Funeral Oration
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Original / primary: Spanish Gemini
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Si creyera, oh presentes ante este sepulcro, que es posible expresar con palabras la virtud de los hombres que aquí yacen, habría reprochado a quienes me encargaron hablar sobre ellos con tan pocos días de antelación; pero puesto que para todos los hombres el tiempo entero no basta para preparar un discurso a la altura de las hazañas de estos, por eso me parece que la ciudad, previendo a quienes hablan aquí, hace el encargo con poco tiempo, pensando que así obtendrán más fácilmente el perdón de quienes los escuchan.
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Sin embargo, mi discurso trata sobre ellos, pero la competencia no es contra sus hazañas, sino contra quienes han hablado antes sobre ellos. Pues tal abundancia ha proporcionado la virtud de estos tanto a los capaces de componer como a los que han deseado hablar, que, aunque se han dicho muchas cosas hermosas por los anteriores sobre ellos, muchas también han sido omitidas por aquellos, y es posible que los que vienen después digan cosas suficientes; pues no son desconocedores de tierra ni de mar alguno, y en todas partes y ante todos los hombres, quienes lloran sus propios males celebran las virtudes de estos.
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En primer lugar, pues, recorreré los antiguos peligros de nuestros antepasados, habiendo tomado memoria de la fama; pues es digno que todos los hombres recuerden también a aquellos, celebrándolos en los cantos, hablándolos en las reflexiones de los hombres de bien, honrándolos en tales ocasiones y educando a los vivos en las hazañas de los muertos.
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Las Amazonas, en efecto, eran antiguamente hijas de Ares, y habitando junto al río Termodonte, eran las únicas de los pueblos de su entorno armadas con hierro, y las primeras de todos en montar a caballo, con los cuales, de forma inesperada por la inexperiencia de sus enemigos, capturaban a los que huían y dejaban atrás a los que las perseguían; y eran consideradas, por su valentía, más hombres que mujeres por su naturaleza; pues parecían diferir más de los hombres en el ánimo que en la forma.
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Dominando a muchas naciones, y habiendo esclavizado de hecho a las que las rodeaban, y habiendo escuchado de oídas una gran fama sobre esta tierra, por causa de mucha gloria y gran esperanza, tomaron a las más guerreras de las naciones y marcharon contra esta ciudad. Pero al encontrar hombres valientes, adquirieron ánimos iguales a su naturaleza, y habiendo recibido una reputación contraria a la anterior, parecieron ser mujeres más por los peligros que por sus cuerpos.
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Y a ellas solas no les fue posible, habiendo aprendido de sus errores, deliberar mejor sobre el resto, ni, habiendo regresado a casa, anunciar su propia desgracia y la virtud de nuestros antepasados; pues al morir allí, y pagar el castigo por su insensatez, hicieron inmortal la memoria de esta ciudad por su virtud, y dejaron a su propia patria sin nombre por la desgracia sufrida aquí. Aquellas, pues, por haber deseado injustamente lo ajeno, perdieron justamente lo propio.
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Cuando Adrasto y Polinices marcharon contra Tebas y fueron derrotados en batalla, y los cadmeos no permitían enterrar a los muertos, los atenienses, considerando que aquellos, si habían cometido alguna injusticia, al morir ya habían pagado el mayor castigo, pero que los de abajo no recibían lo que les correspondía, y que al profanarse los lugares sagrados se cometía impiedad contra los dioses de arriba, primero enviaron heraldos y les suplicaron que permitieran la recogida de los muertos,
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pensando que es propio de hombres de bien castigar a los enemigos vivos, pero que es propio de quienes desconfían de sí mismos mostrar su valentía con los cuerpos de los muertos; y al no poder conseguir esto, marcharon contra ellos, sin que hubiera ninguna diferencia previa con los cadmeos, ni por complacer a los vivos de los argivos,
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sino considerando que los muertos en la guerra merecen recibir los ritos acostumbrados, se arriesgaron contra los otros en favor de ambos: en favor de los unos, para que al no seguir cometiendo faltas contra los muertos no ultrajaran más a los dioses; y en favor de los otros, para que no regresaran a su patria antes de haber obtenido el honor ancestral, privados de la ley helénica y habiendo fallado en la esperanza común.
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Habiendo pensado esto, y considerando que las suertes en la guerra son comunes a todos los hombres, ganando muchos enemigos, pero teniendo a la justicia como aliada, vencieron luchando. Y no engreídos por la fortuna desearon un mayor castigo de los cadmeos, sino que a aquellos les mostraron su propia virtud a cambio de su impiedad, y ellos mismos, habiendo tomado los premios por los que habían venido, los muertos de los argivos, los enterraron en su propia Eleusis. Sobre los muertos de los siete contra Tebas, pues, tales han sido.
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En tiempo posterior, cuando Heracles desapareció de entre los hombres, y sus hijos huían de Euristeo y eran expulsados por todos los helenos, que se avergonzaban por sus actos pero temían el poder de Euristeo, al llegar a esta ciudad se sentaron como suplicantes ante los altares;
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y aunque Euristeo los reclamaba, los atenienses no quisieron entregarlos, sino que respetaron más la virtud de Heracles que lo que temieron su propio peligro, y consideraron justo luchar en favor de los más débiles junto a la justicia antes que, por complacer a los poderosos, entregar a los que eran tratados injustamente por ellos.
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Y habiendo marchado Euristeo con los que en aquel tiempo poseían el Peloponeso, no cambiaron de opinión al acercarse los peligros, sino que mantuvieron el mismo parecer que antes, sin haber recibido ningún bien en privado por parte de su padre, y sin saber qué clase de hombres llegarían a ser aquellos; pero considerando que era justo,
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sin que existiera enemistad previa contra Euristeo, ni ganancia propuesta salvo la buena fama, asumieron tal peligro en favor de ellos, compadeciendo a los que eran tratados injustamente, odiando a los que cometían ultrajes, intentando impedir a unos y considerando digno socorrer a otros, pensando que es señal de libertad no hacer nada contra la voluntad, de justicia ayudar a los que son tratados injustamente, y de valentía, si fuera necesario, morir luchando en favor de ambas cosas.
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Y tanto se esforzaron ambos, que los que estaban con Euristeo no buscaban obtener nada de los que actuaban voluntariamente, y los atenienses no consideraron digno que Euristeo, suplicando él mismo, arrebatara a sus suplicantes. Y habiendo formado filas con su propia fuerza, vencieron luchando al ejército que había venido de todo el Peloponeso, y a los hijos de Heracles los pusieron a salvo, y habiéndolos liberado del miedo, liberaron también sus ánimos, y por la virtud del padre los coronaron con sus propios peligros.
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Y tanto más afortunados resultaron ser los hijos que el padre; pues él, a pesar de ser causa de muchos bienes para todos los hombres, habiéndose procurado una vida penosa, competitiva y ambiciosa, castigó a otros que cometían injusticias, pero a Euristeo, siendo enemigo y cometiendo faltas contra él, no fue capaz de castigarlo; mientras que sus hijos, gracias a esta ciudad, vieron en el mismo día su propia salvación y el castigo de sus enemigos.
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Muchas cosas favorecían a nuestros antepasados, que usaban un mismo parecer para luchar por lo justo; pues el origen de su vida era justo; no es que, como la mayoría, reunidos de todas partes y habiendo expulsado a otros, habitaran tierra ajena, sino que, siendo autóctonos, poseían la misma madre y patria.
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Y fueron los primeros y únicos en aquel tiempo en expulsar las tiranías que había entre ellos y establecer una democracia, considerando que la libertad de todos es la mayor concordia, y habiendo hecho comunes entre sí las esperanzas nacidas de los peligros, se gobernaban con ánimos libres,
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honrando con la ley a los buenos y castigando a los malos, considerando que es obra de fieras ser dominados por la fuerza unos por otros, pero que a los hombres les corresponde definir lo justo con la ley, persuadir con la palabra y servir a esto con la acción, siendo gobernados por la ley y educados por la palabra.
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Y, en efecto, habiendo nacido noblemente y pensado de manera semejante, los antepasados de los que aquí yacen realizaron muchas cosas hermosas y admirables, y los nacidos de ellos dejaron trofeos grandes y dignos de memoria en todas partes por su propia virtud. Pues fueron los únicos en arriesgarse en favor de toda la Hélade contra muchas miríadas de bárbaros.
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Pues el rey de Asia, no contento con los bienes que poseía, sino esperando esclavizar también Europa, envió un ejército de quinientas miríadas. Y pensando que, si hacían a esta ciudad amiga voluntaria o la sometían por la fuerza, dominarían fácilmente a la mayoría de los helenos, desembarcaron en Maratón, creyendo que así los helenos estarían más desprovistos de aliados, si, estando la Hélade aún en discordia sobre de qué manera debían defenderse de los que venían, se arriesgaban.
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Y además, por sus hazañas anteriores, se les había formado tal reputación sobre la ciudad, que si marchaban primero contra otra ciudad, lucharían contra ellos y contra los atenienses; pues acudirían con entusiasmo a ayudar a los que fueran tratados injustamente; pero si llegaban primero aquí, nadie más de los helenos se atrevería a mostrar una enemistad abierta contra ellos en favor de otros a quienes salvaran.
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Aquellos, pues, pensaban esto; pero nuestros antepasados, no conociendo por cálculo los peligros en la guerra, sino considerando que la muerte gloriosa deja un discurso inmortal sobre los hombres de bien, no temieron la multitud de los enemigos, sino que confiaron más en su propia virtud. Y avergonzándose de que los bárbaros estuvieran en su tierra, no esperaron a enterarse ni a que los aliados ayudaran, ni pensaron que debían estar agradecidos a otros por su salvación, sino que los otros helenos lo estuvieran a ellos.
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Habiendo decidido esto con un mismo parecer, salieron al encuentro pocos contra muchos; pues consideraban que morir les correspondía junto a todos, pero ser hombres de bien junto a pocos, y que poseían sus ánimos como ajenos debido a la muerte, pero que dejarían la memoria nacida de los peligros como propia. Y consideraban que, a quienes no pudieran vencer solos, tampoco podrían hacerlo junto a los aliados; y que, derrotados, morirían poco antes que los demás, pero que, venciendo, liberarían también a los otros.
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Habiendo llegado a ser hombres de bien, y no escatimando sus cuerpos, y no amando la vida en favor de la virtud, y avergonzándose más de sus propias leyes que temiendo el peligro contra los enemigos, erigieron un trofeo en favor de la Hélade sobre los bárbaros en su propia tierra, que habían invadido en favor de riquezas en tierra ajena,
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junto a los límites de la tierra, y realizaron el peligro con tal rapidez, que los mismos anunciaron a los otros tanto la llegada de los bárbaros como la victoria de los antepasados. Y, en efecto, ninguno de los otros temió por el peligro futuro, sino que, al oírlo, se alegraron por su propia libertad. De modo que no es de extrañar que, habiendo ocurrido las hazañas hace tiempo, como si fueran aún nuevas, su virtud sea envidiada por todos los hombres incluso ahora.
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Después de esto, Jerjes, el rey de Asia, habiendo despreciado a la Hélade, habiéndose engañado en su esperanza, siendo deshonrado por lo ocurrido, afligido por la desgracia, enfurecido contra los responsables, y siendo inexperto en males y desconocedor de hombres de bien, habiéndose preparado en el décimo año, llegó con mil doscientas naves, y el ejército de infantería llevaba una multitud tan inmensa, que incluso las naciones que lo siguieron sería
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una gran tarea enumerarlas; pero lo que es la mayor señal de la multitud: pudiendo él transportar con mil naves el ejército de infantería por la parte más estrecha del Helesponto desde Asia a Europa, no quiso, pensando que la demora para él
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sería mucha; sino que, habiendo despreciado tanto lo que crece por naturaleza como las cosas divinas y los pensamientos humanos, hizo un camino a través del mar y obligó a que se hiciera una navegación a través de la tierra, habiendo unido el Helesponto y excavado el Atos, sin que nadie se opusiera, sino que unos obedecían a la fuerza y otros traicionaban voluntariamente. Pues unos no eran capaces de defenderse y otros estaban corrompidos por riquezas; y ambas cosas eran lo que los persuadía,
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ganancia y miedo. Los atenienses, estando la Hélade así, ellos mismos, habiéndose embarcado en las naves, ayudaron en Artemisio, y los lacedemonios y algunos de los aliados salieron al encuentro en las Termópilas, pensando que por la estrechez de los lugares podrían proteger el paso.
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Al ocurrir el peligro en el mismo tiempo, los atenienses vencieron en la batalla naval, y los lacedemonios, no habiendo resultado faltos de ánimo, sino engañados por la multitud y por aquellos a quienes pensaban proteger y contra quienes iban a arriesgarse, perecieron no habiendo sido derrotados por los enemigos, sino habiendo muerto
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donde fueron ordenados luchar; y de este modo, habiendo sufrido unos desgracia y habiendo otros tomado el paso, unos marchaban contra esta ciudad, y nuestros antepasados, habiéndose enterado de la desgracia ocurrida a los lacedemonios, y estando en apuros por los asuntos que los rodeaban, sabiendo que, si salían al encuentro de los bárbaros por tierra, al navegar con mil naves tomarían la ciudad desierta, y si se embarcaban en los trirremes, serían capturados por el ejército de infantería, y que no podrían hacer ambas cosas, defenderse y dejar una guardia suficiente,
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y habiendo dos opciones, si debían abandonar la patria o, habiéndose puesto del lado de los bárbaros, esclavizar a los helenos, considerando que era mejor la libertad con virtud, pobreza y exilio que la esclavitud de la patria con ignominia y riqueza, abandonaron la ciudad en favor de la Hélade, para que en su turno se arriesgaran contra una fuerza y no contra ambas a la vez;
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y habiendo puesto a salvo a hijos, mujeres y madres en Salamina, reunían también la flota de los otros aliados. Y no muchos días después llegó también el ejército de infantería y la flota de los bárbaros, lo cual,¿ quién al verlo no se habría asustado, cuán grande y terrible peligro se luchó por esta ciudad en favor de la libertad de los helenos?
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¿ Y qué parecer tenían o los que contemplaban a los que estaban en aquellas naves, siendo incierta también su propia salvación y el peligro que se acercaba, o los que iban a luchar en la batalla naval en favor de la amistad, en favor de los premios en Salamina?
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A quienes rodeaba tal multitud de enemigos por todas partes, que lo menor de los males presentes para ellos era prever su propia muerte, y la mayor desgracia, lo que esperaban que sufrirían los que habían puesto a salvo si los bárbaros tenían éxito.
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Sin duda, por la penuria existente, muchas veces se saludaron, y razonablemente se lamentaron a sí mismos, sabiendo que sus naves eran pocas, viendo que las de los enemigos eran muchas, y sabiendo que la ciudad estaba desierta, que la tierra estaba siendo saqueada y llena de bárbaros, que los lugares sagrados estaban siendo quemados, y estando todos los peligros cerca,
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y oyendo al mismo tiempo mezclado el peán helénico y el bárbaro, y el exhorto de ambos y el grito de los que perecían, y el mar lleno de muertos, y muchos naufragios que chocaban, tanto amigos como enemigos, y siendo la batalla naval igualada durante mucho tiempo, creyendo a veces haber vencido y haberse salvado, y a veces haber sido derrotados y haber perecido.
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Sin duda, por el miedo presente, pensaron ver muchas cosas que no vieron, y oír muchas que no oyeron.¿ Y qué súplicas a los dioses no se hicieron, o recuerdos de sacrificios, y compasión por los hijos y deseo de las mujeres, y lamento por los padres y madres, y cálculo, si sufrían desgracia, de los males que habrían de venir?
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¿ Quién de los dioses no se habría compadecido de ellos por la magnitud del peligro?¿ O quién de los hombres no habría llorado?¿ O quién no habría admirado su audacia? En verdad, ellos superaron con mucho a todos los hombres en virtud tanto en los planes como en los peligros de la guerra, habiendo abandonado la ciudad, habiéndose embarcado en las naves, y habiendo enfrentado sus propios ánimos, siendo pocos, a la multitud de Asia, y demostraron a todos los hombres,
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habiendo vencido en la batalla naval, que es mejor arriesgarse con pocos en favor de la libertad que con muchos gobernados en favor de su propia esclavitud.
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Y ellos contribuyeron con la mayor parte y lo más hermoso en favor de la libertad de los helenos, un estratega como Temístocles, el más capaz de hablar, pensar y actuar, más naves que los otros aliados, y hombres muy experimentados. Pues,¿ quiénes de los otros helenos habrían competido con ellos en juicio, multitud y virtud?
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De modo que justamente recibieron de la Hélade los premios indiscutibles de la batalla naval, y razonablemente obtuvieron la fortuna concordante con los peligros, y demostraron a los bárbaros de Asia su propia virtud, genuina y autóctona.
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En la batalla naval, pues, habiéndose mostrado tales y habiendo participado en la mayor parte de los peligros, obtuvieron con su propia virtud la libertad común también para los otros; pero después, mientras los peloponesios fortificaban el Istmo, y se contentaban con su salvación, y creían haberse librado del peligro por mar, y pensaban dejar que los otros helenos quedaran bajo los bárbaros,
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los atenienses, enfurecidos, les aconsejaban que, si iban a tener ese parecer, rodearan todo el Peloponeso con un muro; pues si ellos mismos, traicionados por los helenos, iban a estar con los bárbaros, ni a aquellos les harían falta mil naves ni a estos les serviría el muro en el Istmo; pues el dominio del mar del rey estaría sin peligro.
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Siendo instruidos y considerando que ellos mismos actuaban injustamente y deliberaban mal, pero que los atenienses decían cosas justas y les aconsejaban lo mejor, ayudaron en Platea; y al huir durante la noche la mayoría de los aliados de las filas debido a la multitud de los enemigos, los lacedemonios y tegeatas pusieron en fuga a los bárbaros, y los atenienses y plateenses vencieron luchando a todos los helenos que habían renunciado a la libertad y soportado la esclavitud.
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En aquel día, habiendo puesto un final hermosísimo a los peligros anteriores, lograron una libertad firme para Europa, y en todos los peligros dieron prueba de su propia virtud, tanto solos como con otros, tanto luchando a pie como en batalla naval, tanto contra los bárbaros como contra los helenos, fueron considerados por todos, tanto con quienes se arriesgaban como contra quienes luchaban, como líderes de la Hélade.
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En tiempo posterior, al establecerse una guerra helénica por celo de lo ocurrido y envidia de lo realizado, siendo todos ambiciosos, pero necesitando cada uno de pequeñas acusaciones, al ocurrir una batalla naval de los atenienses contra los eginetas y sus aliados, tomaron setenta de sus trirremes.
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Mientras sitiaban al mismo tiempo Egipto y Egina, y la generación en edad militar estaba ausente tanto en las naves como en el ejército de infantería, los corintios y sus aliados, pensando que o bien invadirían la tierra desierta o bien atraerían al ejército desde Egina, saliendo con todo su pueblo, ocuparon Geranea;
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los atenienses no se atrevieron a llamar a ninguno de los ausentes ni de los que estaban cerca; sino que, confiando en sus propios ánimos y despreciando a los que venían, los más ancianos y los que estaban dentro de la edad militar consideraron digno arriesgarse ellos solos, unos habiendo adquirido la virtud por experiencia,
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otros por naturaleza; y unos, habiendo sido buenos en muchas partes, otros imitándolos, sabiendo los mayores mandar y siendo capaces los más jóvenes de hacer lo ordenado,
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siendo estratega Mirónides, salieron al encuentro ellos mismos en la Megáride y vencieron luchando a toda la fuerza de aquellos, a los que ya estaban agotados y a los que aún no eran capaces, a los que consideraron digno invadir su tierra, saliendo al encuentro en tierra ajena,
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y habiendo erigido un trofeo de una hazaña hermosísima para ellos, pero vergonzosísima para los enemigos, unos ya no capaces con sus cuerpos, otros aún no, pero ambos superiores con sus ánimos, habiendo regresado a la suya con la más hermosa gloria, unos volvían a ser educados y otros deliberaban sobre el resto.
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Sobre cada uno, pues, no es fácil que lo arriesgado por muchos sea dicho por uno, ni que lo realizado en todo el tiempo sea expresado en un día. Pues,¿ qué discurso, tiempo u orador podría ser suficiente para anunciar la virtud de los hombres que aquí yacen?
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Pues con muchísimos trabajos, luchas evidentísimas y hermosísimos peligros hicieron libre a la Hélade, y demostraron que su propia patria era la mayor, habiendo dominado el mar durante setenta años, y habiendo hecho que los aliados no tuvieran discordias,
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no considerando digno que los pocos esclavizaran a los muchos, sino obligando a todos a tener lo mismo, ni haciendo débiles a los aliados, sino estableciendo también a aquellos como fuertes, y habiendo demostrado su propia fuerza tan grande, que el gran rey ya no deseaba lo ajeno, sino que daba de lo suyo y temía por el resto,
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y ni trirremes navegaron desde Asia en aquel tiempo, ni se estableció tirano entre los helenos, ni ciudad helénica fue esclavizada por los bárbaros; tal sensatez y miedo proporcionaba la virtud de estos a todos los hombres. Por lo cual es necesario que ellos solos sean protectores de los helenos y líderes de las ciudades.
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Demostraron también en las desgracias su propia virtud. Pues al perderse las naves en el Helesponto, ya sea por cobardía del líder o por designio de los dioses, y al ocurrir aquella desgracia grandísima tanto para nosotros los que sufrimos la desgracia como para los otros helenos, demostró no mucho tiempo después que la fuerza de la ciudad era la salvación de la Hélade.
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Pues al haber otros líderes, vencieron luchando en batalla naval a los helenos los que antes no se embarcaban en el mar, y navegaron a Europa, y ciudades de los helenos son esclavizadas, y se instalan tiranos, unos después de nuestra desgracia, otros después de la victoria de los bárbaros.
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De modo que era digno ante este sepulcro que entonces la Hélade se cortara el cabello y llorara a los que aquí yacen, como si su propia libertad fuera enterrada junto con la virtud de estos; cuán desgraciada la Hélade al quedar huérfana de tales hombres, y cuán afortunado el rey de Asia al haber tomado otros líderes; pues a la privada de estos le sobrevino la esclavitud, y al que otros mandaron le nace el celo por el pensamiento de los antepasados.
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Pero esto me llevó a lamentar por toda la Hélade; pero es digno recordar tanto en privado como en público a aquellos hombres que, huyendo de la esclavitud, luchando por lo justo y habiendo tenido discordias en favor de la democracia, habiendo ganado a todos como enemigos, descendieron al Pireo, no obligados por la ley, sino persuadidos por la naturaleza, imitando con nuevos peligros la antigua virtud de los antepasados,
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para obtener la ciudad común también para los otros con sus propios ánimos, eligiendo la muerte con libertad o la vida con esclavitud, no menos avergonzados por las desgracias que enfurecidos contra los enemigos, habiendo preferido más morir en la suya que vivir habitando la ajena, teniendo como aliados juramentos y tratados, y como enemigos a los que antes existían y a sus propios ciudadanos.
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Pero, sin embargo, no temiendo la multitud de los enemigos, sino arriesgándose en sus propios cuerpos, erigieron un trofeo sobre los enemigos, y ofrecen como testigos de su propia virtud, estando cerca de este monumento, los sepulcros de los lacedemonios. Y, en efecto, demostraron que la ciudad era grande en lugar de pequeña, la hicieron concordante en lugar de discordante, y levantaron muros en lugar de los derribados.
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Los que descendieron de ellos, demostrando que sus planes eran hermanos de las hazañas de los que aquí yacen, no se volvieron hacia el castigo de los enemigos, sino hacia la salvación de la ciudad, y ni siendo capaces de ser inferiores ni deseando ellos mismos tener más, compartieron su propia libertad incluso con los que querían ser esclavos, y no consideraron digno participar ellos mismos de la esclavitud de aquellos. Con hazañas grandísimas y hermosísimas se defendieron,
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que no por su propia cobardía ni por la virtud de los enemigos sufrió desgracia la ciudad antes; pues si, habiendo tenido discordias unos con otros, fueron capaces de descender a la suya por la fuerza, estando presentes los peloponesios y los otros enemigos, es evidente que, estando en concordia, podrían fácilmente luchar contra ellos.
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Aquellos, pues, son envidiados por todos los hombres debido a los peligros en el Pireo; pero es digno también alabar a los extranjeros que aquí yacen, que, habiendo ayudado a la multitud y luchando por nuestra salvación, habiendo considerado la virtud como patria, hicieron tal final de su vida; por lo cual la ciudad los lloró y enterró públicamente, y les dio a tener por todo el tiempo los mismos honores que a los ciudadanos.
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Los que son enterrados ahora, habiendo ayudado a los corintios que eran tratados injustamente por antiguos amigos, habiéndose convertido en nuevos aliados, no teniendo el mismo parecer que los lacedemonios( pues unos envidiaban sus bienes, otros los compadecían al ser tratados injustamente, no recordando la enemistad anterior, sino considerando la amistad presente como algo importante) demostraron a todos los hombres su propia virtud.
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Pues se atrevieron, haciendo grande a la Hélade, no solo a arriesgarse en favor de su propia salvación, sino también a morir en favor de la libertad de los enemigos; pues luchaban en favor de la libertad de aquellos contra los aliados de los lacedemonios. Pues venciendo, los consideraban dignos de lo mismo, y sufriendo desgracia, dejaron una esclavitud firme para los que estaban en el Peloponeso.
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Para aquellos, pues, estando así, la vida es lastimosa y la muerte deseable; pero estos, tanto vivos como muertos, son envidiables, habiendo sido educados en los bienes de los antepasados, y habiendo llegado a ser hombres, conservando la gloria de aquellos y demostrando su propia virtud.
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Pues han sido causa de muchos y hermosos bienes para su propia patria, corrigieron lo que fue sufrido como desgracia por otros, y establecieron la guerra lejos de la suya. Y terminaron la vida, como es necesario que mueran los hombres de bien, habiendo devuelto a la patria los alimentos, y habiendo dejado penas a los que los criaron.
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De modo que es digno que los vivos los añoren y se lamenten a sí mismos y compadezcan a sus allegados por el resto de la vida. Pues,¿ qué placer les queda al ser enterrados tales hombres, que, considerando todo como menor que la virtud, se privaron a sí mismos de la vida, hicieron viudas a sus mujeres, dejaron huérfanos a sus propios hijos, y dejaron desiertos a hermanos, padres y madres?
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Existiendo muchas y terribles cosas, envidio a sus hijos, porque son más jóvenes que para saber de qué padres han sido privados, y compadezco a aquellos de quienes estos han nacido, porque son más mayores que para olvidarse de su propia desgracia.
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¿ Pues qué podría ser más doloroso que esto, que haber engendrado, criado y enterrado a los suyos, y en la vejez ser incapaces de cuerpo, y privados de todas las esperanzas haber llegado a estar sin amigos y sin recursos, y por las mismas cosas antes ser envidiados y ahora compadecidos, y serles la muerte más deseable que la vida? Pues cuanto mejores hombres eran, tanto mayor es el duelo para los que quedan.
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¿ Y cómo es necesario que cesen de la pena?¿ En las desgracias de la ciudad? Pero entonces es natural que también los otros los recuerden.¿ Pero en las fortunas comunes? Pero es suficiente para afligir, habiendo muerto sus propios hijos, y disfrutando los vivos de la virtud de estos.¿ Pero en los peligros privados, cuando ven que los que antes eran amigos huyen de su propia penuria, y los enemigos se enorgullecen por las desgracias de estos?
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Me parece que solo podríamos devolver este favor a los que aquí yacen, si consideráramos a sus padres tan importantes como ellos, si abrazáramos a sus hijos como si nosotros mismos fuéramos padres, y si nos ofreciéramos a sus mujeres como tales ayudantes como ellos eran vivos. Pues,¿ a quiénes podríamos razonablemente honrar más que a los que aquí yacen?
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¿ Y a quiénes de los vivos consideraríamos más justamente importantes que a los allegados de estos, que disfrutaron de la virtud de estos igual que los otros, pero al morir ellos, solo ellos participan genuinamente de la desgracia?
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Pero, en verdad, no sé por qué es necesario lamentar tales cosas; pues no nos ocultábamos a nosotros mismos que éramos mortales; de modo que,¿ por qué es necesario afligirse ahora por esto, lo que hace tiempo esperábamos sufrir, o llevarlo tan pesadamente por las desgracias de la naturaleza, sabiendo que la muerte es común tanto para los peores como para los mejores? Pues ni desprecia a los malvados ni admira a los buenos,
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sino que se ofrece igual a todos. Pues si fuera posible que los que evitaron los peligros en la guerra fueran inmortales por el resto del tiempo, sería digno que los vivos lloraran por todo el tiempo a los muertos; pero ahora tanto la naturaleza es inferior a enfermedades y vejez, como el destino que ha obtenido nuestra suerte es implacable.
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De modo que corresponde considerar a estos como los más afortunados, quienes, habiéndose arriesgado por las cosas más grandes y hermosas, terminaron así la vida, no habiendo confiado su suerte al azar, ni habiendo esperado la muerte automática, sino habiendo elegido la más hermosa. Y, en efecto, sus memorias son sin vejez, y sus honores son envidiados por todos los hombres; quienes son llorados por la naturaleza como mortales,
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Son celebrados como inmortales debido a su virtud. Y, en efecto, son enterrados con honores públicos, y se instituyen en su memoria certámenes de fuerza, sabiduría y riqueza, pues se considera que quienes han muerto en la guerra son dignos de ser honrados con los mismos honores que los inmortales.
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Por mi parte, los considero dichosos por su muerte y los envidio, y creo que solo para estos hombres es mejor haber nacido, aquellos que, habiendo recibido cuerpos mortales, dejaron tras de sí una memoria inmortal gracias a su virtud; sin embargo, es necesario seguir las antiguas costumbres y, cumpliendo con la ley ancestral, lamentar a quienes son enterrados.