Defense Against a Charge of Subverting the Democracy
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Original / primary: Spanish Gemini
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Siento, señores jueces, una gran indulgencia hacia vosotros al escuchar tales discursos y al recordar los hechos pasados, pues es natural que todos se irriten contra quienes permanecieron en la ciudad; pero me asombro de los acusadores, que descuidan sus propios asuntos para ocuparse de los ajenos, y que, conociendo claramente a quienes ni siquiera han cometido injusticias, buscan obtener beneficios o persuadiros de que tengáis esta opinión sobre todos nosotros.
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Si creen, pues, que me han acusado de todo lo que los Treinta hicieron a la ciudad, los considero incapaces de hablar, pues ni siquiera han mencionado una mínima parte de lo que aquellos cometieron; pero si dirigen sus discursos como si yo tuviera alguna responsabilidad en ello, demostraré que mienten en todo y que yo he sido tal como habría sido el mejor de los que estaban en el Pireo si se hubiera quedado en la ciudad.
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Os pido, señores jueces, que no tengáis la misma opinión que los sicofantes. Pues es tarea de ellos llevar a juicio incluso a quienes no han cometido falta alguna( ya que de esto es de donde más se lucrarían), mientras que es vuestro deber hacer partícipes de la ciudadanía por igual a quienes no han cometido injusticia alguna; pues así tendríais el mayor número de aliados para el orden establecido.
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Os pido, señores jueces, que si resulta que no he sido causa de ninguna desgracia, sino que he hecho muchos bienes a la ciudad tanto con mi persona como con mis bienes, que al menos me sea reconocido por vosotros aquello que es justo que obtengan no solo quienes han hecho el bien, sino también quienes no han cometido injusticia alguna. Considero que es una gran prueba para mí,
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que, si los acusadores pudieran demostrar que yo personalmente he cometido injusticias, no me habrían acusado de los crímenes de los Treinta, ni habrían creído necesario difamar a otros por lo que aquellos hicieron, sino que habrían castigado a los propios culpables; pero ahora consideran que la ira contra aquellos es suficiente para destruir incluso a quienes no han hecho ningún mal.
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Yo no considero justo que, si algunos han sido causa de muchos bienes para la ciudad, otros obtengan honor o gratitud de vosotros por ello, ni que, si algunos han cometido muchos males, sea razonable que por causa de ellos quienes no han cometido injusticia alguna sufran oprobio y difamación; pues ya son suficientes los enemigos que tiene la ciudad y que consideran una gran ganancia que los inocentes se vean envueltos en difamaciones.
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Intentaré enseñaros quiénes creo que, entre los ciudadanos, deben desear la oligarquía y quiénes la democracia. Pues a partir de esto vosotros lo sabréis, y yo haré mi defensa sobre mí mismo, demostrando que ni por lo que he hecho en la democracia ni por lo que he hecho en la oligarquía, tengo motivo alguno para ser hostil a vuestra mayoría.
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En primer lugar, pues, hay que considerar que no hay ningún hombre que sea por naturaleza ni oligárquico ni democrático, sino que cada uno se esfuerza por establecer el régimen que le sea ventajoso; de modo que no es una parte pequeña entre vosotros la que desea que las cosas sigan como están ahora. Y que esto es así, no os será difícil aprenderlo de lo que ha sucedido anteriormente.
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Observad, señores jueces, a los que han estado al frente de ambos regímenes, cuántas veces han cambiado.¿ Acaso Frínico, Pisandro y los demagogos que estaban con ellos, cuando cometieron muchas injusticias contra vosotros, temiendo los castigos por ello, no establecieron la anterior oligarquía?¿ Y muchos de los Cuatrocientos no regresaron junto con los del Pireo, y algunos de los que los expulsaron no se convirtieron a su vez en parte de los Treinta? Y hay quienes, de los que se inscribieron para ir a Eleusis, salieron con vosotros y sitiaron a los que estaban con ellos.
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No es difícil saber, señores jueces, que las diferencias entre ellos no son por el régimen político, sino por los intereses privados de cada uno. Por tanto, debéis juzgar a los ciudadanos a partir de esto, observando cómo se habían comportado en la democracia y buscando si obtuvieron algún beneficio cuando las cosas cambiaron; pues así haríais el juicio más justo sobre ellos.
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Yo, por mi parte, considero que a quienes en la democracia estaban privados de sus derechos por haber rendido cuentas, o despojados de sus bienes, o que habían sufrido alguna otra desgracia similar, les corresponde desear otro régimen, esperando que el cambio les suponga algún beneficio; pero a quienes han hecho muchos bienes al pueblo y nunca ningún mal, y a quienes se les debe gratitud por parte de vosotros en lugar de que paguen por lo hecho, no es justo aceptar las difamaciones contra ellos, ni siquiera si todos los que dirigen los asuntos de la ciudad afirman que son oligárquicos.
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A mí, pues, señores jueces, ni privada ni públicamente me ocurrió nunca en aquel tiempo desgracia alguna por la cual, deseando librarme de los males presentes, anhelara otros asuntos. He sido trierarca cinco veces, he combatido en el mar cuatro veces, he realizado muchas contribuciones en la guerra y he cumplido con las demás liturgias no peor que cualquiera de los ciudadanos.
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Y, sin embargo, por esto gastaba más de lo que la ciudad ordenaba, para ser considerado mejor por vosotros y, si alguna vez me ocurría alguna desgracia, luchar en mejores condiciones. De todo esto fui privado en la oligarquía; pues no consideraban dignos de gratitud a quienes habían sido causa de algún bien para la mayoría, sino que ponían en los cargos a quienes más males os habían hecho, como si hubieran recibido de ellos esta garantía. Lo cual, al considerarlo todos, no debéis creer en sus palabras, sino observar también a partir de los hechos lo que cada uno ha realizado.
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Pues yo, señores jueces, ni siquiera estuve con los Cuatrocientos; que el acusador que quiera pase al frente y lo demuestre. Tampoco, cuando se establecieron los Treinta, nadie podrá demostrar que fui miembro del Consejo ni que ejercí cargo alguno. Y, sin embargo, si pudiendo ejercer un cargo no quise, soy digno de ser honrado por vosotros ahora; pero si los que tenían el poder entonces no consideraron digno hacerme partícipe de los asuntos,¿ cómo podría demostrar más claramente que los acusadores mienten?
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Además, señores jueces, es digno de considerar también el resto de mis actos. Pues me comporté de tal manera en las desgracias de la ciudad que, si todos hubieran tenido la misma opinión que yo, ninguno de vosotros habría sufrido desgracia alguna. Pues bajo mi actuación en la oligarquía no aparecerá nadie que haya sido arrestado, ni ninguno de mis enemigos castigado, ni ninguno de mis amigos beneficiado
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( y esto no es digno de asombro; pues hacer el bien en aquel tiempo era difícil, pero cometer errores era fácil para quien quisiera). Tampoco apareceré habiendo inscrito a nadie en la lista de los atenienses, ni habiendo dictado sentencia contra nadie, ni habiéndome hecho más rico a costa de vuestras desgracias. Y, sin embargo, si os irritáis contra los causantes de los males pasados, es razonable que quienes no han cometido falta alguna sean considerados mejores por vosotros. Y, ciertamente,
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señores jueces, considero haber dado la mayor prueba de mí mismo en la democracia. Pues quien entonces no cometió falta alguna teniendo tanto poder, seguramente ahora me esforzaré mucho por ser un buen ciudadano, sabiendo bien que, si cometo una injusticia, pagaré por ello inmediatamente. Pero es que mantengo tal opinión hasta el final, que en la oligarquía no deseo lo ajeno, y en la democracia gasto mis bienes con entusiasmo en vosotros.
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Considero, señores jueces, que no sería justo que odiarais a quienes en la oligarquía no sufrieron ningún mal, pudiendo irritaros contra quienes cometieron injusticias contra la mayoría, ni que consideréis enemigos a quienes no huyeron, sino a quienes os expulsaron, ni a quienes se esforzaron por salvar lo suyo, sino a quienes arrebataron lo de los demás, ni a quienes permanecieron en la ciudad por su propia salvación, sino a quienes participaron en los asuntos deseando destruir a otros. Si creéis que debéis destruir a quienes ellos dejaron de perjudicar, no quedará ninguno de los ciudadanos.
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Hay que observar también esto, señores jueces. Todos sabéis que en la democracia anterior, de los que dirigían los asuntos de la ciudad, muchos robaban los fondos públicos, algunos aceptaban sobornos en vuestros asuntos, y otros, mediante sicofantías, hacían que los aliados se rebelaran. Y si los Treinta hubieran castigado solo a estos, vosotros también los habríais considerado hombres buenos; pero ahora, cuando consideraron digno perjudicar a la mayoría por los errores de aquellos, os indignasteis, considerando terrible que las injusticias de unos pocos se convirtieran en comunes para toda la ciudad.
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No es digno, pues, utilizar los mismos métodos que veíais que ellos cometían, ni considerar justas las cosas cuando las hacéis a otros, si considerabais que eran injustas cuando las sufríais, sino que, al haber regresado, tened la misma opinión sobre nosotros que teníais sobre vosotros mismos cuando estabais en el exilio; pues a partir de esto lograréis la mayor concordia, la ciudad será la más grande y votaréis de la manera más dolorosa para vuestros enemigos.
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Hay que recordar, señores jueces, también lo sucedido bajo los Treinta, para que los errores de los enemigos os hagan deliberar mejor sobre vuestros propios asuntos. Pues cuando oíais que los que estaban en la ciudad tenían la misma opinión, teníais pocas esperanzas de regreso, considerando que nuestra concordia era el mayor mal para vuestro exilio;
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pero cuando os enterabais de que los Tres Mil estaban divididos, que los demás ciudadanos habían sido expulsados de la ciudad, que los Treinta no tenían la misma opinión, y que eran más los que temían por vosotros que los que luchaban contra vosotros, entonces ya esperabais regresar y tomar venganza de los enemigos. Pues esto es lo que pedíais a los dioses, lo mismo que veíais que ellos hacían, considerando que por la maldad de los Treinta os salvaríais mucho más que por la fuerza de los que estaban en el exilio.
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Es necesario, pues, señores jueces, utilizar los ejemplos pasados para deliberar sobre lo que ha de venir, y considerar como los más democráticos a quienes, deseando que estéis en concordia, se mantienen fieles a los juramentos y a los pactos, considerando que esta es la salvación más adecuada para la ciudad y el mayor castigo para los enemigos; pues nada les sería más difícil que enterarse de que nosotros participamos en los asuntos y percibir que los ciudadanos están dispuestos como si no hubiera habido ninguna acusación entre ellos.
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Hay que saber, señores jueces, que los que están en el exilio desean que el mayor número posible de los demás ciudadanos sean difamados y privados de sus derechos, esperando que los que son perjudicados por vosotros sean sus aliados, y aceptarían que los sicofantes gozaran de buena reputación entre vosotros y tuvieran gran poder en la ciudad; pues consideran la maldad de estos como su propia salvación.
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Es digno de recordar también los asuntos después de los Cuatrocientos; pues sabréis bien que lo que estos aconsejan nunca os ha sido provechoso, mientras que lo que yo recomiendo siempre conviene a ambos regímenes. Pues conocéis a Epígenes, Demófanes y Clístenes, que se aprovecharon privadamente de las desgracias de la ciudad, mientras que públicamente fueron causa de los mayores males.
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Pues convencieron a muchos de vosotros de condenar a muerte sin juicio, de confiscar injustamente los bienes de muchos, y de expulsar y privar de sus derechos a otros ciudadanos; pues eran tales que, recibiendo dinero, dejaban libres a los culpables, mientras que a los que no habían cometido injusticia alguna los destruían al comparecer ante vosotros. Y no se detuvieron hasta que llevaron a la ciudad a las facciones y a las mayores desgracias, mientras ellos mismos, de pobres, se hicieron ricos.
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Vosotros, en cambio, os dispusisteis de tal manera que acogisteis a los que estaban en el exilio, devolvisteis los derechos a los privados de ellos y jurasteis juramentos de concordia con los demás; y al final, habríais preferido castigar a los que hacían sicofantías en la democracia que a los que ejercieron el poder en la oligarquía. Y con razón, señores jueces; pues a todos les es ya evidente que, por causa de los que actuaban injustamente en la oligarquía, se produce la democracia, y por causa de los que hacen sicofantías en la democracia, se estableció dos veces la oligarquía. Por tanto, no es digno utilizar muchas veces como consejeros a aquellos a quienes no les ha sido provechoso ni una sola vez obedecer.
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Hay que considerar que también los que estaban en el Pireo, los que tienen mayor gloria, los que más se han arriesgado y los que más bienes os han hecho, han exhortado muchas veces a vuestra mayoría a mantenerse fieles a los juramentos y a los pactos, considerando que esto es la salvaguarda de la democracia; pues para los de la ciudad supondrá seguridad por lo pasado, y para los del Pireo, que el régimen permanezca el mayor tiempo posible.
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A quienes vosotros haríais mucho más justo confiar que a estos, que estando en el exilio se salvaron gracias a otros, y al regresar intentan hacer sicofantías. Considero, señores jueces, que los que tienen la misma opinión que yo de los que permanecieron en la ciudad han quedado claros tanto en la oligarquía como en la democracia,
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qué clase de ciudadanos son; pero de estos es digno asombrarse de qué habrían hecho si alguien les hubiera permitido ser de los Treinta, ellos que ahora, existiendo la democracia, hacen lo mismo que aquellos, y rápidamente de pobres se han hecho ricos, y ejerciendo muchos cargos no rinden cuentas de ninguno, sino que en lugar de concordia han creado sospecha entre ellos, y en lugar de paz han anunciado la guerra, y por causa de ellos nos hemos vuelto indignos de confianza para los griegos.
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Y siendo causa de tantos males y de otros muchos, y no diferenciándose en nada de los Treinta excepto en que aquellos, existiendo la oligarquía, deseaban lo mismo que estos, y estos, existiendo la democracia, desean lo mismo que aquellos, sin embargo creen que deben poder perjudicar tan fácilmente a quien quieran, como si los demás fueran los que cometen injusticias y ellos mismos hubieran sido los mejores hombres( y de estos no es digno asombrarse,
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sino de vosotros, porque creéis que hay democracia, pero sucede lo que ellos quieren, y no pagan por ello los que perjudican a vuestra mayoría, sino los que no entregan sus propios bienes). Y preferirían que la ciudad fuera pequeña antes que grande y libre gracias a otros,
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considerando que ahora, gracias a los peligros de los del Pireo, les es permitido hacer lo que quieran, pero si más tarde os llega la salvación gracias a otros, ellos mismos serán destruidos y aquellos tendrán mayor poder; de modo que todos son un obstáculo si algún bien os parece venir gracias a otros.
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Esto, pues, no es difícil de comprender para quien quiera; pues ellos mismos no desean pasar desapercibidos, sino que se avergüenzan de no parecer malvados, y vosotros veis unas cosas por vosotros mismos y oís otras de muchos otros. Nosotros, señores jueces, consideramos justo mantenernos fieles a los pactos y a los juramentos ante todos vosotros, los ciudadanos, pero, sin embargo,
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cuando vemos que los causantes de los males pagan por ello, recordando lo que entonces sucedió con vosotros, sentimos indulgencia, pero cuando se hace evidente que castigáis por igual a los inocentes que a los culpables, con el mismo voto nos pondréis bajo sospecha.