On the Olive Stump
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Antaño, señores del Consejo, creía que a cualquiera que quisiera vivir tranquilamente le era posible no tener ni pleitos ni problemas; pero ahora me he visto envuelto tan inesperadamente en acusaciones y en la maldad de sicofantes, que me parece que, si fuera posible, incluso los que aún no han nacido deberían temer por lo que ha de venir; pues, por causa de tales individuos, los peligros comunes alcanzan tanto a los que no cometen injusticia alguna como a los que han delinquido mucho.
2
Tan difícil se me ha vuelto este proceso, que al principio me denunciaron por destruir un olivo de la tierra, y se acercaron a preguntar a quienes habían comprado los frutos de los olivos sagrados; pero como, por este camino, no pudieron encontrar que yo hubiera cometido injusticia alguna, ahora dicen que destruyo un recinto sagrado, pensando que esta acusación es para mí la más difícil de refutar y que a ellos les permite decir lo que quieran.
3
Y me veo obligado, respecto a lo que este hombre ha tramado contra mí, a luchar tanto por mi patria como por mi patrimonio, después de haber escuchado junto con ustedes, que habrán de juzgar sobre el asunto. No obstante, intentaré explicarles todo desde el principio.
4
Esta propiedad pertenecía a Pisandro, pero, al ser confiscados sus bienes, Apolodoro el megarense la recibió como donación del pueblo y la cultivó durante el resto del tiempo; poco antes de los Treinta, Anticles se la compró a él y la arrendó; y yo, en tiempos de paz, se la compré a Anticles.
5
Considero, pues, señores del Consejo, que es mi deber demostrar que, desde que adquirí la propiedad, no había en ella ni olivo ni recinto sagrado. Pues pienso que, respecto al tiempo anterior, ni siquiera si hubiera habido olivos sagrados hace mucho, sería justo que yo fuera castigado; porque si no han sido destruidos por nosotros, no corresponde que yo corra peligro como si fuera culpable de las faltas ajenas.
6
Todos ustedes saben que la guerra ha sido causa de muchos otros males, y que las propiedades lejanas fueron taladas por los lacedemonios, mientras que las cercanas fueron saqueadas por nuestros propios amigos; así que,¿ cómo podría yo, con justicia, pagar ahora por las desgracias que le ocurrieron a la ciudad en aquel entonces?
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Además, esta propiedad estuvo sin vender durante más de tres años tras ser confiscada en la guerra. No es extraño que entonces talaran los olivos sagrados, cuando ni siquiera podíamos proteger lo nuestro. Ustedes saben, señores del Consejo, los que más se ocupan de estos asuntos, que en aquel tiempo muchas tierras estaban cubiertas de olivos silvestres y sagrados, de los cuales la mayoría han sido talados ahora y la tierra ha quedado yerma; y no consideran justo pedir cuentas a quienes poseen las mismas tierras tanto en la paz como en la guerra, por lo que otros talaron.
8
Y sin embargo, si eximen de la acusación a quienes cultivaron la tierra durante todo ese tiempo, con mayor razón deberían quedar libres de castigo quienes la compraron a ustedes en tiempos de paz.
9
Pero, señores del Consejo, aunque podría decir mucho sobre lo ocurrido anteriormente, considero suficiente lo expuesto; pues, desde que recibí la propiedad, antes de que pasaran cinco días, se la arrendé a Calístrato, bajo el arcontado de Pitodoro;
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quien la cultivó durante dos años, sin recibir ni olivo silvestre, ni sagrado, ni recinto alguno. En el tercer año, este Demetrio trabajó la tierra durante un año; y en el cuarto se la arrendé a Alcias, liberto de Antístenes, quien ha muerto; luego, Proteas la arrendó de igual modo durante tres años. Vengan aquí, testigos.
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Testigos. Una vez que este tiempo ha transcurrido, yo mismo la cultivo. Pero el acusador afirma que, bajo el arcontado de Suníades, yo talé un recinto sagrado. Sin embargo, quienes trabajaron la tierra antes y la tuvieron arrendada de mí durante muchos años han testificado ante ustedes que no había ningún recinto sagrado en la propiedad.¿ Cómo podría alguien refutar más claramente que el acusador miente? Pues no es posible que quien trabaja la tierra después destruya lo que no existía antes.
12
Yo, señores del Consejo, en el tiempo pasado, si alguien decía que yo era una persona astuta y meticulosa, y que no haría nada al azar ni sin reflexión, me indignaba, pensando que se decía más de lo que me correspondía; pero ahora desearía que todos ustedes tuvieran esa opinión sobre mí, para que consideren si yo, de haber intentado tales actos, habría sopesado qué ganancia obtenía el que destruía y qué perjuicio el que conservaba, y qué habría logrado ocultándome y qué habría sufrido de ustedes al ser descubierto.
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Pues todos los hombres hacen tales cosas no por insolencia, sino por ganancia, y es razonable que ustedes lo consideren así, y que los adversarios basen sus acusaciones en esto, demostrando qué beneficio obtenían los que cometían la injusticia.
14
Este hombre, sin embargo, no podría demostrar ni que la pobreza me obligó a intentar tales actos, ni que la propiedad se arruinaba por la existencia del recinto, ni que estorbaba a las viñas, ni que estaba cerca de una casa, ni que yo fuera inexperto en los peligros que ustedes imponen.
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Yo, si hubiera hecho algo así, podría demostrar que me habría causado muchos y grandes perjuicios; pues, en primer lugar, talé el recinto a plena luz del día, como si no debiera ocultarme de todos, sino que todos los atenienses debieran saberlo. Y si el asunto fuera solo vergonzoso, quizás alguno de los que pasaban lo habría ignorado; pero ahora no me arriesgaba por vergüenza, sino por el mayor de los castigos.
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¿ Y cómo no iba a ser el más miserable de todos los hombres si, al haber cometido tal acto, mis propios siervos no fueran ya mis esclavos, sino mis amos por el resto de mi vida, al ser testigos de ello? De modo que, incluso si ellos hubieran cometido las mayores faltas contra mí, no me habría sido posible castigarlos; pues bien sabía que estaba en sus manos tanto vengarse de mí como, al denunciarme, volverse libres.
17
Además, si no me hubiera preocupado en absoluto por mis criados,¿ cómo me habría atrevido, con tantos arrendatarios y todos ellos siendo testigos, a destruir el recinto por una pequeña ganancia, sin que hubiera plazo alguno para el peligro, siendo que a todos los que trabajaron la propiedad les correspondía por igual mantener el recinto a salvo para que, si alguien los acusaba, tuvieran a quién remitirse sobre a quién se lo entregaron? Ahora, al liberarme, se muestran a sí mismos, si es que mienten, como partícipes de la acusación.
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Si, pues, hubiera preparado incluso esto,¿ cómo habría sido capaz de convencer a todos los que pasaban, o a los vecinos, que no solo saben unos de otros lo que está a la vista de todos, sino que también preguntan por aquello que ocultamos para que nadie sepa?
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A quienes debería haber presentado este hombre como testigos, y no hacer solo acusaciones tan temerarias; pues dice que yo estaba presente, mientras los criados cortaban los troncos, y que el boyero cargó y se llevó la madera.
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Y sin embargo, Nicómaco, debiste entonces llamar a los testigos presentes y hacer evidente el asunto; y a mí no me habrías dejado ninguna defensa, y tú mismo, si yo fuera tu enemigo, me habrías castigado de este modo, y si actuabas por el bien de la ciudad, al demostrarlo así no habrías parecido un sicofante, y si querías ganar dinero,
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entonces habrías obtenido lo máximo; pues, siendo el hecho evidente, no habría considerado que tuviera otra salvación que convencerte a ti. Sin haber hecho nada de esto, pretendes que perezca por tus palabras, y me acusas de que, por mi poder y mi dinero, nadie quiere testificar a tu favor.
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Y sin embargo, si cuando dices que me viste destruyendo el olivo sagrado hubieras traído a los nueve arcontes o a otros del Areópago, no habrías necesitado otros testigos; pues así habrían sido testigos de que decías la verdad, los mismos que debían juzgar sobre el asunto.
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Sufro, pues, una gran injusticia; pues si hubiera presentado testigos, habría exigido que se les creyera, y como no los tiene, cree que yo debo sufrir este perjuicio. Y de esto no me sorprendo; pues, al ser un sicofante, no le faltarán ni tales palabras ni testigos; pero no considero justo que ustedes tengan la misma opinión que él.
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Pues saben que en la llanura hay muchos olivos sagrados y que ha habido incendios en mis otras propiedades, los cuales, si hubiera deseado, habría sido mucho más seguro destruir, talar y cultivar, cuanto menos evidente iba a ser el delito al haber tantos.
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Pero ahora las valoro tanto como a mi patria y al resto de mi patrimonio, considerando que el peligro que corro afecta a ambas cosas. Presentaré a ustedes mismos como testigos de esto, pues se ocupan de cada mes y envían inspectores cada año; y ninguno de ellos me ha multado jamás por cultivar las tierras que rodean los olivos sagrados.
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Y sin embargo, no es posible que valore tanto las pequeñas multas y, en cambio, no considere nada los peligros que afectan a mi persona; y aparezco cuidando los muchos olivos, en los que habría sido más fácil cometer una falta, mientras que ahora se me juzga por destruir el olivo sagrado, que no era posible arrancar sin ser visto.
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¿ Qué me habría sido mejor, señores del Consejo, infringir la ley bajo la democracia o bajo los Treinta? Y no digo esto como si entonces tuviera poder o como si ahora estuviera difamado, sino como que, para quien quisiera, era más fácil delinquir entonces que ahora. Yo, pues, ni siquiera en aquel tiempo apareceré habiendo hecho tal mal ni ningún otro.
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¿ Y cómo, si no fuera el más enemigo de mí mismo de todos los hombres, habiendo ustedes cuidado tanto de ello, habría intentado destruir el olivo sagrado en esa propiedad, en la que no hay ni un solo árbol, sino que había, como dice este, un recinto de un solo olivo, rodeado por un camino, con vecinos a ambos lados, y que es un lugar abierto y visible desde todas partes? Así que,¿ quién se habría atrevido, estando las cosas así, a intentar tal acto? Me parece terrible que ustedes,
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a quienes la ciudad ha encargado durante todo el tiempo cuidar de los olivos sagrados, nunca me hayan multado por cultivar en exceso ni me hayan puesto en peligro por haber destruido uno, y que este hombre, que ni cultiva cerca, ni ha sido elegido inspector, ni tiene la edad para saber sobre tales asuntos, me denuncie por destruir un olivo sagrado de la tierra.
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Yo, pues, les pido que no consideren tales palabras más dignas de crédito que los hechos, ni que soporten que mis enemigos digan tales cosas sobre lo que ustedes mismos conocen, reflexionando tanto sobre lo dicho como sobre el resto de mi conducta ciudadana.
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Pues yo he cumplido con todas las obligaciones que se me han impuesto con más entusiasmo del que la ciudad me exigía, sirviendo como trierarca, pagando impuestos, siendo corego y cumpliendo las demás liturgias con tanta generosidad como cualquiera de los ciudadanos.
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Y sin embargo, si hubiera hecho esto con moderación y no con entusiasmo, no estaría luchando ni por el destierro ni por el resto de mi patrimonio, y habría poseído más, sin haber cometido injusticia alguna ni haber puesto mi vida en peligro; pero al haber hecho esto que este me imputa, no ganaba nada y, en cambio, me ponía en peligro.
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Y sin embargo, todos estarían de acuerdo en que es más justo usar grandes pruebas para asuntos grandes, y considerar más digno de crédito aquello sobre lo que toda la ciudad da testimonio, que aquello sobre lo que solo este hombre acusa.
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Además, señores del Consejo, consideren lo demás. Pues me acerqué a él con testigos, diciendo que todavía tengo a todos los criados que poseía cuando recibí la propiedad, y que estoy dispuesto, si quisiera, a entregarlos para ser torturados, pensando que así la prueba sería más fuerte que las palabras de este y mis actos. Pero este no quiso,
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diciendo que no hay nada digno de crédito en los criados. Pero a mí me parece extraño que, si los torturados acusan sobre sí mismos, sabiendo bien que morirán, prefieran, respecto a sus amos, a quienes por naturaleza son los más enemigos, soportar la tortura antes que, al denunciarlos, librarse de los males presentes.
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Y, ciertamente, señores del Consejo, creo que es evidente para todos que, si cuando Nicómaco pedía a los hombres no se los hubiera entregado, parecería que yo mismo era consciente de la culpa; puesto que, al yo entregarlos, él no quiso recibirlos, es justo tener la misma opinión sobre esto, sobre todo porque el peligro no era igual para ambos.
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Pues si sobre mí decían lo que este quería, ni siquiera me habría sido posible defenderme; pero si no lo admitían, él no estaba sujeto a castigo alguno. De modo que era mucho más necesario que él los recibiera que que yo los entregara. Yo, pues, llegué a tal punto de entusiasmo, pensando que estaba en mi mano que ustedes conocieran la verdad sobre el asunto mediante torturas, testigos y pruebas.
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Deben reflexionar, señores del Consejo, a quiénes es más justo creer, si a aquellos a quienes muchos han testificado o a aquel a quien nadie se ha atrevido, y si es más razonable que este mienta sin peligro o que yo haya cometido tal acto con tanto peligro, y si creen que él ayuda por el bien de la ciudad o que acusa por ser un sicofante.
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Yo, por mi parte, creo que ustedes consideran que Nicómaco, persuadido por mis enemigos, lleva a cabo este proceso, no esperando demostrar que soy culpable, sino esperando recibir dinero de mí. Pues cuanto más son tales personas las más acusadoras y las más difíciles de los peligros, tanto más todos las evitan.
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Yo, señores del Consejo, no lo consideraba digno, pero puesto que me acusó, me puse a su disposición para lo que quisieran, y por causa de este peligro no me reconcilié con ninguno de mis enemigos, quienes prefieren hablar mal de mí antes que alabarse a sí mismos. Y abiertamente nadie ha intentado jamás hacerme daño alguno, pero me envían a tales individuos, a quienes ustedes no deberían creer con justicia. Pues sería el más miserable de todos,
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si fuera desterrado injustamente, siendo hijo único y solo, quedando mi casa desierta, mi madre necesitada de todo, y privado de mi patria por causas tan vergonzosas, habiendo combatido en muchas batallas navales por ella, habiendo luchado en muchas batallas, y habiéndome mostrado moderado tanto en la democracia como en la oligarquía.
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Pero, señores del Consejo, no sé qué necesidad hay de decir esto aquí; les he demostrado que no había recinto sagrado en la propiedad, y he presentado testigos y pruebas. Deben recordarlo al juzgar sobre el asunto, y exigirle a este que explique por qué, pudiendo denunciarme en flagrante delito, me ha llevado a tal proceso tanto tiempo después,
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y sin presentar testigo alguno, busca ser creído por sus palabras, pudiendo demostrar con los hechos mismos que soy culpable, y no queriendo recibir a todos los criados que yo ofrecía, quienes, según él, estuvieron presentes.