Against Leocrates
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Original / primary: Spanish Gemini
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Tras los terribles sucesos de Queronea, el pueblo de los atenienses promulga un decreto para que nadie salga de la ciudad, ni tampoco para que se ponga a salvo a niños y mujeres. Leócrates, pues, habiendo salido de la ciudad y llegado a Rodas y, más tarde, a Mégara, regresó a Atenas; y, al hacer él uso de su libertad de palabra, Licurgo presenta una acusación contra él como traidor. La controversia es una cuestión de denominación: Leócrates admite haber abandonado la ciudad, pero no haberla traicionado. Otros lo consideran una conjetura basada en la intención, puesto que, aunque se admite la salida, se cuestiona la voluntad: con qué intención salió, si por traición o por comercio. Otros, en cambio, lo consideran una contradicción, pues él dice que no salió por traición a la ciudad, sino por comercio. La hipótesis del discurso se asemeja a la del caso contra Autólico.
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Atenienses, voy a dar comienzo a la acusación contra Leócrates, el encausado, de una manera justa, piadosa y en beneficio tanto de vosotros como de los dioses. Pues ruego a Atenea, a los demás dioses y a los héroes establecidos por toda la ciudad y el territorio que, si he denunciado justamente a Leócrates y juzgo al que traicionó sus templos, sus imágenes, sus recintos sagrados y los honores y sacrificios establecidos por vuestros antepasados,
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que me hagan digno en el día de hoy de ser el acusador de los crímenes de Leócrates, lo cual es beneficioso tanto para el pueblo como para la ciudad, y que a vosotros, que deliberáis en nombre de vuestros padres, hijos, mujeres, patria y lugares sagrados, y que tenéis bajo vuestro voto al traidor de todo ello, os hagan jueces implacables, tanto ahora como en el futuro, para aquellos que cometen tales y tan grandes ilegalidades; pero si no estoy llevando a este juicio al que traicionó a la patria ni al que abandonó la ciudad y los lugares sagrados, que él se salve del peligro tanto por parte de los dioses como por parte de vosotros, los jueces.
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Hubiera deseado, ciudadanos, que, al igual que es beneficioso para la ciudad que los que juzgan a los infractores lo hagan en ella, así también fuera considerado por la mayoría como una acción filantrópica; pero ahora la situación ha llegado a tal punto que quien se arriesga personalmente y se atrae enemistades en defensa de los intereses comunes no parece ser un amante de su ciudad, sino un alborotador, lo cual no es justo ni beneficioso para la ciudad. Pues tres son las cosas más importantes que protegen y preservan la democracia y la prosperidad de la ciudad,
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en primer lugar, el orden de las leyes; en segundo, el voto de los jueces; y en tercero, el juicio que entrega los crímenes a estos. Pues la ley tiene por naturaleza predecir lo que no se debe hacer, el acusador denunciar a los culpables que están sujetos a las penas establecidas por las leyes, y el juez castigar a los que le han sido señalados por ambos; de modo que ni la ley ni el voto de los jueces tienen fuerza sin quien les entregue a los malhechores.
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Yo, atenienses, sabiendo que Leócrates huyó de los peligros en defensa de la patria, abandonó a sus propios conciudadanos, traicionó todo vuestro poder y es culpable de todo lo escrito, he presentado esta denuncia, no por enemistad alguna ni por afán de disputa, al elegir este juicio, sino por considerar vergonzoso pasar por alto que este hombre entre en el ágora y participe de los lugares sagrados comunes, habiéndose convertido en una vergüenza para la patria y para todos vosotros.
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Pues es propio de un ciudadano justo no llevar a los juicios públicos, por enemistades privadas, a quienes no han cometido ninguna falta contra la ciudad, sino considerar enemigos personales a quienes cometen alguna ilegalidad contra la patria, y que los asuntos comunes de los crímenes tengan también causas comunes de la diferencia con ellos.
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Es necesario, pues, considerar grandes todos los juicios públicos, pero especialmente este sobre el que ahora vais a emitir vuestro voto. Pues cuando juzgáis las acusaciones por ilegalidad, solo corregís esto y evitáis esta acción, en la medida en que el decreto pueda dañar a la ciudad; pero el juicio que ahora se presenta no abarca una parte pequeña de los asuntos de la ciudad ni por poco tiempo, sino que es en defensa de toda la patria y dejará el juicio como un recuerdo eterno para los que vendrán después por toda la eternidad.
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Pues es tan terrible el crimen cometido y tiene tal magnitud que no admite encontrar una acusación ni un castigo dignos, ni que en las leyes se haya definido un castigo digno de las faltas. Pues,¿ qué debe sufrir el que abandonó la patria, no ayudó a los lugares sagrados de sus padres, dejó atrás las tumbas de sus antepasados y entregó todo el territorio bajo el poder de los enemigos? Pues el mayor y último de los castigos, la muerte, aunque es una pena necesaria según las leyes, resulta menor que los crímenes de Leócrates.
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Ha sucedido, ciudadanos, que se ha omitido el castigo para tales actos, no por negligencia de los que legislaban entonces, sino porque ni en los tiempos anteriores había ocurrido nada semejante ni era previsible que ocurriera en el futuro. Por eso, ciudadanos, es necesario que os convirtáis no solo en jueces del crimen actual, sino también en legisladores. Pues, en cuanto a los crímenes que una ley ha definido, es fácil, usando esta como norma, castigar a los infractores; pero en cuanto a los que no ha abarcado estrictamente, habiéndolos llamado con un solo nombre, si alguien ha cometido un crimen mayor que estos, y es culpable de todos ellos por igual, es necesario que vuestro juicio quede como ejemplo para los que vendrán después.
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Sabed bien, ciudadanos, que no solo castigaréis a este al condenarlo ahora, sino que también incitaréis a todos los jóvenes a la virtud. Pues dos son las cosas que educan a los jóvenes: el castigo de los que cometen crímenes y la recompensa dada a los hombres buenos; mirando a cada una de estas, huyen de la primera por miedo y desean la segunda por la gloria. Por eso, ciudadanos, es necesario prestar atención a este juicio y no considerar nada más importante que la justicia.
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Yo también haré la acusación justa, sin mentir en nada ni hablar fuera del asunto. Pues la mayoría de los que comparecen ante vosotros hacen lo más extraño: o aconsejan aquí sobre los asuntos comunes o acusan y calumnian todo menos aquello sobre lo que vais a emitir vuestro voto. Y ninguna de estas dos cosas es difícil: ni expresar una opinión sobre lo que no deliberáis, ni encontrar una acusación sobre lo que nadie se defenderá.
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Pero no es justo que vosotros exijáis emitir un voto justo, mientras que ellos mismos no hagan una acusación justa. De esto sois responsables vosotros, ciudadanos; pues habéis dado esta facultad a los que entran aquí, y eso teniendo el más hermoso ejemplo de los griegos, el consejo del Areópago, que tanto difiere de los otros tribunales que incluso los mismos condenados admiten que realiza un juicio justo.
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Mirando a este, también vosotros debéis no permitir a los que hablan fuera del asunto; pues así el juicio será para los encausados sin calumnias, para los acusadores lo menos posible para calumniar, y para vosotros emitir el voto más conforme a vuestro juramento. Pues es imposible, sin el discurso, que los que no han sido instruidos justamente emitan un voto justo.
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Es necesario, ciudadanos, que tampoco esto se os escape: que el juicio sobre este no es igual al de los otros particulares. Pues sobre un hombre desconocido para los griegos, entre vosotros mismos se pensaría que habéis votado bien o mal; pero sobre este, lo que decidáis será tema de conversación entre todos los griegos, quienes conocen que las obras de vuestros antepasados son totalmente contrarias a las realizadas por este. Pues es notorio debido a la partida hacia Rodas y a la declaración que hizo contra vosotros ante la ciudad de los rodios y ante los mercaderes que residían allí,
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quienes, navegando por todo el mundo habitado por motivos de trabajo, anunciaban a la vez sobre la ciudad lo que habían oído de Leócrates. De modo que es necesario considerar de gran importancia deliberar correctamente sobre él. Pues sabed bien, atenienses, que aquello en lo que más diferís de los demás hombres— en ser piadosos con los dioses, santos con los padres y ambiciosos con la patria—, parecería que descuidáis esto en gran medida si este escapara al castigo que vosotros le imponéis.
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Os pido, atenienses, que escuchéis mi acusación hasta el final y que no os molestéis si comienzo por los sucesos que entonces ocurrieron en la ciudad, sino que os irritéis con los responsables por los cuales me veo obligado ahora a recordarlos. Pues, habiéndose producido la batalla de Queronea y habiendo acudido todos vosotros a la asamblea, el pueblo decretó trasladar a los niños y mujeres desde los campos a las murallas, y que los estrategas dispusieran la guardia de los atenienses y de los demás que residían en Atenas, según lo que les pareciera. Leócrates, sin preocuparse por nada de esto,
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habiendo empaquetado el dinero que tenía, lo trasladó con sus criados a la barca, mientras la nave ya zarpaba cerca de la costa, y al atardecer, él mismo, con su amante Eirenide, salió por la poterna en medio de la costa, se acercó a la nave y se marchó huyendo, sin compadecerse de los puertos de la ciudad desde los que zarpaba, ni avergonzarse de las murallas de la patria cuya guardia dejó desierta en la parte que le correspondía; ni al mirar la acrópolis y el templo de Zeus Salvador y de Atenea Salvadora, a quienes traicionaba, tuvo miedo, a quienes ahora invoca para que lo salven de los peligros.
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Habiendo llegado a Rodas, como si anunciara grandes buenas nuevas a la patria, declaró que había dejado la ciudad tomada, que el Pireo estaba siendo asediado y que él era el único que se había salvado; y no se avergonzó de llamar a la desgracia de la patria su propia salvación. Y los rodios creyeron esto tan firmemente que, llenando trirremes, hicieron volver los barcos, y los mercaderes y capitanes que estaban preparados para navegar hacia aquí descargaron el grano y los demás bienes por causa de este.
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Y para que veáis que digo la verdad, se os leerán los testimonios de todos: primero, los de los vecinos y los que habitan en ese lugar, que saben que este huyó en la guerra y zarpó de Atenas; después, los de los que estuvieron presentes en Rodas cuando Leócrates declaraba esto; y después de esto, el testimonio de Furquino, a quien la mayoría de vosotros sabéis que acusaba a este en el pueblo, como que también había perjudicado gravemente el impuesto del cincuenta por ciento, participando de él.
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Antes de que suban los testigos, quiero hablaros brevemente. Pues no ignoráis, ciudadanos, ni los preparativos de los encausados ni las súplicas de los que piden favores, sino que sabéis con exactitud que, por dinero y por favor, muchos de los testigos han sido persuadidos a no recordar, a no venir o a encontrar otra excusa. Exigid, pues, que los testigos suban y no duden, ni consideren los favores más importantes que vosotros y la ciudad, sino que devuelvan a la patria lo verdadero y lo justo, y no abandonen este puesto ni imiten a Leócrates, o que, tomando los lugares sagrados según la ley, juren en falso. Si no hacen ninguna de estas dos cosas, los citaremos en nombre vuestro, de las leyes y de la democracia. Lee los testimonios.
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Testimonios. Después de esto, pues, ciudadanos, cuando pasó el tiempo y llegaban barcos de Atenas a Rodas, y era evidente que no había ocurrido ninguna desgracia en la ciudad, temeroso, zarpa de nuevo de Rodas y llega a Mégara; y vivió en Mégara más de cinco años teniendo como protector a un megarense, sin avergonzarse ni siquiera de los límites del territorio, sino viviendo como meteco en los territorios vecinos de la patria que lo había criado.
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Y se había condenado a sí mismo a un destierro perpetuo de tal manera que, habiendo hecho venir desde aquí a Amintas, el que tenía a su hermana mayor, y a Antígenes de Xupete, uno de sus amigos, y habiendo pedido a su pariente político que comprara de él los esclavos y la casa, para venderla por un talento, ordenó a partir de esto pagar a los acreedores lo que se debía y saldar las deudas de los eranos, y entregarle a él el resto.
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Habiendo gestionado todo esto, el mismo Amintas vuelve a vender los esclavos por treinta y cinco minas a Timocares de Acarnas, el que tenía a la hermana menor de este; y como Timocares no tenía dinero para dar, habiendo hecho un contrato y depositándolo ante Lisicles, pagaba una mina de interés a Amintas. Y para que no penséis que es un discurso, sino que sepáis la verdad, se os leerán también los testimonios de esto. Si Amintas estuviera vivo, lo habría presentado a él mismo; pero ahora os llamo a los que lo saben. Y léeme este testimonio, cómo Amintas compró a Leócrates en Mégara los esclavos y la casa.
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Testimonio. Escuchad también cómo Filomelo de Colargo y Menelao, el que fue embajador ante el rey, recibieron cuarenta minas de Amintas. Testimonio. Toma también para mí el de Timocares, el que compró los esclavos a Amintas por treinta y cinco minas, y el contrato.
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Testimonio. Contrato. Habéis escuchado a los testigos, ciudadanos; es digno indignarse y odiar a este Leócrates por lo que voy a decir. Pues no le bastó con poner a salvo solo su cuerpo y su dinero, sino que también los lugares sagrados de sus padres, que los antepasados le entregaron según vuestras costumbres y leyes patrias al establecerlos, los hizo venir a Mégara y los sacó del territorio, sin temer ni siquiera la denominación de los lugares sagrados de sus padres, porque al moverlos de la patria, consideró digno que lo acompañaran en su huida, abandonando los templos y el territorio que ocupaba, y establecerlos en tierra extranjera y ajena, y que fueran extraños al territorio y a las costumbres habituales en la ciudad de los megarenses.
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Y vuestros padres llamaban a la patria Atenas, con el mismo nombre que Atenea, como si ella hubiera tomado el territorio, para que los que honran a la diosa no abandonen la ciudad que tiene su mismo nombre; pero Leócrates, sin preocuparse de las leyes, ni de la patria, ni de los lugares sagrados, hizo que la ayuda de los dioses fuera exportable para vosotros. Y no le bastó con dañar a la ciudad tanto y de tal manera, sino que, viviendo en Mégara, usando como capital el dinero que sacó de vosotros, navegaba desde el Epiro, pasando por Cleopatra, hacia Léucade y de allí a Corinto.
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Y, sin embargo, ciudadanos, también sobre esto vuestras leyes definen los castigos extremos si algún ateniense transporta grano a otro lugar que no sea hacia vosotros. Entonces, al que traicionó en la guerra, transportó grano contra las leyes y no se preocupó ni de los lugares sagrados, ni de la patria, ni de las leyes, teniéndolo bajo vuestro voto,¿ no lo mataréis y lo convertiréis en ejemplo para los demás? Seríais entonces los más negligentes de todos los hombres y los que menos se irritan ante los sucesos terribles.
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Y observad esto también, ciudadanos, cómo realizo un examen justo sobre esto. Pues no creo que debáis votar sobre crímenes tan grandes conjeturando, sino conociendo la verdad, y que los testigos no testifiquen sin haber dado prueba, sino habiéndola dado. Pues los desafié con un desafío sobre todo esto, escribiéndolo y exigiendo torturar a los criados de este, como es digno hacer desafíos. Y léeme esto.
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Desafío. Escuchad, ciudadanos, el desafío. A la vez, pues, Leócrates no aceptaba esto y testificaba contra sí mismo que es un traidor de la patria; pues el que huyó de la prueba de los que lo saben ha confesado que son verdaderas las acusaciones. Pues,¿ quién de vosotros no sabe que, sobre los asuntos en disputa, parece ser lo más justo y democrático, cuando los criados o criadas saben lo que es necesario, examinarlos y torturarlos, y creer más en los hechos que en las palabras, especialmente sobre asuntos comunes, grandes y beneficiosos para la ciudad?
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Yo, pues, estoy tan lejos de haber hecho la denuncia injustamente contra Leócrates, que yo deseaba que la prueba se realizara con mis propios riesgos mediante los criados y criadas de Leócrates torturados, pero este, por saberlo él mismo, no lo soportó, sino que huyó. Y, sin embargo, ciudadanos, mucho más rápido los criados y criadas de Leócrates habrían negado algo de lo ocurrido o habrían mentido sobre lo que no existió de su propio amo.
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Aparte de esto, Leócrates gritará enseguida que es un particular y que es arrebatado por la habilidad del orador y del calumniador; pero yo creo que todos vosotros sabéis que de los que intentan calumniar es tarea elegir esto y buscar los lugares en los que realizarán los engaños contra los que compiten, mientras que los que presentan los juicios justamente y demuestran con exactitud a los culpables de las maldiciones parecen hacer lo contrario a estos,
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como nosotros. Razonad así sobre esto entre vosotros mismos.¿ A quiénes era imposible engañar con la habilidad y los preparativos del discurso? Por naturaleza, pues, siendo torturados, los criados y criadas iban a decir toda la verdad sobre todos los crímenes. Pero Leócrates huyó de entregarlos, y eso siendo no ajenos, sino suyos.
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¿ A quiénes parece posible seducir con las palabras y llevar a la compasión con las lágrimas la blandura de su carácter? A los jueces. Aquí ha llegado Leócrates, el traidor de la patria, no temiendo otra cosa que el que de la misma casa salgan los que demuestran con el hecho y el que es demostrado. Pues,¿ qué necesidad había de excusas, palabras o pretextos? Lo justo es sencillo,
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lo verdadero es fácil, la prueba es breve. Si admite que lo que está en la denuncia es verdadero y santo,¿ por qué no recibe el castigo de las leyes? Y si dice que esto no es verdadero,¿ por qué no ha entregado a los criados y a las criadas? Pues conviene al que se arriesga por traición entregar para torturar y no huir de ninguna de las pruebas más exactas.
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Pero no hizo nada de esto. Sino que, habiendo testificado contra sí mismo que es un traidor de la patria, de los lugares sagrados y de las leyes, exigirá que votéis lo contrario a sus propias confesiones y testimonios. Y,¿ cómo es justo permitir que este, que se ha privado de la facultad de su propia defensa por muchas otras cosas y por no aceptar lo justo, os engañe a vosotros mismos sobre los crímenes confesados?
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Sobre el desafío y el crimen, pues, que es algo confesado, creo, ciudadanos, que habéis aprendido lo suficiente; pero quiero recordaros en qué momentos y en qué grandes peligros estaba la ciudad cuando Leócrates la traicionó. Y tómame el decreto, escriba, el de Hipérides, y léelo.
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Decreto. Escuchad el decreto, ciudadanos, que decidió que el consejo de los quinientos bajara al Pireo para tratar sobre la guardia del Pireo estando en armas, y actuar, una vez preparado, lo que parezca beneficioso para el pueblo. Y, sin embargo, ciudadanos, si los que estaban exentos de hacer el servicio militar por deliberar sobre la ciudad pasaban el tiempo en el rango de los soldados,¿ os parecen pequeños y casuales los peligros que entonces se apoderaron de la ciudad?
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En los cuales este Leócrates también huyó de la ciudad y se marchó, y sacó el dinero que tenía, y mandó traer los lugares sagrados de sus padres, y llegó a tal punto de traición que, según la voluntad de este, los templos estaban desiertos, las guardias de las murallas desiertas, y la ciudad y el territorio habían sido abandonados.
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Y, sin embargo, en aquellos tiempos, ciudadanos,¿ quién no se habría compadecido de la ciudad, no solo un ciudadano sino también un extranjero que hubiera residido en los tiempos anteriores?¿ Y quién era entonces tan odiador del pueblo o de Atenas que hubiera podido soportar verse desordenado? Cuando la derrota y la desgracia ocurrida eran anunciadas al pueblo, la ciudad estaba erguida ante lo sucedido, y las esperanzas de salvación para el pueblo se habían depositado en los que tenían más de cincuenta años,
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y se podía ver en las puertas a mujeres libres, aterrorizadas, encogidas y preguntando si vivían, unas por su marido, otras por su padre, otras por sus hermanos, viéndose indignamente de ellas mismas y de la ciudad, y a los hombres que habían desfallecido en sus cuerpos y eran mayores de edad y estaban exentos por las leyes de hacer el servicio militar, se podía ver por toda la ciudad entonces, en el camino de la vejez, consumiéndose, con los mantos abrochados doblemente.
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Siendo muchos y terribles los sucesos en la ciudad, y habiendo tenido todos los ciudadanos las mayores desgracias, uno se habría dolido y llorado especialmente por las calamidades de la ciudad, cuando se podía ver al pueblo habiendo decretado a los esclavos libres, a los extranjeros atenienses, y a los privados de derechos con derechos; él que antes se enorgullecía de ser autóctono y libre.
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Y la ciudad había experimentado tal cambio que antes luchaba por la libertad de los demás griegos, y en aquellos tiempos se conformaba con poder arriesgarse con seguridad por su propia salvación, y antes dominaba mucho territorio de los bárbaros, y entonces se arriesgaba contra los macedonios por la propia; y el pueblo al que antes los lacedemonios, los peloponesios y los griegos que habitaban Asia llamaban como ayudante, este pedía ayuda a los de Andros, Ceos, Trecén y Epidauro para que se la enviaran. De modo que,
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ciudadanos, al que en tales miedos y tan grandes peligros y tanta vergüenza abandonó la ciudad, y ni puso las armas por la patria ni ofreció su cuerpo para que los estrategas lo dispusieran, sino que huyó y traicionó la salvación del pueblo,¿ qué juez amante de su ciudad y que quiera ser piadoso absolvería con su voto, o qué orador, al ser llamado, ayudaría al traidor de la ciudad, al que ni siquiera se atrevió a compartir el duelo por las calamidades de la patria, ni contribuyó en nada a la salvación de la ciudad y del pueblo?
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Y, sin embargo, en aquellos tiempos, ciudadanos, no hay edad que no se ofreciera para la salvación de la ciudad, cuando el territorio contribuía con los árboles, los muertos con las tumbas y los templos con las armas. Pues unos se ocupaban de la construcción de las murallas, otros de la de las zanjas, otros de la empalizada; y nadie estaba ocioso de los que estaban en la ciudad. En ninguno de los cuales Leócrates ofreció su cuerpo para que lo dispusieran.
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De los cuales es natural que vosotros, habiéndolos recordado, castiguéis con la muerte al que ni siquiera consideró digno contribuir ni ir al entierro de los que murieron en Queronea por la libertad y la salvación del pueblo, como si por parte de este aquellos hombres hubieran quedado sin sepultura; de los cuales este ni siquiera al pasar por sus tumbas se avergonzó, llamando a su patria ocho años después.
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Sobre los cuales, ciudadanos, quiero hablar un poco más, y os pido que escuchéis y no consideréis que tales discursos son ajenos a los juicios públicos; pues los elogios de los hombres buenos hacen clara la prueba contra los que practican lo contrario. Y además es justo que el elogio, que es el único premio de los peligros para los hombres buenos, este, puesto que también aquellos gastaron sus propias vidas por la salvación común de la ciudad, no dejarlo pasar en los juicios públicos y comunes de la ciudad.
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Pues aquellos se enfrentaron a los enemigos en los límites de Beocia luchando por la libertad de los griegos, no teniendo las esperanzas de salvación en las murallas, ni dejando que los enemigos dañaran el territorio, sino considerando que su propia valentía era una guardia más segura que los muros de piedra, y avergonzándose de pasar por alto que el territorio que los había criado fuera devastado,
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con razón; pues al igual que no todos tienen la misma benevolencia hacia los que los engendraron por naturaleza y hacia los padres adoptivos, así también están menos dispuestos hacia los territorios que no les pertenecen por naturaleza, sino que fueron adquiridos después. Habiendo usado tales intenciones y habiendo compartido los peligros por igual con los mejores hombres, no compartieron la suerte por igual; pues no disfrutan de la virtud viviendo, sino que, al morir, han dejado la gloria, no habiendo sido derrotados, sino habiendo muerto donde fueron destinados defendiendo la libertad.
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Y si hay que decir algo muy paradójico, pero verdadero, aquellos murieron venciendo. Pues los premios de la guerra para los hombres buenos, la libertad y la virtud, ambos pertenecen a los que murieron. Y además, ni siquiera es posible decir que fueron derrotados los que no temieron en sus mentes el miedo de los que venían. Pues a los únicos que mueren noblemente en las guerras, nadie podría decir con justicia que han sido derrotados; pues huyendo de la esclavitud, eligen una muerte gloriosa. Y lo demostró la
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virtud de estos hombres; pues fueron los únicos de todos los que tenían la libertad de Grecia en sus propios cuerpos. Pues a la vez que estos cambiaron de vida, los asuntos de Grecia cambiaron a la esclavitud; pues la libertad de los demás griegos fue enterrada junto con los cuerpos de estos. De donde también hicieron evidente a todos que no luchaban por interés privado, sino arriesgándose por la libertad común. De modo que, ciudadanos, no me avergonzaría de decir que las almas de aquellos son la corona de la patria.
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Y sabéis, atenienses, por qué no sin razón practicabais ser los únicos de los griegos en honrar a los hombres buenos; encontraréis que entre los demás hay atletas consagrados en las plazas, pero entre vosotros, estrategas buenos y los que mataron al tirano. Y no es fácil encontrar a tales hombres ni siquiera en toda Grecia, mientras que a los que han ganado los juegos de coronas se puede ver fácilmente que han surgido de muchos lugares. Así pues, al igual que otorgáis los mayores honores a los benefactores, así es justo castigar con los castigos extremos a los que deshonran y traicionan a la patria.
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Observad, ciudadanos, que ni siquiera está en vosotros absolver a este Leócrates, si hacéis lo justo. Pues este crimen ha sido juzgado y condenado. Pues el consejo del Areópago( y que nadie me interrumpa; pues considero que esta fue la mayor salvación para la ciudad entonces) mató a los que huyeron de la patria y abandonaron entonces a los enemigos. Y, sin embargo, ciudadanos, no penséis que los que juzgan santamente los crímenes de sangre de los demás cometerían ellos mismos tal ilegalidad contra alguno de los ciudadanos. Pero, ciertamente, vosotros condenasteis a Autólico,
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habiendo permanecido él en los peligros, pero teniendo la acusación de haber puesto a salvo a sus hijos y a su mujer, y lo castigasteis. Y, sin embargo, si castigasteis al que tenía la acusación de haber puesto a salvo a los inútiles para la guerra,¿ qué debe sufrir el que, siendo hombre, no devolvió la crianza a la patria? Además, el pueblo, habiendo considerado terrible lo que ocurría, decretó que fueran culpables de traición los que huían del peligro por la patria, considerando que eran dignos del castigo extremo.
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Lo que ha sido condenado ante el tribunal más justo, ha sido votado por vosotros, los que habéis sido elegidos para juzgar, y es admitido ante el pueblo que es digno del mayor castigo,¿ votaréis lo contrario a esto? Seríais entonces los más insensatos de todos los hombres y tendríais los menos dispuestos a arriesgarse por ellos.
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Que es culpable de todas las acusaciones, ciudadanos, Leócrates, es evidente; pero me entero de que intentará engañaros diciendo que zarpó como mercader y que por este trabajo se ausentó a Rodas. Si, pues, dice esto, pensad en cómo lo cogeréis fácilmente mintiendo. Pues, en primer lugar, no suben desde la costa por la poterna los que navegan por comercio, sino dentro del puerto, vistos y despedidos por todos los amigos; después, no con la amante y las criadas, sino solos con un niño que sirve.
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Además de esto,¿ qué sentido tenía que un ateniense residiera en Mégara durante cinco años como comerciante, trasladara sus bienes sagrados ancestrales y vendiera su casa aquí, si no era porque se había condenado a sí mismo por haber traicionado a la patria y haber perjudicado gravemente a todos? Lo cual sería lo más absurdo de todo: que ustedes, teniendo el poder del voto, absolvieran a alguien de quien él mismo esperaba recibir un castigo. Aparte de esto, no considero que deba aceptarse esta defensa.
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¿ Cómo no va a ser terrible que quienes se ausentan por motivos comerciales se apresuren a ayudar a la ciudad, mientras que este, solo en aquellos momentos y bajo el pretexto de trabajar, zarpara cuando nadie habría buscado obtener ganancias, sino solo preservar lo que ya tenía? Me gustaría preguntarle qué mercancía importaba que fuera más útil para la ciudad que ofrecer su cuerpo para ponerse a las órdenes de los estrategas y defenderse de los atacantes luchando junto a ustedes. Yo, por mi parte, no veo ninguna ayuda tan grande como esa.
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Es justo indignarse con él no solo por este acto, sino también por este argumento; pues se ha atrevido a mentir descaradamente. Ni antes se dedicó jamás a este oficio, sino que poseía caldereros, ni al zarpar entonces importó nada de Mégara, tras haber estado ausente seis años seguidos. Además, participaba del impuesto del cincuenta por ciento, el cual no habría abandonado para irse de viaje comercial. De modo que, si dice algo al respecto, ni siquiera creo que ustedes deban permitírselo.
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Quizás recurra a ese argumento que algunos de sus defensores le han aconsejado, diciendo que no es culpable de traición, pues no tenía el control de los astilleros, ni de las puertas, ni de los campamentos, ni en absoluto de nada de la ciudad. Yo, en cambio, considero que quienes controlan esas cosas solo habrían traicionado una parte de su poder, pero este hombre ha entregado la ciudad entera. Además, aquellos solo perjudican a los vivos al traicionar, pero este también a los difuntos y a los lugares sagrados del territorio, privándolos de las costumbres ancestrales.
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Y si la ciudad hubiera sido traicionada por aquellos, habría terminado siendo esclava, pero de la manera en que este la abandonó, habría quedado deshabitada. Además, es natural que las ciudades que atraviesan dificultades tengan un cambio a mejor, pero no aquellas que han sido totalmente destruidas y privadas de sus esperanzas comunes. Pues, al igual que para un hombre vivo existe la esperanza de cambiar tras una mala situación, pero al morir se destruye todo aquello por lo que uno podría ser feliz, así también ocurre con las ciudades: su desgracia llega a su fin cuando son destruidas.
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Porque, si hay que decir la verdad, la muerte de una ciudad es ser destruida. Y la prueba más grande es esta: nuestra ciudad fue esclavizada antiguamente por los tiranos, y más tarde por los Treinta, y sus murallas fueron derribadas por los lacedemonios; y, sin embargo, de ambas situaciones fuimos liberados y fuimos considerados dignos de ser los líderes de la felicidad de los griegos.
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Pero no todas las que han sido destruidas alguna vez han corrido la misma suerte. Pues, aunque sea algo antiguo de mencionar,¿ quién no ha oído que Troya, habiendo sido la mayor de las ciudades de aquel entonces y habiendo gobernado toda Asia, una vez que fue arrasada por los griegos, permanece deshabitada por siempre?¿ Y qué decir de Mesene, que quinientos años después fue repoblada por gente cualquiera?
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Quizás, pues, alguno de sus defensores se atreva a decir, restándole importancia al asunto, que nada de esto habría ocurrido por culpa de un solo hombre; y no se avergüenzan de presentar tal defensa ante ustedes, por la cual merecerían morir con justicia. Si admiten que abandonó la patria, que dejen que ustedes juzguen la magnitud de este hecho tras haberlo reconocido; pero si no ha hecho nada de esto en absoluto,¿ no es acaso una locura decir que nada habría ocurrido por su culpa?
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Yo, por mi parte, considero lo contrario, hombres: que la salvación de la ciudad depende de él. Pues la ciudad se mantiene habitada gracias a que cada uno cumple con su parte; por tanto, cuando alguien descuida esto en un solo punto, sin darse cuenta ha hecho lo mismo en todos. Y, sin embargo, es fácil, hombres, encontrar la verdad observando las intenciones de los antiguos legisladores.
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Ellos no establecieron la muerte para quien robara cien talentos y un castigo menor para quien robara diez dracmas; ni mataban al que cometía un gran sacrilegio y castigaban con menor pena al que cometía uno pequeño; ni multaban con dinero al que mataba a un esclavo y excluían de las leyes al que mataba a un libre, sino que, por igual, para todos los delitos, incluso los más pequeños, determinaron que la pena fuera la muerte.
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Pues cada uno de ellos no miraba el caso particular de lo sucedido, ni de ahí deducían la magnitud de las faltas, sino que observaban esto mismo: si ese delito, de extenderse, tiene la naturaleza de perjudicar gravemente a los hombres. Pues sería absurdo examinarlo de otra manera. Vamos, hombres, si alguien fuera al Metrón y borrara una sola ley, y luego se defendiera diciendo que la ciudad no corre peligro por ello,¿ no lo habrían matado? Yo creo que justamente, si es que pretendían salvar a los demás.
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De la misma manera, pues, hay que castigar a este hombre si pretenden hacer mejores a los demás ciudadanos; y no considerarán si es un solo hombre, sino el hecho en sí. Pues yo considero que es nuestra fortuna que no haya muchos como él, pero que, precisamente por eso, este merece recibir un castigo mayor, porque, solo entre los demás ciudadanos, buscó su propia salvación y no la común.
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Me indigno sobremanera, hombres, cuando escucho a alguien de los que están con él decir que no es traición si alguien se fue de la ciudad; pues también sus antepasados, en una ocasión, al abandonar la ciudad cuando luchaban contra Jerjes, cruzaron a Salamina. Y es tan insensato y ha despreciado tanto a ustedes que se ha atrevido a comparar la más noble de las acciones con la más vergonzosa.
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¿ Dónde no ha sido célebre la virtud de aquellos hombres?¿ Y quién es tan envidioso o tan carente de ambición que no desearía participar de lo que ellos hicieron? Pues no abandonaron la ciudad, sino que cambiaron de lugar, habiendo deliberado bien ante el peligro inminente.
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Eteónico el lacedemonio, Adimanto el corintio y la flota de los eginetas pretendían procurarse su salvación durante la noche; pero nuestros antepasados, abandonados por todos los griegos, liberaron a la fuerza también a los demás, obligándolos a luchar en Salamina contra los bárbaros junto a ellos. Y fueron los únicos que superaron a ambos, tanto a los enemigos como a los aliados, como correspondía a cada uno: beneficiando a unos y venciendo a otros en combate.¿ Acaso son iguales al que huye de la patria en un viaje de cuatro días a Rodas?
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Seguramente alguno de aquellos hombres habría tolerado rápidamente tal acción, y no habrían lapidado al que deshonraba su propia valentía. De tal modo amaban todos a la patria que al embajador de Jerjes, Alejandro, siendo amigo suyo anteriormente, casi lo lapidan porque pidió tierra y agua. Y donde consideraban que incluso las palabras merecían castigo,¿ cómo no habrían castigado con grandes penas al que entregó la ciudad de hecho a los enemigos?
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Por consiguiente, al mantener tales principios, se convirtieron en líderes de los griegos durante noventa años, saquearon Fenicia y Cilicia, vencieron en el Eurimedonte tanto en tierra como en mar, capturaron cien trirremes de los bárbaros y navegaron alrededor de toda Asia haciendo estragos.
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Y el colmo de la victoria: no se conformaron con erigir el trofeo en Salamina, sino que, fijando límites a los bárbaros para la libertad de Grecia, y prohibiéndoles cruzarlos, hicieron tratados: que no navegaran con barcos de guerra dentro de las Cianeas y Fasélide, y que los griegos fueran autónomos, no solo los que habitaban Europa, sino también los que habitaban Asia.
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Y, sin embargo,¿ creen que si todos hubieran huido usando la mentalidad de Leócrates, habría ocurrido alguna de estas nobles hazañas, o que ustedes seguirían habitando este país? Es necesario, pues, hombres, que así como elogian y honran a los buenos, así también odien y castiguen a los malos, especialmente a Leócrates, quien ni les temió ni les tuvo respeto.
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Y, sin embargo, observen de qué manera han pensado ustedes sobre esto y qué disposición tienen. Pues vale la pena, aunque sea ante quienes ya lo saben, exponerlo; pues, por Atenea, las antiguas leyes y las costumbres de quienes las establecieron desde el principio son un elogio de la ciudad, y si les prestan atención, harán lo justo y parecerán ante todos los hombres dignos y merecedores de la ciudad.
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Pues ustedes tienen un juramento que prestan todos los ciudadanos cuando son inscritos en el registro de los demos y se convierten en efebos: no deshonrar las armas sagradas ni abandonar el puesto, sino defender a la patria y entregarla mejor. Si Leócrates ha jurado esto, ha cometido perjurio abiertamente, y no solo ha perjudicado a ustedes, sino que también ha sido impío ante la divinidad. Y si no lo ha jurado, desde el principio está claro que se preparó para no hacer nada de lo debido, por lo cual merecerían castigarlo justamente tanto en nombre de ustedes como en el de los dioses.
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Deseo que escuchen el juramento. Lee, secretario. Juramento. No deshonraré las armas sagradas, ni abandonaré al compañero de fila dondequiera que me encuentre; defenderé lo sagrado y lo profano, y no entregaré la patria menor, sino mayor y mejor, tanto por mí mismo como con todos, y obedeceré a los que gobiernen con sensatez. Y a las leyes establecidas y a las que en el futuro se establezcan con sensatez; y si alguien las deroga, no lo permitiré, tanto por mí mismo como con todos, y honraré los ritos ancestrales. Testigos son los dioses: Ágraulo, Hestia, Enio, Enialio, Ares y Atenea Areia, Zeus, Taló, Auxó, Hegemón, Heracles, los límites de la patria, el trigo, la cebada, las vides, los olivos, las higueras. Hermoso y sagrado es el juramento, hombres. Leócrates ha hecho todo lo contrario a esto. Y, sin embargo,¿ cómo podría un hombre ser más impío o más traidor a la patria?¿ Y de qué manera podría alguien deshonrar más las armas que si no quisiera tomarlas y defenderse de los enemigos?¿ Y cómo no ha abandonado también al compañero de fila y el puesto aquel que ni siquiera se ofreció para ocupar su lugar?
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¿ Y dónde habría defendido lo sagrado y lo profano aquel que no soportó ningún peligro?¿ Y a quién habría traicionado la patria con una traición mayor? Pues, en lo que a él respecta, al haber sido abandonada, está a merced de los enemigos. Entonces,¿ no matarán a este hombre que es culpable de todas las injusticias?¿ A quiénes, pues, castigarán?¿ A los que han cometido solo una de estas faltas? Entonces será fácil entre ustedes cometer grandes injusticias si resulta que se indignan más por las pequeñas.
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Y, sin embargo, hombres, también deben saber esto: que lo que mantiene la democracia es el juramento. Pues hay tres cosas de las que se compone el Estado: el magistrado, el juez y el ciudadano privado. Cada uno de ellos da esta garantía, y con razón; pues a los hombres, muchos ya los han engañado y, pasando inadvertidos, no solo se han librado de los peligros presentes, sino que también durante el resto del tiempo están libres de estos delitos; pero a los dioses, nadie podría engañarlos al perjurar ni escapar del castigo que viene de ellos, sino que, si no él mismo, sus hijos y todo el linaje del que ha jurado en falso caen en grandes desgracias.
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Por eso, jueces, todos los griegos dieron esta garantía entre sí en Platea, cuando estaban a punto de formarse en batalla contra el ejército de Jerjes, no inventándola ellos mismos, sino imitando el juramento acostumbrado entre ustedes. Es digno de escucharlo; pues, aunque los hechos de entonces son antiguos, es posible ver suficientemente en lo escrito la virtud de aquellos. Léemelo.
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Juramento. No consideraré la vida más importante que la libertad, ni abandonaré a los líderes, ni vivos ni muertos, sino que enterraré a todos los aliados que hayan muerto en la batalla. Y tras vencer en la guerra a los bárbaros, no destruiré ninguna de las ciudades que lucharon por Grecia, pero diezmaré a todas las que eligieron la causa del bárbaro. Y no reconstruiré en absoluto ninguno de los templos incendiados y derribados por los bárbaros, sino que dejaré que permanezcan como recordatorio para los descendientes de la impiedad de los bárbaros.
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De tal modo, hombres, todos perseveraron en esto que tuvieron también la benevolencia de los dioses como ayuda, y, siendo todos los hombres griegos valientes ante el peligro, su ciudad fue la que más se distinguió. Lo cual sería lo más terrible de todo: que sus antepasados se atrevieran a morir para que la ciudad no perdiera su reputación, y que ustedes no castiguen a quienes la deshonran, sino que permitan que la gloria común, reunida con muchos esfuerzos, se destruya por la maldad de tales hombres.
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Y, sin embargo, hombres, solo a ustedes entre los griegos no les es posible permitir nada de esto. Deseo exponerles brevemente algunos hechos antiguos, usando los cuales como ejemplos deliberarán mejor tanto sobre estos como sobre los demás asuntos. Pues esto es lo que tiene de mayor bien su ciudad: que ha sido un ejemplo de nobles acciones para los griegos; pues cuanto más antigua es en el tiempo que todas, tanto más han sobresalido nuestros antepasados en virtud sobre los demás hombres.
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Pues, bajo el reinado de Codro, habiendo escasez en el país de los peloponesios, decidieron hacer campaña contra nuestra ciudad, expulsar a nuestros antepasados y repartirse el país. Y primero, enviando a Delfos, preguntaron al dios si tomarían Atenas; y habiendo respondido el dios que tomarían la ciudad si no mataban al rey de los atenienses, Codro, hicieron campaña contra Atenas.
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Cleomantis, un delfio, al enterarse del oráculo, lo comunicó en secreto a los atenienses; así, nuestros antepasados, al parecer, seguían teniendo benevolentes incluso a los extranjeros. Y al invadir los peloponesios el Ática,¿ qué hacen nuestros antepasados, jueces? No abandonaron el país como Leócrates, ni entregaron a los enemigos la tierra que los crió y los lugares sagrados, sino que, siendo pocos, se encerraron, fueron sitiados y resistieron por la patria.
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Y eran tan nobles, hombres, los reyes de entonces que preferían morir por la salvación de sus súbditos antes que cambiar de país estando vivos. Dicen, pues, que Codro, tras ordenar a los atenienses que estuvieran atentos cuando él muriera, tomó un disfraz de mendigo para engañar a los enemigos, se deslizó por las puertas y se puso a recoger leña ante la ciudad; y al acercársele dos hombres del campamento y preguntarle por la situación de la ciudad, mató a uno de ellos golpeándolo con la hoz, y al otro, que quedó,
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enfurecido con Codro y creyendo que era un mendigo, desenvainó la espada y mató a Codro. Tras suceder esto, los atenienses enviaron un heraldo y pidieron que les entregaran al rey para enterrarlo, contándoles toda la verdad; los peloponesios lo entregaron, y al darse cuenta de que ya no era posible para ellos tomar el país, se retiraron. Y a Cleomantis el delfio, la ciudad le dio, tanto a él como a sus descendientes, manutención perpetua en el pritaneo.
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¿ Acaso amaban a la patria igual que Leócrates los reyes de entonces, que preferían morir engañando a los enemigos por ella y cambiar su propia alma por la salvación común? Por consiguiente, son los únicos que llevan el nombre del país y han recibido honores divinos, y con razón; pues, por la que tanto se esforzaron, justamente la heredaron incluso muertos.
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Pero Leócrates, ni vivo ni muerto, podría participar justamente de ella, y sería el único en ser desterrado del país, el cual abandonó a los enemigos y se fue; pues no es noble que la misma tierra cubra a los que sobresalen en virtud y al peor de todos los hombres.
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Y, sin embargo, intentó decir, lo que quizás dirá ahora ante ustedes, que nunca habría soportado este juicio sabiendo que había cometido tal cosa; como si todos los ladrones y sacrílegos no usaran este mismo argumento. Pues no es señal de que no lo hayan hecho, sino de la desvergüenza que tienen. Pues no hay que decir eso, sino que no zarpó, ni abandonó la ciudad, ni residió en Mégara; esas son las pruebas del hecho,
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ya que, en cuanto a su llegada, creo que algún dios lo trajo al castigo mismo, para que, puesto que huyó del peligro glorioso, encontrara una muerte sin gloria y deshonrosa, y se pusiera a merced de aquellos a quienes traicionó. Pues, si sufriera desgracias en otro lugar, aún no estaría claro si paga por esto, pero aquí, ante aquellos a quienes traicionó, es evidente que sufre este castigo por sus propias transgresiones.
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Pues los dioses no hacen nada antes que desviar la mente de los hombres malvados; y me parece que algunos de los antiguos poetas, como si hubieran escrito oráculos para los descendientes, dejaron estos yambos: cuando la ira de los dioses daña a alguien, esto mismo, lo primero, le quita el buen juicio de la mente y lo vuelve hacia una opinión peor, para que no sepa nada de lo que comete.
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¿ Quién de los mayores no recuerda, o de los jóvenes no ha oído, a Calístrato, cuya muerte condenó la ciudad, que huyó y, tras escuchar del dios en Delfos que si iba a Atenas obtendría las leyes, llegó y se refugió en el altar de los doce dioses, y no por ello dejó de morir a manos de la ciudad? Justamente; pues obtener las leyes es un castigo para los que han cometido injusticias. Y el dios devolvió correctamente a los perjudicados el castigo del culpable; pues sería terrible que las mismas señales aparecieran para los piadosos y para los malvados.
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Yo, por mi parte, hombres, considero que la providencia de los dioses observa todas las acciones humanas, pero especialmente la que se refiere a los padres, a los difuntos y la piedad hacia ellos, y con razón; pues, de quienes hemos recibido el principio de la vida y hemos recibido muchísimos bienes, no solo cometer una falta contra ellos, sino no consumir la propia vida beneficiándolos es la mayor impiedad.
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Se dice, pues, en Sicilia( pues, aunque sea más mítico, será apropiado que ustedes, los más jóvenes, lo escuchen) que de la Etna surgió un torrente de fuego; y dicen que este fluía tanto sobre el resto del país como hacia una ciudad de los que allí habitaban. Los demás, pues, se lanzaron a la huida buscando su propia salvación, pero uno de los más jóvenes, viendo a su padre, que era mayor y no podía retirarse, sino que estaba siendo alcanzado, lo tomó y lo cargó.
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Y, al añadirse la carga, creo que él también fue alcanzado. De donde es digno observar la divinidad, que es benevolente con los hombres buenos. Pues se dice que el fuego rodeó aquel lugar y que solo ellos se salvaron, de donde el lugar todavía hoy es llamado el campo de los piadosos; mientras que todos los que huyeron rápidamente y abandonaron a sus padres perecieron.
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De modo que también ustedes deben, teniendo el testimonio de los dioses, castigar unánimemente a este hombre, que es culpable de todos los mayores delitos en lo que a él respecta. Pues privó a los dioses de los honores ancestrales, abandonó a sus padres a los enemigos y no permitió que los difuntos recibieran los ritos.
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Y, sin embargo, consideren, hombres; pues no me apartaré de los antiguos; pues lo que ellos hacían y por lo que se sentían orgullosos, eso es lo que ustedes, al escucharlo, aceptarían justamente. Dicen que Eumolpo, hijo de Poseidón y Quíone, vino con los tracios disputando este país, y que en aquellos tiempos reinaba Erecteo, que tenía por esposa a Praxitea, hija de Cefiso.
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Y estando un gran ejército a punto de invadir el país, fue a Delfos y preguntó al dios qué debía hacer para obtener la victoria sobre los enemigos. Habiéndole respondido el dios que si sacrificaba a su hija antes de que los ejércitos se enfrentaran, vencería a los enemigos, él, obedeciendo al dios, hizo esto y expulsó del país a los invasores.