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Against Eratosthenes
LysiasErat 1 · spanish-geminiMore by Lysias
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Original / primary: Spanish Gemini
1
No me parece difícil, jueces, empezar la acusación, sino terminar de hablar; tal es la magnitud y la cantidad de sus crímenes que ni mintiendo se podría acusar de cosas más graves que las que han cometido, ni queriendo decir toda la verdad se podría lograr, sino que es necesario que el acusador se rinda o que el tiempo se agote.
2
Me parece que vamos a sufrir lo contrario que en el pasado. Antes, en efecto, los acusadores debían demostrar cuál era la enemistad que tenían contra los acusados; ahora, en cambio, es necesario preguntar a los acusados qué enemistad tenían contra la ciudad, por la cual se atrevieron a cometer tales crímenes contra ella. No es, sin embargo, porque no tenga enemistades y desgracias personales por las que hago estas declaraciones, sino porque todos tienen gran abundancia de motivos para estar indignados, ya sea por asuntos privados o públicos.
3
Yo, por mi parte, jueces, sin haber intervenido nunca en asuntos propios ni ajenos, me he visto obligado ahora por los hechos ocurridos a acusar a este hombre, de modo que a menudo me he sentido en gran desánimo, temiendo que, por mi inexperiencia, haga la acusación de manera indigna e incapaz en nombre de mi hermano y de mí mismo. No obstante, intentaré explicarles desde el principio, con la mayor brevedad posible, todo lo que pueda.
4
Mi padre, Céfalo, fue persuadido por Pericles para venir a esta tierra, y vivió aquí treinta años, y nunca, ni nosotros ni él, tuvimos un pleito con nadie, ni como demandantes ni como demandados, sino que vivíamos bajo la democracia de tal manera que no cometíamos injusticias contra los demás ni éramos perjudicados por ellos.
5
Pero cuando los Treinta, siendo malvados y sicofantes, se establecieron en el poder, afirmando que era necesario limpiar la ciudad de los injustos y que los ciudadanos restantes debían volverse hacia la virtud y la justicia, y diciendo tales cosas, se atrevían a no hacer tales actos, como intentaré recordarles después de hablar primero de mis propios asuntos y de los suyos.
6
Teognis y Pisón decían entre los Treinta acerca de los metecos que había algunos descontentos con el régimen; que era, por tanto, una excelente excusa parecer que se les castigaba, pero en realidad enriquecerse; pues, en todo caso, la ciudad estaba pobre y el gobierno necesitaba dinero.
7
Y no les costaba convencer a los que escuchaban; pues consideraban que matar hombres no era nada, pero obtener dinero lo consideraban de gran importancia. Decidieron, pues, arrestar a diez, y de ellos a dos pobres, para tener una defensa ante los demás, de que esto no se había hecho por dinero, sino que había sido beneficioso para el régimen, como si hubieran hecho algo de lo demás razonablemente.
8
Dividiéndose, se dirigieron a las casas; y a mí me encontraron agasajando a unos huéspedes, a quienes expulsaron y me entregaron a Pisón; los otros, yendo al taller, registraban a los esclavos.
9
Yo le pregunté a Pisón si quería salvarme a cambio de dinero. Él dijo que sí, si era mucho. Le dije que estaba dispuesto a dar un talento de plata; él aceptó hacerlo. Yo sabía, ciertamente, que no respetaba ni a dioses ni a hombres, pero aun así, dadas las circunstancias, me pareció lo más necesario obtener una garantía de él.
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Cuando juró, invocando la perdición sobre sí mismo y sobre sus hijos, que tomando el talento me salvaría, entré en la habitación y abrí el cofre. Pisón, al darse cuenta, entró, y al ver lo que había dentro, llamó a dos de sus ayudantes y les ordenó tomar lo que estaba en el cofre.
11
Y cuando no tenía solo lo que se había acordado, jueces, sino tres talentos de plata, cuatrocientos cícicos, cien dáricos y cuatro copas de plata, le supliqué que me diera dinero para el viaje,
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y él dijo que debía darme por satisfecho si salvaba mi vida. Al salir, a mí y a Pisón nos encuentran Melobio y Mnesitides que venían del taller, y nos interceptan justo en las puertas, y preguntan a dónde íbamos; él dijo que a casa de mi hermano, para ver también lo que había en aquella casa. A él le ordenaron seguir, y a mí que les acompañara a casa de Damnippo.
13
Pisón, acercándose, me recomendó que guardara silencio y tuviera confianza, como si fuera a ir allí. Encontramos allí a Teognis custodiando a otros; a quien, entregándome, se fueron de nuevo. Estando yo en tal situación, me pareció que debía arriesgarme, ya que la muerte era algo que ya estaba presente.
14
Llamando a Damnippo, le digo lo siguiente: eres un conocido mío, y he venido a tu casa, y no he cometido ninguna injusticia, pero estoy pereciendo por dinero. Tú, pues, ante lo que estoy sufriendo, pon tu empeño en mi salvación. Él prometió hacerlo. Le pareció mejor hablar con Teognis; pues creía que él haría cualquier cosa,
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si alguien le daba dinero. Mientras él hablaba con Teognis( pues yo conocía la casa y sabía que tenía dos puertas), me pareció que debía intentar salvarme por ahí, pensando que, si no me veían, me salvaría, y si me atrapaban, pensaba que, si Teognis había sido persuadido por Damnippo para aceptar dinero, sería liberado de todos modos, y si no,
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moriría de todos modos. Pensando esto, huí, mientras ellos montaban guardia en la puerta del patio; y habiendo tres puertas que debía atravesar, todas estaban abiertas. Llegando a casa de Arqueneo, el capitán de navío, lo envié a la ciudad para preguntar por mi hermano; al volver, dijo que Eratóstenes lo había atrapado en el camino y lo había llevado a la cárcel.
17
Y yo, habiendo sabido esto, la noche siguiente navegué hacia Mégara. A Polemarco, los Treinta le enviaron la orden habitual de ellos, beber cicuta, antes de decirle la causa por la que iba a morir; tanto faltó para que fuera juzgado y pudiera defenderse.
18
Y cuando fue sacado de la cárcel muerto, teniendo nosotros tres casas, no permitieron que fuera sacado de ninguna, sino que alquilaron un cobertizo y lo expusieron allí. Y habiendo muchas prendas, cuando las pedimos no dieron nada para el entierro, sino que de los amigos, uno dio una capa, otro una almohada, otro lo que cada uno pudo para su entierro.
19
Y teniendo setecientos escudos nuestros, teniendo tanto dinero y oro, bronce, adornos, muebles y ropa de mujer como nunca pensaron poseer, y ciento veinte esclavos, de los cuales tomaron los mejores y vendieron el resto al Estado, llegaron a tal codicia y desvergüenza e hicieron tal demostración de su carácter; pues los pendientes de oro de la mujer de Polemarco, que ella llevaba puestos,
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cuando Melobio entró por primera vez en la casa, se los quitó de las orejas. Y ni siquiera por la parte más pequeña de nuestra fortuna obtuvimos piedad de ellos. Sino que cometían injusticias contra nosotros por el dinero, como si otros tuvieran ira por grandes crímenes, no siendo nosotros dignos de tales cosas para la ciudad, sino habiendo costeado todas las coregías, habiendo pagado muchas contribuciones, comportándonos con decoro y haciendo todo lo que se nos ordenaba, sin tener ningún enemigo, y habiendo rescatado a muchos atenienses de los enemigos; de tales cosas nos hicieron dignos, no viviendo como metecos de la misma manera que ellos participaban en la política.
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Pues estos expulsaron a muchos de los ciudadanos hacia los enemigos, a muchos mataron injustamente y los dejaron sin sepultura, a muchos que tenían sus derechos civiles los privaron de ellos, y a las hijas de muchos que estaban a punto de casarse se lo impidieron.
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Y han llegado a tal grado de audacia que vienen a defenderse, y dicen que no han cometido ningún mal ni acto vergonzoso. Yo hubiera querido que dijeran la verdad; pues también a mí me habría correspondido una parte no pequeña de ese bien.
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Pero ahora no tienen tales cosas ni para con la ciudad ni para con migo; pues a mi hermano, como dije antes, lo mató Eratóstenes, no siendo él mismo perjudicado en privado ni viendo que cometiera injusticias contra la ciudad, sino sirviendo con entusiasmo a su propia ilegalidad.
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Haciéndolo subir, quiero preguntarle, jueces. Pues tengo tal opinión: hablar con otro sobre esto para beneficio de este hombre lo considero impío, pero para perjuicio de este hombre, hablar con él mismo es santo y piadoso. Sube, pues, y respóndeme lo que te pregunte.
25
¿ Arrestaste a Polemarco o no? Lo hacía temiendo lo ordenado por los gobernantes.¿ Estabas en el consejo cuando se discutía sobre nosotros? Sí.¿ Defendías a los que ordenaban matar o te oponías? Me oponía.¿ Para que no muriéramos? Para que no murierais.¿ Pensando que sufríamos injustamente o justamente? Injustamente.
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Entonces, el más miserable de todos,¿ te oponías para salvar, pero arrestabas para matar? Y cuando la mayoría de ustedes era dueña de nuestra salvación, dices que te oponías a los que querían destruirnos, pero cuando dependió solo de ti salvar a Polemarco o no,¿ lo llevaste a la cárcel? Entonces,¿ pretendes ser considerado bueno porque, según dices, te opusiste sin lograr nada, pero porque arrestaste y mataste, no crees que debas rendir cuentas ante mí y ante estos?
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Y ciertamente tampoco es razonable creerle esto, si dice la verdad al afirmar que se opuso, como se le ordenó. Pues no creo que entre los metecos obtuvieran garantía de él. Además,¿ a quién era menos razonable ordenárselo que a quien resultaba que se había opuesto y había manifestado su opinión? Pues,¿ a quién era razonable encargarle esto menos que al que se había opuesto a lo que ellos querían que se hiciera?
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Además, para los demás atenienses me parece una excusa suficiente atribuir la causa de lo ocurrido a los Treinta; pero a los mismos Treinta, si se atribuyen la culpa entre ellos,¿ cómo es razonable que ustedes los acepten?
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Si hubiera en la ciudad un poder más fuerte que el de ellos, por el cual se le ordenara contra la justicia matar hombres, quizás razonablemente le tendrían indulgencia; pero ahora,¿ de quién van a pedir cuentas, si se permite a los Treinta decir que hacían lo ordenado por los Treinta?
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Y, ciertamente, no en la casa, sino en el camino, pudiendo salvarlo y estando presentes las decisiones de estos, lo arrestó y lo llevó. Ustedes, en cambio, están indignados con todos los que entraron en sus casas haciendo registros de ustedes o de alguno de los suyos.
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Y sin embargo, si hay que tener indulgencia con los que destruyeron a otros por su propia salvación, más justamente la tendrían con aquellos; pues había peligro de no ir si eran enviados y de negarlo si llegaban. Pero a Eratóstenes le era posible decir que no se encontró con él, y luego que no lo vio; pues esto no tenía ni prueba ni tortura, de modo que ni siquiera queriendo sus enemigos era posible demostrarlo.
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Debías, Eratóstenes, si eras bueno, haber sido mucho más un informante para los que iban a morir injustamente que arrestar a los que iban a perecer injustamente. Pero ahora tus actos han quedado claros, no como de alguien afligido, sino como de alguien que se alegraba de lo que ocurría,
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de modo que estos deben emitir su voto más por los hechos que por las palabras, tomando como pruebas de lo que se decía entonces lo que saben que ocurrió, ya que no es posible presentar testigos sobre ello. Pues no solo no nos era posible estar presentes, sino ni siquiera estar en nuestras casas, de modo que depende de estos, que han cometido todos los males contra la ciudad, decir todo lo bueno sobre sí mismos.
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Esto, sin embargo, no lo rehúyo, sino que te concedo, si quieres, que te opusiste. Pero me pregunto qué habrías hecho si hubieras estado de acuerdo, cuando afirmando que te opusiste mataste a Polemarco. Vamos, pues,¿ qué habrías hecho si hubierais sido hermanos o hijos?¿ Los habríais absuelto? Pues es necesario, jueces, que Eratóstenes demuestre una de dos cosas: o que no lo arrestó, o que hizo esto justamente. Pero este ha admitido que arrestó injustamente, de modo que les ha hecho fácil la votación sobre él.
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Y, ciertamente, muchos de los ciudadanos y de los extranjeros han venido a saber qué opinión tendrán sobre esto. De los cuales, los que son ciudadanos suyos, al enterarse, se irán sabiendo que o rendirán cuentas de lo que cometan, o, habiendo hecho lo que desean, serán tiranos de la ciudad, y si fracasan, tendrán la misma suerte que ustedes; y cuantos extranjeros residen aquí, sabrán si expulsan injustamente a los Treinta de las ciudades o justamente. Pues si los mismos que han sufrido el mal, al atraparlos, los dejan ir, seguramente se considerarán a sí mismos entrometidos por preocuparse por ustedes.
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¿ No es terrible, pues, que a los generales, que vencían en batallas navales, cuando dijeron que por la tormenta no pudieron recoger a los del mar, los castigaran con la muerte, considerando que debían pedir cuentas a ellos por la virtud de los muertos, y a estos, que siendo particulares hicieron en la medida de lo posible que fueran derrotados en batallas navales, y cuando se establecieron en el poder, admiten que voluntariamente mataron a muchos de los ciudadanos sin juicio,¿ no es necesario que ellos y sus hijos sean castigados por ustedes con los castigos más extremos?
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Yo, pues, jueces, consideraba que las acusaciones eran suficientes; pues hasta aquí considero que se debe acusar, hasta que parezca que el acusado ha cometido actos dignos de muerte. Pues este es el castigo extremo que podemos pedirles. De modo que no sé qué necesidad hay de acusar mucho a tales hombres, que ni siquiera muriendo dos veces por cada uno de los hechos cometidos podrían rendir cuentas dignas. Pues, ciertamente, tampoco le corresponde hacer esto,
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lo que es habitual en esta ciudad, no defenderse de las acusaciones, sino diciendo otras cosas sobre sí mismos a veces engañan, demostrándoles que son buenos soldados, o que capturaron muchas naves de los enemigos siendo trierarcas, o que ciudades que eran enemigas hicieron amigas
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hicieron; pues les ordenan que demuestre dónde mataron a tantos enemigos como ciudadanos, o dónde entregaron tantas naves como las que ellos mismos entregaron, o qué ciudad adquirieron tal como la que esclavizaron de ustedes.
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Pero,¿ acaso saquearon tantas armas de los enemigos como las que les quitaron a ustedes, o tomaron murallas tales como las que derribaron de su propia patria? Quienes incluso derribaron las fortalezas de Ática, y les demostraron que no derribaron ni siquiera el Pireo por orden de los lacedemonios, sino porque consideraban que así su poder era más seguro.
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A menudo, pues, me he maravillado de la audacia de los que hablan en su favor, excepto cuando pienso que es propio de los mismos cometer todos los males y alabar a tales personas.
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Pues no es la primera vez ahora que ha actuado contra la mayoría de ustedes, sino que también bajo los Cuatrocientos, en el campamento, estableciendo una oligarquía, huía del Helesponto siendo trierarca, abandonando la nave, junto con Iatrocles y otros, cuyos nombres no tengo necesidad de decir. Al llegar aquí, actuaba contra los que querían que hubiera democracia. Y de esto les presentaré testigos.
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Testigos. Pasaré por alto, pues, su vida intermedia; pero cuando ocurrió la batalla naval y la desgracia para la ciudad, siendo aún democracia, desde donde comenzaron la sedición, cinco hombres fueron establecidos como éforos por los llamados compañeros, reunidores de los ciudadanos y jefes de los conspiradores, actuando contra la mayoría de ustedes; de los cuales Eratóstenes y Critias eran parte.
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Estos establecieron jefes de tribu sobre las tribus, y ordenaban qué debía ser votado y quiénes debían gobernar, y si querían hacer cualquier otra cosa, eran dueños; así, no solo por los enemigos, sino también por estos, siendo ciudadanos, eran conspirados para que no votaran nada bueno y estuvieran necesitados de muchas cosas.
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Pues esto lo sabían bien, que de otra manera no podrían prevalecer, pero que si las cosas iban mal, podrían; y pensaban que ustedes, deseando librarse de los males presentes, no pensarían en los futuros.
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Que, pues, se convirtió en uno de los éforos, les presentaré testigos, no a los que colaboraban entonces( pues no podría), sino a los que escucharon al mismo Eratóstenes.
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Y sin embargo, si fueran sensatos, habrían testificado contra ellos, y habrían castigado severamente a los maestros de sus propios errores, y los juramentos, si fueran sensatos, no los habrían considerado fiables para los males de los ciudadanos, mientras que para los bienes de la ciudad los violaban fácilmente; contra estos, pues, digo tanto, pero llama a los testigos para mí. Y ustedes suban.
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Testigos. Han escuchado a los testigos. Por último, al establecerse en el poder, no participó de ningún bien, sino de muchos otros. Y sin embargo, si fuera un hombre bueno, debía primero no gobernar ilegalmente, luego ser informante ante el consejo sobre todas las acusaciones, que eran falsas, y que Batraco y Esquílides no informan la verdad, sino que informan lo fabricado por los Treinta, acordado para perjuicio de los ciudadanos.
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Y, ciertamente, jueces, cuantos eran malintencionados con la mayoría de ustedes, no tenían menos por estar en silencio; pues otros eran los que decían y hacían cosas de las que no era posible que resultaran mayores males para la ciudad. Pero cuantos dicen ser bienintencionados,¿ cómo no lo demostraron allí, diciendo ellos mismos lo mejor y disuadiendo a los que cometían injusticias?
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Quizás podría decir que tenía miedo, y para algunos de ustedes esto será suficiente. Que, pues, no aparezca en el discurso oponiéndose a los Treinta; si no, aquí quedará claro que aquello también le agradaba, y que tenía tanto poder que, oponiéndose, no sufría ningún mal de ellos. Debía tener este entusiasmo por la salvación de ustedes, y no por Terámenes, que cometió muchos crímenes contra ustedes.
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Pero este consideraba que la ciudad era enemiga, y los enemigos de ustedes amigos, como demostraré con muchas pruebas, y que las diferencias entre ellos no ocurrían por ustedes sino por ellos mismos, sobre quiénes manejarían los asuntos y gobernarían la ciudad.
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Pues si se sedicionaban por los perjudicados,¿ dónde era más noble para un hombre que gobernaba, o cuando Trasíbulo había tomado Fila, demostrar entonces su propia benevolencia? Pero él, en lugar de prometer algo o hacer algo bueno por los de Fila, yendo con sus colegas a Salamina y Eleusis, arrestó a trescientos de los ciudadanos y los llevó a la cárcel, y con un solo voto condenó a todos a muerte.
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Y cuando llegamos al Pireo y las perturbaciones habían ocurrido y se discutía sobre la reconciliación, ambos teníamos muchas esperanzas de que habría acuerdo, como ambos demostraron. Pues los del Pireo, siendo más fuertes, permitieron
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que se fueran; y los que fueron a la ciudad expulsaron a los Treinta excepto a Fidón y Eratóstenes, y eligieron como gobernantes a los más enemigos de aquellos, pensando que justamente los mismos serían odiados por los Treinta y amados por los del Pireo.
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De estos, pues, Fidón, que llegó a ser uno de los Treinta, e Hipocles y Epicares el Lamptreo y otros que parecían ser los más opuestos a Caricles y Critias y a la camarilla de aquellos, cuando ellos mismos se establecieron en el poder, hicieron mucha mayor sedición y guerra contra los del Pireo que los de la ciudad.
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Con lo que demostraron claramente que no se sedicionaban por los del Pireo ni por los que perecían injustamente, ni los muertos les afligían ni los que iban a morir, sino los que tenían más poder y se enriquecían más rápido.
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Pues, tomando los cargos y la ciudad, hacían la guerra a ambos, a los Treinta que habían cometido todos los males y a ustedes que habían sufrido todos los males. Y sin embargo, esto era claro para todos, que si aquellos huían justamente, ustedes injustamente, y si ustedes justamente, los Treinta injustamente; pues, ciertamente, no fueron expulsados de la ciudad por haber sido causa de otros hechos,
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sino por estos. De modo que es necesario estar muy indignados, porque Fidón, elegido para reconciliarlos y traerlos de vuelta, participaba de los mismos actos que Eratóstenes y con la misma opinión estaba dispuesto a perjudicar a los más fuertes que ellos por causa de ustedes, y a ustedes que huían injustamente no quiso devolverles la ciudad, sino que yendo a Lacedemonia los persuadía de hacer una expedición, calumniando que la ciudad sería de los beocios, y diciendo otras cosas con las que pensaba que persuadiría más.
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No pudiendo lograr esto, ya sea porque los sacrificios eran un obstáculo o porque ellos mismos no querían, pidió prestados cien talentos para tener mercenarios que pagar, y pidió a Lisandro como jefe, siendo muy bienintencionado con la oligarquía, pero muy malintencionado con la ciudad, y odiando sobre todo a los del Pireo.
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Habiendo contratado a todos los hombres para la destrucción de la ciudad, y atrayendo ciudades, y finalmente a los lacedemonios y a cuantos de los aliados pudo persuadir, se preparaban no para reconciliar sino para destruir la ciudad, si no fuera por hombres buenos, a quienes ustedes demostraron, pidiendo cuentas a los enemigos, que también a ellos les agradecerán.
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Esto lo saben ustedes mismos, y no sé qué necesidad hay de presentar testigos; no obstante, pues yo necesito descansar, y para algunos de ustedes es más agradable escuchar los mismos discursos tantas veces como sea posible.
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Testigos. Vamos, pues, también sobre Terámenes, explicaré con la mayor brevedad posible. Les pido que escuchen en nombre mío y de la ciudad, y que a nadie se le ocurra que, estando Eratóstenes en peligro, acuso a Terámenes. Pues me entero de que se defenderá con esto, que era amigo de aquel y participaba de los mismos actos.
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Y sin embargo, creo que él pretendería, si estuviera en la política con Temístocles, actuar para que se construyeran las murallas, cuando también con Terámenes actuó para que fueran derribadas. Pues no me parecen haber sido dignos de lo mismo; pues aquel las construyó contra la voluntad de los lacedemonios, y este, engañando a los ciudadanos, las derribó.
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Ha ocurrido, pues, a la ciudad lo contrario de lo que era razonable. Pues era digno que también los amigos de Terámenes hubieran perecido, a menos que alguien resultara actuando contra él; pero ahora veo que las defensas se refieren a aquel, y que los que estaban con él intentan ser honrados, como si hubiera sido causa de muchos bienes y no de grandes males.
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Quien primero fue el más responsable de la anterior oligarquía, habiéndoles persuadido de elegir el régimen de los Cuatrocientos. Y su padre, siendo uno de los probulos, hacía lo mismo, y él mismo, pareciendo muy bienintencionado con el régimen, fue elegido general por ellos.
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Y mientras era honrado, se mostraba fiel a la ciudad; pero cuando veía que Pisandro y Calaescro y otros se volvían superiores a él, y que la mayoría de ustedes ya no quería escucharlos, entonces ya, tanto por la envidia hacia aquellos como por el miedo de ustedes, participó de los actos de Aristócrates.
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Queriendo parecer fiel a la mayoría de ustedes, acusó y mató a Antifonte y Arqueptólemo, que eran sus amigos más queridos, y llegó a tal grado de maldad que, a la vez, por la confianza hacia aquellos los esclavizó a ustedes, y por la confianza hacia ustedes destruyó a sus amigos.
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Siendo honrado y considerado digno de lo más grande, él mismo, habiendo prometido salvar la ciudad, él mismo la destruyó, afirmando haber encontrado un asunto grande y de gran valor. Prometió hacer la paz sin dar rehenes, sin derribar las murallas y sin entregar las naves; pero esto no quiso decírselo a nadie, y ordenó que confiaran en él.
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Ustedes, pues, atenienses, actuando el consejo del Areópago para la salvación, y oponiéndose muchos a Terámenes, sabiendo que los demás hombres hacen secretos los asuntos por causa de los enemigos, y él entre sus propios ciudadanos no quiso decir lo que iba a decir a los enemigos, aun así le confiaron la patria, los hijos, las mujeres y a ustedes mismos. Él no hizo nada de lo que prometió,
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y había pensado tanto en cómo la ciudad debía ser pequeña y débil, que sobre lo que nadie nunca ni de los enemigos mencionó ni de los ciudadanos esperó, eso les persuadió a hacer, no siendo obligado por los lacedemonios, sino él mismo prometiéndoles, derribar las murallas del Pireo y disolver el régimen existente, sabiendo bien que, si no eran privados de todas las esperanzas, recibirían pronto el castigo de él.
71
Y por último, jueces, no permitió que la asamblea se celebrara antes, hasta que el momento mencionado por ellos fue cuidadosamente observado por él, y envió a buscar las naves que estaban con Lisandro desde Samos, y el campamento de los enemigos se estableció.
72
Entonces, estando esto presente, y estando presentes Lisandro y Filocares y Milcíades, hacían la asamblea sobre el régimen, para que ningún orador se les opusiera ni los amenazara y ustedes no eligieran lo conveniente para la ciudad, sino que votaran lo que les parecía a ellos.
73
Terámenes, levantándose, les ordenó confiar la ciudad a treinta hombres y usar el régimen que Dracontides proponía. Ustedes, sin embargo, aun estando así, protestaban que no harían esto; pues sabían que en ese día estaban reunidos en asamblea sobre la esclavitud y la libertad.
74
Terámenes, jueces( y de esto les presentaré a ustedes mismos como testigos), dijo que no le importaba nada su protesta, ya que sabía que muchos atenienses hacían lo mismo que él, y que decía lo que le parecía a Lisandro y a los lacedemonios. Después de él, Lisandro, levantándose, dijo muchas otras cosas y que los tenía por violadores de tratados, y que no sería sobre el régimen para ustedes sino sobre la salvación, si no hacían lo que Terámenes ordenaba.
75
De los que estaban en la asamblea, cuantos eran hombres buenos, conociendo la preparación y la necesidad, unos permanecían allí en silencio, otros se iban, sabiendo al menos esto ellos mismos, que no habían votado nada malo para la ciudad; pero unos pocos, malvados y mal aconsejados, votaron lo ordenado.
76
Pues se les había ordenado votar a diez que Terámenes señalara, a diez que los éforos establecidos ordenaran, y a diez de los presentes; pues veían su debilidad y conocían su propio poder, de modo que sabían de antemano lo que iba a ocurrir en la asamblea.
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Esto no hay que creérmelo a mí, sino a él; pues todo lo que he dicho lo decía defendiéndose en el consejo, reprochando a los que huían, que por él habían regresado, no preocupándose los lacedemonios, y reprochando a los que participaban del régimen, que siendo él mismo causa de todo lo hecho de las maneras que he dicho, obtenía tales cosas, habiéndoles dado muchas garantías con hechos y habiendo recibido juramentos de ellos.
78
Y habiendo sido causa de tantos y otros males y actos vergonzosos, tanto hace tiempo como recientemente, tanto pequeños como grandes, se atreverán a declarar que son amigos, no habiendo muerto Terámenes por ustedes sino por su propia maldad, y habiendo rendido cuentas justamente en la oligarquía( pues ya la había disuelto), y justamente en la democracia; pues los esclavizó dos veces, despreciando a los presentes, deseando a los ausentes, y usando el nombre más hermoso, se convirtió en maestro de los actos más terribles.
79
Sobre Terámenes, pues, son suficientes las acusaciones; y ha llegado para ustedes ese momento en el que es necesario que no haya indulgencia ni piedad en sus opiniones, sino pedir cuentas a Eratóstenes y a los colegas de este, y no ser más fuertes que los enemigos luchando, pero más débiles que los enemigos votando.
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Y no tengan más gratitud por lo que dicen que van a hacer que indignación por lo que hicieron; y no conspiren contra los Treinta cuando están ausentes, y los dejen ir cuando están presentes; y no ayuden a ustedes mismos peor que la fortuna, que entregó a estos a la ciudad.
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Se ha acusado, pues, a Eratóstenes y a los amigos de este, a quienes atribuirá las defensas y con quienes ha hecho esto. Sin embargo, la lucha no es en igualdad de condiciones para la ciudad y para Eratóstenes; pues este era acusador y juez él mismo de los juzgados, y nosotros ahora estamos en acusación y defensa.
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Y estos mataron sin juicio a los que no cometían ninguna injusticia, y ustedes consideran digno juzgar según la ley a los que destruyeron la ciudad, de quienes ni siquiera queriendo ilegalmente pedir cuentas podrían obtener una digna de las injusticias que han cometido contra la ciudad. Pues,¿ qué podrían sufrir para haber rendido cuentas dignas de los hechos?
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¿ Acaso si los mataran a ellos y a sus hijos, obtendríamos suficiente cuenta por el asesinato, de quienes estos mataron a padres e hijos y hermanos sin juicio? Pero si confiscaran los bienes evidentes, estaría bien, ya sea para la ciudad, de la que estos han tomado mucho, o para los particulares,
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cuyas casas saquearon. Puesto que, haciendo todo lo posible, no podríais obtener de ellos el castigo que merecen,¿ cómo no va a ser vergonzoso para vosotros dejar pasar cualquier oportunidad que alguien desee aprovechar contra ellos? Me parece que se atrevería a todo aquel que, no siendo otros los jueces sino las propias víctimas, viene a defenderse ante los mismos testigos de su maldad; tanto ha despreciado vuestra autoridad o tanta confianza tiene en otros.
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Es digno de ocuparse de ambas cosas, considerando que ni ellos habrían podido hacer aquello sin la complicidad de otros, ni ahora se habrían atrevido a venir si no creyeran que los mismos los salvarían; estos no vienen a ayudarlos, sino porque creen que tendrán total impunidad tanto por lo que han hecho como para hacer en el futuro lo que quieran, si vosotros, habiendo capturado a los responsables de los mayores males, los dejáis libres.
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Pero también es digno de admirar a quienes los apoyan, si es que van a pedir clemencia como hombres nobles y buenos, proclamando que su propia virtud vale más que la maldad de estos. Hubiera deseado que ellos fueran tan entusiastas en salvar a la ciudad como estos en destruirla, o que se defendieran como hábiles oradores para demostrar que las acciones de estos valen mucho. Pero ninguno de ellos ha intentado jamás decir una palabra justa en vuestro favor.
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Pero es digno de observar a los testigos, quienes al testificar a favor de estos se acusan a sí mismos, considerándoos sumamente olvidadizos e ingenuos, si creen que, mediante vuestra multitud, salvarán impunemente a los Treinta, cuando por causa de Eratóstenes y sus colegas era un crimen incluso asistir al entierro de los muertos.
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Y, sin embargo, estos, si se salvan, podrían volver a destruir la ciudad; pero aquellos a quienes estos destruyeron, al morir, han puesto fin al castigo de sus enemigos.¿ No es, pues, terrible que los amigos de los que murieron injustamente perecieran con ellos, mientras que para los mismos que destruyeron la ciudad, sin duda, muchos acudirán a su entierro, dado que tantos se preparan para ayudarlos?
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Y, ciertamente, considero mucho más fácil hablar en defensa de lo que vosotros habéis sufrido que defender lo que estos han hecho. Dicen, sin embargo, que Eratóstenes ha cometido el menor número de crímenes de entre los Treinta, y por eso pretenden que sea salvado; pero,¿ es que no creen que deba perecer por haber cometido contra vosotros más delitos que contra el resto de los griegos?
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¿ no creen que deba perecer? Mostrad vosotros qué opinión tenéis sobre estos asuntos. Pues si votáis en su contra, demostraréis que estáis indignados por lo ocurrido; pero si votáis a su favor, se verá que deseáis las mismas acciones que ellos, y no podréis decir que hacíais lo que los Treinta
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os ordenaban; pues ahora nadie os obliga a votar en contra de vuestra propia voluntad. Por tanto, os aconsejo que, al votar a su favor, no votéis en contra de vosotros mismos. Y no penséis que el voto es secreto, pues haréis pública vuestra opinión ante la ciudad.
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Quiero bajar de la tribuna tras recordar brevemente a ambos grupos, tanto a los de la ciudad como a los del Pireo, para que, teniendo como ejemplos las desgracias que estos os han causado, emitáis vuestro voto. Y primero, los que sois de la ciudad, considerad que estabais tan fuertemente dominados por estos que os veíais obligados a hacer la guerra a vuestros hermanos, hijos y conciudadanos, una guerra en la que, si perdíais, teníais la misma suerte que los vencedores, y si ganabais, seríais esclavos de estos.
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Y estos habrían obtenido grandes patrimonios a costa de los acontecimientos, mientras que vosotros, debido a la guerra entre vosotros, tenéis menos; pues no consideraban digno que os beneficiarais juntos, sino que os obligaban a compartir la culpa, llegando a tal grado de arrogancia que no os ganaban como fieles aliados compartiendo los bienes, sino que pensaban que seríais leales al haceros partícipes de sus ignominias.
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Por lo cual, vosotros, que ahora estáis en una posición de seguridad, castigadlos en la medida de vuestras fuerzas, tanto por vosotros mismos como por los del Pireo, recordando que estabais gobernados por estos, que eran los más malvados, y recordando que ahora participáis en la vida política con hombres excelentes, lucháis contra los enemigos y deliberáis sobre la ciudad, y recordando a los mercenarios que estos instalaron en la acrópolis como guardianes de su poder y de vuestra esclavitud.
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Y ante vosotros, aunque hay mucho más que decir, digo esto. Y vosotros, los del Pireo, recordad primero vuestras armas, que tras haber luchado en muchas batallas en tierra ajena, no fuisteis despojados de ellas por los enemigos, sino por estos, en tiempos de paz; después, que fuisteis expulsados de la ciudad que vuestros padres os legaron, y que, cuando estabais en el exilio, exigían que os expulsaran de las otras ciudades.
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Por lo cual, indignaos como cuando estabais en el exilio, y recordad también los otros males que habéis sufrido a manos de ellos, quienes arrastraban a unos desde el ágora y a otros desde los templos para matarlos violentamente, y a otros los arrancaban de sus hijos, padres y esposas, obligándolos a convertirse en sus propios verdugos, y ni siquiera permitieron que recibieran el entierro acostumbrado, creyendo que su propio poder era más firme que el castigo de los dioses. Y los que escaparon de la muerte,
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tras haber corrido peligro en muchos lugares, vagado por muchas ciudades y ser expulsados de todas partes, careciendo de lo necesario, dejando unos a sus hijos en la patria enemiga y otros en tierra extranjera, con muchas dificultades, llegasteis al Pireo. Y habiendo surgido muchos y grandes peligros, al convertiros en hombres valientes, a unos los liberasteis y a otros los hicisteis regresar a la patria.
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Si hubierais tenido mala suerte y hubierais fracasado en esto, vosotros mismos habríais huido temiendo sufrir lo mismo que antes, y ni los templos ni los altares os habrían ayudado al ser tratados injustamente debido a la conducta de estos, cosas que incluso para los que cometen injusticias resultan ser refugios; y vuestros hijos, los que estaban aquí, habrían sido ultrajados por estos, y los que estaban en tierra extranjera habrían sido esclavos por pequeñas deudas, ante la falta de quienes los ayudaran.
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Pero no quiero hablar de lo que podría haber sucedido, al no poder expresar lo que estos han hecho. Pues no es tarea de un solo acusador ni de dos, sino de muchos. Sin embargo, no ha faltado nada de mi entusiasmo, tanto por los templos, que estos vendieron unos y profanaron otros al entrar en ellos, como por la ciudad, que hacían pequeña, por los arsenales, que demolieron, y por los muertos, a quienes vosotros, puesto que no pudisteis ayudarlos cuando vivían, ayudadlos ahora que han muerto.
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Creo que ellos nos escuchan y que vosotros sabréis al emitir el voto, considerando que cuantos votéis a favor de estos, habréis votado por vuestra propia muerte, y cuantos obtengáis justicia de ellos, habréis tomado venganza por vosotros mismos. Terminaré mi acusación. Habéis escuchado, habéis visto, habéis sufrido, lo tenéis; juzgad.

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