Against Nicomachus
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Original / primary: Spanish Gemini
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Ya ha ocurrido, señores jueces, que algunos, al ser llevados a juicio, parecían haber cometido injusticias, pero al exponer las virtudes de sus antepasados y sus propios beneficios, obtuvieron el perdón de parte de ustedes. Puesto que aceptan las defensas de los acusados si parece que han hecho algún bien a la ciudad, es justo que también escuchen a los acusadores si demuestran que los procesados han sido malvados desde hace mucho tiempo. Que el padre de Nicómaco era un esclavo público,
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y qué clase de vida llevó este siendo joven, y a qué edad fue introducido entre los miembros de su fratría, sería una tarea ardua de contar; pero desde que se convirtió en transcriptor de las leyes,¿ quién no sabe qué clase de daño causó a la ciudad? Pues, habiéndosele ordenado transcribir las leyes de Solón en cuatro meses, en lugar de Solón se erigió a sí mismo en legislador, y en lugar de cuatro meses hizo que su cargo durara seis años, y cada día, recibiendo dinero, a unos los inscribía y a otros los borraba.
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Llegamos a tal punto que recibíamos las leyes de su mano y las partes contrarias presentaban leyes opuestas ante los tribunales, alegando ambos haberlas recibido de Nicómaco. Y aunque los magistrados imponían multas y lo llevaban ante el tribunal, no quiso entregar las leyes; sino que la ciudad cayó en las mayores desgracias antes de que este fuera relevado de su cargo y rindiera cuentas de sus actos.
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Y, en efecto, señores jueces, puesto que no ha pagado por aquello, se ha establecido ahora en el mismo cargo, él que primero transcribió durante cuatro años, cuando le era posible terminar en treinta días; después, habiendo sido delimitado lo que debía transcribir, se hizo a sí mismo dueño de todo, y, como nadie jamás, siendo el único de los magistrados, no rindió cuentas de su gestión,
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sino que los demás rinden cuentas de su cargo por cada pritanía, tú, Nicómaco, ni siquiera te dignaste a inscribir las de cuatro años, sino que crees que solo a ti, entre los ciudadanos, te está permitido ejercer el cargo durante mucho tiempo, y no rendir cuentas, ni obedecer los decretos, ni preocuparte por las leyes, sino que unas las inscribes y otras las borras, y has llegado a tal grado de insolencia que crees que los asuntos de la ciudad son tuyos,
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siendo tú mismo un esclavo público. Por tanto, señores jueces, es necesario que ustedes, recordando quiénes eran los antepasados de Nicómaco y cuán ingratamente se ha comportado con ustedes al transgredir la ley, lo castiguen, y puesto que no han obtenido justicia por cada uno de sus actos, ahora, al menos, apliquen el castigo en nombre de todos.
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Quizás, señores jueces, cuando no pueda defenderse de nada respecto a sí mismo, intentará calumniarme. Pero en ese momento les pido que no crean a este sobre mis asuntos, sino cuando, habiéndoseme dado oportunidad de defensa, no pueda demostrar que miente. Y si acaso intenta decir lo mismo que en el Consejo, que yo fui uno de los Cuatrocientos, consideren que, de los que dicen tales cosas, los Cuatrocientos serán más de mil; pues incluso a los que eran niños en aquel tiempo y a los que estaban fuera, los que desean calumniar los insultan con esto.
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Yo estuve tan lejos de ser uno de los Cuatrocientos que ni siquiera fui inscrito entre los Cinco Mil. Me parece terrible que, si litigando sobre contratos privados lo estuviera desenmascarando tan claramente como injusto, ni siquiera él se atrevería a escapar defendiéndose de tal manera, pero ahora, siendo juzgado por los asuntos de la ciudad, pensará que debe, acusándome a mí, no pagarles a ustedes por sus actos.
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Además, considero asombroso que Nicómaco pretenda guardar rencor injustamente a otros, a quien yo demostraré que conspiró contra el pueblo. Escúchenme: pues es justo, señores jueces, aceptar tales acusaciones contra hombres como este, quienes, habiendo colaborado entonces en la disolución de la democracia, ahora dicen ser demócratas.
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Pues cuando, tras la pérdida de las naves, se realizaba el cambio de régimen, Cleofonte insultaba al Consejo, diciendo que conspiraba y que no aconsejaba lo mejor para la ciudad. Sátiro de Cefisia, siendo consejero, convenció al Consejo de arrestarlo y entregarlo a un tribunal. Aquellos que deseaban destruirlo,
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temiendo que no lo condenaran a muerte en el tribunal, convencen a Nicómaco de presentar una ley según la cual también el Consejo debe juzgar conjuntamente. Y este, el más malvado de todos, conspiró tan abiertamente que presentó la ley el mismo día en que tuvo lugar el juicio.
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De Cleofonte, pues, señores jueces, uno podría tener otras cosas que acusar; pero esto es admitido por todos: que aquellos que disolvían la democracia deseaban sobre todo que él fuera eliminado de entre los ciudadanos, y que Sátiro y Cremón, quienes llegaron a ser de los Treinta, no acusaban a Cleofonte por estar indignados en nombre de ustedes, sino para que, tras matarlo, ellos mismos pudieran hacerles daño a ustedes.
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Y esto lo llevaron a cabo gracias a la ley que Nicómaco presentó. Es razonable, pues, señores jueces, considerar, incluso aquellos de ustedes que pensaban que Cleofonte era un mal ciudadano, que quizás también entre los que murieron en la oligarquía había alguno malvado, pero aun así, incluso por causa de tales personas, ustedes estaban indignados con los Treinta, porque no los mataron por sus crímenes, sino por facción.
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Si, por tanto, se defiende de esto, recuerden al menos que presentó la ley en un momento en que el régimen político estaba cambiando, y complaciendo a aquellos que disolvieron la democracia, e hizo que este Consejo juzgara conjuntamente, en el cual Sátiro y Cremón tenían el mayor poder, mientras que Estrombíquides, Calíades y otros muchos hombres nobles y buenos de los ciudadanos perecían.
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Y sobre esto no habría dicho nada si no me hubiera dado cuenta de que él, como si fuera demócrata, intentará salvarse contra toda justicia, y que usará como prueba de su benevolencia hacia el pueblo el hecho de que estuvo en el exilio. Yo podría mostrar a otros de los que colaboraron en la disolución de la democracia, unos que murieron y otros que huyeron y no participaron del régimen político,
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de modo que no es razonable que nadie le pida cuentas por esto. Pues en que ustedes huyeran, también él contribuyó en parte, pero en que él regresara, el pueblo de ustedes fue el causante. Además, es terrible que, por lo que sufrió involuntariamente, le vayan a estar agradecidos, y por lo que cometió voluntariamente, no vayan a aplicar ningún castigo.
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Me entero de que él dice que soy impío al disolver los sacrificios. Yo, si estuviera estableciendo leyes sobre la transcripción, pensaría que a Nicómaco le está permitido decir tales cosas sobre mí; pero ahora exijo que él obedezca las leyes comunes y establecidas. Me asombra que no considere, cuando afirma que soy impío al decir que es necesario realizar los sacrificios según las tablas de madera y las estelas de acuerdo con los contratos, que también acusa a la ciudad; pues ustedes votaron esto. Después, si consideras que esto es terrible, seguramente crees que aquellos cometían una gran injusticia,
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que sacrificaban solo lo que estaba en las tablas de madera. Y sin embargo, señores jueces, sobre la piedad no hay que aprender de Nicómaco, sino observar a partir de lo sucedido. Nuestros antepasados, sacrificando lo que estaba en las tablas de madera, nos entregaron la ciudad más grande y afortunada de las griegas, de modo que es digno que nosotros realicemos los mismos sacrificios que ellos, aunque no fuera por otra razón, por la fortuna que ha resultado de aquellos ritos sagrados.
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Y¿ cómo podría alguien ser más piadoso que yo, que exijo primero sacrificar según las costumbres patrias, después lo que más conviene a la ciudad, y además lo que el pueblo votó y podremos costear con los ingresos? Tú, en cambio, Nicómaco, has hecho lo contrario; pues al transcribir más de lo ordenado, has sido la causa de que los ingresos se gasten en esto, y que en los sacrificios patrios falten.
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Por ejemplo, el año pasado quedaron sin realizar sacrificios sagrados por valor de tres talentos de los escritos en las tablas de madera. Y no es posible decir que no eran suficientes los ingresos que llegaron a la ciudad; pues si este no hubiera transcrito seis talentos de más, habría bastado para los sacrificios patrios y habrían sobrado tres talentos a la ciudad. Sobre lo dicho, les presentaré también testigos.
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Testigos. Consideren, pues, señores jueces, que cuando actuamos según los contratos, se sacrifican todos los ritos patrios, pero cuando es según las estelas que este transcribió, muchos de los ritos sagrados se suprimen. Y en esto el sacrílego se escabulle, diciendo que transcribió piedad y no austeridad; y si esto no les agrada, ordena borrarlo, y con esto cree convencer de que no comete ninguna injusticia; él que en dos años ya ha gastado doce talentos más de lo debido, y cada año ha intentado perjudicar a la ciudad en seis talentos,
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y esto viéndola escasa de dinero, con los lacedemonios amenazando cuando no les enviamos el dinero, con los beocios realizando incursiones porque no podemos pagar dos talentos, y con los astilleros y las murallas desmoronándose, y sabiendo que el Consejo que está en funciones, cuando tiene dinero suficiente para la administración, no comete errores, pero cuando cae en la escasez, se ve obligado a aceptar acusaciones, confiscar los bienes de los ciudadanos y obedecer a los oradores que dicen las cosas más malvadas.
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Es necesario, pues, señores jueces, no indignarse con los que están en el Consejo en cada momento, sino con los que llevan a la ciudad a tales escaseces. Y prestan atención los que desean robar los bienes comunes a cómo Nicómaco saldrá del juicio; a quienes ustedes, si no castigan a este, darán mucha impunidad; pero si, condenándolo, le imponen el castigo máximo, con el mismo voto harán mejores a los demás y habrán obtenido justicia de parte de este.
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Y sepan, señores jueces, que será un ejemplo para los demás no atreverse a cometer injusticias contra ustedes, no cuando castigan a los que no pueden hablar, sino cuando obtienen justicia de los que pueden hablar.¿ Quién, pues, de los que están en la ciudad es más adecuado que Nicómaco para pagar por sus actos?¿ Quién ha hecho menos bien a la ciudad o ha cometido más injusticias?
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Él, que habiendo sido transcriptor tanto de lo sagrado como de lo profano, ha cometido errores en ambos. Recuerden que ya han matado a muchos de los ciudadanos por robo de dinero. Y sin embargo, aquellos solo los perjudicaron tanto como en el presente, pero estos, al recibir regalos por la transcripción de las leyes y de los ritos sagrados, perjudican a la ciudad por todo el tiempo.
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Y¿ por qué alguien absolvería a este?¿ Acaso como un hombre bueno frente a los enemigos y que ha participado en muchas batallas y combates navales? Pero cuando ustedes se arriesgaban navegando, este, quedándose aquí, dañaba las leyes de Solón.¿ O porque ha gastado dinero y ha contribuido con muchas aportaciones? Pero no es que les haya dado algo de lo suyo, sino que ha sustraído mucho de lo de ustedes.¿ O por sus antepasados?
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Pues ya algunos han obtenido el perdón de parte de ustedes por esto. Pero a este le corresponde, por sí mismo, morir, y por sus antepasados, ser vendido.¿ O es que, si ahora lo perdonan, devolverá los favores después? Él, que ni siquiera recuerda los bienes de los que antes participó de parte de ustedes. Y sin embargo, de esclavo se ha convertido en ciudadano, de pobre en rico, y de subsecretario en legislador.
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Cosa que también alguien podría reprocharles a ustedes, que los antepasados elegían como legisladores a Solón, Temístocles y Pericles, pensando que las leyes serían tales como lo sean los que las establecen, mientras que ustedes eligen a Tisámeno, hijo de Mecanión, a Nicómaco y a otros hombres subsecretarios; y consideran que los cargos son corrompidos por tales personas, pero confían en estos mismos.
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Y lo que es más terrible de todo: no está permitido ser subsecretario dos veces en el mismo cargo, pero sobre los asuntos más importantes permiten que los mismos sean dueños durante mucho tiempo. Y, por último, eligieron a Nicómaco para transcribir las leyes patrias, a quien, por parte de padre, no le corresponde nada de la ciudad;
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y quien debía ser juzgado por el pueblo, este resulta haber disuelto al pueblo. Ahora, pues, arrepiéntanse de lo sucedido, y no soporten ser siempre maltratados por estos, ni insulten en privado a los que cometen injusticias, para que, cuando sea posible obtener justicia de ellos, los absuelvan.
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Y sobre esto, me basta con lo dicho; sobre los que van a pedir su liberación, quiero decirles unas breves palabras. Pues algunos de sus amigos y de los que gestionan los asuntos de la ciudad están preparados para suplicar por él; de los cuales, creo que a algunos les corresponde defenderse por sus propios actos mucho más que elegir salvar a los que cometen injusticias.
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Me parece terrible, señores jueces, que, siendo este uno solo y no habiendo sido perjudicado en nada por la ciudad, no hayan intentado suplicarle que deje de cometer injusticias contra ustedes, pero a ustedes, siendo tantos y habiendo sido perjudicados por este, intentarán convencerlos de que no deben obtener justicia de él.
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Es necesario, pues, así como ven que estos salvan con entusiasmo a sus amigos, que ustedes castiguen a sus enemigos, sabiendo bien que ante estos primeros parecerán ser mejores hombres si obtienen justicia de los que cometen injusticias. Y consideren que ni Nicómaco ni ninguno de los que van a pedir por él ha hecho tantos bienes a la ciudad como injusticias ha cometido este, de modo que les corresponde mucho más castigar que ayudar a estos.
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Y deben saber bien estos mismos que, habiendo suplicado mucho a los acusadores, no nos convencieron en absoluto, pero han entrado en el tribunal para intentar probar su voto, y esperan que, habiéndolos engañado, obtendrán impunidad para el tiempo futuro de hacer lo que quieran.
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Nosotros, pues, no quisimos ser convencidos al ser suplicados por estos, y les pedimos a ustedes esto mismo: que no odien la maldad antes del juicio, sino que en el juicio castiguen a los que hacen desaparecer su legislación; pues así se administrarán legalmente todos los asuntos del régimen político.