación de mentir en la medida, y luego los helanódicas derriben nuestra imagen.
12
Esto decía ella. Tú, en cambio, Licino, mira cómo reajustarás el libro y eliminarás tales cosas, para no errar ante lo divino; pues ella se disgustaba mucho con ellas y se estremecía mientras eran leídas y suplicaba a las diosas que le fueran propicias. Y perdón si sufrió algo femenino. Aunque, si hay que decir la verdad, también a mí mismo me pareció algo así. Pues al principio, al escuchar, no veía ninguna falta en lo escrito, pero cuando ella lo señaló, yo mismo empiezo a reconocer cosas similares sobre ellos, y sufrí algo parecido a lo que sufrimos con las cosas que vemos: si observamos algo muy de cerca y bajo los mismos ojos, no distinguimos nada preciso, pero si nos alejamos y miramos desde la distancia proporcional, todo aparece claramente, lo que está bien y lo que no lo está.
13
El hecho de comparar a una humana con Afrodita y Hera,¿ qué otra cosa es sino despreciar directamente a las diosas? Pues en tales casos, lo pequeño no se vuelve mayor por la comparación, sino que lo mayor se empequeñece al ser arrastrado hacia lo más humilde; como si algunos caminaran juntos, uno muy grande y otro muy bajo de estatura, y luego fuera necesario igualarlos para que uno no supere al otro, esto no sucedería porque el más bajo se eleve, incluso aunque se ponga de puntillas tanto como pueda; sino que, si van a parecer de la misma edad, aquel más grande se encorvará y se mostrará más humilde. Del mismo modo, también en tales imágenes, el hombre no se vuelve mayor si alguien lo compara con un dios, sino que lo divino necesariamente se reduce al ser inclinado hacia lo que carece. Pues si alguien, por falta de cosas terrenales, extendiera el discurso hacia las celestiales, tal persona tendría menos culpa de hacerlo por impiedad; pero tú, teniendo tantas bellezas de mujeres, te atreviste a compararla con Afrodita y Hera sin necesidad alguna.
14
De modo que elimina este exceso y esta envidia, Licino. Pues tal cosa no es propia de tu carácter, que de otro modo no solías ser fácil ni pronto para los elogios; pero ahora, no sé cómo, has hecho un cambio repentino, prodigándote y, de ser antes ahorrador, has aparecido derrochador en los elogios. Pero no te avergüences tampoco de esto, si reajustas el discurso ya difundido; pues dicen que también Fidias lo hizo así, cuando terminó el Zeus para los eleos. Pues, poniéndose detrás de las puertas, cuando abría por primera vez y mostraba la obra, escuchaba a los que criticaban o elogiaban; uno criticaba la nariz como gruesa, otro el rostro como demasiado alargado, y otro otra cosa. Luego, cuando los espectadores se marchaban, Fidias se encerraba de nuevo y corregía y ajustaba la estatua según lo que le parecía a la mayoría; pues no consideraba que el consejo de un pueblo tan grande fuera pequeño, sino que siempre es necesario que la mayoría vea algo más que uno solo, aunque sea Fidias. Te traigo esto de su parte y yo mismo te lo aconsejo, siendo amigo y bienintencionado.
15
Licino:« Polístrato,¡ qué orador eras y me lo ocultabas! Has pronunciado un discurso tan largo y una acusación tan grande contra el escrito, que no me queda ni esperanza de defensa. Pero, sin embargo, no habéis hecho algo judicial, y especialmente tú, al dictar sentencia en rebeldía contra el libro sin que estuviera presente su defensor. Y es muy fácil, creo, esto, según el proverbio, vencer al que corre solo. De modo que no es de extrañar si también nosotros hemos sido condenados sin que se nos haya vertido agua ni se nos haya concedido defensa. O mejor dicho, esto es lo más extraño de todo, que vosotros mismos seáis los acusadores y los jueces.¿ Qué prefieres, pues?¿ Que, aceptando lo decidido, guarde silencio, o que, según el poeta de Hímera, escriba una palinodia, o me daréis permiso para apelar el juicio?». Polístrato:« Por Zeus, si tienes algo justo que decir; pues no harás la defensa ante adversarios, como dices, sino ante amigos. Y yo estoy dispuesto incluso a examinar contigo el juicio».
16
Licino:« Pero eso es molesto, Polístrato, que no haré los discursos estando ella presente; pues de lejos habría sido mejor así. Ahora, en cambio, es necesario defenderse por encargo. Pero si fueras para mí un mensajero ante ella tal como has sido de su parte ante mí, me atreveré a echar los dados». Polístrato:« Ten confianza, Licino, en cuanto a esto, pues no tendrás un mal actor para la defensa, intentando hablar brevemente, para poder recordarlo mejor». Licino:« Y, sin embargo, necesitaba discursos muy largos ante una acusación tan vehemente. Pero, por tu causa, abreviaré la defensa. Y, por tanto, anuncia esto de mi parte a ella». Polístrato:« De ninguna manera, Licino, sino di el discurso como si ella misma estuviera presente, y luego yo te imitaré ante ella». Licino:« Entonces, puesto que así te parece, Polístrato, ella está presente y ha dicho, evidentemente, todo lo que tú has anunciado de su parte, y nosotros debemos comenzar los segundos discursos. Aunque— pues no dudaré en decirte lo que siento— no sé cómo has hecho el asunto más temible para mí, y como ves, ya sudo y temo y casi creo verla, y el asunto me ha causado mucha turbación. Pero comenzaré; pues no es posible retirarse ya que está presente». Polístrato:« Y, por Zeus, muestra mucha benevolencia en el rostro; pues está alegre, como ves, y afable. De modo que, confiado, di el discurso».
17
Licino:« Yo, la mejor de las mujeres, al haberte elogiado mucho, como dices, y más allá de la medida, no veo qué cosa tan grande he elogiado, comparado con este elogio que tú misma has pronunciado sobre ti misma al valorar en mucho el honor hacia lo divino. Pues esto es mayor que casi todo lo que he dicho sobre ti, y perdón si no te añadí también esta imagen por ignorancia, al habérseme escapado; pues no habría escrito otra antes que esta. De modo que, en esto, no solo no creo que los elogios sean excesivos, sino que me parece que he hablado muy por debajo de tu valor. Mira, al menos, cuánto he omitido, siendo algo grandioso para mostrar un carácter bueno y una mente recta; pues quienes no veneran lo divino como algo secundario, estos también serían los mejores respecto a los hombres. De modo que, si fuera absolutamente necesario reajustar el discurso y corregir la estatua, no me atrevería a quitar nada de ella, sino que añadiré también esto como una especie de cabeza y cima de toda la obra. Por eso, sin embargo, confieso estarte muy agradecido; pues al haber elogiado yo la moderación de tu carácter y que el presente peso de los asuntos no te haya causado nada altanero ni lleno de soberbia, tú, al criticar tales cosas del discurso, has confirmado la verdad del elogio; pues no arrebatar tales elogios, sino avergonzarse de ellos y decir que son mayores que tú, es muestra de una mente moderada y popular. Pero, sin embargo, cuanto más dispuesta te encuentres a ser elogiada así, tanto más digna de ser elogiada en exceso te muestras, y el asunto ha llegado casi al discurso de Diógenes, quien, al preguntarle alguien cómo podría uno llegar a ser ilustre, dijo: si despreciara la gloria. Pues yo mismo diría también, si alguien me preguntara:¿ quiénes son los más dignos de elogio? Aquellos que no desean ser elogiados».
18
Licino:« Pero esto es quizás tangencial y lejos del asunto. Pero sobre lo que es necesario defenderse, esto es: que al modelar la forma, la comparé con la de Cnido y la de los jardines, y con Hera y Atenea. Esto te pareció desmedido y más allá de la medida. Hablaré, pues, sobre esto mismo. Aunque este es un discurso antiguo, que los poetas y pintores son irresponsables, y los que elogian aún más, creo, si no se llevan a ras de suelo y caminando, como nosotros, sino que no se dejan llevar por metros. Pues el elogio es algo libre, y no tiene una medida legislada hacia la grandeza o la brevedad, sino que solo mira desde todo cómo admirar en exceso y mostrar envidiable al elogiado. Sin embargo, no seguiré este camino, no sea que también a ti te parezca que lo hago por falta de recursos».
19
Licino:« Pero digo esto, que tales son para nosotros los fundamentos de estos discursos elogiosos, que el que elogia debe usar también imágenes y comparaciones, y casi en esto consiste lo más importante: comparar bien; y esto se juzgaría mejor así, no si alguien compara con los iguales ni si hace la comparación con lo inferior, sino si acerca al elogiado al superior tanto como sea posible. Por ejemplo, si alguien, al elogiar a un perro, dijera que es más grande que una zorra o un gato,¿ te parece que tal persona sabe elogiar? No lo dirías. Pero, ciertamente, ni si dijera que es igual a un lobo, ni así lo habría elogiado grandemente. Pero,¿ dónde se cumple lo propio del elogio? Si se dice que el perro se asemeja al león en tamaño y fuerza. Como el poeta que elogiaba al perro de Orión dijo que era un domador de leones; pues este es un elogio completo de un perro. Y, de nuevo, si alguien, queriendo elogiar a Milón de Crotona o a Glauco de Caristo o a Polidamante, dijera luego que cada uno de ellos era más fuerte que una mujer,¿ no crees que se reirían de él por la insensatez del elogio? Cuando incluso si dijera que es mejor que un solo hombre, ni siquiera esto habría bastado para un elogio. Pero,¿ cómo elogió un poeta reputado a Glauco, al decir que ni siquiera la fuerza de Pólux se habría atrevido a levantar contra él las manos contrarias, ni el hijo de Alcmena, el de hierro? Ves con qué dioses lo comparó; o mejor dicho, lo mostraba mejor que ellos mismos. Y ni el propio Glauco se indignó por ser comparado con los dioses guardianes de los atletas, ni ellos se vengaron de Glauco o del poeta por impiedad respecto al elogio, sino que ambos gozaban de buena reputación y eran honrados por los griegos, el uno por su fuerza, Glauco, y el poeta por las otras cosas y por este mismo canto en particular. No te extrañes, pues, si también yo, queriendo comparar, lo cual era necesario para el que elogia, usé un modelo más elevado, habiéndolo sugerido así el discurso».
20
Licino:« Puesto que también mencionaste la adulación, que tú también odias a los aduladores, te elogio, y no debía ser de otro modo. Pero quiero distinguir y definir para ti tanto la obra del que elogia como la hipérbole del adulador. El adulador, pues, al elogiar por causa de su propia necesidad, y preocupándose poco por la verdad, cree que debe elogiar todo en exceso, mintiendo y añadiendo de su parte la mayoría de las cosas, de modo que no dudaría incluso en declarar a Tersites más hermoso que Aquiles y decir que Néstor es el más joven de los que hicieron la expedición a Ilión. Y juraría que el hijo de Creso es más agudo de oído que Melampo y que Fineo veía más agudamente que Linceo, si solo esperara ganar algo con la mentira. Pero el que elogia esto mismo, no solo no mentiría ni añadiría cosas que no posee en absoluto, sino que, tomando los bienes que posee por naturaleza, aunque no sean muy grandes, los ha aumentado y mostrado mayores; y se atrevería a decir, queriendo elogiar a un caballo, siendo por naturaleza ligero y veloz, como sabemos, que corría sobre la punta de los frutos de las espigas y no las quebraba. Y, de nuevo, no dudaría en decir que es una carrera de caballos de pies de viento. Y si elogia una casa hermosa y excelentemente construida, diría: tal es el patio interior de Zeus Olímpico. Pero el adulador diría este verso incluso sobre la choza de un porquerizo, si solo esperara recibir algo del porquerizo; como cuando Cineto, el adulador de Demetrio Poliorcetes, habiendo consumido todo lo que tenía para la adulación, elogiaba a Demetrio, que estaba molesto por una tos, porque carraspeaba con armonía».
21
Licino:« Y no solo este es un rasgo de cada uno de ellos, que los aduladores no dudan en mentir para complacer, y los que elogian intentan resaltar lo que existe; sino que también se diferencian en esto, que no es pequeño, que los aduladores, en la medida de lo posible, usan las hipérboles, mientras que los que elogian son moderados incluso en estas mismas y permanecen dentro de los límites. Estas son pocas muestras de muchas sobre la adulación y el elogio verdadero, para que no sospeches de todos los que elogian, sino que distingas y midas cada uno con su propia medida».
22
« Vamos, pues, si te parece, aplica a lo que he dicho ambos cánones, para que aprendas si se asemejan a este o a aquel. Pues yo, si hubiera dicho que alguien feo era semejante a la estatua de Cnido, sería considerado un embaucador y más adulador que Cineto; pero si siendo tal como todos saben, el atrevimiento no estaba a mucha distancia».
23
« Quizás dirías, o mejor dicho, ya has dicho, que se me permita elogiar la belleza; pero que el elogio debía hacerse sin envidia, y no comparar con diosas a quien es humana. Yo, en cambio— pues la verdad me llevará a decirlo—, no te comparé con diosas, excelente mujer, sino con creaciones de buenos artistas hechas de piedra, bronce o marfil; y no es impío, creo, comparar con humanos lo que ha sido hecho por hombres. A menos que tú hayas supuesto que esto es Atenea, lo que fue modelado por Fidias, o esto la Afrodita celestial que hizo Praxíteles en Cnido hace no muchos años. Pero mira si no es indecoroso pensar tales cosas sobre los dioses, cuyas verdaderas imágenes supongo yo que son inalcanzables para la imitación humana».
24
Licino:« Y si incluso te comparé tanto como es posible con ellas mismas, esto no es mío, ni yo soy el primero en abrir este camino, sino muchos y buenos poetas, y especialmente tu conciudadano Homero, a quien ahora haré subir para que sea mi abogado, o no hay forma de que él mismo no sea condenado conmigo. Le preguntaré, pues, a él, o mejor dicho, a ti por él— pues recuerdas bien, afortunadamente, lo más elegante de lo que él rapsodió—,¿ qué te parece él, cuando habla de la cautiva Briseida, que lloraba a Patroclo semejante a la dorada Afrodita? Luego, poco después, como si no fuera suficiente con que solo se asemeje a Afrodita, dijo: y lloraba la mujer semejante a las diosas. Cuando, pues, dice tales cosas,¿ lo odias y tiras el libro, o le das libertad en el elogio? Pero incluso si tú no se la das, el tiempo tan largo se la ha dado, y no hay quien lo haya criticado por esto, ni quien se haya atrevido a azotar su imagen, ni quien haya señalado lo falso de los versos en la nota de los óbelos. Entonces,¿ a él se le permitirá comparar a una mujer bárbara, y además llorando, con la dorada Afrodita, y yo, para no decir la belleza, porque no soportas escucharla, no podría comparar con imágenes de dioses a una mujer alegre y que sonríe la mayor parte del tiempo, lo cual es lo que los humanos tienen de semejante a los dioses?».
25
Licino:« En el caso de Agamenón, mira cuánta moderación tuvo él mismo con los dioses y cómo racionó las imágenes hacia la proporción; pues dice que sus ojos y su cabeza eran semejantes a Zeus, su cintura a Ares, su pecho a Poseidón, dividiendo al hombre por miembros según las imágenes de tantos dioses; y de nuevo dice que otro era semejante al destructor de hombres Ares, y otro a otro, el frigio hijo de Príamo semejante a un dios, y muchas veces el hijo de Peleo semejante a un dios. Pero volveré de nuevo a los ejemplos femeninos; pues escuchas, supongo, que dice: semejante a Ártemis o a la dorada Afrodita. Y como Ártemis camina por la montaña».
26
« Y no solo compara a los hombres mismos con los dioses, sino que también comparó el cabello de Euforbo con las Gracias, y eso que estaba empapado en sangre. Y, en general, son tantas tales cosas que no hay parte de la poesía que no esté adornada con imágenes divinas. De modo que, o que se borren también aquellas, o que se nos permita a nosotros atrevernos a cosas similares. Y es tan irresponsable lo relativo a las imágenes y comparaciones que Homero no dudó en elogiar incluso a las diosas mismas a partir de las inferiores; pues comparó los ojos de Hera con los de las vacas; y otro dijo que Afrodita era de párpados violetas. Pues,¿ quién de los que han tenido contacto aunque sea mínimamente con la poesía de Homero ignora la de dedos de rosa?».
27
« Aunque lo relativo a la forma es todavía más moderado, si alguien es llamado semejante a un dios; pero las apelaciones mismas,¿ cuántos imitaron las de los dioses, siendo llamados Dionisios y Hefestiones y Zenones y Posidonios y Hermes? Leto fue una mujer de Evágoras, rey de los chipriotas, y, sin embargo, la diosa no se indignó, pudiendo convertirla en piedra como a Níobe. Pues dejo a los egipcios, que son los más supersticiosos de todos, y, sin embargo, usan los nombres divinos hasta la saciedad; casi todo, al menos, les viene del cielo».
28
Licino:« De modo que no es propio de ti estar temerosa respecto al elogio; pues si algo se ha cometido como falta en el escrito contra lo divino, tú eres irresponsable de ello, a menos que pienses que hay alguna responsabilidad de la audiencia, y a mí me castigarán los dioses cuando castiguen antes que a mí a Homero y a los otros poetas. Pero todavía no han castigado ni siquiera al mejor de los filósofos por decir que el hombre es una imagen de dios. Teniendo todavía mucho que decirte, por causa de este Polístrato, terminaré, para que también pueda recordar lo dicho».
29
Polístrato:« No sé si esto me es posible todavía, Licino; pues has dicho cosas largas, y más allá del agua vertida. Pero intentaré recordarlas. Y, como ves, ya me retiro hacia ella tapándome los oídos, para que no se mezcle otra cosa que caiga y confunda su orden, y luego me suceda ser silbado por los espectadores». Licino:« A ti mismo te preocupará, Polístrato, actuar lo mejor posible. Yo, puesto que ya te he entregado el drama, me retiraré ahora; pero cuando anuncien los votos de los jueces, entonces estaré presente yo mismo para ver cuál será el final del certamen».