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Against Agoratus
LysiasAgor 1 · spanish-geminiMore by Lysias
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Es apropiado, señores jueces, que todos ustedes busquen justicia por aquellos hombres que murieron siendo leales a su pueblo, y no es menos apropiado para mí; pues Dionisodoro era mi pariente político y primo. Resulta, pues, que tengo la misma enemistad hacia este Ágorato que la que tiene su pueblo; pues este hombre cometió tales actos por los cuales es ahora justamente odiado por mí y, si Dios quiere, será justamente castigado por ustedes.
2
Pues a Dionisodoro, mi pariente político, y a otros muchos, cuyos nombres oirán, hombres que eran buenos para con su pueblo, los mató bajo el gobierno de los Treinta, convirtiéndose en delator contra ellos. Al hacer esto, me causó un gran perjuicio a mí y a cada uno de los allegados, y a la ciudad en su conjunto, al privarla de tales hombres, no le causó un daño pequeño,
3
según creo yo. Por tanto, señores jueces, considero justo y piadoso que tanto yo como todos ustedes busquemos justicia en la medida en que cada uno pueda; y al hacer esto, creo que nos irá mejor tanto ante los dioses como ante los hombres. Pero es necesario que ustedes, señores atenienses, escuchen desde el principio todos los hechos,
4
para que sepan, primero, de qué manera fue derrocada su democracia y por quién, luego, de qué manera murieron los hombres a manos de Ágorato, y, en efecto, qué encargaron cuando estaban a punto de morir; pues al conocer todo esto con precisión, condenarían a este Ágorato con mayor satisfacción y mayor piedad. Por tanto, desde donde nosotros podremos explicarlo más fácilmente y ustedes podrán aprenderlo, desde ahí comenzaré a relatarles.
5
Pues cuando sus naves fueron destruidas y los asuntos en la ciudad se habían debilitado, no mucho tiempo después las naves de los lacedemonios llegaron al Pireo, y al mismo tiempo se entablaban conversaciones con los lacedemonios sobre la paz.
6
En este tiempo, aquellos que deseaban que ocurrieran cambios políticos en la ciudad conspiraban, creyendo haber encontrado la ocasión más propicia y que en aquel momento podrían establecer los asuntos como ellos mismos deseaban.
7
Consideraban que no había otro obstáculo para ellos que los que estaban al frente del pueblo, los estrategas y los taxiarcos. Por tanto, querían de alguna manera quitarlos de en medio, para poder llevar a cabo fácilmente lo que deseaban. Primero, pues, atacaron a Cleofonte de tal manera.
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Cuando se celebraba la primera asamblea sobre la paz y los que venían de parte de los lacedemonios decían bajo qué condiciones estaban dispuestos los lacedemonios a hacer la paz, si se derribaban diez estadios de cada uno de los Muros Largos, entonces ustedes, señores atenienses, no soportaron escuchar sobre el derribo de los muros, y Cleofonte, levantándose en nombre de todos ustedes, se opuso diciendo que de ninguna manera era posible hacer eso.
9
Después de esto, Terámenes, conspirando contra su pueblo, se levanta y dice que, si lo eligen a él embajador plenipotenciario para la paz, hará que no sea necesario ni derribar los muros ni disminuir en nada la ciudad; y que creía que también conseguiría algún otro bien de los lacedemonios para la ciudad.
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Convencidos, ustedes lo eligieron a él embajador plenipotenciario, a quien el año anterior, habiendo sido elegido estratega, habían rechazado, por no considerarlo leal a su pueblo.
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Él, pues, habiendo ido a Lacedemonia, permaneció allí mucho tiempo, dejándolos a ustedes sitiados, sabiendo que su pueblo estaba en apuros tanto por la guerra como porque la mayoría de los ciudadanos carecían de lo necesario, pensando que, si los dejaba en la miseria tal como los dejó, estarían dispuestos a hacer la paz de cualquier tipo con gusto.
12
Los que aquí permanecían y conspiraban para derrocar la democracia llevan a Cleofonte a juicio, con el pretexto de que no acudió a las armas para descansar, pero la verdad es que se opuso en nombre de ustedes a que se derribaran los muros. Contra él, pues, habiendo preparado un tribunal y habiendo entrado, los que deseaban establecer una oligarquía lo mataron con este pretexto.
13
Terámenes llega más tarde de Lacedemonia. Acercándose a él algunos de los estrategas y de los taxiarcos, entre los cuales estaban Estrombíquides y Dionisodoro, y otros ciudadanos leales a ustedes, como demostraron después, se indignaron profundamente. Pues vino trayendo una paz tal, que nosotros, al conocerla por los hechos, la comprendimos; pues perdimos a muchos ciudadanos buenos,
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y nosotros mismos fuimos expulsados por los Treinta. Pues en lugar de derribar diez estadios de los Muros Largos, se incluía derribar todos los Muros Largos, y en lugar de conseguir algún otro bien para la ciudad, entregar las naves a los lacedemonios y derribar el muro alrededor del Pireo.
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Al ver estos hombres que, aunque se llamaba paz de nombre, en la realidad se estaba derrocando la democracia, dijeron que no permitirían que esto sucediera, no compadeciéndose, señores atenienses, de los muros, por si caían, ni preocupándose por las naves, por si eran entregadas a los lacedemonios( pues nada más les importaba esto a ellos que a cada uno de ustedes),
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sino al darse cuenta de que por este camino su pueblo iba a ser derrocado, y no, como dicen algunos, porque no desearan que hubiera paz, sino porque querían hacer una paz mejor que esa para el pueblo de los atenienses. Creían que podrían, y habrían logrado esto, si no hubieran muerto a manos de este Ágorato.
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Al darse cuenta Terámenes y los demás que conspiraban contra ustedes de que había algunos que impedirían que el pueblo fuera derrocado y se opondrían en defensa de la libertad, eligieron, antes de que se celebrara la asamblea sobre la paz, someter a estos primero a calumnias y peligros, para que nadie allí hablara en contra en nombre de su pueblo. Por tanto, traman tal conspiración.
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Pues convencen a este Ágorato de que se convierta en delator contra los estrategas y los taxiarcos, sin que ellos supieran nada, señores atenienses( pues seguramente aquellos no eran tan insensatos y faltos de amigos como para invitar a Ágorato, siendo esclavo e hijo de esclavos, como alguien fiel y leal, mientras tramaban asuntos de tal envergadura), sino que a ellos les pareció que este era un delator adecuado.
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Querían, pues, que pareciera que él delataba contra su voluntad y no voluntariamente, para que la delación pareciera más creíble. Y cómo delató voluntariamente, creo que ustedes también se darán cuenta por los hechos ocurridos. Pues envían al Consejo que gobernaba antes de los Treinta a Teócrito, el llamado hijo de Elafosticto; este Teócrito era compañero y allegado de Ágorato.
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El Consejo que gobernaba antes de los Treinta estaba corrompido y deseaba la oligarquía, como saben, sobremanera. Y una prueba: pues la mayoría de los miembros de aquel Consejo formaron el Consejo posterior bajo los Treinta.¿ Y por qué les digo esto? Para que sepan que los decretos de aquel Consejo no fueron hechos por lealtad a ustedes, sino para el derrocamiento de su democracia, y para que presten atención a ellos como tales.
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Habiendo entrado en este Consejo en secreto, Teócrito delata que algunos se están reuniendo para oponerse a los asuntos que entonces se estaban estableciendo. No dijo que diría los nombres de ellos uno por uno; pues dijo que había jurado los mismos juramentos que ellos, y que había otros que dirían los nombres, pero que él mismo nunca haría eso.
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Y sin embargo, si la delación no hubiera sido preparada,¿ cómo no habría obligado el Consejo a Teócrito a decir los nombres y no hacer la delación anónima? Pero ahora se vota este decreto.
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Decreto. Una vez que se votó este decreto, los consejeros elegidos bajan al Pireo hacia Ágorato, y al encontrarlo en el ágora intentaban llevarlo. Habiendo llegado Nicias, Nicómenes y otros, al ver que los asuntos en la ciudad no estaban de la mejor manera, dijeron que no entregarían a Ágorato, y lo reclamaban, daban garantías y aceptaban presentarlo ante el Consejo.
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Los consejeros, habiendo anotado los nombres de los que daban garantías y se oponían, se fueron a la ciudad. Ágorato y los garantes se sientan en el altar en Muniquia; una vez que se sentaron, deliberaban qué debían hacer. A los garantes y a todos los demás les pareció que debían quitar a Ágorato de en medio lo antes posible,
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y habiendo preparado dos barcos en Muniquia, le suplicaban de todas formas que se fuera de Atenas, y ellos mismos decían que navegarían con él, hasta que los asuntos se establecieran, diciendo que, si era llevado ante el Consejo, siendo torturado quizás se vería obligado a decir los nombres de los atenienses que los que deseaban causar algún mal en la ciudad propusieran.
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A pesar de que ellos suplicaban esto, habían preparado barcos y ellos mismos estaban listos para navegar juntos, este Ágorato no quiso obedecerles. Y sin embargo, Ágorato, si no tuvieras nada preparado y confiaras en que no sufrirías ningún mal,¿ cómo no te habrías ido, estando los barcos preparados y los garantes listos para navegar contigo? Pues todavía te era posible, y el Consejo aún no te dominaba.
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Pero, ciertamente, no eran iguales tu situación y la de ellos. Pues, en primer lugar, ellos eran atenienses, así que no temían ser torturados; luego, estaban dispuestos a abandonar su propia patria y navegar contigo, habiendo considerado que esto era más ventajoso que el que muchos ciudadanos buenos murieran injustamente a manos tuyas. Para ti, en primer lugar, había peligro de ser torturado si te quedabas, luego, no habrías abandonado tu propia patria;
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de modo que de todas formas te convenía más a ti que a ellos navegar, si no hubiera algo en lo que confiaras. Pero ahora, finges que fue contra tu voluntad, pero voluntariamente mataste a muchos atenienses buenos. Y que todo lo que digo fue preparado, hay testigos y el propio decreto del Consejo testificará contra ti.
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Testigos. Decreto. Una vez que se votó este decreto y llegaron los del Consejo a Muniquia, Ágorato se levantó voluntariamente del altar; y sin embargo, ahora dice que fue llevado por la fuerza.
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Una vez que fueron llevados ante el Consejo, Ágorato delata primero los nombres de sus propios garantes, luego los de los estrategas y los taxiarcos, y luego también los de otros ciudadanos. Este fue el comienzo de todo el mal. Y que delató los nombres, creo que él mismo lo admitirá; si no, lo refutaré en flagrante. Responde, pues, ante mí.
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Pregunta. Deseaban, pues, señores jueces, que delatara los nombres de aún más personas; tanto se esforzaba el Consejo en causar algún mal, que no les parecía que hubiera dicho toda la verdad. A todos estos, pues, los delata voluntariamente, sin que hubiera ninguna necesidad. Después de esto, delata además a otros ciudadanos.
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Cuando la asamblea se celebraba en el teatro de Muniquia, algunos se preocupaban tanto de que también en el pueblo hubiera una delación sobre los estrategas y los taxiarcos( pues sobre los demás bastaba con que la delación se hubiera hecho solo en el Consejo), que también allí lo presentan ante el pueblo. Y respóndeme, Ágorato; pues no creo que vayas a negar lo que hiciste ante todos los atenienses.
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Pregunta. Él mismo lo admite, pero aun así se les leerán los decretos del pueblo. Decretos. Que este Ágorato delató los nombres de aquellos hombres, tanto los del Consejo como los del pueblo, y que es el asesino de ellos, creo que ustedes casi lo saben; que, por tanto, fue el causante de todos los males para la ciudad y que no es apropiado que nadie se compadezca de él, creo que se lo demostraré en resumen.
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Pues cuando aquellos fueron arrestados y encadenados, entonces también Lisandro entró en sus puertos, y sus naves fueron entregadas a los lacedemonios, y los muros fueron derribados, y los Treinta se establecieron,¿ y qué males no le ocurrieron a la ciudad?
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Una vez que los Treinta se establecieron, inmediatamente hacían juicio a estos hombres en el Consejo, mientras que el pueblo había votado en el tribunal por dos mil. Y léeme el decreto.
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Decreto. Si, pues, hubieran sido juzgados en el tribunal, se habrían salvado fácilmente; pues todos ustedes ya sabían en qué mal estaba la ciudad, en el cual ya no podían ayudar en nada. Pero ahora los llevan ante el Consejo bajo los Treinta. Y el juicio se celebraba de tal manera como ustedes mismos saben.
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Pues los Treinta estaban sentados en los bancos, donde ahora se sientan los pritanos; y dos mesas estaban puestas delante de los Treinta; y el voto no debía ponerse en urnas, sino abiertamente sobre estas mesas, el que condenaba en la última, de modo que,¿ de qué manera iba a salvarse alguno de ellos? En una palabra,
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a todos los que entraron en el Consejo bajo los Treinta para ser juzgados, se les condenó a muerte y no absolvieron a nadie, excepto a este Ágorato; a este lo soltaron por ser un benefactor. Y para que sepan cuántos han muerto a manos de este, quiero leerles sus nombres.
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Nombres. Una vez que, señores jueces, fueron condenados a muerte y debían morir, uno manda llamar a la cárcel a su hermana, otro a su madre, otro a su esposa, o quien fuera que estuviera allegado a cada uno de ellos, para que, habiéndose despedido por última vez de los suyos, terminaran así su vida.
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Y, en efecto, Dionisodoro manda llamar a mi hermana a la cárcel, que era su esposa. Ella, al enterarse, llega, vestida con un manto negro,
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como era natural ante su marido que sufría tal desgracia. Ante mi hermana, Dionisodoro dispuso sus asuntos personales como le pareció, y hablaba sobre este Ágorato diciendo que él era el causante de su muerte, y encargaba a mí y a este Dionisio,
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su hermano, y a todos sus amigos que buscaran justicia por él contra Ágorato; y encargaba a su esposa, creyendo que estaba embarazada de él, que si nacía un niño, le dijera al que naciera que Ágorato mató a su padre, y que le ordenara buscar justicia por él como asesino. Que digo la verdad, presentaré testigos de esto.
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Testigos. Estos, pues, señores atenienses, murieron tras ser delatados por Ágorato; una vez que los Treinta los quitaron de en medio, creo que ustedes casi saben cuántos y qué terribles males ocurrieron después en la ciudad; de todos los cuales este es el causante al haber matado a aquellos. Me duele, pues, recordar las desgracias ocurridas en la ciudad,
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pero es necesario, señores jueces, en el momento presente, para que sepan cuánto es apropiado que ustedes se compadezcan de Ágorato. Pues conocen a los ciudadanos traídos de Salamina, cómo eran y cuántos, y con qué destrucción murieron a manos de los Treinta; conocen a los de Eleusis, cuántos sufrieron esta desgracia; y recuerdan también a los que aquí, por enemistades privadas, eran llevados a la cárcel;
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quienes, sin haber hecho ningún mal a la ciudad, eran obligados a morir con la destrucción más vergonzosa y deshonrosa, unos dejando a sus padres ancianos, que esperaban ser cuidados en su vejez por sus propios hijos y, cuando terminaran su vida, ser enterrados, otros dejando hermanas solteras, otros hijos pequeños que aún necesitaban muchos cuidados;
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quienes, señores jueces,¿ qué opinión creen que tienen sobre este, o qué voto creen que darían, si dependiera de ellos, al haber sido privados por este de lo más querido? Además, cómo fueron derribados los muros y las naves entregadas a los enemigos y los astilleros destruidos y los lacedemonios tenían nuestra acrópolis y todo el poder de la ciudad fue anulado, de modo que la ciudad no se diferenciaba en nada de la ciudad más pequeña.
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Además de esto, perdieron sus bienes privados, y al final todos fueron expulsados de la patria por los Treinta. Aquellos hombres buenos, al darse cuenta de esto, dijeron que no permitirían que se hiciera la paz, señores jueces;
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a quienes tú, Ágorato, mataste cuando deseaban hacer algún bien a la ciudad, delatándolos ante la ciudad por conspirar contra su pueblo, y eres el causante de todos los males ocurridos en la ciudad. Ahora, pues, recordando cada uno tanto sus desgracias privadas como las comunes de la ciudad, busquen justicia contra el causante de esto.
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Y yo me pregunto, señores jueces, qué se atreverá a decir en su defensa ante ustedes; pues debe demostrar que no delató a estos hombres ni es el causante de su muerte, lo cual nunca podría demostrar.
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Pues, en primer lugar, los decretos suyos del Consejo y el del pueblo testifican contra él, declarando explícitamente sobre quiénes ha delatado Ágorato. Luego, el juicio en el que fue juzgado bajo los Treinta y fue absuelto, dice explícitamente que, según dice, pareció haber denunciado la verdad. Y léeme.
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Decretos. Sentencia. Que no delató, de ninguna manera podría demostrarlo; debe, pues, demostrar que delató esto justamente, al verlos haciendo cosas malvadas y no convenientes para su pueblo. Y creo que ni siquiera intentará demostrar esto. Pues seguramente, si hubieran hecho algún mal al pueblo de los atenienses, los Treinta, temiendo que el pueblo fuera derrocado, no los habrían matado buscando justicia por el pueblo, sino que creo que todo lo contrario.
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Pero quizás dirá que causó tantos males contra su voluntad. Yo no creo, señores jueces, que ni siquiera si alguien les causara grandes males contra su voluntad, de los cuales no es posible que haya exageración, por eso no deban ustedes defenderse. Además, recuerden también aquello, que le era posible a este Ágorato, antes de ser llevado al Consejo; pues se habían preparado barcos en Muniquia, salvarse; pues se habían preparado barcos y los garantes estaban listos para irse con él.
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Y sin embargo, si hubieras obedecido a aquellos y hubieras querido navegar con ellos, ni voluntaria ni involuntariamente habrías matado a tantos atenienses; pero ahora, convencido por quienes entonces fuiste convencido, si dijeras solo los nombres de los estrategas y los taxiarcos, pensabas que lograrías algo grande de ellos. Por tanto, no debes obtener ninguna indulgencia de nosotros, puesto que ni aquellos obtuvieron ninguna de ti, a quienes tú mataste.
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Y Hipias el tasio y Jenofonte el curio, que fueron mandados llamar por el Consejo por la misma causa que este, estos murieron, uno tras ser torturado, Jenofonte, y el otro, Hipias, así, porque no parecían dignos de salvación para los Treinta( pues no mataban a ningún ateniense); pero Ágorato fue absuelto, porque les parecía que había hecho lo que más deseaban.
55
Oigo que él también menciona a Menéstrato sobre estas delaciones. El asunto de Menéstrato ocurrió de tal manera. Este Menéstrato fue delatado por Ágorato y, tras ser arrestado, estaba encadenado; Hagnodoro era anfitropeo, ciudadano del demo de Menéstrato, pariente político de Critias, uno de los Treinta. Este, pues, cuando la asamblea se celebraba en el teatro de Muniquia, queriendo a la vez que Menéstrato se salvara, y a la vez que el mayor número posible de delatados murieran, lo presenta ante el pueblo, y le consiguen la impunidad según este decreto.
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Decreto. Una vez que se hizo este decreto, Menéstrato delata y delata además a otros ciudadanos. A este, sin embargo, los Treinta lo soltaron igual que a este Ágorato, por haber parecido que denunció la verdad, pero ustedes, mucho tiempo después, al capturarlo en el tribunal por ser un asesino, habiendo votado justamente la muerte, lo entregaron al verdugo y fue ejecutado.
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Y sin embargo, si aquel murió, seguramente Ágorato morirá justamente, quien al delatar a Menéstrato es el causante de la muerte de aquel, y de los delatados por Menéstrato,¿ quién es más causante que el que lo puso en tal necesidad?
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Me parece que es diferente a Aristófanes el de Colido, quien fue garante entonces de este y, habiendo preparado los barcos en Muniquia, estaba listo para navegar con este. Y en lo que dependía de él, te salvaste, y ni habrías matado a ningún ateniense ni tú mismo te habrías metido en tales peligros;
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pero ahora te atreviste a delatar incluso a tu salvador, y al delatarlo mataste tanto a aquel como a los demás garantes. A este, sin embargo, como no era un ateniense puro, algunos querían que fuera torturado, y convencen al pueblo de que vote este decreto.
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Decreto. Después de esto, pues, acercándose a Aristófanes los que entonces manejaban los asuntos, le suplicaban que delatara y se salvara, y que no se arriesgara a sufrir lo peor al luchar por la extranjería. Pero él dijo que nunca; tan bueno era tanto con los encadenados como con el pueblo de los atenienses, que prefirió morir antes que delatar y matar injustamente a algunos.
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Aquel, pues, incluso muriendo a manos tuyas, fue tal, y Jenofonte el torturado y Hipias el tasio. Tú, sin saber nada de aquellos hombres, pero convencido como tú, de que si aquellos morían, participarías de la política que entonces se establecía, delataste y mataste a muchos atenienses buenos.
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Quiero mostrarles, señores jueces, de qué hombres han sido privados por Ágorato. Si no fueran muchos, oirían sobre cada uno de ellos, pero ahora, en resumen, sobre todos. Pues los que fueron estrategas para ustedes muchas veces entregaban la ciudad más grande a los estrategas que los sucedían;
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y los que ejercieron otros grandes cargos y ejercieron muchas trierarquías nunca tuvieron ninguna acusación vergonzosa por parte de ustedes. Los que sobrevivieron y se salvaron, a quienes este mató igualmente y se les condenó a muerte, pero la fortuna y el destino los salvó, pues al huir de aquí y no ser arrestados ni esperar el juicio, al regresar de Fila son honrados por ustedes por ser hombres buenos.
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A estos, siendo tales, Ágorato a unos los mató, a otros los hizo fugitivos de aquí,¿ quién siendo él mismo? Pues deben saber que es esclavo e hijo de esclavos, para que sepan siendo qué los perjudicaba. Pues de este el padre era Eumares, y este Eumares fue de Nicocles y Anticles. Y suban ante mí, testigos.
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Testigos. Eran, pues, señores jueces, cuatro hermanos. De estos, uno, el mayor, en Sicilia, haciendo señales a los enemigos, fue capturado por Lámaco y ejecutado; el otro llevó un esclavo de aquí a Corinto, y desde allí, al llevar de nuevo una esclava, es capturado, y murió encadenado en la cárcel; al tercero, Fenippides lo llevó de aquí como ladrón,
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y ustedes, tras juzgarlo en el tribunal y condenarlo a muerte, lo entregaron para ser ejecutado. Que digo la verdad, creo que él mismo lo admitirá y presentaremos testigos.
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Los demás, pues, señores jueces, cuántos males y cosas vergonzosas han sido practicadas tanto por este como por los hermanos de este, sería una tarea larga de contar. Sobre la sicofantía, cuántas demandas privadas por sicofantía litigaba o cuántas acusaciones públicas presentaba o qué delaciones delataba, no necesito contarles uno por uno; pues en resumen todos ustedes, tanto en el pueblo como en el tribunal, condenaron su sicofantía y les debió diez mil dracmas,
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de modo que esto ha sido suficientemente testificado por todos ustedes. Siendo tal, intentó adulterar y corromper a mujeres libres de los ciudadanos, y fue capturado como adúltero; y de esto la pena es la muerte. Que digo la verdad, llama a los testigos.
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Entonces,¿ cómo no es apropiado que todos ustedes lo condenen? Pues si cada uno de estos fue considerado digno de muerte por una sola falta, seguramente del que ha cometido muchas faltas tanto públicamente contra la ciudad como privadamente contra cada uno de ustedes, de las cuales por cada falta la pena en las leyes es la muerte, deben ustedes condenarlo severamente a muerte.
70
Dirá, señores jueces, e intentará engañarlos, que bajo los Cuatrocientos mató a Frínico, y a cambio de esto dice que el pueblo lo hizo ateniense, mintiendo, señores jueces; pues ni mató a Frínico ni el pueblo lo hizo ateniense.
71
Pues contra Frínico, señores jueces, conspiraron conjuntamente Trasíbulo el calcedonio y Apolodoro el megarense; cuando lo encontraron caminando, Trasíbulo golpea a Frínico y lo derriba tras golpearlo, pero Apolodoro no lo tocó; pero en esto se produce un grito y se fueron huyendo. Este Ágorato no fue invitado ni estuvo presente ni sabe nada del asunto. Que digo la verdad, el propio decreto se lo mostrará.
72
Decreto. Que no mató a Frínico, es evidente por el propio decreto; pues en ninguna parte está que Ágorato sea ateniense como Trasíbulo y Apolodoro. Y sin embargo, si hubiera matado a Frínico, debería haber estado inscrito en la misma estela, donde Trasíbulo y Apolodoro, como hecho ateniense; pero los nombres se los arreglan ellos mismos, dando dinero al orador, para que se inscriban en la estela como benefactores. Y que digo la verdad, este decreto lo refutará.
73
Decreto. Tan poco los despreciaba este, que no siendo ateniense, juzgaba, participaba en la asamblea y presentaba las acusaciones públicas de los hombres, inscribiéndose como Anagirasio. Luego, otra gran prueba de que no habría matado a Frínico, por lo cual dice que se ha hecho ateniense. Pues este Frínico estableció a los Cuatrocientos; cuando aquel murió, la mayoría de los Cuatrocientos huyeron.
74
Entonces,¿ les parece que los Treinta y el Consejo que entonces gobernaba, que todos ellos eran de los Cuatrocientos que huyeron, habrían absuelto a quien capturaron tras matar a Frínico, o habrían buscado justicia por Frínico y por la huida que ellos mismos huyeron?
75
Yo creo que habrían buscado justicia. Si, pues, no habiendo matado finge, como yo digo, comete una injusticia; pero si disputas y dices que mataste a Frínico, es evidente que tras causar males mayores al pueblo de los atenienses, te libraste de la acusación por Frínico ante los Treinta; pues nunca convencerás a nadie de que, tras matar a Frínico, habrías sido absuelto por los Treinta, si no hubieras causado grandes e irreparables males al pueblo de los atenienses.
76
Si, pues, dice que mató a Frínico, recuerden esto y busquen justicia contra este por lo que hizo; si no dice, pregúntenle por qué dice que fue hecho ateniense. Si no puede demostrarlo, busquen justicia contra él porque juzgaba, participaba en la asamblea y sicofanteaba a muchos inscribiéndose con el nombre de ateniense.
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Oigo que se prepara para defenderse, diciendo que fue a Fila y que regresó con los de Fila, y que esto es su mayor mérito. Pero ocurrió de tal manera: este vino a Fila; y sin embargo,¿ cómo podría haber un hombre más abominable? Quien sabiendo que hay algunos en Fila de los expulsados por este, se atrevió a ir ante ellos. Pero apenas lo vieron,
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lo arrestan y lo llevan directamente para matarlo, donde también degollaban a los demás, si capturaban a algún ladrón o malhechor. Ánito, que era estratega en Fila, dijo que no debían hacer eso, diciendo que aún no estaban en tal situación como para buscar justicia contra algunos de los enemigos, sino que ahora debían mantener la calma. Pero si alguna vez regresaban a casa, entonces buscarían justicia contra los que cometían injusticias.
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Al decir esto, fue el causante de que este se salvara en Fila; pero era necesario escuchar al estratega, si es que iban a salvarse. Pero otra cosa: pues nadie aparecerá que haya comido con este ni que haya compartido tienda ni que el taxiarco lo haya asignado a la tribu, sino que, como a un maldito, nadie le hablaba. Y llámame al taxiarco.
80
Testigos. Una vez que se hicieron las reconciliaciones entre ellos y los ciudadanos enviaron la procesión desde el Pireo a la ciudad, Aisimo guiaba a los ciudadanos, pero este fue tan audaz y allí, entonces, ocurrió: pues siguió tomando las armas y acompañó la procesión con los hoplitas hacia la ciudad.
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Cuando estaban ante las puertas y dejaron las armas, antes de entrar en la ciudad, Aisimo se da cuenta y, acercándose, tomó su escudo y lo arrojó, y le ordenó que se fuera al cuervo de entre los ciudadanos. Pues dijo que no debía, siendo un asesino, acompañar la procesión a Atenea. De esta manera fue expulsado por Aisimo. Que digo la verdad, presentaré testigos.
82
Testigos de este modo, jueces, de cómo se comportaba tanto en Fila como en el Pireo ante los hoplitas: nadie le dirigía la palabra por ser un homicida, y Ánito fue quien evitó que muriera. Si, pues, utiliza como defensa el camino a Fila, hay que suponer que, si Ánito fue el responsable de que no muriera cuando estaban dispuestos a castigarlo, y Áisimo arrojó su escudo y no le permitió acompañar a los ciudadanos en la procesión, y si algún taxiarca lo asignó a alguna formación, que no aceptéis esto de él, ni tampoco si dice que lo castigamos mucho tiempo después.
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Pues no creo que exista prescripción alguna para tales delitos; al contrario, pienso que, ya sea que uno sea castigado inmediatamente o con el tiempo, debe demostrar que no ha cometido aquello de lo que se le acusa.
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Que este, pues, demuestre esto: o bien que no mató a aquellos hombres, o bien que lo hizo justamente, por estar ellos haciendo algún daño al pueblo de los atenienses. Y si, debiendo ser castigado hace tiempo, lo castigamos ahora, él gana el tiempo que vivió sin que le correspondiera, pero los hombres, por su causa, no han dejado de estar muertos.
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Oigo decir que él también se aferra a esto: que en la detención se ha añadido la mención de« en flagrante delito», lo cual me parece lo más absurdo de todo; como si, de no haberse añadido lo de« en flagrante delito», él fuera responsable de la detención, pero, al haberse añadido, cree que tiene alguna facilidad. Esto no parece otra cosa que confesar que los mató, pero no en flagrante delito, y aferrarse a esto, como si, por el hecho de no haber sido en flagrante delito, aunque los matara, debiera salvarse por ello.
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A mí me parece que los Once, que aceptaron esta detención, al no creer que colaboraban con Ágorato y al insistir él también entonces, hicieron muy correctamente al obligar a Dionisio a añadir en la detención« en flagrante delito»; pues,¿ cómo no habría de serlo quien, primero ante quinientos en el Consejo, y luego ante todos los atenienses en la Asamblea, denunció a unos hombres, los mató y fue el responsable de su muerte?
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Pues no creerás, supongo, que esto de« en flagrante delito» solo ocurre si alguien golpea con un palo o una espada y derriba a otro; ya que, según tu razonamiento, nadie aparecerá como autor de la muerte de los hombres que tú denunciaste; pues nadie los golpeó ni los degolló, sino que murieron forzados por tu denuncia. Entonces,¿ quién es el responsable de la muerte, no es este el caso de flagrante delito?¿ Quién es, pues, más responsable que tú, que los denunciaste? Por tanto,¿ cómo no eres tú el que los mató en flagrante delito?
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Me entero de que también pretende hablar sobre los juramentos y los tratados, diciendo que litiga en contra de los juramentos y los tratados que nosotros, los del Pireo, acordamos con los de la ciudad. Casi al aferrarse a esto, admite ser un homicida; al menos, pone como obstáculo ya sea los juramentos, los tratados, el tiempo o lo de« en flagrante delito», pero no confía en que vaya a defenderse bien sobre el hecho mismo.
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Pero a vosotros, jueces, no os corresponde aceptar esto; al contrario, exigidle que se defienda sobre que no los denunció y que los hombres no están muertos. Además, no considero que los juramentos y los tratados tengan nada que ver con nosotros respecto a este hombre. Pues los juramentos fueron hechos por los de la ciudad con los del Pireo.
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Si, pues, él hubiera estado en la ciudad y nosotros en el Pireo, los tratados tendrían algún sentido para él; pero ahora, tanto él como yo, Dionisio y todos estos que lo castigan, estábamos en el Pireo, de modo que no son para nosotros ningún obstáculo; pues los del Pireo no juraron ningún juramento a los del Pireo.
91
De todas formas, me parece que no es digno de una sola muerte quien dice haber sido hecho por el pueblo, pero resulta que ha maltratado al pueblo, al que él mismo llama su padre, habiéndolo abandonado y traicionado, de lo cual aquel se hacía más grande y fuerte. Quien, pues, golpeaba a su padre biológico y no le proporcionaba nada de lo necesario, y privó a su padre adoptivo de los bienes que aquel poseía,¿ cómo no es digno, también por esto, de ser castigado con la muerte según la ley sobre el maltrato?
92
Os corresponde a vosotros, jueces, castigar por aquellos hombres igual que a cada uno de nosotros. Pues, al morir, nos encargaron a nosotros y a todos sus amigos que castigáramos a este Ágorato por ser un asesino, y que le hiciéramos daño en todo lo que cada uno pudiera. Si, pues, es evidente que aquellos hicieron algún bien a la ciudad o a vuestra multitud, lo cual vosotros mismos admitís, es necesario que todos seáis amigos y allegados de ellos, de modo que no nos encargaron esto más a nosotros que a cada uno de vosotros.
93
Por tanto, no es ni piadoso ni legal para vosotros dejar libre a este Ágorato. Vosotros, pues, atenienses, ahora, ya que en aquel tiempo en que ellos morían no pudisteis ayudarles debido a las circunstancias que os rodeaban, ahora que podéis, castigad al asesino de ellos. Reflexionad, atenienses, para no cometer el acto más atroz de todos. Pues si absolvéis a este Ágorato, no solo hacéis esto, sino que también, con ese mismo voto, condenáis a muerte a aquellos hombres que admitís que os eran leales.
94
Pues al absolver al responsable de su muerte, no decidís otra cosa que el hecho de que ellos murieron justamente a manos de este. Y así sufrirían lo más terrible de todo, si aquellos a quienes encargaron, como amigos, que los vengaran, se convierten en cómplices de los Treinta contra ellos.
95
De ninguna manera, jueces, por los dioses olímpicos, ni por arte ni por ninguna estratagema condenéis a la muerte a aquellos hombres, que, tras haberos hecho muchos y grandes favores, murieron por ello a manos de los Treinta y de este Ágorato. Recordando, pues, todos los males, tanto los comunes a la ciudad como los privados, que cada uno sufrió cuando aquellos hombres murieron, castigad al responsable de ellos. Se os ha demostrado todo, tanto por los decretos como por las denuncias y por todo lo demás, que Ágorato es el responsable de su muerte.
96
Además, os corresponde votar lo contrario a los Treinta: de aquellos a quienes ellos condenaron a muerte, vosotros absolved; y de aquellos a quienes ellos no condenaron a muerte, vosotros condenad. Los Treinta, pues, condenaron a muerte a estos hombres que eran vuestros amigos, de los cuales debéis absolver; pero a Ágorato lo absolvieron, porque parecía dispuesto a destruirlos; a este es al que corresponde condenar.
97
Si, pues, votáis lo contrario a los Treinta, primero no os convertís en cómplices de los enemigos, luego habréis vengado a vuestros propios amigos, y después parecerá ante todos los hombres que habéis votado cosas justas y piadosas.

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