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Octavius
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Original: 98 Octavi

PROOEMIUM. In hoc Dialogo Caecilius inducitur ethnicis superstitionibus addictus, qui patrium et avitum deorum cultum a nemine deserendum, variis rationibus probare conatur: neque ulli esse anxie de religione inquirendum, sed antiquam retinendam, novam repudiandam. Contra vero Octavius, qui, impio illo cultu rejecto, christianae professioni nomen eum Minucio Felice dederat, omnia Caecilii argumenta sic funditus evertit, tantisque rationum momentis christianae religionis veritatem demonstrat, ut Caecilius, gravissima disputatione fractus ac plane convictus, veram religionem laeto gratantique animo fuerit amplexatus. Ac primum quidem Caecilii sermonem pro deorum cultu exponit auctor. Deinde vero Octavii responsionem ad singula orationis Caecilianae membra subinfert.

Spanish Gemini
1
PROEMIO.
1
En este diálogo se presenta a Cecilio, entregado a las supersticiones paganas, quien intenta probar con diversos argumentos que el culto a los dioses patrios y ancestrales no debe ser abandonado por nadie; y que no se debe investigar con ansiedad sobre la religión, sino retener la antigua y repudiar la nueva. Por el contrario, Octavio, quien tras rechazar aquel culto impío se había unido a la profesión cristiana junto con Minucio Félix, refuta tan profundamente todos los argumentos de Cecilio y demuestra la verdad de la religión cristiana con tales pesos de razón, que Cecilio, quebrantado y plenamente convencido por la gravísima disputa, abrazó la verdadera religión con ánimo alegre y agradecido. El autor expone primero el discurso de Cecilio en defensa del culto a los dioses. Después, introduce la respuesta de Octavio a cada uno de los puntos del discurso ceciliano.
2
CAPÍTULO PRIMERO.
2
ARGUMENTO.-- Desde el mismo comienzo del diálogo, Minucio narra cuán agradable le resulta el recuerdo de lo que le sucedió con Octavio mientras este se encontraba con él en Roma, y sobre todo, cómo se deleita con el recuerdo de esta disputa. I.( I) 1 Al reflexionar yo y repasar en mi ánimo el recuerdo de Octavio, mi buen y fidelísimo compañero, se apoderó de mí tal dulzura y afecto por el hombre, que me parecía a mí mismo, en cierto modo, regresar al pasado, no revocar con el recuerdo lo que ya ha transcurrido y pasado. De tal modo su contemplación, cuanto más se ha sustraído a mis ojos, tanto más se ha enredado en mi pecho y casi en mis sentidos más íntimos.( II) Y no sin motivo, al partir, aquel hombre eximio y santo nos dejó un inmenso deseo de sí: pues él mismo siempre ardió con tanto amor hacia nosotros, que tanto en lo lúdico como en lo serio coincidía conmigo en igual voluntad, queriendo o no queriendo lo mismo. Creerías que una sola mente estaba dividida en dos: tan solo en los amores, consciente él mismo, socio en los errores, y cuando, disipada la niebla, emergía yo desde el fondo de las tinieblas a la luz de la sabiduría y la verdad, no rechazó al compañero, sino que, lo cual es más glorioso, se adelantó. Por tanto, mientras mi pensamiento recorría toda la época de nuestra convivencia y familiaridad, mi atención se detuvo especialmente en aquel discurso suyo con el que, mediante una disputa gravísima, reformó a Cecilio, quien aún se aferraba a vanidades supersticiosas, hacia la verdadera religión.
3.1
CAPÍTULO II.
3.1
ARGUMENTO.-- La llegada de Octavio a Roma durante el tiempo de las ferias judiciales, muy grata para Minucio. A ambos les plació ir a los baños marinos de Ostia, habiendo invitado a Cecilio, compañero de Minucio. Mientras se dirigen juntos al mar, Cecilio, al ver el simulacro de Serapis, llevándose la mano a la boca, lo adora.
3.2
Pues, por motivos de negocios y para visitarme, había acudido a Roma, dejando su casa, a su esposa, a sus hijos y, lo que es más amable en los hijos, a aquellos que aún están en años inocentes y que aún intentan pronunciar palabras a medias, un habla más dulce por el mismo balbuceo de la lengua que tropieza. En esta llegada suya, no puedo expresar con palabras con cuánto y qué impaciente gozo me exulté, cuando la inesperada presencia del hombre más querido colmaba al máximo mi alegría. Por tanto, después de uno o dos días, cuando ya el uso frecuente de la asiduidad había colmado la avidez del deseo, y habíamos conocido por relato mutuo lo que ignorábamos de nosotros por la ausencia, nos plació dirigirnos a Ostia, ciudad amabilísima, porque para mi cuerpo era un remedio suave y adecuado el tratamiento con los baños marinos para los humores secos. Ciertamente, también las ferias de la vendimia habían relajado el cuidado judicial. Pues en aquel tiempo, después del día estival, el otoño se dirigía hacia la templanza. Por tanto, mientras al amanecer nos dirigíamos al mar paseando por la orilla, para que el aura, que aspiraba suavemente, vigorizara los miembros, y con placer extraordinario la arena cediera y se hundiera bajo nuestra pisada blanda; Cecilio, al notar el simulacro de Serapis, como suele hacer el vulgo supersticioso, llevándose la mano a la boca, imprimió un beso en sus labios.
4.1
CAPÍTULO III.
4.1
ARGUMENTO.-- Octavio, llevando indignamente el acto del hombre supersticioso, reprocha agriamente a Minucio que la infamia de este acto impío redunda no menos sobre él mismo, como huésped de Cecilio, que sobre el mismo Cecilio.
4.2
Entonces Octavio dijo: No es propio de un buen hombre, hermano Marco, dejar que un hombre que se adhiere a tu costado en casa y fuera de ella, se pierda en esta ceguera de la ignorancia vulgar, de modo que en un día tan luminoso permitas que tropiece con piedras, ciertamente esculpidas, ungidas y coronadas; cuando sabes que la infamia de este error redunda no menos sobre ti que sobre él mismo. Con este discurso suyo recorrimos el espacio medio de la ciudad y ya ocupábamos la orilla libre. Allí, la onda suave, al extenderse, tendía a cubrir las arenas extremas como si las preparara para un paseo: y, como el mar siempre está inquieto incluso cuando los vientos se han calmado, aunque no salía a tierra con olas blancas y espumosas, sin embargo lo hacía con olas rizadas y robustas. Allí nos deleitamos sobremanera con los errores, mientras mojábamos las plantas en el mismo límite del mar, que alternativamente ahora jugueteaba al acercarse a nuestros pies, ahora, al retroceder, absorbía las huellas hacia sí mismo. Así, avanzando lenta y tranquilamente, recorríamos la orilla del mar suavemente curvada, engañando el camino con charlas. Estas charlas eran la narración de Octavio, que discurría sobre la navegación. Pero cuando consumimos con el discurso un espacio de camino suficientemente justo, recorrimos de nuevo el mismo camino, volviendo sobre nuestros pasos. Y cuando llegamos a aquel lugar donde las barquillas varadas, sobre maderas dispuestas debajo, descansaban suspendidas de la suciedad terrenal; vemos a unos niños que, compitiendo con entusiasmo, juegan a lanzar conchas al mar. Este es el juego: recoger de la orilla una concha redonda, suavizada por el vaivén de las olas; comprender esa concha en posición plana con los dedos, inclinado él mismo y bajo, tanto como puede, hacerla rodar sobre las ondas, de modo que aquel proyectil rozara el lomo del mar, nadara mientras se desliza con suave impulso; o saltara y emergiera sobre las cimas de las olas mientras es levantado por un salto continuo. Se proclamaba vencedor entre los niños aquel cuya concha tanto corría más lejos como saltaba con mayor frecuencia.
5.1
CAPÍTULO IV.
5.1
ARGUMENTO.-- Cecilio, algo triste por la reprimenda de este tipo con la que Octavio fustigó a Minucio por su causa, pide que se le permita disputar con Octavio sobre la verdad de su religión. Octavio asiente con su socio, y Minucio se sienta en medio entre Cecilio y Octavio.
5.2
Por tanto, mientras todos éramos cautivados por este placer del espectáculo, Cecilio no prestaba atención, ni se reía de la contienda; sino que, callado, ansioso, segregado, confesaba con su rostro que sufría no sé qué. A quien yo dije:¿ Qué es esto?¿ Por qué no reconozco, Cecilio, esa alegría tuya?¿ Y por qué echo de menos esa hilaridad de tus ojos incluso en las cosas serias? Entonces él: Hace tiempo que me angustia y me remuerde el discurso de nuestro Octavio, con el cual, arremetiendo contra ti, te reprochó negligencia, para argüirme a mí de manera disimulada y más grave de ignorancia. Por tanto, iré más lejos: el asunto es mío con Octavio, total e íntegro. Si place que un hombre de su secta dispute con él, ya entenderá ciertamente que es más fácil disputar entre compañeros que trabar combate al modo de los sabios; sentémonos en estos obstáculos de rocas arrojados para protección de los baños y que corren hacia lo profundo, para que podamos descansar del camino y disputar con más atención. Y dicho esto, nos sentamos de tal modo que me protegían por ambos lados, en medio de la ambición de los flancos; y esto no fue por obsequio, ni por orden, ni por honor, puesto que la amistad siempre recibe o hace iguales, sino para que, como árbitro y próximo a ambos, diera oídos y separara en medio a los dos que disputaban. Entonces Cecilio comenzó así:
6.1
CAPÍTULO V.
6.1
ARGUMENTO.-- Cecilio emprende su disputa: y primero, que todas las cosas en los asuntos humanos son dudosas e inciertas; y por tanto, es lamentable que los cristianos, rudos en su mayoría e iletrados, se atrevan a decidir algo cierto sobre la suma de las cosas y la majestad divina; de aquí argumenta que el mundo no es regido por ninguna providencia, y concluye que es mejor adherirse a las religiones transmitidas.
6.2
Aunque para ti, hermano Marco, sobre quien principalmente preguntamos, no sea ambiguo, puesto que, habiendo vivido diligentemente en ambos géneros de vida, repudiando uno y comprobando el otro; sin embargo, en el presente, tu ánimo debe ser formado de tal modo que sostengas la balanza de un juez muy equitativo, y no te inclines hacia una parte, para que no parezca que la sentencia ha nacido tanto de nuestras disputas como que ha sido proferida de tus sentidos. Por tanto, si te sientas ante mí, como alguien nuevo y como ignorante de ambas partes, no hay problema en exponer que todas las cosas en los asuntos humanos son dudosas, inciertas, suspendidas, y más verosímiles que verdaderas. Por lo cual es más sorprendente que algunos, por tedio de investigar profundamente la verdad, sucumban temerariamente a cualquier opinión, antes que perseverar con pertinaz diligencia en la exploración. Por tanto, todos deben indignarse y dolerse de que algunos se atrevan, y estos rudos en los estudios, profanos en las letras, expertos incluso en artes sórdidas, a decidir algo cierto sobre la suma de las cosas y su majestad, sobre la cual, durante tantos siglos y tantas sectas, la misma filosofía delibera hasta ahora. Y no sin motivo: puesto que la mediocridad humana está tan lejos de la exploración divina, que no se nos ha dado saber, ni se nos ha permitido escrutar, ni es religioso profanar lo que está suspendido y elevado sobre nosotros en el cielo, ni lo que está profundo y sumergido bajo la tierra: y pareceríamos bastante felices y bastante prudentes si, según aquel viejo oráculo del Sabio, nos conociéramos a nosotros mismos más familiarmente. Pero en la medida en que, entregándonos a un trabajo insano e inepto, divagamos más allá de los términos de nuestra humildad, y arrojados a la tierra, trascendemos con audaz codicia el cielo mismo y los mismos astros, al menos no impliquemos este error en opiniones vanas y temerosas. Que al principio de todas las cosas las semillas se hayan condensado por la naturaleza uniéndose en sí misma:¿ quién es aquí el dios autor? Que los miembros de todo el mundo se hayan unido, digerido y formado por encuentros fortuitos:¿ qué dios es el maquinador? Aunque el fuego haya encendido los astros, y aunque el cielo haya suspendido su materia; aunque haya fundado la tierra con peso, y aunque el mar haya fluido del líquido;¿ de dónde esta religión, de dónde el temor, qué superstición es? El hombre, y todo animal que nace, es inspirado y alimentado, es una concreción voluntaria de los elementos, en los cuales de nuevo el hombre, y todo animal, se divide, se disuelve, se disipa, así refluyen a la fuente, y todas las cosas se revuelven en sí mismas, sin artífice, ni juez, ni autor. Así, congregadas las semillas de los fuegos, los soles brillan siempre unos tras otros; así, exhalados los vapores de la tierra, las nieblas siempre crecen: al condensarse y juntarse estas, las nubes surgen más alto: al caer estas mismas, fluyen las lluvias, soplan los vientos, granizan los granizos: o al chocar los nimbos, los truenos rugen, los relámpagos brillan, los rayos centellean. Así caen por todas partes, irrumpen en los montes, chocan contra los árboles: sin elección tocan lugares sagrados y profanos; hieren a los hombres nocivos, a menudo también a los religiosos.( III)¿ Qué diré de las tempestades varias e inciertas? con las cuales, sin orden ni examen, el ímpetu de todas las cosas se revuelve; en los naufragios, los destinos de los buenos y los malos mezclados, los méritos confundidos; en los incendios, el perecer conviene a inocentes y nocivos; y, cuando el tracto del cielo se infecta con podredumbre pestífera, todos perecen sin distinción; y, cuando se enfurece con el ardor de la guerra, los mejores mueren más bien. Incluso en la paz, no solo la maldad se iguala a los mejores, sino que también es honrada: de modo que en la mayoría no sabes si su depravada perversidad debe ser detestada o su felicidad deseada.( IV) Que si el mundo fuera regido por la divina providencia y la autoridad de algún numen, nunca Falaris y Dionisio merecerían el reino, nunca Rutilio y Camilo el exilio, nunca Sócrates el veneno.( V) He aquí los arbustos frutales, he aquí ya la mies cana, ya la vendimia embriagada es corrompida por la lluvia, es golpeada por el granizo: así la verdad incierta nos es oculta y reprimida; o, lo que es más creíble, la fortuna, suelta de leyes, domina con casos varios y resbaladizos.
7.1
CAPÍTULO VI.
7.1
ARGUMENTO.-- Cualquier nación, y los romanos después, honraron sus numenes de tal modo que, por su culto, alcanzaron el imperio supremo de todo el orbe de la tierra.
7.2
Puesto que, por tanto, o la fortuna es cierta, o la naturaleza es incierta,¡ cuánto más venerable y mejor es aceptar la disciplina de los mayores, antístites de la verdad, honrar las religiones transmitidas; adorar a los dioses que desde antes de que fueras imbuido por tus padres temes, antes que conocerlos más familiarmente; y no emitir sentencia sobre los numenes, sino creer a los anteriores que, en un siglo aún rudo, en los nacimientos del mismo mundo,¡ merecieron tener dioses ya sea fáciles, ya sea reyes! De ahí que, por todos los imperios, provincias, ciudades, vemos que cada uno tiene ritos sagrados gentiles y honra a los dioses municipales, como los eleusinos a Ceres, los frigios a la Madre, los epidaurios a Esculapio, los caldeos a Belo, los sirios a Astarté, los tauros a Diana, los galos a Mercurio, los romanos a todos. Así su potestad y autoridad ocupó el ámbito de todo el orbe: así propagó su imperio más allá de los caminos del sol y de los límites del mismo Océano, mientras ejercen en las armas la virtud religiosa, mientras fortifican la ciudad con las religiones de los sagrados, con vírgenes castas, con muchos honores y nombres de sacerdotes: mientras sitiados, y capturados más allá del solo Capitolio, honran a los dioses, a quienes otro ya habría despreciado, irritados; y a través de las filas de los galos, que admiran la audacia de la superstición, avanzan desarmados con armas, pero armados con el culto de la religión: mientras capturados, en los muros hostiles, con la victoria aún feroz, veneran a los numenes vencidos: mientras por todas partes buscan dioses huéspedes y los hacen suyos: mientras construyen altares, mientras incluso a numenes desconocidos y a los manes. Así, mientras aceptan los sagrados de todas las gentes, también merecieron reinos. De aquí permaneció el perpetuo tenor de veneración, que no se infringe con la larga edad, sino que aumenta: puesto que la antigüedad acostumbró a atribuir tanta santidad a las ceremonias y a los templos, cuanta vetustez les añadió.
8.1
CAPÍTULO VII.
8.1
ARGUMENTO.-- Los auspicios y augurios romanos, omitidos con arrepentimiento, observados felizmente.
8.2
Y sin embargo, no temerariamente( pues me atrevería mientras tanto a concederlo yo mismo, y así es mejor errar), nuestros mayores pusieron empeño en observar los augurios, o en consultar las entrañas, o en instituir los sagrados, o en dedicar los templos. Mira la memoria de los libros: ya descubrirás que ellos iniciaron los ritos de todas las religiones, o para que la indulgencia divina fuera remunerada, o para que la ira inminente fuera apartada, o para que, ya hinchada y salvaje, fuera aplacada. Testigo es la madre Idaea, que con su llegada probó la castidad de la matrona y liberó a la ciudad del miedo hostil: testigos son las estatuas consagradas de los hermanos ecuestres en el lago, tal como habían mostrado, quienes con caballos jadeantes, espumosos y humeantes, anunciaron la victoria de Perseo el mismo día que la habían logrado: testigo es la ofensa de Júpiter en los juegos, la repetición por el sueño de un hombre plebeyo: y la devoción de los Decurios ratificada es testigo: testigo también Curcio, quien con la mole de su jinete o con su honor igualó el hiato de la profunda vorágine. Más frecuentemente de lo que queríamos, los auspicios despreciados atestiguaron la presencia de los dioses. Así Allia es nombre infausto, así el de Claudio y Junio, no batalla contra los púnicos, sino naufragio fatal. Y, para que Trasimeno fuera mayor y descolorido por la sangre de los romanos, Flaminio despreció los augurios: y, para que reclamemos las insignias a los partos, Craso mereció y se rió de las imprecaciones de las Diras. Omito los antiguos, que son muchos, y sobre los nacimientos, dones y regalos de los dioses, descuido los poemas de los poetas; paso por alto también los destinos predichos por los oráculos, para que la antigüedad no les parezca demasiado fabulosa. Atiende a los templos y santuarios de los dioses con los que la ciudad romana es protegida y armada: son más augustos por los numenes habitantes presentes, inquilinos, que opulentos por los insignes cultos y regalos. De ahí que los vates, llenos y mezclados con Dios, presienten las cosas futuras, dan cautela para los peligros, remedio para las enfermedades, esperanza para los afligidos, ayuda para los miserables, consuelo para las calamidades, alivio para los trabajos: incluso durante el descanso vemos, oímos, reconocemos a los dioses, a quienes impíamente negamos, no queremos, juramos en falso durante el día.
9.1
CAPÍTULO VIII.
9.1
ARGUMENTO.-- No deben ser toleradas la impía temeridad de Teodoro, Diágoras y Protágoras, quienes quisieron eliminar o al menos infirmar la religión de los dioses; pero mucho menos debe ser tolerada la nación de los cristianos, tenebrosa y que huye de la luz, que escupe a los dioses, y mientras temen morir después de la muerte, mientras tanto no temen morir.
9.2
Por tanto, aunque de todas las gentes permanezca firme el consenso sobre los dioses inmortales, aunque sea incierta su razón u origen; no tolero a nadie que, hinchado con tanta audacia y con no sé qué prudencia irreligiosa, intente disolver o infirmar esta religión tan antigua, tan útil, tan saludable. Aunque sea aquel Teodoro Cireneo, o, quien fue anterior, Diágoras Melio, a quien la antigüedad puso el sobrenombre de Ateo, quienes ambos, al asegurar que no hay dioses, eliminaron profundamente todo temor, por el cual se rige la humanidad, y la veneración: sin embargo, nunca prevalecerán en esta disciplina de impiedad con el nombre y la autoridad de una filosofía simulada, cuando los atenienses expulsaron de sus confines a Protágoras de Abdera, quien disputaba sobre la divinidad de manera más consultada que profana, y quemaron sus escritos en la asamblea;¿ qué hombres( pues me sostendréis mientras expongo más libremente el ímpetu de la acción emprendida), qué hombres, digo, de una facción deplorada, ilícita y desesperada, no debe gemirse que se abalancen sobre ellos? quienes, recogidos de la última hez, los más ignorantes, y mujeres crédulas, que caen por la facilidad de su sexo, instituyen una plebe de conjuración profana; la cual se federan con congregaciones nocturnas, y ayunos solemnes y comidas inhumanas, no con un sagrado, sino con un pecado. Nación tenebrosa y que huye de la luz, muda en público, habladora en los rincones: desprecian los templos como sepulcros; escupen a los dioses, se ríen de los sagrados, se compadecen de los miserables, si es lícito, desprecian los honores y las púrpuras de los sacerdotes, siendo ellos mismos seminudos. Por una estulticia maravillosa y una audacia increíble, desprecian los tormentos presentes, mientras temen los inciertos y futuros; y mientras temen morir después de la muerte, mientras tanto no temen morir. Así, una esperanza falaz les halaga con un consuelo revivido el pavor.
10.1
CAPÍTULO IX.
10.1
ARGUMENTO.-- La religión de los cristianos es estulta, pues veneran a un hombre crucificado y el mismo instrumento de este suplicio. Se dice que adoran la cabeza de un asno y que adoran la misma naturaleza de su padre. Se inician mediante el asesinato de un infante y sangre, y a través de tinieblas impudentes se mezclan todos con suerte incierta.
10.2
Y ya, como las cosas peores prosperan más fecundamente, al corromperse las costumbres día a día, por todo el orbe crecen esos santuarios terribles de impía coición. Hay que arrancar de raíz esta conspiración execrable. Se conocen por notas y signos ocultos, y se aman mutuamente casi antes de conocerse: por todas partes también entre ellos se mezcla como una cierta religión de las libidines; y se llaman promiscuamente hermanos y hermanas, para que incluso el estupro no insolente, por intercesión del nombre sagrado, se convierta en incesto: así su vana y demente superstición se gloría en los crímenes. Y la fama sagaz no hablaría de ellos, a menos que la verdad se detuviera, cosas máximas y varias, máximamente nefandas y que deben ser dichas con honor. Oigo que veneran la cabeza consagrada de un asno, la bestia más torpe, por no sé qué persuasión inepta: religión digna y nacida para tales costumbres. Otros cuentan que adoran los genitales del mismo antístite y sacerdote, y que adoran la naturaleza como si fuera la de su padre. No sé si es falso, ciertamente es una sospecha adecuada para sagrados ocultos y nocturnos: y quienes fabulan que su ceremonia es un hombre, castigado con el sumo suplicio por un crimen, y los maderos fatales de la cruz, atribuyen altares congruentes a perdidos y criminales, para que honren lo que merecen.( VI) Ya sobre la iniciación de los novatos la fábula es tan detestable como conocida: un infante cubierto de harina, para engañar a los incautos, es puesto ante aquel que va a ser imbuido en los sagrados. Ese infante es asesinado por el novato, con heridas ciegas y ocultas, al ser provocado por la superficie de la harina como a golpes inocuos:¡ oh nefasto!, lamen sedientos su sangre, despedazan con entusiasmo sus miembros: con esta víctima se federan; con esta conciencia del crimen se empeñan en un silencio mutuo: estos sagrados son más terribles que todos los sacrilegios.( VII) Y sobre el banquete es conocido, todos hablan por todas partes, eso también lo atestigua el discurso de nuestro cirtense: se reúnen para las epulaciones en día solemne, con todos los hijos, hermanas, madres, de todo sexo de hombre y de toda edad: allí, después de muchas epulaciones, cuando el banquete se ha calentado, y ha ardido el fervor de la ebriedad de la libido incestuosa, el perro que está atado al candelabro es provocado al ímpetu y al salto mediante el lanzamiento de un bocado más allá del espacio de la línea por la que está atado: así, al ser derribada y extinguida la luz consciente, en tinieblas impudentes se envuelven en los nexos de una codicia nefanda por la incertidumbre de la suerte; y, si no todos en la obra, sin embargo en la conciencia son igualmente incestuosos, puesto que por el voto de todos se apetece lo que puede suceder en el acto de cada uno.
11.1
CAPÍTULO X.
11.1
ARGUMENTO.-- Lo que sea que honran, intentan ocultarlo grandemente: no tienen altares, ni templos, ni simulacros conocidos. Se dice que su Dios, al igual que el de los judíos, es único: a quien, como no pueden verlo ni mostrarlo, lo consideran, no obstante, molesto, inquieto y curiosamente preposterado.
11.2
Omito muchas cosas a propósito; pues también estas son demasiadas las que, o todas o la mayoría de todas, declara verdaderas la oscuridad de la misma religión depravada.¿ Por qué, en efecto, intentan grandemente ocultar y esconder lo que sea que honran, cuando las cosas honestas siempre se alegran de lo público, y los crímenes son secretos?¿ Por qué no tienen altares, ni templos, ni simulacros conocidos?¿ Nunca hablan abiertamente, nunca se reúnen libremente, a menos que aquello que honran y entrecortan deba ser castigado o sea vergonzoso?¿ De dónde, además, o quién es aquel, o dónde está el Dios único, solitario, desamparado; a quien no conoció una gente libre, ni los reinos, ni al menos la superstición romana? La sola y miserable gentilidad de los judíos honró a un solo Dios, y ellos mismos, pero abiertamente, pero con templos, altares, víctimas y ceremonias: cuya fuerza y potestad es tan nula, que está cautivo con su nación ante los numenes romanos.¿ Pero también los cristianos qué monstruos, qué portentos fingen? A aquel su Dios, a quien no pueden mostrar ni ver, lo quieren investigando diligentemente en las costumbres de todos, en los actos de todos, finalmente en las palabras y en los pensamientos ocultos, discurriendo ciertamente, y presente en todas partes; lo quieren molesto, inquieto, incluso impudentemente curioso, puesto que está presente en todos los hechos, vaga por todos los lugares: cuando ni puede servir a cada uno, distraído por todas las cosas, ni puede bastar a todos, ocupado en cada uno.( VIII)¿ Qué?¿ Que amenazan con un incendio a todo el orbe, y al mismo mundo con sus astros, traman la ruina? como si el orden eterno constituido por las leyes divinas de la naturaleza fuera turbado, o rota la alianza de todos los elementos, y dividida la compaginación celestial, esa mole por la que es contenido y ceñido fuera socavada.
12.1
CAPÍTULO XI.
12.1
ARGUMENTO.-- Afirman también el futuro incendio de todo el mundo; y después de la resurrección de nuestros cuerpos, prometen la eternidad de una vida beatísima para los justos, y de máximas penas para los injustos.
12.2
Y no contentos con esta opinión furiosa, construyen y añaden fábulas de viejas; afirman que renacen después de la muerte y las cenizas y las pavesas: y con no sé qué confianza creen mutuamente en sus mentiras; pensarías que ya han revivido.¡ Mal dudoso y doble demencia! Denunciar el interito al cielo y a los astros, que dejamos tal como los encontramos: prometerse a sí mismos, muertos, extinguidos, que como nacemos y perecemos, la eternidad. De ahí, evidentemente, execran las piras y condenan las sepulturas de fuego; como si todo cuerpo, aunque sea sustraído a las llamas, no se resolviera en tierra por los años y las edades: y no importara si las fieras lo despedazan, o los mares lo consumen, o el humus lo cubre, o la llama lo sustrae, cuando para los cadáveres toda sepultura, si sienten, es pena; si no sienten, es medicina por la misma celeridad de consumirse. Engañados por este error, se prometen una vida beata para sí, como para los buenos, y perpetua después de la muerte: para los demás, como para los injustos, pena sempiterna. Muchas cosas bastan para esto, si el discurso no se apresurara, ya enseñé que los injustos mismos, más no me esfuerzo: aunque si concediera a los justos, sin embargo, la culpa o la inocencia es atribuida al destino por las sentencias de la mayoría y este es vuestro consenso. Pues lo que sea que hacemos, como otros al destino, así vosotros os dedicáis a Dios: así vuestra secta no desea espontáneamente, sino que son elegidos. Por tanto, fingís un juez inicuo, que castigue la suerte en los hombres, no la voluntad. Sin embargo, querría preguntar,¿ si resucitan con cuerpos?¿ Y con qué cuerpos?¿ Con los mismos o con innovados?¿ Sin cuerpo? Sin cuerpo. Esto, que yo sepa, no es mente, ni alma, ni vida.¿ Con el mismo cuerpo? Pero ya se ha desmoronado antes.¿ Con otro cuerpo? Por tanto, nace un hombre nuevo, no se repara aquel anterior. Y sin embargo, tanta edad ha pasado, siglos innumerables han fluido,¿ quién uno solo ha regresado de los infiernos, por la suerte de Protesilao, con el permiso de un permiso de horas, o para que creyéramos por ejemplo? Todos esos figmentos de una opinión insana, y consuelos ineptos, jugados por poetas falaces en la dulzura del poema, han sido torpemente reformados por vosotros, sin duda crédulos, en vuestro Dios.
13.1
CAPÍTULO XII.
13.1
ARGUMENTO.-- Qué sucederá a los mismos cristianos después de la muerte, podemos augurarlo de ahí, que ahora, destituidos de toda ayuda, son oprimidos por máximas calamidades y miserias.
13.2
Y al menos no tomes el experimento de la cabeza de los presentes, cómo os engañan los votos vanos de una promesa irrita: qué pende después de la muerte, miserables, mientras aún vivís, estimadlo. He aquí que una parte de vosotros, y la mayor y mejor, como decís, estáis necesitados, tenéis frío, trabajáis con obra, hambre: y Dios lo sufre, lo disimula; no quiere, o no puede ayudar a los suyos. Así, o es inválido, o es inicuo. Tú, que sueñas con la inmortalidad póstuma, cuando eres sacudido con peligro, cuando eres quemado con fiebres, cuando eres lacerado con dolor,¿ no sientes entonces tu condición?¿ No reconoces entonces la fragilidad? Involuntario, miserable, eres argüido de infirmidad,¿ y no lo confiesas? Pero omito las cosas comunes; he aquí para vosotros amenazas, suplicios, tormentos, y ya no cruces que deben ser adoradas, sino que deben ser sufridas: fuegos también, que predecís y teméis:¿ dónde está aquel Dios, que puede ayudar a los que reviven, pero no puede a los que viven?¿ Acaso los romanos no imperan, reinan, disfrutan de todo el orbe sin vuestro Dios, y los vuestros dominan? Vosotros, en cambio, suspendidos mientras tanto y solícitos, os abstenéis de placeres honestos. No visitáis los espectáculos, no participáis en las pompas: los banquetes públicos sin vosotros; aborrecéis los certámenes sagrados, las comidas predecidas y las bebidas libadas en los altares. Así teméis a los dioses, a quienes negáis. No os ceñís la cabeza con flores; no honráis el cuerpo con olores: reserváis los ungüentos para los funerales: negáis incluso las coronas a los sepulcros, pálidos, trémulos, dignos de misericordia, pero de nuestros dioses. Así ni resucitáis miserables, ni vivís mientras tanto.( IX) Por tanto, si tenéis algo de sabiduría o vergüenza, dejad de escudriñar las plagas del cielo, y los destinos del mundo y los secretos: basta con mirar ante los pies, mayormente a los indoctos, impolitos, rudos, agrestes: a quienes no se ha dado entender las cosas civiles, mucho más se ha denegado discurrir sobre las divinas.
14.1
CAPÍTULO XIII.
14.1
ARGUMENTO.-- Concluye finalmente Cecilio que la nueva religión debe ser repudiada; y que no se debe pronunciar temerariamente sobre cosas dudosas.
14.2
Aunque, si hay libido de filosofar, que cada uno de vosotros, que es tan grande, imite a Sócrates, príncipe de la sabiduría, si pudiera; es conocida la respuesta de aquel hombre, cuantas veces era preguntado sobre las cosas celestiales: LO QUE ESTÁ SOBRE NOSOTROS, NADA ES PARA NOSOTROS. Merecidamente, pues, mereció el testimonio de prudencia singular sobre el oráculo, el cual oráculo, él mismo presintió, por eso estaba propuesto a todos; no porque hubiera descubierto todas las cosas, sino porque había aprendido que no sabía nada: así la suma prudencia es la ignorancia confesada. De esta fuente fluyó la duda segura de Arcesilao, y mucho después de Carnéades, y de la mayoría de los académicos en las cuestiones supremas; género de filosofar con el que pueden filosofar cautamente los indoctos, y gloriosamente los doctos.( X)¿ Qué?¿ No es admirable para todos y digna de ser seguida la duda de Simónides de Melos? quien Simónides, cuando era preguntado por el tirano Hierón sobre qué y cuáles consideraba que eran los dioses, primero pidió un día para deliberar, al día siguiente prorrogó por dos días, pronto añadió otro tanto, advertido: finalmente, cuando el tirano preguntaba las causas de tanta demora, respondió él, que para él, cuanto más tardía avanzaba la inquisición, tanto más oscura se hacía la verdad. En mi opinión también, las cosas que son dudosas, como son, deben ser dejadas: y, deliberando tantos y tan grandes hombres, no debe emitirse sentencia temeraria y audazmente hacia una parte, para que no se introduzca una superstición de vieja, o se destruya toda religión.
15.1
CAPÍTULO XIV.
15.1
ARGUMENTO.-- Cecilio provoca a Octavio, no sin fastidio de ánimo elevado, para que responda a sus argumentos. A quien Minucio responde modestamente, que no debe exultar por su elocuencia no mediocre, ni por la concisa variedad de su oración.
15.2
Así Cecilio, y sonriendo( pues el ímpetu de la oración derramada había relajado el tumor de su indignación):¿ Acaso Octavio, hombre de prosapia plautina, como principal de los panaderos, así último de los filósofos, se atreve a esto?, dijo. Perdona, dije, aplaudir contra él; pues no es digno que exultes por la concisión del discurso antes de que se haya perorado más plenamente por ambas partes; mayormente cuando vuestra disputa no se apoya en la alabanza, sino en la verdad. Y aunque tu oración me haya deleitado en gran modo, con sutil variedad, sin embargo me muevo más profundamente, no por la acción presente, sino por todo el género de disputar: que generalmente, según las fuerzas de los que discurren y la potestad de la elocuencia, también se cambia la condición de la verdad perspicua. Es muy conocido que eso sucede por la facilidad de los auditores, quienes, mientras son apartados de las intenciones de las cosas por el halago de las palabras, asienten sin elección a todos los dichos: y no separan lo falso de lo recto, sin saber que en lo increíble hay verdad, y en lo verosímil mentira. Por tanto, cuanto más a menudo creen en las aseveraciones, tanto más frecuentemente son argüidos por los más peritos: así, engañados asiduamente por la temeridad. Trasladan la culpa del juez a la querella de lo incierto, para que, condenadas todas las cosas, prefieran suspender todas las cosas, antes que juzgar sobre las falaces. Por tanto, debemos proveer que no trabajemos por el odio de todos los discursos, de modo que la mayoría de los más simples sean llevados a la execración y al odio de los hombres. Pues los incautamente crédulos son circunvenidos por aquellos a quienes pensaron buenos: pronto, por el error, ya sospechosos todos, como improbos temen incluso a aquellos a quienes pudieron sentir como óptimos. Nosotros, por tanto, solícitos, porque se discurre por ambas partes en todo negocio, y por una parte generalmente la verdad es oscura, por el otro lado hay una sutilidad maravillosa, que a veces imita con la ubertad de decir la fe de la probación confesada: pesemos diligentemente, cuanto se pueda, cada cosa, para que podamos alabar las agudezas, pero elegir, probar y aceptar las cosas que son rectas.
16.1
CAPÍTULO XV.
16.1
ARGUMENTO.-- Cecilio replica a Minucio, no sin alguna significación de ánimo herido, que él mismo se retira del oficio de juez religioso, mientras infirma las fuerzas de su disputa. Que es íntegro para Octavio confutar todas las cosas que había traído al medio.
16.2
Te apartas, dijo Cecilio, del deber de un juez religioso; pues es una injusticia que tú, al interrumpir una disputa tan grave, quebrantes las fuerzas de mi alegato, mientras Octavio tiene cada punto íntegro e intacto. Si puede reflexionar; lo que criticas, dije, lo he expuesto para provecho común, si no me equivoco, para que, mediante un examen escrupuloso, liberemos nuestra opinión no con la hinchazón de la elocuencia, sino con la solidez de las cosas mismas: y no debe distraerse, como te quejas, la atención por más tiempo, ya que en medio de un silencio total es lícito escuchar la respuesta de nuestro Januario, que ya está impaciente.
17.1
CAPÍTULO XVI.
17.1
ARGUMENTO.-- Octavio comienza, pues, su respuesta: y confía en que con un torrente de palabras veraces diluirá la amarguísima mancha de las injurias. Luego pasa a refutar cada uno de los argumentos de Cecilio. Por tanto, establece primero que nadie debe llevar a mal que los cristianos, por muy indoctos que sean, disputen sobre asuntos celestiales: pues no debe observarse la autoridad del que disputa, sino la verdad de la disputa misma.
17.2
Y Octavio: Hablaré, ciertamente, como pueda, según mis fuerzas; y tú debes esforzarte conmigo para que diluyamos la amarguísima mancha de las injurias en un torrente de palabras veraces. Y no disimularé al principio que la opinión de mi Natal ha vacilado de forma tan errante, vaga y resbaladiza, que debemos dudar si tu erudición se ha turbado o si ha vacilado por error. Pues alternaba entre creer en los dioses y deliberar sobre ello, de modo que, en la incertidumbre de la propuesta, se fundara la intención de nuestra respuesta. Pero en mi Natal no quiero astucia, no la creo: lejos está de su sencillez la sutileza urbana.¿ Qué es, pues? Como quien no conoce el camino recto, donde, como sucede, uno se divide en varios, porque no conoce el camino, se detiene ansioso, y no se atreve a elegir uno solo ni a aprobar todos; así, aquel que no tiene un juicio estable de la verdad, según se esparce la sospecha infiel, así se disipa su opinión dudosa. Por tanto, no es ningún milagro si Cecilio es arrojado una y otra vez en contrarios y repugnantes vaivenes y fluctuaciones: para que esto no suceda más, convenceré y refutaré, aunque sean diversas las cosas que se han dicho; una vez confirmada y probada la verdad, no le queda a él más que dudar ni vagar. Y puesto que mi hermano ha estallado diciendo que le lleva a mal, que se irrita, que se indigna, que le duele que hombres iletrados, pobres e inexpertos disputen sobre asuntos celestiales; que sepa que todos los hombres, sin distinción de edad, sexo o dignidad, han sido creados capaces y hábiles para la razón y el sentido: y que la sabiduría no se obtiene por fortuna, sino que está implantada por la naturaleza: es más, que incluso los mismos filósofos, o si otros inventores de artes han pasado a la memoria, antes de que por la destreza de la mente lograran la claridad de su nombre, fueron considerados plebeyos, indoctos, seminudos; hasta tal punto los ricos, atados a sus facultades, estaban acostumbrados a mirar más el oro que el cielo: nuestros pobres, en cambio, han inventado la prudencia y han transmitido la disciplina a los demás. De donde aparece que el ingenio no se da por las facultades, ni se prepara con el estudio, sino que se genera con la misma formación de la mente. Nada, pues, debe indignar o doler si cualquiera busca, siente o expresa sobre lo divino; puesto que no se requiere la autoridad del que disputa, sino la verdad de la disputa misma: y además, cuanto más inexperto es el discurso, más ilustre es la razón: puesto que no se maquilla con la pompa de la elocuencia y la gracia, sino que, tal como es, se sostiene por la regla de lo recto.
18.1
CAPÍTULO XVII.
18.1
ARGUMENTO.-- Confiesa ciertamente que el hombre debe conocerse a sí mismo: pero niega rotundamente que este conocimiento pueda ser obtenido por él sin que antes reconozca la universalidad de las cosas y a Dios mismo. Por la misma constitución y ornato del mundo, cualquiera dotado de razón tiene por cierto que fue fundado por Dios y que es regido y administrado por Él.
18.2
Y no rehúso lo que Cecilio se ha esforzado en afirmar entre lo principal, que el hombre debe conocerse a sí mismo y observar qué es, de dónde es, por qué es; si está compuesto de elementos, o formado por átomos, o más bien hecho, formado y animado por Dios. Lo cual, explorar y descubrir, no podemos sin la investigación de la universalidad, puesto que están tan coherentes, conectados y concatenados que, si no examinas diligentemente la razón de la divinidad, desconocerás la de la humanidad: y no podrías gestionar bien el asunto civil si no hubieras conocido esta ciudad común de todo el mundo: especialmente cuando nos diferenciamos de las fieras en que ellas, inclinadas y mirando hacia la tierra, no han nacido para mirar nada más que el pasto, mientras que a nosotros se nos ha dado el rostro erguido, la mirada hacia el cielo, el habla y la razón, por las cuales reconocemos, sentimos e imitamos a Dios, y no es justo ni lícito ignorar la claridad celestial que se presenta a nuestros ojos y sentidos. Pues es como el mayor de los sacrilegios buscar en el suelo lo que debes encontrar en lo sublime. Por lo cual me parecen tener menos mente, sentido y, finalmente, ojos, aquellos que no quieren que este ornato de todo el mundo haya sido perfeccionado por la razón divina, sino que esté aglomerado por ciertos fragmentos que se han unido al azar. Pues,¿ qué puede ser tan abierto, tan confesado y tan perspicuo, cuando has levantado los ojos al cielo y has examinado lo que está debajo y alrededor, que el hecho de que existe algún numen de mente preeminente, por el cual toda la naturaleza es inspirada, movida, alimentada y gobernada? Mira el cielo mismo.¡ Qué ampliamente se extiende!¡ Qué rápidamente se mueve! Ya sea que se distinga por los astros en la noche, o que sea iluminado por el sol en el día: ya sabrás qué maravillosa y divina es en él la nivelación del sumo moderador. Mira también cómo el curso del sol hace el año: y mira cómo la luna hace girar el mes con su crecimiento, su declive y su trabajo.¿ Qué diré de las recurrentes vicisitudes de las tinieblas y la luz, para que tengamos una reparación alterna de trabajo y descanso? Pero debe dejarse a los astrólogos un discurso más prolijo sobre los astros, ya sea porque rigen el curso de la navegación o porque introducen el tiempo de arar y segar; cosas que, no solo para que fueran creadas, hechas y dispuestas, necesitaron del sumo artífice y de la razón perfecta, sino que tampoco pueden ser sentidas, percibidas ni entendidas sin la mayor destreza y razón.¿ Qué cuando el orden de los tiempos y de los frutos se distingue por una estabilidad variada, no testifica acaso a su autor y padre, la primavera con sus flores, el verano con sus cosechas, la madurez grata del otoño y la necesaria olividad invernal? Orden que se turbaría fácilmente si no consistiera en la mayor razón.¡ Qué gran providencia, además, para que el invierno no quemara solo con hielo, o el verano solo con ardor, insertar el temperamento medio del otoño y la primavera, para que a través de sus huellas los tránsitos del año que vuelve fueran ocultos e inocuos! Observa el mar: está limitado por la ley de la orilla. Mira todo lo que hay de árboles, cómo se anima desde las entrañas de la tierra. Mira el Océano: refluye con mareas recíprocas. Mira las fuentes: manan por venas perennes; contempla los ríos: van siempre con cursos ejercitados.¿ Qué hablaré de la disposición adecuada de las rectas de los montes, de las curvas de las colinas, de la extensión de los campos?¿ O qué hablaré de la protección multiforme de los seres vivos contra sí mismos? Unos armados con cuernos, otros protegidos con dientes, fundados con pezuñas y erizados con aguijones:¿ o libres por la velocidad de los pies, o por la elevación de las alas? La misma belleza de nuestra forma confiesa especialmente a Dios como artífice, el porte rígido, el rostro erguido, los ojos situados en lo más alto, como en una atalaya, y todos los demás sentidos compuestos como en una ciudadela.
19
CAPÍTULO XVIII.
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Es largo ir por cada cosa: no hay nada en los miembros del hombre que no sea por causa de necesidad y de decoro: y lo que es más sorprendente, la misma figura para todos, pero ciertos rasgos desviados para cada uno. Así, parecemos todos similares y, sin embargo, nos encontramos disímiles entre nosotros. ¿Qué decir de la razón del nacimiento? ¿Qué del deseo de engendrar? ¿No fue dado por Dios? ¿Y que los pechos se llenen de leche al madurar el parto, y que el tierno feto crezca con la abundancia del rocío lácteo? Y Dios no solo cuida de la universalidad, sino también de las partes. Bretaña carece de sol, pero es recreada por el calor del mar que la rodea: el río Nilo templa la sequedad de Egipto: el Éufrates cultiva Mesopotamia: el Indo compensa la falta de lluvias, y se dice que siembra y riega el Oriente. Pero si al entrar en alguna casa hubieras visto todo pulido, dispuesto y adornado, ciertamente creerías que un dueño preside sobre ella y que es mucho mejor que esos bienes; así, en esta casa del mundo, cuando contemplas el cielo y la tierra, la providencia, el orden y la ley, cree que el dueño y padre de la universalidad es más hermoso que los mismos astros y que todas las partes del mundo entero. A menos que, puesto que no hay duda sobre la providencia, pienses que debe investigarse si el reino celestial es gobernado por el imperio de uno solo o por el arbitrio de muchos: lo cual no es de mucho trabajo abrir para quien piensa en los imperios terrenales, de los cuales los ejemplos son ciertamente del cielo: ¿cuándo comenzó alguna vez una sociedad de reino con fidelidad o terminó sin sangre? Omito a los persas, que auguraban el principado por el relincho de los caballos; y paso por alto la fábula ya muerta de los tebanos: la memoria de los gemelos es muy conocida por el reino de los pastores y la cabaña; las guerras entre yerno y suegro se difundieron por todo el mundo: y la fortuna no acogió a dos en un imperio tan grande. Mira lo demás: un solo rey para las abejas, un solo jefe para los rebaños, un solo rector en los rebaños: ¿tú crees que en el cielo la suma potestad se divide y se escinde toda la potestad de aquel verdadero y divino imperio? Cuando es evidente que Dios, padre de todos, no tiene principio ni fin; que otorga el nacimiento a todos, la perpetuidad a sí mismo, que fue antes del mundo y para sí mismo fue el mundo; que ordena todas las cosas que existen con su palabra, las dispensa con su razón y las consuma con su virtud. Este no puede ser visto, es más claro que la vista; ni comprendido, es más puro que el tacto; ni estimado, es mayor que los sentidos; infinito, inmenso, y conocido solo por sí mismo, tal cual es; para nosotros, en cambio, el pecho es estrecho para el intelecto; y por eso lo estimamos dignamente mientras decimos que es inestimable. Expresaré cómo siento; quien piensa conocer la magnitud de Dios, la disminuye; quien no quiere disminuirla, no la conoce. Ni busques un nombre para Dios, Dios es el nombre. Allí se necesitan vocablos cuando la multitud debe ser dividida por los signos propios de las apelaciones individuales: para Dios, que es único, el vocablo de Dios lo es todo. Si lo llamo padre, pensarás en uno terrenal; si rey, sospecharás uno carnal; si señor, entenderás ciertamente a uno mortal. Quita los añadidos de los nombres y verás su claridad. ¿Qué? Que tengo el consenso de todos sobre esto: escucho al vulgo, cuando extienden las manos al cielo, no dicen otra cosa que DIOS; y, DIOS ES GRANDE; y, DIOS ES VERDADERO, y, SI DIOS LO DA. ¿Es este el discurso natural del vulgo o la oración de un cristiano que confiesa? Y los que quieren a Júpiter como príncipe, se equivocan en el nombre, pero consienten en la única potestad. Escucho también a los poetas proclamando a «un solo padre de los dioses y de los hombres», y «que tal es la mente de los mortales como el padre de todos los días haya guiado».
20.1
CAPÍTULO XIX.
20.1
ARGUMENTO.-- Además, los poetas llamaron a aquel Padre de los dioses y de los hombres, creador de todas las cosas, mente y espíritu. Es más, los mismos filósofos más destacados pensaron casi lo mismo que los cristianos sobre el Dios único.
20.2
¿ Qué decir del mantuano Marón?¿ No es más abierto, más cercano, más verdadero?« En el principio, dice, el cielo y las tierras», y los demás miembros del mundo« un espíritu los alimenta por dentro, y una mente infundida los agita. De ahí el género de los hombres y de las bestias» y cualquier otro de los animales. El mismo, en otro lugar, llama a esa mente y espíritu, Dios; pues estas son las verdaderas palabras:« Pues Dios recorre todas las tierras y los tractos del mar y el cielo profundo. De donde los hombres y las bestias, de donde la lluvia y el fuego».¿ Qué otra cosa es Dios predicado por nosotros, sino mente, razón y espíritu? Revisemos, si place, las disciplinas de los filósofos, descubrirás que ellos, aunque con discursos variados, sin embargo, en las cosas mismas, convergen y conspiran hacia esta única opinión. Omito a aquellos rudos y antiguos que merecieron ser sabios por sus dichos. Sea Tales de Mileto el primero de todos, quien primero de todos disputó sobre los asuntos celestiales. Ese Tales de Mileto dijo que el inicio de las cosas era el agua; pero que Dios era aquella mente que formó todas las cosas a partir del agua.¡ Ea! Una razón más alta y sublime del agua y del espíritu de la que pudo ser encontrada por el hombre; transmitida por Dios. Ves que la opinión del filósofo principal concuerda profundamente con la nuestra. Anaxímenes después, y tras él Diógenes de Apolonia, establecen que el aire es Dios, infinito e inmenso. De estos también es similar el consenso sobre la divinidad. La descripción de Anaxágoras, en cambio, y el movimiento de la mente infinita se dice que es Dios. Y para Pitágoras, Dios es el alma, que recorre e intenta toda la naturaleza de las cosas: de la cual también se toma la vida de todos los animales. Es conocido que Jenófanes enseña que todo lo infinito con la mente es Dios; y Antístenes, que los dioses populares son muchos, pero que el natural es uno principal; Zeuxipo, que Dios es la fuerza natural y animal por la que todo es regido.¿ Qué decir de Demócrito? Aunque fue el primer inventor de los átomos,¿ no habla a menudo de la naturaleza, que funde las imágenes, y de la inteligencia como Dios? Estratón también, él mismo, habla de la naturaleza: incluso Epicuro, aquel que finge que los dioses son ociosos o inexistentes, sin embargo, pone a la naturaleza por encima. Aristóteles varía, pero asigna una sola potestad. Pues a veces llama a la mente Dios, a veces al mundo, a veces pone a Dios al frente del mundo. Aristóteles del Ponto varía, atribuyendo el principado a veces al mundo, a veces a la mente divina. Heráclides del Ponto también adscribe a Dios la mente divina, aunque de forma variada. Teofrasto, y Zenón, y Crisipo, y Cleantes, son ellos mismos multiformes; pero todos se vuelven hacia la unidad de la providencia. Pues Cleantes discurrió que Dios es la mente, a veces el alma, a veces el éter, a menudo la razón. Zenón, maestro del mismo, quiere que la ley natural y divina, y a veces el éter, y a veces la razón, sean el principio de todo. Asimismo, interpretando que Juno es el aire, Júpiter el cielo, Neptuno el mar, que el fuego es Vulcano, y mostrando que los demás dioses del vulgo son elementos, refuta y vence gravemente el error público. Casi lo mismo cree Crisipo, que Dios es la fuerza divina, la naturaleza racional, y a veces el mundo, y la necesidad fatal, e imita a Zenón en la interpretación de la fisiología en los poemas de Hesíodo, Homero y Orfeo. También es disciplina de Diógenes de Babilonia exponer y discurrir que el parto de Júpiter y el nacimiento de Minerva, y este género de cosas, son vocablos de cosas, no de dioses. Pues Jenofonte, el socrático, niega que la forma del Dios verdadero pueda ser vista y, por tanto, que no debe ser buscada. Aristo el estoico, que no puede ser comprendido en absoluto. Ambos sintieron la majestad de Dios por la desesperación de entenderlo. Para Platón, el discurso sobre Dios y las cosas mismas y los nombres es más abierto; y que sería totalmente celestial, si no se ensuciara a veces con la mezcla de la persuasión civil. Por tanto, para Platón en el Timeo, Dios es, por su propio nombre, el padre del mundo, artífice del alma, fabricador de los seres celestiales y terrenales; de quien previene que es difícil de encontrar, por su poder demasiado grande e increíble; y, cuando lo has encontrado, imposible de decir en público. Casi lo mismo son estas cosas que son nuestras: pues también conocemos a Dios y lo llamamos padre de todos, y nunca lo predicamos públicamente, a menos que seamos interrogados.
21.1
CAPÍTULO XX.
21.1
ARGUMENTO.-- Que si el mundo es regido por la Providencia y gobernado por el asentimiento de un solo Dios, no debe la antigüedad inexperta arrastrarnos al error de un consenso mutuo; la cual, sin duda, deleitada con sus fábulas, introdujo ridículas tradiciones. Y no menos evidentemente se muestra que el culto a los dioses siempre ha sido insulso e impío, mientras los más antiguos de los mortales veneraron a sus reyes, jefes ilustres e inventores de artes, por sus preclaras hazañas, no de otra manera que a dioses.
21.2
He expuesto las opiniones de casi todos los filósofos, cuya gloria es más ilustre por haber designado a Dios único, aunque con muchos nombres; de modo que cualquiera pensaría que o bien los cristianos de ahora son filósofos, o bien los filósofos de entonces ya eran cristianos. Pero si el mundo es regido por la Providencia y gobernado por el asentimiento de un solo Dios, no debe la antigüedad de los inexpertos, deleitada o cautivada por sus fábulas, arrastrarnos al error de un consenso mutuo; puesto que es refutada por las sentencias de sus propios filósofos, a quienes asiste la autoridad tanto de la razón como de la antigüedad. Pues en nuestros antepasados hubo una fe tan fácil en las mentiras, que creyeron temerariamente incluso otros monstruosos y maravillosos milagros: a Escila múltiple, a la Quimera multiforme, y a la Hidra renaciendo con heridas felices, y a los Centauros, caballos mezclados con sus hombres; y lo que la fama puede fingir, ellos estaban dispuestos a escucharlo.¿ Qué? Aquellas fábulas de viejas, sobre hombres convertidos en aves y fieras, hombres y árboles y flores convertidos de hombres: que si hubieran sucedido, sucederían; porque no pueden suceder, por eso tampoco sucedieron. De manera similar, también respecto a los dioses, nuestros antepasados, imprevisores, crédulos, creyeron con ruda sencillez: mientras veneran religiosamente a sus reyes, mientras desean ver a los difuntos en imágenes, mientras se deleitan en retener sus memorias en estatuas, se hicieron sagradas las cosas que habían sido consuelos asumidos. Finalmente, incluso antes de que el mundo se abriera a los comercios, y antes de que las naciones mezclaran sus ritos y costumbres, cada nación veneraba a su fundador, o a un jefe ilustre, o a una reina casta más fuerte que su sexo, o al inventor de algún don o arte, como a un ciudadano de buena memoria. Así se daba tanto el premio a los difuntos como el ejemplo a los futuros.
22.1
CAPÍTULO XXI.
22.1
ARGUMENTO.-- Octavio confirma que los mortales fueron asumidos como dioses con el testimonio de Evémero, Pródico, Perseo y Alejandro Magno, por quienes se enumeran la patria, los nacimientos y los sepulcros de los dioses. Expone además los tristes finales, destinos y funerales de los dioses. A esto añade las necias y podridas nadas que los étnicos venden sobre la forma y figura de sus dioses.
22.2
Lee los escritos de los estoicos o los escritos de los sabios, reconocerás lo mismo conmigo. Evémero expone que fueron tenidos por dioses por méritos de virtud o de don, y enumera sus nacimientos, patrias, sepulcros y los muestra por provincias: los de Júpiter en Dicta y los de Apolo en Delfos, y los de Isis en Paros, y los de Ceres en Eleusis. Pródico habla de los que fueron asumidos como dioses, quienes al errar ayudaron a la utilidad de los hombres con nuevos inventos. En la misma sentencia filosofa también Perseo, y añade que los frutos inventados y los inventores de los frutos mismos tienen los mismos nombres, como es el discurso cómico, que Venus sin Líber y Ceres se enfría. Aquel Alejandro Magno, el macedonio, escribió en un volumen insigne a su madre, que le había sido revelado por un sacerdote el secreto sobre los dioses hombres por miedo a su poder: a él le hace a Vulcano príncipe de todos, y después la estirpe de Júpiter y desprecias a Isis ante la golondrina, el sistro y el túmulo vacío de tu Serapis u Osiris con los miembros esparcidos. Considera finalmente los ritos mismos y los misterios mismos, encontrarás finales tristes, destinos y funerales, y llantos y lamentos de los dioses miserables. Isis llora, se lamenta, busca a su hijo perdido con su cinocéfalo y sus sacerdotes calvos, y los miserables isíacos se golpean el pecho e imitan el dolor de la infelicísima madre: pronto, encontrado el pequeño, Isis se alegra, los sacerdotes exultan, el cinocéfalo inventor se gloría: y no dejan todos los años de perder lo que encuentran o de encontrar lo que pierden.¿ No es ridículo llorar lo que adoras o adorar lo que lloras? Estos, sin embargo, fueron ritos egipcios, ahora también son ritos romanos. Ceres, con antorchas encendidas y rodeada por una serpiente, busca ansiosa y solícita a Líbera, arrebatada y corrompida por el error. Estos son los eleusinos.¿ Y cuáles son los ritos de Júpiter? Una cabra nodriza, y el infante es sustraído al padre ávido para que no sea devorado; y el tintineo de los címbalos de los coribantes es elidido para que el padre no escuche los vagidos. Cibeles de Dindimo, da vergüenza decirlo, quien a su adúltero infelizmente complacido, puesto que ella misma era deforme y vieja, como madre de muchos dioses, no podía atraerlo al estupro, lo castró, para hacerlo, por supuesto, un dios eunuco. Por esta fábula los galos la veneran con el suplicio de su propio cuerpo semiviril. Estos ya no son ritos; son tormentos.¿ Qué decir de las formas mismas y los hábitos?¿ No prueban las burlas y los deshonores de vuestros dioses? Vulcano, dios cojo y débil; Apolo, imberbe durante tantas edades; Esculapio, bien barbado, aunque hijo de Apolo, siempre adolescente; Neptuno con ojos glaucos, Minerva con ojos azulados, Juno con ojos de buey, Mercurio con pies alados, Pan con pezuñas, Saturno con grilletes; Jano, en cambio, lleva dos frentes, como si caminara de espaldas. Diana, a veces, es una cazadora con túnica corta; y la de Éfeso, construida con muchos pechos y ubres; y la Trivia, horrorosa con tres cabezas y muchas manos.¿ Qué? El mismo Júpiter vuestro a veces es puesto imberbe, a veces barbado: y cuando se le llama Amón, tiene cuernos; y cuando Capitolino, entonces lleva rayos; y cuando Latiar, es bañado en sangre; y cuando Feretrio, no se le acerca. Y, para no recorrer más lejos a muchos Júpiter, hay tantos monstruos de Júpiter como nombres. Erígone está suspendida de un lazo, para que sea la Virgen entre los astros. Los Cástores mueren alternativamente, para que vivan: Esculapio, para que surja como dios, es fulminado: Hércules, para despojarse del hombre, es quemado en los fuegos del Eta.
23.1
CAPÍTULO XXII.
23.1
ARGUMENTO.-- Estas fábulas, además, transmitidas primero por hombres inexpertos, fueron celebradas después por otros, y sobre todo por los poetas, que no poco dañaron a la verdad con su autoridad; y con este tipo de ficciones y mentiras más dulces se corrompen los ingenios de los niños, que por ello envejecen miserables en ellas, cuando por lo demás la verdad es obvia, pero para los que la buscan.
23.2
Estas fábulas y errores los aprendemos tanto de padres inexpertos como, lo que es más grave, los elaboramos con los mismos estudios y disciplinas, especialmente con los poemas de los poetas, que han dañado muchísimo a la verdad misma con su autoridad. Y Platón, por eso, expulsó brillantemente a aquel Homero ilustre, alabado y coronado, de la ciudad que instituía en su discurso. Pues este, principal en la guerra de Troya, mezcló a vuestros dioses, aunque hace juegos, sin embargo, en los asuntos y actos de los hombres: este compuso sus parejas, hirió a Venus, encadenó a Marte, lo hirió, lo puso en fuga. Narra que Júpiter fue liberado por Briareo, para que no fuera atado por los demás dioses; y que lloró con lluvias sangrientas a su hijo Sarpedón, porque no podía arrebatarlo de la muerte; y que, atraído por el lecho de Venus, yacía con su esposa Juno más ardientemente de lo que suele hacer con sus adúlteras. En otro lugar, Hércules limpia estiércol, y Apolo pastorea el ganado para Admeto; Neptuno construye muros para Laomedonte, y el infeliz constructor no recibe la recompensa de su trabajo: allí el rayo de Júpiter se fabrica en el yunque con las armas de Eneas, cuando el cielo y los rayos y los relámpagos existían mucho antes de que Júpiter naciera en Creta, y ni el Cíclope pudo imitar las llamas del rayo verdadero, ni el mismo Júpiter dejar de temerlas.¿ Qué hablaré del adulterio de Marte y Venus descubierto?¿ Y del estupro de Júpiter sobre Ganimedes consagrado en el cielo? Todas las cuales fueron divulgadas para que se preparara cierta autoridad para los vicios de los hombres. Con estas y otras ficciones y mentiras más dulces se corrompen los ingenios de los niños, y, adhiriéndose a estas mismas fábulas, crecen hasta el vigor de la edad máxima, y envejecen miserables en las mismas opiniones, cuando la verdad es obvia, pero para los que la buscan. Pues a Saturno, príncipe de este género, y a todos los examinadores de la antigüedad, griegos y romanos, lo han revelado como hombre. Sabe esto Nepote y Casio en la historia, y Talo y Diodoro hablan de esto. Ese Saturno, pues, fugitivo de Creta, había llegado a Italia, por miedo a su hijo que se enfurecía, y, acogido por la hospitalidad de Jano, enseñó a aquellos hombres rudos y agrestes muchas cosas, como griego y pulido, a imprimir letras, a acuñar monedas, a fabricar instrumentos. Por tanto, prefirió que su escondite, porque se había escondido a salvo, fuera llamado Lacio, y dio la ciudad Saturnia de su nombre, y Jano dejó el Janículo a la memoria de la posteridad. Un hombre, pues, que huyó, un hombre que se escondió, y padre de un hombre, y nacido de un hombre: pues hijo de la tierra o del cielo, porque estaba entre los italianos con padres desconocidos, revelado; como hasta el día de hoy a los vistos inesperadamente, enviados del cielo; a los innobles y desconocidos, los llamamos hijos de la tierra. Su hijo Júpiter reinó en Creta, excluido el padre, allí murió, allí tuvo hijos; todavía se visita la cueva de Júpiter, y se muestra su sepulcro, y por sus mismos ritos se prueba su humanidad.
24.1
CAPÍTULO XXIII.
24.1
ARGUMENTO.-- Aunque los étnicos reconozcan a sus reyes como mortales, sin embargo, los fingen dioses, incluso contra su voluntad; no por fe en el numen, sino por honor a la posteridad emérita. Pero el verdadero Dios no tiene nacimiento ni ocaso. Luego Octavio ataca las imágenes y simulacros de los dioses.
24.2
Es ocioso ir por cada uno y explicar toda la serie de ese linaje, cuando en los primeros padres la mortalidad probada fluyó hacia los demás por el mismo orden de sucesión: a menos que quizás finjan dioses después de la muerte, y, jurando Próculo, Rómulo es dios, y Juba, queriéndolo los moros, es dios, y los demás reyes divinos, que son consagrados, no por fe en el numen, sino por honor a la potestad emérita. Contra su voluntad, finalmente, se les adscribe este nombre: desean perseverar en el hombre; temen convertirse en dioses, aunque ya ancianos, no quieren. Por tanto, ni de los muertos son dioses, puesto que Dios no podría morir; ni de los nacidos, puesto que muere todo lo que nace, y divino es aquello que no tiene nacimiento ni ocaso.¿ Por qué, pues, si han nacido, no nacen hoy también? A menos que quizás Júpiter ya haya envejecido y el parto haya faltado en Juno, y Minerva haya encanecido antes de parir.¿ O es que cesó esa generación porque no se presta asentimiento a tales fábulas? Por lo demás, si los dioses pudieran crear, no podrían perecer; tendríamos más dioses que hombres nacidos, de modo que ya ni el cielo los contendría, ni el aire los captaría, ni la tierra los soportaría: de donde es manifiesto que fueron hombres aquellos que leemos que nacieron y sabemos que murieron.¿ Quién, pues, duda que el vulgo ora y adora públicamente las imágenes consagradas de estos? Mientras la opinión y la mente de los inexpertos es engañada por la destreza del arte, es deslumbrada por el fulgor del oro, es embotada por el brillo de la plata y la blancura del marfil. Pero si alguien indujera en su ánimo con qué tormentos y con qué máquinas se forma todo simulacro, se avergonzará de temer una materia engañada por el artífice para hacer un dios. Pues un dios de madera, quizás porción de una pira o de un tronco infeliz, es suspendido, cortado, labrado, cepillado; y un dios de oro o de plata, a menudo de un vaso inmundo, como se hizo para el rey egipcio, es fundido, golpeado con martillos y figurado con yunques; y el de piedra es cortado, esculpido y pulido por un hombre impuro; y no siente la injuria de su nacimiento, de modo que tampoco después siente la cultura de vuestra veneración: a menos que quizás la piedra, o la madera, o la plata aún no sea un dios.¿ Cuándo, pues, nace este? He aquí que se funde, se fabrica, se esculpe; aún no es dios: he aquí que se suelda, se construye, se erige; aún no es dios: he aquí que se adorna, se consagra, se ora: entonces finalmente es dios cuando el hombre lo quiso y lo dedicó.
25.1
CAPÍTULO XXIV.
25.1
ARGUMENTO.-- Demuestra además con una breve inducción cuántos ritos ridículos, obscenos y crueles se observaban en la celebración de los misterios de ciertos dioses.
25.2
¿ Cuánta verdad juzgan naturalmente los animales mudos sobre vuestros dioses? Los ratones, las golondrinas, los milanos, saben que no sienten, conocen; pisan, se sientan; y, si no los ahuyentáis, anidan en la misma boca de vuestro dios. Las arañas, en cambio, tejen su cara y suspenden sus hilos de la misma cabeza: vosotros limpiáis, purificáis, raspáis, y a aquellos que hacéis, los protegéis y teméis. Mientras cada uno de vosotros no piensa que debe conocer a Dios antes que adorarlo; mientras se apresuran inconsideradamente a obedecer a sus padres; mientras prefieren ser un añadido al error ajeno que creerse a sí mismos; mientras no conocen nada de estas cosas que temen: así la avaricia fue consagrada en el oro y la plata; así la forma consignada de las estatuas vanas; así nació la superstición romana. Cuyos ritos, si los recorres, son más ridículos que muchos, incluso dignos de lástima. Corren desnudos en el crudo invierno; otros caminan con gorros, llevan escudos viejos, golpean pieles mendigando, llevan dioses suplicantes. Permiten entrar en ciertos templos una vez al año, en otros es impío visitarlos del todo; hay lugares donde no se permite al hombre, algunos ritos son sin mujeres; incluso para un esclavo participar en ciertas ceremonias es un crimen expiatorio: otros ritos los corona una mujer de un solo marido, otros una de muchos, y con gran religión se busca a la que pueda contar más adulterios.¿ Qué? El que liba con su propia sangre y suplica con sus heridas,¿ no sería mejor profano que así religioso?¿ O aquel a quien se le han extirpado las entrañas obscenas, cómo viola a Dios, a quien aplaca de este modo, cuando, si Dios quisiera eunucos, podría procrearlos, no hacerlos?¿ Quién no entiende que los insanos, y los de mente vana y perdida, desvarían en estas cosas, y que la misma multitud de los que erran se prestan mutuos patrocinios? Aquí la defensa del furor común es la multitud de los que se enfurecen.
26.1
CAPÍTULO XXV.
26.1
ARGUMENTO.-- Luego muestra que Cecilio jacta erróneamente que los romanos, que se apoderaron del imperio de todo el orbe, lo hicieron observando debidamente tales supersticiones. Pero los romanos en su origen se reunieron por el crimen y crecieron por el terror de la inmanidad. Por tanto, los romanos no son grandes porque sean religiosos, sino porque son sacrílegos impunes.
26.2
Y, sin embargo, esa misma superstición dio a los romanos su imperio, lo aumentó y lo fundó, puesto que no destacaban tanto por su virtud como por su religión y piedad; sin duda, la insigne y noble justicia romana comenzó desde los mismos albores del imperio naciente.¿ Acaso en su origen no se reunieron mediante el crimen y crecieron protegidos por el terror de su propia ferocidad? Pues la primera plebe se congregó en un asilo: habían confluido perdidos, criminales, incestuosos, sicarios, traidores; y para que el mismo Rómulo, emperador y rector, superara a su pueblo en crimen, cometió un parricidio.( XXI) Estos son los primeros auspicios de una ciudad religiosa. Poco después, raptó, violó y ultrajó a vírgenes ajenas, ya desposadas, ya destinadas a otros, y a algunas mujeres casadas, sin respetar las costumbres; y entabló guerra con sus padres, es decir, con sus suegros, y derramó sangre cercana.¿ Qué hay más irreligioso, qué más audaz, qué más seguro que la propia confianza en el crimen? Ya expulsar a los vecinos de sus tierras, destruir las ciudades cercanas con sus templos y altares, obligar a los cautivos; crecer a costa de los daños ajenos y de sus propios crímenes, es la disciplina común de Rómulo, de los demás reyes y de los últimos caudillos. Así, todo lo que los romanos poseen, cultivan y tienen, es botín de su audacia, todos sus templos provienen de los despojos, es decir, de las ruinas de las ciudades, de los saqueos de los dioses, de las matanzas de los sacerdotes. Esto es insultar y burlarse: servir a las religiones vencidas y adorarlas después de las victorias. Pues adorar lo que has tomado con la mano es sacrilegio, no consagrar divinidades. Tantas veces, pues, han sido impíos los romanos cuantas han triunfado; tantos despojos y trofeos de los dioses como de las naciones. Por tanto, los romanos no son grandes por ser religiosos, sino por ser sacrílegos impunes. Pues no pudieron tener a los dioses como aliados en las mismas guerras contra quienes tomaron las armas; y a aquellos a quienes habían suplicado, comenzaron a adorarlos una vez triunfado sobre ellos. Pero¿ qué pueden hacer esos dioses por los romanos, si nada valieron por los suyos contra sus armas? Pues conocemos a los dioses vernáculos de los romanos: Rómulo, Pico, Tiberino, Consus, Pilumno y Polumno. Tacio descubrió y adoró a Cloacina; Hostilio, al Pavor y al Palor; poco después, no sé quién dedicó a la Fiebre. Esta superstición, alumna de esta ciudad, son enfermedades y mala salud:( XXII) ciertamente también Acca Laurentia y Flora, prostitutas desvergonzadas, deben contarse entre las enfermedades y los dioses de los romanos. Estos, ciertamente, frente a los otros que se adoraban en las naciones, extendieron el imperio romano. Pues ni el Marte tracio, ni el Júpiter cretense, ni la Juno, unas veces argiva, otras samia, otras púnica, ni la Diana táurica, ni la madre idea, ni aquella egipcia— no divinidades, sino portentos— los ayudaron contra sus propios hombres. A menos que, tal vez, entre ellos hubiera mayor castidad de las vírgenes o una religión más santa de los sacerdotes; cuando, en la mayoría de las vírgenes, y en aquellas que se habían mezclado imprudentemente con hombres, sin que Vesta lo supiera, se ha castigado el incesto; y en las restantes, la impunidad no la hizo una castidad más segura, sino una impudicia más afortunada.( XXIII) Pero¿ dónde se conciertan más los estupros, se tratan los alcahueteríos y se meditan los adulterios por parte de los sacerdotes que entre los altares y los santuarios? En fin, con mayor frecuencia en las celdas de los sacristanes que en los mismos lupanares se desahoga la libido ardiente. Y, sin embargo, antes que ellos, bajo la disposición de Dios, los asirios, medos, persas, griegos e incluso egipcios mantuvieron reinos durante mucho tiempo, cuando no tenían pontífices, ni arvales, ni salios, ni vestales, ni augures, ni pollos encerrados en jaulas, por cuya comida o rechazo se rigiera la suma república.
27.1
CAPÍTULO XXVI.
27.1
ARGUMENTO.— Octavio retuerce contra Cecilio el dardo lanzado ligeramente por este último sobre los auspicios y augurios de las aves, usando el ejemplo de Régulo, Mancino, Paulo y César. Demuestra asimismo, con otros ejemplos, que la argumentación extraída de los oráculos no es más válida.
27.2
Pues ya llego a esos auspicios y augurios romanos que, según has testificado, fueron recogidos con gran esfuerzo, omitidos con arrepentimiento y observados con éxito.¿ Acaso Clodio, Flaminio y Junio perdieron sus ejércitos porque no creyeron que debían esperar el solemnísimo tripudio de los pollos?¿ Qué hay de Régulo?¿ Acaso no observó los augurios y fue capturado? Mancino mantuvo la religión y fue enviado bajo el yugo y entregado. Paulo también tuvo pollos voraces en Cannas; sin embargo, fue derrotado con la mayor parte de la república. Cayo César, para no enviar sus naves a África antes del solsticio de invierno, despreció los augurios y auspicios que lo retenían, y con tanta mayor facilidad navegó y venció.¿ Qué y cuánto diré sobre los oráculos? Después de su muerte, Anfiarao respondió sobre lo que iba a suceder, él que no supo que sería traicionado por su esposa a causa de un collar. Tiresias, ciego, veía el futuro, él que no veía el presente. Ennio fingió las respuestas del Apolo pitio sobre Pirro, cuando Apolo ya había dejado de hacer versos: cuyo oráculo, entonces cauteloso y ambiguo, decayó cuando los hombres comenzaron a ser más refinados y menos crédulos. Y Demóstenes se quejaba de que la Pitia« filipizaba», porque sabía que las respuestas eran simuladas. Pero, a veces, tanto los auspicios como los oráculos han tocado la verdad. Aunque entre tantas mentiras pueda parecer que la casualidad imitó la diligencia, me esforzaré, sin embargo, en desenterrar más profundamente y revelar más claramente la fuente misma del error y la perversidad de donde ha manado toda esa oscuridad. Son espíritus insinceros, vagabundos, agobiados por las manchas y codicias terrenales, lejos del vigor celestial. Estos espíritus, pues, después de haber perdido la simplicidad de su sustancia, cargados y sumergidos en vicios, para consuelo de su calamidad no dejan de perder a los que ya están perdidos, de infundir el error de la perversidad a los depravados y, alienados de Dios, de apartar a los hombres de Él mediante la introducción de religiones perversas. Los poetas saben que esos espíritus son demonios, los filósofos lo discuten, Sócrates lo sabía, quien, al gesto y arbitrio del demonio que le asistía, declinaba negocios o los emprendía. Los magos también no solo conocen a los demonios, sino que cualquier milagro que realizan, lo hacen a través de ellos: con su inspiración e infusión, producen prestigios, ya sea para que parezca lo que no es, o para que no parezca lo que es. El primero de esos magos, tanto en elocuencia como en acción, es Sosthenes, quien reconoce al verdadero Dios con la majestad que merece; y sabe que los ángeles, es decir, los ministros y mensajeros de Dios— del verdadero—, asisten a su veneración, de modo que tiemblan de miedo ante el mismo gesto y rostro del Señor. El mismo también reveló que los demonios son terrenales, vagabundos y enemigos de la humanidad.¿ Qué hay de Platón, quien creyó que encontrar a Dios era una tarea?¿ Acaso no narra también a los ángeles sin dificultad y a los demonios? E incluso en su Simposio se esfuerza por expresar la naturaleza de los demonios; pues quiere que sean una sustancia intermedia entre lo mortal y lo inmortal, es decir, entre el cuerpo y el espíritu, concreta por la mezcla de peso terrenal y levedad celestial, de la cual nos advierte que también se forma la codicia del amor, y dice que se desliza en los pechos humanos, mueve el sentido, finge los afectos e infunde el ardor de la codicia.
28.1
CAPÍTULO XXVII.
28.1
ARGUMENTO.— Para demostrar esto sólidamente, repite el asunto desde su origen. Ciertamente, esa es la fuente del error: los demonios se esconden bajo estatuas e imágenes, moran en los templos, animan las fibras de las entrañas, gobiernan el vuelo de las aves, dirigen los sorteos, emiten oráculos envueltos en respuestas falsas. Sin embargo, se ven obligados a confesar que esto no fue hecho por Dios, sino por ellos mismos, cuando, conjurados por los cristianos mediante el Dios verdadero, son expulsados de los cuerpos poseídos. De aquí que huyan de los cristianos de cerca; y excitan tanto odio de los gentiles contra ellos que comienzan a odiarlos antes de conocerlos, para que, una vez conocidos, no puedan ser incitados o no puedan dejar de condenarlos.
28.2
Estos espíritus impuros, pues, los demonios, como han mostrado los magos, los filósofos y Platón, se esconden consagrados bajo estatuas e imágenes, y con su aliento obtienen la autoridad de una divinidad supuestamente presente, mientras inspiran a los adivinos, mientras moran en los templos, mientras a veces animan las fibras de las entrañas, gobiernan el vuelo de las aves, dirigen los sorteos y realizan oráculos envueltos en muchas falsedades. Pues engañan y son engañados, al no conocer la verdad sincera y al no confesar la que conocen, para su propia perdición. Así, desde el cielo hacia abajo, agobian y, del Dios verdadero, apartan hacia las materias, perturban la vida, inquietan a todos, infiltrándose incluso ocultamente en los cuerpos, como espíritus tenues, fingen enfermedades, aterrorizan las mentes, distorsionan los miembros, para obligar a su culto: para que, saciados con el olor de los altares o con las víctimas de los animales, parezca que han curado lo que ellos mismos habían constreñido. Estos son también los furiosos que veis correr en público; los adivinos, ellos mismos, sin templo, así enloquecen, así se entregan a las bacanales, así giran. Igual es en ellos la instigación del demonio, pero distinto el argumento del furor. De ellos mismos son también aquellas cosas que te dije hace poco, como que Júpiter pidiera juegos en sueños, que los Cástores fueran vistos con caballos, que el cinturón de una matrona fuera seguido por una barquita. La mayoría de vosotros sabe que estos mismos demonios confiesan sobre sí mismos, cuantas veces son expulsados de los cuerpos por nosotros, mediante tormentos de palabras y fuegos de oración. El mismo Saturno, Serapis, Júpiter y cualquier demonio que adoréis, vencidos por el dolor, dicen lo que son: y ciertamente no mienten para su propia vergüenza, especialmente estando presentes algunos de vosotros. Creedles a ellos mismos como testigos, que confiesan la verdad sobre sí mismos al ser demonios. Pues, conjurados por el Dios verdadero y único, contra su voluntad se estremecen en los cuerpos miserables: y o bien salen inmediatamente, o se desvanecen gradualmente, según la fe del paciente ayuda o la gracia del que cura inspira. Así huyen de los cristianos de cerca, a quienes hostigaban de lejos en las asambleas por medio de vosotros. Por eso, insertados en las mentes de los ignorantes, siembran nuestro odio ocultamente a través del miedo: pues es natural odiar a quien temes y hostigar a quien temes, si puedes. Así ocupan las mentes y obstruyen los pechos, para que los hombres comiencen a odiarnos antes de conocernos: para que, una vez conocidos, no puedan imitarnos o no puedan dejar de condenarnos.
29.1
CAPÍTULO XXVIII.
29.1
ARGUMENTO.— No solo odio, sino que también les atribuyen crímenes nefandos que hasta ahora no han podido ser probados por nadie. Así es el negocio de los demonios. Pues por ellos mismos se siembra y se fomenta el rumor falso. Octavio demuestra invenciblemente que los cristianos son acusados de sacrilegio, incesto, estupro y parricidio tan falsamente como es cierto y verdadero que los mismos crímenes, o otros totalmente similares y mayores, son cometidos de hecho por los mismos paganos.
29.2
Cuán injusto es, sin embargo, juzgar cosas desconocidas e inexploradas, como hacéis; creednos a nosotros mismos, que nos arrepentimos: pues nosotros también hicimos lo mismo, y sentíamos lo mismo que vosotros, cuando aún éramos ciegos y torpes, como si los cristianos adoraran monstruos, devoraran infantes, mezclaran banquetes incestuosos: y no entendíamos que esas fábulas siempre eran ventiladas por ellos, y nunca investigadas ni probadas, ni que en tanto tiempo existiera alguien que lo denunciara, quien obtendría no solo el perdón por el hecho, sino también la gracia por la delación; pero el mal no es tal que el cristiano acusado ni se avergonzara ni temiera, y solo se arrepintiera de una cosa: de no haberlo sido antes. Nosotros, sin embargo, cuando asumíamos la defensa y protección de algunos sacrílegos, incestuosos e incluso parricidas, pensábamos que estos ni siquiera debían ser escuchados en absoluto: a veces, incluso, compadeciéndonos de ellos, éramos más crueles, torturando a los que confesaban para que negaran, evidentemente para que no perecieran, ejerciendo en ellos una investigación perversa, no la que desenterrara la verdad, sino la que forzara la mentira. Y si alguien más débil, presionado y vencido por el mal, negaba ser cristiano, lo favorecíamos, como si, al abjurar del nombre, ya purgara todos sus hechos con esa negación.¿ Reconocéis que nosotros sentíamos y hacíamos lo mismo que vosotros sentís y hacéis? Cuando, si la razón, y no la instigación del demonio, juzgara, deberían ser apremiados, no para que negaran ser cristianos, sino para que confesaran los estupros incestuosos, los ritos impíos, los infantes inmolados. Pues con estas y otras fábulas similares, los mismos demonios han llenado los oídos de los ignorantes contra nosotros para horror de la execración. Y, sin embargo, no es de extrañar, cuando la fama de los hombres, que siempre se alimenta de mentiras esparcidas, se consume ante la verdad mostrada: así es el negocio de los demonios; pues por ellos mismos se siembra y se fomenta el rumor falso. De ahí que digas oír que la cabeza de un asno es para nosotros algo divino.¿ Quién es tan estúpido para adorar esto?¿ Quién más estúpido para creer que esto se adora? A menos que sea porque vosotros consagráis asnos enteros en los establos, junto con vuestra Epona: y devoráis religiosamente esos mismos asnos con Isis: asimismo, inmoláis y adoráis cabezas de bueyes y cabezas de carneros: dedicáis como dioses incluso seres mezclados de cabra y hombre, y rostros de leones y perros.¿ Acaso no adoráis y alimentáis también al buey Apis con los egipcios? Ni condenáis sus ritos instituidos con serpientes, cocodrilos, otras bestias, aves y peces, de los cuales, si alguien mata a alguno de ellos, incluso es castigado con la muerte. Los mismos egipcios, con la mayoría de vosotros, no temen más a Isis que a la acritud de las cebollas: ni tiemblan más ante Serapis que ante los ruidos expresados por las partes pudendas del cuerpo. Incluso aquel que fabula contra nosotros sobre la adoración de los genitales del sacerdote, intenta atribuirnos lo que es suyo. Pues esas impudicias suyas quizás sean sagradas para aquellos entre quienes todo sexo se prostituye con todos sus miembros, entre quienes toda impudicia se llama urbanidad; que envidian la licencia de las prostitutas, que lamen a hombres afeminados, que se adhieren con boca libidinosa a las ingles: hombres de mala lengua, aunque callaran; a quienes antes les causa hastío su propia impudicia que vergüenza.¡ Oh, qué infamia! Admiten en sí mismos tal crimen que ni la edad más tierna puede soportar, ni la servidumbre más dura puede obligar.
30.1
CAPÍTULO XXIX.
30.1
ARGUMENTO.— Tampoco es más cierto que se adore a un hombre crucificado por sus crímenes; pues merecidamente creen que él no solo es inocente, sino también Dios. Por el contrario, los paganos invocan las divinidades de los reyes inscritos por ellos mismos entre los dioses, suplican ante sus imágenes e imploran sus genios.
30.2
Estas y otras vergüenzas similares no nos es lícito ni oírlas, y es vergonzoso defenderlas ante muchos. Pues fingís sobre los castos y pudorosos cosas que no creeríamos que sucedieran, si no lo probarais de vosotros mismos. Pues en cuanto a que atribuís a nuestra religión a un hombre criminal y su cruz, estáis lejos de la vecindad de la verdad, vosotros que pensáis que se cree que Dios mereció ser un criminal o que pudo ser terrenal. Ni aquel miserable en quien toda esperanza se apoya en un hombre mortal; pues todo su auxilio termina cuando el hombre se extingue. Los egipcios, ciertamente, eligen a un hombre a quien adorar, a ese único propician, a ese consultan sobre todo, a ese inmolan víctimas; y aquel que es dios para los demás, para sí mismo es ciertamente un hombre, quiera o no: pues no engaña a su propia conciencia, si engaña a la ajena. Incluso a los príncipes y reyes, no como a hombres grandes y elegidos, como es justo, sino como a dioses, la falsa adulación halaga vergonzosamente, cuando el honor se ofrece más verdaderamente al hombre ilustre y el amor más dulcemente al mejor. Así llaman a su divinidad, suplican ante sus imágenes, imploran su genio, es decir, su demonio: y es para ellos más seguro perjurar por el genio de Júpiter que por el del rey.
30.3
Tampoco adoramos ni deseamos las cruces. Vosotros, ciertamente, que consagráis dioses de madera, quizás adoráis cruces de madera como partes de vuestros dioses. Pues,¿ qué otra cosa son los mismos estandartes, los cántabros y las banderas de los campamentos, sino cruces doradas y adornadas? Vuestros trofeos victoriosos no solo imitan la forma de una cruz simple, sino también la de un hombre fijado en ella. Ciertamente, vemos el signo de la cruz naturalmente en un barco, cuando navega con las velas hinchadas, cuando se desliza con los remos extendidos; y cuando se erige el yugo, es el signo de la cruz, y cuando un hombre, con las manos extendidas, venera a Dios con mente pura. Así, la razón natural se apoya en el signo de la cruz, o vuestra religión se forma a partir de él.
31.1
CAPÍTULO XXX.
31.1
ARGUMENTO.— Octavio demuestra también que la calumnia de que los cristianos beben la sangre de un infante asesinado por ellos es una desvergüenza. Los paganos, dice, exponen cruelmente a los niños recién nacidos y, antes de que nazcan, los matan con un cruel aborto. Para los cristianos, el homicidio no es lícito ni verlo ni oírlo.
31.2
Ya quisiera encontrarme con aquel que dice o cree que nos iniciamos con la matanza y la sangre de un infante.¿ Crees que es posible que un cuerpo tan tierno, tan pequeño, reciba las heridas de las armas?¿ Que alguien mate, derrame y agote esa sangre virgen de un ser nuevo, apenas humano? Nadie puede creer esto, a menos que pueda atreverse a hacerlo. Pues veo que vosotros, a los hijos procreados, unas veces los exponéis a las fieras y a las aves, otras los elimináis estrangulados con un género de muerte miserable. Hay quienes, en las mismas entrañas, mediante medicamentos y pociones, extinguen el origen del futuro hombre y cometen parricidio antes de parir. Y esto, ciertamente, desciende de la disciplina de vuestros dioses; pues Saturno no expuso a sus hijos, sino que los devoró. Merecidamente, también en algunas partes de África, los infantes eran inmolados por sus padres, con caricias y besos que reprimían el llanto, para que no fuera inmolada una víctima que llora. También fue rito de los tauros pónticos y del egipcio Busiris inmolar a los huéspedes, y de los galos, para Mercurio, derramar víctimas humanas o inhumanas: los romanos enterraron vivos a un griego y a una griega, a un galo y a una galia, como sacrificio; y hoy en día, el Júpiter Latiar es adorado con homicidio y, lo que es digno del hijo de Saturno, es saciado con la sangre de un hombre malvado y criminal. Creo que él mismo enseñó a Catilina a conjurar con un pacto de sangre, y a Belona a imbuir su rito con un trago de sangre humana; y a sanar la enfermedad comicial con sangre humana, es decir, con una enfermedad más grave. No son diferentes los que devoran en la arena fieras manchadas e infectadas de sangre, o saciadas con miembros y entrañas de hombres. Para nosotros, el homicidio no es lícito ni verlo ni oírlo; y nos guardamos tanto de la sangre humana que ni siquiera conocemos la sangre de los animales comestibles en nuestras comidas.
32.1
CAPÍTULO XXXI.
32.1
ARGUMENTO.— Es tan ajeno a toda verosimilitud lo que se objeta a los cristianos, el banquete contaminado con incesto, como consta que los paganos son realmente culpables de incesto; los banquetes de los cristianos no solo son pudorosos, sino también sobrios. En fin, tan lejos está el deseo de incesto que, para algunos, incluso la unión pudorosa es motivo de rubor.
32.2
Y sobre el banquete incestuoso, la asamblea de los demonios ha mentido una gran fábula contra nosotros, para manchar la gloria de la pudicia con la aspersión de una infamia deforme, para apartar a los hombres de nosotros, antes de investigar la verdad, mediante el terror de una opinión nefanda: así, sobre esto, también tu Frontón, no como afirmador, dio testimonio; sino que, como orador, lanzó un insulto. Pues esto ha nacido más bien de vuestras naciones. Es ley entre los persas mezclarse con las madres; entre los egipcios y atenienses, los matrimonios legítimos con las hermanas: vuestras memorias y tragedias se glorían de incestos, que vosotros leéis y escucháis gustosamente: así también adoráis dioses incestuosos, unidos con la madre, con la hija, con la hermana. Merecidamente, pues, el incesto se descubre a menudo entre vosotros, siempre se admite; incluso sin saberlo, miserables, podéis caer en lo ilícito, mientras esparcéis el deseo promiscuamente, mientras engendráis hijos por todas partes, mientras exponéis frecuentemente a los nacidos en casa a la misericordia ajena, es necesario recurrir a los vuestros, errar en los hijos. Así tejéis la fábula del incesto, incluso cuando no tenéis conciencia de ello. Nosotros practicamos la pudicia no con el rostro, sino con la mente. Nos adherimos gustosamente al vínculo de un solo matrimonio, por el deseo de procrear, conocemos a una sola, o a ninguna. Celebramos banquetes no solo pudorosos, sino también sobrios: pues no nos entregamos a los festines, ni prolongamos el banquete con vino; sino que templamos la alegría con gravedad, con lenguaje casto, con cuerpo más casto; la mayoría disfruta de la virginidad perpetua del cuerpo inviolado más que gloriarse de ella: tan lejos está, en fin, el deseo de incesto que, para algunos, incluso la unión pudorosa es motivo de rubor. Y no consistimos solo en la última plebe, si rechazamos vuestros honores y púrpuras: y no somos facciosos si todos pensamos en un solo bien, congregados en la misma quietud que individualmente: y no somos charlatanes en los rincones, si os avergonzáis o teméis escucharnos públicamente. Y que nuestro número aumente día a día no es crimen de error, sino testimonio de alabanza. Pues en el hermoso género de vida, el suyo prevalece y persevera, y el ajeno se acrecienta. Así, finalmente, nos distinguimos fácilmente, no por una marca en el cuerpo, como pensáis, sino por el signo de la inocencia y la modestia: así nos amamos mutuamente, lo cual os duele, puesto que no sabemos odiar: así nos llamamos HERMANOS, lo cual envidiáis, como hombres de un solo Dios padre, como consortes de la fe, como coherederos de la esperanza. Vosotros, en cambio, ni os reconocéis mutuamente, y os enfurecéis en odios mutuos: ni os reconocéis como hermanos, a menos que sea, ciertamente, para el parricidio.
33.1
CAPÍTULO XXXII.
33.1
ARGUMENTO.— Tampoco se puede decir que los cristianos ocultan lo que adoran, puesto que no tienen santuarios ni altares. Pues están persuadidos de que Dios no puede ser circunscrito por ningún templo, ni puede ser fingido su simulacro. Pero, presente en todas partes, lo ve todo, incluso los pensamientos más secretos de nuestra mente; y vivimos casi con él y en su seno.
33.2
( XXVI)¿ Pensáis, sin embargo, que ocultamos lo que adoramos si no tenemos santuarios y altares? Pues,¿ qué simulacro voy a fingir para Dios, cuando, si juzgas correctamente, el hombre mismo es el simulacro de Dios?¿ Qué templo le construiré, cuando todo este mundo, fabricado por su obra, no puede contenerlo? Y, cuando el hombre permanece más ampliamente,¿ incluiré la fuerza de tanta majestad dentro de una pequeña edificación?¿ No es mejor dedicarlo en nuestra mente, consagrarlo en lo profundo de nuestro pecho?¿ Ofreceré al Señor hostias y víctimas, que él produjo para mi uso, para devolverle su propio regalo? Es ingrato; cuando la hostia que se puede ofrecer es un buen ánimo, una mente pura y una sentencia sincera. Por tanto, quien cultiva la inocencia, suplica al Señor; quien cultiva la justicia, ofrece a Dios; quien se abstiene de fraudes, propicia a Dios; quien arrebata a un hombre del peligro, inmola la mejor víctima. Estos son nuestros sacrificios, estos son los ritos de Dios; así, entre nosotros, es más religioso quien es más justo. Pero, en verdad, al Dios que adoramos, ni lo mostramos ni lo vemos: más bien, por esto creemos que es Dios, porque podemos sentirlo, pero no podemos verlo. Pues en sus obras y en todos los movimientos del mundo vemos su virtud siempre presente, cuando truena, relampaguea, fulmina, cuando serena. Ni te extrañes si no ves a Dios: todas las cosas son impulsadas, vibradas y agitadas por el viento y los soplos; y, sin embargo, el viento y el soplo no vienen ante los ojos. Incluso en el sol, que es la causa de que todos vean, no podemos ver; la vista es apartada por los rayos, la mirada del que observa se debilita: y, si miras durante más tiempo, toda visión se extingue.¿ Qué?¿ Podrías soportar al artífice mismo del sol, a esa fuente de luz, cuando te apartas de sus fulgores y te escondes de sus rayos?¿ Quieres ver a Dios con ojos carnales, cuando ni siquiera puedes ver ni retener tu propia alma, con la que eres vivificado y hablas?( XVII) Pero, en verdad, Dios ignora el acto del hombre y, constituido en el cielo, no puede ni atender a todos ni conocer a cada uno. Te equivocas, oh hombre, y te engañas. Pues,¿ de dónde está lejos Dios, cuando todas las cosas celestiales y terrenales, y las que están fuera de esta provincia del orbe, están llenas y conocidas por Dios? En todas partes no solo está cerca de nosotros, sino que está infundido. Mira de nuevo hacia el sol: está fijado en el cielo, pero está esparcido por todas las tierras; está presente por igual en todas partes, interviene y se mezcla con todos, pues en ninguna parte su claridad es violada. Cuánto más Dios, autor de todas las cosas y observador de todas, de quien no puede haber secreto alguno, interviene en las tinieblas, interviene en nuestros pensamientos como en otras tinieblas. No solo actuamos bajo él, sino que, casi diría, vivimos con él.
34.1
CAPÍTULO XXXIII.
34.1
ARGUMENTO.— Pero si, sin embargo, se dice que Dios no aprovechó nada a los judíos, ciertamente los escritores de los anales judaicos son testigos muy elocuentes de que ellos abandonaron a Dios antes de ser abandonados por él.
34.2
Ni nos halaguemos por nuestra frecuencia: nos parecemos muchos, pero para Dios somos muy pocos. Nosotros distinguimos a las gentes y naciones: para Dios, una sola casa es todo este mundo. Los reyes solo conocen su reino a través de los oficios de sus ministros; para Dios no hay necesidad de indicios: no solo vivimos ante sus ojos, sino también en su seno. Pero a los judíos no les aprovechó nada que ellos también adoraran a un solo Dios con altares y templos con la mayor superstición. Te equivocas por ignorancia si, habiendo olvidado o ignorando lo anterior, recuerdas lo posterior. Pues ellos también adoraban a nuestro Dios, pues el Dios de todos es el mismo: mientras lo adoraron casta, inocente y religiosamente, mientras obedecieron sus preceptos saludables, de pocos se hicieron innumerables, de necesitados ricos, de siervos reyes; siendo pocos, derrotaron a muchos, desarmados a armados, mientras huían los que los perseguían, por orden de Dios y con la ayuda de los elementos. Lee sus escritos, o, si te complacen más los romanos, para pasar por alto a los antiguos, pregunta a Flavio Josefo o a Antonio Juliano sobre los judíos: ya sabrás que por su maldad merecieron esta fortuna; y que no sucedió nada que no hubiera sido predicho antes, si persistían en su contumacia. Así comprenderás que ellos lo abandonaron antes de ser abandonados: y que no fueron capturados con su Dios, como hablas impíamente, sino entregados por Dios, como desertores de la disciplina.
35.1
CAPÍTULO XXXIV.
35.1
ARGUMENTO.— Nada de extraño si este mundo ha de ser consumido finalmente por el fuego, puesto que todas las cosas que tienen un comienzo, tienen también un fin. Tampoco los filósofos antiguos se oponen a la opinión sobre el incendio del mundo. Consta, sin embargo, que Dios puede resucitar al hombre, a quien formó de la nada, de la muerte a la vida. Toda la naturaleza medita sobre la resurrección futura.
35.2
Por lo demás, sobre el incendio del mundo, que caiga un fuego improviso o que sea difícil de creer, es un error vulgar. Pues¿ quién de los sabios duda, quién ignora, que todo lo que ha nacido muere; que lo que ha sido hecho, perece?¿ Que el cielo también, con todo lo que contiene, terminará tal como comenzó?¿ Que el agua dulce de las fuentes, que nutre los mares, se convertirá en fuerza de fuego? Es opinión constante de los estoicos que, consumida la humedad, todo este mundo se incendiará; y para los epicúreos, sobre la conflagración de los elementos y la ruina del mundo, es la misma sentencia. Platón dice que partes del orbe se inundan, dice que otras veces arden; y, cuando decía que el mundo mismo fue fabricado eterno e indisoluble, añade, sin embargo, que para el artífice mismo, Dios solo, es soluble y mortal. Así, no es de extrañar si esta mole es destruida por aquel por quien fue construida. Observas que los filósofos discuten lo mismo que nosotros, no porque hayamos seguido sus huellas, sino porque ellos, a partir de las divinas predicaciones de los Profetas, imitaron la sombra de una verdad interpolada. Así también la condición de renacer, los más ilustres de los sabios, Pitágoras primero y Platón principalmente, la transmitieron con fe corrompida y a medias: pues, disueltos los cuerpos, quieren que solo las almas permanezcan perpetuamente y que pasen más a menudo a otros cuerpos nuevos. Añaden a esto también aquellas cosas para retorcer la verdad, que las almas de los hombres regresan a las reses, aves y bestias. Esa sentencia es digna no de estudio filosófico, sino de vicio mímico. Pero para el propósito es suficiente que también en esto vuestros sabios concuerden de algún modo con nosotros. Por lo demás,¿ quién es tan estúpido o bruto que se atreva a negar que el hombre, como pudo ser formado por Dios al principio, así puede ser reformado de nuevo?¿ Que no hay nada después de la muerte, y que antes del nacimiento no hubo nada; que, así como fue lícito nacer de la nada, así es lícito ser reparado de la nada? Además, es más difícil empezar lo que no es, que iterar lo que ha sido.¿ Tú crees que perece ante Dios si algo es sustraído a nuestros ojos débiles? Todo cuerpo, ya sea que se seque en polvo, o se disuelva en humedad, o se comprima en ceniza, o se atenúe en olor, nos es sustraído; pero para Dios, es reservado en la custodia de los elementos. Ni, como creéis, tememos daño alguno por la sepultura, sino que practicamos la antigua y mejor costumbre de enterrar.¡ Mira, pues, cómo, para nuestro consuelo, toda la naturaleza medita sobre la resurrección futura! El sol se pone y nace, los astros caen y regresan, las flores mueren y reviven, después de la vejez los arbustos reverdecen, las semillas no reviven si no es corrompidas: así el cuerpo en el siglo, como los árboles en invierno, ocultan su verdor con una aridez fingida.¿ Por qué te apresuras a que reviva y regrese en el invierno aún crudo? Debemos esperar también la primavera del cuerpo. Ni ignoro que muchos, por conciencia de sus méritos, prefieren no ser nada después de la muerte antes que creerlo: pues prefieren ser extinguidos por completo antes que ser reparados para los suplicios. Cuyo error aumenta, tanto por la libertad concedida en el siglo como por la máxima paciencia de Dios: cuyo juicio, cuanto más tardío, tanto más justo es.
36.1
CAPÍTULO XXXV.
36.1
ARGUMENTO.— Octavio muestra después que los hombres justos y piadosos serán dotados de felicidad sempiterna, mientras que los injustos serán castigados con penas eternas. Luego demuestra brillantemente que las costumbres de los cristianos son mucho más santas que las de los paganos.
36.2
Y, sin embargo, los hombres son advertidos, por los libros de los más doctos y por los cantos de los poetas, de aquel río de fuego y del ardor que rodea con frecuencia la laguna estigia, los cuales, preparados para los tormentos eternos, han sido conocidos y transmitidos tanto por los testimonios de los demonios como por los oráculos de los Profetas. Y por eso, entre ellos, el mismo rey Júpiter jura religiosamente por las riberas torrenciales y la negra vorágine; pues, previsor, teme el castigo que le está destinado a él junto con sus adoradores. Y para los tormentos no hay modo ni término. Allí, un fuego sabio quema y restaura los miembros; consume y nutre, tal como los fuegos de los rayos tocan los cuerpos sin consumirlos; tal como los fuegos del monte Etna y del monte Vesubio, y los de las tierras que arden en todas partes, flamean sin agotarse: así, aquel incendio penal no se alimenta de los daños de los que arden, sino que se nutre de la laceración incesante de los cuerpos. Por otra parte, que quienes no conocen a Dios sean torturados merecidamente, como impíos y como injustos, nadie, a menos que sea un profano, lo pone en duda, puesto que ignorar al Padre de todos y al Señor de todos es un crimen no menor que ofenderlo. Y aunque la ignorancia de Dios baste para el castigo, de modo que el conocimiento aproveche para el perdón, sin embargo, si nos comparamos con ustedes, los cristianos, aunque en algunos aspectos nuestra disciplina sea menor, seremos hallados mucho mejores que ustedes. Pues ustedes prohíben los adulterios y los cometen; nosotros nacemos hombres solo para nuestras esposas: ustedes castigan los crímenes cometidos; entre nosotros, incluso pensar es pecar: ustedes temen a los cómplices, nosotros tememos incluso a la conciencia sola, sin la cual no podemos existir. En fin, la cárcel rebosa de gente de su número: allí no hay ningún cristiano, a menos que sea reo de su propia religión o un fugitivo.
37.1
CAPÍTULO XXXVI.
37.1
ARGUMENTO.-- Enseña no menos claramente que el destino no es otra cosa que lo que Dios ha determinado. La mente es libre y, por tanto, se juzga el acto del hombre, no su nacimiento. Después de esto, hace ver con toda claridad que la pobreza, reprochada a los cristianos, no es infamia, sino gloria; y que el hecho de sufrir los males del cuerpo no es un castigo, sino una milicia.
37.2
Que nadie busque consuelo en el destino ni excuse el acontecimiento. Sea lo que sea la suerte de la fortuna, la mente es, sin embargo, libre: y por eso se juzga el acto del hombre, no su dignidad. Pues,¿ qué otra cosa es el destino sino lo que Dios ha determinado sobre cada uno de nosotros? Quien, al poder prever la materia, determina también los destinos según los méritos y cualidades de cada uno. Así, en nosotros no se castiga la naturaleza del nacimiento, sino que se castiga la naturaleza del carácter. Y baste sobre el destino: aunque sea poco para el momento, discutiremos en otra ocasión de manera más rica y plena. Por lo demás, el hecho de que muchos nos llamen pobres no es nuestra infamia, sino nuestra gloria: pues el ánimo, así como se relaja con el lujo, se fortalece con la frugalidad: y, sin embargo,¿ quién puede ser pobre si no necesita nada, si no codicia lo ajeno, si es rico en Dios? Más pobre es aquel que, teniendo mucho, desea más. Diré, sin embargo, lo que siento: nadie puede ser tan pobre como nació. Las aves viven sin patrimonio y se alimentan de lo que encuentran cada día: y, sin embargo, estas cosas han nacido para nosotros: todas las cuales, si no las codiciamos, las poseemos. Por tanto, así como quien recorre un camino es tanto más feliz cuanto más ligero avanza, así es más dichoso en este viaje de la vida quien se alivia con la pobreza y no suspira bajo el peso de las riquezas. Y, sin embargo, si pensáramos que los bienes son útiles, se los pediríamos a Dios: ciertamente podría conceder algo, pues suyo es todo. Pero preferimos despreciar las riquezas antes que retenerlas; deseamos más la inocencia, reclamamos más la paciencia; preferimos ser buenos antes que pródigos. Y el hecho de que sintamos y suframos los vicios humanos del cuerpo no es un castigo, es una milicia. Pues la fortaleza se robustece con las debilidades, y la calamidad es a menudo disciplina de la virtud. En fin, las fuerzas tanto de la mente como del cuerpo se entorpecen sin el ejercicio del trabajo: hasta tal punto que todos sus hombres fuertes, a quienes proclaman como ejemplo, florecieron ilustres por sus aflicciones. Así pues, Dios ni puede no ayudarnos, ni nos desprecia, siendo como es rector de todos y amante de los suyos; sino que en las adversidades explora y examina a cada uno: sopesa el carácter de cada cual mediante los peligros; hasta la muerte extrema, indaga la voluntad del hombre, seguro de que nada puede perderse para él. Por tanto, así como el oro es probado por el fuego, así nosotros somos probados por las dificultades.
38.1
CAPÍTULO XXXVII.
38.1
ARGUMENTO.-- Son espectáculos dignos de Dios los tormentos infligidos injustísimamente por la confesión de Cristo. Esto lo muestra Octavio brillantemente, estableciendo una comparación entre ciertos hombres fortísimos de los gentiles y los santos mártires. Declara, además, que los cristianos no participan en los espectáculos y pompas porque sabían con toda certeza que eran no menos impíos que crueles.
38.2
¡ Qué hermoso espectáculo para Dios, cuando el cristiano lucha con el dolor, cuando se prepara contra las amenazas, los suplicios y los tormentos; cuando, despreciando el estrépito de la muerte y el horror del verdugo, los pisotea; cuando erige su libertad frente a reyes y príncipes, y cede solo ante Dios, a quien pertenece; cuando, triunfador y vencedor, insulta al mismo que dictó sentencia contra él! Pues ha vencido quien obtuvo lo que se propuso.¿ Qué soldado no provocaría el peligro con más audacia bajo los ojos de su emperador? Pues nadie recibe el premio antes de la prueba: y, sin embargo, el emperador no da lo que no tiene; no puede prolongar la vida, puede honrar la milicia. Pero el soldado de Dios no es abandonado ni siquiera en el dolor, ni termina con la muerte. Así, el cristiano puede parecer miserable, pero no puede ser hallado tal. Ustedes mismos llevan al cielo a hombres calamitosos, como Mucio Escévola, quien, habiendo errado contra el rey, habría perecido a manos de los enemigos si no hubiera perdido la mano derecha.¿ Y cuántos de los nuestros no han soportado que se queme, que se calcine no solo la mano derecha, sino todo el cuerpo, sin ningún lamento, cuando tenían el poder de ser liberados?¿ Comparo a hombres con Mucio, o con Aquilio o Régulo? Nuestros niños y mujercitas, con una paciencia del dolor inspirada, se burlan de las cruces y los tormentos, de las fieras y de todos los terrores de los suplicios. Y no entienden, oh miserables, que no hay nadie que quiera sufrir un castigo sin razón, o que pueda soportar tormentos sin Dios. A menos que quizás los engañe el hecho de que, sin conocer a Dios, abundan en riquezas, florecen en honores y tienen poder.¡ Miserables! Son elevados más alto para caer con más fuerza. Pues estos son cebados para el suplicio como víctimas; son coronados para el castigo como hostias. Hasta tal punto algunos son elevados a imperios y dominaciones, para que su carácter negocie libremente con la licencia de una mente perdida: pues, sin el conocimiento de Dios,¿ qué puede haber de felicidad sólida, cuando la muerte es semejante a un sueño? Antes de que se la tenga, se escapa.¿ Eres rey? Y temes tanto como eres temido: y, por muy escoltado que estés por una gran comitiva, ante el peligro estás solo.¿ Eres rico? Pero se confía mal en la fortuna, y el breve camino de la vida no se prepara con un gran viático, sino que se carga.¿ Te glorías de los haces y las púrpuras? Vano error del hombre y culto inútil de la dignidad: brillar con púrpura y estar sucio en la mente.¿ Eres noble por linaje?¿ Alabas a tus padres? Todos, sin embargo, nacemos con la misma suerte; solo nos distinguimos por la virtud. Nosotros, pues, que somos estimados por nuestras costumbres y pudor, nos abstenemos merecidamente de sus placeres malos, de sus pompas y de sus espectáculos: cuyo origen conocemos por sus ritos sagrados y condenamos sus nocivos halagos. Pues en los juegos circenses,¿ quién no se horrorizaría ante la locura del pueblo que lucha contra sí mismo?¿ En los de gladiadores, ante la disciplina del homicidio? En los escénicos, además, no menor en furor es la torpeza más prolongada: pues ahora el mimo expone o muestra adulterios; ahora el histrión afeminado, mientras finge amor, lo inflige. El mismo deshonra a sus dioses al representar estupros, suspiros, odios. El mismo, con dolores simulados, provoca sus lágrimas con gestos y ademanes vanos. Así, reclaman el homicidio en la verdad y lloran en la mentira.
39.1
CAPÍTULO XXXVIII.
39.1
ARGUMENTO.-- Los mismos se abstienen también de lo sacrificado a los ídolos, para que nadie piense que ceden ante los demonios o que se avergüenzan de su religión. No desprecian, sin embargo, todo color y olor de las flores. Pues suelen usar las esparcidas, sueltas y blandas, y rodear sus cuellos con guirnaldas; pero coronar la cabeza de un muerto lo consideran superfluo e inútil. Con la misma tranquilidad con que viven, entierran a sus muertos, esperando con la más segura esperanza la corona de la felicidad eterna. Por tanto, su verdadera religión, rechazadas las supersticiones de los gentiles, debe ser adoptada por todos.
39.2
El hecho de que despreciemos las sobras de los sacrificios y las copas libadas no es confesión de temor, sino afirmación de verdadera libertad. Pues, aunque todo lo que nace, como don inviolable de Dios, no se corrompe por ninguna obra, nos abstenemos, sin embargo, para que nadie piense que cedemos ante los demonios a quienes se ha libado, o que nos avergonzamos de nuestra religión.¿ Quién es, pues, el que duda de que nos entregamos a las flores de primavera, cuando tomamos tanto la rosa de la primavera como el lirio, y cualquier otra cosa que haya entre las flores de agradable color y olor? Pues usamos estas esparcidas, blandas y sueltas, y rodeamos nuestros cuellos con guirnaldas. Ciertamente, perdonen que no coronemos la cabeza. Estamos acostumbrados a llevar el aroma de una buena flor a las narices, no a la nuca o a los cabellos. Tampoco coronamos a los muertos. En esto me asombro más de ustedes, cómo otorgan a un cadáver, o a quien no siente, una antorcha, o a quien no siente, una corona; cuando el bienaventurado no necesita flores y el miserable no se alegra con ellas. Pero nosotros adornamos las exequias con la misma tranquilidad con que vivimos. Y no unimos una corona que se marchita, sino que sostenemos la que es vívida por Dios con flores eternas, nosotros que, modestos y seguros por la liberalidad de nuestro Dios, nos animamos con la esperanza de la felicidad futura, mediante la fe de su majestad presente. Así también resucitamos bienaventurados y vivimos el camino en la contemplación de lo futuro. Por lo tanto, que Sócrates, el bufón ático, vea, confesando que no sabe nada, glorioso a pesar del testimonio de un demonio muy falaz: que deliberen también Arcesilao y Carnéades, y Pirrón, y toda la multitud de los académicos: Simónides también, para siempre, que no sea comprendido; despreciamos las cejas de los filósofos, a quienes conocemos como corruptores, adúlteros y tiranos; y siempre elocuentes contra sus propios vicios. Nosotros no preferimos la sabiduría por el hábito, sino por la mente: no decimos grandes cosas, sino que vivimos: nos gloriamos de haber alcanzado lo que ellos buscaron con suma intención y no pudieron encontrar.¿ Por qué somos ingratos?¿ Por qué nos envidiamos, si la verdad de la Divinidad ha madurado en la edad de nuestro tiempo? Disfrutemos de nuestro bien y moderemos el juicio de lo recto: que se reprima la superstición, que se expíe la impiedad, que se reserve la verdadera religión.
40.1
CAPÍTULO XXXIX.
40.1
ARGUMENTO.-- Cuando Octavio hubo terminado este discurso, Minucio y Cecilio permanecieron por un tiempo estupefactos en silencio, manteniendo sus rostros atentos. Y Minucio, arrebatado por la admiración hacia Octavio, calló, reflexionando en silencio sobre lo que había escuchado.
40.2
Cuando Octavio hubo terminado, durante algún tiempo permanecimos estupefactos en silencio, manteniendo nuestros rostros atentos: y, en lo que a mí respecta, me desvanecí por la magnitud de la admiración, al ver que había adornado con argumentos, ejemplos y autoridades de lecturas aquellas cosas que es más fácil sentir que decir; y que había desarmado a los malévolos con esas mismas armas de los filósofos con las que se arman; había mostrado también que la verdad no solo es fácil, sino también favorable.
41.1
CAPÍTULO XL.
41.1
ARGUMENTO.-- Cecilio, por su parte, exclamó que había sido vencido por Octavio, que ahora era vencedor del error y que profesaba ya la religión cristiana; habiéndose diferido, entretanto, para el día siguiente una instrucción más plena de los misterios de la fe.
41.2
Mientras reflexionaba en silencio sobre estas cosas, Cecilio irrumpió: Me felicito mucho a mí mismo, tanto como a mi Octavio, y no espero sentencia. Hemos vencido, y de tal manera que usurpo impropiamente la victoria: pues, así como él es vencedor de mí, así yo soy triunfador del error. Por tanto, en lo que respecta a la suma de la cuestión, confieso sobre la providencia, cedo ante Dios y consiento en la sinceridad de la secta, ya nuestra. Sin embargo, todavía quedan algunas cosas que no se oponen a la verdad, pero que son necesarias para una instrucción perfecta: sobre las cuales, mañana, ya que el sol declina hacia el ocaso, indagaremos más convenientemente y con más prontitud, como sobre el todo.
42.1
CAPÍTULO XLI.
42.1
ARGUMENTO.-- Finalmente, todos se marchan alegres y contentos: Cecilio, porque ha creído; Octavio, porque ha vencido; Minucio, por su parte, porque aquel ha creído y este ha vencido.
42.2
Pero yo, dije, me alegro más extensamente por todos nosotros, porque también Octavio ha vencido por mí, ya que se me ha quitado la mayor envidia de juzgar. Y, sin embargo, no puedo recompensar su mérito con alabanzas de palabras. El testimonio tanto del hombre como de uno solo es débil. Tiene el don eximio de Dios, por quien, inspirado, oró y, ayudado, obtuvo.
42.3
Después de esto, nos marchamos alegres y contentos: Cecilio, porque ha creído; Octavio, alegrándose de que ha vencido; yo, porque este ha creído y este ha vencido.
43
ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS DEL DIÁLOGO INSCRITO OCTAVIO, DE MARCO MINUCIO FÉLIX
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En este diálogo se introduce a Cecilio, adicto a las supersticiones étnicas, quien intenta probar con varias razones que el culto patrio y ancestral de los dioses no debe ser abandonado por nadie: y que no se debe indagar ansiosamente sobre la religión; sino que se debe retener la antigua y repudiar la nueva. Por el contrario, Octavio, quien, rechazado aquel culto impío, había dado su nombre a la profesión cristiana junto con Minucio Félix, derriba de raíz todos los argumentos de Cecilio y demuestra la verdad de la religión cristiana con tales momentos de razones que Cecilio, quebrantado y plenamente convencido por la gravísima disputa, abrazó la verdadera religión con ánimo alegre y agradecido. Y primero, el autor expone el discurso de Cecilio a favor del culto de los dioses. Después, introduce la respuesta de Octavio a cada uno de los miembros del discurso de Cecilio. CAP. IV. Cecilio, algo triste por tal reprensión, con la que Octavio fustigó a Minucio por su causa, pide que se le permita disputar con Octavio sobre la verdad de su religión. Octavio asiente con su socio; y Minucio se sienta en medio entre Cecilio y Octavio. CAP. I. Desde el mismo comienzo del diálogo, Minucio narra cuán agradable le resultaba el recuerdo de aquellas cosas que habían sucedido entre él y Octavio mientras este estaba con él en Roma, y sobre todo de esta disputa. CAP. II. La llegada de Octavio a Roma en tiempo de ferias forenses, muy grata para Minucio. A ambos les plació ir a los baños marinos de Ostia, habiendo tomado como compañero de Minucio a Cecilio. Mientras van juntos al mar, Cecilio, al ver el simulacro de Serapis, llevando la mano a la boca, lo adora. CAP. III. Octavio, indignado por el acto del hombre supersticioso, reprende duramente a Minucio, diciendo que la infamia de este acto impío redundaba no menos en él, como huésped de Cecilio, que en el mismo Cecilio. CAP. V. Cecilio comienza su disputa. Y primero afirma que todas las cosas en los asuntos humanos son dudosas e inciertas: y que por tanto es de lamentar que los cristianos, rudos en su mayoría e iletrados, se atrevan a decidir algo cierto sobre la suma de las cosas y la majestad divina. De aquí argumenta que el mundo no es regido por ninguna providencia, y concluye que es mejor adherirse a las religiones antiguas transmitidas. CAP. VI. Cada nación, y los romanos después, honraron sus numenes de tal manera que por su culto alcanzaron el supremo imperio de todo el orbe de la tierra. CAP. VII. Los auspicios y augurios romanos, omitidos con arrepentimiento, observados felizmente. CAP. VIII. De ninguna manera se debe tolerar la impía temeridad de Teodoro, Diágoras y Protágoras, quienes quisieron eliminar o al menos debilitar la religión de los dioses. Pero mucho menos debe tolerarse la nación de los cristianos, escondida y que huye de la luz, que desprecia a los dioses; y mientras temen morir después de la muerte, entretanto no temen morir. CAP. IX. La religión de los cristianos es estúpida: pues veneran a un hombre crucificado y el mismo instrumento de este suplicio. Se dice que adoran la cabeza de un asno y que adoran la misma naturaleza de su progenitor. Son iniciados mediante el asesinato de un infante y su sangre: y a través de tinieblas impúdicas, todos se mezclan con suerte incierta. CAP. X. Lo que sea que adoren, se esfuerzan por ocultarlo grandemente: no tienen altares, ni templos, ni simulacros conocidos. Se dice que el Dios de ellos, así como el de los judíos, es único: a quien, como no pueden ver ni mostrar, lo consideran, sin embargo, molesto, inquieto y curiosamente prepóstero. CAP. XI. Afirman también que habrá un incendio de todo el mundo; y después de la resurrección de nuestros cuerpos, prometen la eternidad de una vida felicísima para los justos y de los mayores castigos para los injustos. CAP. XII. Qué sucederá a los mismos cristianos después de la muerte, podemos augurarlo por el hecho de que ahora, destituidos de toda ayuda, son oprimidos por las mayores calamidades y miserias. CAP. XIII. Concluye finalmente Cecilio que se debe repudiar la religión nueva; y que no se debe pronunciar temerariamente sobre cosas dudosas. CAP. XIV. Cecilio provoca a Octavio, no sin el fastidio de un ánimo altivo, a que responda a sus argumentos. A lo cual Minucio responde modestamente que no debe jactarse de su elocuencia no mediocre, ni de la concisa variedad de su discurso: sino que cada uno de sus argumentos debe ser sopesado diligentemente. CAP. XV. Cecilio replica a Minucio, no sin alguna señal de ánimo herido, que él mismo se aparta del oficio de juez religioso mientras debilita las fuerzas de su disputa. Que Octavio tiene la libertad de refutar todas aquellas cosas que había traído a colación. CAP. XVI. Octavio comienza, pues, su respuesta: y confía en que diluirá la amarguísima mancha de los oprobios con un flujo de palabras veraces. Después, se dirige a debilitar cada uno de los argumentos de Cecilio. Primero, pues, establece que nadie debe llevar a mal que los cristianos, por muy indoctos que sean, disputen sobre las cosas celestiales: pues no se debe mirar la autoridad del que disputa, sino la verdad de la disputa misma. CAP. XVII. Confiesa, ciertamente, que el hombre debe conocerse a sí mismo: pero niega claramente que este conocimiento pueda ser comparado por él sin antes reconocer la universalidad de las cosas y al mismo Dios mismo. Por la constitución y el ornato del mismo mundo, cualquiera dotado de razón tiene por cierto que fue fundado por Dios, y que es regido y administrado por él. CAP. XVIII. Dios no solo cuida del universo mundo, sino de cada una de sus partes. Que todas las cosas son gobernadas por el asentimiento de un solo Dios, se prueba con el ejemplo de los imperios terrenales. Aunque aquel es infinito e inmenso, y conocido solo por sí mismo, tal como es, y no puede ser visto ni nombrado por nosotros; sin embargo, su claridad, si se quitan los añadidos de los nombres, es percibida. CAP. XIX. Además, los poetas llamaron a aquel padre de los dioses y de los hombres, creador de todas las cosas, mente y espíritu. Incluso los mismos filósofos más destacados sintieron lo mismo sobre el único Dios, casi como los cristianos. CAP. XX. Que si el mundo es regido por la Providencia y gobernado por el asentimiento de un solo Dios, la antigüedad ignorante no debe arrastrarnos al error del consenso mutuo; la cual, deleitada por sus fábulas, introdujo tradiciones ridículas. No menos evidentemente se muestra que el culto de los dioses siempre fue insulso e impío; mientras los más antiguos de los mortales veneraron a sus reyes, duques ilustres e inventores de artes, por sus hechos preclaros, no de otra manera que a los dioses. CAP. XXI. Y esto lo confirma Octavio con el testimonio de Evémero, Pródico, Perseo y Alejandro Magno, de quienes se enumeran la patria, los días natales y los sepulcros de los dioses. Expone, además, los tristes finales, destinos y funerales de los dioses. Ante esto, se ríe de las necedades y las podridas naderías que los étnicos venden sobre la forma y figura de sus dioses. CAP. XXII. Estas fábulas, transmitidas primero por hombres ignorantes, fueron celebradas después por otros, y sobre todo por los poetas, quienes no poco dañaron a la verdad con su autoridad. Y con tales ficciones y mentiras más dulces se corrompen los ingenios de los niños, quienes por tanto envejecen miserablemente en ellas: cuando, por lo demás, la verdad es obvia para quienes la buscan. CAP. XXIII. Aunque los reyes étnicos reconozcan a sus mortales, sin embargo, los fingen dioses, incluso contra su voluntad; no para la fe del numen, sino para el honor de la posteridad emérita. Pero el verdadero Dios no tiene origen ni ocaso. Octavio ataca después las imágenes y simulacros de los dioses. CAP. XXIV. Demuestra, además, con una breve inducción, cuán ridículos, obscenos y crueles ritos se observaban en la celebración de los misterios de ciertos dioses. CAP. XXV. Después muestra que Cecilio jacta erróneamente a los romanos, quienes habrían poseído el imperio de todo el orbe por haber observado ritos supersticiosos de este tipo. Pero los romanos, en su origen, se reunieron por el crimen y crecieron por el terror de la inmanidad. Por tanto, los romanos no son grandes por ser religiosos; sino por ser sacrílegos impunemente. CAP. XXVI. Octavio retuerce contra el mismo Cecilio el arma lanzada ligeramente por él desde los auspicios y augurios de las aves, con los ejemplos de Régulo, Mancino, Paulo y César. Demuestra, asimismo, con otros ejemplos, que la argumentación buscada en los oráculos no es más válida. CAP. XXVII. Para realizar esto sólidamente, repite el asunto más profundamente y desde su origen. Ciertamente, este es el origen del error: los demonios se esconden bajo las estatuas y las imágenes, permanecen en los templos, animan las fibras de las entrañas, gobiernan los vuelos de las aves, dirigen a los fuertes, fundan oráculos, envueltos en respuestas falsas. Sin embargo, se ven obligados a confesar que estas cosas no fueron hechas por Dios, sino por ellos mismos, cuando, conjurados por los cristianos a través del Dios verdadero, son ahuyentados de los cuerpos obsesionados. De aquí, en verdad, los cristianos huyen de ellos de cerca; y excitan tanto odio de los gentiles contra ellos, que comienzan a odiarlos antes de conocerlos: para que, una vez conocidos, no puedan imitarlos o no puedan no condenarlos. CAP. XXVIII. Ni es más verdadero que los cristianos adoren a un hombre crucificado por sus crímenes. Pues creen merecidamente que él no solo es inocente, sino también Dios. Por el contrario, les imputan crímenes que hasta ahora no han podido ser probados por nadie. Así es el negocio de los demonios. Pues por ellos mismos se siembra y se fomenta el rumor falso. Octavio demuestra invenciblemente que los cristianos son acusados falsamente de sacrilegio, incesto, estupro y parricidio, tan falso como cierto y verdadero era que los mismos crímenes, o totalmente similares y mayores, eran cometidos de hecho por los mismos étnicos. CAP. XXIX. Es tan ajeno a toda verosimilitud lo que se objeta a los cristianos, el banquete contaminado con incesto, cuando consta que los gentiles son realmente reos de incesto. Los banquetes de los cristianos no solo son púdicos, sino también sobrios. Finalmente, tan lejos está el deseo de incesto, que para algunos es motivo de rubor incluso la unión púdica. CAP. XXX. Octavio demuestra también que la calumnia sobre el hecho de que los cristianos beben la sangre de un infante asesinado por ellos es impudiquísima. Los étnicos, dice, exponen cruelmente a los niños recién nacidos y, antes de que nazcan, los matan con un cruel aborto. Para los cristianos no es lícito ni ver ni oír hablar de homicidio. CAP. XXXI. Tampoco se puede decir que los cristianos ocultan lo que adoran, puesto que no tienen templos ni altares. Pues están persuadidos de que Dios no puede ser circunscrito por ningún templo, ni puede ser fingido su simulacro. En todas partes, sin embargo, presente, ve todas las cosas, incluso los pensamientos más secretos de nuestra mente; y vivimos cerca de él y en su seno. CAP. XXXII. Que si, sin embargo, se dice que Dios no aprovechó nada a los judíos, ciertamente los escritores de los anales judaicos son testigos muy locuaces de que ellos abandonaron a Dios antes de ser abandonados por él. CAP. XXXIII. No es de extrañar, sin embargo, si este mundo ha de ser consumido finalmente por el fuego: pues todas las cosas que tienen un comienzo, tienen también un fin. Tampoco los antiguos filósofos se horrorizan ante la sentencia sobre el incendio del mundo. Consta, sin embargo, que Dios puede resucitar a la vida, desde la muerte, al hombre que formó de la nada. Toda la naturaleza medita sobre la resurrección futura. CAP. XXXIV. Octavio muestra después que los hombres justos y piadosos serán donados con la felicidad sempiterna: pero los injustos serán afectados por castigos eternos. Entonces demuestra brillantemente que las costumbres de los cristianos son mucho más santas que las de los étnicos. CAP. XXXV. Enseña no menos claramente que el destino no es otra cosa que lo que Dios ha determinado. La mente es libre: y por tanto se juzga el acto del hombre, no su nacimiento. Después de esto, hace ver con toda claridad que la pobreza, reprochada a los cristianos, no es infamia, sino gloria: y que el hecho de sufrir los males del cuerpo no es un castigo, sino una milicia. CAP. XXXVI. Son espectáculos dignos de Dios los tormentos infligidos injustísimamente por la confesión de Cristo. Lo cual Octavio muestra brillantemente, estableciendo una comparación entre ciertos hombres fortísimos de los étnicos y los santos mártires. Declara, además, que los cristianos no participan en los espectáculos y pompas porque sabían con toda certeza que eran no menos impíos que crueles. CAP. XXXVII. Los mismos se abstienen también de lo sacrificado a los ídolos, para que nadie piense que ceden ante los demonios o que se avergüenzan de su religión. No desprecian, sin embargo, todo color y olor de las flores. Pues suelen usar las esparcidas, sueltas y blandas, y rodear sus cuellos con guirnaldas: pero coronar la cabeza de un muerto lo consideran superfluo e inútil. Con la misma tranquilidad con que viven, entierran a sus muertos, esperando con la más segura esperanza la corona de la felicidad eterna. Por tanto, su verdadera religión, rechazadas las supersticiones de los gentiles, debe ser adoptada por todos. CAP. XXXVIII. Cuando Octavio hubo terminado este discurso, Minucio y Cecilio permanecieron por un tiempo estupefactos en silencio, manteniendo sus rostros atentos. Y Minucio, arrebatado por la admiración hacia Octavio, calló, reflexionando en silencio sobre lo que había escuchado. CAP. XXXIX. Cecilio, por su parte, exclamó que había sido vencido por Octavio, que ahora era vencedor del error y que profesaba ya la religión cristiana; habiéndose diferido, entretanto, para el día siguiente una instrucción más plena de los misterios de la fe. CAP. XL. Finalmente, todos se marchan alegres y contentos: Cecilio, porque ha creído; Octavio, porque ha vencido; Minucio, por su parte, porque aquel ha creído y este ha vencido.

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